Capítulo 37: El barco con velas negras
(Roskat)
El amanecer solo les trajo una luz tenue, que se filtraba a través de las gruesas nubes de tormenta. Todo estaba teñido de un deprimente color grisáceo, desde sus ropas hasta sus caras. Las ojeras por el cansancio, los moratones, la piel macilenta... Nadie en el grupo presentaba un buen aspecto.
- Parecemos unos puñeteros zombies. – declaró Sikoth, mientras miraba la cara de su hermano Koru.
- Esa lengua... – Elia volvía, por decimotercera vez en lo que iba de mañana, a mojar la frente de la shinobi. Tyra seguía dormida, y, a pesar de que estaba afectada por el mismo halo, su rostro había recuperado el suficiente color para pensar que iba a despertar de un momento a otro.
- Eso, no digáis tacos delante de las señoras, ratas maleducadas.
Zul se llevó por esta frase un golpe de Sikoth, pero se vio recompensado al escuchar la risa de Elia... Bueno, más que risa fue una carcajada muy débil, seguida de una fuerte tos.
- ¿Pero qué hacemos aquí, parados? – Jason andaba en círculos, como una fiera acorralada. – Debemos buscar una forma de salir, chicos.
- Ya... Pero te recuerdo que estamos en una isla, La Santa Lila estalló en mil pedazos, otro tornado se nos echa encima, y no podemos construir un bote grande en tan poco tiempo. – Koru había enumerado todos los inconvenientes con los dedos. Al acabar, los agitó delante de los ojos del chico de Keel.
- Quedarnos sentados a esperar la muerte no nos ayudará en nada. – Jason cedió a la tentación, al fin, y empezó a morderse las uñas de la mano izquierda. Nadie del grupo conocía aún ese vicio insano, lo único que le ayudaba a pensar cuando se encontraba acorralado o en peligro. Claro que ninguna situación anterior de su vida en Keel podía compararse con esta.
- Sigo diciendo que debemos construir una balsa, al menos lo suficientemente grande para escapar del tornado que se acerca. – digo Torom, quien despertaba al fin después de hacer doble turno.
- No hay tiempo. Necesitaríamos un milagro de los mismos dioses creadores. – terció Elia. – Yo... No puedo separar las aguas... hasta no haber descansado.
- Tampoco hay tiempo para eso. – Jason dio un golpe a un árbol, y de lo alto de la copa cayó una especie de coco. Zul, en un rato de hambre atroz, había tratado de abrir uno de estos cocos, pero desistió. La cáscara era realmente muy dura, algo que comprobó en persona el propio Jason, pues le cayó justo encima de la cabeza. Cuando dejó de ver pequeñas estrellas de colores, se encontró con que el resto del grupo se estaba riendo a carcajadas.
- Serías un gran payaso, Jason... que bueno... – Zul se reía dando vueltas en el suelo. El aspirante a caballero trató de ponerse serio, pero al final le acabó contagiando la risa del híbrido.
Elia fue capaz de preguntarle si estaba bien. Cuando la maga se puso en pie, el espejo, que llevaba en el interior de la mochila, se cayó al suelo. Emitió una luz tenue y luego se apagó.
- ¿Habéis visto eso?
Koru se acercó a mirar la superficie brillante del espejo, y solo vio su rostro consternado.
- Sí... Vaya... – Torom también se asomó, pero no llegó a ver nada, solo oscuridad. - ¿Puede haber un fragmento de la pluma en esta isla, al fin y al cabo?
- Mi espada no indica nada. – Jason trató de tocarse el chichón de la cabeza para apretarlo.
- Bueno... puede que este espejo tenga otro uso. Aún no he descifrado su auténtico cometido... – Elia se arrodilló al lado y lo iba tomar, cuando Zul, de repente, se inclinó sobre la superficie. Debido al gesto tan brusco, estuvo a punto de tirar a los hermanos. Pisó a Torom, que tuvo que apartarse; y sin disculparse, el híbrido tomó el espejo entre sus manos.
- ¡Qué pasada¡Hay un barco! – señaló la superficie.
- ¿Cómo que un barco? – Elia escudriñó el espejo, pero no vio nada. Entonces, acordándose de algo que leyó alguna vez, cedió el espejo a Zul. El híbrido lo tomó, y por unos breves instantes un rubor rosáceo le cubrió las mejillas. - ¿Tú ves un barco en el espejo de Lathia?
- Sí...Uno con las velas negras... No es un barco muy alegre. – Zul entrecerró los ojos, concentrado. El resto no veía nada, pero por la expresión de esperanza de Elia, decidieron aceptar la posibilidad de que el híbrido realmente estaba viendo algo. - ¡Anda! Pero si yo estoy subido al palo mayor... Y Koru, y Sikoth y Tyra... Torom maneja el timón... y creo ver a Elia con... – y aquí el híbrido se calló. - ¿Es una alucinación, verdad?
Elia negó con la cabeza.
- No. Es probable que estés viendo el futuro. Concéntrate... ¿Hay algo que te resulte familiar o que nos lleve a algún sitio? – preguntó Elia. Zul la obedeció, y al cabo de un rato añadió:
- Veo... unos símbolos parecidos a los del templo de Caos, bordados en las velas...
- Puede que en el templo hubiera algún tipo de muelle, donde antiguamente atracaban barcos. – comentó Sikoth. – Un ladrón que estuvo trabajando de pirata nos contó una vez que en algunas islas hay pasadizos subterráneos, y los contrabandistas los usan para guardar naves de grandes tamaños.
- Además, también nos contó que las velas negras es una forma de reconocerse entre los piratas. – comentó Koru.
- Puede que en ese templo hubiera más de una pista para salir de aquí. – Jason se acercó al espejo. Él tampoco veía nada... Bueno, veía un poco las caras de los demás, como la suya propia, reflejada en el cristal como en cualquier espejo normal.
- Habrá que regresar. Yo puedo cargar con Tyra, no creo que pese mucho. – Sikoth se palmeó las manos.
Un mechón rojo cayó encima del espejo, y todos dieron un grito. Como estaban agachados mirando la superficie, tratando de ver lo mismo que decía Zul que veía, no se habían dado cuenta de que Tyra se había despertado. La shinobi estaba de pie justo detrás de Zul, y una cascada de cabellos rojos cayó sobre la superficie del fragmento de la pluma.
- ¡Tyra! – Torom sonrió, aliviado. – Al fin has despertado.
- ¿Qué ha pasado? – la hechicera, a pesar de su palidez y las ojeras que restaban belleza a su rostro, parecía lo bastante sana para comprender con rapidez.
- ¿No recuerdas nada? – preguntó Sikoth. Le colocó su capa sobre los hombros y Tyra, confusa, se abrigó con ella.
- No mucho... Recuerdo que estábamos en el barco, que había una tormenta y... luego... niebla. Pero poco más. – Tyra observó el aspecto de todos y cada uno de los presentes. - ¿Hemos naufragado?
- Sí. – atajó Elia. La maga la miraba con desconfianza, y no era la única. Torom había fruncido el ceño al escuchar la vacilación en la voz de la shinobi.
- Nos alegramos de ver que estás bien del todo. ¿Puedes caminar? – Koru, mucho menos impresionado por la belleza de Tyra, la cogió del hombro. – Veo que sí. No perdamos más el tiempo con charla inútil. Ese barco está en una gruta... será suficiente para que estemos refugiados en el interior, mientras pasa la tormenta.
Koru señaló el cielo: el color gris con el que había amanecido el cielo, se había vuelto negro como la noche. El aire olía a agua, frío y electricidad. Hasta Tyra, adormilada, comprendió que si se quedaban allí más tiempo, se les caería esa tormenta encima.
La única opción era regresar al templo, aunque Sikoth, Torom y Zul no se mostraron muy felices ante la idea. Al llegar al lugar, se encontraron con la puerta sellada. Juraron que las puertas habían estado abiertas, y que ellos no las cerraron. Entonces, el búho Riwl se escurrió del hombro firme de Sikoth y sobrevoló una especie de piedra con forma de totem. A duras penas el pobre búho regresó a donde le esperaba su dueño, pues el viento arreciaba por segundos.
Zul trepó por el totem y, sin hablar más golpeó la cabeza de lo que parecía un toro "con cara de cabreo". La boca se abrió, la base con forma de zorro giró y se abrió una trampilla a un lado del templo.
Pasaron todos corriendo, preocupados por el fuerte viento. El primero, Torom, alzó la mano derecha e invocó a la luz. Bajo sus pies, unas mohosas escaleras conducían hacia el interior de la isla. El descenso se hizo lento, en ocasiones tuvieron que parar, pues los escalones estaban resbaladizos y quebradizos bajo sus pies. Pronto, el sonido de la feroz tormenta fue quedando atrás, olvidado ya. Nadie se atrevía a hablar, para no gastar saliva en charla inútil. Tyra, que era quien iba detrás de Torom, le apretó el hombro. Torom la miró de reojo, y percibió en los ojos verdes de la shinobi cierto movimiento rápido. "¿Sabe qué le ha pasado¿Lo intuye, cree, duda? Si al menos tuviera una mínima arruga en la frente, podría pensar que es humana..."
Elia, que iluminaba a los rezagados con el Báculo de la Ciencia, resbaló de repente, y estuvo a punto de caer escaleras abajo. Se lo impidieron al mismo tiempo Jason, que caminaba detrás y colocó sus brazos para amortiguar la caída; y Zul, que se giró con una rapidez pasmosa y la cogió de la cintura.
- Gracias... a los dos. – Elia sonrió y se incorporó enseguida. Al hacerlo, se apoyó en el hombro de Jason. El híbrido emitió una especie de bufido y bajó los escalones de dos en dos.
- Huelo a sal. – declaró el híbrido. Torom se detuvo para dejarle pasar. - ¡Por el culo de un murciélago borracho, demonios¡Menuda cáscara de nuez!
En efecto, al final de las largas escaleras, había un lago de aguas oscuras. Torom tuvo que iluminar aún más el lugar para que los demás vieran lo mismo que Zul. Flotando sobre las aguas, había un barco, de un tamaño parecido a la Santa Lila, pero de un aspecto tenebroso. Las velas se mecían por el efecto de una suave marejada, que sacudía la embarcación. Las maderas eran oscuras, y sobre la cubierta se veían montones de mercancías abandonadas. No vieron ni cadáveres ni restos que hicieran pensar que había alguien más por allí. Solo fantasmas.
- Vaya... Estupendo, tenemos un barco, increíble. – Koru emitió un silbido. - Si se lo damos a "El Búho", no nos dirá nada por perder la Santa Lila.
- ¿Eso es lo que te preocupa ahora? – Sikoth le dio una colleja. – Mira con más atención...
- ¿Cómo vamos a sacar semejante trasto? – comentó Jason.
- Bueno, no os desesperéis. – Elia puso los brazos en jarras. – Chicos, esto lo tuvieron que meter de alguna forma.
- Es como esos barcos que los pescadores hacen dentro de botellas... – musitó Zul.
- Espero que no, esos barcos no pueden sacarse. Se construyen dentro de la botella con unos palillos y mucha paciencia... – Tyra se secó el sudor de la frente.
- Tengo una idea. – Elia sacó el espejo de Lathia y se lo tendió a Zul. – Mira, quizá la diosa Lathia vuelva a darnos una pista.
Zul sonrió y cogió el espejo entre las manos. Se asomó, y el resto pudo ver el breve destello que emitió la superficie. El híbrido se concentró en la imagen. Estuvo un rato, su rostro sereno mientras que los demás esperaban en tensión. Jason estaba mordiendo la uña del dedo meñique de la mano izquierda, cuando Zul declaró:
- Saldremos cuando amanezca y baje la marea. Entonces, la cueva se vacía y aparece la salida. El barco está enganchado a una especie de muelle gigante, y la cadena hay que desengancharla en el momento justo en el que el agua baja. Si no, las olas se vuelven muy violentas y pueden destrozar el barco. – terminó de decir Zul.
- De acuerdo... tenemos unas cuantas horas antes del amanecer. Este barco es nuestra única opción para salir de esta isla y llegar vivos a algún lado. Así que olvidemos ese aspecto de barco fantasma y pongamos manos a la obra. – Jason corrió hacia la nave. Había unas gruesas sogas que la sujetaban a unas argollas en las paredes de la cueva, para evitar un balanceo excesivo. Trepó por una de ellas con agilidad y llegó a la cubierta. Sikoth también le imitó.
Los dos chicos contemplaron la cubierta, polvorienta, del barco. Parecía increíble, aquel lugar debía llevar años y años sin usarse, y sin embargo, la madera no parecía combada por la humedad ni tenía aspecto de ruina. El polvo era lo único que arruinaba el lugar... Eso y los símbolos de las velas.
- Hijos del Caos.
- ¿Qué dices, Sikoth? – Jason encontró la pasarela, colocada en paralelo contra las barandillas.
- Es lo que significa ese símbolo. – Sikoth acarició la cabeza de Riwl, que empezó a moverse muy nervioso. – Este barco da malas vibraciones.
- Le pondremos unas velas más alegres. – Jason le guiñó el ojo y Sikoth trató de olvidarse del temor que sintió.
- ¿Y si esto es otra trampa de ese tipo, Calik¿Y si aparecen otra vez esas sombras? – Sikoth se agachó y agarró una parte de la pasarela.
- Sencillo: Koru ataca a la de Zul, Torom a la de Elia, y tú a la mía. Como será fácil de vencer, podrás ayudarme a vencer la de tu hermano. Tyra no creo que tenga problemas con la de Torom...
- Menudo payaso estás hecho... Ya te enseñaremos unos cuantos trucos de los ladrones cuando estemos tranquilos.– Sikoth ayudó a levantar la pasarela, y entre los dos la colocaron en el borde. Al otro lado, Koru y Torom la sujetaron con unos espiches que encontraron.
Cuando la pasarela estuvo bien sujeta, todo el grupo subió.
- Esto de aquí debe ser la cadena que vi en el espejo. No podemos cortarla desde aquí, para desengancharla, uno de nosotros debería estar abajo. – Zul se asomó al otro lado de la popa. La cadena estaba enganchada a una especie de polea. Elia explicó que, aunque la magia podía permitir mover cosas a distancia, la cadena tenía una serie de símbolos que imposibilitaban el uso de hechizos.
- Alguien debe bajar y desengancharla... pero le dejaremos atrás. – Torom frunció el ceño.
- Iré yo. – declaró Tyra.
La shinobi tuvo que enfrentarse a la mirada de cada miembro del grupo. Enderezó la espalda y mostró la expresión más neutra que conocía.
- Vosotros... ya os habéis metido en muchos líos. Yo... puedo continuar este viaje sola.
- No digas chorradas. – dijo Zul desde el asiento improvisado sobre unos barriles. - ¿Por qué tienes que ir tú, precisamente?
- Porque si continuo con vosotros, Calik os acabará matando. Es a mí a quién persigue, o yo le persigo a él, y no quiero que estéis involucrados.
- ¿No decías que no te acordabas de nada? – Elia la miraba con desconfianza. Tyra no pudo decir nada a esto. Mantuvo la cabeza erguida, sin dudar.
- Ya estamos involucrados. Mientras sigamos la búsqueda de las piezas, será el pan nuestro de cada día. – intervino Sikoth.
- ¿Se os ocurre algo mejor? De esta forma saldréis de aquí todos vivos...
- Nadie tiene porqué quedarse en esta isla.
Jason intervino. Durante la declaración de Tyra, a pesar del interés por la actitud extraña de la shinobi, algo atrajo su atención. Señaló hacia el lugar que parecía una especie de pasarela que cruzaba la entrada de la caverna.
- Yo puedo desenganchar la cadena, y luego correr hasta la pasarela... El barco pasará por debajo, así que aterrizaré en el puente de mando. Chupado. – y añadió: - Mira, Tyra, ese tipo que se llama Calik no está en la isla, y quedarte aquí no te ayudará en nada. Solo para que acabes destrozada por otros tornados, o enterrada viva en esta cueva. Cuando lleguemos a algún lugar, ya lo pensarás. De momento, no te queda más remedio que seguirnos.
Tyra iba a abrir la boca para quejarse, pero nadie más le prestó atención. Subido en los toneles, Zul declaró que el agua empezaba a descender. Torom, Sikoth y Koru cortaron las cuerdas de las maromas que sujetaban al barco con las argollas en las paredes.
- ¿En serio podrás tú solo? Te acompaño... – Elia se enganchó el bastón de la Ciencia al cinturón, pero el gesto de Jason la detuvo.
- No me llaman "Pies de Fuego" por una casualidad. Entre los chiquillos de Keel soy famoso por mi velocidad corriendo.
- Yo pensaba... que era tu apellido.
Jason echó a correr hacia la única cuerda que quedaba aún sujeta. Antes de descender por ella, le dijo a Elia:
- Si todo sale bien, te diré mi apellido. – y le guiñó el ojo.
- Será chulo el niñato ese... – comentó Zul, emitiendo otro gruñido.
- Que yo sepa, es dos años mayor que tú. – Tyra no se conformaba con quedarse quieta. Se asomó junto con Elia hacia el lugar donde estaba la cadena. Jason llegó en ese momento.
Mientras, Zul escaló el mástil principal. Abajo, el resto de la improvisada tripulación desplegó las velas que permanecían ocultas.
Fuera, el viento paraba un momento, y las aguas, poco a poco, fueron retirándose...
"Empiezo a sentirme cansado" Jason esperaba a que Zul le hiciera la señal. "Muy cansado...A mi también me gustaría marcharme, y averiguar que ha sido de Medea... Pero no puedo dar la espalda a esto. ¿Y si la pluma cae en malos manos¿No es el deber de un caballero evitar que el mal se salga con la suya?"
Era extraño, pero en ese momento, se acordó de Lidda. La hafling, que se había ido de esa forma tan extraña con aquel tipo de alas negras, no parecía dudar tanto a la hora de seguir su camino. "Ella no necesita al grupo, y tú sí, Jason... Porque eres un cobarde. Sabes que en el momento en el que viajes solo, tus posibilidades de sobrevivir son mínimas. Keel era una ciudad fácil, con unos enemigos previsibles. Yo luchaba contra el hambre, las enfermedades y las pequeñas injusticias. Ahora, me enfrento a asesinos despiadados, bestias, marionetas psicópatas, tornados y templos malditos... No, aún tengo tantas, tantas cosas que aprender"
Desde el barco, podía distinguir la silueta de Elia y de Tyra. Desde la noche de la posada, Jason había comenzado a apreciar a la maga. Hasta ese momento, solo era una más, alguien que usaba un poder que el chico jamás había visto. Fueron los ojos ámbar, tristes pero con cierto brillo esperanzado, lo que más le había atraído. A su lado, se sentía relajado, no como cuando estaba con los hermanos o con Torom. Elia... le daba confianza.
- ¡Atentos! El agua está bajando, cada vez más rápido. – gritó Zul, cortando los pensamientos. Jason apretó el mango de la manivela. Debía ser realmente veloz, pero si corría sin pensarlo, con la mente fija en el puente, podría lograrlo. "Es hora de que ayude a mis amigos¿no, Ludo? Si te vuelvo a ver en esta vida, no pienso parar hasta que me digas quién eres en realidad, y si me puedes entrenar."
- ¡Jason¡Prepárate! – volvió a gritar Zul. El eco se repitió, con tono metálico y oxidado, hasta llegar a los oídos del aspirante a caballero.
¿Metálico¿Le había parecido escuchar un tintineo metálico en la voz del híbrido?
"No... Estoy alucinando. Necesito comer algo más consistente que un pescado" Jason apretó la manivela. Un sudor frío le empapó la espada. No, sentía un aliento desconocido justo detrás de él.
Se apartó con rapidez y desenvainó el sable oxidado. Al instante, el mismo sonido metálico que había sentido se repitió, pero esta vez más cerca de su oído derecho. Cuando quiso apartarse, algo le empujó contra la pared con una fuerza brutal. A punto estuvo de perder la pluma de Oth.
Alzó la vista y trató de ver en la oscuridad hacia lo que le estaba atacando. Una ligera luz fluorescente emanaba de las dos figuras que estaban de pie, frente a él. Trató de moverse, pero entonces descubrió que de la parte superior de su brazo izquierdo sobresalía un estilete largo de plata, que le mantenía sujeto contra la pared.
Esa forma del estilete le hizo recordar… a la asesina ciega del templo de Horth.
- Dame esa espada, y puede que vivas un par de horas más. – dijo una voz conocida, demasiado conocida.
La silueta luminosa se aclaró, y mostró el rostro de Medea.
En la cubierta del barco, las cosas no estaban mejor.
Tan pronto como Zul gritó la última orden a Jason, una manada de figuras esqueléticas surgió de las oscuras aguas del barco y, trepando con agilidad, había llegado a la cubierta.
- ¿Es que no nos pueden dejar tranquilos, ni un momento? – exclamó Koru. Se cubrió con el escudo y atacó sin parar. Cuando la espada cortaba los cartílagos de las figuras, estás se desmoronaban.
- Bah… esto no es nada. – Zul golpeó las rodillas de un esqueleto con su vara. Sin detenerse y sin necesidad de levantar más el brazo, lanzó la cabeza de regreso a las aguas oscuras.
Una llamarada de fuego incandescente se ocupó de los esqueletos que trataban de subir al barco. El bastón de la Ciencia, en las manos de Elia, se apagó, para luego iluminarse por segunda vez. Al final de la caverna, podía verse un resquicio de luz solar. "Debemos darnos prisa, si no, nos quedaremos encerrados aquí" pensó la maga. Se asomó entonces a la popa, para socorrer a Jason si estaba metido en líos.
Lo que vio le heló la sangre: dos mujeres de cabellos blancos, apuntando con largas dagas hacia el cuello de Jason. Iba a bajar corriendo, como fuera, cuando un esqueleto la atacó por la espalda con una piedra. De repente, estaba tendida en medio de la cubierta, con un dolor lacerante en la nuca, y el báculo de la Ciencia lejos de su alcance.
Cuando se incorporó, le pareció ver que alguien bajaba a toda prisa por la cadena de metal…
- Me… Medea… ¿Qué haces?
¿Era de verdad la misma persona? El cabello rubio tan claro que casi parecía blanco estaba limpio, peinado en una tirante coleta. Los ojos ciegos resplandecían con la luz que emitían las ropas que llevaba: una túnica blanca, un amplio cinturón de cuero y el estilete con el que le señalaba el cuello. Un paso por detrás, una mujer un poco más alta que Medea, pero con los mismos ropajes y la misma mirada vacía, esperaba silenciosa.
- La espada, dámela. – le ordenó por segunda vez Medea.
Jason apretó los dientes y se incorporó. El brazo le dolía bastante, pero consiguió separarse de la pared.
- No eres tú… No puede ser.
La otra mujer soltó una carcajada sonora.
- Tenías razón, es bastante corto y vulgar. – la mujer avanzó. – Chico, la espada, rápido. No nos obligues a atacarte. Me aburre matar a tipos como tú.
- Permite que acabe yo con él, hermana. Así demostraré mi lealtad a la orden. – dijo Medea. Levantó el estilete y avanzó con decisión hacia Jason. Parecía increíble que a pesar de su ceguera, pudiera caminar con absoluta normalidad. No tenía ya ese andar vacilante.
- Estás hechizada o hipnotizada… - Jason dudaba. No quería atacar a Medea, simplemente no podía entender porqué había cambiado su actitud. ¿Y si estaba sometida por algún hechizo¿Si atacaba a la "hermana", podría liberarla?
- No. Este es mi verdadero yo. Soy una asesina ciega, y mi misión en Keel era encontrar la pluma de Oth que se ocultaba en la ciudad y aguardar nuevas órdenes. Demasiado que esperé.
Medea adoptó una posición de lucha: un paso atrás, el brazo izquierdo ligeramente adelantado, el derecho alzado hacia atrás para tomar impulso. Los ojos se empequeñecieron, concentrados en un punto del cuello de Jason. "Son asesinas profesionales, a las que mutan el cuerpo y el alma para que sean perfectas máquinas de matar", le había dicho Lidda después del enfrentamiento con la primera. "Es una de ellas, de frágil y pequeña, nada".
Desde esa aventura en el templo, la espada no había vuelto a brillar ni a soltar el fuego. De hecho, estaba incluso más oxidada. Le pesaba entre las manos como nunca antes.
Medea se lanzó sobre él y el estilete descendió con tal velocidad que Jason no llegó a levantar la espada a tiempo y detenerla. Cerró los ojos cuando escuchó un golpeteo metálico. Por unos segundos, pensó que de veras había muerto. Luego, se dio cuenta que el brazo le seguía doliendo, con el estilete aún clavado, y que se mantenía en pie.
Una alabarda plateada había frenado el golpe de Medea. La chica dio una voltereta hacia atrás y entonces la "hermana" dio un paso al frente.
- Uy, creía que Calik te había dejado fuera de combate por una temporada.
Tyra movió una de sus alabardas.
- Jason, termina de mover la manivela y corre hacia el puente.
La asesina ciega se echó sobre la shinobi, pero esta hizo una finta, se escurrió y terminó un hechizo: una ola de fuego oscuro que se precipitó sobre el enemigo. La asesina lo esquivó con la misma seguridad de antes, sin inmutarse, y golpeó con su estilete hacia el corazón de Tyra. Mientras, Jason accionó la manivela, sin quitar el ojo a Medea. La chica dio un salto y golpeó la cadena con sus manos: el acero se derritió en cuestión de segundos.
- Maldición…
El suelo bajo sus pies tembló. El barco empezó a balancearse de un lado a otro. Sobre la cubierta, solo los reflejos y las habilidades de los chicos del grupo evitaron acabar en las aguas oscuras. Inflexible, el barco avanzó hacia la salida, sin esperar a nadie.
Jason tenía a Medea a unos escasos metros. Se estaba riendo. ¡Riendo en su cara! Ahora, ya no había escapatoria. O luchar o morir. "No puedo entregarles la pluma… No quiero. Fallaré a los demás, y no podré sentirme bien conmigo. Prefiero luchar, aunque muera".
Y por fin, atacó a Medea. Esta se deshizo de ataque, se echó hacia atrás y, doblando el cuerpo en una pirueta casi imposible, atacó a Jason por abajo, con la intención de atravesarle algún órgano vital como el estómago o los pulmones. El sable oxidado se interpuso y Jason, usando un movimiento circular de muñeca, arrebató el arma de la asesina ciega. Medea entonces se defendió usando los puños. Le golpeó en la mandíbula y luego, un derechazo certero en la mejilla le hizo ver las estrellas.
El barco estaba a punto de alcanzar la salida, cada vez más rápido. Tyra se deshizo del ataque de la "hermana", y lanzó una estocada en cruz. Esta vez, la hirió. La sangre salpicó el rostro pálido de la shinobi. Entonces, Medea dejó a Jason. Corrió para colocarse al lado de su compañera y apartó a Tyra de ella con una fuerte patada. A Tyra no le dolió. No había intención de hacerle daño, solo de apartarla para evitar que la shinobi rematara la tarea.
La antigua chica indefensa, la pobre amiga ciega que le aguardaba en el templo todos los días, tocó el hombro de su "hermana", murmuró algo, y las dos desaparecieron en el aire, como fantasmas.
Tyra no se detuvo a pensar. El barco estaba a punto de desaparecer, pero aún no había llegado a la pasarela.
- ¡Jason, corre! – la shinobi le cogió de la mano y tiró de él. Jason también se había dado cuenta de que el barco se iba sin ellos. Tomó la delantera, y pronto era él quién casi deja atrás a Tyra.
Llegaron a la pasarela cuando el barco estaba a punto de salir al exterior. Al saltar, pudieron ver que el puente de mando desaparecía bajo sus pies. Tyra clavó la alabarda en la madera y se quedó colgando, sujetando la mano de Jason.
El barco salió finalmente de la cueva y se dirigió mar abierto, hacia el horizonte oscuro y cubierto de nubes.
La lluvia caía con tal fuerza que tuvieron que buscar refugio en el interior del barco. En el camarote del capitán, la habitación más grande y caldeada, Elia miraba el estilete de plata que Jason aún llevaba clavado en el brazo izquierdo.
- Esto no tiene… buena pinta. – comentó.
- Pero no sangra. Solo hay que quitárselo y listo. – Zul se arremangó las mangas de su túnica y tocó la empuñadura.
Al instante, Jason dio un grito de dolor. Se le saltaron las lágrimas, y por unos segundos solo podía ver un ligero velo rojo alrededor.
- No podemos quitárselo sin anestesia de ningún tipo. Además, creo que le ha dañado un hueso. – comentó Elia, apartando a Zul. – No sangra precisamente porque el estilete está conteniendo la herida. Cuando lo quitemos, sí que sangrará, y bastante.
Zul se retiró, con las orejas gachas. Elia le había mirado como hacía antes, cuando desconfiaba de él por ser híbrido.
- ¿Dónde están los otros? – preguntó Jason. Tenía un vago recuerdo del momento después de saltar hacia el puente. Durante la pelea con las asesinas, estaba tan asustado y nervioso que no sintió dolor alguno. No pensó que esa herida pudiera ser tan grave, hasta ver la forma en que le miraba Elia.
- Evitando que naufraguemos… por segunda vez. – comentó Zul. - ¿Entonces… qué hacemos?
- No lo sé. Yo no tengo respuestas para todo. – Elia se mordía el labio, nerviosa. Se dio cuenta de la mirada herida de Zul, y entonces, de forma muy suave, añadió: - Puedo curarle con magia, pero antes necesitamos algo para anestesiarle…
- ¿No puedes dormirle?
- Ya lo he intentado, pero está muy nervioso.
Zul salió corriendo, con la promesa de buscar algo que les pudiera servir. Elia había encontrado restos de sábanas, algo mugrientas, y se dedicó a dividirlas para hacer vendas. No estaban del todo limpias, pero servirían para contener la herida en el momento en que sangrara. Permanecieron en silencio un largo rato.
- Tuviste suerte. – comentó, tratando de distraer la atención de Jason hacia la herida. – Pudieron matarte.
- Y querían… pero Tyra lo impidió. – Jason empezaba a tener frío, y eso se notaba porque le castañeteaban los dientes y tartamudeaba. – Era Medea, esta vez… era la auténtica. "Mi yo verdadero", me ha dicho. ¿Qué quería decir, que ha estado fingiendo conmigo, que todo lo que he vivido el último año a su lado era una mentira?
Elia no le respondió. No sabía que decirle. Bueno, deseó decirle: olvídate de ella, no es más que una mentirosa que te ha traicionado. Hay mejores personas a tu lado que jamás tratarían de hacerte daño. Pero sabía que no podía decirle eso ahora, que no la escucharía. En su lugar, solo asintió, brevemente.
- Y yo preocupado, rezando por las noches pensando que a lo mejor estaba herida, prisionera de esa especie de secta…
Jason apoyó la frente en la mesa, mareado por el dolor y el olor a sangre. Alguien dejó una botella de color verde oscuro con un golpe seco, y le despertó de repente.
- He traído esto. – declaró Torom. Tenía las ropas y el cabello empapados. Detrás de él, los hermanos se sacudían sus respectivas capas y trataban de calentarse al fuego. – Zul me ha dicho que ha encontrado otras cosas, y que ahora las trae. ¿Servirá?
Elia tomó la botella y asintió.
- Creo que sí.
- ¡Ron! Y del bueno. – Koru tomó la botella y, de un mordisco, arrancó el corcho. – Um… no huele a picado.
Jason no era partidario de beber, y normalmente el olor a alcohol (que había tenido que sufrir en algún trabajo de limpiador en tabernas) le daba arcadas. Elia insistió, y al final el aspirante a caballero echó un largo trago. Contuvo las ganas de escupir, y dejó que el sabor dulzón le calentara el cuerpo. Tras tomar otros tres tragos largos, dejó de sentir lo que pasaba alrededor.
Ahora sí, a Elia no le costó nada arrancar el estilete. Jason solo sintió un ligero tirón, y luego la sensación de tener mojado el brazo. La maga empezó a recitar hechizos, uno tras otro, hasta que la herida se cerró del todo. Apartó las sábanas empapadas de sangre y se retiró. Entre los hermanos, tendieron al muchacho en la cama del capitán y le dejaron allí, durmiendo.
- Uf… Se pondrá bien. – declaró Elia, con el rostro cansado después de tanta tensión. - ¿Dónde está Tyra?
- Enderezando el rumbo, hacia la isla que se podía ver desde Axia. Suponemos que llegaremos ahí mañana, al amanecer. – declaró Torom. - Por fortuna, estamos dejando atrás la tormenta, así que podemos descansar.
Tyra apareció entonces, empapada como el resto. Preguntó por la herida de Jason y luego se acercó al fuego. El rostro de la shinobi, por lo general neutro y tranquilo, mostraba una ligera sombra de vacilación.
- Debemos hablar de algo, muy serio. – empezó a decir, sin mirar a nadie en concreto. Zul llegaba en ese momento, llevando más botellas de ron, unas especies de galletas metidas en tarros herméticos y cañas de pescar.
- ¿Es sobre Calik?
La pregunta de Torom no la pilló desprevenida. Era inevitable, al fin y al cabo debían estar todos consternados.
- Él no va a parar. Nunca lo hace. Si se ha propuesto acabar conmigo, entonces lo hará, sin importarle mucho quién este en medio.
- ¿Qué es lo que quiere? – preguntó Sikoth. El muchacho buscaba argumentos para obligar a Tyra a quedarse, pero por más que lo pensaba, le parecía lógica la reacción de la muchacha. No quería ser la culpable de sus muertes.
- No estoy segura… - mintió Tyra, a medias. Se giró para mirar a la cara a Torom. – Mientras yo esté con vosotros, corréis peligro. Yo puedo continuar el viaje, siempre lo he hecho, y sé que podré hacerlo. Vosotros… podéis terminar la búsqueda de las plumas.
- Ese Calik es fuerte, te lo admito. Ya os advertí que si tenemos otro enfrentamiento con él, lo mejor es salir huyendo. Sin embargo, no creo que marcharte sea la solución. – dijo Torom.
- Claro que no. – intervino Elia. – Escucha, Tyra… No puedes pensar en serio que con tu marcha, se acaban nuestros problemas. Estamos metidos en la búsqueda de las piezas, y hay más enemigos que ese tal Calik. Si no es él, será otro quién nos de por fin caza. – Elia señaló el estilete de plata de las asesinas ciegas, sobre el montón de vendas ensangrentadas. – Mientras estemos unidos, tendremos más posibilidades de salir con vida y terminar la misión. Si nos separamos, como nos ha pasado hasta ahora, lo único que logramos es perder el tiempo y perecer inútilmente. Yo también he viajado sola mucho tiempo, y deseo encontrar al asesino de mi padre, pero comprendo que hay cosas aún más importantes. – los ojos ámbar de la maga brillaron al borde de las lágrimas, pero no derramó ninguna. El recuerdo del malvado Chryssos podía paralizarla, y quería decir una última cosa. – Si no llega a ser por ti, no le habríamos quitado el estilete del brazo, sino del corazón; y habríamos perdido una de las plumas.
Y, como el pensamiento de perder también a Jason le provocaba igual inquietud, se giró hacia la ventana, para evitar que los demás vieran la lágrima que se escurrió. Se limpió con rapidez.
- Yo… Debo admitir que tienes algo de razón, Elia. – Tyra se acercó a la maga y le puso la mano en el hombro. – Está bien… Permaneceré en el grupo, pero si Calik vuelve a aparecer, os pido que me lo dejéis a mí.
"Al menos, que pueda evitar que hagas más daño, oni-san" pensó para sí.
Elia asintió, y el resto del grupo empezó a aplaudir. Sorprendida y colorada, la maga recibió felicitaciones por convencer a la ninja. Sikoth le dio un abrazo a Tyra, feliz de que no fuera, y Torom, aguantando los celos, declaró que así el viaje se hacía aún más interesante. Koru abrió otra botella de ron y propuso brindar por haber salido de la isla todos juntos.
Entre el cañón de Ghadren y las orillas del río Lebas, había una región llamada "del silencio". Un páramo de vegetación salvaje y espinosa, con la tierra dura como una roca, era lo único que se extendía por kilómetros. Muy pocos se atrevían a cultivar por allí, y solo pasaban algunos rebaños en trashumancia, cuando llegaba la época de trasladar las ovejas en busca de pastos más verdes.
Casi nadie sabía que, caminando hacia el cañón, había una fortaleza de piedra. A simple vista, podía parecer una simple muralla. No había caminos que condujeran a sus puertas, y ningún cartel señalaba el nombre de la construcción. Los incautos viajeros que, extraviados, se la encontraron, sintieron un escalofrío en la espalda. Pues aquella construcción tenía un halo extraño, gélido como el aliento de los dioses del invierno. Dar un paso en esa dirección era acortar la vida considerablemente.
Y de noche era aún peor, pues de aquel lugar no salía nunca ni la más leve luz o humo. Quienes vivían ahí no necesitaban la luz para vivir ni el fuego para calentarse.
En las entrañas del lugar, una mujer de cabellos blancos acariciaba una copa. La túnica negra que vestía tenía bordado un símbolo en el pecho, el mismo que adornaba las velas del barco donde viajaba en esos momentos el grupo. El rostro de la mujer estaba marcado por arrugas en la frente y en los labios azulados. Sus ojos brillaban de forma antinatural, como si fuera un murciélago en pleno vuelo nocturno.
- Otra vez… se volvió a escapar. – musitó. La voz, más grave de lo normal, provocó un ligero sobresalto a su interlocutora.
De pie, al otro lado de la mesa, Medea aguardaba las órdenes, firme y con las manos a la espalda, como si fuera un soldado.
- Mi señora, no tuve más remedio. Hay órdenes de no tocar a la ninja, y se interpuso cuando iba a tomar la pluma. Luego, mi hermana resultó malherida, y tuve que poner en marcha el plan de huida. Cada vez somos menos, y no podemos permitirnos el lujo de perder a más hermanas.
La señora apoyó la mano, de dedos largos y huesudos, sobre una carta. Pasó los dedos tocando los surcos de tinta, leyendo las letras otra vez en su mente.
- Tu hermana ha declarado que actuaste con mucha decisión, y que estuviste realmente cerca de matarle. Parece que has vuelto al redil, pero aún no confío del todo en ti.
- Lo sé, mi señora.
- Durante un año no tuvimos noticias tuyas, cuando más falta nos hiciste. Te ocultaste con esa escoria humana…
- Lo hice para vigilar la pluma. Las órdenes de la misión solo explicaban que debía localizar la pluma que, según las escrituras, estaba en Keel. Sin embargo, no decían que debía hacer si alguien la poseía. Preferí mantenerme al lado, ganarme su confianza y estaba a punto de convencerle para marcharse a un viaje a la zona del silencio, cuando intervinieron los hombres del señor. – el rostro de Medea se crispó por la rabia.
- ¿Y tus poderes de vidente, no te mostraron que iba a ocurrir eso? – la señora ya había hablado sobre ello con Medea muchas veces, pero seguía sin estar del todo convencida. Medea contuvo el enfado y volvió a contestar.
- Mis poderes de videncia, aunque útiles para nosotras, no siempre me muestran todo lo que quiero. No funcionan a voluntad, por desgracia. Pero me permitió ver que ese grupo iba a coger una de las naves que, antaño, empleamos para negociar con los habitantes de Axia, y por tanto, pude preparar junto a mi hermana un ataque.
- De acuerdo. Medea, tu puesto en la orden y tu vida dependen de tu misión. Si vuelves a fracasar, entonces no tendré más remedio que acabar contigo y con todas tus pupilas. Sería una lástima, pues como ya has dicho, somos pocas en la actualidad, así que no me obligues a tomar medidas severas.
- ¿Cuáles son las órdenes, mi señora? – Medea irguió la cabeza y aguardó a que la voz de su jefa le dictara sus próximos pasos.
- De momento, aguarda. Parece que ese chico no es muy fuerte, pero a su lado tiene bastante gente experta que le protege. Cuando se quede solo, entonces podrás atacarle. Deberás matarle, esta vez sin miramientos, y traerme su cadáver y la espada.
- Creí que su cuerpo no era importante, que nuestros clientes solo nos piden la espada… - empezó a decir Medea. Sintió la vibración en el aire a tiempo, pero no apartó el rostro. Si la señora consideraba oportuno darle una bofetada o incluso clavarle un puñal en la garganta, no debía tratar de esquivarla. Hacerlo equivalía a ser una rebelde. Y las rebeldes tenían un final peor que una simple puñalada.
- No es asunto tuyo. Me traerás el cuerpo de ese mal nacido, Jason. Me informaron que tú fuiste quién, usando el hechizo de traslado, le enviaste cerca de esos viajeros. Debiste dejar que le mataran.
- Desconocía si eran amigos o enemigos de nuestra orden, y no debía permitirles poseer la pluma. Lo siento, mi señora. Mi estupidez le está costando mucho a la orden, y merezco todos los castigos. – Medea sentía la sangre correr en el interior de su boca. La bofetada había sido lo suficientemente fuerte como para partirle algún diente. Contuvo las ganas de escupir la sangre. En su lugar, se la tragó. – Demostraré que soy leal a la orden. Le traeré el cadáver de Jason y la espada oxidada.
Según los mapas, la isla más cercana era la isla de Dehbra. A pesar de que la veían sin necesidad de usar catalejos, la embarcación iba lenta. Perdió toda velocidad al salir de la isla, pues los vientos dejaron de soplar. En su lugar, se encontraron navegando con las velas casi caídas.
- A la noche, volverá a soplar. Entonces iremos más rápido. – declaró Tyra.
Sentados en las barandillas de babor y de estribor, respectivamente, estaban Koru y Sikoth. El búho Riwl dormitaba sobre el hombro del hermano mayor. Habían tenido bastante suerte con la embarcación: tenía de todo, desde cañas de pescar, hasta viejas túnicas bien conservadas, mantas, enseres de cocina, mapas, instrumentos de navegación… Lo único que no abundaba en el barco eran las velas, los candiles o faroles. Solo habían encontrado un par. Los dos hermanos vestían unos trajes muy ligeros y de corte anticuado, propiedad de algún marinero, mientras sus túnicas se secaban al sol.
Cuando se cambiaron, Koru se acordó de una cosa. Cuando estuvo solo en la Santa Lila del Mar, antes de ser despedazada por la tormenta, había encontrado una lira, que pertenecía a la shinobi. La había cogido, pensando que aquel objeto parecía realmente muy importante para ella; y la había guardado bajo el interior de su túnica. Era una suerte que no se rompiera después de tanto ajetreo.
- Anda, seguro que te lo recompensa con un beso. – le dijo a su hermano, entre risas. Sikoth la tomó, todo colorado, y le espetó que por que no se lo daba él. Entonces, Koru se limitó a encogerse de hombros. – A mi me dará igual si me lo agradece o no.
Sikoth le llamó cotilla, pero se guardó la lira. Cuando, tras pescar el décimo pescado (superando a su hermano), subió al puente de mando, se acercó a Tyra.
- Eh… Hola. – Sikoth dejó el cubo. De repente, era consciente de que le olían las manos a pescado.
- Hola. ¿Quieres coger un rato el timón? – Tyra iba a apartarse, pero Sikoth negó con la cabeza.
- Ahora el turno es de Torom. Yo lo cogeré a la noche. Venía… a darte esto. – Sikoth le tendió la lira. - Mi hermano la recogió de la Santa Lila, y creo que es tuya…
El rostro de Tyra, desde que la había conocido, siempre estaba serio. Los ojos verdes eran muy expresivos, aunque ella trataba de evitar que se reflejaran sus emociones. Sin embargo, con aquel objeto que ya había dado por perdido, no pudo evitarlo. Tomó la lira y, sin pensarlo mucho, le dio un beso a Sikoth.
- Gracias, gracias… Realmente es algo muy importante para mí. – Tyra se apartó. Sentía calor en el rostro, y al mismo tiempo ganas de reír al ver la expresión de sorpresa y gusto de Sikoth. El chico asintió y le dedicó una sonrisa.
- En agradecimiento… ¿te importaría tocar… digo… interpretar una canción? Algo alegre, para que no pensemos en cosas tristes por un buen rato.
Tyra se sentó en las escaleras del puente de mando, con la lira bien apoyada en la cadera.
- Ahora mismo. También para daros las gracias por cuidarme mientras estuve en peligro.
Sus dedos se movieron ágiles, tocando una melodía de baile, llena de giros y arpegios elevados. Torom, que había contemplado la escena desde el otro lado del puente de mando, aferró el timón con tanta fuerza que la madera crujió. ¿De dónde venía este sentimiento¿Por qué deseaba tan de repente partirle la cara a Sikoth? El día anterior, era muy amigo suyo. Lucharon codo con codo, en perfecta armonía… Pero ahora le odiaba. El sentimiento desapareció barrido por la música de la lira. "Bueno, es una batalla ganada, no la guerra".
Desde arriba, en la posición de vigía, Zul palmeaba al compás de la música. Jason apareció entonces en cubierta, con el brazo en cabestrillo y el rostro de un extraño color verdoso. Tyra pidió perdón por haberle despertado con la música, pero el chico, con una voz muy débil y los ojos entrecerrados, le pidió que continuara.
Avanzó hasta llegar al borde de la embarcación, y allí echó "hasta la última papilla".
- ¿Estás bien? – le preguntó Elia, cuando supuso que ya había acabado.
- Sí… Me duele la cabeza, y he tenido que beber casi dos cazos de agua de la cocina para que se me quitara la sed. Pero no me duele. – señaló el brazo. – Muchas gracias, por curarme.
- De nada. – Elia estaba tendiendo en ese momento su capa. Ya había lavado la túnica, y volvía a vestirla. También se había dado un baño fugaz en una tina de la bodega. Al alzar los brazos, contuvo un gesto de dolor, pero el chico de Keel se dio cuenta y le preguntó qué le pasaba: - Ayer, cuando luchamos contra los esqueletos, me dieron un golpe…
- ¿Y no has dicho nada? – Jason se puso en pie. - ¿Te duele mucho? Deberías descansar…
- Estoy bien, en serio. – se quejó Elia. Jason no la escuchó. Le tocó la parte superior del cuello.
- Tienes un moratón del tamaño de una pelota. – apretó un poco y después le masajeó la zona. – Anda, siéntate. Te vendrá bien un masaje.
Elia volvió a quejarse, pero al final cedió. Jason empleaba solo su mano sana, con mucha delicadeza sobre la zona afectada. Elia entrecerró los ojos, sintiéndose de repente muy feliz. "Debo dominarme, no debe saber que siento por él. Más ahora, que ha descubierto que su adorada Medea es una asesina auténtica. Ayer… estaba tan alicaído"
- Elia… ¿Tú te apellidas Luminen, cierto?
- Sí. – la maga le miró echando la cabeza hacia atrás. – Es un apellido normal en la aldea donde nací. – entonces se acordó de lo que le dijo Jason en la cubierta del barco. – Ayer, me dijiste que no te apellidas "Pies de fuego"
- Solo es un mote. Me gusta usarlo, para imponer respeto a mis rivales. – Jason vio el barreño con agua y paños, que Elia estaba lavando. Tomó uno y aplicó el agua fresca sobre la herida. – Mi apellido realmente es Wade.
- ¿Jason… Wade?
- Sí, eso mismo.
- Um… me gusta.
- ¿El qué, el masaje?
- Tu nombre. – Elia le sonrió. Se veía realmente hermosa cuando lo hacía, pues la boca se llenaba de bonitos dientes, en hileras, y los labios se volvían rojizos como el rubor de sus mejillas. – Tienes nombre de caballero, Sir Jason Wade.
Jason se echó a reír. Imitó una reverencia, le tomó la mano y la besó, como sabía que hacían los caballeros para cortejar a las damas.
Desde arriba, Zul no lo había visto. Había desviado la mirada en el momento en que vio a Jason acercarse a Elia.
No podía soportar verlo dos veces.
