-CAPÍTULO 14 -

Segunda Parte

Akane le observaba fijamente bajo las suaves motitas y halos de luz dorada que se filtraban a través de un par de pequeñas rendijas de las contraventanas de madera. Estaba de lado, mirando hacia ella, pero profundamente dormido bajo las esponjosas mantas de pelo largo. Y era extraño porque, aunque llevaba tres meses durmiendo con él, era la primera vez que se despertaba a su lado y él estaba dormido de verdad. Un nuevo descubrimiento de tantísimos que aún le quedaban. Y estaba absolutamente fascinada con sus rasgos suavizados sin rastro de tensión, su respiración lenta, rítmica y amplia y su cuerpo desnudo, cálido, relajado y vulnerable.

Era precioso. Precioso de tantísimas formas distintas. Tuvo unas enormes tentaciones de acariciarle la mandíbula, de ver esos maravillosos y exóticos ojos azules abriéndose soñolientos mientras, sabía, le dedicaría una sonrisa perezosa al tiempo que la atraía hacia su cuerpo y la cobijaba entre sus brazos. Pero no quería despertarle. No. Aún no. Porque su Tiz, su amore, necesitaba ese descanso más que ninguna otra cosa en el mundo. Y ella no iba a interrumpir lo que tanto le había costado conseguir.

Akane se movió despacio y con ínfimo cuidado, acurrucándose mejor bajo el calor de sus cuerpos entre las mantas y rememoró el momento de la noche pasada en la que él se había enfrentado al instante de tomar las pastillas.

Cuando sacó el blíster de la maleta se quedó petrificado observándolo como si lo que estuviese a punto de tomar fuese veneno. Akane tuvo que llamarle tres veces para que reaccionara y, cuando lo hizo, se movió mecánicamente, como si estuviese siguiendo un ritual de órdenes precisas. Cogió una de las botellas de agua mineral que había en una de las mesitas de noche al lado de la cama y caminó hacia ella con una tirante pesadez. Se sentó de nuevo sobre las mantas, a su lado, pero su mirada se quedó de nuevo prendida en el fuego de la chimenea. Akane le dejó unos instantes mientras le observaba y supo que, incomprensiblemente, seguía sintiéndose avergonzado. Había rehuído su mirada desde el instante en que tuvo aquél blíster en las manos y parecía aislarse, como si estuviese imaginando que ella no estaba allí y que no iba a verle haciendo aquello.

―Tienes que hacerlo. Necesitas dormir ―le dijo con suavidad y, cuando él encontró su mirada, lo supo. No iba a tomárlas por sí mismo porque rechazaba absolutamente la idea de hacerlo. Lo que necesitaba era una órden, firme, determinada. Así que Akane le quitó el blíster de las manos, observó la parte de atrás donde aparecía la composición en miligramos y, sin mirarle, dijo con la voz brusca―. ¿Cuál es la dosis?

Él farfulló dos y Akane las sacó del blíster. Dos pastillas significaban cuatro miligramos. Era la dosis más alta recomendada para tratar el insomnio. Pero Akane intuyó que él tomaba más y que había reducido la cantidad intencionadamente, para evitar caer en un sueño tan profundo durante lo que él podría considerar demasiadas horas. Sin embargo, Akane no discutió, porque prefería que tomase menos a que lo evitara y volviera a caer en el ciclo autodestructivo que le había llevado a explotar la noche anterior. Le dió las pastillas y le ordenó que las tomara, sin mirarle, porque necesitaba interponer una distancia invisible y romper su conexión para que la órden tuviera efecto. Aún así, Ranma titubeó un segundo, observando las pastillas en su mano. Tomo aire con fuerza, con la pesadez de un adicto que sabe lo que le espera, y las tragó. Y Akane le recompensó, abrazándole por la espalda piel contra piel, besándole en el cuello, susurrándole Voy a ayudarte. No estás solo, apretándole con fuerza contra sí No estás solo y quedándose con él contemplando el fuego, esperando que hicieran efecto.

Ni siquiera pasaron cinco minutos cuando los párpados empezaron a cerrarse con un letargo propio de quién se está quedando dormido. Akane notó que su gran cuerpo comenzaba a relajarse y que cada vez pesaba más contra ella. Pero le vió luchar por no dormirse y cuando notó que el fármaco estaba ganando la batalla intentó levantarse. Pero ella le obligó a quedarse a su lado, hechizándole con tentadoras caricias, con susurros sensuales y con besos repletos de ternura hasta cobijarle bajo las suaves mantas, atrapándolo en el calor de sus cuerpos. Tal y como estaban en ese instante.

Akane no supo si le estuvo observando segundos, minutos o tal vez horas hasta que él tomó dos respiraciones profundas, se movió fluídamente poniéndose boca arriba y abrió los ojos casi de golpe. Ella susurró un Hola antes de acariciarle la mandíbula y entonces sus exóticos ojos azules se posaron en ella con la mirada brillante y felizmente soñolienta, le dedicó esa sonrisa perezosa y lenta cargada de sensualidad que ella adoraba y la atrajo hacia su cuerpo, cobijándola entre sus brazos. Su voz ronca como nunca antes la había escuchado, murmuró un dulcísimo La mia Dama. La mia bellissima donna sobre su cabello antes de estrecharla aún más entre sus brazos y comenzar a comérsela a besos que descendieron por su cuello, por sus pechos, por su estómago, por esa porción de piel sobre el hueso de la cadera que él adoraba, y que terminaron por perdierse un poco más allá de eso y que dejaron bien patente lo mucho y bien que había descansado.


Por supuesto cuando llegaron a casa de los padres de Tiz y Nicola se enteró de que habían comido en un restaurante se enfurruñó y toda su efusividad italiana explosionó. Levantó la voz exagerando el acento y sus manos se movían inquietas mientras espetaba a su hijo con los ojos brillantes.

Por el contrario Ranma parecía divertido. Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y se quedó mirando a su madre con un gesto del todo inocente y una sonrisa traviesa que Akane ya le había visto utilizar con Nicola el primer día que llegaron. Akane apretó los labios aguantando la risa. Era enternecedor verles ahí, una madre regañando a su hijo de treinta años como si no tuviese ni diez y él, fingiendo que aguantaba el rapapolvo como un niño travieso que se arrepiente de sus actos. Cuando Nicola terminó de regañarle al más puro estilo de mamma italiana, Tiz habló en japonés, con la voz suave, tranquila y con un deje pacientemente cariñoso.

―¿Ya has terminado, mamma?

Y entonces Nicola le atrapó, como el primer día, en un abrazo necesitado y anhelado. Una madre echando de menos a su hijo. Sujetandole por la cara le dio unos sonoros besos mientra él fingía querer escapar de su agarre. Nicola le soltó rapidamente, mascullandole un desaborido antes de dedicarle una amplísima sonrisa a Akane, tomarla del brazo y llevarla hacia el salón entre preguntas de qué le había parecido Siena mientras ignoraba a propósito a Tiz.

Akane estaba entusiasmada hablando con Nicola sobre la ciudad, contándole lo que más le había gustado, lo que más le había sorprendido y llamado la atención. Su madre, que conocía muy bien Siena, no dejaba de mirar a su Dama con mucho interés, tan emocionada como ella mientras oía el relato. Miró el reloj y comprobó que eran las cuatro menos cuarto, así que, como aún tenía tiempo para el plan de la tarde, dejó que hablasen allí sentadas en el sofá mientras que él se acomodaba en uno de los sillones, estirándose todo lo largo que era, y disfrutando de ver tan compenetradas a las dos mujeres más importantes de su vida.

―¿Pudistéis ver el suelo de la Catedral? ―dijo su madre, mirándole a él.

―No. Estaba cubierto ―contestó, observando a Akane―. Me dijeron que lo descubrirían en agosto. Tendremos que venir entonces. Y así puedo llevar a Akane a Venezia.

Su Dama sonrió de ese modo brillante que él adoraba con un claro deje de fascinada sorpresa y Nicola intercambió una mirada de alegría con ella con un cierto aire de madre orgullosa, lo que consiguió sonsacarle a Tiz una sonrisa.

―Tendrías que llevarla en Carnavales. Venezia es mágica en esas fechas.

Esperaba hacerlo pero no en el próximo febrero porque, por entonces, él estaría en algún rincón perdido del mundo haciendo su trabajo. Akane aún no sabía nada y no pretendía que se enterara precisamente en ese instante.

―Pero en agosto es el Palio de Siena y Akane quiere verlo.

―¡Anda, no seas así! La traes dos veces. Para Carnavales, que además es San Valentín, y para agosto, así veis el Palio y pasáis las vacaciones aquí ―y entonces se dirigió a Akane― ¿verdad que es un buen plan?

Akane sintió muchísima ternura cuando Nicola se dirigió a ella con esa pregunta. Era tan fácil entender la súplica velada pero implícita en sus palabras que Akane se prometió a sí misma que haría todo lo que estuviese en su poder para conseguir que Ranma viera más veces a su familia. Pero como no quería poner en un aprieto a su pareja, le dió un tímido apretón de manos a Nicola, transmitiéndole con ese gesto su sentir.

A Ranma, evidentemente, no se le escapó aquel detalle y decidió que era el momento perfecto para planear un cambio de rumbo en la conversación.

―Deberíamos irnos ya ―dijo, levantándose y acercándose a ellas―. Tengo entradas para la Galería de los Uffizi a las cuatro y media.

Akane se levantó y se cogieron de la mano mientras que su madre les apremiaba a que se fueran porque llegarían tarde. Ranma le guiñó un ojo a su Dama y ella le dió un juguetón empujoncito en el brazo para que dejara de alargar la sorpresa. Y, con un deje distraído anunció:

Mamma, si se nos pasa la hora será por tu culpa y por lo que tardas en vestirte.

Nicola dejó de arreglar la manta que había siempre a un lado del sofá para las noches más frías y se giró a mirar de uno a otro sin decir una palabra, claramente aturdida.

―Tiz me ha dicho que ahí voy a encontrar al culpable de su nombre ―dijo Akane riseuña pero con un toque tímido―. Y me gustaría que me lo enseñaras tú.

Nicola apretó los labios conteniendo un gritito de alegría, sus ojos verdes se tiñeron de una agradecida ilusión que se desbordó para ambos y, dando una palmada, como metiéndose prisa a sí misma, pasó por su lado murmurando atropelladamente "voy a cambiarme ahora mismo" y se perdió por las escaleras de camino a su dormitorio.


La Galería de los Uffizi estaba a rebosar. Era por ello que el barullo casi silencioso que reinaba resultaba abrumador.

Akane disfrutó muchísimo de la visita, porque llevaba a sus dos guías particulares que hicieron muy amena la contemplación de los preciosos cuadros y las esbeltas esculturas. Ahora, estaban paseando por un magnífico corredor acristalado desde el que podía vilumbrarse el Ponte Vecchio y el rio Arno. Akane perdió la mirada disfrutando del paisaje fiorentino hasta que Nicola empezó a tirar de ella con impaciencia.

―Ya estamos llegando ―dijo con cantinela.

Atravesaron tres salas a toda prisa, ya no solo por la impaciencia de su suegra, sino porque la galería cerraría en apenas media hora. Se introdujeron en una sala y se detuvieron en el mismo centro para contemplar todas las pinturas desde allí.

Ranma aguantó al risa al ver que cuando estaban a punto de llegar, su madre le señaló un cuadro a Akane justo al lado contrario en el que estaba el que quería mostrarle. Su Dama miró hacia allí observando una de las pinturas mientras que Nicola la colocaba justo de espaldas a su objetivo. Y entonces dijo:

La Venus de Urbino ―hizo una pequeña pausa y agregó― de Tiziano.

Al oír aquello último Akane se dió la vuelta y se encontró de golpe con el causante del nombre italiano de su pareja. Era una auténtica maravilla. Lo primero que llamó su atención fué la sensación de suave armonía que evocaban los colores, las lineas sedosas de todo el conjunto. Después la brilante luminosidad con la que aparecía la Venus con su piel tersa e impoluta recostada sobre un lecho esponjoso de sábanas y almohadones blancos en las que las arrugas de la tela estaban ricamente detalladas. La placidez e inocencia del rostro, el ondulado de su cabello dorado, el ramo de rosas en una mano, el brillante pendiente de perla, y el contraste que todo aquella imagen de pureza producía con un fondo verdusco oscuro donde en un tercer plano podía vislumbrarse los bellos tapices, la servidumbre, y lo que parecía ser una hermosa galeria de grandes columnas por el que la suave luz azulina del atardecer se vislumbraba.

―Es precioso ―murmuró Akane, acercándose un poco más para captar los detalles ―. Me encantan los colores y la suavidad de las formas.

Tiziano es así. Es su estilo. Busca los contrastes, oscuros y claros. Pero todo lo que destaca de forma brillante en sus pinturas es la feminidad y la sensualidad y las envuelve con un halo de placidez e inocencia. Representa a las mujeres con formas muy suaves, como si fuesen seres frágiles y delicados, pero al mismo tiempo te das cuenta de que las imprime mucha fuerza, que las refleja como mujeres con carácter ―dijo Nicola, apreciando el cuadro. Y entonces susurró confidente―. Cuando lo ví por primera vez me enamoré y me dije que si un día tenía un hijo llevaría el nombre del artista ―asomándose, miró a Ranma, que parecía distraído mirando a alguien que estaba a espaldas de ellas―. Y le tocó a él.

Akane miró a su Tiziano y no dejó de encontrar curioso que la descripción que acababa de hacer Nicola del cuadro de alguna forma se asemejaba a él, a su personalidad de claros y oscuros, pero también al modo en que la hacía sentir como mujer y como su compañera, suave, femenina, sensual, digna de merecer su protección pero reconociendo su fortaleza, su independencia y su carácter. Sonrió y, sin apartar la vista de él, murmuró hacia Nicola con aires pícaros:

―Me alegro de que lo hicieras. Le sienta muy bien.

―Sí, lo sé.

Cuando Ranma dejó de vigilar a un tipo que salía de la sala y con el que "casualmente" se había cruzado los tres días que llevaban en Florencia, se encontró con las dos mirándole lo que podría decirse embobadas, cada una a su manera.

―No soy una escultura ―espetó con ese deje de cariñoso hastío poniendo los ojos en blanco. Echó un vistazo al cuadro al que le debía su nombre y después se puso detrás de ellas, las rodeó por los hombros pegando cada una a uno de sus costados y les dijo―. Si queréis ver algo más será mejor que nos movamos. Están a punto de cerrar.

―Quiero ir a la tienda ―dijo Akane―. Y ver si hay una reproducción de este cuadro ―le miró, con los ojitos brillantes, pestañeando rápidamente y, definitivamente, exagerando su enamoramiento de forma juguetona para evitar una situación que ella creía que podía incomodar a su madre―. Me gustaría ponerlo en nuestro nuevo salón.

Pero su madre se deshizo de su agarre habilmente y fingió que se interesba por una pintura que quedaba cerca de la puerta de salida de la sala, dejándoles la intimidad que necesitaban para que él respondiera ante la mención y la emoción de vivir juntos.

―Me encanta esa idea ―susurró sobre sus labios, besándolos a continuación y dejando deslizar la mano por la sensual curva de su espalda hasta rodearla por la cintura―. Vamos.


En algún momento mientras regresaban a casa su madre había comenzado a contarle a Akane anécdotas de su infancia. Y, en algún otro momento, ésas anécdotas que se limitaban a divertidas fechorías infantiles habían dado lugar a ése tipo de las que uno se avergüenza por el resto de su vida. A Nicola, evidentemente, le daba lo mismo que su hijo comenzara a sentirse incómodo y Ranma sabía que lo estaba haciendo con toda la intención del mundo porque los dos eran conscientes de que eso formaba parte de su trabajo como madre. Más aún, a Tiz no le importaba que todas aquellas situaciones incómodas de su juventud fueran contadas porque las dos estaban felices, la una contando y rememorando, la otra escuchando y descubriendo, y ambas riéndose a carcajadas mientras él fingía azoramiento y rebatía a su madre abiertamente tratando de cambiar la versión de la historia para favorecerle.

Tampoco le importó que, al llegar a casa, su madre le despachara a la cocina a preparar café y té mientras ellas se iban al salón a calentarse al lado del fuego de la chimenea donde Nicola seguiría contando y rememorando situaciones del pasado de su akanboo entre cómplices susurros y sonrisas.

Estaba revisando el contenido de uno de los armarios en busca del té que le gustaba a Akane cuando la puerta de entrada se abrió. Por inercia se asomó para ver quién llegaba y ahí estaban su hermano Alei y Vico. El niño había entrado primero mientras su padre le sujetaba la puerta. Había un aire distraído y descuidado en el modo en que Vico había caminado dentro de la casa y en la forma en que parloteaba alegremente, hablando sorprendentemente deprisa y fluído para un niño de su edad. Parecía verdaderamente enfrascado en lo que le estaba contando a su padre y gesticulaba muy vehementemente lo que indicaba que a pesar de su timidez tenía carácter. Alei cerró la puerta despacio, increíblemente atento a lo que su hijo estaba diciendo y luciendo una sonrisa significativamente orgullosa.

Ranma observó aquella interacción entre padre e hijo. Captó la enorme complicidad que había entre los dos, el modo en que Vico miraba a su padre como si fuera el ser más importante del mundo mientras le hablaba con esa enérgica verborrea, y la forma protectora y tierna en que su hermano miraba y atendía a su hijo. Alei le acarició la cabeza llamando la atención del niño cuando le dijo estoy de acuerdo y Vico miró hacia arriba y le dedicó una enorme sonrisa al tiempo que repondía con clara suficiencia porque tengo razón. Y Tiz se dió cuenta de algo. Algo que nunca, jamás, reconocería ante nadie. Al verles allí sintió unos celos primitivos, instintivos, poderosos y arrolladores, una envidia salvaje que le corroía la sangre porque él nunca podría tener algo tan magnífico; su propio hijo.

En ése momento Vico le vió y una gran sonrisa sImpática se dibujó en su rostro haciendo brillar esos ojos azules tan familiares. Aún eferverscente por la conversación con su padre, el niño se mostró mucho más relajado y extrovertido que la primera vez que se vieron. Le saludó con la voz risueña acompañándolo de un movimiento enérgico con la mano.

—¡Hola, tío!

Ranma se movió haciéndose más visible para ambos e intercambió una breve mirada de saludo con Alei antes de dirigirse al pequeño.

—Hola, Vico. ¿Qué tal?

—Muy bien —contestó mientras se asomaba a la cocina con toda la picardía. Cuando no encontró lo que buscaba o, mejor dicho, a quién esperaba encontrar, murmuró con un deje muy resuelto—. Tengo hambre.

Alei se rió de ese modo divertido por lo acostumbradamente incrédulo que resultaba aquello. Volvió a posar su mano sobre la cabeza del niño. Y Tiz seguía peleándose con esos sentimientos recién aflorados mientras les observaba.

—Pero hijo, si acabas de merendar.

Vico echó la cabeza hacia atrás, mirando a su padre desde abajo y, muy decidido, repitió muy serio.

—Tengo hambre, papá.

—Pues tienes que esperar a la cena.

Al ver que no lograba nada con su padre Vico hizo un mohín y miró a su tío en una clara y silenciosa petición de apoyo. Ranma miró a Alei quién negó sutilmente con la cabeza, así que al posar sus ojos en aquellos irises idénticos a los suyos simplemente se encogió de hombros y le sonrió un poco. El pequeño resopló y cambió de táctica, preguntando de nuevo a su tío.

—¿Y la nonna y el nonno?

—En el salón —contestó observando como el niño bajaba la mirada y se sonrosaba un poco al preguntar por la siguiente.

—¿Y la tía Akane?

Tiz no pudo evitar sonreír al pensar que, hasta en el gusto por mujeres, incluso siendo tan pequeño, parecían coincidir.

—También en el salón. ¿Y sabes qué? Creo que tiene una cosa para ti.

—¿Si? —y, antes de que pudiera contestarle, el niño salió corriendo hacia el salón.

Los dos se quedaron mirando a Vico hasta que las voces de Nicola, Genma y Akane se escucharon cuando el pequeño abrió la puerta, anunció su llegada y se introdujo en la estancia cerrando la puerta tras de sí.

—Si le dejásemos se pasaría el día comiendo —dijo Alei con una sonrisa cariñosa para después farfullar con un afectado deje humorístico—. Cuando tenga catorce me arruina.

—Si tú y yo no arruinamos a los nuestros, dudo que él te arruine a ti.

—Tengo mis dudas...

Ranma se encongió de hombros, sonrió y se volvió para continuar con lo que estaba haciendo. Su hermano le siguió, introduciéndose en la cocina, cruzándose de brazos y apoyándose en la encimera. Hubo unos segundos de silencio mientras Ranma encontraba la tetera, la llenaba de agua y la ponía al fuego bajo la atenta mirada de su hermano mayor.

—Se parece a ti —comentó de un modo distraído.

—Sí —orgullo palpable en su voz —. Mei tiene la esperanza de que la niña se parezca algo a ella.

—Sí, porque como salga a ti... —silbó, de aquél modo que claramente indicaba un "pobre de la niña".

Escuchó a su hermano atragantar la risa y, por un instante, aquél momento le pareció tan normal como antaño, haciéndole sentir bien. Pero entonces el silencio volvió a instaurarse y, cuando no se está cómodo con una persona que está cerca, ese absoluto vacío de sonido se vuelve un eco atronador y abrumador que expande la tensión con la fuerza de un huracán. Alei rápidamente intentó retomar la conversación, tratando de alejar ese vacío silencio y esa sensación de constante alerta y peligro que percibía estando cerca de su hermano pequeño.

—¿Qué tal en Siena? ¿Le ha gustado a Akane?

Tiz se tomó su tiempo en contestar. De algún modo necesitaba ponérselo difícil.

—Sí, mucho. Aunque sigue prefiriendo Florencia —escuchó a su hermano haciendo ese ruido característico con la garganta que indicaba aprobación. Ranma esbozó una sonrisa al recordar el rostro de su Dama cuando con absoluta convicción y un deje orgulloso le dijo que Florencia seguía siendo su favorita. Tras un instante, añadió con un deje de fastidio —. Pero se ha hecho de los Dragos.

—¡Mierda! —farfulló humorísticamente cabreado —¿Por qué todas las mujeres de esta familia se hacen de los Dragos?

—Ni idea. Pero ya verás cuando se entere Anna— la benjamina de la casa, bueno la benjamina de entre ellos tres, iba a ponerse contentísima al saber que los Dragos tenían a un nuevo seguidor entre sus filas.

—Nos lo estará restregando por la cara hasta que...

—... alguna vez ganemos —interrumpió Ranma, resignado, porque los Aquilas llevaban años sin ganar ningún Palio. Abrió uno de los armarios y se quedó desconcertado por un segundo al no encontrar lo que supuestamente debería estar allí. Cerró las puertas y fué al siguiente.

Y mientras que Tiz abría y cerraba puertas, echando miradas que parecían despreocupadas pero que en realidad estaban memorizando todo como si de fotografías se tratasen, Alei no podía dejar de mirar a su hermano y de reprimir el impulso que le empujaba a expresar lo mucho que lo había echado de menos y lo deseoso que estaba por poder arreglar las cosas con él. Pero quería disfrutar un poco más de esa fingida paz y normalidad; contemplándole, conversando con él de cosas mundanas, observar cómo se movía por la cocina con esa familiaridad innata, viéndole fisicamente bien, sano, despreocupado y feliz.

Sí, Alei trataba por todos los medios de engañarse a sí mismo, obviando el asunto que les quedaba por resolver, pensando que, tal vez, poco a poco, todo volvería a la normalidad entre ellos. Huía de ese momento de enfrentameitno porque lo último que quería era complicar aún más las cosas ¡Joder! Había echado tantísimo de menos a su hermano, y se sentía tan culpable, que en ese instante se conformaba con las migajas que él quisiera darle aún sabiendo que lo mejor era hablar, comunicarse, como siempre habían hecho.

Nunca había habido secretos entre ellos. Habían estado tan unidos que habían sido una extensión el uno del otro hasta que Tiz decidió inmiscuirse de lleno en ése trabajo suyo del que nadie sabía nada pero del que todos sospechaban, del que todos eran conscientes de los cambios tan radicales que le provocaban y que afloraban en los momentos más inesperados. Ese trabajo que había convertido a su hermano poco a poco en una especie de familiar extraño, alejándole cada vez más de él, cada vez más distante por todo ese obscuro secretismo que le rodeaba, porque su trabajo se había convertido en tabú.

Sí, era él, en esencia seguía siendo Tiziano, su hermano pequeño al que adoraba y por el que mataría si hiciera falta, pero los cambios estaban ahí, se notaban, se veían, se palpaban, pero no se podían mencionar, y era tan difícil lidiar con ellos...

—La mamma ha cambiado todo de sitio —dijo Tiz, sacando las tazas de una de las baldas más altas de uno de los armarios de la cocina.

—Sí —Alei aún miraba a su hermano con esa latente tierna adoración—. Lo hizo cuando llegaron los niños.

Tiz colocó las tazas con precisión milimétrica y fué en busca de los cubiertos. De nuevo el silencio, la incomodidad. De nuevo Aleiandro tratando de desterrarlos.

—Gracias por ayudarme con el caso.

—No hay de qué —tras colocar los cubiertos, apagó el fuego y sacó la tetera, dejándola en la encimera sobre un protector de madera.

—La verdad es que me vendrá estupendamente tener una segunda opinión. Y sobre todo si es la tuya.

—Uhum —carraspeó Tiz, en respuesta, con aire distraído.

Alei continuó siguiéndole con la mirada cuando su hermano se dirigió al frigorífico para coger una botella de agua. Y, desde donde estaba, pudo ver que tocó el tapón de la segunda de la derecha, pero la ignoró. Cogió justo la de al lado, la tercera, y colocó las demás, dejándolas todas perfectamente alineadas. No pudo evitar sonreír. La manía de su hermano con el orden. Qué maravillosamente bien le hizo sentir verle hacer aquello, saber que cuando abriera la nevera encontraría las botellas perfectamente colocadas por su mano.

—Había pensado —Alei notó que su voz sonaba demasiado efusiva y trató de apaciguar la ilusión que le hacía retomar el contacto con Tiz —que si mañana por la mañana no tienes planes con Akane, podríamos acercarnos al gimnasio y practicar un poco.

Ranma perdió la mirada al frente, observando fuera de la ventana, como si algo, de repente, le hubiese llamado la atención. Lo que hacía en realidad era reflexionar sobre si el contacto físico con su hermano podría ser una buena idea. Por un lado lo encontraba fascinante, podría ser un modo de acercarse nuevamente a pesar de su reticencia a hacerlo, rememorar los viejos y buenos tiempos, un modo de, quizá, intentar volver a conectar y cicatrizar. Por otro, podía ser peligroso, porque sabía que aquellos recuerdos podrían aflorar y tal vez, solo tal vez, su autocontrol estallara por lo aires y se volviera agresivo y mortífero. Si decía que sí tenía que haber una condición, que Genma les acompañara. Porque su padre era el único que podría intentar detenerle y probablemente tener éxito. Sólo había otra persona que podría hacerle parar y volver a recuperar el control si aquellos recuerdos explotaban en su cabeza y conseguían que la rabia estallara, su Dama. Pero si ocurría aquello, si la rabia se transformaba en la frialdad que manejaba en su trabajo, si aparecía aquel lado oscuro, si trataba de mat... no, no quería que ella le viera en ese estado. No quería que viera quién era cuando trabajaba. No quería ensuciarla con...

—¿Tiza?

Alei le miraba con clara preocupación, culpabilidad, arrepentimiento y un inmenso cariño. Tiz se regodeó dejando que sus ojos azules se clavaran en los de su hermano mientras esbozaba una escueta sonrisa cargada de un toque de ironía y observó como, a pesar de que intentaba mantener la composutra, Alei tensaba el cuerpo y la mano derecha; preparado.

Tiz lo vió claro como el agua. Su hermano no solo le respetaba, no solo era consciente de su superioridad sino que además percibia de algún modo quién era él, qué era él y qué hacía, y le temía por ello. Y Ranma no pudo hacer más que respetarle y sentirse orgulloso porque su hermano siempre había sido muy intuitivo, muy capaz de reconocer sus limitaciones, de saber cuando había peligro y cuándo podía hacerle frente o alejarse. Le ofreció una sonrisa socarrona, de esas que se echan cuando intentas disimular que algo te incomoda pero que en el fondo deseas hacer, elevó los hombros y se centró en seguir preparando la bandeja.

—Vale —confirmó cogiendo la tetera—. Seguramente Akane querrá dormir por la mañana, aún no se ha adaptado al horario, así que estaré libre.

—¿A qué hora te viene bien?

—El gimnasio abre a las nueve y media ¿verdad? —su hermano asintió—. Entonces a las nueve.

—Genial. Estoy deseando ver tus nuevos trucos.

—Seguro que te gustarán —vaticinó con una amplia sonrisa y levantando una de las tazas—. Pero ahora vamos a por el caso —y con un toque vacilón, preguntó — ¿Vas a querer algo?

—¡Joder, sí! Café —farfulló con cierta alegre ansiedad —. Pero una cafetera para mí solo —se acercó hacia donde estaba Tiz, haciéndole retroceder un poco, abrió uno de los armarios y sacó otra cafetera. La meneó delante de la cara de su hermano pequeño y farfulló —. Llévate esa bandeja. Ahora iré con mi cargamento.

Tiz cogió la bandeja y la llevó como un camarero experto mientras se encaminaba hacia el salón.

Sí, tenía que reconocerlo, al menos para sí mismo porque, a pesar de todo, había echado de menos a su hermano.


En cuanto Alei llegó al salón, él y Ranma se sentaron a la gran mesa de madera, esparcieron papeles por todas partes y se pusieron con el caso. Y del otro lado del salón, Nicola, que acariciaba la cabecita de Vico mientras éste dormía en el sofá, le contaba la historia de la familia, bajo la atenta mirada de los ojos rasgados de su silencioso marido y el dulce aroma de la pipa, del café y del té. Akane se sintió fascinada por saber cómo se habían conocido los padres de Ranma y cómo había surgido su historia de amor.

—Nos conocimos en Londres —dijo con una sonrisa tan brillante y reluciente que, de repente, pareció treinta años más joven—. Yo había ido a visitar a una hermana de mi madre que se marchó de Alemania antes de que empezara la guerra —miró a Genma, con una tierna adoración —. Y él era un joven imberbe estudiante de derecho, compañero de clase de uno de mis primos.

Su marido le devolvió la mirada mientras una sonrisa discreta se esbozaba en sus labios.

—Imberbe —farfulló de forma impersonal sin quitarse la pipa de la boca.

—Sí, imberbe —repitió con un deje travieso, como si aquella palabra fuese parte de alguna broma privada, antes de volver la vista a Akane—. Mi primo me llevó a visitar la National Gallery. Me comentó que uno de sus compañeros de clase vendría con nosotros porque también le gustaba la pintura y, aunque llevaba un tiempo en Londres, no había encontrado el momento para visitarla. Y cuál fué mi sorpresa cuando nos presentaron. Un japonés, altísimo y de ojos azules.

—E imberbe —susurró Genma, que se había arrellanado mejor en el sillón y observaba a Nicola como un gato hambriento observa a un plato de crema.

Nicola puso los ojos en blanco meintras su sonrisa se ensanchaba.

—Por aquél entonces era muy ignorante sobre todo lo que tuviera que ver con Japón. Yo creía en los estereotipos, que los japoneses eran todos de mi altura, de constitución muy delgada y que tenían los ojos pequeños, negros o marrones. Así que cuando le ví a él me quedé muy sorprendida.

—Con la boca abierta —dijo Genma, sacudiendo un poco la pipa en el cenicero de la mesita auxiliar—. Literalmente.

—Al menos yo sí miré las pinturas ese día —espetó ella dejando que el acento italiano se colara en la cadencia del japonés mientras volvía a mirar a su marido, ésta vez con un brillo de reproche.

—Yo no —contestó él con aires de suficiencia y, por un momento, no pareció un gato, pareció una enorme pantera, acechando a su presa, ronroneando y relamiéndose—. Lo reconozco.

Akane se sentía menos tensa y, sobre todo, muy agradecida por el comportamiento más cercano que Genma estaba mostrando a pesar de seguir en su línea seria y distante. Akane sentía que aquello se debía a que contaba con su aprobación y, por tanto, con el beneplácito de su confianza resultando en que él pudiera permitirse ser un poco menos prudente.

Aún así, no pudo evitar que la incomodidad le rondara por un segundo porque la forma en la que Genma estaba mirando a su mujer era un modo muy particular que le resultaba tremendamente familiar. Ahora ya sabía de dónde había heredado Tiz su mirada de "Sexo. Ahora". Sin poder evitarlo, Akane tosió, completamente azorada, y se atrevió a preguntar.

—¿Entonces fué, lo que se dice, amor a primera vista?

El no de Nicola y el sí de Genma se entremezclaron en un compás perfecto de graves y agudos. Ante sus respuestas, los dos se miraron.

—Para mí lo fué —ratificó el padre de Ranma, muy serio, como si no se hubiera esperado la contestación de su esposa por nada en el mundo.

—Yo necesité verle una segunda vez —su voz se tiñó de ternura y una de sus manos se posó en el brazo masculino, acariciándolo—. No es que no me impresionara. De hecho lo hizo y mucho—se giró de golpe y le susurró a su marido con un toque impaciente y una pizca de reproche—¡Soñé contigo aquella noche! —tras hacer esa aclaración a su esposo, quién sonrió con un sorprendente y desacostumbrado toque pícaro, volvió a mirar a su nuera—. Pero estaba bastante desconcertada por su abierto interés, que no sabía si era realmente interés o solo era la manera habitual en que un japonés miraba a una persona que acababa de conocer.

Akane lo tenía claro. Para Nicola también había sido amor a primera vista, a pesar de que intentara excusarse con el desconcierto que Genma le produjo. Precisamente, el desconcierto, era un claro síntoma de amor a primera vista.

—Soy japonés pero ante todo soy un hombre —dijo él, escueto, con ese toque distante, retomando su pipa.

—Dos días más tarde volvimos a vernos. Ésta vez en un café en el centro de Londres. Y después de pasarnos la tarde hablando de esto y de lo otro... bueno... —Nicola suspiró con aires soñadores y nostálgicos—. Ahí empezó nuestra aventura.

De repente Genma miró fijamente a Akane y con su voz autoritaria y que no admitía réplica alguna, dijo:

—Le dije que no había podido dejar de pensar en ella. Que era magnífica, lo más bello que había visto en mi vida, y que me tenía por completo a sus pies.

A Akane le dió un vuelco el corazón al escucharle decir aquello, especialmente porque la forma en que lo dijo le confería una autenticidad y una intensidad emocional a su declaración que la dejó por un segundo sin respiración y, sobre todo, teniendo en cuanto que venía de un hombre como él. Inmediatamente miró a Nicola quién se ruborizaba con la timidez de una jovencita inexperta en el amor pero irremediablemente enamorada y Akane no puedo reprimir un cosquilleo de ternura y devoción por ella, por ellos, por el amor tan precioso que aún se profesaban, un amor que conseguía que aún después de tantos años hubiera rubor ante los recuerdos, las palabras y los matices ocultos en ellas.

Su suegra carraspeó, como queriendo recuperar la compostura, se tocó el precioso cabello en un gesto inocentemente coqueto y humedeció sus labios con un toque indiscutiblemente nervioso e inconscientemente seductor. Después miró a Akane y murmuró con una pizca de ironía, intentando quitar intensidad al momento inundado de recuerdos:

—Las cosas que dicen los hombres por conquistar a una mujer...

Genma se levantó, sorprendiéndolas a ambas, y caminó hacia donde estaban sus dos hijos, enfrascados en una conversación en italiano con tintes de inicio de discusión. Pero antes de rebasar del todo a Akane se agachó, ligeramente, y susurró de modo que su esposa también le oyera:

—Sigo sintiéndome igual.


Una vez que Genma se sentó en la mesa con sus hijos Nicola continuó contándole acerca de la familia. Así, supo que su suegra era en realidad alemana, especificando con mucho orgullo que era del sur, que sus padres se habían mudado a Trento cuando ella era adolescente intentando mejorar su calidad de vida, huyendo de su país, con resquemores del conflicto y asolado por la guerra. También descubrió que después de conocer a Genma en Londres, Nicola tuvo que regresar a Trento y, tras casi un año, volvió a la capital inglesa, a casa de su tía, para poder iniciar sus estudios de arte y así poder estar cerca de Genma, hasta que ambos terminaran sus estudios. Pero entonces, a los diecinueve años Nicola quedó embarazada de Alei. Al parece aquello resultó ser un problema para ambos:

—Genma era reticente a tener hijos. Yo estaba muy contenta por la noticia, siempre he querido tener muchos niños, pero para él era un problema y se distanció de mí—los brillantes ojos de Nicola se posaron en Akane con ese verdor sabio de entendimiento, que hablaba por sí solo de su propio hijo Tiziano y su situación—. Además estaba el hecho de que no estábamos casados. Y mis padres, claro, que sabían que tenía un pretendiente pero no les había contando que era japonés. Sinceramente no sabía cómo iban a tomarlo —suspiró, con un deje angustiado—. Y no nos lo pusieron fácil...

Le explicó que en cuanto supo del embarazo escribió a su familia para comunicarles la noticia y hablarles de los orígenes de Genma. Sus padres se mostraron reticentes, bastante contrariados de hecho, e incluso sugirieron veladamente la posibilidad de deshacerse del bebé para así eliminar todo vínculo con Genma y poder retomar una vida normal.

—Me enfadé muchísimo con ellos por mostrarse tan intolerantes, por no darle ni siquiera una oportunidad. Pero a mí no me había tocado vivir una guerra en la que los japoneses eran vistos como... de un modo muy negativo. Mis pobres padres... —hizo una pausa, tal vez una pizca demasiado larga, antes de añadir con tristeza —. Tenían miedo a lo desconocido.

Pero lo que provocó la mayor crisis entre la preja fué ése distanciamiento repentino de Genma, llevándoles a grandes discusiones.

—Sabía que él me estaba ocultando algo, pero se negaba a darme ninguna explicación a pesar de que me presentaba en la casa donde vivía, en la biblioteca donde estudiaba, y a veces iba al café donde solía ir por las tardes a tomar té. Trataba de hablar con él por todos los medios, pero siempre buscaba una excusa para alejarme. No entendía qué pasaba. Parecía un hombre completamente diferente. Ése no era Genma. No era el hombre del que me había enamorado —suspiró—. Llegué a pensar que tal vez estuviera casado en Japón. Así que, desesperada, le conté lo que estaba pasando a mi tía y le dije que temía que Genma tuviera otra familia. Discretamente mi tía habló con mi tío, que era embajador, y por medio de sus contactos investigué a Genma —Nicola esbozó una sonrisa torcida, casi ladina—. No constaba que estuviera casado, pero nos llevamos otra sorpresa cuando vimos que en la documentación aportada parecía haberse traspapelado su nacionalidad.

Akane elevó las cejas con sorpresa. Nicola se la quedó mirando un segundo y luego asintió.

—Eso solo hizo que confirmar mis sospechas de que había algo extraño, y que fuera lo fuese era lo que influía en la forma en que se comportaba conmigo porque, aunque Genma quisiera poner distancia entre nosotros, me miraba del mismo modo en que me había mirado desde el momento en que nos conocimos. Me anhelaba y también al niño —sonrió con un deje nostálgico y se tocó el vientre con tanta ternura como si estuviese albergando en ese mismísimo instante una vida en su interior—. Me la miraba. Miraba a su hijo —volvió a sumirse en un silencio largo, en el que los recuerdos de la memoria se hacían vívidos—. Pero viendo que se acababa el tiempo de reacción, pues pronto empezaría a notárseme el embarazo, le dí un ultimatum: le dije que sabía que me quería y que quería a ése hijo, que podía darle tiempo si era eso lo que necesitaba pero que si no me explicaba qué era lo que le impedía estar con nosotros, nos marcharíamos.

Nicola hizo una pausa en su relato, como si no pudiera encontrar las palabras que necesitaba para continuar. Acarició la cabecita de Vico quién sonrió entre sueños, se estiró como un gato sobre el sofá y después se acurrucó como una bolita. De lejos, las voces de Alei y Tiz se esparcían por el salón entre crepitares de la madera que ardía en la chimenea, con esa melodía cantarina del italiano, con dejes exasperados, vehementes o alegres, entremezclados con alguna que otra risa atragantada y alguna que otra contenida a viva voz.

—Así que hice las maletas y me volví a Trento con la esperanza de que él viniera detrás de nosotros y que me demostrara que era verdad eso que me dijo de que le tenía a mis pies —sonrió con un brillo pícaro en sus preciosos ojos mentolados—. Y vino —suspiró, de nuevo ese toque melancólico —. Apareció una noche en la puerta de la casa de mis padres. Fué mi padre quién abrió y al verle ahí, evidentemente, supo quién era al instante. Aunque te aseguro que en ese momento no importaba que fuera japonés. Mi padre se interpuso en la entrada como un muro de ladrillos y levantando la voz le dijo todo lo malo que le podía haber dicho siendo como era un padre furioso porque su hija había sido lastimada. Mi padre no era un hombre violento y, si sabes usar bien las palabras, pueden herir mucho más que cualquier golpe. Y él era un maestro—. Nicola levantó la mirada y la perdió detrás de Akane, donde estaban su marido y sus hijos. Tras un segundo, dijo con orgullo—. Mi padre me defendió como jamás nadie podría haberme defendido en una situación así. Y sé sobradamente que mucho de lo que le dijo a Genma le hizo muchísimo daño. Yo podía haber salido de la cocina y haber detenido aquél discurso, pero no lo hice. Igual que Genma podía haberlo parado en cualquier instante, pero tampoco lo hizo—. Su mirada volvía a enfocarse en Akane—. Los dos sabíamos que no era únicamente mi padre quién necesitaba desfogar y hacer daño con las palabras. Genma también necesitaba que le hirieran, era otra forma de enmendarse por su comportamiento —otra pausa, ésta vez más breve —. Cuando mi padre terminó y le dijo fuera de mi casa y nunca jamás te acerques a mi hija yo salí de la cocina. Entonces me vió y... —Nicola suspiró, cerró los ojos y se recostó ligeramente en el sillón luciendo una sonrisa radiante—. Nada, ni nadie, podía haberse interpuesto en su camino —por unos segundos reinó el silencio, hasta que Nicola volvió a clavar sus verdores en ella, con la intensidad de quién sabe por lo que pasarás y, con un toque claramente comprensivo, afectivo y con un evidente ánimo de consejo, murmuró—. Siempre habrá secretos Akane, pero nunca de los que verdaderamente importan.


—Reconócelo —dijo Akane con aires conspiradores, sentada en la cama en ropa interior y untandose crema en las piernas, mientras él iba hacia el baño—. Te lo has pasado bien jugando a los abogados.

Ranma se rió por la forma en que lo dijo.

—Ha estado bien, sí —reconoció—. Pero no me acordaba de lo cabezota que podía ser Alei.

—No has descubierto nada nuevo. Los abogados tienen la cabeza más dura que las rocas y no son de fíar.

—Gracias por excluirme, Dama—dijo desde la puerta.

Ella levantó la mirada como si no supiera muy bien de qué le estaba hablando.

—¡Bah! —hizo un gesto con la mano—. Tú no ejerces.

—Claro. Eso lo arregla todo —masculló con diversión.

Ella le miró y le dedicó una sonrisa que le dejó clavado en el sitio antes de volver a la crema. No pudo evitar observarla deslizando las manos por sus piernas brillantes, masajeándolas con sus manos pequeñas, modelando luces y sombras cuando la tersa piel y el tonificado músculo se hundían bajo la presión de sus dedos largos y finos. Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y... joder, qué piernas.

Se dió la vuelta y se metió en el baño antes de que perdiera la cabeza y se lanzara sobre ella.

Y tres minutos más tarde:

—No sabía lo romántica que era la historia de tus padres.

Ranma desvió el enfoque de su mirada del espejo del cuarto de baño y lo fijó más allá de su barbilla rasurada, contemplando a su Dama, ahora con el pijama puesto, asomada por la puerta. Sonrió con un deje cariñoso y volvió a fijarse en la cuchilla de afeitar, deslizándola desde la nuez hasta el vértice de su mandíbula.

—Eso es porque te la ha contado mi madre.

—¿Si hubiera sido tu padre habría sido diferente?—caminó de puntillas hasta llegar a su lado, le ofreció una de sus maravillosas sonrisas y estiró la mano, cogiendo su peine y comenzando a cepillarse el pelo.

Ranma aclaró la cuchilla en el agua del lavabo y volvió a rasurarse con una pasada larga desde su garganta hasta la barbilla.

—Mi padre se recrea en diez palabras contando lo cobarde, imbécil e inmaduro que fué al asustarse cuando mi madre se quedó embarazada.

Los dos intercambiaron una mirada de conocimiento a través del espejo respecto a todo lo que podría y debía ocultar la versión de Genma.

—Me encanta ver lo mucho que se quieren después de tantos años juntos —comentó Akane, cepillándose la otra mitad del cabello—. Y tu padre parece mucho más romántico de lo que cualquiera podría pensarse.

Ranma sonrió abiertamente. Sus padres eran un equipo magnífico y eran el ejemplo del que todos sus hijos se habían embebido respecto a lo que tenía que ser una pareja. Tenían una relación que solo podía calificarse de maravillosa a pesar de los problemas y los momentos menos idílicos. Dejó la cuchilla sobre el lavabo y se giró para encararla.

—¿Te has fijado en el jarrón que hay en la cocina nada más entrar a la derecha? —su Dama asintió con el ceño un poco fruncido, claramente desconcertada por el aparente cambio de tema—. Cada mañana, mi padre compra una rosa blanca que deja en el jarrón —Akane había abierto mucho los ojos, claramente sorprendida por ese pequeño detalle definitivamente romántico que desmontaba la seriedad y distancia con la que normalmente se desenvolvía su padre. Mientras que ella parpadeaba como un búho deslumbrado, Ranma volvió a la cuchilla, susurrando—. Roja si es su aniversario de boda o el cumpleaños de mi madre. Amarilla si es el cumpleaños de alguno de nosotros. Y rosa si es dos de mayo —y antes de que ella pudiera preguntar, dijo —. Fué el día en que se conocieron.

—Qué bonito... —susurró ella con la voz encandilada, dejando con suavidad el cepillo sobre la encimera y mirándose los pies, sintiéndose azorada.

Akane no se movía de allí y tampoco le miraba. Parecía profundamente perdida en sus pensamientos, como si estuviese evaluando algo... anhelando.

—¿Quieres que te compre rosas, Dama? —preguntó con un deje de humor pero con un claro trasfondo que más bien cuestionaba si ella necesitaba de él algún tipo de gesto similar.

Sus preciosos ojos del color de la arena tostada, brillantes como dos ojos de tigre, le encontraron en el espejo. Su cabello se espolvoreó a su alrededor cuando negó con la cabeza con vehemencia y se acomodó alrededor de su preciosa carita cuando volvió a esconder la belleza de sus irises al mirar a sus pies.

—Solo estaba pensando que... —suspiró y se movió a sus espaldas en la tenue oscuridad del cuarto de baño, como si el movimiento calmara la inseguridad que le había pellizcado las entrañas—. Creo que nosotros tenemos algo parecido a lo que tienen tus padres ¿verdad?

Ranma dejó de rasurarse, colocó la cuchilla en el lavabo, se enjuagó la cara, secándosela con cuidado con una toalla que dejó sobre la encimera. Se dió la vuelta, apoyándose contra el borde de mármol y evitó que su Dama se diera otro paseo por el cuarto de baño, agarrándola de la cintura y acerándola hasta colocarla entre sus piernas.

—Nosotros tenemos algo mejor —susurró, llevándole un mechón de aquél manto negro y suave como la seda detrás de la oreja, farfullando con disimulada fanfarronería— ¿Nunca has escuchado que el alumno supera al maestro?

Akane levantó la mirada, esbozó una sonrisa divertida y le dió un empujón juguetón.

—Egocéntrico.

—Sí, sí, pero tú no te vas a librar de mi, bella. Y tenemos algo mejor—la atrajo contra su pecho y la abrazo con fuerza antes de susurrar con cierto regusto amargo—. Llevo muchas cargas a mis espaldas, Dama. Me harán la vida un poco difícil y yo te la haré a ti. Pero te aseguro que mi único propósito es hacerte feliz y que te compensaré por...

—Ssshh, lo sé —la yema de sus dedos encontraron sus labios—. Soy feliz. Y tú me haces muy feliz. Pero no tienes que compensarme. Todo eso forma parte de tí y de quién eres.

—Mi padre le compra rosas... —susurró con un deje de culpabilidad aderezado con un toque de humor, tratando de evitar que la conversación se volviera demasiado seria.

Akane suspiró una risa al tiempo que ponía los ojos en blanco. Entrelazó los brazos tras su cuello, acercando sus rostros, y susurró sobre sus labios con picardía.

—Bueeeeno, pues ya se te ocurri... ¡eh!

Las manos de Ranma se habían deslizado dentro de los pantalones de su pijama hasta sujetarla por el trasero mientras sus dedos jugaban con los bordes de su ropa interior y presionaba su caderas contra ella. Sus ojos azules brillaban con la intensidad del deseo más carnal y un divertido humor eferverscente.

—Tiziano, el sexo no es una compensación.

—¿Pero puede servir como distracción hasta que se me ocurra algo?

—No. No pueeed... —aquellos hábiles dedos masculinos habían encontrado la entrada a su cuerpo, resbaladiza y dispuesta, dejándola sin respiración. Akane se aferró a sus hombros, clavándole las uñas, y consiguió recuperar el aire tras hacerse a la idea de la invasión y la primera embestida—. No puedes.

La hizo girar tan delicadamente como si estuvieran bailando un vals y, con la mano que no tenía ocupada en su cálido interior, la subió a la fría encimera de mármol, provocándole un ligero escalofrío.

—¿No puedo? —susurró sobre su boca entreabierta, con la voz ronca, ardiente. Sus dedos resbalaron profundamente en ella y su Dama le clavó las uñas con más fuerza mientras un gemido se escapaba de entre sus labios. Su ego masculino rugió con la fuerza de un león, su excitación se elevó con una hambrienta necesidad y una sed ardiente y su sonrisa llameó con un hipnotizante y subyugante poder de seducción—. Yo creo que sí.


Eran las ocho cuando Ranma salió del dormitorio y bajó las escaleras. Como era de esperar alguien estaba rondando por la cocina. El aroma a café inundaba el corredor al igual que los familiares murmullos propios de pisadas amortiguadas por zapatillas de estar por casa, el crujir tan característico de las ropas, los sonidos agudos y a veces estridentes de porcelana y acero chocando entre sí y la puerta del frigorífico cerrándose con ese 'pop' tan peculiar.

Pero lo que Ranma no se esperó era encontrarse a sus padres en una situación un poco... ¿comprometida? Sí, bien. Bueno. El que su padre estuviera besándole el cuello a su madre mientras las manos se movían por la delantera de la falda al tiempo que ella le acariciaba el cuello casi ronroneando era, desde luego, una situación comprometida. Así que se dió la media vuelta, quedando en el quicio de la puerta de espaldas a ellos, y carraspeó y tosió, como aquél que se ha levantado con una ronquera particularmente molesta en la garganta, mientras una sonrisa entre tierna y avergonzada se le formaba en los labios. No era la primera vez que les encontraba en una situación así porque rara vez le oían llegar.

Escuchó un agudo ¡Oh! seguido de murmullo del que pudo distinguir un Niño... aquí, un suspiro resignado, una silla que se arrastraba por el suelo dejando claro la molestia de quien iba a sentarse en ella, y una regañina aguda que rezaba Vas a despertar a alguien. Al momento, esa misma voz cantó como un risueñor:

Akanboo! ¡Buenos días!

Y Ranma se giró, actuando como si acabase de aparecer por la puerta. Se acercó a su madre, aún un poco sonrosada, se besaron al tiempo que le daba una palmadita en el trasero que la hizo burbujear una sonrisa, y fué a sentarse en su sitio, del otro lado de la mesa, frente a frente con su padre. No pudo evitar echar una mirada a la fresca rosa blanca del jarrón y después mirar hacia Genma, quién parecía esconderse detrás del periódico. Cómo admiraba a ése hombre.

—Tu padre me ha dicho que váis a ir al gimnasio —dijo Nicola con una mano sobre el respaldo de la silla y otra en su cadera —. ¿Quieres desayunar algo?

—Sí, café solo — y hurgando en las diferentes bolsitas de la mesa dijo—. Ya comeré algo de por aquí.

Al momento, su madre colocó delante de él una taza humeante de café. Como se quedó a su lado, Ranma levantó la mirada y la observó, interrogativo. Su madre tenía el gesto contraído, claramente dubitativo, con sus ojos verdes clavados en los suyos. De repente, masculló un Madonna! y se dejó caer en la silla de su izquierda.

—¿Si te digo algo prometes no enfadarte?

Ranma se rió y sacó un croissant relleno de chocolate de una de las bolsas. Su padre había bajado el periódico y los miraba fijamente.

—Pues depende de lo que me digas.

Sus manos habían cambiado rápidamente durante los últimos meses comenzado a denotar su edad, y ambas, hermosamente bellas, se aferraron a su izquierda en un apretón que rezumaba un toque inseguro. Era contradictorio porque parecía pedirle fuerza a él y dársela a sí misma al mismo tiempo. Pero sus ojos verdes se desviaron un instante hacia Genma y su padre, con una de esas miradas que compartían y con las que se comunicaban incluso mejor que con las palabras, pareció darle consentimiento para decir:

—Nos gustó mucho verte anoche con tu hermano —tomó aire, como si haber dicho esas palabras hubiera acabado con todas las reservas de oxígeno de sus pulmones—. Parecía que hubiéramos vuelto atrás en el tiempo y que estuvierais discutiendo, como hacías cuando estabais estudiando en la universidad.

—¿Y por qué iba a enfadarme porque me dijeras eso, mamma? —preguntó, con diversión, dándole un bocado al croissant y recostándose en la silla.

De repente Nicola se levantó de la mesa y estalló con todo su poderío italiano, gritando en susurros fuertes, denotando su contrariedad. Pero no fué contra Ranma, sino contra Genma, y empezaron a tener una de esas conversaciones con palabras en las que dejaban a todos los demás fuera.

—No quiero que vayan —espetó con los ojos verdes brillantes y feroces, acusativos—. No quiero. Se harán daño y tú lo sabes ¡Y no sé por qué no haces nada para impedirlo!

—Siempre han entrenado juntos —respondió con su habitual calma acerada.

—¡Pero no así! ¡No, no! —se golpeó el pecho, dos veces, justo sobre su corazón y agregó con la voz un poco astillada—¡Así no!

—Ya son mayores —su padre intentó zanjar la discusión, volviendo al periódico—. Saben lo que hacen.

—¡Mayores! ¡Mayores! —dijo con un toque despectivo, gesticulando con las manos, llevándolas al cielo— ¡No demuestran ser muy mayores si necesitan pegarse una paliza para resolver sus problemas! ¡Y tú lo permites!

Mamma —Ranma estiró el brazo y tomó a su madre de la mano—. Mamma, ven aquí, siéntate —su madre hizo amago de soltarse y él apretó un poco más fuerte —. Siéntate —Nicola volvió a dejarse caer. Seguía sonrosada, pero ahora era de preocupación—. Nadie va a pegar una paliza a nadie.

Pero su madre, su preciosa madre, sabía que era una mentira porque le conocía muy bien. Sus ojos le quemaron con ese magnífico fuego verde reluciente y su voz salió raspada de rabia, de dolor, de miedo, un murmullo ronco cargado de la mezcla de emociones atragantadas.

—¿Entonces por qué le pides a tu padre que vaya?—y sus ojos aullaron un silencioso ¿Con quién te crees que hablas?

Evidentemente, todos sabían por qué necesitaba que su padre estuviese allí.

—Escucha —ahora fué el turno de Ranma de sostener las manos de su madre entre las suyas—. Lo que hay entre Alei y yo no va a resolverse a golpes. Ni aunque nos diéramos cinco palizas diarias —su madre intentó alejarse de su agarre, dolida tan solo al pensar en la posibilidad, pero él apretó con fuerza y luego comenzó a acariciarla con los pulgares—. Pero puede ayudar.

—Lo sé —dijo, resignada, conociendo bien a los hombres de su familia—. Es sólo que... —suspiró cerrando los ojos un instante, tomando un aliento profundo—. Akanboo, me gustaría que primero intentaráis resolver el problema hablando y luego, si os apeteciera, os golpearáis cinco o seis veces al día —sus ojos brillaron intensamente, licuosos como dos esmeraldas bajo el agua. Su madre devolvió las caricias de sus manos con una infinita ternura, como si estuviera acunando a su bebé—. Así no irías con tanto dentro de ti, no...no...

De repente se quedó en silencio, luchando visiblemente por evitar derramar ni una sola lágrima. Pero no pudo evitarlo y se desprendieron de sus ojos como pequeños diamantes deslizándose por sus mejillas. Tiz no soportaba verla llorar. Le rompía el corazón, le destrozaba, porque ése sufrimiento lo causaba él, lo causaba la vida que había elegido egoístamente. Incluso aunque aquellas lágrimas fueran de rabia y de impotencia por verse incapaz de ayudar a sus hijos.

Miró a su padre, quizá en un gesto incosciente por buscar su ayuda, pero él ni siquiera pestañeó, dejándole que se desenvolviera como mejor considerara. Probablemente habría pasado parte de la noche lidiando con Nicola, tras decirle que acompañaría a sus hijos. Volvió la mirada hasta su madre, que trataba de recomponerse a duras penas con angostos suspiros. Con ternura, Tiz la tomó del rostro, tratando de borrar el rastro de las lágrimas con sus dedos.

—No voy a hacerle daño, mamma —susurró tan íntimamente como si se tratara de la promesa de un amante. Sus irises, menta fresca bañada de rocío, se encontraron con los suyos en una súplica latente—. Tranquila.


Lo había prometido e iba a cumplirlo, se repitió mientras se colocaba las protecciones en las manos, de camino a la sala principal donde había un par de cuadrilateros reglamentarios.

Se cruzó con antiguos compañeros a los que saludó con auténtica alegría. La mayoría se sorprendieron gratamente de volver a verle por allí y expresaron lo mucho de menos que habían echado los espectáculos de los dos hermanos, agasajándole, diciendo que no había combates tan buenos como los suyos. Ranma sonrió con un toque amargo de amabilidad. Estaba claro que iban a tener público. Aunque por un lado no le gustase la idea de sentirse observado, en particular en ese combate con tantos matices personales, por otro le daba cierto respiro porque ser consciente de que habría gente a su alrededor le obligaría a contenerse... en el caso de que surgieran las tentaciones.

Cuando llegó a la sala se sorprendió al ver a su padre hablando con Carlo. Ranma no pudo evitar sonreír porque su hermano parecía recién caído de la cama, o quizá más bien empujado fuera de ella,con el rostro entumecido aún por el sueño.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó dándole una palmada en la espalda que pareció despertarle de golpe.

—Alguien me ha llamado un poquito nerviosa hace un ratito —contestó con una sonrisa un poco tontuna—. Además, es muy gratificante ver cómo os pateáis el culo.

Lo que Carlo no decía es que no sólo estaba allí para ayudar en caso de que las cosas se fueran de las manos, incluyéndole como médico, sino que siempre había conseguido relajar a los dos cuando, en el pasado, se habían alterado en el cuadrilatero.

—¿Y si te metemos en medio y pateamos el tuyo? —Aleiandro apareció del otro y le dió otra palmada en la espalda.

Su mirada se tornó con un brillo pícaro cuando se entrecurzó con la de Tiz, quién se limitó a encogerse de hombros y, en un movimiento fluído y compenetrado, entre él y Alei cogieron a Carlo en volandas e intentaron meterlo a la lona entre las cuerdas.

Stronzo! ¡Soltadme!—farfulló entre risas juguetonas, forcejeando con los dos. Casi consiguió soltarse, pero alguno le atrapó y le empujó de nuevo contra las cuerdas. Y sacó su última baza, que era hacer referencia a su herramienta de trabajo—¡Éstas manos valen más que vuestras vidas! Bastardi!

Tras el forcejeo, las risas, unas cuantas palabras "cariñosas"más y algún que otro empujón, Tiz y Alei subieron al cuadrilatero, encarándose en el centro con la misma postura rígida y formal, tal y como les había enseñado su padre. Misma pose, rasgos similares y constitución casi idéntica. La audiencia que había comenzado a rodear el cuadrilatero, expectante por un buen espectáculo, murmuró sobre el parecido entre ambos hermanos.

—¿Qué va a ser? —preguntó Genma con voz indiferente, en medio de los dos.

Tiz miró a Alei y guardó silencio, esperando, permitiéndole elegir.

—Muay Thai.

—No me des en la cara —dijo Ranma bien alto, luciendo una sonrisa sibilina, casi relamiéndose por la elección de Alei.

—Añade los huevos a la lista—farfulló su hermano en el mismo volumen, con la misma sonrisa satisfecha, provocando las risas de la audiencia.

—Tres asaltos, diez minutos —dijo Genma, mirando a uno y a otro. Cuando la mirada se cruzó con la de su hijo pequeño percibió un casi ansioso No dudes en detenerme si percibes algo raro. Se limitó a asentir y se retiró, dejándoles espacio.

Se quedaron unos segundos completamente inmóviles y, entonces, el primer golpe lo lanzó Alei, directo a la cabeza de Ranma. Tiz lo rechazó con el antebrazo y su respuesta fué una patada justo a la entrepierna de su hermano que eludió por poco. Las risas estallaron en la sala, Alei y él intercambiaron una mirada y sonrisa presuntuosas aunque repletas de complicidad. Tiz sintió que la sangre le hervía de alegre impaciencia y feliz melancolía.

Joder, cómo se iba a divertir.

Seis minutos de golpes y ya sabía cuáles eran todos los puntos ciegos de su hermano. Debía reconocerle el mérito de haber mejorado su izquierda y de haberse librado de esa tendencia suya a no protegerse el hombro derecho. Aunque eso le había llevado a dejar un punto ciego a la altura del pancreas, lo que era infinitamente peor. Así que Ranma aguntó el golpe de una patada en el costado derecho y atacó, golpeándole primero a la altura del diafragma y después sobre el páncreas. Como era de esperar, su hermano se dobló, tambaleándose y dando unos pasos hacia atrás. De su garganta brotó un quejido ahogado por la pérdida de aire y el dolor.

—Vigila ahí, cazzo —le espetó, molesto por su descuido.

Faccia di merda.

Alei se irguió de golpe y le lanzó una patada. Claramente receptivo y preparado, aunque desconcertado por el movimiento sin sentido, Ranma le sujetó del tobillo con una mano y, cargando su peso contra él, le hizo caer al suelo de lado.

—¿Qué coño haces, Alei? —farfulló mirando cómo se levantaba.

Y, solo por probar si la idea que le llevaba rondando por la cabeza desde que habían pasado de los golpes de tanteo a los auténticos era cierta y le atacó otra vez. Puño derecho al abdomen, izquierdo a la parte baja de las costillas, golpe a su hombro derecho, patada al costado izquierdo. Alei respondió defendiéndose pero el muy cabrón no buscaba un hueco para atacarle a pesar de que Ranma los dejaba con una claridad cristalina. Hijo de puta. Se estaba dejando golpear. Así que se cabreó, pero su ira no estallaba, se volvía fría y calmada y, de ese modo, le atacó de nuevo, golpeándole metódicamente en puntos preciosos donde sabía que le haría daño, hasta que terminó por arrinconarle contra la cuerdas. Quería obligarle a pelear.

—Fuera de las cuerdas —Genma se interpuso y le separó de su hermano. Sus rendijas azules brillando en advertencia mientras le clavaba la mano en el pecho y le empujaba.

Tiz fué hacia el otro lado del cuadrilatero, dándole espacio a Alei al tiempo que se daba también espacio a sí mismo para volver a un estado más taimado. No apartó ni un instante su mirada experta de él, observando como se recomponía con una mueca de dolor mientras se tocaba las costillas del lado derecho. Probablemente habría alguna fisura al recibir tres puñetazos seguidos en el mismo punto.

—Joder —farfulló Alei con una enorme sonrisa en la cara—. Siempre me olvido de tu izquierda.

—Diestros de mierda que creen que el mundo gira a su alrededor—le provocó.

Hicieron contacto en el centro y Alei, para regocijo de Tiz, atacó, devolviéndole el golpe en pleno diafragma y dejándole sin respiración, aprovechando ése instante para ponerle contra las cuerdas y tomarse la revancha. El único modo que tenía de deshacerse del agarre era con juego sucio, podía golpearle en la cabeza, romperle una costilla o uno de los tobillos al enganchar su pie y hacerle caer hacia atrás con él encima. Pero como no podía hacerle daño, se abrazó a él para obligar a su padre a separarles y, al hacerlo, dió por finalizado el primer asalto.


Ranma tenía las manos contra la pared, la cabeza gacha, disfrutando del agua tibia rociándole el cuerpo, cayéndole con fuerza sobre la nuca y acariciándole la piel como un manto de seda. Su mirada había quedado perdida en el reguero cristalino que se deslizaba por el suelo como una serpiente sinuosa hasta el desagüe. Le dolían el costado, el antebrazo y el cuello, pero no se sentía tan bien desde hacía años; pletórico, enérgico y alegre como en los viejos tiempos.

Los golpes cobran un sentido muy diferente cuando los das o los recibes por puro entretenimiento, por diversión, sin la tensión constante de saber que quién está frente a ti pretende destrozarte. Tiz hacía mucho tiempo que no peleaba por placer. Y era gratificante.

Levantó un instante la vista y comprobó sus manos, con los nudillos sonrojados y ligeramente hinchados. Preocupado por sus antiguas lesiones abrió y cerró la mano derecha un par de veces, observando atentamente cada uno de los dedos: al extenderse el anular y el meñique saltaron como si fueran un resorte y tenía problemas para cerrar el pulgar completamente. Las imágenes que había enterrado profundamente en su mente brotaron y, por primera vez en años, el recuerdo fantasma se sintió vívido en sus dedos, como si en ese mismo instante los estuvieran aplastando con... La presión se extendió por cada uno de los dedos y se volvió insoportable. Se le cortó la respiración y su temperatura corporal se elevó de golpe. Cerró los ojos con fuerza y después enfocó su mirada de nuevo al suelo, mientras golpeteaba con la mano izquierda como si estuviese ciego hasta que dió con el mando del grifo y lo movió hasta el extremo más frío. El cambio de temperatura de agua tan brusco consiguió que su cuerpo se erizara y enterrara esos recuerdos.

De nuevo en el presente sonrió con un deje perversamente cínico. Se habían dado unos buenos golpes Alei y él y estaría un poco magullado un par de semanas pero, al menos, si las fechas no variaban, tenía un mes entero para recuperarse antes de volver al trabajo.

La voz de Alei reverberó en un murmullo quejumbroso desde la ducha de al lado con ese eco característico de los cuartos de baño, acompañada del chisporreteo del agua estrellándose contra la baldosa.

—¿Estás bien? —preguntó Tiz con un asomo de risa, al oírle una segunda vez.

—Sí —Alei cortó el agua—. He caído mal la última vez. Creo que me he abierto la muñeca izquierda. Y el hombro... —otro quejido—... joder —y con aires resignados espetó con buen humor—. Me estoy haciendo viejo.

—Sí, claro, eres un anciano.

—Ya me contarás cuando llegues a los treinta y cinco, bastardo.

—Mejor me lo cuentas tú cuando te enfríes en un par de horas —su tono era humorístico y juguetón. Cerró el grifo, se enrolló la toalla a la cintura y salió de la ducha.

Alei masculló unas cuantas lindezas dedicadas a su hermano pequeño y tras un segundo salió del cubículo.

—Vamos a ver qué tal estás tú para entonces ¿eh? —le dió una palmada en la espada y se sentó en el banco que había en mitad del pasillo.

Tiz le observó de reojo mientras se secaba. Alei movía el brazo iquierdo muy despacio y con cierta dificultad. Y por un momento se sintió culpable de haberle hecho caer al suelo en el tercer asalto y haberle inmovilizado cargando todo su peso sobre él mientras se dedicaban unas buenas palabras "cariñosas" entre hermanos.

Carlo debería mirarte el hombro.

—En cuanto me ponga los pantalones.

El silencio volvió a reinar. Los ánimos comenzaban a templarse porque la adrenalina del encuentro se había diluído y con ella se había llevado la recuperada compenetración y fraternidad que sintieron al estar juntos sobre el cuadrilatero. El ambiente se tiñó de tensos aires de incomodidad, resaltando de nuevo su distanciamiento y, aunque se estaba produciendo de un modo progresivo y menos acusado debido a la tensión liberada y a la ilusión de una vuelta al pasado, las aguas, apaciguándose, siempre terminan por volver a su cauce.

Y entonces Alei soltó la bomba.

—Tenemos que hablar, Tiza.

Ranma se tensó y se quedó quieto un segundo antes de seguir vistiéndose.

—¿De qué?

—Sabes de qué.

Silencio denso, atronador, sofocante.

—Deja el pasado donde está, Alei —farfulló cortante tras la breve pausa—. No lo remuevas.

—No —dijo exudando seguridad—. Tenemos que hablar de lo que pasó. Quiero explicártelo. Quiero recuperar a mi hermano —aunque comenzó enérgica su voz se volvió más suave—. Te echo de menos.

Tiz se giró, con el rostro inexpresivo, mirándole fijamente con los ojos cargados de acerada y fría brillantez. Los segundos se expandieron en el silencio, pero su hermano, aunque incómodo, no retrocedió ni hizo amago de rendirse. Sus ojos, tan azules como los suyos, clavados en él repletos de determinación.

—Tu hermano murió en Turquía —sentenció con gravedad.

—No. Mi hermano estuvo anoche conmigo. Y ha estado en ése cuadrilátero. Y está justo aquí, delante de mí. Pero prefiere no escucharme y buscar excusas. Y no logro entender por qué.

Tiz se dió la vuelta y comenzó a guardar la ropa en la bolsa de deporte. Pero Alei pareció no entenderle o, tal vez, no quiso hacerlo. E insistió.

—¡Joder! ¿Por qué huyes? —gritó con rabia contenida—. ¿Qué es lo que te da tanto miedo oír?

De un golpe arrastró el banco contra la pared, impidiendo que Tiz continuara con ese modo ordenado y metódico de guardar las cosas que le exasperaba cuando discutían. Quería su completa atención y farfulló con un toque de desprecio, atorado por la impotencia que sentía por su renunencia.

—¿Desde cuándo eres un puto cobarde que no se atreve a enfrentarse a la verdad?

Los recuerdos se agolparon como si le hubiera explotado la cabeza y todos los músculos de su cuerpo se tensaron, envarándose, inmóviles, afilándose como cuchillos. Sintió cómo se le quebraban los dedos de la mano y la cerró en un puño por instinto. Apretó las mandíbulas con fuerza pues los nervios bucales parecieron estallarle. Los oídos zumbaban con la sangre, derritiéndose por los golpes. Su mirada se nubló, borrosa, maltratada. Las paredes se le vinieron encima como una tumba. Cogió aire con fuerza, una, dos, tres veces, hinchando su caja torácica como si se ahogara. Y una sombra se le venía encima, y la cercanía de un cuerpo le erizó la piel. Por instinto atrapó esa sombra por el cuello y la estampó contra la pared. Escuchó una voz ahogada en grito y un estruendo a su derecha. Dos voces más se mezclaron en un barullo incomprensible pero una, sólo una voz se filtró en su cerebro. Pausada, rítmica, suave.

—Concéntrate y mírale—susurrándole en una exigente calma, arrullándole, protector—. Suéltale, hijo. Suéltale.

Sus pupilas enfocaron como si una parte de su cerebro se hubiera reactivado y sus ojos dolieron un segundo por el impacto de la luz. Pero vió lo que estaba haciendo. Estaba asfixiando a Alei. Sin embargo, su hermano parecía satisfecho y un asomo de sonrisa curvaba sus labios de una forma demencial, tal vez evocada por el miedo o por el triunfo, porque había conseguido la atención que requería.

—No tienes ni idea de por lo que he pasado —masculló Tiz entre dientes, dolido, presionando un poco más al tiempo que su hermano consiguió balbucir un roto Cuéntamelo.

Tentación... tan tentado en contarle la mierda que había sufrido, desmembrándole en pedazos, rompiéndole desde dentro, tranformándolo en una cáscara vacía, apenas un saco de huesos y piel, sin nada que aportar como ser humano. Y, después, había pasado por un infierno luchando con un solo propósito y era regresar con los suyos para poder recomponerse. Pero se encontró con lo que sintió como la mayor de las traiciones... y no halló la paz que esperaba. Halló una nueva guerra interna desoladora, una bomba que hizo volar por los aires los esquemas recién recobrados. Y casi, apenas un segundo más de esos recuerdos pasando por su mente, y habría sollozado un hiriente Me destrozaste, otra vez. Pero no se iba a permitir estallar, por sí mismo, por su Dama, y por la promesa que había hecho.

—Te he dicho que tu hermano murió en Turquía —susurró con un resquemor amenazante. Y le soltó con una suavidad exasperante, casi con cariño, acariciándole la piel del cuello como si quisiera reparar lo que acababa de hacer. Retrocedió, alejándose de él, pero ni su padre ni Carlo se movieron de donde estaban—. No me presiones, Alei, no sabes cómo puedo reaccionar.

—Sólo quiero que me escuches —su voz, raspada pero decidida—. Que entiendas lo que pasó cuando volviste y...

—¡Sé muy bien lo que ví! —por primera vez gritó, sin dolor, sin ira, sin desprecio ni rencor. Tan solo brotó al sentirse insultado cuando alguien pretende excusar y negar una evidencia. Exasperado por su insistencia.

—Pero no me dejas explicarte el por qué.

Alei intentó acercarse a él, pero Genma se lo impidió colocándole una mano en el pecho y negando con la cabeza y solo, por si acaso, Carlo se acercó lo suficiente a ellos para reaccionar a tiempo si fuese necesario. Dos arbitros silenciosos, que conocían perfectamente cuál era el pasado que compartían, los dos hombres más cercanos a ellos, los dos más importantes excluyéndose a sí mismos, funcionando como un límite, impidiendo que se despedazaran.

—No necesito una explicación —se movió con dureza, apartando la mirada de los tres, y recogiendo la bolsa con brusquedad—. No hay nada que explicar —sinceridad plena, absoluta, pero teñida de un toque de desprecio cuando se encaminó fuera del vestuario.

Y la voz de su hermano se coló, poderosa y rasgada, por la rendija de la puerta antes de cerrarse con un golpe seco:

—¡Joder, Tiz! ¡Hay un maldito mundo que explicar! ¡Tenemos que hablar!


Autor: AnDrAiA (Andrea Moore) / Cap. Revisado: 01 de agosto de 2013 / Cap. Publicado: 13 de septiembre de 2013 / Edición: FanFiction


¡Hola a todos!

Aquí va una nueva actualización. Ya llegó ése momento en el que dije que habría contacto entre los hermanos, pero quizá no del modo en el que estabáis pensando ¿O sí? :P ¿Qué os ha parecido? ¿Qué creéis que va a ocurrir ahora?

¡Ay! Y un poco de la historia de los padres de nuestro Tiz ¿Qué os parecen esos dos? A mi me resultan taaaaan adorables; me tienen enamorada ^_^ Y ése Genma, tan frío, tan distante, tan serio y luego tiene esos pequeños detalles que demuestran que no es tan indiferente a todo como parece ¿verdad?

¿Y el nombre de 'Tiz'? ¿Ya habíais imaginado cuál era el motivo de su nombre?

Como siempre, no me cansaré jamás de repetirlo, quiero daros las gracias por vuestra santa paciencia, todo vuestro apoyo y todas las palabras de ánimo que me hacéis llegar. Significan muchísimo para mí :)

Desde ya quiero advertiros de que quizá el próximo capítulo demore más de lo habitual. La razón es muy sencilla; hay pendiente una conversación MUY importante para Tiz. Quiero trabajarlo bien, quiero que salga perfecta, que las palabras se sientan, que la atmósfera se palpe, que las emociones se vivan. Tengo que trabajar mucho en el próximo capítulo y me temo que en breve me quedo sin tiempo para poder dedicarme plenamente a la escritura. Pero prometo que, a cada ratito que tenga, mi prioridad es SEXO y el próximo capítulo :D

No quiero dejar pasar la oportunidad de invitaros a visitar la nueva Silver Sand 2.0, donde encontraréis los INTERLUDIOS de SEXO, pequeños fragmentos que complementan a la historia y que no debéis dejar de leer, además de una sección de CURIOSIDADES que muestran cositas que aparecen en la historia y mucho más. Y por supuesto, os ánimo a visitar mi página de f.a.c.e.b.o.o.k para poder interactuar más a menudo.

¡Estaré esperando vuestros comentarios e impresiones con muchas ganas! Espero que hayáis disfrutado del capítulo. ^_^

Muchísimas, muchísimas gracias de todo corazón. A todos.

AnDrAiA

El nombre de los personajes, así como la serie de Ranma 1/2 pertenecen única y exclusivamente a Rumiko Takahashi, Viz Comunication, Fuji Tv, Glénat y todos los respectivos editores que han adquirido derechos de publicación en los diversos países en los que fué editada dicha a obra. Tomo prestados los nombres sin ánimo de lucro, ni finalidad comercial, por lo que no estoy incumpliendo ninguna ley.

Así mismo, la historia original aquí narrada, tiene sus derechos reservados bajo mi autoría.

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