Desde la linde del bosque, Rose contemplaba las torres del castillo de Glenhaven, pensativa, y con la sensación de verlo todo por primera vez. Ignoraba cómo sería recibida allí, ignoraba incluso si sería lo bastante valiente para atreverse a cruzar sus puertas. Vio caer una hoja seca. La joven alzó la cabeza hacia las ramas del árbol donde estaba apoyada y observó un tanto aprensiva las pardas hojas. Pronto no quedaría ni una; el otoño estaba asentado y dispuesto a no marchar.

-Rose, hija, ven aquí –llamó su madre.

Ella se apartó del tronco y fue hacia el pequeño campamento. Sus padres habían decidido adelantarse al ejército real, por lo que ahora iban mucho más rápidos. En la comitiva viajaban Philip, Aurora, Galen, Diane, Rose, el pequeño Conrad y la docena de caballeros que componían la escolta. Estaban muy cerca de casa, pero Philip no quería correr el riesgo de viajar de noche. Así que acamparon en un pequeño claro a la orilla del bosque y decidieron aguardar a que se presentara el día. Como aún no hacía demasiado frío, todos dormían al raso.

Conrad estaba lloriqueando, otra vez. Quería ver a su madre. El niño cotilleaba todo con avidez, pues cada instante suponía un descubrimiento nuevo, y eso en parte le acongojaba. Nunca había salido del cuarto de sus padres, menos aquella vez que su abuela lo llevara al jardín. Y desde entonces todo era movimiento, todo era diferente cada vez. En ese momento lo tenía cogido aquella mujer rubia que se parecía mucho a su madre, pero no era ella. Le caía bien esa mujer, pero él quería a su madre, a su mamá, y por eso mismo se estaba quejando con todas sus fuerzas.

-Conrad, chiquitín, ven con mamá –dijo la cariñosa voz de su madre.

Alguien le cogió en brazos y el bebé contempló, algo cegado por las lágrimas, a su madre, que lo abrazaba y le limpiaba los mofletes con su pañuelo. Al poco rato, el niño se calmó.

-Creo que tu hijo tiene un complejo de Edipo demasiado grande –declaró Aurora algo seria y defraudada por el rechazo de Conrad.

-Aparte de su niñera, yo era la única que estaba con él todos los días.

Rose se sentó frente a la hoguera, al lado de su madre, y empezó a mecer al crío. Aurora les prestó atención hasta que vio a Philip levantarse y alejarse del grupo. Entonces hizo lo propio y le siguió. Philip se alejó un poco, pero no bastante. Y Aurora, aún en la oscuridad, caminaba con toda la tranquilidad del mundo. Al fin y al cabo, aquel era su bosque.

-Philip –le llamó, bajando un poco la voz para no asustar a los animales.

Él se giró, un tanto sorprendido de verla allí, siguiéndole. Pero la esperó, y juntos empezaron a pasear cogidos de la mano.

-¿Reconociste ese lugar? –preguntó Aurora, tratando de romper el hielo.

-Sí, por eso ordené parar –sonrió, melancólico, en la oscuridad-. ¿Cuánto tiempo ha pasado, veinte años?

-Demasiados, en todo caso –respondió Aurora-. Y dime, esposo mío, ¿aún me quieres como me querías entonces?

Philip rió y le pasó una mano por el hombro. La atrajo hacia sí.

-¿Acaso lo dudas? Os recuerdo, bella desconocida, que luché contra un dragón, todo por mi amada, y que por ella iría al mismo infierno.

-No pongo en duda vuestro amor, mi señor.

-Entonces, ¿a qué toda esa añoranza del pasado?

Aurora suspiró y apoyó la cabeza en el hombro de Philip. Agradeció que la oscuridad le permitiera ocultar la expresión del rostro.

-Es Rose…

-¿Ocurre algo malo?

Otro suspiro más. Aurora tragó saliva.

-Ama a ese hombre, lo quiere con toda su alma…

-¡Ese cerdo la engañó, Aurora, y le tiene que entrar en la cabeza sí o sí! –la cortó Philip, acabando la frase con una palabra que hizo que su mujer se sonrojara.

-Escúchame, maldita sea –acabó por responder-. Es cierto que William es un cretino, un galán y un traidor, pero nuestra hija lo ama –se puso delante de él e hizo ademán de besarle-. Y cuando una mujer se enamora, Philip, puede atarse a un hombre durante toda su vida. No existen acuerdos matrimoniales, ni promesas, sólo un hilo invisible que conecta ambos corazones, aunque el del enamorado no llegue a corresponder en la vida.

-¿Y qué sugieres que haga? –Contestó Philip, encogiéndose de hombros-. ¿Perdonarle? ¿Al hombre que mató a tu padre?

-Rose moriría de pena sin él.

-¡Hay otros hombres, y Rose debería ir pensando en ellos!

Aurora se cruzó de brazos, bufando. Estaba perdiendo la paciencia, pero lo mejor era mantener la compostura.

-¿Por dónde exactamente te has pasado mis palabras?

-Por Dios, Aurora, sabes perfectamente que tengo razón. No puedo perdonar a ese…a ese…bastardo –acabó por decir al imaginarse la severa cara que pondría su esposa si dijera lo que tenía pensado decir- sólo porque Rose se pondría triste.

-Pero Philip, ella está mal…

-¿Cómo de mal?

-Apenas come, ni duerme. Tú no lo has visto porque te pasas el día atendiendo tus asuntos, pero yo, cuando voy a despertarla, siempre veo que tiene lágrimas en los ojos. Ha adelgazado mucho y se pasa el día con el pequeño. Philip…-añadió tras una pausa- Rose es joven, pero no sé si será capaz de superar esto. Tiene mucha vida por delante aún, y no quisiera que nuestra hija se la perdiera. Al menos –añadió- permítele verle una última vez.

Philip le prometió pensárselo, aunque por dentro seguía decidió a condenar a William en cuanto llegara el joven. Y, con esa promesa, se dio por zanjada la conversación. La pareja volvió al claro y se echó a dormir. A la mañana siguiente, Philip fue el que primero se puso en pie. Como estaban cerca de casa, decidió dejar dormir un poco más a su familia. Mientras los caballeros se preparaban, procurando hacer el menor ruido posible, Philip se acercó al rincón ocupado por su familia y los observó a todos, uno a uno.

Pero la que llamó inmediatamente su atención fue Rose, que dormitaba algo alejada de los demás. El pequeño Conrad estaba junto a ella, con las manitas fuera de la manta. Philip reconoció, un poco avergonzado, que era la primera vez que se detenía a contemplar al niño, a su primer nieto. Afortunadamente, parecía una copia de la Rose bebé, a excepción de los ojos. Pero, aún así, los ojos eran bonitos. Y Rose, su pequeña Rosie, tenía dos surcos secos que le recorrían las mejillas hasta el mentón. Philip suspiró.

Dos horas más tarde, la familia real atravesaba las puertas del castillo de Glenhaven. Rose iba encogida, con el bebé en brazos, y recibió con frialdad el cálido abrazo de su abuela. Pero se alegró mucho de ver a Aaron, al que ya sólo sacaba dos cabezas. Se dejó arrastras hasta sus antiguos aposentos. Se quedó allí sola durante un buen rato, hasta que apareció su madre, sonriente y trayendo una cuna. Era la que había usado Aurora de pequeña, y a Rose le pareció prácticamente nueva, como si nunca se hubiese usado. También le enseñó un pequeño montón de ropita de bebé que la reina Jan había hecho traer desde la antigua residencia de Aurora y Philip en Hamlin Garde. Era la ropa de Galen y Aaron, y entre ellas también encontraron alguna que otra que había pertenecido a Philip.

Rose se sentía enormemente agradecida. Le puso a Conrad una pequeña túnica carmesí adornada con encajes de oro y le calzó unas botitas. Después le dejó jugar a sus anchas con algunos muñecos que le había prestado Diane.

Al anochecer, después de cenar, todos se reunieron en una de las salas privadas de los reyes, frente a la chimenea. Aaron y Diane estaban encantados con la nueva adquisición a la familia y no dejaban de jugar con Conrad, divertidos. Rose y Galen estaban (al igual que sus hermanos) sentados en el suelo, sobre una alfombra de piel de oso, charlando de todo un poco. Aurora cosía y Philip, sentado en un sillón, observaba a sus hijos y en especial a su nieto, sumergido en sus propios pensamientos. Aurora alzó un par de veces la vista de la labor de costura para mirar a su marido y, aunque intrigada, no dijo nada. Sabía bien qué estaba meditando Philip, y no quería entrometerse en su decisión.

-Rose –dijo Philip de pronto-. Esa ropa que lleva el niño me resulta familiar.

-Debería resultarte familiar –respondió ella, sonriendo con sinceridad por primera vez en días-. Era tuya, papá.

-¿Ah, sí? Vaya…-Philip se rascó la cabeza.

Aurora escuchó la conversación atentamente sin decir una palabra, poniendo especial interés a la respuesta de Philip. Definitivamente, le estaba dando vueltas al asunto.