Disclaimer: Nada de lo que reconozcan me pertenece, los personajes son de la maravillosa Stephenie Mayer. Solo me divierto con ellos junto a mi imaginación. La trama es mía.
Summary: Nueve años han pasado desde la última vez que Isabella sintió la felicidad en primera persona. Desde ese momento, su vida gira en una absoluta oscuridad; siendo presa de las decisiones de los demás. ¿Podrá la reaparición de alguien importante brindarle la fuerza que necesita para que, por primera vez, luche por su felicidad?
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¿Qué es la felicidad?
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Capítulo beteado por Isa :)
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Capítulo 36: La pequeña Lexie
"No pienses ni por un segundo que por no haber estado debajo de mi corazón, no estás dentro de él."
Anónimo
EPOV
A pesar de que habían pasado algunos meses desde la última vez que hice el recorrido hasta aquí, no fue difícil encontrar nuestro destino. Paré el coche frente a las rejas negras y me di vuelta para encontrarme con la única mujer que me enseñaba cada día lo que era amar y estar enamorado.
Los rayos del sol se colaban por la ventana del coche que nos había prestado Jasper. El suave cabello castaño con, ahora, tonos rojizos debido a la luz solar, se esparcía por sus hombros y parte de su rostro. Volteó un poco hacia mí y pude ver aquellos ojos chocolates que me permitían ver la profundidad de su alma.
¿Alguna vez me cansaría de contemplarla? La respuesta era sencilla: No, jamás me cansaría.
Curvó sus labios en una sonrisa y pude ver un gesto divertido en sus ojos. Me sentía como alguien que acaba de ver el sol por primera vez; todavía no me acostumbraba al hecho de poder respirar esta libertad plena, sentir que ya no había nada más que nos jalara hacia el pasado y que obstaculizara nuestro largo camino hacia la felicidad.
Mi vista se centró en el collar que rodeaba su delicado cuello, aquél que le había regalado en París. Seguí mi vista más abajo y me topé con nuestro hijo en desarrollo. Mis ojos se inundaron de lágrimas y Bella frunció el ceño, preocupándose por mi comportamiento.
—No es nada —le susurré, llevando una de sus manos hacia mi boca para poder besarla.
Había pasado días de infierno teniéndola lejos y no poder hacer nada para estar junto a ella. Pregúntenle a Matt si no me creen, lo volví loco.
Hacía bastante rato que no me sentía frustrado y atado de pies y manos, me sentí inútil por no poder acompañar a mi Pequeña en esta etapa difícil, la etapa en la cual todas las puertas cerradas se abrirían para dar por conocido aquellos oscuros secretos que guardaron bajo siete llaves.
—¿Seguro estás bien? —preguntó con el ceño fruncido.
Asentí y mudé mi mano hacia su vientre. Poder sentir a nuestro hijo me hacía recordar que ya no había lugar para lo malo, por fin el camino mostraba la luz que tanto habíamos anhelado.
Me costaba admitirlo hasta en mis pensamientos, pero debía decir que no pude disimular la dicha que me dio conocer la noticia de un Emmett casado con Rosalie. Quién lo hubiese esperado, ¿cierto? Al fin de cuentas, el Gorila nos hizo las cosas más fáciles y siquiera teníamos un juicio por delante para obtener la libertad de mi pequeña.
Mi pequeña sin compromisos; eso era realmente bueno, muy bueno.
La sola idea de saber que ése tuvo sus sucias manos sobre el cuerpo de mi delicada y hermosa Bella, me hacía sentir enfermo. Aunque luego intentaba canalizar por algún lado, convenciéndome que sólo lo hizo por sentirse presionada por la situación, por la estúpida idea de sentirse obligada a comportarse como una esposa ejemplar.
Segunda esposa, en todo caso.
Suspiré profundamente y moví mi mano sobre mi hijo. Sentí que Bella colocó la suya sobre la mía y, al encontrarse nuestras miradas, sonreímos como dos bobos enamorados.
Ya no tenía sentido pensar en las cosas del pasado, esas pertenecían justamente a eso, a un pasado frío, oscuro y hostil, del que me encargaría personalmente que nunca jamás nos viniese a molestar… ya nos había jodido bastante la vida, como para darle una segunda oportunidad.
—¿Vamos? —le pregunté con una sonrisa.
Ella suspiró.
—Creí que habían comido tu lengua.
Me reí, me encantaba cuando se ponía en plan bromista. ¿A quién no le gustaba una Bella alegre y feliz?
Bajamos del coche y nuestras manos se entrelazaron solas, ya era un gesto natural y habitual en nosotros; simplemente, debíamos tener aunque sea el mínimo contacto entre los dos. Realmente, era asombroso.
—Miren nada más quiénes están por aquí —saludó alegremente la mujer, esperándonos con la puerta abierta—. Si hubiésemos sabido que contaríamos con su presencia, nos hubiéramos preparado de otra manera.
—Sólo somos nosotros, Renata.
Ahora el «nosotros» cobraba mayor veracidad. Ó, quizás, yo estaba lo suficientemente feliz como para pensar de ese modo.
—Los niños no han dejado de preguntar por ustedes, los extrañaron muchísimo —siguió diciendo la buena mujer—. Pasen, pasen, ésta es su casa.
Tiré un poco de la mano de Bella y avanzamos detrás de Renata, la directora de la fundación. Aunque sólo había estado un par de veces aquí, no podía dejar de sentir esa sensación de inocencia y esa calidez que te trasmitía el establecimiento. Había llegado a la conclusión que todas esas sensaciones eran transmitidas por los mismos niños que vivían aquí.
—Los niños están en el patio, recién han terminado con la clase de… ¡Oh! —se calló abruptamente cuando sus ojos se dirigieron al vientre de Bella.
Sonreí y abracé a mi Pequeña, descansando mis manos sobre nuestro hijo.
—¡Pero qué noticia tan maravillosa! —exclamó y en un abrir y cerrar de ojos nos tenía abrazados a ambos—. Me siento tan feliz por ustedes, chicos.
—Gracias, Renata —susurré, realmente agradecido.
—¿De cuánto estás, cariño?
—De unos cuatro meses, aunque en realidad ya más cerca de los cinco —respondió Bella, acariciando a nuestro puntito—. El tiempo pasa muy rápido.
—Ni que lo digas —respondió la mujer—. ¿Ya sabrán qué será?
—Aún es temprano para saberlo —intervine—, aunque tenemos la esperanza de saberlo en el próximo ultrasonido.
—Da igual lo que sea, mientras venga sanito. —Los dos asentimos—. Será un bebé precioso.
Ambos nos mantuvimos en silencio y Bella me miró; yo sabía muy bien lo que significaba esa mirada. Estábamos a punto de dar un paso enormemente importante, no sólo en nuestra relación sino que también en nuestras vidas. No obstante, sentíamos que era la decisión correcta y, por sobre todo, una decisión que sólo nos pertenecía a los dos y que estábamos seguros de llevarla a cabo.
—¿Quieren ver a los niños?
Rasqué mi cabeza, enredando mis dedos en mi cabello. Era un obvio síntoma del nerviosismo que comenzaba a dispararse en mi cuerpo.
—Renata… digamos que esta vez nuestra visita es… —busqué la palabra—. Diferente.
—No entiendo —musitó con el ceño fruncido—. ¿Diferente en qué sentido?
¡Rayos! En mi cabeza sonaba más fácil decirlo. Bella apretó mi mano y le sonreí, aunque negué con la cabeza al entender que ella quería hablar; lo haría yo mismo.
—Esta vez venimos como una pareja deseosa de poder brindarle un nuevo hogar a un pequeño.
Me sentí satisfecho con que mis palabras hubiese salido con seguridad y firmeza, eso era justo lo que necesitábamos.
El rostro de Renata pasó por varios momentos. Primero, con una gran confusión; luego, con asombro y, por último, con entendimiento y devoción.
—¿Desean adoptar? —preguntó por fin.
Bella y yo nos miramos con una gran sonrisa en los labios.
—A eso vinimos —respondió mi Pequeña, abrazándome por la cintura.
La mujer nos miraba con una mezcla de agradecimiento y ternura. Supe por sus ojos que jamás se hubiese esperado que algo así ocurriera, aunque esto estaba sucediendo y era una decisión absolutamente tomada.
—Lexie —nombró simplemente Renata.
Abracé más a mi pequeña y besé sus cabellos.
Habíamos hablado bastante del tema, antes y en todo momento. Sabíamos que era un reto bastante importante, ya que abriríamos nuestras puertas a una niña muy lastimada y que se creía olvidada. Sin embargo, nos sentíamos capaces de poder hacerla feliz, de poder darle una familia que la amara y que le diera ese lugar especial que tanto se merecía.
Lexie deseaba una verdadera familia y nosotros deseábamos tener una hija mayor. Desde el primer momento en que puse mis ojos en ella, sentí que había un tipo de conexión especial, era algo raro pero creía que el destino nos había juntado porque nos necesitábamos. Habíamos sufrido una gran pérdida, ella perdió a toda su familia en un trágico accidente y nosotros habíamos perdido a nuestra pequeña Carlie, con tan sólo seis meses de gestación.
—¡Vaya! —exclamó Renata sin querer disimular su asombro—. Me han tomado por sorpresa, ¿están seguros?
—Por supuesto —respondió Bella—. Sabemos que no será fácil que ella se acostumbre a nosotros y nosotros acostumbrarnos a ella, pero haremos todo lo que sea necesario para que sea feliz. Si tú nos permites, nos gustaría hablar con Lexie.
—Es también su elección, no queremos obligarla a nada —secundé.
—Lexie los ama —dijo con sinceridad—. No veo a nadie más para ella, ustedes son los indicados.
Realmente eso esperábamos, poder ser la familia que Lexie esperó por tanto tiempo.
—Hay muchas cosas que hacer y que deben saber… —musitó la mujer—. Aunque antes de todo eso, vamos a buscar a la pequeña Lexie. Se pondrá muy feliz de verlos, es la que más ha preguntado por ustedes.
Sonreímos los tres. Bella y yo, tomados de las manos, seguimos de cerca a Renata, quien se movía con pasos rápidos hacia el patio.
—¿La imaginas con nosotros todos los días? —susurró Bella, mirando de lejos a la pequeña.
Le sonreí y besé su frente. Si era sincero, ya hasta tenía en mente la decoración para su cuarto, pero no quería precipitar las cosas; no cuando aún no sabíamos si Lexie nos aceptaba o no.
Vimos como Renata hablaba con la pequeña y, ésta última, volteó la vista hacia nosotros. Sus ojos se abrieron y dibujó una sonrisa en sus labios, alzando su mano para saludarnos desde lejos. La directora de la fundación le susurró algo en su oído y, rápidamente, se aproximaron a nosotros, con pasos veloces.
Al llegar junto a nosotros, Lexie entrelazó sus manos hacia adelante y miró hacia el suelo, mostrándose algo tímida por nuestra presencia. Bella fue la primera en romper el hielo, se agachó sólo un poco y corrió un poco del cabello de su rostro.
—Hola, Lexie —le susurró.
La pequeña levantó la vista y nos dejó ver sus hermosos y grandes ojos grises.
—Hola señora Bella, señor Edward —nos saludó educadamente.
Le sonreí.
—Tks, tks —chasqueé la lengua—. Nada de señores, sólo Bella y Edward.
Lexie sonrió y me di cuenta que se le había caído un diente, se veía absolutamente adorable.
—Lex, los señores Cullen quieren hablar un momento contigo, ¿qué dices?
La niña la miró con una ceja arqueada.
—¿Conmigo? ¿Por qué? —sacudió la cabeza—. No hice nada malo, ¿verdad?
—Queremos hacerte una pregunta importante —respondió mi pequeña con una dulce sonrisa—. No has hecho nada malo, no te preocupes.
—Está bien —respondió—. ¿Qué quieren decirme?
Antes de que alguno dijera algo, Renata levantó una mano y esperó a que nuestra atención sea exclusiva para ella.
—¿Por qué no salen los tres juntos? —ofreció—. Sé que no es cotidiano que dejemos hacerlo, pero son ustedes, así que por hoy haremos una excepción. El día está lindo para salir de paseo y tomar aire, ¿qué dicen?
Miré a Bella y ella miró a Lexie.
—Creo que es una fantástica idea —encogí mis hombros—. ¿Qué dices Lexie? ¿Quieres venir con nosotros?
Los ojos de la niña se iluminaron y comenzó a asentir con la cabeza sin omitir palabra. Renata rió un poco y besó su cabeza.
—Ve a cambiarte, cariño… nosotros te esperaremos aquí.
—¡Ya vuelvo! —exclamó emocionada y corrió hacia su cuarto.
Los tres nos quedamos mirando su silueta hasta que desapareció al atravesar la puerta. Bella recostó su cabeza en mi pecho y la estreché a mí, besando sus cabellos.
—Les dije que se emocionaría mucho —musitó Renata—. Creo que cuando regresen tendremos la charla de adultos, supongo que querrán saber de su historia y demás.
Ambos asentimos.
—Lo único que diré es que será un proceso bastante largo, pero con paciencia todo se puede —sonrió—. ¡Me hace tan feliz que los niños encuentren nuevas familias!
No quise opacar su felicidad diciéndole que debíamos tomar las cosas con calma para no ser el aguafiestas. Todavía faltaba la opinión de Lexie y el enorme papelerío que el proceso de adopción requería. Sabíamos que debíamos esperar bastante tiempo, pues además de que querer adoptar a la pequeña niña, vivíamos en el extranjero, lo que eso, suponía, alargaría los trámites.
Miré a mi pequeña y ella tenía sus ojos brillantes y una enorme sonrisa difícil de borrar. Yo sabía cuánto quería a Lexie, la había querido desde el primer momento en que la vio. Algo parecido me ocurrió a mí. No podía dejar de pensar en la imagen que tendría nuestra pequeña Carlie. Yo la había imaginado como una hermosa niña de cabellos castaños con algunos reflejos más claros y unos enormes y bellos ojos chocolates, como los de mi Bella.
Mi necesidad de poder crear una imagen de mi angelito fue lo que llevó a que viera reflejada en Lexie a mi pequeña hija. Aunque yo sabía que Lexie era Lexie y que Carlie, en donde sea que estaba, tenía su propia identidad. Eran dos personas completamente distintas y cada una tendría un lugar especial en nuestros corazones y vidas.
—Allí viene —dijo Renata, fijando su vista hacia adelante.
Lexie traía su cabello suelto con una cinta fucsia usándola de vincha. Tenía una remera blanca con detalles del mismo color que la cinta y unos jeans con unas zapatillas. Estaba completamente hermosa.
—Estoy lista —susurró un poco jadeante por haber venido tan rápido.
—Entonces estamos listos para irnos —susurré entrelazando mis dedos con Bella.
Bella sostuvo mi mano y, algo dubitativa, extendió su mano libre hacia Lexie. La aludida, la miró con los ojos grandes impresos con sorpresa, aunque con nerviosismo la tomó y sonrió; me di cuenta que suspiró y murmuró unas palabras que nadie pudo oír.
—Los espero más tarde, ¡diviértanse! —exclamó Renata viéndonos acercar al coche, ya cuando habíamos dejado la fundación.
Abrí la puerta trasera y ayudé a subir a Lexie, me encargué de ponerle el cinturón de seguridad y ella me sonrió con agradecimiento. Bella ya se había subido y nos esperaba a que terminemos de acomodarnos. Rodeé el coche y me subí del lado del conductor, abrochándome el cinturón cuando estuve en mi asiento.
Puse el auto en marcha y aceleré.
—El coche es muy bonito —susurró Lexie, pude ver por el espejo retrovisor que sonreía.
—Es de Jasper, mi hermano —respondió mi pequeña, girándose un poco para poder verla—. Nos hizo un favor y nos lo prestó.
—Porque el coche de mi hermana, murió —agregué.
—No murió, Edward —suspiró—. Solo tuvo un no sé qué, seguro se repara.
—Es hora de que se deshaga de él, es muy pequeño y ya está bastante entrado en años —dije con la mirada puesta en la carretera—. Cada vez que subía allí tenía que ser contorsionista, ¿sabes los chichones que me sacó por golpearme con el techo?
—Exagerado… —murmuró e imaginé que puso los ojos en blanco.
La suave y musical risa de Lexie resonó por todo el vehículo y no pudimos evitar secundar su contagiosa risa.
—¿A dónde vamos? —pregunté al parar en un semáforo. Ahora que me ponía a pensar, no habíamos decidido donde iríamos.
Nadie habló.
—Ummm… —murmuró mi pequeña luego de un tiempo—. ¿Te gustan los helados, Lexie?
—¡Me encantan! —exclamó con júbilo—. Lo siento, sí… me gustan —añadió, disimulando su entusiasmo.
—Bueno… ¿Qué te parece si pedimos los helados más grandes y ricos? Este hombre de aquí —me señaló; sonreí—, me debe uno grande de vainilla y debe pagarme. Haré que te compre uno también, ¿qué dices?
—Me gustaría mucho —respondió.
—Entonces iremos a la heladería —prometí.
No fue difícil dar con una. Bajamos del coche y nos adentramos a la heladería. No había tanta gente, aunque debíamos hacer una pequeña fila para poder ordenar nuestros pedidos. Si bien todavía no hacía calor, la primavera se había instalado hacía unas semanas y los días estaban realmente agradables y soleados; era una época de año maravillosa y las personas —como nosotros— aprovechaban para pasear y disfrutar de un rico helado.
La heladería quedaba justo frente a una gran plaza, me di cuenta que Lexie no quitaba sus ojos de ese lugar y miraba embelesada todo el paisaje. Recordé que amaba los columpios y era justamente allí donde se perdía su mirada gris.
—¿Por qué no van a al parque y me esperan allí? —ofrecí, encogiéndome de hombros.
Los ojos de la pequeña Lexie se iluminaron y tomó más fuerte de la mano de Bella.
—¿Podemos ir, Bella? —le preguntó.
—Claro, pequeña —le respondió. Lexie se quedó momentáneamente en blanco, aunque luego sonrió abiertamente—. Te esperamos allí.
Besó castamente mis labios y caminaron hacia la gran plaza. Me quedé bastante tiempo embobado viéndolas a las dos juntas, Lexie de vez en cuando daba pequeños saltitos y Bella reía en voz alta, contagiándole la risa a todo que pasara cerca de ellas.
—Tiene una familia preciosa, joven —me di la vuelta un poco confundido.
La voz provenía de un hombre cubierto de canas y la piel completamente arrugada. Calculé que tendría de unos setenta a ochenta años. Su rostro expresaba bondad y tenía una mirada sabia y paternal, cubierta por unos enormes lentes con marcos anchos.
—Me refiero a su mujer y a su hija.
—Gracias, señor —respondí con un sentimiento de calidez en mi pecho. Realmente nos veíamos como una familia.
—Disfruta de esta edad, es la más maravillosa —volvió a decir mientras agarraba la bolsa con su compra—. Y consiente a tus chicas, sé lo que te digo —agregó.
—Lo haré —le respondí sonriendo, el hombre asintió y se fue del lugar silbando una canción que no reconocí.
Me acerqué al mostrador y pedí los helados. Había olvidado de preguntarle a Lexie que sabores querría, pero imaginé que la vainilla venía bien con todos esta vez. Saldé la cuenta y, haciendo malabarismos con los tres cucuruchos para evitar que se cayeran, caminé hacia la plaza en busca de mis chicas.
No fue difícil encontrarlas, Lexie se hamacaba con ganas y Bella la observaba desde una banca muy cercana a ella. Al llegar, levantó su mirada chocolate y sus ojos resplandecieron al ver el helado que sostenía en mis manos. Se levantó rápidamente y besó mis labios mientras robaba el postre.
—Supongo que ahora quedé en segundo plano —murmuré, disfrutando de ver como mi pequeña ronroneaba de placer al comerlo—. ¡Aquí está el helado, Lexie! —exclamé elevando un poco la voz.
Se bajó de la hamaca y se acercó tímidamente a mí. Suponía que tenía más confianza con Bella porque la había conocido desde hacía más tiempo; eso me daba muchas ganas de poder hacer hasta lo imposible para ganármela.
—No sabía qué sabor pedirte, ¿te gusta de vainilla?
—Es mi favorito —respondió con dulzura, mientras le entregué su helado.
Nos entretuvimos hablando y comiendo de nuestros deliciosos postres helados. Lexie nos contó que cumplió hacía unos pocos meses nueve años y que Renata y Aro le organizaron una sencilla fiestita con todos sus compañeritos de la Fundación.
—Hacía mucho tiempo no venía a una plaza, gracias por traerme —susurró, acariciando las flores que habían a su alrededor.
—Gracias por aceptar venir —le respondí, limpiándole un poco la boca manchada de helado—. ¿Te estás divirtiendo?
—¡Claro! —respondió rápidamente—. En la fundación no podemos hacer muchas cosas, ni tampoco salimos tanto porque somos muchos y Renata no quiere arriesgarse a que algo nos suceda. Pero a pesar de todo, ellos son increíbles y nos brindan mucho cariño.
En ese momento un grupo de niños jugaban a hacer burbujas, más lejos vi que había un hombre que vendía los burbujeros y todos ellos estaban a su alrededor. Bella me miró y me señaló a Lexie, quien estaba más que entretenida con eso.
—¿Quieres uno? —le pregunté.
Ella parpadeó sorprendida.
—¿Uno para mí? —respondió con una pregunta—. ¿Sólo para mí?
No dije más nada y me levanté de la banca extendiendo una mano hacia ella. No pasó mucho tiempo para que me apretara la mano con fuerza y le pasara la libre a Bella. Sonreímos los tres y nos dispusimos a ir al hombre de las burbujas de jabón.
A la vista de todos, lo más probable, era que nos veíamos como una familia de verdad. Lo había dicho el anciano de la heladería y apostaría lo que sea que las personas de nuestro alrededor pensaban lo mismo que él. No pude dejar de imaginar el día cuando esto se cumpliera, definitivamente podía acostumbrarme y amar cada día de mi vida estos pequeños momentos que me hacían soñar despierto.
Poder formar una familia con Bella era un sueño que venía arrastrando desde mis diecisiete años. Por obra del destino, diez años después, estábamos cumpliendo todas las metas que nos habíamos propuesto en nuestra adolescencia; aunque más de una vez pensamos que alcanzar esto sería imposible.
—Es perfecta —susurró mi pequeña recostando su cabeza sobre mi hombro.
Asentí, abrazándola por la cintura y colocando una mano sobre su vientre. Ambos estábamos como idiotizados mirando a Lexie jugar con las burbujas. Apenas le compramos el burbujero, ella chilló emocionada y comenzó a soplar y soplar creando esas pompas de jabón para dejar que flotaran en el aire. Bella y yo, ahora recostados en el césped, no podíamos dejar de mirarla con embelesamiento.
—Creo que debemos decirle, ¿no crees? —susurró.
—Sí, lo haremos en cuando se acerque a nosotros —respondí.
—¿Dirá que sí?
Froté su cintura para intentar que sus nervios disiparan.
—Eso espero —besé el tope de su cabeza y seguimos con la vista clavada en la pequeña especial.
Varios minutos después, Lexie se dejó caer entre nosotros con una gran sonrisa en el rostro. Se veía feliz, radiante y eso me encantó porque hoy estábamos conociendo una nueva faceta de ella. Lo que más me había llamado la atención en los primeros encuentros que tuvimos junto a ella, era que siempre estaba triste o que su sonrisa no brillaba como tendría que hacerlo. Sabía que la vida en un hogar de niños no era fácil, por supuesto, pero yo sólo quería verla sonreír todos los días.
—¿Allí dentro hay un bebé? —preguntó, mirando con el ceño fruncido el vientre de Bella y mi mano que aún descansaba sobre nuestro puntito.
—Eso espero realmente —respondió Bella con una sonrisa—. ¿Imaginas si hay un alien o un unicornio? —fingió estremecerse.
Lexie y yo reímos.
—No me había dado cuenta antes —encogió sus hombros—. El bebé tendrá suerte de tener una familia como ustedes, ustedes son muy buenos con todos.
Y este era el pie que necesitábamos para comenzar con la conversación.
—Hay algo que nos gustaría preguntarte, Lex —dije un poco nervioso. Sentí la mano de Bella apoyarse en mi muslo para brindarme confianza.
—Tienes razón —rió la pequeña—, casi lo olvido. ¿Qué es?
Respiré hondo antes de hablar.
—¿Has pensado alguna vez tener una nueva familia?
Ella se quedó en silencio, jugando con el césped que había a su alrededor.
—Supongo que alguna vez lo hice —susurró—. Aunque hace tiempo ya no pienso en eso.
—¿Por qué lo dices, cariño? —quiso saber Bella.
—Bueno… la mayoría de los adultos que van al hogar buscan niños más chicos que yo —curvó sus hombros, aún con su mirada fija en el pasto—. Cuando llegué allí tenía tres años, yo no lo recuerdo bien, Renata me lo contó. Había varias familias que querían llevarme, pero yo no quería irme, estaba bien con Aro y Renata, ellos me cuidaban muy bien y las demás personas me daban algo de miedo.
Asentí, eso nos había comentado Renata en una oportunidad, si mal no recordaba.
—¿Y ahora? —volvió a preguntar mi pequeña.
—No lo sé —levantó su mirada y sonrió—. Ya no pensé en la posibilidad de irme del hogar ni de volver a tener una familia, son muy pocos chicos de mi edad los que lo logran. Pienso que no me iré de allí, tampoco es tan malo vivir ahí… sólo que a veces, necesitas que alguien te quiera un poquito más y te haga sentir especial.
Se me encogió el corazón al ver como hablaba de estos temas con tanta naturalidad. Era muy evidente que, por todo lo que tuvo que pasar en su niñez, había tenido que aprender a crecer más rápidamente, se notaba a leguas por como hablaba y en las palabras que utilizaba para describir su condición.
—Muchas veces pensé qué se sentiría tener una familia —siguió hablando con su vista clavada en nosotros dos—. Sé que tuve una pero casi no los recuerdo, tampoco recuerdo qué es decirle a alguien «papá y mamá».
Vi que Bella limpiaba una lágrima en su mejilla, la entendía perfectamente porque a mí me comenzaban a picar los ojos.
—¿Y si sí hay una familia esperando por ti? —le susurró Bella, tomando su mano entre las suyas.
Lexie se fijó en el movimiento y miró a Bella con una ceja arqueada.
—¿Quiénes? —preguntó—. No lo creo, Renata me hubiese dicho.
Aquí llegaba el momento.
—Nosotros —murmuré.
Los ojos grises de la pequeña volaron hacia mí, mostrándose atónitos por lo que acababa de decir. Le sonreí para que supiera que había escuchado bien y que teníamos todas las intenciones de querer que se transformara en un nuevo miembro de nuestra pequeña familia que comenzaba a formarse.
—¿U-Ustedes? —tartamudeó.
—Sí, Lexie —dijo ahora Bella—. Estuvimos pensándolo hace bastante tiempo. Siempre has sido especial para nosotros, no sé por qué pero lo eres. Nos encantaría que comencemos a formar una familia todos juntos, Edward, tú, el bebé y yo. ¿Qué dices?
La niña se quedó sin habla y decidimos esperar a que digiriera lo que acabábamos de preguntarle.
Sabía que en su pequeña cabecita tendría miles de dudas rondando por ella, era absolutamente lógico, nosotros también las teníamos. Sin embargo, esperaba que aceptara. Teníamos muchas ganas de poder convertirnos en sus nuevos papás, de brindarle ese cariño especial que ella había nombrado y, por sobre todo, de poder devolverle una familia.
En nuestros pasados, tanto ella como nosotros, habíamos perdido a personas muy importantes en nuestra vida. Sin embargo, juntos, podríamos sobrellevar esas pérdidas mucho mejor que solos.
—¿Es verdad? —preguntó con los ojos llorosos.
—Claro que sí, cariño —respondió Bella apretando su manito—. Jamás te engañaríamos con algo así.
—E-Es q-que… —tartamudeó.
Decidí intervenir de alguna forma.
—Sabemos que es algo complejo lo que te estamos preguntando, Lexie —tomé una bocanada de aire y seguí—. Nosotros no queremos reemplazar a nadie, sabemos que tuviste una familia, unos padres que te amaron muchísimo. De alguna manera, queremos devolverte eso, queremos amarte como a una hija y, por eso, estamos ofreciéndote y deseando que seas parte de nuestra familia.
—¿Me querrán aunque venga un hijo suyo en camino? —lo dijo tan bajito que tuve que agudizar mi oído.
—Tú serás como una hija propia para nosotros, Lexie —le susurré—. Te amaremos igual que al bebé que viene en camino.
—¿Aunque no lleve su sangre ni haya estado allí dentro? —agregó mirando el vientre de mi pequeña.
Bella acarició su mejilla con suavidad.
—Ya estás aquí —respondió Bella colocando una mano sobre su corazón—. Eso es lo importante.
—¿Puedo abrazarlos?
—No tienes ni que preguntarlo.
Tan rápido como pronuncié esas palabras, tuvimos a Lexie en el medio de los abrazándonos con mucha, mucha fuerza. No la hicimos esperar y respondimos a su abrazo con la misma efusividad. Los tres éramos una máquina de llorar, pero no nos importó, estábamos disfrutando un momento único y mágico.
—Sí.
Bella y yo nos miramos sin entender a qué se refería. Lexie quitó su cabeza del medio de ambos y nos sonrió con ganas, mientras sobaba su pequeña nariz roja.
—Quiero pertenecer a su familia —musitó en un hilo de voz—. Me gustaría poder ser su hija, prometo portarme bien.
—¡Oh, Lexie! —exclamó mi pequeña cogiéndola en brazos para abrazarla con todas sus fuerzas.
Yo me quedé allí, sentado al lado de ellas y mirando embobado la hermosa escena. Lexie enterraba su cabeza en el hombro de la mujer que amaba, mientras Bella le susurraba palabras tiernas en su oído.
Miré hacia el cielo y, en voz baja, le agradecí a nuestro angelito por haber hecho que tengamos una segunda oportunidad para nosotros y, también, por haber dejado que Lexie apareciera en nuestro camino.
Aproveché esta oportunidad y saqué mi celular para poder hacerles una foto e inmortalizar este hermoso momento.
Ésta era la primera de muchas, de eso ya no había la menor duda.
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—O sea que ustedes ya no viven aquí, sino en Inglaterra.
Esta vez, Lexie eligió sentarse en el medio del asiento trasero para poder conversar más cómodamente con nosotros. Habíamos abandonado el parque hacía unos minutos y ya hacíamos el camino de regreso hacia «la casa de los enanitos». El ambiente se notaba mucho más tranquilo y relajado que al principio y, ahora, Lexie no paraba de preguntar todo acerca de nosotros y de nuestro estilo de vida.
—Nos mudamos hace unos meses —le respondió mi pequeña.
—¿Y yo voy a mudarme con ustedes?
—Allí tenemos nuestro hogar, sé que no será fácil comenzar una nueva vida tan lejos, pero vendremos cada vez que podamos.
—Eso me gusta —respondió—, no quiero dejar de ver ni a Renata ni a Aro.
—No lo harás, lo prometo —aseguré sonriéndole por el espejo retrovisor.
Más rápido de lo que esperé, estaba aparcando el coche frente a las rejas negras de la fundación. Me bajé del vehículo y lo rodeé para ayudar a bajar a mis dos chicas.
Esta vez fue Aro quien nos recibió con una sonrisa cordial de bienvenida. Con Lexie en medio de nosotros, entramos hacia la fundación sabiendo que a partir de hoy comenzaríamos a dar por inicio el camino para poder adoptar a la pequeña Lexie y hacerla una Cullen legítima.
—¡Ya están aquí! —exclamó Renata cuando nos vio llegar—. ¿Te divertiste, cariño?
—Mucho, mucho —respondió—. ¿Te contaron, Renata?
Ella nos miró y le confirmamos que nos aceptó como padres adoptivos, asintiendo con la cabeza.
—¡Eso es absolutamente maravilloso, cielo! —se acercó a ella y la abrazó con mucha fuerza—. Serás muy feliz con ellos.
—Lo sé —volvió a decir con su dulce vocecita.
—¿Por qué no vas con tus amiguitos? Nosotros debemos hablar temas aburridos de adultos.
—Está bien —respondió desganada—. ¿Se despedirán de mí?
—No te preocupes por eso —susurró Bella abrazándola—. Ve a jugar y, en un ratito más, nos vemos.
Besó su mejilla y me sonrió, para luego irse dando pequeños brinquitos.
—Me alegra que todo haya salido como se esperaba —dijo Renata, sonriéndonos.
—Todavía no podemos creerlo —susurró mi pequeña, abrazándose a mí.
Aro besó la mejilla de su esposa y nos avisó que, mientras nosotros hablábamos con Renata, él iría a vigilar a los niños jugar en el patio.
—Los felicito, chicos —nos dijo antes de irse.
—Vamos al despacho, hay varias cosas que hablar —dijo Renata con una enorme sonrisa.
Bella y yo la seguimos de cerca hasta la pequeña oficina que tenían en un extremo del hogar. Había un escritorio con una computadora en medio de ésta, unos sillones y un enorme archivo en un costado. Ella fue hasta allí y sacó una carpeta roja que decía «Lexie Parker» en grande.
—Algo de la historia de Lex ya lo sabían, pero creo que ahora deben enterarse de todos los detalles.
Puso la carpeta arriba del escritorio mientras nos pedía amablemente que nos sentemos frente a ella. Al hacerlo, nos puso una fotografía en medio de ambos.
—Ésta fue la última foto de la familia de Lexie, fue unos días antes del accidente.
En ella, había cinco personas. Reconocí a Lexie enseguida, una preciosa niña de tres años con el cabello un poco más allá de sus hombros y una sonrisa tierna y dulce; sus ojos grises se notaban a simple vista. Moví mi vista e imaginé que la mujer de ojos grises —iguales a los de Lexie— fue su madre. No podía negar que se parecían mucho, tenían casi todos los rasgos del rostro iguales.
—Eran una feliz familia de cinco integrantes, ella era la más pequeña de todos.
Tragué pesado al ver a los hermanitos de ella y a su padre. Algo que odiaba, era ver las fotografías de personas que ya no estaban entre nosotros; era algo horrible.
—No tenemos mucha información de qué fue lo que pasó realmente, sólo supimos que el coche, en el que viajaban toda la familia, fue impactado por un camión. Sus padres y el único niño de la familia fallecieron al instante. Lexie y su hermana mayor, fueron hospitalizadas de inmediato, aunque el estado de su hermanita no era muy alentador.
»Milagrosamente, Lexie sólo había sufrido algunas heridas leves, los médicos explicaron que fue porque viajaba en la butaca para niños y eso amortiguó algún tipo de impacto. —Hizo una pausa y suspiró pesadamente—. Al día siguiente del accidente, le dieron el alta y el estado se comunicó con nosotros pues ella, al no tener ninguna familia, fue trasladada aquí. Lamentablemente, la única hermana que le quedaba con vida, no pudo dar más batalla y murió tres días después del accidente.
Inspiré hondo intentando luchar para que las lágrimas no salieran para el exterior. Estreché a mi cuerpo a mi pequeña, y besé sus cabellos una y otra vez para intentar calmarla, el embarazo la tenía mucho más sensible que antes y lo que nos acababa de contar Renata era muy desgarrador. La historia de Lexie era muy triste y no sólo la de ella, porque todos los niños de aquí tenían una. Pero al tener un cariño especial para con ella, las sensaciones parecían multiplicarse rápidamente.
—Apenas llegó aquí, pusimos a todo el equipo de psicólogos y asistentes sociales para que hablaran con ella. Sabíamos que había sufrido un episodio muy traumático, ya que presenció la muerte de su familia entera. Tardó varios meses en volver a hablar, pero no quería separarse ni de Aro ni de mí.
»Varias familias mostraron interés en querer adoptarla, pero ella simplemente se negaba a ir junto a ellos o a querer familiarizarse con las personas. Tuvieron que pasar algunos años para que, de a poco, volviera a ser una niña sonriente y abierta con las demás personas.
Nos miró y sonrió.
—Con Aro jamás supimos explicarnos qué era lo que les pasaba con ustedes, desde el primer momento se mostró muy abierta y feliz. Los primeros días que viniste aquí, Bella —la miró a ella—. Se mostró con una felicidad de la nunca habíamos sido partícipes, preguntaba por ti, hablaba de ti y quería saber todo. Nunca nos había pasado algo igual, ella jamás mostró interés por ninguna persona de afuera.
—Creo que algo igual me pasó a mí, Renata —le respondió—. No sé, fue como una conexión inmediata, como si ambas supiéramos que nos necesitábamos, que estaba escrito que estaríamos juntas empezando a formar una familia.
—Lo sé, cariño —tomó su mano—. Con Edward pasó exactamente igual; te llevó a los columpios, ¿recuerdas? —me preguntó; asentí, recordando ese día, me había sentido muy bien al jugar con ella—. Yo sé que los niños tienen un sentido especial y se dan cuenta cuando las personas son buenas o necesitan alguna cosa. Sé que Lexie sintió eso en ustedes, por eso se acercaba, porque los veía como figura de padres que le hubiese encantado tener.
—Y ahora eso se cumplirá —dijo Bella, con voz tomada por la emoción.
—Creo que, de alguna manera, siempre esperé este momento. Tú eres muy especial para todos nosotros e, inevitablemente, también lo fue Edward. Son personas maravillosas que se comprometen día a día para poder ayudar a los niños y no saben el valor que eso tiene para nosotros.
Nos quedamos en silencio, cada uno sumergido en nuestros pensamientos.
Desde el primer día que había tenido la suerte de venir, se sentía eso especial de lo que hablaba Renata. A mí me encantaban los niños, por eso había elegido ser pediatra. Pero estar aquí, le daba ese plus especial. Bella había elegido este lugar como ese sitio en donde se sentiría útil. A pesar de todas las cosas que pasaron, ella seguía viniendo aquí, mostrando esa Bella dulce, bondadosa y servicial que me había enamorado desde el principio.
—Bueno… dejando la parte fea de la historia, supongo que debemos enfrascarnos en lo legal —nos sonrió—. Supongo que alguna idea de algo debes tener, ¿verdad, Bella?
—Sí, pero igual hay muchas cosas de las que hablar —respondió la aludida.
—Hablé con la asistente social y le comenté el nuevo caso, ellos enviarán a una persona que los siga de cerca para poder estar seguros que tienen todas las capacidades necesarias para poder criar a Lexie sin ningún problema.
—¿Cambia algo que vivamos en Inglaterra?
Renata abrió los ojos.
—¿Ya no viven aquí?
—Nos mudamos hace algunos meses, Edward trabaja allí y yo comenzaré a hacerlo también.
—Oh… bueno, supongo que debemos hablarlo con los que corresponda, pero no creo que haya problemas. Eso sí, deben traer a Lexie de visitas…
—Eso no discute, por supuesto que lo haremos.
Renata comenzó a llenar unos papeles y nos entregó unos teléfonos importantes que debíamos tener. Según lo que nos dijo, en unos días recibiríamos la llamada de los asistentes sociales para tener una entrevista con ellos y hablar de todo lo que era importante para poder adoptar a la pequeña Lexie.
—Están casados legalmente, ¿verdad?
Carraspeé.
—No, todavía —marqué esa palabra con énfasis.
La directora de la fundación se mostró sorprendida.
—¿No? —preguntó, asombrada—. Siento la sorpresa, es sólo que creí que lo estaban.
—Una historia muy larga que ahora no tiene sentido contarla —volví a decir—. ¿Cambia eso las cosas?
—No tendría por qué, aunque siempre tienen algún tipo de consideración con las parejas casadas. O, al menos, eso creemos, ya que a los que contrajeron matrimonio, los trámites le salen mucho más rápidamente que a los solteros.
Eso quedó dando vueltas y vueltas en mi cabeza.
—En fin… sabemos que esto puede tomar algunos meses, ojalá sean los menos posibles. Pero, les aseguro, que Lexie será una Cullen muy pronto.
Junto a Bella sonreímos y sentimos que cada vez estábamos más cerca de poder lograrlo.
Firmamos algunos papeles que decían que estábamos interesados en iniciar los trámites de adopción y, cuando hubimos terminado, sólo faltaba esperar el llamado de los demás para saber qué pasos debíamos seguir.
—Formalmente, damos por iniciada la solicitud. —Dijo Renata, sin borrar la sonrisa que nos había brindado por todo el día.
Bella me abrazó y nos quedamos en esa misma posición, sobrando cualquier tipo de palabra entre los dos.
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—¡Oh, me muero muerta! —exclamó Jane con mi teléfono en sus manos—. ¡Mamá, mamá! ¡Mira lo hermosa que es esta niña!
—¿Puedes calmarte sólo un poco, Jane? Estás haciendo que mi cabeza quiera explotar —casi rogué, frotando mis sienes.
—¿Por qué no nos dijeron nada antes? —colocó sus manos sobre sus caderas, viéndome con los ojos entrecerrados.
—Porque sólo era algo entre Bella y yo —suspiré—. Queríamos hacerlo antes de contarle a todo el mundo, por miedo a que Lexie no aceptara.
—¡Awww, son tan tiernos!
Rodé los ojos y la abracé en cuanto se tiró en mis brazos.
—¿Sabes? Me hacen tan feliz, y yo que creí que debía esperar para ser tía los cinco meses que aún faltan para que nazca el bebé. ¡Lo seré antes! —volvió a exclamar muy entusiasmada—. ¡Le contaré a Matt!
Sin más, se largó escaleras arriba casi corriendo.
Puse los ojos en blanco y me di cuenta que alguien me miraba desde la puerta de la cocina. Al llevar mi vista hacia allí, vi a Bella recostada en el marco de la puerta. Se había cambiado de ropa y, ahora, con la remera que llevaba puesta se podía diferenciar claramente su vientre abultado.
Ella era simplemente perfecta.
—Tenías razón —murmuré yendo en su encuentro.
—¿De qué? —preguntó
Me acerqué a ella y corrí un mechón de cabello sobre su rostro. La miré a los ojos y me maravillé con el fino rubor que cubrió sus mejillas al sentir la intensidad con la que la estaba mirando; era increíble como reaccionaba a mi cercanía.
—¿No imaginas qué puede ser? —susurré muy cerca de su oído, dejando un beso en la parte de atrás.
—Uhm… —dijo con los ojos cerrados.
La tomé de la cintura y la pegué todo lo que pude a mi cuerpo. Mordí ligeramente el lóbulo de su oreja y arrastré mi nariz hasta su cuello, permitiendo que su exquisito aroma —mi perfume favorito—, inundara mis fosas nasales.
—Jane reaccionó como suponías.
Se lo dije en un hilo de voz, justo por encima de su garganta. Subí mi cabeza y besé su mejilla derecha, dando pequeños besos en dirección a su boca. Me encantaban estos momentos entre los dos, en que sólo nos comportábamos como una pareja enamorada sin que importara ninguna otra cosa.
—¿Alguien se dará cuenta si nos ausentamos algunos minutos? —volví a susurrar, cada vez más cerca de sus deliciosos labios.
Sentí a Bella agarrarme de la espalda y el sorprendido fui yo ante la abrupta acción de mi pequeña. Sus labios se fijaron a los míos con mucha fuerza y pasión, tuve que evitar que un jadeo saliera de mis labios. En algún remoto lugar de mi cabeza recordaba que estábamos en la sala, con mi padre y madre reunidos en la cocina.
Besar a Bella sin duda era uno de mis deportes favoritos, no había ni un beso que no fuera especial, ni tampoco tendría suficiente de ella nunca. Siempre necesitaba más de ella, mucho, mucho más.
Escuchamos un carraspeo en la mejor parte del beso y no le presté atención, tenía muchísimas cosas mejores que hacer. Sentí que Bella sonreía contra mis labios, pero ninguno era capaz de parar, ni tampoco era que lo queríamos hacer, de todas formas.
—Está bien que haya aceptado que embarazaste a mi hermanita, pero tampoco tienes que recordarme cómo lo has hecho.
Me detuve abruptamente y despegué mis labios de mi Pequeña con un gracioso sonido. Giré de mi cuerpo con cuidado —sin dejar de abrazar a Bella—, y tragué en seco.
—Consecuencias de seducir a una embarazada, campeón —susurró Bella en mi oído, mientras se deshacía de mi agarre para ir a saludar a su hermano y a su cuñada y luego desaparecer hacia la cocina junto a Alice, andando con su suave movimientos de cadera.
Traidora.
—Hola, Jasper —lo saludé alegremente.
—Sí, Cullen… hazte el desentendido —rodó los ojos.
Si bien Jasper era uno de mis mejores amigos, le tenía respeto, mucho respeto. Y, que nos hubiera encontrado en esa situación, hacia que no fuese su persona favorita del mundo; lo entendía, claro… después de todo había embarazado a su hermanita y, para colmo, tenía muchas ganas de volver a recrear el acto de cómo habíamos fabricado a nuestro puntito.
—Supongo que algún día tendré que acostumbrarme —murmuró mi amigo, encogiéndose de hombros—. Sin embargo, más te vale que no te intentes comer a mi hermana frente a mí. ¿Entendiste?
—Más claro que el agua —respondí rápidamente, guardando mis manos en mis bolsillos.
—Eres un idiota —murmuró riéndose, mientras se acercaba a mí para palmear mi espalda.
Nos sentamos en la sala, con unas heladas Heineken para no perder la costumbre, y comenzamos a hablar de nada y de todo a la vez. Esme había llamado a toda la familia para festejar la noticia que Bella por fin se había deshecho de todos y, por supuesto, que muy pronto tendríamos una nueva integrante en la familia.
—Me alegra que todo haya terminado, hermano —dijo, luego de un momento—. ¿Sabes? Cuando volví a verte luego de todos estos años, supe que este día llegaría. Tú eras el único que podía sacar de toda esa mierda a mi hermana y no sé si algún día pueda agradecerte por eso.
—Bella ha podido salir de allí gracias a ella misma, Jasper —respondí—. Ella superó todos los demonios que la perturbaban, pudo hacerlo y tuvo el apoyo de todos, no sólo el mío.
—Lo sé, aunque jamás me perdonaré haberla dejado sola tanto tiempo —sacudió su cabeza.
—No te lastimes más, ya todo quedó atrás.
Escuchamos el sonido de la puerta y apareció mi hermana de vaya uno a saber donde, para poder abrirla. A penas lo hizo, unos enormes brazos la elevaron por los aires y se escuchó su hermosa risa por todos lados.
—¡Jack, bájame! —le gritó luchando inútilmente con el grandote.
—Está bien, está bien —respondió poniéndola sobre sus pies—. Sólo porque Matt te necesita entera… ya sabes… —agregó moviendo sus cejas hacia arriba y abajo, provocando que mi hermanita se pusiera roja como un tomate.
Al entender el doble sentido de las palabras de Jack, me tomé de un solo sorbo lo que quedaba de mi cerveza —debo aclarar que era casi la mitad—. Jasper largó una fuerte carcajada, palmeando mi espalda.
—¿Ya ves que feo se siente?
Puta madre, tenía toda la razón del mundo.
—Espero que haya otra cerveza para mí, viejos —Jack se sentó muy cómodamente junto a nosotros, le pasamos una y se bebió un largo sorbo—. Esto es vida.
Tanto Jasper y yo nos miramos y comenzamos a reírnos sin parar.
—¿Qué te pasó que estás tan feliz?
—Bueno… a decir verdad, pasó más de una cosa —levantó su botella—. La primera es que Emmett me pidió perdón —mi amigo y yo nos miramos atónitos—, sí yo hice la misma cara al escucharlo, pero pasó; también pidió que llamara a mi madre ya que quería hablar con ella para disculparse. ¿Pueden creerlo?
Esto se merecía otro trago, no había dudas.
—Segundo, mi padre, Patrick McCarty, se ha quedado mudo en una discusión conmigo y lo he dejado con la boca abierta —sonrió con orgullo—. Jamás habrá una satisfacción mejor que demostrarle a alguien que dijo que no puedes hacerlo, que lo has logrado y sin ayuda de nadie.
¡Ese era el Jack que conocimos! Más de una vez nos había dicho que su padre lo había subestimado y dicho que nunca podría lograr nada por sus propios medios, ya que el gran Patrick McCarty se sentía como imprescindible en la vida de todos. Una vez más, le demostró que se equivocaba y de la mejor manera que pudiese existir.
—Tercero, vi a la mujer más hermosa que pueda existir en el planeta —arqueé una ceja, mirándolo con una sonrisa—. En serio, no los jodo. Sólo tendrían que verla, aunque tan rápido como apareció, desapareció y siquiera sé cómo mierda se llama o en donde puedo verla otra vez.
—¿Jack se flechó?
—Creo que sí, y eso me encanta —suspiró—. Aunque bueno… me gustaría que la mujer misteriosa aparezca, yo también quiero esa mierda de cursilerías de ustedes.
Puse los ojos en blanco y tomé otro sorbo de mi deliciosa cerveza. Vi que Jasper se quedó mirando fijamente el paquete plateado que descansaba a un lado de la pequeña mesa que tenía Esme en la sala. Sin pensarlo dos veces, me acerqué hasta allí y tomé el paquete en mis manos para entregárselo a Jasper.
—Puedes mirarlo, te encantará.
La reacción de Jasper fue más o menos igual que la mía cuando Bella me mostró el primer regalo que habíamos recibido para nuestro puntito. Saber que Charlie había tenido ese detalle con nosotros y, además, todo lo que me había contado que pasó en su charla esta mañana, me habían dejado con los ojos cuadrados pero, suponía, que era bueno ver ese cambio en el duro abogado. Después de todo, él seguiría siendo el padre de mi Pequeña para toda la vida.
—Es una ternurita, Edward. Ya imagino al hermoso bebé aquí dentro —murmuró Jasper embelesado con la ropita—. ¿Quién se los regaló?
—Fue un obsequio de Charlie —respondí.
Sentí la mirada fija de Jack puesta en nosotros.
—¿Charlie? —murmuró asombrado, encogí mis hombros asintiendo.
—Parece que decidió cambiar, Jasper —dije, colocando una mano en su hombro—. Sé que es difícil explicarlo, pero lo vi… y se nota muy arrepentido.
—Ya lo sé, es por eso que acepté hablar con él —siguió mirando la ropita—. Supongo que todos tenemos segundas oportunidades.
—Y también la posibilidad de cambiar —dijo Bella juntándose con nosotros—. Charlie tiene muchas cosas que decirte, Jazzy… no te cierres con él.
Ayudé a que Bella se sentara en mi regazo y vi que Alice fue al lado de su esposo. Jack, sigilosamente, desapareció hasta la cocina. Seguramente, Esme sufriría algún tipo de saqueo con la comida que estaba haciendo para todos nosotros.
—Debo admitir que tienes razón, Bonita —le sonrió—. Amor… —añadió mirando a su esposa.
—¿Qué sucede? —preguntó Alice, dándose cuenta que Jasper quería cambiar de tema.
—Creo que debemos comenzar a comprar los regalos para nuestros sobrinos —le avisó—, porque serán dos. Por cierto, tenían muy escondida a Lexie.
—Es hermosa —les dijo Bella—. Se enamorarán de ella con apenas verla.
—La malcriaremos mucho a ella, y a ese pequeñín que viene en camino —agregó mi cuñado con una sonrisa—. Estás haciendo las cosas bien, Cullen.
Bella besó mi mejilla y supe que faltaba una cosa más para hacer las cosas completamente bien, venía pensando en ello desde hacía rato. Tomé la mano izquierda de mi pequeña y la llevé a mis labios, disimuladamente, besando su desnudo dedo anular de una manera especial.
Pronto tendría un objeto que lo rodeara.
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¡Hola a todos!
La familia se nos agranda :'). Sólo nos quedan tres capítulos, chicas u.u... se viene muuuucha miel y, estoy segura, que en el próximo capítulo tendremos lo que todas estamos esperando. (L)
Gracias por todo su apoyo y por dedicarle un tiempo a la historia, en serio, son geniales. Isa, como siempre, gracias por revisar y hacer tu magia con el capítulo, eres increíble :3.
Antes de despedirme, les recuerdo que tienen el grupo de Facebook a su disposición, los links los encontrarán en mi perfil. ¡Son todos bienvenidos!
Nos leemos prontito, esta vez lo hice más rápido que de costumbre xD. Muchos, muchos besos.
Alie~
