Disclaimer: Los personajes de Shingeki No Kyojin no me pertenecen. Son propiedad de Hajime Isayama.
— Capítulo 38 —
...de dolor
Lo que Levi y su escuadrón presenció, no se diferenciaba de la imagen monstruosa y lúgubre que dejaba un campo de batalla en plena guerra. Lo que antes parecía una ciudad próspera y tranquila al otro lado de la meseta costera, hoy era un paisaje desolado reducido a ruinas y muerte. Como soldados ya habían visto cientos de veces escenarios tan o más desoladores y escalofriantes, pero lo que presenciaban ahora se alejaba de cualquier irrealidad.
Ante ellos, había un pueblo masacrado.
—Busquen sobrevivientes —ordenó Levi, desplegando los grupos a su cargo por la ciudad.
Había un extraño y angustiante silencio que sobrecogía a medida que se adentraban por las calles del lugar. Solo había destrucción, sangre y cuerpos mutilados diseminados a lo largo del camino. Levi no tenía una respuesta a tal matanza, por lo que procuró hallar sobrevivientes para interrogarlos y averiguar qué había pasado.
Se adentró al centro de la ciudad y vio la iglesia con parte de su estructura demolida. La torre con la campana habían desaparecido, y la techumbre tenía un gran agujero en su parte frontal. Bajó de su caballo e ingresó al recinto. Adentro las personas no habían corrido mejor suerte que las que se encontraban afuera al momento del ataque. Las paredes y el suelo, incluyendo las banquetas donde los fieles se congregaban y los confesionarios, estaban salpicadas con la sangre de quienes buscaron con nulos resultado un refugio en el lugar santo.
El desagrado de abrirse paso entre los restos humanos y escombros hasta llegar a la plataforma central, hizo que Levi mantuviera la expresión tensa y las manos cerradas en la empuñadura de sus armas, mientras el eco de sus pisadas era lo único que rompía el desolador silencio del lugar. ¿Qué o quién había cometido tal masacre? ¿Cómo una ciudad había sido arrasada de tal manera de no dejar sobrevivientes y ni una esperanza para ellos? Las guerras cobraban vidas y diezmaban ciudades enteras con una fuerza voraz y mortífera, pero no de la manera en la que esta ciudad estaba convertida. Parecía que solo en unas cuantas horas había desaparecido.
—Señor. —Uno de los soldados bajo el mando de Levi lo llamó desde la entrada de la iglesia. —Sargento, encontramos sobrevivientes.
De inmediato, Levi fue llevado hasta el sitio donde su escuadrón había encontrado los primeros —y tal vez únicos— sobrevivientes de la ciudad. En uno de los callejones colindantes a la plaza principal, bajo cajas y escombros apilados, una mujer era atendida por miembros de la legión.
Levi se le acercó y trató de interrogarla.
—¿Qué fue lo que ocurrió?
La mujer, visiblemente afectada por lo ocurrido, permanecía aferrada a sí misma, enterrándose las uñas en la piel de sus brazos por el horror que había presenciado. Miraba fijamente el suelo sin parar de temblar, y sus labios apenas y se entreabrían para tragar un poco de aire y sollozar.
—¿Qué viste? —insistió Levi.
Un sollozo aún más fuerte escapó de su garganta, pero de su boca no salía ni una sola palabra, lo que irritó a Levi.
—No podremos ayudarlos si no nos dices qué pasó.
—E-Eran... cien-tos... —pronunció de pronto la mujer, con la mirada perdida.
—¿Cientos? ¿Cientos de qué? —Levi comenzaba a impacientarse.
—Todos... las... las per-so-nas... e-ellos...
—¡¿Qué?! ¡Habla!
—Señor. —Uno de los soldados intentó persuadirle de que se mantuviera tranquilo, porque presionar a alguien en el estado que se encontraba la mujer no funcionaría.
—E-Ellos... co-comen... las personas... ellos... se las... comen.
—¿Quiénes? —preguntó Levi, intrigado por el significado de aquellas palabras.
—Los... gigantes —balbuceó la mujer—. E-llos... ellos comen... —Hundió el rostro entre sus brazos y se soltó a llorar desconsolada.
Levi y los dos soldados a su lado intercambiaron miradas con preocupación. Si lo que ambos habían escuchado y entendido era cierto, significaba que estaban frente a algo más grave que un simple ataque.
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Eren acomodó un paño húmedo y fresco sobre la frente de Lear. Desde que Levi se fue, al alba, no se apartó de su lado. Lear deliraba por la fiebre, pero solo hasta entrada la mañana comenzó a bajarle, normalizando su respiración y su descanso.
—Papá —murmuró adormilado.
—Sigue durmiendo —dijo Eren mientras cepillaba sus cabellos empapados.
—¿Mi papá... ya se fue?
—Apenas salió el sol.
—Yo... quería ir con él. —Incluso cuando se encontraba en cama por causa de la fiebre, Lear no dejaba de demostrar su ávido interés por querer ser un soldado y acudir en ayuda de quien lo necesitaba.
—Cuando te recuperes podrás ir a donde tú quieras.
—Ir... a cabalgar en Rasch.
Eren sonrió y acarició su rostro afiebrado.
—Claro que sí —le dijo mientras se incorporaba de la silla en la que había permanecido casi toda la noche—. Ahora solo procura descansar. Iré a la cocina y te prepararé algo de comer.
Lear arrugó el ceño.
—No tengo hambre.
—Si quieres salir a pasear en Rasch debes alimentarte bien, de esa forma te recuperarás más rápido.
A regañadientes, Lear asintió. A pesar de todo, Eren quería lo mejor para él.
—Papá —lo llamó antes que abandonara la habitación—. Te quiero.
A diferencia de Ellery, Lear era mucho más demostrativo. Cuando tenía la necesidad de abrazar o decir lo que sentía, lo hacía. Su temperamento apasionado hacía que sus emociones las expresara con una intensidad difícil de controlar, lo que en ocasiones lo llevaba a los extremos de la alegría o la rabia con suma facilidad.
Eren sonrió por aquellas palabras, respondiendo un "yo también te quiero, y mucho" antes de abrir la puerta y salir de la habitación.
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Después de desayunar y dejar la hacienda, Ethan y Ellery llegaron al centro del estado de María. Llevaban una semana con las investigaciones de los casos de secuestro y asesinato de las víctimas a lo largo de los tres estados. En el proceso viajaron hasta Sina, donde intentaron obtener los informes forenses de la policía militar, aunque con nulos resultados debido al hermetismo con el que trabajaba dicha división.
Actualmente, las tres ramas militares aún seguían con sus propias políticas y reglas muy arraigadas a sus orígenes, con tan solo ciertas modificaciones debido al cambio de monarquía a sistema republicano. Mientras las tropas estacionarias custodiaban las fronteras del país, la policía militar se encargaba del orden público y la seguridad interna, dejando a la legión a cargo del exterior, incluyendo misiones de investigación, búsqueda y rescate, así como también de defensa territorial.
Ethan y Ellery bajaron de sus caballos y cruzaron las puertas del edificio central de la legión de reconocimiento. Era un imponente construcción de cinco niveles situado en el corazón del estado, funcionando también como cuartel de abastecimiento en su primer nivel y planta subterránea. Subieron al cuarto piso y allí encontraron a Hanji, que desde hacía diez años dirigía el departamento de investigación de la legión.
—¡ELLERY! —gritó ella a todo pulmón desde el pasillo, abalanzándose sobre él con efusividad y llamando la atención a todos los que se encontraban alrededor—. ¡Mi ahijado preferido! ¡Te extrañé tanto!
—Y-Yo igual, pero me está asfixiando —se quejó Ellery.
Hanji lo soltó y escrutó su rostro con fascinación.
—Hermoso, simplemente hermoso. Apuesto y alto como tu padre, y... serio como el otro —rió.
Ellery aprovechó de observarla también, notando cómo el paso de los años no parecía afectarla en lo absoluto. Lucía desgreñada por las interminables horas que pasaba encerrada en su laboratorio, pero su rostro jovial tras sus anteojos y su actitud jocosa y optimista no envejecía.
Ella los observó de manera contemplativa y suspiró.
—Cómo pasa el tiempo. —Su voz expresaba nostalgia. —Apenas ayer eran unos niños dulces e inocentes que corrían a mis brazos, y ahora son unos soldados que defienden la nación. —Juntó las manos, casi extasiada. —Recuerdo cuando Ethan aprendió a caminar y te seguía a todas partes —dijo mirando a Ellery—. Cuando te sujetaba de la ropa y no te dejaba ni a sol ni a sombra.
—Siempre un acosador. —Ellery le echó un vistazo a Ethan, reparando en su amplia y satisfecha sonrisa. Podía apostar que él recordaba claramente lo que Hanji mencionaba.
Continuaron haciendo recuerdos por unos minutos, hasta que el tema del viaje a Sina salió en la conversación.
—Supe que regresaron ayer —comentó Hanji—. ¿Me traen material de investigación?
—La policía se negó a facilitarnos los documentos —dijo Ethan, negando con la cabeza—. Dijeron que no estaban autorizados para compartir información con nosotros, y que los permisos firmados por los altos mandos de la legión tampoco tenían validez.
—Esos bastardos, siempre con sus reglas estúpidas —siseó Hanji—. Cuándo aprenderán a trabajar en equipo.
—Intentamos hablar con el comandante Nile, pero se encontraba fuera del estado —añadió Ellery—. Al final solo desperdiciamos un día de investigación.
—No fue una pérdida total —señaló Hanji—. El hecho que se nieguen a darnos información quiere decir que la tienen. Solo es cuestión de conseguirla.
—Pero ya lo intentamos —dijo Ethan.
Hanji se acomodó los anteojos y esgrimió una sonrisa con un matiz siniestro y oscuro.
—Aún se puede conseguir de otra forma.
—Habla de robarlos —dijo Ellery, entornando la mirada con reprobación.
—Tomarlos prestados —le corrigió Hanji.
Ellery resopló contrariado y se cruzó de brazos. Estaba al tanto de la visión que se tenía de la legión de reconocimiento en comparación a las otras dos divisiones militares: era la peor pagada, la más sacrificada y la que más bajas tenía cuando salía de expedición, lo que reducía la lista de los nuevos reclutas a la hora de formar parte de las tropas. A pesar de todo y, a diferencia de la policía militar, que promulgaba la imagen una institución íntegra e incorruptible, la honestidad de cada miembro de la legión era incuestionable. Sin embargo, la sugerencia de Hanji hizo eco en su cabeza. Él conocía la historia de cómo la legión se rebeló contra la monarquía. Sabía que sus padres, al igual que Irvin, Armin y Hanji, habían unido sus fuerzas a los rebeldes, manchando sus nombres frente a los líderes de aquel entonces. Y no pudo evitar pensar en el concepto de "por un bien mayor", que llevaba a las personas a arriesgarlo todo sin importar las consecuencias. Y ahora que las cosas estaban complicándose a medida que pasaba el tiempo, tanto para Eren como para las víctimas de los secuestros, la legión estaba siendo una vez más empujada a pasar por algo sus principios y valores en busca de ese bien mayor en el que muchos creían. Y se cuestionó si él también estaría dispuesto a dejar a un lado sus principios para hacer lo que creía correcto.
—Y sobre las muestras que trajimos de Cabourg —dijo Ethan—, ¿qué pudo averiguar?
—Sobre eso. —Hanji volvió a acomodarse los anteojos. —Los resultados están en mi oficina.
Siguieron por el corredor hasta doblar un recodo. En la primera puerta a la derecha se leía una inscripción labrada en una placa de madera, señalando a Hanji como la directora del departamento de investigación. Ella abrió la puerta y los invitó a pasar. Ambos observaron con poca sorpresa el gran desorden amontonado en cada rincón de la habitación. Estantes atiborrados de libros, montañas de papeles y carpetas desparramadas por el suelo, y un pizarrón rayado con una caligrafía que solo la dueña de esa oficina podía entender.
Tomaron asiento frente a un sobrio escritorio de madera; Hanji se sentó del otro lado y extrajo del primer cajón los documentos que contenían los resultados de su investigación.
—Pero primero partiré por explicarles que no fue fácil limpiar el trozo de papel que encontraron. Tenía mucha sangre impregnada, lo que dificultó su evaluación.
—En la habitación donde se encontró no habían más muestras —explicó Ethan—. Aparentemente todo fue calcinado por la detonación que hubo al interior.
—Aguarda —le tajó Hanji—. Ahora quiero explicarles el motivo de mi decepción.
—¿Decepción? —repitió Ellery con intriga.
—Si bien el trozo de papel claramente pertenecía a un libro, que tal vez contenía información de los crímenes que se han estado cometiendo, no revela nada que pueda servirnos, al menos por ahora.
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Ethan—. ¿Significa que no es ningún papel importante?
Hanji negó.
—El papel data de hace unos cuantos años, no es un documento antiguo que nos pueda dar alguna pista. Pero sí encontré un extraño y curioso símbolo escrito. —Dejó su silla y se paró frente al pizarrón. Borró lo escrito en él y comenzó a trazar unas líneas siguiendo la ilustración del trozo de papel. —Esta es la figura —dijo, señalando el dibujo que había reproducido—. Jamás lo había visto. Tal vez pertenezca a otra cultura.
Ethan y Ellery la observaron con curiosidad. Ellos tampoco la reconocían.
—Pero puede investigar el origen de ese símbolo, ¿no es así? —Ellery se mostró interesado y ansioso. Cualquier cosa, por más pequeña que fuera, lo acercaba un poco más a los responsables de tantos asesinatos.
—¡Por supuesto! —dijo Hanji—. Por el momento no lo he logrado ante la ausencia de textos, al menos en este territorio. Pero descuiden chicos, que no descansaré hasta dar con ello.
Llamaron a la puerta y uno de sus asistentes ingresó con prisa.
—¿Qué pasa, Moblit? —preguntó al ver su expresión pálida.
—Recibimos el aviso de que un pueblo al sur fue devastado. Debemos enviar escuadrones de ayuda y equipos de investigación. Los países vecinos también se están movilizando.
Ethan y Ellery se miraron con preocupación.
—¡¿Cuándo y dónde ocurrió?! —preguntó Hanji.
—Anoche, a cien kilómetros de Cabourg.
Ellery se levantó de golpe.
—¿Qué fue lo que pasó exactamente?
—Aún no se sabe con certeza —contestó Moblit—. Llegó un telegrama explicando que necesitaban ayuda porque los habitantes habían sido asesinados.
Ellery dejó la silla en la que se encontraba y, sin siquiera despedirse de Hanji, salió a toda prisa de la oficina rumbo a las escaleras. Allí, fue alcanzado por Ethan.
—Espera, ¿adónde vas? —le preguntó.
—Le enviaré un telegrama a mi papá. Regresaré a Cabourg.
—Te acompañaré.
—No es necesario. —Ellery retomó el paso, pero Ethan se paró frente a él y lo retuvo de los brazos.
—Si estás preocupado por tu familia y quieres volver, yo iré contigo.
—No es necesario —dijo Ellery.
Ethan afianzó el agarre en sus hombros.
—No voy a dejarte solo.
—Ya te dije que no es necesa-
—¡No te dejaré solo!
Ellery enmudeció, atónito por la seguridad con la que Ethan le había interrumpido. Si había algo que Ethan sabía hacer a la perfección, era detenerle cuando actuaba con necedad. Se encontró con sus ojos del color del océano que lo escrutaban con intensidad y respiró profundamente, intentando calmarse. Tras oír las palabras de Moblit, algo se había agitado en su pecho, como si una voz silenciosa le advirtiera que debía regresar cuanto antes a casa.
Se inclinó hacia adelante, apoyando la cabeza contra el pecho de Ethan, pudiendo sentir la respiración acompasada de su pecho y el aroma que despedía su cuerpo y que tan bien conocía.
—A veces siento que no tengo la fuerza suficiente para ayudar a mi papá —confesó—. Quiero hacer algo por él, pero parece que solo me lamento por ser débil.
—No lo eres —le corrigió Ethan, apoyando las manos sobre sus hombros—. La fuerza no siempre es la respuesta para acallar nuestras inseguridades, no es una carta de triunfo. Posees determinación e inteligencia, y eso te hace alguien invencible.
Aún con la cabeza contra el pecho de Ethan, Ellery negó en silencio.
—¿Sabes por qué me uní a la legión de reconocimiento? Lo hice siguiendo los pasos de mi padre. Él es el soldado más fuerte de todos los tiempos, y siempre he admirado su fuerza y su determinación para pelear y ayudar a las personas. Pero no sé si tengo esa misma capacidad. Ahora solo puedo darme cuenta de lo débil que soy. Ni siquiera pude conseguir un simple papel para ayudar en la investigación.
Ethan sujetó su rostro y lo alzó para verlo a los ojos, pudiendo contemplar con detenimiento la angustia y pesar que los opacaba.
—Eres capaz de lograr lo que sea si te lo propones. No eres débil, porque si lo fueras no estarías aquí, buscando cualquier información para ayudar a tu familia.
A pesar de perseverancia y convicción que Ellery demostraba como soldado, también poseía una inseguridad que solo Ethan conocía lo suficiente como para frenarla cuando se enfrentaba a ella. Ellery tenía muchos talentos, tantos como para sorprenderse e incluso despertar admiración, pero su constante auto exigencia le impedía verlos, creyéndose muchas veces incompetente.
—Te acompañaré a Cabourg y ayudaremos en lo que podamos —le dijo Ethan, acariciando sus mejillas, sintiéndolas tibias al tacto—. Lo más seguro es que el sargento haya ido a la ciudad atacada.
—Por eso quiero regresar —insistió Ellery—, debo ayudar.
—Está bien, iremos los dos. —Le robó un beso, apenas un suave roce en sus labios, asegurándose que nadie los estuviera observando, y bajó los primeros tres peldaños de las escaleras. —Ahora vamos a enviar ese telegrama.
—A veces actúas como un verdadero adulto —dijo Ellery, siguiéndole. No le había molestado el beso. La iniciativa de Ethan y sus demostraciones de cariño eran algo con lo que había crecido, siendo también unas de las cosas que más le gustaban de él.
—Eso es porque ya lo soy —aclaró Ethan, volviéndose para verle y sonreírle.
—No es cierto, aún sigues siendo un niño. Pero nunca dejas de sorprenderme.
Ethan se detuvo en el primer rellano de las escaleras y amplió aún más su sonrisa.
—Me encantan tus cumplidos.
Las mejillas de Ellery apenas se sonrojaron, y sonrió agradecido por la disposición de Ethan para ayudarle y apoyarlo con esa incondicionalidad que le brindaba una tranquilidad y seguridad que no conseguía con nadie más.
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Luego que las unidades de rescate se desplegaran para buscar sobrevivientes, estos fueron trasladados al ayuntamiento de la ciudad, donde se atendieron a los heridos y crearon listas para contabilizarlos y registrarlos, con la esperanza de que pudieran encontrar a sus familias. El ataque se había realizado en una localidad pequeña, con una población de ocho mil habitante, de los cuales solo doscientos sobrevivieron, lo que no alentó a la legión, en especial a Levi, que seguía intrigado y preocupado, más aún después de enterarse que en la ciudad hubieron tres casos de secuestro, y las tres víctimas fueron encontradas sin vida.
—Sargento. —Uno de los soldados encargados de explorar el territorio regresó al ayuntamiento y se le acercó con preocupación. —Encontramos algo y quisiera que viniera a verlo.
—¿De qué se trata? —preguntó.
—Es preciso que venga a verlo personalmente. —El otro funcionario de investigación le insistió.
Dejaron el edificio y cogieron los caballos. A medida que se alejaban de la ciudad, el paisaje y el terreno iban cambiando; las calles adoquinadas se volvieron senderos de tierra y el número de casas levantadas al borde del camino se iban reduciendo hasta dar paso a amplios campos de cultivos y un bosque de abetos que, bañados por los rayos del atardecer, se extendían al horizonte.
Continuaron por un camino estrecho y pedregoso que bordeaba los sembradíos hasta el bosque, y allí se detuvieron. Bajaron de los caballos y se internaron a pie, subiendo una pequeña colina hasta quedar frente a los campos de cultivo. De vez en cuando alguna ave solitaria rompía el silencio incómodo que había bajo la sombra de los abetos. Levi no entendía el motivo de tal visita, pero lo supo cuando observó, desde la cima de la colina, una inexplicable figura dibujada en medio del campo. Eran enormes pisadas que seguían una trayectoria en línea recta, hasta desaparecer en dirección a la ciudad.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó Levi.
—No lo sabemos señor. —El soldado que encabezaba el grupo de exploración lucía más confundido que él. —En base a las medidas de las huellas encontradas, hicimos un cálculo de la altura de quien las creó. No es una medida exacta, pero correspondería a una criatura de unos diecisiete metros de altura.
—Eso es imposible —dijo Levi, viéndole con reprobación—. No existen animales tan grandes.
—El tamaño de las huellas nos dicen lo contrario, señor —dijo el otro funcionario—. Además, encajaría con la descripción que nos dio la mujer que hallamos en el callejón. Ella habló de gigantes.
Contrariado, Levi volvió la vista al campo, observando con recelo y casi con incredulidad las huellas marcadas en la tierra, y solo una pregunta vino a su cabeza en ese momento: si la criatura que las creó era la responsable de la masacre en la ciudad, y si su tamaño era tan grande como para ser vista a grandes distancias, ¿dónde estaba ahora?
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Eren llevaba cerca de una hora encerrado en el despacho de Levi para revisar los documentos de la futura compra de uno de sus caballos, cuando la sirvienta de la casa llamó a la puerta.
—Un telegrama del joven Ellery —dijo ella tras ingresar y pararse frente al escritorio.
—Gracias —contestó Eren, recibiendo el mensaje. La mujer hizo una sutil reverencia y se marchó.
Eren leyó el telegrama y se alegró al ver que Ellery volvería pronto. No le gustaba cuando se marchaba por asuntos de trabajo. Si bien se sentía orgulloso de él por ser un soldado talentoso y reconocido a su corta edad, siempre existía el temor, como padre, de que pudiera pasarle algo en alguna misión.
El reloj de la oficina tocó tres campanadas, recordándole que debía darle a Lear su medicina. Salió al pasillo y subió las escaleras, repasando en su cabeza el telegrama de Levi que había llegado en la mañana. Ya eran dos días desde que se había marchado, y por lo que decía su mensaje, tardaría aún más en volver.
"La situación es peor de lo que creímos. Necesitamos ayudar a las víctimas y trasladarlas a un lugar seguro. Regresaré pronto."
Siendo el esposo del sargento de la legión de reconocimiento, no tenía más opción que esperar por él todo el tiempo que fuera necesario. Ya estaba acostumbrado a sus prolongados viajes que, de cuando en cuando, tomaban meses. Pero a pesar de la angustia y la nostalgia de no tenerlo a su lado, para Eren no había mejor momento que el de Levi regresando a casa, asegurando quedarse con ellos toda una temporada.
Sonrió ansioso por su regreso y se detuvo frente al dormitorio de Lear. Al entrar lo sorprendió sentado en la cama leyendo un libro. La fiebre ya le había bajado un poco, pero no lo suficiente como para que dejara la cama y retomara sus actividades.
—No deberías estar leyendo —le dijo a modo de regaño mientras se sentaba a su lado y palpaba su frente—. Aún tienes algo de temperatura. —Cogió la taza con la infusión de hierbas que descansaba sobre la mesa de noche y se la acercó a la boca.
—Ya me siento mejor —dijo Lear, esquivando la taza.
—Debes tomarte tu medicina o no te mejorarás.
—Pero sabe horrible. —Lear selló los labios, negándose a recibir el líquido. Pero Eren le apretó la nariz, obligándole a respirar por la boca. —¡No quiero! —se quejó.
—Es por tu bien —dijo Eren, sin soltarle la nariz—. Ahora bébelo rápido y el sabor se pasará.
Lear no quería hacerlo debido al sabor extraño de la mezcla de flor de saúco y menta, pero finalmente se rindió y lo hizo, dibujando una expresión de asco al sentir el líquido pasar por su garganta.
—Buen chico —dijo Eren, revolviendo sus cabellos con cariño—. Ahora sigue durmiendo.
—¿Cuándo volverá mi papá? —preguntó Lear mientras se acomodaba contra la almohada.
—Aún no lo sabe —dijo Eren mientras lo arropaba—, pero recibí un telegrama de Ellery. Dijo que regresará pronto.
—¡Qué bien! —exclamó Lear con entusiasmo. Vio a Eren tomar la charola donde descansaba la taza con la infusión de hierbas y se atrevió a hablarle antes que se marchara—. Papá. —Se incorporó un poco y lo miró fijamente. —¿Puedo levantarme? Solo por un rato. ¡Por favor! —pidió, suplicando con las manos entrelazadas—. Prometo quedarme adentro y no agitarme.
—El doctor ya te dijo que debías guardar reposo al menos hasta mañana —dijo Eren.
—Pero hoy venderás a Funke y quiero despedirme de él —argumentó Lear, desesperándose al ver que no obtendría el permiso.
—Lo sé, pero no quiero que empeore tu resfrío.
—¡Es que estoy aburrido de estar en esta cama!
Eren depositó nuevamente la charola con la taza sobre la mesa de noche y se cruzó de brazos de manera reflexiva.
—Hagamos una cosa —dijo—, ¿qué te parece si hoy vas a dormir conmigo? Como cuando eras pequeño y tu padre no estaba, ¿te acuerdas? Te quedabas a dormir en mi cuarto porque no te gustaba estar solo. ¿Te agrada la idea?
La expresión de Lear se iluminó.
—¡¿De verdad?!
—Y también te leeré un cuento —dijo Eren.
—Papá, ya no soy un niño —protestó Lear, frunciendo el ceño con disgusto.
Eren dejó la silla para sentarse a su lado. Lo abrazó y repartió besos en su mejilla izquierda, consiguiendo que Lear se sonrojara y tratara de apartarse, fingiendo molestia.
—Pero si siempre te ha gustado —dijo, soltándolo—. Cuando eras más pequeño te encantaba que te leyera historias de batallas y caballeros, aunque las disfrutabas más cuando te las leía tu padre.
Lear negó.
—Me gustaba más cuando las leías tú. Papá es más serio y no le ponía emoción al relato. Lo hacía como si leyera uno de sus reportes militares.
Eren no pudo evitar soltar una carcajada.
—Entonces, es un trato. Descansas hasta la noche y luego vas a mi habitación.
—¡Sí! —exclamó Lear con entusiasmo y se acomodó en la cama para descansar.
Eren cepilló sus cabellos y salió de la habitación. En el primer piso, la servidumbre a cargo de la limpieza terminaba de asear prolijamente, tal como a Levi le gustaba. Era un hecho innegable que él tenía una obsesión; Eren lo había comprobado tras vivir juntos, pero no le importaba, por el contrario, podía parecerle incluso una cualidad positiva si consideraba que era un soldado que había estado durante muchos años en campos de batalla, pudiendo, a raíz de eso, tener un desinterés por el orden y la higiene. Pero Levi se preocupaba, y había establecido las reglas en la casa desde que pusieron un pie en ella: aseo a diario y ni una sola mota de polvo en ningún rincón de la casa.
Los primeros años Eren se hacía cargo; le resultaba entretenido y lo distraía durante el día, pero con la llegada de Lear, su tiempo se redujo a la mitad, pues con dos niños que requerían su atención, su negocio y las labores domésticas no lograban congeniar fácilmente, por lo que Levi logró convencerlo de contratar sirvientes que lo ayudaran, con la condición que los supervisara y fueran tan buenos como él en el aseo de la casa.
Pero más allá de las labores domésticas, y desde su secuestro, Eren quería hacer algo más. Antes hubiera podido ir con Levi hasta la ciudad devastada para auxiliar e incluso participar en la investigación, pero ahora tenía otras responsabilidades que, si bien le gustaban, no lograban alejarlo de aquel Eren de hacía dieciocho años atrás que hubiera dejado todo por seguirlo y ayudar.
Llamaron a la puerta principal y una de las criadas atendió.
—Buenas tardes —saludó un hombre mayor de redingote, sobrero de copa y bastón de pie bajo el pórtico: era el comprador que venía por su caballo. A su lado, otro hombre, de mediana edad, lo acompañaba con un atuendo un poco más sobrio, pero no menos elegante.
—Buenas tardes —contestó Eren al reconocerle, y le invitó pasar a la sala—. El caballo ya está listo, pero si gustan pueden ir a verlo antes de cerrar el trato.
—Me parece perfecto.
Eren los llevó hasta las caballerizas, donde aguardaba el ejemplar que vendería. Desde hacía ya varios años él había iniciado el negocio de criadero y venta de caballos; de ese modo contribuía con los gastos para mantener la propiedad y ocupaba su tiempo en algo que realmente le gustaba. Su experiencia como comerciante, el tiempo que vivió con Irvin, le ayudó a prosperar rápidamente el negocio, logrando buenas ganancias y ser renombrado y respetado en la localidad.
—Es un perfecto semental —dijo el hombre, revisando al animal con fascinación, luego de verlo trotar por el corral—. Su pelaje es brillante, buena musculatura y balance estructural.
—Nos preocupamos de darles un excelente cuidado a todos los ejemplares —aclaró Eren con orgullo.
—Claramente lo hacen —dijo el hombre—. Ahora, firmemos ese contrato.
Volvieron a la casa y, tras un apretón de manos y la firma en el contrato de venta, Eren cerró el trato, entregando un perfecto purasangre a un empresario acaudalado que viajó desde el otro lado del continente para adquirir uno de sus potros. Con cada venta, su satisfacción aumentaba, y todo gracias a que Levi, creyó en él y le dio el capital para iniciar su negocio. Y hasta ahora, la vida les resultaba tranquila y sencilla, aun cuando las entradas financieras de la familia fueran prósperas.
Continuó con los deberes de la casa y el negocio. En las caballerizas dio instrucciones a los funcionarios que trabajaban para él y se encargaban de entrenar a los caballos y prepararlos para venderlos al ejército o a particulares que, en ocasiones, solicitaban sementales carreras que últimamente se estaban efectuando en ciertas localidades como actividad recreativa. Supervisó durante unas horas el entrenamiento de uno de los descendientes de Flink, pero cerca de la puesta de sol, se vio obligado a parar unos momentos luego de sentir una punzada en su bajo vientre; esta vez lo suficientemente fuerte para soltar un quejido que llamó la atención de sus empleados.
—Señor, ¿se siente bien? —preguntó uno de ellos que presenció cómo se doblaba hacia adelante y se sujetaba con ambas manos.
—Sí, descuiden —dijo Eren, respirando profundamente, en un intento por mitigar el dolor—. Iré... a la casa unos momentos.
Trató de mantenerse en pie y caminar sin dejar en evidencia su padecimiento. Necesitaba llegar a la casa para tomar la medicina que podía calmarle. Para su infortunio, las infusiones de hierbas no tenían el efecto deseado, por lo que el láudano se había convertido en su única alternativa capaz de apaciguar el dolor que lo aquejaba.
Masculló por lo bajo y continuó caminando paso a paso, esperando que el dolor menguara paulatinamente. Le frustraba ver que su vida no era la misma desde aquel incidente. Ese malestar no lo dejaba tranquilo, sus pesadillas tampoco, y la sensación de que algo malo ocurriría lo tenía inquieto aun cuando trataba de llevar su día a día lo más normal que podía.
Se detuvo ante una nueva punzada y aguardó a medio camino, frente a los jardines traseros del chalé. Frotó su bajo vientre con cuidado, pero algo lo detuvo: el viento, que hacía tan solo unos segundos soplaba con fuerza, había desaparecido, como si de pronto todo hubiera quedado en silencio. En ese instante, un repentino destello ambarino iluminó el cielo, y la tierra se sacudió violentamente. Eren cayó de rodillas al suelo y buscó con la mirada el origen de aquel estruendo.
—Un temblor —pensó en voz alta, levantándose.
De pronto, la tierra comenzó a vibrar bajo sus pies. Parecía provenir desde la distancia, pero se acercaban y aumentaban en intensidad. Los caballos en los corrales comenzaron a relinchar y a golpetear el suelo con sus cascos, visiblemente alterados.
El corazón de Eren se oprimió pues tan solo la otra noche había escuchado el mismo retumbar, como un ligero temblor que comenzó a aumentar de intensidad, y que fue el motivo por el cual Levi se tuvo que marchar. El viento volvió a soplar con fuerza y Eren vio una bandada de aves levantar vuelo frente a sus ojos, llegando a ellos la imagen de unas extrañas y enormes criaturas que se divisaban a los lejos.
—No puede ser. —Se quedó paralizado ante tan irreal visión. No sabía lo que estaba pasando o si lo que veía era producto de su imaginación, solo reaccionó y corrió hacia la casa cuando vio que las criaturas se acercaban.
Los gritos de los habitantes de Cabourg se escuchaban a lo lejos, siendo amortiguados por las pisadas de las criaturas que retumbaban de manera siniestra sobre la tierra. Eren ya ni siquiera sentía dolor; su desesperación por sacar a Lear de la casa le había hecho olvidar incluso el porqué segundos atrás pensaba en tenderse sobre la cama y descansar.
—¡Lear! —lo llamó cuando entró a la casa. La servidumbre se hallaba en la cocina, refugiándose inútilmente, presa del pánico y el llanto—. ¡Salgan de aquí! ¡Busquen un lugar seguro! —les ordenó.
Cruzó corriendo la sala y subió las escaleras. En el pasillo vio a Lear, que tenía una expresión de susto bajo sus mejillas levemente acaloradas por la fiebre.
—¡Lear! —corrió hacia él, pero la casa crujió sobre sus cabezas y luego todo fue silencio.
Cuando volvió a tomar conciencia, se vio atrapado y aprisionado bajo una pila de escombros. No sabía bien qué había ocurrido; en un instante la casa crujió y todo se hizo oscuridad sobre él. Logró escuchar el llamado desesperado de Lear; parecía provenir desde lejos. Intentó moverse, pero sentía una presión dolorosa en su pierna derecha que lo retuvo inmóvil.
—¡Papá! ¡Papá!
—¡Lear! —gritó.
Lear removió algunos restos de lo que correspondían al techo y muros de la casa y vio a Eren atrapado bajo ellos.
—¡Papá! —exclamó.
—Lear, escóndete —le ordenó Eren.
—Papá, ¿qué son esas cosas? —Lear temblaba nervioso mientras retiraba algunas vigas que obstruían el paso hacia Eren.
—No lo sé, Lear, solo ve y escóndete.
—Primero tengo que sacarte de aquí.
—¡Hazme caso, Lear! —gritó Eren—. ¡Sal de aquí y busca refugio!
—¡No voy a dejarte!
Eren intentó quitarse los escombros de encima y salir, pero el dolor en su pierna se lo impedía. Podía sentir que la presión en ella aumentaba, como si los huesos fueran a romperse y los músculos desgarrarse en cualquier segundo.
—Lear, estoy atrapado, no puedo moverme. —Esperaba que aquello pudiera convencerle de desistir y así escapase, pero Lear sacudió la cabeza enérgicamente.
—Yo te sacaré —le oyó decir.
—No hay tiempo —insistió—. Mis piernas están atrapadas. Aunque salga de aquí no podré correr.
—¡Yo te cargaré! —gritó Lear, intentando quitar con desesperación las vigas atravesadas que impedían levantar las partes más pesadas de la techumbre destrozada que aprisionaba a Eren.
Las pisadas de aquellas criaturas comenzaron a hacerse más perceptibles y las vibraciones aumentaron: se estaban acercando.
—Lear, por favor escóndete —pidió Eren, desesperándose.
—No voy a dejarte papá, te sacaré de aquí.
—¡Hazme caso y vete!
—¡NO LO HARÉ! ¡LE PROMETÍ A MI PAPÁ QUE TE CUIDARÍA! ¡NO TE VOY A ABANDONAR!
Una gigantesca sombra ahogó la luz del atardecer que entraba por el agujero del techo. Eren levantó la cabeza y su corazón se detuvo.
—¡Lear! —gritó.
Lear vio hacia arriba, notando que una de esas criaturas monstruosas le miraba fijamente.
—¡Lear corre! —gritó Eren, pero Lear no obedeció. Tomó uno de los trozos de madera que tenía cerca y lo asió con fuerza.
—¡No dejaré que lastimes a mi papá! —vociferó, agitando el trozo de madera como si de una espada se tratara.
Eren iba a ordenarle que se detuviera y corriera, pero enmudeció horrorizado cuando la criatura de mirada perturbadora y siniestra sonrisa metió una de sus manos por el agujero del techo y sujetó a Lear.
—¡SUÉLTALO! —gritó—. ¡SUELTA A MI HIJO! ¡LEAR!
—¡PAPÁ! ¡PAPÁ AYÚDAME!
Las imágenes comenzaron a moverse a una velocidad casi inexistente. Eren vio a Lear, preso en la mano del monstruo, luchando por su vida. Se sentía impotente e incapaz de hacer algo al encontrarse atrapado, pero su deseo por salvarlo lo llevó a rasguñar el suelo e un intento desesperado por salir bajo los escombros, sintiendo que su pierna aprisionada se desgarraba en el proceso. Sin embargo, solo pudo presenciar cómo la criatura monstruosa silenciaba los gritos de Lear, apretándolo entre su mano. Oyó que algo se rompió, y Lear dejó de moverse.
Eren solo fue capaz de gritar desgarradoramente mientras veía al monstruo llevarse el cuerpo inerte de Lear a la boca, mordiéndolo con su gran dentadura y dejando que su sangre se derramara como un reguero imborrable frente a los ojos de Eren, que solo rogó porque todo fuese una pesadilla
...Continuará...
Rasch: rápido
Funke: centella
