¡Estoy de regreso! Y como prueba hice un capítulo epic-win (El más largo hasta la fecha) Y esta igual de raro o más que los demás. Pero en fín, estoy cansado tras escribir este monstruo. ¡A contestar reviews!

cuatecatl88: Todos tenemos un alma oscura y perversa (en tu caso en particular es en lo oscuro y pervertido) soy un Escorpio, no puedo ni defenderme al respecto, jajajajaja. Y sí, Ares saldrá en este capítulo (autor complicado) cerebro poco cooperativo.

dafloveaioros: ¿Quieres un final feliz para Milo? (No está en la lista) tragicomedias griegas, que se le va a hacer (si el autor no es feliz, tampoco Milo) ¡Sí! ¡Oye! ¡No me manipules el pensamiento! Lo que trato de decir es que es un proceso (osease no) Nadie ha dicho que no cerebro tonto. Y sí, Hades decapitó a Perséfone (falta de presupuesto para la batalla final, teníamos que hacer algo) ¿Presupuesto? No me pagan por esto (Coff, digo… pocos capítulos) De Saori hay más en este capítulo, espéralo con ansias, y lo de Shaula (No tiene ni idea de qué hacer con ella) No… la verdad no (que se le va a hacer) Hades no es el que está encerrado en el cuarto infierno por cierto, es Ares, y espero que disfruten su re-aparición.

TsukihimePrincess: Ya ves, soy lucido (tus reviews bajaron de diez a ocho para esté capítulo señor lucido) T_T, eso me duele. Por cierto, no recuerdo esa parte del mito, lo que sí es que el matrimonio fue forzado. Y lo de que Perséfone es hija de Poseidón es una teoría popular griega, pero casi todos los mitómanos dicen que es hija de Zeus (pero a nosotros no nos importa) ¡Es nuestra historia! (Toma eso Zeus, Deméter te puso los cuernos y Atenea ya no es virgen) Muahahahaha, y baja del cielo y ven y quéjate (…) …. (¡ESTA LLOVIENDO!) ¡NOS ESCUCHÓ! (¡LO SENTIMOS!) ¡LO SENTIMOS! (¡LO SENTIMOS!) Lo del destierro de Apolo es cosa de otra saga (Salve Apolo, líbranos de Zeus) Es tarde, se hace de noche y ya valió (T_T)

DaanaF: ¡Sí! ¡Viva la brutalidad de Milo! (Deberías decirles por qué escribiste esa escena) Mejor no (El autor se agarró a golpes con un taxista pelón el día en que escribió ese capítulo) ¡Cierra el pico! (Así que se vengó en su historia al arrancarle la cabeza a esos dos Espectros) Soy igual de cabeza caliente que Milo T_T (Desde ese día yo nací, el autor perdió el juicio) Cómo sea, Shaka volverá a hacer de las suyas, y Saori te volverá a hacer llorar, eso es una promesa (autor llorón) T_T Puedo pelearme con taxistas injustos en la calle por mi extenso sentido de la justicia, pero para el drama tengo corazón de pollo T_T.

Lilus de Geminis: ¡Uno nuevo! (Cierra la puerta y no lo dejes escapar) ¡Muahahahaha! Digo, bienvenida. (-_-;) ¿Qué me tardo mucho en actualizar? (Anda ya le dio la depre) T_T ustedes se tardan mucho en dejar review también (ya ya, no la tomes contra tus lectores, supéralo) T_T. Bueno, ya me recuperé, por lo pronto en este capítulo tienes que llorar (ahora es requisito) ¿Debo abrir un pool de llorometro? (No te votan en el que ya tienes, muahahahhaha) -_-; Perdón por matar a Camus tantas veces por cierto. Y que bueno, les gustó la brutalidad de Milo (siempre puedes volverte a pelear con otro taxista) Ni de broma… me partió un diente de un botellazo (por peleonero) Un día debo escribir mis vivencias, sería un best-seller (Crónicas de un Escorpio de mal carácter) El León el Escorpio y el Carnero, jajaja, en fin, ¿dónde me quedé? (-_-;) Todos quieren a Shaula, debería ser un personaje principal, jajajajaja, hay que darle rol protagónico en la saga de Zeus (Anotado, matar a Aioria en esta saga) ¡No! (Solo tienes a los de oro de protagonistas, apenas y te das abasto) ¡Lo sé! ¡Pero no voy a matar a Aioria por darle la de Leo a Shaula! (Ya lo convencí) Umm… podría ser. (Mauhahahaha).

RedHood941: En este capítulo habrá mucho de los nuevos dorados. (Pero no habrá mucho de Mu y Aioria) -_-; Se me olvidaron, jejejejeje (Tonto) Pero Milo volverá a estar al borde de la locura (le gusta torturar al protagonista) ¿Qué es eso de actualizar moderadamente? (Significa no abusar de mí y darme un respiro) Umm… nah, hoy tengo ganas de torturarte (Y yo de darte un paro cerebral) ¡Pero el suspenso me gusta! ¡Buena idea! ¡Hay que dejar otro cliffhanger en este capítulo! (Siempre lo haces sin que te lo pregunten)

Isagamboa7: -_-; No te entiendo, enserio que no. ¿Saori una diosa inútil? Era la época en que las mujeres eran princesas y los hombres héroes, creo que eres muy dura con ella (Tú también la odiabas de niño) Odiaba más a Seiya y su supuesto heroísmo inexistente (el autor desprecia a Seiya con cada fibra de su ser) Supongo que puedo tolerar que desprecies a Saori, pero pobre, ya la he hecho sufrir mucho. Y no, no sé qué es un minecraft (lo que menos necesitamos es adicción a otro videojuego) Mi última adicción es el gimnasio y pretendo mantenerlo así (ya es hora) T_T no me lo recuerdes (adicción forzada, muahahahaha) Es que hoy toca pierna y no me gusta. ¿6.5? (Ni la desvelada que me metí) T_T, espera… (¿entonces la calificación es proporcional al número de palabras?) Por el coeficiente de variabilidad del estado de ánimo (dividido entre la loading screen de Guitar Hero) y los megas de internet (al cuadrado por las ganas de poner un review) entre el deseo de indiferencia (multiplicado por el grado de desprecio a Saori por el coeficiente de dilatación a temperatura ambiente de la naturaleza humana) Menos el grado otaku (más el grado gamer) por la edad (entre gravedad sobre tiempo) si lo piensas tiene sentido (preferimos no pensarlo) primera vez que estamos de acuerdo en algo (si… da miedo…) mucho.

fativilla: Jajaja, lucirme es mi segundo nombre (pensé que era el Guapo Ordóñez) esa es mi tarjeta de presentación (No es broma, si le hablas por teléfono contesta, oficina de Daniel el Guapo Ordóñez, sub-gerente de sistemas) Bueno ya si yo no me hecho porras quien (nadie) T_T. (oh, pobre de ti).

EDITADO: 21/05/2018 (Que une a Guerras Doradas con su precuela, Guerras de Troya).


Saint Seiya: Guerras Doradas.

Saga de Hades - Infierno.

Capítulo 8: Legado Dorado.


El Tercer Infierno. El Mundo de las Bestias. 02 de Agosto de 05 N.G.

—El Mundo de las Bestias —resonó la voz de Télefo de Archfiend, Estrella Celeste de la Muerte, y Suplicio Obsidiana del inverso de Virgo, quienes contenían todos los aspectos negativos del signo que representaban—. Este es el infierno más conveniente para ti, Milo de Escorpio —Atenea intentó ver a través de la oscuridad, encontrando solamente bestias, que se daban cacería mutuamente. Hombres convertidos en lobo que corrían en jaurías sangrientas y se traicionaban entre sí. Bestias mitad osos mitad hombres les hacían frente. Criaturas inimaginables y monstruosas se arrancaban las extremidades y se devoraban unas a otras, era una cacería eterna—. En este mundo, las víctimas comienzan una lucha interminable por la supervivencia. Son tanto cazadores como presas de sus iguales. En este mundo gobierna el más fuerte, solo el más fuerte se come al más débil. En este mundo debes alimentarte de tu depredador para sobrevivir —y Atenea observó a Milo ser invadido por la rabia de los cazadores a su alrededor, y sucumbir ante este infierno—. ¡El Escorpión Celestial es el más grande cazador de todos! —gritó Télefo, y Milo se lanzó en dirección a las bestias y comenzó la masacre.

—¡Milo! —gritó Atenea, mientras lo veía clavar su lanza a través del cráneo de un oso, y romperle la quijada a un lobo de una patada. Un lagarto intentó morderle el pie, más de un movimiento rápido, alzó la pierna y le destrozó la cabeza de un pisotón certero. Atenea estaba horrorizada—. Todos estos horrores… la condena del infierno… por miles de años los humanos han sufrido el ser condenados a estos infiernos, no importa que tan nobles de corazón… es horrible… Hades… jamás te perdonaré esta afrenta. ¡Vaporícense! —gritó Atenea, y su cosmos fulminó a las bestias, hasta que solo Milo quedó, con sus ojos brillando de un rojo intenso, y sus dientes sobresaliendo de sus labios como colmillos de una bestia, Milo comenzaba a transformarse en un cazador de este infierno—. ¡Detente! ¡No me obligues a fulminarte también! —ordenó Atenea, mientras Milo se aproximaba a ella—. ¡No sigas! ¡Detente! ¡Sabes que te fulminaré! Milo… no… espera… no seré Saori… pero… incluso yo no puedo hacerte daño… —y Milo se abalanzó sobre Atenea, y la sangre brotó cuando le mordió el cuello—. ¡Aaaaaaaaaah!

—¡Te lo dije, Atenea! ¡Ningún humano puede resistirse a las penurias de los infiernos! —habló Télefo, que apareció frente a ella para observar el brutal asesinato de Atenea, solo para notar que la diosa no moría, y que Milo cesaba de intentar devorarla—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no te devora? ¿Por qué continuas con vida? —y Atenea se mordió los labios iracunda, y apuntó su mano repleta de cosmos en dirección a Télefo—. ¡Morirás!

—¡Reinado del Juicio Absoluto! —gritó Atenea, y tanto Télefo como los deminios fueron fulminados frente a la diosa, mientras Milo le mordía el cuello con fuerza, y forzaba a su sangre a brotar—. Mi sangre va a hacerte entrar en razón… muerde todo lo que necesites… —y de pronto, Milo despertó, y horrorizado se alejó de la diosa—. La sangre de Atenea… tiene poderes curativos… Saori ya te había ofrecido beberla cuando caíste enfermo en Lemuria durante la guerra contra Ares. ¿Lo recuerdas? —preguntó la diosa, y Milo no supo qué decir, mientras de sus labios le caía la sangre divina, y observaba la horrible herida en el cuello de su diosa—. No le prestes importancia, hay que seguir… Télefo evadió mi ataque, pero está herido. Seguro seguirá atormentándonos, pero mientras tanto, no hay que perder la esperanza —y Milo hizo una reverencia, no se atrevía siquiera a hablar. Estaba apenado por su comportamiento, y furioso por su propia debilidad. Debía ser fuerte. Y con tal pensamiento en su mente, siguió los pétalos dorados hasta llegar ante el portal al siguiente infierno, desconociendo el peligro que asechaba dentro.

Primera Prisión. Tribunal de los Muertos. El Hades.

—Enuncia tu nombre, caballero, y en mi libro veré los crímenes de los cuales se te acusa —habló el Espectro que se encontraba sentado en un trono elevado, jamás desatendiendo su libro, y en este buscando el nombre de Hyoga a pesar de que el Caballero Dorado no lo había mencionado—. Es extraño… no te encuentro en mi libro… pero veo… orgullo… arrogancia… indiferencia… y esperen… esto es, increíble, en verdad increíble —comenzó el Juez mientras leía los pecados de Hyoga en su mente. ¿Paganismo? ¿Adoras a otros dioses? ¿Cómo puedes ser un Caballero de Athena y al mismo tiempo ser un cristiano? Y no solo eso… has aceptado la existencia de otros dioses… ¿Nórdicos? ¿Budistas? ¿Qué clase de creyente eres? —preguntó Lune de Balrog, el Espectro Celeste de la Exelencia.

—Tal vez soy el tipo de creyente que acepta la existencia de todas las religiones en lugar de negarlas —habló Hyoga con molestia—. Reconozco a todas las religiones, y las respeto. Muchas se niegan mutuamente, o aclaman a dioses únicos. Yo digo que la religión es tan certera como la cordura del hombre que la escribe en sus libros —y Lune se mostró impresionado—. Solo hay algo seguro… los dioses existen… quien, qué o dónde no me importa —aseguró Hyoga, y Lune cerró su libro y caminó por las escalinatas hasta posarse frente a Hyoga—. Te recomiendo hacerte a un lado. Ya que a pesar que respeto tus creencias, estas en guerra con la mía.

—Eso es lo mismo que hacer tu voluntad —aseguró Lune, que en ese momento vio a todos los Caballeros Dorados subir la guardia—. Todos ustedes recibirán su castigo a su debido tiempo. Normalmente obligaría a mis guardias a detenerlos pero, Sarpedón ordenó el que se reunieran ante Atlas —y Hyoga no mostró expresión alguna—. Anda caballero, no voy a detenerlos. Respeta las reglas del uno contra uno. No querrás añadir más pecados a tu lista.

—Sabes que bien podría importarnos poco las reglas, Lune —comenzó Hyoga, desafiando al Espectro con su mirada. Lune por su parte se limitó a sonreír—. Pero… somos Caballeros de Atenea… y seguimos los deseos de nuestra diosa… adelántense… yo lidiaré con Lune —y los Caballeros Dorados intercambiaron miradas.

—Ya lo oyeron —habló Seiya—. Serán novatos en la Orden Dorada, pero como caballeros conocen bien las reglas. Uno contra uno—. Y Ohko se mordió los labios con molestia, y siguió a Seiya en dirección al resto de las prisiones, Nachi fue el siguiente en adelantarse, y Marín, que se encontraba sumamente distraída al pensar en Aioria, soltó una bocanada de aire y también siguió al grupo, jalando a Cheshire, que deseaba mantenerse escondido de todos los Espectros—. No lo olvides… Hyoga… tenemos una promesa que cumplir.

—Antes de cometer ese pecado me gustaría borrar mi nombre de la lista de Lune, Seiya —aseguró Hyoga con arrogancia, y el grupo de Caballeros Dorados salió del Tribunal de los Muertos—. Lune de Balrog… escuché de Cheshire que ahora solo los Suplicios Obsidiana protegen las 8 prisiones, pero tú no eres uno de ellos —habló Hyoga, y Lune sonrió.

—Después de los Jueces, los Suplicios Obsidiana son los Espectros más fuertes. Cada uno tiene su opuesto, Nereida, Folo y Alacrán Negro eran los opuestos de Acuario, Sagitario y Escorpio. Yo no seré un Suplicio Obsidiana, Caballero de Acuario. Pero antes he reemplazado a los 3 Jueces —y el cosmos del Espectro estalló, y lanzó a Hyoga fuera del camino—. Fui el segundo al mano de los ejércitos de Grifo mientras estos existieron. Mi poder estaba a la par del de los Jueces. En el pasado incluso se me conoció como tal. Y como Juez, te sentenciaré por tus pecados —y sin previo aviso, un látigo color sangre se aferró al cuello de Hyoga y comenzó a estrangularlo. Fue tan repentino el movimiento, que atrapó a Hyoga desapercibido. El látigo parecía tener voluntad propia, envolvía a Hyoga, dándole más y más vueltas, hasta que Hyoga terminó paralizado frente a Lune, con su cuello liberando sangre—. ¡Látigo de Fuego! —gritó Lune con desprecio, y el látigo se iluminó de un rojo intenso y comenzó a quemar a Hyoga—. Mientras más vueltas de el látigo, más pecados has cometido. ¡Has sido en exceso blasfemo al aceptar a todas las religiones! ¡Estas se niegan unas a otras! ¡Eres una vergüenza! —aseguró Lune, más entonces vio las flamas congelarse—. ¿Qué? ¿Cómo? —era increíble. Apagar un fuego era una cosa, pero frente a Lune la llama misma estaba congelada, tenía incluso la forma irregular de cualquier fuego, o así fue hasta que Hyoga rompió sus ataduras.

—¡No me vengas con tus tonterías! —gritó Hyoga—. Es mi decisión alabar al dios o dioses que me plazca. La religión es moldeada por la gente. No pienso entrar en una discusión inútil, todos tienen su punto de vista al respecto, y este es el mío. ¡No me juzgarás de blasfemo por mis ideologías! ¡En todo caso también sería mi derecho el juzgarte a ti por blasfemo al negar mis creencias! —y Lune se sobresaltó de escuchar esa declaración—. Eres Juez de tu propia justicia. No puedes juzgarme, tu derecho está mal infundado. ¡Un Juez debe ser imparcial ante todas las posibilidades! ¡Tu juicio no me incomoda! —y Lune enfureció.

—¡Yo soy quien pone las reglas del juego! —gritó Lune—. ¡Justicia! ¡Todo pecado debe ser castigado! ¡Nadie! ¡Ni siquiera los dioses están exentos del castigo! —aseguró Lune mientras preparaba un nuevo látigo.

—¡A eso se le llama blasfemia! ¡Acabas de declarar tu superioridad ante un dios! ¿Dónde está tu castigo por esta afrenta? —y Lune no lo comprendió—. ¡Me acusas de blasfemo pero tú blasfemas! ¿Qué clase de Juez eres si no eres capaz de penalizar tus propios incumplimientos? —y el látigo de Lune desapareció, e igual lo hizo su libro de condenas—. ¡Admítelo! ¡No eres más que un precursor de tu propia justicia! —aseguró Hyoga.

—¿Acaso pretendes vencerme con palabras, caballero? —se molestó Lune—. ¿Y qué si lo soy? ¡Yo soy justicia! Y sin importar tus palabras, planeo mantener el orden, incluso si esto amerita que yo mismo haga valer las reglas que personalmente he escrito. De todas formas voy a juzgarte —y Lune elevó su cosmos—. ¡Reencarnación! —y su poder comenzó a envolver a Hyoga—. ¡Serás obligado a revivir tus pecados! ¡Después de verlos atrévete a decirme si eres inocente o no! —y Hyoga fue transportado a los interiores de su mente, donde revivió sus pecados. Uno a uno.

—¡No me importa lo que digas, Lune! ¡No vas a juzgarme! —pero la mente de Hyoga cedió, y uno a uno los recuerdos le envolvieron la mente, mientras el cosmos de Lune entraba en su memoria en la forma de un par de ojos morados, que espiaban su mente—. ¡Sal de mi cabeza! —gritó Hyoga.

—¿Qué pecados se esconden en tu alma, Hyoga? —preguntó de forma arrogante Lune—. Te veo a los 10 años, mintiendo a tu maestro, jurando una falsa lealtad a la diosa Athena. Todo por egoísmo. Una falsa promesa en busca de poder para ver a tu madre en las profundidades del océano que la tragó —y Hyoga revivió aquellas memorias—. Se te acusa de traición. Tu querido amigo Isaac podrá haberte perdonado por dejarlo por muerto, pero cometiste el pecado que casi le cuesta su vida —y Hyoga recordó el día en que Isaac le salvó la vida—. Te convertiste en el Caballero del Cisne, levantaste tu puño contra los dioses —Hyoga entonces vio a Cronos, y su afrenta a los dioses—. Asesinaste a guerreros de fuerza extrema —y Hyoga se vio a sí mismo, vistiendo la Armadura de Corona Boreal y asesinando a guerreros en la guerra de Ares—. Aceptaste todas las religiones —y Hyoga se observó orando frente a una estatua del dios Odín o frente a su rosario—. Y seguiste asesinando. Una y otra vez. Sin arrepentimientos, forzando tu mano a tu propia justicia, e incluso me acusas de ello. Te has resistido a mi juicio, pero no escaparás de la sentencia —y Hyoga se vio envuelto en un torbellino oscuro—. ¡Siente el peso de tus pecados, Hyoga! ¡La Mano del Juez! —conjuró Lune su técnica, y Hyoga fue noqueado por flamas oscuras, que le quemaron hasta el alma misma, y lo dejaron convulsionándose de dolor en contra del suelo—. Este castigo ha sido físico, pero te esperan horrores interminables en el Inframundo —agregó Lune mientras sacaba nuevamente su libro, y comenzaba a escribir los castigos de Hyoga—. Para un blasfemo como tú, Cocytos parecería un paraíso… felicidades, Hyoga… eres el primer mortal, desde Dante que visitó todos los infiernos, en ser condenado al Tártaros… Cocytos es un infierno muy pacífico para quien ha adorado a todas las religiones por igual, solo la sentencia de los 6 Infiernos, y el negarte la reencarnación, son castigos aceptables —y Lune cerró su libro, y reunió su oscuro cosmos en sus manos—. ¡Condena del Juez del Inframundo! —gritó Lune, y esferas oscuras trataron de rodear a Hyoga, que se levantó en el último momento, evadiendo el ataque, que desintegró el suelo—. ¿Sigues con vida? —preguntó Lune. Y Hyoga entonces se incorporó y comenzó a elevar su cosmos, aunque respiraba muy pesadamente.

—Te lo dije… Lune —habló Hyoga con debilidad. La fuerza de Lune era en verdad equiparable a la de los 3 Jueces—. No vas a juzgarme… —aseguró Hyoga, y comenzó a mover sus brazos en la ya familiar pose de la constelación del Cisne, que si bien había dejado atrás la Armadura de Bronce, era fiel a sus enseñanzas—. ¡Polvo de Diamante! —gritó Hyoga, y el Juez recibió de lleno el poder de los hielos, que despedazó su túnica de Juez, revelando bajo esta su Suplice—. He resistido tu juicio. Ahora te daré una última oportunidad de rendirte y dejarme pasar. Igual que Caronte, eres necesario en el Inframundo. Hazte a un lado y déjame pasar.

—Comienzo a comprender el problema aquí —habló Lune con una maléfica sonrisa dibujada en su rostro—. No estás muerto. Por eso tu nombre no aparece en mi libro. Podré leer tus pecados, pero no tu sentencia, aún si yo mismo la he declarado —y Lune volvió a sacar un látigo de fuego—. Bien, no me queda más remedio que el matarte, mi dominio es entero en los muertos. Las almas de los condenados no tienen más opción que el doblegarse ante mi juicio. Pero… ¿quién en su sano juicio adivinaría que esto sería tan recurrente? Serás el cuarto Caballero Dorado al que derrote —y Hyoga se sobresaltó de escuchar esa noticia—. ¿Sorprendido? No eres el primero en intentar resistir mi juicio —y entonces Hyoga observó el Tribunal de los Muertos, y se percató de la señal de cortes de espada en las columnas, marcas de puño en las paredes, y agujeros que habían perforado el techo—. El Tribunal de los Muertos aún está en reparaciones… Marchino de Esqueleto tan solo fue a la Prisión de Fryodor de Mandragora por almas que usar como constructoras, pero nunca volvió. No es difícil adivinar las razones. Pero si 3 Caballeros Dorados no pudieron detenerme. ¿Qué oportunidad tienes? —y en ese momento, Hyoga sonrió—. ¿Has perdido el juicio? No serías el primero de salvarte de tus pecados por la demencia. Pero eres un Caballero Dorado, y yo pongo las reglas. La demencia, no te ahorrará pecados. ¡Muere Hyoga! —gritó Lune, y a escasos centímetros de que el látigo le golpeara el rostro, Hyoga lo atrapó con su mano y lo congeló—. ¿De dónde sacas tanta fuerza? —habló Lune, esta vez ya molesto por la arrogancia de Hyoga.

—Lune… el que me presumas tu supuesta victoria ante 3 Caballeros Dorados, no me impresiona en lo más mínimo —el cosmos de Hyoga se intensificó, y el Tribunal de los Muertos, comenzó a llenarse de hielo—. Cortes de espada que no dividen las columnas —comenzó Hyoga al mirar los cortes—. Puños que no desmoronan las paredes — Hyoga desvió la mirada a las edificaciones—. Y aún gozas de un techo… derrotaste a caballeros sin fuerzas tras enfrentar ellos a los 3 Jueces, además no vestían sus Armaduras Doradas… Saga… Shiryu… Shura… el que te hayan enfrentado en esas condiciones… nadie, ni siquiera el maestro Milo podría resistirlo —y en ese momento, el látigo de fuego se tensó, y Hyoga observó a Lune, furioso y tirando se su parte del látigo—. Al parecer… hubo otro Caballero Dorado que se levantó en contra de tu juicio… —agregó Hyoga intuyendo el desprecio de Lune.

—¿Milo de Escorpio? ¿El miserable que escapó a mi juicio? —y Lune le arrebató su látigo a Hyoga—. Así que eres su discípulo… ese maldito maestro tuyo, no solo me humilló… atado de manos por cadenas… azotado por Fryodor y Marchino… incluso tras recibir una golpiza por los Espectros Terrestres… ese miserable me escupió en el rostro antes de patearlo con su Asesino de Dragones —y Hyoga no pudo evitar sonreír al imaginar esa escena—. Cuando desperté, el muy miserable ya se había hecho a la fuga… pero el imbécil corrió en la dirección equivocada y terminó en Caína, la Prisión que protegía el señor Radamanthys. Al imbécil seguro le rompieron los huesos.

—¿No crees que tal vez el maestro no intentaba huir? Yo pienso, que intentaba llegar ante Hades y ahorrarnos esta matanza —y Lune enfureció, y lanzó su látigo, solo para ser evadido por Hyoga, que entonces congeló el suelo de un puñetazo antes de correr en dirección a Lune, evadir de nueva cuenta su látigo tras saltar y resbalar por el suelo congelado, y congelarle las piernas tras sujetarse de ellas—. Por cierto… me enseñó bien —y Hyoga le pateó el mentón a Lune, en una forma muy similar al ataque de Asesino de Dragones de su maestro, lanzándolo al techo, y clavándolo en este antes de que la gravedad se diera cuenta de que debía liberarlo, y Lune cayó frente a los pies de Hyoga, con sus ojos más llenos de sorpresa que de dolor—. Me retiro entonces —habló Hyoga, dispuesto a perdonar al Juez por su importante rol en el Inframundo, pero notando que no sería tan sencillo—. Te lo he dicho… eres necesario en el Inframundo… pero si no piensas escuchar razonamiento alguno, habrá que conseguir un reemplazo.

—¡No hay castigo suficiente para esta afrenta, Hyoga de Acuario! —y Lune se lanzó sobre Hyoga, extendiendo sus alas, tomándolo por la espalda, alzándolo, e impactándolo en contra del suelo—. ¿Quién te crees que soy? ¿Un miserable Espectro Terrestre que no sirve más que para servirnos? ¡Soy un Espectro Celeste! ¡Soy liderazgo! ¡Fortaleza! ¡Templanza! —se definió Lune.

—No eres más que un maldito apático —agregó Hyoga, poniéndose de pie y limpiándose los escombros—. No tienes remordimiento alguno, actúas por tu deber auto-impuesto, yo voy a detenerte —y Hyoga colocó sus manos en la pose del cántaro—. Necesario o no… nadie es enteramente indispensable… conseguiremos un reemplazo para ti aún si eso significa que yo mismo me convierta en el Juez de los muertos… sería al menos, un Juez más justo… ¡Ejecución Aurora! —conjuró Hyoga su técnica máxima, y Lune se rodeó a sí mismo en sus alas, recibiendo la agresión directamente, pero protegiendo su cuerpo. Su Suplice se desmoronó en sus alas y su pecho, pero el Espectro no había sido derrotado.

—¡Condena del Juez del Inframundo! —conjuró Lune, y flamas moradas rodearon a Hyoga e incineraron su cosmos. Al final, Hyoga apenas y se mantenía en pie, su piel inclusive comenzaba a arderle, solo su cosmos que se extinguía le impedía desarrollar quemaduras horribles, pero Hyoga sentía su piel igualmente sensible a las llamas—. Caballero tonto… pasaste del Bronce a la Plata, y de la Plata al Oro, pero no aprendiste nada. Me combatiste como un miserable Cisne. No tenías oportunidad contra la bestia que representa mi armadura —Hyoga ni siquiera se movió. Cualquier movimiento le hacía estallar la piel, que aunque sin quemaduras de alto grado, estaba en extremo frágil—. Ya no eres una amenaza, cualquier movimiento destruirá el equilibrio perfecto de tu cuerpo, te agrietará los poros, y estallaran. Morirías desangrado —y Hyoga se mordió los labios con molestia, y su sangre comenzó a brotar—. Pero, el placer de tu muerte me lo reservaré para mí mismo —el sonido de sangre cayendo al suelo entonces llamó la atención de Lune, que observó a Hyoga hacer movimientos extraños con sus manos, abriendo sus heridas, y comenzando a desangrarse—. ¿Qué pretendes? —preguntó Lune.

—Me llamaste Cisne… y no podrías estar más en lo cierto —confesó Hyoga, y su cosmos continuó elevándose, a medida en que se unían destellos de luces doradas, estaba dibujando una constelación—. Va siendo momento en que comience a comportarme como un Acuario —y Lune vio la constelación de Acuario frente a Hyoga, había dibujado la misma con sus manos como usualmente hacía con la constelación del Cisne—. ¡Polvo de Diamante! —conjuró Hyoga nuevamente su técnica, pero esta ya no estaba respaldada por el Cisne, la constelación dibujaba al joven del cántaro, que parecía disparar de su interior el poder dormido en la constelación.

—¡No! ¡No puedes escapar a mi juicio! ¡Soy un ser superior! ¡Mi autoridad es igual a la de un dios! —y sin embargo, el Juez fue juzgado, y su cuerpo al congelarse se despedazó y cayó al suelo en fragmentos de hielo. Inmediatamente después, Hyoga se desplomó sobre el suelo, y su sangre comenzó a adornarlo de rojo.

—Maestro Milo… Aioria… Mu… —comenzó Hyoga con debilidad—. Les he abierto el camino… ahora… recupérense y continúen… Hades… debe ser derrotado… —y Hyoga comenzó a perder el conocimiento. Más antes de hacerlo, sintió a alguien tomarlo del brazo y evitar que cayera. En ese momento, Hyoga volteó, solo para encontrar unos destellos de luz dorada desvanecerse—. ¿…Maestro… Camus…? —se preguntó Hyoga, y solo encontró polvos de hielo a su alrededor—. No es el momento de demostrar debilidad… —se dijo a sí mismo Hyoga, encontrando las fuerzas—. Hay otra puerta que debemos abrir… Seiya… lo prometimos… tú y yo amigo… llegaremos hasta el final… enfrentaremos a Hades y liberaremos a Shun… no voy a rendirme… —y Hyoga prosiguió con su lento caminar, mientras su piel continuaba quebrándose y liberando su sangre con cada paso que daba.

Primera Prisión. Orillas del Rio Aqueronte.

—Hyoga ha derrotado al guardián de la primera Prisión —habló Aioria mientras se incorporaba con debilidad, y Mu a su lado, se forzó a sí mismo a encontrar las fuerzas necesarias para ponerse de pie—. Se siente como invadir las 12 Casas… derrotando a los guardianes de cada Prisión para asesinar a Hades. Entonces así se siente invadir el Santuario —sonrió Aioria.

—En el Hades no tenemos límite de tiempo… Aioria… —explicó Mu, que entonces respiró pesadamente. Incluso el esfuerzo más mínimo lo dejaba sin aliento—. Hay que seguir adelante… sin Cheshire como nuestro guía, no tenemos más opción que intentar encontrar el camino entre las 8 prisiones, y procurar no perdernos.

—Solo hay que seguir las sendas a las 8 prisiones. Igual que en el Santuario —y Mu asintió, aunque algo le decía que no sería así de sencillo—. ¿Estás listo? No tendremos un límite de tiempo que nos fuerce a ser impulsivos e imprudentes… pero sí hay vidas en peligro. Mi esposa por ejemplo… nuestros amigos… tu discípulo… nuestro hermano… nuestra diosa… —y Mu asintió, y ambos corrieron nuevamente a través de las sendas, buscando el camino a la primera Prisión.

El Cuarto Infierno. El Mundo de los Guerreros.

El portal se abrió en medio de una matanza encarnecida, y Milo fue violentamente derribado en el momento en que apareció en medio de esta. Miles de guerreros, de pieles desangradas y heridas infectadas peleaban sin cuartel. Algunos se hacían de armas para dar muerte a sus enemigos, otros solo de sus manos y piernas, incluso de sus dientes y uñas para arrancarse las orejas o perforarle los ojos a sus rivales. Milo rodó entre un océano de sangre y muerte, y pateó a varios guerreros y a otros los atravesó con su lanza. Había recuperado la cordura gracias a la sangre de Atenea, pero las matanzas, la sangre, el ver cuerpos desmembrados y el eterno olor a putrefacción, comenzaban a doblegarlo nuevamente.

—¡Resiste Milo! ¡Iluminación Resplandeciente! —gritó Atenea, y de su mano se desató una energía de luz dorada, que quemaba el cuerpo de los combatientes y los obligaba a alejarse de Milo. Atenea era una diosa después de todo, pero no usaba su poder para castigar. Sabía que las almas atormentadas debían ser repelidas para brindarle a Milo el tiempo necesario de seguir los pétalos dorados hasta la próxima puerta—. ¡Aléjense de él! ¡No me obliguen a seguir abatiendo sus almas! ¡Se los ruego! —pero los combatientes no la escuchaban. Evadían su luz pero no se detenían, Atenea probablemente estaba a salvo, pero Milo era rodeado, y aunque los destellos de luz de Atenea mantenían a un buen número de guerreros al margen, muchos seguían dando cacería a Milo por su lanza.

El infierno era iluminado por un eterno atardecer rojo. Y los cadáveres se levantaban y regeneraban sus cuerpos para volver a combatir. El escenario era horrible, el hedor lo era aún más. Milo nuevamente estaba al borde, en especial porque el fervor de la batalla hacía hervir su sangre, y lo invitaba a seguir combatiendo y a ignorar los pétalos. De alguna forma alcanzaba a sostenerse a la cordura, perforaba a los guerreros con su lanza o sus agujas, y seguía a los pétalos mientras la diosa torpemente evadía los cadáveres y la eventual mordida de un guerrero que intentaba morderle los pies, pero era atravesado por una aguja de Milo, que siempre mantenía sus ojos guardianes cerca de ella, o repelido por la luz dorada.

—¡Restricción! —gritó Milo, y un buen número de cadáveres se estremeció de miedo—. ¡Son vulnerables al miedo incluso en muerte! ¡Eso es una tremenda ventaja! ¡Restricción! —y Milo continuó paralizando a los guerreros, aunque algunos cuantos, los más fieros, continuaban acercándose—. ¡Me llevaría Hades si no me hubiera llevado ya! ¡Fuera de mi camino, alimañas! ¡Explosión de Antares! —gritó Milo, y los cadáveres volaron y comenzaron a caer como una lluvia de muerte—. ¡Atenea! ¡Apresúrese! ¡No se por cuánto tiempo pueda conservar el juicio! —y Atenea apresuró el paso, pero mientras lo hacía, Milo observó a varios cadáveres ser impactados y destrozados—. ¡Con un Espectro de Hades! ¿Qué nunca me voy a librar de tu maldita interferencia? ¡Abajo Atenea! —gritó Milo, levantó su lanza, y la lanzó. La diosa en ese momento evadió por poco la lanza que casi se le clava en el rostro, y la sangre le golpeó la cabellera tiñéndola con gotas rojas, Atenea entonces se dio la vuelta solo para ver a Ares, el antiguo dios de la guerra, con la lanza pasándole a través de la boca abierta, y saliendo por detrás de su cráneo—. ¡Atenea! —gritó Milo, y la diosa asintió y corrió hasta llegar ante Milo, que la tomó de la mano, mientras Ares se arrancaba la lanza del cráneo, y su herida sanaba, sorprendiendo a Milo, que continuó corriendo con paso más apresurado y siguiendo los pétalos.

—¡Brotaloigos Edge! —se escuchó el grito, y Milo se horrorizó, tomó a Atenea en sus brazos, y saltó esquivando la lluvia de lanzas que intentaba asesinarlo—. ¡Antares! ¡Antares! ¡Antareeeees! —el dios había perdido el juicio, no hacía más que pensar en sangre y muerte, y donde viera veía el rostro de Milo, y perforaba los cráneos de los muertos con su lanza, que poco a poco le hacía recobrar la cordura perdida tras años de incontables batallas—. ¡Muere! —gritó Ares, y clavó su lanza al suelo, y espadas salieron de la tierra, perforando las piernas de los muertos, y obligando a Milo a patear a un par de ellos, y usarlos de suelo para evitar ser perforado por las mortales espadas.

—¡Hijo de Afrodita! ¡Te voy a arrancar la cabeza! —y Milo estuvo a punto de correr en dirección a Ares, solo para que Atenea lo tomara del rostro y le plantara un beso, sorprendiendo a Milo, que entonces comenzó a saborear sangre. Atenea se había mordido el labio para liberar su sangre, y obligaba a Milo a beberla con un beso. La sangre de Atenea lo despertaba, le regresaba la cordura—. Ate… —intentó quejarse Milo, pero Atenea presionó el beso más profundo—. Mi señora Atenea… desista por favor… —suplicó Milo.

—No te entregues a la ira, caballero… te necesito para llegar ante Cronos. ¿Lo has olvidado? Solo mi sangre te mantiene cuerdo —y Milo reaccionó, se movió con agilidad y esquivó la lanza de Ares, que estuvo a punto de atravesarlos a ambos—. ¡No tienes tiempo de revivir viejas batallas! —ordenó la diosa, y Milo golpeó el mentón de Ares con su pierna iluminada por el cosmos verdoso del Dragón de Perla que absorbió durante la Nueva Titanomaquia.

—No deja de ser satisfactorio —aseguró Milo, que entonces recupero su lanza, la clavó en el pecho de Ares, y lanzó al maniático dios a los muertos que se abalanzaron en su contra y comenzaron a morderle el cuerpo y a arrancarle su carne—. Sigamos antes de que requiera de más de su sangre… mi señora… —y los pétalos se posaron sobre otro portal, y Milo corrió con Atenea en sus brazos hasta alcanzarlo—. Por cierto… mi señora… me preocupa el que continúe besándome, aún si es por forzarme a beber su sangre. Le he dicho que no me merezco un trato diferente al de ser su caballero.

—Soy una diosa. No cuestionarás mis métodos —y Milo se mordió los labios preocupado, y ambos vieron a Ares incorporarse, y su cuerpo desangrado y putrefacto gritar el nombre de Antares de Escorpio—. Ares… no es el único dios que se ha percatado del parentesco… Antares de Escorpio —y Milo observó a Atenea con detenimiento, mientras ambos saltaban a los interiores del portal y se dirigían al Quinto Infierno.

—¿Antares de Escorpio? —resonó la voz de Télefo, que hasta esos momentos se había mantenido oculto—. ¿Podrá ser cierto? Este caballero. ¿Será la misma reencarnación de Antares de Escorpio? De ser así… entonces Atenea… —y la risa de Télefo resonó por todo el infierno—. ¡Diosa Ilusa! ¿Sacrificarás tu divinidad por un capricho humano? El verdadero problema no eres tú entonces, Atenea… es Saori Kido… me cercioraré de que beba de las aguas del rio Lete antes de que salgan del Quinto Infierno —y el oscuro cosmos de Télefo entró en el portal, sin percatarse de que una luz dorada lo seguía.

Laberinto del Tártaros.

—¡Ave Fénix! —por los túneles subterráneos del Laberinto del Tártaros, resonó la voz de Ikki del Fénix, que transformado en la poderosa bestia de fuego, atravesaba el cuerpo de un Hecatónquiros, sorprendiendo no solo a Pandora, sino a Kanon, que a pesar de combatir a un ejército de bestias del Tártaros, reviviendo la batalla de los Caballeros Dorados contra los ejércitos de Cronos, no creía que fuese tan sencillo para incluso un Caballero Dorado el derrotar a un Hecatónquiros con semejante facilidad—. ¡Nadie se interpondrá entre mi hermano y yo! ¡Sea bestia del Tártaros! ¡Un dios! ¡O lo que sea que lancen en mi contra! ¡Puño del Fantasma del Fénix! —gritó Ikki, y las bestias fueron azotadas, y en su locura comenzaron a matarse unas a otras—. ¡Nos vamos! —ordenó Ikki y comenzó a correr por los túneles.

—¡Inaudito! ¡El poder de este sujeto es tremendo! ¡Juraría incluso, que sería capaz de sobrepasar el cosmos de mi hermano! ¡Ni siquiera yo estoy a su nivel! —y en su furia, Kanon le atravesó el cráneo a un minotauro de un puñetazo—. ¡Explosión de Galaxias! —conjuró Kanon, y las bestias del Tártaros fueron fulminadas bajo su ataque—. ¡Fénix! ¡No me superarás! ¡Yo me convertiré en el Caballero Dorado más poderoso de todos! ¡Triángulo Dorado! —continuó Kanon, y de 3 cortes, lanzó a un Hecatónquiros a 3 dimensiones distintas, antes de que Ikki pudiera asesinarlo él mismo—. ¡Muévete Pandora! —gritó Kanon, y tanto él como Ikki continuaron derrotando a bestias del mito griego.

—Estos 2… son unas bestias… —aclaró Pandora, mientras veía a Ikki quemar hasta sus cenizas a una Quimera, una bestia de cabeza de cabra, cuerpo de león y cola de escorpión. Kanon por su parte se las arregló para enviar a la Otra Dimensión a una Manticora, de cabeza de mujer, cuerpo de león, alas de murciélago y cola de escorpión—. Y aun así… no me siento segura… jamás me he sentido segura… no sin Shura… el único momento en que me sentí en paz… fue cuando estuviste a mi lado. ¿Cómo me permití ser tan ciega? Shura… que estés con vida por favor… te lo ruego —y los cosmos de ambos guerreros, comenzaron a derrumbar los túneles del Laberinto del Tártaros—. ¡Aaaaah! ¡Tengan cuidado sesos de Minotauro! ¿No se dan cuenta de que cargo un preciado paquete? —se molestó Pandora, y ambos caballeros la miraron con sentimientos encontrados de sorpresa y vergüenza por actuar tan despreocupadamente en una competencia de cosmos entre ambos—. No importa —agregó Pandora—. Las Manticoras beben las aguas del rio Flegetonte, eso quiere decir que no debemos estar lejos del rio de fuego.

—Puedo sentirlo —aseguró Ikki, que entonces viró en una intersección para encontrar un bosque de árboles de fuego, que rodeaban un rio donde los condenados al Tártaros nadaban en eterno sufrimiento intentando huir de los castigos de los 6 Infiernos. Las Manticoras bebían fuego a sus orillas, y si lo conseguían, le arrancaban las cabezas a los muertos de un mordisco, obligando a sus almas a volver al Tártaros en la forma de un fuego azul—. Si seguimos el rio, no tardaremos en llegar al rio Cocytos. ¿Qué encontraremos al llegar allí? —preguntó Ikki.

—Una escena apocalíptica del fin del mundo. Fuego y hielo chocando entre sí, forzando a los cuerpos de los condenados en ambos ríos a estallar —explicó Pandora—. Es la vía más rápida a la Octava Prisión, pero la más peligrosa. Los Hecatónquiros ya son un problema, pero viviendo entre ambos ríos está una bestia que solo Heracles en la era mitológica pudo vencer… Hidra… —y tanto Kanon como Ikki se sorprendieron—. Es muy tarde para dudarlo. Para llegar a Cocytos… deberán primero matar a la bestia que solo un semidios ha derrotado. La bestia de las 1,000 cabezas —e Ikki se encaminó a seguir el rio, sorprendiendo a Kanon, que se negó a ser derrotado por la valentía de Ikki y lo siguió—. Par de necios… nadie puede vencer a la Hidra… y aun así… Shura… por asegurarme de volverte a ver… me niego a perder la esperanza.

Segunda Prisión.

—¡Trueno Atómico! —gritó Seiya, que en ese momento abatía a una bestia de 3 cabezas con sus relámpagos en forma de esferas doradas—. Este perro nos ha hecho perder ya mucho tiempo —gritó Seiya mientras volaba esquivando las fauces del fiero guardián del Inframundo, y mientras era debilitado por un dolor en su pecho producto del harpa de un Espectro que tocaba su instrumento, invitando a Seiya a un paro cardiaco—. ¡No lo resisto! ¡Alguien detenga esa condenada Harpa! —suplicó Seiya, más no podían ayudarlo, tanto Ohko como Nachi empujaban cada uno a una de las bocas de Cerbero a abrirse, mientras la de en medio atrapaba a Seiya. El can tenía a los 3 caballeros con las manos ocupadas—. ¡Marín! —suplicó Seiya, mientras la Caballero de Piscis se tomaba el pecho, intentando mantener su corazón dentro de su cuerpo.

—¡Cheshire! ¿Qué está pasando? —preguntó Marín mientras sangre le salía de los labios, y el Espectro, preocupado por ayudar o no pues su lealtad era cuestionable, se debatía entre mantener el silencio y redimirse ante Hades, o ayudar y ser fulminado por sus compañeros Espectros—. ¡Cheshire! ¡Habla de una buena vez! ¡O te juro que antes de que mi corazón estalle, te partiré el cuello!

—¡Bueno, ya! ¡Eres peor que Pandora! —se quejó Cheshire—. La Segunda Prisión es custodiada por Pharaoh de Esfinge, la Estrella Celeste de la Bestia, quien con su harpa juzga los corazones de los que invaden su Prisión. Si son avaros y codiciosos, sus corazones estallaran dentro de sus cuerpos o serán expulsados, yo estoy a salvo porque de todas formas ya estoy muerto —aseguró Cheshire.

—Pero no estás a salvo de la ira de los Espectros, Cheshire —habló Pharaoh, que se hacía presente al materializar su cuerpo antes oculto en las sombras—. Como lo ha dicho el traidor, mi nombre es Pharaoh de Esfinge. Estrella Celeste de la Bestia. Y estoy por arrancarles los corazones a 4 Caballeros Dorados —y Marín observó a sus compañeros, que luchaban todos contra las fauces de Cerberos. Sus músculos comenzaban a ceder, Nachi ya casi estaba derrotado, y la boca de una de las cabezas de Cerberos se cerraba a su alrededor. Seiya era el segundo en perder sus fuerzas, Ohko sin embargo, se mantenía—. Perderán sus corazones, no pueden escapar de Cerberos, y tú, pequeña Marín. Tu egoísmo es muy alto. No lo admitirás, pero siempre en tu corazón quisiste la Armadura Dorada. Y le has negado a tu amigo Seiya un secreto muy grande por no romper el laso de hermandad que los une —y Seiya miró a Marín de reojo—. Tu corazón no miente. Tú y la Caballero de Plata de Ofiuco aprecian mucho a Sagitario. Una lo quiere por ser su amante, tú como reemplazo de un hermano perdido y le niegas a Sagitario el conocimiento de la existencia de su hermana en el Santuario —y Seiya se sorprendió, mientras Marín se mordía los labios con furia.

—¡Cállate! —en su mano se conjuró una rosa blanca, y su cosmos rodeó esta, Marín ya escupía sangre de su nariz y boca, sus ojos incluso parecían comenzar a sangrar mientras su corazón a duras penas se mantenía dentro de su cuerpo—. ¡No fui entrenada por el señor Afrodita en sus técnicas de batalla! ¡Pero el conocimiento existe en esta armadura! ¡Y con todo mi cosmos, desencadenaré ese conocimiento! ¡Armadura de Piscis! ¡Dame fuerzas! ¡Al menos por esta ocasión déjame usar está técnica! ¡Rosa Sangrienta! —y Marín lanzó la rosa, que voló hasta clavarse en el corazón de Pharaoh, interrumpiendo su melodía y derribando al Espectro, y permitiendo que Ohko recuperara sus fuerzas, y le partiera las mandíbulas a Cerberos, asesinando a una de las 3 cabezas.

—¡Gran Cuerno! —gritó el Caballero de Tauro, e impactó de lleno las otras 2 cabezas, destrozándolas, matando al feroz guardián del Inframundo—. Maldición… igual que Marín… el conectarme al conocimiento dentro de la Armadura de Tauro me debilita mucho… apenas y fui capaz de despertar al Toro dormido.

—Seiya… lo que Ohko dice es verdad… no estamos listos… sin el debido entrenamiento, el despertar a la constelación nos está debilitando —explicó Nachi, y Seiya asintió—. No somos más que una carga.

—No lo son, Nachi —aseguró Seiya—. Créemelo cuando te digo que fui el novato de los Caballeros Dorados por mucho tiempo, y me costó acostumbrarme al peso de la Armadura de Sagitario. Aioros no me enseñó más que lo más básico, pero pronto desencadenarán la fuerza de las Armaduras Doradas —y Seiya comenzó a caminar en dirección a Marín, que todavía se tomaba el pecho intentando tranquilizar a su corazón—. Marín… eso que dijo Pharaoh, ¿qué debo pensar de lo que ha dicho? —preguntó Seiya.

—No es egoísmo… Seiya te juro que… no es egoísmo… por más que extrañe a mi hermano Touma… las razones por las que he mantenido el secreto no son las que dice este Espectro… Shaina y yo te necesitamos concentrado Seiya… hasta que la guerra contra Hades termine, ni los sentimientos de Shaina ni tu hermana deben nublar tu juicio… —y Marín comenzó a escupir sangre, y Seiya, preocupado, se acercó a ella—. ¡No me toques Seiya! ¡Entiéndelo! ¡Es por tu bien! ¡Los Caballeros Dorados deben estar concentrados! ¡Los necesitamos en batalla! ¡Son la esperanza de Atenea! ¡El sentimentalismo lo disfrutarás solo cuando esta guerra haya terminado! —y Marín lloró, pero encontró la mano de Seiya limpiándole las lágrimas.

—Marín… tú eres la esperanza de Atenea también… —aclaró Seiya, y Marín bajó la mirada entristecida—. No voy a preguntarte… pero al menos, tus palabras me han dado esperanza Marín. Terminaremos con esta guerra… y entonces, todos seremos sinceros —y Marín sonrió ante aquellas palabras, pero entonces se escuchó una risa, proveniente de Pharaoh de Esfinge.

—Conmovedor… pero inútil… —habló Paraoh mientras moría—. Pero ninguno de ustedes saldrá de aquí con vida… Cheshire lo sabe muy bien… pregúntenle… él sabe que los Suplicio Obsidiana son los verdaderos guardianes de las prisiones… y sabe muy bien… que a mí se me negó aquel título… diles… Cheshi… —y Pharaoh murió.

—¡Hay que salir de aquí! ¡Vámonos! ¡Vámonos! ¡Vámonos! ¡A mí no me come vivo ese monstruo! —y todos miraron a Cheshire con preocupación—. ¡Todo es culpa de Sarpedón! ¡Él es el cuarto Juez del Inframundo! Dicen los Espectros que cuando Hades lo considere pertinente, el dios del Inframundo reemplazará a los 3 Jueces por Sarpedón de la Quimera, Estrella Celeste de la Firmeza, el Espectro más poderoso de todos —y Cheshire comenzó a temblar de miedo—. A Sarpedón no lo sirven los Wyvern, o los Garuda, o los Grifos… él tiene su propia orden, la orden de los 12. Los Suplicios Oscuros, los Caballeros Dorados de Hades. Algunos tienen puestos muy elevados entre los Espectros. Pero el más peligroso de todos, no por su poder sino por sus armas es… —intentó decir.

—¡Talos de Armero, Estrella Terrestre de la Robustez! —habló una voz en la oscuridad—. Sarpedón está furioso, Cheshire —continuó la voz, que se materializó en la forma de una flama morada que envolvía en su interior el cuerpo de un Espectro vistiendo una armadura similar a la Armadura de Libra—. ¡La Orden de las Obsidianas no tolera la insubordinación, Cheshire! ¡Con Sarpedón de nuevo al mando, ya no tengo que vigilar que los Hecatónquiros invadan el Inframundo! ¡Soy libre de hacer mi voluntad, y con ella me he apoderado de la segunda Prisión! ¡Voy a matarlos a todos juntos, Caballeros Dorados! —el Espectro rugió con fuerza, y se lanzó en la forma de un Tigre Negro en dirección a los Caballeros Dorados—. ¡Sombra Nocturna! —gritó el Espectro.

—¡Gran Cuerno! —reaccionó Ohko, deteniendo al Tigre Negro con la embestida de los de Tauro, y al final, el par de puños, uno de ropaje dorado, el otro de aradura obsidiana, colisionaron—. ¡Así que tú eres el inverso de Libra! ¡Talos de Armero! ¡Jamás perdería la oportunidad de enfrentarme al contrario de Shiryu! ¡El Tigre Obsidiana! —y el resto de los Caballeros Dorados se puso a la defensiva—. ¡No pierdan el tiempo! ¡La Armadura de Libra es regida por el equilibrio del Dragón y el Tigre! ¡El Dragón es Orden Divino! ¡Shiryu lo representa bien! ¡Yo siempre me parecí más al Tigre! ¡Será un honor combatirlo! —y Ohko lanzó un puñetazo, que fue detenido por el escudo negro y afilado del Espectro. La cabellera del Espectro era larga y blanca, y sus ojos eran de un endemoniado color rojo, su piel era Bronceada, y sus dientes estaban bien afilados—. ¡Váyanse! —gritó Ohko.

—¿Estás loco? ¡Talos de Armero es el Espectro Terrestre más poderoso de todos! ¿Algunos dicen que come Hecatónquiros en el desayuno? —y sin embargo, los 3 Caballeros Dorados restantes comenzaron a correr fuera de la Prisión—. ¿Es broma? ¡Este sujeto va a pulverizar a Ohko! ¡Usen una maldita Exclamación de Athena y denle fin! —se quejó Cheshire.

—Ese es un derecho que le tengo reservado a alguien más, Cheshire —explicó Seiya—. Ohko puede cuidarse él solo de todas formas, no te preocupes, pronto te estará pateando como de costumbre —se burló Seiya.

—¡No es como que esté preocupado por ese bovino inútil! —se quejó Cheshire, y Ohko se molestó, empujó a Talos, tomó una piedra, y se la lanzó a Cheshire—. ¡Ah! ¡Me retracto! ¡Me retracto! ¡Espérenme Caballeros Dorados inútiles! —gritó Cheshire.

—¡Ja! ¡Espectro tonto! ¡No me la creo por segundo alguno el que le caiga bien! —y Ohko subió su defensa, la cual era muy inferior a la de los Caballeros de Tauro, y cuando Talos le lanzó su cosmos, lo derribó de un solo movimiento—. ¡Con un cuerno de Minotauro! ¡Se supone que esta armadura es la más resistente de las 12! —se quejó Ohko y entonces se puso de pie.

—Lanzar el Gran Cuerno de los de Tauro y saber usarlo son 2 cosas enteramente distintas, caballero novato —explicó Talos—. Puede que tu Gran Cuerno haya sido suficientemente fuerte y rápido para perforarle 2 cabezas a Cerberos. Pero tu defensa, la cual debiera ser el punto más fuerte de cualquier Caballero de Tauro, es una vergüenza —y Talos se lanzó en contra de Ohko, que intentó subir su defensa en vano y fue pateado por Talos, que entonces sacó un par de espadas de su armadura y comenzó a obligar a Ohko a retroceder y esquivar las espadas con cierta torpeza—. Eres una vergüenza para los Caballeros de Tauro, no mereces siquiera el nombre de Aldebarán —más en ese momento, Ohko tomó ambas espadas con las manos, y las pulverizó con estas—. ¿Rompiste mis espadas con tus manos? —se burló Talos.

—Déjame decirte una cosa, Espectro tonto —sonrió Ohko—. No me importa el nombre de Aldebarán. ¡Gran cuerno! —y Talos fue lanzado, pero cayó con poca dificultad y gracia—. Solo hay una cosa que me interesa… superar a mi rival… Shiryu de Libra. ¡Ambos combatimos por el derecho a la Armadura de Bronce! ¡El muy arrogante me la arrebató de las manos! ¡Imagina mi desprecio cuando fue él mismo quien me la entregó solo para decirme que era un Caballero Dorado! ¡Por siempre lo he despreciado! ¡Pero mientras más y más guerras pasaban! ¡Me di cuenta de que mi obstinación era mi mayor debilidad! Cuando acepté mis faltas con humildad, la Armadura de Tauro me aceptó. No sé si soy digno de ella, jamás acepté las enseñanzas de Aldebarán, no fui su discípulo. Hoy quien se merece ese trato yace muerto en la Casa de Piscis… Geki de la Osa Mayor debería estar aquí frente a ti —y Ohko entonces elevó su cosmos—. ¡Pero! ¡No me perdería esta batalla por nada en el mundo! ¡JA JA JA JA JA! —gritó Ohko, y su sonora carcajada era idéntica a la de Aldebarán de Tauro—. ¡Gran Cuerno! —gritó el caballero, y Talos colocó ambos escudos en el camino, más el cuerno logró atravesar la defensa, y clavarse en su pecho—. ¿Qué ocurre pequeñín? ¿No me presumías que comías Hecatónquiros en el desayuno? ¡No eres más que otro tonto Espectro Terrestre! ¡Seguro le debes el poder a las armas de tu armadura! ¡Permíteme destruirlas! ¡Gran Cuerno! —prosiguió Ohko, y de un movimiento rápido, se encontraba frente a Talos, y con ambos brazos, golpeó los escudos de Talos, rompiéndolos al instante—. ¡Voy a superar a Shiryu! ¡Y un tonto Espectro Terrestre no es más que el primer peldaño!

—Admito que tienes una gran fuerza, pero tu boca es igual de grande —habló Talos, que entonces envolvió a Ohko en cadenas, saltó fuera de su camino antes de que su poderoso puño pudiera hacerle daño, y se posó sobre el cadáver de Cerbero—. Tienes mucho que aprender, caballero. Poseerás la fuerza, pero no la inteligencia ni la defensa. ¡Los de Tauro son defensivos! —aseguró Talos.

—A otro Toro con ese cuerno —respondió Ohko—. El Caballero de Tauro debe ser el más resistente de los 12. Se presumía que en fuerza física Aldebarán podía resistir los puños del León, en fortaleza resistiría las agujas del Escorpión, y su cosmos resistiría las proyecciones de cosmos del Carnero Dorado. Entérate entonces que pretendo hacer de esto una realidad —y Ohko rompió las cadenas de Talos—. Y lo haré a mi muy propio estilo. ¡Gran Embiste! —gritó Ohko, y como el Toro Dorado, embistió a Talos y le clavó sus cuernos al cuerpo, y entonces lo lanzó fuera del camino—. ¡No debiste meterte en mi camino!

—Tú no debiste pensarte capaz de derrotar a un Suplicio Obsidiana —agregó Talos, que en pleno vuelo sacó unos sais, o trinches, un arma del ahora extinto oriente, y tomó a Ohko por los cuernos, derribando de un movimiento a Ohko—. Eres salvaje, una burla. Tu sola presencia me repugna. Yo he combatido a Hecatónquiros. Un Caballero Dorado novato, es una vergüenza —y Talos guardó sus sais para sacar un par de guadañas, las cuales blandió tratando de asesinar a Ohko, que las detuvo ambas con el antebrazo, se puso de pie, y sosteniendo las guadañas con su antebrazo blandió a Talos en contra de las columnas de arte egipcio—. ¿Te estas burlando de mí? —preguntó Talos al reemplazar las guadañas con tonfas de batalla armadas con púas.

—Al menos yo no necesito de tenedores y cuchillos para combatir —aseguró Ohko—. Antes de avergonzar a mi maestro, Dohko, antiguo Caballero de Libra, aprendimos Shiryu y yo la forma de defendernos de las 12 Armas Doradas de la Armadura de Libra. Mi signo no era compatible, era obvio que el maestro preparaba a Shiryu como su reemplazo. A mí sin embargo, me dio los métodos de derrotarlo en batalla. De no ser por mi terquedad… lo habría conseguido —y Ohko elevó su cosmos, y se cruzó de brazos—. Sabes… si al menos hubiera sido paciente, pude haberme convertido en un verdadero Caballero Dorado por mérito propio, en lugar de esperar a que mis rivales por una armadura que nunca pedí, murieran en batalla —y Ohko sonrió—. En su lugar no hago más que sentirme como un vulgar usurpador, pero sabes, eso lo hace todo aún más divertido. ¡Jamás había disfrutado el ser un Caballero Dorado como hasta ahora! ¡Te estoy dando una paliza, señor come Hecatónquiros! ¡JA JA JA JA JA! ¡Creo que esto de ser un Caballero Dorado me va a gustar! —y Talos enfureció, y se lanzó en contra de Ohko transformado en un Tigre oscuro—. Aldebarán… Geki… vestiré de dorado con orgullo… y me aseguraré de traer gloria al Santuario. ¡Por Athena! ¡Gran Cuerno! —y el templo egipcio, que representaba la Segunda Prisión, dejó de existir, mientras Ohko era lanzado por los suelos, hasta chocar con la caja de pandora de la Armadura de Libra, que frenó su sonoro arrastre por el templo egipcio—. ¡No necesito tu ayuda, Shiryu! —se quejó Ohko al detener su andar gracias a la armadura—. ¿No vez que el supuesto Espectro Terrestre más poderoso de todos ha sido derrotado? —y Ohko miró a Talos encajado sobre el techo, y caer al suelo unos momentos después y sin vida—. Todo me duele… a pesar de todo, no fui capaz de levantar mi defensa a tiempo… tendré el ataque… pero no la defensa… ha sido todo… Shiryu… me hubiera gustado combatir junto a ti maldito infeliz… o darme de golpes contra tu asqueroso escudo… sería glorioso… —y Ohko comenzó a desmayarse—. Pero… no puedo… no soy más que un asqueroso reemplazo… un Caballero de Bronce, sin entrenamiento… pretendiendo ser un verdadero Caballero Dorado… —y Ohko cerró los ojos, pero una sonora carcajada lo despertó—. ¿Aldebarán? —preguntó Ohko—. No… fue solo mi imaginación —respondió Ohko mientras se ponía de pie.

—Te sorprenderías, Ohko —habló Hyoga, que en esos momentos llegaba a la segunda Prisión, sorprendiendo a Ohko—. El poder de los Caballeros Dorados, es muy superior a lo que se ve a simple vista —y Hyoga le tendió la mano a Ohko, que se puso de pie él mismo, por siempre arrogante—. Ya hablaremos de tus modales más tarde. Shiryu espera —aseguró Hyoga.

—Si… Shiryu espera —agregó Ohko mientras se volvía a colocar la Armadura de Libra a la espalda—. Y espera a que me vea vistiendo la Armadura de Tauro. ¡Se va a llevar una tremenda sorpresa! ¡JA JA JA JA JA! —rio Ohko, sobresaltando a Hyoga—. Jamás me había divertido tanto en mi vida… entonces así se siente ser un Caballero Dorado… y luchar por más que solo un deseo egoísta de superioridad… maestro Dohko… perdóneme por no comprenderlo antes —y Hyoga no supo qué decir, a sus ojos Ohko había perdido el juicio—. ¡Vámonos pequeñín! —y Ohko continuó su camino fuera de la segunda Prisión.

El Quinto Infierno. El Mundo Humano.

—¿Llegamos? —se preguntó Milo, y en ese momento encontró un mundo en ruinas. Era un mundo idéntico a la tierra antes de la gran inundación, de edificios en ruinas y gente adormilada que caminaba como esclavos con sus mentes eternamente en blanco. Automóviles, los cuales Milo no había visto en años, se encontraban arrumbados por los alrededores, sin movimiento, eran solo trozos de hierro oxidado—. Este infierno… se ve justo como un panorama apocalíptico de los tiempos antes de Nova Gea —explicó Milo.

—Un infierno muy adecuado para los humanos —comenzó Atenea—. En este infierno, los humanos están en un estado entre la vida y la muerte. No encontraremos peligros aquí, solo soledad eterna, y desesperanza. Puede no parecerlo, pero es un infierno horrible —aseguró Atenea,

—¿Saori se encuentra sepultada en este infierno? —preguntó Milo, mientras seguía a Atenea por todo el mundo apocalíptico, y veía a los cuerpos sin alma, sin sueños, y sin esperanza, caminar como en estado inerte por toda la ciudad. Los cuerpos lloraban sangre—. ¿Quiénes son condenados a este infierno?

—Los que murieron sin esperanza… sin adoptar una religión, sin importarles los pecados. Son quienes le han dado la espalda a toda creencia, los humanos los llamaban ateos —explicó Atenea—. Aquí están todos quienes se negaron a creer en los dioses, quienes intentaron tomar control de sus propias vidas. Descuida, Saori no está aquí —y Milo asintió, y continuó siguiendo a Atenea—. Este infierno no corromperá tu mente, pero consumirá tu esperanza si no nos apresuramos.

—Pensé que el Sexto Infierno era el Mundo Humano —agregó Milo, y Atenea asintió—. No lo entiendo. Shaka nos envió en el pasado al Sexto Infierno, y no se parecía en nada a esto. Ese infierno, era casi un paraíso —explicó Milo.

—El Quinto Infierno y el Sexto Infierno no son más que extensiones de un mismo infierno. Se le llama el mundo de los dioses en el budismo, el infierno más peligroso, porque todos forjan su propia interpretación de este. Para los cristianos es el infierno gobernado por Satanás, para los noruegos es el Niflheim o Helheim, uno de 2 infiernos de su religión. Los egipcios lo llamaban Aaru, un paraíso por decirlo así. Para los griegos, es el mismo Tártaros —y Milo asintió—. Es el infierno que toma la forma de los miedos de las personas, pero también, es una cuna de tranquilidad para los bienintencionados. El mundo de los dioses y el mundo humano se vuelven uno, y brindan momentos de paz a los condenados a este. Shaka abrió el Sexto Infierno humano gracias al corazón de Saori —y Atenea se posó frente a una puerta idéntica al arco griego que sentenciaba en el infierno que quien lo cruzara, debía perder toda esperanza. Este arco sin embargo decía algo diferente—. «Quien cruce esta puerta… —comenzó Atenea—. Debe anclarse a la esperanza, o será juzgado por la desesperanza misma »—y Milo no lo comprendió—. En otras palabras, Milo. Si no posees esperanza en tu corazón al cruzar esta puerta… en verdad te irás al Tártaros… solo quien ha cruzado por los 5 infiernos sin perder la esperanza podrá llegar al Sexto Infierno. Milo… ¿has perdido la esperanza? —preguntó Atenea.

—¿Esperanza? —preguntó Milo—. ¿Cómo podría siquiera tener esperanza ahora? —y las lágrimas de Milo golpearon el suelo, y Atenea se entristeció—. Después de ver la condena de 5 infiernos… mi corazón se siente pesado… apresado… destrozado… perdí la esperanza cuando asesiné a mi propia esposa… no me queda más que servir… —y Atenea no aceptó esa respuesta.

—Miénteme de nuevo y te castigaré severamente —habló Atenea, y Milo la observó con detenimiento—. No tientes a tu suerte… Milo… no te atrevas a volver a mentirme… no puedes tan solo rendirte y ya. Eres la esperanza de Atenea… y si Atenea pierde la esperanza… no queda nada… por favor no te rindas… Saori se encuentra del otro lado de esta puerta, la verás de nuevo si tu esperanza es fuerte.

—¿Qué ganaré con volver a verla? —preguntó Milo, y Atenea se sorprendió de escuchar a su Caballero Dorado decir eso—. No hay más que sufrimiento… solo sufrimiento… no sirvo más que para ser su tormento. Ella llegó a mi vida con una sonrisa en su rostro… una inocencia genuina… yo lo destruí todo… no la merezco… —y Atenea se horrorizó, frente a ella, el dorado de la constelación de Escorpio se perdía. Se convertía en una Suplice. El Alacrán Negro estaba regresando—. Asesiné a mi esposa por ti. ¿Qué importa la lealtad cuando lo he perdido todo? Le dije… yo le dije que mi amor por Saori Kido terminaba donde mi deber con Atenea comenzaba. ¿De qué me ha servido todo esto? ¡De nada! ¡Absolutamente de nada! ¡Cada momento que pasa me siento más y más miserable! —y Atenea cacheteó a Milo con fuerza, y su armadura, volvió a recuperar su color dorado.

—¡Me merezco eso y mucho más! —gritó la diosa, sus ojos repletos de lágrimas—. ¡Adelante! ¡Grítame! ¡Ódiame! ¡Pero no te atrevas a perder la esperanza! ¡Saori espera al otro lado de esta puerta! ¡Y yo te juro que te la voy a devolver! Pero si dudas a mi palabra, te perderé para siempre… ambas lo haremos… —y las lágrimas de la diosa golpearon el suelo—. No he sido… más que una diosa caprichosa desde la era del mito… tú lo sabías bien… intentaste hacerme entrar en razón, y lo hice… entré en razón… me convertí en sabiduría por ti… ahora amas a otra. ¿No es dolor suficiente? —y Milo no lo entendió—. ¡Date cuenta! ¡3,500 años después aquí estamos! ¡3,500 años después he madurado! ¡Ódiame todo lo que quieras! ¡Pero jamás te des por vencido! Al menos… te mereces la felicidad después de tanto sufrimiento… entiéndelo… —y Milo reaccionó, y comprendió lo que ocurría—. Antares —y Milo bajó la mirada y asintió.

—Señorita Atenea… perdóneme… —agregó Milo, y observó a su diosa—. Pero no soy el mismo ser al que usted amó hace 3,500 años… simplemente no la recuerdo —y Atenea asintió nuevamente—. Me lo han dicho antes… pero… jamás lo había creído… entonces yo soy… —y Atenea volvió a asentir.

—Mi amado Antares de Escorpio —y Milo no supo qué decir—. No existe en verdad la muerte… Milo… solo la trascendencia… —y Milo asintió, todo tenía sentido ahora—. Serás la misma alma valiente, pero tus memorias no son las mismas. Me reemplazaste, Antares, y lo entiendo. Los humanos no son eternos… ahora tu esperanza pertenece a Saori Kido, yo, tan solo no tengo lugar en tu corazón. Por eso debes tener esperanza… y confiar en que todo va a salir bien. Después de 3,500 años, no me atrevería a perderte —y por unos momentos, hubo silencio, hasta que Milo reaccionó con una sonrisa en su rostro.

—Creciste… enana —fue la respuesta de Milo. Una sonrisa gentil que incluso cautivó el corazón de su diosa—. No te recuerdo… pero… debiste haber sido una enana caprichosa. Mi alma recuerda la calidez de servirte —y Atenea sonrió también—. ¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Milo, y Atenea miró a la puerta—. Esperanza —se respondió él mismo.

—De que nos volveremos a ver… incluso si hay que esperar otros 3,500 años —y Milo asintió—. Milo… —comenzó Atenea, y Milo la observó con detenimiento—. Atenea te ama —y Milo se sobresaltó, mientras observaba a su diosa entrar al Sexto Infierno.

—Maldición, tenía que decirlo. Diosa caprichosa y problemática —habló Milo, y soltó aire con preocupación—. Malditos dioses —confesó Milo, y entonces se lanzó al interior del arco, y comenzó a caer—. No puedo perder la esperanza… voy a llegar… Saori… —y la luz lo tragó por completo.

Tercera Prisión.

—¡Cuidado! —gritó Nachi, pateó a Seiya y a Marín fuera del camino, y fue abatido con fuerza por una piedra de gran tamaño que lo sepultó—. ¡Por las barbas de Odín! ¿Qué clase de Prisión es esta? —se quejó Nachi, y tanto Marín como Seiya lo ayudaron a incorporarse—. ¡Cuidado! —volvió a gritar Nachi, y esta vez el trio de caballeros evadió las rocas, pero se encontraron rodeados por las mismas, que cada vez eran más y más—. ¡Cheshire! —se quejó Nachi.

—Es la Tercera Prisión, Caballeros Dorados —habló Cheshire, que se encontraba sobre la cima de una formación rocosa, observando a los Caballeros Dorados evadir rocas—. Aquí llegan los condenados por avaricia, los que vivieron rodeados de lujos y despreocupadamente. Mientras menos compartiste en vida más grande es tu roca. No hay un templo como en las primeras prisiones. Normalmente solo azotes de los Espectros, pero no veo a nadie azotándolos —agregó Cheshire mientras veía a los condenados empujar más rocas—. Seguramente se acostumbraron a sus castigos. Vaya muerte —se burló Cheshire.

—Si no hay un guardián, entonces salgamos de aquí —agregó Seiya, elevó su cosmos, y lo lanzó contra las rocas—. ¡Relámpago Atómico! —gritó Seiya, y sus relámpagos como meteoros, destrozaron las rocas. O al menos así fue hasta que un cosmos oscuro salió de entre las rocas y le impactó el rostro a Seiya.

—¡Seiya! —gritó Nachi—. ¡Muéstrate cobarde! —gritó Nachi, elevando su cosmos, y forzando a una nevada a caer por toda la Prisión—. Muéstrate o te juro que desataré el odio del dios de la guerra Noruego por toda esta Prisión. ¡Fimbulwinter! —gritó Nachi, y los lobos salieron a su cacería de los puños de Nachi en la forma de neblina con ojos rojos. Cazadores en la niebla, que entonces encontraron a su presa, la mordieron, pero salieron disparados por el tremendo cosmos de un ser que combatía con patadas certeras—. ¡Mis lobos!

—Entonces tú eres el blasfemo del que tanto he oído hablar. El último Vikingo —exclamó un Espectro de Suplice con cornamenta de chivo, tan negra como la noche misma—. Soy Satou de Sátiro, Estrella Celeste de la Riqueza. Hacía tiempo que no visitaba la Tercera Prisión —el Espectro poseía una cabellera roja, y una sonrisa endemoniada que inspiraba avaricia misma—. Siempre he admirado a los Vikingos. Toman siempre todo lo que quieren. Violentos, salvajes, me caen bien —aseguró el Espectro.

—Los Vikingos fueron más que salvajes, Satou —aseguró Nachi—. Poseían un sentido del honor más grande que los guerreros de Esparta. Mi devoción recaerá en Atenea… pero cuando muera me iré a Asgard, junto a mis hermanos lobos —y Satou se burló con una sonora carcajada—. Seiya, Marín… de este me encargo yo. Diríjanse a la siguiente Prisión. Le enseñaré a este Espectro modales Vikingos.

—Tu devoción a una extinta civilización es preocupante, Nachi. ¿Sí sabes que estamos en el Hades, verdad? —y Nachi sonrió, y Seiya le devolvió la sonrisa—. Vamos Marín. Nachi parece tener todo bajo control —y la pelirroja siguió a Seiya por el cañón.

—¡Oh, le tengo tanto miedo al poderoso guerrero Vikingo! —habló Satou con arrogancia—. Soy el Suplicio Obsidiana de la constelación de Aries. ¿Acaso crees que un pobre diablo cómo tú puede equipararse a mi calibre? —y Satou entonces se sorprendió—. ¡La Armadura del campeón de Hades! ¡Un momento! ¡Se supone que tú estés de nuestro lado! ¿Acaso nos has traicionado, alimaña? —y Nachi se miró la armadura con curiosidad—. ¿Cómo te atreves a traicionar al señor Hades? —se repugnó Satou.

—Me confundes con Mephisto. Yo no soy ciervo de Hades —aseguró Nachi—. Y te aseguro que tampoco lo fue Mephisto… mi maestro será muchas cosas, un arrogante, desvergonzado, sanguinario, el solo verlo en batalla era una atrocidad. Pero no era ningún traidor —y Satou se tranquilizó—. No te confundas, Espectro. No siento aprecio alguno por mi antiguo maestro. Y sin embargo, atesoraré sus enseñanzas. ¡Ondas Infernales de Hades! —y Satou fue forzado a evadir el ataque—. ¿Qué decías de equipararme a tu calibre? —preguntó Nachi.

—Arrogante Vikingo. ¡Solo porque sabes usar las Ondas Infernales representas una amenaza! —y Nachi no lo comprendió—. Pero por lo visto, no sabes usarlas correctamente, o te habrías transportado por el Inframundo con suma facilidad, campeón de Hades —se burló Satou—. ¡Además, para ser un verdadero peligro tus ondas tendrían que impactarme! ¡Pero como representante de los Sátiros soy en extremo veloz! —y Satou se lanzó en contra de Nachi, que intentó golpearlo con sus Ondas Infernales, más fue evadido por Satou—. ¡Ráfaga de Hamal! —gritó el Espectro, que se transformó en una luz blanca, un sol en miniatura, y embistió a Nachi —. Siente tus huesos quemarse con la fuerza del sol más grande de la constelación de Aries —terminó el Espectro, mientras Nachi caía a los pies del cañón por el golpe.

—Por el apetito insaciable de Tyr, señor de la guerra violenta. No pude evadir ese ataque —comenzó Nachi, y se puso de pie tras limpiarse un hilo de sangre que le caía de los labios—. En verdad los Caballeros Dorados deben estar a un nivel muy superior si son capaces de resistir semejantes golpizas. Pero no importa… juro por Odín que voy a derrotarte. Hades… no seguirá hiriendo a los humanos… —y Nachi elevó su cosmos, frio y cálido a la vez, pues en este brillaba intensamente el cosmos de los Caballeros Dorados, pero los lobos de Odín también lo respaldaban—. ¡Yo creo en un mundo donde dioses y humanos pelean juntos, Satou! ¡Lado a lado! ¡Dioses que no exigen el respeto con el miedo y el castigo! ¡Que se ganan este respeto con hermandad, compañerismo y humildad! ¡Es por esto que Odín ha elegido a Atenea como su hija! ¡Y Atenea es parte de mi panteón de dioses! ¡Fimbulwinter! —gritó Nachi, lanzándose junto a lobos de niebla en dirección a Satou, y atacándolo por todas direcciones.

—¿Continuas alabando a otros dioses, caballero? ¿Y ahora te atreves a declarar a Atenea como una hija adoptiva de un dios pagano? Los castigos que te esperan en muerte serán inimaginables. Seguro caerías en los dominios de la Quinta Prisión —explicó Satou mientras pateaba a los lobos de niebla, y buscaba a Nachi entre el grupo de lobos—. ¿Dónde Hades estás? —preguntó Satou.

—Satou, me presumes los castigos del Inframundo griego, pero existen lugares más lúgubres que este —y Satou encontró a un lobo blanco, no de niebla, pero de carne y hueso, asechándolo —. Mi maestro, Mephisto de Cáncer, atormentaba a sus víctimas con palabras recias, y sanguinarios combates. Yo prefiero otro tipo de tortura, la mental —y el lobo abrió sus fauces, y de estas volaron fantasmas de niebla, que rodearon a Satou—. ¡Niflheim! ¡El reino de la niebla! ¡Este es uno de 2 infiernos noruegos! ¡Aquí llegan los enfermos, los muertos que jamás alcanzaron la gloria, los niños que jamás alcanzaron a portar un arma! ¡El solo respirar estas nieblas te congela el interior! —y Satou comenzó a sentirlo, y a toser trozos de hielo que se le amontonaban en su garganta—. En Niflheim, solo hay deshonra. Jamás has portado un arma, así que por más valeroso que seas en batalla, solo puedes llegar a Niflheim, donde trabajarás creando la barca de uñas con la que Loki, dios del Fuego y las Bromas, traerá la guerra entre los dioses. Una barca que los muertos construirán con sus propias uñas, que incluso después de muerto no dejarán de crecer —y Satou comenzó a reír.

—¿Tratas de darme una lección de mitología Nórdica? ¡Tus dioses no existen! —y Satou atacó al lobo, solo para percatarse de que este crecía en tamaño, hasta ser un gigante—. ¿Qué Hades está pasando aquí? ¡Esta bestia es mucho más grande que Cerberos! —se horrorizó Satou.

—Fenril. El lobo gigante que en el final de todos los tiempos devorará a Odín, dios supremo de los Noruegos. Incluso los dioses no son eternos, Satou —aclaró Nachi, y el poderoso lobo reunió flamas azules en su boca—. ¡Flamas Azules Demoniacas! —gritó Nachi, y las flamas azules salieron de la boca del lobo, bombardeando a Satou con su fuerza y noqueándolo momentáneamente. El lobo entonces desapareció, y Nachi caminó fuera de la neblina—. Maestro Mephisto… no aprendí sus métodos… pero atormentaré a mis enemigos con mis propias ilusiones. Sé que no soy digno de esta armadura… pero… protegeré a Atenea con mi vida… soy un Vikingo… ¡Pero también soy el Caballero Dorado de Cáncer! ¡Ondas Infernales de Hades! —y Nachi atrapó a Satou en las Ondas Infernales.

—¡No! ¿Cómo me dejé atemorizar por un infierno tan inferior? —se quejó Satou—. ¿A dónde vas a llevarme? ¿Qué infierno elegiste para mí? ¡No cargaré rocas! —se quejó Satou, y entonces vio la enorme barca, y a los muertos arrancándose las uñas con los dientes—. ¿Niflheim? ¡Este infierno no existe! ¡Al menos dame una sepultura griega! —se quejó Satou, y entonces vio al poderoso lobo, encadenado a una montaña—. Ya veo, es una maldita ilusión. ¡Esto es lo que pienso de tu condenado infierno de niebla! ¡Ráfaga de Hamal! —gritó Satou, y lanzó su sol en miniatura en dirección al rostro del lobo, que enfureció, y los muertos de dedos sangrantes huyeron despavoridamente—. ¿Dónde estás, miserable? —el lobo rugió, los muertos no deseaban estar cerca de él, mientras este abría sus fauces, y flamas le salían de estas. El lobo lanzó un mordisco, y se tragó a Satou—. ¡Noooooooooo! —gritó Satou, pero ya era muy tarde.

—Las Ondas Infernales… te arrancan el alma y te envían a la tierra de los muertos… maestro Mephisto, este poder… no me siento digno siquiera de poseerlo —y Nachi sintió que alguien le golpeaba la nuca, y comenzó a frotarse la cabeza—. ¡Por las barbas de Thor! ¿Qué fue eso? —y una sonora y maligna carcajada, se dejó escuchar y erizó la piel de Nachi—. ¿Maestro? Incluso… en muerte ha venido a atormentarme… —y Nachi lloró—. Perdóneme por no ser un caballero digno de su armadura… perdóneme… por ser un pagano.

—¿Pagano? —escuchó Nachi—. Si te hace sentir mejor… yo creo que eres libre de adorar a los dioses que te plazcan, Nachi —habló Hyoga, que en ese momento llegaba junto a Ohko a la Tercera Prisión—. Han derrotado a sus oponentes. Estoy sorprendido. Pero no es el momento ni el lugar, hay que seguir adelante, por la diosa que compartimos todos juntos.

—¿Hyoga? —se sorprendió Nachi—. ¿La diosa que compartimos todos juntos? Atenea… sí… seré un Vikingo, pero en vida le sirvo a Atenea… en muerte me espera el reino de Odín… y el Valhala —y Nachi le enseñó un trozo de su hacha destrozada a Hyoga, mismo que cargaba amarrado de una cuerda fina al cuello—. Yo… sí he empuñado un arma… Fenrir… llegaré al Valhala —y el trio continuó con su camino.

El Laberinto del Tártaros.

—¡El Cruce de Flegetonte y Cocytos! ¡Hemos llegado! —habló Pandora. Frente a ella se divisaba una escena del fin del mundo. Fuego y Hielo chocando, creando volcanes que oscurecían el cielo con exhalaciones de humo y magma. Glaciares chocaban eternamente unos contra otros, destrozándose mutuamente, y forzando una lluvia de nieve y ceniza—. Debemos cambiar el rumbo. Usar Cocytos como puente. Si seguimos su cauce, llegaremos a la Octava Prisión. Pero les advierto, la Hidra seguro intentará detenernos.

—No le tengo miedo a la Hidra —habló Ikki con rudeza, y siguió el rio congelado—. Tan solo me interesa encontrar a mi hermano, y te aconsejo, Pandora, que a menos que no desees entregarle esta armadura al padre de tu hijo o hija, te conviene dejar de mencionar a la Hidra —y Pandora enfureció y siguió a Ikki. Kanon intentó seguirlos también, pero en ese momento, su armadura comenzó a reaccionar—. ¿A qué juegas, Kanon? —se molestó Ikki, y Kanon lo miró con desprecio, mientras su armadura brillaba intermitentemente, y dejaba escapar un sonido, como si la armadura intentara guiarlo—. ¿Kanon?

—Pandora. ¿Qué hay en esa dirección? —preguntó Kanon, y Pandora observó el rio congelado, por la parte en que el rio Flegetonte continuaba en dirección a cordilleras montañosas—. La armadura intenta guiarme… creo… creo que me está guiando a mi hermano —agregó Kanon,

—Tu hermano debe estar en Cocytos. Yo misma exigí que me revelaran los resultados de los juicios de cualquier Caballero Dorado —aseguró Pandora—. En esa dirección solo encontrarás el cruce entre Flegetonte y el rio Styx, y una intersección montañosa entre la Cuarta y Quinta Prisión. No hay forma de que tu hermano haya sido condenado a ninguna de esas prisiones —aseguró Pandora—. En todo caso, necesitaremos de toda la ayuda posible para derrotar a la Hidra.

—Ikki puede encargarse perfectamente de la Hidra él mismo, Pandora —y Pandora se horrorizó—. Yo solo sé lo que mi armadura me dice… Saga se encuentra en esa dirección. Ikki, no abandonaré esta guerra. Pero debo regresarle a mi hermano lo que es legítimamente suyo —agregó Kanon mientras apuntaba a su armadura—. Tú lo comprendes… tienes un hermano… Ikki —y el Fénix asintió—. Confió que tu cosmos te ayudará a superar donde Heracles —e Ikki sonrió con arrogancia. Kanon entonces le entregó la Armadura de Capricornio a Ikki, y el del Fénix amarró ambas armaduras, la de Capricornio y la de Virgo, una sobre la otra y a su espalda—. ¡Seguiré a Flegetonte hasta su intersección con Styx! ¡Y continuaré la avanzada junto a mi hermano hasta llegar ante Hades!

—¡Es una locura! ¡Se necesitaría incluso de un ejército siquiera para derrotar a la Hidra! ¿En verdad planeas enfrentarla tú solo? —e Ikki sonrió con arrogancia nuevamente—. Por todos los dioses. Deseo volver a ver a Shura pero no en la otra vida. Son unos desconsiderados, yo ni siquiera debería estarme esforzando.

—No voy a cargarte. Suficiente tengo con estas cajas como para llevar a una tercera Pandora —habló Ikki, y Pandora se preocupó. La verdad era que no deseaba quedarse sola con el Fénix—. No voy a lastimarte. A pesar de mi desprecio, Pandora, y del conflicto del cual eres responsable… Shun te quiere como una hermana —y Pandora tragó saliva con fuerza—. No obtendrás esa consideración de mi parte, Pandora… pero si no logro liberar a mi hermano del dios del Inframundo… juro en el nombre de la única diosa a la que sirvo, que tras el nacimiento de tu hijo o hija, yo tendré tu cabeza —y Pandora se retrajo con miedo—. Hasta entonces, limítate a guiarme… no te gustaría terminar con mi paciencia —y Pandora asintió, y siguió a Ikki por el rio congelado, Cocytos.

Cuarta Prisión.

—Este es el rio Styx —explicó Cheshire mientras el grupo llegaba ante un rio de aguas verdes—. En estas aguas se ahogan mutuamente los que sufrieron de ira y desolación. El señor Radamanthys quería lanzar a este rio a Milo de Escorpio. El dorado le pateó el rostro con su Asesino de Dragones y el señor Radamanthys lo lanzó dentro en venganza. Nadie sabe cómo se las arregló para salir —explicó Cheshire, y tanto Seiya como Marín intercambiaron miradas—. Phlegyas de Licaón solía ser el guardián de este rio… pero bueno, a él lo mataron en el castillo Heistein. Tiene una balsa, el pasaje al otro lado del rio es gratis para los Espectros. Pero solo pasa a los muertos. Yo puedo pasar, pero a ustedes les hubiera cobrado.

—Yo no veo ninguna balsa —habló Seiya, y esta apareció de repente frente a ellos—. ¿Qué fue eso? —se sorprendió Seiya al ver la balsa, rodeada de fuegos de las almas, y Cheshire se horrorizó y volvió a esconderse detrás de Marín a falta de Ohko pues normalmente se escondía detrás de él—. ¿Otro Suplice Obsidiana?

—Fuego de Almas. Ese no puede ser otro que Kraus de la Jaiba, Estrella Celeste de la Ascensión —explicó Cheshire, y entonces una piedra le golpeó la frente, había salido del agua—. ¡Ah! ¡Yo no tengo nada que ver en esto! ¡Soy su prisionero! —mintió Cheshire.

—Cierra el pico traidor. O derribaré la balsa contigo encima —y Cheshire se estremeció de miedo—. Escúchenme Caballeros Dorados. Ahora que Phlegyas ha muerto, este rio le pertenece al Suplicio Obsidiana opuesto a la constelación de Cáncer —explicó el Espectro, su voz parecía venir de las aguas mismas del rio Styx. Las ondulaciones en las tranquilas aguas parecían corroborarlo—. Normalmente, el pasaje por este rio es gratuito, para los muertos —aclaró el Espectro—. Pero, dejaré a uno pasar, por la vida del otro —y Marín enfureció, pero Seiya la tranquilizó.

—Y supongo que hundirás la balsa con el que sea que suba contigo —habló Seiya, y el rio se estremeció un poco—. Haré un trato contigo, Kraus de Jaiba. Mi vida, porque Marín y Cheshire crucen al otro lado —y Marín intentó quejarse—. Combatirás… Marín… pero no contra este. Tengo más posibilidades contra quien se oculta dentro de un rio —explicó Seiya, y Marín asintió entendiéndolo—. Pero primero saldrás del agua. Sin trucos, Kraus.

—Veo que tienes un deseo de muerte —habló el Espectro—. Muy bien… combatiremos, caballero —y el Espectro, de cuerpo decrepito, y cabellera larga y negra, y de ojos negros envueltos en ojeras igualmente oscuras, salió del agua vistiendo una Suplice idéntica a la Armadura Dorada de Cáncer, pero de colores morados vividos—. Suban —y Marín observó a Seiya, y subió a la balsa—. Si te vuelvo a ver, te arranco la cabeza, traidor —habló Kraus.

—Si los Caballeros Dorados no te matan, no volveré a cruzar el rio, Kraus —explicó Cheshire con preocupación y subió a la balsa—. No me gusta este rio, no me gusta este rio, no me gusta este rio —se quejó en repetidas ocasiones Cheshire, mientras Marín navegaba al otro lado del rio. Solo cuando ambos estuvieron fuera de la vista, Seiya observó a Kraus con detenimiento.

—Es hora de tomar tu vida, caballero. Aunque presiento que no cumplirás con tu parte del convenio con tanta facilidad —habló el Espectro, y Seiya sonrió—. ¡Será una masacre memorable entonces! ¡Hades no necesita de un campeón entre los Caballeros Dorados si me tiene a mí! —se burló Kraus, y de un movimiento rápido tomó a Seiya de la garganta—. ¡Tijereta Mortal! —gritó Kraus, pero Seiya le pateó el rostro y escapó a duras penas de la tijereta que al caer al suelo, rebanó una roca por la mitad—. Eres veloz, Sagitario. Pero no me evadirás por siempre. El lugar en el que luchamos es muy reducido, para los caminantes sobre tierra claro está —y Kraus saltó, se sumergió en el rio Styx, y Seiya observó las verdosas aguar con detenimiento—. ¡Los Esclavos de Styx! —gritó Kraus, y los muertos salieron del agua, y tomaron a Seiya de las piernas y comenzaron a jalarlo dentro del rio—. Te dije que obtendría tu vida a cambio de mi pasaje —exclamó el Espectro, que comenzó a flotar sobre burbujas de aire que se amontonaron permitiéndole pararse sobre el agua—. ¡Ven! ¡El agua está tibia!

—No pretendo averiguarlo —fue la respuesta de Seiya, que abrió sus alas, y se impulsó fuera del rio—. ¡Trueno Atómico! —respondió Seiya, y Kraus fue abatido por el cosmos de Seiya y derribado de regreso al rio—. Las alas no son de adorno —aseguró Seiya manteniéndose a flote.

—¡No me queda más que arrancarlas entonces! —gritó Kraus, y salió del agua para atrapar a Seiya, e intentar jalarlo a los interiores del rio Styx—. ¡Húndete! ¡Conviértete en otra víctima de mi rio! ¡Sé parte de mi nueva colección de almas! —y Kraus comenzó a golpear las costillas de Seiya, forzándolo a perder el equilibrio, aunque logró estrellarse a las orillas del rio—. Te estas convirtiendo en una molestia, caballero. ¡Ondas Infernales de Hades! —gritó Kraus, y Seiya evadió el ataque con velocidad, preparó su cosmos, y volvió a lanzarlo.

—¡Trueno Atómico! —insistió Seiya, y Kraus se movió con agilidad evadiendo los destellos, saltó, y colocó sus piernas alrededor de las costillas de Seiya, forzando a Seiya a recordar el deplorable estado en que quedó Camus al recibir ese ataque—. ¡No lo harás! —saltó Seiya fuera del camino, más Kraus logró girar, y sangre le golpeó el rostro, mientras Seiya caía al suelo, con su talón roto al ser la única parte que Kraus logró girar—. ¡Maldición! —se quejó Seiya tomándose la extremidad. La armadura había sobrevivido sin rasguño alguno, pero su talón estaba roto.

—Te mueves muy rápido caballero —se burló Kraus—. Mi ataque debió haberte destrozado la columna, pero lograste esquivarme. Claro que con el pie en ese estado, no solo no volverás a caminar, pero no podrás evadirme nuevamente —más Seiya elevó su cosmos, y con el dolor latente en su pierna, comenzó a ponerse de pie—. ¿Cómo? ¡Te destrocé el talón! ¡Se supone que no vuelvas a caminar jamás! —se quejó Kraus.

—Kraus… no voy a permitir que mi hermana Seika… me vea como un lisiado —y Seiya tomó su ensangrentado pie, y lo forzó de regreso a su forma original, causándose a sí mismo un gran dolor, pero resistiéndolo—. ¡Soy un Caballero de Atenea! Las lesiones… sanarán… siempre que no pierda la esperanza, podré superar cualquier adversidad. Solo una vez dudé, Kraus… pero Marín me ha regresado la esperanza al decirme que mi hermana sigue con vida… por eso… ¡Volaré tan alto como deba volar! ¡Destello de Quirón! —gritó Seiya, y su cuerpo se transformó en una lluvia de flechas doradas, que golpearon a Kraus, lo elevaron al cielo, y perforaron su Suplice. Al final, Kraus comenzó a caer, pero Seiya subió más al cielo del Inframundo, preparó su cosmos, y preparó su puño—. ¡Trueno Atómico! —y Seiya perforó con sus meteoros la Suplice de Kraus, que cayó sobre el agua, y fue atacado y devorado por los Espectros—. Jamás había… usado el Destello de Quirón… me ha costado todo mi cosmos —y Seiya comenzó a caer. El rio Styx lo hubiera reclamado entonces, pero unas plumas doradas detuvieron su caída, y lo ayudaron a maniobrar de regreso a las orillas de la Cuarta Prisión—. Ai… Aioros… —habló Seiya, y en ese momento juró haber visto el gentil rostro de Aioros sonriendo para él, y desaparecer en destellos de luz dorada, mientras Hyoga, Nachi y Ohko llegaban ante Seiya.

—¡Seiya! —gritó Hyoga, y entonces miró el horrible estado del pie derecho de Seiya—. Tranquilo Seiya, debo congelar tu tobillo solo lo suficiente para inmovilizarlo. Resiste, y trata de mantener tu cosmos ardiendo alrededor de tu pie o en mi intento por ayudarte perderás el pie —y Hyoga alzó su mano—. ¡Sarcófago de Hielo! —gritó Hyoga, y en ese momento un horrible dolor recorrió el tobillo de Seiya, que se congeló—. No he usado toda la fuerza del Sarcófago de Hielo… se derretirá, descuida… para entonces Mu y Aioria ya nos habrán alcanzado y Mu curará de tu pierna —y Hyoga ayudó a Seiya a ponerse de pie—. Ya llegamos a la mitad del camino.

—Aioria y Mu ya casi nos alcanzan también —explicó Nachi—. Siento sus cosmos llegar a la Tercera Prisión. Se han desviado un poco, pero van por buen camino. Uno de mis lobos los guiará por la senda que seguimos —y Hyoga asintió.

—¿Cómo vamos a pasar el rio? —preguntó Ohko con molestia—. ¿Puedes congelar estas aguas, Hyoga? —y Hyoga miró el rio, y tristemente no lo recomendó como una opción—. Eres el discípulo del mago de viento y hielo —se quejó Ohko.

—Y también del Escorpio que me enseñó que el ser impulsivo solo me llevará a la tumba. Las aguas del rio Styx hierven, para cruzarlo tendría que congelar todo el rio hasta el cero absoluto, encerrando dentro a los condenados —y Ohko se mordió los labios con molestia—. Debe haber otra forma.

—Pueden pedirlo por favor —se escuchó la voz de Caronte, que en esos momentos navegaba el rio Styx—. Ahora que Kraus de la Jaiba, Estrella Celeste de la Riqueza ha muerto, se necesita de otro barquero. Y da la casualidad que yo tengo experiencia, y bueno, también pretendo cobrar —agregó Caronte, y el grupo intercambió miradas—. Este es mi peaje… asesinen a Hades —y todos se sorprendieron—. Ya los he ayudado bastante, le he apostado todo mi oro a la victoria. Si pierdo, estaré condenado. Sin Hades, bueno… al menos tendré la tranquilidad de la muerte. De nada me sirve tanto oro si no puedo gastarlo.

—Lo gastarás, Caronte —habló Hyoga mientras ayudaba a Seiya a subir a la barca—. Te juro en el nombre de Atenea que venceremos en esta guerra, y que serás recompensado por tu ayuda—y Caronte asintió, y llevó al grupo hasta el otro lado del rio.

El Sexto Infierno. Los Prados Asfódelos.

—¿Dónde… dónde estoy? —habló Milo, que en ese momento se puso de pie, y divisó a sus alrededores un pueblo fantasma, muy al estilo griego—. ¿Esta es Atenas? —preguntó Milo—. ¿Atenea? ¿Atenea en dónde está? —se preocupó Milo, y comenzó a buscar a Atenea con la vista—. ¡Atenea! —volvió a gritar Milo.

—Eres muy ruidoso —habló un niño, y Milo se sobresaltó, y observó al infante, alrededor de 12 años, vistiendo una larga túnica negra, de ojos rojos profundo, y cabellera negra que casi llegaba al suelo—. Bienvenido a los Prados Asfódelos… dios de la Brutalidad en la Guerra… el Sexto Infierno. También conocido como el mundo de los dioses —habló el niño, y Milo lo siguió con la mirada—. Creciste —habló el niño—. Y profanaste a mi nieta, debería fulminarte —y el niño lanzó una fuerza oscura de cosmos en dirección a Milo, que intentó cubrirse con su lanza, solo para terminar lanzado por los mercados de una Atenas vacía—. Desearía volver a combatirte… pero ya ambos sabemos cómo terminó todo esto. Les dije que terminaríamos donde empezamos, haciendo la guerra al Olimpo.

—¡Cro-Cro-Cro-Cronos! —habló Milo, y Cronos sonrió con malicia, mientras veía a Milo retroceder. El miedo era evidente en su ser, se requirió del esfuerzo de los 12 Caballeros Dorados, todos poseyendo un Dunamis, para vencer al dios primordial del Tiempo. Cronos estaba en un nivel muy superior al de sus hermanos Titanes, era superior a Ares, a Poseidón, incluso a Hades, y solo lo vencieron porque en ese momento 11 de los 12 poseían el poder de los dioses—. No he venido a combatirlo… señor Cronos.

—¿Ahora me llamas señor? No me vengas con falsa estima por el miedo que tienes a tu vida, Milo de Escorpio —y Milo se mordió los labios iracundo, recuperó el valor, y observó a Cronos con detenimiento—. Allí está… el Milo de Escorpio que junto a Aioria de Leo y Mu de Aries me desafió, y se convirtió en el caballero capaz de lograr milagros —y Milo se sorprendió—. No ha pasado un segundo, en el que no desee con fervor revivir esa épica batalla. Fue formidable, elegante, salvaje. Los humanos demostrando el potencial que los dioses originales siempre les deseamos. Los hijos superando a los padres. Fue hermoso… y… —y Cronos volvió a lanzar su cosmos contra Milo, y a hacerlo rodar por los mercados—. Doloroso… los dioses no se supone que sientan dolor. No es una sensación grata. ¿Por qué estás aquí? No creo que me visites por el simple deseo de hacerlo —y Cronos volvió a lanzar su cosmos, pero esta vez Milo lo detuvo con el propio, impresionando al dios del Tiempo—. Sorprendente —confesó Cronos.

—Su excelencia Cronos —habló Milo—. Hablo en representación de los Caballeros Dorados y de la diosa Atenea… estábamos equivocados —confesó Milo—. Estamos en guerra con los Olímpicos. Necesitamos de los Titanes. Les devolveremos sus respectivos reinos. Ares, Poseidón, Hades… estas guerras deben de terminar —aseguró Milo.

—Ustedes permitieron al asesinarnos que el mundo se hundiera en tan deplorable estado —agregó Cronos—. Y sin embargo, una guerra entre Titanes y Olímpicos hubiera terminado peor. No podemos ayudarlos. Lo poco que queda de esta tierra, no existiría si los Titanes hubiéramos ido a la guerra —aseguró Cronos—. Ustedes deben combatir. Una guerra entre dioses no puede volver a ocurrir —terminó Cronos.

—Pero mi señor Cronos… necesitamos a los dioses —y Cronos se detuvo—. En la Nueva Titanomaquia… nos levantamos contra su tiranía… pero no negamos a los dioses… ustedes los Titanes amaron a los humanos. Podemos recuperar la Era Dorada de la humanidad… juntos… —ofreció Milo.

—No es posible… la guerra es necesaria —y Milo no lo comprendió—. Milo, hay una razón por la que existen 2 dioses de la guerra… Sabiduría en la Guerra… y Brutalidad en la Guerra… cuando Zeus le dio la caja a Pandora a la mujer creada por Hefestos, él lo sabía. En ese entonces aún era un dios de bondad. No puede existir el bien absoluto… ni la maldad absoluta. Solo el equilibrio —y Milo asintió—. El paraíso que era la Era de Oro de la humanidad no puede volver a existir. Nos arriesgaríamos a que solo exista paz perpetua. El dios de la Brutalidad en la Guerra era un dios muy importante, y tú lo absorbiste. El mundo necesita la guerra. Si no la hay, qué impide a los dioses volver a ser tiranos. ¿Qué me impide volver a enloquecer y buscar destruir toda la realidad para volver a crearla? No, Milo, sin caballeros como ustedes para detenernos… los dioses volverían a dominarlo todo. ¿Quién pondrá una línea divisoria entre nuestra tiranía? —y Milo se mordió los labios, pero bajó su cabeza en señal de derrota, y le mostró a Cronos su lanza—. Interesante. ¿Serías capaz de semejante sacrificio? —y Milo se mordió los labios nuevamente, pero asintió—. Si me mientes… Milo de Escorpio… y no cumples esta promesa que en estos momentos me haces… no importa que tanto ame a los humanos, los fulminaré si eso significa conservar el equilibrio entre humanos y dioses. ¿Qué dices, dios de la Brutalidad en la Guerra? —preguntó Cronos.

—Jamás me había tomado ese nombre tan enserio… su excelencia… —y Cronos sonrió—. ¿Qué debo hacer? —y Cronos movió su cabeza en negación—. Señor Cronos. Haré lo que sea. Tan solo, permita a mi hija vivir en un mundo pacífico.

—No será pacifico, Milo, ya te lo dije —y Cronos sonrió, y Milo se sobresaltó, pero asintió—. Supongo que entonces me regresarás mi trono en los Campos Elíseos. Eso deberás hacerlo tú y tus caballeros. Los Titanes, recuperaremos la tierra, y el dios que nos haga la guerra, se enfrentará a Atenea y a sus Caballeros Dorados. Y cuando exista la paz, plena y perpetúa. Cumplirás tu promesa —y Milo asintió—. Ahora la pregunta es. ¿A quién estás buscando? ¿A Saori… o Atenea? —y Milo no supo qué decir—. Es tarde ya… bebió el agua del rio Lete… si la encuentras, no te recordará —y Milo se horrorizó—. Deberías buscar a Atenea. Ella se encuentra en… —más Milo se puso de pie.

—Atenea estará bien… ya lo encontramos, señor Cronos, y este es un infierno pacífico. No siento caos, ni ira, ni nada… Atenea estará bien —y Cronos observó a Milo con detenimiento—. Si no es molestia… buscaré a Saori en el lugar donde sé que se encuentra… en el lugar donde sé que me espera… el lugar que seguro ella no ha olvidado —y Milo caminó en dirección a las 12 Casas.

—Es imposible, Milo de Escorpio —habló Cronos, y Milo se volteó a verlo—. Anda… ahora ve y rompe otro imposible… ¿quieres? —y Milo se sorprendió nuevamente. Cronos le sonreía—. Nadie puede sufrir eternamente, te lo dice el dios que ama a los humanos más que cualquier otro —y Milo asintió, y comenzó a correr en dirección a las 12 Casas—. Es un terco —habló Cronos.

—Es humano —respondió Atenea, que hasta ese momento se ocultaba tras una columna—. Gracias por no delatarme… abuelito… —y Cronos se sonrojó un poco—. No sabía que los dioses podían ruborizarse —y Cronos le dio la espalda a Atenea—. ¿Tú crees que él pueda…?

—Atenea, me ofendes —interrumpió Cronos—. Ese sujeto me dio una paliza hace 5 años humanos. ¿Crees que no lo logrará? Eso, en verdad es un insulto —y Cronos entonces tomó a Atenea de la mano y la jaló con fuerza, y una explosión de cosmos negra hizo estallar la columna en la que ella descansaba—. Pero más inaudito es que el de Escorpio te haya dejado a tu suerte por una mortal —y Cronos se dio la media vuelta para encontrarse con Télefo de Archfiend frente a él—. Ni tu cosmos divino pudo matarlo, nieta mía.

—¡Soy eterno en estos dominios! ¡Cronos! ¡Y asesinaré a Atenea! ¡Soy un dios! ¡Inmersión del Cielo en el Infierno! —gritó Télefo, y figuras oscuras de Télefo rodearon a Atenea y a Cronos, que se negaba a moverse.

—¡Recapitulación del Cielo y el Infierno! —respondió un cosmos dorado a la afrenta, y Shaka de Virgo se materializó frente a Télefo, vistiendo únicamente una túnica budista, y el collar de 108 cuentas, con la mayoría de color oscuro—. Por fin te encontré —habló Shaka, y Atenea sonrió—. Mis señores, este Espectro posee un poder cercano al de los dioses. Lo he perseguido hasta ahora, por ello no me uní a la batalla en el Inframundo.

—¡Shaka! ¡Sabía que podías liberar el octavo sentido sin problema! —y Shaka observó a Atenea con detenimiento, y una gentil sonrisa se le dibujó en su rostro—. ¡Permíteme ayudarte! ¡Soy una diosa! ¡Diferente de Saori yo puedo pelear! —suplicó Atenea.

—Mi señorita Atenea, debo negarme —habló Shaka, y Atenea no lo comprendió—. Al final… no pude llegar al Nirvana… soy egoísta. Me he acercado lo más que pude y al final elegí la esperanza. En el Nirvana no existe la esperanza, solo la paz —y Atenea comenzó a llorar—. ¡Télefo! ¡Terminemos con esto! ¡El Tesoro del Cielo! —gritó Shaka, y las imágenes budistas se lanzaron en contra de Télefo.

—¡La Condena del Infierno! —y cuadros con figuras demoniacas chocaron contra las imágenes de buda—. ¡No puedo morir! ¡Soy un dios! —gritó Télefo, y Shaka se lanzó contra él y le pateó el rostro, y comenzó un combate aéreo con Télefo que comenzó a destruir la Atenas del Sexto Infierno con el poder de ambos—. ¡Soy el inverso de Virgo! ¡El hombre más alejado de dios! ¡Soy perfección pura! —gritó Télefo.

—No existe la perfección pura. Incluso el más noble puede ser egoísta. ¡Cazador de Demonios! —y Espectros dorados se lanzaron contra Télefo, que los fulminó a todos con Espectros oscuros de su propia creación—. No me permito perder. No renuncié al Nirvana para encontrar la derrota, Télefo, me aseguraré de que Milo, Atenea y la señorita Saori salgan del monte Yomotsu y no les sea negada la reencarnación. ¡El Tesoro del Cielo! —gritó Shaka, y la luz dorada estalló.

Las 12 Casas del Sexto Infierno.

—¡Shaka! —gritó Milo al percatarse de la explosión de cosmos. Se encontraba a escasas escaleras de llegar a la Casa de Escorpio, pero se detuvo al sentir que Atenea peligraba—. ¡Atenea! ¿Cómo pude ser tan egoísta? —y Milo comenzó a correr escaleras abajo, pero de pronto sintió una brisa, y su corazón se detuvo. Detrás de una de las columnas de la Casa de Escorpio, una niña de escasos 6 años lo observaba con curiosidad—. ¿Sa-Sa-Saori? —preguntó Milo, sus ojos ahogados en lágrimas—. No debo… está puede ser mi única oportunidad de recuperarte… pero… Atenea… no puedo… mi deber es… mi deber es… —y Milo cerró sus manos en puños, intentando contenerse.

—¿Quién eres? —habló la niña, y Milo se horrorizó. La niña no lo recordaba. Era la viva imagen de Saori a los 6 años, pero no lo recordaba—. ¿Tú también vas a obligarme a tomar de esa agua otra vez? —preguntó la niña—. No quiero… esa agua es mala… esa agua me hace cosas raras en la cabeza… me hace sentir triste en mi pecho… me aprieta el corazón… hace que se me olviden cosas, no quiero, yo no quiero… ya no quiero tomar de esa agua —y Milo lo entendió. Había llegado muy tarde. Su Saori no existía más—. ¿Quién eres? —preguntó la niña, y Milo enfureció. Pero se limitó a sonreírle a la niña.

—Milo, Caballero Dorado de Escorpio y guardián de la Octava Casa del Zodiaco. Leal caballero al servicio de Atenea, y defensor de la paz —se presentó Milo, usando las mismas palabras que utilizó cuando se conocieron por primera vez, aquella vez, hace ya 10 años—. No voy a lastimarte —y la niña asintió, y salió de detrás de la columna—. Eres… muy bonita… ¿por qué lloras? —preguntó Milo.

—No lo sé… yo… me siento muy sola —habló la niña—. Cada vez que bebo del agua del rio Lete… olvido cosas… y me duelen… no quiero olvidar —y la niña abrió sus ojos sorprendida, mientras miraba una herida un poco por arriba de la ceja de Milo, y entonces se observó las uñas, como sintiéndose responsable de aquella herida, recordando muy vagamente—. ¿Te conozco? —preguntó la niña, y Milo resistió todo lo que pudo para evitar llorar—. Te ves triste —continuó la niña, su corazón le dolía, se sentía vacío.

—Estoy… triste… me duele el pecho pero… al mismo tiempo me siento bien… hay un calor aquí dentro… es… difícil de explicar… los humanos… lo llaman esperanza… —y la niña asintió—. ¿Qué haces aquí? —preguntó Milo, y la niña se percató del emblema en la casa, y se espantó—. No, oye, espera, no tienes por qué asustarte.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —se disculpó la niña tras varias reverencias—. No sabía que esta era su casa señor. Yo… tan solo me sentía cómoda aquí… no sé por qué. Antes lo sabía, pero yo ya no lo sé. Buscaré otra casa —y Saori comenzó a correr a los templos inferiores, cuando Milo la detuvo—. ¿Señor Milo? —y Milo la miró con curiosidad, y le sonrió—. ¿Señor?

—¿Estás sola… verdad? —y la niña asintió—. Yo también estoy solo… y cuando 2 personas están solas… lo más seguro es… que estando juntas dejen de estarlo… ¿no crees? —y Saori abrió sus ojos sorprendida, recordaba aquella frase, le estremecía el alma.

—Te conozco… yo… yo te conozco… —y Milo se aferró a aquel sentimiento, aquella esperanza, debía romper otro imposible—. ¿Quién eres? ¿Por qué no te recuero? ¿Por qué me duele tanto? —y Milo trató de secar las lágrimas de Saori—. ¡No me toques! —gritó la niña—. Me das miedo… —y el corazón de Milo comenzó a sentirse pesado—. Te veo y me duele… yo… no lo entiendo… me duele mucho —y Milo soltó aire con preocupación, y entonces una explosión interrumpió sus pensamientos. Saori se sobresaltó, e instintivamente le tomó la mano a Milo, pero al notarlo, intentó soltarlo de inmediato, solo para que Milo se aferrara a ella, y le acariciara la mano con ternura—. ¿Señor? —preguntó la niña.

—Milo está bien —y la niña asintió—. Regresa conmigo por favor. No me olvides… tienes que recordar —y la niña lo miró con miedo—. No voy a hacerte daño, jamás lo ha… —y Milo recordó la noche en que asesinó a su esposa—. Fue un error… yo… lo juro… nunca más… nunca… solo regresa a mí… por favor… —y la niña no supo qué decir—. ¿Te importaría… si te cuento una historia? —y Saori lo miró confundida, pero asintió—. Había una vez, un Caballero de Armadura Dorada. Que conoció a una niña muy molesta. Estaban viendo al mejor amigo del Caballero de Armadura Dorada pelear por ganarse otra Armadura Dorada con la forma de un León. Pero a pesar de que su mejor amigo peleaba con todas sus fuerzas, el Caballero de Armadura Dorada, en forma de Escorpión, no podía dejar de ver a la niña.

—¿Era bonita? —preguntó Saori, y Milo se sonrojó, y se golpeó la frente con fuerza—. ¿Eso significa que no lo era? —preguntó la niña preocupada por la reacción de Milo, que simplemente se estiró la cara con molestia.

—No… era muy bonita… lo que convierte al protagonista en un enfermo mental —y la niña no lo entendió—. No importa… la niña tenía 6 años, el joven tenía 13, pero el mayor ya había sido cautivado por la niña. El solo verla, invitaba al mayor a querer cuidarla. El Escorpión se sentía como un hermano mayor —y la niña asintió—. La niña era muy trabajadora, convenció al corazón de piedra del Escorpión a que le diera trabajo como escudera en su casa, y los 2 vivieron en Escorpio. La niña limpiaba, servía el té… que… normalmente se le caía y bañaba al Escorpio con el líquido caliente.

—¡Perdón! —habló la niña, y Milo sonrió—. ¿Eh? ¿Por qué me disculpé? —y la niña se puso pensativa—. Umm… me duele la cabeza… y mi pecho se siente caliente. Oye… ¿por qué me siento así de rara? —y Milo le secó unas lágrimas traicioneras a la niña, pero se negó a darle respuesta—. ¿Qué pasó entonces? —preguntó.

—El Escorpio salió a la guerra. Eran tiempos difíciles, tenía que defender a su diosa —y la niña asintió—. Llegaba a su casa ensangrentado, y la niña se desmayaba al tener que lavar su capa llena de sangre, y su cara se ponía toda roja cuando le tocaba curar las heridas de su maestro —y la niña se ruborizó un poco—. Ella… siempre hizo un excelente trabajo, el Escorpio era muy estricto, quería convencerla de que se rindiera, le gustaba estar solo. Pero la niña no se rindió, y le trajo paz… cuando menos lo pensó, el de Escorpio ya no imaginaba su vida sin la niña… —y la niña estaba tan envuelta en el cuento, que no notó cuando se sentó en las piernas de Milo—. La niña se entrenó con el maestro, aprendió magia, muy poderosa. Pero ella no podía acompañar al maestro a la guerra.

—Qué triste —habló Saori—. La niña debió sentirse muy sola —y eso le rompió el corazón a Milo—. Debe ser muy difícil ver a la persona que más quieres irse a la guerra, y dejarte sola… preocupada… por saber si regresaría —y Milo le volvió a secar las lágrimas—. ¿Tiene final feliz esta historia? —y Milo no supo qué decir.

—Te juro… que no lo sé —y la niña se preocupó—. Pero… puedo intentarlo —y la niña sonrió, y asintió—. Cuando la niña cumplió 10 años, se cortó el cabello, estaba enamorada de su maestro, quería impresionarlo, y lo hizo… más de lo que el muy arrogante pudiera admitir… —y Milo se sonrojó, y la niña se sonrojó también—. No lo juzgues, son cosas que pasan —y Saori asintió—. Hubo otra guerra, muy dura… la niña sufrió mucho, pero gracias a esa niña, sus guerreros vencieron. Ella se convirtió en princesa de los Caballeros de Armaduras de Oro. Su favorito era el de Escorpio claro, pero el arrogante, intentó hacerla a un lado.

—¡Que grosero! —se quejó Saori, y Milo notó que la niña había crecido hasta los 10 años—. ¿Cómo se atreve el muy arrogante? Ella que lo quiere mucho, y el grosero que se pone todo egoísta. Si lo conociera… me enfadaría mucho… —y Milo bajó la cabeza avergonzado—. ¿Qué pasó después? —preguntó la niña.

—Bueno… la niña… creció… y se volvió… muy agresiva en sus insinuaciones —y Saori no lo comprendió—. Ella quería mucho al de Escorpio, y hacía de todo para llamarle la atención. Lo visitaba muy seguido, a veces con cortes nuevos de cabello, a veces… con modas muy indecorosas. Cierto día llegó con una falda muy corta… descalza… y con una túnica que le descubría los brazos y el vientre… y eso más que ayudar le sacó una reprimenda, el de Escorpio no quería que los demás la vieran tan expuesta.

—¡Estaba celoso entonces! ¡Lo sabía! —habló Saori, ahora tenía 11 años—. Debió ser muy divertido. Un Escorpión celoso. De solo imaginarlo me da risa —y Saori rio, y Milo se aferró a la esperanza—. ¿Qué pasó después? ¡Dime, dime! ¡No me dejes en la incertidumbre! —habló Saori, un poco más agresiva de lo que se esperaba Milo—. ¿Se le confesó? ¿Lo enamoró? —y Milo se sonrojó más y más.

—Peor… —admitió Milo recordando aquel evento—. Lo dominó —confesó Milo—. Fue la vergüenza más grande de su vida… la niña llegó un día a su casa, y le ordenó como su princesa el prestarle atención. Era una chiquilla muy arrogante, pero deseosa de cariño. El de Escorpio simplemente no pudo negarse más… ella… le dijo que si la amaba entonces que le robara su primer beso y luego… —y la niña sonrió feliz.

—¡Lo sabía! ¡Lo Sabía! ¡Lo Sabía! —gritó la niña mientras saltaba un buen número de veces—. ¡Sabía que ese corazón de piedra caería! ¡Solo necesitaba que lo obligaran un poco! ¡Al necio hay que acorralarlo! ¡Lo sabía! ¡Es taaaaan romántico! ¡Se lo merece por hacerla sufrir por 6 años! —y la ceja de Milo comenzó a molestarle.

—Pequeña sabandija… fue lo más vergonzoso de mi vida y tú te jactas de mi desdicha —y Saori lo miró confundida—. ¡Ya no importa! ¡Eso ya pasó de todos modos! —y la niña se confundió, no entendía por qué Milo estaba tan molesto—. Pasó el tiempo… ella le hizo prometer al de Escorpio que se casarían… el arrogante ya no podía negarse, obedeció, y los 2 se casaron, con sus hermanos de Leo y Aries de testigos, y entrelazando sus dedos en una tina. Fue un matrimonio secreto —y Saori suspiró imaginando la escena, y era más que evidente que algunos de sus pensamientos no eran muy sanos, lo que preocupó a Milo.

—Que romántico —habló Saori, ya tenía 13 años—. Ya era hora de que se le hiciera justicia a la niña —y Saori danzó alegremente alrededor de la Casa de Escorpio—. Debió ser muy feliz. Es el final perfecto —y Milo tristemente lo negó—. ¿Qué ocurre? —preguntó Saori.

—Hubieron más guerras… en la que siguió al matrimonio… el Escorpio salió muy gravemente herido, pero después de eso hubieron un par de años de paz… y pues… la niña… ahora joven… se embarazó… —y Saori se sobresaltó—. ¿Por qué te sorprendes? El de Escorpio no se enteró hasta mucho después, esas cosas no se cayán —se quejó Milo.

—¿Embarazada en medio de una guerra? Es una locura. Debieron tener más cuidado —regañó Saori, sin saber a quién—. Son un par de despreocupados esos 2. Esto no es cosa de juego, debieron planificarlo bien.

—Lo dice la que se escabullía de noche a mi casa buscando cariño —se molestó Milo, y Saori lo miró, y el de Escorpio se retrajo—. El de Escorpio… murió en otra guerra al poco tiempo de enterarse de que su esposa estaba embarazada —y Saori se entristeció, ya tenía 15 años—. Él… le rompió el corazón a su amada… pero… la tragedia no termina aquí… —y Saori cerró sus manos alrededor de su pecho, no quería escuchar más—. Él volvió de los muertos. Tenía un deber que cumplir, la princesa, era un cuerpo, un contenedor, de una verdadera diosa. La diosa tenía que regresar, para acabar con todas las guerras. El de Escorpio amaba a su esposa… con todo su corazón… pero él siempre le dijo, que… el amor que sentía por ella, terminaba cuando comenzaba su deber… él… él… mató a su propia esposa… y dejó a una bebé sin su madre —y Saori se cubrió la boca horrorizada—. Fue el error más grande de su vida… —y Milo lloró—. Todo el tiempo… el Escorpio sufre… se siente vacío… perdió la esperanza… su corazón está destrozado… no puede siquiera cumplir con su deber… ya no le queda nada… pero… bajó al infierno con su diosa… ella… le prometió volver a ver a su amada, y cumplió… pero ella lo olvidó… ella no lo recuerda… y el muy tonto aún intenta recuperarla mientras su diosa corre peligro… intenta… tener esperanza… pero ya todo está perdido… —y Saori reaccionó.

—Tú eres el Escorpio… —y Milo asintió—. Eres el Escorpio que mató a su amada… y dejó a una bebé sin su madre… —y Saori por fin lo comprendió—. ¡Yo soy la madre! —gritó Saori. Y las memorias regresaron—. ¡Milo! —lloró Saori, y se lanzó a los brazos de Milo y lo besó—. Te recuerdo… te recuerdo… por Atenea, te recuerdo Milo… no tienes la culpa, yo entiendo, era tu deber, Milo —y Milo la abrazó con fuerza, y ambos lloraron—. Todo está bien… te recuerdo… los recuerdo a todos… ya todo acabó, estoy aquí… —y Milo lo negó con la cabeza.

—No… estás muerta… —y Saori lo sabía—. Hoy te vuelvo a ver… pero yo estoy con vida… y tú… no es justo… —y Saori abrazó a Milo nuevamente—. Te amo —y Saori sonrió, asintió, y lo abrazó con fuerza—. No hay momento que no me arrepienta de lo que he hecho. Viajaría hasta el mismo infierno por ti.

—Milo… aquí estás… —y Milo asintió—. Llegaste al infierno… es disculpa suficiente para mí… —y Saori entonces vio una explosión de cosmos dorado—. ¡Shaka! —gritó Saori—. ¡Milo! ¡Me matas y después descuidas a Atenea! ¡Si ella muere también entonces sí me voy a enojar! —rompió el momento Saori—. ¡Es tu diosa! —y Milo asintió, levantó a Saori, y comenzó a correr en dirección al lugar de la batalla—. ¿Cómo se te ocurre escogerme sobre tu diosa? ¿No podías venir por mí después? —y Milo se mordió los labios—. Milo… eres un cabeza caliente… te extrañé —y Milo sonrió, y continuó bajando por las 12 Casas.

La Atenas del Sexto Infierno.

—¡Inmersión del Cielo en el Infierno! —gritó Télefo, y derribó a Shaka, que sin su Armadura Dorada no alcanzaba el cosmos necesario para hacerle frente—. ¡No debiste interponerte! Si los dioses no poseen la fuerza de detenerme, ¿qué oportunidad tiene un Caballero Dorado? —y Shaka se limpió la sangre del rostro—. Cuando termine con esto Atenea, tú sigues —y Atenea se molestó y preparó su cosmos, pero Cronos la detuvo.

—Por más que lo desees… el forzar tu mano sería tiránico… no te permitiré convertirte en lo que yo y tus tíos nos convertimos —y Atenea movió su cabeza en negación—. Hay otras formas en que puedes ayudar —y un cosmos verde iluminó el firmamento, y Milo llegó, con su pierna convertida en el poderoso Dragón, pateó a Télefo en su rostro, dándole a Shaka un respiro, y alegrando a Atenea, que veía a su héroe salvarle la vida, solo para percatarse de que este héroe cargaba a su propia princesa.

—¡Atenea! —Milo gritaba su nombre, pero Atenea lo comprendía, el corazón de Milo tenía otro dueño—. ¡Ya nos has atormentado lo suficiente, Télefo! ¡Explosión de Antares! —y el Espectro fue abatido por el poder destructivo de Milo, que con lanza en mano estuvo a punto de lanzarse en su contra, pero recordando su honor de caballería, resucitado por el recuperar aunque fuera momentáneamente a su esposa, desvaneció la lanza, y se lanzó con las agujas listas—. ¡Aguja Escarlata! —y Télefo desvió la aguja con su cosmos.

—¡Saori! —gritó Atenea, y ambas personalidades se encontraron la una a la otra—. Saori… que alegría… no bebiste de las aguas del rio Lete todavía —intuyó la diosa, desconociendo la realidad—. He regresado… y mi poder es suficiente para enfrentar a Hades… pero… mi corazón está perdido… tus caballeros te necesitan. Me serán devotos, pero solo tienen a una Saori Kido —y Saori no dijo nada. Tan solo esperó, mientras Milo y Télefo seguían combatiendo y Shaka comenzaba a incorporarse—. Saori… deseo hacer el mutuo acuerdo contigo… no más Atenea… no más Saori Kido… seríamos solo Athena… —y Saori observó a Milo—. Descuida… todos tus recuerdos… todos tus deseos… todos tus sentimientos… los conservarás. Yo seré tu cosmos… juntas… seamos Athena.

—Mi diosa… no preferiría otra cosa —y el alma de Saori se desvaneció, y entró en su antiguo cuerpo, uniéndose a Atenea. En ese momento, Milo que observó a su esposa desaparecer nuevamente, perdió el control del combate y fue impactado por una fuerza de cosmos oscuro, que lo clavó en contra del suelo, y lo dejó muy malherido—. ¡Milo! —habló Athena, y Milo supo lo que había pasado al ver los ojos de la diosa, un ojo, el derecho, era verde esmeralda, el otro era azul zafiro, eran ambas, Atenea y Saori a la vez, era Athena.

—¿El mutuo acuerdo? ¿Cómo te has rebajado a semejante nivel? ¡No eres diosa ni humana ahora! ¡No eres nada! —gritó Télefo, y en ese momento Shaka se aferró a la espalda de Télefo—. ¿Qué demonios? —se quejó Télefo.

—¡No Télefo! ¡Lo es todo! ¡Saori y Atenea se acaban de convertir en la verdadera diosa de la sabiduría en la guerra! ¡Una inmortal que puede ser asesinada! ¡De cosmos divino pero naturaleza humana! ¡Diosa entre los hombres! ¡Una diosa humana! —aseguró Shaka, y entonces comenzó a elevar su cosmos—. ¡Y ahora que lo han hecho, y que ambas están a salvo, puedo cumplir con mi principal objetivo en esta guerra! ¡Borrarte del camino! —y Shaka comenzó a elevarse en dirección al cielo—. ¡Milo! ¡Protege a Athena! ¡Nosotros estaremos siempre cuidándolos desde la otra vida! —y Milo observó a Shaka, que se elevaba al cielo igual que Milo lo hiciera con Poseidón en la anterior guerra, y lo vio estallar en pedazos, llevándose a Télefo consigo. Shaka, el Patriarca del Santuario, volvía a morir frente a sus ojos.

—Sha-Shaka… —habló Milo con tristeza, mientras veía la explosión dorada, y sentía su mano ser tomada por Athena, que lloraba junto a él—. ¿Saori? —preguntó Milo confundido, y la diosa sonrió, y asintió.

—Supongo que puedes llamarme así… Milo… —y Milo mantuvo su silencio—. Digamos que soy un poco más fuerte… pero… mi amor por ti… y por mis queridos Caballeros Dorados no ha cambiado… pero no volveré a reencarnar… he vuelto a ser eterna —y Milo asintió, comprendiendo lo que eso significaba—. No voy a pedirte no morir… pero soy eterna… y te juro que siempre serás mi único amor —y Athena tomó la mano de Milo.

—La eternidad es muy larga —explicó Milo, y Athena le sonrió—. Hoy eres mía… y es lo único que me importa —y ambos mantuvieron el silencio, respetando el sacrificio de Shaka. Más el respeto al caballero caído, al Patriarca del Santuario, tendría que esperar.

—Eternidad o no… Milo de Escorpio tiene una promesa que cumplir —y Cronos elevó su cosmos, tan amplio que rodeaba todo el Sexto Infierno—. Extrañamente, no soy capaz de hacer esto solo… la puerta del verdadero Tártaros no se abrirá solo con mi cosmos, Athena —y la diosa asintió, elevó su cosmos junto al de su abuelo, y el Sexto Infierno comenzó a desmoronarse. Pero no era solo el Sexto Infierno. Todo el monte Yomotsu, y los 6 infiernos que contenía en su interior, se despedazaba. Frente a ellos entonces se alzó una caverna oscura, cuya entrada había sido sellada por los relámpagos de Zeus—. Athena… solo tú puedes romper los sellos creados por tu padre. Rompe la puerta del Tártaros —y Athena asintió, y con sus manos desnudas, tocó los relámpagos de Zeus, y estos estallaron intentando negar a Athena, pero al final los relámpagos cedieron, y la débil Athena comenzó a desmayarse, solo que Milo la atrapó antes de que cayera—. ¡Hermanos! ¡Titanes! ¡Nuestra Prisión se ha roto nuevamente! —gritó Cronos, y 11 pares de ojos rojos, y un par de ojos dorados, observaron a Cronos—. Ha llegado el momento… les pido que se levanten junto a mí… no habrá más tiranía… Athena es nuestra diosa, Cronos inca su rodilla ante su nueva soberana —y Cronos se arrodilló frente a la débil Athena—. ¡Por Athena! ¡Por su trono en el Olimpo! —declaró Cronos, y su cosmos se incineró, al de él se unieron los cosmos de los 11, y la diosa detrás de ellos que sacrificó su propio cosmos para que los 12 Titanes volvieran a vestir sus Soumas, igual que hace 5 años que se levantaron contra el Santuario. Cronos incluso recuperó su aparente edad, su plenitud a los 18 años, igual que todos sus hermanos y hermanas—. ¡Titanes! ¡Hemos recibido de nuevo la bendición de Gea! ¡Vistan sus Soumas con orgullo! ¡Y que mi hijo Zeus reciba el mensaje! ¡Los Titanes se han unido a la causa de Athena! —y tanto Milo como Athena sintieron sus corazones estremecerse. Los 12 a quienes vencieron en la Nueva Titanomaquia, salían del Tártaros tan nobles como los recordaban, todos vistiendo sus Soumas. Ya no poseían un Dunamis, pero su cosmos brillaba con la intensidad misma del cosmos dorado. La guerra contra los Olímpicos acababa de adquirir un nuevo giro—. ¡Por Athena! —y los 12 Titanes rugieron al unísono—. ¡Por Athena!


Ok, tengo un problema. Solo a mí se me ocurre resucitar a los 12 Titanes a 2 capítulos de terminar la saga de Hades. (¿Eres complejo y apenas lo vas notando?) Bueno pues yo ya extrañaba a los Titanes, y la saga se acaba en solo 2 capítulos, esto es una locura les digo, una locura. (Y lloraste) ¡Y lloré! ¡Solo a mí se me ocurre meterme tanto en mi historia! ¿Por qué soy tan raro?

NOTAS DE LA EDICIÓN DEL 2018 (Que une a Guerras Doradas con su precuela, Guerras de Troya):

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