― ¿Puedo pasar?
Marta se asomó por la puerta, dedicando una mirada hacia el despacho, recorriendo cada tramo de este para acabar encontrando a su abuela, la que parecía estar observando una fotografía. La adolescente tragó saliva, adentrándose en la habitación y cerrando la puerta tras de sí, dejando escapar además un suspiro de sus labios; y pese a que la mujer no emitió respuesta alguna, la morena supuso que su abuela no parecía conforme con lo que había presenciado en la casa.
―Aún me sigo fascinando con esa foto―se la tendió, tomándola la morena entre sus manos. Era una foto de ella, con cinco años, y su padre―. Los dos os parecéis mucho. Siempre he pensado que has heredado mucho de Alejandro.
―Papá es mucho más guapo…Leticia se parece más a él―le devolvió el marco, el cual Ana tomó para colocarlo en su lugar.
―Tú también eres guapa―aseguró la castaña, aunque poco quedaba de su hermoso cabello―; es una belleza distinta.
Marta se quedó en silencio, pensando detenidamente que eso era admitir que no era guapa, pero prefirió no comentar nada al respecto. Era consciente de que la mujer no parecía estar de buen humor, y lo que menos pretendía era que se ofuscase con ella. Nunca había mantenido una buena relación con ella, aunque eso no significaba que la quisiese. Al fin y al cabo, era su abuela, la que le hacía reír cuando discutía con sus amigas. Fue la que consiguió que se animase cuando discutió con Anastasia.
―Quería hablar contigo de lo que viste antes…―dejó escapar la menor, clavando sus ojos azules en los de la Rivas.
Esta se levantó de la silla sin apartar la vista del rostro de su nieta. Era cierto que conservaba ciertos rasgos de su madre, al igual que de su padre. Y para gracia suya, seguía con características de la familia García. De su abuelo, Alfonso, y de su tía abuela, Teresa. Era, sin lugar a dudas, una mezcla de toda la familia menos de ella, aunque eso no significaba que no poseyese nada suyo. Y es que, para su desgracia, su nieta era igual que ella en todos los aspectos. Todos. Y eso era lo que más temía.
―Sé lo que he visto, Marta; y no te creas que estoy enfadada contigo por eso.
― ¿Acaso no te sientes asqueada? No te preocupes, que mamá no se corta en decírmelo a la cara―bramó la García. Ana rio entre dientes. Era tan impetuosa como lo fueron Teresa y ella.
―No me siento asqueada. Sería muy irónico si fuera así―calló, permaneciendo en silencio durante unos segundos―. Me lo esperaba venir, pero…No quería que fuese así.
― ¿Así cómo?
―Con ella…En general. En todos los aspectos―señaló la mujer, sacando de la pitillera que estaba encima de la mesa un cigarrillo.
―Pensaba que te caía bien Anastasia.
―No me puede caer bien una chica que hace que mi nieta se sienta mal por ser quien es. Una muchacha que solo ha sabido jugar contigo, cariño. No me gusta nada de nada. Lo único que recuerdo de ella es que su amistad te consumía, y no quiero saber qué es lo que hará en una relación amorosa.
Marta sintió como su abuela había dado en un golpe bajo. Era cierto que con Anastasia no era del todo segura de sí misma, y que la poca confianza que tenía se minaba de vez en cuando ante comentarios de la castaña; pero ella no lo hacía adrede. Eso era lo que contaba. Que ella la quería, igual que la morena no podía dejar de sentir todo aquello que sentía en su interior. Era cierto que era una adolescente, y que sabía poco de la vida, pero se sentía bastante segura como para afirmar que amaba a Anastasia con cada centímetro de su piel. Estaba dispuesta a todo por ella. A todo.
―Anastasia me quiere. Y yo a ella. Nos queremos.
―Eres demasiado joven para conocer el amor, Marta. Demasiado joven.
―Tú te casaste joven con el abuelo―señaló.
La mujer clavó su mirada en las pupilas de su nieta. Sabía que esta no era consciente de toda la historia. De nada en absoluto. Solamente sabía que su abuelo había fallecido en un accidente de moto, pero nada más. Y eso era lo mejor, aunque no por eso pudo ocultar la sombra que se apoderó de su rostro, tornándolo para evitar que la menor se percatarse de que había tocado una parte del pasado que era difícil de sobrellevar. Nunca le resultó fácil a Ana Rivas recordar todo lo que se aconteció antes de la muerte de su marido; y aunque, con ayuda de su hijo y de Teresa logró recuperarse por completo, a veces, las heridas se abrían de nuevo.
―Y me arrepentí de haberlo hecho tan joven―prefirió evitar dar más detalles.
―Hay algo más―acertó de lleno―. No quieres admitir que te da asco lo que soy y…
― ¡No es eso! ―Exclamó su abuela, enfadada― ¿Crees que es fácil para mí saber lo que vas a sufrir, Marta?
La aludida se quedó desconcertada, comprendiendo al final todo. Y no pudo evitar compadecerse un poco de la mujer, que parecía estar conteniendo las lágrimas. Ahora lo entendía todo.
―Abuela…
―Cuando yo era joven, la gente como…Como tú acababa en la cárcel por esto; y aunque ahora las cosas están mejor, eso no quiere decir nada. La gente se meterá contigo, y te rechazarán por ser diferente… ¿Crees que quiero ver como mi nieta es insultada por esa panda de personas que no se atreven a vivir su vida? No quiero que acabes mal, cariño. No quiero que nadie te haga daño…Porque de lo peor que te podía pasar, esto―señaló hacia algún lugar, dando énfasis a las palabras―, se lleva la palma.
―Necesito ser como soy, abuela. Necesito ser yo y no esconderme. Necesito ser libre, y no seguir llorando todas las noches pensando que algo en mí está mal.
― ¿Estás dispuesta a que nadie te deje en paz? ¿De verdad estás lista para que te juzguen solamente porque te gusta una mujer?
―Es hora de enfrentarse al destino―afirmó Marta. Ana no pudo evitar verse a sí misma reflejada en la figura de su nieta―. Es lo que necesito. Igual que necesito tú apoyo en todo esto. Por favor…
―Yo siempre te querré, cariño. Siempre―contestó la castaña, sonriendo con cierta tristeza―, pero no estoy lista para ver como todos intentan hacerte daño. No estoy preparada para verte llorar. Porque sé que es lo que se siente al tener miedo, al igual que el querer tener la libertad que en verdad, por ahora, nadie de tu condición― "Ni de la mía" Pensó la mujer― posee. Lo siento.
Frannie se apartó, dudando si debía llamar. Se mordió el labio, carraspeando por un momento para, al final, dar al icono verde. Se removió nerviosa, clavando su mirada en el espejo, viendo a través de él como la policía se encargaba de vigilar la escena del crimen. Suspiró, esperando a que el tono de llamada diese positivo. Y no tardó en ser así.
― ¿Diga? ―La voz del otro lado de la línea le hizo sentirse segura y mejor. Sonrió un poco.
― ¿Emma? ―Quiso saber, aunque era consciente de que era ella.
― ¡Hola, pequeña! ―Saludó la pelirroja al otro lado, esbozando una pequeña sonrisa en el espejo.
Se encontraba en uno de los apartamentos que había conseguido en una ciudad cercana a la costa. Compartía piso con un compañero de piso, que era muy agradable, aunque era tan conquistador que muchas noches tenía que salir a dar una vuelta para dejarle a solas con su futura conquista. Pero así era feliz. Estaba lejos de todo y podía pensar con tranquilidad, acudiendo a terapia. Estaba todo controlado, y aunque Daniela seguía apareciendo, parecía que habían llegado a una especie de pacto.
―Hola…Te noto que hoy estás contenta.
―Sí que lo estoy…Pero más me ha alegrado tu llamada―aclaró la otra, dejando escapar un suspiro―. Pensé que me llamarías el sábado.
―Necesitaba hablar antes…Lo siento―susurró, percatándose de que, quizás, había metido la pata.
―No tienes por qué pedirme perdón. A mí también me apetecía hablar contigo―murmuró con tono bajo, sintiendo como su corazón se aceleraba un poco.
Había decidido hablar poco con la rubia para aclarar sus sentimientos respecto a ella, pero lo único que conseguía era confundirse más. No era capaz de saber con exactitud qué era lo que quería, y menos si se estaba enamorando de la menor, cosa que no pretendía ni mucho menos. La quería mucho, y era especial para ella, pero no estaba segura de desear una relación más profunda con ella, y menos si era la hermana de su ex novia y, todavía, gran amor de su vida.
― ¿Estás bien? ―Inquirió, percatándose de la respiración acelerada de Frannie― ¿Pequeña?
― ¿Desde cuándo soy pequeña?
―Desde que sé que te molesta mucho―afirmó, dedicándose a sí misma una sonrisa, como si así la fuese a recibir su amiga―; además, en el fondo, te gusta.
"Todo lo que venga de ti me gusta" Pensó la aludida, sonriendo, presintiendo que así se sentiría mejor. ¿Cómo lograba la pelirroja calmarla por completo? Dejó escapar un suspiro, acomodándose mejor en el suelo, abrazándose a sí misma.
―No me gusta…No soy pequeña. Soy una mujer hecha y derecha.
―Lo sé―aseguró la otra, dejando escapar una pequeña risa―, pero eres mi pequeña. Y siempre lo vas a ser.
― ¿Me lo prometes? ―Quiso saber, sintiendo de nuevo las lágrimas recorriendo su rostro.
Recordó la primera vez que su novio le pegó. Podía sentir aún su mano sobre su rostro, haciéndola retroceder con fiereza. La primera vez que le sintió de esa manera quiso morirse, aunque le justificó de manera estúpida. Ahora que acababa de presenciar esa muerte, era consciente de lo estúpida que había sido. ¿Y si le hubiese dado un ataque de rabia de tal calibre que ella hubiese acabado igual que ese muchacho? No quiso pensarlo, pero lo hizo, ahogando el sollozo como pudo. Solo necesitaba escuchar su voz, y no preocuparla más de la cuenta.
― ¿Estás bien? Me estoy empezando a preocupar.
―Estoy bien…―dejó escapar la aludida, sintiendo que todo tenía que mejorar de alguna manera u otra―. Es solo que te echo de menos. Y mucho.
―Yo también te echo de menos, Frannie―aseguró la pelirroja, intentando no llorar ella también. ¿Por qué era tan difícil actuar de manera adecuada?
―Me encantaría que estuvieses aquí, y que me abrazases. Y que me susurrases que todo estará bien…
La pelirroja sonrió, apenada, levantándose y mirando por la ventana. Fue capaz de tragar saliva, deslizando su mano por su espesa cabellera para poder evitar caer en la tentación de salir corriendo en busca de Fabray. Se estaba enloqueciendo al pensar que la chica estaba sufriendo, y esperaba que no fuese por su culpa.
― ¿Estás sentada?
―Sí…
―Imagínate que estoy allí; en frente tuyo―le ordenó. La chica le hizo caso, cerrando los ojos―. ¿Me ves?
―Te veo.
―Estoy sonriendo―le informó―. Llevo un vestido de los de verano, aunque haga frío. Es totalmente blanco, con estampados de fresas.
―Tarta de fresa―musitó, sonsacando una débil risa en la otra.
―Ahora me acerco a ti. Donde quiera que estés, yo me siento a tu lado. Y te atraigo a mí, abrazándote con fuerza. No te suelto. ¿Me sientes?
El corazón de la rubia se aceleró por completo, deseando que todo aquello fuese real. Necesitaba sentirla a su lado aunque fuese por unos segundos. Saber que ella estaba allí, a su lado. Que no estaba sola por completo. Que Emma siempre estaría a su lado, sucediera lo que sucediese.
―Te siento.
―Te acaricio la espalda. Y te beso la frente. Llevo colonia de bosque de frutas. Tu favorita, ¿no?
―Ajam―logró responder, aspirando con fuera―. No me sueltas, ¿verdad?
―No te suelto―aseguró la otra al otro lado de la línea.
―No me dejes caer―pidió, comenzando a llorar.
―Ahora te limpio las lágrimas, ¿de acuerdo? Porque no quiero que llores―susurró, abrazándose a sí misma―. Porque solo quiero que sonrías. Me acerco más, ¿vale? Y te aparto un mechón de tu cabello. Siempre me ha parecido que es precioso.
―Me gusta cuidarlo mucho.
―Lo sé―afirmó la otra, sonriendo un poco―. ¿Me sientes? ¿Sientes que te estoy apartando el cabello? Que no quiero que se moje con tus lágrimas.
― ¿Y ahora?
―Ahora…Ahora te susurro con voz frágil unas palabras. Unas que no quiero que olvides nunca, por favor.
― ¿Cuáles? ―Quiso saber la otra, dejando escapar un suspiro, como si de verdad estuviese sintiendo la respiración de la otra sobre su rostro.
―Si te caes, yo estaré ahí para cogerte…
Quinn sonrió un poco, cruzándose de brazos mientras que Finn se encontraba al lado de Rachel. La morena se preguntaba a sí misma como podía ser tan fácil para la rubia enfrentarse a situaciones como aquella. Estaba segura que si viviese algo similar, no podría enfrentarlo con toda la fortaleza que mostraba la mayor de las Fabray. El moreno clavó sus ojos negros en el rostro de la diva, sospesando si debería decirle algo para reconfortarla. Si para él era duro ver a uno de sus amigos muertos, se imaginaba que para Rachel no era nada fácil.
― ¿Estás bien, Rachel?
La aludida tornó sus ojos hacia el rostro del muchacho, sonriéndole y asintiendo, agradecida por su preocupación. Era cierto que estaba celosa de él, pero eso no quitaba para que le pudiese agradecer cosas como aquella, en la que el joven mostraba ese lado que en su momento le enamoró tanto. Pese a lo que dijesen los demás, Finn era una buena persona. Era de aquellas que te hacían sentir algo mejor contigo mismo, siempre que no metía la pata en el intento. Y ella sabía de lo que hablaba.
―Estoy bien…Bueno, más o menos―respondió, suspirando―. Gracias por preocuparte por mí, Finn.
―Eres mi amiga, Rachel…Claro que me preocupo por ti―aclaró el moreno, empujándola de manera amistosa con su cuerpo, consiguiendo que sonriese un poco―. A Quinn no le gustaría verte así.
―Lo sé…Es una buena amiga―confirmó la diva, frunciendo el ceño ante el gesto que mostraba el chico.
―Es una buena pareja―aclaró, sonriendo amistosamente a la morena―. Pese a que nuestro noviazgo fue un poco…raro, Quinn siempre mostró cierta preocupación en mí cuando la necesitaba. Siempre ha sabido preocuparse por la gente que le importa de verdad, Rach.
― ¿De qué hablas, Finn?
―No hay que ser muy listo para sumar dos y dos, y ver que suman cuatro―aclaró él, guiñándole un ojo a la joven.
― ¿Lo sabes?
― ¿El qué? ―Inquirió él, fingiendo no saber nada y queriendo desentenderse del asunto―. ¿Qué sé?
―Sabes lo que siento por Quinn―afirmó ella con seriedad, forzándole a que la mirase de nuevo―. ¿Cómo lo sabes?
―Si las miradas matasen, Rachel, creo que estaría bajo tierra desde hace dos horas―rio entre dientes, consiguiendo que ella se sonrojase por completo―. Me quería casa contigo, y solo eso quiero hacerlo con gente que conozco bien―bromeó él.
― ¿No estás molesto?
― ¿Debería?
―No, pero…
Él suspiró, levantando su rostro, pensando cómo explicarse. Era cierto que cuando empezó a sospechar sobre ello, le había dolido. Seguía queriéndola, pero había admitido desde hacía tiempo que los dos no estaban hechos el uno para el otro, y saber que ella tenía la oportunidad de ser feliz, hacía que él también lo fuese. De alguna manera u otra. Quería que la morena obtuviese todo aquello que desease, y no se iba a interponer en su camino. Nunca.
―Es cierto que, al principio, no me hizo mucha gracia―admitió, riendo―. Es decir… ¡Vamos! ¡Mis dos ex novias! Creo que pensé que era una broma del destino.
―Suena un poco irónico, la verdad―confesó la morena, entendiendo el punto de vista de Finn―, aunque te aseguro que nunca lo pensé de esa forma. Ni siquiera creía que iba a acabar sintiendo esto por Quinn, siendo francos.
―Lo sé―dijo el otro con una sonrisa―. Sé que el amor no se planea; por eso después lo acepté. Se nota que os habéis enamorado, y no soy quien para intentar romper vuestra relación o montar un escándalo por ello. Dejé de tener ese derecho hace mucho tiempo, Rachel. Y aunque lo tuviese, creo que no haría uso de él.
― ¿Por qué?
―Porque te quiero―musitó, seguro―. Nunca he dejado de hacerlo. Y quiero que seas feliz. ¿Sabes eso que dicen que es imposible ser feliz si la persona a la que amas no está a tu lado? Pues es mentira…Porque yo me siento feliz de que estés a su lado. Si lo estuviese al lado mío, o de cualquier otro al que no quisieses de la misma manera de la que quieres a Quinn, me sentiría mal porque no te lo mereces, Rachel.
―Suena muy bonito lo que dices, Finn.
―Tengo mis momentos―bromeó el moreno, dedicándole una sonrisa radiante―, y más si me siento así de inspirado…Creo que vivir donde vivo me hace sentir mejor de lo que ya me siento.
―Me alegro de que estés bien, Finn; y no sabes lo que significa para mí que me apoyes con esto. Aunque no te lo creas, yo también te quiero. Eres un amigo, alguien que fue muy importante en mi pasado, y que me gustaría que lo siguiese siendo en mi presente y futuro, si él quiere.
―Creo que para él sería un honor, señorita Berry.
Los dos rieron un poco. Rachel no pudo evitar abrazarse al cuerpo del chico, que parecía conmocionado. No esperaba esa reacción por parte de Finn, y eso demostraba la madurez que aparentaba el joven. ¿Dónde había quedado ese chico estúpido y tonto? Por primera vez en mucho tiempo, ella también se dio cuenta que él necesitó alejarse de ellos. Y que había conseguido ser lo que ahora era: un hombre maduro capaz de aceptarla tal y como era. Y se sintió bien. Extremadamente bien. Y más cuando pensaba que esa felicidad se la causaba esa rubia de ojos verdes llamada Quinn Fabray.
Nota de la autora: ¡Wow! Al fin posteo capítulo...Ummmm No me olvido de Emma. Ya dije que seguiría apareciendo de vez en cuando :3 En fin...Aquí os dejo disfrutando del buenazo de Finn :P
