38. El secreto de Polidamas
Los tres dromedarios corrían a trote ligero por las dunas, auspiciados por la oscuridad.
Según la información que les había dado Amenhotep, primero debían dirigirse al templo de Sekhmet, en Karnak.
El sacerdote de Neftis estaba fuertemente apresado de pies y manos y colgaba como un paquete en el dromedario de Sargas.
—El templo de la diosa de la guerra se halla cerca del de Mut— dijo el caballero de Serpiente, ante la pregunta de su discípulo—. Normalmente yo solía estar por allí, así que conozco la zona. Conocí a un sacerdote, Tarik. Con él entrenaba muchas veces, pues a pesar de ser sacerdote, él también estaba entrenado en el arte de la guerra.
Ante esta declaración, Amenhotep comenzó a reírse sin parar.
—¿De qué te ríes? Te recuerdo que no estás en la situación idónea para hacerlo— respondió rápidamente Milo, recordando al sacerdote su anterior desencuentro. Como método de advertencia, el muchacho lanzó un Aguijón Escarlata a las posaderas del egipcio, quien se retorció de dolor en el dromedario, provocando que el animal bramara nervioso.
No hizo falta nada más que Sargas se girara hacia su alumno, para que Milo musitara un perdón y agachara la cabeza. A continuación, el caballero de plata se dirigió al sacerdote.
—Si ha ocurrido algo, será mejor que hables ahora.
Amenhotep dejó de gemir de dolor al instante y recobró la poca compostura que podía en esa situación.
—Tarik falleció al poco de que te marcharas de aquí.
El semblante del griego se tornó sombrío y musitó una maldición.
—¿Y de qué murió?— preguntó, aun cuando se temía lo peor.
—Sacrificio hacia su diosa.
Sargas meditó esas palabras, descifrando aquello que en ese momento produjo una fuerte desazón en su corazón. Para terminar con aquello, sacudió con fuerza las riendas de su dromedario y salieron al galope.
[Alrededor del templo de Mut y Sekhmet, Karnak]
La fortificación se alzaba imponente. Si no fuera por las numerosas columnas que daban la bienvenida a la entrada del templo, cualquiera diría que aquello eran como prisiones de piedra y arena.
Tras una larga travesía, al fin llegaron a Karnak. Los templos de Mut y Sekhmet, casi colindantes, pero diferentes en tamaño.
La Avenida de las Esfinges daba la bienvenida a lo lejos, custodiando los pilonos frontales.
Sargas mandó parar a todos y desmontó el dromedario.
—A partir de aquí debemos seguir a pie. Tú también, Amenhotep, pero te sugiero que no trates de escapar. No voy a defenderte más de mi alumno, que al parecer, encuentra divertido torturarte— dijo mirando a Milo, quien sonrió de medio lado y apuntó con la uña encarnada al sacerdote—. Descarguemos sólo lo realmente necesario. Lo demás, puede quedarse— ordenó mientras se retiraba los ropajes.
Polidamas descargó la caja plateada que contenía la armadura de Serpiente y la dejó junto a su portador, quien rápidamente se la colocó. Posteriormente, volvió a cubrirse con la túnica granate y el pañuelo negro.
—Si estáis listos, nos vamos ya. Primero, una ronda de exploración.
Dicho esto, los tres hombres se separaron. Amenhotep fue obligado a quedarse en aquel lugar, custodiado por Polidamas. Milo y Sargas corrieron en direcciones contrarias, para buscar el mejor lugar para abordarlo.
El sirviente se quedó custodiando al sacerdote, que trataba por todos los medios de deshacerse de los nudos fuertemente apretados.
—No creas que no te estoy viendo Amenhotep. Y aunque no soy Milo, te advierto de que yo también poseo dotes para la lucha.
En cuanto Polidamas dijo esto, el sacerdote chasqueó la lengua y dejó de revolverse.
—¿Y bien?—preguntó Sargas a su alumno.
—Sólo guardias menores. No he visto a nadie de alto rango, al menos por mi lado. He matado al centinela.
El maestro se sobresaltó de inmediato.
—¿Por qué? ¿Era necesario? ¿Acaso te vio y fue a dar la voz de alarma?
Milo sacudió la cabeza a modo de negativa.
—Simplemente me apetecía. Total, iba a morir antes o después…
Con esa respuesta el muchacho caminó hacia donde estaban Polidamas y Amenhotep aguardando su regreso. Sargas se mesó la barbilla, ya poblada con una barba de varios días.
—Este chico…qué placer le ha cogido a torturar y a matar.
Reunidos los tres, con Amenhotep lejos de su estrategia, el caballero de plata urdió el plan.
—Hay un camino estrecho, que da directamente con el interior del templo de Sekhmet. Para que os hagáis una idea, este templo consta de cinco salas, dispuestas en cuadrado e interconectadas. La sala más grande es donde se halla el altar de Sekhmet. De las otras cuatro, sólo sé que una era la cárcel y el acceso a ella es más complicado. Es la primera sala a la derecha ¿comprendido?— dijo trazando con una ramita el dibujo del templo interior—. Por este pasillo se va directo a los aposentos privados de Ptah y Sekhmet, pero estará fuertemente custodiado. Y estas dos salas de aquí no sé lo que contienen, pero andan con cuidado, ya que podrían ser trampas. Así pues, entraremos por este pasillo abierto en uno de los pilonos. Por aquí me escapaba cuando Sekhmet hacía acto de presencia.
Milo y Polidamas continuaron atendiendo a las explicaciones que les daba Sargas, y los pasos a seguir.
—Y muy importante, antes de hacer nada, hay que vigilar, para ver cuántos soldados hay. Toca preguntar a Amenhotep para ver dónde se encuentran Sekhmet y Ptah.
Tras asentir, los tres se dirigieron al sacerdote. Milo agarró del cuello a Amenhotep, levantándolo del suelo.
—Vamos, que tienes que contarnos algunas cosas— dijo con su tono amenazador—. Por cada vez que te niegues a responder a cualquiera de nuestras preguntas, te clavaré mi aguijón. Así que más te vale que contestes con la verdad.
El sacerdote ahogó un asentimiento y Milo lo dejó caer sobre la arena.
Sargas se sentó frente a él.
—Bien Amenhotep. Punto primero y más importante, ¿dónde están Sekhmet y Ptah?
Aún tratando de coger aire, el sacerdote declaró que la diosa se hallaba esa noche en el templo de Horus, en Edfu. Y que de Ptah no sabía su paradero desde hacía unos meses.
—Segunda pregunta, ¿dónde están Serket y Horus?
Al empezar a reírse por ello, Amenhotep sintió como la uña de Milo le perforaba la piel, realizando un corte profundo del que empezó a manar sangre.
—¡Están en la cárcel, junto a Bastet y Hathor, en este templo!— chilló aterrado. Sargas dio el aviso a Milo para que le sanara la herida.
—¿Y el resto?— prosiguió el Maestro, mostrándose impasible.
—Los demás dioses o se han unido a la causa o están prisioneros en Dióspolis Parva.
Polidamas frunció el ceño y preguntó por aquel lugar.
—Allí está el templo de Neftis— declaró el sacerdote, aliviado al ver que la herida estaba cerrada como por arte de magia, tras haber depositado Milo sus manos sobre ella.
—¿El templo de Neftis? Pero si fue destruido hace milenios, en la última Guerra Santa de Egipto— prorrumpió Sargas.
Amenhotep asintió ante aquella afirmación.
—Así es. Pero Neftis lo ha reconstruido.
—¿Y mi armadura?— esta vez fue Milo quien preguntó. El sacerdote dio la callada por respuesta y musitó que probablemente se hallara en Edfu.
Ante esta respuesta, el muchacho masculló una maldición y pidió insistentemente ir a Edfu primero, a lo cual Sargas se negó en rotundo.
—Venimos de allí y ya viste el panorama. Necesitaremos la ayuda de los dioses, no podemos ir solos. Así que nuestra primera misión será liberar a los dioses prisioneros de este templo. Tenemos que aprovechar que Sekhmet no se encuentra aquí.
Polidamas se rascó la cabeza pensativo.
—Estoy conforme pero no creo que Sekhmet haya abandonado este lugar sin más. Seguramente esto esté más protegido que cualquier otro templo.
Sargas miró directamente a Amenhotep, quien se encogió de hombros y alegó no saber nada al respecto.
—Está claro entonces. Vamos a ello. Y mucho cuidado, ¿de acuerdo? Amenhotep, te vas a quedar aquí. Vendremos a por ti en cuanto terminemos.
Ante esta información, el sacerdote sintió alivio. Al fin se libraría de ellos y podría escapar.
Los tres hombres caminaron por la arena sigilosamente hasta llegar al pilón agrietado, esquivando a los soldados rasos que patrullaban por entre las columnas.
—Por aquí es— susurró Sargas, indicando el camino. Antes de meterse, Milo se giró hacia su maestro.
—¿Crees que no intentará escaparse? Podría haberse quedado Polidamas con él.
El aludido arreó una colleja al muchacho quien se llevó la mano a la dolorida nuca. Sargas aguantó la risa como pudo antes de responder.
—Necesitamos a Polidamas con nosotros. Ahora comprenderás por qué. Y no te preocupes por Amenhotep, no va a escapar. No le conviene— dijo guiñándole un ojo y empujándole hacia dentro de la grieta.
[En el desierto...]
El sacerdote se tumbó sobre la arena, encogiendo las piernas para desatarse el nudo que las aprisionaba.
—Qué tontos, dejarme solo con las muñecas atadas. Griegos estúpidos— dijo riéndose, mientras aflojaba uno de los nudos.
No llevaba ni dos segundos tratando de aflojar el amarre, cuando empezó a sentir picores por el cuerpo. Maldiciendo esa incomodidad, prosiguió concentrado, hasta que los picores se hacían más intensos.
—Un momento…esto no es picor…es…— emitió un chillido de asco cuando observó su cuerpo infestado de escorpiones, que trepaban alegremente por todos los rincones, palpando con sus patitas la piel morena del sacerdote. Uno se aventuró por su cuello, tratando de trepar por la barbilla. Alrededor suyo había más. Y cada vez salían más alacranes de todas partes rodeando al cuerpo tendido del hombre, quien no tuvo más remedio que mantenerse quieto.
No en vano aquellos escorpiones poseían uno de los venenos más potentes del reino animal, y recibir el aguijonazo de uno de ellos ya le supondría una muerte agónica.
Maldijo a los griegos una vez más, pero eso no impidió que sonriera.
—Ya encontraréis vuestra propia tumba aquí…
[Interior del templo de Sekhmet]
La sala estaba iluminada por el leve fulgor de las antorchas. Inmóviles y acompañados de la oscuridad de la grieta, los tres hombres permanecieron aplastados aguantando como podían la incomodidad de la pose.
En esos momentos, unos soldados intercambiaron unos mensajes y había más de diez en la sala. Cuando se despejó y quedaron seis, Sargas dio el gesto de aviso para salir a escena.
Los soldados no se percataron de la intrusión y no les dio tiempo a dar la voz de alarma.
—¡Colmillos de Serpiente!— gritó Sargas, lanzándose sobre dos soldados. De los dedos índice y corazón salieron dos aguijonazos rojizos, que atravesaron los cuellos de los hombres, cayendo al suelo de un solo golpe.
A su lado, Milo ya había acabado con otros dos al grito de Aguijón Escarlata, una variación más poderosa y rápida de Colmillos de Serpiente. Sargas no podía sentirse más satisfecho.
Polidamas, sin embargo se encontraba frente a otros dos soldados que se dirigían a el tanto por delante como por detrás, enarbolando unas sencillas lanzas y protegidos por escudos.
Viéndole acorralado, Milo se preparó para acabar con esos dos de un golpe, pero Sargas le retuvo por el hombro.
—Déjale, es su momento de gloria. Y nosotros debemos ocuparnos del resto que por ahí vienen— dijo al sentir la algarabía de voces de alarma que se habían desatado.
Polidamas esperó a que sus contrincantes estuvieran cerca de él. Antes de que se abalanzaran sobre él, el sirviente se agachó y giró sobre sí mismo, arrastrando la pierna derecha para derribar a ambos soldados. Éstos cayeron al suelo sorprendidos por la agilidad del sirviente, quien se posicionó de un salto detrás de ellos.
Al incorporarse, recibieron de lleno una ráfaga de puñetazos que los dejó malheridos. Como golpe final, Polidamas golpeó con su puño izquierdo el vientre de uno, cuya espina dorsal se quebró como si fuera una rama.
El crujido hizo que el otro soldado tratara de huir, para que fuera apresado por el griego y su cabeza fuera reventada de un gancho. Decapitado de un puñetazo.
Milo se quedó boquiabierto al ver cómo Polidamas se había librado tan fácilmente de aquellos dos.
—¿Decías que no sabía pelear?— sonrió el sirviente tomando posiciones ante la nueva horda de soldados que entraban en tromba en la sala.
[Cárcel del templo de Sekhmet]
—Es inútil Serket. Estamos atrapados— dijo Bastet, haciéndose un ovillo y reposando su cabeza de gata entre las patas delanteras.
La diosa Escorpión, no había dejado de increpar a todos los vasallos traidores, a Sekhmet y a Neftis. Ni su poder más fuerte, Aguijón Dorado, podría romper aquella cárcel.
Inútilmente lanzó el poderoso ataque contra la pared, pero ésta sólo levantó un poco de polvo.
Exhausta, se arrodilló y golpeó con sus puños el suelo.
Horus la observaba desde el fondo, con los grilletes apretando su piel. Especialmente diseñados para burlar hasta las transformaciones animales. Aún cuando se convirtió en un halcón, sus patas y sus alas seguían asidas por aquella prisión.
—Déjalo cariño…sólo conseguirás hacerte daño— masculló, preocupado por el estado de su esposa. Ella ladeó la cabeza y suspiró profundamente. Hathor acarició a la mujer, entonando una bella melodía para calmar los ánimos.
No bien había comenzado a cantar, cuando escucharon una algarabía fuera.
—¿Qué ocurre ahí fuera?— dijo Horus, incorporándose como pudo, para atisbar por la pequeña trampilla lo que sucedía.
—¡Cogedles, que no escapen! ¡Panda de inútiles! ¿Es que tengo que hacerlo todo yo! ¡A vuestros puestos!
La voz de mando férrea pertenecía a Ramsés, quien corría de un lado a otro enfurecido por el revuelo desatado. Los gritos de dolor, las voces apagadas súbitamente. Todo era un caos y una confusión latentes.
Pronto, el capitán de las tropas de Sekhmet, percibió al enemigo claramente. Frente a él, tres hombres que se abrían paso entre la multitud a base de matar a todo aquel que se interpusiera en su camino.
Ramsés desenvainó su khopesh.
—De aquí no váis a pasar…
[Interior del templo de Sekhmet]
—¿Tú desde cuando sabes pelear?— preguntó Milo, maravillado ante el portentoso ataque de Polidamas, que de un solo puñetazo rápido como un trueno derribó a cinco soldados que corrían directos hacia ellos.
—Hay muchísimas cosas que no sabes de mi, canijo. Ya te enseñaré unas cuantas al terminar esto— dijo lanzándose a por otra pequeña horda.
El joven escorpión sonrió de medio lado y se lanzó guiado por Aguijón Escarlata hacia otro grupo de guerreros de Sekhmet.
Entre el alboroto, Sargas se abría paso de igual modo, haciendo caer a todos y cada uno de los soldados a su paso, a base de Restricción y Colmillos de Serpiente. La Ilusión de Cobra distrajo a los que se apostaban junto a la cárcel.
El griego se acuclilló, buscando la forma de abrir aquella extraña puerta, palpando alrededor de ella.
Antes de que pudiera averiguarlo, un sable se clavó contra la pared frente a sus ojos.
—Volvemos a vernos, griego— masculló una voz, que Sargas reconoció al instante.
El capitán sustrajo la espada de la pared y señaló el pecho del guerrero de Atenea con una mirada de desprecio —. Sí Sargas, soy yo. Ramsés, capitán de la orden de Sekhmet. Me debes un combate…
Sargas desafió con su mirada oscura a su interlocutor.
—Sea, pues.
NOTAS:
Khopesh: especie de sable que usaban los antiguos egipcios para la batalla.
El templo de Sekhmet y Ptah se halla dentro del recinto de Mut, en Karnak, un poco apartado.
Como dije en capítulos anteriores, los ataques de Sargas son muy parecidos a los de Milo, que para eso es su maestro. Como invención, pues Colmillos de Serpiente es parecido a Aguijón Escarlata, pero sólo los lanza de dos en dos; por ello en lugar de lanzarlos con sólo el dedo índice, emplea además el corazón. Como dentro de poco abriré una cuenta en DA, se podrá ver la pose que emplea Sargas para ello, ya que he realizado un fanart del mismo.
Otro de los ataques, aparte de Restricción (que en su caso sería como la constricción) es la Ilusión de la Cobra. Sería como crear un señuelo ilusorio, para despistar al enemigo. No es como las ilusiones que crean Shaka y Saga, sino más bien como crear una distracción. Esto lo he tomado de las cobras, que despliegan esa especie de capucha, cuyo fin es disuadir al enemigo si está de frente o asustarlo si lo ve por detrás, ya que esta "capucha" suele poseer un motivo de aspecto ocular.
Además he incluido un par de ataques más, pero que se verán en posteriores capítulos, ya que aún no se ha visto forzado a realizar ataques más potentes.
Bien, primeras batallas y a la espera de más. Espero que os haya gustado este capítulo, ya que empieza la ronda final.
¡Un abrazo y muchas gracias por leer y comentar!
