.-.-.-.-.-.-. Capítulo 37 .-.-.-.-.-.-.
Los martes y los jueves se habían convertido en los días favoritos de Kuina.
Las clases de yoga eran el aliciente que la impulsaba toda la semana. Los miércoles pasaban en una bruma entre los recuerdos del día anterior y la expectación por el día siguiente. Ese miércoles tenía mucho que rememorar. Parapetada detrás del monitor del ordenador , para que no la viera su madre, se acarició los labios. Aún podía sentir los de Raúl, suaves e insistentes, sobre los suyos. La relación con él era cada vez más cercana e íntima. En multitud de ocasiones se encontraba pensando en él. Hasta la situación con Marco, casi insostenible, había dejado de agobiarla tanto. Seguían durmiendo en habitaciones separadas. Apenas se veían y casi ni hablaban. El día anterior a la salida de las clases de yoga, Raúl, conocedor de la situación, la había aconsejado que dejara a su marido.
—Kuina, es una tontería que continuéis de ese modo. ¿Qué tipo de matrimonio es ese? —le había dicho en el aparcamiento—. Te lo digo por mi propia experiencia. Tarde o temprano, terminaréis por ir cada uno por su lado. No hay motivos para mantener una relación tan nociva para los dos.
—No he dejado de amarle, Raúl. Pese a todo, aún lo quiero. —Vio el gesto de dolor que Raúl no intentó disimular.
—A estas alturas no tiene ningún sentido seguir ocultándome. Te quiero, Kuina — confesó, tomándola por los brazos—. Cada vez me es más difícil seguir contigo sin hacer esto...
El beso había sido una mezcla de timidez y audacia. Algo diferente y excitante. Ella había participado tan activamente como Raúl. La entrada de un cliente evitó que siguiera pensando en la única vez que le había sido infiel a Marco.
—Buenos días —lo saludó—. Siéntese, por favor. ¿En qué puedo ayudarle?
—Hemos hablado hace una hora por teléfono. Vengo a pagar la salida del viernes que viene —anunció el hombre, sacando la cartera—. Tengo muchas ganas de darle la sorpresa a mi mujer.
—Ah, sí. ¡Qué prisas tiene! Podría haberlo hecho el mismo día —comentó, sonriendo.
—Lo sé, pero prefiero dejarlo pagado. —Sacó unos billetes—. He visto que las previsiones del tiempo no son muy buenas, pero es su cumpleaños y prefiero celebrarlo el mismo día.
—Bueno, es posible que, después de todo, no llueva. Vamos a tener esperanza —dijo, mientras apuntaba la entrada en el libro de contabilidad y le hacía un recibo. La puerta volvió a abrirse y Marco entró en la oficina. Kuina sintió que enrojecía hasta las uñas de los pies. Era como llevar su falta escrita en la cara. Con dedos temblorosos le entregó el recibo al cliente y dejó el dinero sobre la mesa. Se levantó tan nerviosa que era incapaz de pensar con coherencia.
—Buenos días —dijo Marco.
—¡Cuánto tiempo sin verte por aquí! —exclamó su madre—. Me alegro de verte.
Kuina puso el libro de contabilidad sobre el dinero, con la mente en mil cosas a la vez. El sentido de culpabilidad era un ácido corrosivo.
—Bien, pues el viernes a las diez estaremos aquí —aseguró el cliente, levantándose. No se había percatado del cambio de actitud de Kuina—. He encargado una de esas tartas de colores y formas extrañas que se llevan ahora. Me han dicho que la traerán directamente aquí.
—¡Ah!, sí...
—Les llamarán antes de traerla —continuó el hombre, sin darse cuenta de que ella casi no le escuchaba—. Hasta el viernes, entonces.
—Hasta el viernes —repitió ella, con el corazón a mil por hora. «¡Cálmate!», se ordenó. «Conseguirás que Marco lo adivine.»
Acompañó al cliente hasta la puerta, mientras su marido y su madre mantenían una conversación intrascendente sobre el mal tiempo que estaban teniendo. Kuina se despidió del hombre sin saber muy bien qué había dicho. Su cabeza era incapaz de procesar nada. ¿Qué hacía Marco allí? ¿Se habría enterado de lo ocurrido con Raúl?
«Tranquilízate antes de que te dé un ataque.» Al entrar , Marco estaba escribiendo en su Blackberry, sentado en el escritorio que ella acababa de abandonar.
—¿Qué haces aquí? —Su pregunta debió de sonar demasiado brusca, pues él levantó la mirada. ¿Había dolor en ella o era otra cosa?
—He venido a invitarte a comer —murmuró Marco, guardando el móvil.
—Tengo hora en la peluquería —barbotó con voz aguda.
—¿No estuviste hace poco?
—El pelo corto hay que mantenerlo para que no se desgreñe —explicó ella, sin saber qué hacer con las manos y sin mirarlo.
—¿No te da tiempo a comer antes? —insistió Marco—. Hace mucho que no comemos juntos...
—¿Y si te vas ya? —sugirió su madre—. Yo me encargo de cerrar la oficina. Tu padre no tardará en regresar. Anda, ve con tu marido.
—¿Qué te parece? —preguntó él, esperanzado.
—Bien. Iré mis cosas y nos vamos —aceptó, intentando calmarse.
Poco después caminaban por el puerto en dirección a su restaurante favorito. Kuina se sentía extraña. Su estómago era una coctelera llena de jugos irritantes. El beso le pesaba en la conciencia. Por mucho que su marido la engañara con otra mujer , ella había sido fiel a los votos y el remordimiento la agobiaba más y más, conforme se acercaban al restaurante.
—¿Por qué has venido? —preguntó, buscando una razón para esa visita tan extraña—. Hacía varios meses que no pasabas por la oficina.
—Quería verte. ¿Eso es tan raro?
—Lo es. Solo hay que ver cómo han sido las últimas semanas —recordó con amargura. El móvil de Marco pitó un par de veces. Él lo sacó del bolsillo.
—Sé que estás enfadada conmigo —empezó, mirando el mensaje que acababan de enviarle—. No he sido el marido más atento del mundo.
—Yo no quiero el marido más atento del mundo. Quiero a mi marido. Al hombre con el que me casé y que no sé dónde ha quedado —le reprochó, muy seria.
—Estoy a punto de finalizar un trabajo y después todo mejorará. Ya lo verás. —Volvió a guardar el teléfono.
—¿Quieres decir , cuando te canses de tirarte a esa mujer con la que estás? —La rabia estaba implícita en cada una de sus palabras.
—No hay ninguna mujer. Ya te lo he dicho muchas veces.
—Eso es lo que tú dices.
—He venido a invitarte a comer , no a discutir contigo, Kuina. Creía que en público sería más fácil. Últimamente no hablamos sin que termines asegurando que te estoy engañando con otra.
—¿Y no es cierto? —siseó ella, antes de entrar al restaurante—. Al menos, ten la decencia de confesarlo.
—No voy a confesar algo que no es verdad, por mucho que insistas. Joder.
El local no estaba muy lleno. Aún era pronto. Más tarde se ocuparían todas las mesas. Una camarera se acercó, sonriendo.
—Buenos días. ¿En qué puedo servirles?
—Una mesa para dos, si puede ser —solicitó Marco, cortés.
—Síganme, por favor.
La camarera les condujo hasta una mesa cerca de la ventana y les entregó las cartas antes de marcharse a atender a otras personas. Durante un rato, ninguno de los dos habló, ocupados como estaban en mirar los platos ofertados en la carta.
—La ensalada de mariscos tiene una pinta buenísima —murmuró Marco—. Y la de pasta también.
—No sé para qué nos molestamos en mirar, si siempre terminamos pidiendo lo mismo. Yo la ensalada templada de gulas y queso de cabra. Es mi favorita —aseguró Kuina, sonriendo por primera vez desde que habían entrado. Por un momento habían vuelto a comportarse como tantas otras veces.
—¿Pedimos vino o prefieres agua?
—Casi prefiero agua. Luego tengo que ir a la peluquería y ya sabes que el vino me afecta mucho.
—¿Temes animarte a teñirte el pelo de azul? —bromeó él—. Estás guapa con ese corte de pelo. Pareces más joven. Sé que no te he hecho mucho caso en...
—Por favor , Marco. Vamos a hablar de otra cosa mientras comemos —le cortó, dispuesta a disfrutar de la comida, sin recordar que los dos tenían motivos para ser reprendidos.
—¿Sigues con ese chico? —preguntó su madre, en cuanto Robin descolgó el teléfono.
—Sí, mamá. Estoy con él —dijo ella, con desgana—. Lo quiero.
Repentinamente destemplada, Robin se arropó con la chaqueta de lana. Todo el mundo estaba en contra de esa relación. ¿Tan extraña era? ¿Por qué se aceptaba mejor que el hombre fuera mayor?
—En ese caso no tengo nada más que decir —masculló su madre, antes de colgar. Robin apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. Empezaba a cansarla tener que defender su relación ante todo el mundo. Una relación que empezaba a pasarle factura emocional. Ella lo quería. Estaba enamorada de Zoro; entonces ¿por qué se sentía tan mal? ¿Por qué tenía tantas dudas? ¿Dónde estaba la felicidad de los primeros días?
Oyó abrirse la puerta de la calle. Era Zoro , que volvía de regar las plantas del ático. Inspiró buscando serenidad; no quería que él la viera así. Ensayó una sonrisa, dispuesta a mostrarse contenta.
—¡No te muevas de donde estés! —ordenó Zoro desde el pasillo. Las primeras notas de «You Sexy Thing», de Hot Chocolate, sonaron de camino al salón. Robin, sorprendida, permaneció sentada en el sofá, a la espera. Zoro apareció por el pasillo con su iPhone de la mano. Se movía al ritmo de la canción. Al llegar hasta la mesa del comedor , dejó el móvil para que siguiera sonando, sin dejar de bailar de manera sexy y provocativa. Sus ojos la miraban con lujuria y un toque de timidez, como si no las tuviera todas consigo. El gorro gris de lana, la cazadora de cuero y la barba de tres días le daban un aire canallesco difícil de resistir. Robin se derretía con solo mirarlo. Lo hacía muy bien. Él le guiñó un ojo y lanzó un beso al aire. ¡Estaba imponente en su papel de boy! La cazadora fue lo primero que terminó en el suelo. La camiseta blanca, que le marcaba los músculos, no tardó en hacerle compañía sobre el parqué. Él se acariciaba el torso con sensualidad, sin apartar la mirada de Robin. Tentándola con los ojos y con el baile. Los vaqueros fueron un poco más complicados de quitar . Intentó hacerlo sin perder el ritmo de la canción, pero terminó golpeándose contra el borde de la mesa en la cadera y trastabillando hasta la puerta. En el último momento consiguió enderezarse para evitar la caída. Robin aguantó las ganas de reír , embelesada con el magnífico cuerpo que iba apareciendo conforme las prendas desaparecían. Las botas y los calcetines salieron volando. Por fin los vaqueros dejaron a la vista aquellas poderosas piernas y el boxer de lycra, que no dejaba mucho a la imaginación y se adhería a su entrepierna como una capa de chocolate caliente. Robin empezó a transpirar y sintió que se humedecía ante su provocativa mirada azul. Enterrando todas sus dudas bajo una capa de lujuria y deseo descarnado, se dispuso a seguir disfrutando del espectáculo.
Zoro , que ya solo llevaba el gorro y el boxer, se dio la vuelta para mostrarle la espalda. Aquella espalda que ella había acariciado, besado, mordido y hasta arañado en muchas ocasiones. Se le secó la boca viendo los músculos que ondulaban al compás de la música. Él volvió a girar un poco para ponerse de perfil. Le vio deslizar sensualmente el boxer por los muslos, las rodillas, las pantorrillas, los tobillos... al tiempo que se giraba para ocultar los genitales de su mirada ávida. Estaba completamente desnudo, moviéndose con las últimas notas de la canción. Sin apartar los ojos de ella, se quitó el gorro y lo puso en la entrepierna. Sonreía, pícaro, antes de darse la vuelta con los brazos extendidos en cruz, mostrándose en todo su esplendor, con el gorro suspendido.
—¡Fanfarrón! —gritó Robin, aplaudiendo como una loca, mientras se levantaba para besarlo—. Eres un loco presumido.
—Pero ¿te gusto? —preguntó, con los labios pegados a los suyos.
—Por supuesto que sí. Ahora prefiero que me demuestres todo lo que prometían tus movimientos —pidió, excitada.
—Eso está hecho, profe.
Los besos se volvieron ansiosos y las manos navegaron por los cuerpos, buscando zonas sensibles y voluptuosas. Las prendas de Robin desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Desnudos sobre la alfombra, cada uno buscó la satisfacción del otro; primero con prisas y después, con el sosiego de saber que tenían todo el tiempo del mundo. El tremendo orgasmo vibró en sus cuerpos hasta dejarles exhaustos y satisfechos, enredados entre sí. Se sentía extasiada, saciada. Olvidadas todas las dudas y tribulaciones anteriores.
—¡Hay que joderse! —fue la imprecación de Zoro , cuando salió de ella—. Se ha roto el preservativo.
La dulce somnolencia desapareció por ensalmo. Robin se levantó de un salto; el corazón, desbocado. ¡Se había roto el condón! Sin pérdida de tiempo corrió al baño para ducharse, ante la mirada sorprendida de Zoro. Estaba terminando de enjabonarse cuando él abrió la mampara de la ducha. Seguía desnudo.
—¿Qué haces? —En sus ojos aún quedaban restos de la pasión vivida.
—Ducharme. Tengo que ir a la farmacia —contestó Robin, atropelladamente.
—¿A la farmacia? ¿Para qué? —En su cara se reflejaba perplejidad.
—La píldora del día después. ¿Para qué otra cosa? —masculló, enfadada. ¿Acaso no lo entendía?—. No estoy tomando nada.
—Hay tiempo y...
—¡No hay tiempo! ¡Estoy en los días más fértiles y no quiero quedarme embarazada! —gritó ella, bajo la lluvia templada—. ¡Es lo que me faltaba! Otra arma más para que Law trate de quitarme la custodia de Noah.
—¿No quieres tener más hijos? —indagó él, con los brazos cruzados, ajeno a su desnudez—. ¿O es conmigo con quien no quieres tenerlos?
—Zoro, no me toques las narices ahora —dijo, para no contestar a su pregunta. —No te toco nada, Robin. Solo dime: ¿tendrías hijos conmigo o no?
—¿Cómo voy a tener hijos contigo si nadie aprueba nuestra relación? —barbotó, saliendo de la ducha. No tenía tiempo para esas preguntas. Debía ir a la farmacia lo antes posible.
—¿La apruebas tú? ¿O necesitas saber que los demás aceptan nuestra relación para sentirte satisfecha? —Sus ojos eran tan fríos como los témpanos de la Antártida—. Te avergüenzas de mí. —No era una pregunta.
—No es eso.
—Lo es, Robin. Te avergüenzas. ¡No te atrevas a negarlo! —tronó, cuando ella sacudió la cabeza—. Sé valiente y admítelo. No me has presentado a tus padres...
—Ya te he dicho que lo haré —le cortó, sin decir cuándo.
—Apenas conozco a tus amigos...
—Yo tampoco a los tuyos —se defendió Robin, camino del dormitorio para vestirse.
—No se ha terciado, pero no por vergüenza. —La siguió, furioso—. Yo nunca he sentido otra cosa que no fuera satisfacción por estar contigo; orgulloso de que me hubieras elegido a mí. Te presenté a mi familia sin ninguna traba. En cambio, tú no lo has hecho aún. Si tu ex marido no hubiera abierto la boca, probablemente, aún no les habrías dicho nada a tus padres. —Se paró bajo el dintel de la puerta—. Eres la primera en tener prejuicios respecto a las relaciones de mujeres mayores que sus parejas. Mientras sigas pensando así, no tendremos futuro. —Exasperado, se pasó la mano por el pelo—. Te quiero, Robin. Pensaba que tú sentías lo mismo por mí, pero estaba equivocado. No eras tú la que debía tener cuidado conmigo; era yo el que habría debido estar prevenido. —En su mirada podía verse el dolor.
—Yo también te quiero, Zoro; más de lo que te imaginas. —Suspiró, abrochándose la camisa—. Pero no dejo de pensar en lo que me dijo Law...
—Joder , Robin. No creo que sea tan fácil que pueda quitarte la custodia. —Se le notaba cansado—. Eres una buena madre y no estás haciendo nada ilícito. No lo utilices como excusa para acabar con lo nuestro.
—Yo no lo tengo tan claro y no quiero correr riesgos. Me asusta que pueda conseguirlo—confesó, al terminar de vestirse—. Zoro, eres una persona especial y te quiero, pero...
—Pero no lo suficiente. Lo sé —la cortó, volviendo al salón para ponerse la ropa—. No te preocupes. No te seguiré imponiendo mi presencia —aseguró, desde allí—. Ya no tendrás que mentir ni sentirte ridícula por nada.
Quiso detenerle, pero no tenía tiempo para eso. Ya hablaría después con él. Ahora debía bajar a la farmacia y rezar para que le vendieran la píldora sin problemas. Cuando terminó de calzarse oyó cerrarse la puerta de la calle. El sonido resonó como algo definitivo. Él se había marchado. Seguro que medio desnudo, pues no creía que le hubiera dado tiempo a vestirse del todo. Robin se preguntó si no estaría cometiendo el error más grande de su vida.
Continuara...
Al parecer ocurrio algo inesperado en este capitulo... naahh debi suponer esto, pero bueno... nuevo cap y espero sus REVIEWS ;) :) y no se olviden de ver ONE PIECE: AVENTURA EN NEBULANDIA (ADVENTURE OF NEVLAND) hay unas cuantas cosas que me gustaron del regalo de ODA para todos nosotros... ;) :)
