Disclaimer: No existe la teoría de la evolución, es Chuck Norris quien decide qué especies deben sobrevivir, o eso dicen por ahí... aunque no añaden que primero cuenta con Amelia Bones y deciden entre los dos...
A/N: Bueno, vamos llegando al desenlace. Como comprenderéis, las acciones que en este capítulo se narran tendrán consecuencias desastrosas, pero no había forma de evitarlo. Amelia Bones los había seleccionado para su extinción y así no hay nada que hacer. En resumen, esto lleva a la guerra. Por fin, porque cada vez estoy más convencido de que tendría que haber acabado en cuarto, en el cementerio. Se habrían perdido las maquinaciones de Harry, pero bueno...
CAPÍTULO 37
BADASS
La mañana siguiente empezó animada. Aun antes de despertarnos ya estaba Hermione llamándonos… bueno, llamando a Harry, aunque también me llamaba a mí indirectamente.
—Largo, Granger, tenemos que cambiarnos —siempre tiene que haber un gilipollas en todas partes, y en esa habitación estaba Ronald Weasley.
—¿Y eso? ¿Resulta que te da vergüenza enseñarme los calzoncillos, comadreja? —se burló ella.
Aun así, se fue. No quería tener que llegar a las manos una vez más con él, y seguro que pasaría si continuaba allí. Harry suspiró y se vistió, juntándose con ella al salir, con Neville a su lado. Desde mi posición en el hombro de Harry pude ver que Neville iba extrañamente serio y ausente.
Nos encontramos con Draco esperándonos fuera de la sala común, con Lily y Luna a su lado. Esperaba encontrar también a Susan, pero no la vimos hasta que llegamos al Gran Comedor, desayunando ya. Nos juntamos con ella como de costumbre, pero ella también estaba rara. Era casi como si supiera que sabíamos lo que estaba haciendo, y eso que nos comportamos como siempre, como si no supiéramos nada. Y tampoco todos sabían lo que ocurría, que esa es otra.
—Vaya, se te ve mustia, Sue —dijo Hermione, posibilitando quizá la conversación de modo sutil—. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda con algo?
—No, Hermione, no pasa nada —murmuró Susan, en voz baja y monocorde.
—¿Seguro? Estás rara— observó Harry.
Susan suspiró y bajó la cabeza, cerrando los ojos, como si estuviera reuniendo valor para decir algo. Mientras, mi yo humano llegaba y se juntaba con el grupo. Susan la miró de reojo y volvió a suspirar.
—Vaya caras largas tenemos por aquí —observé… bueno, observó Isabella al llegar, pero para el caso es lo mismo—. ¿Algo va mal?
Susan suspiró por tercera vez y alzó de nuevo la cabeza. Tenía el ceño fruncido.
—Vale, sí, tengo un problema bastante chungo —admitió la Hufflepuff—. Pero antes de contároslo necesito que me juréis que no se lo diréis a nadie.
—Ya veremos… —soltó Draco, y todos lo miramos, algunas miradas cargadas de dagas venenosas—. ¿Qué he dicho?
—Draco, no putees a nadie del grupo, rico —gruñó Hermione—. Tranquila, Susan, puedes contarnos lo que sea. Ya me encargo yo de que no salga de aquí.
—De acuerdo, vamos a un sitio más privado, puede haber oídos indiscretos —dijo Susan, levantándose. Una vez llegamos al lugar de costumbre para nuestras charlas privadas, continuó—. Tengo que confesaros algo muy grave. He estado ayudando a varios mortífagos contra mi voluntad. La vida de mi tía está en juego, no tengo otro remedio.
—Vaya, lo siento, Sue —dijo Lily, sincera—. Si podemos echarte una mano…
—¿Cuánto hace de eso? —pregunté.
Amelia Bones iba a su puesto de trabajo, como todos los días laborables, con la impresión de que aquél iba a ser un buen día. Lástima que, cuando notó el impacto de una maldición poco antes de llegar al ministerio de magia, tuviera que morderse la lengua y admitir que, realmente, aquél iba a ser un día nefasto.
Y los siguientes también, aunque eso no podía saberlo.
Tras ese pensamiento, la oscuridad, y nunca supo por cuánto tiempo.
—Oye, ¿qué vamos a hacer con esta tía al final? —esa voz masculina hizo que Amelia Bones despertara por fin, tras un tiempo incierto en estado de inconsciencia—. Supongo que tendremos que matarla, pero no sé qué hace aún viva y en estado de coma.
—¿Será porque la necesitamos viva hasta que su sobrina nos encuentre el modo de entrar en Hogwarts de forma segura? —preguntó otro de forma retórica. Amelia trató de abrir los ojos, pero estaba completamente paralizada. Sólo el cerebro parecía funcionar, y no a pleno rendimiento aún—. Despierta, ¿quieres? Tenemos que estar alerta en todo momento por si se da algún cambio de planes.
—Sí, claro —murmuró el primero—. Oye, realmente es efectiva la poción aquella que nos consiguió Crouch —miró a Amelia, aún aparentemente dormida—. ¿Poción de la Muerte en Vida, se llamaba?
—Algo así era, sí —dijo el otro, dubitativo—. Mientras esté bajo los efectos de esa poción, esta bruja no será ninguna molestia. El Señor Oscuro estará satisfecho.
—¡Eh, vosotros dos, basta de charla! —espetó un tercer mortífago—. ¿Qué pasa con la prisionera? ¿Hay algún cambio?
—Ninguno, sigue en coma —dijo el primer mortífago—. Podemos seguir extorsionando a su sobrina cuanto queramos.
—Eso está bien —dijo el tercero—. Esa niña Bones tiene mucho talento, nos servirá para el futuro. Aseguraos de que su tía no moleste.
—No saldrá del coma tan fácilmente —añadió el segundo—. No mientras esa poción siga activa, y parece que lo estará bastante tiempo. Voy a comer algo, ¿os venís?
Parecía que sí, porque Amelia dejó de oír voces. O eso, o la poción que le habían dado seguía haciendo efecto y le había anulado otra vez el sentido del oído, aunque no el de la vista, curiosamente. Pronto notó que no, que seguía oyendo ruidos, aunque muy lejanos. Probó a mover un dedo.
«Mueve el dedo gordo», pensó, mirándose precisamente ese dedo del pie. «Mueve el dedo gordo…».
Mientras, los mortífagos estaban seguros de tener la sartén por el mango, así que veían el futuro de su plan con optimismo.
Y hacían mal.
—¿Lleva secuestrada una semana y nadie se ha enterado? ¿Ni siquiera la prensa? —preguntó Hermione, anonadada.
—Forma parte del plan de los mortífagos —dijo Susan, apesadumbrada—. Uno de ellos la ha suplantado. Toma poción multijugos regularmente y actúa como ella. Nadie ha notado la diferencia. Al día siguiente del secuestro, recibí esto.
Era una carta, en la que se leía claramente que habían secuestrado a Amelia Bones y que, si Susan no cedía a sus exigencias, matarían a toda persona que la conociera. Eso nos incluía.
—No me extraña que los ayudes, no sólo tu tía corre peligro, sino todo Hogwarts —dijo Draco—. Es una putada, a mí también me toca la china.
—Tampoco te preocupes tanto —dije—. Según he oído, Amelia Bones es tan dura que, si la apuñalas, quien sangra es el cuchillo, o eso dicen en Estados Unidos.
—¡Vamos, Bella, por favor, los americanos exageran! —exclamó Susan—. ¡Pero si es una persona frágil y amable!
—Vaya, pues no es lo que he oído…
Amelia se dio diez minutos para vencer el efecto de la poción que le hicieron tragar cuando la secuestraron. No sabía cuánto tiempo había estado retenida, pero una cosa estaba clara:
«Como me hayan dejado tirada en una losa de piedra, me parece que me voy a cabrear bastante», pensó. Fue pasar de tumbada a sentada, no diez minutos sino cinco después de empezar a tratar de moverse, y confirmar que, precisamente, estaba dentro de una losa de piedra. Frunció el ceño. Civilizaciones enteras habían caído por menos que eso.
—También dicen que, si Amelia mira mal a un ser vivo, su raza se extingue debido a los daños colaterales… —continué.
Al tratar de levantarse, oyó pasos acercarse. Sin duda era un mortífago, si no más. Miró alrededor, pero no vio nada con que defenderse.
«Si al menos tuviera una varita…», pensó, tratando de hallar un modo de salir de la situación.
—¿Eh? ¿Qué haces levantada? —exclamó el mortífago, al llegar.
Cometió el error de tratar de buscar la varita para maldecirla, perdiendo la vista de su objetivo, y Amelia no se lo pensó dos veces. Se levantó rápidamente, le propinó un puñetazo para aturdirlo y un empujón para quitárselo de encima y vio que la varita se le caía de la mano. La mujer había pensado en huir aprovechando la confusión y el efecto sorpresa, pero al ver la varita caer cerca de ella decidió cambiar su plan. La cogió y, antes de que el mortífago pudiera reaccionar, lo mató.
«Estos tíos son unos paquetes», pensó, tratando de guardarse la varita. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no llevaba su túnica, sino unos desgastados harapos que apenas la cubrían.
«Malditos sean, a saber qué más me han hecho aparte de drogarme con aquella poción, aprovechando que estaba indefensa», pensó, enfureciéndose. Se agachó para coger la ropa del mortífago y cubrirse un poco cuando oyó los pasos de, presumiblemente, su compañero.
—¡Jack! ¿Qué haces aún ahí dentro, hombre? —llamó, entrando. Mal hecho.
—Eh —Amelia apuntó a la cara del mortífago con la varita—. Dame tu ropa, tus botas y tu moto… digo tu vida.
—¡La prisionera! ¡Avada…!
Amelia no le dejó acabar la maldición y realizó un Diffindo que hizo que la cabeza del mortífago se partiera en dos.
—¿Por qué todo el mundo insiste en hacer las cosas del modo difícil? —musitó, vistiéndose con la ropa del mortífago. Se cubrió la cabeza con la máscara—. Bueno, así estoy segura de que no me reconocerán —sonrió y se quitó la máscara—, aunque lo cierto es que me da igual que me reconozcan o no. Es más, así alegaré defensa propia cuando los mate a todos. Por cómo tenía la ropa puedo suponer lo que me han hecho, y eso clama venganza.
Salió de la sala hecha una furia, con la varita en ristre y a rostro descubierto, cogiendo la varita del otro mortífago y guardándosela por si acaso. Nadie habría dicho que había sido drogada con una poción capaz de hacer que un ser vivo se sumiera en un sueño tan profundo que parecía muerto.
«Suerte que tengo tatuada la runa de la femoral, la que parece un lunar», pensó, mientras derribaba a un mortífago despistado y le clavaba su propia varita en un ojo, sacándosela por la nuca a la fuerza tras estamparle la cabeza contra el suelo con extrema violencia. «Por lo menos ha hecho bien su función de protegerme y me ha sacado de un coma profundo. No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero tengo que darme prisa en matarlos a todos y salir para tranquilizar a Susan».
—La verdad, no entiendo cómo pueden inventarse esas cosas tus amigos americanos, Bella —dijo Susan, perpleja—. Están totalmente equivocados. Te digo que mi tía es una buena persona, muy amable con la gente, siempre dispuesta a ayudar, y sobre todo nada violenta. No le haría daño ni a una mosca.
«Vaya, debí de perderme esa particularidad de su personalidad cuando me enfrenté con ella», pensé, mirándome subrepticiamente la pierna izquierda. Tenía una cicatriz un centímetro debajo de la femoral, producto de un Diffindo de Amelia. Me salvé de milagro en esa ocasión, gracias a mis reflejos y a que no llegó a rozarme la vena. Susan diría lo que quisiera, pero su tía era otra persona fuera de su casa, doy fe de ello.
—¡Lo que pensaba, no es tan buena como dicen! —bramó el líder de un grupo de cinco mortífagos—. ¡Podemos con ella, chicos! ¡Dejémonos de juegos y matémosla de una vez!
Los cinco mortífagos habían arrinconado a Amelia y ésta tenía que pelear contra todos ellos a la vez, y parecía en problemas. Los mortífagos, envalentonados porque la jueza no conseguía zafarse de ellos, atacaron con más ahínco, pero Amelia continuaba tranquila, incluso sonriente.
—¡Mírala, sigue sonriendo! —avisó uno de los mortífagos, temeroso—. ¡Algo esconde, estoy seguro!
—¡Tonterías! ¡Está acabada! —masculló el líder—. Cuando se le acabe la suerte morirá.
—Vaya, no sois tan malos después de todo —se burló ella, aún armada con la varita, pero con una pared detrás que le impedía cualquier retirada. Cómo permanecía tan tranquila a pesar de la desventaja era algo que no podían concebir los mortífagos.
—¡Somos los mejores, te lo hemos demostrado!
—No te equivoques, chavalote —puntualizó la jueza, en tono de chanza—. He dicho que no sois tan malos, nada más. Pero siento deciros que sólo yo voy a salir viva de esto, porque no os habéis dado cuenta de un detalle importante. Estoy sosteniendo la varita con la mano izquierda.
—¿Y qué?
—Pues que no soy zurda —replicó ella, cambiándose la varita a la mano hábil.
De los cinco mortífagos, sólo el último en caer pudo emitir algo parecido a un grito ahogado, un grito que no llegó a salir debido al Diffindo que le partió en dos la cabeza. Y era el conjuro más difícil que había empleado hasta el momento. Realmente le gustaba mucho utilizarlo.
«Fácil y efectivo como pocos», pensó, satisfecha, mientras continuaba como si nada. Avanzó unos metros y, de pronto, se encontró con otro mortífago, de espaldas a ella. Parecía estar haciendo su ronda o algo así, en su opinión, y no parecía darse cuenta de que la prisionera estaba justo detrás, acechando.
«Bueno, así se las ponían a Fernando VII», pensó, encogiéndose de hombros. Alzó la varita.
—Bombarda.
Del mortífago no quedó ni el recuerdo tras haberle hecho explotar el cuerpo.
«Ya va siendo hora de ponerse duros con estos tiparracos, ya que la ley no sirve para disuadirlos», pensó, mientras continuaba camino para ir a por más víctimas, alentándose así a seguir. No iba a dejar a ninguno con vida.
—Oye, ¿estás segura de eso, Sue? —insistí—. He oído algunas cosas acerca de ella y no dicen nada de fragilidad… o pacifismo… Se dice que ni los venenos actúan sobre ella porque no se atreven a importunarla con su presencia en su torrente sanguíneo. Si eso no es ser dura…
Amelia iba totalmente dispuesta a acabar con todos los mortífagos que encontrara en su camino hacia la libertad, y haría lo posible para encontrárselos a todos. Estaba muy enfadada. La habían secuestrado; habían preocupado a su sobrina, y eso ya era grave a su juicio; le habían puesto unos harapos podridos, si es que esos harapos no eran lo que quedaba de la ropa que llevaba cuando la secuestraron; la habían depositado en una losa de piedra (lo más grave hasta el momento) tras drogarla durante a saber cuánto tiempo, y no quería ni pensar en lo que seguro le habían hecho aparte de drogarla aprovechando el coma, pues los veía capaces de cualquier atrocidad así aun con mujeres maduras como ella… Estaba pensando en empezar a utilizar hechizos de alto poder destructivo y dejarse de, en su opinión, mariconadas, pues le estaba costando mucho permanecer tranquila. Iba a dejar de ser amable con sus secuestradores, desde luego.
—¡La prisionera! —exclamó un mortífago, sacando la varita. Su compañero hizo lo propio—. Avada kedavra.
No sirvió de mucho. En un abrir y cerrar de ojos, la jueza hizo algo impensable.
—¡Accio!
Con el conjuro, atrajo al compañero del mortífago que tiró el Imperdonable, poniéndoselo de escudo y salvándose así de la maldición asesina. Obviamente, el mortífago no esperaba esa jugada y vaciló.
—Vaya, has matado a tu compañero —dijo la mujer, con una voz que casi era más un arrullo—. Ya no lo necesito, así que te lo devuelvo. ¡Depulso!
Le echó al compañero muerto encima, aprovechando el momento para rodar por el suelo y, antes de levantarse, hacerlos explotar con una Bombarda, levantándose seguidamente para saltar a por otra víctima que pasaba en ese momento por ahí cerca, presumiblemente siguiendo el ruido de la pelea. A pesar de eso, sin embargo, el mortífago no llegó a ver a su agresora ni ninguna otra cosa; ni siquiera notó cómo su cabeza se separaba de su cuerpo ante otro Diffindo, disparado a bocajarro desde sus hombros. Incluso pudo coger la cabeza y tirarla contra una pared cercana al tiempo que saltaba otra vez al suelo y seguía corriendo.
—Exageraciones, te lo digo —insistió Susan, obstinada—. Nunca he oído que diera una mala contestación o muestras de violencia. Y desde luego nunca me ha puesto la mano encima si no es para abrazarme, darme ánimos o consolarme.
«Definitivamente debí de saltarme esas muestras de amabilidad la última vez que la vi», pensé, mientras ella continuaba jactándose de lo buena persona que era su tía. «O la fragilidad que dice que tiene. El Crucio que la tiré por sorpresa no le surtió el efecto que me habría gustado, sobre todo cuando se volvió, a pesar de la tortura, y me contraatacó como si sólo le hubiera molestado un poquito… y posiblemente así fue. Es un Terminator, tuve que salir por patas». Suspiré. «Encima ni siquiera parece ir en serio, es la persona que más hechizos de nivel bajo saca, y la que mejor los saca, de todo aquél que se ha topado conmigo. Saca lo mejor de las peores situaciones. Realmente es admirable».
—De todas formas —continuó la Hufflepuff—, ¿por qué estamos hablando de esto? ¿No deberíamos estar ya buscando el modo de salvar a mi tía?
Continuó buscando mortífagos, aun tras saber ya dónde estaba la salida. Estaba claro que no iba a dejar a nadie vivo, por si volvían a intentar algo parecido con su sobrina o cualquier otra persona que no pudiera defenderse. Bajo ningún concepto podía permitir que aquellos desechos de la sociedad continuaran libres y, dado que no había forma legal o no de evitarlo salvo matándolos a todos, sólo ella debía dejar ese lugar con vida.
«El caso es que me estoy cansando», pensó, ligeramente fatigada. «Me estoy haciendo vieja. Antes aguantaba esto y mucho más».
La emboscaron entre nada menos que ocho mortífagos, presumiblemente los últimos que quedaban en el edificio, aún sin identificar, aunque bien podía ser una mansión en su opinión. No le importaba dónde estuviera, le importaba sólo asegurarse de que nadie más tuviera que pasar por lo que había pasado ella. No todo el mundo tenía una runa del tamaño y aspecto de un lunar que le hacía casi inmune a cualquier toxina.
«¡Pero bueno! ¿De dónde salen tantos mortífagos?», pensó, pasando la mirada de una dirección a otra. Estaba totalmente rodeada. «Mierda, no hay huecos para escapar. Precisamente fue en la simulación de una situación como esta donde cateé el examen de auror. Por suerte, he mejorado un poco desde entonces. Dejaré a uno con vida para descubrir qué está pasando».
—¡Estás muerta, Bones! —aseguró uno de los ocho mortífagos—. ¡No saldrás de aquí y la siguiente será tu sobrina! ¡Al ataque!
—Tienes razón, Susan —admitió Harry—. Tenemos que buscar pistas, empezando por la carta que te enviaron. ¿Dice algo de dónde está?
—Evidentemente no, Harry —aseguró Hermione, aun sin haber visto dicha carta. Realmente nadie habría sido tan imbécil como para poner la dirección de origen en una carta de secuestro, aunque de los mortífagos que estaban reclutando ahora me esperaba cualquier cosa, la verdad. ¿No pusieron Lucius y compañía dónde me llevaron a mí? Aunque aquél era un caso distinto, por supuesto.
—Pues es lo primero que hay que averiguar —decidió Lily—. ¿Se os ocurre algo? ¿Tienes alguna visión, Luna?
—Sé lo que pasa en Hogwarts, pero fuera no, al menos no normalmente —dijo Luna—. ¿Tu gato puede seguir rastros, Hermione?
—¡Claro que no! ¡Es un gato, no un perro!
—Hay que pensar en algo y rápido —apremió Susan—. Algo me dice que mi tía está en graves aprietos.
Amelia estaba esquivando y contraatacando con soberbia rapidez. Iba tan furiosa que ya le daba igual dónde diera o a quién, ella tiraba toda clase de maldiciones, incluso las Imperdonables. Y que viniera alguien a detenerla si se atrevía. Pero no supo cuán cabreada podía estar hasta que una maldición le rozó el pelo.
—¡Maldita sea! —bramó, colérica, sacando una segunda varita y sosteniendo cada una en una mano—. ¡Me habéis dejado en una losa de piedra, que ya es grave, y encima me habéis destrozado el peinado, malditos bastardos! ¡Morid ya!
Y comenzó a girar frenéticamente sobre sí misma, disparando de todo a todas direcciones, como poseída. Eso demuestra que nunca jamás debe nadie estropear un peinado perfecto; si no, pasa lo que pasa. Sólo le llevó cuatro giros matar a siete de los ocho mortífagos, y no estaban muy presentables, la verdad. El que estaba aún con vida sólo estaba aturdido; Amelia lo necesitaba.
—¡Ja! ¡Has cometido un error, vieja! —bramó el mortífago, tras haber sido despertado, jactándose de seguir con vida. No sabía lo que le esperaba—. ¡Ahora vas a morir por mi mano y…!
Y no pudo acabar la frase, pues Amelia le tiró un Reducto, rompiéndole el brazo con el que sostenía la varita, que cayó al suelo.
—¡Serás zorra! —espetó, llevándose el brazo sano al inerte, mientras trataba de no gritar de dolor. Amelia sonrió—. ¡No sonrías tanto, bruja! ¡No pienses que has acabado conmigo y…!
Y Amelia le rompió esta vez una pierna, así que el mortífago cayó al suelo, aunque no tardó en levantarse. Amelia se estaba divirtiendo ahora.
—Antes de que sueltes otra bravuconada sin sentido, respóndeme a algunas preguntas, ¿quieres? —dijo, tranquila.
—¡No te diré nada! —gritó el mortífago—. ¡Si crees que esto es infligir dolor, aún eres una aficionada! ¡De peores he salido y…!
Y el otro brazo roto, por bocazas, o esa fue la conclusión a la que llegó Amelia al rompérselo.
«Este tío es masoquista, no me digas», pensó, ligeramente perpleja. «Aunque he de reconocer que combina perfectamente con mi lado sádico. Me lo estoy pasando pipa».
—¿Y ahora? ¿Vas a dejarme preguntar lo que quiero saber o seguirás pidiendo más caña?
—¡Tú verás! ¡Pierdes el tiempo, esto no es nada! ¡Aún me queda una pierna y es más que suficiente para…!
Amelia suspiró y le rompió la otra pierna, por tanto cayó de bruces al suelo. «Definitivamente este tío es masoca», pensó.
—¡Aún no estoy vencido! —gruñó el mortífago, hablando como podía, al estar tumbado boca abajo—. ¡Te mataré a mordiscos si hace falta! —curiosamente cogió con los dientes la varita que se le había caído al principio y, de algún modo, se apuntó a sí mismo—. ¡Ascendio!
El mortífago se elevó, dispuesto efectivamente a morder a Amelia, pero ésta no le dio oportunidad, impactándole un poderoso rodillazo en los dientes. La varita se rompió y varios dientes saltaron por los aires, al tiempo que el mortífago caía aplomo al suelo, esta vez de espaldas.
—¡Mira que eres pesado y masoquista! —protestó la jueza—. ¡Ya me tienes harta! ¿Me darás la información que pida o te machaco el cráneo para alentarte a ello? ¡Te prometo que no te mataría con eso, aviso! ¡No es tan fácil escapar de mí con la muerte!
—¡'E… eftá bied, fedo'! —en adelante lo escribiré bien para una mejor comprensión, pero Amelia tuvo bastantes dificultades para entenderlo, debido a que tenía todos los dientes rotos y apenas podía hablar.
—Así me gusta —dijo ella, sonriendo con malicia—. Ahora me vas a explicar qué trama vuestro amo, escoria.
—¡El plan es matar a Dumbledore y poner a un mortífago en su lugar! —creyó entender Amelia—. ¡Así conquistaríamos Hogwarts sin apenas bajas y nos procuraríamos un ejército en un futuro próximo, leal a él! ¡Ya deben de estar preparándose para el asalto! ¡No sé más, lo juro!
A pesar de todo, Amelia palideció al oír la información. No podía ser que Aquél Que No Debía Ser Nombrado fuera tan despiadado como para obligar a todo un colegio a ser de su calaña. Desde luego, no podía dejar las cosas como estaban. Había que impedir aquel reclutamiento en masa como fuera. Hogwarts debía seguir siendo un sitio seguro y lograría que lo fuera a toda costa.
«Y si tengo que matar a todos los mortífagos y a todo aquél que se cruce en mi camino, que así sea», pensó, frunciendo el ceño. Miró al mortífago, que sangraba copiosamente, y se asombró de que aún no estuviera gritando como una parturienta, teniendo en cuenta que tenía las extremidades rotas. La jueza no se amilanó y volvió a la carga.
—Aún tengo otra pregunta, bastardo, y ay de ti si no me satisface la respuesta —amenazó Amelia, furiosa, hablando entre dientes—. ¿Qué hay de Susan? Como le hayáis hecho algo…
—¡La chica está bien, lo juro! ¡Sólo nos está ayudando a inspeccionar la seguridad de Hogwarts, nada más!
—Bien, es todo lo que quería saber —dijo Amelia, satisfecha—. Ahora muere.
Le empezó a dar pisotones y patadas en la cabeza y no paró hasta que la masa encefálica cayó al suelo, la tapa de los sesos reventada. Aunque aquella fue una forma brutal de necesidad de matarlo, ella seguía tan pancha.
«Bueno, se acabó esta pesadilla», pensó, suspirando aliviada. Se quitó la ropa que llevaba puesta, pues estaba empapada de sangre, y buscó otra túnica de mortífago más limpia. Ante todo no quería asustar a su sobrina. Ya había pasado por bastante. «Bueno, ahora a Hogwarts, tengo que asegurarme de que Susan está bien».
Salió del edificio y, tras mirar por curiosidad dónde estaba (en el buzón ponía Malfoy), se Desapareció, con destino Hogsmeade.
—Antes de empezar a buscar a saber cómo, porque no tenemos ni una pista, ¿por qué has tardado tanto en contarnos esto? —preguntó Draco.
«Vaya, buena pregunta», pensé. «Tiene razón. Debió haber pedido ayuda cuando recibió la carta, no una semana más tarde. Habría sido lo lógico».
—¡Tenía miedo, ¿vale? —chilló Susan. Obviamente Draco había tocado en una zona sensible esta vez—. ¡Tú también habrías tenido miedo si hubieran secuestrado a tu madre y hubieran amenazado con matarla antes de matarte a ti y a tus amigos, es decir, nosotros, ¿a que sí?
—Tranquila, Susan —medió Harry—. He de reconocer que esta vez el rubiales tiene razón. Si nos hubieras avisado antes, te habríamos protegido o algo.
—Además, ¿cómo sabrían que lo has contado? —añadió Lily—. Las barreras mágicas de Hogwarts son demasiado potentes para que funcione un hechizo de escucha o rastreo, y dudo mucho que hayan utilizado aparatos de los muggles…
—…que tampoco funcionarían —completó Hermione.
—Exacto —tercié. «No al menos sin el debido hechizo», pensé, pero me guardé muy mucho de decirlo en voz alta—. Aquí estás a salvo. Si algún mortífago se acercara a Hogwarts, con todos los que somos nos cebaríamos con él.
—Cierto, no lo identificarían ni por la ficha dental, ya me encargaría yo —aseguró Hermione.
—Esos tíos no van al dentista, Hermione —dijo Harry.
—Tenéis razón, debí contároslo antes, lo siento —musitó Susan, interrumpiendo la conversación, por suerte, porque ya se desviaba. Siempre nos pasaba igual.
—Eso ya da igual —dije, sacando la varita—. Voy a buscar su rastro. Amelia es poderosa y será fácil encontrarla. Consecutus Amelia Bones.
Aquel hechizo de búsqueda era complejo y llevaba su tiempo. Mis compañeros esperaron pacientemente… salvo Susan, que estaba tan preocupada que no podía más que dar vueltas alrededor como un león enjaulado, siendo tranquilizada sin éxito por Neville. Al final, tras unos cinco minutos, pude calcular con un mínimo de precisión dónde estaba, y me sorprendió.
—¡Es increíble, está cerca! —exclamé, anonadada—. ¡Pensé que se la habrían llevado lejos! ¿Por qué está tan cerca de aquí?
—Define cerca en este caso —pidió Neville.
—En este caso, cerca es en Hogsmeade, Neville —murmuré, pensativa—. Pero de haber estado allí todo el tiempo el hechizo de adivinación me habría dado el resultado antes. No lo entiendo. Es como si…
—¿Como si qué? —preguntó Susan, ansiosa—. ¿Qué pasa? ¿Dónde está mi tía?
—En Hogsmeade, pero antes no estaba allí, es la única explicación que tengo para justificar el tiempo que ha tardado el hechizo en encontrarla —expliqué—. Además está sola. No sé si la han liberado o se ha escapado por su cuenta, pero…
—¡Pues vamos a buscarla, rápido! —apremió Susan—. ¡No tenemos tiempo que perder!
—De acuerdo —acepté—. ¿Cómo vamos? No puedo Aparecerme en los límites de Hogwarts.
—Tengo el Mapa del Merodeador —dijo Harry, sacándolo—. Iremos por el pasadizo que empleé en tercero y con el mapa impediremos que nos sorprendan. Haremos lo mismo que hicimos el año pasado. ¿Quién más se apunta?
Obviamente, todos, Susan la primera, pues se agarró a él como una lapa. Sin embargo, parecía que no hacía falta nuestra ayuda, después de todo, porque vimos una figura atravesar la puerta que delimitaba los terrenos de Hogwarts. Era Amelia Bones, ataviada con una túnica de mortífago y aún sujetando dos varitas. Fue ver a Susan y guardarlas, para luego ir a su encuentro. La misma Susan hizo lo propio al verla, corriendo a abrazarla.
—¿Qué tal, Susan? ¿Todo bien? —preguntó la jueza, fundida en un abrazo con su sobrina, que lloraba sobre su hombro—. Vosotros debéis de ser sus amigos. Soy Amelia Bones, tía de Susan. Ah, me alegro de verte de nuevo, Neville. ¿Qué tal tu abuela?
—Vaya, se la ve contenta, madame Bones —dijo Harry—. ¿Está bien? Susan…
—Ah, así que lo sabéis —el rostro de Amelia se ensombreció un momento, pero volvió a mostrar una sonrisa un momento después—. Ha sido una experiencia muy dura para mi sobrina, pero confío en que la habéis apoyado a pesar de todo. Seguro que sabéis más que yo misma lo que ha pasado. Comprenderéis que mis secuestradores no me han informado de mucho…
—¿Cómo ha escapado? —pregunté, curiosa. Parecía una buena pregunta, pues no sólo yo, sino todo el grupo quería saber la respuesta. Hasta Susan dejó de llorar para oírla.
—Es una larga historia —dijo Amelia, aún sonriente. No parecía afectada en absoluto por el secuestro. O eso, o lo estaba ocultando muy bien—. Pero está claro que no me dejaréis ni a sol ni a sombra hasta que os la cuente, así que lo haré. Pero antes necesito hablar con Dumbledore. Me he enterado de algunas cosas muy graves y debo informarle.
—No está, lleva toda la semana sin venir —dijo Susan—. Para mí que los mortífagos aprovecharon que no estaba para organizar tu secuestro y para obligarme a ayudarlos. Ahora saben cómo entrar aquí sin ser detectados, y todo por mi culpa…
—No te culpes —dijo Hermione—. No tenías opción.
—Escucha a tu amiga, que tiene razón —dijo Amelia—. Hiciste bien en obedecer, al correr yo peligro… más o menos. Pronto vieron que quienes corrían peligro eran ellos, pero bueno…
Rió, mientras nosotros nos mirábamos, confusos y sorprendidos. ¿Qué había querido decir con eso? ¿Qué había hecho?
Como Dumbledore no estaba, Amelia tuvo que confiar en McGonagall, la segunda al mando del colegio, por así decirlo, al ser la subdirectora. Le contó todo lo que había conseguido sacarle al mortífago antes de matarlo a patadas y pisotones en la cabeza, aunque obviamente no incluyó ese inciso en su relato. De hecho, para que nos contara la verdadera versión de su historia tuvimos que emplear métodos poco convencionales y altamente cuestionables, y nos costó lo nuestro convencerla para siquiera llegar a poder emplearlos.
—Definitivamente, estos cócteles con sombrillita son geniales —dijo Harry, satisfecho. Estábamos en su habitación, bajo el encantamiento Muffliato, pues se nos había hecho de noche con el relato de Amelia Bones.
—Sí, lástima que aguante tan bien el alcohol y que se diera cuenta de lo que estaba diciendo al minuto de empezar —murmuré, acomodándome en la cama—. Menos mal que, precisamente porque se dio cuenta, tuvo que acabar tal y como empezó, con toda la violencia con la que empezó. ¿Te has fijado en la cara que se le quedó a Susan?
—¿De verdad crees esa versión tan…? —una pausa, tratando de encontrar la palabra adecuada.
—¿Tan 'gore'? —completé, y él asintió—. Sí, más que la que le contó a McGonagall. Demasiado almibarada para ser de ella, te lo puedo asegurar. De hecho, la versión que nos dio a nosotros concuerda más con lo que descubrí de ella cuando peleamos.
—Sí, ya me contaste —dijo Harry, acariciándome suavemente la cicatriz de la zona interior del muslo, cuya herida no me mató por muy poco—. Espero que no te moleste que toque ahí…
—Puedes tocarme donde quieras, Harry, no sería la primera vez —ronroneé. Él sonrió con picardía antes de continuar su labor—. Me pregunto por qué habrá pedido asilo a McGonagall cuando ha demostrado que sabe apañárselas ella solita —murmuré, pensativa.
—Seguramente para cuidar de Susan —dijo Harry, ausente, su dedo subiendo lentamente hacia zonas más o menos prohibidas. Recuerdo que reí de una forma más bien tonta en esa ocasión, al sentir esa sensación de calidez ya tan característica muy cerca de donde ese dedo estaba explorando.
—Se te ve con ganas de juerga —ronroneé.
—Sí, la historia de Bones me ha puesto como una moto —susurró él.
Creo que no hace falta que relate lo que ocurrió después. Aun así, si quieres saberlo, sólo diré que no dormimos esa noche. ¿O qué pensabas?
