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Disclaimer: Ustedes lo saben y yo lo sé, Saint Seiya no me pertenece, :(
¡He vuelto!, en forma de capi de Crossroads, aún tengo ideas pendientes por hilar, espero me sepan perdonar queridos lectores el que este capi no sean tan extenso como de costumbre.
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Capítulo 38: Apprentice
Desperté en medio de la noche sintiéndome terriblemente mal, sudaba y mis manos estaban frías. Me senté lo más despacio que pude sobre la orilla de la cama y apoyé los pies sobre el frío suelo de piedra de mi cabaña. Eran las tres de la mañana, había tenido una pesadilla y ésta tenía que ver con Isaak.
El sueño en sí no pude recordarlo, había sido algo bonito, congelado en el tiempo que me había dado cierto bienestar hasta que desperté y volví a la realidad en paracaídas, la sensación de angustia que me acompañó una vez abrí los ojos me espantó el débil sueño que tenía. Volví a recostarme y di varias vueltas sobre mi cama hasta que desistí de intentar dormir, me puse mi ropa de entrenamiento, me limpié la cara y los dientes y salí a entrenar.
Días antes, los Apellai habían llegado a Athene, hostigando a los habitantes del pueblito y tratando de encontrar la manera de adentrarse en el Santuario, jamás había visto a mi maestro tan tenso y malhumorado como ese día. Y por ello, las medidas de seguridad se habían triplicado, pues corría el rumor de que la diosa tenía pensado salir escoltada para encargarse personalmente de algún asunto relacionado con Apolo y nadie quería que algo le sucediera. Yo tuve que custodiar varios días las afueras, y estar en contacto con la gente me ayudó mucho a distraerme, en parte porque los chiquillos me molestaban por mi estatura y de vez en vez me pedían que los cargara y jugara con ellos, cosa que hacía cada que podía. Sin embargo, cuando mis turnos de custodia se terminaban, tenía varios días de descanso y de rondas internas. Mi viaje a Asgard se había pospuesto por seguridad, y así, había tenido que pasar varias noches insomne.
El Santuario durante la madrugada era un lugar casi muerto, desolado y en ruinas, como la Acrópolis que lo precedía varios metros más abajo en Atenas. No obstante, había cierta magia en la madrugada que le daba un encanto mayor, un aura de misterio y algo de tranquilidad. A esa hora no tenía que vérmelas con la lengua ponzoñosa y bífida de Shaina, ni de Argol, el nuevo, del que nunca recordaba el nombre. Me escabullí a través de los cercos de seguridad lo mejor que pude, varios Santos y CdC yacían dormidos sobre sus puestos de vigilancia, tal vez llevaban días sin ser relevados, no podía culparlos; aunque Apolo continuara siendo una amenaza más o menos palpable, no parecía que estuviera muy interesado en hacer algún movimiento por ahora, cosa que nos alegraba y nos mantenía en vilo .benditos.días.
Mi lugar favorito de entrenamiento era la Fuente de Atenea, o mejor, sus alrededores. El lugar era siempre muy tranquilo, poco concurrido y proporcionaba sombra suficiente para que mis pobres brazos y mejillas no padecieran la insolación que había soportado durante las primeras etapas de mi entrenamiento. Al llegar allí, pasé cerca al claro en el que Isaak y yo tuvimos uno de nuestros últimos momentos, y donde me terminó. Ya no se me inundaban los ojos de lágrimas, pero el pecho se me atoraba con la misma sensación de angustia con la que me había despertado, y estando allí, se intensificó hasta el punto de inmovilizarme; el vacío recorrió la boca de mi estómago y los brazos, y tuve que detenerme a respirar hondo, desde el abdomen, para calmar los bríos de mi mente, que volvía a llenarse de muchas preguntas y de muchos "¿Y sí...? ¿Será qué...?" y varios "Tal Vez"... cerré los ojos y golpeé el suelo con fuerza, molesta de sentir que Isaak era tan dueño de mis emociones, que yo se lo había permitido de alguna manera, y que tan sólo lo notaba ahora que su presencia era una constante en mi vida por su ausencia.
- Perkele! Saatana! Perkele!- Resoplé, golpeando el suelo con mis puños a un ritmo constante, rápido y violento. Estaba enojada conmigo, con Isaak, con el mundo y la vida si era precisa, con Apolo y, de alguna manera, con Atenea también. Dejé de golpear el suelo cuando sentí mis nudillos rotos, desencajados y sangrantes. Me di la vuelta hacia el bosque y comencé una seguidilla de saltos, piruetas, vueltas, patadas al aire, puños... me quedaba quieta por unos segundos y lanzaba mi Gran Cuerno, una y otra vez contra el mismo árbol, del que ya sólo quedaba un resquicio inerte, sin vida y reseco.
Pasaron casi dos horas, el cielo había comenzado a aclararse para cuando terminé mi entrenamiento. Estaba agotada, pero quería continuar, me movía la ira de no poder hacer nada para arreglar o mejorar mi situación. También tenía muchos deseos de abofetear a Isaak y gritarle lo cretino que era, lo insensible y cobarde que se había comportado y mandarlo al diablo, pero no podía, lo amaba tanto como lo odiaba en ese momento, y la fuerza de lo que habíamos compartido juntos me impedía dar ese paso contundente. Me miré los brazos y una idea cruzó por mi cabeza.
Andé los pequeños pasos que me separaban del claro y me senté en la orilla, me quité los guanteletes y sumergí las manos en el agua, de paso las piernas, mojándome parte de la ropa. Una punzada de dolor se apoderó de mis nudillos, pero lo ignoré, concentré mi cosmo en los brazos y recordé cómo debía detener los movimientos atómicos para congelar las cosas... el familiar y agudo ardor recorrió mis antebrazos con rapidez pero lo soporté con estoicismo, estaba harta de sentirme mal, hundida en mi pena y dolor. Si debía dolerme algo, que su causa fuera física, real y concreta. Lentamente, el agua a mi alrededor comenzó a congelarse, primero con enlaces pequeños que se fueron fortaleciendo, así como el ardor en mis antebrazos y el aire frío que emanaba de mí. Un par de lágrimas traicioneras salieron de mis ojos cuando el ardor empezó a extenderse hacia el resto de mis brazos, lancé un grito ahogado de dolor, esta vez físico, real. Dejé de sentir los brazos para cuando las punzadas estaban por llegar a mis hombros, así que traté de detener el aire frío, tarea que se me complicó al tener los brazos entumecidos e insensibilizados pero lentamente mi Cosmo dejó de emanar hasta que se deshizo por completo. Mareada y dolorida, casi voy a dar de narices al agua, logré sostener mi peso con las piernas y me eché hacia atrás, cuando las saqué del agua, estaban frías.
Tiritando de frío, hice acopio de las pocas energías que me quedaban y me puse en pie como pude. Apoyar los brazos me dolía demasiado como para sostenerme, así que a trompicones llegué hasta mi cabaña y me encerré en el baño casi una hora. Volví a gritar de dolor mientras remojaba mis brazos y al tiempo los frotaba para calentarlos; podría parecer una necesidad de mi parte -y en parte lo era-, pero me había servido para centrar mi atención en mí y mis asuntos otra vez, al menos de forma temporal. Suspiré cuando por fin sentí algo de vida en mis brazos, maldiciendo por lo bajo... lo peor iba a llegar al día siguiente, vería el infierno por cuenta de mi terquedad.
...
"Llegamos a la cabaña y en dos segundos entró en la cocina, sobre el pequeño fogón puso la tetera con agua a hervir, tomó un par de toallas y vendas, luego se sentó en el suelo junto a mí. Encendió su Cosmo, otra punzada de dolor me recorrió los brazos, pataleé en la orilla de la cama pero él no me permitió moverme.
- ¡Para, me duele!- dije llorando y sin poderme contener.
- No, prometo dejarte descansar después.- estiró su brazo y con el pulgar me limpió el rastro de lágrimas que tenía en la mejilla y el mentón.- continuó masajeándome con su Cosmo desde la punta de los dedos hasta la base del antebrazo una y otra vez, de arriba abajo. – Enciende tu Cosmo gradualmente, kulta.
Hice caso sin chistar, esta vez también me dolió sentir el flujo de mi Cosmo por todas mis células, era como si me estuvieran arrancando curitas sin anestesia y de forma dolorosa pero en las venas. Llegué a punto de equilibrio y sostuve mi Cosmo encendido, Isaak me hizo señas de que no tardaba y se metió otra vez a la cocina, regresó con una palangana llena de agua hirviendo y una de las toallas sobre el hombro. Volvió a sentarse sobre el suelo, metió la toalla –y aunque también se quemó-, la escurrió y me la puso en el brazo, volví a gritar de dolor pero entendí lo que estaba haciendo, calentar gradualmente mi brazo no iba a funcionar, el truco con el Cosmo era sólo temporal. Repitió el procedimiento unas tres veces más en cada brazo hasta que el agua se enfrió, luego me vendó los dedos, la mano, la muñeca y el antebrazo.
- ¿Qué me está pasando?
- ¿Yo preguntaría el por qué?- tomó una de las sillas del pequeño comedor y se sentó frente a mí, – Se te están congelando los brazos, ¿es la primera vez que te pasa?
Negué con la cabeza y vi un destello de enojo cruzar su rostro.
- Eres una irresponsable…- me regañó, mientras me frotaba los dedos con sus manos para que se calentaran más rápido. –Podrías perder los brazos si no te cuidas, Aimée.
- ¿Seguirá pasando?
- Es probable, te prohíbo usar esa técnica, ¿me oyes?"
...
Desperté sobresaltada, todavía en la bañera y con más de medio cuerpo hundido. La prohibición de Isaak me rondaba la cabeza una y otra vez, pero decidí mandarla al diablo, como a él. Resoplé y con el mayor de los esfuerzos, me até la toalla y salí de la tina. Me vestí sin prisa, no cené y cuando estuve lista, tomé todos mis apuntes y notas sobre Asgard y los dejé ordenados sobre la mesita del comedor, y los pisé con un par de libros viejos sobre el Norte que Aldebarán me había conseguido, no sé de dónde rayos. Caí como piedra cuando mi cabeza tocó la almohada y esta vez no tuve ningún recuerdo ni pesadillas con Isaak, Marah o Apolo.
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Isaak estaba reunido con Irina y Sorrento cuando sintió el despliegue de Cosmo que Aimée había hecho desde el Santuario, no sabía explicar cómo ni porqué siempre lograba hacerlo, a pesar de estar tan lejos el uno del otro. Una vez reconoció la naturaleza del cosmo que había utilizado, le hirvió la sangre... Aimée sabía que no debía usar su aire frío, sin embargo, lo había hecho y él se lo había prohibido. Sintió que su respiración se aceleraba y captó de reojo la mirada inquisitiva de Irina, que no paraba de asentir en silencio a todas las explicaciones y protocolos que Sorrento le explicaba en ese momento. Cerró los ojos y escondió parte de la cara entre los brazos en un intento de calmarse, pero le fue imposible. Odiaba saber que Aimée, deliberadamente, estaba atentando contra su bienestar, así fuera usando una de sus propias técnicas. Quiso golpear la mesa pero se contuvo apenas, poniéndose de pie y saliendo a tomar aire.
No llevaba su Escama, por lo que pudo estirar bien los brazos y masajearse suavemente los hombros hasta que un par de brazos gentiles pero firmes se ocuparon de esa tarea. Se volteó prevenido, y casi sufre un infarto fulminante al encontrarse, otra vez, cara a cara con Katerina. La Marina no llevaba su Escama, sino un pantalón ajustado y una camisa compuesta de varios velos, que en conjunto, cubrían todo en donde debían hacerlo. Carraspeó para distraer la atención de la chica, que lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja.
- Tendrías que haberte visto la cara- dijo ella, tratando de romper el hielo.
- Ya.
- De veras.- replicó ella, riendo de nuevo, - ¿por qué estás tan tenso? No es común en tí.- dijo, acercándose a él con cautela hasta que percibió cierta aprehensión en él y se detuvo a unos cuantos centímetros de distancia.
- ¿Te parece poco tener a Apolo respirándonos en el cuello?- dijo él, con toda la seriedad del caso, y sonando mas cortante de lo que en realidad pretendía.
- No me refería a eso...
Isaak parpadeó unos segundos y luego se revolvió el cabello, nervioso, hasta que su mirada se cruzó con la de Katerina. Suspiró pesadamente y cerró un poco más la distancia entre ellos, apoyando sus manos en los hombros de ella.
- Katerina...
- ¿Sí?- respondió ella, mirándolo con cierta expectativa.
- No tengo ninguna intención de discutir ese tema contigo... ni con nadie. - Y acto seguido, la soltó y dio un par de pasos hacia atrás. - Lo que pase conmigo más allá de Atlantis es mi asunto nada más.
Katerina torció la boca en un gesto parecido a un puchero, y se cruzó de brazos, examinando a Isaak de arriba abajo, luego volvió a cruzar su mirada con la de él. Ella sabía que algo en él había cambiado, y que ya no era el mismo tipo frío e insensible que ella había conocido. En su momento, había sido perfecto, pues nunca tuvo un interés romántico en el General de Kraken, y sospechaba que él tampoco; lo reconoció y lo desconoció al mismo tiempo: aunque seguía siendo temperamental y de ideas fijas, algo en él se había suavizado. Era evidente la tristeza que adornaba su mirada, y que él ocultaba con estrés, indiferencia y parquedad, escudándose en los eventos con Apolo -que a todos los tenían con los nervios de punta- para ocultar sus sentimientos más profundos. Además de eso, lo encontraba mucho más atractivo que antes, ya no era un jovencito sino un hombre joven de rasgos muy finos y un cuerpo muy trabajado.
Isaak sintió la mirada escrutadora de Katerina y volvió a aclararse la garganta, ganado su atención una vez más. Katerina se encogió de hombros.
- Está bien... de todos modos, no venía a proponerte ser tu paño de lágrimas, Isaak...
Isaak arrugó el ceño y luego levantó la ceja derecha, incómodo por el giro que estaba tomando la conversación, guardó silencio hasta que Katerina continuó, cerrando una vez más la distancia entre ellos, y jugando con su índice sobre el pecho de Isaak.
- Es muy simple, ninguno está comprometido, ¿no querrías revivir los viejos tiempos de los dos?
Un escalofrío le recorrió la espalda, odió que su cuerpo respondiera a esas propuestas con cierta anticipación, traducida en un súbito frío en las manos y resequedad en la garganta. Luego, soltó una carcajada, amplia, fuerte, justo lo que necesitaba de verdad para relajarse, todo eso mientras negaba con la cabeza lentamente.
- Esto es increíble...
- ¿Te parece muy gracioso? Hablo en serio, Isaak.- Katerina trató de pegarse más a él, pero Isaak la rechazó educadamente.
- Me parece absurdo, Katerina... - y al ver que ella se cruzaba de brazos y le indicaba con la mano que continuara hablando, no tuvo más remedio que elaborar. - No tengo ningún interés en tu propuesta, entre otras cosas, porque no sería capaz de mirar a Aimée a los ojos la próxima vez que la vea... y porque el pasado es eso, el pasado.
Esta vez fue Katerina la que rió, aunque fue una risa de derrota. Negó con la cabeza y se encogió de hombros, luego apoyó su mano derecha en el hombro izquierdo de Isaak a propósito, sabiendo que ese gesto le molestaría al hacerlo en el lado en el que su visual era nula.
- Está bien... aunque, supongo que por lo menos podrías conversar de vez en cuando, ¿no crees?
- No parece buena idea.
- Antes no eras así.
- Antes era otra persona...
- Muy bien, muy bien... de todos modos, mi propuesta queda en pie por si cambias de opinión.
Lentamente Katerina se alejó, y cuando estuvo fuera de vista, Isaak soltó un gruñido frustrado y molesto, y antes de que abriera la puerta para volver a su reunión con Sorrento, Irina salió de la misma, se acercó a él y lo tomó de ambas muñecas, obligándolo a mirarla.
- Cálmate.
- ¿De qué hablas? Estoy calmado, Irina...
Irina soltó las muñecas de Isaak y le tomó el mentón con fuerza, obligándolo a mirarla.
- Lo digo en serio, cálmate. Y no me mientas, tranquila no tienes ni la conciencia.
Isaak soltó una risita sumisa y agachó la cabeza. Irina se odió en ese momento al darse cuenta que, en efecto, había dado en el clavo con el asunto que traía a Isaak distraído y temperamental. Erróneamente había pensado que se trataba sólo del asunto con Aimée, pero acababa de descubrir que no era lo único.
- Lo siento... yo...
- Olvídalo, tienes razón, tranquila no tengo ni la conciencia, ese es el problema.
- Tampoco era eso lo que quería decir... de veras lo siento.- Isaak soltó una risita y luego pasó la mano por el cabello de Irina, despeinándola. - ¡Oye!
- ¿Cómo están las cosas allá dentro?- Dijo, tratando de aguantar la risa y señalando hacia donde se encontraba Sorrento. Irina se encogió de hombros, Isaak le palmeó el hombro y siguió hacia la puerta, perdiéndose tras ella unos segundos pues.
En la sala, Sorrento estaba serio, con la mano sobre los ojos y molesto, aparentemente. Cuando Isaak entró, levantó la mirada en silencio y la volvió hacia la ventana que tenía enfrente. Kraken se acercó lo suficiente para tomar la silla que tenía al lado, y se sentó junto a él.
- ¿Qué pasa?- pidió saber, Sorrento lo miró de soslayo una vez más antes de soltar un suspiro cansado.
- Apolo...
- ¿Qué pasa con él ahora?- preguntó, casi exasperado. Más de una vez había tenido que enviar a varios de sus hombres a proteger las costas del Ártico, pues los Apellai seguían hostigando las poblaciones cercanas y buscando la manera de colarse en Atlantis, sin éxito. Isaak había previsto esa maniobra y por eso sus hombres abandonaban el mundo submarino a través de pasajes diferentes cada vez que salían al ataque.
- La Pitia nos ha concedido por fin una audiencia, María está felíz... pero a mí ésto sigue sin darme buena espina, ¿sabes si ha pasado algo similar en el Santuario?
- No tengo ninguna clase de información sobre el Santuario, Sorrento...
- Lo sé... - la mirada de Sorrento se cruzó brevemente con la suya. - y es una lástima, no sólo por lo estratégico que hubiera podido ser...
Isaak se encogió de hombros, Sorrento continuó.
- De alguna manera nos las apañaremos.
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Caminamos tres horas a través de las montañas de los Pirineos casi sin hablar, le frío y la neblina hacían imposible no concentrarse en el camino, que a veces era vasto y sin obstáculos, y otras escarpados y lleno de acantilados peligrosos. Shura parecía en su esencia, andaba por los estrechos pasajes como si se trataran de los pasillos de Capricornio, y eran pocas la veces que nos habíamos detenido a beber agua o a comer. Si cuando Marah había despescuezado la gallinita en presencia mía y de Aimée me había impresionado, cuando Shura se valió de sus habilidades para la caza para buscarnos y prepararnos la cena, me quise morir. No sólo era metódico cazando, sino despellejando, limpiando, cortando y poniendo al fuego los conejos, aves y ciervos que nos habían servido de alimento.
El primer día tuve un ataque de pánico y nervios que lo sacó de quicio el resto del día hasta que por fin me acostumbré a medias, al asunto.
Nos habíamos adentrado en la montaña por fin, en el pueblo más cercano nos habíamos hecho con provisiones de grano e implementos para acampar, así como una manta, entre otros. Hacía frío, así que andaba casi de la mano y cosida a Shura.
- ¿Qué pasa, cielo?- preguntó, con esa condescendencia característica suya.
- No sé, supongo que estoy ansiosa, y este bosque brumoso no ayuda...- dije, apretándole más el brazo, hasta que lo pisé sin querer y por poco lo hago tropezar. - ¡Lo siento, lo siento!
Shura soltó una carcajada, que resonó por todo el lugar, y se dio la vuelta para mirarme, haciéndome sentar en un tronco seco que había por ahí.
- ¿Por qué habrías de estar ansiosa?
- No preguntas en serio... mira todo lo que tengo que memorizar, incluídos éstos caminos, que, para ser sincera, me asustan... es como que de la nada va a aparecer una horda de muertos vivientes, lobos o fantasmas a jodernos la vida... y este silencio... ¡me enloquece, Shura!
Shura me dio un besito antes de sentarse junto a mí, enrollándome con sus brazos.
- Niña tonta, no va a pasar nada de eso. Además, tienes toda la fuerza para defenderte.
- Aún así, sigo pensando que ésto es demasiada misión para mí.
Shura me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Su mirada se endureció levemente, detestaba que me quejara y que comenzara a balbucear mis dudas acerca de mis habilidades, mismas en las que él confiaba ciegamente. Me daba tanto miedo decepcionarlo que prefería estar en el Santuario sin oficio, sólo para que esa posibilidad no existiera. Suspiré lentamente, y me apoyé sobre su hombro, él me abrazó con seguridad, mientras con sus palmas recorría todo mi brazo para calentarme.
- Mi vida, salir del Santuario no es fácil, y nadar por el mundo tampoco lo es, peor no tienes a qué temerle. Piensa en ésto como una de las tantas aventuras que has querido tener. Si un crío de diez años pudo hacerlo, estoy seguro de que tú también podrás.
- ¿Tenías diez años cuando saliste por primera vez?- pregunté, intrigada.
- Más bien, cuando regresé al Santuario con mi armadura, pero sí. Desde entonces, a eso me he dedicado cuando no estoy custodiando Capricornio.
Acaricié su mejilla con mi pulgar, y luego le robé un besito de los labios, mismo que él profundizó, abrazándome y echándome hacia atrás sobre el tronco. Busqué su cuello y su cabello con mis manos, obligándolo a que se me acercara más, mientras sus labios paseaban por mi cuello y pecho, acelerando mi respiración. Un brisa helada, sin embargo, me quitó las ganas de estar con él, pues me senté de inmediato sobresaltada.
- Shh, tranquilizate, Eva. De lo contrario, esto será más tormentoso de lo normal. - Shura había quedado un poco descolocado con mi súbito cambio de humor, pero tuvo la paciencia suficiente para comprender que era normal y evidente que cualquier cosa dentro de ese bosque me iba a asustar al principio.
Me encogí de hombros.
- Trataré, lo prometo.
Continuamos nuestro viaje tomados de las manos, y acampamos en una colina, cerca de una formación rocosa que nos daba techo en caso de lluvia. Shura me permitió dormir un poco mientras él salía a cazar, y para mi desgracia, desperté cuando venía con un conejito muerto en las manos, aunque por su apariencia, había tenido el mayor cuidado al momento de atacarlo para que no sufriera demasiado.
- ¿Qué le hiciste?- pregunté con la voz cortada.
- ¿Qué clase de pregunta es esa, Eva? Es la cena, no creerás que vamos a pasar por esta montaña sin probar bocado de carne, ¿no?
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, me acerqué a él y le quité el conejito de las manos, acunándolo mientras le tocaba las orejas, que todavía no se sentían frías. Cerré los ojos y mentalmente le agradecí por proporcionarnos el alimento y la energía que necesitábamos. Miré a Shura que me miraba de vuelta, perplejo y sin saber muy bien qué hacer hasta que me acerqué a él y le devolví el conejo.
- Haz lo que tengas que hacer, daré una vuelta, no quiero ver, ¿está bien?
- Eva...
- Perdóname, es que me impresionó... aun así, agradezco los cuidados que me das, amor, de verdad. - Me empiné y le besé la mejilla antes de alejarme un rato en el bosque. Me senté en un roca cercana, la noche había despejado y se veían varias estrellas, todavía hacía frío y era seguro que tendría que esperar un muy buen rato antes de que Shura me llamara o me buscara. Me sentí al recordar el berrinche que acababa de hacer, así que me propuse facilitarle las cosas en adelante, no podía ser que además de ocuparse de su misión, tuviera que vérselas con mis líos emocionales y cambios de humor repentinos.
Concentré mi Cosmo y pensé en mi maestro, ubicándolo en alguna parte del noveno Templo. SuCosmo vibró con el mío cuando lo llamé, y de inmediato sentí su presencia cálida y tranquilizadora junto a mí.
"No esperaba que me contactaras tan pronto, chiquilla, ¿qué tal la misión?"
Suspiré, ¿qué tal iba en verdad la misión?
"No lo sé maestro, a veces siento que es demasiado para mí. Y el viaje es difícil, además, no quiero tener roces ni problemas con Shura, y la verdad, veo muy complicado el que no suceda"
"Eva... no pienses tanto las cosas, ocúpate de lo que te llegue día a día y así no estarás tensa y preocupada sin necesidad. Es verdad, dale una mano a Shura en ésto, las cosas no están fáciles para ninguno ahora, así que... considérate afortunada de estar fuera de aquí"
Me revolví el cabello, exasperada. Aioros tenía cierta razón, pero en lo afortunada que era al estar fuera del Santuario, si Apolo decidía jodernos la vida directamente, que un par de Santos estuvieran fuera del Santuario no sería uno de sus problemas. Ya se había salido con la suya una vez, ¿qué podría impedir que lo hiciera de nuevo? Era descorazonador pensar en Marah y saber que su cuerpo estaba por ahí, cerca nuestro, pero que su alma guerrera y rebelde estaba atrapada en los Elíseos para siempre.
"Tal vez, maestro, pero no sé... tampoco quiero ser una carga para Shura."
"Nah, ese tipo te adora. Eso sí, dale una manito con lo que puedas, chica, no creas que porque él no te pida ayuda, no la necesita, verás que se relaja un poco y tú ocupas esa cabeza loca que tienes."
"¿Gracias?"
La risotada de Aioros llenó todo el espacio, casi podía sentirla, obligándome a reír también.
"Debo irme, me has despertado, así que ahora tienes una deuda conmigo, ¡relájate, chica!"
Regresé a nuestro campamento sin pensarlo mucho. Shura ya estaba asando el conejito, pero tenía la mirada perdida en el fuego, me extraño que no me hubiera sentido llegar, o que estuviera fingiendo no hacerlo. Lo abracé desde atrás, dándole un beso en la mejilla, sin soltarlo. Él apoyó su mano en mi antebrazo y me tomó la mano, besándomela.
- Me gustaría saber qué piensas...- dije, buscandole tema de conversación y rogando porque soltara la lengua.
- Muchas y muy variadas cosas.- Dijo, dedicándome esa mirada pícara y juguetona suya.
- Anda, en serio. La cara que tenías no se parece en nada a la que tienes ahora, Shura.
- Adivina.
- Oh, por favor.- puse los ojos en blanco, momento que aprovechó Shura para darle la vuelta a la carne. - No juegues conmigo, de vedrad, ¿en qué pensabas?
Su semblante cambió radicalmente a uno de completa seriedad tras mi pregunta, y casi sentí como que debía arrepentirme por presionar una respuesta.
- Trataba de calmar la ira que tenía hace unos minutos, tu actitud me sacó de base, y con todo lo que está pasando, en estos momentos no soy el tipo más paciente del planeta, Eva.
- Lo siento...
- No te disculpes, de todos modos, no tenemos otra opción hasta que lleguemos al campamento, y eso si es que tenemos la suerte de que nos reciban de buenas maneras.
- ¿De qué hablas?
Me senté junto a él en el tronco que ocupaba, y apoyé mi cabeza sobre las manos, escuchando con atención.
- Hablo de que existe la posibilidad de que encontremos que varios de esos campamentos tengan líderes insubordinados, la parte menos complicada es llegar allá. Y creeme, ya han de saber lo que está pasando con Apolo.
- Ay, Shura...
- Pero mientras, agradezcamos a este conejo que hoy podemos probar algo de carne.
Sonreí levemente y recibí mi porción de carne ensartada en un palillo, que no me explico de donde rayos sacó Shura. Olía delicioso, y el estómago me gruñía de hambre para ese momento. Di un pequeño mordisco, con la atenta mirada de Shura sobre mí, y tras pasar la impresión inicial y acostumbrarme al sabor, le tomé gusto y comí con soltura. Por el rabillo del ojo, vi como Shura respiraba aliviado mientras probaba su porción.
No hablamos mucho tras la cena, y nos dormimos tan pronto nos acostamos en la cama improvisada con varias sábanas. Fue un sueño incómodo, lleno de despertares repentinos por los ruidos del bosque, y mucho frío; la madrugada fue igual, así que nos vestimos y echamos andar, primero, buscando un claro o un río donde poder asearnos; y luego, retomando el camino hacia le dichoso campamento, al que llegamos casi caída la tarde.
Consistía en una fortaleza alta de madera oculta por los árboles, con dos torres de vigilancia a cada extremo y tres hombres en ellas quienes nos franquearon el paso hasta que estuvimos tras la reja principal. Allí, varios hombres, apuntandonos con lanzas y espadas preguntaron nuestros nombres, dirigiendo sus miradas a mí, y yo a mi vez miraba a Shura, quién tomó la palabra finalmente. Podía ver que estaba medianamente molesto.
- Mi nombre es Shura, Caballero Dorado de Capricornio, - de inmediato, las caras de los hombres y mujeres se adornaron con sorpresa y como si se estuvieran quemando, se alejaron un par de pasos de nosotros. - y ella es Eva, Santa de Plata de Sagitta; estamos aquí por órdenes del Patriarca Shion, antiguo Caballero Dorado de Aries y la mismísima Atenea, ¿quién es el encargado de éste lugar?
- Para ser un Santo de Oro, no tienes tus datos muy actualizados. - La voz de un anciano se alzó entre los susurros y exclamaciones de los demás, y la cara de Shura se contrajo en gesto de molestia evidente. Tras nosotros, un anciano de cabellos blancos, y casi ciego, alto y con la piel curtida por el sol nos miraba con altivez.
- No puede ser...- Oí balbucir a Shura para sí. Miré entre él y el anciano, esperando que en algún momento alguno de los dos dijera algo más. Por fin el anciano habló.
- No esperaba volver a verte, crío, pero siempre es interesante cuando sucede.
- Puedo decir que estoy igual de sorprendido, Maestro...
