Ranma ½ no me pertenece.
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Advertencia: La torta de lúcuma es deliciosa, así que no se acerquen a ella, más si están a dieta.
Que no se diga que no los advertí. Ahora sigan con el capítulo de hoy.
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Fantasy Fiction Estudios presenta:
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Es tu destino y razón de existir, es mi voluntad. Me perteneces.
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S & S Detectives
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Por el futuro de una nación
Parte 23
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Las piernas de Ranma se doblaron bajo el peso y el dolor, y cayó apoyando una rodilla en el suelo. No podía más, no con la fuerza de Saigo presionando la espada que cortaba su hombro, y que hacía que su propia espada se cruzara sobre su cuello, teniendo que levantar un poco el mentón. El sudor recorrió su rostro y una gota cayó sobre su katana, deslizándose sobre el reflejo de los ojos de Saigo.
—Los Kusanagi somos la espada de la diosa Amaterasu, es nuestro destino y maldición —dijo Saigo.
—¿Dioses?... ¿Espadas?... ¿Destino? —Ranma chirrió los dientes—. Estás… demente.
—No, Ranma —susurró Saigo, inclinando su rostro hasta casi estar sobre el de Ranma—, ambos lo estamos. ¿Es que todavía te niegas a la fútil naturaleza de tu existencia? Naciste para ser una espada, una herramienta, el guardián de los descendientes de Amaterasu. Vivirás y morirás únicamente para proteger a la familia imperial. Nada más.
Ranma resopló suavemente entre sus dientes apretados, que chirriaban al apretarlos con fuerza. El sable de Saigo se clavaba un poco más en su piel. El joven Saotome deslizó el pie en el suelo un poco hacia atrás, hasta lograr doblar la punta, consiguiendo un mejor apoyo.
—Ya… me…. tienes… ¡harto! —gritó.
Empujó con el pie y extendió las piernas, y sus brazos comenzaron a levantar las katanas arrancando la hoja de su piel, hilos de sangre cayeron de la espada de Saigo sobre su camiseta. Se puso de pie y las espadas volvieron al centro entre los dos. Saigo comenzó a perder la compostura, la fuerza del joven comenzaba a igualarlo.
—Ranma…
—Si lo que me dices es… cierto… —Ranma afiló la mirada—. Tú… ¿tú también eres un Kusanagi?
—Yo…
Ranma, en un rápido movimiento, empujó la katana de Saigo con su espada. Los sables arrancaron destellos cuando el joven consiguió sacarlos hacia el lado, y apenas se separaron, ya tenía la otra mano empuñada.
—¿Qué…?
La pregunta que escapó de los labios de Takamori Saigo fue interrumpida por el fuerte puñetazo de Ranma. El hombre dio dos pasos atrás, con la cabeza vuelta hacia un lado tras haber recibido tan violento golpe. Su mano tembló, pero aferró con más fuerza la empuñadura y dando otro paso atrás corrigió su postura lanzando un corte rápido y horizontal, antes siquiera de enderezar el rostro cubierto por la sangre que brotó de su nariz.
Pero la katana de Saigo cortó el aire, porque tras el ataque Ranma había avanzado un paso y, deslizando todavía la bota en el suelo, giró todo su cuerpo sobre una pierna, inclinándose, justo pasando su espalda por debajo de la espada de Saigo, mientras levantaba la pierna que siguió al sable, recta hacia arriba, alcanzando con el talón la mejilla de Takamori.
El cuerpo de Saigo se elevó de espaldas, dando una vuelta completa, pero antes de tocar el suelo apoyó la mano extendida, dando una voltereta para conseguir caer con los pies. Entonces recobró la postura sosteniendo la katana con una mano, con el brazo en alto atrás y el acero cruzando sobre su cabeza, teniendo la otra mano extendida hacia adelante. Ranma corrió a su encuentro, sosteniendo la katana de su madre con una mano, pero girándola, tomándola con la hoja hacia abajo, para cruzarla tras su espalda ocultándola a los ojos del rival.
Saigo lo recibió cortando con la espada, que al caer dejó una zanja solo con la fuerza del aire. Ranma, antes, se deslizó hacia un lado con un rápido empuje de sus piernas, esquivándolo. El pie de Ranma arrastró el suelo al frenar al costado de Saigo, con el cuerpo inclinado y la espada todavía cruzada en su espalda, con la que dio un rápido y sorpresivo ataque, como un tigre saltando sobre una presa desde su escondite.
Las espadas volvieron a cruzarse, Saigo mostró los dientes y se quejó por lo difícil que le fue conseguir cruzar su katana a tiempo. Ranma se apartó apenas los sables chocaron y volvió a arremeter.
Las katanas destellaron al sol, se cruzaron, chocaron dos y tres veces por cada lado buscando la carne como un depredador hambriento. Se separaban tras los poderosos golpes que hacían sus brazos temblar, giraban uno alrededor del otro con una velocidad que hacía temblar los músculos de sus piernas, y volvían a cruzar las espadas sacando chispas a los aceros como si en cualquier momento los metales se fueran a despedazar. El cabello de Ranma se revolvía alrededor de su rostro, atrás y adelante, de lado a lado con sus rápidos y violentos movimientos. La espada de Saigo danzaba con maestría y poder, cada uno de sus golpes tras chocar las espadas lanzaba a Ranma haciéndolo retroceder. Pero la espada de Ranma se movía con velocidad y astucia, al retroceder caía arrastrando las botas por el suelo, para volver a cargar, con la katana siempre tomada de manera invertida cruzada tras su espalda, escondida de los ojos de Saigo hasta el momento del ataque, y la cambiaba de mano soltándola y atrapándola por detrás, con una habilidad de malabarista, buscando tomarlo por sorpresa.
Pronto el combate fue una metáfora del encuentro anterior sobre sus cabalgaduras de acero. Saigo era un tanque, mantenía la posición y respondía con rápidos bloqueos y letales contraataques, hasta el más leve de los cortes de su espada tenía el poder de partir un brazo en dos si le daba la oportunidad. Ranma era rápido, corría alrededor acechando a Saigo, saltaba sobre él, lo atacaba con dos o tres rápidos golpes, esquivaba los contraataques y tras retroceder, empujado por el choque de espadas, cambiaba de lugar para intentarlo de nuevo. La katana de Ranma iba por arriba, por abajo, por los lados, giraba en su mano, otra vez por arriba, luego la cambiaba por detrás, atacaba con la mano haciendo una finta, para retrocederla en el último momento y atacar con la otra mano que sí empuñaba la katana. Aunque a todos sus intentos Saigo parecía adelantársele, poseyendo una defensa impenetrable.
Eran humanos, uno de los dos se cansaría primero, uno de los dos cometería el primer error, y para guerreros como ellos dando ataques letales en cada embiste, el primer error sería el final de ese encuentro. Sus cuerpos reflejaban heridas, cortes en los brazos y piernas que dejaban tajos en la ropa, manchándola de rojo oscuro e intenso, todos producidos por los ligeros roces con que alcanzaban a tocarse, antes de que uno bloqueara y el otro esquivara.
Takamori Saigo dio un paso adelante tras chocar las espadas, y con un giro de los brazos lanzó una estocada, seguida por un rápido retroceso de los brazos para arrojar un espadazo que cortó el horizonte. Ranma apenas fue empujado por el primer ataque, saltó hacia atrás dando una voltereta con las piernas y pies juntos, arqueando la espalda, extendiendo los brazos. La espada de Saigo cortó el aire rozando la punta de las botas de Ranma.
El joven cayó a un par de metros de Saigo. Takamori alzó la katana a la altura de su rostro, empuñada con ambas manos detrás de la cabeza apuntando con el filo hacia adelante. Ranma separó un poco las piernas como si fuera una de sus posturas de kempo, poniendo el cuerpo de perfil hacia su enemigo, con una mano extendida hacia adelante en posición de defensa, y la otra sosteniendo la empuñadura de la katana que se asomaba al costado de su muslo, pues al estar invertida la hoja se cruzaba en diagonal tras su espalda asomando la punta por detrás de su cabeza.
Se detuvieron un momento, observándose. Ambos respiraban agitados. Saigo con la boca cerrada no revelando su agotamiento. Ranma con los labios entreabiertos, retrocedió la mano un momento para pasarse el puño bajo el mentón empapado por su sudor y volviéndola a extender luego hacia adelante, retomando su postura.
—Velocidad, fuerza, conocimiento, experiencia, ingenio y determinación —dijo Saigo, sin sonreír, enojarse o revelar algún otro sentimiento. Solo miró al muchacho detenidamente—. Eres un auténtico Kusanagi, forjado por Amaterasu y entrenado por Nodoka. A lo menos algo hizo bien tu madre al prepararte todos estos años.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Ranma—. No entiendo nada de eso sobre los Kusanagi, diosas o lo que sea. Mi madre quiso que yo fuera un hombre entre hombres, o lo que sea que signifique eso. Por ello se preocupó de que me hiciera más fuerte, para poder defenderme de mi padre y Happosai si quisieran obligarme a unirme a su clan de ladrones.
—Realmente te crees esa conveniente mentira, Ranma —Saigo hizo una mueca, mitad risa, mitad desprecio—. Tu madre fue una tonta al ocultarte la verdad. Trató de hacerte más fuerte, pero al querer protegerte solo consiguió sabotear tu entrenamiento.
—Deja de hablar de mi madre como si la conocieras…
—Sí, Ranma, la conozco, mejor de lo que tú mismo podrías hacerlo —respondió Saigo, sin burlarse esta vez, hablando con una seriedad que hizo al joven sentirse incómodo—. Conozco sus fortalezas y debilidades, lo que piensa, sueña e incluso las estupideces que llenan su cabeza siempre que se queda en silencio mirando por la ventana. Sé de sus momentos de inseguridad cuando intenta parecer fuerte, y lo mucho que le cuesta mentir cuando algo la pone triste y llora a escondidas, y sé ver las marcas de sus lágrimas todavía secas alrededor de sus ojos. ¿Todavía le gusta el yakisoba bien picante?... Sí, sé cuáles son sus platos favoritos, el postre que más le gusta, la canción que la hace tararear y que si la escucha no dejará de hacerlo durante todo el día hasta que se vuelva insoportable. Conozco muy bien a Nodoka… incluso… No. Solo debes saber que la conozco desde hace mucho tiempo.
Ranma apretó los dientes, no quería aceptarlo, pero comenzaba a recordar ciertas escenas de su pasado, como le sucedió en la Okiya de la señora Jimbo. Y no le gustó lo que recordó, porque en esas imágenes estaba al lado de su madre, tomando su mano con fuerza, y frente a ellos estaba un hombre alto, de ojos oscuros y perturbadores. Era más joven que ahora, aunque ya tenía una barba incipiente y el cabello largo tomado por una coleta. En sus recuerdos ese hombre los estaba apuntando con un arma, y su madre lloraba, pero no de miedo, apretando su pequeña mano sin dejar de temblar.
—Tú… —los ojos de Ranma se abrieron sorprendidos—, estabas ahí, cuando mi madre me encontró. ¡Tú estabas ahí!
—Ranma, todo lo que ella hizo para que te hicieras más fuerte, tus viajes por Japón y China, tus lecciones bajo la tutela de la maestra Cologne, el trato al que llegó para que Happosai también te enseñara a pesar de aceptar que no te convertirías en su heredero, y tu entrenamiento en kendo bajo la escuela Torii, incluso tu ingreso a la JSDF. Todo, sí, todo lo que ella hizo, fue porque yo se lo ordené.
—¡¿Qué?!
—Fuiste creado con un solo propósito, Ranma —habló Saigo muy lentamente—, para ser un Kusanagi, protector del linaje de Amaterasu y… mi reemplazante.
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Continuará
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Nota de autor:
Espero que hayan tenido un buen día y que esta lectura fuera parte de la alegría. Hoy no tengo mucho tiempo, de hecho, miro el reloj y me queda poco para acabar el día, así que lo haremos en el clásico modo expreso, si no les molesta. Pronto quisiera poder explayarme más con ustedes, pero la vida es cruel y malvada, como siempre, y nunca nos deja tiempo para hacer lo que nos gusta. Muchas gracias a todos los que me leen y muy en especial a mis grandes camaradas Rokumon, Andy-Saotome-Tendo y Jessica.
Nos vemos mañana con otro, espero, emocionante fragmento.
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Noham Theonaus
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