CAPITULO XXXVIII

La camioneta aparcó a un lado de la carretera, un sendero de tierra señalaba el camino a la cabaña que Victoria había conseguido hacia ya unas semanas cuando Tanya la había contactada para pedirle ayuda sobre una sorpresa a Edward. Ahora todo parecía cobrar sentido, el plan original de aquella rubia siempre fue acabar con Isabella, siempre la consideró un estorbo para sus planes, y ahora Victoria acababa de entenderlo.

—Si sigues el sendero a tu derecha, 3 kilómetros al sur vas a encontrar la cabaña; está oculta entre la maleza es… difícil llegar a ella— la pelirroja tragó en seco ante su explicación, a sabiendas de que era el lugar perfecto para lo que Tanya planeaba hacer; la rubia sonrió de una forma que le erizó el vello a la mujer y esta última cerró los ojos sopesando sus siguientes palabras —Estoy segura de que los Cullen ya se habrán dado cuenta de que tienes a esa muchacha. El tío Eleazar también se habrá dado cuenta de ello. Tanya, por favor, esto está mal…

—Prima, detente— la rubia alzó una mano para acallar a Victoria —Tengo motivos para hacer lo que hago, motivos que no voy a discutir contigo.

Victoria suspiró exasperada y Tanya se encogió de hombros.

— ¿Es lo que pensabas hacer? ¿Desde un principio? Quiero decir, Tanya, ella no tiene la culpa, simplemente pasó.

— ¿Pasó? — la rubia alzó una ceja impasible ante Victoria, la pelirroja tragó en seco y sostuvo la mirada de su prima —Edward ya era mío, me había pedido que regresáramos, que lo intentáramos, y todo cambió… ella se le metió por los ojos y el cayó rendido, ¿pretendes que no haga nada? ¿Qué me siente a ver como se lleva lo que es mío? ¿Qué permita que una zorra hago conmigo lo mismo que te hicieron a ti con James?

—No metas a James en esto.

—Entonces no me provoques— la voz de Tanya era un siseo, pero Victoria sabía que ella hablaba en serio.

Isabella, aún adormilada en los asientos traseros de la camioneta contuvo la respiración cuando sintió como una de las puertas se abría y se cerraba de golpe, no sabía que esperar, no había escuchado gran parte de la conversación, solo aquella última frase "entonces no me provoques" ¿era Tanya tan impulsiva? ¿Con quién estaba hablando? Sabía que era una mujer, sintió sus manos delicadas cuando la adormeció pero ¿Quién era ella? ¿Por qué ayudaba a Tanya?

Sintió un miedo repentino cuando recordó lo que la rubia le había dicho antes de caer en el sueño, cuando le preguntó si iba a matarle. Si, iba a hacerlo pero le contaría algo antes ¿Acaso le daría explicaciones? Isabella cerró con fuerza sus ojos, presa del pánico; pronto, sintió el frío correr por el auto y se percató entonces de que habían abierto una de las puertas traseras. Alguien haló su pie y esto la obligó a despertar, enfocó a Tanya con la mirada, que la apuntaba con el mismo revolver con el que lo había hecho en la playa.

—Vamos bella durmiente, es hora de dar un paseo.

Isabella observó el rostro decidido de la rubia y se dejó guiar fuera del auto. Una pelirroja esperaba afuera, su rostro le pareció conocido, pero no logró ubicarla en ningún sitio; se le veía joven, aún más joven que Tanya, pero su ceño fruncido le adjudicaba más edad, su rostro la mostraba preocupada, consternada, y sus brazos cruzados no eran una señal de aceptación con lo que estaba pasando.

—Oculta el auto Victoria, te veré en dos horas en la cabaña.

La pelirroja asintió aun cruzada de brazos y le dio la espalda a la rubia mientras caminaba de regreso a la camioneta. Isabella no perdió detalle de nada a su alrededor, no entendía lo que pasaba, su mente aún estaba confundida pero, a pesar de eso, luchaba por ponerla en orden. En primer lugar, había sido citada por Edward en la Push, pero él nunca apareció, lo que significa que Tanya tiene su teléfono, o tal vez lo tenía, tal vez lo tiene a él. Aquel pensamiento la hizo estremecer, pero no pudo seguir indagando en ello, pues Tanya la empujó con brusquedad hacia un camino de tierra, un sendero que la obligó a seguir.

Se cayó un par de veces, cosa que exasperaba en gran manera a la rubia, pero su mente estaba muy ocupada como para detenerse a idear un plan sobre como no tropezar. Volvió en seguida a sus indagaciones, Tanya le había dicho que la mataría, tenía un arma, la había secuestrado, ¿acaso había algo en qué pensar? Si, y la rubia lo hizo antes que ella. En un movimiento rápido, Tanya la obligó a detenerse y extendió una de las manos hacia ella.

—Dame tu celular.

Isabella dudo durante unos instantes y notó como el pecho de la rubia se hinchaba, un golpe seco llegó antes de que si quiera pudiera prevenirlo. La castaña sintió una punzada de dolor en su ceja izquierda y su mano viajó hasta ella, estaba húmeda, despegó sus dedos de ella y notó la sangre escurrir por su piel, hizo una mueca de dolor y sus dedos temblaron; Tanya la había golpeado, sin motivo aparente, lo había hecho.

—No voy a repetirlo otra vez. Hoy no tengo mucha paciencia.

La castaña pasó su lengua por su labio inferior, humedeciendo sus labios repentinamente secos; estaba pálida, fuera de sí. En un movimiento vacilante, metió su mano en el bolsillo de su pantalón y sacó su teléfono; Tanya lo arrancó de su mano antes de que ella lo extendiera y lo echó al piso pisándolo con sus zapatos. Isabella observó como su celular quedaba hecho trizas, pero estaba perpleja, fijada de rodillas en el suelo después de que la rubia la había golpeado con su revólver.

Tanya la observó exasperada y se inclinó para tomar su brazo; la fuerza que ella ejercía en Isabella era demasiada, tanta que estaba claro que la rabia la cegaba en ese momento. La rubia era una mujer impulsiva y no se estaba guiando por ningún plan; Isabella cerró los ojos cuando ella la obligó a levantarse y a continuar con su camino. Su mente era un embrollo de pensamientos, lo único que tenía claro era que su única salida era conseguir que la pelirroja que llevaba el nombre de Victoria, la ayudara, y la verdad es que no sabía si eso fuese posible.

La cabaña a la que Tanya la llevó estaba bastante apartada, por lo que su mente pudo deducir, estaba por lo menos a un par de kilómetros de la carretera y no se encontraba en un lugar despejado; por el contrario, era un sitio bastante reservado y oculto entre arbustos y maleza; llegar allí sería toda una travesía y salir huyendo de ese lugar, con una mujer desequilibrada –y con un arma- a sus espaldas sería todo un reto.

Isabella cerró los ojos fuertemente y Tanya abrió la puerta de la cabaña con un empujón; sintió la mano de la rubia sobre su espalda indicándole que caminara y abrió sus ojos una vez que estuvo dentro. El interior del lugar era bastante acogedor y nada tenía que ver con el aura de tensión que se desarrollaba en ese momento; por el contrario, la cabaña era un sitio modesto, con piso de madera y una chimenea en el extremo de la habitación, sillones robustos y hasta una pequeña biblioteca con libros de literatura. Isabella notó de reojo como Tanya se movía hasta la cocina y regresaba con una silla que posicionó frente a la chimenea, haló el brazo de la castaña y la encaminó hasta el lugar donde había dejado la silla de madera, obligándola a sentarse en ella. Fue en ese momento cuando Isabella fue capaz de notar las bridas para cables que Tanya tenía en su mano izquierda; instintivamente, se sobó su sus muñecas casi como si con eso pudiese preparar su mente para el maltrato de las bridas sobre su piel.

Cuando la rubia le indicó que colocara las manos detrás de la silla, no dudó en hacerlo; era una posición incómoda, pero se encontraba inmovilizada de la cintura para arriba y ella no era precisamente coordinada, de forma que no podía simplemente lanzar una patada y esperar que Tanya cayera inconscientes; antes de si quiera lograrlo, la rubia plantaría una bala entre sus cejas y hasta allí llegaría su historia. Aquel último pensamiento logró que un estremecimiento recorriera la columna de la castaña, pero no dijo nada, se dedicó solo a evaluar el rostro de su captora.

Tanya se mostraba tranquila, ningún rasgo de su rostro delataba ansiedad; por el contrario, parecía saber perfectamente lo que estaba haciendo. Caminó hasta uno de los sillones de la estancia y tomó asiento en él, sus piernas estaban cruzadas e inmaculada en aquel vestido blanco, casi podía parecer una diosa. El arma con la que había amenazado a Isabella durante todo el camino ahora reposaba a su lado en el sillón, y una sonrisa de autosuficiencia se había instalado en sus labios llenos; ahora que la castaña la detallaba, se daba cuenta de que la rubia llevaba los labios teñidos en un rojo carmesí.

—Me gusta verte así, indefensa. ¿Qué harás ahora? ¿Llamar a Edward? — la voz de Tanya fue impasible, pero Isabella no pudo evitar el nudo en la garganta. Intentó responder, pero no fue capaz de pensar en algo coherente —Esto ya estaba planeado, Isabella. Iba a pasar, es solo que tuve que adelantar mis planes. Como verás, no esperaba que esa rubia estúpida se metiera con mis cosas.

Isabella sabía que Tanya estaba hablando de Rosalie, y un escalofrío recorrió su nuca cuando escuchó que aquello ya estaba planeado, ¿Acaso se iba a deshacer de ella antes de la boda con Edward? Tragó de forma dificultosa y volvió a observar el rostro inescrutable de la rubia.

—Estoy segura de que sabes que Edward y yo estuvimos comprometidos hace cuatro años…— se detuvo entonces, como si se debatiera entre si debía o no hablar —Terminamos porque las cosas cambiaron; claro que, él nunca supo el motivo de eso. Supongo que ahora, después de haber leído mi diario, todos en la casa Cullen saben mis razones, pero tú no, tú no leíste mi diario ¿o sí? — la mirada de la rubia era demasiado pesada como para sostenerla, Isabella bajó su mirada hasta sus rodillas y negó con la cabeza lentamente. Tanya suspiró —Aborté. Estaba embarazada de Edward y aborté; me llené de miedo, no quería decírselo, éramos jóvenes y yo tenía una carrera por delante— la sorpresa de la declaración logró que la castaña alzara su rostro y observara a la rubia, ella ya no era una máscara impasible, sus ojos se habían cristalizado y ahora los notaba algo rojos. Estaba llorando —Sabía que si le decía lo del aborto, él me iba a odiar, así que no le dije nada. Pero estaba mal, trastornada, y empecé a alejarme sin darme cuenta; cuando quise recuperar lo nuestro, ya era tarde, él había decidido separarse y yo… perdí el control. Él se marchó a hacer sus prácticas en un maldito orfanato y yo tuve que fingir que estaba bien. Pronto las crisis de nervios fueron más severas; estuve con alguien, intenté olvidarme de Edward pero, Vasili no comprendió mi situación y nos separamos poco después de la graduación— un sollozo escapó de sus labios y se abrazó a si misma intentando mantener la calma —Mi familia se dio cuenta de lo que pasaba y me internaron durante años en un maldito psiquiátrico hasta que al fin pude salir, medicada, pero pude salir. Mi cárcel es mi propia mente Isabella, allí es donde mis recuerdos están presos, donde los mantengo aislados del mundo…

La castaña observó con ojos como platos a Tanya, ¿por qué le decía todo esto? ¿Para tener otra excusa para matarla?

— ¿Por qué me dices todo esto? — preguntó con voz queda.

—Porque necesitas entender porque hago todo lo que hago— la rubia inclinó ligeramente su rostro y pasó el dorso de su mano por su mejilla, secando un rastro de lágrimas —Desde que Edward me dejó, me he sentido como un naufrago, en un océano inmenso, golpeada por las olas. Él es mi flotador, lo único que puede mantenerme realmente lúcida. Suelo perder la cabeza cuando lo siento lejos de mi alcance…

—Entonces vuelven las crisis— interrumpió la castaña.

La sonrisa amarga de Tanya se extendió por su rostro —Pero tú me lo quitaste— comentó —Él estaba dispuesto a intentarlo cuando te atravesaste en nuestro camino.

—No, Tanya. Él te dijo que me amaba cuando te propuso intentarlo— aquello había salido de los labios de Isabella sin que un filtro lo evaluara si quiera, y supo que había cometido un error cuando notó que la rubia se erguía en el sillón y se ponía de pie.

Los segundos que transcurrieron hasta que Tanya se posicionó frente a Isabella fueron casi eternos, pero no pudo volver a la realidad con suficiente rapidez; antes de que algo más se pasara por su mente, la rubia había estampado una bofetada en su mejilla izquierda. Cerró sus ojos con fuerza presa de la impotencia, se sentía frustrada por estar atada de manos cuando aquella mujer la golpeaba de esa manera.

—No vuelvas a repetir algo así, pequeña zorra— las uñas de Tanya se cerraron en torno a la quijada de Isabella, obligándola a levantar la vista para verla —Mírame— exigió; sacudió entonces el rostro de la castaña cuando esta se rehusó a hacer lo que se le pedía —Cuando yo te diga algo, tu vas a aceptarlo, sin rechistar. Si te digo que eres una zorra, es porque lo eres— siseó entre dientes y apretó con más fuerza su mandíbula, encajando más sus uñas en ella —Ahora repite, "soy una zorra".

—Tanya… por favor— gimió la castaña sintiendo el escozor en su mandíbula producido por las uñas de la rubia.

— ¡Repítelo, maldita sea! — chilló moviendo el rostro de Isabella con mayor brusquedad.

— ¡Lo soy! De acuerdo, soy una zorra— no se sentía como una, pero no podía soportar más el maltrato de aquella mujer.

Tanya liberó la mandíbula de la castaña y sonrió triunfal cuando vio los ojos de Isabella inundarse en lágrimas.

— ¿Qué pasa? ¿Ahora vas a llorar? — Hizo un pequeño puchero burlón y liberó una carcajada —No te he terminado la historia Isabella, ponte cómoda.