Capítulo 20: Almas conectadas Parte 1

7 de enero de 1941; Ravensbrück, Alemania...

Con un sonoro suspiro que no pudo retener en sus labios, el teniente Peeta Mellark estampó su firma en el último documento de la enorme pila que Clove había dejado en su mesa esa misma mañana.

Llevaba toda la tarde con la cabeza sumergida en los documentos que provenían de Berlín; la mayoría de ellos contenían los nombres de cientos de mujeres que iban a ser trasladadas a Ravensbrück en las próximas semanas. Expedientes de vidas inocentes apilados por todo su despacho; nuevos barracones que empezaban a emerger, dando otro aspecto al campo. La avalancha de presas polacas que estaban por ser transferidas hacía que los barracones ya existentes no dieran a basto.

Su vista se posó en la joven que había sustituido a Katniss como secretaria. Era una joven de apenas unos veinte años, siempre cabizbaja y callada; apenas se dirigía a ella para mostrarle lo que debía hacer... pero manteniendo una coraza fría y seria. La muchacha tenía un lío permanente en su cabeza, con tanto documento, y a duras penas se aclaraba... dios... como echaba en falta a su pequeña, ella en los escasos dos meses que estuvo con él, en el pequeño despacho, se desenvolvía casi mejor que él.

Su Kat... su ángel...

Su piel todavía conservaba el olor de su característico perfume, que parecía haberse incrustado en cada célula de su cuerpo; cada vez que cerraba los ojos ella estaba allí, mirándole con tanto amor y con una sonrisa que no hacía otra cosa que agitar su corazón... sus labios todavía picaban por la suave y delicada sensación de sus besos.

Más de un mes hacía que la había visitado en Lebork; aprovechando la visita a uno de los campos polacos, no pudo evitar pedirle a Jasper que le dejara parar allí, y poder verla de nuevo. El dolor que sintió el día que se marchó bien podía asemejarse al que inundó su cuerpo cuando su buena madre murió... y su pequeña se merecía una explicación de todo lo acontecido en persona.

Pero lo que no podía imaginarse era la declaración de Kat... todavía le costaba digerir que ella correspondiera a sus sentimientos; todos estos meses anteriores los recuerdos felices de la adolescencia, junto con la tímida presencia de la joven, eran el bálsamo idóneo para su pena. Pero qué ciego había estado... ella nunca había dejado de amarle... era tan buena que no se la merecía.

Ahora, ese amor que estaba con él, aunque fuera en la distancia, era la mejor arma que tenía para soportar todo ese infierno. Le había prometido que volvería a ella, y vaya si lo haría... o al menos, lucharía con todas sus fuerzas para que eso ocurriera. Su mente no paraba de proyectar imágenes de ellos dos, perdidos en una casita en plena campiña inglesa, llevando una vida humilde, discreta y tranquila; imágenes que también le daban fuerzas para soportar el tiempo que ambos iban a estar separados.

En eso estaba su mente, cuando llamaron de manera suave a la puerta de su despacho. Extrañado miró la hora... eran más de las ocho de la tarde, la chica ya se había retirado... y el turno de cena se acercaba, por lo que no esperaba a nadie.

-Adelante- habló, con voz firme. La rubia cabeza de la sargento Clove Kentwell asomó por el quicio de la entrada.

-¿Da usted su permiso, mi teniente?-Peeta rodó los ojos, odiaba esos formalismos.

-Pasa- suspiró cansado -ya sabes que no necesitas ser tan protocolaria- dijo con una pequeña sonrisa divertida, pero sin levantar la vista del papel que tenía delante.

-No puedo evitarlo- se encogió la joven de hombros, cerrando la puerta y tomando asiento frente a éste. Peeta permanecía en silencio, ya que el documento le parecía sumamente importante, e ignorando la presencia de su prima postiza -Peeta, no haces una otra que trabajar- le dijo, a modo de reproche cariñoso -¿es ésto lo que has estado haciendo durante el periodo de navidad?-.

-Quería estar sólo- se encogió de hombros. La mayoría de los oficiales se habían ido a sus hogares, a pasar esas fechas tan señaladas con sus seres queridos... pero él estaba solo, y se había quedado en el campo, con la única compañía de los pocos guardias que les tocó trabajar esos días. Su Kat no celebraba esas fechas; y francamente, sin su madre ni Sae ya carecían de sentido -Snow me invitó a cenar con su familia, pero deseché el ofrecimiento-.

-Podrías haber venido conmigo- esa simple frase hizo que dejara el documento de manera automática, para encararla.

-¿Con Plutarch?- preguntó mordaz, arqueando una ceja -te aseguro que es la última persona de la que aceptaría una invitación-.

-Sé que vuestras diferencias os han separado- respondió ella, precavida -pero te puedo jurar que me ha preguntado por ti los días que estuve en casa-.

-Clove- murmuró cansado, agarrándose el puente de su nariz -te lo he dicho mil veces; es tu tío y respeto eso... pero no puedo olvidar la manera en la que trató a mi madre-.

-Sólo quiero que la única familia que he conocido esté reunida- susurró ella, con deje de pena -tampoco he sabido nada de Sae desde que se marchó con el enemigo- dijo las últimas palabras con sarcasmo.

-Siempre has sabido que Sae es inglesa de nacimiento, aunque se haya criado aquí con su madre- le recordó -y nunca has tenido nada en contra de los ingleses hasta que se declaró la guerra-.

-Aún así, nunca se ha molestado en escribirme una sola línea- siguió protestado.

-Tú tampoco lo has hecho; podrías haber sido tú la que diera ese primer paso- contestó el teniente -te manda recuerdos en su última carta- añadió. Él, por supuesto que mantenía correspondencia con Sae; y más aún desde que le escribió, advirtiéndole de la visita de dos miembros de la organización. Según palabras textuales de éstos a la vuelta del viaje, la buena mujer lloró de alegría, ya que su Peeta había recapacitado, y esperaba impaciente a las jóvenes y sus familias.

Arqueado de las quejas de Clove, decidió cortar la conversación para después dirigirse con ella hacia el comedor. Se sentaron junto con Boggs, Hawthorne, Glimmer y Cashmere. En otra mesa, justo a su lado izquierdo, Cato reía divertido ante algún chiste que contaba Jared; era increíble el teatro que hacían todos ellos. Pero en su mesa, la política copó el ambiente. Era increíble que ya estuvieran en 1941, un año hacía ya de su llegada a Ravensbrück.

-Parece que las negociaciones entre Ribbentrop y Filov están en su punto álgido- comentó Boggs, tomando un sorbo de vino. Los ministros exteriores alemán y búlgaro, respectivamente, intentaban llegar a un acuerdo para permitir el paso de tropas alemanas por territorio búlgaro... pero la negociación parecía no llegar a un buen puerto.

-Acabarán cediendo, por la cuenta que les trae- resopló Boggs, rodando los ojos. Cómo si el joven sargento y él mismo no supieran que el Primer Ministro búlgaro anunciaría en unos días su adhesión al Pacto Tripartito, y que tan sólo faltaba matizar unos puntos del acuerdo militar con Alemania. Definitivamente, los tentáculos del señor Oddair llegaban muy lejos; tenía ojos y oídos en todos los lugares.

-Sino ceden acabarán fritos a bombardeos, cómo ha ocurrido en Inglaterra- acotó Cashmere. Entre los días dos y cuatro de ese mes de enero, varias poblaciones inglesas, como Cardiff o Avonmouth habían sufrido las incursiones aéreas alemanas, bombardeando todo a su paso y causando graves pérdidas entre la población civil. Por suerte, la región dónde estaba Sae no había sufrido daño alguno y ella estaba a salvo, y los hijos de Finnick habían abandonado la capital inglesa y estaban recluidos en una propiedad de éste en la campiña inglesa.

-Se lo merecen- refutó Glimmer -la victoria de la Lufwaffe contra convoyes británicos en el Mediterráneo ha sido todo un éxito- exclamó, alborozada.

Peeta se revolvió visiblemente incómodo para sus adentros; según le contó Boggs hace unos días, Finnick había partido hacia Londres, con noticias nada halagüeñas. El bombardeo de la capital inglesa se preveía de manera inminente, según informes directos del Ministerio. La ofensiva contra Gran bretaña era imparable y agresiva, y la respuesta de los aliados no se hizo esperar después de los bombardeos del dos, tres y cuatro de enero, retomando la ofensiva contra África.

La cena transcurrió tranquila, a pesar del debate que había surgido a cuenta de las últimas batallas. Al teniente Mellark no le gustaba opinar acerca de esos temas, pero tenía que participar en la charla, o resultaría demasiado sospechoso. Ya una vez en la biblioteca, cafés y té en las mesitas, decidió esperar un tiempo prudencial antes de retirarse; Jared le había entregado esta mañana el correo oficial, relevando de esa tarea a Hadley... y el que no era oficial.

Se despidió de todos, incluso varias de las oficiales femeninas dieron las buenas noches, y se encaminó de nuevo a la soledad de su casa-despacho. La noche era extremadamente fría, llevaba dos días nevando de manera copiosa, y no pudo evitar pensar en las miles de reclusas que estarían tiritando de frío en los barracones. Por suerte, en unos quince días saldrían para las fábricas otras sesenta reclusas. Catl, Gloss y compañía estaban encantados con los negocios que realizaban con el supuesto señor Heismmen.

Y vvuelvooo gente, tranquilos que continuaré adaptando esta historia es sólo que ahora estoy muy ocupada y agobiada con muchos proyectos que me vienen a la vez.

Feliz Luneees