OH DIOS AHORA VIENE ESTE CAPÍTULO. A sido algo así como acabar la aventura en Polonia y pensar "hoy me toca subir alguna reunión, ¿no...?" y descubrir que, efectivamente, NO.
En fin, no digo más, solo aviso que este capítulo contiene palabras, comentarios e ideas para mayores. Y de paso también quiero que ningún cristiano y en general nadie con ideas religiosas se sienta insultado ni nada, porque todo esto ocurre, más o menos, en una iglesia.
En fin, el título está en Español, para quien no lo haya notado :D
35-Por un mundo menos serio*
1959 – Valle de los caídos, San Lorenzo del Escorial, Madrid, España
Había dos sitios que odiaba. Ninguno estaba en su país (no podía odiar nada de él), sino en el vecino.
Uno de ellos era El Pardo. Ese sitio donde su hermano llevaba viviendo unos veinte años. Nadie podía soportar a dos dictadores juntos hablando de como les iban en sus fechorías contra los derechos humanos.
El segundo sitio era nuevo. Es más, iban a su inauguración. El Valle de los caídos, así lo llamaron. Un complejo religiosos caracterizado por una cruz de piedra de doscientos ocho metros de altura que se veía a más de cuarenta kilómetros de distancia.
- ¿No es maravilloso? -comentó Salazar, observando como, aun estando todavía lejos, podían apreciar el monumento.
- Fabuloso -musitó Paulo, desinteresado. Se hubiera tirado con el coche en marcha, pero estaba completamente encerrado.
- Vamos, por fin vamos a hacer una misa como Dios manda en este país.
- Nunca mejor dicho. Pásalo bien -miró por la ventana delantera. En un coche negro, delante del suyo, estaba su hermano.
- ¿Cómo que "pásalo bien"? -Salazar le miró de arriba a abajo, decepcionado- ¿Todavía sigues con tus tonterías?
- Ala es grande -opinó únicamente, llevándose un golpe en la tripa de parte de uno de los soldados que les acompañaban.
- Cuida tus palabras. De verdad, creí que tu hermano era el molesto... -el presidente se llevó una mano a la cara.
- Siento decepcionarte -comentó Paulo con ironía, pasando del puñetazo. Ya estaba acostumbrado a ellos.
La broma del Dios árabe llevaba en práctica desde la reunión mundial en la que medio mundo acabó transformado en gato. De Dios ya no se fiaba un pelo, menos aún cuando dejaba que se hiciera ese monasterio y esa cruz tan horrible. La religión era para los creyentes, no para que la gente sufriera. Confiaría otra vez en Él cuando le diera algo bueno.
Se fijó en que Salazar le miraba con asco. Bien, estaba consiguiendo caerle mal...
- Por favor, deja de tomar esas cosas -opinó, repugnado-. es de Cataluña.
Portugal levantó una ceja y se sacó el chupa Chups de la boca.
- ¿Y no es fantástico? Te lo metes en la boca y no necesitas mancharte las manos... ¡porque tiene un palo! ¡Es una idea revolucionaría, sim, senhor!
- Escúpelo, maldita sea. No me das más que pena, y sacas de quicio -se quejó, quitándoselo y tirándolo por la ventana (la suya funcionaba).
Portugal se sacó otro del bolsillo y le quitó el envoltorio. Miró a Salazar con guasa.
- ¡Venga, "Por un mundo menos serio"! -se lo llevó a la boca, satisfecho con el eslogan.
- ¡¿Pero cuántos tienes?!
Los suficientes para atragantarte con ellos si es necesario, pensó para sí, mirando de nuevo por la ventana.
No hizo ningún otro comentario durante el camino. La verdad, estaba cansado, muy cansado, y ni mil chupa Chups le devolverían la energía. Es lo que tenía luchar contra una Dictadura.
Llegaron al monasterio, iglesia, o lo que fuera. Antonio y su queridísismo jefe salieron de su coche, y Paulo se fue a su lado. Era la única persona de allí con la que más o menos podía estar.
- Hey, Antonio, imagina que estamos en medio de la misa y se nos cae la cruz encima -ninguna reacción-. Así me gusta, que estés preparado psicológicamente.
Y como no tenía más que hacer, le metió un chupa Chups en la boca. Su hermano siguió allí, mirando a la nada, pero con chupa Chups estaba mucho más gracioso.
- ¡Portugal! -le llamó el jefe.
- Bueno, hermano, ¿y qués es este sitio? ¿Un centro p-
- ¡PORTUGAL!
- … un centro para conmemorar a los fallidos en la guerrilla tuya, o solo para con-
- ¡PORTUGAL! ¡Ven aquí!
- … o solo para conmemorar a los de un bando? Exactamente, el band-
- ¡Maldita sea! ¡Ven ahora mismo! -Salazar se acercaba a grandes pasos.
- … el bando de Francisco Franco.
Con esto último, consiguió que Antonio le mirara fijamente. Pero justo llegó un guardia, que le lanzó al suelo y le alejó a base de tirarle del pelo.
- Mira, Portugal. Si no quieres que te corte la lengua y te ate de pies y manos, harás todo lo que yo te diga, ¿entendido? -explicó lentamente el gobernador.
- NINGÚN HOMBRE, ni mendigo ni dictador, amenaza al país que le representa. Nunca. ¿Entendido? -respondió él con el mismo tono. Se miraron ambos a los ojos, y Paulo le miró incluso más serio- Las mujeres sí.
La cara de Salazar se transformó en una de no entender y luego se enfadó aún más.
- ¡¿Pero qué dem- -el país le puso un chupa Chups en la boca.
- Anda, guapo -le dio un par de golpecitos en el moflete-, ya sabes, ¡"por un mundo menos serio"!
Seguramente gracias a los chupa Chups iba a tener un buen castigo, pero la diversión no se la quitaba nadie. Volvió con su hermano, que seguía con su caramelo en la boca, sentado en un banco junto a dos guardias.
- Hey, ¿qué tal va? Tardan en acabarse, ¿eh? -rió, sentándose al lado suya, junto a sus propios cuatro guardias- Chicos, ¿no está la atmósfera demasiado cargada? -se giró a todos los soldados, que mantenían una mirada seria. Eran tan aburridos...- Anda, tomad.
Al cabo de unos minutos todos los soldados que habían venido con ellos tenían un chupa Chups en la boca. Todos quedaban mucho más graciosos con ellos. Por desgracia a su jefe no le gustó la ideada y miró a todos de arriba abajo.
- ¿Os ha comprado o qué? -preguntó al general, que tembló un tanto.
- No, señor.
- Entonces escupir esas cosas catalanas.
Y se acabaron los chupa Chups. Menos mal que nadie le obligó a su hermano a dejarlo, parecía pasárselo bien con el palito (lo llevaba a un lado al otro de la boca).
- ¡Francisco! -su jefe llamó al otro, que estaba hablando con un cura- ¿Subimos a la cruz?
- Me parece bien -asintió el hombre, acercándose.
- En esa cruz podría colgarse a mucha gente -apreció Paulo, caminando al lado del dictador-. QuÉ pena que todos los republicanos se hayan muerto haciéndola, ¿eh?
- Cállate de una maldita vez. Ese caramelo con palo te da demasiada labia.
- ¿Usted cree? -le miró con fingida emoción- ¡Pues aún no ha visto lo mejor!
Con una idea más que tonta en la cabeza, subió corriendo la colina rocosa que había detrás de la abadía, y en la que estaba asentada la enorme cruz de doscientos ocho metros de altura. Llegó a la cima de la colina exhausto, con el chupa Chups a punto de caérsele de la boca, pero disfrutando de los treinta metros que había sacado a sus acompañantes, dado que ni los guardias se habían molestado en ir a por él.
Disfrutó del viento, y se quitó la chaqueta, que se ató a la cadera a modo de falda. Puso cara de dolor y se llevó una mano al corazón, mirando al resto, que ya se había parado a observarle diez metros más abajo.
¡Mira cuanta labia tengo, jefe!
- "¡Aunque tenga que matar, engañar o robar -hizo una pausa-, a Ala pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre!"*
Ay, qué bien se había quedado. Esa era una de las típicas ideas locas que asaltan la cabeza de alguien y de las que te arrepientes después. Pero Paulo nunca se arrepentía de nada.
- ¿Ha dicho "Ala"? -comentó finalmente el jefe de su hermano, levantando una ceja.
- De verdad... -su propio jefe se llevó una mano a la cara- ¡Cogerle y bajarle aunque sea rodando! ¡Me estás hartando, Portugal!
El susodicho le miró con guasa desde arriba, mientras los soldados subían.
- "Francamente, querida, me importa un bledo".*
Ya lo decía él, que "Lo que el viento se llevó" fue una gran película. Lo último que vio antes de ser tirado colina abajo fue un amago de sonrisa en la cara de su hermano, ¿o quizá solo había sido imaginaciones suyas? Daba igual, ahora podía morir en paz.
- ¡Hoy me tienes frito, Portugal! -le gritó Salazar mientras unos soldados le apaleaban ahí, en medio de la plaza del monasterio- ¡Tanto islam y tanto feminismo...!
- Con las mujeres ni media, ¡¿eh?! -consiguió gritarle mientras recibía una patada en el estómago.
- Señores, señores...
Su jefe se giró hacía la puerta del monasterio, de donde venía un cura con cara de preocupación.
Se acercó a ellos.
- ¿A que viene tanta pelea en la casa del señor?
- Se cree musulmán.
- ¡Ala es grande!
- ¿Lo ve?
- … Ah.
El cura se fue.
- Deja ya el castigo, anda -interrumpió Franco-. Va a empezar la misa, y es a eso a lo que hemos venido, ¿no?
- Cierto. Parad -los guardias pararon de golpear al maltrecho país, que se levantó con una sonrisa.
- ¿Misa? ¿Alguien ha dicho misa? ¿Rezar? -preguntó, metiéndose un nuevo chupa Chups en la boca (el anterior con tanto golpe lo había perdido).
- Sí. Misa. Rezar -su jefe estaba a punto de explotar.
- Bien, bien... -miró a su al rededor, con una mano sobre los ojos para protegerse del sol- ¿Por dónde estará La Meca...?
- ¡PORTUGAL!
- "Por un mundo menos serio", Jefe.
Y así Paulo se ganó su tercer castigo matutino.
Entraron al monasterio y llegaron a una cripta. La zona principal era enorme, con un techo bien alto y muchas estatuas y grabados, para que se notase bien el pastón que se habían gastado. Como buen portugués, para Paulo cualquier iglesia de su país era mejor.
Había bastante gente, sentada y esperando al cura o a quién fuese. Cuando hicieron su aparición, todos los presentes se giraron (generales y soldados principalmente) y saludaron con respeto.
Al fondo de la sala había una elevación en la que el cura daría su preciada misa. Todo el mundo estaría mirándole. El podio llamaba la atención.
Otra absurda y gloriosa idea le arrasó la cabeza. Tenía que hacerse con el podio. Al fin y al cabo ere musulmán (temporalmente); su mayor propósito era salir de allí.
Se adelantó al resto de acompañantes, y la gente le empezó a mirar extrañada cuando pasó de los bancos y subió el escalón.
Se giró y vio que su jefe ya se estaba esperando lo peor. Jaja, que tonterías tenía Paulo en la cabeza. Mucho chupa Chups.
- Señores, señoras, ¡buenas tardes! ¡Tengo algo que decir muy importante! -hablaba con prisa, fingiendo nerviosismo- ¡Hay una conspiración! ¡Vienen! ¡Aquí! ¡No se cortarán un pelo! -la gente empezó a cuchichear, sin entender- ¡Vienen los... los... LOS COMUNISTAS!
Vio a su jefe llevarse una mano a la cara.
- ¡Es secreto, pero yo os aviso! -siguió, animado- ¡Preparados para cuando vengan! ¡Porque odian los monasterios! Oh, vaya si los odian, ¡cualquier cosa sobre la religión!
- Sacadle de aquí y que no entre en su vida.
Eso sonaba muy bien.
- ¿Veis este sitio? ¿Este preciosos y lindo monasterio? -dos guardias le cogieron de los brazos y le elevaron del suelo- ¡Lo convertirán en una galería de arte! ¡En un museo de ciencias naturales! ¡La casa del Señor, por favor! -le llevaban a rastras con prisa, cruzando toda la sala- ¡Solo Ala nos salvará! -pudo decir antes de que cerraran las puertas.
Y le echaron del monasterio.
Sin nada que hacer, se paseó por el complejo hasta que decidió ir a la cruz. Resultó que tenía escaleras dentro, así que sin nadie que se lo impidiera, ¿por qué no subir? Además, le empezaba a doler la cabeza, el viento de allí arriba a lo mejor le refrescaba...
A medida que subía se le iba yendo la cabeza a los misterios del complejo: nadie sabía con certeza cuánta gente había muerto haciéndola, por ejemplo, pero era injusto contar solo a esos. Había millones de muertos, todos los que dieron su vida durante la guerra de su hermano.
Y ese era símbolo de paz, una cruz, religión, que era lo que menos calma traía al mundo...
El dolor de cabeza iba en aumento, decidió pensar en otras cosas.
Llegó hasta los brazos de la construcción. Una puerta daba afuera, y desde allí pudo apreciarlo todo: el valle, las montañas, los pueblitos desperdigados, pequeños bosques... Era una vista espectacular.
Pero estaba solo. Se sentía solo.
El dolor de cabeza incrementó.
- Mierda...
Y los ruidos empezaron a venir.
- No -se tapó los oídos.
Las voces le llegaron como un golpe. Se tambaleó y a punto estuvo de caerse de la cruz.
"¿Qué haces...?"
"Tírate..."
"Eres asqueroso..."
- ¡Fuera! ¡FUERA!
Corría de un lado a otro del brazo, perdiendo el equilibrio a causa de un viento que no existía. Las voces subían el volumen, acompañadas de gritos de niños y mujeres. Hombres insultándole, mujeres que le maldecían. Todos en su oído, a punto de explotarle los tímpanos.
- ¡Dejadme en paz!
"No..."
"Tírate..."
"Estarías mejor muerto..."
- ¡No os he echo nada! ¡Iros! -tenían que dejarle... Él estaba luchando por ellas, por las voces... ¿qué más querían?
"¿Nada...?"
"Mentira, mentira..."
- ¡Callaros! -se apretó contra un rincón que formaban la intersección de los palos de la cruz. Los susurros hablaban entre ellos, sin dejar aun así de invadir su mente.
"Dice que no nos ha echo nada..."
"Asesino, es un asesino..."
"Asesino mentiroso..."
"Corres el mismo camino que tu hermano..."
Loco. Las voces le estaban volviendo loco. No entendían que intentaba estar despierto y no en el letargo en el que se encontraba Antonio.
No entendían que quería vengarlas, pero no podía.
"Eres un mentiroso..."
"¡Mentiroso...!"
"¡Mentiroso!"
Porque él no era fuerte, su hermano lo era. Y ya había sucumbido. Lo único que tenía era esperanza. Pero ese sentimiento no tenía peso para las voces. La única forma de escapar de ellas eran esas ideas locas que tanto las entretenía, lo único que le mantenía lo suficientemente concentrado para no perder la cordura de verdad.
Pero cada vez insistían más, y el vacío en el que su hermano estaba le era tan dulce como la miel.
Pero las voces no veían contra qué luchaba.
- ¡¿Qué queréis que haga!? ¡¿Qué?!
"Asesino y mentiroso..."
"Tírate..."
"¡MUÉRETE!"
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
- ¿Pa...ulo...?
El nombrado abrió los ojos. Todo el cielo, que estaba borroso, volvió a la normalidad de repente. Los gritos enmudecieron al instante. La cabeza le dejó de doler. La única secuela de las voces era el temblor incontrolable que tenía.
Alguien la había llamado, una voz conocida pero que no acertaba a saber. Se giró hacía la puerta, que tenía al lado.
- ¿Antonio? -le miró fijamente.
Su hermano le observaba desde el marco de la puerta, con esos ojos verde amarillentos tan asquerosos. Pero había pronunciado su nombre, y eso contaba.
Además, también estaba temblando, y mucho.
- ¿Estás bien? ¿Frío o qué? -se levantó rápidamente, sabiendo que con lo encogido que estaba en el rincón la pregunta tendría que ir a él- ¿Qué haces aquí? Este no es lugar para zombis, te puedes caer por la barandilla...
- Paulo Paulo Paulo... -su hermano temblaba tanto que parecía a punto de salir volando. Estaba pálido, más que él papel, más que la nieve, más que el pelo de Prusia... A lo mejor sí que era un zombi.
- ¿Qué pasa? Tranqilízate, va-
Se cortó. Le acababa de abrazar. Le estaba abrazando. ¿Qué clase de brujería era esa? Le balanceaba lentamente, con tranquilidad, aun temblando un poco.
- O bella ciao bella ciao bella ciao, ciao, ciao... -empezó a cantar, como si fuera una nana.
Ahora pillaba lo que estaba haciendo su hermano.
- O bella ciao bella ciao bella ciao, ciao, ciao... -repitió él, despeinándole el pelo débilmente. Paulo siempre le cantaba la canción cada vez que el español se traumaba y empezaba a gritar, desde la vez que se la enseñó había aprendido que era el método más eficaz para calmarle.
Antonio le copiaba. En algún punto recóndito de su mente alguien había dicho "alguien está haciendo daño a mi hermano" y había luchado por ayudarle. Porque El Jefe España nunca soportaba ver a sus seres queridos en peligro.
El momento mágico y casi utópico que estaba viviendo se fue al garete cuando oyó que alguien subía ahí arriba.
Claro, debía de haber acabado la misa, puede que hubieran pasado horas sin que se hubiera dado cuenta, esa voces engañaban los sentidos. Por eso su hermano estaba allí, dudaba mucho que le hubieran dejado salir si no.
- Bien, suéltame -por mucha pena que le diera, se apartó de Antonio. Los pasos secos, rectos y lentos no eran de otra persona que de Salazar, los reconocería en cualquier parte. Y el hombre no podía pillarle así, aun temblando.
Necesitaba algo triunfal que le jodiera bien...
Una canción cruzó su mente. Yeah, esa era perfecta, fijo que su jefe la conocería.
Salazar salió al mirador justo cuando empezaba a canturrear, como si no hubiera hecho otra cosa:
- Oy polnym polna korobushka
Yest' i sitets i parcha.
Pozhaley, dusha-zaznobushka,
Molodetskogo plecha...*
- Qué demonios... -su jefe se acercó, con una mano en la cara- ¿Esa canción? No sé ni de dónde las oído, ni si debo tirarte ahora mismo de la cruz o felicitarte por cantarla en ruso.
- Yo elegiría la felicitación, jefe -opinó él, apoyándose en la barandilla como en la barra del bar-. Por cierto, ¿ha dicho tirarte o tirarme? Por que lo segundo suena francamente bien -puntualizó.
- ¡Maldita sea, te clavaré yo mismo en la punta de esta cruz como no bajes! ¡España! -se giró a su hermano- ¡¿Qué haces que no lo has bajado ya?!
Su hermano, obviamente, no le prestaba la más mínima atención. Solo hacía caso a su jefe, si es que le llegaban las órdenes.
- Jefe, ¿no lo sabe? Antonio es autista -inventó, inspirado por nada-, no le hace caso, y si le ordena algo se pone a gritar... Oye, pues ahora que lo pienso, si que puede ser autista...
- Dios, cállate y baja... ¡Y tira ese chupa Chups!
- Por supuesto. Total, ya se estaba acabando -lo tiró por la barandilla y sacó otro-, ¿mejor?
El dictador no dijo nada y se fue echando humo de las orejas. Era tan divertido hacerle rabiar, como a un niño...
Su hermano le dio unos golpecitos en el hombro.
- ¿Qué? -le miró y siguió su mirada. Oh, tenía la vista en su mágico bolsillo de chupa Chups- ¿Quieres uno? Ja, pues claro que quieres uno, ¡"por un mundo menos serio"!
Ambos bajaron felices (al menos Paulo), con un buen caramelo en la boca.
-.-.-.-.-.-.-.-.-
Empezaba a anochecer en El Valle de los Caídos, pero no parecía que la gente tuviera intención de irse. Las banderas españolas con el escudo del águila seguían ondeando, las luces empezaban a encenderse, y la gente seguía charlando y haciendo rezos y misas.
El jefe de su hermano se había ido con el suyo propio a ver la tumba de un compañero de dictadura anterior a ambos, un tal Rivera (la palabra que utilizaría Estados Unidos para describir a esos dos tipos emocionadísimos por ver una tumba sería fan), así que estaban solos. Obviamente Salazar no iba a llevar a la tumba a Paulo, no tras los antecedentes que tenía. Y esto para el país era, sencillamente, fantástico.
Estaban ahí, sentados con otros ocho guardias, viendo a la gente pasar y comentar cosas sobre el monasterio, cuando Paulo cayó en la cuenta de que se estaba aburriendo.
Eso no podía ser así, estaba en el sitio idóneo para divertirse. Quizá podría tirar la cruz y ver el follón que se montaba...
- Voy a dar una vuelta.
- No -un guardia se interpuso.
- Venga, ¿y si te doy un chupa Chups?
- Tengo ordenes de que te quedes quieto -le apuntó con una pistola.
- ¡"Por un mundo menos serio", hombre!
Y sin que se lo pudiera creer el guardia, Paulo ya tenía la pistola en su mano. Los otros siete se quedaron atónitos, mientras el portugués vaciaba el cargador.
- Mire, soldado...
- … Carlos...
- Bien, soldado Carlos... -le devolvió la pistola, sin balas y con el cañón doblado- Yo estuve presente cuando esto se inventó.
Le dio unos suaves cachetes en el moflete, como a Salazar, y le metió un chupa Chups.
- Disfruta de tu juventud y deja de apuntar a tus mayores.
Definitivamente, Paulo se había ganado a los guardias. Nadie dijo nada cuando se fue caminando montaña abajo, simplemente le siguieron. La gente vio raro que un grupo tan grande se alejara, pero en fin, nadie sabía quienes eran. Solo sus jefes, y no estaban.
Se alejaron de la multitud, bajando por la carretera de la colina. Como se hacía de noche y el camino resultaba demasiado seguro, Paulo se desvió por el bosque.
- Vamos a ver si aquí hay lobos, chicos.
Los guardias se lo pensaron un rato antes de seguirlo.
Siguió caminando, haciendo algún comentario de vez en cuando, cortantes y entretenidos, para que las voces no le amenazaran. Por ahora funcionaba, y era muy divertido pegarles sustos de vez en cuando.
- ¿Sabéis? Hace mucho tiempo, mucho mucho muchísimo, aquí había un pueblo -empezó a contar, sentándose en una roca al llegar a un claro-. Poneros por aquí, vamos a descansar. Os contaré una pequeña historia.
Los soldados se pusieron alrededor, mirando a las sombra del bosque algo cagados. Claro, la mayoría era bastante joven, y en ese momento, las montañas de España estaban bastante llenas de gente. No partidarios del dictador, precisamente.
Pero Paulo dudaba que hubiera rojos tan cerca del monasterio, así que disfrutó un rato viéndoles estremecerse ante cualquier sonido.
- Bien, sigo. Hace mucho tiempo aquí había un pueblo.
- ¿Hace cuánto?
- Antes de que tu nacieras. Ciento y pico años.
- ¿Y cómo se llamaba?
- Taralcena.
- ¿Y qué le pasaba a ese pueblo?
- ¡¿Me dejáis seguir?! -zanjó. Así no se podía aterrorizar, esos soldados tenían una falta de modales enorme...
Los hombres dieron un salto ante su grito, y no se atrevieron a preguntar más. Paulo suspiró y se acomodó de nuevo.
- A ver. Aquí había un pueblo, hace ciento y pico años, llamado Taralcena, ¿contentos? Ahora viene el resto, y me vais a dejar hablar -anunció amenazadoramente, consiguiendo que todos asintieran al unisono-. Perfecto. Pues veréis, Taralcena era un pueblecillo precioso, típico de la zona, con habitantes campesinos que se ganaban la vida cazando y cortando madera. Y la vida en este lugar podría haber seguido siendo pacífica, pero las cosas buenas siempre ocurren en segundo plano, y son las malas las que quedan en la memoria -explicó en tono literario-. Y algo muy malo pasó por aquí. Ahora mismo, la arena que pisáis es lo que queda de las casas.
Los embobados soldados se miraron los pies, con la boca medio abierta. Fue un soldado de más de cuarenta años quién hablo:
- ¿Y quieres que nos creamos eso?
- Creer lo que queráis, yo solo os cuento -opinó, cogiendo un poco de arena-. Pero yo estuve aquí cuando pasó y lo recuerdo todo perfectamente. Sucedió en una noche. En el mismo día que hoy. El final de los taralcenanos. Un monstruo sediento de sangre inocente y que vagaba por estas montañas fue el villano. Yo lo vi, con estos dos ojitos; ¡si no fuera por que soy un país, este ojo sería de cristal! -señaló su ojo derecho, creando exclamaciones entre los oyentes.
- ¿...Y quién era el monstruo?
- Ya empezamos a preguntar, qué manía... ¡Dejadme seguir! -le espetó al joven con fingido enfado, consiguiendo que se volviese más pálido que a la luz de la Luna.
- Anda, sigue -rió el cuarentón, acomodándose en la hierba.
- Bueno, pues todo empezó a las ocho. Había sido un día soleado, pero al anochecer el cielo empezaba a nublarse, y todo se volvía más oscuro. Pero ninguna nube se atrevía a tapar a La Luna, que tenía una forma peculiar, como una sonrisa amarillenta y afilada... -miró al cielo- Una noche justo como esta.
Uno de los soldados le susurró al otro que había oído algo, y todos pegaron un salto. Ah, el ambiente se estaba formando...
- En esa semioscuridad, el monstruo salió del bosque para llegar a Taralcena. La gente no era consciente de lo que se avecinaba. Sediento de guerra, deseando destruir como antaño, el ser, con apariencia humana pero sin llegar a serlo... ¡lanzó un rugido que hizo estremecerse al perro más valiente! -el grito que pegó Paulo hizo que más de uno chillara (el Carlos tenía una voz muy poco varonil, por cierto)-. A partir de ahí, la gente fue muriendo. En dos horas, todos la palmaron -comentó con poco interés-. Por cierto, esa arenilla tan blanquecina es de hueso humano -señaló a un soldado que llevaba toda la historia jugando con granos brillantes.
- ¡Ah! -el chico pegó un salto y se alejó del resto de arena.
- Imbécil, eso solo son virutas de granito -gruñó el más mayor, cogiendo un poco y lanzándoselo al asustado soldado la cara.
- Haya paz, que no he terminado; ya aclararemos lo que es luego -interrumpió Paulo, levantando los brazos-. Ahora toca saber, ¿quién era ese ser semihumano? La respuesta la tenéis cerca, muy cerca. Tan cerca que podría mataros a todos ahora mismo y desaparecer sin que lo notáramos.
- ¿Q-quién?
- Él -señaló a un punto detrás del cuarentón, y todos se giraron.
Como una sombra más de los árboles, sin llegar a salir al claro, estaba su hermano, observándolos. Sus ojos gatunos brillaban en la oscuridad, y la mezcla de oscuros junto al uniforme verde confundían su cuerpo con los matorrales. Había que admitirlo, tan silencioso daba miedo.
- E-estás de coña, ¿no? -habló uno de los soldados- A mí me han contado que España no mataría una mosca...
- A parte de que Antonio acabaría con un batallón de hombres perfectamente; ¿quién sabe más de él que yo, que soy su hermano y le he acompañado en miles de situaciones?
Todos se callaron, aun vigilando a Antonio, que se dedicaba a mover el palo del chupa Chups entre los dedos (ya se le había acabado).
- En fin, que esta noche es justo en la que mi querido irmão, añorando sus tiempos de conquista y aburrido de paz, se saltó sus propias normas y descuartizo a los habitantes de Taralcena en un arrebato de locura. Y cómo veis, no dejó ni las casas de pie, que acabaron hechas polvo con la guerra civil. Literalmente -señaló la arenita, como si fuera la viva (o muerta) prueba de ello.
Dejó un segundo de silencio para que a los soldaditos les entrara en la cabeza toda la historia.
- Eso sí, os tengo que avisar. Todas las noches en las que se conmemora el acontecimiento, Antonio no es el mismo. Durante las dos horas que duró el arrasamiento de Taralcena, él está susceptible, y a veces desaparecerá para estar solo... Y si no le dejáis seréis los próximos en desaparecer del mapa -concluyó.
No hacía falta decir que toda su brillante historia era una farsa más grande que el firmamento.
Los soldados volvieron a mirar a Antonio, como esperando una reacción por su parte. El más viejo no parecía creerse la historia, pero la duda le había entrado. Ahora todos esperaban lo peor.
Casualmente, su hermano se giró por completo hacía atrás, metiéndose un paso adentro en el bosque.
- ¡AAAH! -el grito absolutamente viril de los soldados recorrió el cielo tan rápido como ellos el claro, sentándose al lado contrario del que estaba Antonio.
Ya para ese momento su hermano se encontraba en su posición de espectador, mirándoles como si no se hubieran movido. Los ánimos se relajaron un poco con el paso de los segundos.
- Dios, por un momento me había creído todo...
- Maldito Portugal, siempre engañándonos...
- Parecía hasta real...
Todos empezaron a charlar en voz algo baja, pero Paulo no les prestaba la más mínima atención, y miraba a su querido familiar con el ceño fruncido.
Al fin y al cabo, ¿por qué se había girado?
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
- Me ausento, me llama la naturaleza -anunció, levantándose y sacudiendo la arena de sus pantalones.
- ¿Ganas de ir al baño? Pues aquí no hay -rió el más mayor-. Tendrás que tener cuidado con los fantasmas de Taralcena~
- Yo no he mencionado que hubiera fantasmas, pero quién sabe, tal vez os ataque uno en mi ausencia... -rió- No atacan a los países mientras mean: es ley.
Dos guardias se levantaron cuando fue a salir del claro. Por su puesto, se le había olvidado que siempre tenía que ir vigilado...
- Vamos, si me acompañáis a hacer pis os traumatizareis... la mía es la grande~ -esa frase le recordó inevitablemente a Francia, y no pudo evitar reírse malignamente. Como los soldados no se movían levantó los dedos indices a cierta distancia entre ellos- Tiene más de cinco chupa Chups, guapos.
¡Qué conste que no mentía!
- Creído de mierda.
- Anda y que se lo coman los lobos...
Se sentaron, maldiciéndole un tanto.
- As crianças que são esses soldados...*-murmuró para sí, mirándolos con gracia.
Librado de guardias salió del claro por los árboles en los que estaba apoyado su hermano. Le miró un momento, aunque estaba en su mundo. No tenía sentido preguntarle nada.
Se adentró en el bosque, haciendo el menor ruido posible. La oscuridad le envolvió al instante, a pesar de que los árboles no eran altos ni mucho menos frondosos. A su alrededor no veía más que sombras, y se dio cuenta de que ni se acordaba de por donde habían venido. Lo iban a tener crudo para salir de allí...
Escuchó un ruido a su derecha. Unas sombras se movieron por ese lado, y desaparecieron tras unos matorrales.
- ¿Qué te ha llamado la atención, hermanito...? -susurró para sí, agachándose entre las hojas más bajas para no ser visto.
Era gente, esa respiración entre cortada no podía ser más humana, así que ya podía olvidarse de "los fantasmas de Taralcena". Pero, ¿quiénes eran?, ¿exiliados?, ¿rojos?, ¿perdidos? Los últimos serían lo mejor que podría encontrarse, sin duda.
Llegó hasta un par de metros de distancia. Allí había al menos dos personas, cubiertas muy bien de mantas. Una de ellas le pareció un niño; la otra... una mujer.
Exiliados o perdidos, no quedaba otra. No podía dejar que les viesen los soldados.
- ¡Portugal! ¿Dónde estás, creído? -oyó a uno de los guardias y ruidos de pasos. Tsk, no tenía tiempo. Además, el grito del hombre había puesto más alerta a la mujer- ¡Cómo no salgas tendremos que contarle a Salazar que te has escapado! ¿Y sabes qué hace con los herejes?
- ¡Imbécil, lo sé mejor que tú! -dio un par de vuelcos por la oscuridad y pegó un saltó dentro del claro. Nadie, ni siquiera la exiliada, se había enterado de donde estaba. Perfecto- ¡Anda y vete con la amenaza a otro!
- ¿Y por qué has tardado tanto? ¿Fantasmas? ¿O no te la encontrabas...?
- ¡Envidia que tienes! Solo me caí cuando volvía; no se ve un palmo en las narices.
Los hombre rieron, hasta que el viejo dio un par de palmadas.
- Vámonos ya, que el jefe se va a enfadar.
- Bien, creo que llegamos... por allí -señaló al lado contrario de donde sabía que estaba la chica.
- Dios mío, tienes una orientación de espanto... -rió el mayor, apartándole de un empujón- España no se ha movido en ningún momento desde que llegó aquí: es por allí -señaló a Antonio. Era cierto, por allí estaba la salida.
Y la mujer.
- ¿Estás seguro? Me da que no distingues entre norte y sur...
- Sí que era por allí, me acuerdo...
- Y yo, veo nuestras pisadas y todo...
- Este imbécil nos quiere perder a posta...
Sin hacerle el más mínimo caso, se fueron por donde habían venido, riendo y tratando a Paulo de loco. Pero el silencio se apoderó de ellos rápidamente.
- ¿Qué ha sido eso? -se giró el tal Carlos, mirando hacia un punto entre las sombras.
- Yo también lo he oído.
- Susurros y pasos.
- ¿Quién coño está aquí por la noche?
- ¡Nosotros! -interrumpió el portugués, riendo- Dejad a los fantasmas en paz y mirad el mundo real, ¿quién va a haber aquí? Nadie...
- Yo voy a mirar, por aquí hay cada rata...
- Y de las gordas, puede...
- Gitanos, rojos...
- Negros...
- Nadie... -murmuró Paulo, llevándose una mano a la cara.
- Cállate, imbécil. Tú y tú -el mayor señaló a dos soldados-, ir a mirar.
Ambos asintieron y abandonaron la senda.
Y entonces se oyó el grito.
Por inercia, Paulo salió del camino en pos del autor, sin duda la mujer. No se veía más que sombras, pero pudo oír quejas de los soldados mientras forcejeaban con alguien. Y después uno de ellos aulló de dolor.
- ¡¿Qué demonios estás pasando?! -oyó a más soldados detrás suya.
Paulo se metió en el tumulto de gente. El brillo de algo afilado le percató de que la mujer tenía una cuchilla. Pero el niño estaba completamente indefenso, acurrucado contra un árbol y lloriqueando.
- ¡¿Qué hacéis?! -Paulo consiguió pegar un puñetazo a uno de los guardias- ¡¿Creéis que es honorable luchar contra una mujer en un lugar como este?! ¡¿Siendo do- -alguien le pegó un puñetazo a él, y más soldados se sumaron a la redada, mientras la mujer se movía por todos lados esgrimiendo la navaja. Alguno le tiró al suelo.
Se levantó y se enzarzó con el más cercano, pero dado que ocho contra uno le daba desventaja, acabó siendo agarrado por un par de hombres, y vio sombras que agarraban a quién seguramente sería la mujer y al niño.
- Qué demonios... ¡Llevadlos al claro! -oyó al viejo.
- ¿A Portugal también? -preguntó a uno de sus captores.
- También.
Y otra vez volvieron al claro, donde los tres guardias libres encendieron sus linternas. La mujer era morena de piel y de pelo negro azabache, seguramente latina, y el niño no era para nada su hijo, aunque entre los lloriqueos se le oía gemir algo parecido a "mamá".
Se fijó en la navaja que llevaba la chica en la mano; estaba manchada de sangre. Ahora que miraba bien, los dos primeros guardias que mandó el viejo a investigar estaban heridos, uno con un pequeño corte en el brazo y otro con una raja en la mejilla.
- Maldita zorra... -masculló el del corte en la cara- ¡¿Quién coño eres?! -rugió.
- ¡¿Y a ti qué te importa?! -le espetó ella, enfadada. Tenía varios golpes que ya se empezaban a hinchar- ¡Soltadme, soldados de mierda! ¡Y no le toquéis un pelo al niño! -advirtió al ver que sujetaban al pequeño con más fuerza.
- ¡¿Mierda?! ¡¿MIERDA?! -el hombre explotó rojo de furia y sangre, y empezó a pegar patadas a la mujer- ¡¿Con quién te crees q-
- ¡PARA!
Todos se giraron a Paulo.
- Contigo tenemos que hablar -gruñó el cuarentón, señalándose un golpe en la cabeza-. ¿Esto me lo has hecho tú? ¿Con quién vas?
- Contigo no, claro está -rió-, sabéis que no estoy nunca a favor de vosotros. Y esta vez, ya roza lo animal que aprovechéis para golpear a alguien que está sujeto. Tiene razón la señorita con que sois una mierda.
Ahora todos le dirigieron una mirada despectiva, aunque no más que la que el país les dedicaba siempre.
- Estás loco. Es una mujer, no vale nada, y a saber qué hace aquí... -uno de los guardias se dirigió a la mujer- ¿Qué eres? ¿Exiliada? ¿Comunista? ¿Ladrona?
- Persona, no como vosotros -la chica le dedicó una dulce sonrisa. Tenía carácter, a Paulo le empezaba a caer bien-. Y ahora dejadme en paz, ¡llevo al pequeño con su familia y no me lo vais a impedir!
- Vaya, tiene temperamento... -rió el soldado, y los otros rieron con él- No creo que sea legal, ¿qué hacemos con ella?
- ¡Yo digo que la matemos! -gritó el soldado de la mejilla rajada, cubriéndose la cara con un pedazo de tela de su chaqueta; la sangre no paraba de brotar- Esa perra no se merece nuestra compasión.
- Mămică... Mămică... -el niño pequeño empezó a llorar más alto, llamando un segundo la atención.
- Cállate, los mayores están hablando -le cortó su captor.
- Quiere ver a su mamá, así que dejadnos en paz.
- ¿Y dónde está su "mamá"? Porque seguro que tampoco es legal. A ver, chicos, ¿qué hacemos con esta "señorita", como la llama Portugal? -rió el soldadito, repitiendo la pregunta.
- Es un título más alto del que tienes, imb- -Paulo fue acallado con un nuevo golpe. Qué bonito día llevaba.
- Yo digo que aprovechemos que esta mujer tan modestamente se nos haya presentado -comentó uno de los soldados, con una sonrisa que no le gustó nada al portugués.
- La verdad es que no me parece mal -puntualizó otro, divertido.
- Cierto, es un buen castigo.
- Que bien, todos de acuerdo... a violar... -el país les miró uno a uno- ¿Vais en serio?
- ¿Tú qué crees? -rió uno de los guardias, y el resto le siguieron- ¡Aprovechemos la ocasión!
- ¡Cerdos! ¡Sois unos cerdos! -la mujer empezó a gritar, completamente enfurecida.
- Insultas a los puercos con tal comparación -gruñó Paulo.
- Calla, feminista -uno de los soldados se giró a su hermanito, que estaba apoyado en el mismo árbol de antes, observando-. Venga, España, ¡haz los honores!
Si alguno de los presentes se esperaba una reacción, quedó defraudado. Antonio se quedó mirando hacia el soldado como si pudiera ver a través de él.
- Joder, se debe de dormir de pie o algo -gruñó uno de los guardias-. Tú, ¡te están hablando! ¡¿Es qué no quieres un poco de sexo?!
Silencio absoluto.
- Alguien cuerdo -comentó la mujer, entretenida.
- Ya te gustaría -Paulo interrumpió-. Si estuviera cuerdo haría tiempo que se habría cargado a estos babaca.
- Pero no está bien, y hace caso a todas las órdenes que le damos, cómo esta, ¿verdad, España?
- …
- ¡¿Me oyes?!
- Me da que se ha escacharrado -la mujer se empezó a reír, mientras los soldados le daban palmaditas en la cara al país.
Paulo observó también con una sonrisa a los guardias. Mira que eran tontos. Si su hermano ni siquiera había reaccionado cuando atraparon a la chica, lo iba a hacer ahora. Todo era tan simple como que nadie le había dicho que estuviera en horario de trabajo. Se supone que era día festivo y habían ido a celebrar que se había acabado de construir el monasterio. Por lo tanto, no tenía ninguna razón para hacer nada. Ni siquiera obedecer a los soldados.
- Yo que vosotros pararía, tiene reacciones muy fuertes -advirtió, aunque una parte de él prefería que siguieran molestándole y ver qué pasaba.
- Cállate y prepárate, porque a Salazar no le va a gustar saber que no querías tirarte a una zorra.
- Me importa tanto como tú bienestar, así que puedes morirte ahora mismo... -recibió una patada las costillas, lo que le dejó bastante noqueado.
- Maldita sea, España, me estás cabreando.
- Ahora que lo pienso, lleva todo el puñetero día sin atender a nada.
- Cómo cuando estábamos en medio de la misa y decidió marcharse.
- Ni siquiera saludó al gobernador.
- ¡¿Y ahora no quiere ni follarse a una mujer?! -el hombre de la raja explotó de nuevo- ¡¿Es que eres homosexual o qué, imbécil de mierda! -le pegó un puñetazo en el pecho a Antonio.
Oh, no. A Antonio no.
- ¡NI LE TOQUÉIS! -rugió Paulo, furioso- ¡O me levanto yo y os quemo vivos con lo que sea!
- "Uh, que miedo".
- "El monstruo de Taralcena nos matará, ¿no?"
- Mira que es tonto... Aunque no más que este autista.
- ¡España, asqueroso cobarde! ¡Si te ordenamos algo lo tienes que hacer!
- ¿Es pariente tuyo? -la mujer le miró de arriba a abajo, muy tranquila para estar en esa situación. Casi parecía hablar como si estuvieran en el bus- Tenéis cierto parecido.
- Sí, somos hermanos -asintió, con un ojo puesto en los soldados, que seguían insultando al español. El del corte volvió a golpearle-, ¡qué ni le toques!
En un arrebato de furia consiguió levantarse y tirar a los guardias que le cogían. En otro consiguió dejar a uno de ellos en el suelo. En otro uno le tiró al suelo y el cuarentón le pegó una patada en la cara.
Por el dolor, le debía de haber roto la nariz. Notó como empezaba brotarle sangre.
- Puto rebelde -masculló el hombre, escupiéndole en la cara-. Mira, te podríamos hacer lo que sea y tu hermano no haría nada.
- Ni se os ocurra, no sabéis cómo puede reaccionar.
- ¿Qué no sabemos? Mírale -señaló a Antonio, que estaba siendo gritado en las narices por el soldado del corte, que aprovechaba para darle un par de puñetazos-. Ese homo ni siquiera se ha movido, ¿qué esperas que haga?
La verdad es que tenía razón, su hermano era ahora mismo un saco de boxeo. Pero Paulo le conocía demasiado bien, podía leer todo lo que se le pasaba por la mente con tan solo mirarle a los ojos. Y sabía que su paciencia infinita no gozaba de tal título.
- Le están brillando los ojos, yo le dejaría en paz -fue la mujer la que habló, aunque luego soltó una carcajada-. No. Mejor seguid, quiero ver que pasa.
- Calla, perra -uno de los soldados que la cogía estiró el brazo de esta por su espalda, casi dislocándoselo. Pero la mujer no mostró cara de dolor.
- ¡A ver! ¡Si no reacciona, que le den, ya me estoy aburriendo de esperar! -el cuarentón se levantó- Y creo que a España no podemos traerle tan magullado como a Portugal, así que dejémoslo.
- Ah, no, a mí me gusta que la gente le responda cuando le pregunto, ¡y este cerdo no lo hace! -el rajado estaba fuera de sí, para enfadarse por tales tonterías- ¡¿Es que no haces nada?! ¡Mira, están dando patadas a tu hermano! No te importa, ¿verdad? A quien le importa Paolo o como se llame, tú no vas a hacer nada -le cogió de la chaqueta y le agachó hasta su altura, mirándole con una oscura sonrisa en la cara. Apuntó a Paulo (que gritaba cuatro cosas sobre su nombre) con una ÍAMOS MATARLO Y TÚ SEGUIRÍAS IGUAL, ¿NO?
Y ese fue el detonante.
-.-.-.-.-.-.-
Primero le brillaron los ojos. Luego frunció el ceño. Luego el soldado estaba volando cinco metros en el claro.
Y antes de qué pudiera levantarse, tenía cuatro balas en el pecho, cortesía de Antonio.
- ¿Q-qué coño...? -tartamudeó uno, el que sujetaba a Paulo, que no podía moverse del susto.
Él no se refería a tanto con "reacciones muy fuertes".
El momento de confusión pasó, y todos los soldados se fueron corriendo hacía el de la raja, que yacía en el suelo. Paulo quedó libre, pues, y se quedó mirando como la mujer huía con el niño, aprovechando que el resto estaban con el herido.
El herido de muerte.
- ¿Está muerto? -balbuceó uno, llevándose una mano a la boca.
- Tiene cuatro balas en el corazón y no respira, ¿tú que crees?
- ¿Qué hacemos?
- Le podríamos dejar aquí.
- ¡Maldita sea! ¡¿Cómo cojones ha pasado esto?! -uno, el más joven, se llevó las manos a la cabeza- ¡Solo estábamos dando una vuelta!
Siguieron con el rudo diálogo, sin que Paulo les volviese a prestar atención. La mujer tenía razón con lo del brillo de los ojos, algo que él ya había previsto. Un brillo tóxico como el que tenía en su momentos de Conquistador. Un brillo que advertía de que podía morder, como los colores de una serpiente alertan de su veneno.
Había vuelto a su pose apoyada en el árbol y observaba, pero no al infinito, a los soldados. Esperando a que alguien más cayera.
- ¡Es todo por culpa de este maldito imbécil...! -uno de los soldados se giró y apartó de un empujón al portugués, dirigiéndose al asesino- ¡¿Lo vas a pagar?! ¡¿Me entien... ¡Suéltame! -Paulo le agarró del hombro con fuerza.
- Déjale en paz. No os acerquéis nadie y dejadlo estar.
- ¡¿Ya estás otra vez con esas tonterías?!
- Te estoy salvando el culo, chaval -le echó atrás, con el resto del grupo. Cogió una linterna del suelo y señaló a un punto en el bosque lejos de su hermano- Avanzaremos por ahí, colina arriba. En algún momento llegaremos al llano del monasterio -anunció con voz autoritaria.
- ¿Y el cuerpo? -gruñó el cuarentón.
- Lo cogéis y nos lo llevamos. O lo dejáis aquí, haced lo que queráis, esto es, al fin y al cabo, El Valle de los Caídos, ¿no? -opinó con indiferencia. Para qué ocultar que el muerto le importaba una mierda.
Poco a poco los soldados empezaron a despejar el claro, dos de ellos cargando con el cadáver. Paulo esperó a que el último ya estuviera a un par de metros, no fuese que quisieran volver a vengarse después de todo. Pero al parecer había conseguido disuadirlos.
Se giró a Antonio, que seguía apoyado en el mismo sitio, expectante. Paulo suspiró y sacó un chupa Chups del bolsillo. Se lo lanzó, y el español lo cogió al vuelo, sin dejad de observarle.
- Buena la has liado -se dijo, llevándose uno a la boca.
A buen paso se alejó del claro, siguiendo la senda que dejaban los soldados. No se atrevía a quedarse solo con su hermano.
Traducciones:
*eslogan de chupa Chups, la inventora del caramelo con palo.
*Frase de "Lo que el viento se llevó" película basada en la obra de Margaret Mitchell y estrenada en 1939.
*Otra perla de la película.
*Paulo canta Korobeiniki, una canción de amor rusa que ha sido inspiración para mucha música, empezando por el tetris.
*Estos soldados son tan infantiles...
El valle de los caídos es una construcción que tardó dieciocho años en hacerse (1940-58), localizado en La Sierra de Guadarrama de Madrid (España, Europa, Mundo, etc) y que consta de la cruz (150m o 208, nadie se aclara) y la basílica (260m de long.) más grandes del ámbito cristiano. En serio, esa cruz se ve desde los pueblos del otro lado del valle. Lo he comprobado.
Fueron mandado construir por Franco como memoria de los fallidos en la guerra civil española (1936-39) de ambos bandos, lo que ha hecho que mucha gente la halla criticado. Fue construida por presos republicanos, y se dice tanto que murieron muchísimas personas haciéndola como poquísimas. Actualmente están enterrados ahí Francisco Franco y Antonio Primo de Rivera.
La verdad es que este capítulo tiene un final bastante fuerte, ¿qué música me habría puesto al escribirlo para que empezase tan ligero y acabase tan dramático? o.O Aunque, en mi opinión, para ser el segundo capítulo "Iberics time" está muy bien xD
No sé si alguien habrá notado que aquí Portugal se está volviendo cada vez más paranoico. Solo comento.
¡Comentad, por favor! ¡Esta ha sido una gran pieza de la colección! Y aviso de que no subiré en semana santa, así que, ¡pasadlo bien!
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