38
Pedes in terra ad sidera visus
(Los pies en la tierra, la mirada en el cielo)

Remus abrió los ojos luego de quedarse dormido en la silla. Dian le sonrió: tenía a la pequeña Loreley sobre el hombro y le daba palmaditas en la espalda igual que lo había hecho él.

—Creo que ya aprendí —dijo Dian con un dejo de satisfacción.

—¿Dormí mucho tiempo? —preguntó él, despabilándose.

—Un poco, pero no quise despertarte —dijo Dian.

Llamaron a la puerta y Remus se levantó para abrir: Sirius Black sonrió, llevaba un ramo de flores en la mano. Harry lo acompañaba muy sonriente también.

—Oh, no te emociones, Lunático, estas no son para ti —bromeó Sirius, entrando en la habitación—. ¡Roosevelt, a ti sí que te gusta dar sorpresas!

—¡Sirius! —exclamó Dian, contentísima.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Sirius, acercándose a su amiga para darle un beso, ella se veía radiante pese a haber dado a luz hacía unas horas—. Estas son para ti y la pequeña —dijo depositando las flores en la mesita de noche al lado de la cama.

—Estoy mejor, gracias —respondió Dian, colocando a Loreley entre sus brazos—. Y ella come bastante, así que creo que también va mejorando.

—Me alegro —sonrió Sirius, dando palmaditas en el hombro de Lupin.

—Harry, ¿cómo fue ese viaje? —preguntó Dian, entusiasmada.

—Maravilloso —respondió el muchacho, sentándose al lado de Dian—. Hay muchas cosas que tenemos que contarles.

—Por poco nos perdemos este acontecimiento —dijo Sirius.

—Justo a tiempo para conocer a su padrino —dijo Remus, sonriente.

—Más valía, Roosevelt —dijo Sirius, contemplando a la pequeña.

—¿Quieres sostenerla, Harry? —preguntó Dian al muchacho de gafas que se quedó sorprendido.

—Sí, claro —admitió Harry, complacido, y se acercó a Dian para tomar a Loreley entre los brazos.

—Ahora que lo pienso, ustedes deberían ser los padrinos de Regulus —dijo Sirius, contento—. A Salma le encantará la idea.

—Quien iba a decirlo, ¿no? —sonrió Dian—. Aún recuerdo cuando no podía ver a Salma ni en pintura.

—Oye, espero que Loreley y Regulus se lleven bien —intervino Sirius.

—Yo también lo espero —dijo Remus—. Al menos irán el mismo año a Hogwarts.

Harry sonrió, se sintió feliz por ellos, pues iban a tenerse el uno al otro y no se sentirían intimidados como él lo estuvo el primer día de clases hasta que conoció a Ron en el expreso. Loreley miraba a Harry, como inspeccionándolo, con ese gesto le pareció más parecida a Dian.

De pronto en la habitación entraron Arthur, Molly, Ron y Ginny Weasley. Molly hizo un gran escándalo en cuanto vio a Loreley.

—¡Pero qué hermosa es! —exclamó aproximándose a Harry quien tenía a la bebé en brazos—. ¡Mira esos ojos! ¡Oh, déjame cargarla, Harry!

La señora Weasley tomó a Loreley con sus manos de madre experta. Minutos más tarde se unieron los señores Roosevelt, quienes se abalanzaron también sobre la pequeña y sobre la misma Dian que no dejaba de decir que se sentía bien para despejar las dudas de su madre. En minutos, la habitación comenzó a llenarse de gente, pues poco tiempo después llegó Salma con el pequeño Regulus. Loreley era muy feliz, pues había muchos brazos deseosos de cargarla y parecía que no se acabarían nunca. Remus miró a Dian de soslayo, por encima de las cabezas de todos los presentes, sonriendo resignado, pero también orgulloso pues sabía que habían traído una hermosa niña al mundo.

Un nuevo toquido en la puerta se escuchó. Esta vez fue Sirius quien abrió y se encontró con el rostro afable de Dumbledore, quien llamaba la atención por su apariencia estrafalaria en medio de los pasillos blancos del hospital de San Mungo.

—¡Albus! —exclamó Sirius, sonriente.

—¿Interrumpo? —dijo el viejo mago.

—No, por favor —dijo Sirius cediéndole el paso—. Aquí hay toda una reunión familiar.

—Buenos días —saludó Dumbledore con una sonrisa afable—. ¡Por Merlín, pero si es cierto! Parece que todo el mundo mágico está reunido aquí.

—¿Qué les parece si hacemos un poco de espacio? —intervino Sirius dirigiéndose a todos los demás.

Inmediatamente, todos salieron de la habitación, como en un desfile. Dian suspiró cuando finalmente alguien dejó a la pequeña bebé en sus brazos, Sirius le guiñó un ojo y cerró la puerta tras de sí.

—Hola, Albus —sonrió Remus, aproximándose al mago para estrecharle la mano.

—¡Felicidades a ambos! —sonrió Dumbledore, con las gafas de media luna casi en la punta de la nariz—. Recién me enteré de la noticia quise venir a desearles lo mejor personalmente.

—Gracias, Albus —dijo Dian.

—Lamento haberme ido antes del castillo, pero… —comenzó a decir Remus.

—No te preocupes, Remus, entiendo perfectamente. Minerva me lo dijo… ella también envía sus saludos y felicitaciones, lo mismo que Hagrid y Severus.

—¿Severus? —replicó Dian, sorprendida.

—Así es —asintió el viejo mago.

Dian y Remus se miraron confundidos. Que Severus enviara felicitaciones sonaba a algo tan improbable que creyeron que quizá Dumbledore lo inventaba.

—Ahora que lo pienso —continuó Dumbledore, sonriente—, creo que debes tomarte unas semanas de descanso, Remus.

—Pero las clases…

—El mismo Severus puede encargarse de ellas.

—¿Estará bien eso?

—¡Por supuesto! Además, a Severus le encantará.

—Pues si es así… me encantaría a decir verdad —Remus esbozó una sonrisa.

—Bien —asintió Dumbledore, resuelto—. También quisiera hablar contigo de otra situación.

Dumbledore tenía esa mirada que ponía cada vez que leía la mente de los demás. Remus lo imaginaba todo y se sintió muy avergonzado.

—Sí, volví a transformarme —admitió.

—Lo sé.

—Pero esta vez la transformación no duró mucho tiempo —siguió Remus, apresurado—. Y Salma dice que es probable que no vuelva a pasar.

Se hizo un silencio en la habitación. Dian ya no quería saber nada más del asunto de la transformación de Remus, fue sumamente doloroso tener que enfrentarlo de nuevo y sobre todo haber estado tan cerca de perder a la niña que ahora arrullaba en brazos, así que se concentró sólo en ella, sin despegar la mirada de su diáfano rostro.

—Si no te importa, me gustaría revisar esa poción más de cerca —dijo Dumbledore—. Estoy seguro de su efectividad, pero quizá podamos hacerle mejoras, ya sabes: para que no vuelva a suceder.

—Creo que Salma no tendrá problema con eso —respondió Dian, de pronto—. Albus, ¿tú crees que…?

—Loreley parece una niña muy sana —respondió Dumbledore, incluso antes de que Dian terminara su pregunta, se acercó a ellas con el gesto afable de un abuelo—. Creo que no deben temer nada.

—Nació en luna llena —siguió Dian, desahogando por fin todos sus temores en alguien mucho más sabio que cualquiera.

—Las viejas leyendas, más viejas que yo mismo, dicen que quienes nacen en luna llena tienen éxito y fortuna en sus vidas con más seguridad que el resto de las demás personas —respondió Dumbledore, levantando el dedo índice—. Personalmente creo que es un bello augurio y el único que ustedes deben creer.

La sonrisa de Dumbledore regresó las esperanzas de Dian. Ella tenía visibles lágrimas en los ojos, igual que Remus.

—No debes sentirte más que feliz, Remus —dijo Dumbledore, dándole palmadas en la espalda—. Tienes una bella familia.

—Todo ha sido gracias a ti, Albus —dijo Dian, regocijada.

—En lo absoluto. Yo sólo he sido un instrumento del destino: Pedes in terra ad sidera visus.

Un par de días después, apareció la sanadora en la habitación. Dian ya se sentía completamente restablecida, tanto que insistió en dejar la fea bata del hospital. Loreley no necesitó estar más tiempo en los cuneros y pasaba más tiempo en los brazos de sus padres.

—La niña es perfectamente normal —dijo la sanadora, disipando los temores de Dian y Remus—. Pudo haber nacido prematura por diversos motivos.

—Yo volé en escoba esa tarde —intervino Dian, encubriendo a Remus, éste se había quedado anodadado en silencio.

—Esa puede ser una razón importante —dijo la sanadora, con la voz ligeramente desaprobatoria—. En cuanto a las condiciones especiales de las que me informó: no hay ningún peligro. Los genes de la familia Roosevelt se han debilitado a través de los años —revisó unos expedientes que llevaba en la mano—, así que no hay riesgo absoluto en su hija. Tampoco encontramos nada relacionado con la licantropía; en realidad, los hijos de hombres lobo por mordedura tienden a no sacar el gen siempre y cuando no sean concebidos en luna llena. Creo que pueden sentirse bastante tranquilos y llevarse a su hija a casa.

—¿En serio? —preguntó Dian, entusiasmada—. ¿Ahora mismo?

—Sí, en cuanto llenen unos formularios, claro.

—¡Gracias! —exclamó Dian, estrechando a Loreley.

—Vámonos a casa —sonrió Remus, aliviado.


Harry esperaba pacientemente en las Tres Escobas, llegó unos minutos antes para tener un momento a solas. Mientras caminaba por Hogsmeade muchos magos y brujas se acercaron a saludarlo. Curiosamente, ya no le molestaba. Ahora entendía que esas personas no lo hacían con afán de incomodarlo. Pidió una cerveza de mantequilla, pese a que ya tenía edad para beber una copa de jerez, sin embargo recordaba que esa era la bebida que Hagrid siempre tomaba y que a él personalmente nunca le gustó.

Ron llegó puntual a la taberna, distinguió a Harry en un rincón y se aproximó con rapidez.

—¡Qué tal, Harry —saludó el pelirrojo—. Tenías razón: todo Hogwarts está en la Cabeza de Puerco. Qué locura, ¿no?

—Es ahora el gran negocio de Aberforth —sonrió Harry.

—¡Seguro que sí! —dijo Ron, con la mirada visiblemente emocionada pues madame Rosmerta se acercaba para pedir su orden—. Quiero lo mismo que Harry.

—Enseguida, cariño —dijo madame Rosmerta, sonriéndole.

Minutos después ambos charlaban y disfrutaban del par de cervezas de mantequillas que les caían dulces y calientes en el estómago. Reían como en los viejos tiempos, incluso hablaron de quidditch y Ron aprovechó para contarle a Harry lo que había sucedido en el partido organizado por Viktor Roosevelt.

—No vas a creerlo, pero Malfoy lo hizo bastante bien —decía Ron, todavía emocionado con el recuerdo—. Quizá ha estado practicando, no sé.

—Seguro que sí, ¿se ve mejor?

—Mucho mejor. ¿Te has enterado de lo de Lucius?

—No —negó Harry, interesado, pese a que el solo nombre le daba jaqueca.

—Al parecer ahora sí ha quedado completamente loco. Mi padre dice que algunos celadores han tenido que amarrarlo por su propia seguridad. De repente deja de comer y sólo duerme. En el ministerio se cree que… pues… que pronto morirá.

Harry asintió, no estaba seguro de si era motivo para alegrarse. Afortunadamente, Ron comprendió su silencio y cambió el tema rápidamente.

—En fin, pronto haré las pruebas para entrar en la liga de quidditch —dijo el pelirrojo, con las mejillas encendidas.

—Qué lástima que me lo perdí todo —se lamentó Harry, acomodándose las gafas.

—¿Y bien?, ¿vas a contarme a dónde fuiste con Sirius? —preguntó Ron, bebiendo del tarro de cerveza.

—Fuimos a muchos lados —respondió Harry—, pero creo que ninguno de los dos lo pasó realmente bien.

—¿Por qué?

—Huir de las cosas no las soluciona.

—¿Huías de… Hermione?

—Algo así —dijo Harry, bebiendo lo último de la cerveza—. No sé si debería platicar esto contigo. Pero siento como si no hubiésemos hablado en mil años.

—Lo sé, yo también lo siento así. Si te preocupa lo que sucedió entre Hermione y yo puedes estar tranquilo. Fue hace más de un año, Harry. El tiempo no cambia las cosas, sólo nos prepara para aceptarlas y continuar.

Harry se sorprendió, Ron parecía un hombre mucho mayor. Él se sintió un poco avergonzado, pues nada de lo que creyó que era correcto hacer en los últimos meses lo había sido.

—Amo a Hermione, pero creo que era necesario tomar distancia —dijo Harry, al fin—. Ella parecía confundida también. En el fondo ambos sentíamos un poco de culpa, ¿sabes?

—Yo también sentí culpa —admitió Ron, encogiéndose de hombros—. Por hacerla infeliz, tú sabes. Pero sé que contigo ella estará bien. En realidad, ella siempre está bien.

—¿Crees que hice lo correcto en… dejarla ir? —preguntó Harry, temeroso.

—No —negó Ron, resuelto—. No la dejes ir. Quizá tomarse un tiempo es bueno, pero debe ser el suficiente.

Harry tragó saliva y luego asintió. Ron sonrió como lo haría cualquier amigo que escucha los problemas de otro amigo.

—¿Qué hay con Luna? —preguntó Harry, suspicaz.

—¡Oh, creo que nada! —Ron se sonrojó—. Está algo loca, ¿sabes?

Ambos rieron al unísono.

—Me alegra que nada haya cambiado —dijo Harry.

—A mí también.

—Oye, Ron, ¿tú sabías que las veelas tienen una fuerza tremenda?

—¿Bromeas? ¡Tengo una cuñada veela!

Conversaron toda la tarde, sin que el tiempo fuese perceptible.


Finalmente, Remus y Dian llevaron a Loreley a casa. Para entonces, tanto madre como hija estaban recuperadas. La pequeña ganó los kilos suficientes y lucía rolliza, sana, dormía un poco menos, lo cual pronto notaron sus padres.

La señora Roosevelt visitaba a la nueva familia casi todos los días, su ayuda fue indispensable para Dian, quien descubrió, con un poco de miedo, que desconocía todo sobre cómo cuidar un bebé, pues nunca antes había contemplado la idea de ser madre siquiera; Loreley fue toda una sorpresa inesperada que ni ella ni Remus planearon. Así que la señora Roosevelt poco a poco enseñó a Dian las cosas básicas, como preparar biberones, cambiar pañales, bañar a la bebé, arrullarla y hacerla dormir. Dian se sorprendió con cada gesto de su propia madre, pues ella creía que los elfos domésticos lo habían hecho todo cuando era niña, en realidad creía que la magia lo solucionaba todo, pero pronto entendió que no era así. Ser madre era un acto más humano que cualquier otro.

—Tú eras igual de pequeña —decía la señora Roosevelt cuando cargaba a Loreley—, con esos mismos ojos.

También Molly Weasley aparecía por ahí de vez en cuando, le encantaba sostener a la recién nacida, que solía observarla con mucho detenimiento cuando estaba en sus brazos.

Conforme pasaron los días los gestos y facciones de Loreley fueron descifrándose. Sirius dijo que la pequeña era una combinación perfecta de ambos padres: tenía mucho parecido con Remus, como el color del cabello y el mentón, pero los ojos de Dian resaltaban en su carita haciéndola más parecida a ésta. Incluso tenía el carácter de su madre, pues pocas veces se estaba quieta, incluso cuando la sostenían en brazos; movía constantemente las pequeñas piernas y manos. El señor Roosevelt, rebosante por ser abuelo, dijo que sería una niña muy traviesa y quizá una excelente jugadora de quidditch.

Para Remus y Dian todo era nuevo, adaptarse a la vida de padres les costó un poco de trabajo, sobre todo porque Loreley lloraba casi todas las noches. Sin embargo, Remus descubrió que una vez que se le hacían caricias en el brazo se callaba y volvía a dormirse sin problema, eso también lo sacó de su madre.

Cuando Dian alimentaba a su hija o la arrullaba, no podía evitar mirar la marca tenebrosa que lucía, ya como una cicatriz, en su brazo izquierdo. Parecía que jamás iba a acostumbrarse a ella; aunque era poco perceptible, ahora más que nunca tenía miedo del día en que la niña hiciera preguntas y descubriera por qué su madre tenía eso en la piel. En realidad, Dian todavía pensaba en el pasado: no podía creer lo desdichada que había sido entonces y lo feliz que era ahora. Recordó todas las cosas terribles que vivió para poder llegar a ese momento, en el que arrullaba despreocupadamente a su bebé, quien parecía ajena e inocente de todo.

Sin embargo, le gustaba mirar a Remus cuando atendía a su hija, era increíblemente paciente y amoroso. Incluso aprendió más rápido que ella a cuidarla; sus manos masculinas y brazos fuertes se volvían delicados cuando la cargaba o la acariciaba. Dian vio en esos detalles él ese inmenso amor que ambos se tenían y entonces confirmó que había elegido al mejor hombre. A veces, Remus sostenía a Loreley y salía con ella al jardín a dar paseos bajo la luz tenue de la tarde, la mecía mientras platicaba con ella, Dian nunca se enteró muy bien de qué, pues mientras ellos paseaban por ahí aprovechaba para dormir la siesta.

En pocos días, las vidas de Remus y Dian giraron completa y totalmente alrededor de su hija. Estaban seguros que nada antes los preparó para cuidar de un bebé. Cualquier cosa a comparación parecía pequeña, incluso las Artes Oscuras. Loreley era todo un reto. Sin embargo, estaban felices, como jamás lo imaginaron.

Remus continuó tomando la pócima que Salma le preparó, en dosis más fuertes, por recomendación del mismo Dumbledore; se tomó libres los días que el director le ofreció, lo cual lo hizo sentirse mucho mejor y más descansado. Una tarde, Dian lo vio en el sofá, con Loreley recostada sobre su pecho, ambos profundamente dormidos. Entonces, supo que todo estaría bien: ése era el hombre que haría todo por protegerlas siempre.


En el Ministerio de Magia las cosas parecían tan iguales que siempre. Harry aguardó unos segundos antes de decidirse por entrar en la Oficina de los Aurores. Lo había pensado mucho y por fin lo resolvió: quería ser un auror, pero tenía demasiado miedo como para admitirlo. Sirius se encargó de apoyarlo, incluso lo acompañó hasta el lobby del ministerio.

Harry tenía la mente más clara. Ron y Hermione habían conseguido avanzar con sus vidas y por alguna razón él creyó que no podía hacerlo, hasta ese instante cuando giró la perilla de la oficina, como alguna vez lo hicieron sus padres.


N.A. Gracias por sus mensajes privados. Intento responderlos tan rápido como los leo. Todas sus preguntas y dudas las responderé al final. Falta muy poco…