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(¸.•' (¸.•' ¤ ❀ ❁ CAPÍTULO 36

TERRY también se durmió en algún punto de la noche, y se maldijo por ello. Por unas horas, aunque ocultos, habían estado completamente indefensos. Candy se removió a su lado, y tan pronto como abrió los ojos, le miró, se deshizo de la manta que los cubría, y huyó a escape hacia detrás de las rocas.

—¡Candy!

Ella no contestó, se ocultó de él tras los espesos helechos, Terry se levantó y enrolló la manta para dejarla en su lugar en las correas de la mochila.

Minutos después ella volvía a su lado.

—¿A dónde demonios...?—ella puso cara de mortificación. Él entendió—De acuerdo, comprendo que una mujer necesite privacidad, de vez en cuando. —El camino hasta su lado y besó con suavidad la mejilla. —No me alejaré mucho.

Ella asintió repetidamente. Y se fue hasta su morral. Mientras Terry volvía, tomó galletas, sacó cecina de una lata, pero a pesar de estar buena, la apartó de sí con gesto asqueado. Antes de empezar a sentir las náuseas, se metió un puñado de galletas en la boca y masticó. Cuando Terry volvió no le hizo remilgos a la cecina, la comió y cogió dos o tres galletas, Ella guardó la lata, después de meterse unas cuantas en el bolsillo. Bebieron unos sorbos de agua y emprendieron el camino.

Caminando a ratos a su lado o tras de él dependiendo de las condiciones del terreno, y mientras él se orientaba con su brújula y su mapa, Candy lo contemplaba con la cabeza llena de preguntas sin respuesta. Paraban unos instantes, comprobaba sus indicaciones, y volvía a emprender la marcha. En todo momento estaba atento a cualquier ruido. Por suerte por aquella zona más accidentada, no podían circular vehículos de cuatro ruedas. Y si usasen todo-terrenos, tendrían que ir a paso de tortuga. Por lo visto las únicas motocicletas de la unidad fueron inutilizadas tras la corta refriega. Eso no quitaba, que ante la desaparición de un pequeño grupo se soldados junto a un Coronel, no pidieran ayuda y medios a otros cuarteles adyacentes.

El sol fue ascendiendo poco a poco, las sombras de los árboles cambiaron gradualmente. Al fin Terry paró y señaló hacia un pequeño arroyuelo.

—Descansemos por aquí. —Con la mirada buscó un sitio propicio mientras Candy se inclinaba sobre el agua y comprobaba que estaba limpia para beberla. Se enjuagó la cara y las manos. Luego se movió un poco hacia arriba de la corriente, y rellenó la ya vacía cantimplora. Terry había localizado un sitio entre dos tres arboles más juntos. Tiró de un tronco para hacer un asiento, al hacerlo sus costillas protestaron. Se irguió para mirarla llegar hasta él con gesto preocupado.

—¿Te duele?

—No demasiado. Sentémonos a descansar y a comer algo. Te quedan provisiones, ¿no?

—Si, bastante, si las administramos, para dos o tres días.

—No necesitamos tanto, ésta misma noche tienes que embarcar.

Candy se sentó a su lado y comenzó el ritual de la comida, buscar las latas, abrirlas.

—¿y tú? Terry, dime ¿qué harás?

—Soy un traidor a mi patria, Candy.

—Eso no me lo creo. Ayudaste a Richard.

—Richard es mi hermano. Traidor o no, su sangre es la mía.

—Me ayudaste a mí.

—Por interés, eres una mujer preciosa.

—Sigo sin creerte Terry, no pretendas hacerte el "malo" conmigo, quiero la verdad, y desde el principio, si yo alguna vez te he importado...

—Me importas mujer, tanto como para huir de la seguridad de mi puesto en el ejército alemán y meterme en estos bosque contigo con tal de saberte sana y salva en Inglaterra.

—Desde el principio, Terry. —la voz de institutriz de Candy hizo sonreír de medio lado a Terry.

Mientras comían, Terry contó cada detalle que recordaba, desde su llamada a la presencia del General Durston hacía seis años, hasta el posterior encuentro con su hermano. Su viaje a través del canal, su llegada a Alemania. Su madre, su alegría al recibirle, su temprana muerte. Le habló de soledad. De que al principio, que nadie contactara con él no le pareció tan extraño. Le contó de su entrada en el ejército, de su rápida ascensión. De los África-Korps, de como por resultado de haber sido herido en el frente tuvo que volver a Berlín. Cada una de sus circunstancias fue saliendo de su boca, durante las horas que permanecieron a cubierto y en espera de las últimas luces del atardecer. Ella descansaba la cabeza en su hombro. Él hablaba y acariciaba, ahora su pelo, luego sus manos, después su espalda.

Le habló luego del pequeño cotagge que aún era propiedad de su familia. Iba a llevarla allí, mejor que a Londres. Londres resultaba bombardeado casi sistemáticamente. Su cotagge estaba apartado y seguro. Ya desde Berlín y con la intermediación de Ludwick y el abogado proporcionado por éste, tenía hasta contratado algo de personal para que la sirviese y la protegiese. Allí recibiría una cantidad de dinero lo suficiente para administrar la pequeña propiedad con comodidad.

Candy suspiró. Apenas le había interrumpido durante su relato para hacerle alguna pregunta. Él respondía y continuaba contándole los últimos seis años de su vida.

—Durston, el general que te introdujo en esto. ¿No tenía alguien que pudiera saber de sus decisiones? ¿Quién más te vio allí?

Terry pensó unos instantes.

—Su secretario. Un joven cabo. No sé su nombre.

—Pero tiene que haber un registro en algún sitio de las personas que trabajaban en el cuartel en esa época.

—Seguramente. Pero, puede que no le podamos localizar. Estamos en guerra, el cabo puede haber ascendido, o estar en el frente, o, haber muerto. Imagino que mi hermano habrá atado los mismos cabos que tú, en este instante.

—Si pudiésemos hablar con él.

—Seguramente, en cuanto pises Inglaterra se pondrá en contacto contigo. El cotagge donde vas a vivir, en realidad también le pertenece a él.

Candy se quedó unos instantes sin palabras. Richard seguramente, si volvía a su país, iría a visitarla. Lo que llevaba al segundo problema, su posible embarazo.

—¿Qué harás cuando lleguemos a la costa?

—Sinceramente, si allí nadie me da nuevas instrucciones, no lo sé.—miró el cielo y se levantó despacio. —Recojamos, aprovechemos la luz para llegar a límite del bosque.

En silencio guardaron sus pertenencias, y Candy insistió en volver a cargar la mochila. Volvieron a orientarse por el mapa. El sol poco a poco iba bajando en el cielo. La luz se iba tornando más difusa. Los arboles iban perdiendo poco a poco su espesura. El aire salobre les llegaba cada vez más nítido. Caminaron agarrados de la mano. Dándose uno al otro la fuerza que necesitaban para continuar su camino.

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Richard contempló la bajada de entrada a la cala, guarecido en las sombras nocturnas. El rumor cansino de las olas del mar del norte era triste y monótono.

En la próxima marea, tendría que montarse en la chalupa que le llevaría tras los islotes que bordeaban la playa y servían de barrera natural a la cala, ocultándola de mar abierto, y haciendo que las olas llegasen suavemente a su orilla. Los farallones que la rodeaban, hacían imposible contemplarla desde las garitas de vigilancia que estaban a un lado y a otro de la costa.

Davis salió de la cabaña. Se había quitado al fin la horrenda peluca que le hacía parecer un anciano. Se había puesto en su lugar un gorro negro, bien calado. Comprobaba la carga de su pistola.

—Eh, Grandchester, voy a hacer compañía a Jones, que lleva apostado ya un buen rato en la escalera de bajada, y seguro que es más animado que tú.

Richard sonrió.

—¿Le llevas algo de comer?

—Por supuesto, si está delgado, ¡no es por falta de comida!—Ambos rieron, Jones comía por tres hombre y estaba más flaco que un lápiz.

—Tú tampoco te andas a la zaga.

Davis guardando la pistola en la trasera de su pantalón, tomó un pequeño paquete, con comida para su compañero. Se echó hacia atrás y exageró la curva de su vientre, palmeándose el mismo.

—¡Ah!, ¡la curva de la felicidad!—se rieron juntos—Mi esposa está desesperada con ello. Dice que no ve donde me meto todo lo que me hace para comer.

Con gesto sonriente, caminó hacia el acantilado, metiéndose en un amplio bolsillo el paquete para Jones, las manos a la espalda, y a paso tranquilo.

Richard se estiró casi tocando el techo del pequeño porche que guarecía del sol o de la lluvia. Luego volvió adentro. Tenía que comer algo también. Luego tomaría su puesto, junto al farallón, a la espera de que llegase Geüser y Candy, y si era posible, su hermano.

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La pista de tierra que debían cruzar estaba en un terreno despejado de al menos trescientos metros. De allí al borde del farallón donde Terry había localizado la entrada a la cala, estaba totalmente al descubierto. Incluso la zona boscosa que ahora los ocultaba era pobre y desprovista, comparada con la exuberancia de los bosques que acababan de dejar atrás.

Tendrían que esperar a la noche. Cruzar aunque fuesen esos trescientos metros, sin el amparo de la oscuridad era temerario.

Desde los matorrales donde descansaban ocultos, incluso podía vislumbrar a lo lejos unas de las torres vigías de la costa. Desde allí, no podría llegar una ráfaga de ametralladora, pero si los veían cruzar, mandarían de inmediato a algún vehículo para registrar la zona.

Se volvió a agachar junto a Candy. Las últimas horas habían redoblado el esfuerzo por estrechos carriles y terreno abrupto. Ella se veía cansada. Estaba pálida y tenía ojeras profundas en sus bellos ojos. Estaba estirada en el suelo, tendida de lado bocabajo, usando de apoyo la mochila. Parecía incluso más delgada. La redondez de su rostro se estaba perdiendo. Con un dedo, Terry siguió el surco que se había formado bajo su pómulo.

—Cuando estés en casa, tienes que alimentarte mejor. Y descansar. Ni se te pase por la cabeza volver a trabajar, ni a cuidar críos. Si alguna vez cuidas niños, quiero que sean los míos.—Terry se sorprendió a sí mismo con esta declaración dicha casi sin pensar. Ella levantó sus ojos grandes hacia él, que hasta hacía unos segundos estaban como perdidos en algún punto de la maleza que les cubría. Él tragó hondo. No debía decirle esas cosas a una mujer, sin saber realmente hasta donde le llevaría su destino.

—Lo siento, yo... —dejó de acariciar su rostro, y tendido a su lado se puso bocarriba mirando el cielo oscurecerse. —No debo pedirte cosas así, ni debería de hacer promesas que no sé si podré cumplir. —suspiró hondo, necesitaba aire. Cruzó sus brazos bajo la cabeza para que sirvieran de almohada sobre la hojarasca seca sobre la que estaban tendidos.

—No pasa nada Terry. —Su voz sonó triste, apagada.

—Si tú quieres... En fin, si me quedo aquí, y tú quieres ser libre, puedo disolver el matrimonio. Ir al registro, o algo, y quedes libre, para rehacer tu vida, con otra persona. — No quería ser egoísta con ella. Esa mujer le había dado todo a él. Su primera vez. Su entrega incondicional. Había abandonado la seguridad de un grupo que la llevaba fuera del país por ayudarle. Le había entregado su amor, incluso sabiendo, ahora quien era en realidad. No le había juzgado, permanecía firme a su lado, a pesar que él quería ser frío con ella, y darle ahora la oportunidad de ser libre y escoger a otro hombre para su vida.

—No. —susurró ella quedamente.

—No te preocupes por el dinero, aunque nos divorciemos, yo seguiré dándotelos mientras lo necesites, hasta que puedas conseguir otra vida mejor.

—Si nos divorciamos, ¿tú buscarás otra mujer? ¿Buscarás a Susana?

—Ahora, yo no pienso en esas cosas, en mi cabeza y en mi vida no hay sitio para nadie.

Esas palabras dolieron a Candy. En mi cabeza y en mi vida no hay sitio para nadie. Ella calló absorbiendo la realidad, en la vida de Terry, tampoco había sitio para ella.

—Yo, no creo que quiera volver a, bueno, no sé. Ahora yo tampoco pienso en encontrar a alguien. — tartamudeó Candy.

Terry se dio en ese momento cuenta de que la había herido. Se volvió hacia ella y sus manos envolvieron el rostro triste y pálido de su mujer.

—Candy, te quiero sólo a ti. Aunque tú quisieras el divorcio, yo seguiría atado a ti el resto de lo que me quede de vida. Sólo quiero que tú seas feliz. Y darte esa oportunidad. Yo soy un hombre solitario, estoy acostumbrado a ello. Tú no, tú eres alegre, eres vital, necesitas dar y recibir amor. No quiero condenarte en la lejanía a permanecer fiel y llevar una existencia solitaria.

—No, yo soy feliz y vital a tu lado. ¿Crees que yo era así de feliz antes de conocerte? A pesar de nuestras circunstancias, de como nos encontramos, nos conocimos, y nos unimos, desde el primer momento supe que eras un hombre muy especial, tan igual a mí. Yo también he sido una mujer solitaria, a pesar de estar rodeada de niños y de tener trabajo, y gente alrededor. Tú me hiciste salir de mi caparazón. Tú sacaste a la verdadera Candy de su solitaria existencia.

Él la atrajo junto a sí y la abrazó fuerte, le habló sumergido entre sus rizos enmarañados.

—Mujer, a pesar de que los dos hemos sido y seguiremos siendo unas almas solitarias, tú tienes algo que yo no tengo y nunca podré tener.

—Dime qué.

—Cuando te llevé a mi casa, esa primera noche, que me esperaste despierta con cientos de preguntas en tu cabeza, recuerdo de ti vivamente dos cosas. Tus pies descalzos, y la mirada que había en tus ojos. —suspiró y besó su frente. La miró a los ojos a apenas unos centímetros. —en ellos vi algo que yo nunca tendré, a pesar de ver tu miedo y tu soledad, vi esperanza.

Los ojos de ellas estaban húmedos de emoción, permanecían increíblemente abiertos, brillantes, sin dejar escapar esas lágrimas que estaban allí, pugnando por salir.

—Terry, ten esperanza, conmigo, por mí, hazlo por nosotros.

No supo darle otra respuesta. Ella era suya, seguiría siéndolo a pesar de todo. Bajó sus labios hacia ella y la besó hondo, pausado, profundo. Recorriendo cada centímetro de su boca, de sus labios. Intentando absorber su esencia en su interior. Ella respondía al beso con la misma ciega fiereza. No, ella no se separaría de él. A pesar de la distancia que pudiese alejarlos, a pesar de la guerra que pudiese dividirlos, ellos seguirían unidos.

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—He escuchado ya pasar tres vehículos desde la puesta de sol. Parece que han redoblado la vigilancia de la zona... —susurró Davis, mientras bajaba los últimos tres escalones cavados en piedra que llevaban a lo alto del acantilado que les rodeaba.

—Que mala suerte, diablos. —dijo Jones tras él. — ¿Qué habrá pasado?

—Puede ser que el segundo grupo haya puesto en sobre aviso de alguna manera a las tropas de vigilancia. Eran más numerosos, cinco hombres, contando al "paquete".

—O quizás tu amigo G no haya podido llegar lo suficientemente rápido, con una mujer.

Richard meneó la cabeza.

—No, G es un tipo muy previsor. Él está ahí fuera, esperando el momento propicio a bajar. Apenas hace una hora que se puso el sol. Estará aguardando a que las patrullas roten, y hagan la primera ronda.

—Admiro tu fe, Grandchester. Aunque puede ser que tu hermano, no sé... Él pertenece al ejército alemán.

—¡Él no es un traidor! —siseó—Si por lo que sea, no puede venir, permanecerá tan callado como todos estos seis años transcurridos. Le conozco, sé hasta donde llega su honor. Aunque ahora mismo lo estuviesen interrogando, el moriría antes de delatarnos.

Jones le puso una mano en el hombro.

—Está bien, perdona, amigo. Cuando uno espera, está tenso, alerta, y puede decir alguna tontería. No lo tomes a mal. También pueden estar buscando otra cosa. O ser coincidencia.

Richard se recostó contra la roca, sentándose en el suelo arenoso. Comprobó por enésima vez su arma.

—Aún quedan tres horas para que se acerque la chalupa. Ni siquiera estará frente a la costa el barco pesquero. Se cuidará mucho de acercarse hasta que sea noche cerrada. Están a tiempo de llegar. —O eso esperaba.

El barco no esperaría a nadie. Su capitán, un viejo lobo de mar, nativo de Islandia, al que llamaban Begur, sin apellido, puesto que el que tenía era un galimatías imposible de pronunciar, guardaba oculto, bajo sus artes de pesca y su barco roñoso, su verdadero negocio, el contrabando. Aunque también, dependiendo de los vientos, ayudaba, previo pago de una cantidad no desdeñable, a pasar otra clase de mercancías. Como la que estaba a punto de llevarse aquella misma noche.

Se volvieron a apostar en las rocas. Sus miradas iban desde la línea de la costa, esperando ver la chalupa, hasta lo alto del farallón, desde donde tendrían que acceder a la playa los que debían de viajar esta noche.

El tiempo pasaba a veces demasiado lento, pero hoy era interminable.

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—Mantente a mi espalda. Agacha la cabeza, el color de la piel refleja la luz más que un espejo en la oscuridad. A la más mínima indicación, échate al suelo, cara abajo, esconde tus manos. —Eran las últimas instrucciones de Terry antes de cruzar los más de trescientos metros que le separaban de la bajada hacia la cala.

—Recuerda, no hablaremos, ni un susurro. Tengo que estar atento al mínimo ruido. —apretó la mano de su mujer que asentía frenéticamente a cada instrucción disparada por él.

—Si tiro hacia abajo de tu mano, ya sabes, ¡al suelo! Si me alejo de ti, por lo que sea, permanece donde te deje. Si no volviera a buscarte y ves el alba cerca, vuelve sobre tus pasos. —Tomó la brújula y el mapa, y se lo metió en el bolsillo superior de la guerrera que ella llevaba puesta. —Sigue el camino de vuelta al molino. Cámbiate y ponte tu vestido. Si te intercepta una patrulla, levanta las manos y pregunta por mí. Siempre saca tu documentación con cuidado, dile que eres mi esposa, y que te han secuestrado, describe el grupo con todo detalle. Ellos están ya muy lejos y no importa. Cuéntales sobre el camión, ¿de acuerdo?

Candy volvía a asentir, ni siquiera sabía si él la veía, rodeados como estaban de oscuridad.

—Ahora aprovecharemos que se ha alejado el último vehículo para cruzar. Tenemos quince minutos al menos. Caminaremos a buen paso. Pisa firme. No intentes correr. Asienta el pie antes de echar el siguiente paso. Una vez en el borde, tendremos que bajar los escalones de piedra casi a ciegas. Lo mismo, Un pie asentado, antes de bajar al siguiente. Siempre tras de mí. ¿Correcto?

—Si.

—Y por favor, esta vez obedece, ¿bien? —La volvió a estrechar unos segundos contra sí. —No sé quién o qué nos espera abajo en la cala. Sólo sé que es el transporte que Geüser tenía preparado para ti. Todo lo que te he dicho para cruzar ahora, vale para cuando estemos abajo. A la más mínima te quiero en el suelo.—La soltó y se alzó para ver que, realmente, el último jeep descubierto que hacía la ronda una torreta de vigilancia a otra se había perdido de vista. Susurró. —Ahora.

Ambos se levantaron a la vez, la iluminación era mínima en una noche sin luna. Sólo el brillo de las estrellas sobre sus cabezas, y a lo lejos, un haz de luz que emitían las torres vigías, normalmente enfocados hacia el mar. Muy de vez en cuando, se movían hacia tierra, aunque parecía que lo hacían solamente cuando el automóvil de su ronda estaba cerca, para cerciorarse que eran sus propios soldados los que venían.

Caminaron a paso vivo, él la llevaba de la mano, pero a su espalda. Terry había cargado ahora con el morral a su espalda, para darle a ella, que no tenía ningún entrenamiento militar, más soltura para moverse. Él recordaba marchas semejantes, de entrenamiento y en combate. Ella sólo era un civil, y temía que se cayese o hiriese de alguna manera.

Cien pasos hacia adelante, sus pies pisaron el firme de la carretera. Ahora si estaban verdaderamente expuestos. Cruzaron el asfalto. Una vez al otro lado, Terry la hizo parar al amparo de unos matorrales altos. Se tiraron ambos al suelo, para tomar aliento. No dijeron ni una palabra. Permanecieron un par de minutos con la cara pegada al suelo. Terry aguzando el oído, elevando su vista fugazmente para mirar a las torretas, y a un lado y a otro de la carretera.

De nuevo apretó su mano.

—Ahora. —susurró apenas.

Se levantaron y caminaron rápido hacia el borde del acantilado. Candy respiraba agitadamente, se mantenían unidos por las manos, y ella se esforzaba por no ser un lastre.

Sólo podía pensar en llegar a aquella maldita escalera, y poder bajar un poco para estar de nuevo ocultos. Terry, sorpresivamente tiró de su mano hacia abajo. Ella obedeció sin dudarlo, en un segundo ambos estaban en el suelo. Terry la abrazó contra su pecho y hundió su cara entre los rizos de ella. El ruido de un motor se acercaba. Apenas le quedaban sesenta o setenta metros para el borde, pero la patrulla se había adelantado.

Terry la apretaba contra sí. El motor rugía cada vez más cercano. Por el rabillo del ojo vislumbró la luz de los faros. Avanzaba a ritmo rápido por el asfalto. Ahora debería estar en su perpendicular. Candy casi dejó de respirar por unos segundos.

El vehículo, no cambió su ritmo, continuó con su velocidad, escucharon voces en alemán, alguna risa jocosa, cerca, luego alejándose en dirección contraria. Hacia el siguiente puesto.

Terry esperó hasta perder la mínima luz roja de la trasera del pequeño todo-terreno alejándose.

—Vamos, nos queda poco—la instó en un susurro.

Levantarse, volver a andar. Estaba agotándose. Demasiada tensión se acumulaba en sus miembros. Tomó aire y siguió firmemente asida a su mano. Queda poco, queda poco, se repetía, mientras pisaba tras él, intentando no perder su ritmo.

Metros más allá él frenó casi en seco, ella quedó a su espalda, caminaron por el borde cercano del acantilado, mientras localizaban los primeros escalones.

—Aquí— susurró cerca de su oído. Volvió a tirar de su mano. El bajó uno, dos escalones, a tientas, ella ciegamente le siguió. Despacio, uno a uno, un pie firme, otro paso. Bien pegados a la pared rocosa.

Los escalones eran desiguales, tallados a mano, algunos bastante gastados, Medían apenas cuarenta centímetros. Era una bajada peligrosa de día, de noche era un riesgo incalculable. Un paso tras otro, bajando. Despacio. Tanteando cada pie. Sus manos sobre la pared, agarrándose a la roca desnuda y a la nada.

Cuando Terry pisó al fin la arena de la playa largos minutos después, esperó a que ella bajase él último escalón. Sintió un escalofrío en la nuca. No estaban solos, lo presentía, desde los primeros escalones bajados estaban siendo observados. Una vez firmemente asentados, Terry la mantuvo a su espalda, mientras intentaba vislumbrar algo entre la negrura. Extendió la vista hacia el mar. La cabaña estaba a menos de cien metros, en sombras, se le antojaba casi fantasmagórica. Parecía desierta, ni un pequeño fanal en la ventana. Nada.

Pero notaba la presencia de alguien más allí. No podía haberse equivocado de sitio. Conocía aquello, había estado en su mismo borde días antes. Quien les esperaban, estaba oculto. Se decidió por arriesgarse y caminar hacia la cabaña, de nuevo silenciosamente.

Un arrastrar de pies se escuchó entonces a su alrededor, Terry se tensó de inmediato. Llevó la mano hacia la única y pobre arma que tenía encima, la navaja suiza que había traído Candy. Ella se abrazó a su costado asustada.

Una voz en alemán surgió en la oscuridad. Con el ruido de las armas al quitar el seguro.

—¡Alto! ¡Manos arriba!—Una linterna les enfocó directamente a la cara, como surgida de la nada. Al menos tres hombres les rodearon en breves instantes surgidos de las sombras.

Candy ahogó un grito, mientras Terry levantó despacio las manos hacia arriba, parpadeando cegado por la luz.

—¡Quietos! —Otra voz, esta en inglés, y conocida, Terry suspiró aliviado al oírla. — ¡es mi hermano! ¡Y la chica!

Richard se adelantó hacia él. Al notar dos personas con uniforme alemán, habían optado por rodearles y darles el alto. Los otros dos que le acompañaban volvieron a asegurar sus fusiles.

Candy enfocó también sus ojos hacia la voz que se acercaba.

—Maldita sea hombre, nos habéis asustado, creímos que erais soldados. ¿Dónde anda Geüser?

Terry abrazó la cintura de Candy mientras alargaba la mano hacia su hermano, este tiró de él y le dio un corto y rápido abrazo.

—Vayamos a cubierto. Chicos, seguid vigilando.

—Geüser no vendrá. —dijo Terry.

Uno de los compañeros de Richard interrogó.

—¿Le ha ocurrido algo?

—No, que yo sepa. Me dejó el mensaje y se fue.

Con la mano en el hombro de su hermano le instó a caminar.

—Vamos vayamos a la cabaña, ¿cómo estás Candy?

Candy quiso contestarle y dar un paso más, pero por momentos no pudo. La tensión de ese último minuto agotó las fuerzas que le quedaban. Nunca fue una mujer propensa a vahídos, pero esta vez notó como sus rodillas no respondían y se doblaban. El brazo fuerte de Terry que la rodeaba, impidió que se golpease contra el suelo cuando perdió la noción de la realidad.

—¡Candy! —Ambos hombres hablaron al unísono. Terry la ciñó contra sí, pero las costillas gimieron, cayendo de rodillas junto a ella, aún sujetándola.

—Diablos, se ha desmayado. —susurró Richard.

—Está agotada, hermano, ha sido muy valiente, pero ya no podrá más. —susurró besándola en la frente e intentando levantarse con ella en brazos, las costillas protestaron. Pero se alzó con ella.

—Déjame que yo la lleve— Dijo Richard poniéndose ante él.

—¡No! Yo llevaré a mi mujer, indícame por dónde.

Richard sorprendido por las palabras de Terry no dijo nada, indicó el camino hacia la cabaña. Cuando llegaron a ella, abrió la puerta y encendió presto uno de las lámparas de queroseno. Con cuidado Terry cruzaba la puerta con Candy en brazos, para que no se golpease con los marcos.

—Tráela aquí—despejó un jergón que estaba en una esquina,

Terry caminó hasta él, dejándola con cuidado acostada, luego cayó a su lado de rodillas.

—Candy. —susurró mientras tomaba su pulso en el cuello. Era pausado pero firme. Ella suspirando, murmuró algo y acomodó hacia el otro lado la cabeza, para evitar la luz. Terry tiró de una manta que estaba doblada a los pies para cubrirla. Después besó su frente, mientras un sorprendido Richard aún no había podido articular palabra. —La dejaremos que descanse.

—Sí, es lo mejor—logró al fin decir Richard, mientras Terry se levantaba y sacaba de su espalda el morral con sus pocas pertenencias. Lo dejó en el suelo, al lado de la cama.

Richard se sentó pesadamente en el banco desde el cual, a través de la ventana, podía observar el mar, dejando su arma al lado. Terry caminó hacia una de las sillas cercanas y se sentó también, estirándose con cuidado y palpando sus magulladas costillas.

—¿Estás herido?—preguntó Richard al observar el semblante dolorido y los hematomas que aún oscurecían el rostro de Terry, fruto de su encuentro con Cromwell.

—No es grave. Me han golpeado duro, y llevamos muchas horas sin apenas descansar.

—Está bien, tienes que contarme desde el principio. También lo de Geüser. Y, qué es esa marcada de territorio con, — imitó la voz más bronca de Terry y su deje gutural—"yo llevaré a mi mujer".

Terry miró hacia ella, ahora estaba dormida, se había movido un poco y acomodado. Él se relajó, estiró las piernas. Iban a ser unas largas explicaciones.

—Nos hemos casado.

Richard abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla mientras asimilaba, luego riéndose se levantó, y caminó hacia el para darle unos golpecitos en la espalda.

—Enhorabuena, hermano. Te has dado prisa, ¿eh?

—Claro que sí, para que no me la quitaras, "niño bonito".—Ambos hermanos por unos momentos intercambiaron risas y bromas juntos, a media voz, cómo cuando eran más jóvenes, y no había una guerra sobre sus cabezas.

CONTINUARA