Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Amigas
La campana sonó a la una de la tarde en punto, poniendo fin a la clase de lenguaje y también al ciclo mañanero de aprendizaje.
-¡Todos de pie! -exclamo el presidente de curso-. ¡Saluden!
Una veintena de estudiantes, incluyendo al mandamás, inclinaron respetuosamente la cabeza ante la señorita Asaoka, quien les dio las gracias por su atención y les dejó vía libre para ir a almorzar luego de un aviso.
-¡Niños, recuerden que la próxima semana tenemos el cuarto control de Kanji y no quiero sorpresas desagradables!
-¡Sí, maestra! -replicaron todos en coro, algunos ya buscando escapar hacia la puerta deslizable y otros quedándose en el sitio.
Antonella Satme-Sannika se limitó a sonreír ante tal escena mientras guardaba su cuaderno de caligrafía en el pupitre y extraía de él una lonchera forrada en un hermoso pañuelo de seda blanca con sus iniciales grabadas, regalo de Zynda que consideraba auténtico talismán de buena suerte. Estiró sus brazos con sumo cuidado a fin de no exigir sus huesos más de la cuenta, saliendo del inmaculado templo del aprendizaje al eterno ruido del pasillo.
No pocos estudiantes de tercero, cuarto y quinto año marchaban a paso firme rumbo a la cafetería, los jardines cercanos al muro delimitando el perímetro de la escuela o la azotea para almorzar. Charlaban entre sí de un montón de temas o derechamente iban perdidos en sus propios pensamientos o lecturas; más de uno terminaría topándose con otros y se armaría el típico lío de "fíjate por dónde vas porque es señal de buena educación". La pequeña tejedora disfrutaba de todo ello, nutriéndose de las vibraciones positivas a su alrededor y vertiéndola en suaves sonrisas que devolvía a todos quienes la saludaban.
-¡Hola, Antonella! -la saludó un chiquillo desde dentro de otro salón.
-¡Hola, Shirai! -contestó ella.
-¿Qué tal estás, pequeña?
-Aquí, dándole poco a poco.
-Seguro sacaste otro cien en tu última prueba, ¿no? Deberías enseñarme tu secreto.
-Sólo es estudiar duro y a conciencia, Nagaike -sonrió la peliverde con un gestito-. Aquí no hay magia como en las películas o los libros. Si sacrificas ahora tendrás recompensas más tarde.
-¿Cómo está tu hermana mayor?
-Ocupadísima pero feliz, igual que esta servidora.
-Oye, ¿de casualidad has visto a Hayashida? Creo que va en tu salón, si no me falla la memoria.
-No recuerdo haberlo visto a primera hora, por lo que al parecer no vino a clases; ignoro el motivo. Tal vez, Sleia, deberías hablar con Jeannine, la Nekomata, porque ambos son muy cercanos -apuntó al otro lado del pasillo.
-Vale, para allá me voy. Gracias, Antonella.
Entre este tipo de diálogos la distancia separándola de la puerta dando acceso al soleado exterior se le hizo la nada misma. Sonrió la chica monstruo al sentir el delicioso aire veraniego contra su rostro, acariciándole su larga cabellera con toques dignos de los mismos dioses.
-¡Ah, qué delicia de clima nos ha tocado hoy! -volvió a estirarse-. Es el día perfecto para disfrutar de una buena comida a la sombra de aquellos árboles.
Dirigió lentamente sus repiqueteantes pasos hasta allá, satisfecha de lo logrado aquel día en la primaria de Happoen. Además de haber aprendido casi sin problemas la treintena de Kanjis vistos en la clase de la señorita Asaoka, también experimentó con algo de arte abstracto en su primera hora y recibió, de manos del profesor Komatsu, el control sobre multiplicaciones y divisiones dado el viernes pasado. A diferencia del estándar educativo japonés, esta escuela seguía el modelo occidentalizado y tenía profesores diferentes para cada materia en vez de uno solo especializado en muchas.
Al ver ese hermoso 100 en la página repleta de vistos buenos su corazón se hinchó de alegría; aquella tarde de estudio intensivo en compañía de Eddie Maxon dio los resultados esperados e incluso más. "Eres la primera alumna de tercer año a la que he visto aplicar tan bien el inverso multiplicativo. Sigue así, Antonella", decía la nota de su maestro, quien también dictaba la asignatura de ciencias naturales y constituía una rara excepción a los criterios docentes.
-Tío Eddie, estoy en deuda contigo -suspiró, mirando levemente al cielo-. Este 100 también es tuyo y ten por seguro que encontraré una forma de compensarte como mereces.
Llegó al lugar elegido tras un par de minutos de plácido andar y buscó de inmediato el tronco más grueso. Apoyó con cuidado su mitad arácnida contra él, bajando gradualmente sus patas hasta quedar, si hubiese sido humana hecha y derecha, en cuclillas. El césped se sentía fresco, fragante, totalmente vivo bajo ella.
"Veamos qué me preparó hoy la señora Rei", pensó mientras abría la lonchera.
Una vez desanudado y desdoblado por sus ágiles dedos, el pañuelo blanco era del tamaño preciso para cumplir labores de mantel. Los seis ojos azules de Antonella brillaron de alegría al ver una porción de camarones apanados, arroz blanco y verduras salteadas en mantequilla.
-Mi plato favorito -dijo en voz baja-. Parece que es cierto eso de las mujeres humanas y su fantástica intuición.
Una botella de medio litro de jugo de naranja y zanahoria venía con la comida, cuyas vitaminas ayudarían a la tejedora a mantener equilibrado su metabolismo. Sabía que estaba en la época de mayor crecimiento y actividad y estaba dispuesta a sacarle el máximo partido aún con su osteogénesis imperfecta a cuestas. "Tal vez sea una Arachne más pequeña que el promedio al llegar a la adultez", decía cuando le preguntaban por su tamaño, "pero lo bueno siempre viene en frascos chicos".
Partió magistralmente un par de palillos de madera pulida (regalo de la misma Rei) y comenzó a devorar tan exquisitos manjares con fruición. El arroz venía blando, húmedo y con la sazón justa, su sal y pimienta complementándose a la perfección con el apanado picante de los camarones. Las verduras salteadas, igualmente crujientes y brillantes bajo la luz natural, servían para rebajar los toques más fuertes del paladar.
"Esto sabe aún mejor de lo que creía", se dijo Antonella. "Tal vez sea porque he aprendido muchas cosas hoy o porque aún estoy emocionada por mi estupenda nota", devoró otro bocadito.
-¿Y si fuesen ambas? -preguntó a nadie en particular luego de tragar.
-¿Ambas de qué?
Levantó su vista la tejedora y se encontró frente a una chica humana de su misma edad, tal vez unos cuatro a cinco meses mayor, con corta cabellera negra. Vestía el uniforme de la primaria y ni su chaquetilla ni su falda tenían la más mínima arruga; lo mismo aplicaba a la inmaculada blusa blanca con la corbata tipo lazo alrededor del cuello. Cargaba su propia lonchera, provista con motivos de planetas, y le miraba con ojos tan curiosos como amables.
-Oh, hola -saludó cortésmente la peliverde-. Creí que por aquí no venía nadie.
-De hecho no -contestó la otra niña-. Este el rincón más apartado de la escuela... y también el más tranquilo. ¿Te importa si me siento a comer contigo?
-En absoluto, pero ¿por qué tal gesto? -inquirió Antonella con sólo una mota de desconfianza-. No recuerdo haberte visto antes. ¿Eres de un curso superior?
-Soy de tercer año al igual que tú, pero estoy en el segundo salón, lo que nos hace vecinas hasta cierto punto -le extendió la mano-. Permíteme presentarme: me llamo Midori Tomashino. Es un placer conocerte.
-Antonella Satme-Sannika -ella devolvió el gesto-. El placer es mío, Midori. Siéntate donde te plazca.
La humana no demoró más que cinco segundos en colocarse del otro lado del mantel de seda. Colocó sus cosas y pareció decir una pequeña oración antes de devorar el plato de pescado a la plancha, papas gratinadas y pimientos asados preparado con sumo esmero por sus padres... o tal vez por ella misma; tal cosa era muy común entre los jóvenes japoneses.
-¿Cómo fue que llegaste aquí? -preguntó la pequeña extraespecie-. ¿No tienes amigos con los que compartir la hora de almuerzo?
-Sí, pero hoy se les ocurrió ir a comer a la azotea y aunque la vista es magnífica desde allí, el calor golpea como un martillo endemoniado -se explicó Midori-. Por eso, al verte salir de su salón y caminar hacia aquí, te seguí porque sentí un poco de curiosidad. El clima no está para pasar esta hora entre cuatro paredes y, siendo honesta, más de una vez he notado que pasas sin compañía.
-Agradezco tu preocupación, mas estar sola en los almuerzos no es algo que me moleste. No pocos alumnos de mi clase siguen el ejemplo de tus amigos, así que venirme aquí es una bendición disfrazada -le sonrió Antonella-. Aquí abajo, junto a este frondoso árbol que ahora nos cobija, puedo pensar e imaginar muchas ideas que me gustaría poner en práctica más adelante. En cierto sentido suple mi incapacidad de poder llegar donde muchos otros alumnos de esta escuela sí pueden.
-¿Por qué lo dices? -la pelinegra arqueó sus cejas y después devoró un trozo de pescado.
-Bueno, trato de no hablar demasiado de mi condición aunque los maestros y mis propios compañeros la conocen desde el día que comencé a estudiar aquí -pausó Antonella luego de comer otro camarón-. Nací con una enfermedad degenerativa llamada osteogénesis imperfecta, la que causa debilidad en mis huesos y me impide realizar actividad física o cargar objetos muy pesados, por nombrar un par de cosas.
-Por eso nunca te he visto con las demás chicas en las clases de educación física -razonó Midori-. Nosotras nos combinamos con las del salón uno para formar un grupo y los muchachos hacen lo propio. ¿En qué inviertes tu tiempo mientras tanto?
-Me dedico a leer o estudiar mis otras asignaturas. Ayuda bastante, especialmente en un entorno exigente como el que nos rodea.
-Y esta enfermedad de huesos frágiles... ¿tiene cura? -preguntó la pelinegra casi con miedo a lo que vendría.
-No, Midori, no tiene. Nací con ella y moriré con ella. No todo es malo, eso sí -levantó un poco sus garritas para tranquilizarla-. Tomo medicinas todos los días y voy al hospital cada sábado para hacer mis ejercicios ortopédicos. Así la mantengo a raya. Mi hermana mayor, Zynda, me acompaña en todo ello.
-Ah, ya veo... Es bueno ver que te lo tomas bien a pesar de todo y que tu familia te apoya. No sé si otros seres, sean humanos o liminales, podrían seguir tu ejemplo tratándose de algo tan sensible -masticó un pimiento-. ¿Quieres un poco de jugo de manzana?
La humana procuró una botellita muy parecida a la de la Arachne, quien rechazó el gesto mostrando la propia.
-Ya tengo algo de líquido, gracias. ¡Oye, tu almuerzo se ve muy bien! ¿Lo hiciste tú misma?
-Sí -sonrió Midori-. Cada mañana me levanto muy temprano, junto con mamá y papá, para prepararlo, guardarlo en esta lonchera que aquí ves y traerlo a la escuela. Cocinar bien es un arte y lo mejor es aprenderlo desde que se es joven porque si no el hábito nunca se pega, o al menos eso siempre le dice mi madre a mi hermana mayor. ¿Cuántos fantásticos momentos a lo largo de la historia no han ido acompañados de buenas comidas?
Antonella creyó percibir algo especial, algo muy canadiense, en la cuña de su interlocutora, pero decidió reservar dicha pregunta para después.
-Lo tuyo es admirable, entonces -la felicitó la tejedora-. Siendo liminal carnívora, a veces me cuesta captar el sabor de frutas o verduras pero le pongo todo el empeño posible. Lo mismo aplica a mi hermana, especialmente desde que nos mudamos a Tokio hará casi un año.
-¿Entonces ustedes no son de aquí? -la chica pelinegra arqueó aún más sus cejas, si cabe-. ¿Dónde pasaron sus primeros años de vida, entonces?
-En Abashiri, una pequeña localidad al norte de Hokkaido, rodeada del frío mar en cuyo otro extremo se encuentra la opresiva Rusia. Ambas crecimos allí, entre la nieve, el frío y la inmensa calidez de su gente, antes que Zynda fuese admitida en el programa de integración y viniera a vivir a la capital. Después me uní a ella porque no soportábamos estar separadas -explicó Antonella, omitiendo cualquier mención relativa a Kenichi Shoda-. Nuestros anfitriones son Sachio y Rei Hirosawa, quienes tienen una linda casa en Shirokane, no lejos de aquí.
Midori nunca antes había oído hablar de semejante lugar pero la sola mención a la enorme isla del norte la hizo erizarse un pelito. La familia de Daigo, su padre, era de Sapporo y algunas veces fue para allá junto a sus progenitores y Mayumi, su hermana mayor, durante las vacaciones de invierno. Los recuerdos del chocolate caliente y las masitas junto a la chimenea eran tan nítidos como las potentísimas tormentas de nieve que paralizaban barrios enteros, obligaban a cerrar el aeropuerto y mandaban camiones cargados de sal a las calles para intentar volverlas algo más transitables.
-Me imagino que te debe haber costado un mundo acostumbrarte al clima de Tokio. Los inviernos son serios pero los veranos vienen cubiertos de melaza y un montón de otras cosas pegotes -reanudó la chiquilla humana.
-Al principio sí, mas mis ganas de comenzar una nueva vida junto a los Hirosawa han sido más fuertes que todas las olas de calor juntas -devolvió Antonella mientras ambas seguían comiendo-. También he tenido la suerte de estudiar en una escuela como esta, donde siempre nos fuerzan a pensar más allá de lo establecido y los cursos, al ser más pequeños, permiten un aprendizaje más personalizado.
-En eso concuerdo contigo. Yo soy la tercera generación de mi familia que asiste aquí y cero quejas; además de mi hermana mayor y mi madre, también estudió mi abuela en esta misma escuela -acotó Midori-. Ahora que tenemos compañeros liminales la cosa se ha puesto muy interesante.
-¿Hay extraespecies en tu salón? -preguntó Antonella con interés; tal vez allí tendría nuevos amigos potenciales.
-Sólo cuatro y tres de ellos son chicos: un Kobold, un centauro y uno que tiene alas rígidas, cola y una mezcla de facciones reptilianas y humanas.
-Suena como Melusine pero todas ellas son hembras. Debe ser un Dragonewt, entonces -razonó la Arachne-. ¿Y la muchacha de qué especie es?
-Otra Kobold; ella y el que ya mencioné antes son hermanos gemelos, poseedores del típico vínculo en que llegan hasta a comunicarse sin necesidad de hablar. Todos ellos son muy amables y bien portados, aunque el chico reptil tuvo algunos problemillas con la climatización central al inicio del año escolar. Desde que lo movieron junto a la ventana para que tomara sol quedó todo resuelto -suspiró la pelinegra-. Supongo que eso viene de serie cuando se es de sangre fría y nosotros no podríamos aspirar a entenderlo.
-Tal vez no podamos explicarlo del todo pero sí empatizar con él -devolvió la tejedora gentilmente-. Cada ser, ya sea humano o liminal, tiene sus propias virtudes y sus propios defectos, siempre buscando su lugar en el mundo. Piensa en nosotras: tarde o temprano seremos parte de una generación adulta, la que guiará los destinos de este país por obra de sus logros o vicios -Antonella terminó sus camarones; ya sólo le quedaba algo de arroz.
-Muy cierto -suspiró Midori-. Sólo espero ser de aquellos personajes a los que se les recuerde por sus buenas obras y no por ser aberraciones históricas. Cambiando de tema a algo más agradable, ¿qué tal lo llevas con tus estudios?
-Me considero buena alumna, más aún considerando que estoy exenta de educación física. Todas las asignaturas me gustan pero recientemente le he cogido un gustillo especial a matemáticas -se sinceró la peliverde-. En mi última prueba me fue mejor de lo que creía.
-¿95 puntos? ¿Tal vez 97 o 98?
-Cien. Y si digo "mejor de lo que creía" no es casualidad: hasta el jueves pasado estuve convaleciente de influenza y casi sin tiempo para estudiar. Afortunadamente no tuve que calentar la materia porque me ayudó alguien muy especial.
-¿Tu hermana mayor?
La extraespecie negó con la cabeza.
-¿Tus anfitriones? -insistió Midori, obteniendo idéntica respuesta.
-Oh, no. Ellos siempre están ocupados con sus empleos. Quien me tendió un cable salvador fue un amigo de mi hermana y alguien a quien admiro mucho por su bondad e inteligencia -se sonrojó ligeramente la tejedora-. Se llama Eddie Maxon.
-¿El tío Eddie? -la humana abrió sus ojos cual platos-. Eso suena justo como lo que alguien de su carácter haría.
-¿Lo conoces? -ahora fue el turno de Antonella de quedar estupefacta.
-¡Cómo no lo voy a conocer! -exclamó la otra pequeña con tanto brío que casi se fue de espaldas con lonchera y todo-. Mi madre y él han sido compañeros de trabajo durante dos años y fracción. De hecho, él solía venir mucho a nuestra casa durante sus primeros días en Japón, o en su defecto íbamos a verlo nosotros a su departamento en Ginza.
-Anda, eso sí no lo sabía...
-Mis padres fueron una ayuda fundamental para él conforme se adaptaba a vivir aquí. Le enseñaron a moverse por Tokio, a comprar como todo un experto en las tiendas de conveniencia, a usar las laberínticas calles de nuestros barrios para su ventaja, y así mil cosas -explicó Midori Tomashino-. La primera vez que lo vi lo encontré intimidante, si he de ser honesta, porque nunca antes había estado cerca de alguien tan alto. Incluso mi propio padre parecía de estatura normal comparado con él. Más allá del rostro atento y a veces serio vi lo mismo que mis padres, a un hombre bueno que sólo necesitaba algo de amistad y compañía.
Antonella asintió conforme escuchaba a su compañera de almuerzo. Ambas eran más o menos de la misma altura y era cierto que Eddie, quien se empinaba nada menos que 196 centímetros sobre el suelo, parecía una auténtica torre en comparación. Regresó un poco sus recuerdos al pasado jueves, cuando él fuese a visitarla a su residencia para ayudarle a estudiar, y percibió la típica frecuencia de alguien cuya intención no era molestar (mucho menos en casa ajena) pero que se soltaba rápidamente al entrar en confianza. Esa fue la mecha capaz de encender la fuerza combinada de la enseñanza y el aprendizaje tan bien plasmados en esa hoja de papel.
-Entonces decidí, para levantarle un poco el ánimo, intentar conversar con él desde la perspectiva de una persona todo lo normal posible -continuó la chiquilla-. Para mi sorpresa fue sorprendentemente receptivo y al rato estaba contándome anécdotas históricas de todas las épocas; pocas veces he visto a alguien hablar de temas tan complejos con pasmosa facilidad. A mí me encantaron porque fue como viajar en el tiempo sin moverme del sillón donde estaba sentada entonces. ¿Sabías, por ejemplo, que hubo una vez una adolescente llamada Juana de Arco al mando del ejército francés?
-No, no tenía idea.
-Bueno, ella es todo un emblema nacional en Francia y su liderazgo llevó a sus tropas a expulsar para siempre a los invasores ingleses, poniendo fin a la Guerra de los Cien Años -recitó la humana tras recordar tal hecho-. Lamentablemente fue quemada en la hoguera antes de cumplir la veintena por vestirse como un hombre, aunque sus acusaciones formales tenían que ver con algo llamado herejía... o algo así. Me pregunto qué significará.
-Hacer fácil lo difícil es uno de los grandes talentos del tío Eddie, sin dudas. Mi propio cien en el control anterior es prueba de ello. Vino a mi casa el jueves pasado gracias a las gestiones de Zynda, me ayudó a repasar toda la materia en unas pocas horas y cuando me instalé el viernes a dar el control a las nueve en punto, sentí un alivio inmenso de haber captado todo lo que me explicó -sonrió la Arachne-. Los números no opusieron resistencia alguna y en veinte minutos tenía todo listo. Salí de la sala y vine a sentarme aquí mismo hasta que sonó la campana.
Ambas terminaron de comer y guardaron sus respectivas loncheras, dejando sólo las botellas a vista de la otra. La admiración mutua que sentían por el canadiense había servido para acercarlas un poco, permitirles hablar con confianza y sin rodeos. En ese momento otra pregunta cruzó sin demora las mentes de ambas: ¿sabría la otra que Maxon tenía una hermosa novia llamada Pachylene, la más rapaz de las arpías comunes y al mismo tiempo la más común de las arpías rapaces?
-Así que estuviste enferma de influenza -reanudó otra vez Midori, guardando tal carta en lo más profundo de su mano-. Admito desde ya que tuve suerte de no pillarla, aunque más de la mitad de mi salón pagó los platos rotos porque ¿a quién le gusta guardar cama con este clima tan bueno? -suspiró-. ¿No te costó mucho recuperar la materia perdida?
-Estoy en ello pero aún me faltan no pocas cosas, especialmente en inglés y música.
-Oye, si gustas podemos comparar apuntes y así llenar todos los huecos que te falten -ofreció la pelinegra.
-¿De verdad estarías dispuesta a hacerme tal favor? -Antonella creyó encontrar un balón de oxígeno.
-El currículum para todos los cursos es estandarizado, así que no debería haber problemas. Además, reconozco a manos descubiertas -hizo tal gesto- que tengo algunas pequeñas complicaciones en matemáticas y ciencias, por lo que cualquier ayuda en estos frentes me vendría fantásticamente. ¿Qué tal si hacemos un trato?
-Te escucho.
-Tú me ayudas en estas dos asignaturas y yo te entregaré todo mi apoyo en las que has nombrado. Casualmente el inglés no me cuesta casi nada porque lo escucho todo el tiempo en casa debido al trabajo de mis padres; tanto mamá en Nakashima como papá en la Bayer siempre deben lidiar con gente del otro lado del mar y es prácticamente una lingua franca. Respecto a las notas y las escalas, ¿qué tal se te da tocar flauta?
-Me las arreglo como puedo, pero estas garras mías no son todo lo que se dice buenas para tapar agujeros y mi propio aliento es limitado debido a la osteogénesis -ahora Antonella admitió otra incómoda verdad-. He de ser sincera; me llaman más la atención la guitarra por el tañir de las cuerdas o el mismo piano porque tenemos uno en casa. Es un Steinway original, creo que del mil novecientos y algo.
-¿Tus anfitriones tocan?
-El señor Sachio lo hace para relajarse. Siempre llega cansado de su empleo pero se da el tiempo de enfrentarse a las teclas después de cenar. A veces toca piezas lentas y otras rápidas, pero todas igualmente melancólicas -elaboró la chica monstruo, bebiendo un trago largo de jugo-. Zynda y yo siempre las escuchamos desde nuestro cuarto antes de irnos a dormir.
-Probablemente sean canciones de Chopin -dijo Midori-; sus composiciones para piano son inmortales y a mamá le encantan. Casualmente Mayumi, mi hermana mayor, tiene como su mayor sueño estudiar música, dar recitales alrededor del planeta y todo eso.
-Qué lindo. ¿Ha compuesto algo propio? Sé que muchos grandes músicos tienen al menos una o dos obras originales a su haber.
-Todavía no pero está en ello. A veces se encierra en su propio cuarto, presa de la irritabilidad y el desconcierto, pero la entiendo bien. Sus instancias creativas siempre tienen ese toque. ¿Has oído eso de que los genios son incomprendidos?
-En su tierra sí, o al menos eso dice el viejo y conocido refrán sobre los profetas -Antonella entrecerró sus seis ojos-. Entonces ¿tenemos un trato?
-Tenemos un trato -la humana estrechó su mano una vez más.
En ese momento sonó el omnipotente timbre marcando el final de la hora de almuerzo. Las miradas del alumnado en pleno, con excepción de quienes aún perdían el tiempo mirando nubes desde la azotea o estaban lejos de cualquier ventana, se posaron en la torre del reloj cuyas manecillas marcaban cinco minutos para las dos. Era el último aviso de libertad, de clima veraniego ideal para largas siestas sin preocupación.
-¡El tiempo sí que vuela cuando la conversación es buena! -exclamó Tomashino-. Mejor será que nos movamos rápido porque si llegamos tarde a la última clase del día nos van a echar la bronca. Permíteme ayudarte con eso.
-Gracias -Satme-Sannika le entregó la lonchera y aceptó la mano que la ayudaba a ponerse de pie-. No te hubieras molestado.
-No es ninguna molestia, Antonella -la humana usó el nombre de su interlocutora por primera vez-. He de ser honesta contigo: no ir a almorzar arriba con el resto de mi grupo fue la mejor decisión que pude haber tomado hoy. Da gusto encontrar a alguien que ve las cosas de forma similar a una.
-¿Por qué? ¿Acaso tus otros amigos son muy desordenados o serios?
-¡Para nada! Los quiero a todos porque nos conocemos desde el jardín de infancia. Siempre hemos sido del mismo salón pero a veces... es bueno cambiar de aires -explicó Midori-. Ellos necesitan su espacio y yo también.
-Comprendo bien. A veces te sacan de quicio.
-¡Eso! -la pelinegra aplaudió-. ¡Eso mismo! Estas separaciones duran dos o tres días, tras los cuales volvemos a ser tan amigos como siempre.
-Bueno, es un alivio saberlo. No me habría gustado ser la causa de una ruptura potencialmente irreversible entre ustedes -admitió la liminal mediante un suspiro.
-Eso nunca ocurriría -sonrió la otra niña-. ¿Quién podría encontrar algo malo en ti, Antonella, más aún conociendo tu historia de vida?
Para sorpresa de la tejedora, Midori se acercó a ella y le dio un tenue abrazo a fin de no oprimirle demasiado los huesos de su caja torácica y espalda.
-Me caes bien -dijo ella con voz dulce-. Quédate tranquila.
-Gracias por tu gesto de confianza, Midori -replicó la tejedora, inhalando las últimas bocanadas de aire estival antes de entrar al edificio.
-No fue nada -ahora ambas caminaban rumbo a los salones de tercer año-. ¡Oye, se me acaba de ocurrir otra genial idea!
La menor de las Tomashino se detuvo a medio camino, miró por los ventanales hacia el patio vaciándose poco a poco y después directamente a los seis ojos de Antonella. Alrededor de ambas el gentío de estudiantes y maestros las esquivaba como una auténtica corriente de aire.
-¿Te parece si empezamos mañana mismo con lo de los apuntes? -sugirió la humana-. Podemos verlos mientras comemos, repitiendo el proceso el miércoles y jueves de ser necesario. Había pensado sugerirte la hora de educación física pero ahí sí que no puedo escaparme sin que los profesores noten mi ausencia.
-Es un buen plan -retrucó Antonella; ambas volvieron a caminar-. Sin embargo, ¿es idea mía o quieres decirme algo más?
-Vaya, veo que estoy frente a una adivina -rió Midori-. Quería ver la posibilidad de recibirte este fin de semana en mi casa para jugar, conversar, tal vez conocernos un poco mejor. Sé que el sábado te cuesta un poco más por tu terapia, pero ¿qué tal el domingo? Yo vivo hacia el límite con Ginza, a unas tres o cuatro cuadras de la escuela.
-Tendría que hablarlo con mi hermana y también con mis anfitriones; quiero hacer todo al pie de la letra -la tejedora cerró un momento sus seis ojos-. ¿Te parece bien si te doy una respuesta el jueves? Así podrás preparar todo con tiempo en caso de un "sí".
-¡Hecho! -vino el tercer apretón de manos del día-. Si te dan permiso sería fantástico. ¡Sólo imagina todas las cosas que podríamos hacer juntas...!
La conversación quedó allí cuando ambas doblaron la esquina del enorme corredor. Allí comenzaban los salones donde debían enfrentar sus últimas clases. Antonella se despidió de Midori con un gesto amigable antes de correr suavemente la puerta e ir a instalarse a su pupitre. Segundos después llegaron los últimos tres estudiantes y acto seguido apareció el profesor de música.
Osamu Iida, un chiquillo bastante alto para su edad y que usaba lentes, se levantó de su asiento y todos lo imitaron. Era el presidente del curso, delegado ante el consejo escolar y también un líder nato a sus nueve años de edad.
-¡Saluden! -exclamó.
El aire se movió en una ola que mordió su propia cola gracias a las reverencias. Ahora tocaba sumergirse en las líneas del pentagrama, las figuras y las notas.
Nota del Autor: La familia te toca en suerte pero los amigos los elegimos. Esta certera máxima sirvió de inspiración para el presente capítulo, enfocado en la tierna Antonella Satme-Sannika y algunas pinceladas de su vida escolar. Haber superado el obstáculo del control de matemáticas la tiene más tranquila, conectada con su entorno y especialmente con detalles como un buen almuerzo hecho en casa o la belleza de un jardín bien cuidado. Así se configura un elemento visto también en otras historias de Eslabones - el del bálsamo para la mente y el alma. Midori Tomashino, hija menor de Yuka y a quien Eddie describiera como vivo reflejo de su madre en Rojo y Azul, por fin hace su aparición y marca diferencias desde el primer minuto gracias a una actitud más chispeante pero no menos auténtica. En cierto sentido es el complemento perfecto para Antonella y de aquí podría surgir otra hermosa amistad.
Luego de un relato inocente y que ojalá les haya traído recuerdos de tiempos mejores, es hora de retirarme. Valaika y yo tenemos partido de béisbol y no deseamos llegar tarde al primer lanzamiento. ¡Que estén muy bien, amigas y amigos! O como se dice en japonés, "¿tienen buenos recuerdos de sus compañeros de escuela o universidad? Espero que sí".
