ADVERTENCIAS :

Ninguna

THE PAIN OF LOVE

SEASON TWO

CAPITULO 8 PARTE II

-Joder, ¿Tan inútil eres que no sabes colgar un puto teléfono? ¡Dame! – y haciendo un pequeño esfuerzo por cortar la penetración, provocando que Jeff se revolviera, molesto, le quité el móvil al viejo de las manos, llevándomelo a la oreja con rabia. - ¿Quién coño es? – y, de repente, un grito agudo estalló en mi cabeza. Un grito roto, tembloroso e inseguro. Pero un grito que reconocí perfectamente.

-¡Blaine!

Y… silencio.

¡Bum, bum! ¡Bum, bum! ¡Bum, bum! ¡Bum, bum…!

Esa cosa, ese órgano tan oscuro, tan pútrido, cubierto de telarañas en mi cuerpo, tan muerto y tan enterrado, el cual hubiera jurado que perdí hacía años y había creído recuperar unos meses en Lima, resucitó con una fuerza incluso dolorosa. Empezó a palpitar con tanta fuerza que incluso pude notar como emergí a la superficie, como se sacudía las telarañas y el polvo y como se revolvía bruscamente, golpeándome brutalmente.

-… ¿Muñeco…? – murmuré. Oí como estallaba en sollozos en cuanto esa palabra tan conocida para ambos escapaba de mis labios. – Muñeco… ¿Cómo…? ¿Por qué…? – me separé de Jeff rápidamente hasta que nuestros cuerpos dejaron de tocarse. Él me miró con la boca medio abierta, los labios carnosos y brillantes intentando murmurar alguna palabra que no salía. Su expresión irradiaba sorpresa. Al igual que la de mi padre. Entendí enseguida por qué… De repente me había exaltado de una manera imprevisible y mi voz intimidante había quedado reducida a la nada.

Me aparté el móvil del oído y tapé el auricular con una mano.

-Vete. – le dije a mi padre. Él entrecerró los ojos, sin comprender. - ¡Que te largues, fuera de mi cuarto, fuera! ¡Largo! – agarré lo primero que encontré a mano, mi propio móvil que llevaba apagado casi tres meses y se lo lancé a la cara. Mi viejo cerró la puerta en cuanto el móvil cayó al suelo después de rebotar en la pared, haciéndose pedazos. Volví a llevarme el teléfono al oído enseguida, sentándome en la cama y apoyando la espalda contra la pared, con la respiración entrecortada y el corazón bombeando alocado. – Muñeco… - sus sollozos suaves seguían sonando al otro lado de la línea. - ¿Qué ha pasado? – él no me contestó e inmediatamente lo primero que se me vino a la cabeza fue la cara de ese maldito bastardo obsesionado con mi Kurt. - ¿Ha sido ese chucho? ¿Sparky? ¿Ha sido él? – los sollozos de Kurt empezaron a transformarse en hipidos débiles. – Voy a matarle. – mi mirada pasó directamente a la pequeña mesa de noche, el único mueble a parte de la armario que había en mi cuarto. Agarré las llaves de mi coche y sin pararme a pensarlo si quiera, me levanté de la cama.

-¿Blaine? – oí murmurar a Jeffy, a un lado de la cama.

-Le mataré…

-No… - oí por fin, la voz clara y suave de Kurt, aún acuosa, pero ya no oía sollozos. Se había calmado. – No ha sido él.

-¿Quién entonces? ¿Natalie? – entrecerré los ojos, apretando con fuerza las llaves entre mis dedos. Kurt vaciló.

-No. No ha sido nadie… simplemente…

-¿Simplemente? – oí como se sorbía la nariz.

-Simplemente estoy oyendo tu voz.

-¿Mi voz? – fruncí el ceño, sin entender.

-Es que… hacía tanto tiempo que no te oía… yo… - y de nuevo, un sollozo ligero escapó de su boca. Me dejé caer otra vez sobre la cama, pestañeando.

-Muñeco tú… - suspiré llevándome la mano a la frente y una sonrisa floja y estúpida afloró en mi boca. – Tú eres idiota. Me has asustado, joder. – Kurt suspiró. Era uno de esos suspiros que soltaba a modo de sonrisa. – Mira que ponerte a llorar por esa tontería.

-El idiota eres tú por no cogerme el móvil. Te he llamado más de mil veces y nunca lo has cogido. – miré el móvil que acababa de cargarme tirado en el suelo, a los pies de la cama.

-Se me ha roto.

-¿Se te ha roto? ¿O simplemente no querías hablar conmigo? – había cierto tono de reproche en su voz, pero era demasiado tenue. Yo me quedé callado durante unos segundos, bajando la cabeza hacia las sábanas.

-Quién no debería querer hablar conmigo eres tú.

-Creo que… sabes que yo siempre quiero hablar contigo. – un profundo hálito de alivio me recorrió la columna al oírle decir eso. Era la primera vez en tres meses que me sentía auténticamente vivo.

Kurt me seguía queriendo, joder…

-Kurt… ¿Eres gilipollas o te lo haces? – sentí la mirada de Jeff clavada en mí cara, con una expresión que no supe exactamente como clasificar.

-Así que Kurt, eh… - le oír murmurar.

-Vaya, así que… estás con alguien. – una pequeña risita histriónica llegó hasta mis oídos a través del teléfono. – Pues siento interrumpir… - me entró el pánico cuando oí su voz alejarse del auricular.

-¡No, no interrumpes nada! ¡No cuelgues! – le lancé una mirada funesta y amenazadora a Jeff, que frunció el ceño de pura rabia. – Cierra esa bocaza. – le ordené y volví a dedicarle toda mi atención al teléfono.

-No hace falta que finjas. He oído los gemidos de antes. – suspiré. Su voz ahora no tenía réplica alguna, solo un enorme tono de melancolía y angustia que me hizo desear arrancarle la cabeza al puto rubio que tenía delante de mí.

-Sólo es el chico de los recados.

-Pues espero que estés usando condón, entonces. – vaya, que agudo.

-¿Vas a darme lecciones de sexo? ¿A mí?

-Creo que te las pasarías por el forro.

-Obviamente. – estaba ansioso. Lo notaba por su forma de respirar. - ¿Ocurre algo?

-No. Al menos nada que a ti vaya a importarte. Como dijiste, no es tu problema.

-Ya, pero tengo un secreto oscuro que he estado ocultándote todo este tiempo, Kurt. Soy un cotilla. Dispara, Muñeco. – Kurt volvió a vacilar. Empezaba a ponerme nervioso con tanta pausa.

-Se lo he dicho a mamá. – jum… me entraron ganas de reír.

-¿Qué te he follado tantas veces que son imposibles de contar con doscientas manos?

-No. Eso no. – lo suponía.

-¿Entonces? – oí como tragaba saliva.

-Que soy… gay.

-Oh, y no te ha echado de casa. Impresionante. Pero de todas formas, tú no eres gay.

-… Sí lo soy.

-No. Te gusta un chicos, no todos los chicos. – Kurt guardó silencio. - ¿O me equivoco?

-Me gustan todos. Quiero decir… los que considero atractivos para mi gusto…

-Ah, entonces sí que eres un puto maricón. – sentí un leve escalofrío que me hizo encogerme. Casi pude ver como él se estremecía al otro lado de la línea.

-Sí. Supongo que sí. – y su voz sonó otra vez rasgada y destrozada. Avergonzada. Se había ruborizado, lo sabía. Ese rubor tan adorable que se reflejaba a veces en sus mejillas.

Podía ver a Kurt en ese momento, con el móvil en la mano pegado al oído, los ojos brillantes por las lágrimas, las mejillas ruborizadas, el pelo liso un tanto revuelto, lamiéndose los labios con gozo.

En mi imaginación estaba desnudo y vulnerable. Completamente vulnerable, delante de mí, esperando que me lo comiera. Que se lo comiera el lobo.

Mi mano se coló entre las sábanas abultadas por pura convicción, guiada por lujuria en estado puro. Me la rocé con los dedos. Estaba incluso más dura de lo que había estado durante la penetración. Normal… se trataba de mi precioso Muñeco después de todo. Me la agarré con una mano y me la sacudí con fuerza, suspirando.

-¿Blaine? – murmuró el Muñeco.

-¿Qué?

-¿Qué… qué estás haciendo? – sonreí. Lo sabía, lo sabía. Kurt se había dado cuenta enseguida con solo oír uno de mis débiles jadeos por el puñetero teléfono. Se sabía de memoria los sonidos que se me escapaban por la boca cuando me daba placer. Me estremecí y me mordí el labio, lleno de gozo sabiendo que estaba al otro lado del teléfono, escuchándome, esperándome. No había nada que deseara más en ese momento que no fuera tenerle frente a mí. Y poder tocarle…

-¿Necesitas… que te haga un croquis?

-Blaine… no, no hagas eso. – suspiró, más ansioso aún. Más nervioso… o tal vez excitado.

-¿Dónde estás?

-En casa.

-¿Y estás solo?

-Sabes que sí… - aspiré, esperando captar el olor de su cuerpo que ya formaba parte de mí. Y casi pude saborearlo… casi…

-¿Y por qué estás tan nervioso entonces? – oí como se le aceleraba de nuevo la respiración, esta vez, mucho más irregular. Oh, Kurt… lo estás haciendo para mí, mi precioso Muñeco.

-Blaine, no me hagas esto. Sólo quería hablar contigo. – cerré los ojos. Pude verle a través de mis párpados, en mi mente. Se estaba acariciando. No. Yo lo estaba acariciando. Su pelo, su cuello, sus brazos, su pecho, su cintura… aumenté el ritmo de mi mano bajo las sábanas, sobre mi polla tiesa y firme.

-Pues habla, Muñeco precioso. Háblame… te escucho… - volvió a tragar saliva. Casi podía oír el alocado ritmo de su corazón saltando sobre su pecho cuando empezó a hablar, con gemidos contenidos de excitación y angustia.

-Todos los días… todos los días me pregunto por qué demonios te fuiste así, por qué lo rompiste todo y me dejaste solo. Por qué me mentiste, por qué me utilizaste… no estoy seguro de por qué pero… - me detuve por un momento, sobre la punta dura de mi polla y entrecerré los ojos.

-Si eso es lo que tienes que decirme, no quiero…

-No, escucha…

-No quiero hablar de eso. No me da la gana, no quiero escucharte. – todo el morbo se fue de un plumazo al oírle. No tenía la menor intención de pararme a oír sermones. Quería escucharle contarme cosas alegres, quería oír cómo se reía, quería que me diera alguna puta razón que me obligara a coger el coche y lanzarme a la carretera en su búsqueda. No quería que me reprochara nada, aunque eso me convirtiera en un cobarde que huye de la verdad.

-Me he acostado con otro chico, Blaine. – soltó, de repente, de golpe, descolocándome por completo. Abrí la boca para decir algo, pero las palabras tardaron en salir.

-Oh… y… ¿Eso a qué viene? – Kurt no contestó y durante el tiempo que estuve aguardando una respuesta, encajé el golpe. – Han pasado tres meses, ¿Se supone que debería importarme?

-Con Sparky. - ¿Qué…? ¿Cómo…? Me quedé boquiabierto.

Dios, Kurt era la única jodida persona capaz de turbarme así.

-Estás de coña, ¿no?

-No. – un bufido ahogado escapó de mi garganta. No me lo podía creer.

-¿Me estás diciendo que el chico que te ha maltratado psicológica y físicamente durante tus 19 años de existencia te ha follado? ¿Y porque tú se lo permitiste? ¿Consentido?

-…Sí. – me solté la polla y estrujé las sábanas que me rodeaban con fuerza, rabioso. ¿Y me llamaba para decirme eso? ¿Quién se cree que es esa puta nenaza? ¿Se cree que me afecta? ¿Se cree la reina de los maricas o…?

-¿Qué pasa? ¿Es tu nuevo novio, Kurt? ¿Tienes un nuevo dueño, Muñeco? – le solté, con un claro tono sarcástico. Él pareció vacilar antes de contestar con seguridad.

-Sí. Es mi novio.

-Oh, fantástico, maravilloso. ¿Me invitarás a mi primera boda de maricas? Iré encantado, pero si degolló al novio y violo a la puta de su esposa, no me hago responsable luego de las quejas. – escuché una risita baja y harmoniosa al otro lado y fruncí el ceño aún más. Crují los nudillos. - ¿De qué coño te ríes?

-Los celos siempre te delatan, Blaine.

-¿Celos yo? Oh, que divertido. Menos mal que me lo has dicho, porque si no, no me hubiera dado cuenta. Sigues haciéndote demasiadas ilusiones, Muñeco.

-Sí, lo sé.

-Si lo sabes, ¿Por qué no dejas de arrastrarte de una vez? ¿Por qué eres tan insistente joder? No he podido encender el móvil en tres meses solo porque no parabas de llamarme a todas horas. ¡Eres un puto cansino! – sabía que estaba siendo cruel. Mucho más cruel de lo que yo creía. Sabía que lo que decía afectaba a Kurt de una manera mucho más profunda de lo que yo pretendía y, aún así, no me callé. Y él no habló en ningún momento, callado como un muerto. - ¿Qué pasa? ¿Ya no tienes nada más que decir?

-... ¿Me odias? – preguntó, y su voz se colapsó. - ¿Te… Te doy asco? ¿Te repugno? – el tono era quebrado, débil, muy débil. Como si estuviera expirando su último aliento de vida.

Miré a Jeff de reojo, que me observaba en silencio desde una esquina, con la cabeza gacha y los labios fruncidos.

-Sí. – contesté. – Te odio. ¡Me das asco, joder! ¡Me entran náuseas solo de pensar en la patética rata desviada con la que estuve encerrado durante nueve meses en ese pútrido agujero! – esperé oír una respuesta, daba igual cual fuera. Un lloriqueo, una súplica, cualquier cosa, pero no oí nada. – No vuelvas a llamarme. Nunca. No quiero tener que volver a oír tus lloriqueos, jamás. No me importa que tengas novio, no me importa que tu madre te eche de casa porque te gusten los chicos, no me importa que todo el mundo se entere de que eres mi hermano y te quieran apalear por ser un incestuoso, no me importa que te quedes solo encerrado en tu cuarto el resto de tu vida, no me importa que te tires desde el edificio más alto de la ciudad. No me importan tus opiniones, ni tus sentimientos, ni tus ridículas composiciones. No me interesa tu vida. No me interesas tú. No me importas, Kurt. ¡No me importas, joder! – volví a hacer una pausa, esperando una respuesta. Nada. – Así que no vuelvas a llamarme. Tú… ya no eres mi Muñeco, Kurt. Ya no eres nada. Ya no… Así que no vuelvas a molestarme. Desaparece de mi vida. – esta vez sí que hubo respuesta. La respuesta definitiva, supongo. Como un soplo de aire congelado, tan helado como se me había quedado a mí el cuerpo. Como se me había vuelto a quedar ese órgano que por unos minutos, había vuelto a la vida para, ahora, volver a morir.

-L-lo… snif… lo siento… - sollozó, rogó, como una criatura inocente que por primera vez en su vida, había incumplido las reglas, ingenua y sin saber por qué.

Y colgó.

Y yo dejé caer el teléfono sobre el suelo, como si no me importara nada. Y cuando decía nada, me refería a todo en general. No me importaba que nunca anocheciera. No me importaba quedarme encerrado de por vida en ese minúsculo cuarto sucio, incapaz de moverme, bajo cadena perpetua. No me importaría que Alfred y toda la escoria humana que lo siguiera me apaleara y me crucificara en la plaza central. Lo cierto, es que nunca me había importado nada de eso o al menos, eso es lo que yo había creído hasta el momento.

Era la primera vez que experimentaba auténticas ganas de… morir. Era la primera vez que sentía la muerte como una necesidad fundamental para mí.

Ni siquiera me di cuenta de que Jeff se había vestido a toda velocidad y se había ido sin decir nada. Supongo que estaba demasiado centrado en el Muñeco que tenía delante, sentado de rodillas en la cama, frente a mí, mirándome, riéndose y negando con la cabeza una y otra vez. Movió los labios cosidos, sonriente.

"Acabas de tirar por la borda tu última oportunidad, estúpido. Ahora, muérete." Me dijo el Muñeco.

Muérete, claro. Eso tenía que hacer. Morirme.

Así que me levanté de la cama, me vestí sin ganas, en silencio y salí de casa, caminando hacia la muerte.

Era lo que me merecía después de todo. Muerte dolorosa e inhumana y la caída al infierno, el lugar del que nunca debí haber salido.

8888888888888

By Kurt.

¿Estás seguro de lo que haces, Kurt?

No. Ya no estoy seguro de nada.

¿Es lo que realmente quieres?

No. Lo que quiero es estar con Blaine.

Pero Blaine no está…

Lo sé.

No solo no está, sino que además te odia.

Lo sé.

¿Por qué?

No lo sé.

¿Esta es tu única opción?

No veo otra.

¿Estás seguro?

No hay nadie y la única persona que deseo que esté, me odia. Estoy desesperado. No sé cómo he podido aguantar tanto. Desde que Blaine se fue, mi vida se ha reducido a lamentaciones, a depresiones, a ataques de ansiedad, a nostalgia y melancolía. Toda mi vitalidad ha desaparecido. Me siento viejo y sucio, pero hasta ahora, nunca se me había pasado por la cabeza acabar así, y es lo que debería haber hecho desde un principio.

Siempre lo he sabido, siempre. Incluso Blaine me lo advertía. Acabaría destrozándome la vida. Finn también lo decidía y yo lo sabía. Pero… no me arrepiento. Blaine, no me arrepiento. Nunca había estado tan seguro de algo. No me arrepiento.

De lo único de lo que me arrepiento es de no haber sabido manejar a Blaine, de no haberle dado suficiente. Soy yo el que no sirve. Yo soy el Muñeco inservible, sin dueño.

Y sin dueño no merece la pena vivir.

Lo que siento ahora es tan grande. Me puede. Me traga como un agujero negro. No veo más que oscuridad y no siento nada más que dolor. No soy capaz de pensar. No soy capaz de moverme, no soy capaz de luchar. No soy capaz de seguir.

Soy idiota, lo sé. Un vanidoso que se cree el centro del mundo. Hay tantas cosas que no conozco, tanto sufrimiento que desconozco y, sin embargo, como el ser débil y cobarde que soy, no tengo fuerzas para dar más. No quiero seguir caminando a ciegas por el mundo.

Estoy tan ciego…

Voy a ser egoísta como tú, Blaine, mi vida… que se ha consumido como una vela.

Tengo el suficiente coraje como para andar a tientas, buscando algo con lo que apagar la vela de un soplo, arrastrando las sábanas que me envuelven el cuerpo como un fantasma, que es lo que pronto seré, si no lo soy ya.

Un cuchillo… lo he encontrado y por un momento, consigo ver algo. Estoy en la cocina de mamá, dónde pintaba de pequeño con acuarelas de colores en papel de cocina mientras mi madre preparaba la cena. Mamá… me gustaría hacerte un último dibujo repleto de caritas sonrientes, con un sol cegador iluminándolo todo… pero no me acuerdo de cómo se hacía. Ya no veo caritas sonrientes. Ya no veo nada, solo un pozo oscuro del que no puedo salir.

La hoja del cuchillo resplandece por la luz del día al reflejarse en ella, colándose por las ventanas. Eso me recuerda que yo no puedo resplandecer. Nunca he brillado, ni brillaré más de lo que lo he hecho cuando Blaine estaba conmigo, cuando pegaba su cuerpo furtivamente al mío por la espalda, cuando sus brazos me rodeaban y me abrazaba, cuando sus labios me susurraban cosas al oído. A veces, burlonas, otras, maliciosas y otras… otras veces se limitaba a abrazarme y estar callado, observando en silencio mis reacciones, mis movimientos, como si le interesaran algo. Pura fachada.

Pues obsérvame ahora, Blaine. Obsérvame rajarme las venas por ti, besar a la muerte por petición tuya. Mira a tu precioso Muñeco destrozado romperse aún más, dañarse para ti, disfrutando de la oscuridad en la que le has hundido contigo. Y me gusta. Me gusta la oscuridad.

Mírame, mírame…

Y deslizo el cuchillo por las venas que recorren mi muñeca izquierda, alzando la cabeza en medio de la oscuridad, buscándote. Jadeo tu nombre. Blaine… Blaine… oh…

Y la derecha… me encojo sobre mí mismo, dejando caer el cuchillo cubierto de sangre al suelo, empapando las sábanas blancas. Duele, duele… pero a la vez es tan placentero notar como poco a poco, el agujero negro va haciéndose más pequeño, como todo el sufrimiento escapa por esa grieta empapada de rojo, tan placentero que me hace gemir como si Blaine estuviera penetrándome, masturbándome, besándome… Tócame, Blaine… juega conmigo por última vez.

-Kurt… - Dios, Blaine. ¿Estás aquí de verdad? – Cuanto tiempo, hombre. Te estaba buscando. – no. Ese no eres tú, Blaine, no es tu voz.

El cuerpo se me empieza a hacer pesado. Estoy cansado y aún así, hago un último esfuerzo y giro la cabeza hacia atrás, hacia el hombre que me llama desde el umbral de la puerta, esperando que seas tú. Pero no eres tú. ¿Quién eres? ¿Te conozco? No te veo entre tanta oscuridad.

-Tu madre me ha dicho que viniera a por el móvil. Se le ha olvidado a la muy despistada. ¿Tú no deberías estar en…? – las palabras se las lleva el aire y él se queda boquiabierto, mirándome en silencio. Baja la cabeza, clavando la mirada en el suelo que hay a mis pies. Yo le sigo la mirada. Vaya… el suelo está cubierto de la sangre de mis venas cortadas. Y cuando vuelvo a clavar las pupilas en él, lo reconozco, asustado, pálido. La viva imagen del miedo. Gordon…

-Papá… - nunca me pidió que le llamara así. Sabía que no era un sustituto de mi padre biológico, pero era mucho más padre que él.

-Dios mío, Kurt… ¿Qué has hecho? – sonreí. Sin ganas, cumpliendo el compromiso con la muerte.

Sí. ¿Qué has hecho, Kurt? ¿Qué has hecho?

Y… todo se volvió oscuridad en cuestión de segundos. El mundo se desvaneció y yo caí. Y caí, y caí… y oí gritos en la lejanía, llamándome… pero mis pensamientos estaban repletos de ti, mi dueño. Mi amo, el que me había abandonado. Pero mi amo al fin y al cabo. El amo de mis pesadillas y de mis más hermosos sueños…

Mi Blaine…

88888888888

By Blaine.

-¡Eh, Jeff! – Jeff caminaba a lo lejos, a paso ligero, con los hombros hundidos y la cabeza gacha. En cuanto le llamé, se detuvo, paralizado, sin apartar la mirada del suelo. Corrí y me detuve a un par de metros de él, que ni se molestó en mirarme.

-¿Qué quieres? – murmuró. - ¿Vas a restregarme de nuevo que tienes un increíble novio que te espera en Lima? ¿Qué tiene la suerte o desgracia de tenerte? ¿Vas a intentar volver a seducirme para luego olvidarme y tratarme como la basura en cuanto él te llame? – no me molesté en intentar analizar su tono de voz. Jeff estaba llorando, en silencio, sin sollozar, simplemente dejando escapar un par de lágrimas silenciosas que ni siquiera veía. Pero lloraba, lo sabía aunque me diera la espalda.

-No… - estábamos justo al lado de las vías del tranvía. Las vallas para interponerse en el camino de una persona despistada o un coche que pretendía pasar cuando el tren estaba a punto de cruzar, estaban pintarrajeadas y medio rotas, sin color, totalmente ralladas. Pero aún funcionaban y descendían cuando debían. – En realidad quería pedirte perdón. – Jeff no pareció inmutarse, pero vi como sacudía la cabeza débilmente, incrédulo.

-¿Qué? ¿Qué has dicho?

-Ya lo has oído.

-Tú nunca pides perdón.

-Hoy sí. – Jeff volvió a sacudir la cabeza, esta vez con más fuerza. Se limpió las lágrimas con el brazo y se dio la vuelta, clavando los ojos acuosos en mí.

-¿Qué tiene hoy de especial?

-Nada, supongo. – me encogí de hombros.

-¿Entonces? – anduve hacia él, tranquilo, escondiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta.

-Yo no estoy hecho para ti, Jeff. En realidad, no estoy hecho para nadie. – él pestañeó, desconfiado.

-¿Y ese Kurt qué? – desvié la mirada, pensativo.

-Kurt es… mi último intento fallido.

-Por supuesto.

-Es verdad. Nunca lo he intentado con tanta insistencia con nadie, salvo con él. Pero no ha servido para nada. Y si no sirve con él, no servirá con nadie. – Jeff frunció el ceño. Se me quedó mirando en silencio, sin saber qué hacer. – Sabes que yo no me molesto en inventarme excusas para nada. Lo que es, es y punto.

-Lo sé.

-¿Entonces qué problema hay?

-Que me has hecho daño, joder. Nunca, en la vida, me habían hecho sentir como un trozo de mierda tan grande como lo has hecho tú esta tarde. Y ya estoy harto. No quiero ser más escoria para ti, Blaine. ¡No quiero ser otro trozo de mierda! ¡No quiero ser otro de muñeco más de tu asqueroso juego! – me gritó a bocajarro y por primera vez en todos los años que llevábamos juntos como colegas, me infundió respeto. Me hizo sentir algo así como orgulloso y un cosquilleo placentero me acarició la espalda.

-Jeff…

-Cállate, Blaine. Cállate. – vaya, el rubito había espabilado de repente. Me observaba con una frialdad y una mueca desafiante impropia en él. Le dirigí una mirada rápida a sus puños fuertemente apretados y sonreí.

-¿Me vas a pegar, Jeff? – él encogió el cuerpo de temor, pero aún así imitó una buena posición para empezar un combate. – Déjalo, anda. No quiero tener que hacerte daño. He venido a disculparme, no a pelearme. - me acerqué a la verga que había a mi lado, cerca del cruce del tranvía que pasaba en ese momento, cortando el aire, interrumpiendo nuestra conversación con su estruendoroso rugido. – Aunque no tengas principios ni dignidad, eres el colega más leal y fiel que he tenido. Nunca me has traicionado y siempre he podido contar contigo para todo. Nunca me has fallado… eres un auténtico amigo, Jeff. Gracias. – esas palabras estaban fuera de lugar, y lo sabía. Pero no importaba. Era lo que sentía, muy en el fondo, pero lo sentía.

Todos los recuerdos a partir de los nueve años hasta ahora, giraban de manera pragmática alrededor de Jeff, porque él siempre había estado allí, deambulando a mí alrededor como una mosca pesada.

Ahora entendía claramente por qué.

Él se me quedó mirando con una mueca de extrañeza en la cara, sin palabras. Tan sorprendido... Seguramente, es ese momento, ya estaría intentando averiguar qué demonios me ocurría. Ya se olía algo desde lejos, como el zorro astuto que era.

-¿Vas a salir hoy? – decidí cambiar de tema, intentando desviar su atención hacia asuntos menos peliagudos. No quería que él se entrometiera, y si supiera lo que estaba a punto de hacer, se me tiraría encima con garras y dientes.

-Sí... He quedado con Ricky y el Príncipe a las once. – Ricky y Príncipe… vaya, que lástima.

-Pues será mejor que te des prisa. – Jeff asintió con la cabeza, pero no apartó su mirada de mí. Estaba nervioso. Sabía que algo no iba bien. Lo podía leer en mi cara.

-Te ha afectado. – sentenció. – Nunca te afecta nada, pero entre Guetti y ese Kurt, estás para el arrastre. Lo noto. Ese Kurt te ha afectado de una manera que en otra ocasión creería imposible. – yo no contesté, intentando aparentar indiferencia, como siempre. – Antes, te hubieras burlado de mí si te hubiera hablado de amor, pero ahora me has tomado en serio, incluso has intentado complacerme. Dime una cosa, Blaine… ¿Estás enamorado de ese Kurt? – ladeé la cabeza. La capa de indiferencia que sostenía con las manos desnudas empezó a temblar, pero de alguna manera, al recordar la voz temblorosa de Kurt por teléfono, logré mantenerla en pie encima de mis hombros. Miré a Jeff fijamente a los ojos, para que no sintiera duda alguna en mi voz.

-No estoy hecho para amar, Jeff. Estoy hecho para odiar. – Jeff bajó la cabeza. Si no fuera porque me costaba bastante captar el sufrimiento ajeno, pensaría que sentía lástima.

-Es una pena, entonces. Tú me rechazas y yo sufro, pero… cuando me paro a pensarlo, me doy cuenta de que es lo más hermoso que he podido llegar a sentir alguna vez.

-Me alegro por ti. – y lo decía en serio. Incluso sentí envidia hacia su persona. – Ahora vete, te están esperando. – Jeff asintió y me dio la espalda lentamente, empezando a andar. Yo le imité, pero en dirección contraria a la suya.

-¡Blaine! - le miré de reojo, de brazos cruzados frente a la verja del tranvía. Jeff sonreía, pero de verdad. Eran pocas las veces que alguno de nosotros sonreía de verdad y ahora que podía verlo con claridad, ver algo más que la parte llana y superficial de las personas que me rodeaban, lo aprecié y tuve que sonreír de la misma manera, algo feliz, si podía considerarse así. – Yo también te considero un auténtico amigo, pese a todo. – mi sonrisa se ensanchó y no tuve que obligarla a hacerlo, por primera vez en tres meses.

-Adiós Jeff. – le hice un gesto con la mano derecha en señal de despedida, volviendo a clavar los ojos en la verja del tranvía. – ¡Cuida de toda la pandilla por mí, es la última orden de tu Capitán!

Y salté la verja, cayendo de pie en plena vía de tren, que se acercaba a una velocidad pasmosa, iluminándome con los faros encendidos en plena cara.

-¡BLAINE! – el grito de terror de Jeff se extendió por encima del estruendo del tren. Me imaginé claramente su rostro sonriente volverse blanco como la cera y descomponerse en una mueca de pánico. Me hizo gracia, no pude evitarlo y mi sonrisa se hizo aún más firme cuando cerré los ojos esperando el final, la caricia que me llevaría al otro lado.

No sabía por qué, pero solo veía luz. Jum… irónico, cuando en toda mi vida lo único que habían visto mis ojos era la oscuridad más profunda y enloquecedora. ¿Por qué? Casi era capaz de tocarla con los dedos, pero ella se escapaba, huía de mí, asustada.

Extendí los brazos hacía ella, para recibirla, buscándola, suplicando porque no desapareciera su resplandor, tan cálido, tan apacible. Toda mi vida la había estado buscando y estaba ahí, tan cerca de mí.

Déjame tocarte, por favor, déjame rozarte, solo eso. Déjame sentirte. No, no te vayas… no te consumas. No me dejes solo otra vez.

Corrí, corrí hasta ella, buscándola entre la oscuridad que intentaba devorarme otra vez, envolverme para no dejarme ver su precioso resplandor.

Alargué la mano hacia ella, consumido por la desesperación y… la toqué. Acaricié su mejilla suave y ella alzó la cabeza de entre sus piernas, acurrucada y temblorosa en medio de tanta oscuridad. Me miró con los ojos más resplandecientes que había visto nunca, con su carita perfecta, los labios que había deseado probar tantas veces. No… no era la luz. Aunque brillara como el más puro de los ángeles, sin alas. Era mucho mejor que la luz. Era su preciosa estrella, era mi vida, era mi ángel de la muerte. Era mi precioso Muñeco.

Mi Kurt…

Me miró con ojos sorprendidos, como si jamás hubiera esperado encontrarme allí. Y lágrimas aún más resplandecientes empezaron a descender por su perfecto rostro de ángel.

"No llores. Estoy aquí, no llores Muñeco. No es divertido verte llorar."

Le dije, exactamente igual que aquella vez que se me hacía tan lejana, tan remota comparada con la hermosa escena que tenía frente a mí.

"Creía… que me odiabas… y que nunca volverías a por mí. Que me habías dejado solo, para siempre" Sollozó. Acaricié sus delicados hombros y él se levantó, estirando el cuerpo desnudo entre tenebrosidad, iluminándolo con su furtivo resplandor y sensualidad.

"¿Cómo iba a poder odiar a mi precioso Muñeco? Te he echado tanto de menos… y lo siento tanto… te he hecho tanto daño…" sus dedos volaron hasta posarse sobre mis labios, haciéndome callar, cerrar los ojos y disfrutar de su suave contacto, que me provocó chispazos de puro placer, pura felicidad y dicha. Sus manos acariciándome el cuerpo me iban a arrastrar hasta la locura más absoluta... Oh, dios mío… más, por favor…

"No quiero hablar de eso. Quiero tocarte, quiero abrazarte, quiero besarte, quiero hacer el amor contigo… ¿Puedo, mí amo?"

"Soy todo tuyo, Muñeco."

Sus manos temblorosas se ciñeron a mi cuerpo con miedo, descendiendo por mi mejilla hasta mi cuello, con una lentitud maravillosa, transmitiéndome tantos sentimientos que había creído sentir morir el día que me fui de su lado.

Su aliento chocó contra el mío, mientras sus manos jugueteaban con mi pecho desnudo, dibujando círculos con la yema de los dedos. Su cercanía me quemaba la piel, su aliento penetraba en mí como el único pilar capaz de sostenerme allí, frente a la perfección de mi ángel de la muerte.

Mis brazos se cerraron alrededor de su cintura, pasto de la tentación ante una criatura tan fascinante como él.

Me rodeó el cuello con los brazos después de acariciar mi pene con toda naturalidad, besándome la clavícula con sus labios y su cabeza quedó apoyada sobre mi hombro, suspirando contra mi cuello, repartiendo besos excitantes por la superficie de mi piel.

"Te he estado esperando, Blaine. Todas las noches… soñando con el amo de mis pesadillas. Soñando que me abrazabas, que me amabas, me hacías tuyo y luego me abandonabas, una y otra vez… ¿Tengo que estar muerto para poder estar contigo? Dímelo y me mataré mil veces." Sonreí, balanceándolo suavemente entre mis brazos, acariciando su pelo castaño, como la noche en la que nos fundíamos. Nunca había sido tan cariñoso con él y ahora me atrevía, lejos de todo, del mundo que me había visto crecer y me había rechazado como uno más. Y Kurt me había aceptado una y mil veces como parte de su mundo.

De repente, una desagradable sensación me recorrió la espalda, rompiendo el momento más hermoso de mi existencia. No quería separarme de mi Muñeco, pero esa sensación me agujereó el pecho como miles de agujas siendo clavadas en el órgano que había vuelto a la vida otra vez… o había muerto definitivamente, no lo sabía. Solo sabía que sentía dolor cuando no tenía que sentirlo y mi precioso Muñeco apartó su cabeza de mi hombro, mirándome con los ojos repletos de sufrimiento y desesperación. Apartó sus manos de mí cuerpo y las miró asustado, observando con las lágrimas aflorando otra vez de lo más profundo de su ser como sus brazos se cubrían de sangre, escurriéndose por sus muñecas hasta salpicar su perfecto cuerpo, haciéndolo aún más bello. Haciéndolo etéreo poco a poco.

Sentí la angustia envolverme con su lazo cegador al ver como mi vida, mi Kurt, mi estrella empezaba a desvanecerse entre mis brazos.

"No, no te vayas. No puedes irte, ¡Kurt, por favor!" sus lágrimas aumentaron. Sus manos ensangrentadas me acariciaron las mejillas a la vez que sus labios se apoyaban en los míos dulcemente, saboreándome, acariciándome con su cuerpo. Su pecho plano se unió al mío, haciéndome sentir su corazón latiendo despacio, muy despacio, como si estuviera luchando por salir de la oscuridad. Nuestros miembros se rozaron inevitablemente, haciéndome sentir cosquilleos de excitación. Kurt gimió en el interior de mi boca, saboreándome con su lengua por última vez, antes de separarse de mí, con las mejillas empapadas. Estaba tan pálido…

"Te quiero. Te quiero, Blaine, ¡Te quiero, ya lo sabes! ¡Me muero por ti, te quiero, quiero… quiero…!"

"No te vayas, Kurt, por favor. No te vayas, mi Muñeco. Yo… quiero estar contigo… tienes que estar conmigo, tienes que estar conmigo o me muero… yo…" el tacto frío, pero tan dulce de sus manos empezó a desvanecerse. Ya no lo sentía. Ya no sentía su cuerpo. Kurt… Kurt, por favor, mi Ángel, mi Príncipe, mi Muñeco… no…

"Di que sigo siendo tu Muñeco." Gimió, exasperado. "Dímelo, dime que soy tu Muñeco, ¡Dilo!" ya apenas veía su preciosa carita resplandeciente.

"Sigues siendo mi Muñeco. Eres mi Muñeco precioso, Kurt… mi Muñeco."

Y sonrió. Esa sonrisa tan bella que tenía, que me volvía loco, tan brillante. Bésame una vez más, mi Muñeco, por favor…

Y su cuerpo desapareció, esfumándose en las tinieblas en dónde me dejó solo, como si nunca hubiera estado allí, como si hubiera sido una cruel broma de mi subconsciente.

Mi luz se desvaneció, otra vez. Dejándome envuelto en la manta de oscuridad de la que nunca consigo salir del todo. ¿Por qué? Quiero salir de aquí para ir a por ti, mi Muñeco, pero no veo la salida. ¿Dónde estás? No me importa cómo, por qué… Soy un monstruo y él es mi luz. ¿Por qué tienen que quitármela, por qué? ¿Tan horrible soy? ¿Tan monstruoso que no merezco su luz?

Un demonio no merece a un ángel…

No, no lo merece.

De repente, algo tiró de mí con fuerza. Algo me embistió y la oscuridad se iluminó.

Pude ver un cielo encapotado, sentir un asfixiante dolor reventarme la espalda al chocar contra algo duro, rodar por el suelo y caer finalmente de espalda sobre él. Sentí el peso de un cuerpo encima de mí, asfixiándome. Una cabecita rubia. El estruendo del tren pasar a toda velocidad a mi lado. Y sangre… las mejillas empapadas… La sangre de Kurt y sus lágrimas, eso fue lo primero que pensé. Pero no. No era su sangre, ni tampoco sus lágrimas.

Acababa de salir la oscuridad más profunda de golpe, cuando pensé que jamás saldría de ella, que allí me pudriría para siempre… Pero al mirar el cielo nubloso y oscuro, tan propio de la noche encapotada de Westerville, deseé volver a ella…

No veía la diferencia.

Seguía estando muerto por dentro.

¡El viernes será el final del temporada!

Nos estamos leyendo, besos y abrazos!