Capítulo 37.

En lo alto de la Torre de Astronomía, los estudiantes observaron, impactados y atemorizados, como cuatro rayos rojos golpeaban en el pecho a su profesora de Transformaciones, elevándola en el aire, dejándola suspendida, antes de que saliera disparada hacia atrás, recorriendo un par de metros, y cayera sobre su espalda para permanecer inmóvil y en silencio.

- ¡Gárgolas galopantes! – gritó el Profesor Tofty, quien también se había olvidado completamente que se encontraban en medio de un examen. - ¡Sin ninguna advertencia previa! ¡Que vergonzoso comportamiento!

- ¡COBARDES! – aulló Hagrid, y su potente voz llegó clara y enfurecida a los oídos de los observadores. Harry nunca lo había visto tan furioso. Varias luces se encendieron dentro del castillo. - ¡MALDITOS COBARDES! ¡TOMEN ESTO!

- Oh, Dios… - sollozó Hermione.

Hagrid intentó golpear a sus asaltantes, pero éstos habían retrocedido hasta ubicarse fuera de su alcance inmediato, mientras intentaban aturdirlo sin parar. Un hombre se paró a su lado, y Harry volvió la mirada para posarla en el inspector Hielsen, quien miraba con rostro de urgencia la escena en los terrenos.

- ¡¿Qué esperan!? – preguntó Umbridge, con urgencia y molestia. - ¡Atúrdanlo!

Y entonces el césped entre los seguidores de la Directora y Hagrid explotó en varios puntos, deteniendo el proceder de los magos, quienes por la sorpresa dejaron de lanzar conjuros al hombre mitad gigante y se voltearon para mirar detrás de ellos. Harry volvió la vista hacia el lugar en donde se encontraba tendida la profesora McGonagall, quien ahora tenía una túnica encima para protegerla del frío, y un poco más adelante, entre la profesora inconsciente y los atacantes, divisó a Claire, con la varita en mano.

- ¡¿C… cómo se atreve!? – chilló Umbridge.

- ¡Oh, cállate, Umbridge! – le dijo Claire, enojada.

Y uno de los asaltantes le lanzó un hechizo a la consejera. La joven agitó su varita y desvió el conjuro, y respondió con uno propio de inmediato, que el sujeto también desvió.

- ¿Qué estás haciendo, Claire? – preguntó el inspector, junto a Harry, más para el mismo que para quienes lo rodeaban.

- ¡Le recuerdo, White, que enfrentarse ir contra mí es ir contra el Ministerio y…! – Umbridge se interrumpió cuando Hagrid le asestó un potente golpe a uno de sus hombres, mandándolo a volar y dejándolo inconsciente.

- ¡Que así sea! – sentenció Claire, y blandió su varita contra el tipo que la había atacado, quien había estado defendiéndose de Hagrid y no pudo evitar que el hechizo aturdidor le diera esta vez. El sujeto cayó hacia delante y no se volvió a levantar.

Umbridge blandió su varita contra la consejera, quien bloqueó su hechizo con facilidad. De los tres asaltantes que quedaban, dos volvieron a concentrarse en Hagrid, quien lanzaba golpes potentes en su dirección, intentando derribarlos, lo que parecía estar resultando algo difícil mientras se cubría de los hechizos aturdidores de los que lo atacaban. El tercero se unió a Umbridge como apoyo.

- ¡Dos contra una! – chilló Parvati.

Harry no se dio cuenta de que sujetaba su telescopio con fuerza suficiente para abollar el latón del que estaba hecho, solo prestaba atención a lo que sucedía frente a la cabaña de Hagrid.

Umbridge y su ayudante lanzaban hechizos tras hechizos, y Claire se defendía con la maestría que siempre había demostrado al enfrentarse en duelos contra él. Pero ir contra dos oponentes no parecía ser tan fácil, y Harry intuyó que ni Claire ni Hagrid podrían resistir mucho más tiempo. De pronto un detalle llamó su atención; la consejera no estaba atacando, solo se defendía, y a medida que bloqueaba y desviaba hechizos, se acercaba lentamente hacia sus oponentes, quienes, sabiendo lo que sucedía detrás de ellos, resistían a los impulsos de querer retroceder.

También notó, luego de que fijara sus ojos en la escena completa, de que había varios puntos oscuros volando alrededor de todos ellos. Los resplandores de los hechizos le permitieron identificar que eran aves; del tamaño de canarios, que revoloteaban sobre los combatientes.

Claire consiguió avanzar y recorrer la mitad de la distancia que la separaba de sus adversarios, sin dejar de desviar los conjuros que le lanzaban hacia los lados. Y entonces pareció ver una oportunidad, pues en lugar de hacer a un lado el maleficio que Umbridge lanzó contra ella, lo regresó hacia delante, entre la directora y su compañero.

El maleficio reflejado le dio a uno de los que intentaban aturdir a Hagrid, los que le dio tiempo suficiente al hombre mitad gigante para darle un fuerte puñetazo y sacarlo de combate.

- ¡Tenemos que irnos, Hagrid! – gritó Claire, volviendo a avanzar, pero rodeando a sus oponentes como pudo para intentar reunirse con el profesor.

Harry vio, con terror, como Hagrid se doblaba hacia delante sobre sí mismo, y pensó que finalmente habían logrado derribarlo, pero al verlo enderezarse supo que se había inclinado a recoger a Fang, que seguía inconsciente. Claire reflejó un maleficio de Umbridge contra ella misma, lanzando de inmediato uno propio contra el que la acompañaba, quien pudo esquivarlo a duras penas, tropezando y cayendo al suelo.

- ¡No deje que se escape! – gritó Umbridge al último adversario de Hagrid en pie.

El semigigante comenzó a trotar en dirección a Claire, pasando junto a ella en dirección al Bosque Prohibido.

- ¡Atrápenlos! – chilló la directora, y su varita salió volando de su mano, Claire la había desarmado.

El ayudante que la había acompañado contra Claire se había puesto de pie, y entre los tres se preparaban para volver a atacar, pero Claire ya había agitado su varita y, gracias a la luz proveniente del interior de la cabaña de Hagrid, se notó cómo las pequeñas aves, que habían estado revoloteando alrededor de todos, se alineaban frente a la consejera y ardían en llamas antes de, con un nuevo movimiento de varita por parte de la joven, salir disparadas en contra de sus adversarios como balas llameantes que los obligaron a cubrirse mientras el fuego llovía alrededor de ellos.

Decenas de bolas de fuego cayeron sobre la directora y sus ayudantes, quienes lograron protegerse con encantamientos escudo, pero cuando fueron capaces de moverse de nuevo, Claire no estaba a la vista. Había aprovechado aquella distracción para seguir a Hagrid al interior del Bosque, y Harry comprendió que todo había sido una estrategia. Claire había invocado a las aves mientras ella y Hagrid combatían, y cuando pudieron ponerse en línea para escapar, los había utilizado para retener a sus rivales y darles tiempo de retirarse.

Umbridge y los otros dos que quedaban en pie se quedaron inmóviles, observando hacia el Bosque.

Arriba, en la Torre de Astronomía, hubo un largo minuto de silencio estremecedor; todo el mundo miraba hacia los terrenos, donde pudieron ver emerger de entre los árboles a Hagrid y Claire, allá a lo lejos frente a las verjas del castillo, antes de perderse en la oscuridad de las tierras fuera del colegio. Estaban con la boca abierta, y el silencio solo fue roto por el profesor Tofty.

- Uhm… todo el mundo, cinco minutos para terminar. – dijo débilmente.

Aunque Harry solo había rellenado dos tercios de su Carta Astral, estaba desesperado porque terminara el examen. Cuando por fin terminó, Ron, Hermione y él guardaron descuidadamente sus telescopios y descendieron precipitadamente las escaleras de caracol. Ninguno de los estudiantes se había ido a la cama… todos hablaban, a voz de grito y excitados, de los que habían presenciado.

- ¡Esa horrible mujer! – chilló Hermione, sin aliento. - ¡Tratando de asaltar a hurtadillas a Hagrid en medio de la noche!

- Obviamente estaba intentando evitar una escena como la de Trewlaney. – opinó Ernie Macmillan, quien se abrió paso para llegar hasta ellos.

- Hagrid lo hizo bien, ¿verdad? - Comentó Ron, quien parecía más asustado que impresionado. - ¿Cómo es posible que todos esos hechizos le rebotaran?

- Será por su sangre de gigante. – explicó Hermione. – Es muy difícil aturdir a un gigante, son como los trolls, realmente resistentes.

- Aunque no estoy seguro de que hubiera podido resistir mucho más si la Consejera White no hubiera aparecido para ayudarlo. – agregó Ernie. – Estuvo realmente asombrosa, enfrentándose a Umbridge y a su ayudante.

Harry, Ron y Hermione ya estaba acostumbrados a las habilidades de Claire, aunque era la primera vez que la veían en un duelo real, sin contar el que tuvo con el inspector.

- Pobre profesora McGonagall. – dijo Hermione. – Cuatro hechizos aturdidores directo a su pecho, y no es precisamente joven, ¿verdad?

- Vergonzoso… - dijo Ernie, sacudiendo pomposamente la cabeza. – Bueno, me voy a la cama… buenas noches a todos.

Los estudiantes estaban comenzando a marcharse, aunque todavía hablaban sobre lo que habían visto.

- Por lo menos no consiguieron llevarse a Hagrid a Azkaban. – dijo Ron. – Imagino que él y Claire habrán ido a reunirse con Dumbledore, ¿no?

- Imagino que sí. – dijo Hermione, lloroso. – Oh, esto es terrible. Imaginaba que Dumbledore volvería mucho antes, pero ahora hemos perdido también a Hagrid y a Claire.

Caminaron de regreso hacia la Sala Común y la encontraron repleta. El tumulto en los terrenos había despertado a varias personas y ellos habían ido a despertar a sus amigos. Seamus y Dean, que habían llegado antes que ellos, estaban contando con lujo de detalles lo que se había visto desde la Torre de Astronomía.

- ¿Pero por qué quería echar a Hagrid ahora? – se preguntó Angelina Johnson. – No es como lo de Trewlaney, este año ha estado enseñando mucho mejor de lo habitual.

- Umbridge odia a los semi-humanos. – explicó Hermione con amargura. – dejándose caer en un sillón. – Siempre quiso echar a Hagrid.

- Y pensaba que Hagrid estaba metiéndole esos Nifflers en su despacho. – recordó Katie Bell.

- Oh, diablos. – exclamó Lee Jordan, cubriéndose la boca con las manos. – Yo soy el que ha estado haciendo eso. Fred y George me dejaron varios antes de irse y los he estado haciendo levitar a través de su ventana.

- Le habría echado de todos modos. – dijo Dean. – Es muy cercano a Dumbledore.

- Es cierto. – convino Harry, y se echó junto a Hermione en el sillón.

- Y la consejera White también se ha marchado. – dijo Neville, con tristeza. Los otros estudiantes compartían el sentimiento. Después de todo, Claire era casi una estudiante más, además de su anterior profesora.

- Ojalá que la profesora McGonagall esté bien. – pidió Lavender, con los ojos llorosos.

- La trajeron de regreso al castillo, la vimos desde la ventana del dormitorio. – dijo Colin Creevey. – No tenía muy buen aspecto.

- Madam Pomfrey la curará. – intervino Alicia. – Nunca ha fallado antes.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando la Sala Común quedó vacía, aunque no muchos pudieron dormir aquella noche.

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Cerca de las dos de la mañana, Claire y Hagrid, quien cargaba a Fang sobre sus hombros, llegaron a Hogsmeade. Habían tenido que moverse rápido, pues estaban seguros de que Umbridge y sus hombres los estarían siguiendo a esas alturas. Quizás no sospecharan que habían salido a través de la reja de entrada, pero podrían enviar a registrar el camino hacia Hogsmeade y el mismo pueblo solo por si acaso; más por la expectativa de encontrarla a ella que a él, quien pasaba dentro del Bosque bastante tiempo sin obligación alguna.

Claire estaba jadeando, y tenía mucho frío pues le había dejado su túnica a la profesora Mcgonagall. La consejera se volteó y agudizó el oído, intentando escuchar algún sonido que delatara a sus perseguidores. Parecía que no había ninguno detrás de ellos de manera inmediata.

Hagrid también jadeaba, roncamente.

- Ellos… la profesora… - dijo Hagrid, preocupado y cansado.

- Minerva está bien. – aseguró Claire. – La revisé. Estaba viva. Ya debe estar en la enfermería y Madam Pomfrey la curará.

Aunque sonaba completamente convencida, existían dudas en los rincones de su mente. La profesora no era una jovencita ya. Había sido un milagro que sobreviviera al impacto de los cuatro hechizos simultáneos directamente sobre su corazón. Demoraría mucho en recuperarse. Si es que lo hacía.

Claire negó con la cabeza y se obligó a no pensar de aquella manera.

- Tenemos que seguir moviéndonos, Hagrid. – dijo Claire. – Tenemos que salir de aquí.

Aunque no tenía ni idea de adonde ir. No podían Desaparecer ahí, y el tren estaba en la estación nueve y tres cuartos, en Londres. Tampoco tenían escobas, y aunque las tuvieran Hagrid no podía montarlas, ni cabía en el autobús Noctámbulo.

Escucharon pasos provenientes desde la distancia, en dirección a Hogwarts. Los estaban rastreando.

- Por aquí, Claire. – dijo Hagrid, en un susurro no del todo bajo. La consejera lo miró mientras se ponía en marcha por el camino principal, en dirección al otro extremo del pueblo.

Les tomó unos pocos minutos llegar al Cabeza de Cerdo, la taberna. Hagrid sostuvo a Fang sobre sus hombros con una mano mientras llamaba a la puerta del lugar con su enorme puño, haciendo temblar las paredes del local.

Oyeron una sarta de palabrotas y maldiciones provenientes desde el interior, de la planta superior, y pasos pesados que descendían por las escaleras unos segundos después.

- ¡Lárguense de aquí! – gritó desde el interior, el tabernero. - ¡Ya está cerrado!

- Soy Hagrid. – dijo el hombre mitad gigante, presuroso. – Necesitamos entrar, es urgente.

Pasaron unos segundos de completo silencio, tras los cuales pudieron escuchar las voces de sus perseguidores, a lo lejos en la entrada del pueblo. Comenzarían a buscar dentro de los locales muy pronto.

- Por favor. – pidió Claire, mirando hacia atrás. – Necesitamos salir de aquí.

Un segundo más de silencio, y entonces la puerta de la taberna se abrió. El hombre que atendía detrás de la barra, quien también era el dueño de la taberna, tenía el pelo y la barba largos y enredados, y los ojos azules ensombrecidos por el rojo de la irritación y el sueño interrumpido.

- ¡Dense prisa, antes de que cambie de opinión! – bramó el tabernero, haciéndose a un lado para dejarlos entrar.

Hagrid dejó que Claire entrara primero, y él ingresó después con algo de dificultad.

- Gracias, Aberforth. – dijo Hagrid.

Aberforth cerró la puerta y la aseguró. Claire se acercó a una de las ventanas e hizo a un lado las mugrosas cortinas, solo lo suficiente para mirar hacia el exterior. Aún no se veía nadie por ahí.

-¡¿Van a explicarme lo que sucede?! – bramó Aberforth, iracundo.

Hagrid dejó delicadamente a Fang, que gemía débilmente, pero se encontraba consciente ya, en el piso, sobre una alfombra sucia y comida por las polillas, y le explicó lo sucedido con Umbridge. Claire se acercó al perro jabalinero y se arrodilló junto a éste. Levantó la cabeza del can y la apoyó sobre sus piernas para acariciarlo con cuidado, mientras Hagrid hablaba. Se le mojó la falda con la baba de Fang, quien movió la cola débilmente, golpeando el piso de madera vieja, agradeciendo los mimos.

Claire levantó la vista y se fijó en que el enorme profesor la estaba mirando.

- ¿Qué pasa? – preguntó.

- Bueno… yo quería… - dijo Hagrid. – Ya sabes… agradecerte…

Claire reprimió una risa.

- No lo hagas. – dijo la consejera. – Eres mi amigo, Hagrid. Y ciertamente no iba a quedarme ahí haciendo nada mientras te atacaban y después de lo que le hicieron a Minerva.

Claire dejó de acariciar a Fang y se puso de pie, con cuidado de no lastimar al can. Tenía la falda mojada y pegajosa con las babas, pero le daba igual.

- Tenemos que irnos de aquí. – dijo Claire, mirando a Aberforth. - ¿Tienes alguna forma de irnos del pueblo que podamos usar los dos?

- Tengo escobas. – dijo el tabernero, y miró a Hagrid. – Pero no podrán con Hagrid. Y el Ministerio vigila todas las chimeneas del área…

Claire estaba temiendo que llegarían a tener que irse a pie hasta salir de los límites del encantamiento que les impedía Desaparecer; era muy riesgoso hacerlo ahora que sus perseguidores estaban en el pueblo, buscándolos.

Los tres se voltearon al mismo tiempo hacia la puerta cuando escucharon que alguien tocaba con tres golpes educadamente suaves. Claire sacó su varita de inmediato y se preparó para defenderse.

- Claire, Hagrid… abran, soy yo. – habló un hombre. – No tenemos mucho tiempo.

La consejera frunció el entrecejo, sorprendida, y miró a Hagrid, como queriendo que corroborara lo que acababa de escuchar. Miró a Aberforth y asintió, y el tabernero fue hacia la puerta y la abrió.

Neil entró apresuradamente, cubierto por una capa negra con capucha, y con una escoba en la mano.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó Claire, sorprendida, bajando su varita.

- Vengo a ayudarlos, claro. – dijo Neil, como si fuera lo más obvio del mundo. Claire rodó los ojos.

- El sarcasmo sobra, gracias. – comentó la consejera. Neil rió por lo bajo.

- Miren quien lo dice.

- ¿Cómo nos encontraste? – preguntó Hagrid. Aberforth volvió a cerrar la puerta.

El inspector levantó la escoba que llevaba en la mano.

- Los seguí volando. – dijo Neil. – Umbridge me envió junto a los otros a buscarlos apenas terminó el examen de Astronomía. Está furiosa, sobre todo contigo, Claire. Dice que no parará hasta meterte en una celda de Azkaban.

- Ya le gustaría. – resopló Claire, molesta.

- Bueno, fue un gran espectáculo el que dieron. La hicieron ver como una ineficiente. Teme haber perdido el "respeto" de los estudiantes y los profesores. – explicó Neil, sonriente. Se veía bastante divertido.

- Minerva… ¿cómo está? – preguntó Claire, acordándose de ella.

- Está… estable, según supe. La llevaron a la enfermería apenas ustedes se marcharon; Madam Pomfrey la estará cuidando ya.

La joven asintió lentamente.

Escucharon voces cercanas; sus perseguidores no debían estar a más de un par de casas de ellos.

- Tenemos que irnos ya. – urgió Hagrid, levantando a Fang con cuidado.

- ¿Cómo piensan irse? – preguntó Neil, serio. Claire negó; no tenían nada pensado. – Bien, creo que puedo ayudar con eso. ¡Dobby!

Con un audible "CRACK", un elfo doméstico con decenas de gorros de lana sobre su cabeza y llevando una maleta apareció frente a ellos. Claire casi se golpeó la frente con la palma de la mano por no haber pensado en ello.

- Dobby le trajo sus cosas… Dor… Doc… - intentó decir el elfo.

- Sólo llámame Claire. – dijo la consejera. – Y gracias, Dobby.

- Llévate a Hagrid y el perro primero, Dobby. – pidió Neil. – Será mejor que vayan a sitios diferentes, será más difícil rastrearlos. Severus y yo recomendamos que Hagrid vaya a la Madriguera, y tú a Grimmauld Place, Claire. Ya debe haber avisado a los Weasley y a Black.

- Si van a irse, háganlo rápido. – dijo Aberforth, que vigilaba desde atrás de las cortinas.

Dobby se adelantó y se paró de puntillas para sujetar la mano de Hagrid, quien tuvo que agacharse para permitírselo.

- Ten cuidado, Claire. Avísame cuando puedas que te encuentras a salvo. – pidió Hagrid, preocupado. Claire asintió.

Y con un crujido, el medio gigante, el perro y el elfo desaparecieron. Claire se quedó mirando el lugar que habían estado ocupando un segundo antes, cuando sintió que algo cálido la rodeaba desde los hombros. Se volteó y vio como Neil acomodaba una túnica sobre ella.

- Se te quedó esto. – dijo el inspector, mirándola a los ojos.

- Gracias. – dijo Claire. Y pensó en todo lo que podría significar su partida. – Neil… cuida a los chicos, por favor. Vigílalos bien.

Se refería en especial a Harry, Ron, Hermione y Ginny. Neil se quedó mirando los ojos de la joven por algunos segundos, sin decir nada, antes de asentir.

- Están aquí al lado. – advirtió el tabernero, en voz baja.

Dobby apareció nuevamente ahí y se apresuró a acercarse a la consejera. Neil tomó la maleta y se la entregó al elfo, quien la tomó al tiempo en que tomaba la mano de la mujer.

- Cuídate, Claire. Estaremos en contacto. – dijo el inspector, y apretó la mandíbula.

Claire White siguió mirando su rostro durante unos segundos, sin decir nada; no sabía qué decir. Y entonces todo giró alrededor de ella.