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(¸.-´ (¸.-' ❥ Capitulo 34 ❥ .-´¯'-. ❥

La abraza sintiendo cada parte de su cuerpo, acariciándole la piel bajo la camiseta, llenándose de su esencia. Su lengua busca la de Candy con avidez. Ella separa los labios para dejarle entrar y pega su cuerpo al de él, eliminando la distancia que les separa. Albert flota, como si el salón se desdibujara y solo le sostuvieran los labios de Candy. Su cuerpo se eleva varios metros sobre el suelo, vibra, se conmociona, palpita y el bombeo de su sangre en las venas aumenta de velocidad.

Candy le levanta la camiseta para arañarle la espalda con fiereza, se aprieta todavía más a él, con gemidos acompañando sus besos furiosos. Se estremece con un deseo más allá de los límites conocidos.

La agarra por la cadera para levantarla del suelo. Candy le rodea la cintura con sus piernas y lo atrae hacia ella, ansiosa. El piloto es consciente de cada parte de su cuerpo pegada a él, de su olor, de su fogosidad. Le desliza la mano por la nuca, enredándola en su melena.

Camina con ella entre los brazos hacia el sofá, sin dejar de besarla. Se golpea la pierna contra la mesa de centro, pero ni siquiera es consciente de la sacudida. Candy se queda a horcajadas sobre él y le acaricia el vientre con codicia. Él le coloca las manos por debajo de la camiseta para acariciarle la espalda.

Tiene un tacto suave que le estremece.

—No volveré a cagarla —le susurra al oído—. He sido un imbécil al no darme cuenta antes de que el amor es lo más importante.

Ella se separa un segundo de él, sonríe y le acaricia la mejilla con un dedo.

—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —Apenas es un hilo de voz audible. Sus manos juguetean con los bajos de la camiseta, la suben, con ansia de descubrir los músculos de Albert.

—Mi hermana y Terry. —No logra contener los jadeos, la mano de Candy sobre sus pectorales es como una invitación a poseerla—. Verlos me ha ayudado a entender que nada vale la pena sin ti. Te quiero demasiado para no luchar contra cualquier obstáculo para tenerte a mi lado.

—Quiero conocer hasta el último detalle de esa historia.—Candy vuelve a apretarse contra él, muy cerca de sus labios—. Pero primero necesito convencerme a besos de que esto es real.

Sus besos se vuelven furiosos, como si no pudiera vivir sin ellos.

—Solo besos Candy, nada más —balbucea entre jadeos cuando ella quiere quitarle la camiseta —. Si sigues así no podré dominarme.

—No lo hagas —contesta separándose un poco para recorrerle el vientre con la yema de los dedos—. Te quiero Albert, no voy a asustarme si llegamos al final.

—Para eso nos faltan once meses y cuatro semanas. —La atrae hacia él—. Somos fuertes, aguantaremos.

—Será una penitencia por enamorarnos de quien no debíamos.

—Llevo tres meses esperando este momento. —La besa en el cuello y sube la boca hasta el lóbulo de su oreja—. Hueles tan bien.

Pasan media hora sin separarse, sintiéndose, llevándose al límite. Albert no resiste la tentación de tocarle los pechos sobre la ropa, con un estremecimiento de su cuerpo al sentir la respiración acelerada de Candy.

—Deberíamos dormir un poco —susurra apartándose de ella para controlar su ansia—. Si sigues aquí me volveré loco de deseo.

—No podré respirar sin tus besos. —Candy le pasea la mano por el vientre, bajo la camiseta—. Estar al otro lado de la calle y no poder tocarte me mata.

Candy se inclina y le da un beso lento y profundo, atrayéndole de nuevo hacia su cuerpo sediento de él.

—Mañana tenemos clase de vuelo en el simulador.—Susurra Albert temblando de deseo—. ¿Vas a venir?

—No me lo perdería por nada del mundo. —Sonríe mordiéndose el labio—. No quiero irme Albert, no quiero despertarme mañana y descubrir que has cambiado de opinión.

—Cariño, confía en mí, eso no va a pasar. He tardado en permitirme tener lo que quiero, pero estoy decidido, nada me separará de ti.

—No podremos salir a cenar ni ir por la calle de la mano ni tener citas normales.

—Me basta con tenerte a escondidas.

Se despiden en el recibidor con besos ansiosos.

La observa caminar hacia su casa con pasos lentos y cortos, como si le costara separarse de él. Una vez en su habitación espera verla al otro lado de la ventana para sonreír. Candy se coloca frente a la ventana, junta los labios y le manda un beso.

Escribe en el móvil sin dejar de mirarle.

C: Un aperitivo no le hace daño a nadie.

Se quita la camiseta despacio, sin apartar los ojos de Albert.

La respiración del Capitán se acelera al descubrir los sujetadores de encaje rosa. Niega con la cabeza, sin aguantar una excitación intensa.

Escribe un mensaje en el móvil.

A: Solo besos…

C: Estás muy lejos para besarte.

A: Te espero mañana en la ventana. Muak.

Ella le lanza un beso y se da la vuelta para acabar de cambiarse frente al armario, sin provocarle más. Albert cierra la cortina, se pone el pantalón del pijama y se estira en la cama, dispuesto a liberarse de su erección.

Candy le enciende hasta dejarle sin aliento.

Sueña con ir más allá, con explorar el cuerpo de Candy, con caminar con ella a la vista de todos, sin temor a las consecuencias. Los días de charlas con Terry han cambiado su percepción de la situación. Estar enamorado no puede destrozarte la vida, hay que apostar por ello.

El despertador le produce dolor de cabeza. Le costó dormirse ayer por la noche, su cuerpo era como un volcán a punto de entrar en erupción, se contraía de deseo, como si necesitara de Candy.

Se levanta con pesadez, camina hacia el escritorio y escribe con rotulador en una hoja en blanco.

«Buenos díascariño. Hoy empieza el resto de nuestra vida. CDTEAT».

Antes de abrir la cortina lo cuelga en el cristal para que sea lo primero que Candy vea cuando sus ojos se encuentren.

Está sentada en el alféizar con una sonrisa y un letrero similar al de suyo. Ambos colocan la palma en el cristal y se miran con una emoción palpable.

Tras ducharse la observa desde la cocina con una creciente necesidad de tenerla entre sus brazos. Ella sonríe con una luz increíble, como si un arcoíris la iluminara. Se visten mirándose, enviándose mensajes con el móvil, como si fueran dos chiquillos enamorados.

Al salir por la puerta ella está en su porche con los cuadernos aplastados contra el pecho y una de sus radiantes sonrisas. La prohibición de mostrar al mundo su verdad es difícil de sobrellevar, sus instintos le instan a recorrer la distancia que los separa, abrazarla y besarla.

—¿Te llevo? —pregunta ansioso por estar unos segundos a solas con ella—. Así podríamos volver juntos después de la clase de vuelo.

—Suena a plan perfecto. —Candy camina a su lado y le roza la mano con disimulo—. Podríamos ir siempre en un solo coche, así no gastaríamos tanta gasolina.

El General les pisa los talones, hoy tiene una importante reunión con los oficiales de la base para tratar el tema de la seguridad. Desde la desaparición de Dick, se teme que cualquiera pueda hacer lo mismo y los mandos quieren asegurarse de que no haya manera de acceder al hangar.

—Es una buena idea Albert —dice George a su espalda—. No me gusta que Candy vaya sola por ahí. Dick podría aparecer en cualquier momento.

—No te preocupes, yo la cuidaré.

Llegan a los coches en silencio.

El General se sube al Hummer, se despide de ellos con un gesto de cabeza y acelera con rapidez. Candy se apoya un segundo en la puerta del Dodge, le lanza una mirada traviesa a Albert y sonríe.

—Me muero por besarte.

—Es una putada estar a cuatro centímetros de tus labios y tener que contenerme —admite Albert con una aceleración de sus constantes—. Sube al coche o no respondo.

Candy le guiña el ojo, le manda un beso y obedece con movimientos sensuales. El piloto se estremece, tragándose como puede la excitación.

—Esto no va a salir bien si me provocas así —musita al situarse frente al volante—. ¿Sabes cómo me ponen esos gestos? Joder Candy, solo pienso en besarte, esto no puede ser sano.

Ella coloca la yema de los dedos en la pierna y los mueve hacia arriba produciéndole cosquillas.

Albert inspira aire por la nariz, espira por la boca y emprende la marcha.

—Para un segundo —le susurra Candy al oído transcurridos unos metros—. Necesito besarte.

—Podría vernos alguien.

—Solo un beso.

Se acerca muchísimo a él para hablarle al oído, con una voz tan suave que el estremecimiento de Albert le obliga a pisar el acelerador a trompicones.

—De verdad Candy, si no dejas de comportarte así las cosas acabarán mal. —Sigue conduciendo sin ceder a la tentación—. Nos jugamos mucho. Si nos descubren lo tendremos muy difícil, debemos ser prudentes. Y tu manera de excitarme acabará por romper mi disciplina militar.

—Okey. —Ella le acaricia la mejilla y se sienta bien en su lado mirándolo con cara de cordero degollado—. Me mantendré a una distancia prudencial hasta el simulador. Contaré las horas.

La última afirmación la pronuncia con una tonalidad muy sexy y acaricia el cuerpo de Albert, alterándolo.

Se despiden frente al coche con una promesa silenciosa de seguir conectados durante el resto del día, a la espera de su momento de intimidad.

Albert la observa caminar hacia el aula con una cálida sensación en la boca del estómago. A la hora de sus ejercicios en el patio se sorprende mirándola a cada instante, con una sonrisa tonta de enamorado y la ansiedad como compañera. Debe aprender a lidiar contra las sensaciones de su cuerpo o acabará por descubrirse.

—Te ha sentado bien la visita a tus padres —dice Stear cuando caminan hacia las duchas—. Ya no se te ve hecho polvo.

—Ross está embarazada de cuatro meses —cuenta Albert tragándose los nervios—. Ver a mi hermana feliz me ha ayudado a pensar diferente. No puedo pasarme la vida jodido por enamorarme de quién no debía. Es una putada, pero no lo voy a dejar pasar. Lucharé por ella.

—¿Estabas hecho una mierda por una tía? —pregunta Stear comprendiendo de repente el comportamiento de Albert de las últimas semanas—. ¿Por eso te liaste con la rubia? Me tenías preocupado tío. ¿Quién es la afortunada?

—Prefiero no decírtelo. —Niega con la cabeza—. Todo a su tiempo, de momento vamos a ver qué pasa.

—Me tienes en ascuas tío. Y ya sabes que soy muy curioso.

—Serás el primero en saberlo si hay algo que contar.

A la hora del almuerzo Albert la ve salir del comedor acompañada por su inseparable Anny y un grupo de chicas de su clase. Se cruzan en la puerta y Candy aprovecha para pasar muy cerca de él, rozándole el cuerpo con la mano. Ese gesto le altera, acelerándole el pulso.

—Te espero a las tres en el simulador —dice Albert deteniéndose—. No llegues tarde.

—Seré súper puntual. —Candy se retuerce un mechón de pelo con el dedo y le mira con una sonrisa—. No me perdería la clase por nada del mundo.

Albert suspira. Una sola palabra de Candy es capaz de revolucionar su cuerpo con un anhelo insano. Camina hacia las bandejas con el corazón a punto de saltar fuera de su pecho.

Las horas siguientes son una agonía. Mira el reloj instándolo a dar las tres, con la sensación de que va a explotar de ansiedad si no consigue adelantar los minutos a más velocidad.

Por fin camina por el hangar rumbo al simulador. El General ha movido los hilos para reservarles la zona cada lunes y cada jueves de tres a cinco, después de la clase de Zumba de Candy.

Saluda al Cabo de servicio con un gesto enérgico que intenta ocultar el nerviosismo que precede el encuentros.

—La señorita White le espera en el Boing 747 —informa el soldado—. Me ha pedido que la dejara entrar…

—Ha hecho bien —le tranquiliza Albert—. Le veo en un par de horas.

La puerta se cierra a su espalda. Albert recuerda la última vez que estuvo en el simulador con Candy y sonríe al pensar en cómo ha cambiado la situación. No va a hacerla llorar nunca más, solo quiere oír sus risas, el tono suave de sus canciones y saborear sus labios.

—Has tardado mucho —se queja Candy cuando abre la puerta de la cabina—. No aguanto un segundo más sin tus labios.

Está de pie frente a él, con una sonrisa pícara en los labios y el pelo mojado, como signo de que acaba de salir de la ducha. Albert da un paso al frente, quedándose a pocos milímetros del cuerpo de Candy. Su aroma le embriaga. Va vestida con una falda estampada muy corta, una camiseta de tirantes y un largo cárdigan desestructurado.

Se muerde el labio sin dejar de sonreír.

—Me muero por estar contigo a todas horas. —La rodea con sus brazos—. Solo pienso en ti, eres el principio y el fin de mi universo.

Avanza hasta colocar sus labios sobre los de Candy. Su cuerpo se convierte en un mapa de sensaciones. Ella aparta un segundo la cabeza hacia atrás, le recorre los labios con la yema de un dedo y le mira con intensidad.

—No me cansaré nunca de estos momentos —susurra—. Tus besos saben a felicidad. ¿Estrás siempre conmigo?

—Cada día —musita él colocándole los dedos en la nuca para acercarla a su boca—. Cada hora, cada minuto, cada segundo.

CONTINUARA