CAPÍTULO 36

Clove se desperezó con lentitud, sonriendo, disfrutando de aquella sensación de plenitud tan desconocida para ella. Al estirar los brazos, no había encontrado a Seneca a su lado y una pequeña punzada le había atravesado el pecho, pero se dijo que se habría marchado tal y como había llegado, sin hacer ruido para alertar a los criados o al propio Marvel que ya habría vuelto, suponía. Verdaderamente no le importaba, ya nada le importaba más que Seneca y aquel ramillete de promesas que le había susurrado al oído durante toda la noche. Fue al incorporarse en la cama que vio una pequeña nota y su alma saltó de alegría al tener entonces la certeza de que Seneca no había salido huyendo como un cazador furtivo tras cazar una presa, tras atrapar su corazón.

Mi hermosa Clove le decía, eres igual de apetecible cuando estás dormida y no sabes el esfuerzo que he debido hacer para no despertarte y volver a hacerte mía. Pero lo haré pronto… Mientras tanto, prepara tus maletas porque antes del mediodía partimos hacia París. Te espero en el Fuerte, con gran impaciencia. No tardes. Tuyo por siempre, Seneca.

-Tuyo por siempre –repitió llevándose el papel al pecho y suspirando mientras se dejaba caer en la cama.

Pero volvió a levantarse rápidamente. Tenía mucho equipaje que preparar y una conversación pendiente que la liberaría para comenzar su nueva vida.

Llamó con voz exigente a su sirvienta para que le sirviera el desayuno ahí en la habitación y comenzó a elegir los vestidos que habría de meter al baúl, desechando los más sencillos o los que no resaltaban su belleza. Debería renovar su guardarropa al llegar a París porque aquellos vestidos no eran para lucir en las fiestas palaciegas a las que con seguridad acudirían cada noche. Para el trayecto eligió un vestido de viaje bastante cómodo pero cuyo color azulado ensalzaba el ébano de su cabello.

Una vez estuvo todo listo ordenó que lo fueran llevando a la carroza, no pensaba alargar aquella conversación más de lo necesario, así que no tardaría en partir.

Comenzó a buscar a Marvel, primero en su recámara y luego en el comedor pero no lo encontró en ninguno de los dos lugares. Casi tenía decidido marcharse dejando una simple nota, ella no era culpable si él no había vuelto al palacio ni iba a posponer sus planes por ello aunque, finalmente, optó por preguntarle a una sirvienta, indicándole que se estaba en la biblioteca.

Lo halló sentado en un butacón con una copa de brandy en la mano, llevaba puesta la misma ropa del día anterior y se mostraba abatido, ojeroso.

-¿No sabías que un gran señor no debería dormir con ropa de calle? –preguntó ella con tono incisivo. –Es de mal gusto.

Marvel resopló con fastidio y bajó la cabeza, apoyando la frente en la palma de su mano.

-Clove, es demasiado temprano para escuchar estupideces.

-Y también para beber –apuntó ella continuando con su maniobra de provocación. –Pero claro, eres un hombre tan preocupado…

-Clove… –le advirtió sin querer entrar en su juego.

-Y ciertamente todo se derrumba a tu alrededor y tú te limitas a quedarte ahí sentado, bebiendo. Todo un hombre con sangre en las venas.

Marvel se pellizcó el puente de la nariz.

-¿Qué demonios quieres, Clove? –alzó la vista y la voz de forma poderosa.

-¡Vaya! –Se maravilló ella, -va a resultar que tienes carácter después de todo –trató de sonar todo lo sarcástica que pudo. -Lástima que ya no tenga ni el interés ni el tiempo para quedarme a comprobarlo.

-Te agradecería que fueras más clara –le pidió con la mente embotada por la vigilia. Llevaba horas tratando de buscar una solución y su mente cansada le estaba jugando una mala pasada al malinterpretar sus palabras. Sintió como una pequeña esperanza se abría paso ante el cariz que parecía estar tomando aquella conversación y no le gustó nada.

-Que me marcho –dijo entonces ella con fingida indiferencia mientras comenzaba a ponerse sus guantes.

-¿A Turín? –tanteó él.

Clove rió divertida.

-Me marcho a París –pronunció con frivolidad. –Con mi amante –añadió dándole un aire de misterio.

-¿Tu amante? –preguntó Marvel sin comprender nada en absoluto, temeroso de desear alcanzar por fin esa liberación que parecía caerle del cielo.

-El Capitán Seneca – Clove saboreó su nombre sin ocultarlo. –Te sorprende, ¿verdad? –rió ella como si estuviera sumida en una travesura infantil. –No sabes lo excitante que era tener que escaparme o darte cualquier tipo de excusa para acudir al Fuerte a encontrarme con él. Aunque claro –lo miró ahora con desdén, -eres tan estúpido que ni siquiera eres consciente de lo que ocurre a tu alrededor.

El que dio ahora una risotada fue Marvel, incluso se levantó para dejar la copa en una mesita anexa. Al girarse para encararla, comenzó de nuevo a reír, dejándola contrariada.

-No sabía que te lo tomarías tan bien –casi se sentía ofendida.

-Es que la que realmente no sabe nada eres tú –continuó riendo. –Nunca creí que te diría algo así pero acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo -le anunció con una sonrisa radiante.

-Pareciera que quisieras deshacerte de mí –le reprochó ella.

-Como si te importase –se encogió él de hombros, aún divertido. –Pero ya que lo mencionas, sí, necesito mi libertad para rehacer mi vida al lado de Glimmer y el hijo que va a darme.

Marvel la vio apretar los puños tan fuertemente que, si no hubiera sido por los guantes, habría hecho sangrar las palmas de sus manos con las uñas.

-En el fondo siempre lo supe –masculló llena de rabia. –Sabía que ese amor infantil vuestro era más que un fantasma.

-Nunca he dejado de amarla –le confirmó.

-Y aun así te casaste conmigo –espetó ella. –Eres un bastardo.

-¿Acaso tú te casaste conmigo perdidamente enamorada? –se mofó él sin ofenderse en absoluto, sabiendo que la mera vanidad femenina hablaba por su boca. -¿Vas a culparme de ser yo quien te arrojase a los brazos de tu Capitán?

-Nunca he sido feliz contigo –dijo dándole así una respuesta afirmativa. –Una mujer como yo merece mucho más de lo que tú me has dado.

-Una mujer como tú –repitió Marvel mirándola ahora de arriba abajo con hastío. –Y pensar que, habiendo perdido a Glimmer, me había conformado con una como tú…

Clove, ofendida, iba a replicar pero él se lo impidió.

-Adiós, Clove. Espero que Seneca te dé lo que mereces.

Luego alzó la barbilla y le sostuvo la mirada con firmeza, invitándola a marcharse, y ella comprendió que no había nada más que decir, ni siquiera hasta nunca. Aunque tampoco valía la pena perder el tiempo con ello; cada segundo malgastado con Marvel lo perdía lejos de Seneca.

Giró sobre sus talones y volvió sobre sus pasos, saliendo de la biblioteca y después de aquel palacio al que no deseaba volver jamás.

Nunca el trayecto hasta el Fuerte le había parecido tan largo, casi eterno y, con un hormigueo de expectación en su interior, lo achacó a la impaciencia de reunirse con Seneca. Recostó su cabeza en el terciopelo del sillón de la carroza. Ya podía verse noche tras noche de fiesta en fiesta, visitando los más elegantes palacios y sus salones, rodeados de la más alta aristocracia, gente refinada y poderosa que no dudaría en incluirlos en su círculo, aunque solo fuera para contar con la influencia de Seneca, el Prefecto de París. Y ella sería su perfecta compañera, no en vano era marquesa; sería oportuna en sus silencios, elocuente en su intervenciones… y ardiente en su lecho. Tembló de anticipación al recordar lo sucedido la noche anterior. Nunca creyó que Seneca pudiese entregarse a ella de esa forma, muchas veces la había poseído pero ahora la había hecho suya, definitivamente, porque no sólo había tomado su cuerpo, su corazón había caído subyugado en el proceso. No pudo evitar preguntarse si él sentía realmente lo mismo, sabía que Seneca era un hombre de pasiones, pero los sentimientos eran otra cosa. Sin embargo, estaba la nota que le había dejado aquella mañana y, lo más importante, su firme promesa de llevarla con él a París. Además, era su oportunidad de ser feliz y no la iba a desaprovechar por unas dudas que serían las propias de una jovencita inexperta.

Se acercó a la ventanilla y vio que ya casi llegaban al Fuerte. Algunos soldados, incluido Chaff, aguardaban por ella. Con sonrisa vanidosa extendió su mano para que la ayudase a bajar.

-El Capitán os espera en su despacho –le informó el Sargento.

Con paso cadencioso que no hiciera notar su impaciencia se encaminó hacia los aposentos de Seneca, cuya puerta estaba abierta. Desde el umbral lo vio apoyado en su escritorio, con los brazos cruzados y expresión insondable. La sensación de que algo no iba bien era difícil de ignorar pero Clove no había dado ni dos pasos cuando Chaff entró detrás de ella, llegando directamente hasta Seneca. Entonces vio que el Sargento le alargaba la mano para entregarle algo.

-Estaba en su joyero, tal y como habíais supuesto –le confirmó.

Seneca sonrió de forma triunfal y maligna con la mirada puesta en Clove que, horrorizada, comprobaba que entre los dedos de Seneca brillaba el anillo de Napoleón.

-No están todas las joyas pero sí las más importantes –le lanzó una mirada reprobatoria al Sargento. -¿El cochero?

-Espera vuestras órdenes.

-Indícale que la lleve de vuelta a su casa.

Chaff se cuadró y, sin esperar más, se apresuró a cumplir su orden.

-¿Qué significa esto? –preguntó Clove como si no quisiera convencerse por sí misma de lo evidente.

-¿En serio creíais que vendríais conmigo a París? –fingió sorpresa, haciéndola sentir mucho más estúpida de lo que ya se sentía. Además volvía a tratarla de vos, haciendo que la distancia entre ellos se transformase en un abismo que dolía aún más.

-Pero Seneca…

Dio un paso hacia él, pero solo uno; la tensión del cuerpo de Seneca le hizo ver que no quería ninguna cercanía a ella.

-¿Para qué querría yo una mujer como vos, pudiendo tener a Katniss?

Clove creyó que el alma se le escapaba del cuerpo. Tuvo que impedir con todas sus fuerzas que aflorasen las lágrimas.

-De amantes está lleno el mundo –continuó él con aquel cruel discurso, -y ninguna es tan petulante, incrédula e insoportable como vos. Lo único que quería de vos, ya lo tengo –le mostró el anillo. –Y ahora, si no os importa, estoy muy ocupado.

Seneca dio la vuelta al escritorio y se sentó. Ignorándola completamente, abrió un cajón del que extrajo un saquito en el que dejó caer el anillo.

-Y ahora el General firmará ese nombramiento –murmuró con satisfacción.

Sólo entonces volvió a levantar la mirada hacia Clove quien permanecía inmóvil, observándolo con incredulidad e incapaz de reaccionar o articular palabra alguna.

-Tened al menos un poco de dignidad y no me obliguéis a haceros sacar con los soldados –dijo Seneca como lacerante remate.

Como si despertase del estupor por fin, Clove parpadeó varias veces ahogando las lágrimas y salió del despacho. Deshizo el camino hasta la carroza con la barbilla alzada y el semblante imperturbable, esforzándose por mantener la compostura, aunque ciertamente temía que le fallasen las fuerzas y no pudiera dominar el temblor de sus piernas, haciéndola caer.

Una infinidad de imágenes comenzó a bailar frente a sus ojos y, entremezcladas con el traqueteo de las ruedas, las palabras de Seneca retumbaban en sus oídos, las mentiras de antaño y las verdades de ahora, mientras una extraña desazón comenzó a ahogarla. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Seneca siempre había jugado con ella, desde el principio y jamás le había mostrado su verdadera cara, hasta ese momento. Sólo la había utilizado para sus propios fines, como hacía seguramente con todo el mundo, pero de ella, además, se había burlado hasta la saciedad. No le costó mucho trabajo imaginárselo en su escritorio, riéndose de ella y de su simpleza. Ella que se creía una mujer inteligente y la había engatusado el primer hombre que le había mostrado falso interés. Y sin embargo ella… ella había sido capaz de abandonarlo todo por un sueño de humo, por una fantasía que sólo había vivido ella.

De pronto una nausea la asaltó y sintió como si el habitáculo se cerrase entorno a ella. Le ordenó entonces al cochero que se detuviera y descendió, no sin dificultad. De hecho, el cochero se percató y bajó en su ayuda, rechazándola ella.

-Márchate de aquí.

-Pero Marquesa… -El muchacho no acababa de comprender.

-¡Coge la maldita carroza y desaparece! –le ordenó ella. -¿No me has oído? ¡Largo de aquí!

Aún dubitativo, el cochero obedeció, subiendo al pescante para tomar de nuevo las riendas y alejarse de allí.

Fue entonces cuando por fin se permitió llorar. Cayendo de rodillas, Clove elevó la vista al cielo. Un profundo grito de desesperación quebró el silencio del bosque.

-§-

Aquella mañana, Glimmer se levantó más indispuesta que de costumbre, Sin duda su malestar era debido a lo acontecido la noche anterior. Marvel había acudido con la intención de reconfortarla y habían terminado ambos descorazonados, incapaces de definir su relación a partir de entonces.

Decidió permanecer un tiempo más en la cama, esperando que las náuseas remitiesen pasados unos minutos. Si por ella hubiera sido, hubiera permanecido el resto del día recluida en aquella recámara, no queriendo afrontar la vida que le esperaba fuera de aquel palacio. Y ése era uno de los problemas, el primero a resolver; debía dejar el palacio, la cortesía de Delly no iba más allá de la de ser amable con una antigua conocida. En su niñez habían compartido horas de juego cuando se reunían sus familias en algún acto social y alguna que otra conversación agradable cuando se celebraban bailes a las que ambas asistían, pero nunca hubo una amistad tan profunda como para hacerse confidencias.

Sin embargo, tras todo lo sucedido, debía darle una explicación y agradecerle su hospitalidad. Tal vez la canallada de Gloss salpicase su buen nombre por el hecho de haberlos invitado a su casa y no era justo. Y debería irse de allí, cuanto antes pero ¿adónde? ¿Volver a Florencia, lejos de Marvel? Le causaba un hondo dolor pensar en aquella posibilidad que, inevitablemente, se tornaba la más factible porque nunca soportaría estar bajo el mismo techo que Marvel y Clove, ocupando ésta ese lugar que siempre debería haber sido suyo.

Si no hubiera sido tan estúpida…

Finalmente se decidió a salir de la recámara y, tras vestirse, se dirigió hacia el comedor, tal vez Delly aún no había terminado de desayunar como, en efecto, así era.

-Buenos días, Marquesa –la saludó Delly, afable.

-Buenos días.

-Sentaos a desayunar –la invitó. –Ya casi he terminado pero puedo haceros compañía si queréis.

Glimmer sintió una nausea arremolinarse en su garganta y Delly pareció notarlo.

-Un poco de pan tostado y una infusión os ayudará a asentar el estómago –le hizo una señal a una doncella y luego le indicó una silla a Glimmer para que se sentara.

Ella obedeció, no sin preguntarse cómo había sabido sobre su estado.

-Mis doncellas son muy discretas –hizo Delly eco de sus pensamientos, -pero también leales a mí, así que me mantienen informada de todo lo que sucede en palacio, incluida la indisposición de mis invitados –dijo con tono amable, sin ningún matiz reprobatorio o acusatorio en su voz.

-Entonces sabréis que el hijo que espero es de Marvel, ¿verdad?

Delly sopesó aquella información unos segundos.

-Bueno, sabía de sus visitas –respondió, restándole importancia, -y si me permitís la licencia, me alegro de que sea el Conde el padre de la criatura y no ese…

-Bastardo –concluyó por ella la frase.

Delly asintió con la cabeza y guardó silencio mientras llegaba la doncella con el desayuno de Glimmer. Dudó un momento antes de tomar el pan y esperó otra nausea en cuanto el primer bocado tocase su garganta, pero no fue así, de hecho, ciertamente parecía sentirse un poco mejor. Le sonrió a Delly como agradecimiento quien le devolvió el gesto, antes de dar un sorbo a su taza.

-¿Puedo haceros una pregunta un tanto indiscreta? –le preguntó Delly entonces.

-Después de lo que habéis hecho por mí, podéis preguntar lo que queráis.

-¿Por qué lo dejasteis escapar?

Glimmer suspiró mientras dejaba la taza en el plato, un tanto sorprendida por aquella demanda tan directa y otro tanto exhausta de preguntarse ella eso mismo una y mil veces.

-Ya desde niños se sabía que estabais hechos el uno para el otro –continuó Delly, riendo después al observar el desconcierto de Glimmer.

-Pero si os seguía a todas partes –recordó. –Y aunque estuviera jugando con los otros niños, él jamás os perdía de vista.

-Siempre fue muy protector conmigo.

-Eso era más que protección –le rebatió Delly. –Se alzaba una especie a halo de posesividad en torno a él en cuanto estabais cerca. Cualquiera podía ver que os pertenecías el uno al otro.

-Cualquiera menos yo, menos nosotros –bajó la vista apenada. –Cuánto sufrimiento nos habríamos ahorrado si hubiéramos sido capaces de verlo. Y tenéis razón –tuvo que reconocerle. -Lo dejé marchar y no hice nada para impedirlo. Esperé y esperé a que él viniera a mí, dejándolo todo en sus manos, en su decisión. Su impavidez me hizo pensar que no me amaba así que no dije ni una palabra y él calló al creer que al pronunciarlas me humillaba al no sentirse merecedor de mi amor.

-Todos errores de juventud sin duda –concluyó Delly.

-Y no tan de juventud –rió Glimmer con triste ironía. –Porque vuelvo a cometer el error de antaño al dejar el curso de nuestro destino sólo en sus manos, como si yo únicamente pudiera dejarme ir a la deriva.

-Valga decir que vuestra situación es un tanto complicada –Delly se congració con la otra mujer.

-Sí, pero deberíamos atravesarla juntos –en cambio murmuró Glimmer, sobrecogida por aquella certeza que parecía no haber querido ver. –Yo –titubeó, -si me disculpáis…

Hizo ademán de levantarse cuando, de repente, Delly hizo sonar una campanilla, apareciendo al instante una doncella.

-Que preparen el carruaje –le ordenó. –La Marquesa debe salir con urgencia a una visita.

La doncella asintió y marchó presta a cumplir la tarea. Mientras, Glimmer observaba a Delly con cautela.

-Yo no soy quién para juzgaros –respondió a la pregunta mental que sabía que Glimmer se estaba haciendo.

Glimmer lanzó un suspiró de resignación.

-Sin embargo, el resto del mundo opinará lo contrario.

-¿Y por qué debería su juicio mutilar vuestra vida? –Continuó entonces Delly, -esa vida que precisamente es solo vuestra. Porque yo no lloraré en lugar de vos, ni sufriré vuestro dolor. Yo no seré partícipe de vuestro arrepentimiento por haber escuchado vos mis palabras que tan caras pueden costaros. ¿Por qué de ellas debe depender vuestra felicidad o vuestra desdicha?

Glimmer sentía que le ardían los ojos de lágrimas por brotar pero las contuvo y debía reconocer que la opinión de la Condesa la animaba a acometer su propósito. Sin embargo, aun no siendo de ese modo, aun si nadie en la faz de la tierra secundara su decisión, no tenía derecho a dejarse derrotar sin haber empezado la lucha, no se lo merecían ninguno de los dos.

No quiso aguardar a que la doncella volviera avisando que la carroza estaba lista. Con una sonrisa de agradecimiento hacia Delly, se retiró del comedor y salió.

De camino a Vilastagno, Glimmer rememoró su conversación de la noche pasada con Marvel, quien mil veces había maldecido el día en que había decidido casarse con Clove o cuando había decidido partir hacia la guerra con su amor silenciado por bandera. Ahora caía en la cuenta de que Marvel nunca le había hecho el más mínimo reproche, ni un mísero comentario sobre su proceder o de como ella, del mismo modo, habría podido acabar con su infortunio con tan solo una mirada, un gesto, algo que lo alentara a decir esas palabras que murieron en su boca y que los habría llenado de dicha.

Deslizó sus dedos por el sello de brillantes de los Everdeen que Marvel le entregó aquella maldita noche. Ella debería haber entendido el significado de ese símbolo aunque él no pronunciase esa frase tan esperada y que suele acompañarlo en esos casos. No se dio cuenta de que ponía sus ilusiones y anhelos en sus manos y que ella lo único que tenía que hacer era esperar.

Pero se casó con Gloss…

Otra vez estúpida.

Y lo peor era que ni siquiera hubiera sido necesario luchar por ese amor, habría bastado alargar un poco la mano para alcanzarlo porque ya les había sido concedido y, sin embargo, la oportunidad se les resbaló de entre los dedos.

Pero ahora no. Ahora no iba a cometer el mismo error y dejar pasar de nuevo el amor frente a sus ojos sin hacer nada por evitarlo. Estaba dispuesta hasta a…

Repentinamente el carruaje se detuvo. Imagino que el cochero habría tenido algún problema con los caballos, hasta que vio a través del encaje de la ventanilla una figura masculina acercarse. Su corazón comenzó a palpitar desbocado al comprobar que era Marvel quien habría la puertezuela.

-¿Se puede saber a dónde ibas? –le preguntó él con ansiedad en su voz profunda.

-Marvel –suspiró ella emocionada al tenerlo cerca de nuevo.

Tiró de su brazo y lo instó a entrar, sentándose entonces él a su lado.

-Iba a buscarte –le dijo por fin.

El joven no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción e iba a confesarle sus mismas intenciones cuando ella posó sus dedos en sus labios impidiéndoselo.

-He sido una egoísta –le declaró. –Yo también soy culpable de todo lo que nos ha sucedido porque no hice nada para impedir que te marcharas aquella noche sin la certeza de nuestro amor acompañándote.

-Amor…

Glimmer agitó la cabeza rogándole silencio.

-Tal vez, ni siquiera te hubieras marchado si yo te lo hubiera pedido como tanto deseaba hacer –le confesó y Marvel bajó la mirada, dándole así la razón. –Nunca me has reprochado nada pero te equivocas al querer cargar con todo ese peso tú solo y, además, tampoco honraría nuestro amor si no luchara por él con todas mis fuerzas, hasta la última gota de mi sangre. Así que, estaré contigo como sea, de la forma que sea, pero siempre contigo.

Marvel guardó silencio unos segundos.

-¿Has terminado ya? –preguntó entonces con voz monótona.

-Sí –repuso Glimmer, un tanto decepcionada por esa aparente falta de entusiasmo ante su confesión.

Pero antes de que su corazón volviera a latir, Marvel la cogía por la nuca y atraía sus labios hacia los suyos, tomando su boca con ansia y necesidad. La oyó gemir estremecida y, con una sed de ella que palpitaba ávida en su interior, profundizó su beso hasta saborear la miel de su aliento, hasta robárselo para hacerlo suyo.

-Marvel…

-Yo también iba en tu busca –recitó sobre sus labios. –Nunca has sido la otra ni lo serás.

-¿Qué…?

-Clove me ha abandonado para irse a París con el Capitán Seneca.

La perplejidad de Glimmer se confrontaba con la mueca socarrona de Marvel.

-Sí, ya sé, ni en tus sueños más locos lo habrías imaginado. Jamás. No he querido creerlo hasta que yo mismo la he visto partir en la carroza llena de su equipaje.

El rostro de Glimmer se iluminó.

-Entonces… -casi tenía miedo de decirlo en voz alta.

-Temía sinceramente que nunca me aceptase el divorcio, pero ahora…

-Y si no lo acepta poco importa –sentenció Glimmer con dicha. –Basta con que desaparezca para siempre de nuestras vidas.

-¿Es cierto que venías en mi busca? –de pronto preguntó Marvel, con la inseguridad de un niño. A Glimmer aún le sorprendía a veces como ese hombre de aspecto fiero incluso rudo podía albergar tanta ternura en su interior.

-Ya te dejé marchar una vez –le respondió acariciando con sus delicadas manos su fuerte mentón.

Entonces, esa aparente inseguridad se tornó en una media sonrisa de mirada pícara. Marvel salió del carruaje y Glimmer lo vio enganchar su propio caballo a la parte de atrás y cómo luego se dirigía al conductor, alcanzando a escuchar las palabras "Vilastagno" y "con calma".

-¿Qué sucede? –le preguntó ella cuando lo vio entrar de nuevo. Aunque no le hacía falta alguna su respuesta al notar con cuanta intensidad la miraban sus ojos mientras se sentaba de nuevo a su lado.

-Que me has hecho mucha falta –respondió con voz grave, casi áspera.

-¿En qué estás pensando? –trató ella por todos los medios reprimir una sonrisa de gozo.

-No estoy pensando nada –le dijo pasando con suavidad los dedos por la puntilla de su escote y dejando que la punta de sus dedos tocase levemente la parte de sus senos que no quedaba oculta bajo el corpiño. –Simplemente voy a hacerte el amor.

El busto de Glimmer subía y bajaba reflejando su respiración alterada.

-¿Ahora? –alcanzó a preguntar sintiendo su interior arder por aquellas ligeras caricias que Marvel otorgaba a la piel sensible de su pecho y tan estremecedoras aún por encima del tejido del corpiño.

Marvel se inclinó entonces sobre su oído.

-Ahora y cuando lleguemos a Palacio –le susurró tras lo que comenzó a depositar ardientes besos en la curva de su cuello. –Hasta que quedemos lo suficientemente saciados el uno del otro.

Glimmer apenas podía respirar y menos cuando sintió que una de las manos de Marvel descendía hasta el borde de su vestido y, tras luchar con los muchos pliegues de tela, alcanzaba su ropa interior. Sin que su boca abandonara su cuello, su otro brazo la rodeó por la cintura y la alzó ligeramente, lo suficiente para poder deshacerse de la prenda.

En ese instante Marvel asaltó su boca con una necesidad casi primitiva, la misma que le impedía estar tan cerca de la piel tersa de su femineidad y no disfrutar de su tacto. Recorrió de nuevo con lentitud el camino hacia el interior de su muslo y no se detuvo hasta sentir su dulce humedad entre sus dedos, gozando del hecho de que también lo deseara a él de la misma forma. Los hundió en su carne haciendo que escaparan dulces gemidos de entre los labios femeninos y que él capturó con los suyos, sintiendo que ese mero sonido era capaz de llevarlo al límite.

De pronto, apartó la mano y la tomó por la cintura, colocándola sobre él, a horcajadas sobre sus muslos, enfrentados sus cuerpos y sus rostros. La boca de Glimmer permanecía entreabierta, jadeante y deseosa por aquellas caricias que la habían dejado anhelando más. Con dedos ágiles, Marvel se deshizo del cordón del corpiño despojándola de él, pudiendo alcanzar con facilidad tras la enagua los rosados brotes de sus senos que se endurecían bajo el tacto de sus dedos y su lengua. Glimmer hundió sus dedos en el negro cabello de Marvel mientras se curvaba hacia él y Marvel pudo sentir el calor de su terso centro sobre su masculinidad aún a través del pantalón que tanto empezaba a estorbarle. La propia Glimmer fue quien lo liberó con aquellas manos que lo hacían estremecer de pies a cabeza, y ella misma lo guió hasta su interior, no pudiendo soportar ni un segundo más aquella agonía en la que se estaba convirtiendo su mutua necesidad.

Ambos gimieron ahora al unirse sus cuerpos, Marvel se deslizó por su interior sintiendo como Glimmer lo envolvía plenamente con calor de terciopelo. Comenzó a moverse sobre él y Marvel la sostenía de la cintura facilitándole la tarea y consiguiendo ahondar más en ella, cuanto más profundo, más la necesitaba y más se acrecentaba el deseo, convirtiéndose casi en un nudo de fuego doloroso que palpitaba en su interior.

Hubiera deseado que no acabara nunca, hundirse en ella más y más hasta rozar los límites de la locura por aquel éxtasis contenido, pero los movimientos de Glimmer se amplificaban con el traqueteo de la carroza. Sintió como comenzaba a estrecharse a su alrededor al comenzar a enredarse en su clímax y él se dejó ir con ella. Sus centros convulsionaron en un estallido de placer que los dejó sin aliento ni fuerzas, teniendo que apoyarse el uno en el otro, aún palpitante su unión.

Todavía dentro de ella, Marvel besó con dulzura los labios de Glimmer, hinchados por la pasión y acariciando sus mejillas arreboladas, sintiendo aún el calor de su interior rodeándolo.

-Creo que nunca te he dicho lo deliciosa que eres –le susurró con ardor.

-Eres hombre de actos, no de palabras –sonrió ella coqueta.

-Siendo así, en cuanto lleguemos al Palacio me asegurare de que entiendas perfectamente lo que siento por ti –dijo en tono grave y lleno de insinuación.

Glimmer sólo pudo suspirar, perdida en aquellos brazos y en la dulce expectación de lo que estaba por venir.

-§-

Nunca creyó que sería tan fácil.

Seneca entró a su despacho y se acomodó tras su escritorio, recostándose perezosamente contra el respaldo de la butaca y con los pies cruzados encima de la mesa. Suspiró con satisfacción colocando sus manos en la nuca, recordando su reciente entrevista con el General Snow.

En cuanto había recuperado el anillo que le había entregado tan estúpidamente a Clove y recuperado después tan astutamente, partió a encontrarse con él. Ciertamente, el General le había hecho notar que no había recuperado todas las joyas; ese estúpido de Chaff no había podido conseguir las que le había entregado a aquella fulana. Había fallado y por su bien esperaba que no volviera a fallar en la próxima tarea que debía confiarle. Sin embargo, por suerte, las más importantes, las joyas de Napoleón, sí habían sido repuestas así que, finalmente y tal y como había prometido, Snow colocó su firma en el nombramiento de Seneca como Prefecto de París.

Seneca desenrolló el pliego frente a sus ojos y disfrutó de su triunfo. Aún faltaba su proclamación en París para que fuera del todo efectivo, pero no tardaría mucho en partir hacia Francia, incluso tal vez ese mismo día y casi podía saborear la certeza de que no lo haría solo, Katniss lo acompañaría, aunque para ello, precisaba hacer un último movimiento en su juego maestro.

Cuando llamaron a la puerta, corrigió su postura y, acomodándose correctamente en el butacón hizo pasar a Finnick.

-¿Me habéis hecho llamar, Capitán? –preguntó el Teniente con su sempiterno semblante estoico y que en breve Seneca gozaría de hacerlo alterar.

-Sí, quiero que dirijas el montaje de la guillotina en la plaza de Vilastagno.

Ahí estaba. Seneca tuvo que reprimir una carcajada al ver cómo palidecía el rostro de Finnick.

-¿A quién se va a ejecutar? –preguntó aunque sin necesidad.

-A Peeta Mellark, El Gavilán –pronunció las palabras degustándolas en su boca.

-Pero no ha sido juzgado –quiso rebatirle, eso sí, tratando de mantener la compostura para no empeorar la situación. Seneca se maravillaba de su poder de templanza para controlar sus instintos.

-¿Tanto te cuesta cumplir una orden? –le instigó con voz seca.

-También es mi deber asegurarme de que la ley se cumpla.

Seneca lo estudió unos segundos, disfrutando por anticipado de la que sería su reacción a lo que iba a decirle.

-Mira esto –dijo con tono plano, acercándole el pliego donde constaba su nombramiento.

Finnick lo tomó y Seneca observó cómo su mandíbula se tensaba por momentos, casi le temblaban las sienes de la presión.

-Creo que las leyes son cosa mía –le advirtió, volviendo a recuperar el pliego. –Tú preocúpate de que esa guillotina esté lista esta misma tarde. Peeta Mellark será ejecutado mañana al alba.

Finnick apretó los puños con fuerza contra sus muslos, con los nudillos casi blancos.

-Sí, Capitán –alcanzó a contestar sin que le temblara la voz por la rabia tan inmensa que sentía en esos instantes.

Sin nada más que poder decir, se cuadró a modo de saludo y salió del despacho. No había terminado de cerrar la puerta cuando escuchó una risotada pérfida de boca de Seneca.

Desde el interior de su celda, Peeta comenzó a escuchar voces y movimiento de caballos y carretas en el patio. Se acercó a la única pequeña ventana con barrotes con que contaban aquellos muros y que daba al patio y vio como aquellos caballos arrastraban algunas plataformas con piezas de lo que, indudablemente, era una guillotina.

Un latigazo frío recorrió su espalda con un presagio de muerte… la suya.

Continuara…

Hola mis queridas lectoras, siento mucho haber las abandonado y haber las hecho esperar tanto tiempo para que esta historia continuase, no me voy a disculpar diciendo que no tuve tiempo porque eso es más que obvio, pero si quiero que sepan que no las volveré abandonar por eso es que he decidido daros dos capítulos, la próxima vez que actualice serán nuevamente dos, esto con el fin de terminar lo más rápido posible esta historia y porque quiero comenzar otra pero para ello quiero terminar esta no quiero dejar este fic inconcluso además de que se acerca el final.

Bueno a lo que nos interesa. Como se dieron cuenta a Clove le salió el tiro por la culata (expresión de mi país) aunque siento lastima por ella porque ella en verdad que si se enamoró de Seneca pero sabemos cómo funciona el karma y esto no podía quedar así, así que recibió su merecido.

Además viendo el lado positivo de esto, eso hace las cosas mas fáciles para Marvel y Glimmer o creen que esto lo complique aun mas, por fa comenten.

Bueno y para rematar ahora quien baja de la nube a Seneca ahora que es Prefecto de Paris. ¿Qué pasara con Peeta?

Agradecimientos:

A mis más fieles seguidoras que me han estado esperando por mucho tiempo a que yo me dignara a publicar el siguiente capitulo esto es para ustedes mil y mil gracias por esperar.

Vivis Weasley: Gracias por ser la N° 1

mariadelmonte, Julietacu, yesterday67, JekaMellark, everllarkglee4ever, aleja-acerca, Ekishka, Katri Wishart, Rucky, MildredxDD, dandelionandroses, Mavindel