Beckett se despertó sobresaltada por el estruendo de un coche explotando en la película que estaban echando.

Parpadeó varias veces, con la vista borrosa por el cansancio, y se dio cuenta de que se había quedado dormida en el sillón viendo una serie bastante coñazo. Se levantó poco a poco, con el cuerpo dolorido por todos los bultos que tenían los cojines de aquel viejo sillón. Cuando coincidiera, tendría que hablar seriamente con el alcalde sobre cambiarlo por uno más cómodo.

Notando que el moño que se había hecho para cenar se le había deshecho totalmente y ahora era una maraña de rizos castaños colgando sin sentido, se quitó la goma que lo sujetaba y lo dejó caer contra su espalda, cosquillitas recorriendo su piel con el contacto del pelo. Apagó la televisión y se apresuró a subir las escaleras. Nunca le había gustado estar por la casa, de noche, y a oscuras. Tenía la sensación de que detrás de todas las esquinas había algún loco maníaco a lo Freddy Krueger que la atacaría por la espalda. Podía parecer una tontería, pero, al fin y al cabo, ¿no tenemos todos una fobia tonta? Pues esa era la de la detective.

Abrió la puerta de su habitación, la cual Castle debía de haber dejado entrecerrada, solo para volver a dejarla como estaba y dirigirse al baño para lavarse los dientes. No sabía qué hora era pero si se acostaba con los dientes sucios luego se despertaba con un sabor de boca asqueroso. Beckett se cepilló a conciencia, con los ojos casi cerrados por culpa de la luz y el sueño, y luego cruzó el pasillo casi a la carrera, no sintiéndose segura hasta que cerró la puerta de la habitación tras su espalda. Dejó escapar un suspiro casi imperceptible y fue a la cama.

Pero entonces se encontró con un nuevo problema.

Castle se habría quedado dormido en su lado, pero, acostumbrado a tener la cama para sí solo, se había expandido en sueños y ahora estaba en diagonal, ocupando ambos lados. La sombra de una sonrisa apareció en los labios de Beckett, que giró la cabeza para verle dormir, con una postura tan rara que a veces se le escapaban suaves ronquidos. Un bostezo de la detective interrumpió el momento, y ésta se inclinó sobre Castle para despertarle.

- Castle – susurró, moviéndole suavemente el hombro.

El escritor dejó escapar un gruñido y se movió un poco, todavía dormido.

- Castle, venga – dijo Beckett, alzando un poco más la voz. – Castle.

Pero él no reaccionaba. Con un suspiro de pena, la detective tomó medidas drásticas.

- ¡Castle! – gritó, aun inclinada sobre él.

El escritor se despertó de golpe, asustado, y su reacción fue incorporarse en la cama. Pero Beckett estaba sobre él, así que ambos chocaron.

- ¡Auch! – exclamó la detective, frotándose la frente.

- ¿Eh? Perdón, ¿te he dado? – preguntó el, desorientado.

- No, me froto la frente porque así huelo a cerezas. – contestó Beckett, borde.

- Vale, me vuelvo a dormir que el panorama no pinta bien.

Castle se tumbó en su lado, y al minuto ya estaba otra vez dormido, como si hubiera presionado un botón del sueño. La detective sacudió la cabeza, asombrada, y quejándose todavía del golpe, se dejó caer en la cama. Cerró los ojos, con cansancio, notando como el mundo de los sueños tiraba de su cuerpo, reclamándolo. Se dejó llevar, flotando, ingrávida.

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Algo me estaba haciendo cosquillas. En la nariz. Y, o dejaba de respirar, o me apartaba de lo que me estaba molestando. Pero estaba tan cómodo que daba pena moverse… Ahora mismo no notaba mi cuerpo, solo la nariz.

Sin embargo, había algo raro. Algo en mi cabeza que no encajaba, y que podría tener que ver con la detective. ¿Qué…? Abrí los ojos, asustado, pensando lo que no era. Yo no recordaba haber… No. No podía ser eso. Con alivio, comprobé que estaba vestido con mi pijama. Dejé escapar un suspiro, y entonces algo se movió en mi campo de visión, haciéndome cosquillas otra vez. Moví la nariz en círculos y enfoqué la vista, aun algo dormido. Parpadeé varias veces, notando que tenía legañas. Me froté los ojos cual niño pequeño y miré que era lo que me molestaba.

El pelo de Beckett.

Aún recordaba el tacto sedoso de éste en nuestra noche de fiesta. Y deseaba volver a tocar aquellos rizos rebeldes, pero no era el momento ni el lugar. Tampoco era plan de parecer el loco de los Ángeles de Charlie… Era tentador pero no tanto. Me di la vuelta para huir de ello, pero me encontré con la luz de las ventanas dándome en la cara. Así iba a ser imposible dormirse. Volví a girarme al otro lado, y entonces una voz ronca me sobresaltó.

- Castle, para quieto – murmuró Beckett.

- Perdón – susurré.

Tuve una gran sensación de dèja-vù pero no lograba recordar porqué. Tenía la sensación de que ya me había disculpado con la detective hace poco. Fruncí el ceño, tratando de recordar…

- ¿Te pegué anoche? – pregunté, con miedo de la respuesta.

Beckett soltó un suspiró y se giró, quedándonos cara a cara. Buscó mis ojos, aun algo somnolienta.

- Algo así, pero fue sin querer.

- Perdón – repetí por tercera vez en unas horas.

- Nada, en realidad fue mi culpa. Tú estabas plácidamente dormido ocupando toda la cama y traté de despertarte suave – un bostezo interrumpió la historia de Beckett y ésta se tapó la boca, frotándose los ojos luego. Parecía un gatito – Pero el señorito no hacía caso así que te grité. Y te asustaste… - otro bostezo – Entonces se incorporaste sin saber que yo estaba ahí y chocamos.

- Perdón.

- Pareces un disco rayado – se quejó Beckett, con los ojos llorosos por el sueño.

Abrí la boca para decir para disculparme pero caí en que sería volver a repetirlo y me callé. Se me escapó una sonrisa que fue correspondida por ella. Y entonces fuimos conscientes de que estábamos cara a cara, en la misma cama, manteniendo una conversación tan tranquilamente. Casi pude ver como la misma muralla de ayer volvía a alzarse tras los ojos verde avellana de la detective, y dejé que un suspiro se escapara de mis labios mientras me levantaba lentamente. Beckett carraspeó, se rascó la cabeza y fue a vestirse.

- Tenemos que ir a la comisaria.

- Lo sé, lo sé – dije, rebuscando en la maleta.

- Solo lo recordaba – contestó ella, antes de salir de la habitación con la ropa en una mano.

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- Señor Castle, siéntese – pidió el mismo policía que me había tomado declaración la noche del ataque en casa de alcalde.

Conteniendo un gruñido, tomé asiento en aquel mullido sillón y esperé la ronda de preguntas.

- La otra noche identificó a uno de los atacantes como "el que mató a Alexis", ¿correcto? – preguntó el policía, leyendo de la libreta.

Asentí, sin ganas de tener que pasar por aquello. Otra vez.

- ¿Qué ocurrió? ¿De qué le conoce?

- Como ya sabrá, detective… - busqué una placa o algo donde leer el nombre pero no había nada.

- Slaughter. Detective Slaughter – dijo él.

- …Slaughter, fui atacado en mi casa hará 3 años. Mi hija murió aquella noche.

- Aja – asintió el detective mientras apuntaba en aquella libretita. – Así que el John Doe que ahora mismo reposa encima de la mesa del forense es el mismo que mató a su hija 3 años atrás. Y el mismo que atacó a su amigo el alcalde de New York.

- Eso parece.

- Muy bien, señor Castle. Parece evidente que alguien tiene algo en contra suyo. ¿Tiene usted enemigos?

Se me escapó una carcajada y a modo de recompensa recibí una mirada de fastidio del detective Slaughter.

- Oiga, soy un escritor multimillonario. Créaselo o no, en mi carrera hay mucha competencia.

- ¿Ha recibido amenazas últimamente?

- ¿Quiere echarle un vistazo a mi fan mail? Tengo desde locas que saben cuándo voy al baño hasta locas que quieren matarme. Ser famoso es lo que tiene, supongo. – dije, la verdad es que era la parte que más odiaba de ello. Y los paparazzi.

- Comprendo… - me miró fijamente, quizá considerando si confiar en mi palabra o no. Puse cara de inocente, a ver si colaba.

- Mire, el asesinato de mi hija fue un ajuste de cuentas. Fue mi culpa. Y desde entonces me he mantenido fuera del radar de esas personas, me he dedicado a escribir y aparecer en los eventos necesarios para promocionar mis libros. Creo que lo del John Doe este ha sido una simple coincidencia.

- Ya. ¿Considera mantenerse fuera del radar a esto? – preguntó el detective, tirando el periódico encima de la mesa que nos separaba. Miré, curioso, y vi que se refería al artículo de Josh Davidson.

- Arg… - aparté la vista, empujando el periódico de vuelta a su dueño - ¿Se puede poner una orden de alejamiento a un paparazzi? – pregunté.

- ¿Qué opina su compañera? – inquirió Slaughter a su vez, sonriendo de lado cuando me vio palidecer.

- Sé que no hemos empezado con buen pie pero… Le agradecería enormemente que no se lo enseñara. Fue caso aislado y no quiero que la juzguen por él.

Él detective se encogió de hombros y guardo el periódico.

- La detective Beckett es de las mejores en New York. ¿Qué hace trabajando con un escritor?

- Condiciones del alcalde. Él quería mi colaboración en este caso. – me encogí de hombros.

- ¿Cómo escritor o extraoficialmente?

- Yo no soy periodista. Si puedo usar algún detalle de lo que ocurra en un libro y Rob me deja, pues lo usaré. Pero nunca se me ocurriría distorsionar la realidad.

- Claro, claro… - El detective Slaughter le dio un sorbo a su taza de café y miró su libreta con el ceño fruncido – Creo que eso es todo.

- ¡Bien! – exclamé, relajándome.

Nos levantamos ambos y abrí la puerta de la salita. Estaba a punto de salir cuando me llamó el detective:

- ¿Señor Castle? ¿Por qué le acusó la detective de robo?

Cerré los ojos, de espaldas a él, y pensé en posibles contestaciones.

- Verá… La detective Beckett y yo tampoco comenzamos con buen pie.

- Ah… Comienzo a ver un patrón.

Fruncí el ceño, y en lo que tardé en descifrar ese comentario jocoso, Slaughter pasó por mi lado y se despidió con un gesto de la mano. Me apoyé contra el marco de la puerta, molesto. ¡Se había metido conmigo! Me maldije interiormente por no haber sido lo suficientemente rápido para contestarle.