– Hay… Hay veces – comencé titubeante – que uno no sabe por qué pero otra persona le roba el corazón. No sé si lo habrás experimentado alguna vez, – comenté, con una sonrisa nostálgica – pero yo sí. Fue con Nalya, la madre de Kyo… Pero no, Kyo no es mi hijo natural, sólo mi hijo adoptivo – me apresuré a aclarar ante su muda interrogación con la mirada. – Y digo que "uno sabe por qué" porque ella era de todo menos amable… y me las hizo pasar canutas.
Aquel día no habíamos ido al monasterio. Paseábamos tranquilamente por el jardín de la Academia y disfrutábamos del ajetreo propio de aquella tarde de lunes. Aquella sería la última sesión de la primera fase del "adiestramiento" de Kara tal y como lo había planeado en un primer momento. Quizás aquel calendario era lo único que no había cambiado desde que la hice entrar a mi mundo por primera vez.
El parón era obligado. No sólo porque habían sido muchas las "emociones fuertes" que habíamos vivido juntos la última semana y que tan por sorpresa me habían cogido, también porque llegaban los exámenes y no podía ser yo quien distrajera a una alumna con cuestiones extraacadémicas. Tenía que estudiar, que esa era su primordial obligación. Y así, también, yo tendría tiempo para recuperarme de mi viaje a mis demonios más oscuros y de prepararme para lo que fuera que nos deparara el seguir caminando por aquella senda.
Además, el progreso ya era notable hasta ahora. Sólo hacía falta que ahora lo asimilase y lo integrase en su forma de pensar y de vivir. Y lo mismo podría decirse de mí, ya que mucho de lo que había compartido con ella eran descubrimientos muy recientes, a veces casi contemporáneos al momento de expresarlos. Muchos de ellos aún adoptaban la forma de meros conceptos que, de una forma u otra no era capaz de llevar a la práctica. Pero había que ponerse objetivos.
Por tanto, hasta aquí podía darme por satisfecho. Había armado a la chiquilla, aunque con unas armas muy rudimentarias. Podía defenderse sola, seguramente, de cualquier pequeña catástrofe que se produjera a su alrededor. Ya habría tiempo de seguir "entrenándola", o entrenándonos, más adelante. Y para las grandes catástrofes… ¿Quién no necesita a sus amigos?
Tenía dos cuernos – le conté entre risas, llevándome las manos a la cabeza. – Uno aquí y otro aquí… Bueno, ya la viste en mis recuerdos – concedí. – Así que ya te imaginas que no tuvo una infancia fácil. Supongo que eso fue lo que le agrió el carácter… o quizás vino así de fábrica. Debe ser que el roce hace el cariño, – me encogí de hombros – porque yo la amaba. Sobre todas las cosas y a pesar de todas las cosas la amaba – repetí, reteniendo una lagrimilla. – Me daba igual que fuera como fuera, que no correspondiera a mis sentimientos… Eso no importaba.
Me vinieron a la cabeza muchas imágenes de momentos pasados con ella. Casi podría decir fecha, hora y lugar exacto de cada uno de ellos. Y estuve tentado de comenzar a relatárselos a Kara igual que un abuelo le cuenta a sus nietos sus aventuras de juventud. Pero me contuve. No estaba allí para eso. Me costó, tuve que repetírmelo un par de veces, pero vencí la tentación de hacerlo.
– Perdona… La cosa es la siguiente – retomé. –A lo mejor el sábado te quedaste con una impresión equivocada. No sé. A lo mejor pensaste que la paciencia de la que te hablaba era quedarse quieta sin hacer nada – supuse. – Total, si en cualquier momento esto puede apagarse… ¿para qué hacer planes? ¿Para qué esforzarse? Creo que aquí el ejemplo de Nalya te puede servir – afirmé. – Pero cuidado, no se lo digas a nadie. Si alguien se enterar de que he puesto a la cornuda de modelo para algo, me encerrarían en un manicomio – bromeé.
Con el chiste había abierto la boca en una enorme sonrisa para evitar que mi oyente cayera en cualquier tipo de confusión. Había aprendido que con Kara no valían las sutilezas humorísticas, que, a menos que expresamente se dijera lo contrario, ella se lo tomaba todo en serio. Y, aunque, a lo mejor había buena parte de razón en lo que acababa de decir, ¿para qué crear incendios sin necesidad?
–"Shinjiru ga mama ni" – recité. – Viene a decir algo así como "Lucha por tus ideales" – traduje. –Bueno, es tontería traducírtelo, tú sabes mucho más japonés que yo – reí. – No sé si lo he pronunciado bien o no… "Lucha por tus ideales" – reiteré. – Lo llevaba tatuado aquí – me señalé el dorso como pude – en la espalda. Y lo llevaba grabado a fuego aquí – me llevé el índice al pecho – en el corazón. Mira… Pregunta por ahí y de ella te dirán lo que quieras… Probablemente lo único bueno que te dirían es que era una guerrera temible – reconocí. – Era cabezota, borde, maleducada… No le gustaba nada la gente, eso estaba claro – sonreí. – Creo que la única persona a la que reconoció como un amigo fue a mí… Y le costó… –moví la mano exagerando. – Luego estaban Kyo, el padre de Kyo, vamos, – especifiqué – y Ray… pero eso era otra historia – me encogí de hombros. – Y bueno, luego llegó el peque… ¿Pero el resto? – pregunté al aire. – Conocidos con mayor o menor licencia de trato, pero nada más…
Me estaba perdiendo otra vez al recordar a Nalya y lo sabía, pero no podía evitarlo. Tampoco era malo del todo. Después de todo lo que le había dicho, tenía que enseñarle a Kara que aún había espacio para los sentimientos, para los amigos, para el amor… De todas formas, tenía que reconducirme. Primero debía cerrar aquella línea argumental que había abierto hacía poco y que corría el riesgo de diluirse entre tanta morriña.
– Pero vete y pregunta en la Novena División. Pregúntame a mí – concreté. – Si algo definía a Nalya era su lealtad. Nunca faltaba a su palabra. Nunca – insistí. – Era demasiado cabezona como para no hacerlo, así que lo llevaba todo hasta sus últimas consecuencias y no se arredraba ante nada… Y por aquello en lo que ponía su palabra era capaz de dar la vida si fuera necesario – clamé. – Y lo hizo…
Guardé un fúnebre instante de silencio que se prolongó durante unos segundos que se me hicieron eternos. Todavía no había aceptado del todo la muerte de la mujer a la que había amado con toda mi alma. Todavía había pasado demasiado poco tiempo. Todavía no me había acostumbrado a la idea de que ya no estaba a mi lado o a la de saber que no podía esperar más su vuelta. Y las lágrimas que empezaban a brotar irremediablemente hablaban de ello.
– Eso es lo que puedes aprender de ella. Lo que todos podemos aprender de ella – corregir. – Vale la pena morir por aquello en lo que creemos. Debemos seguir nuestra conciencia hasta donde haga falta. Ella murió porque quería proteger a su hijo… y por protegerme a mí. Conocía los riesgos – murmuré, tragando saliva. – Pero no le importó. Seguro que pensaba… "¿Qué clase de madre soy si no puedo proteger a mi hijo?" – cuestioné. – "No merecería vivir". Y aunque me joda… y aunque no la tenga aquí conmigo ya… y aunque siga pensando que se equivocó… – concluí con un gran suspiro – no puedo dejar de admirarla por hacer lo que hizo.
– Mierda – susurré, levantando la mirada al cielo.
Un reflejo rosáceo sobre el tejado me avisó de que Nalya tampoco conseguía conciliar el sueño. No era de extrañar, los sucesos de los últimos días habían supuesto un duro varazo para todos, pero especialmente para ella.
Era la primera noche que pasaba en el cuartel desde la muerte de Kyo, y volver a casa y tener que enfrentarse al mundo normal, a la rutina, cuando no se estaba preparada era un duro trago que no todo el mundo es capaz de soportar con normalidad.
Subí al tejado y me acerqué lentamente para no molestarla ni asustarla. Cuando estaba cerca, pude ver como una pequeña lágrima, que brillaba caprichosa bajo la tenue luz de las estrellas, la única iluminación de la noche, surcaba su rostro.
– ¿Qué haces aquí? – pregunté en un susurro.
La reacción instintiva de mi amiga fue secarse las lágrimas con la tela del uniforme antes que revelar su estado de desconsuelo. Como siempre, prefería hacerse la fuerte y la autosuficiente antes que pedirla en alguien que sabía que estaba más que dispuesto a dársela.
– ¿Y tú? – respondió con la voz quebrada. – Este no es tu escondite habitual…
– El árbol estaba ocupado por Chrno y no podía dormir – sonreí mientras tomaba asiento junto a ella. – Aunque veo que no soy el único.
No quería acosarla con preguntas acerca de su estado emocional. Ella sabía que yo estaría allí, a su lado, si necesitaba contarme algo, si necesitaba un hombro sobre el que llorar o si necesitaba alguien a quien atacar para desahogarse de todo lo que estaba pasando.
– ¿Quién te ha dado permiso para que te sientes?
– Este es un espacio libre y disfrutamos de libertad de acción – respondí de forma automática – a menos de que un superior nos ordene lo contrario.
Ella me miró desafiante. Realmente, ella era mi Tercer Oficial, dos escalones por encima de mí en la escala jerárquica, pero ése era el objetivo de mi respuesta: comprobar si realmente ella me necesitaba allí o no.
– Rido…
– No irás a hacer una tontería, ¿verdad?
– Define tontería.
Pensé en una de las múltiples acciones que podría pensar en hacer Nalya. Aunque a veces me metiera con ella aludiendo a su lentitud de reflejos intelectuales, probablemente se hubiera dado cuenta, al igual que yo, de que el pequeño Kyo podía ser objetivo de nuevos ataques.
En ese caso habría barajado distintas formas de protegerlo y, seguramente, a cada cual más alocada. Rebusqué entre todas las posibilidades que se le podrían ocurrir y opté por la que parecería la más razonable de entre todas las que había imaginado.
– En tu caso podría ser hacer una burrada como ir a por el Bankai – sugerí.
– Quiero que te hagas cargo de Kyo durante mi viaje – sentenció de golpe
La convicción y seriedad con que me lo dijo me cogió por sorpresa. ¿Hablaba en serio? ¿Pensaba en hacer una estupidez como esa? ¿Dejar a su hijo solo en lugar de estar con él para protegerlo? No, no podía ser. Nalya era temeraria, cabezona e irreflexiva, pero no dejaría solo a Kyo.
¿O sí? La estudié de arriba abajo, deseando que el más mínimo gesto me confirmara que aquello era una simple broma que no había llegado a captar. Pero aquel atisbo se demoraba en aparecer. Definitivamente, iba a irse, iba a dejar solo a su hijo… iba a dejarme solo.
– ¿Lo dices en serio? – vacilé aún sin salir de mi sorpresa.
– Mañana me marcho – contestó en un susurro.
– ¡¿Mañana?!
Pero no me contestó, sólo se levantó. Dio por concluida la conversación y se dispuso a regresar al interior del Cuartel. Para ella ya no había más que decir, ni siquiera adiós. No podía dejarla irse. No. Así no podía marcharse. De repente, sin decir adiós.
– Suéltame – amenazó sombría al notar mi brazo deteniéndola. – Ni tú ni nadie me impedirá llevar a cabo la tarea.
– ¿Ni siquiera tu hijo?
– Precisamente por él me voy – replicó. – No quiero verlo morir porque no fui lo bastante fuerte para protegerle.
"Lo bastante fuerte"… Aquella vaga excusa sonaba más bien a motivo egoísta que a lo que realmente pretendía. Realmente Nalya había decidido escapar, huir del peligro y cerrar los ojos a todo lo que pasaba a su alrededor.
– ¿Y si nos atacan si tú no estás? – traté de convencerla.
– Sé que lo protegerás – me sonrió cariñosamente, como nunca había hecho, no al menos en esta realidad. – Lo quieres tanto como yo aunque…
Los dos sabíamos como terminaba aquella frase. Era algo que siempre habíamos pensado, tanto el uno como el otro, pero ninguno de los dos había querido pronunciar nunca en alto. Seguramente, ella pensaba que para mí era algo doloroso. Por mi parte, sabía que a ella no le hacía mucha gracia pensar en el ahora difunto padre de la criatura. Por eso, habíamos llegado a un mudo acuerdo de nunca terminar aquella frase.
– Aunque no seas su padre – concluyó.
Lo había hecho. Tras diez años, había pronunciado por primera vez aquellas palabras. Sentí una pequeña punzada de dolor, pues nunca había imaginado escucharlas de su boca, y la solté del brazo, dejándola libre para que prosiguiera su marcha.
Descendió hasta la ventana más cercana y se detuvo en el alféizar. Las luces del interior iluminaban su cuerpo, creando un bello contraste con la oscuridad de la noche. Me miró fijamente y me volvió a sonreír con esa sonrisa que jamás podré olvidar.
– Gracias por todo, Rido – dijo antes de entrar en el interior del edificio.
– ¿Se equivocó?
– Yo diría que sí… – respondí. – Nalya entendía que proteger a Kyo era… sobreprotegerle – traté de explicar. – Creía que lo que tenía que hacer era servirle de muralla para que no le pasase nada al niño y no se dio cuenta de que, por muy fuerte que ella se hiciese, Kyo iba a tener que vivir un día fuera de esa muralla. Di tú que la cosa hubiese salido bien de todas todas… – sonreí con satisfacción en reconocimiento de la enorme capacidad de mi hijo adoptivo. – Ya conoces a Kyo. Además, que desde pequeño quiso enseñarle a defenderse con el Kidou y con la espada. Por eso es como es – expliqué. – Pero vamos, que ese no era el camino.
– ¿Y cuál era?
– Con todo lo que te he dicho estos días… Piensa, ¿Cuál podría ser? – la reté con amabilidad, alegrándome por el hecho de que hubiera decidido adoptar una postura más activa.
– Pues…
– Te voy a poner otro ejemplo. Cuando llegaste aquí, cuando pasó todo lo que pasó y demás… – empecé. – Ela y tus amigos, por un lado, y yo, por el otro, creamos una barrera a tu alrededor. ¿Sirvió de algo? – inquirí. – Durante un cierto tiempo sí… pero al final se vino abajo. ¿Quiere decir eso que teníamos que haberte dejado sola para que…? – seguí preguntando con exageración. – No, pero sí que teníamos que haberlo hecho de otra forma.
– Como tu abuelo…
– Como mi… – iba a repetir, pero enseguida me detuve para poder captar toda la carga de profundidad que me había lanzado. – Como mi abuelo – asentí complacido. – Así que… Sí, como mi abuelo – volví a decir, saboreando la comparación una vez más a medida que daba a luz una nueva idea. – Vamos a hacer una cosa – resolví, tirando de inspiración. –Vamos a tratar de hacer una imagen global… un resumen – le propuse. –Desde que empezamos con esto hasta ahora, a ver si podemos sacar algo en claro.
Y con la misma me senté en el suelo. Allí, en el medio y medio del patio central de la Academia, junto a un árbol. Una reacción a las claras poco propia de un cargo como el mío. Hay quien diría, incluso, que poco digna, que rebajaba a toda la institución con ese gesto. ¿Conversar así, tan abiertamente, con una alumna, para más INRI alumna? Si alguno de los que habían sido mis profesores, Josuke, sin ir más lejos, me viese en aquel momento, seguro que le daba un síncope.
Pero me daba exactamente igual el qué dirán, el qué pensarán y el qué harán. Ahora, con el tiempo y la distancia, reconozco que me pasé unos cuantos pueblos. Pero en aquel momento me importaba más bien una mierda y seguramente aún hoy hubiera hecho lo mismo. Porque me sentía cómodo. Me sentía… bien. Y de alguna forma, así lo estaba expresando.
No era Akano Rido, Director de la Academia de Shinigamis, el que estaba sentándose en el jardín. Era simplemente Rido. Yo. Una persona más que estaba conversando con una buena amiga. Un maestro que estaba enseñando a su discípulo. Y la posición propia del maestro era la sedente. Aunque tampoco lo hice por esto último. Lo hice… porque sí.
A Kara le costó reaccionar. Tuve que insistirle varias veces para que al final terminase por acceder a mi petición y, poco a poco, las miradas de los que por allí pasaban, lo notábamos, comenzaban a posarse sobre nosotros, distrayendo nuestra atención y turbando, condicionando nuestra conversación. Y por eso decidí echar a un lado el haori naranja, porque al final era lo que más llamaba la atención. Así, siendo un simple shinigami, atraería a menos miradas curiosas.
Y poco a poco, entre bromas y risas para aliviar la tensión, fui repasando y completando lo que había tratado de enseñarle desde el momento en el que puso por primera vez pie en el monasterio para acompañarme en aquella especialísima visita a mi pasado. Quería recapitular todo y explicárselo de forma global para que no quedase en un conjunto de enseñanzas inconexas. Y quería hacerlo en un tono positivo, porque tenía la impresión de que los últimos días habían sido bastante grises. Para hacerlo, traté de dibujar la figura de una persona, de un shinigami, que pudiéramos tener como ideal.
Quizás fuera eso, sólo un ideal, pero alguna vez leí que era mejor tratar de alcanzar las estrellas que no hacerlo porque sabes que no puedes llegar a ellas. Al menos, quien trepa a un árbol en busca del firmamento podrá disfrutar de una magnífica vista y, quizás, incluso llegue a hacerse con una manzana colgada de la rama más alta en recompensa por sus esfuerzos.
O quizás no fuera sólo un ideal, un modelo a seguir, una inspiración inalcanzable. ¿Quién sabe? A lo mejor llegar a ser como le trataba de proponer a Kara que fuese no era tan complicado, pero aquella era una de esas cuestiones a las que nunca podría dar respuesta si antes no me ponía en camino.
Porque yo ya había llegado a una conclusión clara, la misma que había puesto de manifiesto Balmung, como quien dijera algo obvio: esto no iba sólo de Kara. Iba también de mí y, si me apuraba, de Kyo, de Ludwig, de Kurokotetsu, de Alland, de Kobayashi, de Arthur Steward, de Jean LeBoeuf,, de Kaiden… de todos los alumnos… y más allá de ellos. Pero mi responsabilidad, la responsabilidad que, de algún modo, simbolizaba el haori que había dejado a un lado, se extendía, como poco, sobre todos aquellos hombres y mujeres, unos más niños, otros menos, que vestían el uniforme blanco de la Academia.
– Lo sé, lo sé – admití, asintiendo. – No era esto lo que esperabais en un discurso de apertura. Seguramente os esperabais un elogio de la Academia, un recorrido por su historia o algo muy por el estilo. Eso es más o menos lo que había escrito en estos papeles – esgrimí el montón de hojas que había dejado en el atril.
»En cualquier caso… – resoplé. – Supongo que debería dejarme de teorías acerca del futuro más incierto y volver la mirada al presente, al pasado y al futuro más próximo. Sabéis perfectamente, cualquiera que haya asistido alguna vez a mis clases lo sabe, que tengo la firme convicción que sólo conociendo el pasado (conociéndolo, no construyéndolo a nuestro antojo) podemos entender el presente y preparar el futuro… Así que como mi pretensión con estas palabras era prevenir y hacer un llamamiento ante la posible (posible, no hipotética) llegada de tiempos peores y catastróficos, hablemos del pasado y preparemos el futuro.
»Esta nobilísima y antiquísima institución – retomé el discurso, imitando el tono solemne de los discursos habituales – la Academia, fue creada con el objetivo de formar en ella a los que, un día serían Shinigamis. Esa es nuestra misión, ese es nuestro objetivo pero… ¿Qué es un Shinigami?
»Un amigo mío me dijo una vez que los shinigamis somos los compañeros inseparables de la muerte – recordé una vez las palabras de Yonas. – Al fin y al cabo… somos los "dioses de la muerte". Sin embargo, yo aún diría más somos dioses de la vida. Sí, "de la vida", habéis oído bien. Porque nuestra socia es la muerte sólo a los ojos de los hombres mortales, pero nosotros sabemos que va mucho más allá, que esa muerte es, en realidad, vida…
»Así que… nuestro trabajo es forjar dioses o señores de la vida – recapitulé. – Pero eso no es algo que se consigue así, sin más, de la nada. Los shinigamis no aparecen por generación espontánea: son jóvenes, los más talentosos del Rukongai, a los que debemos convertir en señores de esa vida que pregoneros.
»Todos conocemos el Rukongai – afirmé. – Conocemos la miseria en la que se vive y conocemos o hemos vivido historias penosas, de miedo… Incluso la llegada de muchos a la Sociedad de Almas se produjo de una forma traumática. Yo me suicidé en el mundo mortal – señalé, mostrando los guantes que cubrían mis antebrazos – y no soy el único entre los presentes. Otros casi perecen devorados por un vacío…
»En resumen, la vida de estos jóvenes a los que debemos educar ha estado cargada de problemas. Si queremos aspirar a cumplir nuestra misión debemos fijarnos en todos estos aspectos, conocer de verdad a quiénes debemos formar y, sobre todo, realizar una formación integral, que aúne todas las dimensiones del proceso…
»Sí, una formación integral – insistí. – Una formación que escape, sin renunciar a potenciar las capacidades innatas de cada cual, a la excesiva especialización. No podemos permitirnos más bestias sanguinarias que sólo saben blandir una espada pero que sin ella son completamente inútiles – indiqué, parándome en la figura de los profesores de combate cuerpo a cuerpo. – No podemos permitirnos endebles hechiceros incapaces de combatir a corta distancia… ni sabios directamente incapaces de combatir.
»Si queremos estar preparados todos nuestros shinigamis, nuestros alumnos, deben ser más que aptos en todas las disciplinas – sentencié. – Si su misión va a ser proteger esta tierra, si su misión será defender a quienes no pueden defenderse… Nada más necesario.
»Evidentemente, el conocimiento de siglos de experiencia nos dice que no hay dos shinigamis iguales – seguí. – Unos somos más aptos para una serie de disciplinas que otros. Pero eso no justifica que haya entre nosotros personas a las que les cuesta ejecutar artes demoníacas de niveles relativamente bajos, otros a los que un combate cuerpo a cuerpo les supone una seria desventaja sea cual sea el rival.
»¿Debemos permitirlo? O lo más importante, ¿cómo debemos conjugar formación integral con las capacidades de cada cual? Me limitaré a dejar planteada la pregunta porque el tiempo se podría agotar antes de encontrar la respuesta acertada – dije, evadiendo el mal trago de tener que proponer soluciones.
»Igualmente me gustaría advertir de un hecho en el que me he percatado en la reciente experiencia de la pérdida de Nalya – añadí. – Necesitamos potenciar el estudio de una de las áreas más denostadas de nuestros estudios: – paseé mis ojos por la sala hasta que topé con Xelloss – las artes médicas.
El Teniente de la Cuarta División, que dirigía el pequeño Departamento de Medicina que se encargaba las optativas necesarias para poder optar a ser un miembro de su escuadrón, se sonrió sorprendido de tal ocurrencia y aprobó con un gesto afirmativo de su cabeza.
– No podemos depender de la Cuarta División en todas las ocasiones – alegué. – Muchas veces no llegarán a tiempo. Morir en batalla es un honor, sí, – acepté, ante las reacciones de algún miembro de la Undécima División que se encargaba del cuerpo a cuerpo – pero morir por morir es estúpido. Un combate más, una batalla más… Pero si ellos no están ahí para sacarnos las castañas del fuego… no habrá más batallas.
»Si aún queda alguien que considere esto que nos traemos un juego… – concluí, recorriendo la sala y los rostros de mi audiencia con la mirada. – El que aún piense eso… que sepa que el juego ha terminado. Es la hora de la verdad. Debemos construir nuestro edificio, nuestro futuro, sobre roca firme, con cimientos fuertes, no sobre arenas que se lleva el viento.
Nuestra vida, la de todos los que estábamos allí, era una segunda oportunidad, o una tercera, o una milésima… o la primera vez que sus ojos se habían abierto a la luz. ¿Cuántas reencarnaciones podría haber sufrido el alma de aquel chaval que entraba corriendo en el dojo porque llegaba tarde a la clase de Warsaw? ¿Y aquel que miraba con ojos no muy castos a su compañera de un curso superior? O ella misma… Muchos estarían convencidos de que merecían esta enésima oportunidad… Seguro que lo estaban. Pero se equivocaban.
Su vida era un regalo, porque no hay nada que pueda hacer un hombre que le merezca vencer a la muerte. ¿Cuántos no lo lograban? ¿Cuántos quedaban por el camino, devorados por un hollow o convertidos en uno de aquellos monstruos sin corazón? ¿Cuántos de ellos se merecían estar aquí más que cualquiera de nosotros y, sin embargo, no llegaban a gozar de esta nueva oportunidad?
Cuánto menos merecíamos nosotros, shinigamis, el don de poder dar esa segunda oportunidad, de conceder una nueva vida. Un don, una misión que de alguna forma nos precedía, porque ninguno de nosotros había elegido ser shinigami única y exclusivamente por voluntad propia. Todos habían sido dotados de una capacidad que era anterior a todo esto y anterior a cualquier mérito que hubieran podido lograr.
Yo era un vivo ejemplo de ello. Kara, que a unos ojos ramplones y superficiales era lo más inútil que alguien pudiera encontrarse, era el vivo ejemplo de ello. Y como nosotros dos, otros miles, algunos conocidos, otros totalmente anónimos reclamaban esta verdad con su mera existencia, con su sola respiración, y se la echaban en cara al universo.
No. Nuestra vida y, más allá de ella, nuestra misión como shinigamis era un regalo, un don totalmente gratuito por el que teníamos que estar infinitamente agradecidos, pero que también debíamos llevar con gravísima responsabilidad y con una inagotable generosidad. Y con cabeza. Con mucha cabeza, porque tal y como lo habíamos recibido, podríamos perderlo. Y en una vida como la nuestra la muerte no era sólo una posibilidad más.
– No querría que la lloráramos, para ella sería como pedirle perdón y eso no lo permitiría. ¡Pero no puedo evitarlo! ¿Por qué? ¿Por qué ella y no yo?
– Eh, eh, eh, hermanito – dijo suavemente tratando de consolarme. – Tranquilo, desahógate.
– ¡Maldito destino! – me quejé. – ¿Es justo que ella se vaya? ¿Es justo que seas tú el que está aquí de pie, acompañándome y consolándome?
– ¿Dónde iba a estar si no? Mi lugar ahora mismo es aquí, contigo.
– No merezco eso, Yonas.
– ¿Por qué? ¡Claro que lo mereces!
– En mi... en el mundo en el que viví antes, cuando moriste, no fui capaz si quiera de acercarme a tu tumba en seis años – expliqué – y cuando lo hice no fui capaz de mantener el tipo. ¿Es justo que seas tú el que me consuele cuando no fui capaz de estar a tu altura?
– ¿Hablas de justicia? – replicó pensativo. – Justicia, injusticia... Eso es algo en lo que nos está prohibido pensar si queremos salir adelante en nuestra vida. Somos dragaminas, nuestra vida no es justa. ¿Acaso fueron justas las muertes de Gaijin, de Aiolos, de Henkara, de Arte, de Arturo, de Pandora y de tantos compañeros que nos han abandonado? ¿Es justo que nosotros seamos los que hemos sobrevivido? ¿Por qué nosotros y no ellos? ¿Qué es lo que nos diferencia? ¿El destino? El destino es cruel. ¿Fue justa la traición de ese perro de Setsuna? ¿Fue justo todo eso? ¡No! – le gritó al destino. Su tono era cada vez más nostálgico, dispuesto a romper a llorar o a perder los estribos en cualquier momento. – ¡Nada de eso fue justo! Pero es la vida que hemos elegido. Nosotros, los shinigamis hemos optado por una vida injusta. Estamos abocados a la muerte, la nuestra o la de nuestros seres queridos, convivimos con ella. Al fin y al cabo, – suspiró – somos shinigamis, los dioses de la muerte.
La parca podría llegar en cualquier momento. Iba a convivir con nosotros día y noche, minuto a minuto. Era nuestra compañera inseparable, como había dicho Yonas, pero una compañera traidora y falaz que en cualquier momento podría volverse contra nosotros. Pero eso, lejos de asustarnos y condenarnos a una existencia gris y temerosa, vacía, debía impulsarnos a situar cada cosa en su verdadero sitio, sin ceder a los instintos, bien por un extremo bien por el otro.
Porque habíamos sido revestidos de un don maravilloso y porque debíamos estar infinitamente agradecidos con él, debíamos dar testimonio de la grandeza de nuestra misión. Todos y cada uno de los que vestíamos un uniforme negro del Gotei 13 y, por extensión, todos y cada uno de aquellos que vestían el uniforme blanco de la Academia, debíamos ser un ejemplo en el que aquellos que no habían recibido el poder pudieran posar los ojos sin miedo ni recelo. Porque no éramos más que ellos, sólo diferentes.
Entonces sabríamos que, en realidad, por mucho que nos creyésemos invencibles, somos débiles, limitados y necesitados. Como todos. Necesitados del mundo y de los demás. Porque lo único ilimitado es nuestra mente, nuestra imaginación, y aún así estaba sujeta a los límites del espacio y del tiempo. Pero eso… Eso es pura fantasía.
Comprenderíamos entonces que nosotros mismos no somos fines. Que los demás no son medios, sino que ellos son nuestros iguales. Tan ricos como nosotros. Tan valiosos como nosotros. Tan limitados y tan necesitados, en fin, como nosotros.
Los demás no son, por tanto, rivales a batir, ni escaleras en las que apoyarse para subir, ni piezas de mover en un tablero de ajedrez que sólo existe en nuestra cabeza, sino compañeros de peregrinar hacia una meta que no tenemos clara, pero que sabemos que está ahí. Y, como tales, entenderíamos que no deberíamos pisarnos unos a otros, que no debemos inmolar el presente y a nuestros compañeros de viaje en aras de un futuro que no entendemos y que no siempre está de nuestra mano o que sólo existe en nuestra cabeza.
Pero entonces comprenderíamos también que cada cual tiene su proceso, su propio camino, sus propios obstáculos… Que, como nos ha pasado, nos pasa y nos pasará, nos equivocaremos en la ruta mil y una veces. Porque, de otra forma, seríamos perfectos, no humanos. Y que habrá gente que esté lejos, o ciega, o coja… pero no es nuestro papel juzgar, sino asistirles. Eso es lo que representaba también el uniforme negro que vestía yo, el uniforme blanco que vestía Kara.
Puede que todo aquello que le decía a Kara en aquel entonces, todo esto que estoy escribiendo ahora mismo, suene ingenuo o fantasioso. Realmente lo es, no puedo negarlo. Todavía nos queda mucho camino por delante para llegar a ser así. Pero, como dije antes, es mejor tratar de coger las estrellas. Así, aún quedándonos a medio camino, habríamos conseguido llegar a la cima.
Habría gente que se quedará atrás. Gente que, al ver la dureza y lo heroico de la tarea, decidiera abandonarla. Para ellos, sólo restaba una frase: "Shinjiru ga mama ni"… o como se escriba. "Lucha por tus ideales". Hasta sus últimas consecuencias, hasta nuestro último aliento. Hasta la última gota de sangre. Sólo así, al final de la vida, podríamos mirar hacia atrás y sentirnos satisfechos.
Esa es, quizás, la gran virtud o el gran defecto que tenemos nosotros, historiadores. Que sabemos lo que significa mirar hacia detrás. Que sabemos que sólo el paso del tiempo da a todo su justa medida y su sentido último. Que entendemos en qué consiste realmente hacer historia… O creemos entenderlo, porque, al final "historia" no es más que lo que nosotros contamos de los pedazos sueltos que podemos conocer.
¿Haré historia? ¿Me olvidarán? Supongo que esa pregunta todo hombre se la ha hecho en algún momento de su historia. Hubo un tiempo en que era una cuestión que me inquietaba, lo confieso. Ahora… Supongo que es un poco lo mismo que le pasó a mi abuelo, al soñador Kumhard Åska, al ilustrísimo y legendario Akano Kumaru. A prendió que la verdadera historia, la verdadera heroicidad no se forja con estrépito y relumbrón, sino con el trabajo mudo y silencioso en el tiempo, con paciencia. Que la fama del hombre es vana y pasajera. Que el lugar que uno ocupe en lo que otros llaman historia… es lo último que importa.
–Y aún así – terminé. – Es importante que estudies Historia – sonreí. – Porque aunque los nombres que en ella se graben no importen, sí las vidas que reflejan. Es lo que os digo siempre el primer día de clase – miré a Kara. – Conocer el pasado nos permite entender el presente y preparar el futuro – sentencié. – Eso, y que sin tenerla aprobada no se llega a shinigami – bromeé.
Y con mi chiste estalló un coro de carcajadas de alumnos que se habían ido uniendo a la conversación o, más bien, al monólogo en el que había ido derivando yodo y en el que me había enfrascado tanto que ni me había dado cuenta de la multitud que había congregado, una treintena de personas aproximadamente. Entre ellas, todas caras conocidas, había también algún profesor que, supongo, habría acudido intrigado a ver qué ocurría, como muchos de los alumnos que allí estaban. No se habían acercado por mis palabras, eso seguro.
– No me atendéis así en clase – les regañé con simpatía. – Venga, venga, dispersaos…
Así lo hicieron. Unos más rápido, otros más lentamente, cada uno volvía a sus rutinas, a sus prisas, a su vida... Y no pude evitar pensar en Pardao y en aquella vieja letra de Los Suaves que había coreado en tantísimas ocasiones mientras vivía en el mundo mortal, con una guitarra medio desahuciada y la voz rota entre el alcohol y los cigarrillos.
Sin detenerse algunos lo miran
y, poco a poco, otros se paran
a ver a Pardao con su voz fatigada
contar historias y viejas baladas.
Corre el tiempo y vuelven las prisas
y, poco a poco, la gente se marcha.
Sólo Pardao en su acera mojada
Recoge sus cosas, despacio, con calma.
Sí. Por un momento había sido como aquel viejo trovador de las calles de Ourense al que la banda de Yosi, inseparable compañera de mis noches en blanco, había dedicado aquellos versos. Sin buscarlo, había encandilado con mis palabras a un auditorio bastante notable, teniendo en cuenta la situación ¿Quedaría también lo que había dicho en "historias y viejas baladas"?
– Tú también vete – le recomendé a Kara con una sonrisa en la boca. – Ya es tarde.
Pero con la marcha de mi "discípula" no me quedé solo para reflexionar en lo que había dicho, como pretendía. Allí estaba la figura alta, siempre vigilante, del que durante años había sido mi segundo en el Departamento. Le tendí una mano para que me ayudara a levantarme y, mientras me sacudía los hierbajos del pantalón del uniforme, el recogió mi haori del suelo y me lo pasó. Juntos, comenzamos a caminar hacia la cafetería.
– ¿Crees que servirá de algo eso que has dicho?
– Ni idea – me encogí de hombros. – Pero mientras le valga a ellos… – afirmé con esperanza.
– Sí, pero cambiar… todo…
– Esto es la Sociedad de Almas – sentencié con ilusión y pesar a la vez. – Aquí pocas cosas cambian.
– Ya… – lamentó él con fastidio.
– Pero también… – añadí antes de que pudiera decir él nada más, generando una pequeña llama de reiatsu en mis manos. – También es la tierra de las maravillas.
