Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La historia le pertenece a AngstGoddess003. Y está siendo traducida por varias personas en el Blog de A.P.
Capítulo 32: Parejas de San Valentín de Piña. PRIMERA PARTE.
Traducido por: Ioreth y Lucía.
*Bella*
Llevé mi mano hasta la rodilla y me rasqué, mientras Alice hacía girar un gran mechón de mi cabello en el hierro del rizador y charlaba con Rose que estaba ojeando una revista en su cama.
Estaba bastante segura de que había estado planeando mi elección de ropa al mismo tiempo que había estado planeando su noche especial con Jasper. En realidad había sacado los pantalones de cuero el día anterior solo para hacerme gastar mi veto. Eso debería haber sido un gran cartel rojo de advertencia. Eso y el hecho de que el catorce de febrero caía en domingo este año.
Pareció curiosamente aliviada, unas horas antes cuando le informé que Edward y yo no teníamos ningún plan para la noche. Lo que era una mentira flagrante, por supuesto. Ya había confeccionado un menú bastante amplio, en lugar de un regalo real; teniendo en cuenta la reacción que obtuve con mi último intento de regalo.
Lamentablemente, mi falta de planes con Edward le dio luz verde para la ropa. El top era rojo oscuro, color escarlata, con el cuello cuadrado, que era tan bajo en el pecho que la parte superior del sujetador/instrumento chino de tortura, rojo con encaje, que me obligó a ponerme, se asomaría si me movía demasiado. Y entonces, allí estaba siempre la falda roja de vuelos hasta la rodilla. Estaba convencida que el mismo Satanás la había creado con la gasa que más picaba en el mundo y encima «no podía usarla con leggings».
En realidad, era mejor que lo que había pensado originalmente para que me pusiera. Alice había sacado una horripilante minifalda rosa con entusiasmo antes de que rápidamente me negara. Ella frunció los labios e hizo un puchero hasta que le expliqué el motivo detrás de mi negativa con una mueca. Su mala cara se convirtió en un ceño fruncido y una mirada de disculpa al darse cuenta de que la minifalda expondría una de mis cicatrices más largas.
Había tenido la esperanza de que esa situación incómoda me salvara de tener que usar una falda. Me equivoqué por completo.
Tuve que mirarla a ella y a Rose suspirando y comentando lo «adorable» que lucía, mientras me hacían dar una vuelta completa a regañadientes en el centro de la habitación de Alice. Adorable. Fue un nuevo insulto. Comencé a sentirme cada vez más como uno de esos pobres perros que ves en público. Esos que llevan mullidos tutús rosas y expresiones miserables cuando sus dueños los paseaban por ahí con una sonrisa.
Agité mis piernas desnudas incómodamente mientras miraba en el espejo del tocador mi escote y le enviaba a Alice una mirada asesina.
El día de San Valentín era oficialmente mi día de fiesta menos favorito. Tan pronto como Alice saliera por la puerta a las seis, me pondría mi ropa normal. Mi sudadera con capucha nunca me había parecido más acogedora.
Admito, sin embargo, que estaba disfrutando mucho de una tarde con «las chicas», sintiéndome perfectamente normal con alguien que no fuera Edward para variar. Era más bien refrescante oír chismes y hablar de cosas de chicas como si fuera una de ellas.
Alice envolvió otro mechón de pelo para rizarlo.
—Así que cuando finalmente se puso el gerente en el teléfono, insulté su limitado inventario y a sus empleados sin cerebro. —Sonrió mirando por encima del hombro a Rose, que seguía pasando las hojas de la revista sobre la cama—. No hace falta decir que obtuve el traje de Princesa Leia dos días antes y treinta dólares más barato.—Se rió en voz baja mientras enganchaba nuevamente mi cabello.
Rose y yo nos encogimos al mismo tiempo con su mención del traje que llevaría esa noche para Jasper. Era una fantasía de él muy especial, y se había pasado horas al teléfono con una empresa de pedidos en línea, perfeccionando cada detalle para sorprenderlo.
Nunca volvería a ver El Retorno del Jedi de nuevo.
Rose suspiró y pasó una página de la revista apoyada contra la cabecera de la cama.
—Eres demasiado extravagante. Emmett está perfectamente contento con que me pase diez minutos de rodillas delante de él. —Sonrió leyendo la página de la revista.
Alice puso los ojos en blanco antes de fruncir las cejas a un mechón de cabello que no se curvaba a su gusto.
—No todas podemos tener ese increíble talento en el arte de la felación, Rose —murmuró distraídamente negando con la cabeza y enroscando de nuevo el mechón de mi cabeza.
Rose se rio.
—Si fuera tan talentosa solo necesitaría cinco minutos. —Arqueó una ceja, levantando la vista para mirar a Alice. Ambas rieron y Alice sacó otro mechón de mi cabello y sacudió la cabeza con una sonrisa. Rose se encontró con mi mirada en el reflejo del espejo—. Toma nota, Mary Sue. —Sonrió sensualmente con un brillo divertido en sus grandes ojos azules. Me sonrojé un poco y volví rápidamente mi atención a mi regazo. Nunca podría entender cómo podían estar tan tranquilas discutiendo de ese tipo de cosas. Yo no podía ni siquiera hablar de los besos que Edward me daba sin volverme del color de mi falda.
Alice se rio entre dientes suavemente detrás de mí, liberando otro bucle perfecto de la plancha caliente.
—Solo necesitaría tus consejos si hiciese ese tipo de cosas —murmuró apretando los labios y frunciendo el ceño a otro mechón rebelde de mí cabello.
Miré su reflejo en el espejo, un poco ofendida.
—¿Cómo sabes que no lo hago? —Le pregunté, un poco resentida por su tono condescendiente.
Levantó la cabeza de golpe, por encima de mi cabello para encontrarse con mi mirada en el espejo.
—Dijiste que Edward y tú no estaban teniendo sexo —afirmó con los ojos abiertos de par en par.
Me tragué una mueca y cambié la vista de nuevo a mis piernas.
—No es lo mismo —murmuré mientras agarraba el incomodo material de mi falda.
Alice se rio y soltó el mechón de pelo.
—Semántica, Bella. La única razón para meterte una polla en la boca es porque también la quieres en otro sitio —dijo con dureza, a la vez que metía otro mechón de mi cabello en la tenaza.
Rose se rio desde la cama mientras yo buscaba la mirada de Alice de nuevo.
—¿Y qué pasa si eso es exactamente lo que quiero? —Le espeté con firmeza. No era asunto suyo, pero ya estaba cansada de ser tratada como una niña.
Alice sacó el mechón de pelo y entrecerró los ojos.
—Confía en mí. No lo quieres —respondió secamente, pareciendo más enfadada con el tema de lo absolutamente necesario para ser alguien ajeno al asunto.
La miré boquiabierta.
—¿Esperas que siga siendo virgen toda la vida? —Le pregunté con incredulidad, completamente confundida con su reacción.
Alice frunció el ceño al mechón de cabello en la plancha sin mirarme.
—Cuando es Edward Cullen con quien quieres hacerlo, sí —contestó bruscamente, Rose seguía ojeando la revista con indiferencia.
Me quedé horrorizada a la vez que seguía mirando su mandíbula contraída.
—Dime que no estoy recibiendo una lección de abstinencia a cargo de la versión porno de la princesa Leia —le solté con incredulidad, ganándome una risita desde la cama por parte de Rose.
Soltó mi cabello y bajó sus manos a las caderas.
—Jasper y yo somos diferentes —dijo arqueándome las cejas en el reflejo del espejo.
—¿Cómo te diste cuenta? —Me burlé, muy molesta por su evidente doble estándar.
Ella puso los ojos en blanco, recogiendo otro mechón de pelo de mi cabeza y dándole vueltas alrededor de la tenaza.
—Para empezar, Jasper no es un completo imbécil. —Apretó con ira, a la vez que Rose soltaba un bufido de aprobación desde la cama.
Suspiré y mi cabeza prácticamente cayó desplomada sobre mis hombros.
—Pensé que tú y Edward se estaban llevando mejor —dije con voz triste. Realmente me estaba emocionando por la idea de que pudieran llegar a ser amigos.
Alice negó con la cabeza mientras liberaba otro rizo.
—Solo porque tenga un gusto decente en música no significa que esté dispuesta a sentarme y ver cómo se aprovecha de mi prima —habló con los dientes apretados cogiendo otro mechón de cabello y empezó a darle vueltas alrededor de la plancha.
Negué con la cabeza a pesar de las limitaciones de la tenaza.
—Estás tan equivocada, Alice —dije en voz baja, tratando desesperadamente de desvanecer la ira que empezaba a formarse dentro de mí. Vi como ella dejaba caer el mechón de pelo y su cara pasaba de una expresión de enfado a una de preocupación.
—Está bien. —Alice suspiró, dejando la tenaza y poniéndose de pie junto a mí con las manos en las caderas—. Dime… —Continuó con una expresión seria—. ¿Qué crees que dirá al ver tus cicatrices? —Susurró en voz baja, mirándome a los ojos a través del reflejo del espejo.
Apreté los puños con fuerza en mis rodillas mientras Rose levantaba la vista de su libro con cautela por la escena que se desarrollaba ante ella.
—No lo conoces en absoluto. —Negué con la cabeza de nuevo a su insinuación. Quería contarle que ya había visto mis cicatrices, pero imaginé que solo alimentaría aun más su ira.
Rose se enderezó en la cama, ganando mi atención mientras me miraba con gravedad.
—Conozco a Edward más de lo que me gustaría —dijo en voz baja, mirándome fijamente—. Puede ser cruel, duro y egoísta —concluyó en tono rencoroso.
Levanté la cabeza, con todos mis recién rizados bucles rebotando en mi cara.
—Ustedes conocen a un Edward que las dos han creado a su conveniencia —escupí las palabras hacia Rose mientras se sentaba en la cama de forma pretenciosa y cargante. Sus suposiciones eran todas medias tintas, sin pensar en mirar más allá de sus acciones o preguntarle por sus intenciones.
Alice resopló, haciéndome volver mi furiosa mirada de nuevo a ella mientras giraba y se alejaba de mí.
—Bien. —Levantó las manos al aire con exasperación antes de girarse para mirarme con una mueca desencajada muy poco habitual en su rostro—. Pero cuando Edward Cullen vaya por ahí diciéndole a la gente cómo se tiró a la bicho raro y loca de su vecina, no vengas a buscarme —escupió tirándose en la cama junto a Rose que parecía sorprendida también por su arrebato.
Palidecí, retrocediendo como si me hubiera golpeado físicamente. Ella cruzó los brazos sobre su pecho sin pedir disculpas y me miró con los ojos entrecerrados. La mitad de mí quería llorar, y la otra quería volar hasta la cama y abofetearla en su condescendiente cara.
Hice lo siguiente mejor.
Me levanté del tocador y me volví hacia la puerta, caminando hacia ella, el tejido de la estúpida falda roja de gasa arañando mi piel. Me detuve en la puerta, parpadeando para contener las lágrimas de dolor y rabia. Me di la vuelta para hacer frente a ella y a Rose en la cama.
Miré a través de mis ojos borrosos como ambas estaban acostadas una al lado de la otra. Eran el epítome del comportamiento que tenía que soportar todos los días, y me maldije por creer que eran distintas y por haberles permitido tratarme como si fuera igual que ellas durante dos horas. Quería hacer que se sintieran fatal.
Lo que estaba a punto de hacer no era justo para Edward, pero lo que ellas estaban haciendo era muchísimo peor.
—Edward está jodido —dije en una voz baja que parecía mucho más estable de cómo me sentía. No hice caso del evidente asentimiento de Alice y a cómo levantó las cejas en total acuerdo—. Pero ustedes también lo estarían si hubiesen visto a su padre morir quemado en el incendio de su propia casa cuando eran solo unas niñas —hablé a toda prisa, las palabras se sentían como llamas, escapando de mi garganta. Disfruté de la forma en que sus ojos se agrandaron mientras seguía hablando con furia—. Y estarían aún más jodidas si su madre las hubiera descartado como un pedazo de basura después de que eso sucediera. —Entrecerré mis ojos y mi voz se quebró con la memoria del corazón de cartulina.
Los brazos de Alice cayeron de su pecho, y quedaron inmóviles pegados a ambos lados de su cuerpo. Rose y ella me miraron en estado de shock.
Esperaba que ya se sintieran horribles y me preparé para mis próximas palabras.
—Pero gente como ustedes está más jodida de que lo que Edward estará nunca —dije con los dientes apretados, notando una vez más que las lágrimas amenazaban con abrirse paso a través de mis párpados—. Porque están demasiado ocupadas siendo las reinas del drama superficiales como para notar nada más —continué parpadeando las lágrimas con furia para no dejarlas caer y fije mi borrosa visión en Alice mirándola con una mueca desencajada que hacía juego con su expresión anterior—.Y él es el único en todo el pueblo que nunca me ha tratado como un monstruo, como una loca o una bicho raro —le escupí la última palabra a Alice venenosamente.
No esperé a ver si tenían la reacción que había buscado, me di la vuelta y salí de la habitación. Porque tan pronto como esa palabra salió de mi boca, supe que solo había una persona capaz de borrar su amargo sabor.
Corrí por el pasillo y la sala de estar, agarrando mi sudadera del sofá y poniéndomela descuidadamente mientras las lágrimas finalmente se desbordaban y caían por mis mejillas.
Las aparté de un manotazo, y deslicé mis pies descalzos en mis voluminosas botas de lluvia antes de salir por la puerta, abriéndola completamente y golpeando furiosamente detrás de mí. Me detuve un momento en los escalones del porche al darme cuenta de que no podía subir por la pared de madera a la luz del día mientras mi falda de gasa ondeaba por el frío viento. Corrí escaleras abajo y decidí ir a la puerta de entrada por esa vez.
Ni siquiera me molesté en subirme la capucha. Todos mis rizos flotaron lejos de mi cara mientras corría por el patio a casa de los Cullen, chapoteando y tropezando a mi habitual manera en los charcos de agua que se acumulaban en el césped, el viento frío azotaba mi cabello y mi cara, haciendo que la humedad en mi mejillas por las lágrimas y mis piernas desnudas fueran aguijoneadas por el frío.
Subí de un salto los escalones de su puerta, con un puño golpeé fuertemente, todavía tratando de forzar las lágrimas a abandonar mis ojos. Las posibilidades de que Edward abriera la puerta eran escasas, así que di un paso atrás, retorciendo las manos y esperando con impaciencia que alguien contestara. Y justo cuando estaba a punto de empezar a golpear de nuevo la madera, la puerta se abrió.
Emmett me miró fijamente con los ojos abiertos de par en par cuando empecé a tirar de los extremos de las mangas de mi sudadera con nerviosismo.
—Edward —dije con voz ahogada, esperando que no necesitara más explicaciones, porque la ansiedad acababa de añadirse a mí ya de por sí extensa lista de sentimientos abrumadores en ese momento.
Él frunció el ceño y me miró fijamente por un momento antes de finalmente asentir con la cabeza.
—Voy a por él —respondió quedadamente echando una mirada sobre su hombro antes de cambiar su atención hacia mí—. ¿Puedes entrar y esperar? —Me pidió con una expresión de incertidumbre.
Asentí rápidamente, aun retorciendo mis mangas, y tuve un sentimiento de infinito alivio cuando él simplemente desapareció en el pasillo de la entrada, dejando la puerta abierta para mí.
Esperé un momento antes de entrar por la puerta, sin dudar en cerrarla suavemente detrás de mí y caminé hacia delante en el recibidor. La casa de los Cullen estaba en silencio, avancé y me detuve en la puerta de entrada del grande y luminoso salón. Seguía tirando de las mangas esperando con ansiedad a Edward.
Nunca me había presentado allí antes, y esperaba que no le molestara mientras movía mis piernas desnudas sintiéndome incomoda, dándome cuenta en ese justo momento de lo que llevaba puesto y agitándome cada vez más al mirar hacia abajo, a mis pálidas y marcadas piernas por lo que pareció una eternidad.
El sonido de unos pasos hizo que levantara la cabeza, a la vez que Edward aparecía en la sala de estar. Llevaba una camisa oscura y pantalones vaqueros. Se pasaba la mano por el cabello desordenado, con una expresión molesta y se dirigió al vestíbulo con el rostro apuntando hacia abajo. Cuando sus ojos verdes finalmente se encontraron con los míos, los abrió de golpe y se quedó congelado justo en la puerta.
No esperé a que llegara hasta mí, borré la distancia entre nosotros viendo su mirada totalmente confundida. Corrí hacia él y lancé mis brazos alrededor de su cintura en un desesperado abrazo. Metí mi cara en su pecho y respiré profundamente apretándole con fuerza.
Poco a poco reaccionó y me devolvió el abrazo, envolviendo sus brazos alrededor de mis hombros y acariciándome el cabello rizado. Al segundo noté su cara bajando y hundiéndose en la parte superior de mi cabeza.
Respiró profundamente, exactamente igual que estaba haciéndolo yo, ciñendo su cintura y apretando los ojos totalmente cerrados.
—¿Qué sucedió? —Susurró en mi cabello preocupado, acariciando suavemente los rizos que descansaban en mi espalda.
Negué con la cabeza contra él, recordando toda la discusión y derramando mis lágrimas una vez más. Un sollozo escapó solitario antes de que pudiera controlarlo. Lo apreté lo más fuerte que pude intentando que su presencia borrara la amargura con la que esa palabra horrible me había envenenado.
No me hizo más preguntas. Solo se quedó en el vestíbulo y me abrazó mientras yo lloraba en silencio sobre su pecho durante diez minutos seguidos. Continué respirando con avidez su esencia, permitiendo que sus caricias me calmaran por completo antes de escuchar un suave golpe en la puerta detrás de nosotros.
Levantó la cara de mi cabello cuando se abrió la puerta detrás de mí, pero no le solté la cintura, acariciando tiernamente el calor de su pecho firme.
Él resopló mirando por encima de mi cabeza a quien fuera que estuviese parado en la puerta.
—Joder, debería haber sabido que las dos tenían algo que ver con esta mierda — dijo con dureza metiendo una mano entre mis rizos con cautela.
Oí un suspiro ahogado detrás de mí mientras Edward masajeaba suavemente mi cuero cabelludo.
—¿Bella? —Una voz suave, de tono bajo, delató a Alice. Apreté la mandíbula a la vez que estrujaba la cintura de Edward. Oí otro suspiro detrás de mí, una vez más— Lo siento mucho —se disculpó con una voz que destilaba verdadero pesar y arrepentimiento.
Iba a contestar cuando noté que Edward suspiraba profundamente y endurecía el roce de sus manos en mi pelo.
—Toma una jodida foto, Hale —escupió hacia el espacio detrás de mí donde asumí que Rose estaba de pie con Alice.
Hice una mueca, dándome cuenta de que estaban mirando fijamente a Edward, poniéndolo incómodo, después de saber la verdad sobre su pasado.
—Estaré en casa en un minuto —murmuré en su hombro rápidamente, intentando que se fueran antes que él comenzara a sospechar algo raro en sus acciones.
La habitación estuvo en silencio durante unos segundos antes de oír a Alice y Rose arrastrando los pies hacia la puerta y salir en silencio.
Suspiré en el pecho de Edward y solté mis manos de alrededor de su cintura. Me aparté para mirar su cara en tono de disculpa.
—Lamento haber irrumpido aquí de esa manera —murmuré con arrepentimiento. Él me miró con cautela. Puso los ojos en blanco y movió la cabeza hacia mí.
—Esas son pendejeras. Puedes venir siempre que quieras. —Quitó una de sus manos de mis rizos para limpiar suavemente las lágrimas que quedaban en mi mejilla con el pulgar y me miró con cariño.
El amor en sus ojos borró la mayor parte del sabor amargo, pero necesitaba algo más antes de poder volver a casa y enfrentarme a las dos. Así que me puse de puntillas sobre los dedos de mis pies y junté mis labios a los suyos, moviendo los brazos de la cintura para envolverlos alrededor de su cuello con fuerza, aplastando mis labios en su boca con firmeza.
Murmuró algo ininteligible, enredando sus manos en mi cabello y moviéndose contra mis labios en un suave y dulce beso.
Sonreí sobre sus labios porque ese pequeño gesto me hizo sentir increíblemente mejor. Él me devolvió la sonrisa contra mis labios y se apartó, volviendo la cabeza hacia la entrada y mirando sobre su hombro antes de volverse hacia mí y con una sola mano levantó todo el cabello de mi cuello.
Mi aliento se entrecortó cuando se inclinó hacia el cuello y me dio un suave beso justo debajo de la oreja.
—Por cierto... —susurró contra mi cuello, llevando sus labios a mi oído y jugando con mi lóbulo de la oreja—. Te ves tan jodidamente sexy con esa falda —susurró seductoramente utilizando su mano para amontonar mis rizos en su palma y entre sus dedos.
Me tragué un gemido por su tono seductor y mis ojos se cerraron involuntariamente. Sexy. No adorable. Iba a besar todo el camino hasta su cuello cuando noté que se alejaba de mí. Abrí los ojos para encontrarme con su brillante mirada, sus labios lentamente se curvaron en una sonrisa y nos separamos el uno del otro.
Le dediqué una sonrisa radiante antes de volverme para salir de allí. Habiendo decidido firmemente que las faldas eran el mejor invento que Satanás hubiese ideado nunca.
=:=
A pesar de que me apenaba haber asaltado la casa de los Cullen sin previo aviso, estaba agradecida porque me sentía mejor, y no iba a arruinar nuestra noche con un estado de ánimo terrible.
Cuando llegué a casa, me fui directamente a la habitación de Alice. En realidad solo habíamos sobreactuado porque a las dos nos importaban mucho dos personas diferentes. Esa fue la razón de toda la discusión. Alice solo se preocupaba por mí, y no conocía a Edward lo suficientemente bien como para confiarle esa parte de mi inocencia. Supuse que si yo hubiera estado en sus zapatos podría haber tenido una reacción similar. Me preguntaba cómo reaccionaría si supiera lo descaradamente que me había estado lanzando a sus brazos en los últimos dos meses.
Cuando llegué a su puerta abierta, su cabeza se levantó del hombro de Rose en su cama. Mi cara se descompuso cuando me di cuenta de que había estado llorando. Ella sollozó mirándome con sus grandes ojos marrones arrepentidos, desde el borde de la cama donde estaba sentada.
Suspiré con los hombros caídos y arrastré los pies camino a la cama, dejándome caer a su lado y lanzando mis brazos alrededor de su cuello sin decir una sola palabra.
Ella se volvió hacia mí y me devolvió el abrazo con fuerza, con los brazos aplastándome las costillas un poco, sollozando en mi hombro.
—Lo siento, Bella. No lo decía en serio —se disculpó, apretándome con más fuerza.
Traté de suspirar.
—Está bien. —Le perdoné con una voz tensa mientras la constricción de mi torso se hacía casi dolorosa.
Ella sollozó en voz baja y aflojó su agarre ligeramente, pero sin dejar que me separara mucho.
Rose suspiró en el lado opuesto de ella, ganándose mi atención, la miré por encima del hombro de Alice.
—Sí —declaró en tono incómodo, mirando sus largas y cuidadas uñas—. Supongo que yo también. —Se encogió de hombros con indiferencia mirando fijamente su mano.
Sonreí con el intento de Rose de disculpa, y rápidamente la perdoné a ella también.
Realmente era un día de chica normal. Charlas sobre chicos, chismorreos, cambio de peinado, escotes, peleas, torpes disculpas incluidas y todo.
Descansamos las tres en la cama después de eso, ascendiendo rápidamente a la cabecera mientras Alice apoyaba la cabeza en mi hombro y yo apoyaba la cabeza sobre la de ella. Rose continuó ojeando las páginas de su revista mientras permanecimos en silencio un rato.
La mano de Alice encontró con la mía, recostada en la bonita falda roja, y la agarró dentro de su pequeña palma.
—¿De verdad le han pasado todas esas cosas? —Susurró en voz baja, jugando con mis dedos y mirando uno de los posters de la pared. Yo asentí con sequedad, esperando que no me preguntara más sobre su pasado. Ya me sentía lo suficientemente culpable con lo que había contado. Ella negó con la cabeza en mi hombro, haciéndole cosquillas a mí oído con su cabello negro puntiagudo—. Eso es horrible —murmuró con tristeza, acariciándome la mano con el pulgar.
No dije nada sobre lo terrible que en realidad había sido, la habitación se llenó de un silencio sombrío y asfixiante. Pensé que las tres estábamos repasando mentalmente los acontecimientos traumáticos de la infancia de Edward. Fue uno de esos momentos decisivos en que el estado de ánimo de todo el día podía ser completa y totalmente estropeado por la nube que se cernía sobre la situación.
Dios bendiga a Rosalie.
Ella resopló y tiró la revista en medio de la habitación, sorprendiéndonos a Alice y a mí, llamando nuestra atención.
—Por eso no hablo con chicas sobre mamadas —declaró molesta enfocando sus ojos hacia nosotras—. Alguien siempre termina llorando y huyendo de la habitación —comentó indignada.
Las dos la miramos fijamente por un momento. Y luego empezamos a resoplar y a reírnos con su declaración mientras ella rodaba los ojos y relajaba la espalda contra la cabecera, habiendo conseguido disipar la atmósfera sombría.
Seguimos donde lo habíamos dejado anteriormente, Alice me llevó al asiento del tocador y reanudó su proceso de rizarme el cabello. En un intento de mejorar las cosas con Rose, valientemente saqué el tema del sexo oral, mirando fijamente a mi regazo, ruborizándome.
Alice sonrió y negó con la cabeza hacia un mechón de mi cabello, cuando Rose me explicó con entusiasmo y todo lujo de detalles el proceso entero. Posiblemente estuve un poco más interesada en el asunto de lo estrictamente necesario. Estaba bastante segura de que nunca podría hacerle las cosas que ella estaba describiendo a Edward. Él solo había sido capaz de tocarme sin utilizar la palabra de seguridad durante una semana. Yo seguía intentando reunir el coraje de hacer algo tan valiente como quitarme la camisa para que volviera a tocar mi piel otra vez.
Después que Rose hubiese descrito su técnica con la lengua con absoluto detalle y algunas otras cosas que ni siquiera podía repetir en mi mente sin volverme del color de mi ropa, me senté en completo silencio en el asiento delante del tocador. Pasmada, y más que un poco consternada, mirándola con los ojos como platos a través del espejo.
Rose y yo nos alegramos cuando Alice simplemente se rio de su lección, continuando con el pelo y sacudiendo la cabeza. No se opuso a que me lo contara, y francamente, no parecía en absoluto sorprendida por la información comentada.
Nadie salió llorando o huyendo.
Aunque debo admitir que el impulso de hacerlo estuvo definitivamente presente.
=:=
Esme llegó a casa a las cuatro, corriendo por los pasillos a toda prisa mientras Rose, Alice y yo la mirábamos con curiosidad desde donde estábamos sentadas en la sala de estar. Me habían convencido para ver un maratón de películas de San Valentín a la espera de que llegaran las seis y salir ambas a disfrutar la noche con sus respectivas parejas.
Era un plan muy clásico el que habían ideado. Rose estaba durmiendo en nuestra casa. Alice estaba durmiendo en la de ella. O al menos eso es lo que sus padres pensarían.
La única explicación que nos ofreció una Esme sin aliento era que había una emergencia en la oficina que requería su atención inmediata, y que estaría en casa antes de medianoche.
No pude evitar fijarme en que llevaba su abrigo largo y sus pendientes de diamantes, a la vez que su cabello estaba perfectamente peinado. Me pregunté si el doctor Cullen también tendría una emergencia de trabajo, cuando las tres le aseguramos que podríamos valernos por nosotras mismas para cenar esa noche.
=:=
Alice y Rose se marcharon a las seis en punto, dejándome sola en la silenciosa casa. Comencé con entusiasmo a preparar la cena de San Valentín de Edward, necesité bastante tiempo, me llevó tres horas hacerlo todo desde cero, a pesar que ya había preparado algunas cosas durante el día. Fruncí las cejas hacia los distintos cuencos y ollas para preparar el pastel de pollo, macarrones con queso caseros y un postre de pudín de banana. Por lo general no me molestaba en hacer postre cuando le llevaba la cena a Edward por las noches, pero era mi único regalo de San Valentín, así que me volví un poco extravagante con todo el asunto.
Hice mis Parejas de San Valentín de Piña a las nueve, ideando una colocación estratégica con bastante éxito para los moldes de galletas en el interior del horno que ya estaba bastante ocupado.
A las diez, tenía tantos contenedores llenos de comida que mi mochila se esforzaba en no reventar la cremallera. Aparté con firmeza los rizos de mi cara y obligué la cremallera a cerrarse con una sonrisa triunfante.
Me dejé la falda de gasa de color rojo puesta. Y me di cuenta plenamente de que solo lo hacía porque Edward pensaba que era sexy, seguía picándome contra mis piernas, pero valía mucho la pena. También era muy posible que mis pesadas botas y la sudadera negra no pegaran con ella en absoluto, pero no me importó. Me colgué la mochila en la espalda y cerré la puerta de mi habitación asegurándola un par de veces.
Di una vuelta más alrededor de la casa, verificando que pareciera como si me hubiera ido a la cama antes de finalmente salir por la puerta trasera. Mis rizos una vez más oscilaban alrededor de mi cabeza mientras acechaba la oscuridad a través del patio con cuidado y cuando llegué a la mansión empecé a subir el familiar entramado de madera hasta el balcón de Edward.
La bolsa llena rebotó en mi espalda hasta que pasé por encima de la barandilla, busqué con mi pie el suelo del balcón en silencio, con una sonrisa victoriosa cuando levanté el puño en la puerta y llamé despacio.
Edward me esperaba como siempre cuando abrió la puerta, de pie en la habitación amplia y mirándome a los ojos con una sonrisa torcida cuando entré. Sin arruga.
Agradecí otra vez tener mejor estado de ánimo que por la tarde al girarme a verlo después de cerrar la puerta. Porque cuando él se volvió toda la fuerza de sus ojos verde intenso cayó sobre mí, me sentí como en casa. Sola en la habitación con Edward. Sin arrugas ni amargura mientras me atraía hacia sí y me besaba suavemente en los labios.
Justo cuando estaba a punto de enredar mis dedos en su cabello y profundizar el beso, llevó sus manos hasta mis hombros y deslizó los tirantes de la mochila para cogerla y se alejó de mis labios. Me arqueó una ceja.
—¿Estamos aprovisionándonos para el invierno o alguna mierda así? —Preguntó mientras tomaba el pesado y abultado saco de mi espalda—.No que me quejaría o algo así. —Me guiñó un ojo. Giñó un ojo.
Puse los ojos blanco a la vez que le arrancaba la bolsa de su mano y me dirigía a la cama.
—Es una ocasión especial. —Me encogí de hombros con indiferencia y abrí la cremallera de la bolsa para sacar una delgada manta que había traído. Me miró con curiosidad cuando la extendí en la parte superior de la cama con los labios fruncidos y empecé a descargar todos los contenedores.
Sus ojos se abrieron cuando vio como crecía la fila de contenedores.
—Te das cuenta que una persona sola no puede comer tanta comida —murmuró frunciendo el ceño en la cama.
Puse los ojos en blanco de nuevo, sacando dos latas de refrescos de la bolsa y quitándome las botas.
—Sí, pero he hecho comida para dos personas —le respondí con una sonrisa entregándole un refresco.
Finalmente una expresión de comprensión cruzó su rostro y asintió hacia mí con una sonrisa. Nunca había comido con Edward en su habitación antes, por lo general cenaba con Alice y Esme más temprano por las noches. Pero esa noche era diferente.
Los ojos de Edward vagaron lentamente por mi cuerpo, fijándose en las piernas desnudas una fracción de segundo antes de desviar rápidamente la mirada hacia los contenedores en la cama y dejarse caer en el borde de la manta.
Me di la vuelta para quitarme mi sudadera, sintiéndome un poco ansiosa por la blusa que llevaba mientras me la terminaba de quitar y dirigía una mirada dudosa hacia mi pecho. Era como si el escote se hubiese convertido en algo inapropiadamente obsceno en algún momento de las últimas cuatro horas.
Ajusté la tela para cubrir el sujetador de color rojo a la vez que escuché el sonido de una lata que se abría detrás de mí. Tomé una respiración profunda empezando a lamentar mi decisión de no cambiarme de ropa. Podía sentir el calor arrasando mi cara al girarme lentamente para encarar a Edward en la cama.
Tenía la lata de refresco en la boca cuando me giré hacia él lanzando mi sudadera con capucha al extremo de la cama. Sus ojos verdes se dilataron por completo, posando su penetrante mirada en mi pecho. Su mano bajó lentamente la lata de su boca mientras yo subía a la cama, sonrojándome furiosamente cuando sus ojos siguieron fijos en mi escote y tragaba saliva ruidosamente.
Rápidamente desvió sus ojos a la manta, pasándose la mano libre por el cabello a la vez que a ciegas depositaba la lata en la mesa junto a la cama. Me instalé en frente de él con las piernas envueltas alrededor de mí en un intento de parecer una señorita con el tema de la falda. Recogí los contenedores y los abrí, distribuyéndolos uniformemente frente a nosotros.
Mantuvo la mirada fija en los platos mientras le sonreía, levantando el tenedor y empezando a comer con entusiasmo.
Sonreí cuando le oí murmurar con apreciación y empecé a comer también escuchando todos los sonidos que Edward hacía. El pastel de pollo fue definitivamente un éxito, complementándose perfectamente con los macarrones con queso. Comimos en silencio un rato.
Edward se inclinó sobre la mesita de noche y recogió su refresco, finalmente alzando sus ojos para encontrar mi mirada. Yo le sonreí.
—Entonces... —comenzó a decir mientras su mirada vagaba por mi cuello y volvía rápidamente a su comida, frunciendo el ceño ligeramente—. ¿Vas, uh... a algún sitio hoy? —Preguntó llevándose lentamente la lata a los labios.
Apreté los labios e incliné la cabeza ligeramente.
—Solo aquí —respondí con honestidad, deslizando el tenedor en mi boca. Edward bajó la lata de sus labios y la dejó otra vez en la mesilla. Una expresión extrañamente aliviada cruzó su rostro cuando asintió y siguió comiendo.
*Edward*
Gracias al jodido Dios. Porque sus tetas prácticamente se salían de su top de color rojo oscuro. Personalmente no tenía ninguna queja por mirarlos, pero me temía que tendría que cometer una pequeña cantidad de asesinatos en serie si los ojos de cualquier otro hijo de puta estuvieran implicados.
Aunque en verdad debía saber cómo era mi chica. Todavía estaba jodidamente ruborizada mientras comía su comida en silencio delante de mí. Dejé que el puto adolescente hormonado dentro de mí recorriera con los ojos sus piernas desnudas, como las envolvía a su alrededor y las metía debajo de la falda con volantes de color rojo que se derramaba sobre la manta debajo de nosotros.
Ni siquiera podía permitir que mis ojos se pasearan por su pecho, porque no sería capaz de mirar hacia otro lado con la suficiente rapidez para asegurar su comodidad. Jodidas Brandon y Rose vistiendo a mi chica como una puta muñeca y de alguna manera hiriendo sus sentimientos en el proceso.
Yo estaba enfadado cuando Emmett se puso a golpear a mi puerta con una vaga explicación de que tenía una visita. No estoy seguro de lo que estaba esperando o a quién, pero cuando vi a Bella en el pasillo de la entrada con los ojos hinchados y rojos, entré en pánico.
Entonces aparecieron esas dos, más o menos respondiendo a todas mis preguntas, sobre mi chica llorando en mi pecho. Por no mencionar siquiera la forma en que me miraban fijamente mientras estaba allí tratando de consolarla.
Así que me sentí más que aliviado cuando se presentó en mi puerta por la noche, sin sonrisas forzadas o actitudes amargas. Y la verdad, realmente estaba puñeteramente sexy con esa falda. Además estaban también los malditos rizos brillantes que caían por su espalda y saltaron cuando se subió a la cama. Rebotando por su pecho cuando se inclinaba hacia delante lo suficiente como para darme una visión completa de su escote... Jodido Cristo, tenía que dejar de pensar en eso.
Me comí el delicioso pastel de pollo y los macarrones con queso, gimiendo y murmurando, haciendo que mi chica sonriera con cada bocado, obligandome a centrar mi atención en otra cosa que no fueran sus tetas. Las había tenido en mis manos durante casi una semana sin signos de la palabra de seguridad. No había excusa alguna para estar mirándolas como si no pudiera tocarlas y acariciarlas cada noche.
Me sorprendió mucho descubrir que ella también había traído postre. No solía incluir postres en mi comida de todas las noches. Estaba condenadamente delicioso.
Empezó a estar mucho más cómoda cuando me preguntó por mi día y se comía el pudin con una sonrisa. Me encogí de hombros, mi día carecia de detalles interesantes salvo cuando ella había aparecido en mi casa. Se lo dije. Me miró como disculpándose, deslizando la cuchara en su boca. Observé descaradamente cómo sus labios envolvieron la cuchara, la ponía al revés y la deslizaba lentamente entre sus labios.
Fruncí mis cejas y sacudí ligeramente la cabeza, tratando que mi jodida mente saliera de entre mis piernas al menos diez minutos, mientras terminabamos el resto de nuestra cena.
Cuando los dos terminamos, comencé a cubrir los platos, un poco impaciente por darle las gracias de manera adecuada. Los dejé de mala manera en el suelo y me volví hacia ella con una sonrisa. Por lo general era ella la encargada de iniciar el primer contacto de la noche cuando nos enrollabamos, o la desensibilizaba, o como coño quieras llamarlo.
Pero estaba obviamente ansioso cuando me incliné hacia ella, levantando la mano hacia su cuello y acercando su cara a la mía, luchando ferozmente por mantener la mirada en sus brillantes ojos castaños. Suspiró en cuanto sintió mi tacto, y voluntariamente me encontró a mitad de camino en el espacio que nos separaba, apretando sus labios con los míos con suavidad.
Suave era genial y todo, pero estaba un poco más que entusiamado cuando tomé su labio inferior en mi boca y lo lamí... un escalón por encima de suave. Bella parecía estar conteniendo una sonrisa cuando su mano se abrió paso a la parte posterior de mi cabeza, enredandose en mi cabello y apretando mi cara más cerca. Sacó su lengua fuera de la boca arrastrándola a través de mi labio superior.
La llevé a mi boca sin dudarlo y levanté mi otra mano para sumergirla en todos sus jodidos rizos brillantes, y apreté su lengua contra la mía.
Como de costumbre, nuestras lenguas presionaban y se peleaban mientras ambos comenzabamos a tirar de la cara del otro para estar más cerca, e inclinabamos la cabeza para profundizar el beso. Sabía jodidamente dulce por los restos del pastel en su boca. La sensación me hizo meter mi lengua más profundamente, ganandome su aliento entrecortado y un gemido mientras se levantaba un poco para acercarse a mí.
Saqué mi lengua de su boca, alejándome de sus labios y echándome hacia atrás lo suficiente para que se sentara en mi regazo como a ella le gustaba. Y en verdad estaba entusiasmado con esa mierda cuando se elevaba sobre sus rodillas eliminando el espacio entre nosotros al sentarse a horcajadas sobre mí.
Y puñeteramente gemí en voz alta cuando su pecho entró en mi campo de visión, obligandome a mirarlas cuando pasó sus dedos por mi pelo. Sus pechos estaban apretados juntos y... formaban el escote más jodidamente delicioso que cualquier camisa roja que hubiese visto nunca. Y si cualquier otro hijo de puta lo veía así de desnudo y expuesto...
Llevé las manos a sus costados, frotándolos lentamente mientras ella se sentaba totalmente en mi regazo. Sus ojos marrones estaban nublados por la lujuria cuando finalmente descansó sobre mí, respirando fuertemente y paseando sus pequeñas manos por mi cabello en un gesto tan relajante que mis ojos de repente solo querían cerrarse. Suspiré cuando se humedeció sus enrojecidos labios, moviendo una mano de su lado para acunarle la mejilla.
Esta mierda se nos estaba yendo de las manos.
Tuve que controlar las hormonas un momento mientras la miraba a los ojos y le acariciaba la mejilla suavemente con una mano y apoyaba la otra en la cadera.
—Tengo un regalo para ti —susurré a centímetros de su cara, mirandola fijamente a los ojos. Me devolvió la mirada sin comprender mis palabras.
Detuvo sus movimientos en mi cabello y parpadeó hacia mí.
—El Día de San Valentín fue creado por ejecutivos codiciosos de las empresas de tarjetas de felicitación para impulsar una subida en la tendencia de ventas en el primer trimestre del año —susurró convencida de la veracidad de sus palabras.
Arqueé una ceja hacia ella.
—Justo cuando pensaba que no podías ser más malditamente sexy, te pones a decirme obscenidades sobre las tendencias de ventas del primer trimestre. —Le sonreí sarcásticamente y froté la cadera con el pulgar. Era más una pregunta, porque no acababa de comprender su cinismo.
Ella entendió mi pregunta porque suspiró suavemente, encorvando sus hombros y acariciando mi cabello de nuevo.
—No te compré un regalo de San Valentín. —Frunció el ceño con un tono lleno de remordimiento.
Me reí en voz baja en su intento de aliviar su culpa.
—Yo tampoco te compré uno —dije sinceramente acariciando su mejilla tiernamente con el dedo pulgar. Me miró con una expresión confundida. Puse los ojos en blanco—. Solo que casualmente te lo estoy dando en el Día de San Valentín. —Me encogí de hombros, deslizando la mano por la mejilla hasta su cuello apartamdp sus rizos. Me miró complacida, sonrió y asintió. Me reí y entorné la vista una vez más.
—Cierra los ojos —pedí en voz baja, porque estaba a punto de comermela con los ojos tan descaradamente que no podía soportar que me viera hacerlo. Ella accedió, permitiendo que sus ojos se cerraran languidamente. Llegué a la mesa junto a la cama y deslicé el cajón para abrirlo. Me incliné un poco para llegar a su interior.
Cuando saqué el regalo, cerré el cajón, por fin permitiendo que mi mirada bajara a su pecho mientras continuaba rozandole la cadera. Estaba tan condenadamente sexy que me quedé mirando fijamente durante unos segundos antes de recordar lo que estaba haciendo.
Sacudí la cabeza una vez más para deshacerme de las hormonas antes de levantar el colgante hacia su cuello, envolviéndolo alrededor y frunciendo las cejas por la dificultad que me supuso abrocharlo detrás de ella.
Cuando lo aseguré correctamente, deslicé mis dedos a lo largo de la cadena hasta que descansaron en el colgante de plata que ahora pendía sobre su pecho pálido. Sonreí, feliz de que por fin hubiese algo mío en mi chica. Al fin y al cabo, yo llevaba su anillo en mi dedo.
Y el gesto no era totalmente posesivo. El colgante me recordó a ella cuando lo vi y supe que quería que lo tuviese. Dos cabezas de caballo una frente a la otra formando un corazón. Sus crines se extendían hacia los lados en una delicada pero firme filigrana.
Abrió los ojos en cuanto quité los dedos de su piel, mirando hacia abajo para inspeccionarlo, sus rizos creaban un velo alrededor de los óvalos de su rostro. Dejó caer una mano de mi cabello, utilizandola para dibujar la forma del colgante de plata.
—All the pretty horses —susurró observándolo con una sonrisa antes de mirar hacia mí con curiosidad.
Asentí. Esa mierda antes me recordaba otra cosa. Pero ahora esa canción solo me recordaba a mi chica, tumbada en la cama junto a mí y tarareandome para dormir. Sonrió y se inclinó para besarme en los labios dulcemente.
Suspiré cuando sus labios cálidos se encontraron con los míos, envolví mis brazos alrededor de su cintura y tiré de ella hacia mí. Sus manos se deslizaron por mis brazos hasta el cuello y volvió a mi cabello. Aferró mi cara a la de ella con fuerza, inclinando la cabeza y sumergiendo suavemente su lengua de nuevo en mi boca con un suspiro.
Continuamos donde lo habíamos dejado, empujé mi lengua en su boca con ansiedad, abrazando su cintura con fuerza. Cada vez estaba más duro por la sensación de su escote apretado contra mi pecho. Mi respiración se hizo más profunda mientras trataba de sofocar el aumento de la lujuria, moviendo una de mis manos por su espalda para acariciar su cabello cariñosamente.
A mi chica no le gustaba sofocar la lujuria. Agarró fuertemente mi cara, inclinando su rostro para hundir más profundamente su lengua en mi boca. Todavía quedaba un remanente del sabor dulce en su boca, haciéndome lamer y chupar su lengua mientas oscilaba sus caderas contra mí con un gemido.
Jadeé sin aliento en su boca, moviendo las manos a las caderas y manteniendolas con firmeza, intentando inmovilizarla allí a la vez que batallaba con su lengua. Era demasiado pronto para esa mierda. Podía sentir sus dedos revolviendo mi cabello, pero me sentí decepcionado y a la vez aliviado cuando no usó los puños para estirarlo.
Empezamos a jadear en los labios del otro y a apretarnos y retorcernos aún más, nuestras lenguas luchando por el dominio de la situación mientras le sujetaba la cadera y la acariciaba con mis pulgares.
Después de unos minutos de besarnos sin freno hasta quedar sin aliento, separé mis labios de los suyos, bajandolos a su mandíbula embriagandome de su olor, y muriendome de ganas de llegar a sus jodidos pechos. La cadena de plata de su collar me ayudó a controlar un poco la lujuria cuando la besaba y lamía el camino hasta la oreja.
Jadeó en el hueco de mi cuello, arqueando su pecho hacia mí en una súplica silenciosa que conocía demasiado bien a esas alturas. Ella puñeteramente lo deseaba.
Detuve mis labios en el cuello, todavía jadeando un poco al mover mi mano en su cabello a su costado lentamente, frotando arriba abajo en un gesto que probablemente ya no era necesario mientras apoyabamos la cara en el cuello del otro.
Suspiró en mi piel cuando empecé a mover la mano delante, deslizándola hasta las costillas en medio de nosotros y deteniendome justo antes de llegar a sus pechos. Le di la oportunidad de protestar acariciandole el estómago suavemente con el pulgar y soplé afectuosamente contra su cuello.
Se arqueó ligeramente de nuevo, respondiendo a mi pregunta e impulsandome continuar. No dudé al mover mi mano y acunar la copa de su pecho con la palma, deteniendo todo movimiento de forma momentánea para asegurarme que la palabra de seguridad no fuera a llegar.
Por supuesto, no lo hizo. La técnica era sólida.
Suspiró contra mi cuello de nuevo cuando inicié un ligero masaje con la palma de mi mano, moviendo los labios contra su cuello lentamente una vez más, y reprimiendo un puto gran gemido cuando mis dedos tocaron la piel que se asomaba por la parte superior de su camisa.
Gimió contra mí, moviendo de nuevo sus caderas y comenzó a lamer mi cuello. Mi cabeza estaba tan nublada por la lujuria al apretarle un pezón con la mano que ni siquiera me importó una mierda cuando se retorció en mi entrepierna. Me limité a besar su cuello, haciendo una pausa en su lóbulo de la oreja para mordisquearlo suavemente, tal y como le gustaba.
Podía oír su respiración alterandose en mi oído mientras bajaba sus labios a mi cuello de nuevo; besandolo con la boca abierta y presionando en mi piel con los dientes cuando finalmente cerró en un puño su mano en mi pelo.
La sensación de sus dientes y su puño a la vez me hizo gemir con voz ronca en su hombro y apretarle el pecho más fuerte. Debí haber jodidamente sabido que notaría la cosa de los dientes. Y hacerlo con el cabello al mismo tiempo...
Gruñí en su cuello y utilicé la mano que todavía estaba en su cadera para empujarla contra mi erección. Jadeó en voz alta, todavía con mi piel en la boca mientras mordía más profundamente. Sin puta piedad.
Me hizo gruñir más alto, estrechandola con más fuerza, intentando reprimir la necesidad de levantar las caderas hacia arriba. Apreté los dientes manteniendo los labios contra su piel cálida, respirando entrecortadamente.
Finalmente Bella liberó mi piel, sorprendiendome cuando se apartó, sentandose derecha en mi regazo, los dos intentando recuperar el aliento y mirandonos a través de ojos entornados llenos de lujuria. Se lamió los labios hinchados, arrastrando sus manos lejos de mi cabello y mis brazos a la vez que yo bajaba la mano de su pecho inmediatamente un poco confundido y preocupado.
Su única respuesta fue llevar sus manos al borde de su camisa, tirando suavemente, manteniendo mi mirada mientras empezaba a alzar las manos hacia arriba y levantaba el top por encima de su pecho. Mis ojos se abrieron de par en par, nos miramos el uno al otro. Yo estaba rogándole con mis ojos.
Joder, no lo hagas…
Joder, por favor, hazlo.
Lo hizo. Levantando sus manos sobre la cabeza y sacandose la camisa roja en el proceso. Nuestra mirada se rompió momentáneamente cuando el tejido enmascaró su rostro, pero no la miré. Ella mantuvo sus ojos fijos en mí, pasando la camisa por su rostro y la cabeza. Sus rizos brillantes se levantaron también, saltando alrededor sus hombros y el pecho. Tiró la camiseta a un lado, sin dejar de mirar mis ojos abiertos de par en par.
Quería mirar tan desesperadamente. Así que, por supuesto, no lo hice. Mantuve mis ojos en ella y mis manos quietas mirandola a los ojos. Esto no era como el día de Nochebuena. Esto era sexual, y se estaba quitando la ropa delante de mí. Rogándome malditamente que la mirara, escudriñando intensamente mis ojos. Pero yo me había quedado puñeteramente congelado observandola en estado de shock. Preguntándome incluso cómo había sacado el valor de hacerlo.
Me frunció el ceño, bajando su mirada hacia su cuerpo e inclinando la cabeza para inspeccionar lo que yo no haría.
Y cuando por fin levantó la vista para encontrarse con mi mirada otra vez, mi jodido corazón se rompió un poco. Se veía tan malditamenete avergonzada y un poco amargada desviando sus ojos alrededor de la habitación, incómoda. Me entró el pánico así que hice lo único que funcionaba en este tipo de jodidas situaciones.
Le enseñé el mío.
Guié mis manos al extremo de mi camisa y la levanté por encima de mi cabeza sin pensarmelo dos veces. Tiré la camiseta a un lado y tomé su cara entre mis manos, juntando mis labios a los de ella y la besé afectuosamente pidiendole disculpas por mi momento de idiotez. Probablemente solo debía haber mirado.
Suspiró contra mis labios, llevó las manos a mi pecho desnudo y las deslizó hasta los hombros. Me aparté manteniendo su rostro en mis manos y vi que sus ojos se abrían. Finalmente miré para la mierda.
Desvié mis ojos hacia abajo, exhalando temblorosamente al observar a sus pechos. El sujetador era rojo y de encaje, y parecía gloriosamente incómodo mientras se tensaba contra sus pechos, los levantaba y los apretaba muy juntos. Dejé caer mi frente en su hombro, bajando la mano ligeramente por su mejilla y su garganta, por encima de su jodida clavícula hasta uno de sus pechos.
Vi descaradamente como mi mano ahuecaba su pecho una vez más, ahogando un gemido en mis labios al notar la pálida piel hincharse y sobresalir más del sujetador de encaje rojo cuando lo ceñí delicadamente.
Suspiró de nuevo, dejando caer su frente en mi hombro mientras yo observaba mi mano tocándola, ligeramente hipnotizado, y desesperada y jodidamente excitado al presionarlo y masajearlo, arrastrando mi pulgar sobre la punta, obteniendo un pequeño lamento sobre mi hombro al hacerlo.
Empujó sus caderas contra mi erección de nuevo, haciendo que perdiera la respiración. Cerré la mandíbula con fuerza y seguí rozándola lo mejor que pude con cautela.
Soltó todo el aire que contenía en los pulmones y enredó sus manos en mi cabello.
—¿Cómo lo aguantas? —Preguntó con una voz extrañamente tensa.
Pasé mi pulgar por encima del pezón, una vez más, mientras fruncía mis cejas tratando de concentrarme lo suficiente para responder.
—¿Aguantar el qué? —Susurré empujando toda la palma de mi mano en su pecho.
Suspiró, masajeando mi cuero cabelludo con sus deditos.
—Ya sabes... —Respondió vagamente—. Hacer todo esto sin... —Hizo una pausa cuando deslicé mi mano de su pecho a su escote, pasando el dedo por el valle entre sus dos pechos haciendo que dejara de respirar. Iba a preguntarle de qué coño estaba hablando cuando al fin lo aclaró—. Sin tener ningún... —Se detuvo otra vez, sentí el calor de su frente en mi hombro desnudo—. Unicornio. —Hizo una mueca que parecía una sonrisa.
Una risa solitaria escapó de mis labios cuando moví mi mano contra su pecho, todavía divertido por el eufemismo.
—Tengo mi propio unicornio diario —susurré con una sonrisa, encogiéndome de hombros casualmente y colocando el pulgar encima del pezón. No vi ninguna razón para ocultarle esa mierda. No es que fuera un jodido secreto de estado que un adolescente se masturbara. Algunos probablemente mucho más a menudo que yo.
Levantó la cabeza, logrando romper el hechizo de sus pechos en mí. Levanté la mía y miré sus ojos marrones llenos de incertidumbre.
—¿En serio? —Preguntó con una expresión curiosa, aún acariciando suavemente mi cabello.
Resoplé, todavía masajeando suavemente su pecho.
—Por supuesto. Habría malditamente explotado ya si no lo hiciera —dije con honestidad, luchando contra un estremecimiento por la idea de un mes entero sin ningún tipo de alivio. Vi como ella fruncía los labios y el ceño observando mis ojos—. Todo el mundo lo hace, es puñeteramente normal. —Me defendí a toda prisa porque su expresión me alarmó un poco. No estaba dispuesto a sentir vergüenza por ello.
Rápidamente desvió su mirada lejos de mí, viendo mi habitación con una media mueca en su rostro. Y estuve a punto de soltar una carcajada. Porque era dolorosamente obvio que ella no lo hacía. Y no podía entender por qué no. ¿Quién no usaba un suministro ilimitado de... unicornios a mano? Doble sentido jodidamente buscado.
También la compadecí un poco, entendiendo por qué siempre estaba tan malditamente ansiosa. Bella no tenía una rutina en su ducha matutina. Debía haberse vuelto loca todas esas noches.
Suspiré moviendo mis manos a sus costados, recorriéndolos afablemente.
—¿No lo has intentado nunca? —Le pregunté en voz baja, tratando de hacer retroceder todas las imágenes que volaban en mi cabeza al pensar en ello—. ¿Tocarte a ti misma de la misma manera en que yo lo hago? —Aclaré cuando siguió sin mirarme.
Finalmente me miró a los ojos, endemoniadamente roja, deteniendo sus manos en mi cabello.
—No es lo mismo —respondió con una mueca, cambiando su incómoda postura en mi regazo, aplastando mi erección una vez más.
No jodas Bella, ya sé que no es lo mismo…
Me sentía extrañamente responsable por su frustración sexual. Fruncí el ceño ante ella y le acaricié suavemente la piel.
Solo nos quedaba un lugar más para desensibilizar, y realmente no le había dado a mi chica un verdadero regalo de San Valentín.
Supuse, mientras miraba sus ojos marrones con ternura y afecto, que nada decía mejor Feliz Día de San Valentín que un jodido gran unicornio blanco y resplandeciente.
Muchas gracias por los reviews y alertas.
Muchas gracias a Ioreth y Lucía por traducir este capítulo.
Oh sí, yo también quiero perseguir a la perra y hacerle más que escupirle.
Nos leemos en el siguiente (El Sábado). Si les gustó o no, dejen reviews. El adelanto lo enviaré en los reply de reviews.
