AN: Ésta es la continuación de "Tierra de Conejos". Es más alegre, y espero que quienes la lean me perdonen por la anterior.
Tierra de Vampiros
No son las mismas cavernas, pero no puedo esperar para escribir lo que pasó. Hace algunos años que escribí mi testimonio, en el sur de Chile, y he viajado desde entonces. Recorrí Sudamérica a pie, en forma un poco errática, y puedo decir orgullosa que encontré algunas aves que consiguieron sobrevivir y prosperar en la selva, sin que yo interviniera. Extraño a mis conejos, en Chile, pero no me arrepiento de la migración que emprendí.
¡Incluso encontré ratas, en las ruinas de una ciudad con un vertedero gigantesco! Supongo que sobrevivieron a los vampiros, enterradas entre los cerros y cerros de basura.
Pero no es eso lo que me tiene emocionada, no. Ocurrió el milagro: ¡encontré a mis hermanos, Alice y Jasper! Me estaban esperando, en Centroamérica. Alice había visto que pasaría por ahí.
Cuando nos encontramos era de tarde, y la brisa me trajo sus olores. Salí del estado zombi que el ayuno prolongado producía (bebía sangre lo menos posible, y sólo cuando estaba segura de que la población podría prosperar a pesar de la merma), y entonces los vi. Corrí, sin poder creerlo. Nos abrazamos, y tiritamos mucho los tres. Noté que sobre ellos había olor a más vampiros, Garrett y otro par que no conocía.
-¿Están con Garrett y otros vampiros? –Pregunté finalmente, mirando alrededor.
-Sí, pero están más al norte –Respondió Alice.
Pasada la emoción del reencuentro, la ira me invadió. Comencé a patearla y a darle puñetazos.
-¿Por qué no me buscaron antes? ¡Malditos sean! –Les grité-. ¡Creía que estaban todos muertos!
-Tranquila… -Me dijo Jasper, alejándome de su mujer e inmovilizándome. Sentí que usaba su don, pero luché contra él.
-Teníamos que esperar que fuera seguro –dijo Alice, alegremente, sin ofenderse por mi ataque. Seguro que con su don ya se lo esperaba.
Los miré, enojada todavía, esperando que tuvieran una puta buena razón para haberme abandonado a mi suerte por tanto tiempo. ¿Cuánto tiempo? ¡Ni siquiera estaba segura, maldita sea!
-Estuvimos matando humanistas –confesó Jasper-. Y no te queríamos en medio de las batallas.
-Ah… -Contesté, calmándome marginalmente. Supuse que tenía sentido.
-¿Y no me podían ir a ver, avisarme que seguían vivos, y luego haber vuelto a sus putas batallas? –Reclamé de todas formas.
-Nos hubieras querido seguir –explicó Alice. Jasper me soltó, al ver que mi enojo ya no involucraba patadas a su mujer.
-¿Saben cuántas veces estuve a punto de suicidarme, creyendo que toda mi familia estaba muerta? –Les espeté.
-No lo ibas a hacer –aseguró Alice, muy seria-. Podía ver este encuentro con bastante nitidez, por lo que sabía que las probabilidades de éxito eran altas.
-¿Probabilidades? –Le grité-. ¿Y si te fallaban los putos números pensabas dejarme morir pensando que los habían matado?
-No te ibas a matar –insistió-. No te vi haciéndolo en ninguna de mis visiones. En una vi que existía la posibilidad de que intentaras prender fuego, pero en ella ni siquiera conseguías encender los palitos que juntabas.
-¿Me estás tratando de inútil? –Murmuré amargada.
-¡No! –Me dijo, contenta, abrazándome y haciéndome girar. La dejé, aunque seguía molesta-. Carlisle habría estado orgulloso de ti.
Pensar en mi padre me dio pena, y me puse a tiritar. Ambos me rodearon y me apretaron.
-Estamos orgullosos de ti –me dijo Jasper-. Fuiste muy valiente al huir sola, al conseguir controlar tu sed sin volverte loca, y al ayudar a todos esos conejitos.
Me puse a tiritar más, ya que me sentía llena de pena y alegría al mismo tiempo. Me parecía increíble estar siendo abrazada, luego de tanto tiempo sin hablar con nadie.
Cuando conseguí dejar de tiritar, Jasper me dio varios besitos en la cabeza, y eso me recordó a Carlisle. Me volvió a dar pena, y tirité otro poco.
-Bueno –dijo Alice, poniéndose a caminar alegremente-. Ya te encontramos, y prometimos volver apenas te tuviéramos.
-¿Con quienes están, aparte de Garrett? –Pregunté.
-Somos once, contigo –dijo Jasper, tomándome en brazos. Lo dejé, ya que hacía mucho que nadie me cargaba y se sentía muy reconfortante-. Somos lo que quedó del escuadrón anti-humanista. De hecho, de acuerdo a las visiones de Alice, somos lo que queda de vida inteligente en el planeta.
-Aunque en teoría ya podríamos dispersarnos sin temor a ser atacados, al final nadie quería dejar al grupo –explicó Alice.
-Está tu viejo amigo, Gael –me animó Jasper.
-¿El general Veloso vive en su grupo? –Me asombré-. No sentí su olor sobre ustedes.
-Bueno, él no es muy de despedirse de los amigos con abrazos –se burló Alice, con evidente cariño en su voz-. Probablemente, aparte del olor de Garrett, sólo sentiste el olor de Main y de Belén.
-¿Quiénes son?
-Convertidas durante la insurrección –explicó Alice-. Lograron controlarse y sobrevivir. Toda una hazaña para neonatos sin entrenamiento.
-¿Son parientes? –Pregunté. Ambos se rieron.
-No. Main es una viejita. Seguro que cuando llegues intentará verte la suerte en la mano. Según ella, había visto en su línea de vida que luego de ser vampirizada viviría largo tiempo –explicó Jasper, con cariño.
-Y Belén es la novia de Garrett –añadió Alice.
-¿Y Kate? –Pregunté. Vi que ambos dejaban de estar contentos.
-Muertos, como todo el resto –dijo Alice con voz monótona-. De los de Denali, sólo quedó Garrett.
-¿Quiénes más viven con ustedes? ¿Alguien que yo conozca?
-Los otros son todos remanentes de la fuerza de paz –explicó Alice-. Vampiros que, como Gael, se unieron a los insurgentes, pero que luego de derrocado el gobierno intentaron frenar la ola de destrucción.
-¿El general estuvo entre los insurgentes? –Pregunté asombrada. No me lo imaginaba como un puto terrorista.
-No le gusta que le llamen general –informó Alice en tono confidencial-. Aunque no puede olvidar todo lo que hizo, prefiere que no le recuerden su pasado bélico.
-Se me va a hacer raro llamarlo Gael –comenté, preocupada. Me preguntaba cómo sería de civil.
-Te acostumbrarás –dijo Alice-. En el campamento casi todos nos llamamos por nuestros nombres, a pesar de nuestros géneros diferentes, edades dispares y pasados variopintos.
-Ojalá los otros no hubieran muerto… -comencé a decir, deseando que por algún milagro toda nuestra familia estuviera en ese campamento al que me llevaban.
-Calla… -Me rogó Alice-. Esa es otra recomendación útil: todos tenemos seres queridos que llorar, pero acordamos no desanimarnos pensando en el pasado.
-¿Tienen una especie de gobierno con leyes? –Pregunté, con algo de aprensión.
-No, al contrario –Dijo Jasper, volviendo al tono alegre-. La única regla es protegernos entre nosotros, y controlarnos para dañar lo menos posible a los seres que sobrevivieron.
-¿Hay conejos adónde vamos? -Pregunté esperanzada.
-No, pero hemos visto algunas liebres, en estado salvaje –explicó Alice-. Pensamos, tal vez, en el futuro, viajar a Chile a buscar reproductores para poblar otras partes del planeta.
-¿También están intentando ayudar a los animalitos a encontrar pareja? –Pregunté animada.
-Más o menos –dijo Alice-. En realidad, nuestros esfuerzos están puestos en un criadero de ratas, y a los animalitos salvajes los dejamos arreglárselas solos.
-Lo han hecho bien hasta ahora –agregó Jasper.
-¿Hay cornudos, y todo eso? –Pregunté esperanzada.
-No. En realidad, sólo hemos visto unas pocas liebres, ratas, y algunas aves –explicó Alice-. Pero supongo que, en otros continentes, habrá otras especies que consiguieron no extinguirse.
De acuerdo al color de sus ojos, estaban tan sedientos como yo, así que asumí que su criadero de ratas no podía ser demasiado próspero.
-.-
Caminamos por un par de días, viendo ocasionalmente algún signo de vida animal no asociada a insectos. Aunque eran muy pocos, la exuberancia de la vegetación nos daba la sensación de que era cosa de tiempo que aquella tierra rebosante de vida se llenara de animales.
-.-
La colonia de vampiros vivía en una zona tropical, junto al mar, en lo que me explicaron había sido un pueblito de México, años atrás. Estaban instalados en una especie de rancho, con muchas habitaciones, que habían limpiado bien.
Cuando habíamos entrado a un pueblo en ruinas, lleno de halos calcinados, no me sentí muy entusiasta. Pero, cuando oí un pajarito y vi que cantaba desde un árbol, algo más lejos, me animé un poco. Y cuando vi el mar, a lo lejos, me animé más.
-No son presas –me recordó Alice, supuse que refiriéndose al pajarito.
-Sí sé –le respondí, molesta-. ¿Crees que soy idiota?
-No. Pero la sed es una terrible consejera –explicó-. Recordárnoslo los unos a los otros nos ayuda a contenernos.
-Aunque tú no lo necesitas –se burló Jasper, poniéndome en el suelo. Lo lamenté un poco, ya que había disfrutado mucho la larga caminata pegada a él.
Bajamos hacia la playa por una calle rodeada de ruinas, que estaba siendo invadida por helechos, enredaderas y flores. Todavía se podían leer grafitis y consignas en algunos muros. Vi la "A" de anarquía, "mueran los f***ing vampiros", y otras delicadezas que habrían hecho rascarse la cabeza incómodo a Carlisle.
-¿No encontraron un pueblo más feo para vivir? –Me quejé.
-Encontramos ratas –explicó Alice-. Nos pareció que, si las ratas lo habían escogido, debía ser un buen lugar para empezar.
-También había ratas en un basural en Sudamérica –recordé.
-Bueno, pero esto es mejor que un basural –dijo Jasper, alegre, como si eso zanjara el tema.
-Es un buen lugar, y ruinas humanas hay en todas partes –argumentó Alice-. El tiempo se encargará de ellas.
-Yo encuentro cierto encanto en la expresión del pueblo –comentó Jasper, con humor.
En ese momento pasábamos junto a un muro en el que alguien había pintado un pene gigante, con dos testículos peludos, y al lado decía "p'al NO".
-Fínito… -Me burlé. Ambos se rieron también.
-Ah, humanos… Los extrañaremos… –Dijo Alice, y los tres guardamos un minuto de silencio sin ni siquiera ponernos de acuerdo.
La brisa del mar, que subía desde la bahía hacia nosotros, nos trajo olor a múltiples vampiros. Reconocí algunos. Garrett. El general Veloso. ¿Macareno Macías? Vaya… Había un cuarto que me sonaba, de la fuerza de paz, pero no era de alguien cuyo nombre recordara, aunque en mi cabeza estaba asociado al olor del general Sharp. Estaba segura de que se trataba de alguno de sus hombres.
Cuando la calle hizo una curva los vimos, subiendo hacia nosotros, un grupo alegre y "variopinto" de vampiros, como lo había llamado Alice. Se notaba a la legua quienes habían sido miembros de la fuerza de paz, por sus cortes de pelo militares y sus grandes estaturas. El general llamó de inmediato mi atención, porque era el más gigante del lote y venía con sandalias, bermudas, y una camisa guayabera. Macareno venía en traje de baño y sandalias, todo músculos al aire, tipo guardianes de la bahía versión pálida. Había otros tres militares: un chino viejo, un chino más joven, y uno que recordaba que se llamaba Alan, que me había sujetado cuando Carlisle me había ido a buscar a Denali, eones atrás. Esos tres venían vestidos de civiles, aunque no tan relajados como el General y Macareno. De hecho, el chino viejo parecía malas pulgas, y su cara me recordó a Pai Mei, en Kill Bill.
La vieja que venía con falda floreada, blusa de bordados coloridos, y collares alegres debía ser Main. Se veía algo estrafalaria, con su pelo largo y canoso al viento, parado para todas partes como si le hubiera dado la corriente. La joven bonita que venía de la mano de Garrett debía ser Belén. Se veía algo mayor que él. Su pelo castaño me recordó un poco al de Esme, y me dio pena. Sentí que Jasper me tomaba la mano y me la apretaba.
Cuando nos juntamos con el grupo me sorprendí, ya que el general Veloso abrió grandes los brazos y me levantó del suelo con un abrazo de oso.
-Daniela, que felicidad verte –me dijo contento.
-Gracias general –le respondí, un poco ahogada por su abrazo, aunque extrañamente contenta de verlo.
-"General" tu abuela –me dijo, volviendo a ponerme en el suelo-. Llámame Gael o te lo haré pagar.
Lo miré inquieta, y me miró con su gigante sonrisa dientona. Y, a pesar de los dientes, no me sentí intimidada.
-Es broma Daniela.
-Sí señor.
-¡Gael! –Insistió, entre enojado y riendo.
-Bueno –le respondí, pero no me atreví a darle en el gusto y llamarlo por su nombre. Supuse que me tendría que acostumbrar-. Hola Macareno –agregué, y él también me abrazó aunque menos efusivamente.
-Es una alegría inmensa verte –me dijo, tomando una de mis manos entre las suyas y apretándola, luego de soltarme del abrazo.
-También estoy contenta de verte –le dije-. De verlos –agregué dirigiéndome a nadie en particular. Mis ojos se detuvieron en el siguiente conocido.
-Hola Garrett –saludé, al tiempo que Macareno me soltaba la mano. Garrett se acercó, y me dio un corto abrazo.
-Hola Daniela, bienvenida. Ésta es mi esposa, Belén –agregó presentándome a su pareja.
-Hola, mucho gusto –le dije, intentando darle la mano, pero ella me abrazó y me dio un sonoro beso en la mejilla.
-Hola Daniela, te estábamos esperando. Alice y Jasper hablaban mucho de ti. No hallábamos la hora de que todo acabara para que te pudieran ir a buscar de una vez.
-Sí, se tomaron su tiempo –respondí con algo de sarcasmo, todavía un poco resentida por el tiempo que pasé sintiéndome como el único habitante del puto planeta.
-Daniela –dijo Jasper, cambiando de tema, poniéndome una mano en los hombros y apuntando a los presentes-. Ella es Main –dijo, indicando a la vieja.
-Mucho gusto –le dije, intentando darle la mano. Y, cuando me la agarró y la volteó, recordé lo que me habían advertido mis hermanos.
-Mmmh… -Dijo la vieja, a modo de saludo-. Sí, vivirás largo tiempo como nosotros –sentenció-. Mucho Gusto –agregó, devolviéndome la mano y sonriéndome. Me di cuenta de que tenía unos dientes perfectos, y eso me sorprendió. Había esperado que le quedaran dos o tres, no sé por qué.
-Él es el general Nome Wei –dijo Jasper, en un tono mucho más formal, presentándome al chino más viejo. El tipo me miró, muy serio, y me extrañó que tuviera el pelo completamente blanco. ¿No se suponía que los de la fuerza de paz tenían máximo sesenta años? Y su nombre me dio risa, aunque no me atreví a reír. Sonaba muy parecido a "no me huevees", una expresión informal que solíamos usar en Chile para decirle a los demás "no jodas" o "no puedo creerlo".
-Buenas tardes –le dije, sin atreverme a darle la mano.
-Buenas tardes señorita Cullen –dijo en un inglés perfecto, y en un tono serio y sin rodeos-. Tengo 59 años, mi pelo y piel blancos fueron el legado de un trauma nervioso, y tengo el don de la telepatía.
-Ah, lo siento –me disculpé, entendiendo que debía haber percibido que me había reído de su nombre, en mi mente. Me pareció bastante creepy el general Wei, la verdad.
Los demás parecieron incómodos, y Jasper me sonrió para darme ánimos.
-Ellos son Henry Chu y Alan Mithos –me dijo, presentándome al chino joven y al que recordaba de la fuerza de paz de Norteamérica.
-Mucho gusto –murmuré.
-Hola Daniela –me saludó Alan, sonriéndome con calidez-. Un gusto volver a verte. ¿Te acuerdas de mí?
-Buenas tardes Daniela –me saludó Henry, más formalmente, estirando su mano para que se la tomara. Se la tomé, aliviada al ver que me sonreía (no como el otro chino). Le sonreí de vuelta, luego me volví hacía el otro que me acababa de saludar.
-Sí me acuerdo –le dije a Alan-. La última vez que nos vimos fue en Denali, ¿no?
-Sí, cuando intentaste morderme un brazo –recordó riendo, aunque no sonaba resentido por eso. Más parecía darle mucha risa. Vi que el general Wei había girado muy levemente la cabeza, y miraba a Alan sin expresión alguna. Completamente Póker face… Creepy…
-Tenemos unas ratas gordas para celebrar tu llegada –anunció el general Veloso, contento, pasadas las presentaciones-. Seguro estarás sedienta.
-Un poco –admití, avergonzada. Por supuesto que estaba sedienta. De hecho, todos los otros tenían los ojos café muy oscuro, se notaba que también lo estaban.
El rancho era un lugar muy bonito, muy cerca del mar. Sólo un parque con pasto y palmeras nos separaban de la playa paradisíaca. Me dieron ganas de ir a nadar, pero supuse que tendría que esperar, y ver si tenía que pedir permiso o algo así. Estaba claro que yo era la menor del conjunto, y que mis hermanos eran los que seguían. Aunque no estaba segura de la jerarquía en el grupo, me daba la sensación de que eran los generales los que la llevaban.
-.-
Me dieron un tour, y no había mucho que ver. Las habitaciones estaban casi todas vacías y, aunque los muros estaban encalados y las baldosas muy limpias, se notaba que el lugar había estado abandonado. el techo seguía en buen estado, y asumí que eso había influido en la elección del lugar.
La casa tenía un patio interno grandote, dos pisos de habitaciones en torno a él, y dos alas como brazos que salían en forma simétrica de los costados de la construcción, como queriendo abrazar las palmeras de la playa. Había muchas habitaciones, todas sumamente vacías, y las pocas que habían sido reclamadas por alguien estaban bien separadas las unas de las otras.
-Te preparamos una junto a la nuestra –dijo Alice.
-Gracias –le dije, aliviada. Aunque me habían dejado sola con mis hermanos para el tour de la casa, igual todavía me sentía rara en el extraño grupo.
-Te irás sintiendo más cómoda –me tranquilizó Jasper-. Son todas excelentes personas. Y somos todos sobrevivientes. Cada uno de ellos ha sufrido lo suyo, Daniela.
-Supongo –admití-. Pero el general Wei es un poco raro –agregué bajito, esperando que estuviera lo suficientemente lejos como para no leerme la mente.
-Su don no es tan poderoso como el de Edward –me explicó Alice-. Por lo que nos ha contado, ve impresiones de los pensamientos, un poco como mis visiones, aunque sin sonidos. Y sólo percibe los pensamientos de quienes están en los alrededores. Aunque puede percibir también algo de los sentimientos y emociones asociados a las imágenes mentales, y en eso su don se parece más al de Jasper, o al de Aro.
-Cuando está cansado de nuestras mentes se retira –explicó Jasper, con una sonrisa de cariño. Me dio la sensación de que apreciaba al viejito-. Él escogió instalarse en unas caballerizas que quedan a algunos metros de la casa, donde ya no puede percibirnos.
Entramos a una habitación amplia e iluminada que tenía ventanas hacia el lado opuesto de la playa. Había una cama matrimonial, que estaba un poco arrugada y tenía algo de ropa tirada encima. También había un armario, pero eso era todo.
-Este es nuestro cuarto –explicó Jasper-. Y te preparamos el de al lado. Pero, si no te gusta, puedes cambiarte. La casa es grande.
Entramos a una habitación similar que estaba al lado, y había una cama más pequeña. Estaba estiradita. Era todo lo que había en la habitación.
-Es linda –les dije, agradecida.
-La cama es usada –se disculpó Alice-. No quedan muebles nuevos en todo el pueblo, y la mayor parte del comercio fue quemado y saqueado hace años, durante el caos. Ahora, lo que quieras, tienes que buscarlo entre los escombros o hacértelo tú misma.
-No hay problema –les dije, sentándome en mi cama. Tal vez no era nueva, pero era nueva para mí. Y ya no olía ni a humanos ni a vampiros desconocidos, sólo a mis hermanos.
-No encontramos lápices, ni pinturas, ni rompecabezas –explicó Alice-. Y eso que buscamos mucho. Aquí llueve mucho, y todo lo que se podía podrir se pudrió hace tiempo. Hay algunos libros, pero es mejor que no dibujes en ellos.
-Hay cal, si te sirve –dijo Jasper-. Con eso blanqueamos los muros. Si quieres puedes intentar pintar con eso.
Me paré, y los fui a abrazar.
-No me importa que no haya nada. Están ustedes y con eso me basta. Viví dos años perfectamente sin pintar, y lo más "artístico" que hice fue escribir en una caverna.
-Sí, te vi –dijo Alice.
-Hubiera apreciado saber de ustedes antes –les recordé nuevamente, con algo de rabia.
-Daniela, es mejor que des vuelta la página –recomendó Jasper-. Fuimos a tu encuentro apenas fue seguro hacerlo.
-Los últimos enemigos los eliminamos hace sólo tres semanas –confidenció Alice-. Y, por lo menos de acuerdo a lo que logro ver, esos eran de verdad los últimos.
-Estabas más segura en el sur –continuó Jasper-. Alice estaba segura de que eras el único vampiro en el continente.
-Y estabas haciendo un buen trabajo con los conejos –me recordó Alice.
-Lo de los conejos lo dejé hace meses –me quejé-. Los últimos meses sólo me lo pasé dando tumbos por la selva.
-Nosotros éramos útiles acá, y tú estabas más segura allá –insistió Jasper.
-Ok. Pero, ¿me pueden prometer que no nos volveremos a separar por favor? –Rogué.
-Si en algún momento aparecen enemigos, y es más seguro esconderte, lo haremos aunque no estés de acuerdo –dijo Alice.
-Tú dijiste que ya no quedan enemigos –le recordé.
-Lo que dije es que no puedo ver enemigos –enfatizó Alice-. El futuro no está escrito Daniela.
-Estaremos bien –dijo Jasper-. No vamos a pelear por un futuro hipotético. Además, debemos bajar. Todos deben estar ansiosos por beber esas ratas. Hace dos semanas que nos bebimos las últimas.
-¿Tan mal está la cosa? –Pregunté preocupada.
-Estamos recién partiendo, Daniela –respondió Jasper-. Aunque hemos recolectado muchas ratas, y se están reproduciendo, el hecho es que de todas formas se tardan su tiempo en crecer. Por ahora, no hay abundancia.
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Los demás estaban en el patio, junto a unas habitaciones con jaulas ruidosas y con olor a ratas. Aunque estaban muy limpias, Esme hubiera corrido aterrada. Estaban todos alrededor de una jaula en particular, sobre el pasto, como amigos junto a una barbacoa. Lo encontré jocoso. Adentro había once ratones vivos, de un tamaño bastante razonable.
-Al fin… –Dijo Belén, sonriéndonos.
-¿Discurso, general? –Ofreció riendo Garrett, al general Wei. Yo pensé que se enojaría, pero el viejo sólo negó con la cabeza.
-¡Qué discurso ni que nada! –Dijo el general Veloso, abriendo la jaula y sacando ratas. Comenzó a hacerlas correr, hasta que todos tuvimos una retorciéndose en nuestras manos.
Cuando vi que todos comenzaban a beber, animados, los imité. Intenté que me durara lo más posible. Me daba un poco de pena matar a once ratas perfectamente sanas. Pero no me iba a poner pesada cuando se notaba que estaban celebrando mi llegada. Me consolé pensando que sólo habían escogido machos. Supuse que entre los machos que quedaran se tendrían que repartir el trabajo, por así decirlo. No haríamos un daño tan grande.
Cuando terminé, vi que los demás también habían terminado. Henry y Alan recolectaron los cadáveres.
-Los enterrarán –explicó Jasper, al ver que los miraba-. Ellos se ofrecieron de disponedores de cadáveres.
-No hay mucho que hacer aquí –dijo el general Wei en forma inesperada, dirigiéndose a mí-. Tendrás que buscar qué es lo que quieres hacer.
Pensé, y nadar se me vino a la mente. Aunque suponía que el general se refería más a una actividad "útil".
-Por ahora le buscaré ropa –dijo Alice tomándome de la mano-. Está cubierta por lo mismo que llevaba en Suiza, hace dos años. No son más que harapos. Seguramente en el pueblo le podré encontrar algo más decente.
-Gracias por la rata, y por la bienvenida –les dije a todos antes de que Alice me arrastrara. Todos me sonrieron, salvo el general Wei, pero estuvo entre los que habían dicho "de nada".
-.-
Salí con Alice, y Jasper nos siguió. Noté, animada, que no habían tenido que pedir permiso para salir, y que nadie les había puesto problemas cuando anunciaron sus planes. Volvimos a subir la calle empinada hacia las ruinas de la ciudad. En los cerros, más al oeste, el sol se acercaba al poniente.
-¿Dónde encontraremos ropa? –Pregunté animada.
-Conozco un buen ropero –dijo Alice-. Creo que los que vivían ahí tenían una hija como de tu talla, y su armario no se ha llovido y está bien conservado.
-¿Puedo preguntar algo de carácter práctico? –Dije, cuando ya estaba segura de que nadie en el rancho podría oírnos.
-Sé lo que preguntarás –dijo Alice, sonriendo.
-Pero yo no –la interrumpió Jasper, en buena onda-. Pregunta lo que quieras Daniela.
-¿No hay que pedir permiso para salir ni esas cosas? –Pregunté-. Si quiero ir a nadar, por ejemplo, ¿puedo ir?
-Sí –dijo Alice-. Todo se basa en el autocuidado, el respeto y el sentido común. Si quieres ir a nadar, nadie te va a atajar, a menos que haya un tsunami, o que el mar esté en llamas. Pero, si te vas y no vuelves en tres días, todos se van a preocupar pensando que algo malo te ocurrió. Entonces, por respeto al resto, uno intenta no darles motivo de angustia.
-Básicamente, haz lo que quieras –explicó Jasper-. Pero, si vas a salir, dile a alguien adónde vas a estar. Así, si no vuelves, sabremos donde empezar a buscarte.
-Pero si les aviso a ustedes, por ejemplo, está bien ¿no?
-Sí –respondió Jasper-. Aunque, por precaución, preferiría que salieras siempre acompañada.
-Todos lo hacemos, incluso los más viejos –añadió Alice, antes de que preguntara-. Autocuidado básico: siempre en parejas. Si algo ocurre, el otro puede ir por ayuda, o proteger, etc.
-Además, es bueno que Alice pueda echar una mirada a tu futuro, si vas a nadar por ejemplo –insistió Jasper-. Nunca se sabe qué puedes encontrar en el mar.
-No estamos completamente seguros de que no queden vampiros hostiles escondidos por ahí –explicó Alice.
-Ok, me quedó claro. No haré leseras escondida –prometí.
-Si vas a hacer leseras, invita –sugirió Jasper. Nos reímos.
-¿Y en qué puedo colaborar yo? –Pregunté incómoda-. Creo que el general Wei espera una propuesta, o algo así.
-Sólo tienes catorce años, nadie espera que hagas demasiado –explicó Jasper, restándole importancia-. Creo que el general te estaba aclarando que serías tú quien tendría que buscar algo para entretenerte.
-No dejes que te intimide –dijo Alice-. Se ve tieso, pero es una buena persona.
-Y repara los techos –dijo Jasper en tono práctico-. Muy útil, cuando las tormentas se pasan.
-Y siempre está vigilante, en los alrededores de la propiedad, por si percibe pensamientos ajenos al grupo –dijo Alice-. Creo que no quiere dejar toda la responsabilidad de la seguridad en mí.
-¿Qué edades tienen los otros? –Pregunté con curiosidad.
-Main es la más vieja en edad humana, ya que tenía 86 cuando la mordieron –explicó Jasper-. Le siguen el general Wei con 59, Gael con 54, Macareno con 41, Alan con 37, Henry con 30, Belén con 24, Garrett con 20, y nosotros tres.
En eso Alice se acercó a una casa en ruinas, y abrió unos postigos podridos. Entramos los tres, por la ventana, como unos vulgares saqueadores.
-¿Esto no es algo ilegal? –Pregunté un poco nerviosa.
-Sólo quedamos nosotros, Daniela –dijo Alice encogiéndose de hombros. Hace años que nadie más vive aquí. Además, no es como si estuviéramos saqueando tumbas.
En un cuarto había un armario cerrado, y Alice lo abrió.
-¡Voilà! –Dijo contenta-. ¡Ropa de tu talla!
Me sentí algo incómoda por meterme en las cosas de otra persona, pero supuse que la dueña debía estar muerta hace tanto que ya no le importaría.
Había ropa bonita, y razonablemente bien conservada. No era muy de mi estilo, con tanto bordadito, pero que diablos… No me la quise probar, ya que Jasper estaba en el cuarto también y sentía algo de pudor.
-La llevaremos toda –dijo Alice en tono práctico, haciendo un gran bulto con todo, usando la alfombra raída del cuarto. Y, luego de que nades un rato, podrás cambiarte. ¿Te parece?
-Sí, me parece –le contesté, aliviada.
Caminamos cerro abajo nuevamente, por entre las calles abandonadas. Ya comenzaba a oscurecer, y el cielo estaba precioso. Jasper cargaba el gran saco al hombro, y parecía un equeco.
Cuando llegamos a la playa, Jasper dejó el bulto en el suelo. Alice lo abrió y dejó la ropa con cuidado sobre el pasto.
-Casi no se ensució –anunció contenta-. No hay lavadora –agregó mirándome-. Creo que si lavamos la alfombra en el mar incluso se podría ver bien en tu cuarto. ¿Te parece?
-Ok –le dije, aunque me daba lo mismo que hubiera o no alfombra en mi cuarto.
Nos metimos los tres al agua, y nadamos mucho en el atardecer y luego en la noche. El agua era muy cálida, y me sentí en paz, rodeada por mis hermanos. No pude evitar recordar todas las veces que nadé con Esme, con Carlisle, con mis otros hermanos… Sentí que el duelo volvía a apoderarse de mí. Jasper se acercó, seguido de Alice.
-Es imposible no recordarlos –dijo Alice, entendiendo en qué pensaba-. Eres vampiro, y nunca los vas a olvidar. Pero, si ellos estuvieran aquí, querrían que fueras feliz.
-Están descansando –agregó Jasper-. Esme seguro tiene en brazos a su bebé.
-Y Carlisle debe estar en paz, con ella, Rosalie, Bella, Alec, Edward y Emmett.
-Y Jane, Aro y compañía deben estar con ellos, mosqueando –agregó Jasper, intentando ponerle humor a la escena.
-Creen que algún día… -No me atreví a seguir.
-Sí, algún día –respondió Alice con seguridad-. Pero ese día no está en nuestro futuro próximo, Daniela. Sácalo de tu mente, e intenta disfrutar el momento. Ahora estamos por fin los tres juntos. Estamos en un lugar hermoso, rodeados de amigos, sin enemigos. Tenemos sed, y usamos ropa usada –agregó con un mohín-, pero eso se arreglará poco a poco. La vida está volviendo al planeta, y sé que dejaremos de tener sed al mediano y largo plazo.
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Lavamos entre los tres la alfombra, sin romperla, y la pusimos a secar sobre el pasto. Alice recogió mi ropa, intentando no mojarla, y volvimos a la casa. Adentro no había luz eléctrica, pero de dos chimeneas salía humo y asumí que usaban eso como iluminación durante la noche.
-¿Cómo estuvo el shopping? –preguntó Main, con su sonrisa grande, cuando nos la cruzamos en la sala de la entrada. Estaba tallando un palo largo que se parecía horrorosamente a una lanza. Dios… Que viejita tan rara…
-Excelente, Main –dijo Alice-. Vendremos a quemar los harapos al fuego más tarde, por favor no lo apagues –agregó.
-Por supuesto –respondió la anciana, agarrando una viruta grandota y lanzándola al fuego como para enfatizar.
No tenía donde guardar ropa en mi cuarto, pero Jasper anunció que podíamos ir a buscar un armario al día siguiente, que seguro encontraríamos alguno que no estuviera demasiado podrido.
-También hay árboles –dijo Alice-. Tenemos algunas herramientas, y podrías intentar hacerte un cofre o algo así.
-¿Cómo los piratas? –Me reí.
-Sí –respondió-. Aunque supongo que es más práctico traer un armario del pueblo y ya. Por ahora, si quieres, deja tu ropa en el mío. Hay un poco de espacio en él, si metemos todo apretado.
-Ok –acepté.
Cuando escogí un pantalón y una especie de blusa, ellos salieron. Me cambié. No tenía zapatos, ni calcetines, ni siquiera calzones. Lo que había traído puesto por años eran reliquias, y reconocí que ya no servirían para nada. Tendría que andar descalza, y "a pelo". Pero supuse que a nadie en esa casa le importaría.
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La ropa se tardó en quemar, y salió bastante vapor. Pero Main había armado una verdadera hoguera para cuando volvimos, y se la pudo con mi ropa. Mientras la veía consumirse me dio pena. Era mi última ropa del castillo donde había vivido con mis padres. Me pregunté, por un momento, cuántos minutos me tardaría en reunirme con ellos si me metía al fuego como había hecho Esme. En ese momento me di cuenta de que, en los años anteriores, sólo la ausencia total de fuego había impedido que lo intentara. Pero luego recordé a Alice y a Jasper. No les podía hacer eso. Estaba casi segura de que ellos se habían mantenido con vida por mí. No podía simplemente, cobardemente, mandarme cambiar y dejarlos pagando.
-Ánimo –me dijo Jasper, pasándome una mano por la espalda. Volví a abrir los ojos, no me había dado cuenta de que los había cerrado. Vi, en el umbral de la puerta, al general Wei. Me pregunté, preocupada, hasta qué punto había captado mis pensamientos. Se llevó un dedo al ojo, como diciendo "te tengo vigilada", y se fue.
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A la mañana siguiente ocurrió algo que me hizo sentir incómoda. Alice, en un momento en que Jasper no andaba cerca, me dijo bajito:
-Daniela… ¿Quieres que te saque el dispositivo de rastreo?
La miré asustada. Había olvidado completamente que esa huevada seguía dentro de mí.
-No te lo digo para molestarte. Es sólo que ya no sirve de nada –se justificó-. Ninguno de nosotros lo tiene. Y con el tiempo y las nadadas es posible que se te termine oxidando adentro.
-Me da cosa –admití.
-Puedo imaginarlo –respondió empática-. Por eso esperé a que no hubiera nadie cerca que pudiera oírnos. Pensé que si te lo decía yo…
-Tal vez nunca se oxide –razoné-. No me molesta. Ni siquiera recordaba que lo tenía.
-Es que me siento un poco responsable de ti –confesó Alice-. Creo que Carlisle me maldecirá desde el más allá por no habértelo sacado a tiempo si se te llega a oxidar, como cuando tuviste el accidente.
Recordé aquella tortura, y tuve que admitir que sus palabras tenían sentido. Y supuse que, de las alternativas disponibles, Alice era de lejos la preferible.
-Ok –acepté-. Pero salgamos las dos solas y alejémonos, que no quiero que nadie me oiga, o vea mis pensamientos.
-Aprovecharemos de ir a buscar un mueble para tu ropa –dijo entusiasta, contenta de transformar la salida "incómoda" en algo más normal y alegre como ir de shopping.
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No pedimos permiso ni avisamos para salir. Alice escribió "salida de chicas" muy pequeño en la cal del muro de su cuarto, junto al armario.
-Jasper lo verá cuando llegue y no nos irá a buscar –anunció contenta. Salimos por la ventana y corrimos al pueblo.
Al final nos fuimos a buscar el mismo ropero donde había estado la ropa que llevaba puesta. Nos metimos a las ruinas, y Alice me miró.
-Te prometo ser rápida –me dijo, al verme la cara-. Cuando se lo quité a Jasper ni gritó.
-Ok –murmuré, aunque sospechaba que Jasper había aguantado en silencio como un hombre para no quedar en vergüenza frente a su esposa.
Alice fue rápida, me sacó el más pequeño abre-puertas y finalmente el grandote de rastreo. Y, aunque me rompí y me dolió, se me pasó luego de un rato descansando. No había sido tan vergonzoso.
-Malditas porquerías –murmuró Alice, aplastando el dispositivo de rastreo y retorciéndolo hasta dejarlo irreconocible. Comenzó a romperlo en pedacitos, con gesto amargo. El abre-puertas lo había dejado a un lado, estaba claro que era el otro el blanco de su rabia.
-Gracias. Tienes razón, es un alivio saber que ya no tengo esa mierda adentro –admití.
-Y yo me siento más tranquila. Supongo que Carlisle ya no me odia tanto desde el más allá –dijo triste.
-Dudo que Carlisle te odie –la tranquilicé.
-Dejé morir a su esposa, Daniela –confesó-. En vez de llevar a Esme a Berna, y buscar sus restos, la encerré en el castillo, sumida en la depresión y la incertidumbre. Y no le dije que no lo había visto morir. Si al menos le hubiera dado esperanza…
-Todos creíamos que estaba muerto, Alice. No fue tu culpa.
-La dejé morir, Daniela –insistió sin mirarme-. Yo vi que se suicidaría, y escogí no detenerla. Sentí que estaba en su derecho. Y detuve a Jasper cuando quiso salvar a Alec. Y eso empujó a Edward. Y eso empujó a Bella y a Rosalie. Y eso empujó a Emmett…
-No fue tu culpa –insistí yo-. Ellos escogieron morir con mamá y papá.
Alice negó con la cabeza.
-No hay día en que no piense en ellos con culpa, Daniela. Siento que terminaron todos muriendo porque no tomé las decisiones correctas.
-Todos la dejamos morir, Alice. Y todos terminamos aceptando cuando Edward decidió darle el golpe de gracia a Carlisle. Y ninguno de nosotros, salvo Jasper, se paró a salvar a Alec, ni a Edward, ni a Rosalie. Y cuando Bella y Emmett se les unieron, tampoco los detuvimos.
-Creo que salvarte a ti fue lo único decente que hicimos –admitió Alice. No tienes idea el alivio que sentí cuando por fin pudimos ir a tu encuentro.
-Sí, por fin –dije.
-Anoche pensaste en suicidarte, ¿no? –Preguntó resignada-. Vi el signo que te hizo el general y, aunque no vi tu suicidio en el universo de posibilidades, entendí que la idea te había pasado por la mente.
-Sólo recordé a Esme, y me pregunté cuánto tardaría en verlos si me metía a la hoguera –admití.
-¿Interés científico? –Se burló con amargura.
-Sí, supongo.
-Prométeme que no lo harás –me rogó.
-No lo haré, te lo prometo –le dije con seguridad-. Pero, si ustedes escogieran que nos suicidáramos los tres, yo no me opondría. Aunque este lugar es bonito, y el club med que armaron es agradable, desearía que pudiéramos reunirnos todos, por toda la eternidad, en algún jardín celestial o algo así.
-Supongo que es cuestión de tiempo –admitió Alice-. Aunque, sin humanos ni vampiros enemigos, veo difícil que nos aniquilen de alguna manera.
-Podrían invadirnos los extraterrestres –razoné-. O caernos encima una lluvia de meteoritos.
-O podríamos estar en medio de un campo de trigo que justo se incendie –aportó Alice, sonriendo al fin.
-Eso sería muy difícil –expliqué-. El campo de trigo tendría que prenderse a todo nuestro alrededor, y aun así conseguiríamos superar la barrera saltando lo suficientemente alto, o cavando un tunel.
-Es verdad –reconoció-. Mal plan.
-¿Plan? –Pregunté.
-Olvídalo, mala elección de palabras –se disculpó-. Sólo estaba recordando que tenemos que ir a buscar trigo para las ratas, y se me mezclaron las ideas.
-Alice: somos vampiros. No se nos mezclan las ideas. ¿Tienes algún plan?
-No –insistió-. Te lo juro sobre la tumba de nuestros padres.
-No hables pelotudeces –me quejé-. Ni siquiera enterramos sus cenizas.
-Es verdad, sorry –se disculpó.
-Ok, no hay problema –le dije-. ¿Puedo ir a buscar trigo también?
-¡Claro! Mientras más vayamos, más trigo cargamos, y más tiempo nos durará –dijo en tono práctico-. Esas ratas comen como salvajes.
-Yo las vi bien gorditas. Eso es bueno, estarán sanas, tendrán muchos hijos robustos, con mucha sangre -razoné.
-Esa es la idea –dijo Alice, más animada.
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Cuando ya no me dolía enterramos los restos de mi dispositivo y el chip abre-puertas bajo una buganvilia, y volvimos al rancho cargando mi nuevo armario.
Estaba un poco desvencijado, pero lo limpiamos con un trapo y luego de que Jasper le ajustara unos tornillos, y metiera palitos en los tarugos, quedó bastante más firme. Al menos, las puertas cerraban bien.
-Cuando se seque la alfombra tu cuarto quedará mucho más bonito –dijo Alice, contenta-. Y eso ocurrirá mañana al mediodía.
Jasper no nos preguntó en qué habíamos estado, ni por qué nos habíamos tardado. Pero, como no era tonto, asumí que lo sospechaba. En todo caso, estuve agradecida de que ni él ni ninguno de los otros dijera nada ni pusiera cara de nada.
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No hubo problemas para que yo fuera en la expedición a buscar trigo. Cada uno llevaba un par de sacos, aunque a mí sólo me pasaron uno. Estaba nuevo, hecho de tela gruesa de cortina, que Main había cosido para mí. Salimos al alba. En casa sólo se quedó la anciana, prometiendo que todas las ratas estarían sanas y salvas cuando volviéramos.
En el camino cantamos, y reconocí una canción muy bonita que el general Veloso y Macareno cantaron juntos. Estaba en portugués, pero la ubicaba de mi época humana, en Chile. Con Alice, Belén, Jasper, Alan y Garrett cantamos "tío Juaco tiene granja" y pronto se nos unieron los otros cuatro. Me sorprendió oír cantar incluso al general Wei, y que afirmara que en la granja había un dragón. Pero nadie se burló, y luego de eso todos empezaron a agregar animales estrafalarios (¡y que ni siquiera rimaban!) como calamares, delfines y hasta tiranosaurios.
El campo de trigo no era lo que yo imaginaba. No era un lugar ordenadito, bien plantado. Era un peladero bastante lejano, en el que el trigo crecía mezclado con otras plantas, en estado salvaje.
-Hay que procurar llenar los sacos con los granitos y no con el resto de la planta –me explicó Jasper.
-Sí sé, no soy idiota –le dije. Entendía qué era el trigo, y qué era la paja. No necesitaba tratarme como una retardada.
Nos pusimos a llenar sacos, y debo decir que era bastante latero. Intenté hacerlo como lo hacían los otros, que golpeaban las plantas y luego recogían los granitos. Pero pronto descubrí que recogerlos era todavía más latero que despegarlos de las espigas, por lo que seguí con mi propio método.
-Cuando los dejamos caer, algunos quedan ahí y luego nacen más plantas –explicó el general Wei, acercándose luego de un rato.
-¿En serio? –Le pregunté con sarcasmo, ya que estaba medio apestada.
-Sí, en serio –me respondió, muy serio, asintiendo. Sospeché que me estaba tomando el pelo.
-Pues, si voy a plantar trigo, preferiría hacerlo más cerca del rancho –le dije picada.
-Buena idea –me respondió, igual de serio, asintiendo nuevamente. Y, tras decir eso, se dio media vuelta y se alejó sin esperar a que le respondiera.
Me quedé pensando, y asumí entonces que esperaba que plantara trigo cerca del rancho. Supuse que podría, perfectamente, en los distintos espacios soleados que había en el pueblo. Se vería un poco raro, un pueblo invadido por el trigo. Sin mencionar la invasión de arañas. Pero, si había trigo en el pueblo, eso atraería a las ratas. Y, muchas ratas en el pueblo, significaría más sangre.
Contenta, seguí llenando mi saco con granitos de trigo. Supuse que a los otros no les molestaría mucho que ocupara una parte de él en el proyecto.
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Los días que siguieron, en el rancho, fueron mucho más relajados que la ida a buscar trigo. El general Veloso, por ejemplo, alimentaba las ratas y limpiaba las jaulas tres veces al día, y pasaba el resto del día tirado en la playa, al sol, como si esperara recuperar el tono de piel que el vampirismo le había quitado. Macareno siempre lo acompañaba, como su fiel escudero. En menos de una semana entendí, cuando los vi en la playa, de la mano, que eran una pareja. Al principio me pareció chocante. Pero luego me relajé. ¿Qué más les quedaba, en realidad? Alice y Belén estaban tomadas. Y nadie escogería a Main como pareja, con sus ochenta y seis años. Ni siquiera el General Wei. Me reí internamente imaginando cómo sería la mujer ideal del general Wei.
Constatado el hecho de que el gigante Gael y el aparentemente masculino Macareno eran gay, me dediqué a observar más detenidamente a Alan y a Henry, otros que andaban para arriba y para abajo juntos. Y no tardé en constatar que también se tomaban de la mano, discretamente, cuando creían que nadie los miraba.
Morbosamente (lo reconozco) empecé a fijarme más en los ruidos de la casa. Y me causó curiosidad que sólo se pudiera oír teniendo sexo a mis hermanos y a Belén con Garrett. Eso era raro. ¿Los gay acaso no tenían sexo? ¿O eran sólo los vampiros gay los que no tenían sexo? ¿O a lo mejor lo hacían discretamente, fuera de la casa?
Estaba intrigadísima, pero no me atreví a preguntar ni a espiarlos en forma descarada para pillarlos en eso. Me avergonzaba bastante, y sospeché que no era asunto mío de todas formas.
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Nadie se opuso a mi proyecto de plantar trigo en las distintas áreas del pueblo. Y también los animó la potencial invasión de ratas que eso podría provocar. Así que comencé a pasar varias horas al día plantando granitos. Al principio lo hacía a conciencia, haciendo un agujero, metiendo el granito, tapando y regando. Pero Jasper se apiadó de mí y me dijo que bastaba con picar un poco la tierra, tirar granos, taparlos muy poco, y regar el área. Así que Alice y él comenzaron a ayudarme, y entre los tres fuimos unas máquinas plantadoras y acarreadoras de agua del río. Algunos pájaros aparecieron, a comerse los granitos. Pero eran muy pocos, y fue más bien grato verlos.
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El trigo creció, mezclado con otras yerbas varias. Hasta marihuana salió, lo que provocó la hilaridad de Main. Lamentó ser vampiro, y afirmaba que su casa de humana solía ser el reino de los cogollos, hasta que la fuerza de paz la pilló y la obligaron a vivir en un departamento sin terraza. Y, tiempo después, una vecina vampirizada la había mordido en la insurrección, sin darse el tiempo de secarla completamente antes de seguir atacando a otros. Y "lo demás es historia" había dicho finalmente.
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No hubo invasión de ratas, como yo había soñado. Vi una, un día, gordita, masticando una espiga quebrada. Pensé en llevarla al criadero, pero me dio pena que terminara siendo comida de vampiro. Así que la dejé ir, y supuse que terminaría haciendo familia, por ahí. Total, había ruinas y trigo de sobra.
El criadero mientras tanto prosperaba. Las ratas no parecían deprimidas por su cautiverio, y no dudaban en reproducirse todas con todas, sin importar el grado de parentesco. Yo lo encontraba un poco demasiado liberal, y hubiera preferido controlar que las ratas no se mezclaran más que con sus primos generacionales. Pero a nadie en el rancho parecía importarle un comino el incesto entre las ratas. Engordaban, se reproducían con eficiencia, y eso era todo lo que importaba.
En cosa de meses ya todos estábamos con los ojos de color café más clarito. Y, a medida que la austeridad se iba haciendo más relajada, el humor de todos se hacía todavía más vacacional. Aunque trabajábamos, la mayor parte del tiempo lo pasábamos tomando el sol en la playa, nadando, y nos faltaban sólo las caipiriñas (figurativamente hablando). Ni siquiera el clima caótico nos molestaba demasiado, ya que el rancho era sólido, y el general Wei era un experto reparando techumbres, una especie de Macgiver de la madera. Le pasabas un par de palos y te entregaba un piano. Bueno, estoy exagerando. Nunca hizo un piano. Pero sí reparó los techos cada vez que la lluvia corría las tejas, o desclavaba tablas. Y las ratas no corrían peligro, ya que sus jaulitas eran indoors, en el primer piso, alrededor del patio.
Cuando se nos fueron haciendo pocas las jaulas, propuse hacerlas de madera. Pero me dijeron que las ratas las roerían. Así que saqueamos el pueblo buscando mallas para hacer más jaulas. Y, cuando ya no encontrábamos mallas, aprendimos a hacer mallas con alambre. Y, cuando ya no había alambre, aprendimos a moldear el hierro para hacerlo, usando nuestra fuerza. Era, para nosotros, como jugar con plastilina. A mí me costaba más, pero no lo hacía tan mal. Era, en cambio, bastante hábil tejiendo mallas con alambre. Esme hubiera estado orgullosa, supuse, aunque fuera para un criadero de ratas.
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Pasaron algunas estaciones, y no volví a pensar en el suicidio. Alice tampoco volvió a mencionar el tema. Me acostumbré a mi nueva familia, que era un poco extraña pero muy cálida. Main era la que mejor me caía (aparte de mis hermanos), y pasaba mucho tiempo con ella. En mi mente la llamaba "abuela", y era primera vez en mi existencia que tenía una abuela. Me gustó. Luego de que me enseñara a tejer malla de alambre para las jaulas dejé que me enseñara a hacer hilo torciendo hilachas de plantas. Era una actividad un poco latera, ya que había que encontrar plantas con hilachas resistentes pero blandas, lo que no es tan evidente. Pero una vez teniendo las hilachas, sólo era torcer y enrollar. Incluso dejé que me enseñara a tejer, y me sentí un poco mal de nunca haber aceptado que Esme me enseñara. Ella siempre había insistido, y yo la había rechazado sistemáticamente. Pero no tenía sentido arrepentirme tanto, ya que el daño no podía ser reparado. E igual lo pasé razonablemente bien tejiendo con Main. No había mucho con qué entretenerse en el rancho, la verdad.
Mi primer tejido, un intento de sweater sin mangas para Alice, quedó espantoso. Raspaba mucho, y más parecía una malla para ir a la feria que una prenda de vestir. Pero Alice igual se emocionó (aunque claro, ella ya sabía de antemano que se lo regalaría), e incluso aguantó casi media hora con él puesto. Luego lo colgó en su armario, y quedó ahí para la posteridad. Decidí concentrar mis esfuerzos en la agricultura y la ganadería, actividades en las que podía aspirar a ser un verdadero aporte.
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En una expedición más allá de los cerros del poniente encontramos estas cavernas donde me encuentro ahora, escribiendo todo esto. Íbamos a buscar otras especies, y llevábamos varias parejas de ratas para liberarlas en la naturaleza. Cuando vi las paredes rocosas recordé lo que había escrito, en Chile, tiempo atrás. Supuse que no tenía sentido volver para seguir escribiendo en ésas, así que decidí quedarme aquí por unos días, actualizando mi historia en estas nuevas cuevas. Los demás me dejaron esperar su retorno aquí, sola, y me puse manos a la obra. Eso fue hace varios días, y asumo que mi nueva familia debería estar por pasar de vuelta. Prometieron no tardar.
Supongo que, si tuviéramos un apellido, seríamos "variopintos" como Alice había dicho. Daniela Variopinto… Sonaba bien. Como a borgoña, o vino en melón.
Supongo que, hasta que la muerte nos sorprenda, seré feliz con ellos. Y, cuando la muerte me sorprenda, seré feliz con mis otras dos familias, la vampira y la humana.
No es tan malo. Puedo vivir con eso.
-.-.-
Final de Tierra de Vampiros.
