La puerta se abrió frente a Yuuri y el pelinegro miró con el ceño fruncido hacia su padre.
—¿Qué sucede? —parpadeó Viktor.
—No traes pantalones.
Viktor maldijo en su fuero interno.
—Lo siento.
—Por favor, ve a ponerte unos.
El platinado suspiró.
—Sí, cerdito.
—Y deja de llamarme así.
—Eso nunca.
Yuuri rodó los ojos mientras Viktor cerraba la puerta.
