Esa noche le tocaba hacer la ronda por la Torre. Oyó el llanto cuando estaba al final de la escalera. Terminó de subir, para encontrarse a la chica llorando, sentada con la cabeza apoyada en la esfera armilar. Aurora se aclaró la garganta de manera ruidosa. Cho Chang se giró, se secó rápidamente el rostro y se levantó del suelo como si hubiese sufrido una descarga.
-¡Profesora! ¡Lo siento! Me vuelvo ya a mi dormitorio- le brotaron lágrimas en los ojos a la alumna- No me castigue, por favor.
-No creo que esté en condiciones de volver así a su dormitorio, señorita Chang. Y mucho menos pienso castigarla- la profesora avanzó donde ella, se sentó en el suelo y dio unos golpes a su lado- Si está acompañada por una profesora, no pasa nada por estar en el aula.
Cho amagó una sonrisa y se sentó a su lado. Las dos miraron a través de los arcos.
-Llora si lo necesitas- comentó Aurora- es mejor que lo saques todo fuera- Chang comenzó de nuevo a llorar. Aurora la rodeó con un brazo por los hombros.
No supo cuánto estuvieron así hasta la alumna que se tranquilizó. Afortunadamente la poca iluminación del aula escondía algo los ojos rojos y la cara llena de manchas.
-Dame un momento- dijo Aurora. Se levantó y se alejó un poco de la chica- Dobby- dijo, y con un plop, un elfo doméstico con unos ojos del tamaño de pelotas de tenis apareció delante de ella.
-¿Qué necesita la señorita?
-Ve a mi baño- susurró la mujer- Hay una poción en el botiquín que pone "Dormir". Cógela, ve a las cocinas, prepara un chocolate, hecha dos cucharadas de la poción en el chocolate y tráelo. Es para mi acompañante- la mujer sonrió al elfo- Gracias Dobby.
-De nada, señorita. Ahora mismo, señorita- el elfo se desvaneció en el aire. Aurora volvió a sentarse al lado de la chica.
Nunca le había echo falta una poción para dormir. Pero desde que Severus tuvo que volver a "pluriemplearse" con los mortífagos (hacía sólo dos días), Aurora supo que, más de una noche, le costaría conciliar el sueño. Así que tuvo que conseguir una poción... por si acaso.
-Muchas gracias, profesora- consiguió decir Chang entre hipidos- es que… qué vergüenza… lo siento- una lágrima rodó por la mejilla- el profesor Flitwick intentó hablar conmigo, fue muy amable, como siempre, pero…
-Te comprendo perfectamente, Cho- la chica la miró fijamente. Aurora sólo usaba el nombre de pila con sus alumnos de sexto y séptimo, y el apellido en los demás años, (en parte también por lo que se estudiaba los dos últimos cursos)- Dejemos de lado brevemente que soy tu profesora. Una charla de mujer a mujer.
En ese momento, Dobby apareció delante de ellas con una taza en las manos. Un delicioso aroma a chocolate llenó el aula.
-Aquí tiene- el elfo posó los ojos en la alumna, y le tendió la taza de chocolate- tómeselo, señorita. Dobby ha traído esto para usted. Le sentará bien, señorita.
Cho estiró las manos y cogió la taza con cuidado. Ambas dieron las gracias de nuevo, y el elfo se marchó con otro ¡plop!
-Hazle caso, bebe- ordenó la mujer, Chang tomó un sorbo y al momento su cara cambió por una menos triste- Acuérdate del profesor Lupin. Siempre decía que el chocolate era uno de los mejores remedios para todo.
La chica no contestó. Se limitó a dar otro sorbo a la taza.
-Sé que crees que nada podrá curar el dolor que sientes- dijo Aurora- Pero pasará. El tiempo lo cura todo.
-¿Usted cree?- le espetó la chica- Siento como sí… como sí…
-Como si un dementor estuviese dentro de ti. Lo sé, Cho. Yo también he pasado por lo mismo que tú.
La chica casi dejó caer la taza al oír aquellas palabras. Aurora la obligó a que bebiese otro sorbo.
-¿En serio?- preguntó la chica- ¿Por lo mismo?
-Sí. Los mortífagos mataron a mi prometido y a mi madre a la vez, durante la primera guerra- le chica abrió mucho los ojos, Aurora se limitó a asentir- pensé que nunca lo superaría. Pero lo hice.
-No creo que yo…- comenzó a decir la alumna, Aurora la obligó otra vez a que bebiese.
-¿Qué os he dicho sobre las estrellas?- preguntó Aurora, Chang se la quedó mirando, como solía hacer cuanto atendía en clase- Posiblemente, algunas de las que vemos allí en el cielo ya no existan. Sólo queda su recuerdo, el rastro de luz que nos llega hasta nosotros y que puede que un día dejemos de ver, o que pasen cientos de años hasta que ya no se vea. Como con las estrellas, las personas no se van mientras las recordemos. Habrá momentos que creerás oír su risa, o te acordarás de cómo doblaba una esquina del libro que estaba leyendo, en vez de usar el marcapáginas que le habías regalado- comentó Aurora con tono de reproche, consiguiendo que la chica amagase una sonrisa- o leerás una frase en algún libro o verás algo que te recuerde a él. Conserva esos momentos, recuérdalos con cariño. Pero piensa que esa estrella ya no está. Que hay más en el firmamento. Y alguna otra será para ti.
La chica terminó el chocolate en silencio. Soltó un suspiro y cerró los ojos por unos segundos, para después mirar a la mujer.
-¿Puedo hacerle una pregunta? O más bien dos…
-Claro que sí.
-Por sus palabras… deduzco que usted ¿encontró a alguien? ¿Ya tiene su estrella?
-Sí- contestó Aurora con orgullo- aunque lo mío es más bien un Agujero Negro- añadió sin poder contenerse- Atrayente y misterioso a partes iguales- se rio, y la chica se permitió reír también.
-¿Y cuánto tiempo pasó hasta que él apareció?- preguntó Chang, bostezando.
-Parafraseando a un hechicero de tinta y papel "un mago no llega tarde, ni pronto. Llega exactamente cuando se lo propone"- la mujer tomó la taza ya vacía de las manos de la alumna, la apartó a un lado y cogió sus manos- Dale tiempo al tiempo, pero no le metas prisa, a ver si lo va a hacer mal- le guiñó un ojo y Cho sonrió un poco, antes de volver a bostezar.
-Es usted muy amable, profesora- la chica se apoyó contra ella- Me está entrando sueño- Chang cerró los ojos. Aurora se colocó, para que la chica estuviese cómoda. A los pocos minutos, Chang respiraba de manera acompasada y dormía tranquilamente.
Hizo aparecer un cojín enorme flotante. Puso encima a la chica, que seguía durmiendo profundamente. Aurora guió el cojín hasta la Torre de Ravenclaw, descifró el enigma de la puerta y entró. Por no hacer ruido y despertar a las otras alumnas, dejó a la señorita Chang en una de las butacas de la sala común y la tapó con una de las mantas que había allí.
Puso rumbo hacia sus dependencias. Buscó en un cajón del armario. Sacó una vieja caja de zapatos. Se sentó al borde de la cama y abrió la tapa. Suspiró. Hacía un montón de años que no miraba el contenido. Cogió un taco de fotos, soltó la cinta que las mantenía unidas. En la primera, una adolescente Aurora con un chico muy guapo, de piel más oscura que la de ella y ojos grises, de su misma edad, con los uniformes escolares y el escudo de Ravenclaw luciendo en sus pechos, saludaban, reían y se daban un casto beso de vez en cuando. Ya no se acordaba del hoyuelo que se salía cuando sonreía. Una punzada de nostalgia sacudió su pecho. Siguió mirando las fotos. Estaban ellos dos, o con sus amigos y compañeros de clase, incluso con Horance Slughorn, Selena Bluemoon y Filius Flitwick. Incluso alguna del castillo, vistas de Hogsmeade, y más lugares. Alex era muy buen fotógrafo. Recordó que él aseguraba que trabajaría en El Profeta de reportero, y se la llevaría a todos los sitios para ver el cielo desde cualquier parte del planeta. Esa promesa de ver mundo fue lo que hizo que aceptase casarse con él. Dejó al lado las fotos para revisar el resto de objetos. Había un par de marca-páginas, cuyo hechizo que mostraba citas famosas había perdido su efecto, un galeón, cromos de las ranas de chocolate, un cuaderno con apuntes varios, mapas con círculos rojos rodeando ciudades.
Había también un viejo ejemplar de la revista "Corazón de bruja". No se acordaba qué hacía allí. En las páginas centrales había un especial peinados y rodeando con un círculo de tinta negra y la palabra "¡Este!", el que había decidido que iba a ser el que usaría para su boda. No pudo evitarlo y se le escapó una lágrima.
Se entretuvo un rato revisando todo el contenido de la cápsula del tiempo. Hasta que una idea cruzó la mente de la mujer. Guardó todo con cariño y cuidado. Buscó una caja nueva de zapatos, pero no tenía ninguna. A cambio, encontró una caja de un tamaño parecido. Era de Honeydukes, con motivos de cumpleaños, que Séptima y Sybill la había regalado hacía un par de años, cuyo contenido se habían comido entre las tres, en una agradable tarde de chicas. Lanzó a la caja un encantamiento de extensión. Se puso a rebuscar por toda su habitación. Metió fotos, entre ellas algunas de Egipto. En la de arriba del taco, un ceñudo Severus miraba a la cámara, agarrado del brazo de una sonriente Aurora. Guardó también cromos nuevos de las ranas de chocolate (que seguía coleccionando), una llave Allen; como no sabía qué tobillera guardar, hizo una copia de las tres con el hechizo "Geminio" (la colección había aumentado, ahora tintineaban las fases de la luna, los planetas y los símbolos del zodíaco al caminar). Metió el manuscrito original y la copia de la primera edición de la revista donde publicaron su estudio. Ya se le ocurrirían más cosas que meter. Guardó ambas cajas en el cajón del armario. Hizo sus rituales antes de acostarse y se quedó dormida con una sonrisa.
oooO
Disfrutad del fin de semana.
¡Hasta el año que viene!
Con adelanto ¡Feliz año nuevo 2019!
Un abrazo
Robin Fleur
