Hola, mis queridos lectores. Como podéis ver no me he dado por vencida con esta historia ni pienso dejarla de lado en ningún momento. Sin embargo, como sabréis durante unos meses he tenido que estar en hospitales debido a que un familiar mío estaba enfermo, el cual falleció recientemente y como comprenderéis no tenía ni el cuerpo ni la cabeza para seguir la historia, aunque lo deseara. Se dice que el tiempo cura todas las heridas y ayuda a olvidar, por eso me he dado un tiempo para centrarme en mi vida y seguir escribiendo. Deseaba actualizar antes de final de año, pero este capítulo ha sido especialmente difícil, por lo que me fue imposible terminarlo a tiempo. Aun así, espero que disfrutéis.
«Al menos, encontrar a María no le costó mucho. Atraía a los problemas como la bodega de un barco a las ratas». —La Cruzada Secreta
Mensaje
Noviembre de 1191 d.C.
Altaïr bajó la vista, observando a los cientos de fieles que se arrodillaban durante el Ars en la enorme mezquita de Damasco. Si el heraldo no había mentido aún faltaban horas para que los seguidores de Jubair se reuniesen, justo al terminar el último rezo de la tarde. Debía volver al refugio y avisar a Imam para que enviara a Khalil a la madraza de la que el orador había hablado, así podría recopilar información sobre los sujetos que se reunían allí; averiguar cuántos eran y, si era posible, detenerlos antes de que aquellas erróneas ideas sobre el conocimiento y el saber se expandieran como una plaga por la ciudad.
Sin embargo, pararlos no sería tan sencillo. La última vez había sido su mano la que había puesto fin a esa locura. Al matar a Jubair había hecho llegar un mensaje a sus seguidores: cualquiera que siquiera sus enseñanzas acabaría de igual forma. Pero, al parecer, el fanatismo que despertaban tales pensamientos había sobrepasado el umbral del miedo que sentían por los Asesinos, y eso les volvía peligrosos. Si algunos habían vuelto y pagaban a otros para envenenar las mentes de los ciudadanos, pronto las habladurías se extenderían, haciendo que nuevamente las piras ardieran en las calles.
El sarraceno lanzó un tedioso suspiro ante aquel funesto panorama. Si Al Mualim siguiera siendo el Maestro de la Orden sabía a la perfección cuales habrían sido sus palabras.
«Mientras sobreviva uno solo, también sobrevivirá su plan…», escuchó resonar en su cabeza, como el siseo de una sibilina serpiente.
No permitiría que se volvieran a repetir los altercados de verano. No obstante, ahora él era quien indicaba los objetivos, quien mandaba a otros a matar a todo aquel que pusiera en riesgo la seguridad de Tierra Santa. Él era quien debía asegurar la paz. Pero no era una tarea tan sencilla como siempre había planteado su mentir. ¿Acaso los últimos hombres a los que había marcado no lo había hecho para su beneficio personal? A pesar del mal que pudieran causar cada uno de ellos, cientos de personas realizaban los mismos crímenes cada día y no por ello eran sentenciados.
Cuando mató a Tamir creyó hacer lo correcto; era un traficante y explotador que se dedicaba a fabricar armas, haciéndose rico al venderlas durante la guerra. Se aprovechaba del sufrimiento del pueblo para beneficio propio. Era el mayor mercader de muerte de la ciudad. Pero, ¿acaso eso había sido un crimen tan grave? La inflación provocada por los conflictos también había hecho que los pequeños comerciantes subieran los precios, haciendo que los más pobres no pudieran alimentarse; las tarifas para recorrer el reino habían aumentado, ralentizando el movimiento de los viajeros y nómadas, además de impedir la entrada de éstos en las ciudades a no ser que pagaran tasas desorbitadas. La gente que realizaba tales actos, ¿acaso ellos no se aprovechaban también de la guerra?
«Él era distinto —pensó—. Tamir era un templario».
Esa era la única distinción entre él y el resto de ciudadanos. A pesar de que todos intentaban beneficiarse de la situación que vivían, Tamir no lo hacía por codicia. Él servía a su causa; creaba las armas para que los Templarios pudieran luchar, para que ganaran la guerra y pudieran regir sobre la población de Tierra Santa. Un gobierno basado en mentiras, ilusiones y sangre. Había acabado con él para evitar ese desenlace, al igual que con el resto que seguía la estela templaria. Pero, ¿los seguidores de Jubair también servían al Temple? ¿O simplemente seguían el ideal que les había inculcado su Maestro? Aunque ambas opciones no distaban demasiado, sí eran lo suficientemente distintas como para plantearle dudas.
Los recientes objetivos que había matado en Chipre siempre habían sido por un motivo sólido. Bouchart era el actual Maestre del Temple, el cual sembraba las clases de miedo y terror. Su muerte había sido llorada por pocos. Moloch y sus hijos habían seguido los mismos patrones, fanáticos y ávidos de poder; arremetiendo cruelmente contra los que no seguían los mismos ideales que ellos. La única muerte que lamentaba era la de Jonas. Aquel hombre no se merecía morir, pero él había propiciado su muerte por seguir las indicaciones de terceros. Eso le había enseñado, por segunda vez, a no fiarse de aquellos que fijaban los blancos tan a la ligera.
Si no quería cometer los mismos errores del pasado tenía que evitar pensar en qué hubiera hecho Al Mualim en su lugar y empezar a pensar él mismo, bajo su propio juicio. Aun si los seguidores de Jubair no servían al Temple, tal y como imaginaba, seguían representando una amenaza para la seguridad de la ciudad; sobre todo si volvían a repetirse los acontecimientos del pasado verano. Acabar con ellos sería una solución práctica pero radica, los convertiría en mártires a ojos de otros y terminaría por avivar las llamas que casi se habían extinguido. Aquello sería fácil, pero no efectivo. Si lo que deseaba era destruid de raíz eso tendría que esmerarse, pensar en maneras diferentes de hacer las cosas. Innovar.
Sin embargo, era algo que no podía hacer él solo. Transgredir las directrices de la Orden era algo que había hecho demasiadas veces; algunas inconscientemente, otras sin miramientos. Cuando quemó el cuerpo de Al Mualim sabía que no todos aceptarían este hecho, que no escucharían sus palabras y sólo mirarían el acto en sí, no la razón. Si seguía actuando siguiente simplemente su instinto pronto el resto de Asesinos de Masyaf empezarían a desconfiar de sus órdenes. Al matar al Maestro había dado pie a que cualquier miembro inferior pueda desafiar la autoridad si lo veía pertinente, si pensaba que su juicio había sido erróneo y sólo le importaban sus propios intereses. Había creado un precedente que podía llegar a ir en su contra si no iba con cuidado; Abbas ya había intentado quitarle el poder sin entender hasta qué punto era incontrolable el Fruto. No podía permitirse más fallos.
Alzó la vista, fijándose en una escurridiza nube que había ocultado temporalmente el sol. Necesitaba a Malik, debía debatir con él aquellos pensamientos que rondaban por su mente. Él seguramente sabía hacerle ver entre lo correcto y lo utópico; siempre se había guiado por su buen juicio y hasta la fecha no había errado. No obstante, el Dai no se encontraba en Damasco, sino a muchas millas al norte, por lo que era imposible contra con sus consejos.
Entornó los ojos, fijándose como el almuédano alzaba la voz, entonando el último salmo antes de silenciar sus labios hasta el próximo rezo. No podía discutir aquel delicado tema con Imam. No era que desconfiara del rafiq, sino que sabía cómo respondería ante sus inquietudes. Aunque se trataba de un hombre capaz y trabajador, su lengua era demasiado larga y afilada en los momentos más inoportunos. Debía impedir que éste viera su indecisión al tratar aquel tema o si no se lo recordaría en futuras ocasiones.
Meditó durante unos instantes sobre qué hacer. No había muchas personas en la Orden con las que tuviera confianza suficiente como para expresar sus dudas con respecto al Credo y a la forma de actuar de los Asesinos. A pesar de haber recuperado su puesto en la Hermandad, aún había algunos que dudaban de sus capacidades tras haber sido degradado. No les culpaba, pues él y su propia arrogancia se habían ganado aquel destino y, aunque se hubiera redimido, comprendía que desconfiaran de sus métodos.
Pero, aún así, seguía habiendo hombres que confiaban en él. Uno de ellos era Wafai, uno de los espías que vivían en Damasco. Lo conocía desde que era novicio. A diferencia de él o Abbas, Wafai se había criado dentro de los muros del castillo. Su madre había sido una de las mujeres del jardín, una hermosa dama de piel oscura y ojos verdosos, que había tenido siete vástagos más a lo largo de su vida; de los cuales sólo tres habían llegado a ser Asesinos. Al haber nacido allí, las institutrices se habían encargado de educarlo desde temprana edad. Vivían entre mujeres hasta que alcanzaban la edad suficiente para ser enseñados por los ancianos e instructores. Debido a esto, ascendían rápidamente en las filas de mando y conseguían altos rangos bastante jóvenes. Sin embargo, a pesar de ser bastante diestro con la espada, Wafai había elegido la vida de espía. Era una persona que inspiraba confianza; bastante astuta y sosegada, compraba información a mendigos y ladronzuelos a cambio de unas monedas, de los cuales siempre obtenía fructíferos detalles.
Hacía años ambos habían combatido juntos en Alep, antes de la muerte de Basilisk. Él era quien se había encargado de anunciar la traición de Harash en Masyaf, mientras él estaba siguiendo la pista de Adha. La última vez que habían hablado había sido a finales de julio, antes de la muerte de Abu'l Nuquod. Por aquel entonces aún no había recuperado su rengo, pero a Wafai poco le había importado tal cosa. Si había alguien en Damasco en quien pudiera confiar lo suficiente como para hablar con sinceridad sobre lo que pensaba de los seguidores de Jubair era él. Vivía algo apartado de las avenidas, en una modesta casa de dos plantas que apenas estaba habitada; tan solo él y un par de sirvientes.
Si alguien conocía los extraños movimientos que se estaban llevando a cabo en Damasco y si representaban una verdadera amenaza para Tierra santa era él.
María caminó a través de la pequeña multitud que había en la salida de la ciudad hasta conseguir llegar a un espacio menos concurrido. Tras haber mirado algunos puestos ambulantes y comprado algo de sustento, se había dedicado a observar a su alrededor. Al parecer, aunque ese fuera el sitio donde los mercaderes exponían sus productos, no era el lugar donde se reunían. Mientras vagaba entre los tenderetes había podido ver, en más de una ocasión, como algunos de los trabajadores se alejaban de los puestos, adentrándose en el oasis. Al principio pensó que se trataba de una mera escavada para realizar sus necesidades fisiológicas en lugares alejados de la muchedumbre. Sin embargo, al volver a las tiendas, traían pequeños sacos de arpillera con más mercancía.
Así que, al este de aquel improvisado zoco, debía de haber una especie de campamento en la que los mercaderes, sus familias y trabajadores, tenían que regresar al pasar la bulliciosa mañana vendiendo sus productos a los ciudadanos de Damasco. Si alguien de aquel lugar iba a realizar un viaje hacia la India debía se alguno de los comerciantes que se encontraban allí. Por lo que, esperando no perderse, comenzó a caminar en esa dirección. A pesar de querer olvidar todo lo relacionado con Altaïr no podía evitar recordar sus palabras; él era quien le había hablado acerca de que los vendedores solían acampar en extramuros para evitar pagar las tasas de entrada en la ciudad. Hizo una mueca, reprendiéndose mentalmente por pensar en aquello. Tenía que centrarse en buscar a alguien que partiese inminentemente hacia el este, no malgastar el tiempo en volver a recordar aquel escabroso tema.
Bufó al tiempo que abría y cerraba los puños, intentando de esta manera concentrarse simplemente en el movimiento de sus extremidades. Debía de mantener la calma y pensar un plan. Ofrecer sus servicios como mercenario no iba a resultar sencillo, ni fácil. Pero su vida había estado llena de demasiados imprevistos como para no saber reaccionar ante ellos. Dudaba que aquel fuera a ser el único campamento de mercaderes que hubiera alrededor de la ciudad. Damasco era una urbe enorme, con múltiples salidas y, seguramente, un zoco en cada una de ellas, cada uno frecuentado por distintos comerciantes que acampaban en diversas zonas del oasis.
Escuchó de nuevo el sonido del agua fluyendo a través de los juncos, al igual que la risa de niños y voces de mujeres hablando de manera rápida e ininteligible para ella. No obstante, a pesar de que los oía lo único que veía era un frondoso muro natural creado por palmeras y matorrales tan altos como árboles. Miró en ambos lados, intentando encontrar un camino alternativo a ir campo a través. Si el río estaba cerca significaba que o se encontraba en la orilla equivocada de éste o que el campamento se hallaba más al sur. Se giró hacia la izquierda, alejándose de la seguridad que proporcionaba la muralla exterior de Damasco; sabía que cuanto más lejos de ésta se encontrase el campamento más expuesto se encontraba. Sin embargo, el oasis daba otro tipo de protección natural sin necesidad de muros. Dio un par de pasos, notando súbitamente un gran desnivel del terreno; haciendo que, al pisar en un pequeño y arenoso saliente, este se desmoronara haciéndole perder completamente el equilibrio.
Sintió como su brazo chocaba contra el tronco de una de las altas palmeras haciendo que lanzara un agudo chillido de dolor al abrirse la cicatriz del antebrazo. Intentó afianzar los pies al suelo, trastabillándose al sentir como uno de ellos se hundía en el barro antes de caer de bruces al agua. Su espalda se hundió en el agua, hasta chocar con el arenoso lecho, haciendo que tanto su cabeza como sus brazos terminaran sumergidos durante varios segundos antes de impulsarse fuera para dar una larga bocanada de aire. Comenzó a respirar aceleradamente, intentando conseguir inspirar el oxígeno que durante unos largos instantes le había sido negado. Podía sentir la suave brisa impactando en su rostro, haciendo que la húmeda ropa se pegara a su cuerpo como una segunda piel. El frío comenzó a extenderse por sus extremidades al tiempo que tanteaba el suelo para ponerse de pie y alejarse del río. Sus cabellos se le habían pegado al rostro, haciéndolo ver mucho más corto de lo que en verdad estaba. Se llevó la mano a estos, sintiéndose inmensamente estúpida por caer de forma tan abrupta al agua.
Parpadeó varias veces, restregándose los ojos para eliminar las pequeñas gotas que se deslizaban desde su frente hacia sus párpados. Consiguiendo enfocar el lugar donde se encontraba, era una especie de lecho natural, creado al lado de uno de los sinuosos remansos de la rivera. Al parecer tras años de erosión se había creado un extraño desnivel de una altura considerable, permitiendo a la alta vegetación crecer justamente a la vera del río sin que este impidiera su desarrollo. Estaba decidida a levantarse cuando, tras escuchar un extraño ruido, parecido a un gemido, giró la cabeza en esa dirección.
Ahí había tres pares de ojos mirándola en completo silencio. Eran mujeres de diversas edades, vestidas con holgadas túnicas que tenían remangadas hasta los codos para evitar empaparlas mientras lavaban otras prendes a la vera del río. Entre ellas se encontraba una anciana que la observaba con atención, escudriñando su figura como si de una vieja casamentera se tratase mientras inspeccionaba la virtud de la novia. Las otras que la acompañaban eran una mujer de mediana edad y una joven, la cual parecía a punto de entrar el pánico al tiempo que miraba con cautela el mango de la espada que sobresalía de las aguas. María permaneció en silencio, sin saber que decir en aquella embarazosa situación. Sin embargo, no podía dejarse llevar por aquella funesta emoción; tenía que recordar por qué se había adentrado en el oasis. Si aquellas mujeres eran familiares de los comerciantes podrían llevarla hasta el campamento.
Afianzó las piernas al suelo, impulsándose con las manos, notando al ponerse en pie el inconfundible peso de la tela húmeda. Se llevó la mano al cuello, deshaciendo el nudo que le impedía quitarse la capa con el pensamiento de escurrirla. Creyó que alguna de las mujeres empezaría a hablar o lanzaría algún comentario sobre su caída y posterior intromisión. Pero no parecían por la labor de entablar conversación. Estaban alerta, como si en cualquier momento se fueran a poner en pie y salir corriendo en dirección opuesta a donde se encontraba. La anciana, al contrario que las otras dos, la observaba tranquila; agarrando con firmeza la muñeca de la más joven la cual tenía los ojos vidriosos.
La inglesa se aclaró la garganta con la intención de empezar a hablar, pensando en qué palabras debía utilizar. Abrió los labios, sosteniendo con el brazo izquierdo la empapada capa, dispuesta a intentar entablar una conversación con aquellas mujeres.
—¡Is! —escuchó gritar tras los matorrales—. ¡Is!
A pesar de su pobre árabe María conocía esa palabra, aunque podía estar equivocada debido a la extraña pronunciación de ésta.
«Ladrón —pensó—, me han confundido con un ladrón».
La voz era fina y agua, casi como si fuera la de un infante que trataba de alertar de su presencia. Se fijó nuevamente en las mujeres, las cuales se habían movido al escuchar aquel griterío. Pudo ver como las más jóvenes intercambiaban miradas nerviosas con la más mayor, la cual simplemente asintió quedamente para luego desviar sus ojos hasta donde se encontraba la inglesa. Éstas se levantaron, dejando la ropa desperdigada por el suelo mientras salía corriendo hacia el oasis, abandonado a la anciana que continuaba apostada de rodillas junto al río. Al contrario que ellas en sus ojos no había miedo o vacilación, sino cansancio.
María no intentó seguir a las otras, las cuales habían desaparecido casi al instante entre la maleza; permaneció ahí, a la vera del lecho, mirando con interés a la mujer.
—Te han abandonado… —dijo en un tono algo ronco.
A pesar de su burdo árabe supo que ella la había entendido. Su rostro se arrugó, mostrando una desalentadora sonrisa al tiempo que mostraba su desdentada dentadura. Tenía la piel oscura y marchita, plagada de arrugas y de manchas de diversos colores; debía de rondar la edad que había tenido su abuelo antes de morir. Sin embargo, a pesar de su vejez, sus ojos lucían fuertes y vigorosos, dos pequeños orbes oscuros que habían visto el terror en tantas ocasiones que habían aprendido a vivir con él.
—Tienen miedo —respondió en voz baja y ajada—; les queda mucho por vivir. No las culpo —comentó recogiendo una de las prendas que se habían caído al río—, yo a su edad hubiera hecho lo mismo.
La inglesa apretó los labios, sintiendo el amargo sabor de la bilis en ellos. Durante la guerra había visto muchas cosas; cuerpos desmembrados, niños agonizando, gritos en la oscuridad… Las mujeres que habían vivido aquel conflicto se habían acostumbrado a huir, correr por sus vidas en casi cualquier circunstancia, volviéndose paranoicas ante la inseguridad que significaba abandonar el hogar. Podía comprender la reacción que su imprudente incursión había generado, pero debía intentar explicar por qué se encontraba ahí.
—No he venido a atacar a nadie —repuso agravando la voz.
La anciana lanzó una corta y queda carcajada antes de entornar los ojos.
—Y aún así vas armado y nos espías tras los árboles —señaló—. Soy vieja y he visto como trabajan los asaltantes —puntuó—. Si nos estabas vigilando es que querías seguirnos a nuestro campamento y luego, tras avisar al resto de tus compinches, atacarnos.
—¡No os estaba espiando! —bramó algo más alto de lo esperado—. Sabía que teníais vuestro campamento cerca del zoco —dijo—. He escuchado voces en esta zona y me he acercado, sólo eso. Al hacerlo me he caído y así he llegado hasta aquí —farfulló—. Pero no he venido a atacar a nadie, sino a ofrecer mis servicios.
La mujer enarcó ambas cejas, torciendo el gesto mientras se erigía con lentitud. Su cuerpo formaba una extraña curva que le impedía estirarse del todo, por lo que mantuvo la testa gacha.
—¿A ofrecernos tus servicios? ¿A nosotros? —preguntó escéptica—. Somos nómadas, muchacho. Nosotros no aceptamos los servicios de nadie.
María dio un par de pasos, mostrando confusión en su rostro.
—¿No está aquí el campamento de los comerciantes? —indagó—. Es a ellos a quienes estoy buscando.
Vio como la anciana ladeaba la cabeza, negando las palabras de la inglesa.
—Somos comerciantes, muchacho —afirmó—. Trabajamos con pieles y carne, las vendemos en el zoco para poder subsistir —hizo una ligera pausa antes de continuar—; pero no somos mercaderes. No es a nosotros a quienes buscas.
Ella se mordió el labio, maldiciendo mentalmente su mala suerte. Sabía que también había nómadas por la zona, los había visto en los pueblos fronterizos de Acre cuando había ido de escolta a Jerusalén. Eran gente bastante desconfiada, aunque sus huéspedes gozaban de una espléndida hospitalidad, no toleraban a los foráneos. Se dedicaban a viajar en diversas rutas, buscando zonas en las que criar a su ganado y vender su mercancía.
—Deberías ir al sur, al muro oriental —aconsejó—. Ese es el lugar que buscas, ya que por ahí es donde llegan los mercaderes que vienen de Oriente con sus productos. Y… —continuó— deberías marcharte ya, muchacho. Jinan mandó a los niños a dar el aviso al campamento y no tardarán en venir; si te ven no mediarán palabra antes de atacar.
A pesar de que dudaba seriamente que los nómadas tuvieran alguna noción en el combate más allá que la mera autodefensa aprendida en base a los continuos saqueos, decidió seguir el consejo de la anciana. Inclinó la cabeza, en gesto de gratitud antes de darse la vuelta, aunque la voz de la mujer se alzó alta y poderosa a su espalda.
—Esa cruz no te protegerá en tu camino —habló con serenidad—. He visto a muchos de los tuyos aferrarse a ella hasta su último suspiro y todos acabaron de la misma forma —advirtió—. Sigue el consejo de esta anciana, sé cauto sobre a quién se la enseñas. No todos toleran a los cristianos.
Miró a su capa, la cual colgaba de su brazo mostrando el símbolo bordado en la parte exterior de color rojo oscuro. Había comprado dicha prenda debido a su precio rebajado y a que en tierras de Acre los peregrinos la portaban para evitar ser tomados por ladrones o bandidos. Sin embargo, en Damasco podía suponer un peligro añadido para su delicada situación.
El Asesino miró a su alrededor, asegurándose de que no había ningún guardia merodeando por la zona. Aunque Wafai vivía alejado del bullicioso centro de la ciudad, seguía tratándose de la parte más vigilada de esta, un escondite a plena vista del enemigo. Una guarida con forma de hogar humilde. Golpeó con suavidad la puerta, esperando pacientemente que alguno de los sirvientes que habitaban en su interior le abriera. No obstante, en vez de eso, pudo ver como una pequeña mirilla que había a la altura de su cabeza se movía ligeramente dejando ver unos grandes y castaños ojos.
—¿Quién va? —preguntó una voz aguda y firme.
—Un antiguo amigo de tu señor —respondió.
—Mi señor no tiene muchos amigos —contestó—; y conozco sus rostros. El tuyo no.
Altaïr hizo una mueca. Nunca había ido a visitar a Wafai en su morada, casi siempre se lo había encontrado merodeando por la ciudad; cerca de la ciudadela o paseando entre los puesto del zoco, por lo que no había sentido la necesidad de ir a su hogar. La muchacha, porque suponía que se trataba de una joven, era bastante recelosa con dejarle entrar, cosa que no le extrañó. Si Wafai era quien la había contratado debía haberle dejado bastante claro que personas eran gratas o no en su hogar. El sarraceno ladeó la cabeza, intentando sin conseguirlo ver más allá de la estrecha mirilla que ocupaba enteramente la chica.
—Dile a tu señor que Altaïr Ibn-La'Ahad ha venido a hacerle la visita que prometió hace tiempo —dijo en tono sosegado—. Seguro que lo recuerda.
Pudo ver como fruncía el ceño justo antes de cerrar la mirilla. Escuchó sus débiles pasos alejarse la puerta, hasta ser incapaz de oírlos. A pesar de que lo que había dicho era verdad no pudo evitar pensar que se trataba de una ligera mentira. Wafai le había hecho muchas veces invitaciones formales a su hogar, pronunciando siempre dichas palabras con tal alegría y algarabía que era imposible dudar de sus intenciones. Sin embargo, nunca había tenido tiempo para acceder a dichos encuentros. Tras la muerte de Adha se había sumergido totalmente en sus misiones, olvidándose de todos los que le rodeaban. Después el ego y la soberbia se habían apoderado de él, llevándole al consabido resultado. La pérdida de su rango y la humillación que había sufrido por ello.
Oyó apresurados pasos a través del portón hasta que, velozmente, la mirilla se abrió mostrando unos oscuros ojos que lo observaban con sorpresa.
—¿¡Altaïr!? —exclamó una voz antaño conocida.
—As-salām 'alaykum—respondió con una sonrisa.
La abertura del pórtico se cerró de golpe, al tiempo que oía como las cadenas que debían de servir de pestillos de la puerta eran retirados uno a uno. Al hacerlo la puerta se abrió, dejando ver a un hombre fornido, con una recortada barba de color castaño decorando su rostro que portaba ropajes en tonos pastel.
—Wa-'alaykum assalām —contestó con entusiasmo—. Oh, hermano, cuánto tiempo sin saber de ti —dijo—. Por favor, pasa. Mi hogar es el tuyo.
El Asesino asintió con la cabeza antes de entrar y recibir un fuerte golpe en la espalda, señal fidedigna de que Wafai no había cambiado nada en todos los años que llevaba conociéndole.
—Ruwa, tráenos té al salón —pidió a la joven que se había quedado junto a la entrada de la casa.
La muchacha asintió y desapareció de la vista de ambos. El edificio tenía varias imperfecciones, había vigas que parecían a punto de derrumbarse, al igual que los ajados ventanales comidos por las polillas. No obstante, el interior era amplio y acogedor, una enorme sala decorada de manera sencilla, cuyo mueble principal era la mesa que se alzaba en el centro de ésta.
—Tus sirvientes parecen muy celosos con quienes dejan entrar —comentó de manera distraída.
—Oh, no. Es que Ruwa es así, igual de temperamental que su madre —respondió entornando los ojos—. Bendita mujer, estaría orgullosa de cómo se comporta su hija. Aunque no tanto su padre, de esta forma nunca se encontrará un marido.
—Aún es joven, ¿qué edad tiene? ¿Catorce? —preguntó.
—Ojalá, tiene cerca de veinte y Aali no ve el momento de entregarla en matrimonio —suspiró—. Sin embargo, su esposa le hizo prometer que jamás la casaría contra su voluntad, ¿te lo puedes creer? Era una gran mujer, pero creo que eso fue una inmensa insensatez.
El sarraceno asintió. A la edad que tenía esa muchacha ya eran esposas y estaban cuidando de su propio hogar, criando a sus hijos. Y, a pesar de que abogaba a favor de la libertad de elección, no era normal que fuera la hija quien escogiera al marido. Normalmente era un acuerdo efectuado por ambas partes, en base siempre a un beneficio mutuo.
—¿Y bien? —indagó Wafai—. ¿Qué te trae a Damasco? Lo último que escuché de ti del rafiq era que te habías embarcado en una especie de misión suicida en Chipre, o algo parecido mencionó.
A Altaïr no le extrañó aquel comentario. Ir solo en una misión de tal importancia como la que había acontecido en Chipre, sin ningún tipo de apoyo de compañeros o aliados era una insensatez. Sin embargo, no podía arriesgarse a viajar junto a otros sabiendo la influencia que podía tener en ellos el fruto. Había tomado a María de compañera porque sabía que no tenía ni idea de que él llevaba el Fruto encima, ni tampoco se encontraba armada por si de alguna forma era tentada por el artefacto.
—Regresé hace casi dos semanas de Chipre, con fructíferos resultados —aseguró—. He venido a Damasco como ruta hasta Masyaf, necesitaba un sitio de descanso. Además Jabal me advirtió de las revueltas de Jerusalén y quería comprobar que aquí no se habían dado tal cosa —añadió—. Imam ya me explicó que Salah Al'din había disipado a los agitadores, por lo que dicho tema está zanjado.
—Algo escuché de mis informantes, pero nada demasiado grave. —Ruwa apareció por una de las puertas laterales, dejando una tetera de cobre y unos pequeños vasos de barro encima de la mesa—. Sin embargo, a pesar de que me encanta contar con tu compañía sospecho que no has venido sólo a hacerme una visita, ¿verdad?
El Asesino apretó los labios, asintiendo quedamente mientras cogía una de las tazas y daba un ligero sorbo.
—Cierto —respondió—. ¿Has oído hablar de los seguidores de Jubair?
—¿Los fanáticos que predican la quema de libros? —contestó. Altaïr hizo un gesto afirmativo a lo que Wafai ladeó la cabeza—. Sí, algo he oído de ellos. No son demasiados, pero se dedican a instigar las enseñanzas de Jubair allí donde vayan, a pesar de las reticencias de los ciudadanos. Casi como si sus creencias fueran algo superior a la de las demás. —Se encogió de hombros—. No creo que ahora mismo sean un peligro para Damasco.
—Imam me dijo algo parecido, pero quise ir a comprobarlo por mí mismo —comentó—. Por lo que seguí e interrogué a uno de los heraldos que se dedican a predicar por las calles.
—Ya veo, ¿averiguaste algo interesante?
—Poca cosa —dijo—. Sólo que no se reúnen en la madraza a la que iban con Jubair, sino en otra más pequeña y clandestina, para no llamar la atención de los guardias supongo. Sin embargo…
Hizo una pausa, no sabiendo muy bien como continuar la conversación. Wafai lo miró, esperando pacientemente que terminara la frase mientras le daba un largo sorbo a su té.
—Le dejé vivir —finalizó haciendo que los ojos de su acompañante se abrieran desmesuradamente.
—¿Le dejaste vivir? ¿Al orador? —preguntó—. ¿Por qué? De nada servirá la información que has obtenido si les avisa de que vas detrás de ellos, Altaïr. —Torció el gesto—. Sé que ahora eres el Maestro y tú decides quien vive o quien muere, pero al dejarlo con vida has puesto en peligro a la Hermandad.
—Lo sé, sé perfectamente lo que parece —pronunció con tosquedad—. Sé que parece que estoy rompiendo el código otra vez por mi propia necedad, pero si no le maté fue precisamente para no romperlo.
—¿A qué te refieres…?
Altaïr se quedó callado, meditando las palabras que iba a decir. Debía ser conciso si quería que Wafai entendiera su punto de vista, su forma de pensar a pesar de todas las lecciones que Al Mualim les había inculcado.
—Soy consciente que durante toda nuestra vida se nos ha enseñado que matar al mensajero es la forma más eficiente que dicho mensaje no llegue a su destinatario —comenzó a decir—. Siempre creí que esa era la manera más eficaz de actuar, la que había funcionado durante décadas. Pero, después de mucho meditarlo, ¿acaso no es matar al mensajero lo mismo que matar a un inocente? Sé perfectamente que sirven a una causa errónea, con erróneos ideales —advirtió—. No obstante, no siempre se guían por esos motivos. Al contrario que los templarios cuyo fin es el control total, algunos de sus sirvientes solo les siguen porque necesitan un trabajo o porque es la única forma de conseguir sustento.
Movió sinuosamente los dedos por encima de la madera, pensando la forma de continuar aquel soliloquio.
—El heraldo al que interrogué dijo que no era parte de los fanáticos y no vi mentira en sus ojos —añadió—. Para él simplemente era un trabajo. Le advertí de no volviera a hacerlo o entonces no sería tan benevolente. Si me creyó o no es algo que no sé, pero dudo que vuelva a verlo pregonar por las calles de Damasco.
—Pero, Altaïr… —interrumpió Wafai—. ¿Y si ha avisado a los fanáticos de que los persigues? ¿Y si tras esto se esconden en sus escondrijos hasta que creas que no volverán a surgir y lo hacen con aún más seguidores? A pesar de no ser peligrosos ahora eso no quiere decir que en un futuro no puedan serlo.
—Lo sé, y eso me plantea el quid principal por el que he venido a verte —comentó—. Sé perfectamente cuál es el método de proceder en estos casos. Conozco qué es lo que hubiera hecho Al Mualim para detenerlos, pero yo no soy él y no planeo que derramemos más sangre de la cuenta. Si quisiera acabar con su secta simplemente tendríamos que acorralarlos en la madraza y acabar con ellos, sin testigos.
—Lo veo correcto —afirmó—. Es la única forma de que no vuelvan a salir agitadores.
—Sin embargo —continuó—; si hacemos eso los convertiremos en mártires a ojos del resto de ciudadanos. Y el fuego que tanto costó apagar en verano volvería a resurgir de sus llamas con aún más fuerza. No podemos erradicarlos sin correr el riesgo de que algo así ocurra.
Altaïr lanzó un suspiro. Si mataba a dichos hombres, ocurriría lo mismo que pasó en Arsuf. Templarios y sarracenos unidos bajo una misma causa, exterminar a los Asesinos. A pesar de que los ciudadanos les temían no podían permitirse que también les persiguieran; sería demasiado peligroso para ellos realizar las misiones sin un millar de ojos les vigilaban en la ciudad.
—Entonces, ¿qué alternativa planeas? Ya se mandó un mensaje efectivo cuando mataste a Jubair —comentó—. Si ellos han decidido ignorarlo es su culpa por ser demasiado insensatos para ver el peligro real. Tentar a la muerte no es algo inteligente.
—Soy consciente de ello —dijo—. Si no nos temen, debemos hacer que así sea. Debemos dejar un mensaje y esperar su reacción.
—¿Un mensaje? —repitió—. ¿Te refieres a uno de sangre?
Aunque era normal recurrir a ese tipo de advertencias, Altaïr sabía que en este caso no serviría. Si habían perdido el miedo a la muerte, de nada serviría matarlos uno a uno. Morirían gustosos por su causa. Sin embargo, había otra opción, algo que había ocurrido hacía muchos años y que aún perduraba en su mente. Cerró los ojos, esperando que Wafai se acordara de tal suceso.
—¿Recuerdas el Asedio de Masyaf? ¿El que ocurrió cuando éramos niños? —preguntó.
—Sí, Salah Al'din convocó a casi todo su ejército allí y estuvimos días encerrados en el castillo —asintió.
—En esa situación, Al Mualim podría haber ordenado a cualquiera de los Maestros asesinar a Salah Al'din si fuera preciso. Pero conocía los riesgos —explicó—. Si lo hubiera hecho, todo un ejército entero se hubiese quedado sin su líder, lo que provocaría el caos. El ejército estaría descontrolado y el Asedio habría durado semanas o meses hasta que encontraran a un nuevo líder al que seguir. Sin embargo, lo que hizo Al Mualim fue enviar a uno de los nuestros a los aposentos del sultán y dejar un mensaje ahí.
El elegido para tal misión había sido su padre. No sabía si había sido voluntario o simplemente seguía las órdenes del Maestro, pero sabía que a pesar de ser un gran guerrero incluso el infortunio puede ponerse en tu contra. Ahmad era quien había trabajado de espía infiltrado entre los soldados de Salah Al'din, quien había recabado la información precisa para saber cuáles eran los aposentos de éste. No obstante, tras haber Umar matado a uno de los altos mandos del ejército al intentar escapar lo habían descubierto y torturado hasta confesar el nombre del autor de dicho crimen. Ahmad había condenado a su padre a morir si quería salvar la Orden, un acto vil y desesperado que no sirvió más que para que el remordimiento pudiera con la mente de aquel hombre y terminara suicidándose.
—Entonces, ¿quieres hacer eso? ¿Dejarles un mensaje? —indagó algo escéptico—. No sé si servirá dado que ignoraron nuestra primera advertencia.
—No es lo mismo morir que una muerte inminente —constató—. El miedo es nuestra mejor baza; no sé si funcionará, pero merece la pena intentarlo. Aunque para ello primero tendríamos que saber quién es su líder y qué poder real tiene sobre el resto.
Wafai miró su té, meditando las palabras del sarraceno cuidadosamente. El Asesino había estando cavilando durante el camino cómo podía convencer a alguien que, como él, se había criado con las enseñanzas de Al Mualim. Había tenido que remontarse hasta su niñez para encontrar un precedente parecido al que estaba planteando, mucho antes que la codicia y la locura se apoderaran de la mente de su antiguo Maestro. Para él se trataba de un recuerdo olvidado, un momento de su vida que prefería obviar; pero que, en este caso, servía para ilustrar que no siempre la solución era un inminente derramamiento de sangre.
—No veo fallo alguno en tu razonamiento, aunque sigo pensando que la alternativa sería más efectiva —aseguró—. Pero tienes razón en que no podemos permitir que esas llamas se aviven nuevamente. De todas formas nuestra especialidad es actuar con discreción, no será demasiado difícil recabar información sobre los que se congregan ahí y dar con su líder —adujo—. Y, si evaden el mensaje, sabremos ser cautelosos.
Aunque de sus labios no había salido la palabra, Altaïr sabía que se refería a perpetrar sus muertes con sigilo. No hacía falta una matanza para acabar con ellos, ir uno por uno, haciendo que pasaran por meros accidentes o crímenes también era posible. Sin embargo, lo que él pretendía era evitar más derramamientos impunes de sangre. Los Asesinos estaban para mantener la paz, no para erradicar vidas sin sentido.
—Bueno, ya que tu principal duda ha sido solventada hablemos de otros quehaceres —dijo bonachonamente—. ¿Has sabido algo de Adha?
Continuará…
Bueno, para quien esté pensando: ¿Por qué este hombre está preguntando por Adha cuando está muerta? La respuesta es que conoce a Adha, conoce a Altaïr, sabe que la secuestraron pero no sabe que murió, porque Altaïr para olvidarse de ella no habló nunca con nadie sobre el tema. Aunque Wafai siempre que lo ve le pregunta por ella (por algo será) aunque él no es demasiado hablador con ese tema y jamás le ha dicho la verdad, de ahí que insista. En este capítulo quería reflejar un cambio de mentalidad por parte de los Asesinos y el poder del miedo. María ya comentó en una ocasión que si a ella no la atacaban los novicios era por miedo a su Maestro y tenía razón. El miedo es un poderoso aliado si sabes usarlo, aunque en el caso de María con la anciana simplemente es una reacción a la circunstancias que han vivido.
Guest, me alegra mucho que te haya gustado el capítulo. Siento haber tardado tanto en actualizar, prometo que el próximo será más rápido.
Patty Sparda, sobre si María pensará en Altaïr... Bueno, quizás en el futuro. Él le ha enseñado cosas y es imposible evadir la una sin la otra. Así que no te sorprendas si eso pasa. Muchas gracias por tus ánimos, son muy refrescantes. Y sí, la universidad también es un absorbe vidas profesional, pero intento solventar esos males siendo positiva.
Muchísimas gracias por los comentarios y las visitas. Sobre todo las recibidas desde: España, México, Argentina, Chile, Venezuela, Perú, Malasia, Nicaragua, Islandia, China, Francia, Estados Unidos, Bolivia y Portugal. Gracias por no perder la fe en esta historia ni en mí. Nos vemos en la próxima actualización.
