Cuatro almas resplandecientes se transformaron en ases de luz. Cuales cabezas de dragones protectores se fusionaron a su espalda. La cámara subterránea se estremeció por la fuerza desatada de los cuatro poderes reunidos bajo la voluntad de esa mujer

Inet no se permitió cambiar de parecer. Con una sola mano manejó con gran maestría la destellante alabarda, lanzándose al combate contra el monstruo de cinco cabezas.

Cada una de esas extensiones atacó de modo combinado, sus fauces funcionaron como espadas tras repeler la cuchilla de la alabarda sagrada.

Veloces y certeros, los dragones golpeaban como si fuesen espadas blandidas por el mismo espadachín. En contra de la superación numérica, la egipcia logró una defensiva apropiada para tener oportunidades de lanzar sus mejores golpes.

Aunque la alabarda decapitaba las cabezas de las serpientes, rápido la luz se reunía de nuevo para darles forma.

Permanecieron sin heridas conforme avanzó el combate de habilidad. El encontrarse libre de cualquier rasguño solo implicaba la gran destreza que ambas mujeres empeñaban en la batalla. El intercambio de golpes sería digno de admirar para los mismos faraones.

Aburrida por la monótona lucha, Unna saltó por encima de su rival, sus manos trazaron movimientos complicados junto a su pecho y los ojos de dos dragones destellaron en rojo. Tras esa orden, las bestias de luz lanzaron una bocanada de energía que cayó como cascada sobre la princesa.

Inet trazó un movimiento con sus dedos frente a su rostro, utilizando su poder espiritual para fortalecer la protección natural de su alabarda para cubrirse de la poderosa ráfaga.

El choque contra su arma sagrada hundió a gran medida sus pies bajo la arena. Subestimó la intensidad del ataque ya que algo de esa energía lograba filtrase para lastimarle la piel. Sujetó con ambas manos la alabarda y con un drástico movimiento es que logró invertir la corriente de esa cascada luminosa.

Los cuatro dragones zigzaguearon y sus bocazas se abrieron simultáneamente para engullir la energía.

Inet aprovechó la confusión de luces y sombras para atacar por el flanco diestro a su madre. Creyendo que había encontrado el camino libre para un ataque directo, Inet se encontraría con la sorpresa de que su oponente no dependía solamente de esos dragones para combatir.

Permaneciendo en el aire, los pies descalzos de Unna se movieron con agilidad, y su pierna derecha logró atrapar con precisión la cuchilla de la alabarda. Su rodilla izquierda se hundió en el vientre de la princesa, solo para que dos de las cabezas de gran dentadura la golpearan cuales poderosos látigos.

Su espalda se marcó con el paso de los azotes combinados, dirigiéndose contra el muro más cercano, cayendo pesadamente al suelo donde batalló para ponerse de pie.

Unna cayó lentamente. Sus pies se mantuvieron sobre el altar de rituales. Miró desenfadada a su oponente, la forma tan lastimosa en la que se apoyaba sobre los pilares para poder levantarse.

Inet se tensó por el dolor en su espalda, podía sentir el liquido fluir y empapar sus ropas. Pero sus ojos mostraron la determinación que permitía que cualquier malestar físico pasara a un segundo plano.

— Es muy extraño— comentó inexpresiva Unna— Las técnicas de nuestros ancestros nos permiten convertir a cualquier alma en una poderosa arma de combate… Al ser los iniciadores de las artes del shamanismo es lógico que nuestras aptitudes no se comparen con la pobre magnitud de todos los demás que osaron imitarnos— una de sus manos buscó la atención de una de las cabezas alargadas y esta acudió para que se le fuese frotado el mentón— Mis sirvientes son solo almas humanas, y observa el alcance de su poder. Y tú, que en tus manos posees el alma de un espíritu sagrado, sucumbes fácilmente ante estos mortales. Parece que después de todo si existe una gran diferencia entre el guerrero que recibe un entrenamiento bajo la mano suave de un mentor, y de aquel que aprende a luchar por cuestiones de supervivencia…— apartó entonces al dragón que volvió al lado de sus iguales.

Inet mantuvo su serenidad. Sabe que al tratar con una serpiente no debía dejarse llevar por su flujo hipnótico, sino tratarla con astucia. Una vez de pie, el reflejo de las llamas del único pilar encendido la hizo mirar de reojo una transparente silueta un poco más allá.

Ahí, un fantasma que no podía abandonar la base del primer pilar yacía inmóvil. Su espíritu y voluntad débiles por la maldición impuesta, un conjuro que lo mantenía prisionero y poco lucido como para que no pudiese importarle el combate.

Inet le reconoció— Hao Asakura…— le intrigó el que su madre no utilizará el poder de esa alma para combatirle, después de todo estaba haciéndolo con el resto de aquellos que fueron las llamas que mantenían cautivo al espíritu de la muerte.

Sus habilidades le permitieron notar la maldición por la que ese fantasma se encontraba completamente desvalido. Reconocía perfectamente esa atadura, por lo que recriminó por tal bajeza.

— ¿Por qué te entrometes en la elección de los Grandes Espíritus? ¡Que cobarde de tu parte el atacar a la mayor amenaza de tu amo de una manera tan despreciable!

— En la guerra toda táctica es permitida— añadió despreocupada— Si mi señor desea cambiar el cause del destino no puedo detenerlo. Evitar un enfrentamiento contra su mayor rival resulta ser lo más estratégico sin importar lo bajo que sea esto… Pero de cualquier forma, mi amo solo equilibró la balanza. En su estado actual un enfrentamiento con el Shaman King lo devastaría. Sin embargo en cuanto la última flama se extinga, incluso aunque Hao Asakura se convierta en el nuevo Shaman King, nada podrá detenerlo.

— Si te derroto… si te derroto hay una oportunidad…— le recordó volviendo a alzar su arma con firmeza.

— Puede ser… Pero por lo que a mi respecta, estas muy lejos de ver cumplido tu…— sin explicación, sin anticipación, la frente de Unna se abrió tras el corte de una cuchilla invisible.

La sangre brotó junto a su grito de sorpresa y dolor. Los dragones rugieron furiosos cuando la sacerdotisa cayera sobre sus rodillas en la superficie de piedra.

— ¡Madre!

Los dragones notaron la intención de la egipcia por acercarse, por lo que las cuatros se abalanzaron para interponerse en su camino.

La respiración de Unna se mostraba acorde al ritmo de su corazón, aquel órgano que obligaba a que su pecho saltara incesantemente, como si realmente quisiera salir por debajo de la carne. La profunda herida en su frente maquilló su rostro con el fluido vital. Se atragantó tras la sangre acumulada en boca la cual y dejó escapara tras una fuerte tos.

Para esa mujer, ese acontecimiento solo podía significar una cosa. Sus ojos se desorbitaron por la simple idea—… El sello se rompió… Se rompió… No pudo contener su verdadero poder…— pronunció aun tras las fuertes exhalaciones.

— ¿De qué hablas, qué es lo que te sucede?— preguntó al margen gracias a esa peligrosa barrera viviente. Desde su lugar era evidente la delicada salud de su rival.

Mas la mujer se abrazó a si misma para enfrentar esa agonía, esa tortura que castigaba su osadía.

—…Lo tomamos prestado… Nunca creímos que sucedería… no… — cubrió su frente con la palma de su mano esperando detener la hemorragia. Había perdido momentáneamente la concepción de la realidad, sus ojos se tornaron aterrorizados, como si aquella entidad que estaba imponiéndole ese castigo se encontrara a su lado. Con esos mismos ojos asustados miró a su hija, y sin demasiado sentido se atrevió a decir—…Ahora que la flecha de la justicia se ha liberado… El destino ya se ha decidido…

Capitulo 38

Vendetta

El espíritu de la muerte detuvo su avance. Sus pies descalzos cubiertos de fango y sangre pasaron sin problemas la cueva que servía como conducto hacia territorio sagrado.

Antes de abandonar la sombra que proyectaba la caverna, pareció repelido por la intensa luz del sol que iluminaba el cielo de ese lugar.

Cali observó su cuerpo y el modo en que diminutas descargas energéticas intentaban repeler su avance. De nuevo los grandes espíritus la rechazaban, pero tan pequeño esfuerzo no bastará para hacerla desistir.

Tres personas formaban el ultimo triangulo defensivo. La muerte miró uno a uno en completa indiferencia, sabía que todos ellos iban a morir en sus manos. Pero sus labios se estiraron de placer al ver dentro de los ojos de un antiguo conocido.

Goldva, Vincent Kajab y Eriol Hiragizawa se plantaron como la línea que el espíritu de la muerte no debía cruzar.

En ese paraje de frondosos bosques y cielo azul, el remolino de luz que indicaba la ubicación de los grandes espíritus se veía a los lejos, pero mucho más cerca que antes.

La vieja Goldva no se dejó amedrentar por las nubes oscuras que seguían a la muerte y destruían la hermosura y armonía del campo celeste.

La que se hacía llamar Cali tomó con sus manos los extremos de su vestido negro, inclinándose cual sería la costumbre de las damas en la antigua Inglaterra.

Con una cínica sonrisa, el espíritu de la muerte se permitió el hablar— Y exactamente ¿Cuál es el significado de esto?— se esforzó por no reírse, pero lo considera ingenuamente divertido.

— Hasta aquí es donde más lejos podrás llegar, espíritu— se impuso Goldva al ser quien encabezaba la fuerza de ese trío. Desarmada y sin ninguna clase de defensa, la anciana se atrevió a abandonar la compañía de sus jóvenes amigos.

Eso fue lo mismo que los apaches de allá afuera dijeron… — su pálida y delicada mano señaló ligeramente la cueva— Y heme aquí… Parece que necesitan mejores guardianes— no se reprimió para seguir mofándose.

Eriol observó con cuidado el cuerpo que el espíritu de la muerte había tomado para caminar de nuevo por el mundo. Reconocía el terso rostro de Nadeshiko Kinomoto, poseía la misma belleza que su hija, Sakura. Sin embargo, la diferencia entre los retratos de la susodicha con la que tenia frente a él eran más que obvios, sobre todo al ver el vació existente dentro de sus ojos que parecían agujeros negros que son capaces de devorar cualquier alma.

El hechicero y la muerte conectaron miradas. Eriol ocultó su sorpresa, pero la muerte se regocijó al sentir el miedo previniendo de él— … De todos los lugares a los que pude ir, sabía que solo aquí iba a encontrarte a ti, Clow— se dirigió a él con gran familiaridad— Las redes del tiempo y las reencarnaciones han sido benévolos contigo. Me alegra que en esta travesía pueda agradecer personalmente a todos los que ayudaron a que mi regreso fuera posible…

— No digas tonterías— amenazó Hiragizawa con su báculo dorado— Clow y otros como él han luchado intensamente para evitar que volvieses a amenazar a nuestro mundo— aclaró, decidido a no confundirse más, a no pesarle cargar con el legado que Clow dejó tras su muerte— Toda la trayectoria de muerte, destrucción y caos que has desatado se acabará aquí.

Vincent Kajab se mantuvo en silencio, observando, capturando en su memoria como la historia y el destino se tejía ante él.

¿Es eso cierto?— Cali negó con la cabeza para después reír abiertamente. Llevó sus dedos a cubrir sus labios pero no fue capaz de detenerse— Los humanos siempre son tan ingenuos… y tan cobardes y rastreros como para no admitir sus errores. ¿Acaso Hao Asakura no fue el responsable de destrucción de cinco de mis hermanos? ¿Acaso tú, Clow, no inutilizaste uno de ellos y lo volviste un mortal? ¿No fue el que llaman Yoh Asakura quien, asesinando a su otra mitad, permitió que todo esto diera inicio?... Hay muchas referencias que podría mencionar ahora. No importa cuanto nieguen no haber sido responsables de que el mundo se adaptara a mi regreso, la situación es clara y eso es suficiente…— siseó cuando de su cuerpo comenzó una emanación de vapor púrpura.

Es una ley entre ustedes los mortales: toda decisión tiene consecuencias, una positiva, otra negativa, son las leyes que equilibran el cause espiritual de la existencia… Cuando dicen estar luchando para causar un bien, esa causa puede afectar a otros no de la forma deseada… Cuando salvan vidas, condenan a otros; cuando crean, destruyen; cuando aman, sufren… He sentido y estudiado el corazón de numerosos humanos que osaron manipularme, y todos ellos me han enseñado una sola cosa… Merecen volver a las cenizas— un abrumante terremoto dio inicio. El suelo comenzó a fracturarse y chorros de vapor corrosivo y nauseabundo emergieron de entre las fisuras. Sus cabellos ondulados se extendieron tras su cabeza, fusionándose con el aura púrpura que comenzaba a adquirir una forma espeluznante— ¡Al olvido, al centro del caos y de la nada que les dio vida! ¡Ahí es a donde todos irán!

Temis no soportó la curiosa sonrisa de la hechicera. Los ojos y labios de Kinomoto parecían guardar un secreto del que ella era centro de burla y humillación. Ello hacía hervir su sangre en cólera.

Cierto que aquel viento restringía sus movimientos, pero esas cadenas no iban a detenerla. Aunque la brisa de huracán se atara a su extremidades y desgarraran sus músculos por el efecto de las fuerzas encontradas, Temis logró moverse y, sobre todo, reunir energía a su alrededor para combatir la corriente mágica.

Sakura observó curiosa, ni un vestigio de temor había en su mirada. En su cabeza se repetía la secuencia del primer combate con la misma mujer, y ahora que ya no había duda o remordimiento en su corazón, podía asegura una cosa…

— Tienes algo de razón en lo que dijiste hace un momento Rika

Su ki logró disipar el viento opresor, y con rapidez su lanza buscó clavar su punta en el cuello de la hechicera.

Mas un resplandor dorado se interpuso en su camino tras tomar la forma de un báculo rosa, cuya punta terminaba en un círculo el cual encerraba una estrella de oro. El bastón tuvo la fortaleza de cualquier espada por lo que la lanza no causó daño en él.

— Todo terminará aquí…— sentenció la joven de ojos verdes en el momento en que su mano apuntara el peto de la oscura armadura de su rival, y tras un fuerte destello una hélice se impactó contra Temis.

Los talones de la lancera se aferraron a no abandonar el suelo. Siendo arrastrada por esa luminosidad.

Tras sobreponerse, el humo causado por el choque sobre su armadura lo alejó con rapidez. Sakura volvió a apuntarle con dos de sus dedos, los cuales y en ese momento era el arma mas poderosa que poseía.

De nuevo una luz se concentró al final de sus dedos teniendo a la asesina como blanco. Temis giró su lanza para librarse de este y de los demás disparos que le continuaron.

Girando con gran velocidad su arma, la guerrera que tomó el nombre de la justicia en sus manos evadió todas esas explosiones...jamás retrocediendo sino avanzando detrás de su barrera giratoria. Pero tal táctica iba más allá de solo defensa. Por cada giro de su lanza, la velocidad aumentaba, y con ella la cantidad de ki que permitía circular sobre su arma. Concentrando la suficiente para que un torbellino de la misma se desencadenara contra su enemiga.

El remolino energético golpeó directamente a la hechicera quien se desligó del suelo ante el primer impulso del viento en su contra. Pero lejos de verse abatida por dicha corriente, su magia le protegió cada instante.

Kinomoto se dejó llevar y su cuerpo se mostró sumamente relajado mientras el efecto de la carta Escudo la privaba de cualquier daño. No lo pensó demasiado tiempo cuando alzó su báculo y el cielo rugió.

Temis observó el resplandor que partió una nube y saltó justo a tiempo para evadir la cadena eléctrica que perforó la tierra. Del agujero creado, un geiser ascendió con rapidez en una columna de agua, cuya altura terminó bajo los pies de Sakura donde ella se mantuvo de pie.

Temis se elevó en el aire, volando en su dirección.

La hechicera giró su báculo y una serie de tentáculos de agua se arrojaron sobre Temis.

Temis esquivó, no deseaba detener su avance con tales insignificancias. Arrojando esferas de ki que evaporaban con facilidad a sus atacantes.

Aprovechando el vapor de su entorno, Kinomoto logró expandirlo hasta convertirlo en una densa capa de niebla donde esperaba atrapar a su enemiga.

— ¡Ilusa! ¡¿Crees que podrás esconderte de mi?! ¡Siento tu repulsiva presencia!— exclamó iracunda y sin tomar precauciones al dejarse llevar solo por sus deseos personales.

Sakura movió sus brazos y cintura como si con ellos dirigiera los movimientos del agua. Levantó sus manos con un movimiento de espada y un tentáculo pasó muy cerca de la guerrera. Temis apenas y pudo verlo venir, alcanzando a empujarse hacia atrás para evitar el golpe. Sintiéndose perpleja al ver como es que su mejilla se abrió y algunos cabellos fueron cortados con la misma facilidad que una de sus rodilleras.

— Tal vez sepas donde esté yo, pero que me dices de mis demás amigos— la voz de la hechicera se perdía en ese mar de niebla, la cual comenzó a tornarse de un color esmeralda.

Temis se cubrió la boca al creerlo veneno, pero más allá de un daño a sus pulmones, esa neblina era igual de peligrosa…

El sonido la alertó del disco de agua que se acercaba a gran velocidad. De gran diámetro, pero delgado grosos, esa agua giraba a tal intensidad que su efecto de cierra cortaría hasta el hueso. Vinieron en todas direcciones, pero el sonido de esos discos le permitía reaccionar a tiempo. No podía aventurarse con libertad aunque sabía la ubicación de su oponente. Intentaba lanzar ataques a distancia pero encontraban barreras acuáticas que les impedía el llega hasta el verdadero blanco.

— ¡Maldita!— recriminó con coraje— ¡Siempre huyendo Sakura, ¿no sabes hacer otra cosa?! — Tenía que lograr que se acercara, era la única forma— ¡Tu hermano fue igual de cobarde y no evitó que muriera como el perro que era! ¡¿Me escuchas?! ¡Juro que te ocurrirá lo mismo!

Un ultimo eco de su voz y un silencio denso y escalofriante la acompañó dentro de esa neblina.

Temis sentía el palpitar ansioso de su corazón en sus oídos. ¿Por qué es que se sentía así? No lo entendía…

Inminente fue el golpe que recibió a mitad de la espalda. El disco de agua giró y giró sobre el duro metal que cubría su espalda, raspando algo de piel y sangre conforme se desgastaba con la armadura.

Temis gritó adolorida, pero ni un hilo de voz salió de su boca. Cualquier sonido había sido fácilmente ensordecido. Ni el de las exclamaciones de la guerrera ni mucho menos el del agua podían escucharse dentro del campo de niebla.

Paralizada por el dolor, Temis solo logró apartarse del camino de esa terrible cierra para decidir volver al suelo. Allí, no se permitió el preocuparse por su herida, pero en tierra firme sentía que tenía menos flancos débiles. Permaneció encorvada con sus manos firmes sobre la tierra.

Sonrió despectiva al percibir el acercamiento que estuvo buscando, tomó su lanza y acuclillada lanzó un golpe con esta hacia atrás. La rápida estocada atravesó un cuerpo que se deshizo en ráfagas de aire.

Confundida, Temis giró el rostro solo para recibir un golpe en el hombro izquierdo.

El bastón con la estrella resultó tan duro como un martillo y la lanzó con la potencia suficiente para arrastrarla varios metros.

Ningún sonido, pero si mucho dolor. La guerrera se sujetó el hombro al sentirlo entumecido, encontrando la hombrera de protección fizurada.

— Espero y que eso te enseñe a solo abrir la boca para decir cosas inteligentes y nada de imprudencias— Sakura abandonó la protección de la neblina para afrontar a su enemiga.

Temis se incorporó lentamente y volvió a alistar su arma, pero antes de cualquier precipitado arranque, una segunda Sakura apareció por su flanco izquierdo.

— ¿Qué pasa? Pareces un poco distraída— añadió sarcástica la joven aparecida, justo cuando una tercera se materializaba a su lado— No te comportaste así la primera vez que quisiste matarme…

Rika miró a cada una de esas apariciones, sus ojos temblaron en confusión ya que sus sentidos percibían energía vital de todas ellas… No se trataban de una ilusión.

Temis movió los labios, pero no hubo sonido, enfureciéndose más al saber que Kinomoto le había quitado el habla.

— ¿Sabes Rika? Estoy cansada de escuchar tus reclamos, de tu incesante lloriqueo— aclaró pedante una de las hechiceras.

— Por eso es que decidí silenciarte para que me permitas el decir algunas cosas que desde el momento en que te descubriste ante mí quise decirte…— dijo la que mantenía un gesto inexpresivo.

— No te preocupes, no tomara mucho tiempo. Después de esto te prometo que te devolveré la lengua para que puedas decir alguna ultima estupidez— volvió a decir la que se encontraba rodeada por un aire vanidoso.

— No te molestes en imaginar quien es la verdadera— sentenció una de sonrisa divertida. Solo bastó con ver las miradas furtivas de la asesina para percatarse de su intento.

— Tienes la habilidad de sentir la presencia de un individuo ¿no es así? Que lástima que eso no funcione precisamente en un área donde mis conjuros han invadido tu campo sensorial— añadió la cuarta que permanecía de espaldas.

— No olvides que lo que mantiene activa esta niebla, estos espejismos, esta área de silencio, es mi poder, mi esencia. Así que, cada conjuro que invoque siempre se encontrara acompañado de mi energía— explicó la de sonrisa despreocupada.

Temis cargó su arma con la energía oscura que le cubría, liberándola en una ola que alcanzó a levantar la tierra y batir el aire, pero las manifestaciones de la joven de cabello castaño se mantuvieron inmutables, duplicándose en un descuido.

— Supongo que lo crees bajo y ruin, ¿no es cierto?— añadieron dos de ellas al unísono.

— Pero a mi punto de vista finalmente esta es una pelea justa.

Temis nunca imaginó que sucedería algo como esto… Estaba perdiendo la calma y resultaba peligroso. Intentó aferrarse a sus enseñanzas— inducir el miedo, no caer en él.

— Han sido muy astutos al encontrar la manera de luchar con nosotros sin demasiado esfuerzo… Pero una vez que no cuentan con el factor sorpresa ni ninguna de sus trampas, es cuando en verdad experimentan lo que es enfrentar a un verdadero monstruo.

— Rika, dijiste que yo fui la causa de que te convirtieras en esto— algunas de esas ilusiones dieron un paso al frente, logrando que Temis sintiera la presión de la inseguridad.

— Y ahora tú me regresaste el favor…

— Fui la responsable de tu desdicha; y tú has sido de la mía…

— Fui quien asesinó a tu hijo; tú asesinaste a mi hermano…

— Fui la que te convirtió en un maquina de venganza… Mírame ahora…

— Las dos somos espejos de una cadena de eventos desafortunados. Somos artistas… Miro mi obra en ti, y tú puedes ver la tuya en mi…— una a una, los espejismos de la hechicera comenzaron a fusionarse una detrás de otra.

— Sin embargo… Yo no pienso imitar el factor que nos permitió vernos este día…

El bastón rosado de una de ellas estalló en luz y tomó la forma de una espada de punta muy delgada y elegante— No voy a dejar que te vayas con vida…— advirtió Sakura con una expresión petulante.

¿Por qué es que sintió peso en esas palabras? ¿Por qué lo sintió como una sentencia irrefutable?…¡No! Se reprochó a si misma, se convenció que no podía terminar así. ¡Nunca! Si había de morir en manos de esa mujer, se aseguraría de no viajar al infierno sola.

Años han pasado desde la última vez que sintió tal energía dentro de su cuerpo. Conforme la lucha avanzaba, su corazón bombeaba con mucha más fuerza y emoción que le permitía el disfrutar ese combate. Uno donde podía desear la muerte de su enemigo con toda la fuerza de su alma, donde dejaba que sus instintos se alimentaran por la rabia, el odio y el deseo de venganza. Donde sus ataques no se veían obstruidos por las absurdas enseñanzas de piedad o consideración que aprendió de sus amigos… Donde no escuchará a nadie el que le suplicara el detenerse o pensar en las consecuencias.

Uno tras otro, los golpes de su lanza encontraban la guadaña de su enemigo, quien con la misma velocidad e intensidad se desplazaba en el combate.

Las chispas de los choques llegaban a quemar sus ropas, pero no había porque distraerse con tales pequeñeces; un solo descuido y a alguno de los dos le costaría la cabeza.

Imposible el pedir que la pelea abarcara un pequeño trozo de tierra. Esos dos combatientes serian capaces de llevar su duelo a los confines del mundo y de regreso.

La lanza de Len Tao partió el suelo tras su golpe perdido. La punta de la guadaña negra buscó el pecho del shaman, pero solo encontró la pared de la cordillera sobre la que se hundió por completo.

Len buscó el contraataque, pero sin que debiera soltar su arma, Vidar la utilizó para usarla como barra de gimnasia y asi permitir que sus pies embotados tomaran la lanza espiritual a la misma altura que las manos de Len se aferraban a ella.

Con sus fuerzas encontradas Len logró girar su lanza como aspa , confiando en que quebraría las piernas de su oponente, pero Vidar permitió que todo su cuerpo girara para que al final sus pies golpearan el pecho del shaman, lanzando al mismo tiempo una tormenta de energía que se disparó de sus manos unidas.

Len fue arrastrado por ese ataque, mas logró expandir a tiempo su poder espiritual para crear un escudo que disminuyó los daños.

Vidar extrajo la hoja de su guadaña con una sola mano y la pared montañosa se vino abajo, causando un derrumbe dentro del cual desapareció.

Adolorido, Len Tao logró frenar, creando una corta zanja en la tierra con sus pies. Se acuclilló sentir su cuerpo arder. Con rastros de humo sobre su cuerpo, el shaman arrancó las giras en las que se había transformado su camisa, incapaz de notar el fenómeno que yacía en su espalda. Bason podría ser el único capaz de advertirle, pero el espíritu igual se encontraba imposibilitado.

Tarde o temprano vería la reaparición de un tatuaje cubriendo toda su espalda.

Len se puso de pie justo a tiempo para frenar una embestida de un Vidar que había vuelto a enmudecer. La guadaña había desaparecido y ahora en sus dos manos cargaba una espada de doble mano, delgada como su brazo pero de un largo de nueve pies que la volvía una arma de más alcance que la misma lanza de Len Tao.

Len retrocedió. El largo de esa espada frenó ciertos de sus movimientos, y adentrarse en esa defensa no sería algo fácil de lograr.

Perseguido por los incesantes golpes, Len encajó su lanza sobre la tierra para que un sin fin de estas emergieran del suelo como estalagmitas a su alrededor.

Vidar debió saltar para no verse empalado por algunas de ellas, justo lo que Len buscó.

¡Relámpagos de oro!— El shaman lanzó un golpe con su puño cerrado, convirtiendo así todas las lanzas espirituales en rayos de luz que subieron en busca de Vidar.

El espadachín permaneció suspendido en el aire conforme se vio rodeado por esas ráfagas luminosas que intentaban encerrarlo en una jaula dorada que explotó al primer contacto.

Len se cubrió el rostro tras la explosión. Observó como es retazos de tela oscura caían desde el cielo.

Aprovechando la débil visibilidad de Len Tao, una cadena negra se filtró entre la humareda. Con una gran esfera de metal al extremo y puntas filosas a su alrededor es que se estrelló contra el shaman quien terminó de espaldas contra la tierra.

Esa cadena golpeó justo sobre las manos de Len, dejando escapar este un grito tras la tensión sufrida; la mayoría de sus dedos se habían roto.

Con sus manos sangrantes, el shaman logró apenas sostener su arma espiritual.

Girando la cadena sobre su cabeza, Vidar alejó la nube gris que se desencadenó por el ataque del shaman. La capa que le cedía una apariencia espectral desapareció de su cuerpo, su armadura permanecía intacta, pero algunas magulladuras en su piel indicaban que la técnica del shaman logró lastimarle.

Len observó la forma amenazante con la que giraba esa cadena, decidido a no perderla de vista.

La esfera con picos azotó contra la tierra, Len logró girar para apartarse pero le sorprendió que el efecto de ese golpe detonó en una explosión que lo impulsó hacia al frente, justo hacia Vidar quien lo recibió con un golpe certero en el rostro, cayendo boca abajo una vez que se encontrara desarmado.

La espada Horeken abandonó sus manos lesionadas y perdió sus poderes de posesión. Estiró sus dedos para intentar recuperarla, pero la cadena de su enemigo se enredó alrededor de su cuello, alzándolo y apenas las puntas de sus pies rozaban la tierra.

Vidar tensó con todas sus fuerzas la cadena con la que esperaba estrangular a su oponente. Lo único que detenía el no poder romperle el cuello era la mano izquierda que Len alcanzó a interponer en el ultimo giro. Pero de igual forma iba a morir. Vidar era capaz de romper esos huesos y más. Resultaba placentero para el asesino el sentir la fragilidad de la vida de su adversario.

Len se estremeció en desesperación, pero la desgarradora experiencia lo hizo recordar la verdadera crueldad, aquella que su padre empleó para entrenarlo…

Todo lo que sufrió bajo la mano firme de su tirano padre no podría relatarlo jamás. Entonces, si comparaba esos momentos con los de ahora, sabría que esto no era otra cosa mas que un juego sutil… Uno del que podría liberarse, solo no debía entregarse a la desesperación ni al dolor.

Len colocó su brazo libre de modo horizontal, esforzando su garganta para poder llamar a su espíritu acompañante— ¡Bason!— gritó con gran fuerza, escogiendo un punto de su muñeca para que sirviera como objeto de posesión, esa muñequera de tela negra en la cual se grababan dos palabras, siendo el kanji de Victoria y de Vida sobre la que se fundió el alma de aquel guerrero chino.

En un resplandor esmeralda, un grueso guantelete de batalla cubrió el puño y antebrazo del shaman, y con él fue capaz de sujetar uno de los brazos de Vidar y romperlo cual rama de árbol.

Con su brazo cual titán de jade, Len Tao no desaprovechó el acercamiento, y una vez que sus pies tocaran el suelo, giró con el puño alzado, golpeando bajo la mandíbula de su oponente.

Los ojos de Vidar se tornaron blancos, indicando una falta de conciencia tras el traumatismo cerebral que había recibido. Los vendajes que cubrían su boca se mancharon en sangre que escurrió debajo de estos.

No conforme con un solo golpe, Len sujetó por la pierna a su enemigo para evitar perderlo, atestando un segundo puñetazo en el cráneo que bien pudo partirlo y crear una contusión.

Exaltado, el shaman extendió sus dedos, adornados con puntas filosas con las que fue capaz de perforar el abdomen de Vidar.

El guerrero vendado cayó metros atrás con el estomago perforado. Permaneciendo inmóvil y tieso.

Len apoyó una rodilla en el suelo, tragando grandes bocanadas de aire, tosiendo con frenesí al sentir su cuello y traquea muy sensibles.

Observó extrañado la posesión que había creado por instinto. El guantelete de duro metal que al extender su palma simulaba la bocaza de un reptil.

Sus ojos, fríos e iracundos lograron quebrarse por un instante al pensar que el obsequio que recibió de Tomoyo Daidouji lo había ayudado. Tan sencillo detalle logró marca una diferencia entre la muerte y la vida…

— … Amuleto de la buena suerte…— murmuró abatido al recordar esa promesa. Fue entonces en que Len prestó atención a la sangre que había en su arma espiritual, los grumos, su coagulación… ¡No podía ser!

Alzó la vista con rapidez solo para ver la brillante hoja de una espada que se clavó en su vientre.

Vidar sonrió victorioso conforme las vendas de su rostro volvían a caer sobre su pecho. Len observó el agujero en el cuerpo de su adversario, podía ver a través de él y aun así… él…

Shaoran Li salió debajo de la tierra que lo había atrapado en esa tormenta. Se arrastró para salir de ahí, respirando agitadamente.

La cabeza le daba vueltas. Miró a su alrededor para ser testigo de la devastación del terreno. Donde antes hubo grandes árboles, fueron reducidos a cenizas con las mismas llamas del sol.

No vio a nadie en las cercanías. Lo que no sabe es que fue expulsado a un lugar retirado por toda esa corriente de poder, librándolo así del tiro de gracia por parte de alguno de los enemigos.

Buscó señales de vida, la de su padre. Se angustió al no poder verlo por ninguna parte. Seguramente se encontraba herido por haber sido blanco de ese poder tan devastador.

En un impulso inconsciente es que le llamó una vez que estuviera en pie, sujetando su brazo roto.

En su cabeza escuchó su nombre, una punzada que lo hizo mirar hacia su flanco izquierdo y correr en esa dirección. Disminuyendo su paso al ver residuos de sangre que conducían a un punto inanimado en ese desierto de blanca arena.

Kerbasi movió un brazo para hacerse notar con vida, animando a si a su hijo el acercarse sin miedo.

Shaoran tomó justo a tiempo el destrozado brazo de su padre antes de que este tocara el suelo. Se estremeció al ver sus heridas ocasionadas por los cientos de destellos de gran velocidad.

No le quedaba mucho tiempo, Kerbasi lo sabía, y solo por eso es que no se dejaba desfallecer todavía.

— …En seguida te llevaré a…

Pero el anciano negó débilmente, ocultando la ceguera de la que ahora era objeto— No te molestes Shaoran… Aquí termina todo para mí…

— ¡No digas tonterías! ¡No es momento para rendirse!— recriminó Li reprimiendo su frustración al no ser capaz de ayudarlo.

— … Shaoran… En el momento en que yo muera, tomaras mi lugar…— no pensaba gastar el poco aliento que guardaba para discutir con su hijo— Hubiera querido… poder enseñarte todo lo que sé del modo tradicional… Con el paso de los años… viéndote crecer… compartiendo… Pero la vida de ustedes los jóvenes es… mucho más rápida ahora, y así mismo será tu aprendizaje… Mi regalo para ti será todo mi conocimiento…— Li sintió que el monje deseaba alzar su mano, pero el dolor tan intenso se lo impedía. Decidido a ayudarlo, el hechicero condujo los dedos de Kerbasi hasta que tocaron su frente.

— … Padre… Aun puedes…

— Obedéceme por una única vez Shaoran y guarda silencio…— pidió con una sonrisa en el rostro— Sé que hay mucho que quieres decir… Algún día, habrá tiempo… Te lo prometo…

Las yemas de sus dedos se iluminaron sobre la frente de Li Shaoran. Abrumado, el hechicero estuvo a punto de rechazar ese vínculo, pero el brazo fuerte de su padre lo retuvo a su lado y le dio la confianza de aceptar lo que estaba por vaciarse en su memoria.

Uno tras otro, numerosos recuerdos, vivencias, conocimientos y sabiduría pasaron a través de sus ojos. Sintió esa vida no como si fuese la de alguien más, no, la sintió propia, la creyó suya.

Respiró de modo afligido al pasar por diversas emociones al mismo tiempo, de reconocer rostros que jamás ha visto, de enfurecerse ante diversos recuerdos, de atormentarse por descubrir los secretos guardados por los monjes de ese templo…

Lo que Kerbasi aprendió en toda una vida, él la asimiló en pocos parpadeos. Ahora, Li Shaoran era guardián de toda esa información, de todos esos secretos, técnicas y conciencia.

Sus ojos apenas y contuvieron el llanto que le causaba el saber los verdaderos sentimientos de su padre, aquellos que tuvo para su madre, para sus hermanas, para él… La verdad detrás del silencio y de la ausencia.

Mucho era ahora su arrepentimiento, ya que lo que él creía respecto a él era un error… Ideas creadas por odio y resentimiento que Kerbasi no merecía, no ahora…

El brazo del monje cayó sobre su costado, sus ojos cerrándose con anticipación. Li Shaoran se sujetó la cabeza con mucho pesar. Se atragantó como si toda esa información se estuviese filtrando desde su boca hasta lo mas recóndito de su ser.

Creyó que se asfixiaría por las tormentosas cadenas que ahora sentía sobre su cuerpo. Luchó por tranquilizarse, pero su corazón no dejaba de golpearle el pecho; sus ojos no dejaban de ver imágenes alternas; sus oídos zumbaban al escuchar cientas voces que hablaban al mismo tiempo.

El agobio que toda esa información causaba en su ser, terminó con un estrepitoso flash que cegó y silenció todo para sus sentidos. Un panorama blanco y un área silenciosa le transmitieron paz… No, mas bien, fue la manera en que todo el conocimiento que ahora posee le indicó cual debía ser su prioridad a partir de ahora. El rostro gentil y dulce de Sakura Kinomoto acaparó hasta el último de sus sentidos que terminaron por desarrollarse gracias a lo que sabía su padre.

Pronunció el nombre de su prometida, girando el rostro hacia donde era capaz de percibí su presencia. Sus ojos se abrieron en sobresaltó al percibir un mal presagio. Velozmente, se privó del cinturón de su atuendo, ingeniando la forma de convertirlo en un cabestrillo para su brazo derecho.

Mucha era su urgencia por ir al lado de la hechicera, sobretodo ahora que conocía lo importante que ella e Yoh Asakura eran para este mundo. ¡Tenía que darse prisa!

Echó una última mirada a su padre. Intrigado por el rostro tan sereno con el que partió de este mundo. Kebasi parecía satisfecho al saber que todo está tomando su cause, y lo que encontrarían al final lo dejaba en manos de la siguiente generación; una que prometía ser muy prominente.

Anath dio un paso tras otro con suma tranquilidad conforme avanzaba por el terreno ahora baldío.

Observó aun sorprendida la forma en la que el ventarrón de energía logró incluso aclarecer una parte del cielo. Contempló el azul del campo celeste antes de que las nubes densas y negruzcas volviesen a cubrirlo con suma rapidez.

En sus manos, el cascabel de oro sólido permaneció silencioso. Se sintió muy complacida una vez que lo encontrase lejos del cuidado del monje o del odioso muchacho de la espada.

Sonrió más que satisfecha al haber logrado su objetivo, estaba tan cerca que sería capaz de celebrar por adelantado, mas esperaría un poco más, lo suficiente para poder obtener el rosario y al espíritu de la muerte al mismo tiempo.

No había rastros del muchacho o del viejo por ningún lado, Sobek si que había hecho un buen trabajo.

Anath observó a su compañero en el suelo. Estaba completamente inconsciente, lo comprobó al moverlo con uno de sus pies y que ninguna clase de respuesta obtuviese de su parte. Lo único que le indicaba que permanecía con vida era la débil respiración que movía la tierra bajo su nariz.

Llamaba su atención como es que en su piel no había rastro alguno de hechizos de protección… De alguna forma que no alcanzaba a comprender, Sobek se había liberado de las ataduras que Unna creó sobre las almas y cuerpos de todos ellos.

La oscuridad y la muerte les cedió grandes poderes a los seis, creía que solo la misma fuente sería capaz de retirarlos pero…

Si había sido despojado de todas las habilidades que Unna le cedió ¿Por qué es que ahora percibía una presencia más poderosa en su compañero?

Anath se inclinó sobre él, una sensación que le recorrió el cuerpo le pidió que terminara con Sobek. Como si la fuerza viviente sobre sus tatuajes se lo mandase, la pelirroja estuvo por cumplir con esa tarea.

Sus dedos afilados buscaron el punto sobre la cabeza del guerrero para asegurar un rápido deceso, pero Anath cerró el puño y logró rechazar ese mandato.

Logrando una gran concentración, la pelirroja impuso su voluntad y alejó esos pensamientos. No podía considerarse una mujer recta, pero sabía ser agradecida, y su compañero llevó a cabo su papel extraordinariamente para sus fines. Cumplió su parte del trato, merece una recompensa y lo único que ella podía darle era la oportunidad de no tener que morir en ese lugar.

Un beso, no fue capaz de resistir esa tentación, sobretodo a un hombre que pasaba por alto sus encantos cuando fueron muchas las provocaciones y los intentos. No bajó su mascara por saberse cicatrizada por el castigo de su hermana mayor, pero fue tan placentero que se arrepintió de no haber logrado nunca que él le robase aunque sea una caricia.

Palpó la cabeza de Sobek y recitó un sencillo conjuro— Ve al lugar al que perteneces…— murmuró, visualizando el posible hogar de su compañero, y de personas que podrían ayudarlo o necesitarlo.

En un santiamén, el guerrero de cabello negro se desvaneció en la tierra como si nunca se hubiera encontrado allí en primer lugar.

Aun con un gran poder en sus manos, la pelirroja no podía estar segura de que se encontrarían de nuevo. Aunque le costara aceptarlo, no podía estar seguro si el futuro podría ser cambiado…

Observó el cascabel para retomar la ambición que la había traído hasta aquí. Cualquier duda se esfumó al ver que el objeto reaccionaba finalmente a ella, la tenue luz que emergió de la superficie dorada para cubrir su cuerpo con una delgada y transparente estela de poder.

La sensación de fuerza y energia que recorrió cada uno de sus músculos la extasió completamente, sintiendo que había alcanzado la gloria que tanto buscó. Como si hubiese alcanzado el cielo, se imaginaba en las nubes, pero una voz cortó repentinamente el encanto del momento.

— Un acto desinteresado viniendo de ti, que evento tan sorprendente. Realmente el mundo está por llegar a su fin— sarcástico e hiriente, un hombre dijo a sus espaldas— ¿O no estas de acuerdo conmigo, Aiko?

Esa voz. Su corazón tembló en el momento en que reconociera esa voz… Aun después de los años transcurridos, aun después de todo lo ocurrido, sabía a quien le pertenecía…

Volteó rápidamente al sentirse en desventaja, tomada por sorpresa y sobre todo en grave peligro.

A escasos metros, un hombre de cabellera rubia la miraba con recelo y hasta cierta malicia.

— ¿Qué ocurre? Pareciera que has visto a un fantasma, querida— añadió sonriente el hombre que ya no vestía su gabardina morada. Su piel mostraba raspones severos y algunas quemaduras, pero su presencia distaba de encontrarse débil.

Anath exhaló el aire colérico que el ver a ese sujeto le causó, pero se encontraba sin palabras.

— Y aun después de tantos años, después de que huiste, ¿no hay un abrazo?— el rubio extendió los brazos como si esperara que la pelirroja en verdad correría hacía él.

Anath dejó de respirar por la confusión de los sentimientos encontrados que ese sujeto causó. Un hombre que fue tan importante para ella, al que amó de modo incondicional y que fue el mismo responsable de la mayor desilusión de toda su vida…

Pero a final, el peso de la ira y el rencor inclinaron la balanza para tomar su decisión.

Dejando los juegos rápidamente a un lado, el hombre tomó una postura sería y de juez— ¿En verdad creíste que lo que le hiciste a Kaho se quedaría sin castigo?

Anath frunció el ceño— Geharo, debí suponer que no serías de los inútiles desdichados que morirían en este sangriento conflicto. No me digas que ingenuamente vienes a tomar venganza por mi dulce hermana— agregó despectiva.

Geharo Sai sintió extraño el escuchar su nombre de una boca tan indigna— Eso solo es la punta del iceberg, Aiko— llevó sus manos a adentrarse a los bolsillos de los pantalones— Sabes que jamás me ha gustado tomar el papel de padre… Pero en vista de que no hay nadie más, entonces deberé hacerme cargo de este asunto familiar— aseguró.

— Ja, ¿Familia?— rió abiertamente la pelirroja, sintiéndose menos temerosa— ¿Lo dice aquel que negó el apellido de su padre, de su herencia? ¿El que lo abandonó todo para alejarse de las responsabilidades? ¿El que huyo asustado?— Anath carraspeó y tomó una posición defensiva— ¡No tienes ningún derecho de presentarte ante mí fingiendo de buen hijo o de hermano mayor! Geharo, eres tan traidor como yo, solo seguí tu ejemplo— masculló con ironía.

— No tienes idea de lo que estas hablando— miró en otra dirección, agobiado por ese pasado.

— ¡Basta de tonterías!— insistió la pelirroja al no ver sentido o fin a ese encuentro— ¿Viniste a matarme? Comienza de una vez. Pero te advierto que Kaho dijo las mismas estupideces, y ahora su alma se quema junto al resto de los que osaron entrometerse en mi camino!

Sin dejarse incitar por esa provocación, Geharo permaneció sereno— El fuego es algo que siempre nos ha vestido bien, mi pequeña hermana— pero dejó que su espíritu acompañante se mostrara sobre sus hombros— Sé gentil y te dará poder, enfurécelo y te arrepentirás— musitó tras el graznido de la ave de gran tamaño que se posó sobre sus hombros.

Las alas pobladas de plumas de fuego parecían provenir del interior de un volcán activo. No había duda que esa majestuosa ave nació de las llamas del mismo centro de la tierra, su cuna fue el núcleo de los grandes espíritus.

— Kaho me enseñó eso, también que transforma… — una sonrisa juguetona cruzó los labios del shaman— Eres prueba viviente de ello, logró sacar tu verdadera apariencia— se mofó sutilmente de las quemaduras de la pelirroja.

— No eres mas que un sucio shaman… — dijo con desprecio— Y aun cuando hayamos nacido dentro de la misma familia, aun cuando siempre fuiste el mejor de los tres, yo nací con lo que tú y Kaho siempre carecieron— aclaró sujetando con fuerza el cascabel, invocando sus poderes— ¡Y eso es visión!

— No subestimes el poder de mi fiel amigo— aconsejó malhumorado.

— ¡No Geharo, eres tú el que no debe de subestimarme!— advirtió arrogante, conforme la luz del artefacto de oro pasaba a entintar su cabello como si fuese el mismo sol — ¡No ahora que sé quien soy, el poder que me ocultaron! ¡Después de tanto tiempo, finalmente comprendo el odio en la mirada de nuestro padre, la molestia que le ocasionaba que sus hijos predilectos no fueran los que tuvieran este destino! ¡Tengo el poder para domar la más impetuosa de las almas, soy la sacerdotisa sagrada de esta época, y en mis manos tengo la pluma del cambio!

Geharo se mostró extrañado, tales afirmaciones no tenían sentido…

Se reservó el tener que preguntar, prefirió utilizar su propia intuición. No tomó demasiado tiempo en darse cuenta de la verdad…

Uniendo todo lo que él sabía, más lo que ahora ocurría, comprendió.

Los labios de Geharo temblaron pues intentó no reírse, pero le fue imposible. Ante los ojos coléricos de Anath, el shaman comenzó a reír; primero cubriendo su rostro, pero al final permitió que toda su boca se abriera para dejar escapar una carcajada.

Consternada, la pelirroja no se permitiría ser objeto de burla de nadie, por lo que una vez que el cascabel cubriese todo su puño, dejó escapar de este una tormenta de poder que barrió con todo lo que se interpusiera.

Geharo solo utilizó la palma de su mano derecha para partir en dos el cause de ese torrente de energía.

Absorta, la pelirroja tembló en enfado, alargando las garras de su guante hasta convertirlas en látigos que atacarían simultáneamente a su osado oponente.

— Kaho te fastidió hasta el ultimo momento— pensó gustoso Geharo al permitir que las llamas de su espíritu acompañante se fundiera en su cuerpo, proporcionándole una barrera natural de fuego volcánico.

Yoh no resistió el voltear repetidas veces mientras corría de la mano de su joven esposa.

Anna se percató del esfuerzo de su esposo por mantener su ritmo, pero ni aun así ella cambió su velocidad.

La sacerdotisa comprendía que su deber principal era asegurarse que Yoh llegara a dónde se encontraban los grandes espíritus. Solo frente a ellos es que toda esta locura terminaría finalmente, y si el mundo corría con suerte, Yoh podría salvarlos a todos una vez que se coronara como el rey de los shamanes.

Yoh se detuvo estrepitosamente antes de entrar al claro que indicaba la entrada a territorio sagrado, frenando a la sacerdotisa junto a él.

El semblante de Yoh se mostró serio y preocupado. Sus sentidos le advertían del peligroso adversario que les guardaba allí.

El guardián de esa puerta esperaba tranquilamente en medio del claro, con doce cadáveres a su alrededor que se fueron acumulando conforme intentaron cruzar el umbral. Agitó su espada para limpiarla, delatando que solo segundos antes había matado a alguno de ellos.

El olor a sangre puso nervioso al espíritu de la sacerdotisa, gruñendo y mostrando sus afilados colmillos y garras.

Anna reconoció al portador de esa espada maligna. No podría olvidar un corazón como el de ese guerrero pelirrojo.

Hidesato llevó sus ojos hacia la joven rubia, inmutable. De nuevo sus caminos se habían cruzado, la diferencia es que, en esa ocasión, es él quien no le permitiría pasar.

— Parece que ahora los papeles se han invertido— comentó con pesar el dueño de la espada Saiketsu.

— Entonces eso significa que tú serás el vencido— respondió Anna con indiferencia.

— Anna, ¿lo conoces?— preguntó Yoh al ver la intención de su esposa cuando dio un paso hacia delante.

— Te hablé de él, es uno de los que atacaron el templo en China— recordó sin girar la cabeza.

— Un ser vivo no debería tentar a la muerte por segunda vez— aconsejó Hidesato, anticipando que nuevamente iba a pelear con esa mujer y su lobo— No tienes oportunidad, mucho menos si Saiketsu aun recuerda tu sangre.

— No le temo a esa espada, mucho menos al espadachín. Solo pienso darte una oportunidad de retirarte— lo consideraba como un favor, el saldo de la deuda pendiente que existía entre ambos. No ha olvidado que ese sujeto le permitió vivir, así como a Eriol y a Nichrom.

— No tiene sentido decir las mismas palabras una y otra vez— añadió Hidesato con fastidio— Ni tú ni yo daremos la vuelta e ignoraremos este encuentro. Mi deber es impedir que cualquiera de ustedes pase por este umbral, y el tuyo, como el de estos infelices que están a mis pies, es matarme para poder entrar…

— Si ese es el caso, entonces no tengo problemas con eso— respondió Anna con rudeza— Yoh, yo pelearé con él.

El shaman lanzó una profunda mirada hacia Hidesato quien del mismo modo le respondía. Entre ambos hombres existió una clase de pacto, un acuerdo en el que sus sentidos respondieron de la misma forma.

Yoh no iba a permitir que Anna pusiera en peligro su vida solo porque no confiaba en su capacidad. Si no era capaz de sobrellevar este mal y continuar luchando, quería decir que no era digno de ningún sacrificio… Además, sus sentidos le transmitían un grave peligro de esa espada maldita, el aura que la cubría bien podría provenir del mismo inframundo por su negrura y densidad.

Anna leyó el deseo silencioso del corazón de Hidesato por no tener que pelear con ella, esperaba que el hombre que la acompañaba tomara su lugar. Pero por prestarle demasiada atención al alma de su oponente, es que Yoh logró tomar una iniciativa.

Con rapidez, los dedos de Yoh presionaron dos puntos sobre el cuello y la espalda de la sacerdotisa que lograron que perdiera todo sentido, sujetándola con cuidado en sus brazos.

El lobo espiritual, Garou, gruñó ante la traición. Yoh no le tomó demasiada importancia a sus garras afiladas al acercarse a él con Anna en brazos.

— Tranquilízate, es por su bien. Después podrás morderme todo lo que quieras— le pidió gentilmente al lobo— Pero ahora necesito que me dejen hacer esto. Cuida de ella por favor.

Al tener la complexión de un gran león, el lomo de Garou fue capaz de darle cabida a su dueña— Y si algo malo llegara a pasar, llévala a un lugar seguro.

Garou se alejó lo suficiente de aquel claro, pero a una distancia en la que sus ojos pudiesen ser testigo del enfrentamiento del shaman y el siniestro guerrero pelirrojo.

— Gracias por esperar— añadió Yoh con tranquilidad al tomar su puesto en el campo de batalla.

Hidesato mantuvo a Saiketsu entre sus dedos y le dedicaba una mirada indiferente— No te confundas, nunca he sentido placer por tener que pelear con una mujer… Me complace ver que tuviste las agallas de enfrentarte a mi en vez de lanzar a tu compañera a una muerte segura.

— Anna es impetuosa en ocasiones— sonrió rascándose la nuca.

— Acabemos con esto— el que su oponente no estuviese tomando en serio lo que estaba por pasar le desagradó por completo— De seguro, otros como tú vendrán pronto y necesito que el escenario esté despejado para darles el debido recibimiento— levantó su espada por encima de su cabeza con los brazos extendidos.

Yoh observó los cuerpos de todos esos guerreros y sintió un gran pesar, acompañada por una infinita rabia que se esforzaba por reprimir.

— En esas condiciones no creo que puedas retenerme por mucho tiempo— aseguró Yoh al observa las heridas abiertas en el cuerpo de su oponente.

— No te fíes de tus ojos. Tal vez mi cuerpo está muriendo, pero mi espíritu no abandonará este mundo todavía— aclaró el pelirrojo— De cualquier forma, esta será una pelea justa, tus fuerzas flaquean, la energía abandona tu cuerpo rápidamente, de seguro permanecer de pie es todo un reto para ti, por lo que deja de preocuparte por tu enemigo y enfócate… Si mueres aquí, te juro que inmediatamente iré sobre la mujer— añadió con una malicia fingida.

Pero para Yoh, él estaba hablando muy en serio. El hecho de saber que de ser derrotado Anna podría salir afectada activó varios de los instintos que no solía emplear en combate.

En sus manos apareció la espada de hoja azul con la que ha derrotado a muchos enemigos, esperando esta vez no ser la excepción.

No habría mas preámbulos, Hidesato no se sentía con la paciencia para ellos, mucho menos cuando gran parte de si se encontraba preocupado.

Se impulsó hacia su adversario, dejando escapar dos golpes de su espada que desató una onda cortante que formó una cruz. El shaman imitó esos movimientos, logrando un efecto simular, logrando que ambos ataques chocasen entre ellos y explotasen ruidosamente.

Yoh saltó al cielo para salir de la cortina de humo, seguido por un Hidesato que lo alcanzó con una estocada que Yoh pudo evadir e iniciar un choque de espadas.

El pelirrojo obligó a Yoh el ascender, poniendo en evidencia su capacidad para volar. El shaman sujetó con ambas manos su arma espiritual mientras Hidesato solo empleó una. La que quedó libre y sin atención es la que empleó para entrar por la defensa del shaman y atinar un potente golpe en su quijada, pero Yoh logró lanzar una patada que Hidesato retuvo con su antebrazo.

Creando distancia, es que Yoh logró emplear su técnica— ¡Espada letal de Amidamaru!

El pelirrojo interpuso su espada, reteniendo el paso de esa hoja letal, la cual se disolvió por la influencia de las energías malignas de Saiketsu. Sin esperar demasiado, Hidesato respondió el ataque con otro, siendo su mano la que emitió una esfera de luz que golpeó a Yoh brutalmente.

El shaman cayó al suelo visiblemente adolorido. Hidesato caía en picada tras de él, con la punta de Saiketsu dispuesto a atravesar su corazón, pero Yoh concentró sus fuerzas y logró expandir su ki, creando una barrera transparente que repelió a Saiketsu encima de su cabeza.

Hidesato permaneció parado de manos sobre aquel campo de energía. Sus guantes se electrificaron por el contacto con esa burbuja, saltando para volver al suelo donde permaneció como felino.

— Que sorpresa, parece que tienes la misma capacidad que yo de controlar tu fuego interior— añadió analítico el pelirrojo.

Yoh despabiló sus malestares y se concentró solo en la pelea— Tuve un buen maestro— se limpió la sangre de la boca que el golpe en su rostro provocó.

— Demuéstralo entonces, ¿o es que acaso tu maestro solo te enseñó a huir y a defenderte?— añadió burlesco.

Las enseñanzas de Kerbasi volvieron a escucharse en su cabeza— No eres un espadachín por naturaleza, tú decidiste convertirte en uno para estar en equilibrio con el espíritu que te acompaña...

Yoh admitía que su capacidad de esgrima era fácilmente opacada por la de su enemigo. Si no podía superarlo en eso, entonces estaba seguro que su control sobre el ki debía ser mejor, lo sabía ya que el golpe que recibió no se comparaba con los que sintió provenir de Shaoran Li, ni mucho menos del Maestro Kerbasi.

Yoh desplegó su campo protector en el momento en que volvió a empuñar su arma espiritual, dejando que esa energía pasara a cubrir su cuerpo. Lanzándose al ataque.

Hidesato volvió a responder el duelo de espadas, pudiendo ver todos los huecos en la ofensiva del shaman, espacios por los que su puño volvería a entrar, pero esta vez Yoh se adelantó y nuevamente una patada buscó dañarlo.

Hidesato volvió a interponer su antebrazo cubierto por el brazal de acero, reteniendo con éxito ese pie, pero debiendo emplear mayor fuerza para retenerla. Se distrajo momentáneamente al escuchar un tronido, observando absorto como es que su brazal se había cuarteado.

Yoh aprovechó ese titubeo y su espada logró un corte en el peto de esa armadura tras emplear su técnica tan de cerca— ¡Espada letal de Amidamaru!

Hidesato fue arrastrado por esa corriente cortante conforme su armadura resistió lo suficiente hasta poder salir de la trayectoria de ese ataque. Perdiendo una de las hombreras y parte del peto que cubría su corazón es que el pelirrojo permaneció en el aire.

Se sujetó el pecho adolorido, la sangre que brotó en abundancia de su hombro cubrió con rapidez su pecho descubierto y malherido, ocultando los tatuajes que se acentuaban sobre la ubicación de su corazón.

Yoh esperó en el suelo, donde se creía más hábil. Observando el rostro adolorido de su oponente quien no se permitió el desfallecer.

Furioso, Hidesato emplearía a Saiketsu una vez más. Comprendiendo que era alguien a quien no debía de enfrentar abiertamente. Dejaría que su espada se encargara de él, después de todo ella misma se lo estaba pidiendo a gritos.

Un movimiento lateral y la hoja de esa espada maldita se dividió en numerosos fragmentos. Yoh tuvo un mal presentimiento, sobretodo cuando esos pedazos de metal se precipitaron sobre él.

Esperó lo suficiente para saltar en el momento justo y que encontraran el duro suelo como destino, pero en cuanto Yoh se movió, el enjambre de metal cambió de rumbo, rozándole las sandalias peligrosamente.

Sin dejar de utilizar la técnica de vuelo, Yoh logró superar la velocidad de Saiketsu.

En vista de ser un oponente escurridizo, Hidesato lo interceptó por la retaguardia. Sujetándolo por los brazos y jalándolos hacia atrás, utilizando su rodilla para presionar el punto medio de la espalda de Yoh.

Yoh gritó por el brusco estiramiento de sus hombros, los que sentía estaban por salirse de su lugar.

— ¡Vamos Saiketsu, es todo tuyo!— insistió el amo a su espada.

¡Amo Yoh!— sin previo permiso, el espíritu samurai que mantenía sus esfuerzos en la espada espiritual abandonó su tarea, solo para que su cuerpo fantasmal sirviese red, atrapando e inmovilizando los pequeños trozos en las que Saiketsu se había convertido.

A un nivel espiritual diferente, el fantasma Amidamaru peleó contra la voluntad de esa espada rival.

Dentro de esa bruma de energía espiritual, los dos espíritus lucharon y desgastaron sus fuerzas. Amidamaru observó la niebla que destiló todo ese metal y tomó una forma pasajera.

Saiketsu se presentó con la imagen de una fuerte mujer de color; su cabello negro y trenzado; escasas ropas que cubrían sus atributos femeninos sobre sus hombros y atada a su cintura; Su oscura piel atiborrada de tatuajes tradicionales de tierras africanas que resaltaban en un intenso color carmesí. Una mascara de caoba con mentón alargado, adornada con pintura roja que daba la sensación de chispazos de sangre.

Insulso espíritu de oriente, ¿te atreves tú a oponerte a mi gran voluntad y hambruna?— dijo con una doble voz de hombre y mujer— ¡Te advierto que tu poder de 200 años es insignificante para el que yo he acumulado por centurias!

Amidamaru no consentía que un espíritu hermano ayudaran al mal— Eres un ser conciente… ¿Entonces dime por qué es que prestas tu gran poder a humanos que acabarán con este mundo y con aquellos que pueden escucharnos y entendernos? ¿No deberías ayudar a aquellos que te necesitan y pueden ayudarte? ¿Aquellos que pueden entender tu verdadera fuerza?

¿Qué te hace pensar que este hombre no me entiende?...— añadió conformé las trozos de metal comenzaron a vibrar frenéticamente— No me interesa quien me domine mientras sea digno de hacerlo… No me interesa con qué fin destazo a los enemigos de quien me empuña …. ¡No me interesa lo que pase mientras yo pueda seguir al lado de un ser que satisfaga mis necesidades!— su energía espiritual comenzó a romper el cascaron en el que Amidamaru deseaba retenerla— ¡Desaparece!

Hidesato se extrañó ante el desafío de esos dos espíritus. Yoh debía aprovechar esos segundos para liberarse o terminaría con el pecho completamente destrozado.

Reunió cada gramo de fuerza que se dispersaba por su cuerpo debilitado. Aspirando profundamente para encontrar la concentración que necesitaba. Pidió ayuda a un nivel inconsciente y expulsó en un estallido el ki que había logrado acumular.

Hidesato resistió esas flamas invisibles que estaban quemando su rostro y su carne. Sus heridas ardieron y secretaron mas sangre por la tensión de esa fuerza explosiva. El metal de sus guantes se enrojecieron al rojo vivo. Sabiendo que no resistiría mucho tiempo, Hidesato tomó el cuello de Yoh el cual esperaba romper o rasgar, pero el shaman, al sentir un brazo libre, logró girar y atestar un poderoso golpe en el costado izquierdo del pelirrojo.

Su puño se encajó con fuerza sobre ese punto de presión, destruyendo el pedazo de armadura que lo cubría.

El pelirrojo soltó al shaman, hundiéndose en la tierra tras el severo golpe que había inyectado un violento ki que afectó mucho de sus órganos internos.

Hidesato permaneció en el suelo aturdido por el sufrimiento, tosiendo con fuerza al sentir la asfixia de la sangre acumulada, y por el dolor en el pecho que estrujaba su corazón.

Yoh cayó de rodillas con los brazos adoloridos y cansados. Giró su atención hacia donde escuchó el viento romperse solo para recibir de lleno la lluvia de metal que se incrustó por todo el flanco izquierdo de su cuerpo.

Fue devorado por esa arena que intentó meterse por su boca, sus oídos y su nariz. Viajó sin saberlo desde las profundidades de la tierra hasta la superficie, cuando la misma columna dorada que lo apartó del lado de su princesa lo devolvió al desierto.

Cayó y rodó por una duna pronunciada, con rasguños leves en sus brazos y rostro por el paso enfurecido de los granos de arena.

Aspiró profundamente ante la presencia de aire limpio. Levantándose lo más rápido posible al no ver a su protegida por ningún lado. Asustado y nervioso, el monje miró en todas direcciones. Desorientado tras no ver mas que el infinito desierto.

Una tormenta de arena estaba por comenzar, no por medio naturales sino por deseos de la mente y poder de un individuo que ansiaba aparecer frente a ese viejo conocido.

Baralai protegió sus ojos de la corriente arenosa, percibiendo una presencia que lo inquietó e hizo saltar sus emociones.

Fue más sencillo de lo que esperé— alguien dijo en su cabeza— Pensé que habría más resistencia de tu parte por permanecer con tu princesita, pero al final resultaste un guardián inútil e inadecuado para el papel que debías desempeñar…

Después de tantos años, Baralai buscó al individuo que lo retaba con su insolencia. Alzó la barbilla para encontrarse con su hermano menor— … Eastor…

El joven sonrió, con sus ojos cerrados. Sin que sus labios se movieran es que volvió a comunicarse— Baralai, ha pasado mucho tiempo mi estimado hermano.

— No lo suficientes para ver borrada tu traición— añadió despectivo.

Predecible como siempre. Es verdad, tal vez traicioné esas absurdas creencias religiosas pero, ¿Qué es más despreciable? ¿Traicionar tus creencias o traicionar a tu sangre?...— sus facciones mostraron la misma rabia y recelo que la ultima vez que le vio— Yo confié en ti, y tu preferiste acudir como perro faldero a ese dios falso.

— ¡No tienes derecho de reprocharme nada! ¡El Gran Maestro tuvo razón sobre ti, debió eliminarte cuando pudo!

Exactamente. Pero el infeliz tuvo la maravillosa idea de castigarme de esta forma…— sus pies se mantenían levitando sobre la arena— Quitarme todos los sentidos… Admitiré que fue un duro castigo, lo suficiente para haber llamado a la muerte una y otra vez… hasta que ella finalmente acudió.

— Pero no para llevarte— indicó desafiante.

Para pelear por ella… Es interesante tener tiempo de sobra para descubrir la verdad de cada acción o intención… El destino pesa incluso hasta para los mismos dioses, y ¿sabes lo que descubrí?— añadió acercándose lentamente ha donde se encontraba su hermano mayor. Su cuerpo permaneció quieto e inmóvil, solo su cabello y ropaje que golpeaba el viento.

El gran maestro no me mató ni por piedad hacia mi, a ti o al viejo maestro, no… No acabó conmigo porque sabía que tentaría el designio de otras fuerzas superiores a él mismo. Tu ya lo sabes Baralai, no juegues al inocente conmigo…— cara a cara los dos monjes se mantuvieron en tregua— Nacimos para tomar un bando. MI decisión fue lo que te permitió ser parte del grupo de la luz, la princesa fue tu protegida… En cambio yo, decidí seguir lo que me dictaba MI instinto, yo protejo a la otra estrella del cambio, Unna fue MI designio— enfatizó— Fue por MI que tú fuiste el bendecido y yo el exiliado ¿no es curioso? ¿Qué me debas tanto y no lo agradezcas?

— No te debo más que el peso de la vergüenza, Eastor…— retrocedió el monje— Si alguna vez sentí piedad por ti, si dudé de lo que hice aquel día, bastó con saber que has sido el responsable de tantas muertes, de tanto mal, para saber que siempre fuiste una mala semilla que germinó silenciosa, llena de odio y envidia.

Duras palabras, pero eso dejó de importar hace mucho tiempo… Ese día en que vi por ultima vez, me juré que haría pagar a todos los que me traicionaron… Fue una pena el que el Gran Maestro pereciera por su cuenta, me impidió el darme el placer, pero fue una delicia el sentir su muerte aunque fuese en la lejanía, supongo que tu también lo sentiste…

— No blasfemes más Eastor, no permitiré que hables de esa forma… Oh, cierto, lo olvidaba, no hablas, simplemente encontraste una forma de transmitir tus sucios pensamientos— añadió sarcástico.

Y el anciano… murió bajo uno de mis preciados alumnos— sonrió, su risa logró resonar en la cabeza de Baralai— Eso fue muy placentero de ver…

— ¡¿Qué dices?!

Estando tan lejos supongo que eres demasiado mediocre para no haberlo sentido… Pero el querido maestro es historia.

— ¡No creeré tal cosa!

¿Por qué habría de mentir? Es una gran noticia que quiero compartir contigo… Ah, pero espera, es verdad, su muerte no te beneficia en nada, al final tanta devoción no te cede el titulo de su sucesor, que lastima…— su malicia no parecía tener limites— Pero bueno, no debes sentirte mal, ya tendrás a otro maestro al cual servir fielmente, claro, si yo te lo permito.

El pensar que u maestro había muerto le dificultó un poco el respirar. Cuando abandonó su lado, no creyó que sería la última vez que lo vería…

Baralai lanzó una mirada iracunda a su hermano menor, lanzando un golpe a su mejilla, pero un vacío se interpuso entre ambos, utilizando la misma esfuerza que absorbió del golpe para empujarlo hacia atrás. Baralai sujetó su puño lastimado por la descarga recibida.

Espero que eso te haya enseñado que, aunque no pueda mover mi cuerpo, logré encontrar la forma de prescindir de él… Sin proponérselo, es al Gran Maestro a quien le debo este desarrollo, finalmente comprendí la razón por la que sus ojos permanecían sellados… Incluso hasta al final me enseñó mucho, asegúrate de decírselo cuando vuelvas a verlo en el mas allá…— una violenta brisa que emergió de su espalda vapuleó a Baralai, abriendo serios cortes en su cuerpo hasta finalmente atravesar una duna.

Reponiéndose con rapidez, Baralai lanzó un golpe con el que libero su energía, siendo un puño invisible el que alcanzó a tocar el pecho de Eastor.

A una velocidad que superaba el sonido, es que Baralai se acercó para atacar, pero el brazo del monje se detuvo a escasos centímetros de la cabeza del monje de ojos cerrados; si estirara sus dedos apenas y podría rozar su nariz.

Como puedes ver, he dominado un arte diferente a tu primitiva fuerza bruta— dijo de modo arrogante— Ohm— pronunció en su mente, y al instante, el brazo de Baralai se torció al punto de la ruptura. El monje gritó adolorido, pero su hueso se encontraba intacto— ¿Qué te parece? Una orden más, y tu brazo se romperá como un madero…

Pero Baralai no iba a darle esa oportunidad, extendió su dedo índice, disparando un fino rayo de energía que dio en la frente de Eastor.

Al sentirse libre de esa fuerza mental es que volvió al ataque inicial. Cuando su hermano retrocediera con la frente ensangrentada, es que aprovechó para descargar una serie de golpes sobre ese frágil cuerpo que se dobló ante cada puñetazo.

Numerosas serpientes de arena se levantaron de entre las dunas, las pizcas terrosas se movían violentamente como un taladro que perforaría hasta el más duro de los metales.

Al ver las sombras pronunciadas sobre él, Baralai se apresuró por esquivar esas mortales hélices, expandiendo su ki para destruirlas, siendo sorprendidas por algunas de ellas que brotaban inesperadamente de cada punto en el suelo.

El cuerpo de Eastor se mantuvo en el aire. No había dolor físico, no cuando su sentido del tacto había sido desconectado hace tiempo. La arena respondía a su voluntad, lo protegía de los proyectiles de luz de su hermano mayor.

El desierto era su herramienta, la arena eran sus brazos, y que poderosos eran al lograr sujetar la pierna de su oponente.

Como arena movediza es que su pierna se fundió en ese brazo arenoso. Un pensamiento y la arena estrujó ese brazo hasta quebrarlo. Baralai dejó escapar un grito ensordecedor que se apagó cuando ese tentáculo lo jaló hacia al interior del océano de arena.

Luzbel, ese nombre no significaba nada para Yue, ni tampoco había forma de saber la razón por la que esa mujer lo convirtió en blanco de muchas de sus frustraciones y fanatismo.

Fue una casualidad el encontrarse frente a frente a un ángel más. El primero, aquel que le dio combate en tierras de oriente y al que pudo vencer, no tiene comparación con la criatura que encontraba en suelo impío… Pero este ser era diferente; esas majestuosas alas blancas que protegían su ancha espalda, cabello plateado como las trompetas de los seres celestiales, rasgos tan finos que solo el paraíso pudo haber sido cuna de ese ángel; incluso sus ojos de cristal podrían ocultar las verdades míticas del universo. Un objeto de admiración y veneración al que podría postrarse sin titubear, pero no ocurriría tal cosa, no si esa criatura estaba protegiendo a los monstruos.

Rápido fue su entendimiento en cuanto se percató del bando por el cual luchaba, y pronto supo que había que eliminarlo… Dios dispuso que ella se encargará de borrar de la faz de la existencia a ese ángel caído.

El jubilo que vibró en su corazón fue infinito, al sentirse una vez más la elegida para llevar a cabo una de las máximas proezas.

Un sentido de peligro le alertaba a Yue que debía tener cuidado con esa mujer. Permaneciendo en el suelo, despacio intentó ponerse de pie, pero en cuanto sus manos se convirtieron en su punto de apoyo, Neit dejó que su pie se clavara en la quijada del ser angelical, alzándolo por la fuerza empleada.

La mujer del crucifijo desató un par de veloces golpes en el pecho del ángel una vez que lo tuviese a su altura.

Yue cayó pesadamente de espaldas, con inmenso dolor en su cuerpo y en su pierna herida.

Neit volvió a lanzarse sobre él con el puño extendido. En un acto inconsciente, Yue tomó ese puño metálico, reteniendo el impulso de su atacante.

Neit resistió y aceptó el duelo de fuerzas pese a que su puño tembloroso no logró hacer retroceder al de Yue.

Su cuerpo reaccionó por instinto propio, y el ángel descargó su técnica de hielo sobre la mujer la cual fue arrastrada dentro de la lluvia de estacas de cristal.

Aunque pensaran que la fusión con Yukito Tsukishiro debilitó las capacidades del guardián, Yue estaba lejos de haber perdido todo lo adquirido por las enseñanzas y las experiencias pasadas. Todo estaba en su cabeza, quizá su mente no lo recordaba pero su cuerpo sí.

Los cristales que la golpearon se despedazaban en el mismo instante. Neit sentía la lesión pero eran tan pequeñas como agujas que no ocasionó malestar en ella.

Con giros acrobáticos, la mujer se apartó del campo de hielo, alistando rápidamente el látigo que buscó al ángel.

Yue logró abandonar el suelo empleando sus alas, desplegando su campo protector. El látigo barrió el suelo bajo sus pies— No entiendo la razón por la que me atacas de esta forma, por lo que solo lo diré una vez mujer, abandona esta locura y márchate. De lo contrario te juro que te arrepentirás— aclaró con su tono indiferente. Aun después de estar sufriendo por sus heridas y de encontrarse solo, era capaz de mantener su fría mentalidad.

Neit recogió el látigo negro y lo tensó entre sus dos manos— Típicas palabras proviniendo de tu lengua de serpiente— añadió con fascinación— Tal vez tus artimañas te hayan funcionado con nuestros primeros padres, pero estas tratando con la persona equivocada.

Con pocos movimientos y sagacidad, nuevamente Neit apuntó con su arco y flecha hacia el ángel que la miraba desde el cielo— En el nombre del Dios Creador, regresa al averno del que no debiste salir.

La flecha se tornó en una bruma oscura que salió disparada contra la criatura.

Yue no temió solo hasta ver como es que esa negra energía adquirió fauces y ojos resplandecientes. Ese extraño proyectil golpeó con brutalidad el campo de energía, rompiéndolo conforme lo empujaba por el cielo.

El ser alado expulsó su energía para disipar esa concentración de oscuridad, logrando protegerse aunque su campo se destruyera.

Un zumbido lo alertó de nuevo, reaccionando tardíamente cuando Neit le dio alcance en el aire con un gancho que se alojó en la boca del estomago, sofocándolo completamente. La mujer tomó con una mano una de las flechas que guardaba en su espada, dispuesto a utilizar la punta de esta para enterrarla en el cuello de la criatura.

Pero Yue volvió a reaccionar, encendiendo sus brazos con su aura cortante es que deshizo el improvisado puñal. Con una estocada de su mano, el ángel intentó penetrar a través del oscuro peto de su adversaria, pero Neit se movilizó con astucia y evadió el mortal golpe, logrando colocarse a su espalda; mas Yue fue veloz y su pie atinó una patada en el vientre de la mujer.

Tras haber hecho contacto con un golpe, fue capaz de atestar algunos mas con su pierna sana.

Al sentirla a su merced, Yue lanzó un golpe vertical con su mano. Neit cruzó sus muñecas para interponerlas en el camino de esa espada, logrando no solo detener el avance de la misma, sino de sujetar el brazo del ángel al cual arrojó bruscamente a tierra.

Las alas de Yue alcanzaron a detenerlo a pocos centímetros del suelo, girando ágilmente para volver a la ofensiva, sin embargo, la mujer se había adelantado primero, y con su látigo lo hirió con severidad.

Cada golpe de ese pesado material desgarró no solo ropa sino también piel. Imposibilitado de librarse de ese tormentoso huracán de golpes, no lograba enfocarse en otra cosa que no fuese la agonía del que su cuerpo era objeto.

Tembló de pies a cabeza una vez que cayera a tierra. Se sentía atado de pies y manos al estar en una situación tan terrible, debilitado por el salvajismo de sus adversarios. Nunca había experimentado nada como eso, y por eso es que él… No, era lo suficientemente orgulloso para no admitirlo, se acongojó por los pensamientos que circulaban por su cabeza en ese momento.

Respiraba con dificultad, permaneciendo de rodillas al querer erguirse de nuevo, sabiendo que le tomaría tiempo en lograrlo por el intenso dolor.

La mente de la asesina trabajaba como una locomotora que no poseía frenos, entre más velocidad adquiría, mas fácil se volcaría ante la pequeña curva que encontrara en su camino. Sus pensamientos se nublaban y volvían en un instante, solo agravando más su innata locura— Tú, que fuiste testigo del sacrificio del hijo de nuestro Señor, te permito experimentar por primera vez el mismo calvario por el cual él pasó— se permitió caminar con lentitud alrededor del ángel de alas ensangrentadas. Le parecía maravilloso el escenario frente a ella: el cielo poblándose de completa oscuridad, estruendos por doquiera, las señales del Apocalipsis, las trompetas de los ángeles…— Si su muerte dio paso a la purificación de los pecados del hombre… ¡la tuya será sin duda la liberación del mal de este mundo!

Yue la miró entonces, sus ojos llenos de odio y frustración, tenía que sacar fuerzas de alguna parte, y los pensamientos negativos en ese instante se volvieron los más tentadores— Estas demente… Nada de lo que dices tiene sentido— dijo con crudeza, era evidente los desvaríos de su oponente. En algún punto, ella lo estaba confundiendo con alguna otra clase de entidad.

Yue miró sus manos, su cuerpo, el suelo que se teñía de rojo… Nunca había visto su sangre, nunca…

Un latigazo más por ese atrevimiento, pero el ángel rodó hacia al frente para evadirlo. No estaba dispuesto a continuar así…

— "…el justo exultara al ver la venganza, y sus pies lavara en la sangre del impío"— citó cuando debió cruzar la tierra mojada por el color carmesí— Cuantas señales… Es claro para mi ya… Escúchalas bien, las trompetas de tus hermanos, los anuncios del fin del mundo… Maravilloso… Pensar que fui parte de esto, que glorioso para mi familia, que glorioso para mi padre…— murmuró al desvariar de nuevo— Dios envío a dos ángeles a ponerme a prueba… Las he superado todas— rió levemente— ¿o para detenerme?...— pensó perturbada y preocupada— … Sí… Ahora entiendo lo que debo hacer… Muchos han sido los sacrificios que le hemos dado, pero eres tú Luzbel el que debe ser crucificado para que los hombres alcancemos la verdadera gloria, para que el mismo Dios decida venir y ponga fin a todo este caos… Tenemos que obligar a Dios a voltear y mirarnos… Si, eso es… Obligarnos a que nos destruya…

Yue aprovechó esa distracción para volver a emplear su técnica de hielo, pero Neit estaba más enfocada de lo posible. Un movimiento de su látigo y destruyó las estacas, golpeando del mismo modo al ángel una vez más— Matando a su creación más bella, a su ángel predilecto, al casi perfecto…— sus ojos mostraron una perdida de conciencia total, pero también de una determinación intimidante— ¡De esa forma él vendrá y contemplaremos su ira divina!— su arma partió el suelo una vez más al sentir una gran motivación que la impulsaba a la destrucción.

FIN DEL CAPITULO 38