CAPÍTULO 37 EL LOBO, LA CASA Y LA ABUELITA

A tomar por culo todo.

¿En serio? ¿Un lobo? ¿Un lobo peludo de verdad? ¿Con sus dientecitos afilados y todo eso? No me jodas, tío.

Bella amartilló la pistola ganándose otro profundo gruñido de nuestro nuevo mejor amigo. ¿Por qué últimamente sólo nos hacemos colegas de seres que quieren pegarnos bocaditos por todo nuestro tierno cuerpo? En fín, no esperes respuesta, Edward.

No podía esperar más tiempo de espaldas al bicho, mi estado de nervios no me lo permitiría durante mucho más tiempo así que, muy lentamente, lento como la hostia, tan lento como la tortuga que tuve de pequeño y que por alguna estúpida razón llamé Robustiana, me giré.

Ay, la santa madre del cordero.

Ante mi tenía un bicho bastante grande y bastante peludo. Joder, hostias... y bastante enfadado. Su hocico estaba manchado por restos de algo rojo. Sangre, coño. El pelaje era gris y blanco, o al menos en algún tiempo pasado así fue. El animal estaba lleno de mugre, hojas mojadas y tierra mezclándose por su frondoso pelo. Y no, no sabía muy bien cómo interpretar el gesto de su cara.

—Madre mía, Edward... tiene sangre. ¿Crees que ha podido atacar a alguien? Quizás no estamos tan sólos como pensábamos – fruncí el ceño ante la pregunta de Bella. Oh, espera un momentito... me acerqué un paso —. Edward, ¿qué haces? ¿Estás loco? Aléjate de él. Como gruña de nuevo le meto un balazo.

—Espera... — me acerqué un poco más. El bicho gruñó, pero más bajo.

—Edward, te lo he dicho, voy a disparar. Está gruñendo y...

—Espera un momento, joder – alcé la mano para que, de momento, bajara el arma. La puntería de mi poli era la hostia de buena, pero no me sentía tranquilo entre la espada y la pared. O entre el bicho y la pistola —. Creo que no es lo que parece.

—¿Cómo? ¿Pero qué me estás contando? ¿Acaso se te han congelado tus dos neuronas a parte de los huevos? — susurró.

Dejé unos pasos atrás a Bella maldiciéndome a mí y a todos mis ancestros mientras yo me acercaba al lobo. El animal en vez de atacarme como la poli pensaba que iba a pasar, dejó de gruñir y avanzó... mejor dicho, retrocedió. De su hocico salían murmullos lastimeros a medida que me acercaba más. Estaba asustado. Y apostaba mi súper barba hipster que llevaba a que no era un lobo, al fin y al cabo.

—No es un lobo, Bella. Es un perro. Uno grande de cojones, pero perro al fin y al cabo – Bella salió de detrás de mí y avanzó lentamente mirándome con cara de "no me jodas tío, que no tengo el chichi pa´ farolillos".

—¿Cómo?

—Que sí, joder... Es un husky, un malamute... ¡o un perro lobo checoslovaco que se ha pasado de peso, yo qué se! No soy experto, pero lo que sí te puedo decir es que este bicho no es un lobo. Además, está acojonado. Mira – acerqué la mano y recé para que el bicho no me dejara mal arrancándome un par de dedos. Eso sería una putada de las gordas... pero no. El perro lloriqueó moviéndose inquieto sin saber muy bien qué hacer. Bella aún lo miraba con recelo.

—Vale, está acojonado y no es un lobo pero, ¿y si está infectado? Tiene sangre en el hocico y en el pelaje – negué rápidamente.

—No creo que los animales se infecten. Estuve observándolos desde la estación, vi a perros y gatos campando a sus anchas. Me entró curiosidad y hablé de ello con ladoctora mala leche... no sé qué tema complicado con los pares de genes y todo eso. Está herido – dije señalando una de sus patas —. Intentaré ganarme su confianza.

—A tí te sentaron mal anoche las barritas de proteínas, ¿no? ¿Acaso te crees el Encantador de Perros? ¿Para qué quieres ganarte su confianza? Dejemos que el ciclo de la vida siga su curso – miré a mi nena a los ojos.

—Bella, aunque no lo parezca, soy un sensiblón, ¿vale? No podría largarme de aquí sabiendo que he dejado atrás a un animal herido. Además, a estas alturas un perro puede ser un gran aliado. Tiene un olfato que ni tú ni yo juntos podemos igualar.

—Ya... eso si no nos merienda cuando menos no lo esperemos – refunfuñó sin bajar la pistola. Chica dura, ¿eh? —. Ya huyo de los mordiscos de los infectados, ¡lo último que quiero es huir también de un chucho!

La ignoré con toda la premeditación y alevosía que la situación me permitió. Me acerqué aún más al perro y deje que me olisqueara. Si algo de la situación me podía mosquear un poco era la sangre del hocico, pero parecía más reseca que mi cerebro en un día de resaca. Me costó uos diez minutos bajo el puto frío y con los murmullos de mala hostia de Bella para que el animal se acercara a mi mano sin que le temblaran los cuartos traseros. Otros cinco minutos más y el animal empezó de nuevo a lloriquear, daba pequeños aullidos y saltitos. ¿Y ahora qué? ¿Nos estaría avisando de algo? Le toqué tentativamente la cabeza y me sorprendió gratamente no sólo que no se apartara de mi toque, sino por el calor que su cuerpo desprendía. Me resultaba agradable.

—Eso es, chico... no temas. No te vamos a hacer daño. Esta chica tan taaaan guapa no va a usar la pistola contre tí. En el fondo es maja, te doy mi palabra – Bella susspiró. Me levanté y esperé a que me siguiera hasta el coche —. Eso es, ven... vamos a mirar esa patita – el perro ladeó la cabeza como si en verdad estuviera pensándoselo y, finalmente cojeando, me siguió. Bella por su parte no se separaba de su pistola por si las moscas.

Cogí una toalla pequeña y se la pasé por el lomo al perro que en ese momento miraba hacia todos lados. ¿Pero qué demonios te ha pasado, grandullón? Apreté sus cuartos traseros hacia abajo para que se echara sobre la improvisada cama a la intemperie. Aún así, a pesar de sus temores, el animal cerró los ojos con un gesto que prácticamente era de gusto. Pobre.

—Bella, hazme un favor. Dale algo de comer... un trozo de pan, un chacho de salchicha. Lo que sea, pero que esté entretenido.

—¡Ja! ¿Quieres que me acerque a semejante mastodonte? — me preguntó con temor.

—No te va a hacer nada, nena... aquí el único que está acojonado de verdad es el perro, Bella. Necesito mirarle la pata. Está herido, ¿acaso no te da penita? — suspiré ante su silencio. A veces esta mujer era dura de cojones —. Vamos, entretenle unos minutitos.

No muy convencida Bella hizo lo que le pedí; si esto hubiera pasado hace algunas semanas me habría mandado a tomar por culo todo recto y al fondo a la derecha. Fijo.

El perro gimió cuando le tanteé la piel aunque se calmó un poco cuando Bella le ofreció comida; entonces me dediqué a hacer mi labor de enfermero bombero. Tenía que sufrir en mis propias carnes un apocalipsis zombie para que yo al menos pudiera tolerar la sangre y ahora estaba aquí, curando a un bicho que me había encontrado en el campo. Manda cojones... Como su de todo un profesional me tratara examiné la herida con cuidado.

—No te has puesto guantes, fireman – me regañó Bella.

—No me va a pasar nada – aseguré mirándola de reojo —, a este animal no le han mordido. Esta herida es de arma blanca o al menos es lo que parece. Quizás haya sido un cristal... el caso es que es un corte limpio.

—Pobrecito – murmuró Bella. Si sabía yo que ese corazoncito al final se ablandaría un poquitín con este perrete.

Le recorté el pelo de alrededor de la herida y, a costa de algún que otro gemido perruno, lavé la herida de la pata lo mejor que pude. No sabía si iba a funcionar, pero a falta de antibióticos para animales le apliqué una buena dosis de crema antibiótica para humanos. Mejor era eso que nada, ¿no? Tapé el corte con un apósito y con unas vendas improvisadas cubrí parte de su pata. Como un buen niño portándose bien en la consulta de su pediatra, Bella le dio otro regalo en forma de pan empapado en algo de leche en polvo que ella había preparado para nuestros desayunos y que nunca llegamos a ingerir.

—¿Ya está? — preguntó Bella acariciando muy despacio el pelaje del animal.

—Eso creo, al menos la pata ya está... aunque debería echarle un vistazo al resto del cuerpo.

—No sabía que también fueras un entendido en animales, McGuiver – dijo Bella sonriente. Le devolví el gesto; si es que era imposible estar enfadado con ella.

—Y la verdad es que no entiendo mucho. Lo justo, supongo... Hace algunos años tuvimos en la estación un labrador marrón chocolate que hacía las delicias de los niños que nos visitaban. Ese bicho era todo un conquistador, un golfete. Te habría gustado. Cuando le jubilamos lo adoptó una familia con una casa en el campo. Freddy... espero que haya sobrevivido... — sí, lo sé. Estaba divagando.

Volví a mis quehaceres.

Gracias a ver mucho el Discovery Channel y Pet Bondi, Veterinario al Rescate, le hice un breve chequeo a nuestro nuevo mejor amigo buscando algo que no fuera normal. Abrí su boca para ver unos dientes jóvenes; no más de dos años. Le miré las almohadillas de las patas, las orejas, rebusqué bichos indeseados sin encontrarlos y le palpé las costillas en busca de magulladuras. Le examiné la tripa y... ups. Ahí va la hostia. Retiré todo el pelaje gris y blanco y resoplé.

—¿Qué ocurre? ¿Alguna otra herida? Oh, vamos... dí algo, Edward.

—No ocurre nada... o bueno, sí... ay, no sé. Es que no es perro, es perra – Bella alzó una ceja, como siempre.

—¿Y? Creo que tú no tienes muchos problemas con el género femenino, machote.

—Ha tenido cachorros hace poco.

Entre tanto pelaje y suciedad dejé al descubierto las mamas de la perra, hinchadas en inflamadas. Bella me miró con el ceño fruncido por la preocupación. Enganché uno de los pezones y apreté ligeramente con cuidado; una gota de leche blanca y tibia me cubrió la piel de los dedos.

—Mierda... ¿dónde están tus cachorros, pequeña?

Como si la pobre me entendiera la pobre aulló en un tono bajo y doloroso. Le acerqué la mano a la nariz y me olisqueó la leche que aún me mojaba. En un segundo se levantó y rasguñó la nieve caída durante la noche. Vamos, dime dónde están tus bebés... sin ponerme aún la chaqueta y con un frío de tres pares de cojones seguí a la perra y Bella a mí. Los tres en fila india. En algún lugar tenía que tener su refugio, en algún lugar tenía que haber parido. Cuando llegamos al coche abandonado que divisamos la noche anterior la perra empezó a aullar con más fuerza y a intentar subirse al capó a pesar de sus heridas.

Me abrí paso con una mala sensación.

Abrí la puerta con un chirrido sordo y desagradable, de esos que te hacen encoger el cuerpo... pero no me hizo falta meterme en el interior del coche para ver; allí fuera, casi en el chásis, se podía ver una tierna piel grisácea. Me agaché para desenterrar ese trozo de la nieve esperando coger un cachorro muerto por congelación... pero lo que cogí entre mis manos sólo fue piel. Piel muerta, fría, las tiernas orejitas colgando... la solté de inmediato como si fueran ascuas sobre mi piel.

—Joder – murmuré impresionado.

Bella se asomó y vio la escena tan sorprendida como yo. La perra lloraba siendo conocedora de lo que había ocurrido. Dentro del coche había al menos cinco pieles más, cinco cuerpecitos mutilados y despellejados sin el menor pudor.

—Vamos a largarnos de aquí pero ya – dije sin querer mirar más la horrible escena.

Agarré a la perra de la piel del cuello y la llevé casi a rastras con nosotros hasta el coche obviando su peso.

Recogí el botiquín y las pocas pertenencias que habíamos usado durante esa noche y metimos todo en nuestro vehículo a la velocidad de la luz. No esperé a que Bella se pusiera tras el volante, esta vez me adelanté y fui yo quien se puso en el asiento del piloto. La perra, como si estuviera esperando consuelo por su profúnda y múltiple pérdida, se acomodó en el asiento con Bella.

Todo esto había pasado en menos de cinco minutos.

—¿Qué estás pensando? — murmuró mi poli.

—Pues creo que lo mismo que tú – dije cogiendo el desvío por la secundaria retomando el camino de anoche.

—Alguien se ha encontrado a los perritos y los ha despellejado para comerse su carne. Mierda. Supongo que ella los defendió como pudo – dijo acariciando su cabeza.

—Y esto no es lo peor... lo peor es que no estamos solos en nuestro camino. Y hay dos opciones. O nuestra compañía está tan desesperada como para comerse a unos perros de apenas días... o no son muy amigables.

—Eso no lo podemos saber – la miré de reojo —. Imáginate que es gente que quiere ir a un lugar más seguro, gente que está huyendo... gente que está biscando a su familia como yo lo estoy haciendo. Esa gente puede estar pasando hambre... encontrar carne no es tan fácil como cuando íbamos al supermercado y pedíamos un kilo de ternera – suspiré.

Bella tenía toda la razón.

¿Qué pasaría si nos quedáramos sin comida? ¿Qué ocurriría si tuviéramos que cazar para comer? ¿En qué se diferenciaba un conejo o un pescado de una cría de perro?

—¡Joder! — pegué un frenazo que sorprendió a ambas chicas.

—¿Qué pasa, Edward?

—Pues que tienes razón, joder. Tienes toda la razón del mundo y más. Si yo te viera pasando hambre no dudaría en coger cualquier animal y... — negué —. Simplemente no me gustan los lugares que visita mi mente – acaricié la cabeza de la perra —. Qué jodidamente duro es esto, Bella.

—Sí, es duro decirlo, Edward... pero si te pones a pensarlo es la ley de la supervivencia, la ley del más fuerte. ¿Cuántas personas se habrán comido animales que jamás habrían pensado en tocar en su vida? ¿Cuántas personas se habrán comido a sus propias mascotas para evitar sólo un día más de hambre? Imagínate al padre o madre de familia apareciendo con un asado en una bandeja. La hostia, hacía días... semanas que no probaban la carne. Todos se lo comen. "Oh, está delicioso, mami... por cierto, ¿dónde está nuestro gatito? — la miré con una ceja alzada.

—Nena, creo que estás pasando demasiado tiempo conmigo. Mi humor tan negro como la vida se te está pegando de una manera asombrosa.

—Yo tenía una mascota. Frankie – dijo ignorándome con todas sus ganas —. Creo que te comenté algo sobre él en alguna noche de guardia. Era una iguana que me tenía la casa libre de moscas, mosquitos y demás insectos indeseables – rio —. Era un pequeño cabroncete que vagaba por toda la casa con toda la lentitud del mundo, ¿qué prisa puede tener un reptil? Cuando yo llegaba, ¿sabes lo que hacía? Se subía despacio a mis piernas y el muy hijo de puta no paraba de dar por saco hasta que no le rascaba el lomo. ¡Parecía un perro pero pequeño y verde! — ambos nos reímos. La perra alzó la mirada y luego siguió dormitando sobre Bella —. ¿Y sabes qué? Que sé que ese pequeño bicho se las ha arreglado en este mundo de mierda. Insectos y gusanos no le van a faltar para comer – suspiró —. No sé cómo hemos acabado hablando de mi pequeño bicho verde... pero al menos el ambiente está un poco más relajado, ¿no?

Pues sí, el ambiente se relajó finalmente tanto que Bella y la cosita peluda y sin nombre que llevábamos con nosotros se quedaron dormidas.

Sin duda, lo prefería.

Durante un buen tiempo sólo cruzamos campo y tierras yermas pero hasta aquí, en medio de la naturaleza, se notaba el cambio que había dado el mundo. Tierras secas por la falta de cuidado, algunas de ellas congeladas por las últimas nevadas caídas. Pequeñas y no tan pequeñas granjas dejadas de la mano de Dios, medio derruidas por el temporal, cosechas echadas a perder que nadie se encargaría de limpiar en muchísimo tiempo. Ganado en los huesos. Literalmente. La mayoría de los animales murieron de inanición, estaba claro; ellos fueron los afortunados aunque sus pieles podridas pegadas a su esqueleto dejaban un tétrico paisaje a nuestro paso. Lo peor eran esos caballos, esos bueyes y vacas que vagaban con las costillas marcadas en busca de un matojo de hierba que llevarse al hocico. También estaban los coches abandonados, como en el que encontramos a los cadáveres de los cachorros. Nos habíamos dado cuenta´que en esos coches, debido a la escasez y el hambre por estas tierras, podrían esconder gente no tan buena... el peligro acechaba en cualquier esquina, en cualquier recodo que menos te esperaras.

Todo era muy conciliador.

Además, nuestro coche hacía un ruido del copón, cojonudo, vamos... y no precisamente por las funciones del coche, sino por el silencio exterior. Éramos un punto rojo enorme en medio de una diana. Si alguien nos oía y venía con malas intenciones tendríamos que sacar la artillería pesada que llevábamos con nosotros o, seguramente, nos follarían hasta las orejas.

Afortunadamente, las dos siguientes horas transcurrieron en una plácida calma sólo alterada de vez en cuando por la visita de algún infectado en la lejanía del que no teníamos que preocuparnos lo más mínimo... y de los sutiles, o no, ronquidos de mi poli. Hasta roncando como un hipopótamo me gustaba mi chica.

Pero estamos hablando del mundo real, no en el de las pelis en las que por arte de magia nunca echan gasolina; esos coches tienen que tener un tanque de la hostia, joder, para recorrer cientos y cientos de kilómetros, persecuciones y demás obras y gracias cinematográficas sin echar una puta gota de combustible. En resumen, la aguja de nuestro vehículo nos indicaba, encendiendo el simbolito de la gasolinera, que teníamos que dar de comer a la máquina. Paré en el arcén y puse el freno de mano no sin antes echar un buen vistazo a nuestro alrededor.

—Mmmm, ¿qué pasa? — preguntó Bella estirándose como pudo en el asiento. La perra nos miró a ambos, esperando alguna reacción por nuestra parte.

—Gasolina, demasiado ha aguantado... Oh, mírate – dije mientras me quitaba el cinturón de seguridad —, si no fuera por el hilillo de baba que te cae por la barbilla podrías parecer la Bella Durmiente – me gané un codazo, pero también una de sus sonrisas. Compensaba, os lo aseguro.

—Pues mira tú... menudo príncipe azul hipster que tengo a mi lado... En cuanto tengamos agua caliente, cuchillas y tranquilidad ye quitas esa barba. Pinchas.

Nada más abrir la puerta nuestra amiga bajó e hizo sus cositas tras una placa de prohibido adelantar; tócate los cojones, como si hubiera muchos coches por aquí. Fui hasta la parte trasera y saqué una de las garrafas de diez litros.

—No es por ser caga prisas ni nada de eso porque de momento vamos bastante bien... pero no estaría mal ir recuperando la gasolina que vamos gastando. Sólo por si acaso — Bella me observó mientras echaba la gasolina.

—Sí, deberíamos parar en alguna gasolinera. Lo peor es que no quede nada en los tanques subterráneos y, si queda algo... ¿seremos capaces de sacar algo de ahí? Dudo mucho que las mangueras funcionen.

—Bueno, la mía ya sabes que funciona bastante bien, nena – dije moviendo las cejas. Bella me regaló una enorme carcajada —. Después de decirte esta verdad más grande que un campo de fútbol... nena, estás hablando con un bombero, un jodido Fireman. Sé cómo sacar esa gasolina de ahí. Ahora sólo nos queda esperar a que, como tú has dicho, haya algo en esos tanques, claro – la perrilla no hacía más que olisquearnos y llamarnos la atención con sus patitas... bueno, patorras porque el bicho era grande de cojones —. ¿Cómo vamos a llamar a nuestra nueva amiga? — Bella la miró y acarició su cabeza.

—Mírala... tendremos que asearla en cuanto podamos. Menuda melena tiene en la cabeza, parece una leona con melena – Bella me miró —. ¿Leona? — me encogí de hombros. La perra giró la cabeza como si tratara de comprender qué es lo que estaba pasando.

—¿A ti te gusta? — le pregunté. Definitivamente el apocalipsis zombie y sus nuevos habitantes me habían afectado seriamente mi azotea —. ¿Leona? — volvió a girar la cabeza haciendo que una de sus orejas cayera de lado dejando la otra más tiesa que la picha de un novio en la noche de su estreno —. Pues vale... Leona se llamará...

Terminé de vaciar la garrafa; el tanque de gasolina de nuestro coche—casa era bastante grande y no estaba lleno ni de coña, pero el vehículo era ultra moderno, último modelo de hace seis meses que ¡ja! Vete tu a saber cuando veremos coches nuevos rulando por la carretera... así que gastaba bastante poco.

—Bueno, pues esto ya está – metí la garrafa en la parte trasera —. Hace un frío del carajo, joder – dije frotándome las manos.

—Sí, esta noche deberíamos buscar un lugar en el pudiéramos hacer una pequeña fogata sin ser vistos – dijo Bella; ambos miramos a nuestro alrededor. Estábamos en una zona de vegas, zonas donde debería haber habido tierra fértil en la que cosechar cereales y verduras varias.

—Puede que haya cerca alguna granja o algo parecido. Estas tierras no se cuidaban solas – Bella no dijo nada, simplemente sacó unos binoculares y observó el paisaje gris.

—Allí veo algo – murmuró —. La niebla está bajando y es un poco hija de puta. No veo bien, pero puede que sea una granja – miré el reloj —. De todos modos está lejos – chascó la lengua.

—Da igual, nena... tenemos que ir en aquella dirección. Oscurece demasiado temprano, de todos modos no podemos ir con el coche por ahí con todo nevado y sin luces. Iremos allí y echaremos un vistazo.

Dicho y hecho.

Nos montamos en el coche, esta vez yo en el asiento de copiloto y con Leona encima de mi; la cabrona daba un calorcito bastante agradable. Si sabía yo que era buena idea adoptar a la perraza.

Como bien había dicho Bella, la niebla, la muy cabrona, estaba empezando a bajar que daba gusto, así que tuvimos que ralentizar un poco nuestro ritmo; tardamos alrededor de media hora llegar a la granja. Sí, visto de cerca era una granja y muy grande.

Si había alguien dentro tendría que haber oído nuestro coche al llegar, eso estaba claro... pero no podíamos saber mucho porque las ventanas permanecían tapadas con lo que parecían ser persianas y tablones de madera. Paramos el coche y, con la mano en la pistola que llevaba en el cinturón, nos bajamos. Silencio. Me cago en la hostia con el puto silencio, en serio.

—Esto está vallado, pero mira – dije señalando con la barbilla —. O la granja está vacía, o la han abandonado... o los posibles inquilinos tienen muchísima fe en que no va a venir ningún vecino infectado a pedir azúcar.

—¿Y si está electrificada? — preguntó Bella cogiendo a Leona por si las moscas.

—No jodas, tía... Estamos todos esperando que se haga la luz en el mundo en forma de bombilla y van a... — lo pensé —. Joder, ¿y por qué no?

Busqué una rama y la tiré hacia la valla. No, nada. Probé con otra rama más grande y... y Leona se puso a ladrar con mala hostia. Ahí... como si no hubiera un mañana.

—Oye, pórtate bien y cállate, por el amor de Dios – la regañé como si fuera un niño —. ¿Quieres que nos pillen con todo lo gordo en...?

—¿Quién demonios anda ahí?

La voz que oí a nuestras espaldas no fue lo que me acojonó. No, bah... lo que hizo que me hiciera caquita fue oír cómo aquel tipo amartillaba el arma que llevaba.

Tiré la rama y alcé las manos lentamente como aquella vez en la que la policía me pilló borracho viniendo del botellón con diecisiete años. Yo sólo intentaba abrir la puerta de mi casa... sólo que no era mi casa, sino una tienda de móviles. Bendita juventud. Bella, la perrilla y yo nos dimos la vuelta y vimos una escopeta, ahí... de frente. El olor a pólvora metiéndose como un hijo de puta por mi nariz. Detrás del arma había un hombre cano enfundado en un grueso abrigo y con la nariz más roja que Rudolph por el frío. Estaba completamente serio y decidido a disparar si era necesario, se le notaba en la cara y en cómo su dedo envolvía el gatillo.

—Lo... lo siento. Los tres – señalé a Bella y a Leona —. Sentimos mucho haberle molestado – susurré —. Estábamos buscando un lugar seguro donde pasar la noche. Ya sabe, qué le voy a decir... hace un frío de cojones, oh, perdón... — dije aún con las manos en alto. Suspiré —. Mi novia y yo tratábamos de averiguar si la valla estaba electrificada porque aquí donde nos ve, estamos hasta los huevos de que sólo nos pasen cosas malas. Los infectados, hemos perdido a compañeros... nos han perseguido hasta los putos animales del zoo de Central Park y...

—¿Quieres callarte de una puta vez y dejar de divagar, chico?

El hombre avazó hasta que su escopeta tocó mis tetitas. Venga, esto ya era de coña, ¿no? El destino se estaba pasando con nosotros. Nos miró y nos miró... y nos siguió mirando... hasta que se descojonó de risa delante de nuestras caras, eso sí, sin bajar el arma. Really?

Creo que podía decir que nuestro segundo encuentro había sido con un jodido loco. A ver cómo coño salíamos de esta...


Y después de otro siglo vengo con otro capi nuevo. No hace falta que os diga por qué subo capítulo con tanto tiempo de diferencia, l s que me seguís en Facebook sabéis cuál es mi situación... pero, ¡aquí está! ¿Qué os ha parecido la nueva amiga de nuestros chicos? ¿Y el viajecito que se están dando? Espero que os haya gustado,

ALEXANDRACAST, Cassiel Lightwood, Rjnavajas, Gaby Rivera, Bella maru, Bellatrix, Muse3841, Dayana ramirez, SweetNorthCullenGirl, AliAnaGisele, Jgav28, Nathy Cullen Black, Kokoa Kirkland, Tecupi, Ine L B, Lily len, Mayerlinglopezj, Adriana molina, Nyx 88, Kimm, NAIARA23, Solecitopucheta, Alex Kacr, DanielaMc1, Caresgar23, YessyVL13, Marie Sellory, Cinderella Cullen, Vtzaa Cullen, Laura Katherine, Atenaschan, Pia, Valro, Helenagonzalez26 athos, Lupitha lipezZ, Ettena, Diana, Cat, Liduvina, YessBarrios, MsMonik, Masilobe, Ashleyswan, Ryomahellsing, All, Dragondefuego, Camila, Bellaen3D2 y todos los lectores anónimos.

El capítulo nuevo de Suavemente, me matas estará muy muy pronto subido. Muchísimas gracias por vuestra paciencia, besotes!