Capítulo 38
Tras la emoción y los abrazos iniciales, Candy y Lorraine hicieron el camino a casa en un profundo silencio. Habían ganado una batalla épica, cual David contra Goliat. El triunfo, desde luego, estaba lejos de ser el final de la historia, sino que apenas el comienzo de un nuevo desafío. Candy sabía cuánto estaba en juego y había fantaseado pensando qué haría si todo salía bien. Lo había logrado. El sueño comenzaba a concretarse. Y sentía pánico. ¿Qué se supone que uno debe hacer cuando los sueños se hacen realidad? ¿Qué venía ahora? ¿Qué pasaba si fracasaba? ¿Qué sucedería con los que dependían de ella?
Lorraine pareció leer los pensamientos de Candy. Aunque trató de distraerla haciendo algunos comentarios sobre el clima y qué le gustaría cenar, Candy seguía dándole vueltas a sus miedos.
- Candy, ¿puedo hacerte un comentario?
- Claro, dime.
- Disfruta el momento.
- ¿Cómo?
- Que disfrutes el momento. Es obvio que estás aterrada – le dijo sonriendo.
- ¿Tanto se me nota?
- Sí, pero es normal. Lo he visto muchas veces al término de una negociación exitosa. Uno se pregunta qué va a pasar ahora, cómo se harán las cosas, qué pasará si fallamos… Es normal. Pero trata de olvidarlo por ahora. Por hoy, sólo por hoy, date el lujo de ser una ganadora. Mañana deberás volver a ser una trabajadora con los pies bien puestos en la tierra. Pero hoy… ¡relájate!
- ¡Jajajaja! – rió Candy de buena gana – Creo que tienes toda la razón.
- Y algo más.
- Dime.
- Sé que tal vez no es lo que esperes oír, pero… espero que tengas claro que realmente ganamos gracias a una pizca inesperada de suerte, no gracias a la fortaleza de nuestra propuesta.
- Sí… tienes razón… – comentó Candy un tanto decepcionada.
- No te lo digo para que te deprimas, Candy. Te lo digo para que tengas claro que los negocios son así: muchas veces incluso el mayor esfuerzo no rinde los frutos que esperamos. Este pudo haber sido uno de esos casos.
- Pero gracias a ti todo salió perfecto – le dijo agradecida Candy – ¿Cómo te diste cuenta?
- Sólo vi los números… en realidad no fue gran cosa; es obvio que si hay sólo un número de más o de menos en algún cálculo, el resto estará mal.
- Sí, pero el análisis que hiciste, del que te confieso que no entendí nada, fue impecable. Aún no entiendo cómo tu empresa te dejó partir. ¡Eres increíble!
- No es para tanto – dijo Lorraine bajando la vista, notoriamente apenada.
- ¿No es para tanto? ¡Fue impresionante!
- Candy, fue sólo una casualidad. Es lo que estoy tratando de explicarte. Cualquier otra persona con un poco de experiencia se habría dado cuenta del error…
- ¡Pero George y Albert tienen toda la experiencia del mundo y no se dieron cuenta! Ni tampoco el señor Graham. ¡Sólo tú pudiste verlo!
- A la larga todos se habrían dado cuenta. Fue sólo un detalle.
- La forma en que presentaste la información fue excelente. ¡Ya quisiera poder hablar como tú!
- ¿En realidad crees eso? – preguntó sorprendida Lorraine.
- ¿Que si lo creo? ¡Es un hecho! ¿No viste las caras de todos?
- Yo pensé que era porque lo había hecho mal – comentó poniéndose roja.
- ¿Mal? ¿Bromeas? ¡Fue perfecto! ¡Eres una experta!
- Es la primera vez que hablo en público – reconoció con un hilo de voz Lorraine.
- ¿La primera vez?
- Sí.
- No puedo creerlo. ¿Nunca antes habías hecho una presentación?
- No…
- Pero… ¡Esto es increíble! – rió Candy – ¡En tu empresa anterior todavía deben estar lamentando que te hayas ido!
- Oh, no creo, no creo – sonrió Lorraine – Nadie es indispensable.
- Pero tú…
- Llegamos. ¡Por fin! ¡Vamos, Candy! Tenemos que contarles a todos las novedades – dijo Lorraine bajando de un salto del automóvil. Candy no pudo hacer más que seguirla, feliz.
El resto de la jornada transcurrió entre visitas a la clínica para saber cómo estaba John, celebraciones y felicitaciones para Lorraine. Por la noche, Candy ofreció una sencilla cena en su casa e invitó a sus más cercanos, con lo cual cerraron un día que jamás olvidarían. Lorraine y Candy se despidieron con un fuerte abrazo.
- Comprenderás que no te dejaré ir, ¿cierto? – le dijo Candy mientras aún estaban abrazadas.
- ¿Cómo? – preguntó Lorraine.
- Mañana te haré una propuesta. Te necesito en mi empresa.
Las chicas se separaron sin decir más palabras. Ambas tenían mucho que pensar.
El ambiente que rodeaba a Albert en Chicago era totalmente distinto. De regreso en la oficina había tenido una fuertísima discusión con George y por primera vez, su fiel compañero lo había abandonado indignado. Albert culpaba a todo el mundo del bochorno de la mañana, como él lo llamaba, y George, por su parte, le reprochaba su mala educación y falta de tino.
- Si tan sólo hubieses sido un poco menos arrogante tal vez habrías tenido una oportunidad con el señor Graham, pero ni siquiera a él lo trataste con la cortesía que toda persona se merece, Albert. ¿Por qué actuaste así?
- ¿Y cómo querías que actuara?
- ¡Como el caballero que siempre has sido!
- ¡Oh, vamos, George, no exageres! Cualquiera diría que… bueno… no sé – admitió a regañadientes – Está bien, tal vez fui un poco directo…
- ¿Directo? – preguntó escandalizado George – ¿Directo? ¡Te comportaste como un patán!
- No es verdad – dijo Albert dándole la espalda.
- Claro que sí. ¿Por qué lo hiciste? No me digas que querías…
- ¿Qué? – preguntó molesto Albert.
- Albert… supongo que no lo hiciste por lo que pasó entre ustedes hace…
- ¿Lo que pasó? ¿Qué pasó? ¡No pasó nada entre ella y yo!
- Pues a eso justamente me refiero. ¿Lo hiciste por eso?
- ¡Desde luego que no, George! – gritó furioso Albert – ¡Deja ya de hablarme como si fuera un adolescente, señor Johnson! – George se sorprendió – El hecho es que esa propuesta estaba incorrecta y tú, mi asesor, no te diste cuenta. Por tu culpa quedé como un idiota frente a Graham y perdimos un negocio que ya estaba listo. ¿Me puedes decir qué pasó?
- ¡Pero si la propuesta la hiciste tú mismo! – le dijo George sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.
- Sí, pero tú siempre debes revisar lo que…
- ¡No voy a permitir que trates de culparme a mí por tus errores, William! Tú estás a cargo de estas transacciones y tú eres quien da el último visto bueno a las propuestas que tu equipo hace.
- ¡Pero tú ibas conmigo! ¡Debiste darte cuenta!
- ¡Basta ya!
- ¡No! – gritó Albert – ¡Basta ya de tu actitud, George! Necesito a mi lado gente que me apoye de verdad.
- Estoy harto de esto, William – le dijo George conteniendo a duras penas su indignación – Nunca, nadie me ha tratado de esta manera y no lo merezco. Tú, menos que nadie, tienes derecho a tratarme así. Y yo, menos que nadie, tengo que aguantar tus desplantes de niñito millonario. ¿Te parece que hago tan mal mi trabajo? Perfecto. Haz como gustes con mi puesto. En algún momento pensé que mi cargo era algo más que el de tu simple asesor, pero veo que me equivoqué. Gracias por recordármelo…
- George, no hombre, no se trata de eso…
- Se trata de eso exactamente, Albert.
- No, no… bueno, perdona. No sé, estoy siendo un idiota, yo no…
- Precisamente, William: estás siendo un idiota y en mi contrato no hay ninguna cláusula que indique que deba impedírtelo. Buenas tardes.
- George, no te vayas… Espera… ¡George!
Otra vez solo en su casa, repasaba la escena. Había sido un día completo: había terminado por colmar la paciencia de George y, peor aún, lo había insultado gratuitamente. Además, había arruinado un negocio seguro y había perdido… ¿contra Candy?
Albert dio un pesado suspiro. No. No era verdad lo que George le había insinuado. No podía ser verdad, porque lo que alguna vez había sentido por Candy había quedado hacía mucho en el pasado. De pronto sintió que extrañaba los abrazos de Camille, su novia. La novia que lo había dejado por culpa de otra Camille, la francesa. ¡Ah, si tan sólo pudiera descubrir quién era esa mujer y ganarle definitivamente en los negocios! Era tanto lo que pensaba en ella, que había descuidado la propuesta para Graham. George tenía razón: había sido su culpa. Candy no era mejor que él, pero había tenido la increíble fortuna de descubrir su descuido. O mejor dicho, la asistente de Candy lo había descubierto. Una muchachita brillante, debía reconocerlo. ¿De dónde la sacaría Candy?
La situación era totalmente ridícula. Él, con toda su experiencia y todo su dinero, había perdido ante Candice White. ¿Cómo había conseguido Candy llegar tan lejos? La última vez que se habían visto aún estaba con Terry y habían tenido una discusión horrible después que ella trató de usarlo para darle celos al actor. Albert sintió la misma indignación de entonces con sólo recordar la escena. Ella, mirándolo directamente a los ojos, acariciando su espalda, su frágil cuerpo pegado al suyo y él… él dejándose llevar por el mar de sensaciones que casi lo habían hecho perder la razón. Sonrió con amargura recordando el momento. Tal vez Camille había tenido razón aquella noche en casa de sus padres, cuando con apenas un roce de sus labios había demostrado que los hombres son dominados por instintos más básicos. Pero Candy no lo había besado; le había bastado sólo con mirarlo. Sus pupilas de gato lo habían embrujado.
¿Cómo había conseguido Candy ponerlo de rodillas con sólo mirarlo? ¿Era acaso tan débil? Hacía ya tantos, tantos años de aquella noche. Si tan sólo se hubiese dejado llevar por sus instintos, si tan sólo hubiese acortado la distancia que separaba sus labios y la hubiese besado en medio de la fiesta… ¿qué habría pasado? Claro, habría sido un escándalo y habría hecho el ridículo, porque ella se habría ido con su novio. O tal vez, habría sido un escándalo, pero ella no se habría ido con su novio. Tal vez… tal vez se habría quedado con él.
¿Por qué rayos estaba pensando en todo eso? ¡Ahhh! Todo estaba al revés. Camille lo había dejado para irse a estudiar a Europa, George lo trataba como a un niño, Candy le ganaba en los negocios y Lefevre haría de ello una fiesta. ¿Algo más podía ir mal? Candy le había ganado… ¡Candy! La misma Candy que él había echado de su casa. La misma Candy que había olvidado a sus amigos, que lo había olvidado a él… la misma Candy que le había roto el corazón.
Era injusto que ella ganara. Era injusto que ella siempre le ganara a él.
Pasaban de las dos de la mañana y Candy no lograba conciliar el sueño. Su cabeza realizaba cálculos, imaginaba distintos proyectos, se confundía y luego se aclaraba… era un verdadero torbellino. ¿Qué más vendría ahora? Había logrado quitarle a Albert un negocio seguro de las manos. Albert debía odiarla por eso.
Sí… seguro Albert la odiaba. Albert. William Albert Andrew. Cuántos años de todo aquello. El dulce muchacho que había inspirado sus sueños de niña se había convertido en un hombre frío y mal educado. ¿La castigaba acaso por algo? Seguramente sí. Tal vez aún recordaba cómo lo había usado para darle celos a Terry. Con tan sólo recordar aquel momento sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Cómo había caído tan bajo? ¿Cómo había pisoteado el cariño que alguna vez la había unido a Albert? ¿Qué quedaba de todo aquello?
Ahh, Terry. Terry Grantchester. Cuántos años estuvo cegada por un sueño, invirtiendo en un imposible. Al menos él había tenido el valor que a ella le había faltado para terminar con una relación que sólo los hizo sufrir. Pero en el proceso, no sólo se había dañado a sí misma, sino que también había dañado a Terry, también había dañado a los que más la querían. Ellos, sin embargo, la habían recibido otra vez con los brazos abiertos y la habían ayudado a curar sus heridas. Todos, menos Albert. Tal vez él nunca la perdonaría. Pero… ¿por qué?
Candy nunca se lo había cuestionado realmente. Sólo había asumido que debía ser porque aún estaba molesto por la forma estúpida en que ella había actuado en la fiesta de compromiso de Annie. Pero ya había pagado un alto precio por esa estupidez. ¿Es que acaso él nunca la perdonaría? Pensándolo bien, ella nunca le había pedido que la perdonara. Ahhh… había cometido tantos errores en tan pocos años, es cierto, pero aun así, no podía entender la actitud de Albert esa mañana. No era el Albert que ella recordaba, sino que un hombre mezquino y orgulloso. Tal vez aún sufría por la ruptura con su novia… pero Albert nunca había sido hombre que hiciera pagar a inocentes por los errores de otros y en su ruptura con Camille Jacobs ella realmente no había tenido nada que ver.
Camille Jacobs. La forma en que él la había besado esa tarde del matrimonio de Annie… la forma en que la había tomado de la cintura y la había acercado a él… la forma en que había besado su cuello y la forma en que ella había enredado sus dedos en el rubio cabello de Albert. Estar entre los brazos de Albert… Como aquella vez en que tontamente había jugado con fuego y los ojos de Albert la habían quemado, casi empujándola a cometer la locura de… Ni siquiera se atrevía a pensarlo, pero era verdad… ¡era verdad! Podría haberlo besado aquella noche en medio de la fiesta de Annie, porque la forma en que él la había mirado y la forma en que él la había abrazado la habían hecho olvidar al resto de la gente y casi, casi la habían hecho olvidar que estaba comprometida con Terry. Pero si él la hubiese besado… ¿qué habría sido de ellos? Tan sólo pensarlo era una estupidez inútil.
Incluso antes, en aquella loca noche perdidos en Los Ángeles ella sabía que Albert había perdido el cariño tierno que siempre le había demostrado. Pero a decir verdad… ella había dejado de quererlo primero. Aun así la había cuidado y la había acurrucado entre sus brazos para que pudiera dormir al menos un poco. Candy sonrió. Era lo mismo que Albert había hecho muchos, muchos años antes, cuando ella había escapado de Neil y él había acudido en su rescate en un cacharro que los dejó tirados en el camino. Entonces, había dormido en sus brazos y él había premiado su frente con un dulce beso.
Un dulce beso. Candy se levantó de la cama y encendió la luz de la mesita de noche. Lentamente, abrió el cajón y sacó el mayor tesoro de su vida. Lo que le había confirmado que no había soñado, sino que de verdad había un príncipe en algún lugar, allá afuera, esperando por ella. Aunque siempre estaba entre sus objetos personales, hacía años que no lo miraba. Suavemente hizo tintinear la pequeña campanita del medallón. El medallón de su príncipe.
"¿En qué momento nos perdimos, Príncipe de la colina?", pensó Candy mirando con tristeza el medallón que durante tantos, tantos años había atesorado.
"¿En qué momento nos perdimos, pequeña?", pensó en ese mismo momento Albert, a kilómetros de ahí, mirando con tristeza el recuerdo que llevaba años escondido entre sus cosas: el pañuelo blanco con que le había envuelto el pie aquella fría noche en Los Ángeles. El mismo que ella había perdido cuando bajó de un salto del auto en que él la había llevado hasta Terry.
No, no era justo; ella siempre terminaba ganándole.
CONTINUARÁ...
Sólo dos más... y terminamos :-)
