How fickle my heart
And how woozy my eyes
I struggle to find any truth in your lies
And now my heart stumbles on things I don't know
My weakness I feel I must finally show
Qué caprichoso mi corazón.
y qué atontados mis ojos.
Me esfuerzo para encontrar alguna verdad en tus mentiras,
y ahora mi corazón se tropieza con cosas que yo no sé.
Mi debilidad, siento que debo finalmente mostrarla.
Lend me your hand and we'll conquer them all
But lend me your heart and I'll just let you fall
Lend me your eyes I can change what you see
But your soul you must keep, totally free
Préstame tu mano y les venceremos a todos,
pero préstame tu corazón y simplemente te dejaré caer.
Préstame tus ojos, puedo cambiar lo que ves,
pero tu alma, debes guardarla, totalmente libre.
In these bodies we will live
In these bodies we will die
Where you invest your love
You invest your life
En esto cuerpos, viviremos,
en estos cuerpos, moriremos.
El lugar en el que pones tu amor
pones tu vida.
Awake my soul,
You were made to meet your maker
You were made to meet your maker.
Despierta mi alma,
Fuiste hecho para conocer a tu creador
Fuiste hecho para conocer a tu creador.
Bo se levanta del sofá y se dirige a la ventana donde el alba comienza a derramar sus primeros rayos cobrizos. Se da cuenta que ha perdido la noción del tiempo, al ver como el día comienza a despertarse de ese letargo de oscuridad y recuerdos. La noche dejó un manto blanco con la primera nevada del año, cubriendo de escarcha todo su alrededor. El vaho de su respiración empaña un leve círculo en el cristal, denotando la frialdad que asecha en el exterior. La nieve siempre le trae a la memoria la felicidad que vivió con Lauren. El frío le recuerda que aún esta viva y esa sensación de vitalidad se la debe a la persona que aún calienta su corazón. El brillo del sol encandila su mirada, pero es incapaz de apartar sus ojos de esa estampa de luz que la ayuda a sumergirse una vez más en su maltrecha historia.
Lauren camina detrás Bo, posando su mano en el hombro de la súcubo, pero esta vez no se produce ningún escalofrío. Nada puede demostrar su presencia o eso cree. El espíritu se sitúa frente a la ventana, observando como el cielo se deshace en lágrimas perezosas de luz que se desvanecen antes de llegar al suelo. Una degradación del color rojizo tiñe el horizonte, anunciando que la penumbra desaparecerá de un momento a otro, prometiendo que se llevará las nubes negras y que dejará un amanecer gélido. Lauren desliza su mano hasta la de Bo, pero sólo siente ese frío que arde sin la más mínima emoción.
Ambas contemplan lo mismo, anhelando una segunda oportunidad y buscando aquella felicidad en los sueños rotos del ayer. La mirada de Bo se llena de lágrimas que se amontonan esperando escapar de su agónica prisión, por la comisura de sus ojos. Suspira cerrando las cortinas para que la claridad no le prometa esa absurda esperanza de evaporar las tinieblas que ocupan su interior. Retrocede unos pasos, echando un último vistazo a la ventana que vierte un rayo de luz y regresa al sofá con el sentimiento de culpa por haber fracasado en lo único por lo que no pudo luchar. Ese resquicio de luz es la prueba que Lauren está en esa misma habitación, pero el dolor de Bo no le permite apreciar esos pequeños mensajes ocultos en la cotidianidad.
Recuerdo que en este mismo lugar me convertí en el ser más feliz sobre la faz de la tierra —dice Bo admirando ese hilo de luz sobre el suelo de madera—. Estaba flotando en nubes de algodón y rebosando alegría por todo mi cuerpo. Estaba contigo, ante ti, con mi mano extendida. El anillo brilló como nunca lo había visto y lo hizo aún más cuando lo deslicé en tu dedo. Aquello era mi futuro. Nuestro futuro. En el esplendor de tus ojos reconocí los míos, esperando el alivio de mi intranquilidad en tu respuesta.
Hablar con el corazón fue lo más acertado, porque si no podía dejarle profesar mi amor por ti, nada de lo que sentí, padecí o sufrí valía la pena. Todos mis reparos, mis recelos y temores se deshicieron en cenizas, insignificantes. Lo único que necesité fue esa mirada y las palabras que hicieron explotar mi corazón. Aceptaste casarte conmigo, con una sonrisa nerviosa en tus labios y el valor que se afinca cuando sabes que haces lo correcto. Aquella mañana fue una montaña rusa de emociones, que aún desatan mis más profundos miedos y esparcen la mayor de mis alegrías. Pude ser sincera contigo, relatándote la muerte de Mary, la noche que ella me dio ese anillo, como tomé la decisión de casarme contigo, mi visita a la casa de tus padres, la amistad de Kenzi con Emilia y la de Vex con Niel. Quise confesarte todo lo que había ocurrido, pero la amenaza de la maldición escupía su aliento en mi nuca, advirtiéndome que con el más mínimo error de mi parte, la muerte encontraría la manera de llevarte con ella.
Desayunamos compartiendo ideas sobre lo que podía ser nuestra boda, cómo convenceríamos a los ancianos y en donde la celebraríamos. Antes de eso, tú me diste uno de los regalos más preciados para mi; el libro de medicina que mi padre te regaló cuando eras una adolescente. Leer aquellas palabras impresas en un trazo negro y arañadas por la punta de una pluma, fue la despedida que se le atoró a mi padre en la garganta en ese último sueño. Quizás fue un simple anhelo, pero puede sentir su presencia en este mismo salón, cuando colocaste el libro en mis manos. Era él y nadie podrá convencerme de lo contrario. No sabes cuánto le echo de menos, cuánto os echo de menos a los dos, pero eso es algo implícito en mi vida inmortal y jamás sabré como decir adiós a todos los que han formado parte de mi pasado, aunque el tiempo se ensañe en hacerme aprender esa lección a toda costa.
Hablamos con Kenzi y su entusiasmo fue una fuente de valor que nos invadió a las dos. Intuí que tu aparición después del concierto, tuvo algo de ayuda por parte de mi amiga, pero no quise indagar en algo que quizás estropearía el momento que tanto esperé, aunque no pude evitar que un asunto importante se interpusiera en la felicidad que estábamos inmersas.
Segundos después de colgar esa llamada de Ishwari, tus ojos me confirmaron que algo había en ellos que no pudiste confesar. La noticia de tu romance con Tamsin aún calcinaba en mis celos, pero quise olvidarla y continuar con el presente, pensando en el futuro que nos aguardaba. Trataste de calmar mis nervios, explicándome la desaparición de Aife y como su salud con corría peligro. Quizás fue ese rencor, que no supe aplacar, lo que aumentó mi decepción al saber que tú tenías una semana en la ciudad y no quisiste hablar conmigo. Me levanté de tu lado, devorada por la ansiedad, y retrocedí hacia la puerta de tu habitación.
—¡Una semana! —exclamé con resquemor—. ¿Por qué no me dijiste nada?
Permaneciste en silencio, con la mirada clavada en tus manos. Necesité salir de tu habitación antes que la cólera me pasara factura, no pude quedarme viendo como todos los misterios volvía a arremeter con más fuerza. Me di la vuelta y eché a correr por el pasillo, con las lágrimas más amargas rebosando en mis ojos. Antes de llegar a la puerta, sentí tu mano sujetando con fuerza mi brazo y tirando de mí para detener mi huida. Giré mi cabeza para ver y escuchar lo que tenías que decir. Tu explicación avivó mi sentimiento de culpa, percibiendo ese reproche en tu voz. Me arrepentí de mi relación con Amaia, al ser consciente que todo podía acabarse con ese error, pero escuché lo que mi corazón me dictó para enmendar mi falta de confianza.
Te besé como siempre quise hacerlo, entregándome a los sentimientos que aún viven por ti. Traté de hacer desaparecer todas tus dudas con mis palabras, gestos y sinceridad, pero mi temor a la maldición se hizo más real que nunca. Nos sentamos en el sofá para confesarte toda la verdad, siguiendo los consejos de mi padre. No sabía por donde empezar y los nervios se reflejaron en el temblor de mis manos, junto con las lágrimas que reaparecieron en mis ojos. Sujetaste mi rostro, acercando tus labios a los míos. Rogué que ese momento no tuviera un desenlace trágico como todos los demás en mi vida. Alguien me agarró por el cuello, tirando mi cuerpo hacia atrás. Abrí los ojos al percibir como una presión en mi garganta asfixiaba mi aliento. Una fuerza me arrastró lejos de ti. Sentí que mis pies apenas rozaban el suelo, y por mucho que lo intenté no pude zafarme de ese asedio, que me llevó arrastras como una piltrafa hasta estrellar mi cuerpo contra la pared.
No vi venir el puñetazo. Tan solo sentí como si un martillo me hubiese arrancado la cara. Elevé mi rostro con sangre en la boca y ese silbido en mi oído derecho que me taladraba la cabeza. Llevé, instintivamente, mis manos a la cara y sentí el corte me había partido el labio que ardió bajo mis dedos. No me dio tiempo a reaccionar, ni saber quién me agredió hasta que el brazo de Tamsin se hundió de nuevo en mi garganta. Sus ojos desprendían llamas de ira, al igual que sus palabras que esculpían todo su odio. Lograste distraerla y aproveché ese momento de confusión para empujarla y propinarle un golpe en el rostro. Tus manos me llevaron de vuelta contra la pared, comprobando el sangrado de mis labios. Los celos, la rabia y todo el rencor que había sentido por la valquiria, se reflejaron en el brillo azul de mi mirada.
Observé como ella se ponía en pie, abalanzándose hacia mí como un obús, apretando los puños y su mirada velada por una brizna de sangre que resbalaba de su ceja. Intenté apartarte, pero interpusiste tu cuerpo, protegiéndome de la embestida de la valquiria. Tu mano evitó su avance y en ese momento ella se percató del anillo en tu dedo. Cogió tu muñeca, con una expresión de dolor en el rostro, como si la hubiesen apuñalado en el corazón. Comenzó a insultarme y su desesperación le hizo revelar parte del secreto de la maldición. Así comenzó la agónica tarde donde perdiste tu condición de humana y tu cuerpo pereció por unos minutos.
Presioné a la valquiria para que confesará toda la verdad, otorgándole la oportunidad de que fuera ella quién te explicara el porqué su destino estaba ligado al tuyo. La conversación empezó a tener un aire funesto, pero el horror se hizo presente cuando tu cuerpo comenzó a desfallecer. La verdad salió a la luz, amenazando nuestra felicidad y lanzando una moneda al aire para decidir como sería el final de toda esa situación.
Discutí con Tamsin hasta que ella me confesó cuanto tiempo tardarías en morir. Sabía que el reloj de mi abuela me ayudaría a robarle unos minutos a la muerte. Busqué la llaves de tu coche que reposaban en la mesilla al lado de la chimenea. Te llevé a rastras hasta la puerta y una vez allí la abrí y salimos al exterior. La lluvia de aquel otoño, dejó un manto de hojas que revoloteaban como animas en el viento. Apoyé tu cuerpo al lado de la puerta del coche y te ayudé a sentarte en el asiento de copiloto.
Salimos a toda prisa de ese lugar encantado, atravesando la carretera como una exhalación. Sujeté tu mano, pensando que ese calor irradiaba la libertad de tu alma y la guía de mi destino. No iba a permitir que nada me arrebatara la felicidad porque tú eras lo más importante para mí. Me detuve detrás de un camión que había reducido la velocidad. No quise perder más tiempo y conduje por la cuneta hasta adelantar todos los coches que bloquearon mi camino. La vista la tenía puesta en el pavimento de rayas blancas que parecían no tener fin. Sentí como la fuerza de tu mano fue cediendo hasta convertirse en una leve presión. Dejé que las lágrimas descendieran por mis mejillas, y al recuperar la voz te supliqué que no me abandonarás, que yo te amaba y juntas lucharíamos esa batalla.
Entramos a la cuidad, y no tuve ninguna intención de detener mi trayecto. Los coches pitaron cuando pasé al lado de ellos, a unos pocos centímetros de distancia. Las luces de los semáforos cambiaron a rojo, pero los ignoré, esquivando todo a mi paso. Tu grito me encogió el corazón y la desesperación me rasgó el alma. Mi corazón latió con tanta fuerza que empecé a jadear, tratando de recobrar la endereza. Recorrí los últimos metros hasta que aparqué lo más cerca de la puerta del Dal. Atisbé el coche de Dyson junto al mío, pero nada me importaba, excepto tu dolor.
Tardamos más de cuarenta minutos en llegar al bar, gracias al reloj de mi abuela. Te rogué que caminaras un poco más, que lucharas un poco más, y me di cuenta que tu vida se escurría por mis manos. Supe que tus fuerzas eran nulas, así que decidí cargarte hasta la puerta del Dal, donde Dyson me recibió, ayudándome a sujetar el peso de tu cuerpo. Él te pidió que solicitaras el santuario, pero estabas tan débil que me ofrecí a proclamarlo. Trick lo impidió, ya que tú eras la persona a quién debía proteger. Te supliqué una vez más y tu voz pronunció las palabras que necesitábamos para ganar unos minutos de más.
La voz de un hombre objetó tu petición de santuario. Dyson y Trick avanzaron hasta la procedencia de aquella voz arenosa, herida y siniestra. El extraño avanzó unos pasos hasta que la claridad de las luces, revelaron la cicatriz que tenía por rostro. Pude percibir el aroma a papel quemado que desprendía la esencia de aquel fantoche. Su actitud parecía la de un personaje sacado de cualquier libro de terror. Se aproximó hacia la puerta, caminando muy despacio. Su mirada estaba vacía, adornada con unos diminutos ojos, dónde pude entrever un brillo rojo en la profundidad de la nada. Un escalofrío serpenteó mi espalda al ver su sonrisa burlesca y ese sonido agónico que creí haber escuchado antes.
Dyson me ayudó a sentarte en una silla y yo arrastré la que tenía más próxima para estar a tu lado. Mi abuelo me hizo la pregunta que desató aquella terrible situación. Cuando me dispuse a responderle, la voz de Tamsin recorrió la habitación. Su silueta fue apareciendo desde el mismo lugar donde el extraño sin rostro había salido. Trick le gritó que se fuera, pero la valquiria expuso sus argumentos, insultando a mi abuelo. Cualquier compasión que sentí por ella en el pasado, se agotó rápidamente. Trick detuvo mis ganas de partirle la otra ceja y el resto de su cara.
Kenzi trató de intervenir y su petición de alejar a Tamsin del bar, reveló la trama que Trick había preparado para defenderte. Los problemas aumentaron al descubrir que no podíamos salir del santuario hasta que la maldición se cumpliera o fuera quebrantada. Mi abuelo bajó a su casa para buscar un libro. Te abracé tratando de apartar el frío que sometía a tu cuerpo y alejar el miedo que ambas sentimos, sin clemencia. Kenzi me dijo que mi tío me estaba buscando y supe que Nacho era el más indicado para ayudarme a romper la maldición.
Mi abuelo volvió con el mismo libro que había visto el día que te marchaste. En el estaba escrito las profecías que se gestaron milenios atrás y la solución a la maldición, pasaba por la mitología griega, específicamente en las Perseidas. Unos días después, Trick me explicó que fue el mismo Perseus, quién encomendado por el dios del Olimpo, le entregó las cápsulas con las gotas de su lluvia dorada. Mi abuelo no pudo revelarme esa verdad hasta que la última Perseida fuera consumida.
En el momento que le dije a mi abuelo que la Perseida estaba en mi coche, su rostro se encendió de furia y me reprendió por mi falta de responsabilidad. Tamsin insultó a Trick, y Dyson salió en defensa del rey, amenazando a la valquiria y mis intenciones quedaron claras en el brillo azul de mis ojos. Kenzi se ofreció a buscarla, pero sólo yo sabía donde estaba escondida. Recordé la noche que fui a ver a Vex, envuelta en la magia del pergamino. Le supliqué a Trick que me dejara usarlo una vez más, y en vista de la gravedad de la situación, él accedió. Kenzi se opuso rotundamente y tú me imploraste que no me arriesgara por ti. Pero yo no iba a rendirme sin antes luchar por todo lo que me hacía feliz, eso me lo enseñaste durante ese año separadas, al igual que el significado de perder lo que se ama. Tú eres lo único que merece la pena en mi vida, a pesar que hoy no estés a mi lado, pero aquella tarde luché por ti y por nosotras, algo que volveré a hacer.
Trick volvió de su casa con el pergamino en las manos. Durante el tiempo que él tardó en buscar el hechizo, tú intentaste despedirte de mí. El terror al escucharte decirme adiós, fue lo más lacerante que sentí hasta ese día. Me negué a que aquello fuera el final de nuestra historia, me rehusé a abandonarte y no permití que te marcharas sin mi. Tus palabras me llenaron del valor que necesitaba para continuar, aunque fuera por última vez.
Nos besamos con esa mezcla de ternura y pasión que sólo puede aflorar entre dos personas que se quieren como nosotras lo hicimos. Me prometiste que resistirías por mí. por ese hijo que jamás nació y por la felicidad que nos aguardaba al doblar la esquina, si rompíamos juntas la maldición. Trick posó el pergamino encima del libro, lo tomé con cuidado y antes de abrirlo te observé por última vez. Repetí las palabras que me hicieron desaparecer y volví a sentir el poder de ese hechizo. Su fuerza fue mayor que la última vez, arremetiendo contra mi naturaleza y, por primera vez, la súcubo luchó a mi lado y no en contra.
La luz amarilla cubrió mi cuerpo, distorsionando las imágenes y confirmando mi desaparición de esa dimensión. No sentí miedo como aquella noche porque después de esa batalla tendría todo por lo que había luchado. Me enfilé hacia la puerta, impregnada de esa confianza que es capaz de mover el mundo entero. Abrí la puerta y al salir, vislumbré la silueta de Nacho, luchando contra tres valquirias. Esas criaturas no se parecían a las que vi la noche del atentado. Sus cuerpos eran esqueletos recubiertos de piel colgante, con calaveras en lugar de rostros y en el pecho tenían un hueco igual que el perro de Hela. Sus alas eran grises con muchas plumas negras. Todas sostenían espadas ensangrentadas, oxidadas, supurando pus amarillento de las empuñaduras.
Mi tío sostenía la espada que me regaló en mi cumpleaños, pero no brillaba como lo hizo en mis manos, ni como en aquel sueño donde predije la muerte de Aife. Las valquirias se percataron de mi presencia fuera del santuario e intentaron arremeter en mi contra. La luz amarilla cambio a un azul claro, cuando una de ellas se acercó a mí. Todo se sumió en un viento gélido, arrastrando las imágenes y antes que ese ente cadavérico incrustara su espada oxidada en mi pecho, otra valquiria, que si pude reconocer, interceptó el filo de la espada con la suya. Era Freyja quién detuvo ese ataque, salvándome por primera vez la vida.
Ambas se sumergieron en un duelo de espadas, que provocaron los sonidos más agudos, cuando el metal de sus armas golpeaban una contra la otra. Lentamente se elevaron batiendo sus alas hasta que las valquirias continuaron su contienda por encima de nuestras cabezas. Las alas de Freyja eran preciosas, formadas en un blanco impoluto y con las plumas delineadas a la perfección. La valquiria sólo atacaba y contraatacaba mientras Freyja resistía, esquivado los golpes con su espalda de oro. Nacho también luchaba contra dos de esas valquirias, que desprendía el aire fétido de la muerte.
Corrí hacia el coche y abrí el pergamino, haciéndome visible. Busqué la Perseida en el rincón secreto entre la guantera y el salpicadero. La encerré en mi puño derecho, depositándola en el bolsillo de mis pantalones para no perderla. Nacho gritó al ser herido en un brazo, pero continuo luchando hasta que la valquiria lo despojó de su arma. La espada de mi bisabuelo rodó hasta mis pies, como si acudiera a mi llamada. Cambié el pergamino de mi mano derecha a la izquierda y recogí la espalda que, al leve contacto de mis dedos, produjo un destelló vehemente. No tuve tiempo de defender a mi tío, pero otra valquiria de alas blancas, protegió a Nacho cubriéndolo con su cuerpo y usando sus alas como escudo.
Una de las valquirias con alas negras, emprendió su vuelo hacia mí. Alcé la espada, esperando el momento perfecto para atacarla. Oscilé mi espada de abajo hacia arriba, rasgando el pecho de la valquiria en dos. Cayó de rodillas ante mí y sin dejar que reaccionara dejé caer el filo de mi espada sobre su nuca, separando la cabeza de su cuerpo. Sus restos se convirtieron en gusanos que se calcinaron con el brillo de mi espada.
Busqué con la mirada a mi tío, que se encontraba al lado de la valquiria que lo salvó. Ella luchaba con una espada de plata, balanceando la hoja de metal con una absoluta agilidad y esquivando las arremetidas de su adversaria. El brazo de Nacho salpicaba su sangre, que goteaba lentamente hacia el suelo. Cuando me aproximé a ellos, vi con claridad el rostro de la valquiria de alas blancas. Recordé la fotografía de mi tío con esa mujer enfrente a la Catedral Metropolitana de la ciudad de México y supe que esa criatura era Ingrid. Nacho me asió del brazo, mirándome con terror.
—¿La has conseguido? —me preguntó, jadeando de dolor.
Le di mi espada para hurgar en mi bolsillo hasta que encontré la Perseida. La saqué con cuidado y tendí mi puño cerrado que brillaba en dorado.
—¿Esto funcionará? —le pregunté
—Sí, Bo —contestó con una mueca de dolor—. Tu padre me dio las indicaciones, pero ahora debes entrar a salvarla.
Asentí, pero antes de emprender mi regreso al Dal, observé como el cuerpo de la valquiria que luchaba con Freyja, cayó estrepitosamente al suelo. El gritó desgarrador de la última valquiria con alas negras, estremeció el suelo bajos mis pies, quebrando varios cristales. Cerré los ojos y comencé a correr hacia la puerta del Dal, con la Perseida y el pergamino en mis manos. Sentí como el frío recorrió mi cuerpo y una bruma espesa se esparció a mi alrededor. Una vez en la entrada, abrí la puerta de par en par, entrando al bar con la esperanza de haber llegado a tiempo. Vi a Kenzi llorando sin consuelo sobre el pecho de Dyson. Desvié mi mirada hacia los ojos de Tamsin que derramaban lágrimas con la vista extraviada en un punto fijo en la nada, mientras Trick la sujetaba con fuerza. En el suelo yacía tu cuerpo inmóvil y avancé lentamente hasta quedar frente a ti. Me derrumbé al contemplar tu rostro sin vida y lo único que sentí fue el choque de mis rodillas contra el suelo. Dejé caer el pergamino para acercar mi mano a tu mejilla, acariciando con las yemas de mis dedos tu piel fría.
—¿POR QUÉ LO HAS HECHO? ¿POR QUÉ SE LO HAS DICHO? ELLA NO TENÍA QUE SABERLO, ¿POR QUE, BO? —gritó Tamsin con todas sus fuerzas.
Sus preguntas y el tono de su voz, entraron en mi memoria por un segundo, pero nada pudo desviar mis ojos de tu cuerpo sin vida. Aparté unos tenues flecos de tu cabello que cubrieron parte tus ojos. Coloqué la Perseida al lado de tu mano derecha y deslicé mis dedos por tu cuello, rodeándote la nuca con infinita ternura. Elevé tu cabeza para que reposarla contra mi pecho. Quería que escucharas una vez más lo que te decía mi corazón, pero eso no pudo arrancar el dolor que me consumía. Te ceñí contra mi cuerpo con todas las fuerzas que tenía y posé mis labios a tu oído.
—Lauren, no me dejes —te imploré—. No te vayas ahora. Yo te amo y sin ti no puedo seguir.
Nuevamente, mis palabras evocaron un recuerdo que no logré descifrar. Deseaba tenerte en mis brazos, sin pesar en nada más que ofrecerte mi calor. Aquello me pareció sumamente injusto y la noche que pasé contigo no fue suficiente para sobrevivir el resto de la eternidad. Mis sueños de una vida feliz se hicieron añicos al saber que tú no estarías conmigo para hacerlos realidad.
—Lauren, vuelve a mi, no me dejes otra vez —mi voz se apagó por un instante—. No me dejes aquí, por favor. Yo te amo, Lauren. Siempre te he amado y no puedes dejarme ahora. Por favor, vuelve a mi, Lauren.
Instintivamente, comencé a acunarte como si fueras un bebe, siguiendo el vaivén de mi respiración. Pero en el momento que mis lágrimas cayeron en tu cabello, la imagen de aquel sueño lejano, me confirmó que todo eso ya lo había vivido. La certeza de ese desenlacé soñado un año atrás, me asaltó al recordar lo que debía hacer, como si un desconocido me hubiese susurrado la verdad. Las palabras, súplicas, gritos, lágrimas y el dolor en mi pecho, cobraron sentido. Cerré los ojos rememorando la premonición, como mi última esperanza de traerte a la vida.
Sujeté tu rostro guiándolo hasta mis labios. Me aferré a ese beso, rogando que mi osadía y presentimiento fueran la solución. Separé unos milímetros nuestras bocas para empezar a darte todo el chi que tenía en mi interior. No supe cuanto tiempo estuve expulsando mi energía vital, pero no pensaba desistir hasta que despertaras, aunque eso me llevara a la muerte. Noté como tus ojos se entreabrían ligeramente, y continúe vaciando mi chi en tu boca. Tu mirada se abrió por completo, encontrado el brillo azul que desprendían la mía. Las fuerzas desaparecieron de mi cuerpo, haciendo insoportable el frío que se esparcía por mis entrañas hasta lo más profundo de mis huesos. Esa es la manera que tiene la vida de despedirse cuando abandona un cuerpo y lo posa en los brazos de la muerte. Lo sé, porque lo he vivido varias veces, pero siempre has estado tú para devolverme el calor y ayudarme a burlar a la muerte.
—¡BO! —exclamaste, con esa sonrisa que sólo usabas para mi.
Quise responderte, pero el agotamiento fue superior a mí. El peso de mi cuerpo descendió súbitamente sobre el tuyo. Una penumbra sólida se tragó la claridad de mis ojos, extinguiendo los latidos de mi corazón. Lo había logrado, tú estabas con vida y la cordura seguía intacta en tu memoria. Sentí tus manos palpar mi rostro, intentando hacerme reaccionar. Un soplo de tu voz persistió en mis oídos. Quise que la suavidad de tu piel y ese tono tan tuyo, me acompañarán hasta el final.
"El frío dejó de asechar a mis huesos, concediéndome una especie de paz interior. Los rayos tibios del sol, junto con el aroma de las montañas, penetraron en mis sentidos. El sonido de tu voz fue remplazado por el murmuro lejano del agua y la suavidad de tus manos se convirtió en el leve tacto de la hierba rodeando mi cuerpo. Abrí los ojos lentamente, creyendo que estaba en el mismo lugar donde mi padre se despidió de mí, pero al lanzar la mirada, me di cuenta que ese sitio era desconocido. Me incorporé de un salto, buscando una salida o explicación de mi presencia en ese bosque. Estaba completamente vestida, exceptuando por los zapatos y el brazalete de mi madre. Aún conservaba el reloj con las arenas del tiempo, pero el pergamino y la Perseida también desaparecieron. Como en mis otros sueños, anduve descalza, percibiendo la sedosidad del césped bajo mis pies.
Caminé entre los árboles, tratando de encontrar alguna pista. Escuché como el cantar de los pájaros se hizo más cercano, y al mismo tiempo lejano. Rocé el tronco de los pinos para comprobar que aquella visión era real. Un pequeño ciervo de color pardo, apareció de la nada y caminó a mi lado como si quisiera guiarme en mi travesía. Le seguí por un sendero angosto, lleno de piedras que se encajaron en mis pies mientras las ramas bajas de los pinos se enredaron en mi cabello, pero continúe avanzando a unos pasos por detrás de aquel hermoso animal.
Me adentré en aquel bosque espeso, repleto de humedad y aromas exquisitos, persiguiendo el arrullo del agua que se incrementaba con cada paso. Vislumbré una luz blanca a las orillas del río, que irradiaba de una mujer con el cabello dorado y sus vestimentas blancas bailaban con el ritmo del viento. Poco a poco, me fui aproximando a ella hasta quedar a unos metros de distancia, observando como el ciervo posó su cabeza en el regazo de la diosa. La belleza de su rostro inundó de lágrimas mis ojos y percibir el mismo sentimiento de exuberancia que conmovió cada célula de mi cuerpo, cuando estuve ante la diosa de Asgard. En el azul de sus ojos encontré los de Frigg y supe que había vuelto al mundo encantado de los Æsir.
—Bienvenida, Ysabeau —dijo la diosa en forma de susurro—. Es un honor conocer al ser que traerá la verdadera paz al universo.
Su luz fue tan intensa que me hizo cerrar los ojos y apareció en mis pensamientos tu sonrisa. Me di cuenta que había desaparecido de mi mundo y dudé si mi esfuerzo sirvió de algo. La desesperación se amontonó en mi garganta, dejando escapar un gemido de angustia.
—¿Dónde está Lauren? —pregunté con la poca voz que me dejó el llanto—. ¿Está viva?
—Sí, Ysabeau —respondió, pausadamente—. Llegaste a tiempo y lograste romper la maldición. Los dioses están agradecidos por tu heroica labor, al sacrificarte por lo único que realmente merece el valor de perder la vida.
Se levantó de la roca y con la mirada me invitó a acompañarla en su camino por la orilla del río. Recogió un poco de agua con una vasija de plata que sacó de su cesta de mimbre. Caminamos unos pasos hasta una piedra azulada, donde ella vertió un poco del agua sobre la superficie. En mi mente apareció la última imagen de tu rostro, susurrando mi nombre y deseé volver a tu lado.
—¿Lauren está bien? —pregunté con pavor.
—Le has otorgado a su alma, esa oportunidad de que el destino le arrebató durante tantos siglos. El amor que domina a tu corazón fue lo único verdadero y gracias a lo que habita en tu interior le devolviste la vida a su cuerpo, liberando su alma eternamente.
Su mirada fue severa e impenetrable. Se posó de pie al lado de la piedra azul y en los bordes de la roca se formaron lentamente unos hilos plateados, como si se abrieran los pétalos de una flor
—¿Quién eres? —le pregunté asombrada.
—Mi nombre es Iðunn y pertenezco al mundo de los Æsir —contestó sin mover los labios.
Cada uno de sus ademanes me recordaron a Frigg y con ese pensamiento, volvió por un instante lo sentí en las praderas de Asgard.
—¿Estoy muerta? —inquirí mirando sus ojos azules.
—Själ esta luchando para devolver tu cuerpo a la vida y ella será la única capaz de ayudarte a regresar a tu mundo.
Me sentí en la más absoluta ignorancia, sin comprender lo que estaba ocurriendo.
—¿Quién es Själ? —mencioné aquel nombre con una soltura en un idioma ajeno, pero al mismo tiempo como si lo hubiese pronunciado toda la vida.
La diosa acarició la cabeza del ciervo que rondaba sus piernas.
—Ese es el nombre original de la creación de los celtas y en nuestra lengua significa Alma —dijo con la mirada puesta en los gestos de placer que profesaba el animal.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunté, elevando la voz.
—Hoy los dioses te han concedido la gracia de disfrutar tu felicidad al lado de Lauren y mi deber es hacerte participe de ese agasajo. En el maletín de tu padre, he depositado una manzana la cual debes usar en el momento preciso para preservar incorruptible el cuerpo de Lauren —adujo con parsimonia.
—¿Una manzana? —inquirí, confundida—. ¿Para qué?
—Cuando llegue el momento idóneo deberás emplear ese obsequio y así conservarás la esencia del alma. Pero no puedes utilizar la manzana ni antes ni después, sólo funcionará en el instante para el cual ha sido conjurado su poder. Eres una mujer sagaz y pronto descubrías la verdad en mis palabras.
—¿Cómo sabré cuándo es el momento idóneo? —pregunté, avanzado hacia ella.
—De la misma manera que salvaste el alma de los celtas —respondió, sin inmutarse—. Tu corazón te dictará las pautas que debes seguir y así podrás embaucar a la muerte.
—Fue una premonición lo que me ayudó a romper lo maldición.
—¿Cómo crees que recordaste ese sueño? —rebatió—. Fue tu corazón quién tomó las riendas de tu destino y gracias a ese acto, el alma de los celtas es libre como siempre debió ser.
Caminó hacia unos arboles donde las leves ráfagas del viento hizo caer unas nueces. Ella las seleccionó con cuidado antes de depositarlas en su cesta de mimbre. Me esforcé en encontrar la verdad, pero la experiencia en Asgard no me ayudó a descubrir sus misterios.
—Por qué debería creerte —repliqué—, cuando los dioses no hicieron nada para detener la maldición. Frigg me ordenó que abandonara a Lauren a merced de su desgracia, porque yo no podría hace nada para cambiar su destino.
Ella avanzó unos pasos hacia la orilla del río y contempló el brillo del sol en la superficie del agua en movimiento, que destellaba en miles de reflejos por doquier.
—Los dioses desconocíamos que tú fueras el alma gemela de Lauren —su voz estaba cargada de culpa—. Ignorábamos ese acto de bondad por parte de Zeus al conjurar esa profecía, encomendándote a destruir la maldición. Pero somos conscientes de tu verdadero destino, de la grandeza que aguarda tu vida y hoy más que nunca, sabemos que tú eres la elegida para obtener la paz del universo.
—No quiero hacer aquello que yo no elija —repliqué con altivez—. Mi destino tiene un nombre y es Lauren.
Iðunn giró todo su cuerpo y su mirada abierta, sincera y tierna se posó en la mía.
—Tu amor es la fuerza más importante para mover y desatar las más profundas dichas, y también las más terribles profecías. El destino son dos líneas paralelas, pero debes saber que no siempre estarán claras las opciones para elegir tu camino. Todo lo que sucede en este universo es por una razón y por más que quieras evitar convertirte en lo que serás, nada podrá cambiar tu misión.
—Estoy harta de que me habléis con palabras vacías, sin sentido alguno y que no seáis claros con vuestras intenciones.
Por primera vez su sonrisa apareció en sus labios. Se aproximó a mí y tomó mi rostro con sus manos tibias.
—La vida no es clara como el agua de este río, sino oscura y tenebrosa como la oscuridad de un abismo, pero siempre hay estrellas que te guían entre las tinieblas y te conceden la verdadera libertad. Vendrán tiempos de felicidad donde descubrirás el valor de esas estrellas que iluminaran tu camino en los lugares más oscuros cuando las demás luces se apaguen, y debes preservar esos momentos en tu corazón para que el futuro no sea un agujero en tu destino. Existimos porque alguien nos recuerda y Lauren existirá si tú jamás la olvidas.
En sus ojos vi el reflejo de la sonrisa de tu madre, la mirada de Kenzi, el sosiego de Nacho, la ternura de Aife, el valor de Dyson, el orgullo de Tamsin, la sabiduría de Trick, la protección de mi abuela y la última imagen fue la foto de mi padre sentado a tu lado en el jardín de mis abuelos.
—Esas palabras son las de mi padre —musité con las lágrimas descendiendo sin control por mis mejillas.
La diosa me cubrió con sus brazos, esparciendo su luz por nuestros cuerpos y pude percibir un intenso aroma a miles de flores.
—Aidan te ofreció la sabiduría en unas cuantas palabras —susurró en mi oído—, y queda de tu parte seguir sus consejos. El destino puede cambiar para bien o para mal y nuestra misión es luchar a tu lado, guiándote hacia la verdad. Quizás hoy percibas todos estos indicios como algo sin sentido, pero el futuro te otorgará la recompensa de tus actos, siempre que conserves en tu corazón aquello que te impulsa a la grandeza. Ahora debes regresar a tu cuerpo para vivir la felicidad que se te ha prometido.
—No sé como volver —murmuré lentamente.
Ella me cogió por los hombros y pude admirar por última vez la divinidad en su rostro. Un líquido impregnó cada parte de mi boca y reconocí el sabor de la Perseida. El calor se arraigó en mi paladar, descendiendo por cada resquicio de mi garganta.
—Cierra los ojos y escucha los latidos de tu corazón —acarició mis mejillas, arrastrando las lágrimas y la duda.
Bajé lentamente mis párpados, haciendo acopio de la valentía que profesaba mi corazón. Tus palabras retumbaron en mis oídos, suplicándome que regresara por ti. «Bo, despierta. No me dejes sola. Lucha por última vez, cariño. Te seguiré en la oscuridad.»
—Sólo escucho la voz de Lauren —dije, desesperada.
—Concéntrate en su súplica y grita al viento lo que sientes.
El sueño donde mi padre me mostró el futuro, invadió mi memoria y el llanto de nuestro hijo se mezcló con mi grito. En ese momento, noté como una energía tiraba de mi ombligo hacia un camino frío y oscuro. Tu voz sonó cada vez más clara hasta que el calor de tus manos acarició el lado izquierdo de mi pecho"
Mis pulmones se llenaron de aire y comencé a toser continuamente hasta que los músculos de mi pecho se tensaron, produciéndome el dolor de cuando vuelves a la vida. Luché por prologar ese instante con mis ojos abiertos para contemplar esa sonrisa que me llenó de alegría. Observé como tus labios se movían, pero ningún sonido entró en mis oidos. La sensación de agotamiento se instaló en mi cuerpo, y no puede resistir ni un segundo más el deseo de dormir. Por segunda vez en mi vida caí en coma, pero tú despertaste mi alma para vivir a tu lado los meses más felices de mi existencia. Y descubrí la verdad en las palabras de Iðunn, de mi padre y de todos aquellos que me ayudaron a siempre recordar lo que viví contigo.
Notas: Quizás este capítulo pueda parecer repetitivo, algo confuso y probablemente aburrido, pero necesito describir la perspectiva de Bo para hilar la historia de manera coherente. Hice una especie de resume del capítulo anterior, por eso no coloqué los diálogos que Lauren nos había narrado.
Los siguientes capítulos serán felices y de esa manera contrarresto un poco la tristeza que tiñe este relato.
Xicaney: Muchas gracias por tu consejo. He colocado la traducción de la canción y espero que se entienda mejor.
Os deseo un feliz año nuevo y que todos vuestros deseos se hagan realidad en el 2014.
"El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños" – Eleanor Roosevelt.
