La misma noche de la batalla en el País de la Hierba entre Naruto y los sapos del Monte Myoboku contra uno de los ejércitos de Akatsuki, Zetsu, el espía de Uchiha Obito, regresaba de una misión especial encomendada por su líder. Dos días había tardado, y sólo había tenido éxito debido a la previa desaparición de Yakushi Kabuto.
El enmascarado le esperaba al pie de un árbol, en medio de los frondosos bosques del éste del País del Fuego. Había llegado allí hace apenas un par de horas, sólo:
- ¿Cómo te ha ido, Zetsu?
- Bien, Madara.
- ¿Lo tienes?
- Aquí está…
El hombre planta le entrega a su jefe un pequeño papel en donde ha anotado la información solicitada, la que ha sustraído de documentos secretos almacenados por Kabuto en una de sus guaridas: las instrucciones para liberar a los revividos por el Edo Tensei del control de su invocador:
- Supongo que no has dejado huellas de tu pequeña intrusión.
- No.
- Me alegro, no quiero que ese sujeto sepa que no confiamos en él.
- Debe sospecharlo.
- Es un maldito desconfiado, claro que sospecha, sospecha de todos, incluso de su sombra. Pero no hará nada sin certezas, no cuando nuestras acciones le favorecen.
- Podrías simplemente controlar su mente con tus nuevos ojos. El ojo blanco seguramente te permitirá superar cualquier bloqueo o ilusión con que pretenda protegerse de tu sharingan; todavía no lo ha visto y seguramente lo sorprenderías.
- No puedo arriesgarme, no con todos los trucos que debe ocultar ese malnacido. Por eso sigue con vida, porque no sé si tiene preparada alguna sorpresa, como el que sus revividos desaparezcan o enloquezcan si llega a morir. A pesar de todo los necesito, a ellos y a las serpientes, para poder doblegar a las naciones shinobi.
- ¿Qué harás ahora, Obito?
- Regresaremos a los restos de nuestro cuartel general; le daré buen uso a lo que haz conseguido. Cuando liberemos a esos cuatro del control del discípulo de la serpiente estaremos preparados para recibir a auto proclamado Sabio Legendario. Al medio día, en cinco días más, el ataque simultaneo sobre las seis principales ciudades de la Alianza y del Pacto se verificará, y después atraeremos al carcelero del nueve colas al lugar de su muerte: a Naruto sólo le quedan diez días antes de su fin.
- Sigo sin entender porqué no vamos tras de él de una buena vez.
- No, Zetsu. Si lo confrontamos ahora no sólo pelearemos contra él, sino contra sus sapos y los mejores peleadores de la Alianza y del Pacto. Sé que no podré derrotarlo en minutos, y los sapos tienen la habilidad de transportar a mis enemigos al lugar donde luche con él, y no pienso enfrentarme a todos a la vez: no tendré el poder para ello hasta que no tenga en bajo mi control al ocho y al nueve colas.
- Entonces vayamos por Killer Bee.
- No, ese no me sirve para nada todavía. Además, si lo elimino le daré a Naruto un aliciente para derrotarme; no necesito al muchacho con deseos de venganza, lo necesito abatido. Y si no fuera suficiente con eso, ese idiota podría incluso suicidarse con tal de sabotear mis planes si sabe que es el contenedor de la última bestia con cola que me resta por capturar. No, necesito asegurarme de que permanezca vivo, y mientras piense que todavía queda una esperanza se mantendrá con vida con todas sus fuerzas, aunque esa esperanza sea un aliado que realmente no tiene nada que hacer ante mi poder.
- Todavía no sé qué quieres conseguir al destruir las aldeas ocultas.
- Tres cosas: destruir la voluntad de Uzumaki Naruto, demostrándole que no es capaz de proteger a todos de mi, como ha pretendido todo este tiempo; cumplir mi venganza personal contra los shinobi y su ideología, que me arrebató lo único que me importaba; finalmente, asegurarme que cuando el portador del Kyubi vaya a nuestro encuentro lo haga sólo. Morirán tantos en nuestro ataque que Naruto, con tal de evitar más derramamiento de sangre, no dejará que nadie más intervenga en nuestra pelea, facilitándome mi victoria.
- Suenas bastante seguro…
- Lo conozco lo suficiente, sé cómo piensan los de su tipo, cómo funciona su cabeza… yo mismo era así en mi juventud. Es una lástima el que, a diferencia mía, ese tonto no tendrá la oportunidad de aprender lo que yo aprendí.
Obito desaparece gracias a su kamui, llevando con él a Zetsu, con dirección al País de los Ríos. Es tiempo de preparar todo para la última fase de su plan, una en la que sabe no podrá contar con Yakushi Kabuto.
.
.
.
Mientras observa como el enmascarado prepara los sellos que introducirá en los cuerpos de sus cuatro escoltas (Sasori, Deidara, Kakuzu y Nagato), Zetsu medita en lo que ha descubierto en la guarida del discípulo de Orochimaru y el riesgo que representa para sus propósitos…
A diferencia de las otras guaridas donde había buscado, ésta era bastante pequeña.
Apenas cinco cuartos, todos a veinte metros bajo tierra, cerca de una pequeña aldea fronteriza en el País de las Olas.
Zetsu había pensado que nada interesante habría en ese lugar. Kabuto había desaparecido hace ya dos días y, suponiendo que el sabio de las serpientes estaría preparando su movimiento luego del ataque a las aldeas shinobi que se verificaría en pocos días, Obito le había ordenado a su sirviente que revisara las guaridas que conociera de su aliado, buscando algo en particular: información sobre como sustraer a los revividos del control de su invocador. Al Uchiha le preocupaba que en plena batalla Kabuto cambiara sus lealtades y se volviese en contra suya, pero más que nada que lo privara de sus poderosos guardianes cuando tuviera su enfrentamiento final con el chico Uzumaki.
Y, aunque no lo esperaba, fue en ese pequeño lugar que Zetsu encontró lo que su maestro deseaba.
Pero había algo más. En un pequeño cuarto solitario, en donde sólo había material de laboratorio y muestras de animales extraños, un ataúd, de los mismos que encerraban a los revividos por el Edo Tensei.
Al hombre planta le extraño ver esa cosa en ese lugar, cuando supuestamente esos contenedores se guardaban en dimensiones de invocación, no en el plano físico. Pero lo más sorprendente vino después, al aproximarse y notar el nombre tallado sobre la tapa del mismo: Uchiha Madara.
Y allí lo entendió: aparentemente Kabuto había logrado lo que creía imposible, revivir al mismo Madara. Lo que supuestamente no podía hacer, ya que la única muestra del tejido viviente de su antiguo maestro estaba dentro de su propio cuerpo, en donde lo almacenó luego de su muerte para recurrir a él en caso de que lo necesitaran traer de regreso del más allá usando la técnica de Orochimaru. Sabía que nada más había quedado de su verdadero cuerpo, tanto él como Obito lo sabían, pero entonces… ¿cómo?
Intrigado, pensando que quizás aquella cosa era una falsificación, pensó en revisar su contenido. Pero recordó que eso supuestamente no debería estar allí, por lo que si Kabuto lo había dejado era con algún propósito.
¿Estaría el ataúd vacío? Quizás no era un revivido, sino otra cosa…
No podía irse con la duda, pero tampoco lo abriría: simplemente extendió finas ramas, creadas de su propia sustancia, al interior de la caja, realizando un muy pequeño agujero en la misma.
Y lo tocó. Había algo dentro, y su chakra era igual al del Uchiha mayor. Retiró su sustancia rápidamente…
Se había movido. La cosa dentro de la caja estaba viva, y sabía que él se encontraba allí…
¿Acaso era el guardián del lugar? ¿Porqué no lo había atacado?
Él conocía la fuerza de Madara, y sabía que si eso era un Edo Tensei sería invencible: su única debilidad siempre fue su mortalidad, y el tonto discípulo de la serpiente se la había quitado.
Ya no podían matar a Kabuto, dejando a esa cosa libre. Tampoco se arriesgaría a atacarlo, a sabiendas que el poder del Uchiha era tal que lo acabaría en minutos. Por suerte el discípulo de Orochimaru no conocía todavía los reales planes de Obito y de él mismo, por lo que lo mejor era dejarlo allí, indemne.
Cuando su objetivo se cumpliera y madre fuera libre ni siquiera Madara podría hacerle frente.
Y Zetsu, que ya tenía lo que había ido a buscar, se marchó, sin hacer nada más. Porque lo mejor que puedes hacer cuando encuentras un avispero es dejarlo en paz.
La mañana había llegado con nuevas ideas a la cabeza de Naruto.
Sus sospechas sobre la naturaleza y objetivo del ejército que habían enfrentado, confirmadas por las palabras tanto del Mizukage como de Fu, planteaban nuevas dificultades para su propósito de proteger a las Aldeas del ataque de Akatsuki.
Si bien aquel enfrentamiento había resultado exitoso, era evidente el riesgo que planteaba la estrategia del enemigo para arrasar las Aldeas Ocultas. Sólo había encontrado a uno de los portadores de los pergaminos de invocación por accidente, y la coincidencia de que con él estaba Gamaren, quien supo identificar de inmediato la trampa oculta que esa cosa llevaba, los había salvado de morir envenenados, a él y a los sapos.
Lo último era particularmente preocupante. Ni Obito ni Kabuto habían permanecido ociosos esas semanas desde su último ataque, el de Oto, sino que habían ingeniado una estrategia tal que era capaz de neutralizar a todo usuario de energía natural, su mayor baza para combatirlos.
Y aquello era demasiado preocupante. Sus enemigos eran demasiado listos, y sabían que el mayor peligro que enfrentaban no era él, sino los sapos y sus grandes recursos, superiores incluso a los de cualquiera de las aldeas shinobi. Y ni pensar en apostar a su suerte y tratar de capturar a los demás mensajeros: no sabía ni cuantos eran, ni quienes, ni qué medidas habían tomado para proteger sus propios pergaminos; incluso era posible que ya estuviesen en sus destinos y sólo esperaran algún aviso o un momento dado para desplegar su ataque. El mundo era demasiado grande para perder el tiempo buscándolos.
El único dato que tenía era el destino de aquél mensajero que interceptó. Si se supone que debía llegar a la capital del País del Hierro, significaba que según a la velocidad a la que fuera llegaría allí entre tres y cinco días después. Y seguramente el ataque no se verificaría sin darles a todos los mensajeros tiempo para llegar a sus destinos.
Es decir, que el rubio tenía un mínimo de dos días para alterar todo y crear un nuevo plan de batalla. Después de eso, cada minuto que pasara podría ser el último. Y eso si sus enemigos no adelantaban todo en vista a que uno de sus grupos había sido interceptado.
Su plan debía ser modificado.
La idea original había sido terminar de preparar a los equipos de sapos y disponer guarniciones dentro de las mismas aldeas, de unos cien sapos de diferentes tamaños; dicho número le permitía ir rotando a los anfibios de tal manera de ocupar sólo un cuarto de su fuerza de combate total en esa tarea. La idea detrás de su estrategia era que dichas guarniciones, sumados a las fuerzas shinobi de cada aldea y a los samurai, aguantaran el primer enviste del ejército de Akatsuki, ganando para él los minutos necesarios para reunir a los demás combatientes y contraatacar, concentrando sus esfuerzos en donde la presencia del enemigo fuese mayor (o sea, donde aparecieran Obito y Kabuto). Pero ahora eso ya no podría ser, ya que significaría sacrificar a esos sapos, quienes estarían indefensos ante el veneno de la trampa del sennin de las serpientes.
Lo último, el veneno, le dejaba algo en claro al rubio: Kabuto lo quería muerto. El esperar a Madara en Konoha, aunque fuese cierto, le habría significado recibir su pequeña sorpresa de golpe; era esperable que apenas viese a su enemigo recurriera a su senjutsu, y Kurama no podría haberlo curado de algo así. Pero por lo dicho por Gamaren eso no mataba rápidamente; o sea, el gran plan de esa serpiente rastrera era que él eliminara al falso Madara para después simplemente morirse. No podía evitar sentirse furioso por aquello.
La próxima vez que viera a Kabuto lo mataría sin dilación, por mentiroso.
Pero antes que eso era necesario el replantear toda su estrategia.
Primero debería concluir sus preparativos para poder actuar en todas las aldeas simultáneamente. Sin poder colocar a los sapos con anterioridad, debía ser capaz de desplegarlos en el menor tiempo posible y con sus reservas de energía al tope.
Lo próximo sería reunirse nuevamente con los líderes de las familias de sapos, a fin de mantener a todo mundo en alerta permanente durante los próximos diez días, a fin de evitar demoras cuando se les necesitara. Además los armeros sapos deberían trabajar turnos triples, a fin de preparar lo que él requería para esos combates. Por último, debería presionar a los líderes de las aldeas que habían acogido su plan de evacuación para que lo implementaran en apenas dos días.
Exigiría el máximo de todo el mundo, y él mismo se prepararía: aquella cosa que habían preparado entre él y Fukasaku debía completarse, y ya no podían tomarse los dos días que habían planificado originalmente por cada uno. Seguiría la búsqueda terrestre de sus enemigos, pero con mayor lentitud, haciendo trabajar a sus clones horas extras para culminar los sellos necesarios para el despliegue final, mientras él mismo preparaba a quienes serían sus avatares: necesitaría los más que pudiera crear, a fin de quedar con las manos libres para eliminar al falso Madara y a Kabuto personalmente.
El tiempo se agotaba.
.
.
.
La mañana llegó en el otrora campo de batalla de la Hierba.
Gamabunta y su esposa, junto a los últimos sapos que se habían mantenido eliminando cuerpos y recolectando información de la batalla ya se habían marchado, y con los tres sapos machos de su grupo finalmente despiertos (luego de la inesperada y fulminante borrachera de la noche anterior) podrían finalmente moverse de aquél lugar.
Y justo a tiempo: en minutos llegaría una división de la Hierba a ocupar esa zona, y no deseaba encontrarse con ellos.
Los números eran decidores: ocho mil zetsus blancos eliminados, además de treinta y cinco serpientes gigantes (de ellas, quince clones de Manda). Los revividos fueron ochenta, destacando los dos que fungían de comandantes de la tropa, Fu y Nidaime Mizukage; todos ellos capturados, y con quince liberándose por sus propios medios del Edo Tensei.
El resto de los revividos habían ido a unirse a los ya prisioneros en las cavernas de los picos más altos del Monte Myoboku, donde eran custodiados por los sapos (con excepción de uno, que tuvo un destino más "frío").
Además de los diez sapos muertos, los observadores y limpiadores habían localizado restos de dieciséis humanos (cinco de ellos niños), probablemente alcanzados cuando el gigantesco sello de invocación de los Akatsuki liberó a su ejército en un área tan grande: los pobres no tuvieron manera de escapar ante la repentina aparición de los asesinos. Pero era imposible saber si aquellos eran todos los inocentes que se vieron involucrados en el suceso.
De todo, a Naruto le preocupaba particularmente el dato de los revividos. Que tan sólo el veinte por ciento de los revividos por el Edo Tensei lograran (o quisieran) liberarse de la técnica decía mucho de la mentalidad shinobi: era como si todos aquellos hombres y mujeres todavía anhelaran la guerra y la sangre, y la oportunidad que les ofrecía Kabuto para degustarla nuevamente, sin consecuencias para ellos, fuese demasiado atractiva para dejarla pasar; en ese sentido, casos como el de Fu eran excepciones.
Aquello deprimía enormemente al rubio. Sinceramente pensaba que nadie querría verse obligado a lastimar a los suyos o a su tierra, o cargar contra inocentes. Había crecido con la idea de que los shinobi eran básicamente justicieros, los encargados de hacer el trabajo sucio necesario para mantener la paz y la seguridad, pero que en el fondo abrazarían gustosos la oportunidad de dejar toda esa violencia de lado; pero esos revividos y su persistencia en querer proseguir con su senda sangrienta le habían demostrado que en realidad Kabuto no había necesitado ser muy selectivo con quienes revivía, como si el hecho de haber sido shinobi le garantizara casi al cien por ciento que aquél era un homicida perfecto para su ejército de muertos vivientes.
Y Naruto quería pensar que aquello no era así, que había más bondad que maldad en los hombres. No quería pensar que sus esfuerzos eran vanos, y que su misión de lograr verdadera paz no era, en el fondo, más que una perdida de tiempo.
Quería creer que, tal como lo creyó cuando se encontró con Nagato, era posible romper el ciclo del odio. Que casos como el de Konan-sensei o Sasuke no eran tan sólo excepciones, en medio de un mundo plagado de muerte.
La noticia de la batalla en la Hierba se expandió rápidamente por las naciones elementales.
La vista de la gigantesca barrera levantada por el llamado Sabio Legendario había sido evidente para la guarnición shinobi de la ciudad cercana, de la cual varios equipos concurrieron a las cercanías a observar lo que sucedía.
La imagen de los clones sosteniendo la barrera, así como la visión de lo que encerraba (la barrera era como un cristal rojo semitransparente a la vista) puso en alerta a todos: las escenas de pánico producidas por la noticia de que había cientos, si es que no miles de enemigos encerrados en aquella cosa esférica se difundió con rapidez y durante todo ese día los habitantes de la urbe organizaron una muy desordenada evacuación, la que duró hasta altas horas de la noche.
Las noticias llevadas por los grupos de avanzada sobre la derrota del ejército de monstruos, apenas veinte minutos después de aparecida la barrera, no lograron convencer a la población.
Los shinobi de la hierba apenas atinaron el resto del día a aproximarse a las cercanías, vigilando las tareas de limpieza que realizaban los sapos y estimando a ojo el número de enemigos derribados. Sus cálculos iniciales daban alrededor de cinco mil de ellos.
Temerosos de que eso fuera sólo la avanzada de una fuerza aún mayor las fuerzas de la Alianza se replegaron en la ciudad, a la espera de refuerzos de la periferia. Recién al mediodía siguiente se pudo reunir una fuerza compuesta de mil quinientos hombres y mujeres, entre shinobi y milicianos (además de un par de escuadrones samurai en tránsito a los Campos de Arroz) para revisar el área.
Obviamente para esa hora los sapos ya se habían marchado.
.
.
.
La noticia de la aparición de un ejército de Akatsuki llevó a los mandos de la Alianza a movilizar parte de su nuevo ejército a Kusa, a fin de preparar la próxima batalla (asumían que aquellos miles derrotados por el sannin de los sapos y sus subordinados eran parte importante del total de la fuerza enemiga, la que finalmente se estaba movilizando).
En apenas tres días esperaban concentrar a treinta mil de sus tropas en la Aldea Escondida entre la Hierba, que funcionaría de cuartel general para esa fuerza. Luego, apenas la fuerza de tareas samurai se terminara de reunir en Oto marcharía a reforzar dicha fuerza junto con la división de Kirigakure y refuerzos de las fuerzas que integraban la armada shinobi de Kumo, totalizando diez mil tropas más.
Sería este segundo gran ejército, al mando de C de Kumogakure, el que eliminaría tanto a Akatsuki como al Sabio Legendario, a fin de dejar establecido el dominio de la Alianza en el continente elemental y poniendo fin a la Cuarta Gran Guerra Shinobi.
Al final, sólo cuatro de los destinatarios de los mensajes de Uzumaki Namikase Naruto con el plan especial de evacuación de Ame (el protocolo diez) habían decidido implementarlo: Konoha, Suna, Kiri y Tetsu.
Los sapos que se habían ofrecido voluntarios para asistir en dicha implementación trabajaban frenéticamente: Naruto había dispuesto equipos de diez sapos provistos con kunai especiales, imbuidos de chakra del zorro de nueve colas, a fin de que pudiesen asistir en el marcado de la población de las urbes a ser protegidas y usarlos para detectar a los zetsus infiltrados.
El trabajo era lento y bastante metódico, pero progresaba enormemente. Gracias a la asistencia de los sapos, varios infiltrados de Akatsuki habían sido descubiertos y eliminados, y para el término del primer día el quince por ciento de la población involucrada ya había sido sellada.
Los cálculos más optimistas permitían pensar que en seis días se terminaría de implantar el sistema de evacuación y tanto Suna como Konoha planeaban hacer un ensayo general del sistema en ocho días, a fin de verificar el funcionamiento de los sellos y los requerimientos de suministros y espacio para los puntos de evacuación. Si todo funcionaba, extenderían el sistema para incorporar a las ciudades de más de diez mil habitantes de todo el país. Así, en el plazo de un mes, el ochenta por ciento de su población estaría protegida.
Konoha escogió como lugar de evacuación una localidad fronteriza, cercana a las Olas, a veintisiete kilómetros de distancia; sus fuerzas en aquél país podrían servir como soporte a los evacuados en caso de ser requeridas. Suna optó por una ciudad distante a veinticinco kilómetros, ubicada a medio camino del País de la Lluvia, a cuatro kilómetros de donde el ejército de Baki tenía montado su cuartel general. Los samurai montaron sus refugios en las colinas rocosas del suroeste, a sólo once kilómetros de su capital, en donde reunieron con premura lo necesario para mantener a su población civil. Kiri, aprovechando su condición insular, escogió como punto de escape una isla de tres kilómetros cuadrados, ubicada a diecisiete kilómetros al norte, que siendo campo de entrenamiento de sus anbu podía ser acondicionada como plaza fortificada para proteger a los no combatientes en caso de ataque, adonde fue re-ubicada su armada militar: la explicación dada a los mandos de Kumo en el mar era el crear una nueva base naval en ese punto, más alejado tanto del Rayo como de las Olas.
.
.
.
El comunicado de Naruto llegó a Konoha al mediodía.
La noticia era su enfrentamiento con un ejercito de Akatsuki y su victoria, así como el detalle de la información conseguida respecto a la forma en que el enemigo planeaba realizar su invasión, así como la certeza de la misma.
Aquello alteró toda la planificación inicial.
La certeza de que el ataque del falso Madara se verificaría probablemente dentro de la próxima semana echaba por la borda todos los preparativos y obligaba a las aldeas escondidas a acelerar la implementación del plan de evacuación: todos los permisos fueron suspendidos, varios cuerpos armados fueron movilizados a la aldea y se reforzaron las medidas de protección, en especial las relativas a los extranjeros de paso. Todo pergamino fue requisado en las entradas y sellado a la espera de contar con los medios para ser revisados; se impuso toque de queda y la orden de eliminar a quien quiera que tratara de vulnerar el perímetro defensivo de Konoha.
Pero quedaba el problema de que estas precauciones fuesen inútiles si, como informaba el sennin de los sapos, era el falso Madara en persona quien ejecutaba el ataque en la aldea.
A sabiendas que no tenía otro recurso a la altura de la amenaza, Kakashi ordenó el retorno a la villa del equipo Taka. Sin embargo, al tratar de comunicarse con Sasuke descubrieron que su equipo se encontraba en modo infiltración, por lo que habían cortado sus comunicaciones con la aldea hasta completar su última misión asignada, a fin de no ser descubiertos por los espías de Akatsuki.
Viéndose sin otra salida, el Hokage se sirvió de los sapos estacionados en la aldea para comunicarse con Naruto, a fin de que fuera él quien localizara al desaparecido Uchiha y le avisara la orden de retornar a la aldea. Comprendiendo el riesgo que significaba la lejanía del chico, el rubio trató de localizarlo durante todo el día, sin mayores resultados; ni siquiera los hermanos Dokugama lograron ubicarlo.
Aquello iba más allá de lo que el Uchiha era capaz de hacer. Era como si algo o alguien estuviese ocultándolo.
Sin poder dedicar más tiempo a la búsqueda de su amigo pelinegro con todo lo que quedaba por ser preparado, delegó dicha tarea a sus observadores sapos repartidos por todos los países elementales. Tan sólo esperaba que el joven diera señales de vida antes de que fuese demasiado tarde.
Lo que nadie sabía era que el equipo Taka se encontraba al sur del País del Fuego, una zona que por su lejanía con el frente de batalla prácticamente no contaba con vigilancia shinobi, y que sus pasos eran seguidos por agentes de Kabuto, imposibles de distinguir de la fauna local: serpientes, las cuales se encargaban de mantener alejado cualquier contacto externo, eliminando cada rastro y huella del grupo a medida que avanzaban, a fin de que Sasuke y sus compañeros siguieran su ruta preestablecida, lejos de donde pudiera estorbar el desarrollo del plan de ataque de su amo y sus aliados.
El equipo Sabaku no – Nara apenas había llegado a la frontera norte del País del Viento.
Dos sucesos habían retrasado su avance. El primero había sido la estado de salud de Temari.
La rubia kunoichi de Suna había presentado molestias matutinas al día siguiente de partir de la aldea de la Arena. Shikamaru, que no quería correr riesgos, atribuyó la condición de su novia a problemas estomacales y optó por esperar su mejoría en un poblado enclavado en medio del desierto, a menos de doce kilómetros de su punto de partida. Allí, con los cuidados de su compañera de viaje y comida y descanso apropiados confiaba que podría recuperarse en corto tiempo.
Pero no había sido así, sino que sus problemas se habían agravado y luego de dos días detenidos el jounin de Konoha había elegido retornar a Suna con la enferma, a fin de que fuese reemplazada por alguien con mejor salud para el viaje.
Temari, totalmente disconforme con esa alternativa, les había propuesto a sus compañeros llegar hasta el cuartel general de Baki, a fin de atenderse con el personal médico de dicha repartición y así poder continuar con su misión. Shikamaru, de mala gana (y conociendo la tozudez de su mujer) accedió.
La propuesta de Temari tenía iun motivo en particular: si regresaban a Suna, era virtualmente imposible que Gaara no se impusiera de lo que le sucedía y tratara de inquirir lo que había detrás de sus problemas de salud. Aunque esperaba que no fuese todo producto de su embarazo, era obvio que dicho tema se haría evidente, ya que ni ella se lo ocultaría al médico que la tratara ni aquél podría ocultárselo a su hermano si éste preguntaba; eso sería el fin de todo.
En cambio, si optaban por un médico militar, ella podría hacer uso de su rango y obligarlo a guardar silencio, incluso ante las inevitables preguntas que harían tanto Baki como el propio Shikamaru (ella seguía teniendo mayor rango que esos dos y podría hacerlo valer, llegado el caso).
Cuando llegaron al campamento y luego de ser revisada por el médico, inevitablemente Shikamaru preguntó, el especialista salió del paso con un diagnóstico de anemia (y era verdad, nada más que anemia por embarazo mezclada con nauseas matinales), por lo que una alimentación adecuada y un par de días de reposo para recuperar sus niveles de hemoglobina normales la volverían a poner en condiciones aptas. Aquello no convenció del todo a Shikamaru, aunque debía reconocer que era un cuadro posible, considerando lo mal que la joven se había estado alimentando esas últimas semanas en campaña.
El segundo suceso había sido la batalla en el País de la Hierba.
La noticia fue llevada al campamento del ejército de la Arena por los propios sapos vigías que Naruto mantenía en las cercanías. Si bien aquél fue un suceso festivo, los sucesos de las siguientes horas sólo eran nuevos problemas.
La movilización de las tropas de la Alianza en dirección a la Hierba era más que evidente. Aquello, eventualmente, repercutía en el ejército de Baki, el más cercano a dicho territorio. Pero lo peor fueron las noticias recibidas de los espías en día siguiente al ataque, mientras los embajadores en camino a Iwa todavía estaban en el cuartel general: los mandos de la Alianza movilizaban su ejército al área de la anterior batalla; los informes preliminares hablaban de treinta mil tropas que se reunirían en esa zona.
Siendo así, el equipo de Matsuri, Temari y Shikamaru deberían alterar toda su ruta, desviándose del camino directo y viajando más al este, a fin de no cruzarse con alguna de las fuerzas que en esos días coparían los caminos. Optarían por atravesar el País de la Lluvia, seguros de que allí no se encontrarían con sorpresas de parte de la Alianza (siendo ese territorio controlado por aliados de Naruto).
El Nara, resignado, se hizo a la idea de que tardarían al menos cuatro días más en llegar a su destino (y eso si es que el estado de salud de su novia permitía un ritmo más o menos constante de marcha).
El equipo Aburame ya estaba a medio camino de la gran isla donde estaba asentada la Aldea Escondida entre la Niebla, su destino final.
Si bien el trámite de transbordo había sido algo molesto y engorroso, habían embarcado a eso de las diez de la mañana y ahora, luego de cuatro horas de viaje, aprovechaban de buscar el camarote que servía de comedor, a fin de poder almorzar algo y así aguantar las casi dieciocho horas que todavía les quedaban de viaje en barco.
Su transporte, un gran transbordador de varios niveles, con capacidad para casi cuatrocientos pasajeros y carga, viajaba a plena capacidad, por lo que los shinobi de Konoha no contaban con ningún lugar donde estar privadamente. Incluso, el camarote que usaban era uno para seis pasajeros que compartían con otros tantos viajeros. Por lo visto, los estrictos controles de tránsito impuestos por la armada militar de Kumo habían hecho bajar la disponibilidad de viajes en casi un sesenta por ciento y, por lo mismo, cada transporte que cruzaba esas aguas viajaba a tope.
Mientras Shino gestionaba un espacio en el atestado salón comedor del barco, Sakura aprovechó el momento para buscar a Kiba, quien algo aproblemado por el vaivén de su transporte había salido a tomar aire a la cubierta superior del mismo.
La chica lo encontró apoyado en la baranda metálica, cerca de la proa del barco, con su vista fija en una joven pareja que se abrazaba, un nivel más abajo, casi al frente del mismo.
Sakura, intrigada, dirigió su vista a donde apuntaban los ojos del Inuzuka: probablemente el par no tendría más de veinticinco años; la mujer, ligeramente más baja que su acompañante, lucía un largo pelo castaño liso, bastante delgada y vestía ropa abrigada, como si el aire marino le resultara demasiado frío. El joven, de pelo negro muy corto, no se separaba de su acompañante.
La pelirrosa no pudo evitar notar que, más que en la pareja, la vista de Kiba estaba centrada más bien en la chica; conociendo su faceta casanova, no podía evitar pensar que tanto interés tendría algún tinte romántico, por lo que apenas estuvo junto a él decidió molestarlo un poco al respecto:
- No creo que tengas oportunidad, compañero.
- (sin mirar a la recién llegada, el chico contestó) No entiendo a qué te refieres, Sakura.
- A esa chica que miras con tanto interés. Se nota que está muy apegada a su novio.
- Te equivocas, no son novios.
- ¿Acaso la has estado siguiendo para saber tanto? Rayos, no pensé que olvidarías tan rápido a la muchacha de los gatos… o a mi… o a cualquiera de las treinta o cuarenta que has molestado en el último mes.
- No molestes, no han sido tantas. Además no lo digo por eso, y no creas que he estado siguiéndolos.
- ¿Entonces?
- (se toca la nariz) Esto…
- ¿Tu olfato? ¿Puedes "oler" si alguien es pareja o no? Impresionante.
- Ni tanto. En realidad puedo sentir feromonas compartidas entre dos personas cuando interactúan, además es fácil saber qué tanto han compartido dos personas por el olor que lleva cada una en si del otro, y esos dos más parecen hermanos, o quizás otra cosa, pero definitivamente no son pareja.
- (la chica sonríe y le dice) Entonces aprovecha que nos queda casi un día de viaje y trata de invitarla, o hablarle.
- Te equivocas, no los veo por eso…
- ¿Entonces?
- Hay algo en ambos… extraño… y un aroma peculiar, algo que recuerdo haber percibido hace algún tiempo, pero no recuerdo con exactitud qué es. Sé que es algo importante, incluso peligroso, pero no estoy seguro de qué se trata.
- Ten cuidado, Kiba, no hagas alguna estupidez por una simple sospecha. Además, supongo que esos dos también pasaron por la misma inspección que nosotros, por lo que no creo que sean peligrosos, no tanto como para que te preocupes.
- ¡Ya lo sé, Shino me dijo lo mismo! Simplemente me dan mala espina, como si tuviera al enmascarado al frente, o alguien similar… si tan sólo pudiera recordar…
- Entonces no les quitaremos el ojo mientras viajemos juntos, igual y puede que no sea nada, y terminemos separándonos.
- Ojalá y así sea, compañera, que no quiero problemas, menos cuando Akamaru no estará con nosotros.
- Lamento que te hayan confiscado el pergamino para invocarlo.
- Lo peor es que mi compañero estará quien sabe cuanto tiempo a dieta de pescado. Ya veo que cuando nos reencontremos me muerde por hacerle eso, o peor aún, que le tome gusto, y sabes tan bien como yo lo caro que es el pescado en Konoha…
- Veo que tus preocupaciones son muy profundas, Kiba-kun.
- No molestes, pelirrosa.
En eso, la pareja de jóvenes que el Inuzuka seguía con tanto detenimiento ingresa al interior del barco. El chico, más relajado, decide buscar un asiento para descansar sus piernas; Sakura lo sigue.
Viendo que Shino todavía no aparece con noticias sobre su comida, la joven aprovecha de preguntarle a Kiba algo que le intriga hace mucho tiempo:
- Eh, Kiba, hace tiempo que quiero hacerte una pregunta.
- Lo siento, pero ya pasó tu oportunidad, Sakura.
- ¿Cómo?
- Que ya es muy tarde para que me pidas que seamos novios.
- ¡Idiota, no es eso! ¿Cómo rayos crees que yo a ti…?
- Calma, solo juego contigo. Resulta obvio que lo que quieres preguntar es algo muy importante, se nota lo tensa que estás.
- ¿Tanto así?
- Si.
- Prométeme que no te enojarás, pero es que simplemente es una idea que no me deja tranquila.
- Dilo, pero me reservo el derecho a golpearte.
- ¿Golpearme?
- Claro, por si tu pregunta es inapropiada.
- Bien, supongo… es sobre Hinata…
Kiba hace además de sobarse las manos, cruzando los dedos y haciendo sonar sus articulaciones. Sakura comprende el gesto, pero decide proseguir:
- Cómo decía, es sobre nuestra amiga.
- Compañera de generación; no trates de adornar su relación, sé que ustedes nunca fueron amigas.
- Lo siento, sólo trataba de ser amable. Pregunto sobre ustedes…
- ¿Nosotros?
- Si… es que lo de ella y Naruto me pareció demasiado extraño, sobre todo eso del compromiso matrimonial entre ambos. Durante mucho tiempo estuve investigando, armando las piezas de todo ese misterio; logré descubrir muchas cosas, pero hay algo que siempre me tuvo inquieta.
- Sigue…
- Sé que ellos nunca tuvieron una relación romántica ni nada parecido, y que ella estaba enamorada de mi antiguo compañero, pero sigo sin comprender el papel de ustedes.
- ¿Papel?
- Su relación con Hinata…
- Dilo directamente, para poder golpearte de una buena vez.
- Está bien… esto… ¿acaso tú eras su novio, o quizás estabas enamorado de ella?
Un sólo puñetazo, descargado en la mollera de la chica por el Inuzuka, es propinado. Sakura se toma la cabeza, adolorida, para luego mirar a Kiba al rostro: el joven permanece quieto, pensativo… luego responde:
- No, ni fui su novio ni estuve enamorado alguna vez de ella. Ahora quiero saber por qué rayos haces una pregunta tan estúpida en un momento como éste.
- Pensé que ya habría pasado tiempo suficiente.
- ¿Suficiente para qué? ¿Saciar tu curiosidad?
- Disculpa, no es así, es sólo…
- Termina de una vez, mujer.
- Esta bien, pero déjame hablar: a medida que fui conociendo más de tu compañera de equipo, me di cuenta de que, dentro de todo, era la más… "interesante" de todas nosotras. No lo digo por elogiarla, es simplemente que me parece extraño que fuera de ese supuesto enamoramiento por Naruto ella nunca haya demostrado mayor interés en nadie más, o que alguno de los que eran cercanos a ella no se mostrase interesado en ella, incluso que tratara de conquistarla. Digo, resulta evidente lo mucho que ustedes la querían, y creo que si yo estuviera en la posición de alguno de ustedes dos habría tratado de convencerla de dejar a Naruto de lado y buscar algún otro prospecto, otro enamorado. Todo mundo recalca lo dulce y agradable que era, y realmente parecía que no tenía ningún enemigo en todo el mundo (cosa que ninguna de nosotras, Ino, Tenten y yo misma podríamos decir). Incluso llegué a pensar que Neji estaba enamorado de ella, por como la trataba (y luego me enteré de su propia boca lo que había acontecido entre ellos y su actitud hacia Hinata tuvo sentido).
- ¿Y qué ganas queriendo saber todo eso, eh?
- Comprensión. Me he propuesto enmendar mis faltas del pasado y la muerte de Hinata quizás sea la más grande de todas, y sé que si algún día me reencuentro con Naruto deberé aclarar ese asunto. Simplemente pienso que el conocerla como realmente era me permitirá poder congeniar con el dolor de mi antiguo compañero, el comprender porqué su muerte le afectó tanto.
- (evidenciando su sorpresa, Kiba responde) Vaya, eso es nuevo…
- ¿Qué cosa?
- Naruto sufriendo por Hinata… aún…
- Sasuke me contó… no realmente "contó", fueron más bien pequeñas piezas de información que logré sacarle mientras patrullábamos la otra noche.
- Ya veo… ¿y qué te dijo con exactitud?
- Nada muy directo, sólo que Naruto trata la memoria de Hinata de manera muy especial, y a cualquiera que le pregunta le dice que era "su esposa". Y Naruto nunca ha sido mentiroso, al menos no en temas tan sensibles, así que si realmente las cosas fueran como todos creen y nada hubiese habido entre los dos él nunca la llamaría así, sin importar que un papel diga lo contrario.
- Eres bastante asertiva, pelirrosa.
- Gracias.
- Ahora el interesado soy yo. Siempre pensé que su negativa a visitar su tumba era más bien un tema de vergüenza, pero si lo que has averiguado es cierto… eso significaría… que la mentirosa era Hinata…
- Disculpa, no pretendía lograr esa conclusión, no me atrevería a ofender su memoria.
- No hay problema, probablemente si le llamara así en su cara ella sólo se sonrojaría y alegaría en voz baja que no era así… probablemente haciendo un puchero…
Kiba se queda pensando unos momentos, con la vista perdida. Luego, continúa:
- No yo, el enamorado era Shino. Para mi era algo entre hermana pequeña y mascota.
- ¿Mascota? ¿Shino?
- Trato del clan. Ella estaba al nivel de Akamaru, y ese es un lugar de mucha importancia para mi, no pienses lo contrario.
- Pero lo de Shino.
- No se lo comentes, lo avergonzarías. Ella era demasiado dulce…
- (interrumpiendo) ¿Demasiado?
- Si, ya sabes, de esas que son tan amables que generan malos entendidos, y mi compañero si de algo ha tenido falta durante su vida es acercamiento del género femenino. El punto fue que al mes de convertirnos en equipo el pobre ya estaba embelesado con ella. Afortunadamente Hinata se dio cuenta y logró hacerle ver que ella no podía verlo como posible novio, no cuando su corazón era de otra persona; en ese entonces todavía no nos dábamos cuenta de lo que ella sentía por el torpe de Naruto, así que por un tiempo mi compañero pensó que ella sólo decía aquello para alejarlo. Cuando después se percató de que no lo había engañado tuvo que disculparse.
- ¿Disculparse, por qué?
- Sintió que era necesario. Shino es un tipo demasiado serio y correcto, y no quería sentirse en deuda por pensar mal de Hinata. Allí fue que nos hicimos la promesa de protegerla hasta el día que el rubio idiota le prestara atención… lamentablemente todo termino mal.
- Lo siento.
- ¿Sabes? Cuando murió nuestra compañera y Naruto partió de la aldea, supe que entre las cosas que haría una sería el vengarse del responsable de su muerte. Se lo comenté a Shino, y él decidió que, en vista de que no lo podíamos acompañar, le diéramos un par de herramientas como forma de ayudarle en su tarea. Yo le conseguí un pergamino de perros rastreadores, algo bastante común en mi clan, pero mi compañero apareció con una especie de tesoro personal: un kunai de acero blanco, bastante costoso, regalo de Hinata.
- No entiendo.
- Ella nos regaló uno a cada uno cuando ascendimos a chunnin. El mío lo perdí al par de semanas, pero Shino conservaba el suyo guardado en su casa, sin atreverse nunca a usarlo, no tanto por su valor como por lo que representaba; eso fue lo que le dio a Naruto para que lo usara en su misión, con un objetivo muy puntual (que no repetiré porque eso es algo entre esos dos). Allí fue cuando me di cuenta de que, a pesar de todo, sus sentimientos todavía eran bastante fuertes por nuestra amiga.
- Ya veo…
- Dime, Sakura, ¿Y qué concluyes de todo eso?
- Nada, sigo tan perdida como antes. Lo único claro es que eran bastante más cercanos entre ustedes de lo que fuimos alguna vez Sasuke, Naruto y yo como equipo…
- Eso es seguro. No soy ciego, me doy cuenta perfectamente que mis aficiones y las de Shino no son algo particularmente atractivo. En ese sentido el que fuese Hinata y no otra la que terminó siendo nuestra compañera es lo que lo hizo funcionar; incluso más, si nos vez hasta este punto, el equipo Kurenai es el único de los equipos de novatos que se ha mantenido todo este tiempo funcionando como unidad, incluso con nuestra jounin-sensei retirada… esa tonta tímida era la que nos mantenía unidos, y su perdida no hizo más que reforzar los lazos entre Shino y yo (y, claro, Akamaru).
- Eso significa… ¿qué estoy de más?
- No lo diría así, más bien eres la distracción necesaria. Tu presencia nos evita el tener que estar los dos solos… y recordarla. Claro, hasta que tú sacaste el tema a colación…
- Ya veo. Siento haber tocado ese punto, Kiba.
- No, creo que necesitaba desahogarme con alguien. Pienso que no es bueno guardarse estas cosas… al menos Shino tiene una novia a la que contarle estos temas, y Akamaru no es muy hablador, como podrás haberte percatado.
- (impactada por la revelación, Sakura reacciona) ¿Shino tiene novia?
- En realidad ha tenido varias en el último tiempo. Realmente no se de donde saca el tiempo para eso…
En eso, el líder de misión llega a donde sus compañeros, extrañado por la cara de sorpresa de la chica y los gestos de manos de su compañero de equipo, quien trata de decirle algo a la pelirrosa sin usar palabras; trata de entender qué quiere ocultar e interpreta los gestos: no… nada… silencio… no lo digas…
Incómodo, Shino le pregunta a Sakura que es aquello que Kiba no quiere que le diga. La kunoichi, queriendo tapar todo, le responde, notoriamente nerviosa, que su compañero le hablaba de la chica de los gatos y que quería que fuera su novia. Kiba se paraliza: Sakura ha escogido la peor mentira para cubrir lo que hablaban y seguramente la cabeza de Shino ya ha descifrado todo el asunto; mira a su compañero y líder.
El Aburame sabe que su compañero no es de los que se avergüenzan de sus pretensiones románticas, por lo que si no hablaba de una novia para él, sólo debe tratarse de... Mira directamente a Kiba y sin titubear le dice: "le contaste sobre ella, ¿verdad?". Kiba responde: "no exactamente, sólo se me escapó el hecho de que tenías novia". Molesto, el ninja de los insectos ordena a uno de sus espías de seis patas que se introduzca dentro de la ropa de Kiba, quien al sentir la intrusión se revuelca para todos lados, incómodo al notar al bicho recorrer su espalda. Sin inmutarse por el sufrimiento de su amigo y compañero, el líder de misión le dice a la kunoichi: "por favor, que nadie más lo sepa. Es un secreto".
Shino se retira, señalándoles a ambos que los espera en el comedor.
Sakura observa con pena a su torturado compañero, quien se ve obligado a desvestirse para lograr zafarse de esa molestia, quedando sólo en ropa interior. Avergonzado, Kiba se viste apresuradamente, mientras murmura: "menos mal que ese malagradecido no controla un circo de pulgas, sino esto sería insoportable". La pelirrosa no puede evitar reírse ante aquella reflexión final, mientras se compromete a guardar el secreto de su amigo, a fin de no volver a causarle problemas al muchacho.
Con Kiba ya nuevamente presentable (e ignorando las miradas curiosas de quienes se encontraban en la misma cubierta que él y que, por lo mismo, han visto todo su espectáculo de desnudez) la chica lo toma del brazo, a fin de alcanzar a su irritable líder de equipo. Al menos la pelirrosa sabe que debe ser cuidadosa con lo que le dice a Shino, no sea que decida castigarla de la misma manera que al desafortunado solitario de Kiba.
El resto del día había sido bastante más relajado para el grupo de samurai que escoltaba a la Mizukage, con destino al País de los Campos de Arroz.
Después de todo el entuerto con los sapos mensajeros, Mikuni había tomado algo de distancia de Cho. Todavía algo acomplejada por todo lo que habían compartido en las horas que estuvieron de visita en aquella aldea, se decidió aprovechar las ultimas horas del día para meditar en como procedería con el chico.
.
.
.
Mientras el atardecer caía, la pelirroja aprovechó de disfrutar de un rato a solas, dentro de la tienda que compartía con sus escoltas femeninas. Necesitaba unos momentos de introspección.
Mei quería pensar que estaba alterada luego de todo lo ocurrido, o molesta por lo atrevido que se había mostrado el joven de lentes con sus expresiones y su totalmente obvia fijación hacia su persona, evidenciando lo que ella le provocaba (y, por lo mismo, haciéndose merecedor a un firme reproche por no ser capaz de mantener el papel de extraño que se había asignado a si mismo). Es que Chojuro era un pésimo actor.
Pero la verdad era otra: Terumi Mei tenía miedo, mucho miedo.
Estaba comenzando a considerar seriamente el darle a Chojuro la oportunidad que sabía el chico deseaba con ella, y eso la espantaba. Le aterraba darse cuenta que ella también podía enamorarse como un chiquilla tonta, que era mucho menos madura de lo que suponía.
Hace apenas unos días estaba decidida a rechazar cualquier pretensión romántica de su joven escolta, pero esa convicción había sido desgastada poco a poco: el volver a ver su rostro le hizo notar lo atractivo que era; el descubrir lo mucho que se había esforzado había hecho surgir la admiración y el miedo a la pérdida; su actitud nerviosa ante su proximidad la había hecho sentirse deseada, como nunca antes lo había sido (y le gustaba el que fuera él y no otro el que lo evidenciara); y finalmente, aquella declaración de que el chico estaba enamorado de ella (porque era imposible que fuese otra aquella que Chojuro había descrito con tanto detalle en aquella mesa compartida) la había definitivamente conquistado, tanto que su felicidad fue plena con el simple elogio de que se veía atractiva para el muchacho con esa fina y coqueta lencería que había tenido la fortuna de verle puesta.
Y ahora, con la cabeza más fría, se sentía vulnerable. Pero ella era Godaime Mizukage, y jamás de los jamases aceptaría verse a si misma como alguien vulnerable.
No podía dejar de pensar en la posición en que su nueva condición la dejaría, con su mente y su corazón sujetos al capricho de un jovencito que en cualquier momento podría traicionarla. A ratos quería hacerse la dura, llamar a Chojuro, aclarar todo y exigirle que recordara su lugar… si tan sólo la alternativa, el poder entregarse a una relación que la hiciera sentirse realizada, al amor tantas veces negado, no fuese tan dulce…
Dulce… ¿a qué sabrían sus besos? Cuando ese mocoso insolente le robó aquél beso en el hospital de los samurai sus propios labios estaban resecos, por lo que no pudo sentir la suavidad, pero el calor del chico había estado allí, lo recordaba perfectamente… ¿qué tan diferente sería con ella entregada al contacto?
Y Mei se rozaba los labios, apretando y pasando sus dedos sobre ellos, para luego humedecerlos. Intrigada, rebuscó en su mochila de viaje un pequeño espejo de maquillaje, a fin de verlos: rojos y brillantes, a diferencia del color rosa pálido que normalmente lucían cuando usaba su labial… "¿cuál preferirá Chojuro? ¿con maquillaje o al natural?" Por un momento alejó el espejo y contempló todo su rostro: su edad era evidente, y su cabello corto, por encima de sus hombros, la desmerecía bastante; no podía evitar sentir que le faltaba, pero entonces… ¿porqué rayos no podía quitar esa tonta sonrisa de su rostro?
Simple: porque para su enamorado ella, tal como se veía, era perfecta.
El grito de Ai, avisando que pronto cenarían, sacó a la pelirroja de su ensimismamiento. Tomó un chaleco para estar más abrigada y poder compartir con sus acompañantes durante la noche; con un poco de suerte, podría sacarle unas cuantas palabras más a Chojuro, aprovechando su nueva elocuencia.
Cómo se reiría del joven cuando llegara el momento en que le contara que siempre supo que se trataba de él. Aunque seguramente con un beso se le pasaría la vergüenza por haber sido descubierto tan rápido.
.
.
.
La calma del grupo de samurai duró sólo hasta el día siguiente.
A eso de las once de la mañana les llegó un águila con un mensaje, enviado unas cuatro horas antes desde el cuartel general de la fuerza de tareas estacionada en los Campos de Arroz. La noticia era respecto de la batalla del día anterior en el País de la Hierba y la posibilidad de que los samurai fuesen movilizados a Kusagakure, así como la división de Kiri.
Dicha novedad trastocaba todos los planes del grupo (incluida los de la Mizukage, quien supuestamente no iba con ellos).
Luego de pensar la situación, y aprovechando que sólo ella sabía el contenido del mensaje, Mariko decidió conversarlo previamente con la pelirroja, a fin de que pudieran acordar un plan de acción. Después de oír el parecer de Mikuni, la líder de misión reunió a todos para informarles su decisión: Ai y Kaminari partirían de inmediato en dirección al País de los Campos de Arroz, a máxima velocidad, con instrucciones para la tropa de esperar allí la llegada de su general; si apretaban el paso podrían llegar antes de cuatro días a su destino. Aprovecharían el águila mensajera y enviarían un mensaje al Taicho Mifune, a fin de que él se comunicara con Kiri y les anunciara, por mensaje encriptado, de que su protegida tardaría unos seis días más en llegar a su destino, a fin de que tomaran medidas para lograr que la división que la Niebla tenía en Oto se uniera a la fuerza samurai y esperara a la llegada de su próximo comandante, para lo cual el ave llevaría un pergamino en blanco firmado por la pelirroja a fin de ser utilizado por su reemplazante en la Aldea para impartir las instrucciones necesarias.
Consultada por Ai el porqué simplemente no partían todos juntos por la ruta directa, Mariko contestó que el riesgo de ser descubiertos trasladando a su protegida seguía existiendo, y en caso de ser capturados y revelada la verdadera identidad de Mikuni lo más seguro era que el ejército de ocupación de Oto, que aún sumaba casi doce mil tropas (concentradas en su mayoría en la frontera con el País del Fuego) arremetiera contra las fuerzas de la Niebla, a las que superaban casi cuatro a uno y, sin tener todavía las instrucciones respectivas, los samurai no intervendrían para evitar su exterminio o, peor aún, podrían ser usados en esa tarea ya que, mientras ella no llegara a ocupar su puesto, los mandos de la Alianza en el país tenían toda la autoridad para ordenarles movilizarse.
Mei comprendía la decisión de la líder de misión. Sus opciones en ese momento eran bastante limitadas: enviar un mensaje de ella a sus tropas en Oto y arriesgarse a que fuese interceptado o conocido por los mandos de la Alianza; elegir la ruta más corta a su destino, ruta plagada por patrullas de la Alianza y por los miles que se estaban movilizando en dirección a Kusa, en donde sería imposible no cruzarse con algunas de ellas y, eventualmente, ser reconocida; elegir la ruta más segura, en medio de los países del Pacto, garantizando que no serían vistos ni reconocidos, pero alargando su viaje a ocho días; o la alternativa escogida por Mariko, que se presentaba como la más segura.
Mientras los dos samurai se marchaban, Mikuni les pidió encarecidamente que trataran de llegar lo antes posible a su destino. Al menos esos dos, sin la carga que ella representaba, no corrían el riesgo de ser capturados cuando se cruzaran con alguno de la Alianza.
Al ver como Mei entraba a su tienda, deseosa de ocultar su rostro preocupado de todos, Chojuro le reclamó a su capitana el porqué no iba ella misma a tomar el mando de las tropas de samurai, en vez de enviar a sus subalternos. La chica, molesta le contesto: "la protección de Mikuni-sama es lo más importante en este momento; además, no tengo garantía de que en caso de que los deje a ustedes sin supervisión les termine ganando el miedo y traten de tomar la ruta corta, echando todo a perder. Ai es mi segunda, por lo que los samurai le obedecerán de la misma manera que si fuese yo en persona. Ahora necesito que prepares todo, comeremos algo ligero antes de salir con rumbo sur; necesitamos dejar el País de la Tierra lo antes posible, ya que lo más seguro es que con lo sucedido en la Hierba los de Iwa refuercen la vigilancia de su frontera".
El grupo, ahora reducido a tres integrantes, levantó su campamento quince minutos después y comenzó su carrera. Tenían hasta la noche para abandonar el territorio de la Tierra.
.
.
.
Ya era de noche cuando el grupo samurai había retornado al País de las Sombras.
Ya sin poder seguir seguros hasta la frontera de la Tierra con el País de las Cascadas, Mariko había trazado una nueva ruta para el grupo, siempre hacia el este: desde las Sombras seguirían al País de los Pájaros, evitando su Aldea Escondida, Ishigakure (que formaba parte de la Alianza); seguirían hasta la frontera con Ame, que atravesarían hasta llegar al País del Fuego, la parte más complicada de todo, ya que deberían atravesarla por el interior de la misma para después doblar en dirección noreste hacia el País de los Campos de Arroz. Tan sólo esperaba que para esa última etapa Ai ya estuviese instalada con el mando de la fuerza de tareas de Tetsu y la división de Kiri, en cuyo caso podrían revelar su verdadero propósito a los shinobi de la Hoja y conseguir así de ellos paso franco hasta donde le esperaría su ejército.
La líder de misión calculaba que tardarían cuatro días más en llegar a la frontera de la Lluvia y el Fuego. Siempre que no encontraran verdadera oposición en el camino, claro estaba.
.
.
.
El trío había levantado sus dos tiendas al pié de unos frondosos árboles, en una pequeña loma, a bastante distancia del camino que cruzaba esa tierra.
A pesar de que eran casi las once de la noche cuando se detuvieron, la líder samurai dispuso que se encendiera fuego a esa hora: el paraje era demasiado húmedo para descansar sin ese recurso, y no correría el riesgo de que alguno de ellos se enfermara y provocara así un nuevo percance.
Esa noche Cho haría la guardia, la que se extendería hasta las siete de la mañana; luego, tendría dos horas para tomar una siesta antes de continuar su viaje: ese sería el régimen que adoptarían en lo que quedaba del viaje, con ambos samurai turnándose la guardia y el otro haciéndola de guardia personal de Mikuni.
Mei estaba algo confundida. Después de la revelación de los sapos mensajeros en la tienda de ropa, Cho ya sabía su verdadera identidad, pero a pesar de ello ambos samurai seguían tratándola con ese nombre inventado. Consultada, Mariko le señaló que la naturaleza de la misión les imponía ser lo más precavidos posibles, sobre todo estando en tiempos en donde hasta las piedras tenían oídos.
Resignada, la pelirroja aceptó la situación. No sabía porqué motivo, pero ahora que la verdad se sabía (abiertamente) le incomodaba que Chojuro le llamara de una forma diferente, sin importar lo necesario que fuera para su propia seguridad.
Luego de cenar, ambas chicas se retiraron a su tienda a eso de medianoche, dejando al único varón del grupo en su solitaria guardia. Pero Mei no quería dormir, no hasta ver a Chojuro en privado; no lo reconocería a su escolta, pero necesitaba oir alguna palabra tierna de él, algo que alejara de ella los temores respecto de su gente y sus shinobi.
La Mizukage necesitaba tener su cabeza puesta en otras cosas antes de que la preocupación la enfermara.
La pelirroja esperaría a que Mariko se durmiera, a fin de salir a ver al muchacho unos momentos.
Quizás la chica de Tetsu supiera lo que ella sentía por el joven espadachín, pero no por eso se pondría en evidencia tan fácilmente.
.
.
.
Veinte minutos fueron necesarios para que Mei saliera de la tienda. Al menos eso fue lo que esperó hasta convencerse de que la chica samurai dormía profundamente.
La pelirroja no iba con una idea en particular, sólo quería pasar tiempo con Chojuro. Incluso así, en ese papel que el joven había asumido sin necesitarlo, sentía la necesidad de estar al lado suyo, de oírlo, de convencerse que estaba allí, a su lado.
Mientras caminaba no podía evitar cuestionarse, preguntándose el porqué hacía todo eso. "¿A qué edad se deja de soñar, de ser una tonta romántica?", se dijo, mientras veía como el samurai Cho contemplaba el cielo, parado junto a un fuego que parecía querer consumirse.
Chojuro contemplaba las estrellas mientras tenía su particular lucha personal: había llegado al límite de su aguante, deseaba contarle todo a la líder de su aldea, rogar por su perdón y ver si querría darle la oportunidad que le había insinuado cuando se separaron, en esa madrugada en el hospital de los samurai. Sentía que, de alguna manera, estaba desperdiciando tiempo valioso, que cuando ese viaje acabara todo se pondría horrible, enfrentados no solamente a Akatsuki sino que a la Alianza. El espectro de la guerra era evidente, mucho más de lo que lo sintió cuando estuvo en la fría montaña de las tierras del norte.
El joven tenía miedo, miedo de que alguno de los dos cayera y lo que debía ser dicho y compartido se perdiera. Sus sentimientos eran fuertes, más fuertes que nunca, y si alguien le preguntara el respondería sin dudar que no había nadie para él más que Terumi Mei, una hermosa y fuerte mujer de su tierra, altiva y orgullosa. Pero era sólo una mujer, y él solamente un hombre, y como tales el destino era incierto.
Chojuro no le temía a la muerte como tal. Si algo le había enseñado su doble formación shinobi/samurai era el tener el carácter suficiente para afrontar el peligro y aceptar sacrificar la propia vida en aras a un propósito mayor. Pero irse sin aclarar las cosas… o peor aún, que ella se fuera, dejándolo con la culpa y el arrepentimiento. Cuando estaba en el País del Hierro sólo esperaba su futuro reencuentro con su Mei, pero había sido demasiado pronto, y no se sentía listo, no todavía… pero esperar había dejado de ser una opción.
Una mano, tocando su brazo izquierdo, le hizo reaccionar.
Mei había llegado al lado del joven. Viendo que la mujer estaba con su cabeza descubierta, el chico rápidamente levantó su casco para, sin quitárselo, desenredar una bufanda que usaba y que quedaba oculta por su armadura, la que amarró alrededor del cuello de la pelirroja. Mei esperó a que Chojuro terminara con dicho gesto, para luego tomarla con sus manos y, aprovechando que el muchacho se dedicaba a alimentar el fuego, olfatear la mullida prenda: allí estaba él, su aroma, el mismo que recordaba de cuando le besó aquella lejana noche.
Cuando el fuego se avivó con el nuevo combustible, el joven le hablo, siempre con su mascarilla tapando su verdadera voz:
- No debería haber salido así, Mikuni-sama. La noche está muy fría para eso.
- ¿No estarás insinuando que soy muy vieja para estar tomando el frio de la noche?
- Por favor, no continúe con esas ideas. Yo nunca insinuaría que una mujer como usted es vieja; incluso si me atreviera a decirlo quedaría en ridículo ante cualquiera que la viera.
- Y tú viste bastante ayer, ¿verdad?
- Me disculpo por ello, Mikuni-sama, aunque en realidad eso estuvo más allá de mi control.
Mei no puede evitar quedarse mirando la cara del chico (en realidad el casco metálico, pero para ella era como si esa cosa no estuviera). Luego se sentó en el suelo, cerca del fuego, invitando a su guardia a acompañarla. Cho, sintiéndose en confianza (sin saber porqué) toma una manta cercana, que conservaba para cuando la madrugara fuera más fría, y se la pasó a la mujer, mientras él se sentaba a medio metro suyo.
Pero Mei lo quería más cerca, así que levantó la manta, que la cubría hasta el cuello, e hizo ademán al joven de que se arrimara a su lado, de tal manera que ambos quedaran cubiertos con ella. Cho, mientras dirigía una mirada a la tienda donde debía encontrarse Mariko en ese momento -para asegurarse de que no los viera en esa actitud-, aceptó la invitación. Ella aprovechó de preguntarle:
- ¿Porqué me llamas "Mikuni"? Sabes mi verdadero nombre, ese par de sapos te reveló mi verdadera identidad. Aunque creo que todos ustedes lo sabían.
- No sabría decirle por los demás, Mizukage-sama, pero tiene razón respecto a mi. Me disculpo por ello, simplemente creí que era necesario guardar el secreto.
- Ya veo. Aunque supongo que Mikuni tampoco está mal, es un bonito nombre, ¿verdad?
- Tal vez, pero no para usted.
- ¿Y cómo crees que debería llamarme?
- Mei.
- Ese es mi nombre, ¿lo sabías?
- Sólo digo que su nombre es perfecto.
- ¿Tan sombría me veo?
- Es más bien el contraste. Resulta agradable que alguien con un nombre que significa "oscuridad" sea tan luminosa, tan alegre una vez que la conoces bien.
- No hables de lo que no sabes, samurai. Sólo nos hemos tratado un par de días, hay mucho que no conoces de mi; realmente puedo ser temible.
- Lo sé; evidentemente no se puede llegar a kage sin inspirar temor en los enemigos. Pero creo que incluso eso no es capaz de apagar su chispa.
- Eres bastante galante, Cho. Me imagino que debes tener a muchas chicas locas detrás tuyo, sin importar lo feo que seas debajo de esa máscara.
- Eso no lo se, y realmente no me interesa. En este momento sólo hay una para mi.
- Debe ser bastante afortunada entonces, tu chica.
- No es mi chica… quizás nunca lo sea…
- Debes tener más esperanzas, Cho. Si fuera por mi, te aceptaría sin dudar.
- ¿A un desconocido?
- Todos somos desconocidos, Cho, incluso los que se han tratado de toda una vida tienen cosas que se ocultan entre si.
- Supongo que tiene razón. Si es así, permítame decirle que, si dependiese de mi y usted fuera ella, sería la única mujer en mi vida.
- Eso suena a una promesa de matrimonio, una promesa de amor de por vida.
- Es lo que pretendo de ella, exclusividad.
- Puedo entender eso. Creo que deseo lo mismo.
Dicho lo cual, Mei apoyó su cabeza en el hombro del chico, pero estaba frío por el metal de su armadura. Al ver la incomodidad de la mujer, Cho le preguntó si estaba muy cansada, a lo que ella le respondió que deseaba disfrutar del fuego un poco más.
Al oír la petición de la pelirroja, el joven se acomodó, doblando sus piernas debajo de si y juntandolas, a fin de ofrecer sus muslos juntos; luego, tomó la bufanda del cuello de la mujer y se la puso sobre sus piernas, a modo de almohada, para luego indicarle a su protegida que podía, si lo deseaba, apoyar u cabeza allí, donde estaría más cómoda. Mei, sin decir nada, aceptó.
Y la mujer dejó que el samurai la tapara con la manta, mientras tenía su mirada puesta en el fuego encendido, luchando contra su sonrojo por la extraña situación, pero más que nada contra su corazón desbocado, pidiendo dentro de su cabeza a Kami que por favor el joven no sintiera como su pecho saltaba sin control. Y tan concentrada estaba en calmarse, que al final se durmió.
Chojuro la dejó estar así por casi media hora, más por egoísmo que por otra cosa: deseaba poder acariciar su corto cabello rojizo en paz. No pudo aguantarse y se quitó el casco, dejándolo al lado, aprovechando tan extrañas circunstancias para besar la frente de la mujer, mientras murmuraba deseos ocultos al oído de la bella durmiente.
Finalmente, notando que el fuego se apagaba, el joven se llevó a su dama de regreso a la tienda, en sus brazos, caminando con lentitud (provocada en parte por su deseo de no despertarla, y en parte por lo adoloridas que tenía las piernas por mantenerse en esa posición tan incómoda tanto tiempo).
Una vez dentro de la tienda, acomodó a la pelirroja en su futón de campamento. Trató de recuperar su bufanda, que la pelirroja sostenía con fuerza, pero ella se lo impidió, reclamándole entre sueños: "no te la lleves, Chojuro".
Viendo que aquello era una causa perdida, se retiró en silencio.
Justo antes de salir de la tienda, aprovechó de decirle a su líder de equipo: "Gracias por no interrumpirnos, Mariko"; la aludida respondió: "Cuando quieras". Sin aguantar su curiosidad, Chojuro pregunta: "¿desde cuando ella sabe que soy yo?"; la samurai responde: "desde siempre; ahora déjame dormir de una buena vez, Cho".
El joven espadachín regresa a su puesto junto al fuego, colocándose su casco de regreso. Si lo que le ha dicho su capitana es así, entonces debe dar lo antes posible el paso que ha estado postergando.
Es eso, o simplemente dejar pasar todo. Pero quiere creer que todo lo que ha pasado entre ambos en los últimos días es porque lo que siente por la pelirroja es, al menos en parte, un sentimiento compartido.
