Tyrion entró en sus habitaciones y encontró a Sansa esperándolo, impaciente. Casí voló hasta ella y le tomó las manos.

"Lo hemos conseguido, cariño. Ya tenemos algo parecido a un hogar," dijo, con la garganta oprimida por la emoción.

"No habría valido la pena un viaje tan largo si ella no fuera capaz de ver cómo eres, Tyrion. Daenerys me habría decepcionado si no te apreciara en lo que vales. Pero elegiste bien el camino. Apostaste por ella. Y nos has salvado. Al menos por ahora estamos seguros." Se arrodilló frente a él y esta vez fue ella la que le tomó la cara entre las manos.

"La posición de la reina es incierta, Sansa. No sabemos qué puede ocurrir," advirtió él.

"Saldremos adelante. Tenemos experiencia en eso." Sonrieron.

"Le dije lo de las clases, Sansa. Le ha gustado tanto tu idea que quiere abrir una escuela para todos los niños libertos empleando a voluntarios que tengan alguna formación para que sean los maestros. Dijo que te debe a ti el proyecto y que se alegra mucho por tu iniciativa," le explicó él, con orgullo.

"Oh, Tyrion. Es maravilloso. No tengo palabras." Lo besó.

"Hoy mismo indagaré para ver quiénes pueden ser los candidatos a maestros, y habrá que calcular cuántos niños acudirán a la escuela. Tengo que hablar con Missandei y alguno de los Inmaculados para que me ayuden. Los libertos no me conocen todavía."

"Estupendo. Cuanto antes se organice todo, mejor." De repente recordó lo que le había revelado Daenerys. "Tyrion... ¿Sabes qué me ha dicho la reina? Me ha sorprendido bastante."

"Cuenta," la apremió él, curioso.

"Tú no estabas en Desembarco del Rey por aquel entonces. Sucedió cuando mi padre fue nombrado Mano del Rey y fuimos a la ciudad. Unas semanas después, algo pasó porque mi padre dio orden para empaquetar nuestras pertenencias y cargarlas en los carros. Quería que volviéramos a Invernalia y Arya y yo nos opusimos de plano. Luego fue herido por uno de los soldados de tu hermano y..." Tragó saliva, tratando de dejar de lado los dolorosos recuerdos de aquellos días. "Bueno, pues que al parecer mi padre se peleó con el rey Robert y la discusión fue tan fuerte que mi padre le gritó al rey que no quería seguir siendo la Mano, y le tiró a la cara la insignia."

"Sí, he oído la historia por encima. Continúa, cariño."

"Toda la discusión se debió a que mi padre se negaba a involucrarse en el asesinato de Daenerys. Robert se empeñaba en matarla, y mi padre la defendió, diciendo que él no participaba en asesinatos de niñas. Robert se enfadó, se gritaron y estuvimos a punto de irnos de Desembarco. Ojalá lo hubiéramos hecho."

"No puedes cambiar el pasado, Sansa."

"Lo sé demasiado bien. Yo no quería irme. Todavía creía que Joffrey... En fin, mi padre defendió la vida de Daenerys. Y ella lo sabe."

Tyrion procesó aquella información. No conocía muy bien aquella parte de los sucesos de la Fortaleza Roja porque estaba muy lejos viviendo unas aventuras bastante accidentadas que incluían, entre otras muchas cosas, a la madre de Sansa tomándolo prisionero y provocando la temible ira de Tywin, y también la de Jaime. Pero esos eran asuntos delicados de los que aún no había hablado con Sansa, porque implicaban demasiado el odio entre los Stark y los Lannister y no estaba seguro de cómo se tomaría ella todo aquello. Sus heridas eran muy recientes.

"Tu padre era un buen hombre. Muchísimo mejor que el mío."

"Se confesó traidor para salvarme, Tyrion. Se desdijo de su apoyo a Stannis por mí." Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Él se las secó con los dedos.

"Es lo que habría hecho cualquier padre de verdad, cariño. Él te adoraba."

Ella contuvo un sollozo y se limpió los ojos. Hoy no lloraría más.

"Estaría orgulloso de ti si te conociera, Tyrion. Si viera lo feliz que me haces."

Él asintió de la manera más convincente que pudo. No se veía como el yerno ideal para Ned Stark, pero si ella lo creía así, no le llevaría la contraria.

Si él fuera Ned, tampoco soñaría con que su preciosa hija acabara casada con el Gnomo.

En cualquier caso, Ned no estaba allí para traspasarlo con su gélida desaprobación.

Ambos se pusieron a planificar sus ocupaciones de ese día, contentos de tener algo importante que llevar a cabo. Mhyraz apareció con el almuerzo y Sansa aprovechó para interrogarlo.

"¿Qué te parecería aprender a leer y a escribir? Y otras muchas cosas."

El niño la miró boquiabierto. "Pero yo creía que los niños pobres no..." Calló, avergonzado.

"Pues ahora podrán, Mhyraz. ¿Sabes que la madre va a abrir una escuela para los niños libertos? Yo os enseñaré a ti y a los amigos que tienes en la Gran Pirámide."

"¿De verdad?," preguntó el chiquillo, asombrado.

"De verdad. Y ahora ve y cuéntaselo a los demás. Diles que pronto habrá una escuela y que todos aprenderéis a leer y a escribir, como los hijos de los Grandes Amos."

"Enseguida, señora." Y echó a correr.

"Esto me va a encantar, Tyrion," dijo Sansa, ilusionada.

"Claro que sí, mi amor. Tú puedes hacer grandes cosas. Solamente tenías que descubrir dónde residía tu talento."

"Yo estaba convencida de que no tenía ninguno."

"Pues ya ves. Nunca te menosprecies, Sansa. Uno nunca sabe qué sorpresas lleva dentro hasta que las saca. Sólo hace falta el estímulo adecuado y un poquito de ayuda."

"Tú eres mi estímulo, Tyrion. Ningún otro hombre me habría hecho sentir que sirvo para algo. Yo no habría sido más que un florero, una marioneta, un mueble arrinconado, un vientre para parir hijos, y estaría languideciendo de abandono sin nadie a quien le importara."

"Esos hombres son estúpidos, y no se hizo la miel para sus bocas de cerdo. Tengo montones de defectos, Sansa, pero no soy inmune a una mujer hermosa como tú. No puedo mirarte sin sentir que cada día contigo es un regalo."

"Me vas hacer llorar otra vez, mi amor. No quiero convertirme en una llorona," dijo ella, riendo.

"Eres la llorona más guapa que he conocido," pinchó él. Ella le tiró del largo pelo.

"Puedo tirar aún más fuerte," amenazó.

"Lo sé, lo sé. Lo he comprobado," concedió él, con su sonrisa traviesa. "Tírame del pelo cuanto quieras."

La empujó suavemente hacia la cama y se dispuso a seguir perdiendo la cuenta de las veces que lo hacían.