Notas de la autora: Hola, queridos lectores, lamento el retraso de nuevo. He tenido muchos sucesos que me impiden continuar con "Pasante" o con una de mis otras historias, he estado recibiendo muchas exigencias en la página de Perfect Hell FF en facebook, y gracias a ellas me he apresurado a terminar el capítulo lo más pronto posible. Espero que les gusté, ya que a mí en lo personal me ha gustado mucho. Gracias por todo su apoyo y... nos leemos pronto.
Warning!: Lenguaje inapropiado, Lime, Lemmon, OoC, Pedofilia, OC, Suspenso.
Disclaimer: Los personajes de Demashita! Powerpuff Girls Z NO me pertenecen. Lo único de mi propiedad es el trama de esta historia.
Demashita! Powerpuff Girls Z © Yoko Kamio
๋• Pasante ๋•
๋• By_Perfect Hell๋•
—Por aquí está bien. —indicó Kaoru al taxista, sacó unos cuantos yenes y le pagó, bajándose inmediatamente del vehículo antes de que hiciera alguna pregunta. Miró por todos lados, y sintió por tercera vez el vibrador de su celular.
Era Butch, no tenía que mirar siquiera la pantalla para confirmarlo. Kaoru no podía estar sin hacer nada, no era parte de ella esperar que su Dios hiciera algo por su propia cuenta.
Miró el lugar en el que la había dejado el taxista, volteó hacia a todos lados y entró enseguida a una mercería que estaba al cruzar la calle. Los productos que ofrecían eran de baja calidad e incluso algunos comestibles estaban caducados, Kaoru cogió una botella de alcohol, un paquete de algodón, un martillo, una cuerda, clavos, un bate, unas vendas y unas galletas de chocolate–no caducadas– junto con una botella de agua.
— ¿Es todo? —preguntó la mujer que mascaba chicle de una forma bastante vulgar, su expresión era de aburrimiento; Kaoru sabía que esa mujer sólo quería irse a casa lejos de ese sucio lugar.
No la culpaba, el pueblo al que había llegado hace un par de minutos se notaba sin vida. Incluso cuando llegó, pudo notar a varias personas mayores asomarse desde sus ventanales.
Era un lugar muy rústico, pero era lo suficientemente grande como para perderse. No significaba que no hubiera personas caminando por las calles, pero al contrario de la ciudad, parecía que las personas sólo salían porque la necesidad los obligaba. A pesar de ello las casas eran demasiado grandes, y muy lindas, pero probablemente sólo vivían un montón de ancianos, venerables, pero ancianos después de todo.
—Es todo. Ah… bueno, tiene de casualidad… ¿pimienta?
— ¿Cómo sabes qué va para allá?
Butch aceleró un poco más, dando gracias al cielo que la carretera estuviera completamente despejada.
—No lo sé realmente, Brick. Pero… si es verdad lo que puso Kaoru en la carta, entonces… creo que no nos queda mucho tiempo para resolver este estúpido juego. Y lo más importante, para salvarla… no sólo a ella, a mi padre, a Momoko y a Miyako.
Butch se sobresaltó al sentir la vibración de su teléfono, su pecho se le comprimió al pensar que era el secuestrador con la nueva noticia de que ahora tenía a Kaoru de rehén.
Pero el ver quien le estaba llamando, sólo hizo que su corazón palpitara más fuertemente debido a la angustia. Era el número de Kaoru, Butch contestó y su cuerpo se sintió un poco más aliviado al escuchar la voz de su muñequita.
— ¡Kaoru, joder… qué mierda pasa por tu cabeza, dónde estás exactamente, iré por…!
—Butch, guarda silencio no te hablé para que me regañaras. En primer lugar ya sabes dónde estoy, aun no llego allá, pero estoy como a diez minutos si me voy caminando.
—Kaoru…
—Butch, cállate y escúchame. Tienes que llamar a la policía, tienes que hacerlo. Decirles a donde se deben de dirigir, ellos llegaran justo a tiempo.
—No puedo, si hago eso, las matarán…
—Confía en mí.
—Confié en ti y te escapaste sin decirme nada, ¿cómo quieres que lo haga ahora?
—Te dejé una carta. — Butch escuchó el suspiro de Kaoru, sabía que la había herido con sus palabras pero no lo podía evitar. El pánico que estaba sintiendo en ese momento, era como aquella vez en que pensó que perdería a sus hermanos e incluso su vida, era como revivir aquel día en que cayeron juntos por la cascada y pensó que la perdería, Butch tenía miedo y eso lo frustraba e impacientaba.
— ¡Tú sabes a lo que me refiero! —se exasperó, Butch no tenía ni puta idea de lo que pasaba por la mente de Kaoru, corrección por la peligrosa mente de Kaoru.
—Oye, sólo una vez más… prometo que todo estará bien ¿sí? Ahora tienes que hacer todo lo que te digo, confía en mí.
Momoko despertó y sintió una tela presionando su herida, podía sentir el respirar pausado de su amiga rubia.
—Mi…Miya…—murmuró Momoko, pero no pudo pronunciar su nombre. Su cabeza le punzaba fuertemente, era como tener un taladro perforándole la cabeza.
El sonido de una gotera en alguna parte de aquel horroroso sitio hacía eco, Momoko frotó sus ojos a pesar de saber que por más que los frotara no vería nada en aquel lugar de penumbras.
—Ah…
Un quejido hizo que se levantará de golpe, Momoko tanteó en el suelo y ahí estaba su amiga, tirada junto a ella durmiendo.
Sin embargo, ese quejido no podía haber venido de ella, no. Los quejidos seguían escuchándose, era la voz de un hombre.
— ¿Se-señor Dumah? —dijo Momoko con una voz casi inaudible, debido a las pocas fuerzas que tenía. Los quejidos cesaron pero nadie contestó, Momoko empezó a mover a Miyako tratando de despertarla, ésta se removió un poco y se levantó para ver a quien había interrumpido su reconfortante sueño.
Momoko sabía que Miyako había estado esperando despertar en su hogar, junto con su abuela, dándole los buenos días de una forma tan cálida y gentil.
—Momoko… ¿cómo estás? —susurró Miyako, casi se podía percibir los temblores de su cuerpo por el tono de su voz.
—Mal, me duele la cabeza.
Un ruido hizo que se sobresaltaran, esta vez no era un trueno, ni siquiera eran aquellos malditos que las habían secuestrado; eran pasos y quejidos angustiantes. Momoko sintió las manos de Miyako apretar su brazo, el miedo también estaba amenazando con invadirla a ella pero se tranquilizó.
Nada ganarían con asustarse. El tener miedo no haría que estuvieran a salvo, el miedo no las sacaría de ahí y Momoko estaba consciente de ello.
— ¿Qué haremos? —preguntó Miyako, que aun seguía aferrada fuertemente al brazo de su mejor amiga.
—Salir, debemos encontrar la forma de salir de aquí.
Momoko empezó a tantear el suelo, Miyako siguiéndola también empezó a ayudar. El grito de terror de Miyako al tocar un ratón que pasaba por ahí hizo que Momoko se sobresaltara.
— ¿Qué paso?
—Una rata.
Momoko miró con dificultad, tratando de ubicar a aquel pequeño roedor. Las luces se encendieron de repente y Momoko cerró con fuerza los ojos volviéndolos a abrir en un par de segundos, miró como la rata se escabullía debajo de aquella cama húmeda e inservible que había.
Escuchó aquellas pisadas acercarse, eran tan penetrantes que pareciesen taladros perforando su cabeza. O más bien pareciesen el ritmo de la muerte, sí, era más adecuado llamarlos así. Ese sonido tan aterrador, que cada vez que lo escuchaban sabían que algo malo iba a pasar. Algo que no se podía evitar.
Momoko sintió las manos temblorosas de Miyako jalar su brazo, y en ese momento, cayó al suelo. Miró a Miyako cerrar los ojos y comprendió, que lo mejor era "permanecer dormidas". Aunque probablemente el hombre le aventaría agua helada para despertarlas si se llegase a enojar por aquella acción suya.
—Maldición, que hijo de puta… a parte de esas mocosas también me tengo que encargar del maldito enfermo mental.
El hombre hablaba en voz alta sin pudor alguno, Momoko escuchaba con atención sin abrir los ojos. No comprendía nada, y realmente no quería comprender… pero si no se equivocaba, había alguien más a parte de ellas dos y Dumah Djim.
Había alguien que probablemente, era la causa de toda esa situación. Pero Momoko, no estaba tan segura si deseaba conocerlo.
—Hay cosas que puedes y no puedes hacer en la vida, pero siempre elegimos las que no podemos y acabamos rindiéndonos. Acabamos perdiendo. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Dumah miró a aquel chico, que podría ser su hijo debido a la diferencia de edad que se marcaba entre ambos. Sin embargo, el viejo escritor pensaba que si él fuese su hijo, probablemente él estaría más que muerto en ese momento.
—No contradeciré eso, pero… también es cierto que… uno tiene la opción de que manera vivir.
Un resoplido salió de los labios de aquel hombre, no podía describir muy bien si el sonido que produjo fue el de una risa o un chasquido, pero sí podía sentir la frustración de aquella habitación sobre sus hombros. Era sofocante.
Pensar que su antigua casa sería su prisión, casi lo hacía reír.
—Te equivocas, uno no elige como debe vivir. El mundo se mueve, provocando que cambie constantemente, mientras tú… tú simplemente vas desvaneciéndote poco a poco. Sucesos van y vienen, mientras eres victima de la crueldad de las personas. Es decir, mírate… atado de manos y secuestrado. Tú no elegiste esto, ¿verdad?
Dumah no contestó nada, dirigió su mirada hacia la ventana y sonrió levemente. Era una sonrisa llena de amargura, aquellas como las que brindaba después del fallecimiento de su querida esposa.
Ese chico estaba loco, pero en cierto modo lo comprendía.
—Momoko… —susurró Miyako con voz temblorosa, sus sienes parecían palpitarle constantemente pero no le había tomado ninguna importancia.
—No digas nada, ven… ayúdame con esto.
De nuevo estaban en penumbras, pero gracias a la visita repentina de aquel hombre calvo, habían podido ver una pequeña esperanza en su vida.
—Está pesado. —dijo Miyako, algo asqueada al sentir el viejo colchón inundarse en sus dedos y sacar un poco agua que apestaba debido a que probablemente nunca había sido secado.
—Es porque está mojado, con más fuerza… una, dos, tres…
Su vista había mejorado más en la oscuridad, pero aun seguía siendo difícil. Sólo podían confiar en su tacto. El colchón cayó al suelo, tanto Momoko como Miyako sabían que no tenían mucho tiempo antes de que aquel hombre calvo volviera. Unas cuatro horas eran y debían ser más que suficientes para salir de ahí.
— ¿Momoko?
—La tierra está húmeda, lo sabía...
A veces, Miyako no entendía muy bien a qué se refería Momoko. Su amiga era muy inteligente y solía hablar de cosas que eran completamente desconocidas para ella. Pero, esa vez… pudo entenderlo, había encontrado una oportunidad de vida.
—Esto es más grande de lo que imaginé. —se dijo a sí misma Kaoru, cayendo de un salto al antiguo jardín de los Akamiya. Era hermoso realmente, pero… al mismo tiempo era aterrador. Estaba lleno de mala hierba, las rosas estaban enredadas en sus propias espinas y había mucho lodo alrededor, como si hubiese pasado una tormenta.
Caminó despacio, con su bate lleno de clavos en la mano y miró alrededor. Sus sentidos estaban muy activos en ese momento, sus oídos captaban cualquier pequeño ruido y su vista era forzada a ver más allá de lo que normalmente lo haría.
No es que hubiese adquirido súper poderes, pero ahí estaba, jugándose la vida y la de su hijo por salvar a sus amigas. ¿Una persona normal lo haría? No lo sabía, pero Kaoru sabía que ella no era precisamente lo que definía la palabra normal.
Escuchó unos murmullos y se ocultó rápidamente detrás de una de las tantas estatuas de piedra que había.
—No es gracioso, este trabajo es una mierda.
—Vamos, vamos… sólo te vomitó un poco ¿no?
— ¡Cierra la puta boca! Qué asco, ese maldito loco debería estar en un manicomio… no aquí.
Kaoru se asomó sólo un poco para visualizar mejor a aquellos hombres que deambulaban por el jardín. Hizo una mueca de desagrado, ambos eran grandes y se veían musculosos, pero… Kaoru estaba segura que ella podría vencerlos con dos simples patadas o dos batazos, lo que se le ocurriera utilizar primero.
Pero, simplemente no se podía parar delante de ellos noquearlos y alertar a los demás mastodontes que –probablemente– había en aquella inmensa mansión. Si hacía un mal movimiento, si daba un paso en falso, podría costarle la vida.
Butch llegó a aquel pueblo llenó de recuerdos, dolorosos recuerdos. Sus ojos visualizaron aquella lejana mansión, la cual destacaba entre todas las demás. Ese era un pueblo miserable, alegre en su tiempo, pero ahora mostraba un aire de tristeza y desolación.
Los viejos que aun permanecían ahí, era porque habían terminado su trabajo de criar a sus hijos. La mayoría de las casas eran de economía bastante baja, pero aquellas que destacaban entre las demás, se les conocía como "magnates" de Japón, aunque la mayoría de los que conocía habían abandonado su país natal.
Se había ido a Rusia, Francia, Estados Unidos y demás lugares en los que su dinero produciría eso más dinero.
Butch aun podía recordar aquellos días felices en los que su madre lo llevaba a pasear por esas calles que en ese entonces aún conservaban su vida.
— ¿Butch? ¿Qué es lo qué miras, pequeño? ¡Vamos, papá nos dejará aquí si demoramos!
El pequeño Butch miró a su bella madre sonreírle, él sonrió y aun se quedó mirando a ese bello cuadro que estaba pintado el señor Tachibana. Era como mirar miles de emociones, y a la vez que no te dijera nada a simple vista.
Un bello cuadro en el que se podía apreciar un paisaje bastante inexpresivo, al igual que su mirada. O al menos eso le decían los pocos amigos que tenía, nunca sabían lo que Butch pensaba y él no quería que lo supieran.
Dejar que vieran todas sus emociones no era parte de él, Butch era amigable, reía y jugaba como todos los demás niños. Sin embargo, había momentos en los que pensaba de una manera muy distinta a los demás niños, una manera que aterrorizaría a cualquiera.
—Mamá… ¿me compras ese cuadro?
—Butch, ya casi llegamos. ¿Qué hacemos? —preguntó Brick, sudando. Seguramente si fueran en carro los descubrirían de inmediato.
—La policía demorara, ¿no deberíamos esperar?
—Pero… no sabemos lo que harán si ven a las patrullas llegar al pueblo.
Butch miró a su hermano mayor sudando y sonrió de lado.
—Yo les diré lo que haremos… repetiremos la historia.
—Esto es tan… repugnante. ¿No crees que ya fue suficiente?
Arakami se encontraba mirando a su hermano mayor, mirando hacia los exteriores del jardín. Cerró los ojos fuertemente y los volvió a abrir, mientras sentía como sus manos le empezaban a temblar. Su cuerpo se congeló al ver a través del reflejo de su hermano, aquella mirada tan penetrante, que no podía decidir si le daba más miedo la de Butch Akamiya o la de él.
Aun podía recordar los llantos desesperados de su madre al informarle que su esposo estaba preso, y que al parecer había quedado loco.
Ese día había sido el peor y a la vez, el más alentador de toda su miserable vida.
Su hermano mayor, estudiaba cómodamente en el sofá favorito de su padre; aun no sabía por qué hacía eso, sus padres nunca les habían exigido estudiar, es más, creían que la escuela sólo servía como una institución dictadora. La cual te educaba sólo para recibir órdenes, no para darlas.
—Neh… Daichi, ven a jugar conmigo.
—Basta, Kanade. Ve tú solo, estoy estudiando.
—Pero ni siquiera vamos a la escuela, ¿qué sentido tiene? Al final estudiar no nos servirá de nada.
Su cara del pequeño Kanade quedó rojiza, después del puñetazo que su hermano mayor le dio.
—Cierra la boca, pequeña mierda. No sabes lo que dices, tú también deberías de tratar de aprender algo productivo.
Se frotó fuertemente su mejilla tratando de disminuir el dolor, cuando sintió la rabia fluyendo dentro de él, tenía ganas de llorar pero no lo haría. Nunca lloraría enfrente de su hermano, ni de cualquier otro miembro de su familia.
Estaba prohibido llorar en esa casa, si te veían llorando. Con eso tenías para que estuvieran jodiendo todo el día, tachándote de mariquita o débil.
Kanade no era débil, ni mariquita. Por lo que no debía de llorar, llorar era signo de debilidad; no te servía de nada, más que para demostrar lo cobarde que eras.
—Te mataré… algún día de estos lo haré. —dijo Kanade lleno de rencor, su hermano Daichi sonrió, mientras Kanade se llenaba de horror. Su hermano casi nunca sonreía y cuando lo hacía era porque algo malo iba a pasar. Algo muy malo.
Su intuición le dijo: "huye", pero su cuerpo estaba inmóvil. No le respondía, definitivamente sus piernas no eran capaces de levantarse y correr lo más lejos posible de ahí.
¿Cuántas veces había pensado huir de aquella casa en donde toda las personas eran malas? Muchas, pero… él no tenía ningún lugar a donde ir. No podía irse a otro lugar, las demás personas sabrían que él también era malo.
Sintió ganas de llorar al sentir como su hermano le apagaba un cigarro en su antebrazo, mientras sonreía perversamente.
— ¿No vas a llorar, Kanade? ¡Vamos, pequeña mierda!
Kanade gimoteó un poco, pero en vez de llorar negó con la cabeza.
—No… n-no, no lo haré.
—Bien… —dijo Daichi, apagando por fin el cigarro—admiro la fortaleza que tienes, así que sólo por eso te perdonaré. Iré a estudiar así que no me interrumpas.
En toda la tarde, Kanade no se apareció delante de Daichi.
Escuchó la puerta abrirse, era como una señal para que Kanade y Daichi se reunieran de nuevo en un solo lugar. Su madre había llegado, sonriente, fumando un cigarrillo.
—Miren, mocosos… les traje comida.
Los niños miraron emocionados la bolsa de pan que le arrojó su madre y enseguida buscaron.
—Iuc… ¿qué es esto? —dijo Kanade, viendo un pan con algunas partes llenas de alguna sustancia verde.
—No pongas esa cara, enano. Si le quitas las partes que no te gustan se verá mejor. Deberían agradecerme que me preocupe por ustedes. —la mujer veinteañera, resopló con burla mirando a los dos niños verla de mal modo.
— ¿Por qué no te lo tragas tú? —dijo Daichi, aventándole el pan a la mujer.
Kanade lo miró sorprendido, era sorprendente que le hablara a su madre así. Aunque era comprensivo, Daichi era dos años mayor que él… incluso ambos sabían que aquella mujer rubia, no era más que otra puta de su padre. Pero siempre habían tenido la intención de llamar "mamá" a toda mujer que entrara a esa casa.
Tal vez en forma de burla o simplemente era porque en el fondo de su corazón, a pesar de que lo negaran, aun anhelaban lo que se sentía tener una madre.
—Mocoso, hijo de puta. ¡Muérete de hambre, entonces!
La mujer se encerró en su habitación, y no salió hasta que llegó la noche. Unos policías tocaron la puerta, en ese momento Kanade pensó que iban a arrestarlos, pero sintió la mano de Daichi sobre su boca. Señal de que debía guardar silencio.
—Sí, digame.
—Usted es la esposa de Seith Tanaka.
—Hmm… ¿por qué? —preguntó la mujer, algo nerviosa.
—Lamento decirle que el señor Tanaka fue detenido, está preso. Pero…
— ¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué paso?
—Al parecer trato de robar la mansión Akamiya, dado su momento de pánico, mató a lo que parece era su cómplice. Pero el señor Tanaka… —el policía chasqueó la lengua, jamás había tenido que dar una información de ese tipo—El señor Tanaka presenta dificultades mentales.
Kanade abrió a más no poder los ojos, escuchando y sintiendo la respiración acelerada de Daichi chocando contra su nuca.
—Ha… ¿ha quedado loco?
—Sí. Lo lamento, pero necesitamos que firme esta orden de traslado.
Kanade miró a su madre firmar aquello, cerró la puerta y su mirada aun parecía perdida. Fue cuando su madre se dejó caer sobre sus rodillas y empezó a llorar desconsoladamente, Kanade no sabía que pensar. Su boca fue liberada del agarre de su hermano, volteó a verlo y miró como se iba a su habitación.
Lo siguió, entrando en ella.
Un jarrón casi le daba en la cabeza si no se hubiese agachado, Kanade hubiera preferido no entrar. Miró a su hermano tan alterado, lleno de furia y golpeando la pared como si ella fuese la responsable de aquello que acababa de suceder.
Kanade empezó a llorar por primera vez.
No pasaron ni tres días cuando la mujer los había abandonado a su suerte, Kanade pensó que empezarían a robar. Es decir, ¿qué posibilidades tenían de sobrevivir dos niños en ese mundo tan grande?
Sin embargo, no fue así. Daichi comenzó a trabajar, y por increíble que pareciese, trabajaba para que pudieran comer ambos. Nunca le había envidiado la comida que llevaba diariamente a casa. Kanade pensó que tal vez, el que su padre se volviera loco hubiera sido lo mejor. Jamás había comido algo tan rico como la comida que le traía su hermano e incluso su relación había cambiado, ahora se llevaban mejor.
Así siguieron viviendo por un largo tiempo, hasta un día en que se le ocurrió preguntar por su padre; en ese momento supo que su hermano probablemente, se había convertido en el peor ser humano del mundo.
— ¿Volveremos a ver a papá?
—No lo sé.
— ¿No… no lo extrañas?
—No realmente.
— ¿Qué vamos hacer ahora?
Su hermano dejó su plato vacío en la mesa, y sonrió. Pero no era de esas sonrisas momentáneas, era una sonrisa que probablemente Kanade llevaría marcada de por vida.
—Venganza. Eso es lo que haremos.
—Kanade, Kanade, Kanade… —Arakami respiró hondo, conteniendo el aire. Hace mucho tiempo que no lo llamaba por su verdadero nombre—esto nunca será suficiente, mi pequeño hermano.
Su rostro palideció en cuanto vio aquella sonrisa que había aparecido aquel día. Aquel día en el que había empezado a llorar por segunda vez.
Reviews?
Lamento la tardanza, prometo ser más constante ahora que mi inspiración ha regresado.
KaoruxbutchTS: Muchas gracias por tu review, cuando acabé toda esta situación... tal vez piense poner algo de Miyako y Boomer.
Airu: Hola, muchas gracias por comentar. Y lo pensaré, por el momento la situación amorosa de los azules no está en mi mente... me estoy enfocando en la situación actual, tal vez... después. :)
Aboleet: Gracias por tu review!
Sara Jovi: Ya veremos que es lo que pasa con ella, ahora que la situación se ha vuelto más complicada.
Nicolet Ayala: Gracias por tu review.
Anónimo (Guest): No importa que no tengan cuenta de FF, pueden comentar si gustan. Aprecio que te tomes tu tiempo para dejarme tu opinión.
Gii: Gracias por tu review!
MOMOKO012: Sí, descuida. Yo también me disculpo si te molesto lo que escribí, en fin... muchas gracias por tomarte tu tiempo de leer, y espero que comprendas mi reacción, espero que hayas disfrutado el siguiente capítulo.
Ana: Gracias por tu review, sí... a mí también me gustaría subir los capítulos que faltan, pero es muy difícil encontrar un momento inspirador para escribirlos. Jeje, ya me tomaré mi tiempo para avanzar un poco más.
