Los personajes son de Meyer.

LA MUJER DEL CANÍBAL.

Capítulo 38

Aullando a la Luna

Andante


Carlisle está de vuelta en la gira, su privado viaje relámpago a Nueva York no tuvo el éxito esperado, Esme no acudió a la cita y el abogado que la representaba usó una sola palabra: divorcio. No estaba de buen ánimo y ver que Eddie y Bella tiene una tregua lo pone peor; en su pequeñez de espíritu, no acepta que su pupilo tenga algo de paz «el amor no vende», se molesta en extremo con las miradas lánguidas del líder de la banda y qué decir de la magnética presencia de Isabella, el odio por la pequeña mujer se acrecienta al comprobar la teoría que se planteó el mismo día que lo vio volver de San Francisco: Isabella aparta a Eddie de su naturaleza caníbal y eso no era bueno, necesita al maldito de siempre, drogado, sucio y demente. Necesita que esté al borde para poder estrujarlo sin contraposición y darle la patada final cuando solo quedaran sus huesos.

Los ve medidos en público pero cada vez que vuelven de una escapada relámpago el olor a champú en sus cabellos no logra tapar el olor a sexo que traen sus cuerpos; sabe que los celos de ambos son el detonante, entonces decide que moviendo las fichas correctas los tendrá de nuevo como el perro y la gata.

Amsterdam es el lugar elegido, alude razones de salud para cancelar dos concierto pero al mismo tiempo cierra el bar de moda para celebrar una gran fiesta que, según sus cálculos, se convertirá en una enorme y loca orgia; las redes sociales y la prensa harán el resto. Eddie y su apetito por la destrucción es una presa fácil para Carlisle, cuando preguntó quién era el enfermo, el manager no dudó en decirle que tener apenas el quince por ciento de las localidades vendidas de los dos conciertos, bien merecía que todos se enfermaran. Cullen sabía que el reventado ídolo no iba a cuestionar ese dato y que por el contrario, resiente el fracaso ya que odia perder en lo único bueno que hace.

Todo es una locura, la magia de la caravana en casa rodante desapareció, Bella trata de sofocar la ira de su esposo, pero ningunas de sus tácticas resultan, él la grita, la grita con furia, está perdiendo lo único que puede controlar que es su público y siente que nada puede calmarlo. En aquel despliegue de rabia la saca con rudeza de su entorno para luego sorprenderla en la habitación del hotel y desgarrarla, hasta la cocaína le parece que ya no es lo mismo, siente que solo envenena su sistema y busca por las calles una droga diferente que lo alivie. Desaparece dos días y la prensa hace un picnic: «Ebrio, cayó en su moto en uno de los canales del Grachtengordel», «Rompió un escaparate del Barrio Rojo y tuvo sexo con la prostituta a la vista de todos», «Sorprendió a su esposa con un amante, abandonó la gira y se fue a vivir a una casa flotante», «Cantando en Leidseplein se enfrentó a golpes con un borracho y quedó herido de muerte»; titulares y titulares, suposiciones, inventos para atrapar lectores y, en medio de esa locura, Isabella lo espera llena de miedo, la única señal de vida verdadera fue que llamó a Carlisle diciendo que tuvieran todo listo, que se presentaban en Rotterdam y que solo quería agradar a su público. Faltando menos de tres horas para la presentación su voz aguardentosa resuena en el hall del exclusivo hotel.

—¡No he muerto, malditos hijos de puta! Aún estoy aquí.

Isabella lo escucha desde su habitación y no puede contener su llanto, siente que su corazón vuelve a latir, corre al espejo y se ausculta rápido: rostro lloroso, demacrado y ojos llenos de miedo; se vio como una esposa que espera el telegrama de su marido muerto en el campo de batalla. Así como está, quiere salir corriendo, abrazarlo y decirle que no le importa cuán mal herido esté, que ella velará por él; pero no, es Eddie Caníbal y la destruiría solo por placer si descubre que ha estado esperando su regreso.

—¿Qué?, ¿no soy el rey? Quiero una botella de vodka, esta noche voy a follarme a esa ciudad histórica. ¡Alégrense, malditos idiotas, estoy vivo!

El grupo que salió a recibirlo se pone en movimiento, solo quedaban en el hotel los técnicos de guitarra y los rodies de seguridad y choferes, además de Seth y Carlisle, que estaban esperándolo.

Ella, en su habitación, lava su cara, peina su cabello hasta dejarlo liso y brillante, pone algo de brillo en sus labios y un poco de rubor, aplica perfume en su cuello y como siempre hace desde niña, esconde el temblor, el miedo y la felicidad de verlo. Él la espera.

El ídolo del rock no recuerda donde fue, solo sabe que despertó en medio de la campiña holandesa y que olía a licor y a vómito, se siente un despojo humano y está furioso. Odia ser un perdedor.

Pasa por el lado de Carlisle.

—No he muerto aún, así que ¡púdrete!

Carlisle sonríe.

—Vamos, Eddie, ve a buscar a la pequeña mujer tatuada, aunque no sé si te estará esperando, tú sabes cómo son las mujeres, ¿verdad?

Es una puñalada certera que cala muy hondo. Camina cinco grandes pasos, la puerta de Isabella se abre, ambos topan sus miradas, él quiere decirle que aunque la tentación de irse y desaparecer era grande, regresó, y ella desea decirle que no durmió esperándolo, pero no dicen nada, y fingen. La apariencia de Isabella lo enloquece, es como si ella se hiciera más hermosa con los días, no la puede retener en sus pupilas porque al siguiente segundo Bella se hace más hermosa y él, no le importa.

—¿Nadie ha calentado tu cama estos días Bellita?

—¿Alguien ha calentado la tuya, cariño?

Ninguno sonríe, Eddie voltea hacia donde está Seth y los rodies que esperan la voz de mando para dar comienzo el viaje a Rotterdam.

— ¡Vámonos! —levanta la mano envuelta en un puño—vamos a que nos devoren las fieras.

A las horas Eddie levanta la ciudad y canta a voz desgarrada, no importa que no haya dormido o comido, dos botellas de vodka y un buen pase lo hacen ser un tornado.

Isabella no ha ido a verlo. Él cantó su canción.

El manager espera; terminado el concierto la fiesta se instala en los autobuses que los lleva de vuelta a Amsterdam, Eddie busca a su mujer y no la encuentra, desiste, está feliz porque recuperó a su público, para él todo ha sido un éxito, la promesa de joder la ciudad fue cumplida y no le molesta que las mujeres lo toquen, que deslicen las manos por su bragueta, no las detiene, una de ellas toma su boca y mete su lengua hasta su garganta provocándole asco, no quiere ser besado por nadie, tira a la mujer lejos.

—¡No jodan, perras! Estoy muerto si no es para la mujer del caníbal.

—¡Vamos, Eddie! Deja que yo te resucite, soy mucho mejor que esa inútil mujer tuya.

La turbiedad de los excesos no toca el pensamiento que sostiene: en el mundo con su mariposa nadie más existe y, aunque lucha contra ello, ante los demás, lo defiende.

—¡Paul, aquí hay una de las tuyas! ¡Toma, ven por ella! apuesto que se deja meter lo que sea por donde sea.

A la hora, la fiesta está en el hotel, Carlisle cede su suite para celebrar a sus «niños», famosas, y otras no tanto, modelos son las invitadas de honor, todo el octavo piso arde con el exceso. Seth, que sin los exceso es un hombre tranquilo y hasta tímido, hace su acostumbrado show de imitaciones para divertir a un trío de "angelitos", Harry bebe dos copas y después se escabulle hacia sus habitaciones, tiene una cita sexy con su esposa por Skype, Paul se divierte, no tiene problemas con que chicas hermosas y con incipiente fama lo usen de peldaño. Eddie observa al equipo, está ebrio, ido, cansado y furioso, se da un pase, la nariz le arde, le duele su cuerpo, pero continúa.

Es de madrugada, va al dormitorio, identifica un espacio en la gran cama, escucha una voz aterciopelada con fuerte acento que lo invita y cae.

El mundo trepida con rapidez, el mundo se mueve ¿Por qué hay mariposas a su alrededor? Quiere tocarlas, pero se le escapan, una sombra oscura se instala en frente.

Vamos a salir de aquí, mi amigo.

—Sí.

¿No quieres correr, Eddie?

—Siempre quiero correr, siempre.

Fija su mirada en la sombra, sabe quién es, sabe que está a su lado, los ojos ebrios son brillantes y curiosos.

Seremos grandes, tú y yo, nunca miraremos atrás, cambiaremos nuestros nombres y comenzaremos de cero.

Una risa sorda sale de su garganta, las mujeres lo tocan, una de ellas tiene una de sus manos dentro de su pantalón y va hacia su pene, él solo siente frío y conversa con ese que está tan cerca.

Tú cantas y compones, yo toco la batería.

—Apestas con la batería.

No seas tonto, Eddie, soy tan bueno como tú en todo.

No eres bueno en nada, Jasper. Estás muerto.

La sombra se acerca, siente su presencia susurrando en su oído.

No lo estoy, es una broma Eddie, una broma, te espero en la salida del pueblo, tengo todo listo, tu auto, mi moto, todo preparado, nos largaremos lejos de este lugar.

¿Vas a esperarme?

La sombra asiente, Eddie no ha hablado, no ha abierto su boca, sin embargo mantiene esa conversación, mientras intenta atrapar mariposas.

La mujer desea que el líder de la banda se caliente, pero su polla es flácida, y él parece no importarle.

—Vamos, Eddie, cariño, dámelo.

Edward se enfrenta con la chica morena de enormes ojos oscuros, su boca es otra boca, y su rostro es otro.

— ¿Me amas, Mariposa?

—Oh si, Eddie, te amo.

—Te amo más.


Bella durmió a penas esperando a que él apareciera, estaba ilusionada con que huyera de esa estupidez y la buscara para refugiarse en su piel, sabía que estaba harto, cansado, y hambriento.

Que tonta, que tonta, Eddie Masen no tiene remedio, no cambia, es malsano para él mismo.

Camina por el pasillo, todo está en silencio ¿Por qué lo busca? Es la costumbre, siempre lo hace, está acostumbrada a escudriñar en medio de los restos del desafuero y darle un café, ofrecerle el desayuno, ver si aún respira, mirarlo y decirle que su cama está aún caliente y que sueña amanecer junto a él.

La suite del hotel huele a alcohol, a marihuana y a sexo rancio, tiene terror de lo que se va a encontrar ¿qué esperaba? Avanza con precaución y se encuentra con tres chicas desnudas durmiendo en un sofá, todas rubias, muy delgadas y bonitas, son unas niñas, escasamente tienen la mayoría de edad, engañan a todos con sus maquillajes recargados, ¿sus padres no las protegen? Un hombre borracho va hacia ella y está completamente desnudo, Bella aparta la vista de éste que está tan ido que parece no verla ¿Por qué no huye de allí? Va a desandar sus pasos cuando ve una imagen que la desgarra: Eddie, desnudo boca arriba y dos mujeres durmiendo a su lado. Grandes lágrimas corren por sus mejillas.

¿Qué esperabas, Bella? ¿Creías que él no estaría en este lugar haciendo lo que Eddie Caníbal sabe hacer? eres tonta, muy tonta, se acostó con esas mujeres, no le importas, no le importas.

No puede evitarlo, y da grandes zancadas entre los cuerpos de los que están dormidos en aquella habitación, se estaciona en los bordes de la gran cama y observa a Eddie, los celos, el dolor, y el asco la corroen, quiere destazarlo por ser tan él, quiere cortar su pene y dárselo de comer a los perros de la calle, quiere golpearlo y decirle que es un animal al que ella ha amado con desesperación.

Una de las chicas hace un ruido, la otra ronca como si tuviese un motor en su garganta, y Eddie duerme tranquilamente, nunca ha dormido con ella y él da a otras el precioso espectáculo de su cuerpo desnudo, tatuado con su Apadravyaengarzado en su poderoso sexo.

¡Maldito!

Va al baño, ha agarrado una de las cubetas donde colocan el champaña, la llena de agua hasta el borde y vuelve a la cama donde su esposo duerme, tira el agua helada con fuerza, las chicas gritan, espantadas, Edward solo atina a abrir los ojos y no ve a Bella quien ha corrido de nuevo a la ducha y vuelve con otra cubeta de agua.

—¡Fuera todos de aquí!

Vacía el contenido sobre los cuerpos dormidos se despiertan, las mujeres chillan, hay un paisaje de senos, coños depilados, mujeres y hombres aún ebrios.

Edward se medio yergue, otra cubeta de agua lo sorprende.

—¿Qué diablos, Isabella?

Los ojos de ella chispean de rabia, él voltea y ve las dos mujeres a su lado que no saben ni para donde caminar porque el agua fría las dejó petrificadas.

¡Diablos! ¡Diablos! —Eddie entiende lo que allí ocurre, ¿acaso se acostó con ambas?

—¿Quién es esa maldita loca? —pregunta una de las chicas.

—Mi mujer.

Bella grita que todos se larguen, su cabello está revuelto, y su pecho se alza respirando con rapidez. Edward cierra los ojos una y otra vez, no puede recordar nada, no sabe si durmió con aquellas dos perras, ruega que no lo haya hecho.

¡Maldita sea!

—¡Ustedes dos! —Isabella señala a las dos chicas— ¡cúbranse y lárguense de aquí!, o si no las saco yo misma de los cabellos.

Edward levanta la ceja, es hermosa y está loca, algo en ella es tan divertido, excitante ¡tiene celos! ¡Tiene malditos celos! Es tan egoísta y malvado que aquello lo hace feliz. Suelta una carcajada, al ver como las dos morenas agarran sus mínimas prendas y se las colocan rápidamente.

—¡Perra! —grita una de ellas.

Isabella camina hacia ella.

—Y de pelea, ¿quieres probar?

La mujer se retira rápido, la otra, una chica mucho más alta que Bella, voltea hacia Eddie.

—Es una lástima Eddie que tengas esta psicópata como mujer, quizás la próxima vez tengas mejores ánimos —mira con hambre el pene de Eddie adornado por el aterrador piercing— quería comerme todo eso.

Isabella toma su teléfono y le saca una foto

—¡Tres segundos para desaparecer! Si vuelvo a verte cerca de mi marido, subo esta foto a la red y tu carrera promisoria de "angelito" se acaba.

Eddie tiene una ráfaga de lo ocurrido la noche anterior, dos chicas, una de ellas tocándolo, la otra besándolo, ambas tratando de meter su verga en sus bocas, él se niega, impotente, sin deseo de nada, añorándola y soñando con espectros que lo invitaban a escapar.

Descansa, no ha follado con ninguna ¡maldita sea, gracias!

A los cinco minutos la habitación está despejada. Ahora con la conciencia de que no hizo nada, tiene la sartén por el mango. La observa frenética y furiosa, ella se le acerca, un mechón de su cabello oscuro está pegado a su frente, uno de los tirantes de su camiseta caen sobre su hombro dejando ver parte de su sostén de encaje, mientras que una de las estrellas de su tatuaje relucía.

—¿Al menos usaste condón, Eddie?

Él se para desnudo, el agua chorrea por su pecho, agarra uno de los cigarros y lo coloca en su boca.

—¿Te importa?

Bella estampa una bofetada en su mejilla, haciendo que el cigarro vuele lejos de él.

—¡Eres un idiota!

Va hacia la puerta, Eddie la sigue, mira su culo, observa el tatuaje, el cabello ondea, es la misma chica ruda del bar, la misma chica que orgullosa se paró frente a un pueblo y lo desafió ¡jodida cosa bonita!

—¡No tuve sexo con ellas!.

La pequeña esposa se detiene y gira rauda con sus ojos de rabia.

—No te creo.

—Pues, créelo pequeña, no me follé a ninguna.

Un gemido seco y ahogado sale del pecho de Isabella ¿porqué había de creerle? No es como si él le fuera fiel, no es como si Eddie Masen fuera un esposo de verdad.

Lo empuja con fuerza lejos de ella.

— ¡Hazlo! Acuéstate con media Europa si es lo que quieres, Eddie Masen, ¿Quién soy yo para decirte si puedes o no? lo nuestro es un contrato, no un matrimonio real, no tengo porque hacer esto; pero, evítame ser la esposa cornuda y estúpida del Caníbal, no tengo porque ver a tus pollitas revoloteando y burlándose de mí —trata de abrir la puerta, pero la fuerza descomunal de Edward la cierra.

—No me acosté con ellas, ¡maldita sea!, estaba tan drogado que no me acuerdo, pero lo único de lo que estoy seguro es que no tuve sexo con ninguna.

Otra nueva aspiración por parte de Isabella, hace un gesto burlón que guarda un dolor asfixiante.

—¿Porqué me amas, Eddie?

El rostro del hombre es impávido, traga en seco, y el sabor de una semana de desafueros es amargo en su paladar. No contesta y se aparta. Isabella abre la puerta y se va.

Carlisle sonríe sabe que otra vez tiene a su ídolo del rock, adiós al hombre que jugaba a tener familia, bienvenido días de ira. Y así fue, Masen las emprende contra todos, pero sobre todo contra él mismo, se transforma en el tirano que era en los tiempos de capitán del equipo de futbol de la secundaria y convierte los ensayos en una preparatoria para un concierto clásico más que para una banda de rock, se molestaba por la falta de tempo de la batería, por una entrada tarde del coro, por la nota inexacta del bajo, por todo grita, insulta a todos y ha intentado pelear con Paul y hasta con el mismo Harry. Durante dos semanas ha estado como loco, pero eso le gusta a Carlisle, sabe que aquella locura se convierte en energía extraordinaria en los conciertos lo que sostiene su condición de estrella de rock.

Sin embargo, no es como antes, da la impresión que la presencia de Bella lo ha vuelto débil, la sigue por todas partes, ella es la fuerza que lo mantiene a tierra, aunque él tire la cuerda de vez en cuando. Sangra por ella, y sangra por la cocaína que aspira como si fuera aire. El manager espera el colapso.

Están en Oslo, el frío es intenso y la ciudad, oscura; la casa discográfica para evitar otro incidente como el de Ámsterdam evitó los hoteles y arrendó casas para toda la gente el resto de la gira. Bella toma posesión de su habitación, cumple con su trabajo eficientemente, tanto que se ha mimetizado con el caníbal; baja y sube de los aviones con él, es una rock star más, con sus tatuajes y piercing se ha convertido en una tendencia de moda; sin embargo, sigue con sus dibujos, su música y su tallado en madera, hace los bocetos de su futura casa y todo lo que en ella desea. Ha descubierto el facebook de Rosalie y disfruta mirando a su pequeña Nessa, la señora McCarthy tiene cientos de fotos de una niña pequeña, inocente, que se ve muy feliz en su escuela, con sus padres, con su deporte y que está aprendiendo a tocar el piano.

Es feliz viéndola feliz, la ama tanto y verla hace que soporte todo, es infeliz sabiendo que su hija es lejana e intocable, entiende que debe dejarla ir, sin embargo allí parada frente a la tormenta la protege de todo, Vanesa seguirá siendo esa niña, la niña que vive en un mundo de color rosa y de unicornios aunque eso signifiqué no tenerla. Es la maternidad, siempre lo ha sabido, desde el mismo momento en que ella aleteo en su estomago.


Algo sorprende a Carlisle y a los de la banda, pero no a Edward, la canción que ella cantó es ahora número uno en las descargas y lidera los ranking de las estaciones del mundo, la canción es acústica, cantada con voz gruesa, donde una guitarra y un bajo son lo que la acompañan. Con esta canción la banda parece enfilarse a otros rumbos

Isabella parpadea ante la noticia dada por Harry.

—No es buena canción, él la mejoró, Harry, Eddie es el genio.

—Sin embargo, es tuya, es tu canción, date un poco de crédito… además, él lo ha gritado a los cuatro vientos.

—Es un golpe de suerte —en la cocina de la mansión Bella le sirve comida al baterista.

—¿Suerte? Mírame, niña, no he podido jamás componer una estrofa en mi vida, es talento, lo sabes, lo sabe Carlisle que es un idiota, lo sabe Edward, me ha dicho que tienes más.

—Suerte o no, esa canción está llenando nuestros bolsillos.

Paul entra a la cocina acompañado de una chica muy joven y de rasgos exóticos, parece muerta de hambre, se saca el abrigo de piel sintética y muestra su cuerpo esquelético atrapado en un mini vestido; sin pedir permiso, toma una cuchara, la mete a la sopera y prueba, dice algo en su idioma ¿sueco? ¿finés? ¿noruego? y hace indicaciones para que le sirvan.

—Dile a tu "sobrina" que Bella no es sirvienta y que esto no es un restaurant —Harry detesta ese tipo de chicas quienes creen que a punta de sexo ordinario van a poder estar en la órbita de la fama.

—¡Púdrete, Harry!, no te metas en lo que no te importa.

Isabella sirve algo de borscht en el plato de la inesperada visita.

—No voy a negarle un plato a nadie pero, come y se va, no puede quedarse aquí, Paul.

—¿Miedo a que el Caníbal la quiera para él?

—¿Se la traes de regalo? —Isabella lo mira desafiante.

—¡Idiota! —Harry se para en su estatura— la chica es una bebé.

—¡La perra y el cura! —el bajista no mide su desprecio—. No me jodan, esta casa es para todos y yo traigo a quien se me de la puta gana.

—Paul ¡basta ya! Sabes muy bien que algo como lo de Denver no puede volver a ocurrir.

— ¿Denver? —Isabella pregunta, en esa ciudad vive su alma.

Paul arrastra a la chica con el plato de comida y se sienta con ella en el extremo más alejado de la mesa.

—Fue lo peor —Harry rueda los ojos lleno de impaciencia— casi acaba con la banda. Es parte de la historia negra de The Carnival. Solo te diré que nos salvamos por un pelo.

Ella quería preguntar más, pero se detuvo, solo pensó en como Edward había estado cerca de su niña.

No sabía cuánto.

En la planta alta una guitarra suena, Edward ensaya con la guitarra, Isabella deja de respirar cuando escucha su hermosa voz, quiere ir hacia él y volver a esos días de Alemania cuando, envueltos en un halo mágico, hizo que él le cantara "La llegada del sol" diciéndole que todo estaría bien.

Lalalala…

—No se acostó con las chicas —Harry suelta la frase, mientras ella mira hacia arriba escuchando la voz de su esposo.

Isabella mira fijamente a Harry, lo interroga con los ojos. El hombre sonríe.

—¿Qué?

—Una de las mujeres vociferó a las otras chicas que Edward… —la palabra soez no salió de su boca— tú sabes.

La pequeña niña tatuada baja sus ojos al frió suelo.

—Eso no cuenta, Harry, el alcohol y la droga pueden…

El baterista suelta una carcajada y no la deja terminar, sus ojos oscuros chispean con fuego y picardía.

—Soy hombre, Bella, y si alguien sabe de vodka y droga, ese soy yo, y cuando conocí a mi esposa no era mi mejor época, pero siempre fui un soldado listo para la acción —le guiña un ojo— con ella, las demás murieron para mí —Harry se le acerca suavemente— no creo que contigo Eddie Caníbal dispare balas de salva aunque este ahogado en alcohol.

El sonrojo de Isabella confirma la aseveración del baterista; Edward siempre ha llegado a ella, ido, loco, bebido y la ha llevado al cielo, le ha arrancado pedacitos del alma y nunca nada es poco para él; en Roma pensó que moría de placer. Amor, dolor, sexo y… música, sexo, alcohol para siempre terminar en sexo y ese algo enigmático entre ambos.

—Quizás no lo hizo, pero lo hará.

Harry agarra un segundo plato de comida, esta vez, carne asada y puré de calabaza y acelga, se sienta a la mesa, cerca de ella y parte un pedazo de bistec.

—Quizás no.

Edward se escabulle también, se saca el suéter y queda en camiseta, la temperatura templada de la casa es más alta en la cocina, la palidez de su rostro y el color oscuro de su ropa le da un extraño halo de vampiro en la oscuridad. Ignora a Paul y a su amiga, hace un gesto mínimo de saludo a Harry y se sienta a su lado. Bella sabe que viene por más, que no está satisfecho y le sirve una ración.

— ¿Quieres más? está caliente, y hay café también.

—No —la voz lo sorprende; más, el gesto de empujar el plato hacia a un lado.

—Hice mousse de mandarina, tu favorita.

Voltea para enfrentarse a Isabella, pero no la ve, es solo una ráfaga de viento, algo que se va, un susurro lejano. Se come dos abundantes raciones y el alimento es gloria en su estomago deseoso. En la madrugada vomita, su cuerpo no está acostumbrado a la delicadeza de la alquimia de la sal, el azúcar y las manos mágicas de Isabella.


Londres los recibe, miles de fanáticos los esperan en el aeropuerto. Isabella se desliza fuera del foco inoportuno de las cámaras y el show mediático, después de varios meses todo se repite una y otra vez, gritos, música, chicas y chicos desesperados por estar cerca de sus ídolos y todos se vuelven los mismos rostros, los mismos gritos y el agotador decorado alrededor de The Carnival.

Se arrellana en uno de los asientos de la limosina, ha trabajado intensamente en los últimos días y sus manos le duelen de dibujar, tiene tantos proyectos y todos los aborda de manera compulsiva que más parece un pobre intento de anular la magnética y anárquica presencia de Edward en su vida. Los últimos días fueron extraños, el silencio que acaeció después de lo de Ámsterdam siguió, sin embargo entre el mutismo, se buscaron.

—¿Dónde diablos te metiste?

Ella con su vista en sus dibujos, no contesta. Eddie lo sabe, ha visto los dibujos cuando se desliza subrepticiamente hacia la habitación de Isabella mientras duerme, o cuando está en la cocina o cuando sale a comprar madera. Sabe que dibuja a Jasper, que dibuja unos ojos azules tristes y solitarios, dibuja bosques y una casa de cuento, con jardines de colores. Hay bosquejos de diseños de escalas, habitaciones; canciones de un amor imposible, letras sobre no tener lo que tanto soñaba, canciones de un alguien que la tocó, la amó una noche y luego se fue muy lejos.

Estaba celoso de ese fantasma, celoso de aquel recuerdo, de aquellos días en que ella habló con él, fue su amiga, su amante, y él… ¿él? pudriéndose, siguiéndola como si su alma estuviese encadenada.

¿Qué maldita cosa hubo entre ella y Jasper? ¿Qué fue lo qué ocurrió entre ambos que hizo que él muriese y que ella pareciera no poder despegarse de él?

¿La amaste Jasper? ¿Tanto como yo?

El aire era ardiente y le quemaba los pulmones.

¿Lo amaste tú, Féilea? ¿lo amaste, Bella Swan?

Queriendo revertir el asco y los celos se dijo:

¿Qué te importa? ¡Y no la amas, Eddie! Solo extrañas su puto coño.

Pero estaba obsesionado, quería saber cómo fue cada segundo entre aquel amigo e Isabella. Si lo sabía quizás podría enterrar esa sensación de pérdida inexorable que le dejó Jasper en su vida, quizás así se dejaría de sentir menos culpable, quizás podría comprender el secreto místico de su mujer.

La mujer.

La de Jasper, más que de Edward Masen.

Y dobló su consumo de cocaína.

Como una medida de seguridad ante hechos de violencia terrorista, la ciudad de Londres ha suspendido durante cuatro semanas todos los actos públicos, para Carlisle era una maldita perdida de dinero, tanta estúpida paranoia en el mundo ¡lo odiaba! así que se optó por adelantar los conciertos en Moscú y Tokio, Edward estaba en su punto, repleto de droga y fuego, incontrolable y lleno de celos por su esposa y no estaba dispuesto a desperdiciarlo.

—¿Dónde estabas?

—¿Quieres largarte?

—¿Por qué siempre que te busco me huyes?

Carlisle lo sabía y sonreía cual hiena antes de comer carne, Isabella le negó su sexo, y él con su rabia y deseo se puso peor.

— ¡Bien Bellita! ¡Muy bien!—murmuraba entre dientes.

La noticia fue que se abrían nuevas fechas en Rusia y Japón, la agenda sería muy apretada así que se optó por reducir la cantidad de equipos y personas en la troupe. Las novias, amantes… esposas, estorbarían.

— ¡No voy a dejar sola a Isabella, aquí! —los ojos azules relampagueaban.

—Son dos semanas, Edward, y no en las mejores condiciones.

— ¡No!

Eddie tenía una botella de vodka en su mano, y caminaba como tigre aprisionado en la casa a las afueras de Londres donde todo el tinglado Carnival se alojaba.

—Por favor, Eddie —Carlisle con una sonrisa guasona se le quedó mirando— ¡Cómo si te importara! —se le acerca— ¿te importa la pequeña zorra tatuada? ¿Crees que se acostara con alguien en esta ciudad? —soltó una teatral carcajada— ¿estás celoso, Romeo?

No contesta, se va frenético hasta su habitación y la sorprende dibujando, concentrada, ante tal interrupción, ella grita y los ojos de él van hacia el papel que Bella trata de ocultar, da un paso furioso hacia ella.

—Se agregaron fechas en Rusia y Japón —las pupilas danzan de un lado a otro, Bella se para en la punta de los pies; él, enajenado, le quita el dibujo, el sonido de su mano arrugando el papel es rabia, celos por un rostro desconocido que lo carcome; sin embargo para ella, es la hija adorada que ese día está cumpliendo once años de edad.

—Voy a empacar.

—No vas.

Bella parpadea y frunce su boca en una mínima O de tristeza… Ya se está cansando de mi… ya no le sirvo. Baja la cabeza.

—Está bien.

Edward retrocede, oculta la desilusión, esperaba, al menos, que preguntara por qué.

—¡Haz una maldita fiesta! ¡Descansa de mí! Tienes una cuenta repleta de dólares ¡haz lo que te dé la gana! Te lo aseguro que yo lo haré.

Ese día, Bella se había levantado triste, hizo un pequeño pastel y con una velita canto feliz cumpleaños, era el día del año en que estaba más vulnerable y se atrevió a dibujar a su niña bonita que le sonreía desde facebook con sus padres y amigos.

—Voy a esperarte, Eddie —lo dijo en un susurro— hace frío… yo voy a esperarte.

El caníbal tiene la mano sobre la puerta, hace un mes que no la tiene, y la necesita como el aíre, quiere besarla, morderla, escuchar sus sonidos. Pega la frente a la puerta.

—No necesito que me esperes, no me importa.

Y se fue, y las dos semanas fueron lentas, sin latidos, extrañas con el eco aullante de Edward Caníbal gritando desde la distancia. Aún así, Bella no fue libre de su presencia, porque ella escribía canciones, dibujaba y esperaba que él aunque fuese una vez la llamara.

No lo hizo.

Sin embargo con su alma de mujer caminante hizo lo que no había hecho durante los meses de gira, salió a la calle y sola deambuló por la enorme capital de londinense, fue al Tate Modern donde entendió que su arte rustico no estaba tan mal y que quizás necesitaba un poco más de aprendizaje, tomó café y comió pastelillos en los restaurantes de Piccadilly Circus, cenó en Sharp, fue al Globe teatro y por primera vez en meses río a carcajadas viendo "Noche De Reyes". Se sentó en las orillas del Támesis a la media noche a ver a los artistas callejeros que cantaban y hacían pequeñas obras de teatro. Antes, había estado en la Catedral de St Paul donde, amparada en la atmósfera sacra, prendió una vela por su hija, por Kate ‒que agonizaba en un hospital en Seattle‒ y por Edward e intentó rezar, algo que nunca había hecho pero que sin embargo, a sus veintiocho años de edad, necesitaba.

Con la mirada en el agua y los acordes de las guitarras y los ecos de las voces entendía como durante veintiocho años estar sola había sido el aprendizaje forzado para enfrentar lo que sería un futuro. Su corazón de niña que vio navidades, cumpleaños, y cena de día gracias celebrados por los demás, que añoró una casa y una familia verdadera, no sucumbió y se mantuvo firme, como una roca y se convenció que no debería llorar por algo que no era para ella. Más todavía cuando su sueño estaba atado con fuego a una persona que escupía sobre la emoción, las luces navideñas, las cenas con buena conversación y el concepto de amor y familia. Y su hija lejana… como una estrella fulgurante, pero… lejana, en los brazos de Rosalie, lista para llevársela a su casa.

Hoy, Bella Swan, esa chica con cicatrices, sin hogar pero con dinero en su cuenta de banco seguía siendo la misma: una desarraigada.

Las tres de la mañana, Edward y los demás chicos de la banda recorrían las calles en los autos que los traían del aeropuerto, el frío era endemoniado y llovía, estaba agotado, medio muerto y con hambre, sus cuerdas vocales habían ido hasta el límite y la droga corría por su sistema. Abrió las ventanas del auto, todos gritaron ante la irrupción del aire helado, sin embargo para él ese era su clima, las luces blanquecinas de los faroles que iluminaban las grandes avenidas de la ciudad londinense daban a la lluvia cayendo sobre el asfalto un aspecto brillante; quiere atraparlas, quiere atrapar los diamantes que caen en el asfalto de una ciudad que no conoce y volver donde Isabella.

Dos semanas y nada, mirando el teléfono, masturbándose en los baños, libre para gritar su nombre, repeliendo a las mujeres, repleto de furia, corriendo en los escenarios, imparable, matándose lentamente y negándole a su corazón lo que tanto añoraba. Isabella lo esperaba sentada en la mesa de la casa, lo vio de pie exudando hielo, con su cabello que en Japón había pintado de azul, amarillo y verde, aspecto añejo de un combatible punk. Ambos se miraron y se repasaron como si no se hubiesen visto desde la eternidad.

—Hay café caliente para ti y para los chicos —Edward dio dos grandes pasos hacia ella—. También hay comida —le respiró cerca—. Sé que ha sido un largo viaje —su cercanía la estremeció y mucho más cuando se acercó a su cuello y la olfateó como animal— ¡fuiste un éxito!

—Fui una mierda —fue su respuesta.

Sin ti… dime que me has extrañado como yo, maldita mariposa de mi infierno.

Isabella temblaba, su labio inferior se estremecía ante el frío que exudaba aquel hombre en su piel.

—¡Sírveme!

Isabella se paró inmediatamente, pero el movimiento fue detenido por la mano de él en su brazo y se vio arrastrada a milímetros de su pecho, ambos cara a cara, palabras entre los dos median en el silencio. El gesto de Eddie es maniático, perdido, repleto de cosas por decir, el de Isabella es de esperanza.

—Yo…—ambos hablan al unísono, pero callan.

Y Bella sirve el café y la comida mientras la casa se sacude en el retumbar de la enorme banda que vive el ritmo interior de una enorme batería.

Son las seis de la mañana y unos brazos la aprietan con fuerza, Isabella abre sus ojos a la oscuridad y es entonces cuando toma conciencia quien está tras de su espalda, se queda inmóvil, aligera el respirar y ordena a todo su cuerpo tener calma. Eddie está a su lado, por unos segundos ella espera que él haga su movimiento de desgarrar su ropa y tomarla sin compasión, se odia, pero espera, lo extraña, extraña esa perturbadora libertad de ser esa mujer que es reducida a un negocio donde su sexo es lo que se compra, no espera nada y no hay ilusión sobre el cuerpo desnudo que la posee. Sin embargo la fuerza voraz del sexo de Edward no llega. Isabella espera unos minutos, los dedos de su esposo se aferran a su cadera, hasta que el apriete cede despacio, el frio cuerpo de Eddie va calentándose y su respiración se regulariza, se escucha la lluvia que cae, todo es silencio, cierra los ojos y retiene la ilusión de que él vino por su cuenta, deja a un lado el hecho de que la droga lo hace un sonámbulo, él está allí y la abraza después de dos semanas, de meses de matrimonio y en donde nunca ha dormido junto a ella.

—Siempre me ha encantado como hueles, Mariposa, es jodidamente bonito.

Para ella el mote de Bellapestosa desapareció en ese momento que él entre sueños confesó uno de los millones de secretos que lo unían a ella, su olor, su cabello, sus ojos, miles que ella desconocía y que no podía entrever. Pero aquel único, pequeño entre los monumentales secretos de Eddie Masen la hicieron feliz. A él le gustaba su perfume, entonces recordó que en ese momento no usaba ninguno.

Ninguno de los dos habló sobre cómo se toparon, enlazados en la cama como dos hiedras después de catorce horas de sueño.

La temporada de conciertos comenzó un sábado, toda la ciudad confluía en el gran estadio y la ciudad que paranoica bajo la amenaza de ataques llegó a escuchar a aquel que en la radio había incitado al desorden.

«Estoy decepcionado, esperaba a un Londres anárquico y sin miedo, todos como cucarachas asustadas ¡vamos! Saquen sus culos de su casa, vayan al concierto, demuestren que soy hijos de la jodida reina y que pueden contra los idiotas que joden sus putas mentes»

Y así los boletos se dispararon, Eddie lleno de cocaína en la estación de la BBC solo con su guitarra cantó varias de sus canciones, una de ellas fue la que su mujer le había insinuado algunos arreglos, los cuales hizo, era un éxito seguro, cantó la que Bella compuso y dos más, Harry colaboró para que ella lo permitiese. El video en Youtube a los dos días tenía millones de seguidores y las canciones insinuaron al mundo que la nena trofeo de Eddie Masen era mucho más.

—¿Piensas seguir componiendo con tu esposo?

Los periodistas la bombardearon a la salida del concierto.

—¿Son tus canciones o el talento de Eddie hizo la magia?

Bella protegida por los guardaespaldas caminaba hacia los autos.

—¿Fue una estrategia publicitaria desde el principio? Todos dicen que su matrimonio es una farsa.

Buscaba a su esposo quien con los miembros de la banda había parado en medio del tumulto permitiendo que lo observaran, las mujeres gritaban y él como centro del mundo con un sombrero vaquero en su cabeza y exultante frente al éxito con un cigarrillo en la mano se mostraba displicente, peligroso y sexy.

—¿Harán un nuevo álbum con las canciones de su mujer?

Paul bufa por lo bajo, odia admitirlo pero las malditas canciones son buenas, dan un aire fresco y tienen un sonido profundo que ninguno había escuchado. Carlisle toma la vocería, que la zorrilla de la mujer de Edward sea un maldito éxito no le conviene.

—No, por supuesto que no.

Edward tira el cigarrillo a la acera, busca a Isabella, pero la ve perdiéndose entre la barahúnda de su gente, odia que Carlisle piense por él, odia sus ojos sanguinolentos planeando cada cosa.

—¡Lo haremos!, es más, pienso que será grabado en Londres, en honor a Londres y a sus calles de diamantes.

El manager trata de ocultar su furia, no puede detenerlo, el muy idiota lo hizo público, y eso era algo que no podía desestimar.

—¡No puedes hacerlo! —le gritó en el auto.

—¡Puedo!

—¿Piensas convertir una banda de rock en una banda de música para mujeres? ¡Es una completa tontería.

—Me importa un pito, nuestro último trabajo apesta —Edward estira sus largas piernas— son malditamente buenas, y lo sabes, además ¿Quién te dijo que debo pedirte permiso? Hasta el imbécil de Paul entiende que son lo mejor que le ha pasado a la banda en muchos años.

— ¿No puedes estar hablando en serio? Solo está para que la folles no para que sea alguien ¿qué sabe ella de música? Su único talento es mamar tu verga gorda, Eddie Masen.

Harry, Seth y Paul, quienes trataban de estar al margen de las discusiones entre el manager y Eddie, entendieron lo que se venía, Paul se hizo a un lado, le importaba nada las discusiones entre esos dos, mientras que Carlisle le diera en su mierda a Eddie, todo estaba bien, Harry se lanza sobre el líder, pero no puede detener el golpe que a puño cerrado asienta sobre la cara del manager.

— ¡Déjame matarlo, Harry! —las ciento sesenta libras de peso del baterista apenas pueden detener la humanidad alterada y violenta de Edward— es un maldito desgraciado.

La sangre sale a borbotones por la nariz de Carlisle.

—¡Es una zorra, idiota! ¿Desde cuándo tantas malditas condescendencias con ella? Sabiendo para lo que está aquí ¡solo para que tengas tu polla alimentada y dejes de ser el imbécil a punto de joder la mejor carrera del rock de la historia!

—¡Cállate idiota! —trataba de zafarse de Harry, la vena de su cuello parecía reventar, levanto su brazo derecho por encima de hombro de quien lo detenía— ¡Te largas, ahora!

—¡No puedes despedirme, idiota!

—¡Esto va a terminar, Carlisle! cuando esta gira de mierda llegue a su fin, todo lo nuestro explota ¡Si no lo hace, te juro que te desollo vivo! ¡Se acabó!

—No vas a sobrevivir Caníbal —y lo dijo como una sentencia— ¡Voy a destruir tu carrera!

—No me amenaces, porque yo puedo conseguir alimañas como tú o mejores en Los Ángeles, pero tú no tendrás nunca más a Edward Masen ¡esto se acabó! ¡Se acabó después de que este puto circo termine! ¡Se acabó!


Isabella tenía la boca medio abierta, y su corazón latía hasta sentirlo en su garganta.

— ¡Dios! Eddie no.

Ella tenía el cepillo de su hermoso cabello empuñado en su mano, mientras que un Edward limpio, sobrio y sonriente como un niño pequeño estaba frente a ella.

—Ponte bonita hoy mariposa, todos te esperan en el estudio, contrate el mejor del mundo, vamos a grabar tus canciones a modo acústico, Harry está emocionado, Seth, también ¡y hasta el imbécil de Paul quiere hacerlo!

—Pero es muy pronto, y mi música no es buena, no soy músico como tú, Eddie.

El hombre chasquea impaciente su lengua contra el paladar, sus hermosos ojos azules que libres de la contaminación de la droga y el alcohol son más limpios y brillantes, camina hacia ella le quita el cepillo del cabello y sin entender la enormidad del gesto comienza a cepillarlo. Bella se inmoviliza, sintiendo como los dedos largos penetran en su cuero cabelludo mientras masajea y peina al mismo tiempo.

—No seas tonta, son grandes canciones Bella, eres una artista.

—Pero no soy como tú.

—Nadie es como yo nena, lo sabes —el Eddie capitán del equipo, coeficiente intelectual que dejaba a sus maestros mudos, y el enorme músico contesta arrogante y juguetón— son cosas de arreglos, una guitarra aquí, un bajo, una batería, cambiar algunas estrofas, hacer riff más largos y serán la putada de canciones —la peina dulcemente, pero es inconsciente de lo que hace, en un momento extraño en el tiempo, donde fluye el simple hecho de que es solo el esposo de una hermosa mujer a la que le gusta peinarle el cabello. Piensa miles de cosas, en los conciertos que se alargaron, en como su entrevista y sesión para la BBC es un éxito, en el imbécil de Carlisle trasladando sus cosas a un hotel y como finalmente se liberará de él, piensa en el hambre que tiene, en como desea fumar, en su ansiedad por la droga la cual finalmente ha hecho que su cuerpo de acero comience a ceder, piensa en los dibujos que ella esconde y que no deja ver, en los ojos de aquel fantasma que lo persigue, y en cómo Isabella Swan ha logrado que el odio merme, y que el deseo de parar sea una constante.

Es asqueroso y alucinante.

Y necesita revertir esa mierda, porque ella lo poseerá por completo.

—No soy compositora, soy escultora, Edward —él roza su espalda, su mano derecha descansa sobre su hombro y por un momento el halo caliente los inunda, no se han tocado en más de dos meses y el fuego fluye como lava hirviente bajo sus pieles—. Mi trabajo es la madera ¿recuerdas?

—Recuerdo un árbol tallado hermosamente en la secundaria y una guitarra convertida en obra de arte.

Bella se aleja, no es algo que quiera recordar.

—Fui culpable de la destrucción de la segunda, jamás de la primera —Edward se adelanta a contestar, sabe que ella lo piensa.

—Fue mucho trabajo.

—Lo sé. Merecías ganar.

—No frente a tu canción, Eddie.

—No la queme.

—Ya no importa, estamos aquí ahora.

— ¿Quieres darme tu maldita música?, no ganaste ese día, ahora puedes ganar, es tu decisión, he estado muchos años en este negocio y he visto gente como tú, pero el miedo les jode la cabeza —da unos pasos hacia ella— mírame, yo no tengo miedo a nada, lo que quiero lo tomo ¡es mío! sé quién soy, no temo a mi maldito talento, eso fue lo que me sacó de Forks —y los celos aparecieron— eso fue lo que mató a Jasper.

—No hables de lo que no sabes, Edward —Bella se hace a un lado— no sabes nada.

— ¿Cuándo lo vas a contar?

—No es mi historia.

— ¿De quién es? ¿Mía?

No sabes cuánto, Eddie.

—Es de Jasper, quizás él un día te la cuente Edward, cuando estés preparado, él te la contará.

Isabella caminó despacio por la habitación, la mano de Edward la retiene y la acerca hacia él, no saben porque ambos unen sus frentes, todo se erosiona, algo muere, el pasado vive en ellos, y el amigo muerto es uno de los ladrillos de la pared que los aparta, pero a la vez es uno de los eslabones que los une.

—Hueles tan bien ¡maldita sea! y yo soy pura mierda.

Ella aspira fuertemente, es increíble que un hombre que lleva música por dentro se desprecie de esa manera, ha sido un trabajo duro, despreciarse para después ser el cabrón que todos conocen. Bella levanta su mano e intenta tocar su mejilla, pero la reacción es predecible en él.

— ¡No necesito tu lástima! No de ti niña perdedora de Forks —su gesto es cruel e irónico, desenlaza sus manos de ella y se aleja— las regalías son tuyas, cada canción tendrá tu nombre y el mío, acepta ahora o llamo a todos en el estudio y cancelo todo.

Carlisle se carcomía, sentado al otro lado del vidrio de la sala de grabación vio como los músicos, con el mismo espíritu del inicio de la carrera, tocaban las canciones de Isabella con arreglos de Eddie y tuvo que tragarse la opinión negativa sobre el trabajo. Los cuatro hombres por primera vez en muchos años dejaron atrás sus rencillas, el mitológico estudio que fue de la Emi en la avenida Abbey Road hizo el milagro, The Carnival, con guitarras, baterías, piano y dulzainas tocaron canciones de viento, lluvia, soledad y silencio aullante, en los mismos estudios de The Beatles.

La grabación tuvo un éxito inesperado, pensada para un círculo muy restringido, debieron reeditarla con un millón de copias más, Isabella aguantaba el maremágnum de algo que no entendía, se vio inmersa en aquel trabajo, sentada al lado de Edward, Harry, Seth y Paul, en una calma ansiosa, donde un esposo oscuro, parado y abrazando su espalda, le enseñaba a tocar mejor la guitarra. El manager solo observaba, acortando el tiempo, entendió que el amor de él hacia ella crecía mientras el caníbal que lo habitaba rumiaba sus intestinos.

Las fechas en Londres se extendieron a Edimburgo, Dublín y Liverpool, venían de todas partes, las fechas en América se postergaron. Edward portada de la revista Rolling Stone casi desnudo mirando la cámara amenazaba con estallar el mundo, su sangre contaminada de música, cocaína y deseo lo hacían imparable, incasable, sin embargo su mujer día a día se retraía más, mientras su sexo parecía querer explotar ¡Demonios! Tenía que acabar, tenía que mirar hacia otro maldito lugar ¿Quién era Isabella Swan? ¡Ja! ¿Quién era?

Dalila la esposa de Harry se encontraba en Londres por esas fechas, era igual de reservada que Bella, compartían el amor por el silencio, las flores, y la comida, aunque la chica una modelo, era de esas mujeres premiadas con un buen metabolismo porque no temía a comer, beber una cerveza y atracarse en chocolate. Harry la amaba locamente y no temía demostrarlo, cosa que a Bella le causaba escozor, por no decir envidia. Ambas podían sentarse a beber una taza de café en la cocina sin hablar una palabra y se sentían cómodas en sus silencios. Esa noche habría una fiesta rock en un bar del Soho, Isabella no estaba ansiosa por ir, Edward era un viento de ráfaga, cantaba, grababa y escapaba, ni siquiera su comida le interesaba, él estaba narcotizado de música, adrenalina y mucha, mucha droga, Bella se despertaba en la noche y lo buscaba encontrándolo con su guitarra, su cajetilla de cigarrillos y sin ánimos de dormir, solo dormía tres horas antes de los conciertos. Ella vivía bajo el miedo latente, él, bajo el deseo constante.

—Tienes que ir.

—No lo haré, Dalila, no soy yo la que importa.

—Cantarán tus canciones, le darán el disco de oro por las ventas del último álbum.

—Él no me necesita.

La chica le hace un gesto negativo y se va de la sala, a los minutos la modelo reaparece con una maleta repleta de ropa, zapatos y maquillaje.

—Me regalan ropa, tengo tanta que no sé qué hacer con ella, soy una chica de pantalones de mezclilla y zapatos tenis ¿te vistes o te visto? No voy a ser la única mujer de la banda, voy por mi hombre y créeme no es agradable ver como todas esas chicas van tras de la bragueta de Harry, ni siquiera entienden que soy la esposa, así que necesito quien me secunde si les voy a sacar los ojos a esas gatas —los ojos grises de la chica son retadores— somos iguales Bella, chicas simples casadas con dioses del rock, estamos allí para salvarlos.

—Edward no quiere que lo salven.

—Pero lo harás, Isabella, lo salvarás, así como yo salvé a Harry ¿vas o te arrastro? Además es hora de que nos divirtamos, bailemos, bebamos cerveza y alardeemos que somos sus nenas.

La pequeña chica tatuada, treinta centímetros más baja que Dalila sonrío, era la sonrisa de aquella que un día se rasuró su cabeza y fue caminando orgullosa a la escuela, la misma que fue con un hombre en una caravana y que aprendió a tatuar, tocar guitarra y componer, la reina de un bar donde hacia a todos felices y la que bailaba con ellos tan solo porque eran sus amigos, era una rebelde ¿Por qué tenía que dejar de ser ella? ¿Tan solo porque amaba a ese hombre que era dañino? ¿Por qué el hecho de que él no la mirase hizo que ella se sintiera pequeña y vulnerable?

Botas altas, pequeña minifalda de cuero, una blusa roja transparente sobre un sostén de encaje negro, todo Dolce, Versace y Mcqueen Dalila que durante sus años de modelo se la pasó tejiendo entre bastidores e indiferente ante tendencias y maquillaje aprendió lo básico: viste para matar, maquíllate para decir que has llegado. Los ojos de Eddie la observaban, sus uñas quieren rasgar el cuero de los asientos del auto.

No quiero mirarla, tengo que ver hacia otra parte, ¿Cuántos faroles tiene esta ciudad? No puede oler siempre tan bien, y no tiene ningún puto derecho a verse así, quiero beber, meter mi sexo en alguna cloaca caliente y así dejar de pensar en su mínima falda negra, música, música, me concentro en el sonido de la calle, los claxon de los autos, el perro de la mujer que ladra a lo lejos, no, no, no, su cabello quiero halarlo… ¡no tuve sexo con esas perras Bella! ¿Por qué tengo que explicarlo? ¡No! ¡Hey soy Eddie, el sexo va conmigo! ¿Tienes bragas de encaje? ¡Dios! que sean de encaje, me encanta desgarrártelo, Mariposa, mi boca sabe a ti, un cigarrillo ¿Dónde diablos los puse? Tengo que tocarla, tengo que… me quedo en su boca roja, sus labios con sabor a cereza, su lengua… Bella, Bella, no juegues conmigo, no juegues, no quiero mirarte pero tú me miras descaradamente y entiendo que quieres lo mismo que yo, ¿con que si, Mariposa sinvergüenza? extrañas que te penetre en los camerinos y que te diga cosas sucias amor de mi vida ¡cállate imbécil! Las canciones de amor no son para ti, no eres de esos Eddie, no tienes una vagina, pero mírala, mírala… ella me quiere… me desea… ¿deseaste así a Jasper, a California, a todos esos perdedores que babeaban por ti cuando eras la reina de ese antro con olor a tabaco rancio? ¿Qué tuvieron ellos que yo no tenga? ¿Qué tienes de mí que ellos no te dieron, Bella Swan?

Los fanáticos los esperan a las afueras del bar, es una función privada, sin embargo varias de las celebridades del país estaban allí, fueron invitadas por las disqueras y ninguna se negaría a ver a The Carnival y a un concierto, ni mucho menos a la exposición mediática que ellos atraían. Edward ve a la media cuadra la gente que se aglutina y el griterío que los aclamaban.

—¡Qué tontería! —agarra una botella de licor y bebe.

Isabella le quita la botella y toma un poco, también. Su boca está allí y ella la extraña, se queda un momento con ella en sus labios y de esa manera puede tener eso que ha negado, Eddie la mira fijo, el ambiente es tenso, hay voces que lo llaman desde afuera, los hombres y mujeres que rodean el auto parecen moverse en cámara lenta. Eddie que no lleva camisa, tiene la chaqueta abierta, el crucifijo que cuelga de su cuello y el cabello extraño le da un aire de duro caminante de las calles de Londres, escanea su cuerpo con ojo de cuervo y mirada nerviosa, desnudándolo, adivinando que ella palpita bajo el estúpido disfraz de esposa del rock.

El auto se detiene y Edward se lanza afuera, todos gritan al verlo aparecer forajido y magnético, el aullido de sus fanáticos es un sonido que hace retumbar todo, el oído de Eddie sufre ante lo metálico y agudo que llega a ser, meses en gira y al final es el único sonido que escucha. Bella en la esquina del auto rezagada ve desde los vidrios polarizados la muchedumbre acordonada por la policía, los integrantes de The Carnival se toman una foto y los flashes de las cámaras enceguecen el lugar, las celebridades pululan y es una fiesta para los periodistas del espectáculo. Dalila y su maravillosa y delgada anatomía sale del auto que está tras del principal donde Bella se esconde, la chica callada frente a todos es la súper modelo esposa de Harry; de pronto la mano llena de anillos de calaveras y águilas de Eddie Masen la incita a salir del auto, Bella llevada como por un imán la toma inmediatamente y en un movimiento seguro, los gritos llegan a unos decibeles que marean, la imagen de los esposos se ve en las grandes pantallas de las calles; él, hermoso y ella, pequeña y delgada abrazada por el dios del rock. En un acto involuntario Isabella gira hacia el pecho de Edward y se esconde en su pecho y él la abraza para protegerla de la locura, él da el primer paso y a los dos minutos están dentro del bar. Un mesero los recibe con una botella de tequilla, Eddie la toma del gollete y se la empina mientras que con el otro brazo le rodea el cuello a su mujer y camina alentándola a seguir su paso, los doscientos cincuenta asistentes aplauden al verlo entrar.

—Señora y señores ¡The Carnival! —una voz gruesa con fuerte acento los presenta— ganadores del disco de platino por más discos vendidos en el Reino Unido.

Paul a cada lado tiene una chica, una rubia y otra de cabello rojo, Seth va solo, Harry abraza a su esposa y Eddie se aprieta al lado de Isabella sin dejar de beber de la botella de licor. Carlisle los observa desde una mesa aislada, no duda de lo que pasará, es un tren desbocado que va derecho hacia el desastre, no se siente culpable, Eddie tarde o temprano se estrellaría con o sin Isabella, y es el único que tiene la fecha de vencimiento de esa enorme estrella del rock.

Las luces rojas y azules señalan el escenario, llamando a la banda, Paul se deshace de las dos chicas y corre tomando el bajo, Harry en tres pasos largos llega hasta la batería, Seth en sus teclados y los músicos itinerantes ya están en su sitio, solo Eddie se hace de rogar. Harry comienza con un toque lento, y Paul lo secunda, esperan al líder quien ha prendido un cigarrillo que cuelga de su boca, solo un momento ha soltado a su mujer, pero vuelve al abrazo que ahora la encadena a su cadera enterrando sus dedos en su carne. Todos lo esperan mientras la música continua, no le importa, está allí solo con ella en medio de esa muchedumbre. La gente se pone nerviosa, conocen el carácter volátil de Masen, temen que en cualquier momento haga un despliegue de su ser impredecible.

—Eddie, debes cantar —Bella le susurra.

Él voltea hacia ella, baja lentamente y sus ojos chocan con el escote que permite ver los pliegues del encaje negro que guarda ese par de bellezas que hace dos meses no muerde, se queda allí hipnotizado, con su sonrisa canalla.

—¿Quieres que cante, Féilea?

Su voz sale ronca de su garganta.

—Siempre me gusta que cantes, Caníbal.

Él se inclina y con su lengua roza el lóbulo de su oreja.

—Cantaré solo para ti, Isabella, para ti.

Retrocede, sin despegar sus ojos de ella, levanta su mano y hace un gesto que lo define ‒y que fue una de las primera portada de su primer álbum‒, con sus dedos hace la mímica de una pistola que se lleva a su boca y besa para después, apuntar a su mujer darle con la imitación de un disparo, luego lo lleva de nuevo hacia sus labios y apaga el humo imaginario de su arma imaginaria.

Hay aplausos y todo esperan a que las largas piernas de Edward lleguen hasta el escenario, seguro de sí mismo se quita la chaqueta que tira al público, Bella está excitada y fascinada por ese hombre que parece tener atado el poder de la fascinación en cada poro de su piel, lo ve tomar la dulzaina, el micrófono frente a él espera la voz rasgada y profunda, sin embargo ofrece por dos minutos la interpretación del pequeño instrumento. Su cuerpo, alto y algo desgarbado, se ve a la luz de los focos como una pintura de El Greco, está delgado, el vicio lo ha mermado, pero aún así, es bellísimo. Ella no puede dejar de mirarlo, ninguna de las mujeres presentes tampoco, por el rabillo del ojo da una mirada a varias chicas, muchas de ellas rostros reconocibles del cine y de la televisión, delgadas, sofisticadas y con miradas de gatas al acecho, Isabella sabe que cada uno de ellas no pueden dejar de pensar en cómo será el niño malo del rock cantando desnudo a su lado, muchas de ellas descaradas se concentran en su entre pierna, saben la leyenda de su Apadravya. Por un segundo, se siente otra vez en la escuela, donde era esa cosilla que la pandilla de Jane miraba por encima del hombro, la inseguridad la ataca y se siente incómoda, pero la voz gruesa de Eddie sale y se multiplica por el micrófono.

Tú eres la diosa pagana, vestida de rojo sangre…

Eres la destructora, la que devora mi alma…

—¡Esta canción es para ti, pequeña! ¡Devórame!

Las entrañas de Isabella se contraen dolorosamente, el oxigeno detenido en su pecho se demora por salir, él la llama y sin detenimiento camina en medio de todos para acercarse al escenario, Dalila está tras ella, la música truena y retumba en el piso del bar y hace eco en los músculos y en la carne de Bella, el bum bum de la batería, el bajo y la voz dos acordes más bajos en la garganta del caníbal se instalan en el sexo que se contrae y palpita.

¿Qué sacrifico por ti? ya no tengo nada que darte.

No soy dueño de mí….

Edward se retira del micrófono, y hace un solo con la guitarra, luego vuelve y canta una nueva estrofa y se retira de nuevo cerca de los bordes donde Isabella canta en tono bajo aquella canción, la mira desde lo alto y toca para ella como siempre lo ha hecho.

Dalila le da una copa de vino, van por la segunda ronda de canciones, las primeras son los clásicos de la banda, Bella tiene aquel sentimiento de lujuria, expectación y ansiedad, ni siquiera la aparición de muévete suavemente espanta el deseo.

—Como saben —tiene un vaso de cerveza en su mano— la gira en Londres se alargó ¡malditos, putos terroristas de mierda! —señala a la cámara, hay una ola de nerviosismo al escuchar esas palabras, pero Eddie sonríe— ¡el rock vive aquí! —se mueve con el micrófono en su mano, cada paso es sexual y felino, su cabello de varios colores se escurre deliciosamente por su rostro y cuello— hemos estado grabando otras canciones, han escuchado algunas, mi mujer ha compuesto la mayoría —salta impredecible del escenario cerca de Isabella— y son como mi chica —la arrastra a su lado— ¡deslumbrantes! —la desgarra con la mirada, Bella se deleita en su pecho, en el sudor que recorre su cuerpo, quiere morderlo, pasar su lengua por cada gotita de agua y hacer redondeles por sus tetillas, ella muerde su boca y sin sonreír se queda allí delineando las perfectas líneas de su barbilla a medio rasurar.

Ambos se mueven. Polos que se atraen. Se mueven al unísono, el palpitar del corazón del uno hace eco en el del otro, unen sus manos, duele esa mano enredada en las de ella, la aprieta, hay algo coital en aquella unión, sin embargo hay algo más, más íntimo que la piel, más profundo que el corazón a millones de grados de una estrella. Se queman.

Al segundo vuelve el frío cuando él huyendo de aquella bomba, vuelve al escenario.

—Tres canciones de nuestro último álbum ¡"Calles Diamantes"! ¡Para ti, Londres! ¡Qué bien sobrevives! —todos gritan y aplauden, Bella está huérfana y sedienta se ahoga en la marisma de fuego y lujuria que aquel ser peligroso emana y que la consume.

Trae contigo la tormenta, ven a mi maquina de rabia,

Permito que contamines mi mundo con tu boca incendio…

Demonio del bosque negro, trae contigo la rabia ¡yo no te temo!

En mi piel tengo tu huella, en mi corazón tu mordida y sigo vivo…

Nos encontramos en esta rueda, es el destino, es la muerte, es el amor…

Ven a mí con tu dolor de animal herido, no estoy mejor y te desafío quizás más tarde me marche para no volver, pero hoy estoy aquí, desgarrándome…

Ven a mi máquina de rabia….

La canción salió del pecho de Eddie, Bella cerró los ojos, deseando que en algún momento él pudiese escuchar el clamor oculto que cada una de las canciones compuestas traía, ojala que él pudiese ver que en ellas estaba su nombre.

Edward Masen.

Isabella se apartó de la gente, muchos de ellos le pidieron autógrafos o quisieron tomarse algunas fotos con ella, sin embargo pequeña y discreta se deslizó donde los focos de luz no la alcanzaban.

—Sabes que esto es solo un golpe de suerte —la voz de Carlisle se escuchó cavernosa detrás de ella— tienes talento pero, no sobrevivirás a este negocio —el aliento del manager golpeó contra su piel— no vas a sobrevivir, Bellita.

—Quien te oyera diría que me estás amenazando Carlisle ¿lo haces? —gira su cabeza y sonríe— no puedes pretender que te tenga miedo.

—Conozco tu juego.

—Yo no juego.

—Lo haces querida, quítate la máscara y hablemos como iguales —Bella voltea, ante aquel hombre levanta la barbilla y sostiene la mirada— en el mundo de Eddie caníbal no eres nada —la mira de arriba abajo— puede gustarle follar contigo —ella intenta apartarse, pero es atrapada por la mano grande de Carlisle— pero no tienes poder aquí.

—Tampoco lo tienes tú, Carlisle —lo enfrenta— no lo conoces, hay mucho más en él, solo has visto la superficie, yo lo conozco desde niño y él sobrevive, golpea y se larga sin decir adiós, no esperes que él se destruya tan fácil, tienes que vivir en Forks, tener su historia y estar alimentado por el odio para saber cómo funciona.

—Bellita, me rompes el corazón —levanta su ceja— no necesito destruirlo. Cuando todo lo que él piense sea corrompido y su asco lo agote, él mismo dará el pitazo final.

—No voy a permitirlo.

—Lo harás por tu hija y porque al final deberás tomar una decisión: ella o él, porque Eddie jamás te elegirá a ti, nunca hará un sacrificio, mucho menos por alguien que a la larga será un estorbo, ya lo eres, querida, le estorba tu presencia de esposita colgada a su cuello intentando por todos los medios que sea el esposo de desayunos, de conversaciones a la luz de la luna y de ojitos embelesados. Él nunca será eso porque simplemente solo le interesa tu sexo… y por algunos días.

La batería de fondo retumba con dureza, Bella salta, no es miedo por ella, es por el hombre alto y de ojos azules que canta en el escenario el cual es fuerte como la roca, malvado como el diablo, pero que es solo un hombre cosechando los frutos de su miseria. Voltea para contestarte a Carlisle que puede largarse pero el manager se ha ido.

—¿Lo han escuchado? ¡Mi chica es un maldito genio! —la busca entre la gente, pero no la ve, alarga su cabeza intentando ver la diminuta figura de su mujer— ¡El show ha terminado! Ahora a beber, la casa invita —salta del escenario, pero es detenido por los periodistas y por una decena de personas que lo rodean y no lo dejan pasar, va a gritarles a todos que se larguen, que contaminan su espacio, pero a los segundos ve a Isabella caminar por las orillas de la pista de baile, la llama con los ojos, contesta con gruñidos déspotas las preguntas que le hacen, siente un olor dulce a su lado, una hermosa rubia alta que no reconoce, pero quien es la sensación de una serie de la BBC, la mujer le sonríe, Bella no escucha su llamado ¡nunca escucha! ¿Por qué tiene que buscarla? ¿No es ella la que debe venir siempre? Se la ha pasado años como un lobo olfateando sus huellas en la nieve.

Mira a la rubia sofisticada de piel bronceada y de exquisita ropa.

—Oye tú —le da su mueca de boca torcida, con un gesto de indiferencia aparta a los periodistas.

—Hola —la mujer sonríe.

—¿Te conozco nena?

—No creo que veas televisión.

—Es una mierda, tengo cosas más interesantes que hacer —por el rabillo del ojo intenta ver a su esposa— pero tú me conoces a mí.

—No como quisiera.

La mujer se acerca y sin vergüenza roza con sus senos el pecho desnudo del músico, éste traga hiel, la actriz descarada lo invita con su lenguaje corporal a una revolcada tipo rock and roll. Eddie ruega porque la mujer logre que él tenga una jodida erección, algo que lo excite más que la pequeñita tatuada que huye de él.

A los cinco minutos la mujer sale furiosa de uno de los baños del enorme bar, Eddie Masen la estrella del rock la humilló sin contemplación, se quedó allí mirándola con esos ojos de hielo. Asco era lo que él exhalaba, ella se desnudaba intentando arrancarle sus pantalones de cuero, él medio ebrio agarró su cabello y lo haló hacia atrás, respiró sobre ella gruñéndole, haciendo la mímica del animal excitante que era famoso en todos los bastidores del mundo. Eddie no sentía nada, su verga era un jodido bacalao frío que no resucitaba entre los muertos, la actriz desnuda era tan poco atractiva ante sus ojos que estaban llenos de una morena pequeña de pesado cabello negro. Bella Swan era el cáncer que vivía en él desde pequeño y que a la luz de sus años estaba corroyéndolo. Salió dando tumbos del baño, necesitaba un trago, un poco de droga y a su mujer. Fue hacia el bar, se escuchaba música muy fuerte, gente intentó acercarse a él pero con un gesto los apartó ¡no necesito esa mierda! El barman le sirvió un trago de vodka, de espaldas con sus codos sobre la barra, respirando, agitado y escaneando a las personas bajo la sombra tupida de sus pestañas rojizas, la busca.

Isabella aterrada por las palabras de Carlisle salió un segundo al aire frío, dio un vistazo al bar, el poster de The Carnival mostraba a la banda, pero era Edward quien opacaba lo demás. Se acercó hasta éste y como la tímida chica que se escondía bajo las gradas de la escuela para verlo jugar lo toca con sus dedos, bello, oscuro, triste, ese hombre del que jamás pudo huir.

—Siempre eres tú Caníbal, siempre eres tú, y no soy capaz de dejarte ir, me lastimas, y sigo aquí, intentando que me veas, rogando porque alguna vez puedas recordar cómo fue ese momento pequeño en el tiempo en que fuimos libres de quienes nos formaron.

Necesita tenerlo, es una ansia atronadora que tiene que ver con ese amor de niñez donde él representaba todo aquello que la haría feliz, Eddie no la hace feliz, sin embargo ella aún persiste en intentar serlo, se aprieta a la piel de aquel hombre y se pierde en ese espacio donde la inocencia del amor la hizo sobrevivir, amando a Eddie era aún inocente, amándolo a pesar de que él era un demiurgo ella mantenía una cierta integridad y la fuerza para seguir aunque el caníbal como tal se comiera sus entrañas. Camina de nuevo hacia el bar, los zapatos altos le dan seguridad, hasta la ropa que lleva puesta parece ir con su piel, mira a las mujeres que de reojo la señalan, Isabella no agacha la cabeza, es ella la chica que para muchas representa un sueño, ella es la mujer de un hombre que es para todo el epítome del mundo en peligro, Masen, alias el caníbal, es el abismo, la locura, lo que mami no quiere para sus pequeñitas, lo que las niñas oscuras fingiendo recato, adoran.

—Me encantaron las canciones, Bella —Dalila del brazo de Harry la interceptan—eres muy buena, mujer.

—Gracias— baja sus ojos en señal de ser esa dama que nunca se acostumbra a los halagos— ¿Edward?

Harry lo señala, lo ve desde lejos, solitario en la barra con una cerveza en la mano, ella da un paso hacia adelante, él alza sus ojos que centellean en medio de las luces que en ráfagas vienen y van, la música comienza a sonar, una hermosa canción de los ochentas, Eddie sonríe con aquella mueca de niño malo dueño de todo y la tiene en su poder, lo sabe, su vida gira en rededor de aquel ser humano, sus ansias, sus esperanzas, hasta la razón de vivir está en aquel. Bella ladea la cabeza en un gesto de coquetería tierna, le responde la sonrisa y Edward la celebra con la lata de cerveza en su mano.

La música asciende "Stop" se desliza por el aire y acaricia el cuerpo de Isabella, quiere llamarlo, han bailado juntos y sus ritmos son iguales, alza uno de sus brazos, lo llama mientras comienza a bailar en el mínimo espacio, Edward se paraliza ¡demonios! No quiere mirar hacia los lados como un estúpido niño púber, sus dientes rechinan, y se relame su boca, inmediatamente siente el tirón doloroso en su entrepierna ¡está vivo! se yergue en su estatura, va hacia ella lentamente. Ella se mueve lentamente, quiere ser la chica, la fan, la grupie del Caníbal, porque lo es, porque es la que canta sus canciones y las conoce, porque en secreto tiene su música, porque solitaria iba a sus conciertos, y anónima gritaba cuando el cantaba.

Ambos se respiran, el pone un pie al frente, y con una de sus manos toma la cintura, le da de beber de su cerveza que ella bebe torpemente, sus pechos tocan y se balancean con la canción, Edward tira la cerveza y agarra firme el trasero de su mujer y la levanta un poco haciendo que ésta baile de puntitas. La canción es lenta y es un sube y baja, están siendo observados, pero no les importa, son ellos dos bailando, viviendo en ese universo paralelo donde son felices, llevan años de casados, hacen el amor tres o cuatro veces al día y escapan de casa de vez en cuando, porque tienen un equipo de basquetbol como hijos. Bella se agarra de su cuello porque él es alto y no lo alcanza. Sin pensarlo Edward la levanta y ella responde engarzando sus piernas a su cintura, es ahora él quien lleva el ritmo y gira y baja con su esposa en aquel baile preliminar a la muerte de la tristeza que los ha poseído en nostalgia por el cuerpo de aquel que lo es todo.

—¡Vámonos, Féilea!, larguémonos de este puto lugar, estoy harto.

—Podemos hacerlo en el baño —era una putilla descarada y ansiosa, la grupie esposa de la estrella de rock.

—No, eres demasiado para una mierda de baño.

Bella quiso llorar, algunas veces él podía decir esas cosas que la hacían sonreír. A los cinco minutos el auto negro corría por las calles de Londres, dentro de aquel ambos trataban de no despedazarse, la imposición del beso mediaba entre ellos, Bella se balanceaba sentada a horcadas sobre las piernas de Edward. Él la toma de su cabello la hala sin violencia hacia atrás y se queda mirándola, el aire sale de sus pulmones y es caliente.

—Estoy atado a ti —su mano libre acaricia su espalda—, Isabella Swan, atado con una maldita cadena, te tengo dentro de mí, en mi maldita piel y quiero desollarme vivo y no sentir esta necesidad que tengo, quiero morderte, besarte y lastimarte hasta que no quede nada de ti y no quede nada de mí ¡nada! Eres una enfermedad, un cáncer que me carcome por dentro —Isabella gime, no son palabras de amor, son palabras cargadas de amargura— ¿Cómo puedo odiarte de esta manera y al mismo tiempo tener este deseo aterrador de estar siempre desnudo acurrucado y bebiendo de ti y dormir entre tus senos? —vuelve a gemir— ¡Es de terror! ¡Me das miedo! ¡Y no puedo alejarme! ¡Y te odio y me odio más por eso!

Él aún mantiene su mano en su cabello, y aún así ha sido vulnerable, Bella tiene la débil idea de salir de aquel auto, correr y no volver jamás. Es condenatorio, un ser que hizo de su rabia hacia ella su fortaleza, le dice tácitamente que llevará todo hacia el extremo, porque en aquel momento señala una verdad, es él o ella, una guerra donde uno de los dos debe claudicar. Lo toma de su cabello, se acerca hasta su cuello, Edward quiere apartarla pero ella persiste a pesar de que su pelo sigue atado a su mano, su verga explota, y cree que será células calcinadas cuando ella ahuecada en su cuello lame y la punta de su lengua toma un poco del sudor salino que tiene su piel.

—Estamos condenados, Eddie —alza su falda y la arremanga dejando ver sus bragas negras de encaje, desliza sus manos entre los dos y penetra en su sexo, la excitación de horas exuda y se desliza como un aceite sexual, ella recoge algo de este en sus dedos y lo lleva hasta la boca de su esposo quien sin pensarlo bebe y chupa de ella— condenados, Caníbal.

—Si —contesta entre dientes.

Es así como Isabella se desprende del agarre de su esposo, agresiva coloca sus manos a cada lado de su cabeza, es la mujer descarada que ama a un hombre perverso, hay un silencio que solo es interrumpido por los jadeos de ambos, con sus uñas rasguña el pecho desnudo de aquel hombre, él suelta un improperio, ella muerde sus tetillas y aparta las largas piernas colocándose en su centro, Allí está ella arrodillada en aquel incomodo lugar, rasgando la cremallera de su pantalón de cuero.

Edward embelesado con el largo cabello que contrasta con la blusa roja gruñe lleno de expectación, una mamada experta de aquella mujer que con su lengua jala su hierro y lame sus testículos es lo que espera. La verga sale orgullosa, es una bestia dura, grande y rosada que repleta de semen, palpita. La lengua de Isabella da vueltas. Edward golpea con su cabeza la silla del coche, el vidrio oscuro que lo aparta del conductor muestra su rostro, su cara excitada y con aquella vulnerabilidad que tiene un hombre al saber que su mujer lo tomara con la boca, que con ella puede hacerle ver el cielo, o que puede matarlo de una mordida, la mamada es el juego con la muerte, con el placer y el dolor, es el abandono.

Oye como ella se relame, y siente la lengua húmeda que al fin lo lame desde la raíz hasta la punta.

— ¡Joder!

Toma su cabello, quiere ver, y demonios ella es una diosa experta cuando con sus manos sopesa sus bolas que llenas de esperma esperan ser derramado en su boca.

Sube…

Baja…

Chupa con lentitud, lo lleva hasta la garganta, sopla y se aleja, Edward ruega porque ella regrese, un soplido caliente sobre su punta lo manda a las estrellas. Las pequeñas manos duras y recias de Isabella lo toman y lo aprietan, ella hace sonido de disfrute, su sabor es único e irrepetible, los aullidos del caníbal hacen que se contraiga, come golosa, no le importa que le duela un poco su mandíbula por el tamaño de elefante de aquel, es suyo, Eddie Masen le pertenece. Enardecida por el deseo lame veloz, es errática, juguetona, y malvada cuando comienza a sentir en su paladar como él palpita, tomando el hierro que cruza el glande y lo hala suavemente combinándolo con un agarre fuerte en la base de su verga.

— ¡Mierda! ¡Piedad de mí, Mariposa! Ten piedad de mí —y su semen sale despedido llenando la boca de la mujer que como acto de poder sobre él traga todo, no es el beso, pero es algo parecido a una unión sagrada.

En la habitación, Edward la desnuda, tomándola por detrás, tapa su boca con su mano y ella lo muerde mientras que él se entierra en su sexo, los golpes hacen eco en su puerta, una y otra vez, el sonido del grito que se silencia bajo la palma de la mano lo alienta, son uno, dos orgasmos.

—Tu coño, Bella Swan, es mi maldita alegría.

La voltea y la crucifica, la altura de Edward es una desventaja pero él la levanta a punto de embestidas, con sus grandes manos toma su senos y los amasa sin ternura y los muerde, un pezón y luego el otro, los pellizca, él llega a su útero y golpea fuerte dentro de él, su útero pequeño que es nido es arrasado por esa águila que un día engendró dentro de ella un turpial.

—¿Te gusta?

Él embiste, ella está en un mundo donde es una entidad gigante y sexual que nada escucha, solo es placer, solo es un enorme clímax que la hace sentirse hermosa y liberada.

—¿Te gusta? ¡Contesta Bella!

Abre los ojos, sus ojos cafés que se topan con el rostro de aquel hombre que fieramente la tiene engarzada en su cuerpo. Su rostro que no es de piedra ni tiene la crueldad de una máquina que solo busca la victoria, es el rostro del padre de su hija y del amor de su vida, hay una belleza agónica y tiene esa expresión que solo ella ha visto.

Como puede, levanta sus manos y toca su cara tiernamente.

—¡Sí, sí, sí!… me gusta, cariño —golpe, golpe— ¡Sí! Mucho, Eddie… te extrañaba.

—Yo más.

La última palabra se pierde, Bella penetra de nuevo con sus dedos la boca y él la muerde, la lleva hasta su cama y allí la abre en dos como un pajarillo, como una mariposa que siente como sus alas son arrancadas de un tajo.

Edward no para, meses sin ella y es un motor repleto de combustible, los orgasmos vienen y son eternos, todo arde y el cansancio llega y deja los miembros de ambos engarzados mientras intentan que el oxigeno vuelva a sus pulmones, duermen unas horas, y algo los despierta, una caricia pequeña, un gemido, la vocalización de un nombre.

La lengua pasa por su ombligo, Isabella se despierta y se encuentra con él enterrado entre sus piernas, no siente nada más que la humedad y los dedos intrusos que tocan su interior que a un botón la hace cantar. Después la lengua, que relame su interior una y otra vez.

—No quiero estar cansado, pero lo estoy maldita sea. Quiero seguir, quiero seguir hasta morir, Bella, quiero seguir.

Era igual, en aquel momento meses de gira estaban allí, rodeados de gente, chacales por todas partes, aullidos de multitudes, y la soledad de los dos había sido violentada, ya no se gritaban, ni se ofendían y en ese acto de te odio y te odio más existía la vocalización de la necesidad que los unía, pero después todo se calmó hasta que finalmente desnudos volvieron a ser solo ellos dos.

No quería estar agotada. No deseaba que él dejara jamás aquella habitación. No deseaba tener hambre o sed, no deseaba vestirse, o permitir que él saliera para ser eso que todos querían arañar. Una extraña depravación surgía en ella.

—No te vayas.

Él descansa en su vientre.

—Amas mi polla —lo dice secamente.

Amo todo caníbal… todo de ti.

—Sí.

Edward se levanta de la cama, desnudo ante ella es un hombre ansioso, uno de sus ojos se empequeñece y hay algo demente en su gesto, va hasta su pantalón de cuero y saca una pequeña bolsa repleta de cocaína. Isabella se remueve, sabe lo que aquello contiene.

—No.

—No quiero irme.

—No, Edward.

Se lanza sobre ella y la toma de sus muñecas llevándolas hasta su cabeza, se acerca y tararea en su oído:

Chica linda, ven a mi pueblo, acompáñame en el viaje.

Solitario y cansado solo tengo mi mochila y la biblia de mi madre.

Chica linda, contaremos estrellas sentados en mi viejo camión…

Vamos, Bella… juntos tú y yo…

—Vamos Bella, esto va a acabar y hay que agotar lo que somos, soy esto, yo soy esto y lo necesito, por favor, esta gira me quitará el alma, la poca que tengo, esto soy yo.

Es la rendición, nunca fue nada, nunca fue un ángel, ni un príncipe, era solo Eddie Masen.

—Puedes ser más.

—No quiero, solo tengo esto y, maldita sea, lo necesito, en ocho horas estaré en un escenario y lo que en este momento soy contigo me importara una mierda después, quiero tener esta sensación de pertenecer y en este momento tu coño es mi casa.

—Oh, Eddie.

Dos palabras y veinte años de amor en ellas.

Bella aspira el aire y cierra los ojos, acepta lo que Edward es, porque así lo adora y lo ha adorado siempre; por su parte, él traga saliva, tiembla como un niño pequeño a quien le permiten destrozar el mundo.

—Voltea.

Ella obedece, no es una mujer leída, es inteligente pero no ha tenido tiempo para saber sobre psicología o literatura, sin embargo en aquel acto de aceptar entiende la belleza dolorosa que hay en aquel momento, sabe que lo va a perder, lo acepta, el deseo de Eddie por degradarse en su manera de vivir.

—Amo tu culo, Mariposa, se mueve lindo cuando caminas —lo besa con ansia.

Isabella entierra su cara en la almohada, es vulnerable como nunca lo ha sido, Edward observa la enorme cicatriz que se esconde en el tatuaje, se acerca y aspira el olor, es sexo y son ambos allí, lame la herida con profundidad, por un segundo entiende el recorrido de aquella, una chica abierta y rasgada por un cuchillo desde la cadera casi hasta el hombro.

Mataré a quien te hizo esto piensa el eco del niño que la ama.

Toma la pequeña bolsita de cocaína, su mano la aprieta fuertemente, en su mano y frente a sus ojos está lo que lo hace seguir, necesita los dos, necesita olvidar y perderse. Derrama la línea de coca sobre la cicatriz, Isabella cierra los ojos, es el amor en toda su triste pureza.

Edward aspira de una sola respiración, el sonido es profundo, el ardor penetra en su nariz y garganta, se acuesta sobre ella, y besa su cuello jugando a la vez con su pelo.

—Esto es lo mejor, lo mejor. Gracias, Bella Swan, gracias.

El rostro de Isabella gira y se encuentra con él, mueve su cuerpo hasta hacerse un ovillo pequeño entre su pecho y lo abraza.

A la media hora, Edward Masen Caníbal vuelve desgarrando cada pedazo, mordiendo trozos de su piel, aullándole a la luna, gritando cada orgasmo, deseando besarla.


Editado por XBronte.

A todas las lindas que siguen la historia y son lectoras en las sombras mil gracias, a las preciosas que comentan son siempre tan amables, agradezco cada palabra. Dije en el capítulo anterior que eran casi 120 páginas, pues poco a poco las están viendo, el otro capítulo es….me muero de ganas porque lo lean, mil gracias y sigan en sintonía con el caníbal y su lento y seguro caminar hasta el abismo y luego hasta la luz.