¡Hola lectores!
Una serie de eventos complicados (llamados Navidad, visita de parientes, una mascota nueva, compras de último minuto, encargos a cuenta de terceros y cosas por el estilo) me impidieron acercarme antes a la máquina… No tengo nada de tiempo, de manera que prioricé publicar antes que responder reviews, que leí con muchísima atención y que me alegraron mucho el día, ¡por supuesto! Prometo contestar preguntas puntuales u observaciones más adelante.
Muchas gracias por sus comentarios, en riguroso orden alfabético, a: afroditacullen, Aiiram, AnaidT, Anglik Djilah, Annita Pautt de Pattinson, belencullenss, Cam, caroline so-so si, Danika20, darky1995, DreameR, -DuLce aMoR-, farfallenere-1918, Fearlesswhitedemon, ferna cullen, flakisss, gin007, isa-21, Isis Janet, javi-009, Jessica Salvatore, Laia-bcn, lmabt, luciana, Mild Dreams, M.L., Mss1-cullen-swan, Naiara Fainello, pau19, Kirara11, kmi hale, ovejita-dm-cs, Paaameeelaaa, Pauli de Cullen, Ro 91, ShinigamiInu, Strangeers, Thea2612, Tina Masen, VictoriaDollanganger.
Solo me queda decirles… ¡Muy Feliz Navidad para ustedes y sus familias! Prometo subir el siguiente capítulo entre Navidad y Año Nuevo. ¡Abrazos electrónico navideños para todos!
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En un cementerio de Phoenix…
Un hombre con poblado bigote dejó un gran ramo en el florero de una tumba. El sepulcro era modesto y poco llamativo, de mármol gris, con una placa de bronce identificando al difunto.
—"Anthony Brickwall –QEPD—. Nacido el primero de abril de 1980, fallecido el 17 de octubre de 2004. Buen hijo, buen marido, mal empresario" –leyó en voz baja, con una amplia sonrisa, el de bigotes.
Suspiró y compuso una expresión seria, con una pizca de melancolía, que él creía la más apta para un cementerio, aunque no se sintiese serio ni melancólico en absoluto.
—Espero que no me guardes demasiado rencor por tu epitafio –le murmuró el de bigotes a la tumba—. Ya que el FBI decidió que te habías suicidado pegándote un tiro, yo decidí que lo habías hecho al descubrir que uno de tus últimos negocios era un fracaso total. No les gustó demasiado, pero tuvieron que dejarlo sin investigar… eso me permitió poner un par de millones a salvo.
Cambió el peso de un pie a otro, buscando una postura más cómoda. Hacía mucho calor, y él estaba vestido de negro, un color que encontraba adecuado para un cementerio, pero no era el ideal para un día tan caluroso.
—Te sorprenderá qué hago por aquí. No es como si me hubiese molestado mucho antes por tus restos… para ser exactos, es la primera vez que vengo. Verás, hace un par de días, alguien estuvo revolviendo el avispero. Un programa de televisión salió diciendo que estábamos detrás de los ataques a Isabella Swan. Ah, ¿recuerdas a la chica? Sí, es la misma. Más crecida, no tan desgarbada, igual de tímida. Una jovencita agradable. No una reina de belleza, pero tampoco un susto a medianoche. Una chica promedio, digamos.
Observó la tumba en silencio unos segundos, sin aguantarse por completo la sonrisa.
—O no tan promedio, pensándolo bien. Estuve averiguando un poco sobre la noche en que moriste, hermanito. Junto a tu secuaz, ese Joey… siempre te dije que era un inepto, pero tuviste que aprenderlo por las malas… como sea –se encogió de hombros—. Sé que cortaron la luz de la casa de esta chica Isabella, y entraron a la casa. El informe oficial dice que adentro estaba Isabella, pero no estaba sola: su guardaespaldas Sean Jackson estaba con ella, y en cuanto vio que querían agredirla, les disparó.
El de bigotes guardó silencio. Una pareja pasó cerca de él, discutiendo en voz tan baja como acalorada. Cuando se perdieron de vista, el bigotudo regresó a su diálogo con la tumba.
—Investigué un poco al respecto. Ese Jackson es intrigante, y de todos modos yo quería tener a Isabella vigilada, ahora que regresó a la luz pública. Me encontré con algo la mar de interesante: los documentos al respecto de lo que pasaba se contradicen. Los oficiales, a los que accede el público tras un grueso soborno, indican que Jackson les disparó. Eso parece lógico y razonable, pero no encaja en absoluto con lo que sé de Jackson. Él tiene un olfato especial para detectar problemas, sabe tratar con gente, y es brillante organizando… pero no sirve a la hora de la acción, sin mencionar que su trabajo no fue nunca el de quedarse haciendo de niñera de un testigo en peligro. Entonces, encontré un acta que indica que Jackson llegó junto con el resto del equipo a la casa de Isabella… ¿Entiendes lo que eso significa?
El bigote le temblaba del esfuerzo por aguantar la carcajada.
—¡Fue Isabella quien te disparó! ¡Te mató una niña! Eso, o fue la madre de la chica, pero a la tal Renée no se la menciona en todos los informes… y la posibilidad de que haya sido alguien más, que dejó la casa antes de que Jackson y los suyos llegaran… es demasiado complicada –sacudió la cabeza—. El padre de Isabella es policía. Le habrá dejado un arma, sabiendo que podría necesitarla. Ella le dio buen uso: le pegó tres tiros a Joey, suficiente para destrozarle la cara y matarlo en el acto. En tu caso, bastó con una bala, bien disparada.
El Sr. Bigotes se agachó, quedando al nivel de la placa de bronce en que estaba grabado el nombre de su hermano.
—Eso te lo merecías. Supongo que es algo así como una venganza cósmica: mataste a esa niña Leyla e intentaste matar a Isabella; en venganza, Isabella es la que acaba matándote. Te lo mereces, por matar niñas con tus propias manos. No tienes ni pizca de sutileza –acusó el de bigotes con desprecio—. Mírame a mí. Yo soy un honrado comerciante de muebles usados. Me ocupo de comprar y vender, a veces de restaurar, muebles. Todo es perfectamente legal.
Le dirigió una mirada de superioridad a la lápida, al tiempo que se atusaba el bigote.
—Claro que mi gran fortuna no se hizo sólo vendiendo muebles. Por eso es que también soy un especulador financiero. Invierto en bonos de países emergentes, que ofrecen intereses muy altos a cambio de mínimas garantías. A la mayoría de los especuladores, eso a veces les sale bien y a veces mal. Pero a mí el olfato no me falla jamás –explicó con una gran sonrisa—. Pase lo que pase, nunca pierdo. Algunos maliciosos lo llaman "lavado de dinero", dicen que nunca pierdo dinero porque en realidad estoy blanqueando mis ganancias obtenidas de narcotráfico. ¡Tonterías! Jamás me pudieron probar nada, y hasta que no lo hagan, sigo siendo un honesto vendedor de muebles.
Miró brevemente alrededor. La pareja que había pasado antes junto a él estaba discutiendo un poco más lejos, señalando una lápida de granito rosado. El de bigotes bajó otro poco la voz antes de seguir hablando.
—Todo está en las apariencias. Mientras yo aparente ser un simple comerciante, me seguirán tratando con normalidad. Mientras yo aparente ser un adinerado comerciante, de lo peor que me acusarán será de ser un nuevo rico. Y mientras tanto, yo puedo seguir llevando adelante mis negocios tranquilo. Expandí mi imperio de un modo impresionante. La mayoría cree que sólo tengo presencia en México, Bolivia y Colombia, los ilusos. Estoy en todas partes; en Brasil mis negocios son muy importantes, pero también estoy en la Argentina, donde estoy haciendo una verdadera fortuna. Los Estados Unidos son el mercado más importante, claro, porque aquí la gente tiene dinero. Sudamérica y Centroamérica son casi sólo lugares de paso. La mayoría de los habitantes son muy pobres en comparación.
»Claro que eso no me impide venderles mercancía barata, de pésima calidad –admitió, sonriendo ligeramente—. ¿Escuchaste hablar del paco? ¿No? No me sorprende, las buenas ideas siempre fueron mías. Es pasta base de cocaína. Paco. Lo hago preparar con los últimos restos, prácticamente la basura, que queda al depurar la mercancía de los ricos, los que van a pagarla bien. Mezclamos esos restos con, bueno, lo que tengamos a mano. Kerosén, parafina, bencina, éter, ácido sulfúrico, una vez le echaron veneno para ratas… sí, claro que es horrorosamente dañino y destructivo, a alguien con una adicción seria lo mata en cuestión de pocas semanas. ¿Y a mí qué me importa? Es la droga de los pobres. Es, eso sí, unas diez veces más adictiva que la mercancía buena. Los pobres, al paco lo pagan con lo que pueden, y cuando no pueden pagarlo, salen a robar. Problema de ellos.
»¿Entiendes por fin a qué me refiero cuando hablo de sutileza? Indirectamente, yo maté a incontables personas. Los que mueren de sobredosis, los que salen a robar y son abatidos por la policía o por aquellos a los que intentaban robarles, los que caen en peleas de bandas por los territorios, los que pelean drogados y mueren, los que caen en pozos depresivos y se suicidan… Si lo que querías era matar, hay formas muchísimo más sutiles que taparle la boca y la nariz a una niña con una bandera vieja. Más sutiles, y más efectivas: sólo tienes una muerte en tu haber, mientras que las que indirectamente ocasioné yo, se cuentan por centenas.
El de bigotes sacó un pañuelo y se secó la transpiración de la frente. Entre el intenso calor y su riguroso traje negro, estaba sudando a mares.
—Pero no vine sólo a regodearme en mis triunfos –admitió en un suspiro—. Mi hijo se te parece demasiado. Sí, es mío, hice tres veces el test de ADN. Tiene a tal punto tu carácter que creí estar criando a mi sobrino como hijo. Me preocupa que acabe él también a tres metros bajo tierra, y no quiero eso para mi hijo. Es tan impulsivo, tiene ese carácter peleador, calentón lo llaman los latinos: apasionado por todas las cosas equivocadas, y siempre dispuesto a arreglar las diferencias a los puñetazos o a los tiros —se quejó amargamente—. Tiene esa omnipotencia adolescente, de creer que porque su padre es poderoso, a él no le va a pasar nada. Temo perderlo. De alguna manera, estoy casi seguro que salvo que suceda algo extraordinario, no llegará a adulto. Tiene demasiado de playboy y muy poco de futuro capo. Me preocupa…
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En algún lugar de Nevada…
Un teléfono sonó en la oficina. Dos hombres estaban estudiando una serie de documentos antiguos, papeles amarillentos y frágiles a causa del paso del tiempo. Uno de ellos no reaccionó al sonido, pero el otro accionó el botón que ponía en altavoz el teléfono.
—Sullivan. Te tengo en altavoz, y no estoy solo en la oficina –saludó a modo de advertencia el Jefe, mientras el otro seguía enfrascado en los papeles.
—Buenos días, Jefe. Reed me contactó hace unos minutos; tenemos… noticias –sonó la voz algo distorsionada por el aparato.
—Las malas primero –suspiró el Jefe—. Por el modo en que lo dices, no pueden ser buenas.
—Las malas: el Número Dos se reunió con el resto del grupo –informó Sullivan en tono inexpresivo—. Por lo que pudimos averiguar, está ileso. Debe estar poniéndose al día con el Número Uno mientras hablamos.
El rostro del Jefe se volvió de color rojo intenso, y apretó los puños fuertemente. Parecía estar haciendo un considerable esfuerzo por no romper algo.
—Hay más noticias –apuntó Sullivan al cabo de unos segundos—, y son peores.
—¿Peores? –siseó el Jefe, que tenía los nudillos blancos. El otro hombre, que estaba con él en la oficina, seguía inmerso en los papeles, sin prestarle la menor atención.
—Sí, peores. Cero fue arrestado –informó Sullivan.
—¿Dónde? ¿Por qué fue arrestado? –preguntó el jefe, que estaba esforzándose por respirar lenta y regularmente.
—En el Punto de Encuentro, o cerca de allí. Lo arrestó el jefe de policía, acusado de intento de asesinato –explicó Sullivan, y añadió en voz más baja:— Cayó en una trampa. El Número Uno lo estaba esperando.
—Cero no se dejaría atrapar, él sabe que si cae en prisión es su fin –masculló el jefe, pasándose las manos por el cabello, ansioso.
—Jefe, lo atraparon vivo. No sé los detalles, pero lo atraparon vivo, lo revisaron y lo pusieron en prisión preventiva –informó Sullivan con nerviosismo.
—¿Algo más? Digo, para completar el día –gruñó el Jefe, cerrando los ojos y masajeándose las sienes.
—Hay más noticias. Ésas son las malas y peores, pero faltan las pésimas –anunció Sullivan, y tras una breve pausa, soltó la bomba—. Los Desconocidos de Siempre dicen que les robaron.
—¿Qué fue lo que les robaron? –preguntó el Jefe, que parecía no querer saber la respuesta.
—Todo. Un duplicado de todas las últimas acciones –explicó Sullivan—. Un gusano se introdujo, y tiene montañas de carpetas. Le tomará algo de tiempo procesar todo, pero ya debe tener una idea bastante aproximada de… lo que pasa.
—¿No pueden volver a rastrear al gusano y quitarle las carpetas? –gruñó el Jefe.
—Lo intentaron, fue lo primero que probaron, pero no pueden rastrearlo. Está trabajando desde una conexión segura, y además, encubierta —Sullivan dudó un segundo antes de añadir una opinión personal—. Eso tiene prácticamente escrito "Número Cuatro" todo a lo largo y lo ancho.
El Jefe inhaló y exhaló profundamente un par de veces, intentando calmarse lo suficiente como para que no le diese una apoplejía ahí mismo. Su compañero de oficina seguía inmerso en los papeles, sin reaccionar a la evidente conmoción del Jefe.
—Parece que nos equivocamos —musitó el Jefe—. El Número Cuatro resultó mucho más peligroso de lo que creíamos. ¿Qué sabemos de los Números Tres y Cinco?
—Nada nuevo. Suponemos que siguen en el lugar en que conjeturamos que están, pero no tenemos forma de estar seguros –admitió Sullivan—. El estado de salud de Número Cinco es un misterio, pero considerando con quiénes está y el tiempo que pasó, es posible, no probable, pero posible, que se haya recuperado.
—De modo que el panorama es éste: tenemos a los Números Unos, Dos, Tres, Cuatro y Cinco juntos; Cero está encarcelado; a los Desconocidos de Siempre alguien les robó material muy comprometedor… ¿cuándo? –preguntó abruptamente el Jefe.
—¿Disculpe? –tartamudeó Sullivan, confundido.
—¿Cuándo fue el robo? –aclaró el Jefe, impaciente—. ¿Hace días, horas, minutos…?
—Por lo menos ayer, calculan –respondió Sullivan—. Como el gusano no robó los archivos sino que los copió, les tomó más tiempo darse cuenta. Fue un trabajo muy limpio, dicen.
—Ayer. Ayer perdieron los archivos. Corremos con al menos medio día de desventaja –medio gruñó, medio gimoteó el Jefe.
—Intentaron por todos los medios recuperar el material antes de admitir que lo habían perdido –mencionó Sullivan—. Me avisaron apenas un minuto antes de que yo lo llamara a usted.
—Todavía estamos a tiempo de poner en marcha el operativo –masculló el Jefe, nervioso.
—No por mucho, si tenemos un viaje de varias horas a Washington por delante… y más considerando al Número Tres y su velocidad de lectura… —farfulló Sullivan, incómodo de no poder dar más que malas noticias.
—Llama a Crew, que prepare una maleta para un par de días –ordenó el Jefe, decidido—. Nos vamos a negociar con el Número Uno.
—¿Cuándo salen hacia allá? –preguntó Sullivan.
—Salimos –corrigió el Jefe—. Vienes con nosotros. Necesito tres pasajes rumbo a Washington para ahora mismo. No tenemos un minuto que perder. Arregla todo y me avisas –acabó, cortando la comunicación.
Su acompañante seguía tan inmerso en sus papeles como cuando el teléfono había sonado. No daba la impresión que hubiese escuchado una palabra de lo que había pasado, pero el Jefe era lo suficientemente inteligente como para no creerse el acto de desentendido.
—Vea, lo lamento mucho, pero vamos a tener que postergar esto para más adelante –intentó explicar el Jefe, en el tono más compuesto y amable.
—No. Me interesa acabar de verlo ahora –respondió el otro sin levantar la voz ni la vista.
—En verdad, no es que yo no quiera colaborar, pero tengo una auténtica papa caliente en las manos, y tengo que ocuparme de ese caso de inmediato –insistió el Jefe, un poco temeroso.
El otro ni se rebajó a mirarlo. Sólo resopló un poco desdeñosamente.
—Prometo que en cuanto tenga esta… complicación, bajo control, le dedicaré todo mi tiempo y atención, pero ahora mismo me es imposible –intentó razonar el Jefe, inquieto.
—Este grupo siempre tiene "complicaciones", "contratiempos", "problemas"… —descartó el otro con un gesto de la mano—. Me están colmando la paciencia –advirtió.
—Con todo respeto, pero usted sabía desde el principio que no podríamos dedicarnos a su caso en exclusiva –se esforzó por no gruñir el Jefe—. La investigación que lleva adelante es interesante e importante, pero demanda cantidades horrorosas de tiempo.
—Me encanta lo de "cantidades horrorosas de tiempo" –dijo el otro con voz ligera, antes de añadir en tono peligrosamente suave—. Tiempo es todo lo que tengo.
El Jefe tragó saliva con cierto esfuerzo. Su compañero de tareas no le agradaba en lo más mínimo, pero estaba obligado a trabajar junto a él por quién sabía cuánto tiempo.
—Yo… yo… me tengo… que ir –tartamudeó el Jefe, poniéndose de pie.
—Vaya, vaya a resolver sus trascendentales problemas –autorizó el otro, condescendiente. Mientras el Jefe iba hacia la puerta, su compañero por fin levantó la vista—. Oh, y ya que va a Washington, ¿podría hacerme un favor?
—¿De qué se trata? –preguntó el Jefe, cauto, evitando hacer contacto visual.
—Tengo amigos que viven en Ithaca, no muy lejos de Washington. Ya que va en esa dirección, ¿podría darles mis saludos? –pidió el otro con voz dulce.
—¿Cómo se llaman sus amigos? –preguntó el Jefe, incómodo.
—Los Cullen. Son cinco personas… oh, ¿los conoce? –preguntó, notando el evidente respingo del Jefe al oír el apellido.
—Vamos al Estado de Washington, no a la ciudad de Washington –aclaró apresuradamente el Jefe, antes de huir de la oficina.
El otro soltó una risita satisfecha.
—Esto merece una llamada a Carlisle… no, mejor, una visita en persona –murmuró para sí, entrecerrando sus ojos rojos—. Él podrá creer que la cura es imposible, pero le sigo debiendo más lealtad que a esta pandilla de incompetentes.
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Los comentarios son bienvenidos… ¡Gracias por leer! Y otra vez, ¡feliz Navidad!
