Disclaimer: InuYasha, su historia y sus personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, yo simplemente los tomé prestados por un tiempo indefinido para escribir esta historia sin fines de lucro.


Negocios Prohibidos

Por: Samantha Blue1405

Capítulo 35: ¿Citas?

— Gracias, señor Sesshomaru —repitió, con los ojos al borde del llanto. Ni en sus más locos sueños podría haber predicho que esto pasaría. Sesshomaru logró reunir a su familia, y jamás tendría cómo agradecérselo o cómo retribuírselo.

— Deja de llorar —le reprendió sin expresión en su rostro, limpiando una lágrima rebelde que ya había empezado a rodar.

Ella asintió, viendo como las dos siluetas que tanto esperaba ver, descendían del auto. Y sin poder contenerse por más tiempo, se soltó del agarre de Sesshomaru y corrió a ellos, como solía recibirlos cuando era más pequeña y vivían en Blue Lake House. Se abalanzó sobre los barones tan fuerte, que por poco logra derribar a la baronesa, y las dos se fundieron en un abrazo, al tiempo que Danielle no dejaba de besar la frente de su sobrina, acunándola en su pecho.

— Mi niña —susurró—. Mi pequeña Marianne —repetía una y otra vez, como tratando de convencerse también de que no era un sueño. Luego de tantos años, por fin podía tener a su pequeña entre sus brazos.

El Barón las observaba en silencio, sumergido en sus pensamientos y su propia nostalgia, tal vez recordando alguna grata escena del pasado. Entonces, Rin le lanzó un efusivo abrazo también, sin soltar del todo a su tía. Estaban juntos como hacía muchos años. No recordaba la última vez que estuvieron juntos y felices, había pasado mucho más tiempo del que recordaba. Sin embargo, faltaba alguien más.

— Kagome —le llamó Rin, desprendiéndose momentáneamente de ellos, pero sin soltarlos del todo, temiendo que se esfumaran si lo hacía. Le sonreía a su hermana, animándola para acercarse.

La mayor dudó un momento, pero al ver los ojos cálidos de sus tíos, llenos de amor y añoranza, no pudo resistir más y también corrió hacia ellos, soltando la mano de InuYasha.

Los Feldman por su parte ya habían saludado a Sesshomaru y a InuYasha, y observaban complacidos aquel reencuentro. Nadie más que ellos podía dar fe de cuánto amaban los barones a sus sobrinas, y cuánto habían sufrido todos al separarse. Los Feldman y sus hijos fueron testigos de primera mano de lo que habían tenido que pasar, y si la situación se presentaba, serían testigos del largo camino que les quedaba por recorrer, si es que querían estar juntos de nuevo.

Sesshomaru no dejaba de observar a Rin. E InuYasha miraba a los Blake y a Sesshomaru de hito en hito, bastante sorprendido por la actitud de su medio hermano. ¿Qué le estaría pasando?, de repente parecía más generoso y mucho más humano de lo que sabía que era. Nunca había visto un gesto de tanta generosidad de parte de aquel demonio sin sentimientos quen tenía por hermano. Incluso, una parte de él esperaba que de verdad mantuviera a Rin encerrada en el palacio durante el fin de semana como castigo, y por eso estaba preparado para acudir en ayuda de su revoltosa amiga. Su medio hermano era alguien muy cruel, y él más que nadie podía dar fe de ello. Había visto cientos de veces como acababa con sus enemigos y detractores sin piedad: primero averiguaba sus debilidades y las utilizaba a su conveniencia, sin que estos pudieran imaginarse que tenían a un demonio blanco tras sus huesos, y Sesshomaru tenía la paciencia suficiente como para esperar hasta verlos casi acabados, para luego, dar la estocada final. Cuando eran capaces de darse cuenta de que Sesshomaru pretendía atacarlos, ya era demasiado tarde. Estaban acabados. Sin piedad alguna Sesshomaru lanzaba su última jugada. Él siempre obtenía lo que quería, y no le importaba sacrificar simples peones para obtenerlo. Por eso y por su astucia estaba logrando superar con creces el legado de sus ancestros, y con frecuencia InuYasha tenía el presentimiento de que Inu no Taisho siempre lo supo, pero temía que se convirtiera en el mounstruo que ahora todos creen que es.

— Keh… Así que ese era tu secreto —le susurró muy bajo para que los señores Feldman no escucharan.

— Cállate bestia —espetó.

InuYasha arrugó el entrecejo, y entornó los ojos en un gesto muy similar al del mismo Sesshomaru, y entonces por fin captó de qué se trataba todo esto. InuYasha era tosco e impulsivo, pero no era Rin para no ser capaz de darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor.

— Te enamoraste de la enana parlanchina —apuntó sonriendo con sorna, conteniendo una carcajada triunfal. El gran y temido Sesshomaru Ishinomori, el apodado "Emperador de Asia", había caído rendido antes los encantos de su despistada y menuda amiga, al igual que el raro de Hakudoshi, Kohaku y muchos imbéciles más aparte de él. Y aun así, estaba seguro de que la muy tonta ni siquiera se había percatado, así como no se había percatado de lo embobado que traía a Hakudoshi.

— Que te calles —le ordenó irritado, entornando un poco los ojos. Por alguna razón, aquella frase idiota lo había sacado de sus casillas.

InuYasha ensanchó su sonrisa, obteniendo la respuesta que esperaba escuchar y la confirmación a sus sospechas: Contra todo pronóstico, Rin logró cazar al Demonio Blanco, justo como ella misma lo había apodado sonriéndole pícaramente la primera vez que almorzaron juntos en la cafetería de los empleados, luego de aquella junta de accionistas en la que Sesshomaru lo había aplastado con sus poderosas garras a modo de bienvenida. Sin embargo, si Rin había hecho un esfuerzo enorme para conquistar con éxitos a su medio hermano, tendría que hacer el doble de trabajo para que ese imbécil lo admitiera. Era demasiado testarudo, nunca admitiría haberse enamorado. Se suponía que el omnipotente Sesshomaru Ishinomori no tenía sentimientos. Y mucho menos admitiría haberse enamorado de una joven que para todos no era más que una insignificante huérfana venida a más.

De repente, un enorme Collie de pelo largo tricolor saltó del Aston, llamando la atención de todos y deteniendo las burlas de InuYasha. El perro se lanzó sobre Rin como un bólido de pelos negro y fuego, derribandola. InuYasha abrió los ojos con preocupación, y Sesshomaru dio un paso adelante de inmediato, pero se detuvo al ver que Rin reía como niña, mientras el perro la olía y la lamía, como si no pudiera creer que de verdad fuera ella, gimiendo de felicidad de vez en cuando.

— ¡HIMEKO! —Chilló dichosa, sin importarle el golpazo que se dio en el trasero al caer— ¡Eres tú! —Rin permitió que el animal enredara su cabello y ensuciara su ropa. La perra ladraba y gemía, moviendo la cola, como si todavía no pudiera creer lo que estaba ocurriendo— ¡Estás enorme! —Le alabó entre risas, poniéndose de rodillas para abrazarla ante la mirada divertida de sus tíos y Kagome.

Rin miró fijamente a su vieja compañera de aventuras, perdida en sus recuerdos. Habían sido tantas las excursiones en bote al centro del lago, sólo ellas dos y un buen libro para huir de los condes y sus visitas, que no pudo evitar que le escocieran los ojos. Y luego de casi un minuto en silencio, perdida en aquellos ojos almendrados, le susurró:

— Perdóname —Depositó un beso cargado de culpa en su peluda mejilla—. Te abandoné —musitó, empezando a llorar y enterrando su rostro en el suave y esponjoso pelaje negro y blanco del cuello del animal, a quien parecía no importarle ni sus culpas ni sus disculpas, sólo le importaba ella, su ama. Su perra debió haber anhelado y esperado por tantos años por este reencuentro, que sentía la peor ama del mundo. Ella la había dejado en Blue Lake House un día, para nunca más regresar. Y eso le partía el alma.

Sesshomaru se acercó cuando lo creyó conveniente, antes de que Rin se desmoronara de nuevo ante sus ojos. No soportaba la idea de verla de rodillas pidiéndole disculpas a alguien, y menos a un animal. En silencio, le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie, y ella aceptó dedicándole una sonrisa, y agradeciendo su gesto con un asentimiento. Se veía radiante. A pesar del llanto y de los temores de Sesshomaru, ella estaba feliz, sus ojos castaños brillaban como nunca.

Luego del usual intercambio de saludos, Sesshomaru y Rin escoltaron a sus invitados adentro, seguidos de Ah-Un, quienes cargaban las maletas. Kazuyo los recibió en la entrada como siempre, y se apresuró a indicarles sus habitaciones. Kagome e InuYasha también subieron a sus habitaciones para acomodar las maletas, que habían dejado olvidadas en uno de los pasillos al llegar.

Rin y Sesshomaru permanecieron en la planta baja, junto con Himeko –que no se despegaba de Rin–, y viendo como Kazuyo y los demás se alejaban por las escaleras rumbo a sus respectivas habitaciones. Un silencio incomodó se cernió sobre ellos, interrumpido sólo por los jugueteos de Himeko.

— Señor Sesshomaru… —intentó decir, pero se sólo mordió el labio con ansiedad— ¿Por qué no me lo dijo? —le recriminó, hinchando las mejillas y arrugando la boca en una mueca extraña e infantil, pero agradable.

— ¿Tendría que haberlo hecho? —espetó viéndola por el rabillo del ojo con superioridad, haciéndola sentir más pequeña que Himeko. Rin agachó la mirada, acentuando su puchero.

— Supongo que no… —susurró, y justo cuando Sesshomaru creyó haberse librado de sus cuestionamientos, ella agregó—: Pero…

— ¿Te molesta? —le atajó con rudeza, encarándola por fin, ligeramente incómodo. Rin sintió todo el poder de su mirada de oro sobre ella, pero aun así se atrevió a verlo a través de sus espesas pestañas, con sus ojos chocolates plagados de gratitud.

— Para nada —esbozó una tímida sonrisa sincera—. Sólo que… me habría ahorrado mucho estrés, ¿sabe? —masculló un reclamo muy bajito, recordando lo angustiada que había estado al pensar que la encerraría de por vida para evitar que se reuniera con su familia. "Tú y tu loca imaginación, Rin…", se reprendió mentalmente.

Sólo obtuvo por respuesta un simple bufido, mientras él despegaba sus indescifrables lagunas doradas de ella. Rin se desinfló cuando dejó de sentir el peso de su mirada y se le quedó viendo, esta vez de manera sospechosa, como si lo hallará culpable de algo que acababa de descubrir. Él le devolvió la mirada, retándola a continuar viéndolo de esa forma tan insolente.

— Aunque de seguro esa fue su intensión desde el principio, ¿no es así?—le acuso, sin rendirse en aquel inusual duelo de miradas, pero él no daría su brazo a torcer tan fácilmente. Prácticamente era imposible ganarle un duelo de miradas a aquel hombre tan intimidante—. De seguro fue una de sus maneras de presionarme —se quejó, haciendo un mohín y rodando los ojos—. ¡Qué tonta! —y aquello fue más para ella que para él.

— Así es —dijo sin más, sonriendo cruelmente, sin un ápice de remordimiento o vergüenza. Aunque bien sabía que aquel hombre no conocía ni lo uno ni lo otro, simplemente hacía y decía lo que le venía en gana. Y Rin no supo si esa respuesta hacía alusión a su teoría o aquel último comentario dirigido a sí misma. Pero conociéndolo como lo conocía, estaba segura de que hacía referencia a ambas cosas, por lo que entornó los ojos, iniciando otro duelo de miradas sin importarle haber perdido el anterior.

— ¡Es el colmo! —refunfuñó, poniendo los ojos en blanco. No tenía caso reprocharle algo si se mostraba tan campante, así que mejor prefirió aprovechar su inusual humor para ahondar en terrenos menos estables— Señor Ishinomori… —dudó un segundo, respiró para darse valor, pensando que tal vez podría contar con un golpe de suerte— ¿Podría pedirle un favor? —inquirió clavando sus ojos en el suelo sin atreverse a mirarlo, estrujando sus dedos unos con otros. Y en vista de que él no respondió y el silencio se prolongó durante algunos segundos más, Rin levantó los ojos para verlo con ojos grandes y suplicantes. Se observaron en silencio unos segundos más, hasta que él por fin asintió una sola vez en respuesta a su pregunta. "De verdad debo de estar de suerte hoy."— ¿Podría ayudarme a guardar un secreto? —murmuró por fin, dudando aun.

— Me estás pidiendo que mienta —siseó entornando los ojos, acercándose peligrosamente a ella, poniéndola nerviosa. A Sesshomaru jamás dejaría de divertirle la reacción exagerada que tenía cada que se acercaba a ella premeditadamente y sin que se lo esperara. Su rostro se encendía de manera escandalosa, y podía jurar que su corazón empezaba a latir sin control. Y eso le gustaba. Le agradaba tener tal poder sobre ella.

— ¡No! —se apresuró a responder, sin comprender que no había sido una pregunta sino una afirmación, mientras sentía la cercanía de su poderoso cuerpo—Yo… no me atrevería a pedirle tal cosa —murmuró apenada, aunque en parte tal vez él tenía razón—. Es que… mis tíos creen que yo viví todos estos años con los Higurashi, porque nunca contacté a la embajada para informarles que Kikyo no quiso hacerse cargo de mí… y supongo que contactaron a tía Kikyo y ella les mintió. Así que asumieron que todo había resultado de acuerdo al plan.

— Quieres que les mienta —repitió con desgano, hastiado y tomándola por la cintura con más rudeza de la necesaria para obligarla a despegar sus ojos del piso. No podía disimular el enojo que le había provocado aquella chiquilla, y ni siquiera hizo intentos por ocultarlo tras su inalterable fachada, pues parecía que era imposible lograr que Rin dejara de mentir. Una exclamación de sorpresa escapó de los labios femeninos al sentir como sus pechos se apretaban contra su torso, pero esto sólo sirvió para que la asiera más hacia él y con mucha más fuerza, consiguiendo que ella luchara para zafarse de su agarre, sin obtener nada aparte de que él ejerciera un poco más de fuerza, doblegándola por fin.

— ¡Le dije que no! —Siseó rebelde, pero sonrojada hasta las orejas.

A Sesshomaru le causó curiosidad que pusiera tanto empeño en resistirse y rebelarse cuando aquel sonrojo delataba que no le desagradaba en absoluto aquel contacto. La vio hacer un puchero infantil para rehuirle la mirada, de seguro para no caer tan fácil, al tiempo que ponía las manos en su pecho para alejarlo.

— Sólo quiero que si le preguntan al respecto, diga que cuando usted me conoció yo vivía cerca de la universidad. Nada más —dijo con fiereza, recuperándose un poco de su nerviosismo—. Con eso será suficiente. Del resto me encargo yo —si algo pasaba, Rin les diría que había vivido en casa de los Higurashi hasta que ganó la beca y después tuvo que marcharse a un cuartito mucho más cerca de la universidad. Y mientras divagaba en su mente, no se percató de que había dejado de oponer resistencia, viendo fijamente una brillante y sedosa hebra de cabello platinado, que estaba justo frente a ella—. No quiero que sientan remordimiento por haberme dejado viajar aquí —balbuceó tan bajo, que incluso estando tan cerca, Sesshomaru tuvo que hacer un esfuerzo por escucharla—. Después de todo lo que debieron haber sufrido, me parece que lo mejor es que crean que he llevado una vida tranquila y feliz, ¿no cree? —Comentó, con aquella expresión suplicante en su rostro, apoyando las pequeñas manos en su pecho suavemente, sin intenciones de resistirse y trazando arabescos sin sentido en la tela de su camisa—. Es lo mínimo que merecen. Yo me prometí que haría hasta lo imposible para que ellos pensaran que he tenido una vida feliz… Así nuestro sacrificio no sería en vano —finalizó con una determinación que sorprendió a Sesshomaru, aunque no lo demostró.

Rin era sin duda una mujer extraña, y tal vez la persona más extraña que hubiese conocido. Siempre parecía sacrificarse y condenarse por los demás. Se había sacrificado por la salud de su abuela y luego lo había hecho por la de su tía, quien no lo merecía. Luego se sacrificó por Kagome y por sus tíos, aunque ellos quizás ni lo sospechaban. Y no pudo evitar preguntarse, ¿por quién se estaría sacrificando ahora? ¿Lo haría por los ancianos que pretendía ayudar con el proyecto de beneficencia de las empresas Ishinomori? ¿Para quién mentiría? Porque le quedaba claro que ella podría irse para huir de él en cualquier momento, si tanto le desagradaba la idea de ser su esposa, incluso podría encontrar la manera de romper el compromiso con el hijo del conde y recuperar lo que por derecho le pertenece pero, ¿por qué no lo hacía? ¿Por qué se quedaba a su lado, soportando a alguien que decía odiar con todas las fuerzas de su alma, aunque era evidente que lo deseaba tanto como él a ella?

— ¿Y tu hermana? —inquirió, desterrando sus propias interrogantes.

— Ella ya lo sabe —murmuró avergonzada.

No dejaba de quedar como una mentirosa delante de él. Pero era necesario hacer esto por sus tíos, no quería faltar a su promesa. Además, tampoco quería arruinar aquel reencuentro con confesiones que desatarían la ira de Anthony Blake. Y si Sesshomaru daba miedo enojado, su tío no se quedaba atrás. Todos debían huir y esconderse. Su tío se molestaría al saber que no contactó a la embajada cuando Kikyo desapareció sin dejar rastros, abandonándola, y más sabiendo que tenían instrucciones precisas de usar su salvavidas si la situación se ponía complicada. Y ese claramente habría sido el momento preciso para usarlo y hacer su llamada, pero no. Ella había sido obstinada, y decidió desobedecer la orden que le dieron y no hacer ninguna llamada. Así que no quería ni imaginarse el enojo de su tío. Aquello era peor que tomar sin permiso su Aston Martin, y eso sin duda había sido la peor travesura que Rin le hubiese hecho, pues ni la baronesa pudo salvarla. El castigo que recibió fue monumental. Se vio obligada a soportar las visitas de los condes durante ¡un mes!, un largo mes sin escapatoria alguna. Y sin contar que no recibió postres durante mes y medio, y sólo tenía autorización para jugar fuera de la mansión por una hora al día. ¡Una simple y corta hora! Y en una hora Rin no alcanzaba a trepar todos los árboles que quería trepar, ni recolectar todas las flores que deseaba, ni zambullirse en el lago con Himeko lo suficiente. Aquel fue sin duda es peor castigo de su vida. ¡Vaya que su tío se había enojado esa vez! Rin definitivamente la había sacado del estadio con esa travesura.

Sesshomaru la observó perdida en sus pensamientos y una risita traviesa se dibujó en su rostro pero ella rápidamente la ocultó. Y con ello, pareció regresar a la realidad, pues se encogió sobre sí misma, y pudo sentir como apretaba su camisa con ansiedad, sin atreverse a sostenerle la mirada. Parecía avergonzada de nuevo. Entornó los ojos, preguntándose si tal vez su pequeña mentirosa sentía vergüenza por tener que engañar a sus tíos, pero cuando tuvo que engañarlo a él, lo hizo con toda la maestría y el descaro posibles, e incluso se atrevió a retarlo. Grave error. Retarlo fue lo peor que pudo hacer. Tal vez uno de los peores errores que había cometido, lo que le había valido un terrible castigo.

— Yo no soy una mentirosa —masculló, sin imaginarse siquiera el tribunal acusatorio que Sesshomaru estaba montando en su mente para condenarla—. Odio las mentiras —confesó, y él solamente bufó, al tiempo que enarcaba una ceja. Y ella rápidamente arremetió—: Pero es difícil no mentir cuando tú mismo no eres más que una mentira—se defendió, levantando sus ojos chocolates, y viéndolo con una mezcla de nostalgia e indignación por su actitud—. Dígame, ¿qué hay de cierto en mí? —le retó con las lágrimas amenazando por salir—. Ni siquiera mi nombre, porque no es Rin Blake y mucho menos Rin Ishinomori —la voz se le quebró al decir esto último—. Mis orígenes: Más falsos que los anuncios de premios en la web —continuó ensimismada en sus recuerdos, sonriendo con sarcasmo mientras limpiaba bruscamente una lágrima que resbaló por su pómulo—. Tal vez lo único cierto sea que… —pero se cayó abruptamente, cayendo en cuenta que estaba hablando en voz alta y no en su cabeza. Como siempre, su boca la había traicionado y estaba hablando sin pensar. No había que ser un genio para adivinar lo que estuvo a punto de confesar. Estuvo a punto de decirle a su inquisidor y dictador personal que lo único cierto era que lo amaba. Amaba a Sesshomaru Ishinomori más que a nada, por encima de cualquier razonamiento lógico y asomo de cordura. Más allá de cualquier intento de amor propio, aun sabiendo que era una conducta autodestructiva. Lo amaba y no había nada que pudiera hacer al respecto.

— ¿Qué cosa? —le presionó, como si su sola mirada no ejerciera la suficiente presión sobre ella.

Rin guardó silencio, consciente de que estuvo a punto de hacer la cosa más estúpida después de haberse enamorado de él.

— Nada —le soltó, con la intensión de que pensara que era parte de su sarcasmo—. Todo es falso. Hasta esta farsa de matrimonio —se quejó, arrugando la boca y el entrecejo.

Y si Rin supiera cuánto le desagradaba escucharla decir aquello, no lo diría tan a menudo. Le sacaba de quicio que continuara pensando en su matrimonio como una farsa. Estaba harto y aquella niña insolente lo pagaría.

Sin embargo, su inminente discusión se vio interrumpida por el sonido de unos tacones y pasos proveniente de las escaleras. Ambos volvieron la mirada hacia la parte superior para encontrarse con los rostros de los barones y los Feldman, así que dándose un último vistazo de mutua complicidad, acordaron silentemente dejar su discusión para más tarde, y aparentaron naturalidad. Rin aprovechó la cercanía que tenía con Sesshomaru para rodear su cuerpo con los brazos, y de nuevo una sonrisa sincera de felicidad iluminó su rostro.

— Este castillo es magnífico —comentó Robert cuando llegaron abajo, y Sesshomaru asintió en agradecimiento por su alago.

De pronto, Rin se apartó inconscientemente de Sesshomaru, colándose entre los barones, y tomando a cada uno de una mano, como si fuera una niña y la llevaran a algún parque. Y aunque fuera estúpido, Sesshomaru no pudo evitar sentir una pizca de celos al no poder tener a su Rin para él solo. Lo abandonó, había preferido el brazo de sus tíos en lugar del abrazo que él le proporcionó. Nunca había sido despreciado de tal forma tan descarada por una mujer. Era como si Rin no se cansara de hacerlo enojar, pensaba frunciendo ligeramente el ceño.

Justo en ese instante, InuYasha y Kagome también les dieron alcance, y la sonrisa burlona de su medio hermano no se hizo esperar al notar la expresión casi inexistente en el rostro de su imbécil hermano mayor.

Parecía como si InuYasha le hubiese leído la mente, porque enarcó una ceja esbozando una sonrisa socarrona, como formulándole la pregunta obvia: "¿Celoso?". Sesshomaru apartó su vista de él, sin mostrar expresión alguna, y conteniendo el deseo de borrar a golpes aquella sonrisa de su estúpido rostro. Por lo que decidió concentrarse en los invitados, que por fortuna estaban fascinados con el lugar y no repararon en la silente discusión de los hermanos.

— He visitado algunos castillos japoneses antes —dijo el barón, continuando con los elogios a la propiedad, recordando los viajes que hacía con su hermano para visitar a su sobrina mayor hacía ya tantos años—, pero debo confesar que nunca me había hospedado en uno.

— Los muros son altísimos. Es muy diferente a todos los castillos que he visitado—mencionó Alicia, asombrada por la estructura y la arquitectura, tan diferente a los castillos ingleses y al propio Castillo Blake.

— La señora Ishinomori me contó que antes solía ser el centro de una aldea muy prospera —les mencionó Rin, sin percatarse de la mirada colérica que le dedicó Sesshomaru.

A parte de todo, también le molestaba que siguiera afirmando que la madre de InuYasha era la señora Ishinomori, cuando la única digna de ostentar ese título era ella. Pero aquella joven irritante estaba tan feliz caminando de la mano de sus tíos rumbo al comedor, que prefirió guardarse su reprimenda para después. Definitivamente, Rin sacaba a flote lo peor de sí con mucha facilidad.

— Y que el propio castillo y las murallas exteriores soportaron innumerables batallas —prosiguió, completamente ajena a los pensamientos de Sesshomaru—, ¡¿no es así, InuYasha?! —Preguntó animada, como una niña que cuenta a sus padres algo nuevo que aprendió en la escuela.

InuYasha a sus espaldas, simplemente asintió, dándole la razón, sin que la felicidad de su amiga pasara desapercibida para él. Debía admitir que el imbécil de Sesshomaru sabía mover bien sus fichas y se había anotado un punto de oro en el corazón de la enana revoltosa con esa jugada. Pero a pesar de todo, ver a su amiga tan dichosa no tenía precio, en especial sabiendo que ella se había sacrificado para serles de ayuda en su batalla contra Naraku. Se había quedado para ayudar a los Ishinomori aun cuando no era su deber, y aun cuando tenía opciones de salir airosa de las fauces de Sesshomaru.

Rin continuó con su relato hasta que llegaron a su destino. Su lado parlanchín había salido a flote, y no había nada que pudiera detenerlo, excepto tal vez un beso de Sesshomaru, pensó Rin con picardía, viéndolo de reojo, y por fortuna él no la estaba observando, porque de ser así, habría enrojecido como un tomate.

— El otro día, InuYasha me mostró parte de la muralla exterior —dijo cuándo todos se sentaron en torno a la mesita—, que se extiende a kilómetros a la redonda, y bordea esta colina y el lago. Prácticamente este castillo era el eje de una fortaleza bordeada por un foso profundo y en medio de una ciudad amurallada. Y en la aldea que quedaba a las afueras, había muchos cultivos. La señora Izayoi me mostró unos pergaminos viejos en los que se ve la disposición de los lugares de la ciudad y sus alrededores.

Entonces, en vista del silencio de Rin, los ingleses clavaron sus ojos en el par de hermanos, como alentándolos para que les hablaran más de la historia del castillo. Es bien sabido por todos que los ingleses aman la historia, y Sesshomaru lo sabía de primera mano porque a Rin le encantaba andar hurgando en los libros de historia que tenía en el despacho del pent-house. En varias ocasiones la había pillado sentada en el suelo del despacho con la nariz metida en sus libros, como un ratón de biblioteca, usando sus enormes lentes y con el pelo atado en una coleta. Generalmente estaba tan concentrada en su lectura que ni siquiera lo veía venir y casi pegaba un brinco al techo cuando lo sentía tras su espalda. Y él disfrutaba sobremanera sorprenderla, es especial porque se sonrojaba y se ponía de pie con torpeza, para luego caminar al librero para devolver los libros a su lugar, tropezando con los muebles; y después, desaparecía por la puerta como alma que llevaba el diablo, no sin antes dedicarle una mirada de soslayo, como cerciorándose de que no la seguía para comerla o algo por el estilo. Como si fuera un monstruo, o pudiera trasmitirle alguna enfermedad, si permanecía cerca.

Y en vista de que Sesshomaru no pretendía acceder a la petición de los invitados, pues miraba fijamente al jardín, InuYasha tuvo que hablar y aprovechar para practicar su inglés. Y a pesar de que quien puso empeño y dinero para restaurar la propiedad fue Sesshomaru, él tendría que hablarles acerca de todo eso.

— Es cierto —corroboró lo dicho por Rin una vez más—. La caballería y otra gente del castillo tenían sus viviendas dentro de los muros. En el pueblo del lado todavía se encuentran restos del laberinto de muros de la propiedad.

— Hace algunos años Sesshomaru restauró gran parte del castillo —continuó Rin, quien parecía tener más ganas de hablar que cualquiera, mientras se servía la comida sobre la mesa—, y ahora hasta se hacen visitas guiadas por ciertas áreas.

Después de eso, Rin continuó parloteando y hablando de todo, preguntando por Kate y Bobby, por los trabajadores de Blue Lake House y los perros, evitando por obvias razones hacer preguntas acerca de los condes y su hijo. Y de un momento a otro, la conversación murió porque Rin estaba demasiado concentrada en su postre como para seguir hablando. Lo único que detenía a Rin y sus historias, a parte de un beso de Sesshomaru, parecía ser un postre. Lo comió en silencio y con total concentración como si se tratase de un asunto de vida o muerte. Y al terminar no pudo evitar hacer un puchero, entonces Sesshomaru supo que aquel pequeño trozo era demasiado poco para ella, así que deslizó el suyo silenciosamente en su dirección, ganándose una amplia sonrisa a modo de agradecimiento.

Él simplemente la observó por el rabillo del ojo, sin alterar su expresión. No era fanático a los postres, y en más de una ocasión había resultado ser una suerte que Rin siempre estuviera dispuesta a acabar con todas las reservas de helado y chocolate del planeta, si el mundo se descuidaba.

— Disculpe, señor Ishinomori —dijo la baronesa sacándolo de sus pensamientos. Al saberse con su atención, la baronesa entornó los ojos suspicazmente, y añadió—: Tengo curiosidad… Su rostro me parece muy familiar... ¿Es usted hijo de la señora Irasue Huwyler?

Rin abrió los ojos, sin poder disimular su sorpresa, a diferencia de Sesshomaru, quien permanecía tan inmutable como siempre.

— Así es.

— ¡Lo sabía! —dijo triunfal—. Desde que lo vi noté cierto parecido entre usted y ella.

— ¿La conoces? —preguntaron Rin y Anthony casi que al unísono.

— Por supuesto —dijo con obviedad.

— ¿Quién no? —corroboró Alicia, viendo a la baronesa con complicidad y a luego a Anthony con extrañeza.

— La vi un par de veces en una que otra fiesta o coctel en Zúrich y en Paris—respondió con naturalidad.

Rin quiso preguntarle de todo acerca de esa mujer, incluso si de verdad era tan intimidante como la fotografía de la mansión. Sin embargo, sería mejor no abrir la boca y evitar meter la pata. Se suponía que estaba casada con el hijo de aquella mujer, así que resultaría muy extraño que no conociera absolutamente nada sobre su suegra.

El almuerzo terminó, y en todo ese tiempo, Sesshomaru no despegó sus ojos de Rin, pues la joven que tenía ante sus ojos, habladora y risueña, no se parecía en absoluto a la joven melancólica de la mañana. Y se preguntó cuántos estados de ánimo podría tener esa chica en tan sólo unas horas. Le parecía increíble que algo tan sencillo para él, como invitar a su familia a pasar el fin de semana en el castillo, hubiera sido suficiente para devolverle la sonrisa, en especial cuando a sus anteriores amantes ni siquiera les bastaban unos cuantos diamantes costosos para calmar sus caprichosos berrinches y ponerlas eufóricas, con el único fin de que lo dejaran en paz de una buena vez. Y sin embargo, aquellas sonrisas vacías no tenían punto de comparación con las brillantes sonrisas de Rin. Y contrario a todo lo que consideraba correcto, él no lo hizo para deshacerse de Rin y que lo dejara en paz. Sus motivos no podían ser más opuestos a eso.

El resto de la tarde pasó más rápido de lo que Rin y Kagome hubieran deseado. Luego del almuerzo, Kazuyo se ofreció a darles un recorrido por el castillo, pues los ingleses habían demostrado mucho interés luego de lo que Rin e InuYasha les habían mencionado. Kazuyo, mostrando su experiencia en las visitas guiadas, les narró la historia de la propiedad y les explicó las características de su arquitectura, e InuYasha hizo la labor de traductor. Al finalizar el recorrido, las mujeres se dirigieron al jardín para actualizarse en los chismes, acontecimientos y anécdotas de los últimos diez años. Mientras que los hombres decidieron quedarse en el salón de guerra principal, y aprovecharon el tiempo para hablar de negocios y beber sake. Sin embargo, Sesshomaru tenía otros planes en mente a parte de los negocios. Aún tenía un par de dudas.

— Sesshomaru, quisiera hacerle una pregunta… personal —dijo de pronto el barón, luego de que revisaran los por menores de su nuevo negocio, y adelantándosele a las intenciones de su interlocutor, mientras InuYasha le explicaba a Robert algo referente a las katanas en la pared, fingiendo no escuchar la plática de los otros dos.

Sesshomaru simplemente le indicó con un movimiento de cabeza que podía proseguir, y el barón no perdió el tiempo.

— Yo sé que Marianne…, es decir, Rin —se corrigió con cierta nostalgia. Nunca la llamaba Rin, a no ser que quisiera darle un regaño, y si ese era el caso, la llamaba por sus tres nombres y todos sus apellidos—, es una joven… —carraspeando la garganta y conteniendo una sonrisa irónica, agregó—: reservada, en especial con su salud. Y aunque estoy seguro de que tal vez ella no se lo ha mencionado, usted es listo y sabe cómo usar su poder —acotó entornando los ojos y con una franqueza que logró intrigar a Sesshomaru. El barón no se andaba con rodeos.

— ¿A qué se refiere? —inquirió sin expresión alguna. Los Blake habían resultado ser toda una cajita de sorpresas, y Rin una caja de Pandora. En cuanto le dio acceso a su vida, fue como si hubiera abierto las puertas al caos, en todo el sentido de la palabra. A su lado, hasta sus casi inexistentes sentimientos eran un completo caos. Un agradable caos, para su propia desgracia e incredulidad.

— Me refiero a que tal vez ella no le ha mencionado nada de su estado de salud, pero de seguro usted lo ha averiguado por su cuenta. Y como sé que no me dirá nada para no preocuparme —comentó rodando los ojos, conociendo perfectamente el carácter de su sobrina, y que prefería soportar el peso de cuarenta soles incandescentes antes de lastimar o darle problemas a alguien—, me atrevo a preguntárselo a usted —completó clavando sus ojos azules en él fijamente.

Sesshomaru no pudo evitar sorprenderse en su fuero interno al percatarse que el barón parecía leer a Rin como si fuese un libro abierto aun después de diez años sin verse. Y él, que llevaba viviendo bajo el mismo techo que ella por casi un año, sólo hasta esta mañana había podido desentrañar por completo su manera de pensar.

— Rin está bien —le aseguró, recuperando rápidamente la compostura sin que sus espectadores se percataran de su debate mental.

— Marianne nunca se ha alimentado bien —prosiguió, sin creerse del todo la afirmación de Sesshomaru, y sin poder evitar que cierta tristeza se colara a través de su voz. Anthony solía pensar que aquella renuencia a comer bien era causada por la tristeza y el vacío que le provocaba la muerte de sus padres y de su abuela. Creía que lo hacía sin pensar, como una forma de somatizar aquellas emociones tan fuertes para una niña tan pequeña—. En varias ocasiones tuvimos que llamar al médico por una anemia, que aparecía esporádicamente —le contó—. Y uno de nuestros grandes temores al permitirle venir aquí era que descuidara su salud —agregó, evitando adrede mencionar su teoría sobre la alimentación de su sobrina, pues no era asunto del heredero Ishinomori.

Y Sesshomaru guardó silencio unos instantes, sabiendo que el barón no se había creído del todo esa respuesta. Anthony, como adivinando el porqué del silencio del joven, aseguró con suspicacia:

— Marianne le dijo que no me hablara de su salud.

— No — respondió, maldiciendo por lo bajo. Ella no se lo había pedido, pero quiso, por primera vez, ayudarla, y no supo la razón—: Rin está en un tratamiento riguroso para la anemia. Pero se encuentra bien —Anthony lanzó un imperceptible suspiro pues, conociéndola como la conocía, de seguro se esperaba que la anemia no hubiese desaparecido. Aquella fue la respuesta que el barón quería escuchar.

— Gracias. Me alegra saber que cuida bien de mi Marianne —le dijo con sinceridad luego de una larga pausa—. Le confieso que temí mucho por ella —entornó los ojos al decir esto, clavando su vista en el horizonte despejado—. No quise dejarla sola o al cuidado de extraños en una ciudad como Tokio, así que las personas del gobierno contactaron a Kaede y a Kikyo, y quedé más tranquilo al saber que accedieron a cuidarla. Kaede es una buena mujer, y quiso mucho a Tomoyo. Y por lo que puedo ver, cuidó bien de mi Marianne.

Sesshomaru afiló su mirada al escuchar aquello. Según lo que le había entendido a Rin en la mañana, quien la recibió fue Kikyo, nunca mencionó nada sobre su abuela, aparte de que estaba enferma. Y Anthony acababa de afirmar que los encargados del programa de protección las habían contactado para que recibieran a Rin, y ellas habían aceptado.

Sesshomaru estaba seguro de que una vez más, Kikyo tuvo que ver. Como Kikyo nunca les dijo a Kagome y a Kaede acerca de la llegada de Rin a Tokio, la anciana fácilmente pudo haber olvidado el asunto del programa de protección debido a su enfermedad, pues la memoria a corto plazo es la que primero desaparece con el alzhéimer. De seguro, Kikyo se aprovechó de la enfermedad de la anciana y no le mencionó nada de Rin con la esperanza de que pronto olvidaría todo ese asunto. Era una posibilidad, y más si para esa época Kaede ya estaba bastante enferma, y Kikyo esperaba que Rin se rindiera y regresara lo más pronto posible a su hogar sin causarle más problemas. Pero Kikyo no contaba con que Rin nunca se daría por vencida. Rin era terca y testaruda.

En vista de que Sesshomaru se había quedado sumergido en un silencio sepulcral viendo hacia las copas de los árboles bañadas por la luz del sol de verano, el barón prosiguió:

— Pero por alguna razón nunca nos sentimos del todo tranquilos. En un par de ocasiones logré comunicarme con el templo, y Kikyo me dijo que Marianne estaba bien…

Y aquella respuesta confirmó las teorías de Sesshomaru. Y por supuesto no se las diría a él, y tal vez ni a Rin. La lastimaría demasiado. Kikyo se llevó ese secreto a la tumba, y después de tanto tiempo no tenía caso martirizarla con eso. Ni a ella ni a su familia.

— Aún así vinimos a Japón en primavera para verla, aunque estuviera prohibido y al hacerlo tuviera que llevármela. Sin embargo ya se habían mudado de ciudad —lanzó un suspiro—. Las personas del consulado y la embajada enteradas del caso nos informaron que habían dejado a Marianne en el templo con los Higurashi, y que todo parecía marchar de acuerdo al plan, ya que no había llamado para usar su salvavidas.

Al escuchar aquello, tanto InuYasha como Sesshomaru clavaron sus ojos en el barón. El menor con mucha más sorpresa que el mayor, pero ambos parecían comprender que el salvavidas de Rin era retomar su vida como Rin Marianne Angela Blake; lo que no sabían era que con sólo una llamada, ella podría desaparecer de sus vidas para siempre.

Entonces, Sesshomaru recordó aquella vez en el hospital, cuando Sussana estaba en cama y Rin decidió renunciar a su negocio. Ella le había dicho de repente que necesitaba hacer una llamada a larga distancia, y él le había insinuado socarronamente que si su intención era llamar al Fondo Monetario Internacional para pedir un préstamo y pagar la cláusula de penalización, y así no ir a prisión. Pero no había podido estar más equivocado. "Yo también sólo necesito una llamada para librarme de usted.", había asegurado minutos después con bastante confianza. Y sólo hasta ahora comprendió que estuvo a una sola llamada de perderla para siempre. Y a estas alturas, no concebía la idea de pasar un solo día sin verla.

Por otro lado, Rin debía temer mucho regresar a Blue Lake House como para no haber hecho su dichosa llamada después de todo lo que había ocurrido entre los dos, en especial después de su desastrosa luna de miel.

— Después de eso sólo supe de ella por correos que me enviaba con frecuencia desde cuentas de e-mail temporales —agregó el barón luego de una pausa y trayendo a Sesshomaru de regreso a la realidad—. Siempre decía que estaba bien, hablaba de su gato, sus estudios, su beca—dijo hinchando su pecho con orgullo, como cualquier padre lo estaría de su pequeña princesa—. Pero desde hace poco menos de un año, sólo he recibido dos mails —enfatizó duramente, tomando un sorbo más de sake y convirtiendo sus ojos en dos líneas azules. Sospechaba que la falta de comunicación con su sobrina se debía a Sesshomaru, pero no sabía por qué razón.

Sesshomaru comprendió las sospechas del barón, y no pudo estar más de acuerdo con él: Rin no le enviaba mails para no ser descubierta por él. Temía tanto que él la descubriera, que prefería no enviar mails tan seguido a su hogar. Con los tailandeses siguiendo cada uno de sus pasos, no podía meterse en algún café internet de la ciudad a crear cuentas temporales y enviar mails sospechosos.

— A parte de eso —dijo con cierto tinte de molestia, antes de añadir—, me alegra saber que usted está con ella, al pendiente de su salud, y que no está pasando necesidades.

Y aunque Sesshomaru sería incapaz de sentir algún tipo de remordimiento, no pudo evitar recordar las veces en que la humilló y la amedrentó para alcanzar sus propósitos o para aleccionarla. El barón estaba cometiendo un grave error al confiar tanto en él, al confiarle a su adorada princesa a un hombre como él. Y más al creer que era bueno para Rin. Él no podía ser bueno para alguien tan noble –o tonta- como ella.

Un extraño silencio se apoderó del salón de guerra, interrumpido sólo por el sonido de algunas aves o el ulular del viento, entrando por las puertas y pasillos del castillo. InuYasha y el señor Feldman se acercaron a ellos con paso lento, al tiempo que el mayor sacaba uno de sus puros.

— ¿Señor Blake, eso quiere decir que ahora Rin tendrá que regresar con usted? —preguntó InuYasha con cautela, con mucha más seriedad de la que Sesshomaru había visto en las reuniones de negocios. Si el barón había dicho que el hecho buscarla en el templo hacía diez años lo obligaría a llevársela de regreso, entonces quería decir que el lunes se la llevaría. Había ido a llevársela.

— No —aseguró tranquilamente, negando con la cabeza—. Soy un diplomático, no tengo prohibido venir a Japón. Además, yo no vine a ver a Rin Blake —le aclaró, esbozando una sonrisa socarrona, como la de un astuto lobo viejo—. Vine sólo a la fiesta de la embajada y a proponerle un negocio a un afamado empresario japonés —agregó viendo a Sesshomaru con suspicacia.

— Es sólo mera coincidencia que se haya encontrado con Marianne en la fiesta, y que ella sea la esposa del señor Ishinomori —corroboró Robert fumando de su puro, reiterando y repitiendo la versión que de seguro habían tenido que sostener ante algún funcionario de la embajada o del gobierno.

— Aunque puedo asegurar que usted sabía que estaríamos en esa fiesta —apuntó Anthony viendo directamente a Sesshomaru, y el aludido sólo pudo asentir.

Por supuesto que sabía que sir Anthony Blake, Robert Feldman y sus esposas serían los invitados de honor a la fiesta de la embajada, uno de los eventos sociales más esperados del año. No era Rin ni InuYasha para no estar enterados de las noticias importantes del país. Todos los hombres de negocio sabían de la llegada de gente importante a la ciudad, o mejor dicho, de inversionistas extranjeros con las chequeras llenas y dispuestas a invertir en negocios. Por eso Abi e incluso Bankotsu estaban allí, y Naraku no perdió la oportunidad de enviar a Kagura para ver qué podía obtener para él de una u otra manera. Y en esta ocasión, los Blake y los Feldman eran sin duda la novedad. Y esa fue la razón por la que había dudado en entregarle la invitación a Rin, ya que aún no sabía cómo podría reaccionar. Pero cuando estuvo seguro de querer darle la estocada final de una buena vez a su pequeña mentirosa, se la entregó, justo a pocos días del evento, ganándose una discusión con ella.

Le había entregado la invitación, ocultándole adrede la llegada de sus familiares, y también dejando fuera de su alcance los diarios que hablaban de ello, aunque sabía que a ella no le interesaban las noticias económicas ni sociales del país. Rin simplemente no leía ni veía noticias, pues aparte de cosas del trabajo, sólo le interesaban los animales y los libros de la biblioteca de su despacho. Entonces, Sesshomaru hizo todo lo posible por ocultarle esta información por el simple hecho de que deseaba verla desesperada, asustada y angustiada al saberse aplastada por su bola de mentiras; suplicándole por volver a ver sus tíos. Quería que pagara por sembrar el caos en su vida perfecta con sus mentiras, sus líos familiares y sus estúpidas sonrisas. Lo tramó todo con la calma y sagacidad de un depredador que espera pacientemente entre la yerba alta a su incauta presa.

Sin embargo, al pensar en ello ahora no podía sentirse orgulloso como era de esperarse. Algo en su yermo corazón se removió al recordar la manera en que Rin había llorado en la mañana en ese mismo lugar, pero desterró por completo ese sentimiento, descartando que fuese algún un asomo de remordimiento.

InuYasha por su parte no dejaba de ver a Sesshomaru con asombro, pues él siempre parecía ir varios pasos adelante de todos. Pobre Rin, pensaba nada más al recordar la expresión de horror en el rostro de su amiga cuando se percató de que sus tíos eran los invitados de honor del embajador. Y ella que había estado tan convencida todo el tiempo de que aquel cretino no tenía ni idea de su secreto, sin imaginarse que el demonio blanco había movido todas sus fichas para hacerla caer justo en ese instante, como a cualquier otro de sus contrincantes, como al peor de sus enemigos. Sólo que Rin no era su enemiga, ni la de nadie, ella sería incapaz de odiar a algún ser vivo. Rin sólo era una niña asustada, huyendo de su pasado, y que tuvo la mala suerte de toparse con la familia Ishinomori en su camino, y enamorarse de su peor enemigo. Todos los Ishinomori, incluyéndolo, la habían usado consiente o inconscientemente para vencer y consolidar aún más su imperio y su poderío. Fue la única persona de todos sus aliados que nunca ganó nada. Y había terminado acabada por la espada de su medio hermano, sin piedad alguna.

— ¿Qué puede decirme del conde Blake? —preguntó Sesshomaru de pronto sin emoción o interés alguno en su voz.

Anthony entornó los ojos y Robert arrugó el entrecejo. InuYasha por su parte, continuaba viéndolo con asco y reproches, y Sesshomaru sabía perfectamente por qué lo hacía.

— ¿Qué desea saber exactamente? —preguntó Anthony, suponiendo que Marianne debió hablarle muchas cosas acerca de él, y comprendiendo también que Sesshomaru no necesitaba información que podría conseguir fácilmente con un par de llamadas y moviendo un par de influencias. Sabía que los Ishinomori no sólo eran poderosos en Asia sino en el mundo entero, y los Huwyler eran muy influyentes en Europa. Así que Sesshomaru Ishinomori tenía un poder que tal vez ni él ni Feldman podrían llegar siquiera a imaginar. Era el heredero de dos poderoso imperios, y su sagacidad era muy bien conocida en el mundo de los negocios.

— ¿Qué es lo que tanto lo atemorizó de él para que enviara a su sobrina enfermiza a millas de distancia? —preguntó sin rodeos y con cierto dejo de soberbia.

De inmediato, Robert y Anthony intercambiaron miradas bastante dicientes, pero no pronunciaron ni una sola palabra. Parecían debatirse entre hablar o callar, como si aún no confiaran del todo en el par de hermanos que aguardaban por una respuesta.

E InuYasha no podía dejar de pensar en que aquel par de hombres estaban cayendo en el juego del cretino que tenía por medio hermano. Y al tiempo, también trataba de comprender a dónde quería llegar Sesshomaru, pues Kagome no le había mencionado mayor cosa acerca del mentado conde, salvo que era el padre del prometido de Rin, y que tanto él como su hijo eran unos bastardos interesados, que sin siquiera conocerlos ya se habían ganado el desprecio del menor de los Ishinomori.

El barón convirtió sus labios en una línea fina, y a Sesshomaru le pareció estar viendo a Rin. Conocía muy bien aquel gesto de su esposa, y sabía que cuando hacía esto, era porque le costaba hablar y había decidido no hacerlo. Así que supo que no obtendría respuesta alguna.

— Señor Ishinomori, comprenderá que hay asuntos que no podemos tratar con ustedes —fue Robert quien habló esta vez, comprendiendo también que el barón no hablaría—, pero creo que tratándose del esposo de tu sobrina, deberías mencionárselo, Tony —agregó en tono conciliador.

Robert había entendido rápidamente que Sesshomaru podría convertirse en su aliado, y no necesariamente en su oponente. Sin embargo, el barón parecía ser más desconfiado y misterioso que la misma Rin, y Sesshomaru no entendía la manía de los nobles por guardarse secretos de generación en generación, e incluso llevárselos a la tumba. Todas las familias nobles alrededor del mundo guardan sus secretos e intrigas como si fuese la gran cosa. Parecía una competencia ridícula: A más secretos, más nobleza.

Anthony cruzó los brazos incómodo. Sabía muy bien a qué se refería Robert, y ya lo habían hablado antes. Sesshomaru podría ayudarles si lo tenían de su lado, pero temía por Marianne. Y el bienestar de su sobrina era más importante que cualquier otra cosa. Aún no sabía qué clase de hombre era Sesshomaru, y había escuchado muchos rumores al respecto, en su mayoría no muy alentadores. Muchos decían que era un hombre cruel y sin sentimientos, que muchas personas temían siquiera cruzar palabra con él, pero a pesar de eso poseía un don indiscutible de persuasión, fuese por las buenas o por las malas. Y esa era la razón de sus miedos. Sesshomaru Ishinomori hacía parte de una exclusiva elite de personas poderosas y adineradas alrededor del mundo, la elite dentro de la clase alta, los acaudalados que se encuentran en la cima de la pirámide y que tienen el poder y el dinero para decidir el futuro de miles de millones de personas a sus pies. Por lo que temía que Marianne se hubiese metido en problemas de nuevo o con un hombre demasiado peligroso para ella. En comparación con Sesshomaru Ishinomori, Ailbert podría llegar a ser un juego de niños. No era tonto para no saber que con el heredero de los Ishinomori las cosas eran a otro precio. Y por eso había aprovechado la oportunidad para ir a Tokio y verla, por eso quería entablar negocios con los Ishinomori, de esta forma podría encontrar una manera de echarle un ojo a su sobrina, aunque fuera desde lejos. No le daba buena espina saber que su Marianne viviera y durmiera con un hombre de tan extraña reputación.

Anthony Blake suspiró, entornando los ojos, viendo un punto distante en el horizonte. Y habiendo tomado una decisión, arrugó el entrecejo y dijo severamente:

— Robert y yo tenemos sospechas de que los condes o su hijo tuvieron algo que ver con la muerte de mi hermano.

InuYasha abrió los ojos desmesuradamente, pero esto no alteró en absoluto a Sesshomaru, quien ya lo sospechaba. No era el imbécil de InuYasha, ni la ingenua de su esposa para no suponerlo. Por más que Rin se empeñara en decirle que un asesino de alguna organización terrorista había confundido al blanco de su ataque, él lo creía imposible. Y aunque la prensa había sabido respaldar muy bien la hipótesis del supuesto robo para despistar la opinión pública y no causar pánico con el asunto del atentado, esto tampoco era muy convincente. Sin embargo, todo ayudó para engañar a Rin, a quien de seguro le hicieron creer que fueron los terroristas y que la prensa había dicho lo del robo para no alarmar a los ciudadanos. Y ella lo creyó. Sólo una niña de no más de trece años podría haberse creído tal cosa, repitiéndoselo por más de diez años hasta convencerse de ello.

— ¿Rin lo sabe? —preguntó InuYasha, entornando los ojos.

InuYasha parecía ser el único sorprendido por la confesión del barón, así que Sesshomaru supuso que Rin no le había contado todo, o tal vez nunca le contó nada y fue Kagome quien se lo contó a medias. Pero conociéndolo, si Rin le hubiese contado todo como se lo había contado a él, InuYasha tampoco habría atado los cabos, no era más que una bestia cabeza hueca.

— No —respondió Anthony, negando con la cabeza—. Ni siquiera Danielle sabe de esto; y Alicia tampoco.

— Creímos que lo mejor sería ocultarlo. No tenemos pruebas. La policía estuvo investigando secretamente en esa dirección, pero no hallaron nada —dijo exhalando el humo del puro—. Y era más fácil para todos creer que fue un asalto, y no un ataque terrorista o una rencilla entre familias nobles. Un escándalo sin fundamentos no es bueno para un miembro del parlamento ni para una familia de tanto prestigio.

— Querían matarlo a usted y se equivocaron —acotó Sesshomaru, asqueado de tanto misterio. Aquello era más fácil de creer: Un asesino inexperto que confunde su objetivo. Eso es mucho más razonable.

— No —respondió el aludido, apretando los labios—. Acertaron.

Sesshomaru abrió ligeramente los ojos, verdaderamente sorprendido con lo que acababa de escuchar, aunque sólo mostró una pizca de sus emociones. No tenía ningún sentido que quisieran matar a Thomas. Su blanco debía ser Anthony, y no el menor de los Blake, a quien podían manejar fácilmente.

InuYasha por su parte no comprendía muy bien la conversación, y trataba de seguirle el hilo, pues era evidente la sorpresa de su medio hermano. Pero estaba seguro de algo: al igual que Rin, Kagome tampoco sabía nada de esto. Ella ni siquiera le había contado detalles de la muerte de Thomas, le dijo que había sido un asalto simplemente. Así que no debía ni imaginar lo del conde.

— Thomas había empezado a cambiar. Algo sutil al principio, por supuesto —agregó el barón con la mirada perdida en las copas de los árboles—. En un comienzo mi hermano aceptó la idea del compromiso porque quería asegurar el futuro de Marianne, y los condes fueron su mejor opción. Y no lo culpo, son nuestros parientes más cercanos, y aparentemente buenas personas. Pensó que al faltar nosotros, ella tendría la seguridad de una familia y la protección de un conde si se casaba con Ailbert —un imperceptible suspiro escapó de sus labios, mientras negaba con la cabeza—. Pero poco a poco dejó de estar tan convencido de esa idea. Y de un momento a otro, nos dijo que dejaría la bebida y que no visitaría el castillo Blake con tanta frecuencia. Decía que ya había perdido a una de sus hijas por estúpido, y no perdería a Marianne, porque Tomoyo no se lo perdonaría. Las amaba demasiado —el barón guardó silencio, cerrando sus ojos azules por un momento, sin alterar su expresión.

— Un día nos llamó a solas al despacho para decirnos que rompería el compromiso, y me preguntó si eso afectaría en algo el testamento de Anthony o de la abuela, en los que dejaban a Marianne como heredera —Robert no sólo era el mejor amigo de Anthony y Thomas, sino que también era el abogado de los Blake, y el encargo de redactar los testamentos del barón y la anterior baronesa.

— Yo jamás condicionaría a un compromiso arreglado lo que por derecho le corresponde a mi sobrina —escupió Anthony tras una corta pausa, como si aún le ofendiera que su hermano hubiese insinuado tal cosa. Pero lo comprendía, pues Thomas, como cualquier Blake, conocía bien la historia de Blue Lake, y sabía que unir toda la propiedad había sido el sueño de muchos condes y barones antes que ellos, así que no era descabellado pensar que Anthony hubiese condicionado su testamento con una cláusula que le permitiera a Rin heredar sólo al momento de casarse con Ailbert. Después de todo, era un juramento hecho entre ambas familias ante los monarcas de la época.

— Thomas dijo que ya no creía necesitar que alguien más protegiera a su hija —prosiguió Robert—, y que él mismo la protegería hasta que muriera, sin importarle el juramento.

Anthony simplemente guardó silencio, ligeramente ausente mientras su abogado hablaba, sopesando las tantas veces que tuvo que abrirle las puertas de su casa a los asesinos de su hermano porque no contaba con las pruebas suficientes para inculparlos, únicamente para proteger a su sobrina y para guardar las apariencias mientras el asunto del programa de protección se fraguaba. Y por eso, cuando vio que faltaba poco para que fuera un hecho que Marianne viajaría a Tokio, la envío a ella y a Danielle a Zúrich, lejos de los condes hasta que todo estuvo listo para que Marianne se marchara muy, muy lejos de los asesinos de su padre y con la protección de las Higurashi.

— Estoy seguro de que el conde notó ese cambio tan repentino —dijo por fin el barón. El conde había sabido ganarse la amistad de Thomas, y aprendió a conocerlo bien—y por eso prefirió deshacerse de él antes de que rompiera el compromiso —y al ver la cara de confusión en el menor de los hermanos, se explicó—: Sabía que si yo moría, Thomas habría heredado el título y se habría hecho cargo de los negocios, y tarde o temprano, con la asesoría de Robert, terminaría de sentar cabeza y de convencerse de romper el compromiso.

— Tal vez hasta llegaría a la misma conclusión que nosotros, y más rápido habría alejado a Marianne de ellos —aseguró Robert, refiriéndose al asesinato. El barón sólo asintió.

— Mi hermano era un idealista, pero no era estúpido ni un niño como para haber ignorado el hecho de que un asesinato era más razonable que un atentado o un absurdo robo.

— Y en vista de que Thomas y el conde eran los únicos que podrían romper el compromiso —continuó Robert, puesto que Anthony había vuelto a convertir sus labios en una línea fina, y sus ojos se habían tornado inescrutables—, y estando tan cerca de la banca rota, no podían arriesgarse tanto —aseguró, conociendo a grandes rasgos el estado de las finanzas desordenadas de los condes, quienes cada año se endeudaban hasta el cuello para dar el ya famoso baile de otoño en el Castillo Blake, al que asistía toda la monarquía y que pagaban con las ganancias de los siguientes doce meses, hasta endeudarse de nuevo, y continuar así en un círculo vicioso. Robert sabía que el matrimonio entre Ailbert y Marianne representaba solvencia económica para los condes para continuar con su vida de lujos y apariencias.

— Mi sobrina era su única salvación. Y sabían que Marianne no se atrevería a faltar a la palabra de su padre, si él moría. Y yo tampoco. Ni tampoco me atrevería a obligarla a hacerlo… No de forma explícita, obviamente —agregó, esbozando una media sonrisa triunfal, y Sesshomaru comprendió de inmediato a qué se refería.

Él había logrado hallar una manera de faltar a la palabra de Thomas, sin faltar realmente a ella. Si vinculaban a Marianne en un programa de protección de testigos con la excusa de los terroristas, aquello sería una razón de fuerza mayor para posponer y tal vez anular el compromiso. Así que la palabra de Thomas nunca se rompió en realidad, simplemente fue algo inesperado, una mala jugada del destino. Fue un plan brillante, y después de eso sólo fue cuestión de tener paciencia y ver cuánto tiempo más podrían esperar los condes, y cuánto les duraba lo poco que les quedaba.

Anthony albergaba la esperanza de que al terminarse sus escasos ahorros, ellos romperían el compromiso para casar a Ailbert con otra chica adinerada. Pero desafortunadamente, se las arreglaron para que su hijo menor engatusara a la hija de un empresario londinense, hasta que se casó con ella, y eso menguó su crisis, aumentando el tiempo de espera por Marianne. Ahora los condes vivían a expensas del padre de la desdichada joven, y podían darse el lujo de esperar otro poco más por el pez gordo, el premio mayor: Blue Lake House. Blue Lake House era la más grande ambición de cualquier conde o futuro conde.

— Pero como le digo, sólo son suposiciones bien infundadas. No tenemos pruebas y es imposible saberlo… Tal vez hemos pensado demasiado en ello, hasta convencernos de que es cierto —comentó Robert esbozando una sonrisa amarga, llevándose el puro a la boca, y recordando que durante los últimos diez años hablaban de eso más de lo que deseaban. Era un gran secreto que ni siquiera sus esposas conocían, y no se perdonaban por ello.

— Lo único que sabíamos era que teníamos que enviar a Marianne lejos de ellos —siseó el barón—. Lo más lejos posible. Si habían matado a Thomas, no les costaría deshacerse de ella sin dejar huella cuando dejara de serles útil, dejándonos sin pistas igual que ahora. Y viviendo en el castillo, me sería imposible protegerla todo el tiempo.

Anthony mantenía una expresión severa, tan imperturbable como la de Sesshomaru. Ni su voz ni sus ojos se habían entristecido, así como tampoco había mostrado un ápice de emoción, era como si hubiese aprendido a controlar sus sentimientos de forma tal que parecía una montaña a la que el agua y el viento han golpeado tanto, que ya no siente ni se debilita. Aquel hombre era mayor que Inu no Taisho, pero algo en su postura lo hacía ver más altivo que él. Sus ojos azules se asemejaban a un par de lagunas cristalinas en medio de un crudo invierno, frías e insondables, pero que se derretían sólo con la calidez de la presencia de su sobrina. Rin tenía aquella particularidad de derretir corazones congelados a su paso, su sola sonrisa despedía más luz y calidez que mil soles, como una ráfaga de primavera que se lleva el invierno de su alrededor.

Y ahora que Sesshomaru escuchaba la historia de boca del barón y de Feldman, todo tenía mucho más sentido. Anthony la envió a Tokio no sólo huyendo de un compromiso arreglado, sino de un asesino. Si Rin se quedaba en el Reino Unido, todos estarían en peligro aunque decidieran faltar a la palabra de Thomas, porque de seguro los condes intentarían chantajear a Rin, amenazándola con lastimar a alguno de sus tíos si no se casaba, y conociéndola como la conocía, ella aceptaría su destino para proteger a sus seres queridos. Por eso el barón creyó que lo mejor fue aprovechar la cortina de humo del supuesto ataque terrorista fallido, y así tener la excusa perfecta para enviarla lejos, protegiéndola a ella y a toda la familia. Aquel asesino de quinta no sería tan imbécil de meterse con una persona protegida por el gobierno.

Fue una jugada cobarde a sus ojos, pero astuta. Y más sabiendo que Rin quedaría en buenas manos con los Higurashi, y que los condes se cansarían pronto de esperar su regreso. Pero cuán equivocado estuvo el barón. Habían pasado diez años y Rin seguía en Tokio, con un matrimonio esperándola. Y por si fuera poco, los Higurashi le dieron la espalda, y su pequeña mentirosa sólo había tenido suerte al dar con buenas personas en aquella pensión. Pudo haber dado con cualquiera que quisiera aprovecharse de ella y de su situación. No era más que una niña más indefensa de lo que es ahora. Una niña que cree que puede salir ilesa si juega con fuego, demasiado ingenua, como una mariposa que vuela muy, muy cerca del fuego.

Un silencio prolongado se apoderó del salón de guerra, y una atmosfera densa se hizo presente. Cada quien estaba sumergido en sus pensamientos. Anthony continuaba con su vista perdida en el horizonte, mientras Feldman no dejaba de fumar e InuYasha mantenía en ceño fruncido. Pero había algo que no dejaba de rondar la cabeza de Sesshomaru.

— ¿Los condes tienen alguna sospecha de dónde se encuentra Rin?

— No. Por supuesto que no —aseguró el barón, apartando por fin su vista del cielo despejado, para clavar sus ojos azules profundos en él— Ninguna. De vez en cuando lanzamos comentarios sueltos para hacerles creer que está en algún lugar de América —hizo una pausa, y agregó—. Viajo con frecuencia a Nueva York para ver unos negocios, y para hacerles creer que está cerca de allí. América es muy grande, sería más fácil buscar una aguja en un pajar que dar con alguien allá… Aunque tal vez para alguien como usted, esto no sea mayor problema—Comentó, lanzándole una indirecta, suponiendo de antemano los alcances de un hombre como él. Hizo una pausa, y el aludido entornó los ojos al escuchar sus palabras. Anthony no confiaba del todo en Sesshomaru, eso era obvio, pero no tenía mejor opción—. Sin embargo, me preocupa que se haya casado con usted —El barón lo veía con sus ojos entornados, pero Sesshomaru estaba tan impasible como su interlocutor, como si su casi-suegro no lo estuviera atacando—. Antes estaba tranquilo porque aparentemente no era más que una de tantas huérfanas en medio de una ciudad enorme, pero ahora se ha convertido en la esposa del hombre más importante de Asia, el heredero de dos grandes imperios. La he visto en portadas de revista y en periódicos con frecuencia, y tal vez ella ni siquiera sospecha del peligro que eso representa —comentó duramente.

— Rin no sabe que de verdad tiene un asesino pisándole los talones —escupió InuYasha, ligeramente molesto ante la situación, con una seriedad inusual en él.

El menor no sabía con quién desquitar su ira, si contra el barón o contra el imbécil de su medio hermano, a quien de seguro le rompería la cara cuando tuviera la más mínima oportunidad. Según lo que Kagome le había dicho, Rin creía que el asunto de los terroristas era una farsa y que sólo había huido del compromiso. Pero su amiga huía de un asesino, y ni siquiera lo sabía. Ahora, cada revista, cada fotografía que circulaba en internet abría una ventana, una posibilidad para que los condes la encontraran, para que por fin supieran dónde está e intentaran algo para obligarla a regresar. Y ellos estúpidamente la habían puesto en la tela de la araña al obligarla a sacarse fotografías para la revista de Bankotsu, sabiendo que Seven Magazine era uno de los medios más importantes de Asia.

— Rin está vigilada todo el tiempo —les aseguró Sesshomaru, con aparente calma, pero en su cabeza no dejaba de rondar algo similar a lo que pensaba InuYasha: Las fotografías y reportajes de Seven Magazine. Ellos la habían obligado a sacarse esas fotografías para que su plan funcionara. Y esa había sido una de las brillantes ideas del imbécil de InuYasha.

— ¿Vigilada? —inquirió el barón intrigado. Y Sesshomaru supo que había hablado de más— ¿Ocurre algo? —preguntó suspicaz.

Había cometido un desliz por andar pensando en las brillantes ideas del tonto de InuYasha. Si supuestamente él no sabía acerca del verdadero asesino de Thomas, porqué tenerla vigilada. Sesshomaru maldijo en silencio.

— En absoluto—dijo con la impasividad de siempre—. Es mi esposa, y prefiero no dejarla desprotegida —acotó, sin darle mayor importancia al asunto. Y como su expresión no se alteró, el barón pareció creerse a regañadientes su versión. No tenía caso informarle al barón que aparte de un asesino, su sobrina tenía dos tras ella. Además, Naraku había caído, y pronto dejaría de representar un peligro definitivamente.

— Aun así, preferiría que redujeran sus apariciones en los medios —le ordenó sin más—, y también que Marianne no saliera de Asia. La barrera del idioma ha servido muy bien hasta ahora para alejarla del conde, pero si aparece en algún medio occidental, tal vez sea más fácil que la encuentren. Además, Rin no puede poner un pie en el Reino Unido.

Sesshomaru simplemente lo observó por el rabillo del ojo, renuente a aceptar alguna orden de alguien. Además, si alguien quisiera hacerle daño, se enfrentaría a su furia. No les permitiría siquiera acercarse a ella. Desvió su vista de él con altivez, entornando ligeramente los ojos. Sesshomaru Ishinomori no recibía órdenes de nadie. Si él tenía que ir al fin del mundo, ella lo seguiría quisiera o no, aunque tuviera que obligarla. No pensaba dejarla sola para ir a alguna de sus habituales reuniones en Europa.

Sin embargo, la plática tuvo que terminar cuando a eso de las cinco de la tarde, Kazuyo golpeó la puerta, interrumpiéndolos para informarles que el té estaba listo, y que las damas los esperaban. Los hombres siguieron a Kazuyo a través del mismo atajo que había usado Sesshomaru con Rin, mientras eran escoltados por el par de hermanos.

— Oye imbécil…

—Cierra la boca —le atajó Sesshomaru, quien de repente sintió deseos de desquitar su rabia con él.

— Maldito bastardo hijo de… —pero tuvo que guardar silencio cuando entraron a una de las cámaras, temiendo que la acústica del lugar pudiera hacer que los invitados escucharan lo que tenía por decir. Sólo estaba preocupado por Rin y quería preguntarle qué pensaba del asunto del conde, y el infeliz le respondía con dos piedras en la mano. De verdad lo golpearía a la menor oportunidad.

Cuando los cuatro entraron al salón donde se serviría el té, las mujeres estaban sentadas en torno a una mesita baja, platicando amenamente. Habían tenido tiempo de platicar largo y tendido, y Rin y Kagome no dejaron pasar la oportunidad de preguntar por Bobby y Kate, y también por los condes.

Aquella complicidad y alegría que las rodeaba no podía compararse con ambiente tenso que reinaba en el salón de guerra mientras ellos platicaban. Todo lo contrario, allí se respiraba paz. La misma paz que se tiene cuando se ignora un peligro grande e inminente, aquella paz que antecede a un desastre.

Sin embargo, al recorrer los rostros de las mujeres, Sesshomaru no halló a Rin. Arrugó el entrecejo, pero su intriga duró poco al escuchar un par de risas lejanas, provenientes de uno de los jardines que daban al lago. Entonces, mientras los demás tomaban asiento en la mesa, él bajó las escaleras y caminó siguiendo el sonido de su risa. Y luego de un par de minutos, la encontró en el lago con su perro. Se había quitado los botines y corría descalza por la orilla llena de arena y guijarros del lago, mientras era perseguida por la enorme Collie. Estaba salpicada de agua y lodo, tenía su pelo azabache enmarañado y lleno de florecillas, y sonreía como nunca la había visto hacerlo.

De pronto, la Collie saltó adentrándose más en el lago, y Rin no tuvo problemas en echar andar tras ella, a pesar de que el agua le llegaba encima de las rodillas. Logró alcanzarla y al hacerlo se mojó un poco con el pelaje del animal, pero la Collie se le escapó más rápido de lo que ella hubiera deseado.

— ¡Himeko! —Le llamó entre risas, cuando la perra se alejó aún más de ella— ¡Vuelve acá! ¡No quiero mojar mi ropa! —le grito, y parecía no haberse percatado de que su ropa ya estaba bastante mojada y sucia.

Rin se quedó allí de pie, viendo como la Collie nadaba en círculos, retándola a acercarse. Soltó una carcajada, y se mordió el labio, como conteniendo el impulso de zambullirse tras ella. En otras épocas, de seguro habría saltado al agua sin pensarlo dos veces, pero iban a tomar el té, y no quería que Sesshomaru la viera mojada y llena de lodo.

— ¡Oh, el té! —exclamó, como recordando que debía ser la hora del té y que los barones rara vez lo pasaban por alto. Volvió su rostro para cerciorarse de que todavía estaba a tiempo, topándose de frente con Sesshomaru— ¡Señor Sesshomaru! —exclamó sorprendida. No lo había sentido llegar, y estaba muy, muy cerca. ¿En qué momento se había acercado tanto?, se preguntó, inflando las mejillas.

— Te están esperando.

— Lo siento —dijo apenada, saliendo del agua mientras acomodaba un poco su cabello enmarañado. Entonces, recordó que faltaba algo, y volvió su vista atrás— ¡Himeko! —le llamó un par de veces, hasta que la perra comprendió que el juego había terminado y salió presurosa del agua hasta darles alcance.

Rin estalló en risas cuando el animal sacudió su abundante pelaje junto ella, llenándola de agua, como en los viejos tiempos. Sin embargo, también alcanzó a mojar a Sesshomaru. Al notar las gotas de agua en el pantalón de Sesshomaru, Rin hizo una extraña mueca entre pena y burla, para luego clavar sus ojos en el perro.

— ¡Himeko! —le reprendió entre risas, pero más que un regaño pareció un chiste.

Definitivamente, Rin era un peligro, una experta malcriando perros. Y Sesshomaru lo sabía porque Yako ya no tenía compostura.

— Lo siento, señor Sesshomaru —se excusó, viéndolo a través de sus pestañas, notando las pequeñas gotitas sobre la impecable tela del pantalón de Sesshomaru.

Él simplemente entornó los ojos, y ella agachó aún más la mirada, mordiendo su labio para evitar que una risita traviesa adornara su rostro.

— Le dirás a tus tíos acerca la cena de esta noche —le ordenó. Rin lo interrogó con la mirada, ladeando la cabeza como si tuviera cinco años, sin comprender sus palabras—. La tradición del castillo —fue su parca respuesta. Entonces Rin convirtió su boca en una pequeña "O" y asintió, recordando la dichosa tradición.

Sesshomaru se giró para regresar al castillo, esperando que Rin lo siguiera, y complacido de haberse zafado de tener que mencionarles sobre la dichosa tradición, pues no estaba de humor para esas sandeces que de seguro se había inventado Inu no Taisho de quién sabe dónde.

— ¿Y por qué yo? —refutó luego de dar un par de pasos.

Sesshomaru volteó de inmediato a verla duramente, creyendo que había sido una protesta, sin embargo un puchero caprichoso y tierno logró desarmarlo durante unos segundos, lo suficiente para que pensara mejor su respuesta.

— Eres la anfitriona, mi esposa —le aclaró—. ¿Necesitas que te lo recuerde? —inquirió, esbozando de aquellas sonrisas retorcidas que le robaban el aliento.

Y Rin no supo por qué su corazón pareció enloquecer al escuchar estas palabras, o mejor dicho, el tono tan endemoniadamente sensual que había utilizado al decirlas. Sus mejillas no tardaron en teñirse de rojo, y giró el rostro en un intento por evitar que su mirada avasalladora le arrebatara el poco atisbo de razón que le quedó después de aquella propuesta. Aquel hombre tenía la capacidad de volverla loca sólo con su voz aterciopelada y grave. No cabían dudas de que cualquiera podría caer rendida a sus pies con sólo verlo o escucharlo. ¡Era el colmo que existiera alguien tan… malvadamente perfecto!

— Andando —dijo por fin, sacándola de su sesión mental de terapia de autocontrol.

— ¡Sip! —sonrió aun sonrojada.

Comenzaron a avanzar, e inconscientemente ella tomó su brazo, mandando al carajo su terapia mental y sintiendo como aquel magnetismo entre los dos los envolvía lentamente, llenándolos de aquella paz que se hacía presente cuando dormían juntos y en silencio, sin discusiones ni mentiras.

Kazuyo los aguardaba a la entrada con una toalla para Rin, quien de inmediato secó sus pies y brazos. Al llegar al salón donde los esperaban para tomar el té, ninguno de los presentes pudo evitar reír al ver el aspecto de Rin.

— ¡Es como un Déjà vu! —bufó Alicia sin poder contenerse.

Todos asintieron, a excepción de InuYasha, quien no dejaba de reparar en que Sesshomaru parecía caminar bastante gustoso junto a aquella desaliñada y sucia Rin, mientras ella hacía esfuerzos por acomodar un poco su cabello entre sonrojos. Le parecía increíble ver al quisquilloso Sesshomaru Ishinomori del brazo de una jovencita dulce, sucia, despeinada y llena de pelos de perro, cuando él odiaba la suciedad. Todo a su alrededor siempre debía estar impecable, y había visto rodar cabezas de muchos empleados por presentarse a trabajar con los zapatos sucios o la ropa arrugada. Sesshomaru se hizo famoso en las empresas Ishinomori inicialmente por el estricto código de vestimenta para los empleados y accionistas que osaran pisaran el recibidor de la Torre Tenseiga. Y hacía tan sólo unos años atrás, ni siquiera permitía que Yako se le acercara cuando estaba un poco sucio, y ahora lucía tan a gusto al lado de Rin. Admitía que Sesshomaru era el tipo más raro y frío que conocía, pero era mucho más raro verlo actuar de esa manera. E InuYasha se preguntó si sería una mera actuación para aparentar delante de los invitados, o lo hacía por ella.

— Con la diferencia de que en presencia de los condes, Marianne no hacía el más mínimo esfuerzo por lucir bien —reparó Danielle, logrando que todos rieran de buena gana, incluida la misma Rin.

Cuando los condes iban a Blue Lake House y Rin estaba jugando en el lago, ella se ensuciaba mucho más, llenando su cabello de hojas muertas, y esparciendo lodo sobre su rostro y sus ropas a propósito. Qué diferente era todo con Sesshomaru. Rin ni siquiera había perseguido a Himeko en el lago para que él la viera limpia a la hora del té. Y antes ella nunca pudo resistirse a perseguir a Himeko en el agua, aunque terminara empapada.

Rin se aferró más al brazo de Sesshomaru con una sonrisa, queriendo desaparecer tras su ancha espalda por la vergüenza, y reconociendo que esta vez había evitado ensuciarse demasiado para que no la encontrara tan desagradable.

Tomaron el té recordando las travesuras de Rin, y haciéndola sonrojar a cada instante. Desde los cientos de animalillos que había rescatado y escondido en el granero en complicidad con los trabajadores, hasta su épica huida en el Aston Martin de su tío en compañía de los perros y el castigo que se había ganado a pulso por ello. Y tras escuchar cada anécdota, Rin se encogía sobre sí misma, sin poder evitar lanzarle miradas expectantes a Sesshomaru, atenta a cualquiera de sus reacciones, queriendo saber qué pasaba por la cabeza de aquel hombre sobre a la niña hiperactiva roba autos de hacía diez años. Sin embargo, él sólo permaneció en silencio, y de vez en cuando observaba a la persona que hablaba o a ella por el rabillo del ojo, con su apariencia serena e impasible y sus ojos velados.

En una de esas ocasiones en las que sus miradas se toparon, ella no pudo más que sonrojarse y esbozar una sonrisa traviesa, rascándose la cabeza nerviosa, pues estaban hablando de aquella vez en que robó unas exóticas y llamativas flores del jardín cercano a la escuela, y Kagome tuvo que socorrerla de la ira del jardinero del lugar. Sí lo admitía, había sido una niña traviesa, hiperactiva y caprichosa, a la que le gustaba trepar a los árboles y jugar con toda clase de animales –desde perros hasta algún animal salvaje que rondara la propiedad–, pero de alguna manera sentía un poco de vergüenza de pensar en que Sesshomaru sabía tantos detalles de sus locuras. Ahora aparte de mentirosa, debía creer que estaba loca.

Y mientras continuaban mirándose fijamente, ella pareció recordar algo. Lanzó una pequeña exclamación de sorpresa, llamando la atención de todos. Luego de aclararse la garganta, dijo:

— Esta noche habrá una cena especial aquí —Y tratando de imitar lo que le había dicho Inu no Taisho la noche del compromiso, agregó—: Es una antigua tradición de este castillo dar la bienvenida a sus invitados especiales celebrando una cena en su honor —Pero a diferencia de su suegro, Rin finalizó su discurso con una cálida y convincente sonrisa.

Después del té, todos se retiraron a sus habitaciones para prepararse. Sesshomaru y Rin continuaron su camino hasta el tercer piso, seguidos de cerca por Himeko, quien no le perdía pista, caminaba entre sus piernas, y de vez en cuando pegaba su hocico frío a sus pantorrillas, haciéndole cosquillitas y provocando que riera.

— Señor Sesshomaru —le llamó en un murmullo, a unos cuantos pasos de la puerta de su recamara. Y a pesar de que él no hizo ningún gesto que le indicara que la había escuchado, ella sabía que le prestaba atención—, será que tal vez…, sólo tal vez y sólo si a usted no le molesta… —se calló, y de pronto sólo pudo pensar en apretar sus dedos unos con otros. Sesshomaru se detuvo para girar el rostro y verla fijamente. Entonces, Rin aprovechó que tenía toda su atención, y lo observó con los ojos suplicantes más convincentes que tenía, e incluso se atrevió a arrugar la boca en un puchero— ¿Será que Himeko podría quedarse esta noche en nuestra recamara?... Es decir, en la suya —se corrió rápidamente.

Sesshomaru entornó los ojos, evaluándola sin ningún reparo. A parte de ser una pequeña mentirosa, también era una hábil manipuladora. Nunca había visto esa expresión de perro regañado en ella, y aunque debía admitir que era tierna, eso no era suficiente para convencerlo. Una posibilidad tentadora pasó por su cabeza: Pedirle algo a cambio, aprovecharse de su situación. Eso sería muy fácil para él. Tan fácil como había sido jugar con ella siempre.

— Le prometo que no dañará nada, y que tampoco dormirá en la cama —completó suplicante, tratando de convencerlo, sin adivinar siquiera el hilo de los pensamientos de Sesshomaru, y sintiendo como los ojos empezarían a escocerle— ¿Sí? Por favor…

— Da igual, Blake —dijo sin más, sin poder resistirse un minuto más a la presión de aquellos ojos suplicantes. Desvió la mirada de su rostro con cierto hastío, para continuar su camino.

— ¡Sí! —Chilló, dando un salto en el piso de madera, al tiempo que Himeko dio un ladrido— ¡Muchas gracias! —gritó, corriendo hasta alcanzarlo y ponerse frente a él para hacer una reverencia en agradecimiento.

Continuó su camino a la recamara entre saltitos, seguida por Himeko, y entró como un bólido para bañarse y alistarse, sin poder contener la felicidad que le brotaba por los poros. Se decidió por usar un vestido con escote en "V" color naranja pálido muy ajustado a su silueta, con un cinturón en tela verde oliva en torno a su cintura.

A eso de las siete la cena estaba servida, y para fortuna de Rin y Kagome, parecía que a los barones les habían agradado los hermanos Ishinomori, pues se les notaba bastante habladores en su presencia, en especial a la baronesa, quien cuando no le agradaba una persona, se encerraba en un mutismo absoluto, alterado sólo cuando le hacían una pregunta directa o cuando fuera necesaria su opinión. Y ahora, Danielle hablaba casi tanto como Rin.

Después, tomaron sake en uno de los jardines exteriores, mientras el sol terminaba de ponerse en una explosión de colores naranjas, rosas, rojos y azules, que hipnotizó a Rin. Y así, rodeada de su familia y junto a Sesshomaru, le pareció que aquel atardecer era por mucho el más hermoso que había presenciado en mucho tiempo. Daría su vida entera por un solo atardecer más como ese.

A la hora de dormir, Rin no quería apartarse de los barones, pero sabía que ya no era la niña que se colaba entre sus sabanas para acurrucarse en medio de los dos. Además, ya le había suplicado a Sesshomaru para que permitiera a Himeko quedarse en la recamara, así que con resignación, se despidió de ellos, y luego de Kagome e InuYasha, quienes obviamente dormían en recamaras separadas, pues de no ser así, a Kazuyo de seguro le daría un infarto o tal vez amarraría a InuYasha en el patio como a un perro regañado. Aquella graciosa anciana siempre montaba un teatro con el asunto del libertinaje de la juventud moderna.

En la recamara, Rin se tendió en el tatami para jugar con Himeko un rato más antes de dormir, sin importar que su vestido se arrugara o lo incomodo que resultaba por ser tan ceñido. Quería aprovechar al máximo el tiempo con su vieja amiga, sin embargo una estrella demasiado brillante apareció entre las nubes y se coló a través de la ventana, llamando su atención. Era la estrella más brillante de todo el firmamento, y pese a que no era una estrella fugaz, cerró los ojos y le pidió un deseo. Deseó que aquel fin de semana no acabara nunca, o que al menos, mágicamente pudiera estar junto a todas las personas que quería para siempre, sin tener que elegir entre Sesshomaru y Kagome, y sus tíos y sus amigos.

Sesshomaru, quien aparentaba leer otro de sus gruesos libros, esta vez uno de tapa dura azul oscuro, notó la repentina expresión de tristeza en su rostro, y le causó curiosidad. Había estado sonriente y habladora hasta ahora. Y quisiera admitirlo o no, él había hecho todo lo posible por alejar la tristeza de ella, hasta había accedido a que un perro sucio y mojado pasara la noche con ellos sólo para complacerla.

— ¿Qué te ocurre? —preguntó, sin apartar la vista de la lectura.

— N-nada —masculló, clavando sus ojos marrones en Himeko, sin percatarse que él la observaba por encima de su libro, fastidiado con aquella actitud.

Sesshomaru dejó de lado su lectura con cierto hastío, y caminó hacia ella. Observó su cabellera azabache desde su imponente estatura, sabiendo que ella mantenía su cabeza agachada y sus ojos en el perro.

Al sentir su presencia amenazadora tan cerca, Rin abrió los ojos y lo observó fijamente. Pero la mirada que le dedicó fue suficiente para que Sesshomaru supiera que aquella felicidad que la había embargado horas antes era tan frágil como las alas de una mariposa, y que estaba a punto de hacerse trizas.

Rin apretó los labios, tratando de evadir su pregunta pero una mirada reprobatoria por parte de Sesshomaru la obligó a decir la verdad.

— Sucede que… —suspiró, poniéndose de pie en un vano intento por no sentirse intimada por su estatura. Y al notar que él la escrutaba duramente, clavó sus ojos en la estrella, esquivándolo— que desearía que este fin de semana no acabara nunca —suspiró de nuevo—. No quisiera tener que separarme de ellos otra vez…, pero tampoco quiero dejar a Kagome y a… —"a usted.", quiso decir, pero en lugar de eso mordió el labio inferior, viéndolo a través de sus pestañas— Me gustaría no tener que elegir entre unos y otros —masculló muy bajo, agachando la mirada.

Sesshomaru extendió la mano con la intención de acariciar su mejilla, pero en lugar de eso, traicionado por su instinto, la tomó por la nuca para acercarla a su rostro y la besó, sorprendiéndola y sorprendiéndose a sí mismo por dejarse llevar de aquel estúpido impulso. Rin abrió los ojos como platos, pero no le costó ningún esfuerzo corresponder a su beso suave y demandante.

Rin se atrevió a acariciar su rostro níveo, profundizando más aquella caricia que tanto habían anhelado por meses, enredando sus brazos en su cuello, y enterrando las manos en la suave melena platinada, pegándose más a su cuerpo musculoso, sintiendo como miles de descargas eléctricas recorrían su medula, erizándole cada porción de su piel.

Se besaron por varios minutos, despacio sin preocupaciones, sin que el aire les faltara, simplemente se permitieron disfrutar del sabor de sus labios y del roce de sus lenguas, y también de saciar aquella necesidad que parecía quemarlos vivos y hacerles olvidar que su relación sólo cobraba vida cuando se levantaba el telón de su bien montado teatro.

Sin ninguna prisa, Sesshomaru la condujo hasta la base del futón, y Rin se percató de sus intenciones demasiado tarde, cuando él ya se las había ingeniado para hacerle perder el equilibrio, obligándola a caer de espaldas en la mullida superficie.

Rin lanzó un pequeño grito de sorpresa, al tiempo que Sesshomaru se tendía sobre ella, poniendo los brazos a sus costados a modo de barrotes, e impidiéndole escapar. Sintió su mirada de oro fundido, y supo que la tenía atrapada, y lo peor de todo era que no quería escapar de él nunca más. Y aun así, había algo que le impedía entregarse por completo.

Sin embargo, no podía siquiera pensar con claridad porque sus hormonas y sus emociones se habían puesto de acuerdo para enloquecerse por aquel hombre endemoniadamente sensual. Ya ni siquiera podía apelar a su escasa razón, porque ésta tampoco tenía mucho que objetar y menos cuando él se empeñaba en desnudarla con sus ojos convertidos en dos lagunas de oro líquido ardiente. Su razón sabía que ya no tenía caso oponerse a lo que sentía por él.

Pero una sola de sus neuronas aun daba batalla, a pesar de estar casi estrangulada por su enemigo. Sin embargo, Sesshomaru no le dio tiempo de prestarle mucha atención a su neurona rebelde, pues la besó de nuevo, adelantándose a sus intenciones de protestar, al tiempo que se colaba entre sus piernas y deslizaba sus manos por sus muslos, ascendiendo por debajo de su falda hasta dar con el encaje blanco de su ropa interior. Delineó tortuosamente el borde de encaje, arrancándole un par de suspiros antes de pegarse sugestivamente contra su intimidad. Y Rin nunca antes había tenido a un hombre tan cerca de allí, o por lo menos no de aquella forma tan placentera y consentida. Hizo caso omiso a un par de malos recuerdos que acudieron a su mente, y se concentró en todas las sensaciones nuevas que nacían en su intimidad, extendiéndose por todo su cuerpo.

Sesshomaru dejó sus labios para besar su cuello, al tiempo que deslizaba suavemente las tiras del vestido para apartarlas de sus hombros y así poder besarlos a merced. Y al caer las tiras, el escote se abrió, dejando al descubierto una porción de sostén de encaje blanco. Sus besos y caricias apasionadas lograron dejarla sin aliento, y nublar cualquier atisbo de razón. Pudo sentir como acariciaba y estrujaba sus senos a través del fino encaje, y sus pezones respondieron a aquel contacto, endureciéndose con el más mínimo roce de sus dedos de pianista.

Pero de pronto, él detuvo sus caricias, levantó el rostro y la escrutó en silencio, parecía querer desnudarla con aquella mirada que la volvía loca. Pero también, era como si estuviera retándola a detenerlo una vez más, sintiéndose demasiado seguro de saberla rendida ante sus pies una vez más, así que le dedicó una sonrisa retorcida para hacérselo saber, para demostrarle que una vez más estaba perdida y que no la dejaría escapar tan fácilmente.

Y aunque, masoquistamente hablando, verlo sonreír de esa manera alborotaba todas las mariposas de su estómago y la volvía loca, también había logrado paralizarla. Sintió como él enterró el rostro en su cuello para besarlo y mordisquearlo, arrancándole varios gemidos, pero aunque su cuerpo respondía gustoso a cada una de sus caricias, su mente estaba perdida lejos de allí, en un recuerdo de hacía más de diez años y que se resistía a desaparecer.

Recordó aquella vez en que Ailbert quiso propasarse con ella en uno de los jardines de Blue Lake House. Sus tíos y los Feldman estaban platicando con los condes en el salón blanco del palacio, y Rin se había escabullido hacía varias horas a uno de los jardines más alejados del salón blanco, donde estaba la banca de piedra pulida con los nombres de sus padres tallados a mano en el espaldar. Rin solía pasar horas sentada en aquella banca de mármol gris claro a la sombra de un enorme árbol, leyendo o simplemente acariciando el alto-relieve de las letras, pues le parecía que era una forma de sentir a sus padres más cerca, como si sus espíritus moraran en aquella banca y la abrazaran cada vez que se sentaba allí. Y faltando pocos meses para que su plan de irse a Tokio se hiciera realidad, no le gustaba pasar mucho tiempo lejos de aquel lugar. Y mientras leía y acariciaba distraídamente el frío mármol, no se dio cuenta de que Ailbert se había acercado peligrosamente a ella, y luego de discutir, y de dejarle en claro que no había nada en el mundo que le hiciera desistir de aceptar someterse a aquel programa de protección a testigos, Ailbert pareció enloquecer. Se le lanzó encima con tanta fuerza que su espalda se estrelló contra el tronco rugoso del árbol, y mientras intentaba besarla a como diera lugar, no dejaba de repetirle que haría lo que fuera con tal de obligarla a quedarse, aunque tuviera que tomarla por la fuerza para presionarla a ella y a los barones para acelerar la boda. Estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo.

Rin luchó y batalló, pero él no sólo era mayor que ella, sino más fuerte, y no le costó trabajo atrapar sus muñecas a la altura de la cabeza con una de sus manos, mientras le tapaba la boca con la otra. Ailbert comenzó a abrirse paso entre sus piernas y su vestido de verano, presionándose contra ella con rudeza. Y por más que Rin se removiera e intentara sollozar alto a través de la mano que oprimía su boca, era inútil, incluso parecía que su resistencia lo alentaba a continuar, como si esto lo excitara. Estaba a su merced y en uno de los jardines más alejados de la propiedad, ni siquiera los trabajadores solían pasearse por allí. Así que tras varios minutos de lucha, y con su vestido remangado hasta las caderas, se dio por vencida. Ailbert estaba jugándose su última carta para obligarla a quedarse.

Con su vista nublada por las lágrimas se enfocó por última vez en la banca de sus padres, y les suplicó una ayuda silente antes de cerrar los ojos y rendirse a su destino, mientras Ailbert trataba de deshacerse de su ropa interior. Pero de pronto, escuchó la voz de su padre llamándola: 'Marianne'. "Debo estar soñando…", se dijo. Sin embargo, Ailbert se detuvo, como si también hubiese escuchado lo mismo que ella. Se apartó de Rin tan rápido como pudo, y ella de inmediato bajó la falda de su vestido y acomodó su ropa interior, viendo en la misma dirección que él. Pero no era su padre quien iba hacia ellos, era Douglas, el esposo de su nana, quien se caminaba –o casi trotaba– al paso presuroso que le permitía su vieja rodilla lastimada, llamándola y observándola con una mueca de horror y preocupación.

Rin, sin pensarlo dos veces, corrió hacia él con los ojos inundados en lágrimas, y él la recibió con los brazos abiertos, lanzándole una mirada intimidante al joven Blake para que se marchara. Aquel cobarde se escabulló de allí, no sin antes lanzarle una mirada amenazante a Rin, pero no se atrevió siquiera a pronunciar palabra, pues Douglas a pesar de ser un hombre mayor y de cojear con frecuencia, era robusto y el trabajo de años en los cultivos de la baronía le habían otorgado más fuerza y músculos de los que Ailbert podría obtener yendo a un gimnasio por el resto de su vida. Douglas era el administrador de los cultivos de Blue Lake House, era la mano derecha de Anthony y uno de sus mejores amigos. Y su esposa no sólo era la nana de Rin, sino también el ama de llaves del palacio. La pareja había trabajado por años para los barones, al igual que lo hicieron los padres y los abuelos de Douglas muchos años atrás.

Rin se permitió sollozar unos minutos en el fornido pecho de su salvador, mientras le suplicaba que no contara nada a sus tíos. Y siempre pensó que, de alguna forma, su padre había hecho que Douglas pasara por aquel lugar justo en ese instante, pues todos los días a esa hora, Douglas se encontraba muy atareado supervisando las últimas labores del día de los trabajadores. Fue sólo cuestión de suerte –o un milagro– que ese buen hombre hubiese pasado por allí, y de no haber sido por él, Ailbert había logrado su cometido, y aunque de seguro no habría servido de nada para hacerla desistir de su decisión, habría sido una experiencia terrible que la habría marcado por el resto de su vida.

Y mientras recordaba como aquellas callosas y grandes manos acariciaban su cabeza de manera protectora, volvió a la realidad. No supo por qué carajos aquel recuerdo había acudido a su mente justo en este instante, pero fue lo suficientemente perturbador como para hacerla entrar en razón, y recordar que había algo que debía aclarar con Sesshomaru Ishinomori antes de llegar a este punto de su "relación". Así que sin importar sus caricias, estaba decidida a impedir que continuara con sus ínfulas de todopoderoso, sin embargo debía ser cuidadosa y no hacerlo enojar.

— Sesshomaru —Le llamó un par de veces, pero en vista de que sus palabras se mesclaban con gemido, notó que posiblemente él pudo confundirlas con otra situación más candente, como si estuviera pronunciando su nombre apasionadamente y presa del deseo.

Rin puso cariñosamente una mano en su pecho y ejerció un poco de presión para hacerle saber que deseaba que se apartara. Sesshomaru se alejó de su cuello y dejó de abrirse paso entre su escote, que a estas alturas ya enseñaba buena parte de su sostén de encaje blanco. La observó fijamente, exigiéndole una explicación, pero al no hallar más que sus ojos chocolates escondidos tímidamente tras sus pestañas, hizo caso omiso a su protesta y quiso acallar su parloteo con otro de sus besos, pero esta vez ella ejerció un poco más de presión en su pecho, obligándolo a retroceder.

— E-espere —le suplicó entre pequeños besos, que él pretendía convertir hábilmente en caricias apasionadas.

Rin echó hacia atrás el rostro, rompiendo cualquier contacto con sus labios, y apartó la mano de su pecho para acariciar el pómulo masculino con ternura, tratando de no provocar su temible ira. Sin embargo, por su expresión parecía querer acabar con el mundo entero. Estaba furioso, eso saltaba a la vista.

Sesshomaru la asesinaba con la mirada, al tiempo que le exigía una explicación. "De seguro me está dando la oportunidad de defenderme antes de firmar mi sentencia de muerte.", pensó tragando en seco, perdida en la furia que bullía en aquellas lagunas doradas.

Rin se incorporó ayudándose de su brazo libre, sin apartar la otra mano de su rostro, temiendo que si lo hacía él fuera convertirse en el Sesshomaru de sus pesadillas, aquel que la estrangulaba hasta morir luego de hacer trizas a los lobos monstruosos. Le lanzó una patada mental a las imágenes de ese Sesshomaru bañado en sangre que cobraba venganza, y se sentó sobre sus talones, viendo como el Sesshomaru de carne y hueso se acomodaba en el borde del futon y hacía acopio de su escasa paciencia para prestarle atención. Se notaba tenso, y daba tanto miedo como el Sesshomaru macabro de sus pesadillas.

Rin se obligó nuevamente a apartar aquel mal recuerdo para que no la intimidara, pues su mirada de oro, pese a su usual agresividad, daba la impresión de aguardar su explicación. De lo contrario, Sesshomaru ya se habría marchado de allí, dejándola sola y con la palabra en la boca.

Entonces, supo que le estaba dando una oportunidad, algo que muy pocos tenían el privilegio de presenciar. Sólo debía ser astuta y mover bien sus cartas para no acabar derrumbando su paciencia.

En un intento por suavizar su expresión, se inclinó hacia él y depositó un tierno y corto beso en sus labios finos, que él no dudo en corresponder con más necesidad de la que deseaba trasmitirle. Sesshomaru succionó su labio inferior con pasión, tratando nuevamente de convertir aquella suave caricia en un beso apasionado, y retomar el camino que habían perdido por alguna estúpida razón.

— Sesshomaru, creo que… —dijo rompiendo definitivamente aquel beso. Mordió su labio mientras una parte de su cabeza la maldecía por dejar escapar de nuevo la oportunidad de tener a semejante hombre entre sus piernas—que debemos ir más despacio —susurró pegando su frente a la suya, sin dejar de acariciar su nívea mejilla, pues tenía que intentar apaciguar su ira de alguna manera.

Pudo escuchar como un gruñido muy sutil escapó de los labios masculinos, y se preocupó, pues estaba segura de que en cualquier momento la bestia despertaría de su letargo, y volverían a su mal hábito de sacarse los ojos. No quería terminar así de nuevo. Por una vez no quería tener deseos de mandar todo al carajo y largarse.

— Por favor —suplicó. Realmente no quería terminar discutiendo luego de aquel día. Y en vista de que seguramente él estaba esperando una explicación y no una súplica, prosiguió—: Yo sé que… que estamos casados —dijo haciendo alusión al hecho de que no tenía sentido negarse a intimar con él cuando todo el mundo sabía que convivían juntos como marido y mujer—, y también sé que… que es imposible continuar ignorando lo que sentimos. No somos dos niños tontos —agregó mientras su voz se iba extinguiendo hasta quedar convertida en un sonido más suave que el viento que se filtraba por las ventanas. Fuera lo que fuera que él sintiera, era algo casi tan fuerte como lo que ella sentía. Ya fuera mero deseo carnal, capricho o amor. Aunque secretamente anhelaba que fuera lo último.

Pero él permaneció en silencio, y había erigido de la nada aquella usual muralla de hielo impenetrable tan desagradable. Así que ella decidió romper todo contacto con él, y clavar sus ojos chocolates expectantes en aquellos orbes dorados. Mordió su labio inferior, mientras Sesshomaru endurecía aún más su mirada, con su rostro completamente inmutable y haciendo gala de su porte imperial. Pero a pesar de todo, continuaba allí sentado, aguardando. Y a Rin se le ocurrió que debía estar contando hasta mil, haciendo un esfuerzo titánico por contenerse. Tal vez era cuestión de tiempo para que el volcán hiciera erupción.

Rin indagaba en esas misteriosas lagunas doradas con ansiedad, pero después de unos cuantos segundos, supo que la paciencia del demonio blanco se había agotado y debía hacer algo para evitar que él se marchara enojado. Debía rescatar del fango su oportunidad.

— Le… le propongo algo —dijo con torpeza, sonriendo dulcemente y esforzándose por sonar animada, en un intento por calmar a la bestia y domar su ira.

Era como estar encerrada en la jaula de un tigre hambriento, e intentar domarlo sin que la convirtiera en su cena. Sesshomaru simplemente enarcó una ceja pero no se apartó, así que aprovechó su ligero desconcierto para tomar entre sus pequeñas manos una de las suyas, que descansaba en el futón. Su mano grande y firme estaba tensa, así que acarició con suavidad sus nudillos y sus dedos de pianista, para luego apretarla firmemente. Y sin dejar de sonreír prosiguió:

— No le diré más mentiras —. Sin embargo, esto pareció encender la furia en las lagunas de oro, y supo que había metido la pata. Apretó más su mano entre las suyas, con la intensión de retenerlo a su lado si se marchaba, y sin hallar todavía una salvación al inminente desastre. Estaba perdida—. Se lo prometo —tartamudeó muy bajo.

Y aunque su intención fue sacar el pie del fango y levantarse, esto último sólo sirvió para hundirla de cabeza en su estupidez, y para que él apretara los dientes y afilara aún más su ruda mirada. Definitivamente estaba perdida, y su corazón se encogió. Tuvo la oportunidad de su vida entre las manos, y la había dejado escapar. Agachó la cabeza, fijándose en sus manos unidas, sin percatarse de que Sesshomaru le dedicaba una mirada cargada de enojo, curiosidad y extrañeza.

— No hay nada que puedas ocultarme ahora, Blake —acotó con notorio desganó, desviando su vista de ella hacia un punto indefinido de la habitación. Rin ya no tenía nada con qué negociar. Ahora él sabía más de su vida que ella misma.

Y con pesar, Rin tuvo que admitir que Sesshomaru tenía razón. Le gustara o no, él lo sabía todo acerca de ella y su familia, así que no tenía ninguna necesidad de mentirle de ahora en adelante. "Torpe.", se reprendió. Pero hubo algo que la obligó a ser optimista: Sesshomaru no se había marchado y tampoco había apartado su mano, la mantenía unida a las suyas, y permitía que ella trazara arabescos sin sentido por su nívea piel. Tal vez todavía tenía esperanzas. Aunque fuera una tan pequeña como una mota de polvo. "¡Vamos Rin!"

— Entonces… ¿Qué le parece si empezamos de cero? —propuso, e hizo una pausa, esperando que él dijera algo, pero al parecer no tenía deseos de aportar nada a la conversación, y ni siquiera la miró. Rin lanzó un imperceptible suspiro sin borrar su sonrisa, pues debía mostrarse optimista y aparentar calma, a pesar de que sus dedos hubieran aumentado la velocidad a la que trazaban los arabescos en la piel de su mano. "Qué difícil es intentar hablar con este hombre. ¡Qué hombre tan testarudo! Es como hablar con la pared, hasta Himeko presta más atención… ¡Vamos Rin! ¡Animo! ¡Tú puedes!" Se dio ánimos mentalmente un par de veces más antes de proseguir—: Citas, cenas…, conocernos un poco más… tal… vez —y al percatarse de que él no mostraba ninguna emoción y sólo había entornado los ojos hasta convertirlos en dos líneas doradas duras y frías, de nuevo su voz se extinguió –junto con su sonrisa– poco a poco hasta quedar convertida en un susurro. Al final masculló muy bajo—, y… todas… esas cosas.

Rin se estrelló una vez más con la enorme y fría muralla de su indiferencia. Sus ojos dorados habían quedado totalmente velados para ella. Había aprendido con mucha dificultad a leerlo cuando se lo permitía, pero Sesshomaru tenía la mala costumbre de ocultar sus emociones en los momentos más importantes. Ese hombre era un total misterio si se lo proponía.

Rin borró su sonrisa del todo, dándose por vencida, y clavó sus ojos en la tela de algodón de la cobija con desilusión. "Ok, Rin. Por lo menos lo intentaste. De seguro él no quiere lo mismo que tú.", se dijo con pesar, en un intento irrisorio para darse ánimos. "Tal vez él sólo esperaba sexo y hacer este negocio más llevadero.", pero ella no se conformaría con eso. No podía conformarse. "¿O sí?", pensó, viéndolo de reojo a través de sus pestañas, detallando sus facciones finas y a la vez varoniles, y sus ojos dorados como el sol pero fríos como el norte de la llanura siberiana en pleno invierno. Con semejante ejemplar masculino cualquiera podría conformarse, e incluso muchas lo harían gustosas… "¡No!", se reprendió rotundamente, moviendo la cabeza y borrando aquella idea descarriada. Ella lo quería todo, y no se conformaría con nada a medias. No después de todo lo que había vivido. Y podría llegar a ser tan terca, testaruda y caprichosa como él, si se lo proponía.

Apretó los labios, mientras un nudo se formaba en su garganta y las lágrimas comenzaban a arremolinarse en sus ojos. De nuevo sus esperanzas se fueron por el caño, y derrotada, apartó aquella mano de la suya con la intensión de acomodar su vestido y ocultar su sostén, sintiéndose estúpida al pensar que él podría llegar a aceptar algo tan ridículamente cursi y romántico. Sesshomaru carecía de eso que los mortales comunes y silvestres llamaban sentimientos, y obviamente no era un hombre que gustara de los típicos planes de citas, como ir al cine o comer un helado en el parque –ni siquiera gustaba de las comidas dulces–, y mucho menos de cenas románticas a la luz de la luna. "Debiste haberte visto muy ridícula.", le dijo aquella vocecita sarcástica en su cabeza, "'Citas, cenas…', ¡pff! Tonta."

Y mientras se reprendía y ridiculizaba mentalmente, sintió que no podría contener las lágrimas por mucho tiempo más. Tuvo el impulso infantil de correr a la recamara de sus tíos y refugiarse en su regazo y llorar hasta el amanecer. Llorar en silencio y sin dar explicaciones. Pero no podía hacer eso. Ya no tenía cinco años, y debía aprender a no inmiscuir a los demás en sus problemas con Sesshomaru. Sin embargo, se sentía tan estúpida e ilusa. Había intentado hacer algo por los dos, por su mentado y falso matrimonio, malinterpretando el comportamiento de Sesshomaru, creyendo que tal vez él quería algo más aparte de calmar su calentura. Pero no. Su imaginación le había jugado una mala pasada como siempre, y había terminado haciendo el ridículo. No era más que una niña ingenua y cursi, que todavía soñaba con rehabilitar cretinos y descongelar corazones yermos.

Sin embargo, cuando apartó la mano con la intensión de levantarse y correr hacia quién sabe dónde para llorar sola y en silencio, Sesshomaru la detuvo. Rin se sorprendió al sentir sus dedos largos y finos en contacto con los suyos, apretándolos suavemente para retenerla a su lado. Lo miró expectante, como un perrito fiel al que su amo ha maltratado tantas veces, pero aun así continúa viéndolo con adoración, esperando con temor una caricia u otro golpe. Y no comprendía qué pretendía hacer al obligarla a permanecer allí.

Entonces, sin más la besó de nuevo, pero esta vez intentando imitar la suavidad del beso que ella le había dado minutos antes. Y aquello fue suficiente para hacerla sonreír y conservar algún asomo de esperanza. Rin correspondió a su beso con la misma dulzura de siempre, succionando su labio inferior y acariciando su lengua con la suya, sintiendo de nuevo aquellas reconocidas y anheladas descargas eléctricas.

Cuando se apartaron, su corazón latía fuerte, con ilusiones renovadas, y le fue imposible borrar su sonrisa, a pesar de que hacía esfuerzos enormes y en vano por evitar reír como boba.

— ¿Eso qué fue? —inquirió por fin, haciendo un nuevo intento fallido por borrar la sonrisa de sus labios. No podía contenerse, sentía que su corazón iba a estallar o a romper sus costillas. Pero él no respondió absolutamente nada, y se limitó a acunarle el rostro en una de sus grandes manos, para luego acariciar su pómulo con el pulgar, sin alterar ni un ápice su fría expresión— ¿Acepta?... ¿Es un "sí"? ¿Podemos…? —susurró, dejando inconclusa la pregunta y enarcando una ceja de manera juguetona. Ni siquiera podía preguntarle algo tan ridículo, porque a ella misma le costaba trabajo creer lo que planeaba decirle.

Y le parecía increíble que continuara alimentando su esperanza y sus ilusiones con las migajas de caricias que recibía de su parte. "Debo ser masoquista. No hay otra explicación, Rin. ¿Tendré algún problema serio? Tal vez debería ver a un psiquiatra… ¡¿Y si me encierran?! Pff, ¡al diablo! ¡Que me encierren!, sólo sé que estoy loca por este monstruo frío y sin corazón."

La cabeza de Rin daba vueltas y vueltas, formulando miles de teorías, saltando de una posibilidad a otra, mientras Sesshomaru se tomaba su tiempo para responder a sus preguntas, viendo todas las emociones que pasaban por sus ojos chocolates transparentes.

— Has lo que quieras, Rin —dijo finalmente, desconcertándola. Siempre que le decía eso le parecía que le daba cierta libertad, pero también sabía que Sesshomaru no soltaría mucho sus riendas. Se evaluaron unos instantes en silencio, hasta que ella no pudo contener sus palabras.

— ¿Eso es…? ¿De verdad? —inquirió de nuevo sólo para estar segura, enarcando la ceja, y sin poder creerlo. Le parecía imposible. Y aquella vocecita sarcástica en su cabeza era quien menos lo creía.

Él simplemente asintió en silencio, accediendo a su descabellada propuesta, y harto de escuchar las mismas preguntas, como si ni ella misma pudiera creer lo que le estaba diciendo, o como si él anduviera por ahí diciendo cosas por el simple hecho de decirlas. Y ella bien sabía que no le gustaba repetir sus palabras, y estaba a punto de recordárselo, pero se obligó a guardar silencio cuando notó que aquel simple asentimiento fue suficiente para que Rin le diera rienda suelta a su sonrisa, ensanchándola al punto de dejarlo deslumbrado por una fracción de segundo. Sesshomaru prefirió no hacerle ningún reclamo, y supo mantener su impasividad, sin embargo un repentino abrazo logró tomarlo por sorpresa.

Rin enredó sus brazos alrededor de su cuello, y pudo sentir como sus cuerpos se amoldaron a la perfección, y reaccionaron a aquella demostración espontanea de afecto. El magnetismo que había entre los dos era innegable, con cualquier roce o con el simple hecho de saberse a solas en un lugar privado, la atmosfera a su alrededor se tornaba diferente al resto, se cargaba de excitación y expectativa. Y sus cuerpos lo sentían porque de inmediato sus cerebros se congestionaban con millones de descargas eléctricas que entorpecían sus pensamientos y sus sentidos. Era un completo y agradable caos.

— ¡Gracias! —le susurró muy cerca de su oído, sin borrar la sonrisa de su rostro y sin apartarse de él.

Cuando se percató de lo cerca que estaban, y de lo sugerente que había sido el hecho de susurrarle cosas al oído, se sonrojó, alejándose de él. Lo observó tímidamente a través de sus pestañas, al tiempo que cerraba un poco su escote. Sesshomaru le devolvió la mirada impasible, y el silencioso duelo de mirada duró unos minutos.

Sesshomaru sabía que ella quería decirle algo más porque continuaba jugando con el borde de la falda de su vestido. Y aunque ya había acomodado un poco el escote, sus pechos continuaban insinuándosele descaradamente a pesar del molesto sostén. La vio apretar sus dedos unos con otros, inquieta, hasta que abrió la boca, pero no dijo nada.

— El lunes… —se atrevió a decir, para luego lanzar un imperceptible suspiro— me gustaría preparar la cena en casa —le dedicó una pequeña sonrisa muy dulce— ¿Puede salir temprano del trabajo? —Se mordió el labio inferior, temiendo que él tuviera alguna reunión importante en la tarde o en la noche. Si bien, Sesshomaru era jefe y Naraku estaba derrotado, aún quedaban las juntas de algunas empresas menores, y ahora que él era el amo indiscutible de todo, continuaba teniendo responsabilidades, incluso más que antes.

— Sí —dijo sin más, hipnotizado por las sonrisas sinceras de su pequeña mentirosa. Nunca se lo diría y tampoco lo admitiría abiertamente, pero verla sonreírle de esa forma, sólo para él, era mejor que echarse al bolsillo cualquier negocio con muchos ceros a la derecha, o incluso mejor que aplastar a sus enemigos o fastidiar al imbécil de InuYasha.

Rin se llevó un mechón de cabello azabache tras la oreja, pasando la lengua por sus labios para humedecerlos, sin dejar de verlo a través de sus pestañas. No podía creer que de verdad estuviera pasando esto, sentía que estaba a punto de hiperventilar y morir por la falta de oxígeno. Si le contaba a alguien que Sesshomaru Ishinomori había accedido a empezar de cero con ella, a tener citas y cosas por el estilo, de seguro la creerían demente, e InuYasha sería el primero en llevarla a rastras hasta el manicomio.

Necesitaba alejarse de él por unos segundos para pensar con claridad, pues su presencia era avasalladora, y sentir aquella fuerte mirada sobre sí, le quitaba el aire y la capacidad de pensar. Además, necesitaba pellizcarse para convencerse de que no estaba soñando, pero no podía hacerlo frente a él, ya que de seguro pensaría que estaba loca.

— V-voy al baño —anunció de pronto, desconcertándolo todavía más.

Definitivamente aquella niña debía tener algún problema. Primero correspondía a sus caricias apasionadas para después detenerlo a medio camino de lograr su cometido. Luego lo besó tiernamente y le propuso cosas ridículas como tener citas, y con sólo aceptar fue suficiente para que estallara de felicidad. Sesshomaru ni siquiera supo por qué aceptó. Estaba seguro de que sería cuestión de días para obtener lo que tanto deseaba de Rin sin ningún esfuerzo, sin necesidad de ridiculeces ni cursilerías, pues cada vez lograba llegar más y más lejos, y el hecho de haber reunido a su familia, le había servido para derrumbar sus defensas, así que le sería más fácil doblegar su terquedad y hacerla suya de una buena vez. Era cuestión de tener un poco más de paciencia, y si había tenido paciencia para verla caer lentamente entre sus mentiras durante meses, por qué no habría de tenerla para verla caer en su cama en sólo un par de días más.

Sin embargo, un impulso estúpido lo hizo decir que sí, tal vez guiado por la curiosidad de conocer más facetas de aquella mujer que había convertido su vida en un caos. Quería saber qué cosas podrían ocurrir si aceptaba, y aunque no lo admitiera abiertamente, esto no tenía nada que ver con un asunto meramente sexual. Iba más allá de aquel deseo carnal que su instinto le exigía satisfacer. Y sólo fue cuestión de segundos para empezar a ver los resultados de su experimento, pues ella no había tardado en lanzársele encima y estrecharlo en un cálido abrazo, que removió su interior congelado.

Sesshomaru estaba seguro de que Rin había hecho esfuerzos titánicos por contenerse y no dar saltitos por toda la habitación como loca, cuando asintió en silencio a su petición. Y no podía evitar preguntarse qué carajos pasaba por la cabeza de esa jovencita. ¿Tanto deseaba que llevaran ese tipo de relación, que la había puesto tan feliz su respuesta? Aunque a decir verdad, ni él mismo sabía qué tipo de relación tenían, y mucho menos qué tipo de relación empezarían luego de acceder a semejante locura. Habían dejado de ser meramente socios hacía muchos meses, y no eran un matrimonio normal, y nunca lo serían, ni siquiera teniendo citas o conociéndose mejor, empezando por el hecho de que Rin Blake no existía y aparentemente su matrimonio era una farsa, justo como ella le echaba en cara cada que discutían. Así que, ¿qué pretendería Rin con todo esto? Pero fuera lo que fuera, por una vez en su vida, quiso dejarse llevar por la situación y no mover las fichas a su conveniencia, como solía hacer. Por una vez en su vida la dejaría mover las fichas del tablero a su antojo, a ver hasta dónde los llevaban. Puede ser que terminara disfrutando de su jueguito, y si al final no le agradaba cómo resultaron las cosas, simplemente haría lo que el contrato exigía: divorcio y sacarla de su vida.

Sin embargo, tenía el presentimiento que dejarla marchar resultaría más difícil de lo que esperó, en especial porque echaría de menos el caos que provocaba, pues estaba seguro de que nunca dejaría de causarle curiosidad sus constantes cambios de humor, y sus arrebatos por abrazarlo por cualquier nimiedad. Aunque pasaran los años, con ella jamás llegaría a aburrirse, podría ponerse un reto diario de averiguar qué pasaba por su cabeza ese día, y a pesar de que no acertara con mucha frecuencia, nunca se cansaría. Pero él era Sesshomaru Ishinomori, y justo cuando lo creyera necesario, lograría sacar a Rin Marianne Blake de su vida de la misma forma en que la introdujo en su compañía. Y cuando eso ocurriera, no haría nada detenerla o traerla de regreso. Así debían ser las cosas entre ellos, y nada lo cambiaría. Ese había sido el destino de los dos desde que la vio sentada esperando por su entrevista de trabajo. El final para ambos se había escrito hacía mucho, y ellos mismos lo habían sellado con sus firmas.

Sesshomaru la vio saltar como un resorte del futón al tatami, y luego corrió como un bólido hasta el baño, ignorando por completo lo que pasaba por su mente o sus intenciones. Antes de ajustar la puerta corrediza, asomó sus grandes ojos para buscar con la mirada a la Collie y la llamó, permitiéndole la entrada al cuarto de baño, al tiempo que esbozaba una sonrisa traviesa, sin siquiera atreverse a mirarlo, dejando a Sesshomaru perplejo, pensando en ella y sus repentinos y constantes cambios de humor

Por fin a solas, Rin apoyó la espalda en la puerta, aferrándose a sí misma, sonriendo sin poder creer lo que acababa de ocurrir. Se cubrió la boca con las manos y ahogó un pequeño grito de felicidad, mientras era observada con curiosidad por Himeko.

— Himeko, muérdeme —le ordenó sonriente, extendiéndole el brazo hasta que su mano tocó el hocico frío del animal, pero sólo consiguió un suave y baboso lamido que la hizo reír como tonta— ¡Himeko! —le reprendió entre risitas. Y en vista de que no conseguiría un solo mordisco por parte de ella, se pellizcó la mejilla derecha— No es un sueño —murmuró, ilusionada, convenciéndose poco a poco de que no estaba soñando—. ¡No es…! De verdad aceptó… ¡Aceptó! —chilló haciendo ladrar también a Himeko. Rin se rió de sí misma, y tapó su boca nuevamente, mirando hacia atrás, como si tuviera la visión de rayos X de Superman para ver la expresión de Sesshomaru de otro lado de la puerta— Debe pensar que estoy loca —le susurró a Himeko entre risitas traviesas, para luego despegarse de la puerta y ponerse el pijama.

Cuando regresó a la habitación, Sesshomaru la esperaba leyendo de nuevo aquel libro azul, y como era su costumbre, no apartó la vista de su lectura ni siquiera mientras ella se sentaba en el futón. Pero Rin sabía que era consciente de su presencia desde el momento que abrió la puerta, y antes esto le molestaba, pero en un día como ese –en un hermoso y perfecto día como ese–, no podría alterarla en absoluto.

— Hasta mañana, Himeko —susurró, acariciando la cabeza y las orejas del perro, antes de introducirse entre las sábanas y apagar la lucecita de su lado del futón. Se acomodó de medio lado, viéndolo fijamente, tomando nota mental de cada rasgo de su perfil perfecto y de cada matiz de sus ojos dorados infinitos—. Señor Sesshomaru —le llamó luego de unos minutos en silencio, y aunque no hizo ademanes de haberla escuchado, ella prosiguió—. Gracias. Hoy ha sido el mejor día de mi vida —le confesó, tallándose los ojos, pues de repente sus parpados se habían vuelto pesados.

Rin lanzó un pequeño bostezo que atrapó con su mano, cerrando los ojos sin percatarse de que Sesshomaru la observaba de reojo. Parecía tan cómoda a su lado, sin mencionar que estaban más cerca de lo que nunca habían estado en el mismo lecho de manera consciente. Antes, ella se recostaba en el filo del colchón, y cuando no permanecía viendo al techo hasta conciliar el sueño, le daba la espalda. Pero ahora se acostó frente a él, pegándose a su cuerpo, como si ya no lo viera como un leproso al que debía mantener lo más lejos posible. Como si después de aquella extraña conversación, lo viera verdaderamente como a su esposo. Y Sesshomaru no podía creer que hubiera sido así de fácil. Con sólo aceptar sus locuras, fue suficiente para que ella por fin lo tratara como a su esposo y no como un enemigo monstruoso. Fue demasiado fácil. Y aquella fue la segunda sorpresa que se llevó gracias a haber aceptado. Debía decir que era un experimento bastante provechoso.

Sesshomaru hizo a un lado su libro y apagó su lucecita. Se acomodó en su lugar, observándola conciliar el sueño, y cuando creyó que estaba dormida, extendió su mano para acariciarle el pómulo, pero se sorprendió cuando abrió sus enormes ojos expectantes, que de repente parecían dos lagunas de chocolate derretido.

Se observaron en silencio por varios minutos, disfrutando de la compañía del otro, hasta que los parpados de Rin volvieron a traicionarla. Había corrido y brincado toda la tarde junto con Himeko, eso sin contar todo lo que había llorado en la mañana, así que Rin llegó a la inevitable conclusión de que estaba rendida, más cansada que plomero del Titanic.

— Descansa —le ordenó, adivinando nuevamente el hilo de sus pensamientos. Ella simplemente asintió, haciendo una mueca entre sonrisa y puchero.

Aquella noche, contrario a lo que había temido en la mañana, Rin durmió como un angelito, sin ninguna pesadilla a la vista, y el domingo pasó tan rápido como la tarde del sábado. En la mañana todos se habían levantado temprano y luego del desayuno dieron una caminata por los alrededores del castillo para conocer las tierras y las ruinas de las murallas exteriores y el famoso foso.

Pasadas las diez, fueron a recorren en auto el pueblo cercano. Aquel pueblo era chico en comparación con algunos de los pueblos que quedaban camino a Blue Lake House en Escocia, sin embargo era muy pintoresco, con sus calles angostas, y aquella usual combinación de casas y edificios modernos con los antiguos. La vía que conducía al pueblo estaba bordeada a lado y lado por granjas familiares de todos los tamaños, que vivían mayormente del cultivo de frutas y hortalizas; y dentro del pueblo el comercio era la mejor forma de sustento. Había algunas tiendas de abarrotes, panaderías, cafeterías, uno que otro templo antiguo, locales comerciales, tiendas de antigüedades, restaurantes, y los usuales bares y sitios de entretenimiento. Era un pueblo pequeño y relativamente prospero, con lo necesario para llevar una vida tranquila y sin preocupaciones, sin el estrés de las ciudades o de los pueblos más grandes que lo rodeaban.

Los Ishinomori eran una familia muy respetada y apreciada en el pueblo y los alrededores, sin mencionar que eran dueños de la mayoría de los locales comerciales del centro, y de algunas de las tierras a las afueras. Los Ishinomori habían sabido ganarse el cariño de los habitantes del pueblo con el pasar de los años, al punto de que Kazuyo generalmente no gastaba ni un solo Yen cuando hacía el mercado de frutas y verduras para el castillo, pues sus inquilinos obsequiaban la mayoría de los productos. Los Ishinomori siempre habían sido buenos patrones, nunca cobraban de más por el alquiler de los locales, y en las navidades, obsequiaban regalos a todos los niños menores de doce años que se inscribían en una de las tiendas de abarrotes. Aquel era una especie de festival previo a la noche buena muy tradicional en el pueblo, y de vez en cuando contaba con la presencia de algún miembro de la familia.

Recorrieron el pueblo siendo observados curiosamente por sus habitantes, pues no estaban acostumbrados recibir turistas extranjeros, y mucho menos a la visita de los herederos Ishinomori. Comieron en un restaurante tradicional famoso en el pueblo, luego tomaron el café frente a un pequeño local de una cadena reconocida de supermercados. Y a media tarde, regresaron al castillo, pero de camino se detuvieron en una de las granjas propiedad de los Ishinomori. Sus arrendatarios los recibieron gustosos, e InuYasha les explicó que los extranjeros querían echarle un ojo a las ruinas del intrincado sistema de muros de la antigua ciudad amurallada, que aun sobrevivían al paso del tiempo y que atravesaba parte de los cultivos. Muchas de las ruinas estaban esparcidas aquí y allí a kilómetros a la redonda del castillo, y los habitantes de las granjas las conservaban por respeto, e incluso ayudaban a conservarlas, pues las consideraban parte de sus raíces y un valioso recuerdo del pasado de sus ancestros.

Cuando estuvieron en el castillo, el corazón de Rin se encogió. Su fin de semana de ensueño estaba llegando a su fin. Sus tíos partirían a Londres al día siguiente antes del amanecer, pues el señor Feldman y su tío debían estar en la ciudad el martes en la mañana.

En un desborde de amabilidad nunca antes visto, Sesshomaru les ofreció su avión privado durante la cena la noche anterior, para que no se preocuparan por horarios ni cosas por el estilo, pero ellos ya habían contratado un vuelo chárter que partiría a las cinco de la mañana.

Así que sin más que decir, a eso de las seis tarde, todos tenían sus maletas listas en el pasillo que conducía a la salida, y estaban preparados para abandonar el castillo de los Ishinomori.

Y como era de esperar, Rin no quería apartarse de sus tíos, pero entendía que había llegado el momento de decir "Adiós". Aunque se muriera de ganas por volver a su hogar, sabía que no podía marcharse ahora, no después de haber hecho un gran avance con Sesshomaru. Y a pesar de que no era un paso muy, muy largo, tratándose de Sesshomaru era un paso de aquí a la galaxia Andrómeda. "Es un pequeño paso para Rin, pero un gran salto para nuestro matrimonio." No podía irse a Londres después de que él había aceptado su propuesta, aunque todavía le costaba creer que había aceptado.

Se despidieron frente al castillo donde los tres autos los esperaban. Los barones y los Feldman regresarían en el Audi con Ah, mientras Rin y Sesshomaru lo harían en el Aston Martin con Un, para no levantar sospechas ni que nadie pudiera establecer mayor relación entre ambas familias.

Los barones se despidieron de los Ishinomori, agradeciendo la invitación y dejando en pie una invitación a Blue Lake House, aunque esto no fuera más que una utopía para Rin. Luego abrazaron a Kagome e intercambiaron con ella un par de palabras entre murmullos y en gaélico escoces, que nadie más logró entender. Y cuando fue el turno de Rin, se aferró a ellos, sintiendo como el peso de aquellos diez años separados se le venía encima. Los recuerdos de aquella última vez en Zúrich lograron darle una paliza, y sintió que desfallecería en cualquier momento. Con mucho esfuerzo, pudo contener las lágrimas, pero sus barreras emocionales se fueron al piso cuando Danielle rompió en llanto. A la mierda su autocontrol, quería llorar como cuando era niña y se caía de los árboles, estrellándose contra el mundo, o como cuando la regañaban por romper algún jarrón viejo, feo y costoso.

El barón las aferró a su pecho, haciendo esfuerzos titánicos por no llorar, manteniendo su expresión serena. Era su responsabilidad mantener la calma, si Marianne o su esposa lo veían llorar, la despedida sería peor para todos. Observó a su alrededor, y Kagome estaba con la cabeza enterrada en el pecho de InuYasha, llorando a mares mientras él acariciaba su cabello. Y Robert hacía lo mismo con Alicia, quien había dejado atrás su simpático humor negro para derramar un par de lágrimas. Su amigo torció el gesto y movió la cabeza en una negación silente, y Anthony no supo si le estaba diciendo que debía darse prisa para no prologar más aquel momento, o si lo reprendía por haberse empeñado en hacer aquel viaje a Tokio sólo para aprovechar la oportunidad única que tenía de ver a sus sobrinas y de conocer a su casi-yerno.

Entonces, clavó sus ojos azules en Sesshomaru, quien permanecía inalterable, pero en sus ojos había un ligero tinte de impaciencia, tal vez estaba aguardando a que él hiciera algo para detener el llanto de Marianne.

— Danielle, Marianne —les llamó con autoridad, apretando los labios en un intento por acallar sus emociones. Ambas levantaron el rostro al tiempo, pero fue Danielle quien entendió la indirecta y se obligó a menguar su llanto. La mayor limpió las lágrimas de su rostro, y vio preocupada como su sobrina no podía contenerse, así que acarició su cabeza y su larga cabellera.

— Marianne —le susurró la baronesa, pero aquello fue como si en lugar de llamarla, le hubiera dado un pellizco tan fuerte, que aumentó su llanto.

— Marianne —dijo de nuevo el barón, esta vez en un tono más fuerte y autoritario, acunando su pequeño rostro entre sus manos para obligarla a verlo—. "Big girls don't cry" —le recordó, usando el mismo tono que solía usar su padre cada vez que le decía eso.

Rin le devolvió una mirada rebelde, haciendo un puchero mientras contenía sus lágrimas.

— No quiero —le respondió en japonés, estaba tan acostumbrada al idioma de su madre que olvidó que su tío no lo entendería muy bien, entonces le repitió la frase en gaélico escoces.

— Entonces, ¿deseas regresar con nosotros, Marianne? —le preguntó también en gaélico, mirando de soslayo a Sesshomaru, como comprobando que él no podía entenderlos. Sin embargo, Kagome si lo entendió, y dio un respingo al escucharlo, desenterrando el rostro del pecho de InuYasha para clavar sus ojos en Rin, a la espera de su respuesta—. Marianne —insistió, pues ella se había quedado observándolo con sus ojos chocolates encharcados, enormes y plagados de confusión.

Aquella repentina propuesta la había tomado por sorpresa. Era como haber regresado diez años atrás, cuando le preguntaba que si estaba segura de querer marcharse. Y sintió lo mismo que en aquel entonces: temor, ansiedad, expectativa, odio y una profunda tristeza. "Regresar… No. No puedo regresar. No dejaré a Kagome ni a Sesshomaru.". Sin embargo, tampoco quería abandonar nuevamente a sus tíos.

— ¿Por qué? ¿Por qué tengo que elegir entre mi esposo y mi hermana, y ustedes? —Continuó hablando en gaélico, procurando no nombrar a Sesshomaru para evitar que se enterara que estaban hablando de él— ¡No es justo! —gimoteó, haciendo otro puchero, y limpiando sus lágrimas con rabia— ¡Odio a esos condes! Todo es culpa de ellos. ¿Por qué no se buscan otro pez gordo y nos dejan en paz? —se quejó, apretando los puños a sus costados.

Al escucharla, Anthony la aferró a su pecho y le permitió desahogar su rabia y frustración entre lágrimas.

— Marianne, dales tiempo —sugirió, viendo a Robert y recordando que su familia correría peligro si Marianne regresaba. Aunque bien sabía que tiempo era lo único que tenían los condes ahora.

— ¿Tiempo? —Dijo sarcástica, y por alguna razón el recuerdo de Kikyo llegó a su mente. Le había dado tiempo a su tía, y ella la había traicionado— ¡Han pasado diez años, tío Anthony!

— Lo sé —tomó su rostro entre sus manos de nuevo, y acarició sus pómulos con los pulgares— ¿Te parece justo que tu esposo presencie esto? —Le preguntó en tono severo, apelando a su propia seriedad y al gran corazón de Marianne.

Ella apretó los labios, y se volvió a mirar a Sesshomaru. No, él no merecía eso. No después de la charla de anoche. No después de saber que tal vez tendrían una oportunidad. Se mordió su labio inferior y clavó sus ojos en el suelo.

— No —admitió entre pucheros, para luego aferrarse a su tío, resignada por fin a perderlos de nuevo. Se permitió llorar unos minutos más en su pecho, inhalando su aroma fresco a yerbabuena y amadero, en un intento por preservarlo en su memoria para siempre, o por lo menos hasta que pudiera regresar sin complicaciones—. Te extraño mucho —le susurró, antes de apartarse y darle un último abrazo a la baronesa—. También te extraño —masculló, acunándose en su pecho como tantas otras veces lo había hecho.

— Mi pequeña —La mujer le dio un beso en la frente y otro en la mejilla.

Y cuando por fin se separaron, Sesshomaru se acercó a Rin, y tomándola por el brazo, la haló suavemente hacia él.

— Sesshomaru, recuerde lo que hablamos —Y el aludido supo de inmediato a qué se refería: Los condes no podía enterarse de dónde estaba Rin, y sería mejor que ella no pisara suelo europeo—. La invitación a Blue Lake House continúa en pie —dijo magnánimo, tratando de disimular ante las mujeres.

— Sabes que eso es imposible —masculló, Rin. De pronto, todo su optimismo y felicidad del fin de semana, se había trasformado en pesimismo y oscuridad. Ella tenía prohibido pisar suelo británico. Nunca podría regresar a su hogar, ni siquiera como la esposa de Sesshomaru Ishinomori. Para ella, Blue Lake House era el lugar más lejano del universo. Ir a Saturno era más factible que poner un pie en su hogar.

Ante su comentario agrio, Danielle agachó la cabeza y el barón le lanzó una reprimenda silente. Sesshomaru simplemente aumentó la presión de su agarre en torno a su cintura. Y Rin supo que no era momento para sacar a flote su lado sarcástico y rebelde.

— Gracias señor Ishinomori —dijo Robert, rompiendo con la tensión del momento. Alicia hizo lo mismo y luego de agradecer a InuYasha, caminaron hasta el auto.

Los barones agradecieron a Sesshomaru e InuYasha, y luego de darles un último beso y abrazo a sus sobrinas, caminaron también hacia el auto. El barón abrazó a su esposa, y le susurró algo que ellos no alcanzaron a escuchar, mientras Rin los observaba como ausente. Se marchaban juntos y sin ella. Solos como siempre estaban en aquel enorme palacio plagado de recuerdos de personas que se habían marchado para nunca volver: los abuelos, Thomas, Tomoyo, Kagome, y ella.

Un ladrido logró sacarla de su aturdimiento, e hizo que los barones volvieran su vista atrás. Todos se habían olvidado de Himeko. La perra se debatía entre correr con los barones o permanecer junto a su antigua ama.

Entonces, Rin miró a Sesshomaru suplicante. Sólo él podía permitirle quedarse con ella, pues vivían juntos y en su pent-house, y además ella ya lo había obligado a vivir con Kuro, pese a que no le agradaba tener animales en su adorado pent-house. De un momento a otro, el paquete Blake ya no era dos por el precio de uno, sino tres por el precio de uno; y eso sin contar a Kagome y a la abuela Kaede. Y Rin supo que en realidad, eran cinco por el precio de uno. "Toda una ganga…", pensó con sarcasmo. ¿Cuántos problemas le había traído a Sesshomaru?, y no pudo evitar morderse el labio antes este pensamiento, mientras aguardaba por una respuesta a su silenciosa suplica.

Rin había convertido la perfecta vida de Sesshomaru, en un perfecto caos, y aun así, increíblemente, Sesshomaru asintió en silencio. Rin se sorprendió unos instantes, y luego la felicidad la invadió, pero esto sólo fue por una fracción de segundo, pues después la tristeza se apoderó de sus ojos nuevamente. No podía quedarse con Himeko por más que lo deseara. Vio hacia sus tíos, quienes aguardaban por su decisión sin pronunciar palabra; no necesitaban explicaciones para comprender que Rin quería quedársela. Pero Rin no podía arrebatársela a sus tíos. Aquel animal era el único recuerdo vivo que tenían de ella, de que alguna vez tuvieron una hija llamada Marianne a la que habían perdido para siempre por la estúpida ambición de unos individuos. Ella no era nadie para arrebatarles a su mascota, su compañera de penas.

Se agachó para estar a la altura del animal, quien lamió los rastros de lágrimas en sus mejillas, y Rin agradeció el gesto, correspondiéndole con un abrazo, enterrando su rostro en el suave y esponjoso pelaje blanco del cuello de su amiga.

— Ve con ellos —le susurró, haciendo acopio de toda su fortaleza y valor. Rin comprendía que algunas veces, era mejor dejar ir a lo que se ama. Himeko sería más feliz con los barones, y ellos serían mucho más felices con ella, que teniendo que regresar solos—. Te necesitan más que yo, amiga mía. Cuídalos por mí —besó su mejilla peluda—. Te extrañaré —balbuceó, sintiendo como las lágrimas salían de nuevo—. Te prometo que algún día regresaré— dijo viéndola fijamente. Himeko simplemente la observaba con sus ojos marrones almendrados, tan profundos que le pareció como si pudiera comprender todo lo que estaba ocurriendo—. Tienes que cuidarlos por mí. Por favor —le pidió nuevamente, acariciando su hocico puntiagudo y sus pequeñas orejas semierectas, como si la escuchara atentamente.

Rin se levantó con la ayuda de Sesshomaru, y el Collie corrió hacia los barones. Al llegar a ellos, le dio una última mirada, y los tres avanzaron al auto. Rin los observaba con la vista nublada por las lágrimas, mientras ellos se acomodaban en el Audi. Robert se subió adelante con el chofer, y los demás se subieron atrás.

Pronto el Audi no fue más que un punto negro en el camino, y Rin no pudo contener un llanto silencioso. Kagome se soltó del agarre de InuYasha y la tomó entre sus brazos, permitiéndole llorar en su hombro hasta que sus fuerzas pudieran sostenerla de nuevo. InuYasha y Sesshomaru intercambiaron un par de miradas, el primero parecía preocupado por las hermanas, mientras que el otro mantenía su expresión impasible y su porte imperial.

— Debemos irnos —anunció Sesshomaru, sacándolas de su abrazo fraternal—. Es tarde —comentó, como recordándoles que la vida que cada uno había elegido debía continuar, que Rin debía presentarse en la mañana a Ishiguro Corp, que Kagome debía ir a la Universidad, y que ellos dos debían estar a las ocho en punto en la Torre Tenseiga para una reunión.

Rin y Kagome asintieron, y los cuatro se encaminaron a los coches. Kagome no quería apartarse de su hermana, le preocupaba su salud física y mental, y no creía que Sesshomaru fuera capaz de cuidarla. Pensaba que Sesshomaru era tan egoísta, que le importaba poco o nada lo que pudiera ocurrirle a su hermanita. Si pudiera, la llevaría a la tienda de mascotas y no la dejaría regresar con Sesshomaru hasta que hubiese recuperado su sonrisa.

— ¿Estarás bien? —inquirió antes de apartarse de ella, acariciándole el rostro y llevándole un mechón de cabello azabache tras la oreja, en un gesto que a Rin por alguna razón le recordó a su madre. Tal vez su madre solía hacerlo, y en su memoria había quedado guardado aquel recuerdo.

— Sip —aseguró, ayudándole a Kagome a limpiar las lágrimas de su rostro.

— Llámame en cuanto llegues —limpió una última lágrima del rostro de su hermana—. No te preocupes por Kuro —le aseguró con una sonrisa— Mañana estará en tu casa. ¡Animo! —Le alentó— No te arruines este fin de semana mágico —le susurró, sonriéndole con ternura antes de darle un beso en la frente y otro en la mejilla. Y acunándola en su pecho, dijo—: Te quiero, Rin.

— Yo también, Kagome. No sé qué haría sin ti —admitió, devolviéndole el abrazo antes de subirse al Aston Martin.

Rin subió al auto por la puerta que Sesshomaru mantenía abierta para ella, con la mirada preocupada de Kagome clavada en su rostro.

— Sesshomaru —le llamó la mayor, acercándose un poco para hablarle. Él simplemente la observó por el rabillo del ojo, impidiendo con su usual hostilidad que se acercara demasiado—. Cuidala, por favor —susurró.

Sesshomaru simplemente lanzó un bufido de hastío, y caminó hasta la puerta del conductor, ignorándola por completo. Kagome refunfuñó una sarta de insultos, e InuYasha la haló al auto rojo.

De esta forma todos abandonaron el imponente castillo, dando por terminado a aquel fin de semana lleno de sorpresas y revelaciones.

Luego de algunos minutos de camino, el castillo en la colina se había perdido del espejo lateral por el que Rin observaba ausente el paisaje. No pronunció ni una sola palabra durante más de media hora, y se limitaba a mirar los árboles y los campos al costado de la vía, los autos que dejaban atrás o simplemente el bordado de su blusa azul de algodón o el tejido de sus vaqueros.

— ¿Qué te ocurre, Blake? —escupió, fastidiado con su actitud.

Rin despegó la vista del bordado para verlo con sus ojos tristes. Negó en silencio, no muy convencida y volvió a su tarea de descifrar el estúpido bordado. Tras unos minutos en silencio, Sesshomaru dijo:

— Llamaré a Ishiguro para decirle que estás enferma.

— ¿Por qué? —Arrugó la boca y frunció el ceño en un intento de expresión enojada, pero sólo causo que Sesshomaru la observara por el rabillo del ojo con curiosidad, antes de volver a clavar sus ojos en el pavimento.

— ¿Piensas ir a trabajar mañana con esa expresión? —le soltó sin el más mínimo tacto. Rin abrió la boca en un intento de protesta, pero la cerró de inmediato—. Anoche dijiste que fue el mejor día de tu vida, ¿acaso hoy no fue tan bueno para ti? —le reprochó con su voz aterciopelada, con aquel tono que usaba cuando la hacía quedar en ridículo en alguna reunión.

Y Rin se sintió transportada en el tiempo a alguna de esas mentadas reuniones, donde era el saco de boxeo predilecto de Sesshomaru, y él no hacía más que recriminarle por no tener la facultad de leerle la mente y saber qué carajos era lo que quería en los informes, aun cuando él mismo los hubiese revisado con antelación. Parecía como si disfrutara de eso, como si quisiera vengarse de ella por algo que hubiese hecho aun sin conocerlo siquiera. Y de pronto, le pareció que habían pasado siglos desde aquellos días.

Rin negó en silencio para responder a su pregunta, sin importarle que él estuviera observándola o no. Agachó la cabeza, clavando sus ojos en el bordado de nuevo, y recordando las palabras de su tío: "¿Te parece justo que tu esposo presencie esto?". No era justo con Sesshomaru que ella tuviera esa expresión. No después de todo lo que había hecho por ella y por su familia. Si se obligaba a mentir y a sonreír por no herir a sus demás seres queridos, ¿por qué no podía hacerlo por él? Él que significa tanto para ella, él que era la persona por la que había sacrificado la vida que con esfuerzo logró construir en Japón. Sin embargo, tampoco quería mentirle más. Estaba harta de engañarlo.

— ¿Y por qué va a llamar a la señora Ishiguro? —le retó con altanería, llamando su atención. Sesshomaru apartó su vista del camino unos segundo para observarla, enarcando una ceja. Ella fingió ignorarlo, lanzando un bufido antes de girar el rostro en la otra dirección, como si fuese una niña caprichosa y consentida—. Ni que usted fuera mi papá. Y ni que estuviera en la escuela y la señora Ishiguro fuera mi maestra… Además, ¿usted por qué tendría que mentir por mí? —Le retó, altanera, acomodándose en su asiento para verlo fijamente— Le dije que no tenía por qué hacerlo.

Sesshomaru no respondió nada, solamente mantuvo los ojos entornados y fijos en la autopista y en la ciudad que ya se divisaba en el horizonte. Definitivamente prefería verla altanera y buscapleitos, en lugar de verla con aquella expresión ausente y abatida. Sin embargo, su paciencia y su autocontrol tenían un límite muy delgado, y sería mejor que Rin no tentara su suerte. Había hecho una especie de pacto con ella, pero no significaba que aquella revoltosa tuviera su aval para faltarle al respeto.

Rin, como notado que él no tenía intenciones de discutir, suspiró resignada, y prefirió cambiar de tema. Aquel intento de pelea logró devolverle la sangre a sus venas y encender su chispa, y ahora se sentía incapaz de continuar en silencio. Necesitaba hablar.

— Y tampoco puedo faltar al trabajo mañana. Tuve que pedir la tarde del viernes, ¿ya se le olvidó? —él negó en silencio, tratando de que la conversación no muriera, aprovechando que ella parecía tener deseos de hablar nuevamente—. Tenemos una junta mañana —le contó, animada, y él se limitaba a prestarle atención sin pronunciar palabra—. Estamos trabajando en un prototipo experimental para el rastreo de autos, aviones y carros de combate. Y usted que decía que mi trabajo de grado no tendría ninguna utilidad económica —le retó, esbozando una sonrisa de suficiencia, hinchando su pecho con orgullo.

— La guerra genera dinero —acotó con firmeza, en un tono que le heló la sangre, haciendo alarde de su falta de sentimientos—. Rastrear unas cuantas aves no genera grandes cantidades de dinero, Rin Marianne.

— ¡No me llame así! —le reprendió, haciendo un puchero y olvidándose de momento de que él veía la guerra como un jugoso negocio. Si él supiera cuanto le molestaba que escupiera su nombre o su apellido de esa forma, tal vez no lo haría. "¿O será que lo sabe y de verdad lo hace a propósito?" Lo miró con incredulidad, convirtiendo sus ojos en dos líneas chocolates. Parecía estar jugando con ella, siguiéndole el juego a su plática, pero parecía absurdo, pues estaba tan serio y estoico como siempre.

— No es irónico, Rin Marianne, que tú, que dices odiar las guerras, termines desarrollando prototipos para este fin —dijo, adelantándose a cualquier reclamo de la chica respecto al dichoso tema de las guerras . Y Rin agachó la cabeza, y tuvo que admitir que tenía razón: se sentía como un miembro de Greenpeace trabajando fielmente para British Petroleum o Monsanto[1]—. Además, ese es tu nombre —acotó, dándole la estocada final, obteniendo otra victoria para su sala de trofeos personal.

— Pero nadie lo sabe —le retó, incapaz de darse por vencida tan fácil. Y Sesshomaru sonrió para sus adentros, complacido al ver que le daría pelea—. ¿Se le olvidó que soy sólo Rin Blake, la infeliz huérfana que era útil para sus planes?

— No hay nadie más aquí, Rin Marianne —y por alguna razón, parte de aquella frase le pareció que contenía una sensualidad implícita. O tal vez sería de nuevo su imaginación jugándole una broma pesada.

— Me lo gané —se dijo con sarcasmo y dramatismo, mientras rodaba los ojos, y ni siquiera supo en qué momento esto había escapado de su mente.

— ¿Qué cosa?

— A usted —le explicó con obviedad, con un enojo mal fingido—. Me lo gané a usted sin comprar el billete—. Agregó con sarcasmo, obteniendo un bufido bastante audible. Entonces, una risita traviesa inundó el auto.

Y así, entre charlas y discusiones fingidas, llegaron a Tokio.

— ¿Deseas comer algo? —inquirió con apatía, cuando pasaron por una avenida de restaurantes costosos y de hoteles cinco estrellas.

— ¿Una cita? —y eso también había escapado sin querer de su cabeza a su boca, sin pasar por ningún filtro. Se tapó la boca con una mano, viéndolo sonrojada y expectante, pero Sesshomaru sólo enarcó una ceja platinada, y Rin le regaló una sonrisa pícara— Es broma —mintió.

Entonces, sin siquiera preguntárselo, Sesshomaru estacionó en uno de los cafés de moda, y antes de apagar el motor del auto, le dijo:

— Espero que no sea demasiado tarde para el tomar el té, Marianne —Rin abrió la boca por completo. No podía creerlo.

— ¿Está bromeando conmigo? —inquirió sorprendida, sonriendo tontamente.

— No. ¿Vas a bajar o nos vamos? —siseó, recuperando su usual mal humor. Y Rin hizo un esfuerzo por ver a través de sus murallas de hielo dorado, tratando de averiguar si estaba bromeando o si de verdad era una amenaza.

— ¿Me está amenazando? —preguntó, para estar segura. Aunque a decir verdad, la pregunta era más para sí misma que para él. Entonces, él hizo ademan de encender de nuevo el auto— ¡No, no! Ya me bajo —dijo con las manos en alto, como si él estuviera amenazándola con algún arma. Se dio una última mirada en el espejo lateral mientras Sesshomaru rodeaba el auto para abrirle la puerta.

Tomaron té en aquel café, y Rin le contó algunas de sus aventuras con Himeko, de sus muchas travesuras y también de algunos golpes que se había dado por trepar árboles. Y mientras ella hablaba y devoraba todos los panecillos dulces de la mesa, él tomó su té en silencio, haciendo alarde de su imponencia, sin apartar su mirada dorada de ella.

A eso de las nueve de la noche, estaban de regreso en el pent-house, y la conversación pareció extinguirse en cuanto entraron. Cada quien se dirigió a su armario y Sesshomaru le cedió el turno para usar el cuarto de baño, mientras él se cambiaba en la habitación. Cuando Rin salió del baño, Sesshomaru ya estaba metido entre las sabanas con la lucecita apagada y los ojos cerrados.

Ella se coló entre las cobijas con sigilo, haciendo el mínimo de movimientos para no despertarlo, si es que estaba dormido. Sin embargo, le parecía extraño que se durmiera primero, generalmente y en circunstancias normales era ella quien caía en coma al poner la cabeza en la almohada. Se acomodó viendo al techo, tratando de contar ovejas para atraer a Morfeo, pero era inútil.

— ¿Ya se durmió? —le susurró muy bajito, conteniendo una sonrisa juguetona, pero él no respondió. Rin arrugó la boca resignada a dormirse de una buena vez.

— ¿Qué quieres, Rin Marianne? —le escuchó decir fuerte y claro, con su tono de voz inigualable. Y entonces no supo qué decirle. Se sintió estúpida, lo había llamado sin saber si quiera de qué hablar.

— La cena de mañana… —acató por suerte, viéndolo de reojo, y fue lo único medianamente inteligente que se le ocurrió— ¿sigue en pie?

— Duérmete.

— ¿Por qué nunca puede respon…?

— Sí —le dijo sin más, acallando su parloteo.

— Ve que no es difícil —le sonrió, mientras se giraba para ver su rostro de perfil, pegándose más a su cuerpo cálido y protector. Y de pronto, como por arte de magia, el dichoso sueño apareció, y un bostezo se le escapó—. Que duerma, señor Sesshomaru—. Le dijo cerrando los ojos, dejándose llevar lentamente.

El lunes, a diferencia de cualquier lunes común y silvestre, se pasó en un abrir y cerrar de ojos para Rin. Ni rastros de la ya conocida desmotivación y el tedio que produce el famoso 'efecto lunes'. En un momento Rin estaba saludando al señor Oyamada, y al siguiente estaba almorzando en la cafetería de los empleados juntos con sus compañeros de trabajo. Sin embargo, eran las tres de la tarde y ella no podía concentrarse en sus asuntos.

— Parece que hubieras desayunado payaso —bromeó una de las chicas de su equipo de trabajo, mientras Rin tecleaba en algo en el computador con una sonrisa de tonta, la misma que había traído durante todo el día. Al escuchar el comentario, Rin levantó la cabeza para buscar el objeto de burlas de su compañera, y se sorprendió al descubrir que era ella a quien todos observaban fijamente.

— ¿Yo?

— Sí, tu —fue el señor Oyamada quien lo corroboró con una risita.

— ¿Qué hiciste el fin de semana? —esta vez fue la chica quien habló de nuevo.

— ¡Fue el mejor fin de semana de mi vida! —les soltó sin más, levantando los brazos para estirarse con una enorme sonrisa.

— Las ventajas de estar casada con el hombre más sexy del mundo —se quejó una mujer de unos treinta años, rodando los ojos, haciendo que las demás asintieran con pesar.

— A trabajar, señoras —les reprendió uno de los hombres, exasperado con el rumbo que había tomado la charla de las mujeres sobre el tal Sesshomaru Ishinomori. Ese hombre era el tema de conversación de las mujeres durante el almuerzo por lo menos dos o tres veces al mes, pero desde que Rin Ishinomori había entrado al equipo de trabajo, se hablaba de ese sujeto más de lo que los hombres deseaban. Sin mencionar que de vez en cuando, alguna traía una revista en la que aparecía u ojeaban una de sus fotografías en la web, haciendo que todas babeaban, y que los hombres desearan desaparecer.

— Tenemos que entregar avances de esto pronto, Rin —le reprendió Oyamada condescendientemente para hacer que se concentrara en su trabajo.

— ¡Sí señor!

Y aunque quería –de verdad deseaba– concentrarse en su trabajo, sencillamente no podía. No veía el momento de que llegara la hora de la salida. ¡Tendría una especie de cena romántica con Sesshomaru Ishinomori! Y aquel pensamiento la llevaba a las nubes. Cualquier mujer a su alrededor soñaba con algo así, y ella, a pesar de ser su esposa, nunca supo lo que era tener una cita con él. Sus salidas a restaurantes, bares o cocteles eran premeditadas. Siempre había un libreto establecido, sabían cómo debían actuar, y no se dejaba nada al azar. Pero ahora era diferente, no había un libreto ni un público al que complacer; sólo eran ellos dos. Y sentía nervios, como cuando se espera que el chico guapo de la escuela llegue para ir juntos al baile de graduación. Sólo que Sesshomaru Ishinomori era mucho más que un chico guapo de secundaria, ¡él era un dios que moraba entre simples mortales! Así que la expectativa, la ansiedad y la felicidad habían enloquecido a las mariposas que habitaban en su estómago, y cada que pensaba en ello, sentía un nudo en la garganta que no la dejaba pasar saliva. Esto sería cómo una especie de primera cita para ambos.

Sin embargo, tampoco podía dejar de pensar en sus tíos, que a estas alturas ya debían estar volando hacia Londres, y eso lograba entristecerla un poco, pero se obligaba a pensar en otras cosas más agradables, por ejemplo en qué cosa cocinaría para Sesshomaru esa noche. Tenía algunas buenas ideas, pero lo que no tenía era tiempo. El tiempo jugaba en su contra esta vez, pues salía de trabajar a las cinco, y literalmente tenía que teletransportarse hasta el supermercado para comprar lo que necesitaba, y utilizar la súper velocidad de Flash para poder tener todo listo cuando Sesshomaru llegara al pent-house a eso de las siete u ocho –y prefería que fuera a las ocho–. Y a pesar de esto, sus neuronas estaban en huelga y no querían poner de su parte para terminar la programación de lo que sería el nuevo proyecto insignia de Ishiguro Corp.

Cuando el reloj marcó las cinco en punto, Rin ya estaba apagando su computadora, y salió corriendo del laboratorio como loca, despidiéndose de todos con un alegre "Adiós" y un movimiento de manos. Corrió hasta el vestíbulo de empleados, para quitarse la bata y los zapatos de trabajo, y tomar sus cosas. Abajo, Ah-Un la esperaban y prácticamente se lanzó en clavado sobre el asiento trasero del auto, presionando a los gemelos para que se pusieran en marcha. Y nunca, en todos los años que llevaba viviendo en Tokio, el tráfico se le había parecido tan estresante e insoportable como ese día. ¡Era una tortura! Quiso sacar la cabeza por la ventana para insultar a un taxista que se les atravesó, e incluso lanzó un improperio cuando, saliendo del estacionamiento del supermercado, un coche negro les cerró el camino.

Entró al lobby del edificio corriendo como alma que lleva el diablo, sin importar que sus tacones se resbalaran en el suelo de mármol pulido, seguida de cerca por Ah-Un que cargaban los paquetes. Sin embargo, luego de presionar insistentemente el botón del ascensor, se devolvió corriendo hacia la recepción del edificio, mientras hacía señas a los tailandeses para que la esperaran allí.

Los gemelos observaron con curiosidad como Rin corría hasta llegar a donde estaba el vigilante, y casi tropezó con el pobre hombre, quien no tuvo más remedio que sostenerla para que no se fuera de bruces. Entre risas nerviosas, Rin le pidió que por favor le avisara cuando Sesshomaru entrara al estacionamiento por que le tenía preparada una sorpresa, y cuando el hombre asintió, ella le regaló una gran sonrisa, despidiéndose de él y retomando su competencia de los cien metros planos rumbo al pent-house. El hombre no pudo más que observarla curioso, pues era difícil asociar a una joven como ella con el parco y tirano dueño del pent-house y del edificio.

Dentro del ascensor, Rin se comía las uñas. El aparato le pareció demasiado lento, sintió que nunca llegarían al último piso, y por primera vez en casi un año, maldijo el hecho de que Sesshomaru viviera en uno de los edificios más altos de la ciudad y con la mejor vista de todos.

Al llegar, se lanzó como una loca a la cocina, y alistó los ingredientes de la receta de pato a la naranja al estilo francés que había buscado en internet. Sabía que a Sesshomaru le gustaba la comida francesa, y por fortuna no había tenido problemas para conseguir todos los ingredientes en el supermercado, y ahora tenía todo listo sobre su superficie de trabajo. De inmediato se puso en marcha, y por suerte había observado a su nana preparar esta receta un par de veces en Blue Lake House, así que más o menos tenía idea de qué hacer.

A eso de las siete de la noche, el pato estaba cocinándose a fuego bajo junto a los demás ingredientes, y por fortuna no tardaría más de veinte minutos en estar listo y Sesshomaru aún no llegaba. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Y las patatas al horno para acompañar el pato también estaban listas. Para postre sólo había comprado helado de vainilla y salsa de chocolate pues no tenía tiempo de hacer un mousse o un flan. Así que restaba esperar que el pato se cocinara, sacarlo de la cazuela y dejar la salsa unos minutos más hasta que estuviera.

Corrió hasta la recamara y buscó algún vestido bonito, y luego escoger uno rojo y uno palo de rosa, se decidió por el segundo. El rojo sería demasiado atrevido, y no quería que Sesshomaru se llevara una impresión equivocada. Rebuscó unos zapatos del mismo color del vestido, con apliques dorados, y retocó su maquillaje, mientras el pato debía estar cocinándose y Sesshomaru rumbo a casa. Era como correr una media maratón.

El cronometro de la cocina sonó y Rin salió disparada a sacar el pato y continuar con la salsa. Y cuando estaba terminando la dichosa salsa, sonó el teléfono. Sesshomaru había llegado. Le encargó la salsa a uno de los tailandeses mientras atendía la llamada del portero, quien le confirmó que Sesshomaru debía estar subiendo.

— ¡Mierda! —se dijo luego de colgar, regresando a la cocina a toda la velocidad que le permitían sus tacones de aguja.

Pasados unos cuatro minutos, la puerta del pent-house se abrió. Rin observó por encima de su hombro, conteniendo una exclamación de horror, y sin poder apartarse de la cocina, pues estaba a punto de terminar. Lo saludó con una sonrisa, y regresó su vista a la salsa, mordiéndose el labio inferior. "Ojalá le guste."

En cuanto Sesshomaru abrió la puerta, un aroma agridulce parecía haberse tomado el pent-house, y para su fortuna olía bastante bien. Rin lo había recibido con una sonrisa, pero pudo notar cierto estrés en sus ojos chocolates, y no tuvo que ser adivino para saber lo que ocurría: De seguro se había arriesgado a preparar un plato demasiado elaborado y dispendioso, y el tiempo le había dado una paliza. Negó en silencio, lanzando un suspiro imperceptible, mientras soltaba el nudo de la corbata, pero antes de quitársela, se acercó a la cocina para ver qué se le había ocurrido a su pequeña mentirosa.

— Hola —le saludó con una sonrisa tímida y un sonrojo sutil asomando en sus mejillas, mientras agregaba unos gajos de naranja frescos a la salsa que, para su sorpresa, lucía bastante bien.

Él no respondió a su saludo, y simplemente observó lo que parecía ser un pato que mantenía en el horno a fuego muy bajo para que no perdiera el calor. Al parecer, Rin sabía lo que hacía, a pesar de que debía ser un plato complicado. Así que, conteniendo el impulso de acariciar su diminuta cintura, salió de la cocina.

— Puede ponerse cómodo mientras termino—le sugirió alegremente, antes de que saliera completamente—. Sólo faltan un par de minutos —agregó sin menguar su sonrisa.

La mesa aún no estaba lista, así que fue a la recamara para deshacerse de la corbata y el saco, y cuando regresó al comedor, los tailandeses se le habían adelantado y estaban poniendo la mesa. Rin escuchó el ruido de los platos y al observar sobre su hombro, su rostro se iluminó al ver a los tailandeses ayudándole. Rin les dio las gracias entre gritos desde la cocina, mientras ellos asentían y continuaban obedientemente con su labor. Era increíble como esa niña había convertido a dos mercenarios y asesinos profesionales en sus cómplices sin siquiera pagarles un yen, ganándose su aprecio. Sesshomaru estaba seguro de que aunque no les pagara un solo centavo, ellos la protegerían con sus vidas de ser necesario. Definitivamente esa niña era especial.

Hastiado con sus propios pensamientos, Sesshomaru caminó hasta la cava para escoger un buen chardonnay y ponerlo sobre la mesa. Y justo cuando estaba sirviendo el vino, Rin salió sonriente de la cocina con dos platos de pato con patatas en las manos, pero arrugó la boca al echar un vistazo a su alrededor.

— ¿Dónde están Ah-Un? —inquirió, viendo de un lado a otro.

Sesshomaru enarcó una ceja al escuchar cómo los había llamado, y a pesar de haberlo escuchado antes, no dejaba de causarle una ligera curiosidad. No los trataba como a sus escoltas, sino como a sus mejores amigos. Cualquiera estaría gustoso de deshacerse de sus guardaespaldas, pero ella parecía que los extrañaba.

— Salieron —respondió sin más, sentándose en la cabecera de la mesa con un desborde de imponencia y majestuosidad que la dejaron pasmada. Estaba segura de que, si la reencarnación existía, Sesshomaru debió haber sido algún príncipe de una época lejana, con su porte imperial y su desdén hacia todo lo que lo rodeaba. Rin lanzó un imperceptible suspiro, haciendo esfuerzos por contener sus pensamientos.

— Preparé pato para ellos también —masculló, haciendo un tierno puchero mientras observaba los platos que tenía en la mano, logrando sin proponérselo hechizar a Sesshomaru por una fracción de segundo.

Sin más, Rin puso uno de los platos frente a Sesshomaru, y luego puso el suyo en el puesto junto a él, a su derecha. Y sonriente, se sentó en su lugar.

— ¡Buen provecho, señor Sesshomaru! —dijo juntando las palmas de sus manos.

Sesshomaru observó su sonrisa por el rabillo del ojo, bebiendo de su copa de vino, asumiendo que, por como sonreía, debía estar muy complacida por la presentación de los platos. Y mientras ella se enorgullecía de su creación, él no dejaba de pensar en lo diferentes que eran las cosas ahora en comparación a como habían sido la semana anterior. Antes, cuando la cena o los desayunos los sorprendían a solas en el pent-house, ella simplemente ordenaba cualquier cosa en algún restaurante barato y cerca, o simplemente comían lo que la domestica les dejaba preparado; y al sentarse a la mesa, él tomaba su lugar en la cabecera y ella se sentaba en el otro extremo, en la otra cabecera, lo más lejos posible de él, viéndolo como una fiera enjaulada, sin siquiera dirigirle una palabra o un alegre "Buen provecho", como ahora. Aquel era otro de los tantos resultados de aquello que surgió como un experimento.

— Espero que le guste —agregó, viéndolo fijamente con sus ojos grandes bien abiertos, como presionándolo a que probara su plato, logrando sacarlo de sus pensamientos.

Sesshomaru afiló su mirada y luego observó al pato humeante frente a él. Tomó sus cubiertos y partió un trozo de pato. Rin miró su rostro fijamente, atenta a cualquiera de sus nimias reacciones y mordiéndose el labio insistentemente. Se sentía como en una final de Master Chef, esperando por el veredicto del chef Gordon. Aunque a decir verdad, sabía de primera mano que Sesshomaru era por mucho más intimidante y cruel que Gordon Ramsay[2]. Sesshomaru no dudaría ni un segundo en destruirla con una de sus exigentes críticas, sin seguir ningún libreto pre acordado.

— ¿Y? —le presionó cuando él terminó de comer el segundo bocado, sin poder soportar más la espera y aquel silencio sepulcral.

— Está bien.

— ¿Está… bien?... ¡Vaya! —exclamó animada, y Sesshomaru la interrogó con su mirada de oro intimidante. Esperaba que ella refunfuñara por su parca respuesta –incluso lo había dicho con esa secreta intención–, pero esa expresión alegre en su rostro jamás la vio venir—. Me siento como si el chef Gordon me hubiese regalado una de sus estrellas Michelin —comentó sonriente, llevándose un trozo de pato a la boca— ¡Wooow! ¡De verdad está bueno! —Se alagó, sonriendo con suficiencia y orgullo—. Sabe quién es el chef Gordon, ¿cierto? El que aparece en Master Chef y Hell's Kitchen —le explicó, viéndolo atentamente a la espera de su respuesta.

Sesshomaru asintió, y para no dejar morir la milagrosa química entre ambos, respondió:

— Fui un par de veces a su restaurante en Londres —hubo un extraño silencio durante medio minuto en el que Rin entornó los ojos con incredulidad.

— ¡Oh, se me olvidaba que estoy hablando con el Gran Sesshomaru Ishinomori! —comentó con sarcasmo mordaz. Por supuesto que él no sabía de programas de telerrealidad. Él, el todopoderoso, había ido personalmente al prestigioso restaurante del chef Gordon.

Pero entonces, Sesshomaru endureció sus facciones, tal vez conteniendo el impulso de lanzársele encima y estrangularla allí mismo. Había metido la pata hasta el fondo, y estaba jugando con fuego. La ira de Sesshomaru era tan volátil y peligrosa, que en cualquier momento podría explotarle en la cara.

— ¿Está enojado? —se atrevió a preguntar, temerosa, viéndolo con sus ojos grandes al borde de la súplica, como un cachorro que se ha comido los zapatos favoritos de su amo y espera no ser castigado.

— No.

— ¡Qué alivio! —Exclamó luego de soltar una enorme bocanada de aire, y al hacerlo, también logró expulsar sus temores y cualquier asomo de arrepentimiento. Entonces, añadió—: ¿Cree que con esto pueda trabajar en 'Restaurant Gordon Ramsay' en Londres? —Inquirió, enarcando la ceja con una sonrisa juguetona dibujada en su rostro, y sin esperar la respuesta de su interlocutor, prosiguió—: Apuesto a que me nombraría su Segundo Chef[3] —dijo entre risas, comiendo más de pato.

Rin parloteó, rió e hizo bromas toda la cena, mientras Sesshomaru se limitó a degustar su plato, a prestarle atención y a responder de vez en cuando para no dejar morir la charla. Aunque a primera vista el parloteo de Rin podría pasar por incesante y abrumador, por alguna extraña razón, a él le daba cierta paz.

Cuando acabaron el pato, ella se levantó de la mesa, recogió los platos vacíos, y fue hasta la cocina para servir el postre, mientras Sesshomaru la esperaba bebiendo otro sorbo de su copa de vino. Estaba tan a gusto que ni siquiera se había percatado de que eran casi las nueve, y apostaba que ella tampoco tenía idea de la hora que era. A diferencia de él, ella solía acostarse temprano, poco después de las nueve y treinta, a no ser que tuviera trabajo atrasado. Rin era muy responsable con su trabajo y jamás había llegado tarde una sola vez. Ni siquiera cuando trabajaba para él y vivía en aquel vecindario inseguro y alejado, prácticamente al otro extremo de la ciudad. Él la había atacado por muchísimas cosas insignificantes antes, pero nunca por llegar tarde.

Rin regresó al instante con el postre y ora gran sonrisa.

— Buen provecho —le dijo, antes de lanzarse al ataque de su postre, y luego de un par de bocados, rompió su concentración y dijo—: Lo siento —Sesshomaru la interrogó con la mirada—. No me dio tiempo de hacer un postre decente —masculló, arrugando la boca en un puchero infantil y agachando la mirada—. Creo que el chef Gordon me quitaría la estrella que me dio por el pato —confesó apenada, sin poder evitar soltar unas risitas socarronas.

Después de eso, se concentró en comer su postre como si fuera una tarea tan difícil como alguno de los trabajos que realizaba en Ishiguro Corp. Ni siquiera hablaba, estaba absorta en el sabor de su helado y del chocolate, y de vez en cuando sonreía como una niña al sentir algún sabor danzando en su lengua.

— ¡Delicioso! —exclamó luego de comer el último bocado, como si le diera igual un helado con chocolate que un postre gourmet.

Permaneció quieta unos segundos, luego tomó la copa medio llena de vino y bebió un sorbo. Continuó en completo silencio por varios segundos, siendo evaluada minuciosamente por Sesshomaru, quien supo de inmediato que algo le inquietaba. Rin apretó los labios, como conteniendo el impulso de decirle alguna cosa, y entonces, su semblante se tornó serio.

Sin dejar de observar el vino blanco de su copa, dijo:

— Señor Sesshomaru…, con esta cena… quisiera agradecerle todo lo que hizo por mi familia y por mí —aprisionó su labio inferior, conteniendo el temblor en su voz. Y viéndolo fijamente agregó—: Aunque sé que ni con millones de estas cenas podría pagarle…, no se me ocurrió algo más —lo veía a través de sus pestañas, y sus ojos se habían cargado de nostalgia otra vez—. Muchas gracias —susurró—. No sabe lo que este fin de semana significó para nosotros. No se imagina… —se cayó, bajando la vista hasta la servilleta sobre sus piernas.

— No era necesario —arremetió.

— Lo sé —admitió, sonriéndole con infinita gratitud—, pero quise hacerlo.

Sesshomaru se permitió acariciar el dorso de su mano, la cual había quedado a su alcance cuando ella descargó la copa de vino sobre la mesa. Rin se sorprendió, pero no se apartó, como hubiera hecho antes, y por el contario aceptó en silencio su caricia, regalándole una sonrisa dulce y transparente. Y Sesshomaru no dudaba en que podría acostumbrarse a recibir este tipo de sonrisas por un tiempo más.

Pasados algunos minutos, Rin se levantó de la mesa y recogió la loza sucia para ponerla toda junta en el lavavajillas, y cuando salió de la cocina, Sesshomaru la estaba esperando en la sala, bebiendo la última copa de vino. Se encontraba de pie junto a la chimenea, con su porte imperial, y mantenía su mirada ambarina sobre ella. Rin tomó su copa aún medio llena de la mesa, y caminó hacia él, consciente de que él no perdía pista de ninguno de sus movimientos.

Rin se detuvo a escasos centímetros de Sesshomaru, viéndolo a través de sus pestañas, y esbozó una sonrisa tímida, al tiempo que él le acariciaba el rostro con su mano libre. Y sin poder contenerse más, dejó su copa sobre la chimenea y lo abrazó. Rodeó su cuerpo con los brazos, y enterró el rostro en su pecho cálido y protector, inhalando su fragancia amedera con notas de sándalo.

Se sentía tan libre de poder demostrarle su afecto sin que estuvieran en medio de un escenario ni rodeados de público. Sólo eran ellos dos, y ella por fin podía darse el lujo de abrazarlo como tantas veces había deseado hacerlo. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que su huida de Edimburgo valió la pena, que aquella libertad que había forjado por diez años no era absurda y que tenía todo el sentido del mundo. Ahora le había hallado un nuevo sentido a su vida. Él la complementaba de una forma que no podía explicarlo, la hacía sentir en paz con sí misma y con su pasado.

Por su parte, Sesshomaru se sorprendió con aquel extraño abrazo, pero fue una muy grata sorpresa. Y aunque odiaba las demostraciones de afecto, sería incapaz de odiar sus abrazos esporádicos. Pero no se permitió corresponder a su abrazo, simplemente le permitió abrazarlo, sintiendo como sus curvas se pegaban a su cuerpo, haciéndolo sentir extraño.

Y aquel extraño gesto, fue el final de su cita. Después de eso se fueron a la cama.

Al día siguiente, cuando Rin despertó, Sesshomaru ya se estaba bañando, así que rápidamente se duchó en el baño de la otra habitación, y se apresuró para estar lista e ir juntos al trabajo. La noche anterior había sido maravillosa, y habían dormido tan juntos como el domingo, con la diferencia de que Sesshomaru le había dado un sutil beso en los labios antes de dormir. Y tan sólo con recordarlo, Rin llevó sus dedos a los labios, anhelándolo. Queriendo repetir todo. Desde la forma en que acarició su mano cuando estaban en la mesa, hasta aquel pequeño beso.

Durante el camino al trabajo, Rin no dejaba de hablar sobre clima y de una noticia acerca del cambio climático que llamó su atención en uno de los periódicos que había en el auto. Y aunque sabía que Sesshomaru le prestaba atención, él nunca le respondió y ni siquiera apartó sus ojos de su edición matutina del New York Times.

Cuando el auto se detuvo frente a Ishiguro Corp, Rin se inclinó hacia él y apartó bruscamente el periódico de sus manos para depositar un suave beso en sus níveos labios. Luego salió del auto a toda prisa, con una sonrisa traviesa dibujada en su rostro, y dejándolo ligeramente pasmado en el asiento trasero.

La mañana pasó rápido para ella, entre reuniones con su jefa y regaños. Abi era muy exigente y mordaz, y desechó el prototipo que Rin y Oyamada presentaron sin ningún reparo. Pero a pesar de esto, el señor Oyamada no parecía afectado, y la alentó al salir de la terrible oficina, diciéndole que siempre era igual. Le contó que en una ocasión le hizo repetir un prototipo tres veces antes de aceptarlo a regañadientes. Y ahora, Abi les había dado un mes para perfeccionar el prototipo y cambiar los detalles restantes del proyecto que presentarían a la fábrica de autos de guerra en dos meses y medio.

Rin lanzó un suspiro de derrota. Sentía que mientras su relación con Sesshomaru iba viento en popa, los asuntos en su trabajo empeoraban. El señor Oyamada de seguro notó su expresión de abatimiento, porque le dio un par de palmaditas en la espalda para darle ánimos. Faltaban pocos minutos para las doce, así que la invitó a tomar un café para pasar el mal trago, mientras llegaba la hora del almuerzo. Y estaban entrando al ascensor, cuando el teléfono de Rin sonó.

— ¿Sesshomaru? —susurró viendo la pantalla de su teléfono, en especial a la caricatura desfigurada y sangrienta que ella e InuYasha habían hecho del perro insignia de la familia Ishinomori para burlarse de Sesshomaru, y que Rin había puesto como fotografía al guardar el número de Sesshomaru en el teléfono. Movida por la curiosidad, presionó el botón y llevó el teléfono a su oreja, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, él habló:

Estoy esperándote afuera —dijo sin más, y colgó. Rin pestañó varias veces, viendo la pantalla, ahora con la foto de Kuro.

— Vaya —masculló extrañada, pensando en que ya debería cambiar la foto de contacto de Sesshomaru.

Eso era raro. Muy raro. Sesshomaru rara vez sale a esa hora, ni siquiera a almorzar, porque para esa hora las calles y los restaurantes están atestados de gente que busca aprovechar su hora de almuerzo de doce a una. Si salía a almorzar, procuraba hacerlo a la una treinta, cuando la mayoría de los mortales asalariados promedio han regresado a sus labores y los restaurantes están casi vacíos; o de lo contrario ordenaba cualquier cosa a alguno de los restaurantes costosos que le gustaban, para no tener que entrar en contacto con alguien inferior a él.

— ¿Se cayó la llamada? —inquirió Oyamada, viendo la expresión ceñuda de su aprendiz, pero ella simplemente negó en silencio, sin dejar de pensar en Sesshomaru, mientras el ascensor descendía.

— Debo irme, señor Oyamada —le dijo un poco preocupada—. Sesshomaru me está esperando a fuera.

— ¿Ocurrió algo? —Algo debió haberle pasado para que estuviera tan seria y consternada, pues siempre era alegre y bromista. No era usual verla ceñuda y apretando los dedos hasta casi hacerlos reventar por la presión.

— Espero que no. Regresaré a la una en punto, señor Oyamada —prometió, cuando las puertas del ascensor se abrieron en la recepción, y salió disparada a la entrada, despidiéndose con una sonrisa falsa y una reverencia.

A fuera, justo como él había dicho, el Aston Martin la esperaba con los vidrios arriba, como era usual. Sin embargo, cuando ella se acercó al auto, Sesshomaru bajó y le abrió la puerta del copiloto.

— Hola señor Sesshomaru. ¿Ocurrió algo? —dijo sin subirse por la puerta que él mantenía abierta. Pero entonces, él la acercó hacia sí, tomándola por la cintura, y sonrojándola hasta las orejas.

— No —dijo parcamente—. Sólo vamos a almorzar, Rin Marianne —le susurró muy cerca de su oído, desconcertándola e intensificando su sonrojo. Se había acercado sólo para fastidiarla, y ella que había pensado que la besaría. "Tonta."

— ¿A-ahora? —titubeó, viendo que el reloj de su teléfono indicaba que eran las once y cincuenta y cinco.

— ¿No es esta tu hora de almuerzo? —inquirió con desgano, aparándose e indicándole con la mano que debía subir al auto. Ella asintió en respuesta a su pregunta y obedeció. Sesshomaru ajustó la puerta y regresó a su asiento para poner en marcha el auto.

Sesshomaru condujo en silencio hasta aquel exclusivo restaurante francés que sabía era de sus favoritos, y al que habían ido a almorzar con InuYasha en una ocasión. Por suerte el lugar no quedaba lejos de Ishiguro Corp, y tuvieron tiempo de compartir un almuerzo agradable y sin estrés.

Rin jamás esperó semejante gesto por parte de Sesshomaru. Invitarla a almorzar, a ella sola y sin razón aparente, le parecía increíble. Y más increíble le pareció el hecho de que al finalizar el almuerzo, Sesshomaru reservó una mesa para dos por toda la semana a las doce en punto. Y las atolondradas neuronas de Rin sólo pudieron pensar una cosa: Él deseaba pasar tiempo con ella. No podía haber otra explicación. Que él, el demonio blanco, dejara su cueva-oficina a la hora del almuerzo para someterse a las torturas mundanas de almorzar en un restaurante repleto de humanos insignificantes, era toda una hazaña, algo difícil de creer. "¿Será que por fin lo logré? ¿Por fin pude despertar algo en este tempano de hielo ambulante y sexy?", se preguntaba incrédula, pellizcándose un brazo disimuladamente para constatar que no fuera un sueño. Pero no estaba soñando.

Al llegar a Ishiguro Corp, le dio las gracias a Sesshomaru y le sonrió. Pero desafortunadamente para Rin, aquella tarde no fue nada productiva. No podía sacar de su cabeza la manera en que Sesshomaru la miraba, y todo lo que hacía para pasar tiempo a su lado.

Y así trascurrió la semana, entre almuerzos y cenas, como citas disimuladas. El fin de semana estuvieron de visita en la Mansión Ishinomori, y la semana siguiente también almorzaron y cenaron juntos, como un pacto silente entre los dos. Las semanas continuaron pasando, y encontrarse para almorzar y cenar se volvió rápidamente en una grata costumbre. Así como también las demostraciones esporádicas de afecto de Rin se volvieron más y más frecuentes, y Sesshomaru de vez en cuanto correspondía a ellas robándole un beso o acariciando su rostro.


Aclaraciones:

[1] British Petroleum y Monsanto: La primera es la multinacional petrolera británica que fue responsabilizada por el derrame de crudo en el Golfo de México, el cual es catalogado como uno de los diez peores desastres ecológicos de la historia. BP tuvo un reverso económico luego de este desastre, no sólo por tener que costear con todas las labores de limpieza, contención y detención del derrame, sino también porque sus acciones en la bolsa se fueron a pique; y a raíz de esto, tuvieron que vender gran parte de sus activos a nivel mundial. Y La segunda, es una compañía estadounidense de agroquímicos, biotecnología e ingeniería genética de alimentos. Es criticada por producir el tristemente célebre agente naranja que se utilizó en la guerra de Vietnam, y que no sólo contaminó el suelo (que todavía permanece activo en éste), sino que mató a miles de personas y causó graves malformaciones a otro tanto. A parte de esto, existen una serie de teorías (comprobadas o no) de que han producido hormonas para ganado que provocan mutaciones en los animales, también de que comercializan productos con compuestos altamente tóxicos y contaminantes, y los anuncian como biodegradables o no-tóxicos, entre otras cosas. Monsanto ha sido condenada en Indonesia por sobornar a un funcionario público, y la UE ha prohibido varios de sus productso. En el caso particular de mi país, esta compañía produjo el glifosato que el gobierno de EEUU utilizó para la erradicación de cultivos ilícitos (grandes hectáreas de campos se fumigaron desde el aire con esta cosa), y se dice que se propagó por el agua y que el viento lo arrastró a otros lados a parte de los cultivos, por lo que al parecer muchos campesinos vieron afectada su salud (enfermedades en la piel, los ojos, abortos, malformaciones en niños, aumento de casos de cáncer), a pesar de que la compañía afirma que no existen riesgos para la salud humana.

[2] Gordon Ramsay: Es un reconocido chef británico, famoso no sólo por haber sido condecorado con 16 estrellas Michelin en toda su carrera, sino también por ser presentador y jurado de varias temporadas de Master Chef, y por su programa de Hell's Kitchen. En resumen, para los que no han visto este último programa, se puede decir que el tipo es una eminencia de chef, pero aparentemente tiene un carácter de *#$%&*, y le encanta gritar e insultar a sus súbditos.

[3] Segundo Chef (Le sous Chef): Es la mano derecha del Chef y su labor principal es supervisar el funcionamiento de la cocina para que todo vaya de acuerdo a las instrucciones del Chef. En algunas grandes cocinas puede haber varios Sous Chefs.


Hola Chicos,

He regresado un poco más tarde de lo que esperaba, pues de nuevo me extendido y tuve que cortar el capítulo para no hacerlo más extenso. Sin embargo, les he traído de regalo más de diez páginas adicionales de mi formato habitual, a manera de disculpa.

Bien, entrando en materia… ¿Qué les pareció la visita de los barones al castillo? En especial aquella confesión inesperada del buen tío Anthony, pues si bien muchas y muchos llegaron a suponer que los ambiciosos condes tuvieron algo que ver con la muerte del padre de Rin, creo que casi nadie se esperó que hubieran acertado, al igual que le pasó a nuestro Sesshomaru. Así que ahora, sabemos que Rin no sólo tiene al temible Naraku tras sus huesitos, sino también a los condes. Y peor aún, pues ella ignora esto por completo. Y para completar la mala suerte de esta niña (o fortuna), se ha casado con el hombre más sensual del planeta, y eso le ha valido salir en varias revistas. ¿Será que ahora el conde no tardara en descubrir dónde se esconde? Y me sonó en rima jajaja

Pero lo más importantes es que si la descubren, ¿se atreverán a intentar algo sabiendo que se encuentra bajo la protección del Gran Sesshomaru Ishinomori?... Comenten, comenten sus opiniones y teorías conspiratorias. Creo que con tanta conspiración vamos a terminar más paranoicos que Dan Brown :P

Y de alguna manera, parece como si Rin fuera una maraña interminable de problemas para Sesshomaru, pero él bien que lo está disfrutando también... Porque de no gustarle ni un poquito, no habría aceptado su cursi propuesta, y ni siquiera la habría invitado a almorzar con él todos los días. Y creo que este capítulo cayó como anillo al dedo para San Valentín (no fue intencional, ¡lo juro!). Pero si estoy segura de que nuestros dos personajes necesitaban unas cuantas semanas ligeras, sin intrigas, mentiras ni insultos, sólo ellos dos, sin sacarse los ojos ni gritarse como locos lo mucho que se odian. Necesitaban este tiempo como pareja para reconstruir poco a poco su relación rota, si es que podría llamársele relación al hecho de vivir bajo el mismo techo sin siquiera dirigirse la palabra. Y esto era lo que muchos esperaban: ¡que POR FIN las cosas empezaran a marchar bien entre ese par de orgullosos de una buena vez! Que se quitaran las máscaras y empezaran a hacer algo por los dos. Este capítulo está dedicado a todos los que pedían a gritos que este par de testarudos demostraran más sus sentimientos (Un abrazo de oso y un maxi capítulo para quienes lo pidieron).

Y, ¿cómo vieron a Himeko? ¡Amo a ese perro! La verdad, amo a todos los animales de este fic, pero Himeko es especial. Es la amiga de la infancia de Rin, y ya han de imaginar lo mucho que debió echarla de menos cuando se fue a Tokio. Esa pobre perrita se quedó sin su compañera de juegos, sin su cómplice de travesuras. Los animales sufren las pérdidas de una manera muy similar a los humanos, sin embargo a diferencia de nosotros, ellos no comprender por qué nos marchamos, o por qué los abandonamos. Cuando escribí las escenas de Himeko, se me partía el corazón, pues me la imaginaba todas las tardes esperando en el pórtico a que Rin llegara de la escuela, sin desfallecer, así como Hachiko esperó todos los días a que el profesor llegara a la estación.

Bien… creo que me he puesto sentimental, y también se nota que soy una mortal desempleada más porque no sólo me he extendido con el capítulo sino con mis comentarios y aclaraciones jajaja. Y todo este parloteo es para agradecerles por leer esta historia y por los casi ¡40 reviews! del capítulo 34. ¡Gracias!, ¡Gracias! Y de nuevo muchas gracias, por continuar siguiéndola, por esperar las actualizaciones y por tomarse el tiempo de comentar. De verdad, para cualquiera de los que compartimos estas historias en este espacio, es muy gratificante y emocionante recibir y leer un review (deberían ver mi cara de "Rin enamorada" cada vez que leo uno XD). Sin mencionar que me encanta cuando opinan de las escenas, o cuando empiezan a hilar teorías conspiratorias por ahí. ¡Es emocionante! *o*

Agradezco también a todos los que agregaron la historia a sus alertas y favoritos recientemente, pues todas estas cosas son indicadores de algo tengo que estar haciendo mínimamente bien para que se tomen la molestia no sólo de leer capítulos gigantescos, sino de escribir un comentario o agregar la historia a sus alertas y favoritos. De nuevo mil gracias y millones de abrazos de osos de todos los tipos: pandas, grizzly, negros, de anteojos, hormigueros, etc., y de todo el elenco de Tierra de Osos también.

Espero de todo corazón que hayan disfrutado de este capítulo y que no les pareciera aburridor ni demasiado cursi, extenso, o redundante. Disculpen también algún dedazo o errocirijillo por ahí.

Nos leemos pronto. Un abrazo de oso enorme para todos.

Sammy Blue