DISCLAIMER: Todos los personajes y bla bla pertenecen a J.K. Rowling.
El mejor de los cumpleaños
—No cuenta —dijo Remus en voz baja sin dejar de hojear el libro de Defensa contra las Artes Oscuras que había tomado del librero.
—Claro que sí, Moony, se lo dije, no es mi culpa que no me creyera —alegó Sirius en un volumen más alto de lo permitido en la biblioteca.
—Nadie en su sano juicio te creería… Por eso tienes que volver a decírselo.
—No, no, no. Con una vez es suficiente, muchas gracias. Yo ya cumplí con mi deber.
—No cuenta —insistió el licántropo mientras se humedecía el dedo índice para pasar la página.
—Bueno, —rezongó cruzándose de brazos— si tanto te preocupa que se entere, ¿por qué no se lo dices tú?
—Porque no me corresponde a mí. De todas maneras quise hablar con él ayer que salió de la enfermería, pero se fue corriendo mientras gritaba algo de que querías verle la cara.
—¿Y cómo rayos iba yo a saber que reaccionaría así?
—Hay cierto cuento muggle llamado Pedro y el lobo… Te recomiendo ampliamente que lo leas, tal vez te sirva.
Sirius respiró pesadamente y viró los ojos.
—¿Podemos cambiar de tema? No me has dicho cómo fue que nos encontraste a Snape y a mí en el bosque.
—Con el mapa. Te tardaste mucho y quise asegurarme de que no estuvieras metido en problemas. Lo cual no parece estar en tus planes últimamente.
—No iba a permitir que se quedara solo con esa sabandija, —dijo molesto— sabía que era posible que intentara algo; pero como no sabía a dónde se habían ido, me transformé para poder seguirles el rastro.
—Sé que te preocupas por Severus, pero debiste haberlo pensando mejor antes de lanzarte así. Mira... —su voz se convirtió en un susurro a la vez que hacía el libro a un lado y se acercaba al pelinegro— tengo el presentimiento de que algo malo pasó entre ellos. Entiendo que se haya ensañado contigo, pero, ¿por qué con Severus? ¿Qué no se supone que están del mismo lado?
—Lo dudo. Ya te conté lo que pasó en el baño el otro día. Malfoy quiere reclutar a Snape para su grupo idiota de Mortífagos. ¿Sabes algo de ellos?
—Sólo rumores: El tal Voldemort… pureza de la sangre mágica… Sé que Lily y Severus tuvieron muchos problemas por eso. Tal vez le podrías preguntar.
Sirius masculló algo ininteligible y miró de soslayo en dirección a la mesa donde estaba la pelirroja y el resto de sus compañeros. Lily alzó la cabeza y le echó una leve miradilla de reproche que le decía claramente que debería estar estudiando.
—¿Recuerdas algo de lo que pasó en el bosque?
—Muy poco —respondió llevándose el pulgar a los labios. —Es como si todo hubiera sido un mal sueño.
—Bueno, es muy probable que ver a Severus te ayude. ¿Has ido con él?
El animago negó con la cabeza y siguió observando a la chica.
—No he podido. Espero escabullirme ahora que termine la hora.
—Procura que sólo él te vea. Seguro que se sentirá muy aliviado de saber que estás bien.
Remus agarró el volumen de vuelta, alzó la mano y lo soltó. El viejo libro flotó libre de vuelta a su lugar.
—Estaba muy preocupado, ¿sabes? Nunca lo había visto así. Parece que le ha cobrado un gran afecto a Padfoot.
—Mutt —al ver la expresión interrogante del otro, le aclaró: —Me dice Mutt.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro del licántropo.
—¿Quién diría que Severus sería capaz de querer a tu adorable alter ego?
—Hey, yo soy igual de adorable que Mutt —se defendió.
Remus ya no dijo nada más y se dedicó a buscar un tomo de hechizos avanzados contra magia oscura. Sirius, por otro lado, se aflojó la corbata mientras pensaba en todo el asunto. No pudo evitar sentir un poco de celos del perro. Era absurdo porque él era el perro, sin embargo, Severus no lo sabía y era un hecho que el Slytherin quería ver a Mutt y no a Sirius. Deseaba que el asunto no fuera tan complicado.
—Oye —lo interrumpió Remus.
—Mmh.
—¿Te peleaste con Lily o algo?
La pregunta tomó por sorpresa al chico. Volteó a ver a su compañero.
—¿Por qué dices eso?
—Porque ha estado viendo para acá desde hace un rato. Al principio pensé que era porque estabas flojeando conmigo, pero parece que es otra cosa.
—Oh, tuvimos una discusión el otro día. Supongo que sigue molesta por eso.
—¿Qué pasó? —inquirió mientras retrocedía dos pasos para ver mejor los títulos del anaquel de arriba.
El aristócrata agitó la mano restándole importancia al asunto.
—Creyó que me iba a acostar con uno de sus alumnos nada más porque nos vio conversando cinco minutos. Dijo que no quería que alterara al grupo.
—¿Y tú pretendías acostarte con el mencionado pupilo?
—Por supuesto que no —replicó mosqueado. —No me interesa acostarme con otros hombres, en especial los que son amigos de Evans. Le dije que lo que yo hiciera no le importaba y que si tanto le aterrorizaba que violara a alguien que no me hubiera pedido entrar al grupo.
Dos pequeños volúmenes salieron levitando de la repisa más alta y cayeron suavemente en las manos del joven lobo.
—Bueno, no puedes realmente quejarte por eso. Tu fama te precede, ¿sabes? No es como que ella se haya puesto a inventarlo. Todos saben que eres un poco… mmh… ¿cuál sería la palabra apropiada para describirlo? ¿Mujeriego?
—¿Qué? Oye, yo no ando por ahí teniendo sexo-Cállate. Quiero decir que no tengo ningún tipo de intención para con ese Ravenclaw. Ella fue la que se apresuró a sacar conclusiones. Ya sabes que es increíblemente estiraaaa-aaaaa…
Esa "a" alargada no encontró su final y quedó congelada en la boca abierta de Sirius. Remus se percató de esto y volteó a ver la razón por la que el chico se había quedado inmóvil.
Lily Evans estaba de pie a menos de un metro de ellos con cara de haber chupado un limón.
—Hola, Lily —la saludó Remus con tranquilidad ahogando la risa.
—Hola Remus —le devolvió amablemente el saludo, pero cambió su tono a uno irritado cuando se dirigió al pelinegro. —¿Así que soy una estirada, Sirius?
—No, yo dije que eras una estiraaaaaaaa…
El tono socarrón fue evidente y a la muchacha no le quedó más remedio que armarse de paciencia ante tal desfachatez.
—Bueno… Vine porque quisiera que revisaras unas traducciones. Algunos están preguntando exclusivamente por ti —le concedió no sin un poco de rivalidad que disimuló.
—En un momento voy.
Lily asintió y se quedó de pie en el mismo lugar, balanceándose imperceptiblemente de atrás para adelante en silencio. Sirius adivinó de inmediato cuál era su propósito y volteó a ver a Remus con una mueca de sabelotodo.
—… Ehm, también vine porque… —alzó la barbilla— estuve…
Lily se puso el puño en los labios y tosió incómoda un par de veces.
—¿Tal vez podríamos hablar en privado?
—No puedo, Evans, Remus y yo estamos investigando y haciendo tarea.
—No hay problema, puedo dejarlos-
El muchacho trató de irse, pero Sirius lo tomó del cuello de la camisa y lo devolvió a su lugar.
—Estamos haciendo tarea —recalcó lanzándole una mirada amenazadora al castaño.
Remus quiso reconvenirle, pero se dio cuenta de que lo mejor era hacerle caso a su amigo si no quería que hiciera un escándalo y los sacaran de la biblioteca. Volvió a su lectura intentando distraerse y darles espacio para evitarle la mayor incomodidad posible a Lily.
—Está bien, —dijo la pelirroja resignada a que no iba a ser fácil— decía que estuve pensando y creo que necesitamos hablar sobre lo que pasó el otro día. Sobre aquel malentendido que tuvimos.
—¿Malentendido? No hubo ningún malentendido —respondió enarcando las cejas. —Hablaste muy claro.
—No lo dije de la mejor manera. Yo… exageré las cosas y no debí… Lo que dije estuvo mal y en realidad no había una razón válida para que te acusara de…
—¿Querer follarme a uno de tus amigos?
Las blancas mejillas de la pelirroja se colorearon; sin embargo, no bajó ni desvió la mirada y el Gryffindor no pudo menos que admirarse de su valor.
—Sí, ya que lo pones de manera tan elocuente, sí…
—¿Algo más? —preguntó serio.
—Sólo eso… sólo quería pedirte una disculpa.
Los lozanos labios de Sirius se torcieron en un amago de sonrisa. Le hubiera gustado seguir haciéndola sufrir, pero necesitaba hacer las paces para poderla interrogar sobre Snape.
—Olvídalo, Evans. No eres la primera persona que me considera un… mmh… —se frotó la garganta mientras pensaba en un calificativo adecuado.
—Prostituto —intervino Remus quien estaba revisando el índice.
El animago se quedó momentáneamente sin habla. Viró a ver al licántropo con los ojos entornados.
—¿Prostituto?
Remus alzó la cabeza y puso una expresión de total inocencia.
—Esa es la palabra que estaba buscando —declaró con una sonrisa velada.
—… ¿Estás de mi lado o qué?
La pelirroja esbozó una risita cómplice causando una leve molestia en el animago. La campana escogió ese instante para anunciar el fin del periodo y Sirius sintió un tremendo alivio de poder salir de ahí.
—Me largo. Lo que sea que tenga que hacer será mañana, Evans. Nos vemos luego, Remus.
Sirius recogió sus cosas a toda velocidad, sin prestar atención a los intentos de las chicas por hacerle plática. Apenas y si murmuró un cortante adiós y salió disparado de la biblioteca seguido de juveniles ojillos decepcionados. Lily, en cambio, había visto la escena con una curiosidad cada vez más despierta.
—¿Vi bien? ¿Acaba de huir de un grupo de admiradoras?
—Viste bien —le confirmó Remus.
—¿A dónde va?
—No sé.
—¿No sabes? —repitió incrédula. —Si ustedes hacen todo juntos.
El joven Gryffindor se encogió de hombros. Lily inhaló suavemente, pensando en que de un tiempo a acá, Sirius no desbordaba su usual cinismo y atractivo.
—¿Has notado algo raro en él? James me ha comentado un par de veces que la mitad del tiempo no sabe dónde anda y la otra mitad se la pasa recluido en su cama.
—No, todo normal —respondió de inmediato. —Perdona, Lily, me tengo que ir. Te veo luego.
—Oh, claro.
La pelirroja se hizo a un lado, un poco confundida por la abrupta reacción de Remus. El licántropo le dirigió una sonrisa amable y se fue sin mirar atrás, dejando a Lily con la convicción de que había algo entre ellos que no marchaba muy bien.
Severus podía decir con toda seguridad que jamás se había sentido tan nervioso y angustiado como lo estaba en ese momento en que caminaba por un pasillo repleto de bulliciosos estudiantes y fantasmas. La razón no era que llevaba escondidos estratégicamente en su túnica ingredientes que había hurtado del despacho del profesor Slughorn o que un libro de la Sección Prohibida yacía junto con sus textos escolares. No, a Severus ni siquiera le pasaba por la mente que alguien pudiera descubrirlo y poco le importaba. Lo que realmente lo tenía con una sensación opresiva en el pecho al borde del vómito, era que había vendido su alma por un perro.
Un perro desconocido, vagabundo, que le había dejado la cama llena de pulgas. Un perro roñoso, mascullaba repetidamente, muerto de hambre que no le había traído más que problemas desde aquella noche que tuvo la desgracia de encontrarlo. Sarnoso, sarnoso. Severus lo odiaba con toda su alma, desde la punta del dedo gordo del pie hasta la última hebra de cabello grasiento. Era en verdad ridículo que hubiera cedido a los chantajes de Lucius sólo por salvarle el pellejo. No sabía a ciencia cierta si el intercambio era justo: su cuerpo por la entrada a los Mortífagos y que dejaran tranquilo al perro. ¿A quién demonios le importaba? A Lily ya no y al perro mucho menos. Ni siquiera podía decirse que fuera su mascota. El can iba y venía cuando se le pegaba la gana sin importarle los líos que provocaba por meterse en asuntos que no eran suyos.
Sí, Severus lo odiaba tanto al grado que pensó en que la próxima vez que lo viera (si es que el muy ingrato tenía la decencia de aparecerse de nuevo) lo hechizaría para que se largara y no volviera más.
Muy entretenido iba cavilando en esto, que fue que salió por la desembocadura del pasillo hacia los exteriores, con dirección al campo de quidditch, por donde quedaba un sitio secreto cercano a la charca donde escondía sus cosas, dado que Lucius era muy afecto a revisarle el dormitorio como casualmente mientras hablaban.
Ante la tímida lluvia que comenzaba a precipitarse de las nubes ennegrecidas, Severus se puso la capucha de la túnica y bajó por la ladera parduzca. Estaba a punto de rodear unos arbustos, cuando sintió un pesado empujón en el costado que lo hizo caer y dar una voltereta hacia adelante. Sospechando de quiénes se podrían tratar, sacó la varita con un ensayado movimiento, sólo para ser recibido por el contrataque: un entusiasta lengüetazo húmedo a lo largo de todo su rostro.
Severus se limpió asqueado el rastro de baba enseguida, pero eso fue precisamente lo que lo hizo reaccionar y girarse hasta quedar de frente al enorme perro negro sentado que lo miraba con la lengua de fuera y meneando la cola.
La mente del Slytherin se quedó en blanco. Había pasado la noche casi sin dormir, lleno de pesadillas como un condenado, convenciéndose de que detestaba al can, repitiéndolo en voz alta cual conjuro antiguo, esperando que se hiciera verdad. Porque necesitaba desesperadamente que se hiciera verdad.
Al percibir el singular estado de ánimo de Severus, la esponjada cola del animago cesó su movimiento enérgico y quedó estática sobre la grama suave y húmeda. Ladeó confundido la cabeza. El adolescente tenía una mirada excepcionalmente severa, de claro resentimiento y Sirius supo que pasaba algo malo. No obstante, su intuición canina era mil veces mejor que la humana, de manera que guiado por una corazonada, adelantó un poco el hocico y acarició con mucha sutileza la blanca mejilla.
Sin decir una palabra, Severus se arrojó y abrazó al perro con más fuerza de la necesaria. Apretándolo tan duro que pronto Sirius empezó a sentir que las patas se le acalambraban y le faltaba el aire. A pesar de eso, se quedó muy quieto, permitiendo que el chico lo abrazara cuanto quisiera, transmitiéndose mutuamente el consuelo que necesitaban.
Toda la aflicción de Severus se disolvió quitándole un gran peso de encima. En un instante olvidó el odio que supuestamente debía tener por Mutt, el odio que permitiría ponerlo a salvo y que a él lo devolvería a su acostumbrada soledad. Pero el Slytherin no quería estar solo, ¿por qué tenía que estarlo? Mutt estaba ahí, demostrándole que sí era importante y aunque eso lo aterraba, no pudo dejar de agradecerle mentalmente por arriesgarse así por él.
Escondió la cara en el cuello tibio, estrechándolo con imposible tenacidad y provocando que Mutt soltara un pujidito involuntario. Por fin, Severus se dio cuenta que estaba asfixiando a su querida mascota y se separó mirándolo con una tranquila sonrisa. Sirius sintió que el corazón le saltaba en su pecho y repitió el gesto de acariciarle la mejilla con la nariz.
Todo estaría bien.
James fue el primero en levantarse esa mañana. La habitación estaba sumergida en una ligera penumbra sólo interrumpida por los ronquidos de Peter y la apagada luz rojiza del calefactor. Afuera, el sol hacía un vano esfuerzo por resplandecer por entre el manto cerrado de nubarrones. Sin duda sería un día lluvioso y frío. Precisamente ese día. El día del cumpleaños de Sirius.
Despiertos los ojos tras el cristal de sus gafas, se sentó en la cama y miró a sus compañeros.
Todos dormían. Incluso Sirius, lo que a James le causaba un poco de confusión, pues por lo general, el día de su cumpleaños —y el día anterior a ese y la semana anterior a esa— el pelinegro se la pasaba emocionado haciendo miles de planes junto con sus amigos. Pero en esta ocasión no había sido así. Con sus recientes peleas, no se había mencionado nada del festejo. James hubiera creído que el otro se la estaba pasando fatal igual que él, pero la verdad es que el muchacho había llegado anoche con una sonrisita de beneplácito en la cara, como si hubiera tenido una cita particularmente buena.
Miró a Peter a la lejanía. El rollizo muchacho salivaba sobre la almohada, probablemente soñando con el desayuno. De Remus sólo podía distinguir la coronilla castaña, pues estaba sepultado bajo los cobertores. De él no salía el menor ruido y eso le hizo recordar años atrás, cuando eran niños y aún no sabían nada de su "problema peludo", que Remus solía tener muchas pesadillas y no dejaba de moverse en toda la noche. Siempre tan atormentado el pobre Moony. Con el paso del tiempo y el descubrimiento del secreto, los espantosos sueños y sus constantes vueltas en la cama habían disminuido de manera considerable.
Por último volteó a ver a Sirus, quien dormía sobre su costado derecho y con los pies asomados por debajo de las mantas. Le hizo gracia pensar en que cuando el chico despertara, se quejaría de que el brazo se le había entumido por haber dormido en la misma posición toda la noche. Sirius tenía ese raro detalle de que al dormir, le acometía una inmovilidad total, su cuerpo al fin exánime después de andar de arriba para abajo todo el día.
Se acomodó los anteojos que le habían resbalado hasta le punta de la nariz y vislumbró el rostro sereno de su amigo que poco a poco comenzaba a iluminarse gracias a una tímida luz gris. Distinguió las pestañas tupidas y la nariz tan fina con la que había sido agraciado; la quijada era varonil así como las manos grandes que descansaban cerca de su boca, que fue lo que más le interesó en esos momentos: los labios carnosos, suaves, rojos como una fruta madura que le apetecía morder. Las chicas siempre decían que Sirius sabía dar besos como nadie y a James no le sorprendió mucho cuando una vocecilla de un rincón de su cabeza le comentó que sería realmente interesante averiguar si eso era cierto. Porque a diferencia del aristócrata, él no sentía ninguna necesidad de mentirse y sabía que Sirius le gustaba más que como un amigo.
Por ser el primogénito tardío de unos padres que prácticamente lo veneraban, James Potter era naturalmente egoísta, caprichoso y celoso de sus cosas; no obstante, nunca había dudado en compartir lo que fuera con el resto de los Marauders, pero otra cosa era compartir a Sirius, sobre todo con Remus, con quien parecía llevar últimamente una relación más cercana.
Así que para saber lo que en verdad le ocurría a su mejor amigo y recuperarlo tenía un plan. Un plan traducido en el obsequio que en ese momento levitaba guiado por su varita hacia la cima del montón de regalos envueltos a los pies de la cama de su compañero. Satisfecho, se levantó y se metió al baño para tomar una ducha mientras repasaba mentalmente el discurso que había preparado para justificar el regalo y hacer las paces. No esperaba, sin embargo, que al salir, Sirius ya estuviera despierto y esperándolo sentado al borde del colchón con el paquete en una mano y la otra frotando el brazo tratando de devolverle la circulación.
—¿Qué es esto?
Momentáneamente deslumbrado porque el adolescente llevaba puestos nada más que los calzoncillos y tenía a la vista el perfecto torso desnudo, James frunció el ceño y se distrajo recorriendo las firmes líneas de los hombros y los músculos de los brazos, lo que el otro malinterpretó como un gesto de fastidio.
—¿Sigues molesto por lo del otro día?
El tono dubitativo lo hizo reaccionar y quitar la vista de encima del apetitoso cuerpo para encontrarse con la nítida mirada argéntea parcialmente escondida por la alborotada melena oscura de león.
—Bueno… de verdad no creías que iba a olvidar tu cumpleaños, ¿no? —le dijo adoptando una expresión indulgente. —Digo, por más idiota que seas, eso no quiere decir que yo-
No pudo decir más, pues Sirius prácticamente había pegado un salto desde la cama hasta la puerta del baño para abrazarlo con tanta efusividad que escuchó crujir sus huesos. A pesar de la sorpresa, alcanzó a corresponder el gesto. Sin darse cuenta, se encontró disfrutando de aquel cuerpo tibio pegado al suyo y de la piel tersa de la espalda bajo las yemas de sus dedos.
Sirius, muy entusiasmado para notar que en ese abrazo había algo que no estaba ahí antes, estrechó al chico unos segundos más y luego lo soltó con toda la inocencia del mundo mostrándole una amplísima sonrisa.
—Maldita sea, Prongs, ya me tenías asustado pensando en que me ibas a ignorar —confesó mientras comenzaba a rasgar el papel.
James se contuvo de reclamarle que la noche anterior no parecía muy angustiado y sólo se encogió de hombros.
—Ya quiero que llegue la noche para que hagamos la fiesta, ¿encargaste mi pastel? Espero que no sea de chocolate como se te ocurrió hacer la broma del año pasado porque te lo escupiré en la cara, Prongs, ¿me oíste? En la cara. Hay que pedirle de vuelta el gramófono a Magnus para que…
Los planes del pelinegro se extinguieron en su lengua cuando del paquete se deslizó un pequeño espejo de marco sencillo que cayó en su mano.
—… Me estás jodiendo, ¿verdad? —dijo al fin muy serio. —Sé que soy vanidoso, ¿pero un espejo? Me cago en-
—Cálmate, tarado —lo interrumpió con una carcajada que lo exasperó más. —No es lo que crees.
James caminó hacia su armario que estaba pegado a la pared y sacó un espejo idéntico de la última gaveta. La molestia de Sirius se convirtió en confusión cuando, en vez de verse reflejado en su espejo, observó el claro rostro del chico que anteojos y el dedo medio que le enseñaba.
—Yo tengo el otro. Podría decirse que es como de esos teléfonos muggles de los que nos habló Remus, ¿recuerdas? Sólo que nosotros podemos vernos, además de hablar cuando queramos.
—¿Cómo se te ocurrió?
—Bueno, me quedé pensando en que pasamos mucho tiempo castigados y nos aburrimos cuando nos separan. Además, ya que tu sentencia es más larga que la de Remus, Peter y yo, podemos usar los espejos para comunicarnos —recitó con ensayada normalidad.
James se quedó a la expectativa, viendo a Sirius considerar el asunto con los ojos entrecerrados. Sonrió optimista para ocultar su nerviosismo y que el muchacho no se diera cuenta de su verdadero propósito, lo cual parecía a punto de suceder, pues el instinto de Sirius comenzaba a removerse inquieto.
—Para empezar los probaremos cuando estés en la lechucería y yo en la cocina.
Aquella sugerencia echó por la borda las insinuaciones de sospecha de Sirius, quien de inmediato pensó que con los espejos podría espiar a Severus.
—¡Eres un genio, Prongs!
Contento de finalmente haber obtenido la reacción esperada, James esperó otro abrazo, pero en vez de eso, el chico le metió un amistoso y nada delicado puñetazo en el hombro.
—¿Qué pasa? —murmuró un somnoliento Remus con voz ronca.
—¡Es mi cumpleaños! —gritó nuevamente al mismo tiempo que corría hacia la cama de Peter y se subía para saltar. El gordinflón animago fue rebotando hacia la orilla hasta que cayó boca abajo con un fuerte golpe despertándose por fin.
—¡Vamos, ayúdenme a abrir los regalos!
Sin hacer caso de los lloriqueos de Peter que se sobaba la frente en el suelo, tomó su varita y repartió los obsequios.
—¿No deberías abrirlos tú? Creo que la gente que se tomó el tiempo para-
La protesta de Remus quedó ahogada por el sonido del papel rompiéndose, los moños despegados y el cartón destrozándose de los paquetes. Incluso Wormtail participaba del aquelarre, sin importarle el chichón que hacía acto de presencia entre sus cejas. Resignado, el lobo escogió una caja pequeñita y comenzó a desenvolverla cuidando de romper lo menos posible el envoltorio.
—Un chivatoscopio, dulce de turrón para mí, un suéter horrible, un peluche de un león que ruge de verdad —enumeró James al mismo tiempo que arrojaba el muñeco de felpa directo al rostro de Peter y hacía un blanco perfecto. —Este es de Atticus, ¡es el Physical Graffiti de Zep! —chilló exaltado.
Ante la mirada divertida de Remus, Sirius se lanzó encima de James y se entablaron en una pelea por ver quién lograba abrir el disco de vinilo.
—¡Lo vas a romper!
—¡No si lo sueltas! —exclamó Sirius enterrándole el pie en el estómago.
—¡No jodas, ni siquiera tienes el gramófono! ¡Déjame verlo primero! —le respondió mordiéndole una mano.
—¡Vete a la mierda!
Aunque la batalla fue encarnizada, finalizó con James triunfador sentado en la espalda de Sirius y admirando las carátulas del empaque y el hermoso y reluciente disco negro.
—Toma, Padfoot, —intervino Remus poniéndose de pie y entregándole un presente envuelto en papel de color esmeralda brillante y un moño plateado— abre este.
El animago refunfuñó, pero tomó el paquete y lo abrió interesado en saber qué era aquello tan pesado. La ansiedad dio paso a la desilusión cuando se dio cuenta de que era un libro, y no cualquier libro, era La nobleza de la naturaleza: una genealogía mágica, lo que fue suficiente para que se llenara de un coraje que le hizo rechinar los dientes y tomar el suficiente impulso para quitarse el peso de encima.
—¿Qué tienes?
Sirius observó el papel en el que venía envuelto el libro e hizo un mohín de desprecio al adivinar su procedencia. Abrió el volumen en la primera página sólo para confirmar lo que ya sabía.
—Aprende el valor de la sangre pura e incorrupta. Asume tu lugar dentro de la verdadera nobleza. Tojours pur. Regulus Arcturus Black.
—Qué mensaje tan inspirador.
—Bueno, se convertirá en una explosión todavía más inspiradora —declaró dirigiéndose a la ventana y abriéndola de par en par. Un estremecimiento sacudió su cuerpo cuando la ráfaga de aire helado se metió robándole el calor a la habitación. —¿Me haces los honores?
James tomó su varita y se preparó para cuando Sirius arrojara el tomo por los aires, lo que no llegó a suceder, pues Remus se adelantó y le arrebató el libro con un apresurado accio.
—¿Qué van a hacer? —les inquirió horrorizado.
—Vamos a jugar tiro al blanco. 50 puntos si logras darle en pleno vuelo.
— Más 100 de bonus si haces que los pedazos se incendien —completó James.
—¡Pero es un libro! —les recriminó. —¡Además, te lo regaló tu hermano!
—Claro que no —dijo Sirius de mala gana. —Seguro que Walburga lo convenció para que me enviara esa porquería y él, siendo el descerebrado hijito de mami que es, accedió sin protestar. Lo sé porque esa no es la letra de Regulus. Para ser un dizque aristócrata, tiene peor caligrafía que yo.
—Aún así… —titubeó al escuchar el argumento— pienso que deberías conservarlo.
—Vamos, Moony, deja que lo destruya —terció James. —Hoy es su cumpleaños y no ha habido cohetes ni fuego ni estallidos. Este día no puede comenzar sin que incendiemos algo o lo hagamos explotar.
—Pueden hacerlo con otra cosa. Como… una bludger vieja o algo así.
—Eso no es divertido.
—Pues tendrán que buscar otra cosa que lo sea y que no involucre una masacre de libros.
Remus aferró más el tomo entre sus brazos y Sirius rodó los ojos hacia arriba derrotado.
—Como sea. Sólo mantenlo alejado de mí. Vamos a terminar de abrir los demás regalos.
—Si no vamos a destruir algo, voy a cerrar la maldita ventana. Me estoy cagando de frío.
Al ser un chico popular, Sirius había recibido una cantidad impresionante de obsequios que iban desde los más sencillo, como un paquetito de ranas de chocolate (que Peter terminó engullendo) hasta lo más caro, como una espléndida chamarra negra de piel, proveniente de su tío Alphard, que se puso sin pérdida de tiempo.
El último regalo, que fue abierto en medio de un reguero de basura que les llegaba a los tobillos, resultó ser una buena dotación de las bromas favoritas de Sirius, de parte de Peter. Contento, el chico se disponía a prender una bengala, cuando sintió la presión de los suaves dedos de Remus en el codo.
—Hey…
—Vamos, es sólo una bengala, Moony —se quejó defensivamente. —Tendré cuidado.
—Sé que lo tendrás —dijo a pesar de que sabía que no era cierto— pero no es eso. Yo, eh, tu regalo, no lo tengo aquí. ¿Está bien si te lo doy más tarde? No es algo que pueda envolverse.
Sirius asintió. Había notado la ausencia del obsequio de su amigo, pero no deseaba hacerlo sentir incómodo.
—¿No se puede envolver? ¿Me vas a regalar lo que te pedí? Acuérdate que lo quiero en mi cama —le pidió emocionado.
—No. Y saca esos pensamientos pornográficos de tu cabeza de una vez por todas.
Sirius hizo un puchero con la boca y prendió el cohete que zumbó dejando una estela de fuego y destellos naranjas y plateados. Quiso hacerlo salir por la ventana, pero olvidó que ya estaba cerrada y el objeto rebotó y fue a dar al dosel de James que se prendió en un instante.
Aquello, en opinión de los chicos, fue la mejor manera de empezar el cumpleaños.
El camino al gran comedor fue más tardado de lo usual, pues a cada momento alguien se detenía a felicitar al Gryffindor, sin contar a las numerosas chicas que prolongaban el tiempo de abrazo y plática. Cuando lograron llegar, el abundante desayuno ya estaba servido y se sentaron a comer animadamente sin que decayeran las felicitaciones y el alboroto.
Sirius estaba de muy buen humor. Y lo ponía todavía más de buen humor saber que ese día tendría clases con el Slytherin, por lo que podría aprovechar para acercarse a Severus y tratar de entablar conversación. Pensando en esto, lo buscó discretamente con la mirada, hallándolo en una esquina de su mesa y oculto tras un libro mohoso. Deseando que lo volteara a ver, clavó sus ojos en el libro con tal intensidad que bien podría haberlo perforado. La técnica dio resultado y, segundos después, Severus bajaba su lectura con la clara sensación de que alguien lo estaba observando. Por supuesto, no tardó en encontrarse con la profunda mirada acerada de Sirius, lo que le causó su acostumbrado cólico matutino.
Severus gruñó y volvió a hundir su larga nariz entre las hojas, decidido a no darle importancia al acoso porque se encontraba de buen talante. Sabía que Mutt estaba bien y esperaba volver a verlo pronto, además, Lucius no le había hablado y Rosier estaba demasiado ocupado torturando a unos Hufflepuffs en la entrada del salón. El día apenas comenzaba, pero sentía que nada podría arruinárselo, de manera que se concentró en memorizar los ingredientes de una poción especialmente complicada.
Esa actitud no obstante, era inaceptable para Sirius y se empeñó en atraer la atención de su compañero mirándolo obsesivamente, alzando mucho la voz y montando una broma que consistió en hacer que los huevos fritos de Peter le explotaran en la cara, lo que le ganó muchas risas y una reprimenda de parte de McGonagall, pero no que el Slytherin levantara la vista.
El desayuno terminó sin más contratiempos y pronto los grupos de alumnos salían del gran comedor hacia los pasillos que daban al patio central, ya que un torrencial aguacero se había desatado impidiéndoles tomar el camino corto hacia las mazmorras.
Sirius caminaba tranquilo, platicando con sus amigos y al mismo tiempo ideando una manera de acercarse a Snape, sin saber que él no era el único interesado. A su lado, James avanzaba con la vista fija en su blanco, que sólo estaba a un escaso metro de distancia. En su mente rondaba aquella declaración absurda de Sirius en la enfermería: "me gusta Snape". Naturalmente que su cerebro se negaba a creer en semejante aberración, pero sabía que había algo detrás que involucraba a Remus y que no querían decir, lo que lo hacía estar más enfurecido que de costumbre con el pálido chico, de manera que hoy, que era el cumpleaños de su mejor amigo, tenía preparadas una serie de bromas para desquitarse.
La primera oportunidad se presentó cuando el grupo se detuvo a esperar que pasara una escolta de caballeros en armadura y Severus se paró en el borde del corredor. James se adelantó un poco y con un disimulado movimiento de la varita, provocó que el adolescente cayera aparatosamente al jardín. Libros y pergaminos se desperdigaron por el suelo y se empaparon en un segundo junto con su dueño provocando múltiples risotadas.
—¡Hasta que por fin tomas un baño, Snivellus! ¡A ver si se te cae la grasa del pelo! —gritó James.
Las risas y burlas subieron de volumen y James le dio un codazo a Sirius para celebrar la ocurrencia.
Severus se apresuró a levantar sus cosas y se apartó los largos mechones azabaches pegados a su frente y mejillas para mirar con ardiente odio a su enemigo; sin embargo, cuando sus ojos negros se posaron en Sirius, se llevó un gran desconcierto al notar que el muchacho tenía una extraña mueca en la cara. Sonreía, sí, pero era una sonrisa grotesca, artificial, como si estuviera haciendo un esfuerzo supremo para mantenerla.
No hubo tiempo para nada más, pues justo en ese momento llegó el profesor Flitwick, quien dispersó a los estudiantes y trató de ayudar al embromado, pero el chico se puso de pie rechazándolo y se metió de vuelta al corredor donde trató de secar sus pertenencias. La muchedumbre lo dejó atrás y él se entretuvo realizando múltiples hechizos para limpiar la tinta derramada que se había mezclado con una poción iluminadora, lo que lo hizo llegar tarde y que sólo pudiera alcanzar un asiento que estaba peligrosamente cerca de los Marauders.
—Si se equivocan con la mezcla, recuerden que deben vaciarla por los fregaderos, de lo contrario, un evanesco causaría una reacción adversa que la hará hincharse —advirtió el profesor Slughorn desde su escritorio mientras el gis levitaba en el pizarrón tomando nota.
Las plumas se movieron perezosamente, todavía llenas del desayuno y amodorradas por la lluvia y el frío. Despacio, se organizaron en parejas y pronto empezaron a reunir los ingredientes y a trabajar en la poción. Afortunadamente para Severus, nadie se tomó la molestia de hacer equipo con él, así que pudo dedicarse en paz a la fina tarea.
—Después de detención, Moony y yo llevaremos los bocadillos a la sala común. Pensé en usar la Sala de Gravedad, pero probablemente todos acabaríamos vomitando —dijo James sacándole una risita a Sirius. —Así que será más fácil en la torre. Además, tengo guardada en el baúl una reserva especial de whisky de fuego.
—¿Ah sí? ¿Con eso piensas sobornar a los prefectos para que se hagan de la vista gorda?
—Sólo a los de séptimo.
—¿Y qué me dices de Evans? No creo que se quede tranquila viendo que nos embriaguemos —musitó conforme luchaba distraído con el corcho de un frasco lleno de polvo de cuerno de bicornio.
—Ya sé. Me contó que le dijiste que es una estirada.
—A menos que tengas un papel firmado por mí donde ratifico que dije eso, niego todos los cargos.
Esta vez fue el turno de reír de James.
—¿Te estás llevando bien con ella? —le preguntó interesado quitándole el frasco y abriéndolo fácilmente con la varita.
—Lo que podrías esperar de dos personas que se odian —contestó mientras tomaba el tarro de vuelta.
—Ella no te odia. Nada más le sacas canas verdes. Tal vez si pasaras más tiempo con ella tú-
—No presiones, Prongs —gruñó bajito colocando una medida más de la necesaria a la balanza.
—Te pasaste —le advirtió examinando su libro.
—Así está bien. Leí en otra parte que esta cantidad tiene mejores resultados y quiero ver si es verdad.
—Como te decía, dale tiempo, —dijo James restándole importancia a la posibilidad de que el coctel pudiera borrar los calabozos del mapa —apenas la conozcas, te darás cuenta que tiene un carácter de lo más dulce.
—¿En serio? —susurró y se inclinó al nivel del aparato. —No recuerdo que haya sido muy dulce de su parte haberte hecho tragar el muñeco de felpa el año pasado. ¿Lo recuerdas? —inquirió socarronamente. —Estuviste escupiendo relleno de algodón todo el día.
—Eso fue porque le daba pena decirme que en el fondo me ama y no puede vivir sin mí.
El involuntario y muy audible resoplido de Sirius provocó que el frágil polvo aperlado del cuerno saliera regado en todas direcciones y cayera sobre los calderos cercanos. Los rumores de descontento al ver arruinadas las mezclas se escucharon enseguida.
—¡Sr. Black! ¿Qué está haciendo?
—Disculpe, profesor, es que soy alérgico a las chorradas —dijo quitado de la pena mientras a James le daba un ataque de risa.
—Tenga más cuidado —lo reprendió el profesor con mediana severidad. —El ingrediente es costoso y no podemos despilfarrarlo así como así.
Sirius asintió con una falsa docilidad que convenció a Slughorn, quien luego se volvió y ordenó a los afectados que formaran una fila para vaciar los calderos y limpiarlos.
El animago se sacudió el polvo de la nariz y tomó una franela para limpiar el desastre, pero apenas había rozado la áspera superficie de la madera, cuando tuvo un extraño presentimiento. Una leve presión en el cráneo y supo de lo que se trataba. Con cierta reserva, se volvió.
Las orillas del caldero de Severus estaban salpicadas del ingrediente al igual que los hombros de su túnica. El cucharón de hierro temblaba imperceptible en su delgadísima mano y su mirada era más dura que la piedra. Intensa. Peligrosa. Sirius estuvo totalmente seguro de que si las miradas mataran, él ya estaría en aquel momento tirado sin vida en el piso helado de la mazmorra.
Intentó dirigirle una discreta sonrisa apologética, pero antes de que pudiera formarse en sus labios, Snape se giró con violencia y le dio la espalda.
—Vamos, vamos, con orden— pidió dócilmente el profesor.
Severus movió su varita con rabia y el caldero voló bruscamente a su lado. No tuvo más remedio que formarse en la apretada fila y esperar su turno. A sus espaldas, un par de estudiantes más atrás, Peter, Remus, Sirius y James imitaron su ejemplo.
—¿También le cayó a lo tuyo, Moony? —preguntó James con picardía mirando por encima de su hombro.
—Ustedes van a hacernos la poción de nuevo. ¿Sabes lo que le costó a Wormtail no vomitarse con el cartílago fresco de dragón?
—Fue culpa de Padfoot.
—¿Mi culpa? Si hubieras escuchado la burrada de Prongs —se dio la media vuelta para dirigirse a Remus— te hubieras reído hasta las lágrimas.
—¿Qué fue?
Enfrascado en explicarle, Sirius no se percató que James susurraba algo a los estudiantes de adelante. Los chicos se hicieron a un lado, dejando la vía despejada de la pileta donde Snape vaciaba muy lentamente su poción. El animago verificó que Slughorn no estuviera mirando, y, con un practicado pase de la varita, arrojó su mezcla hacia los fregaderos justo encima del Slytherin bañándolo por completo. La reacción fue inmediata: un estallido de risas y Severus volteándose entre pasmado y furioso.
—Oh, Snivellus, ¿estabas ahí? Como eres, ya sabes, insignificante, —se burló James perversamente— no te vi.
Sirius se quedó de una pieza. Escuchó la carcajada de Peter y por el rabillo del ojo vio la expresión preocupada de Remus. Su instinto natural de supervivencia junto con su pánico lo obligaron a esbozar de nuevo aquella sonrisa tirante cuando su mejor amigo se giró hacia él.
—¿Qué está pasando? —indagó Slughorn acercándose apresuradamente.
—Iba a echar mi poción por el desagüe, pero Snape se me atravesó, profesor —explicó James muy serio recomponiéndose en un segundo.
—¡No es cierto! ¡Lo hizo a propósito! —objetó Severus echando mano de la varita.
—Calma, calma —pidió el robusto hombre interponiéndose entre sus dos alumnos. —No hagamos nada de lo que nos podamos arrepentir.
Severus apretó los dientes con tanta fuerza que temió que la quijada se le trabara. El pusilánime jefe de la casa de Slytherin no iba a hacer nada drástico para castigar a Potter. El brillo malévolo en aquellos ojos avellana era cáustico, reflejaban la total seguridad de que se saldría con la suya. Sin poder soportarlo más, se preparaba para lanzarle un maleficio, cuando tuvo la insólita ocurrencia de mirar a Sirius. La confusión que lo había asaltado en el pasillo apenas una hora antes volvió con más fuerza al ver esa mueca espantosa en la cara del Gryffindor. ¿Qué no se suponía que debía estar morado de la risa por la estupidez de su amiguito? No sabía si estaba tratando de asustarlo o si le estaba dando una apoplejía o qué rayos le pasaba, pero el asunto se convirtió en algo todavía más absurdo cuando las facciones de Sirius se relajaron y adquirieron un matiz de… de… ¿de qué?
—Sr. Snape, le sugiero que vaya al baño a cambiarse y-
—No, profesor, —intervino James— fue mi culpa, así que yo lo ayudo. Evanesco.
La advertencia llegó muy tarde y aunque hubiera llegado temprano, James habría fingido demencia. El evanesco le pegó justo en el pecho al descuidado Severus causando una veloz reacción: las mejillas se le inflaron, los labios crecieron al grado de parecer el blanco de ataque de una avispa y la nariz adquirió unas gigantescas dimensiones que fue el detonante para que la carcajada de James explotara descarada. Incapaz de resistirse a la imagen ridícula de su compañero, el resto de los alumnos se unió a la pulla del Gryffindor sin hacer caso a las peticiones del profesor de comportarse debidamente.
—¡Callados! ¡Qué barbaridad, sr. Snape! ¡Venga-deje de moverse!
La cólera de Severus se hizo todavía más sólida cuando trató de hechizar a James, pero sus dedos, ahora barrigones y tiesos, se rehusaron a obedecerle y dejaron caer la varita. Entonces quiso cuando menos soltar una blasfemia, pero la lengua hinchada tampoco le respondió obligándolo a tragarse su coraje. No suficiente con ver a Potter revolcarse de risa hasta las lágrimas junto con el salón entero, para su mayor humillación Slughorn lo hizo levitar para llevarlo a la enfermería. Flotando como dirigible, el muchacho abandonó el aula pensando en que el día no podía ponerse peor.
Sirius no estaba contento. Tampoco podía decirse que estuviera enojado, pero definitivamente su estado era muy cercano a la infelicidad. Encorvado sobre el balaustrado del segundo piso, miraba sin ver hacia abajo, los ojos extraviados en el solitario jardín húmedo, meditando en lo horrible que había sido el episodio en la clase de Defensa. De repente había caído en cuenta de lo imposible que iba a ser que James aceptara a Severus y que dejara de molestarlo. Se resistía a aclararle la situación, pero al mismo tiempo se estaba volviendo intolerable ver que torturara al Slytherin. Sentía que estaba alcanzando sus límites y eso, a la mala, había aprendido que era muy peligroso.
—¿Sirius?
El muchacho volteó con mortal languidez y miró a Remus acercarse mientras se acomodaba la mochila al hombro.
—Te estaba buscando. ¿Qué haces aquí? Te desapareciste de la clase.
—No va a parar, Moony.
—Oh, bueno… —el licántropo vaciló advirtiendo de inmediato de qué hablaba su amigo. —Deberías decirle-
—¿De qué va a servir? Lo conozco, por nada del mundo va a dejar en paz a Snape. Lo aborrece y si fuera por él estaría muerto.
Remus palideció ante las palabras frías. Tragó con fuerza y trató de ignorar el doloroso pinchazo que atravesó su estómago.
—No creo que… Exageras, Sirius, James nunca-
—¿Nunca? ¿Qué no estuvimos hoy en el mismo corredor, en la misma aula? Disfruta martirizándolo —sentenció.
—No lo disfruta, se llevan muy mal, pero es por Lily —objetó. —James no es nada más un abusador, tiene problemas de conducta, lo reconozco, pero si tan sólo se lo explicaras, estoy seguro-
Sirius negó con la cabeza haciendo caso omiso y volvió a recargarse en el balaustrado. Entonces soltó sin pensar:
—Lo justificas porque te gusta, Moony.
—¿Qué?
—¿Qué?
El agujerito en el estómago del hombre lobo se transformó en un abismo. Se quedó inmóvil al igual que Sirius, conteniendo la respiración, como esperando que las palabras desaparecieran si ignoraba que habían sido pronunciadas. Incluso quiso engañarse creyendo que había escuchado mal, pero sabía que era imposible gracias a su oído híper desarrollado.
—¿Qué dijiste? —preguntó muy bajito.
—Uhm…
El pelinegro arrugó la nariz como si lo hubieran sorprendido haciendo alguna travesura. Era cierto que quería decírselo, pero esa no era la ocasión ni el lugar. El escaso control que tenía sobre su lengua resultaba ser sorprendente. El daño estaba hecho, así que sólo le quedaba una salida.
—Pues eso… lo que escuchaste. Que te gusta James —habló con voz suave, pero segura mientras giraba el cuerpo para enfrentarlo. Remus lo veía con un gesto de escepticismo, como a punto de regañarlo por la enorme tontería que había dicho, pero Sirius estaba decidido a sonsacarle la verdad, de manera que no le importó deformar un poco la información a su conveniencia. —Tú me lo dijiste. La última luna llena. Estábamos…
Sirius se interrumpió y quedó perplejo. El escepticismo del joven licántropo había desaparecido y ahora estaba tan blanco que poco le faltaba para quedar transparente. Pensó que de un momento a otro se iría a desmayar. Lo cual no estaba muy lejos de suceder, si no fuera porque Remus tenía apretadas con inusitada fuerza las correas de su mochila que le brindaban cierta estabilidad milagrosa. El animago abrió la boca para decirle que estaba bien, sin embargo, el sonido de las correas rasgándose con facilidad como si fueran de papel se lo impidió y consideró que un "está bien" no era tan conveniente en esos instantes como un "¿vamos a la enfermería?", porque Remus se veía muy mal.
El arrepentimiento era algo que en escasas ocasiones había experimentado y sólo a un nivel superficial —excepto lo de Severus, que estaba seguro que le iba a dejar una secuela para siempre— sin embargo, ahora, ante la ambarina mirada llena de profunda angustia, le atacó ese recalcitrante arrepentimiento que le decía que Remus guardaba celosamente ese secreto por un poderoso motivo.
La fortuna o la desgracia quisieron que la escena quedara interrumpida por unos pasos apresurados que iban en su dirección. Sirius no quería ver de quién se trataba, sin embargo, tuvo que voltear al escuchar una voz femenina que lo llamó:
—¡Black!
—¿Qué? —contestó antipáticamente al ver que se trataba de Deanna Gray.
Deanna cubrió el trecho restante con pies de plomo y se plantó frente a sus compañeros Gryffindor.
—No me importa lo que tú y el resto de los idiotas haga, siempre y cuando no interfiera con el quidditch —le espetó al pelinegro con los brazos cruzados. — Pero esto es ya pasarse de la raya. Es suficiente contigo fuera del equipo hasta año nuevo como para que los demás sigan tu ejemplo. Los únicos que no están sancionados son Zechariah y Atticus.
—¿De qué-?
—No sé si sus intenciones sean quedar suspendidos, pero incluso podrían ser expulsados. De verdad, Black, no puede ser que no te des cuenta que es un abuso lo que le hacen a ese pobre chico.
—Pero yo no-
—Así que te recomiendo —prosiguió la muchacha sin darle tregua— que vayas y le pongas un alto a todo este lío o te juro que iré ahora mismo con McGonagall a acusarlos.
—Gray, —consiguió al fin decir sin disimular su fastidio— en serio que veo que mueves la boca, pero no entiendo nada de lo que dices.
Deanna soltó un resoplido de frustración.
—¿En dónde tienes la cabeza? Potter y los-¡Merlín, Lupin! ¿Te sientes bien?
Remus pegó un saltito hacia atrás sorprendido por la inesperada pregunta de la golpeadora, no obstante, reaccionó enseguida y carraspeó enmascarando su ansiedad.
—Sí, sí, gracias. Sólo es… el clima…
—Te ves bastante pálido y sudoroso, ¿seguro que estás bien? —insistió cambiando el tono de su voz por uno amable.
—Claro, seguro es nada más un resfriado.
—¿No quieres ir con Madame Pomfrey? Puedo acompañarte si quieres —le ofreció al mismo tiempo que descruzaba los brazos.
Sirius veía todo con una expresión de claro desconcierto, preguntándose cómo es que una chica tan abiertamente hostil hacia su persona y en general hacia los demás, podía cambiar tanto en un segundo.
—Remus no tiene nada, Gray, —la atajó. —¿Qué decías de James?
—Yo-oh-es… —titubeó un poco y luego volvió a asumir su característica actitud. —¿Entonces no tienes idea de lo que hablo? ¿Me vas a decir que no sabes nada de Potter yendo detrás de ese chico Snape con Gallen, Blondline y Pettigrew?
—¿Qué?
—¿No sabes, Black? —lo cuestionó dudosa al ver los enormes ojos grises desorbitados. —Lo siguieron cuando salió de la enfermería hasta las afueras de la escuela. Parecía que iban en dirección del Sauce.
Ambos chicos se voltearon a ver alarmados.
—¡Por las escaleras! ¡Por las escaleras! —gritó Remus jalando a Sirius de la túnica para bajarlo del pasamanos al que ya se había trepado dispuesto a saltar. —¡Por favor, Gray, no le digas a McGonagall! —alcanzó a pedir mientras salían arrancados a toda velocidad y desaparecían al final del pasillo.
No voy a llegar, no voy a llegar, no voy a llegar, se repetía Sirius una y otra vez, con los nervios robándole el poco aire que conseguía llegar a sus pulmones. Era doloroso aspirar ráfagas de viento frío y las piernas le empezaban a doler, pero no aflojó el veloz paso en su loca carrera. La lluvia había cesado aunque el cielo todavía seguía teñido de negro y de vez en vez dejaba escuchar uno que otro trueno.
Justo cuando se preguntaba si iba en la dirección correcta, escuchó a lo lejos risas de mofa y varios insultos que le resultaron familiares por repetirlos él muchas veces. Un viento feroz sopló desperdigando las voces en todas direcciones y Sirius se quedó momentáneamente confundido; por suerte, Remus le hizo una seña y los dos avanzaron colina arriba guiados por el sensible olfato lobuno. Al llegar por fin a la cima fue que los encontraron.
El alivio que sintió al ver a Snape todavía en una pieza duró una nada en cuanto se dio cuenta que los cuatro chicos lo tenían acorralado a unos metros del Sauce. Sin reflexionarlo, sacó instintivamente la varita y aceleró la marcha.
—Entonces, murciélago, ¿qué esperas? —dijo Magnus con una sonrisa maliciosa. —Potter ya te dijo lo que hay que hacer.
—Y yo que tú, me daría prisa. Tenemos todo el tiempo del mundo, pero James no es muy paciente —secundó Gerrold a la izquierda del capitán del equipo de quidditch.
—No me digas que reemplazaste al descerebrado de Black y al pusilánime de Lupin por estos retrasados, Potter.
Peter, detrás de ellos, se retorcía disimuladamente las manos, sin atreverse a lanzar alguna amenaza. Aunque todo el asunto le parecía más peligroso que de costumbre, sabía que no era su lugar decirlo, además, siempre salían bien parados de lo que fuera. Así que le parecía mejor mantenerse en silencio, a la espera de las órdenes de su líder.
—Ya oíste, grasiento —dijo James haciendo caso omiso de las palabras de su némesis. —No te conviene verme de malas.
—¡James!
Justo a tiempo, Sirius llegó casi patinando sobre el pasto mojado y se interpuso entre su compañero y Severus.
—¡Heeey! ¿Q-qué… haces… amigo? —resopló exhausto. Intentó poner una cara cordial y desinteresada, pero era imposible cuando sentía el costado lleno de contracciones dolorosas y la cabeza ligera por la insuficiencia de oxígeno.
—¿Sirius, cómo llegaste aquí?
—Te… testá… bamosss… uf… buscando.
Sirius señaló a Remus quien se veía bastante perturbado, pero no como si hubiera acabado de correr un kilómetro en diez segundos. De hecho, ni siquiera había sudado, detalle que notaron los demás miembros del equipo.
—¿Vinieron corriendo todo el camino? Parece que está a punto de darte un infarto, Sirius.
—Debería darte vergüenza, Black. Lupin está en mejores condiciones físicas que tú —se burló Magnus.
Molesto por la presencia y el hostigamiento de los chicos, Sirius reunió aliento y respondió:
—Sí, es que… él no… tiene sexo todas las noches con tu hermana.
—¡¿Qué?! —saltó furioso Magnus resuelto a írsele encima.
—¡Tranquilos! —intervino James metiéndose entre sus amigos.
—¡Pero él-!
—Sirius no habla en serio, Magnus —explicó con impaciencia. —Además, no estamos aquí para pelear entre nosotros, si no para enseñarle a este asqueroso murcielaguito una lección.
La atención del grupo de Gryffindors regresó a Severus. El adolescente observaba todo con expresión anodina, como si estuviera mirando un enjambre de polillas en vez de potenciales depredadores. Era extraño, y no lo concientizó en ese momento, pero con la llegada de Black el temor a salir lesionado había disminuido, y aunque su paranoia y su alerta seguían ahí latentes, también moría de curiosidad por ver qué es lo que haría el muchacho.
—Me alegra que hayas venido, Sirius, así puedes ver la actuación de Snivellus. Me hubiera gustado que fuera en público, pero con que lo veas tú me basta.
—¿Qué es…? —preguntó con la garganta seca.
—Es simple: Lo que vamos a hacer… es romperle la varita —declaró y sacó el objeto mágico de su bolsillo y lo expuso a la vista de todos. —A menos, claro, que… la putita se ponga de rodillas y suplique —finalizó cruelmente causando la risa de los demás.
Sirius tragó saliva y rió nerviosamente. Miró de reojo a Severus y se sorprendió un poco al ver que la sombra de una amarga sonrisa había aparecido en la esquina de sus labios. Supuso que apreciaba la ironía de la petición.
Remus, por otro lado, tenía la vista clavada en el suelo, con una sensación espantosa apretándole el corazón, todavía afectado por la plática que había tenido con Sirius hacía apenas unos minutos.
—Bueno, Snivellus, estamos esperando.
—Te sugiero que te sientes a esperar, Potter.
—¿Quieres que te obligue? No tengo ningún problema —le dijo levantando su propia varita.
—James, —susurró el aristócrata interviniendo— no puedes hacer esto.
—¿Por qué no? —inquirió y se acercó a él para murmurarle al oído. —Te hizo lo mismo, es lo menos que este hijo de puta se merece. ¿Otra vez lo estás defendiendo?
—No lo estoy defendiendo, nunca lo he hecho. Deanna los vio, ¿sí? Me dijo que le iba a decir a McGonagall.
—Entonces será mejor que nos apresuremos porque no nos queda mucho.
El animago continuó tratando de convencer a su mejor amigo que desistiera de la idea sin notar las coléricas miradas que le dirigía a Snape por encima de su hombro. El Slytherin se las sostuvo con la misma intensidad, comprendiendo en un santiamén que Black no iba a lograr su objetivo.
Lo que siguió a continuación fue tan rápido que después cada quién contaría su propia versión de lo ocurrido. En un momento dado, Sirius se alejó de James y retrocedió un par de pasos, todavía entre él y su enemigo. Severus vio entonces su oportunidad. Con suma rapidez, le arrebató a Sirius su varita. Sirius se dio la vuelta queriendo recuperarla y logró alzar la muñeca del chico justo en el momento en que le lanzaba un maleficio a James. Éste reaccionó llevado por la rabia y realizó el contrataque con toda la intención de darle a Snape; sin embargo, entre el forcejeo de Sirius y su objetivo, el hechizo golpeó a Sirius en la espalda y tanto él como Severus salieron despedidos varios metros por el aire.
—¡Sirius! —bramó James asustado queriendo ir a su encuentro, pero Remus, al fin despierto, se lo impidió.
—¡Mira!
Los cuatro Gryffindors observaron aterrorizados como el gigantesco Sauce Boxeador se despertaba enfurecido. La madera aulló terrible, sofocando los llamados que clamaban "¡SIRIUS!" "¡SIRIUS, DESPIERTA!".
La primera rama, gruesa y pesada, se precipitó sobre los dos cuerpos indefensos que yacían entre las raíces.
N. de A. Qué es esto? Un capítulo nuevo? Es un milagro de Saturnalia!
Bueno, este capítulo va con mucho cariño dedicado a mi beta, cuyo Marauder favorito es Jaime Potter y le encanta que sea tan cabrón XD
Espero que les guste el capítulo y que no me odien mucho por cortarle ahí. Trickster avanza, muy despacito pero avanza, así que les pido paciencia. Trataré de actualizar lo más pronto posible.
En fin, que pasen felices fiestas, traguen mucho pastel, embarren la gelatina y pásenla genial. Yo de regalo sólo les pido REVIEWS! Besos! :D
