XXXV
Un resplandor plateado

En el centro de la Vía Láctea

Sailor Galaxia miraba a Sailor Silver Moon con una mirada extraña, como si ya no quisiera pelear contra ella. Todavía trataba de hundir su espada en el cuerpo de su enemiga, aunque no consiguiera nada haciéndolo. Sailor Silver Moon se dio cuenta que Sailor Galaxia estaba planeando algo distinto a matarla y dejó de sostener la espada con su mano. Sailor Galaxia la habría partido por la mitad si no fuese por el salto hacia atrás que dio Sailor Silver Moon en el último momento.

—¿Qué pasa? Pensé que ibas a matarme.

Sailor Galaxia gruñó. Todavía no era capaz de entender qué rayos le había pasado a Sailor Silver Moon para tener semejante fuerza. Pero, pensó, aquello podía esperar. En ese momento, lo único que le importaba era escapar del campo de batalla y acudir a la Tierra para llevar a cabo la última fase del plan.

La cosecha.

—Niña tonta —dijo Sailor Galaxia, haciendo acopio de todo su autocontrol para no atacarla—. No tienes idea de lo que está pasando en la Tierra, no eres capaz de dimensionar la catástrofe que está a punto de caer sobre esos patéticos terrícolas.

—Entonces explícame —repuso Sailor Silver Moon en un tono mordaz—, ya sabes, para que arruine tus esquemas y quedes en ridículo otra vez.

El salón volvió a quedar en silencio, pero se podía sentir la rabia burbujeando en la sangre de Sailor Galaxia. ¿Por qué una Sailor Senshi normal como la que tenía frente a ella era tan fuerte? ¿Qué hacía tan especial a esa mocosa que apenas había entrado en la adultez? Las preguntas corroían las paredes de su conciencia como el óxido corroía el metal y no había respuestas que le agradaran. No iba a aceptar que hubiese alguien más poderosa que ella.

No lo iba a hacer.

Y necesitaba concretar su plan para demostrarlo. Quería probar que su plan era tan sofisticado y preciso que ni siquiera Sailor Silver Moon era capaz de impedir su concreción. Pero, para hacerlo, necesitaba una distracción.

Lo que fuese.

—¡Sailor Silver Moon! ¡Has fracasado en derrotarme! —gritó Sailor Galaxia antes de arrojar una de sus esferas de luz. No obstante, éstas provenían de sus brazaletes y Sailor Silver Moon recordó cómo Sailor Iron Mouse había tratado de hacer lo mismo con sus amigas, pensando que ellas eran Sailor Senshi, y se dio cuenta que aquel ataque era mucho más peligroso que los anteriores. Con apenas tiempo, Sailor Silver Moon flexionó sus piernas y ejecutó un mortal simple hacia atrás. Las dos esferas de luz pasaron a unos pocos centímetros por debajo de su espalda y, cuando cayó, rodó sobre el piso para no lastimarse. Fracciones de segundo más tarde, Sailor Silver Moon estaba de pie, pero Sailor Galaxia no se podía ver por ningún lado.

—¡Mierda! —dijo, escaneando el salón con la mirada, pero solamente encontró el dichoso trono—. ¿Dónde mierda está?

Sailor Silver Moon recordó lo que Sailor Galaxia había dicho sobre la Tierra a punto de sufrir una catástrofe y se dio cuenta que había ido en esa dirección. No obstante, había un problema.

Uno muy grande.

—¿Cómo demonios llego a la Tierra?

—No puedes —dijo una voz que provenía del lado opuesto al trono—. Pero te propondré un trato. Si consigues derrotarme, te daré una mano para llegar a tu querido planeta.

Sailor Silver Moon giró sobre sus talones y vio a una chica con un peinado bastante raro y unos atavíos aún más raros, como una fusión entre un vestido y un pantalón bombacho.

—¿Quién mierda eres tú?

La sorpresa invadió a Sailor Silver Moon cuando otra chica apareció detrás de la primera, con un peinado y traje similares, pero, a diferencia de la que había hablado, el traje era un vestido en toda regla.

—Deberías cuidar tu lenguaje —dijo la del vestido—. Es de mala educación.

—Mala educación mi trasero —gruñó Sailor Silver Moon—. Ahora díganme quiénes son antes que las haga puré.

Ambas hermanas (porque eran hermanas gemelas) se dieron el gusto del silencio antes de echarse a reír con voces chillonas que resultaban ser más molestas que uñas rasgando una pizarra.

—¿Tú? ¿Hacernos puré? ¿Tienes alguna idea de quiénes somos?

—Quien sabe —dijo Sailor Silver Moon agresivamente. Ambas hermanas arrugaron la cara y apretaron los labios.

—Para tu información, somos Sailor Phi y Sailor Chi, las guardianas de las semillas estelares de nuestra ama Galaxia. Y jamás hacemos algo por separado. Juntas hasta el final, ¿verdad, hermana?

—Nada más cierto que eso, querida —repuso la otra con una pequeña carcajada.

Sailor Silver Moon soltó una risa despectiva.

—Ah, son hermanas gemelas —dijo, como si el hecho fuese un chiste bastante gracioso—. Pues les voy a dejar marcados mis puños en los mismos sitios, ya saben, para que nadie diga que no son iguales.

Sailor Phi y Sailor Chi se miraron con incomodidad. Sailor Silver Moon sabía cómo colmar la paciencia de cualquiera.

Nueva Orleans, 14 de diciembre de 1963, 11:58p.m.

Herbert Dixon lucía un poco nervioso. Habían pasado unos cinco minutos desde que introdujo a Sailor Galaxia, pero ella no aparecía. El público también lucía preocupado por la tardanza y las protestas comenzaron a brotar aquí y allá. No obstante, las quejas enmudecieron cuando un destello dorado cegó a todo el mundo, incluso a Herbert Dixon.

Cuando la gente pudo ver nuevamente, notaron que había una mujer ataviada con lo que parecía una armadura dorada. Sin embargo, el público también se dio cuenta que su cuerpo estaba lleno de magulladura y heridas, pero ella parecía disimular bastante bien el dolor, pues no hacía muecas u otros gestos que indicaran que algo le dolía.

Herbert se quedó plantado por unos momentos antes de reaccionar.

—Con ustedes, Sailor Galaxia.

Las protestas dieron pie a los aplausos, creyendo que ella era la responsable de que los Estados Unidos ganaran la Guerra Fría. Al parecer, el aspecto amenazante de la recién llegada no pareció importarle al público. Todo lo que le interesaba a la gente era que, gracias a sus acciones, el comunismo iba a ser cosa del pasado.

—¡Estimados terrícolas! —atronó la voz de Sailor Galaxia a través del micrófono y resonando en parlantes diseminados por toda la plaza—. ¡Hoy es un día que todo el mundo debería celebrar! ¡La Guerra Fría ha llegado a su fin! ¡La Unión Soviética ya no es una amenaza para ustedes! ¡Y todo gracias a nuestros esfuerzos, el mío y el de Lawrence Collins aquí presente!

Más aplausos. En aquella escena era aparente el patriotismo que pervivía en la nación, el deseo del pueblo estadounidense por ganar ese conflicto y defender las ideologías políticas, sociales y económicas que el comunismo ponía en entredicho. Porque la Guerra Fría era una guerra que había ocurrido por un antagonismo de ideologías.

—¡También he sabido de la existencia de determinadas guerreras que dicen luchar por la justicia, pero he venido a decirles que no es así! ¡Uno de sus presidentes fue asesinado por una de esas justicieras y todos ustedes lo vieron! ¿Ven mis heridas? ¡Me las gané luchando contra esa impostora y, tengo el agrado de decirles que la he derrotado! ¡La muerte de su presidente ha sido vengada!

El público, cegado por la magia del espectáculo, vitoreó a Sailor Galaxia por haberle dado su merecido a esa patética Sailor Silver Moon. Herbert Dixon observaba la escena, sin lucir sorprendido sobre lo fácil que era manipular a la población. Ahora todo el mundo creía en Sailor Galaxia, en su salvadora. Lo único que quedaba era pedir algo a cambio. Unas palabras bien dichas bastarían para poner a la población de rodillas.

—¡Sin embargo, la humanidad tiene un problema más grande que la Guerra Fría! —continuó Sailor Galaxia, viendo cómo la gente ponía atención a cada una de sus palabras con un deleite perverso—. ¡Puede que haya terminado con este conflicto, pero no he eliminado por completo la fuente de todos estos males! ¿Hay alguien aquí que desea la paz eterna, la erradicación de toda guerra y muerte y alcanzar una verdadera época dorada para la raza humana? ¡Pues yo puedo cumplir ese deseo! ¡Puedo remover esa semilla de odio y resentimiento que reside en cada uno de los seres humanos de este planeta! ¿Quieren que lo haga?

Se oyó un coro ensordecedor de personas clamando por liberarse, por deshacerse del odio y crear una sociedad pacífica.

—¿Quieren que lo haga? —repitió Sailor Galaxia al tope de su voz.

El mismo coro se alzó entre la muchedumbre, más fuerte que antes. Herbert Dixon seguía observando cómo Sailor Galaxia manipulaba a la población para sus propios fines. Haberse revelado como la responsable del término de la Guerra Fría había solidificado su imagen de salvadora y todo el mundo creía en ella y en lo que era capaz de conseguir. El mundo entero había caído en la trampa y Sailor Galaxia iba a cosechar los beneficios.

Aunque todavía no tenía claro qué iba a pasar con él después.

—¡Está bien! —vociferó Sailor Galaxia a toda la multitud—. ¡No necesitan hacer nada! ¡Con estos brazaletes haré que ustedes sean un pueblo pacífico! ¿Están listos?

El coro de las personas presentes fue elocuente.

En el centro de la Vía Láctea

Sailor Phi y Chi veían estrellas junto al trono de Sailor Galaxia, sus ojos entrecerrados y una expresión despistada en sus caras. Delante de ellas, Sailor Silver Moon se acercaba a paso tranquilo, sin heridas ni magulladuras. Era obvio que las guardianas de las semillas estelares no habían sido rivales dignas para ella.

—¿Y bien, van a cumplir con su parte del trato? —gruñó Sailor Silver Moon, crispando los puños para amedrentar a quienes yacían atontadas a sus pies—. No quiero matarlas, créanme, pero tendré que reconsiderarlo seriamente si no cooperan, arpías de mierda.

—Nuestra… ama… usa NLC para viajar instantáneamente a cualquier sitio de la galaxia —dijo Sailor Phi débilmente.

Sailor Silver Moon arqueó una ceja.

—¿NLC?

—No-Localidad Cuántica (71) —aclaró Sailor Chi en voz baja, como si Sailor Galaxia estuviera escuchando—. Viaje interestelar instantáneo, al margen del espacio-tiempo. Claro que es una habilidad innata de ella. Nosotras tenemos que usar unos artefactos para conseguirlo.

—Nuestros brazaletes —añadió Sailor Phi, dando una mirada asustada a su propio par, como si temiera que le crecieran dientes—. Pero no puedes usar los brazaletes de una de nosotras. No podemos vivir sin ellos.

—Sailor Galaxia nos arrebató nuestros Sailor Cristales y nos dijo que solamente podíamos seguir viviendo con la ayuda de los brazaletes —explicó Sailor Chi tristemente, como si recién se diera cuenta del error que había cometido al aceptar que Sailor Galaxia las manipulara a través de los brazaletes.

—¿Y hay alguna forma de recuperar sus Sailor Cristales?

—Están en el jardín que custodiamos, pero si Sailor Galaxia se entera que los hemos robado, nos matará —repuso Sailor Phi, visiblemente asustada.

Sailor Silver Moon ponderó cuanto había escuchado de las gemelas. Había encontrado la forma de regresar a la Tierra, pero eso implicaba que Sailor Phi y Chi traicionaran a Sailor Galaxia. Sin embargo, si, de algún modo, le hacía creer a Sailor Galaxia que había obligado a las gemelas a entregar sus brazaletes y robar sus propios Sailor Cristales, entonces toda la culpa recaería sobre ella y Sailor Phi y Chi estarían a salvo. Habría sido más simple matarlas de una vez, pero, recordando las palabras de Serena antes de ir a la base de Herbert Dixon, siempre había una alternativa mejor.

—De acuerdo. Esto será lo que haremos…

Nueva Orleans, 15 de diciembre de 1963, 01:17a.m.

Sailor Moon y Tuxedo Mask llegaron demasiado tarde.

Un reguero de cuerpos sin vida tapizaba el lugar de la conferencia de prensa, pero había tres personas de pie en medio del desastre. Uno era Herbert Dixon y las otras dos eran mujeres. La más alta usaba una armadura dorada y sostenía una espada en una de sus manos y la más baja ostentaba un cabello rosado y ondulado.

—¿Qué pasó aquí? —dijo Sailor Moon con una expresión de disgusto en su cara.

—Vaya, vaya, otra Sailor Senshi —dijo la de la armadura dorada en un tono despectivo—. Te pareces bastante a la chica del cabello plateado. Los mismos flequillos, los mismos ojos. Luces más adulta que ella, así que solamente puedo concluir que ella es tu hija, ¿o me equivoco?

—¿Qué pasó aquí? —insistió Sailor Moon con la voz temblándole a causa de la rabia—. ¿Acaso mataste a todas estas personas?

—¿Y qué vas a hacer si te digo que sí? —retó la mujer de dorado—. Al parecer no sabes con quién estás lidiando.

—Pues yo creo que sí —replicó Sailor Moon, con más convicción que la que experimentaba—. Eres Sailor Galaxia, ¿verdad?

La aludida prorrumpió en carcajadas.

—Sí, ese es mi nombre, pero no me conoces para nada —dijo Sailor Galaxia entre risas—. No sabes hasta dónde llegan mis poderes y te sugiero que no me provoques.

Pero Sailor Moon no le hizo caso. Sin pensar en las consecuencias, le arrojó su tiara, la cual envolvió a Sailor Galaxia, quien no hizo nada para evadir el ataque. Sailor Moon creyó que su ataque había funcionado, pero se frenó en seco cuando vio que su contrincante se zafó fácilmente de su atadura, arrojando la tiara a los pies de Sailor Moon.

—Eres patética —dijo Sailor Galaxia con altanería—. Tu hija me dio más batalla que tú.

Sailor Galaxia hizo aparecer su confiable látigo de luz e iba a atacar con éste a Sailor Moon, pero en lugar de enroscarse en ella, lo hizo en el bastón de Tuxedo Mask. El tira y afloja solamente duró unos cuantos segundos y Tuxedo Mask sintió cómo sus pies abandonaban el suelo. Algo duro impactó su abdomen, dejándolo doblado, completamente a merced de su enemiga.

—¿Y quién demonios eres tú? —dijo Sailor Galaxia, mirando a Tuxedo Mask con interés—. Tienes una semilla estelar en tu poder, la puedo sentir vibrando dentro de tu cuerpo. ¡Esa semilla será mía!

Sailor Moon se dio cuenta que su marido corría peligro y corrió a todo lo que daban sus piernas para tratar de salvar a Tuxedo Mask. Sailor Galaxia ya se había puesto en posición para asesinarlo y Sailor Moon seguía corriendo, espoleada por el deseo de proteger a la persona que más amaba en el mundo. Pensaba en lo que había tenido que hacer en el lugar de donde provenía, cosas de las que se avergonzaba profundamente. El enemigo iba ganando terreno y su vida se había convertido en una carrera loca por sobrevivir. Había pocos momentos para compartir con sus amigas y muchos instantes en los que había que elegir entre hacer algo abominable o morir. Ya estaba cansada de recurrir a tácticas cuestionables de supervivencia. Iba a hacer lo correcto, lo que debió haber hecho en su tiempo, cuando estaba demasiado aterrada de morir. Había sido Saori quien le había mostrado el camino, porque, aunque ella era brusca y agresiva, también era valiente, pues no dudaba en poner su vida sobre la mesa por los demás.

Y Sailor Moon iba a hacer lo mismo por Tuxedo Mask.

Respiraba con dificultad y su corazón latía a mil por hora, sabiendo que aquellos podían ser sus últimos segundos de vida. Sailor Galaxia ya había lanzado aquellas esferas de luz en dirección a su amado esposo. Sailor Moon redobló su esfuerzo y se interpuso entre Sailor Galaxia y Tuxedo Mask a tiempo.

Las dos esferas de luz dieron en el pecho de Sailor Moon, quien lanzó un grito que perforó el aire de la madrugada con la agonía de perder su semilla estelar. Sin embargo, lo que brotó del pecho de Sailor Moon no fue una semilla estelar cualquiera. Sailor Galaxia abrió ligeramente la boca y los ojos cuando vio aquella gema tan familiar, la flor de cristal que tanto había buscado.

El Cristal de Plata.

Sailor Galaxia soltó una carcajada llena de maldad.

—¡Al fin tengo el Cristal de Plata! ¡La Vía Láctea será mía y las Sailor Guerras serán cosas del pasado!

—¡No te lo permitiré, cobarde de porquería! —gritó una voz a lo lejos. Sailor Galaxia giró su cabeza en la dirección de la cual había provenido la voz y, para su gran frustración, notó que era Sailor Silver Moon—. Así que preferiste huir y concretar tus planes a enfrentarme. ¡Pensé que eras la Sailor Senshi más fuerte de la Vía Láctea!

Sailor Galaxia gruñó.

—¿Cómo rayos llegaste aquí?

Sailor Silver Moon le mostró los brazaletes. Sailor Galaxia sintió cómo le temblaba el labio.

—Relájate. Yo obligué a una de tus sirvientas a entregarme un par.

Aquello era el colmo. Sailor Galaxia odiaba la forma en que Sailor Silver Moon se burlaba de ella, pero esta vez tenía un as bajo la manga.

—Quiero que mires con atención a la persona que está a mis pies —dijo, lenta y deliberadamente, para que su oponente entendiera cada palabra—. ¿No se te hace familiar ese cabello rubio, esos moños, esos ojos y ese uniforme? Sí, es tu querida madre. Tengo su semilla estelar y, francamente, es todo lo que necesito para apoderarme de la Vía Láctea. ¡Ya no podrás hacer nada!

Como Sailor Galaxia esperaba, Sailor Silver Moon posó sus ojos en Sailor Moon y unas lágrimas silenciosas anegaron sus ojos. Sin embargo, la transformación que había sufrido Sailor Silver Moon iba más allá del uniforme. Pese a que seguía siendo la chica que había sido desde el orfanato, ella había aprendido a aceptar el amor en su corazón y entendió que no ganaba nada con enojarse o desatar su furia contra quienes le hubieran hecho daño. Enfurecerse contra Sailor Galaxia solamente la hacía más poderosa.

—Si crees que haber matado a mi madre hará que yo me rinda, estás muy equivocada, puta de pacotilla —repuso Sailor Silver Moon con el mismo tono lento y deliberado que había empleado Sailor Galaxia—. Pero seguiré sin pelear contigo. No vale la pena.

La rabia se apoderó de Sailor Galaxia e iba a desatar todo su poder en contra de esa mocosa insolente cuando Herbert Dixon intervino.

—Señora, permita que mis demonios se hagan cargo de ella. Usted asegure el Cristal de Plata en su palacio.

Sailor Galaxia iba a protestar, pero luego entendió que Herbert tenía razón. Sin embargo, necesitaba algo de tiempo para reunir sus poderes y trasladarse. La batalla contra Sailor Silver Moon la había dejado muy agotada y robarle el Cristal de Plata a Sailor Moon había hecho mella en sus energías.

—Sailor Lethe —dijo, dirigiéndose a la chica del cabello rosado—, acompáñame. Hay más gente que fue testigo de nuestras acciones. Necesito que robes las memorias pertinentes para continuar con la cosecha. El Cristal de Plata me ayudará a recuperar mis fuerzas, pero eso requiere tiempo.

—Así lo haré, señora.

Mientras tanto, los ocho demonios (el demonio de aire se había unido después a los demás) rodearon a Sailor Silver Moon. Ella miró a sus nuevos oponentes, notando por el rabillo del ojo cómo Tuxedo Mask se esforzaba por contener las lágrimas al ver a Sailor Moon sin vida. La sostenía entre sus brazos, llamándola por su nombre a gritos, como si haciendo eso pudiera traerla de vuelta. Aquello le dio nueva fuerza a lo que Sailor Silver Moon estaba a punto de hacer. No sabía cuáles iban a ser las consecuencias, pero era la única forma que veía para ganar aquella terrible batalla.

Sailor Silver Moon alzó ambos brazos al cielo y su Cristal de Plata brotó de su pecho, alojándose entre sus dos manos. Tuxedo Mask miró en dirección a su hija y comprendió que estaba a punto de hacer algo muy peligroso, algo que posiblemente iba a reclamar su vida. No quería perder a Saori, no después de lo que le había pasado a Serena. Iba a ponerse de pie e impedir que su hija arriesgara su vida, de la forma que fuese, pero Sailor Silver Moon notó las intenciones de su padre y negó con la cabeza, como diciendo "es mi batalla".

De pronto, un destello plateado brotó del cristal que Sailor Silver Moon sostenía entre sus manos, justo en el momento en que los demonios iban a atacarla. Breves instantes más tarde, Sailor Silver Moon dio su máximo esfuerzo y el destello se convirtió en una esfera luminosa que fue creciendo de tamaño, abarcando toda la ciudad de Nueva Orleans, llenando a la urbe con aquella cálida luz plateada.

Por favor, Cristal de Plata, vuelve a la normalidad a esos demonios, pues ellos no tienen la culpa de lo que son ahora, devuelve a la vida a mi madre, aunque sea a costa de la mía. ¡Toma mi vida si es necesario!

A varios kilómetros de distancia, Sailor Galaxia estaba recuperándose de sus heridas, cuando el Cristal de Plata de Sailor Moon se escapó de manera repentina de sus manos. Confundida y enojada, vio cómo la gema se dirigía hacia una enorme cúpula plateada que parecía cubrir toda Nueva Orleans. Sin deseos de perder la única ventaja que tenía en ese momento, Sailor Galaxia se puso de pie y tuvo la intención de transportarse hacia el lugar de los hechos, pero aún no había recuperado sus fuerzas y casi se desplomó al suelo.

—¡Maldita seas, Sailor Silver Moon! —gritó Sailor Galaxia, con una voz cargada de impotencia y frustración. Desde hace mucho tiempo que no se sentía así, cuando no hallaba la forma de derrotar a su más grande adversario. Dio una breve mirada a su espada mientras pensaba en esas cosas, juzgando que había subestimado groseramente a Sailor Silver Moon y que necesitaba un nuevo plan para apoderarse de las semillas estelares del planeta Tierra. Ya no podía contar con Herbert Dixon, pues sabía que sus demonios habían sido derrotados por aquel destello plateado y creía que ya no tenía ideas que le pudieran servir de algo.

Necesitaba reclutar a un nuevo agente. Alguien con nada que perder y mucho que ganar.

Sin embargo, Sailor Galaxia ignoraba que Herbert Dixon tenía un plan de contingencia, un plan que traería consecuencias devastadoras para toda la Vía Láctea.

El domo de luz siguió brillando por varios minutos hasta que se fue encogiendo de a poco, para luego desaparecer. La oscuridad volvió a reinar en la ciudad, revelando un montón de cuerpos tirados en el suelo que comenzaban a moverse. Por otro lado, Sailor Moon abría lentamente los ojos, sintiéndose como si hubiera dormido por años. Lo primero que vio fue a Tuxedo Mask de rodillas, mirando fijamente a algo… o a alguien. No supo por qué, pero se le encogió el corazón y la garganta se le contrajo. Sin importarle que sus piernas no le respondieran bien, Sailor Moon corrió hacia el lugar que su marido estaba mirando y comprobó lo que su corazón ya sabía.

Sailor Silver Moon ya no era Sailor Silver Moon. El cuerpo de Saori yacía en el suelo, aparentemente sin vida, los ojos cerrados, como si estuviera dormida. Pero Sailor Moon sabía que no estaba dormida, pues no parecía respirar. Tuxedo Mask también se acercó a Saori y se inclinó delante de ella, tomándole el pulso. Exhaló aire, aliviado.

—No te preocupes, Serena —dijo Tuxedo Mask, tratando de hacer que Saori despertara, sin éxito—. Ella sigue viva, pero no reacciona a nada que yo le haga.

—Entonces, ¿qué le pasa?

—Deberíamos llevarla a un hospital.

Entre los dos cargaron a Saori y desaparecieron entre el cúmulo de gente que se ponía de pie y se sobaba la cabeza, preguntándose qué mierda había pasado. Entre aquellas personas, había un grupo de cuatro chicas que se miraban entre ellas como buscando respuestas sobre lo que estaba ocurriendo y dónde habían estado desde la última vez que estuvieron juntas, en una batalla que parecía haber tenido lugar hace siglos. La policía llegó minutos más tarde, haciendo preguntas a los involucrados en el incidente e indagando sobre aquel misterioso domo de luz. No obstante, nadie sabía algo acerca del asunto y la investigación pronto quedó en nada. Herbert Dixon, por otro lado, había desaparecido.

Nueva Orleans, 16 de diciembre de 1963, 04:57a.m.

—Les tengo noticias sobre su hija —dijo el médico a cargo del cuidado de Saori. Serena y Darien parecían aguantar la respiración y ambos estaban tentados en comerse las uñas—. Le hicimos todos los exámenes rutinarios y me alegra decirles que la señorita Müller no tiene ningún problema de salud. Sus funciones endocrinas, neurológicas y vasculares no tienen signos de alteración. En otras palabras, su hija está sana.

Serena, a juzgar por el tono de voz del médico, supo que había un "pero" involucrado.

—Sin embargo, ella no responde a estímulos externos de ningún tipo, como si ella se hubiera "aislado" del mundo. El EEG no muestra anomalías, aun con los estímulos más poderosos imaginables. Dicho esto, hemos notado que hay más actividad en el hipocampo y los patrones del EEG sugieren que podría estar lidiando con alguna poderosa experiencia emocional, algo que le impide reaccionar a cualquier otra cosa.

—¿Y qué significa eso, doctor? —inquirió Darien, intuyendo que no le iba a gustar la respuesta.

—Significa que su hija está en coma —explicó el médico, mirando a Saori con preocupación—. Debe tratarse de una experiencia emocional muy potente para que su cerebro descuide casi todas sus demás funciones. Mi teoría es que, hasta que su hija termine de asimilar esa experiencia, no despertará.

Serena y Darien no reaccionaron. Les costaba trabajo entender cómo un cerebro altamente emocional podía poner en coma a alguien. Había casos documentados en los que personas despertaban de un coma después de cinco, diez e incluso veinte años, y ellos no podían esperar tanto tiempo, pues debían regresar al futuro. No obstante, no querían abandonar a Saori, no en el momento en que más los necesitaba.

—Tenemos que hacer algo, Darien —dijo Serena, mirando con preocupación a Saori—. No podemos abandonarla, pero tampoco podemos seguir viviendo aquí.

—Es cierto que es nuestra hija, Serena —repuso Darien, dando un suspiro de resignación—, pero no pertenecemos a este tiempo. Tenemos que volver. No te preocupes, mi amor. Saori está en buenas manos.

—Por supuesto que está en buenas manos —dijo una voz detrás de ellos. Serena y Darien se dieron la vuelta y vieron a una joven alta y de cabello corto, aunque en la penumbra no se podía discernir su color pero, a juzgar por el tono de su voz, se notaba que era una chica de buenos modales y de naturaleza amable—. Yo me ocuparé personalmente de su bienestar.

No sabía por qué, pero Serena sentía, a un nivel instintivo, que podía confiar en esa mujer, quienquiera que fuese.

—Gracias —dijo Serena, aliviada por la aparición de esa muchacha—, pero no sé tu nombre.

—Perdón, fui descortés. —La recién llegada hizo una pausa para luego presentarse—. Mi nombre es Rachel Stark (72) y soy estudiante de biología.


(71) La No-Localidad Cuántica es un fenómeno en el cual dos partículas intercambian información de manera instantánea, aun estando a millones de años luz de distancia. Se teoriza que aquel intercambio se produce al margen del espacio-tiempo, cosa que explicaría la comunicación instantánea entre dos partículas.

(72) Rachel Stark también aparece en el fic llamado "Carrera a la luna". Aunque no es esencial que lean aquella historia, hacerlo podría aportar más pistas sobre el argumento de la segunda parte de la presente historia, así que estén atentos(as).