Capítulo 36 – Mi Estrella
Se miró al espejo y vio su reflejo en él. Suspiró. Se encontraba tremendamente nervioso. Miró sus ojos grises reflejados en el espejo que tenía enfrente. Tenían un brillo especial, el nerviosismo era palpable en ellos; y también su mandíbula, que estaba bastante tensa. Se peinó el pelo con delicadeza, la situación requería estar impoluto. Se alejó del lugar y fue hacia su habitación, donde estaba su corbata, negra, perfectamente formal. Se la comenzó a colocar a la perfección, mientras veía el resultado final junto al traje negro que vestía y una camisa de tono gris claro. Su vida había cambiado, y mucho.
Quizá no como él hubiese imaginado, ni tampoco soñado en algunos aspectos, pero así era la realidad.
Habían pasado tres meses desde el final de la guerra. Sí. Harry Potter había vencido, al fin, a Lord Voldemort. Fue una lucha de poder, en la que el bien y el mal estaban en juego y fue su propia madre, Narcissa, la que ayudó a Harry en aquella situación engañándole a Voldemort. Tras ello, todo el mundo mágico lo festejó, él y su madre incluidos. Peor destino fue el que sufrió su padre y otros miembros del bando opuesto. Lucius Malfoy había llegado a la locura más extrema tras convivir junto a los dementores en la prisión de Azcaban. Otros mortifagos como los hermanos Carrow o Crabbe y Goyle fueron llevados a la prisión sin posible salida hasta la llegada de su muerte. Mortifagos más peligrosos, fueron condenados al beso del dementor. Otros como Bella Lastrange fueron asesinados. Al fin el mundo estaba libre de lacras sin escrúpulos en contra de la humanidad.
Notó como su barbilla temblaba al pensar en Bellatrix. Aquella malvada mujer le había hecho pasar el peor momento de su vida cuando ella misma, le arrebató la única persona que le hacía sentir vivo: Hermione Granger.
Todavía recordaba el temor que inundó su pecho cuando Hermione murió en sus brazos. Jamás en su vida, había notado un vacío tan enorme dentro de sí mismo. Sentía como si su vida terminase en el momento que ella se fuera del mundo, como si su vida solo tuviera sentido si la castaña estaba en ella. Sólo ella.
Gritó, pegó y lloró en aquel momento. Lloró mucho.
¿Cómo iba a poder sobrevivir él sin su sonrisa, sin esa compañía, sin su cariño constante hacia él?
Era la única persona, la única mujer en realidad, que le había hecho ver que él no era el ser despreciable que siempre le habían obligado a creer. Era un ser humano normal, que sentía, y en aquellos momentos lo único que sentía era un incesable dolor, sufrimiento, al pensar que nunca más podría volver a tocarla, a besarla, o simplemente a verla sonreír.
Su vida carecía de sentido. Miles de ideas pasaron por su cabeza. ¿Merecía la pena vivir sin ella? La desechó. Ella no hubiera querido eso, sólo deseaba que él fuera feliz, por encima de todo.
Hubiera dado su vida con tal de que ella no hubiera muerto. Todo. Absolutamente todo. Incluso aunque no fueran pareja, deseaba verla viva. Ya sea, incluso, con otro hombre. Pero al menos caminando por alguna calle llena de vida, de aquella magia que Hermione desprendía, tan característica.
Los ojos grises del rubio se humedecían al volver a notar aquella sensación.
En ese preciso instante sintió que nada más valdría la pena y que su vida nunca, jamás, estaría tan llena como en los días que Hermione formaba parte de ella. Era su vida, su única alegría. Y la Guerra Mágica se lo había arrebatado de la forma más despiadada. Ella había dado la vida por él. Por él. Suspiraba al pensarlo. Ella, un ser totalmente bueno, no podía derrochar su vida por alguien como él. Se sentía impotente por no haber evitado aquel fatídico suceso. De no ser por él, ella continuaría con vida, a su lado, feliz y alegrando la vida de los que la rodeaban.
Recordaba las risas de su tía Bellatrix cuando el cuerpo de Granger yacía en sus brazos, inconsciente. Tuvo durante varias semanas pesadillas con una imagen en la que aparecía la castaña, en sus brazos, con los ojos abiertos totalmente inexpresivos, sin movimiento ni vida. Nada. Temblaba al pensar aquello.
Pero si algo bueno pudo sacar de todo aquello, era que su vida, sin ella no tenía ningún sentido. Solo podía existir junto a la compañía de ella, y de lo contrario, prefería morir.
Si hace años le hubieran dicho que su vida, la vida de un Malfoy, no valdría la pena sin la presencia de la sabelotodo de Granger, se hubiera reído a carcajada limpia. Pero así era su vida ahora, y no se arrepentía. Gracias a ella había entendido, al fin, el significado de amar absolutamente, sin límites, a una persona. No podría enamorarse de alguien que no fuese como ella. Con esa sonrisa que iluminaba la estancia, aquella melena tan alborotada y tan sensual que le daba un toque de leona que tanto adoraba. Sus tiernas pecas alrededor de su nariz pequeña y algo respingona. Su boca, gruesa y rosada, invitándolo a besarla sin fin, acompañados de sus ojos de color avellana, que le transmitían todo lo que necesitaba dependiendo del momento. Su pecho aumentaba al pensar en todo ello y al sentir todo lo que la amaba.
Cuando comenzó a notar una fuerte opresión en el pecho, cuando su mente estaba empezando a ser consciente de que ella se iba, que le dejaba solo en el mundo, fue cuando su cabeza comenzó a desestabilizarse y se empezó a marear. Su cuerpo no podía asimilar tanto dolor, el hecho de pensar que tenía que enfrentarse al mundo sin estar de la mano de ella, lo hacía hundirse en la miseria. No era capaz. No sin ella, sin la luz que desprendía.
Solo fue capaz de salvarlo, incluso en esos momentos, ella. Sus ojos, antes inexpresivos, comenzaron a moverse, lentamente y sus dedos y extremidades también. Draco en aquellos momentos se incorporó a una velocidad de vértigo y se puso a chillar para que todo el mundo posible se acercara y ayudasen a la joven. Empezó a moverse, a una lentitud tortuosa para la ansiedad que estaba sufriendo el rubio. Sus músculos comenzaron a tensarse, mostrando que estaban ejercitándose para poder moverlos.
El joven rubio se quedó sin respiración durante unos instantes, queriendo saber qué ocurría. Su corazón comenzó a bombear con rapidez, emocionado ante la noticia de que quizá su Hermione no estaba muerta. Esperó sin paciencia, chillando a momentos, hasta que, de una manera absolutamente inesperada y ante los ojos de muchos magos, abrió sus hermosos ojos al completo.
Draco no le dio tiempo a reaccionar y la aprisionó contra sus brazos, apretándola, no dejándola escapar. Sin creerse en realidad qué estaba ocurriendo.
Notó los débiles brazos de ella agarrarse a su cuello, con delicadeza. La miró y vio que estaba algo confusa, sin entender que había pasado y por qué no había fallecido.
Horas más tarde se lo explicaron. La pareja, que había permanecido unida desde aquel instante, entendió que fue el Poder de la Luz de la joven castaña quien impidió su propia muerte. Ella se interpuso entre una maldición asesina y Draco Malfoy, su amor verdadero. Por ello, como el poder de la luz indica, al tratarse de un amor de verdad y del cual Hermione no dudó en arriesgar su vida, sin pensar en consecuencias, se desarrolla una especia de escudo protector, y ambos quedan salvados. Por lo que el hechizo rebota en quien lo lanza, asesinando así a Bellatrix Lastrange.
Hermione notaba los brazos de Draco sujetándola con firmeza, no dejándola ir en ningún momento. Se sintió absolutamente feliz. Sabía que quería estar con él y ahora tenía más claro que nunca que daría lo que fuera por estar con él, era lo que más podría desean y al fin, lo estaba consiguiendo.
La Guerra había tenido un buen final. Harry Potter acabó con Voldemort y se casó con Ginny Weasley. La familia de los pelirrojos festejó por todo lo alto la boda de los magos, fue un gran acontecimiento mágico de hecho, siempre recordando la memoria del fallecido Ron.
Desde la guerra, aquella pareja no se había vuelto a separar. Vivían en una casa en el centro de Londres que habían elegido días después del final. Habían tenido pequeñas discusiones a causa de la decoración pero al fin, habían conseguido un magnífico resultado.
Draco y Hermione fueron juntos a la boda. Poco a poco comenzaba a tener una más que cordial relación con Potter y el resto de la familia de los Weasley. Todo sea por la felicidad de ella. Sin embargo, siempre una sombra atravesaba sus ojos avellana cuando se ponía a pensar. Ron.
Hermione fue, acompañada por Draco, a verlo a su tumba tras la guerra. Notó como se sintió en paz cuando habló con él y sentía que estaba haciendo lo correcto. Lloró todo lo que necesitó para deshacerse del terrible sentimiento de culpabilidad que la embargaba por haber tenido que ser defendida por el pelirrojo. Gracias a Merlín, Draco estuvo junto a ella y todo fue más llevadero. Siempre le tendría en su corazón, a su hermano, a su mejor amigo, pero no podía dejar que aquél sentimiento de culpabilidad pudiera con ella. Le recordaba todos los días, a cada hora, sus gestos y sus comentarios, siempre graciosos. Aprendió a convivir con el dolor que provocaba su recuerdo, pero eso era mejor a olvidarse de él.
En la misma boda, como suelen decir, se creó otra boda. Draco, frente a todos, bajo un manto de estrellas, haciendo más romántica la situación, se puso de rodillas. Hermione le miró con cara de sorpresa, sonrojándose al instante, y escuchó la petición de mano del joven entre diminutas lágrimas de emoción que surcaban sus mejillas.
Aceptó agachándose junto a él y dándole un beso. No un beso cualquiera, un beso donde le entregaba toda su felicidad y amor, el que él le proporcionaba. Un beso con el que firmaban un compromiso para siempre.
Todo el mundo aplaudió emocionado ante aquel suceso, incluida Narcissa Malfoy, quien veía con buenos ojos a la pareja de su hijo. Nunca había visto tan sonriente a un Malfoy.
Narcisa Malfoy, tras declarar y no haber formado parte de ninguna misión que involucrara asesinatos, fue declarada inocente. En muchas ocasiones iba a visitar a su hijo y a su novia, quien poco a poco parecía aceptarla gustosa.
Draco se terminó de anudar la corbata. Estaba francamente nervioso. Era el día de su boda, con la mujer que amaba, y todos los invitados y la preparación de la boda estaba totalmente a su gusto. Pero un hormigueo no cesaba de atormentarle.
Habían preparado con exhaustividad cada detalle de la boda, haciéndola totalmente al gusto de ambos, mezclando y uniendo ambas personalidades. Lo que más nervioso le ponía no era casarse, al contrario, era ella. Su cabeza siempre pensaba en cómo ella, Hermione Granger, se había podido enamorar de él. No lo creería hasta que no la viera entrar por la puerta del Ministerio, allí se casaban. Habían decorado todo el lugar con flores y detalles granates y verdes, haciendo honor a sus orígenes del colegio. Sintió otro pequeño hormigueo al recordar toda su historia.
Comenzó de manera más absurda, con el deseo puro de adolescentes. Pero no quedó ahí, pasó a ser una historia emocionante llena de amor; su historia. No podía imaginársela más perfecta. Reía al pensar lo idiota que fue cuando apostó con sus amigos ligarse a la joven por una absurda equipación de Quidditch nueva, o cuando la intentaba poner celosa con Nicole Smith. ¡Qué recuerdos!
Cada situación había sido necesaria para crear aquella maravillosa boda, la boda perfecta, como él pensaba.
El día anterior la bruja le había confesado que estaba tremendamente nerviosa. Se mordía el labio al decirlo. Siempre lo hacía cuando estaba nerviosa. Añadía a que le daba vergüenza ser el centro de atención ante tantísima gente. Ahí tenía razón.
Había cientos de invitados. Narcissa tenía varios amigos con quien quería invitarlos a la boda de su único hijo, lo que la pareja aceptó sin problemas. Pero a ello debían de aumentar amigos de Hermione del mundo muggle, parientes y familiares, y también del mundo mágico. Además de compañeros de Draco y algunos pocos amigos como Blaise. Su querido amigo había caído en las redes del amor al igual que él, junto a nada más y nada menos que Luna Lovegood. Se veía venir. O al menos eso pensaba la pareja que iba a enlazar matrimonio. Se veían muy felices y eso era lo único que necesitaban saber.
En el otro extremo estaba Pansy, también invitada a la boda. Les había prometido a Hermione y a Draco que iría a su enlace, pero después se alejaría de Londres, necesitaba vivir su vida lejos del fantasma de Ron, y aquí no podría hacerlo. Intentaron por todos medios hacer que se quedara junto a ellos, alegando que ellos estaban ahí para lo que ella necesitara, pero la joven sólo contestó que necesitaba a Ron. Se quedaron callados ante esa frase.
La ayudaron a preparar su viaje y le pidieron que mantuviera el contacto con ellos, y que para lo que necesitara les tuviera en cuenta.
Llamaron a la puerta, debía de ser su madre que lo venía a buscar. Abrió la puerta. Así era, iba guapísima con un vestido gris y azul celeste, junto a una pamela también azul sobre su cabello. Le abrazó a su hijo, ya con lágrimas sobre sus ojos.
Se dirigieron a prisa al Ministerio, aun con un hormigueo incesante en su estómago. Hasta que no la viera pasear hasta llegar hasta él no creería que su sueño se estaba convirtiendo en realidad. Saludó a todos de manera muy fría, estaba demasiado nervioso como para cordialidades absurdas. Debía verla.
Pensó en llamarla pero sabía que aquello no era lo correcto, además sabía que no le gustaría a Granger.
Se preparó en su lugar, las doce y media del mediodía, era la hora. Y Hermione no aparecía. Pasaron minutos. Seguía sin aparecer. Se estaba impacientando demasiado, sus ojos no podían parar de moverse de un lugar a otro, buscándola, mientras intentaba controlar sus manos para no revolverse el cabello, nervioso.
Vio a Ginny Weasley y Harry Potter entrara a la sala, sonrientes. La pelirroja iba con lágrimas de emoción en el rostro. Suspiró, había venido. Vio como la gente se levantaba cuando una melodiosa música empezó a sonar. Era el momento. Iba a entrar.
Su cuerpo sintió un escalofrío de emoción. Lo que estuvo soñando durante más de un año se iba a cumplir. La mejor mujer que pudo soñar se iba a entregar en cuerpo y alma a él. Debía de agradecer a algún brujo su suerte.
Entonces, la vio.
Era imposible ir más guapa que aquella chica. Iba con un vestido blanco, muy sencillo. Tenía la parte del pecho más ceñida y se deslizaba con soltura por la cadera hasta llegar al suelo. Llevaba el pelo suelto, con unas suaves ondas marcadas sobre él, como si de un ángel se tratara. Sobre la cabeza y el cabello, llevaba una cinta con algunos cristales incrustados, parecía irreal. Estaba absolutamente radiante. Muchas mujeres estaban llorando en el salón al verla. Hermione caminaba del brazo de su padre, sin quitar sus ojos fijos del que sería su esposo para toda la vida. Se le notaba emocionada, y también algo nerviosa aunque aquello lo intentaba ocultar. Caminó con soltura, hasta llegar a su lado.
-Estás preciosa - le susurró él notando como ella se sonrojaba al escucharle. Nunca cambiaría.
Ginny la miraba llorando junto a Luna, que ambas tenían pañuelos en la mano, previniendo su reacción.
El Ministro de Magia comenzó a hablar, era el encargado de llevar a cabo la ceremonia. Sin embargo, la pareja lo quiso hacer más personal y había creado una especie de escrito, deseaban una boda única, una boda tan especial como lo que sentían.
-Draco Malfoy, es su turno – le instó el Ministro, con una sonrisa bonachona.
Respiró hondo. Era el momento. El momento que tanto había ansiado.
-Hermione, prometo no dejar de amarte ni quererte, protegerte y ayudarte en todo lo que esté en mi mano. No te aseguro no pasar malos momentos, pero sí que ésos pasarán, y volverá la luz que siempre nos ha iluminado. No tengo porqué buscar ninguna estrella más. Tú eres mi estrella, te quiero – dijo con voz pausada, sintiendo cada palabra que decía. Se escucharon varios suspiros de mujeres al escuchar aquello. Había sido precioso. Lo supo cuando se giró a mirarla y vio como sus ojos se humedecían mientras su boca ensanchaba una sonrisa.
-Draco, prometo seguir amándote siempre, darte calor y apoyarte en todo lo que esté en mi mano. No prometo no tener discusiones, pero sí que éstas pasaran y se mantendrá el amor que nos ha unido desde que nos dijimos más de cuatro palabras seguidas. Siempre te he querido y nunca voy a poder amar a otro ser más que te amo a ti, te quiero – dijo mirándolo a los ojos, dejando los nervios atrás conforme iba formulando su discurso. Le amaba tanto. No podría imaginarse una vida sin él.
El Ministro entonces habló.
-Sí no hay nadie que se oponga, con el poder que me han otorgado legítimamente, yo os declaro marido y mujer, puede besar a la novia señor Malfoy. Sean felices – dijo sonriente.
Draco se acercó a ella con pausa. Sus nervios habían quedado atrás. Había contraído matrimonio con la mujer perfecta, al menos para él. Su pecho estaba emocionado ante el hecho. No había podido sentir tanta felicidad ni en ocho vidas juntas. La miró sonreírle nerviosa, se agachó levemente, y selló con él la felicidad eterna junto a ella.
Se separaron y se sonrieron con amor. Toda la sala estalló en gritos y aplausos mientras él la abrazaba por la cintura. Decenas de invitados se acercaron a ellos alegres, felicitándoles por su enlace.
Llegó la hora del banquete y todos los invitados, dejaron de lado sus diferencias y se sentaron los unos con los otros en un ambiente muy relajado y cordial. Narcissa se acercó a la pareja, que no se separaba rebosante de felicidad, y les felicitó mientras se abrazaba a ellos, con lágrimas de emoción en el rostro. Se sentó la madre de Malfoy junto a los padres de Granger y otras personas, y entabló con ellos una amplia amistad que a todos dejó impresionados. Era francamente raro ver a un Malfoy acercarse con tanta afabilidad a un muggle.
Estaban todos felices disfrutando de una amplia velada, hasta que Potter, ilusionado se levantó ante todos, invitándoles a un brindis y comenzó a hablar. Hermione le miró sonriente, expectante por lo que iba a decir.
El joven con una cicatriz en la frente alzó la copa con soltura, y con una amplia sonrisa, miró a la pareja antes de hablar:
-Quiero dedicar un brindis al matrimonio de Draco Malfoy y Hermione Granger. Todos sabéis lo que esta chica significa en mi vida. Es mi pequeña hermana, además de mi mejor amiga. Todos sabréis que no aceptaba esta pareja, al contrario, me opuse; hasta que vi que la felicidad de ella estaba en mi enemigo del colegio, Draco Malfoy. ¡Casualidades de la vida! – dijo con una sonrisa, haciendo reír a la pareja de enamorados – Ahora resulta que veo tan feliz a mi amiga que me alegro de que Draco forme parte de mi familia, de la que es Hermione. Sé que es un día de felicidad, y así quiero que sea, pero me gustaría hacer un homenaje a nuestro otro hermano – Hermione asintió con los ojos brillantes, notando cómo su ahora marido, le agarraba de la mano, reconfortándola – al que nunca olvidaremos y le encantaría estar aquí disfrutando de este delicioso banquete – todos rieron – por Ron – dijo alzando su copa. Todos lo imitaron, bebiéndose el contenido y brindando por el difunto pelirrojo.
Comenzó un armonioso baile entre la pareja. Draco se había negado en incontables ocasiones, pero al ver la ilusión que ponía su mujer en ello, no le quedó más remedio que aceptar. Blaise y Luna se apuntaron a bailar con rapidez, para hacer pasar desapercibidos al matrimonio. Malfoy se lo agradeció mentalmente.
La velada pasó divertida y alegre, entre compañeros y familiares que, de verdad, se alegraban por la felicidad de aquella pareja. Ginny, en un momento, agarró el micrófono y comenzó a cantar varias canciones de las Brujas de Mackbeth, mientras sus compañeros del colegio la animaban con emoción.
Los padres de Hermione y otros familiares, se juntaron con la familia de los pelirrojos y entablaron una gran conversación sobre chistes y bromas sobre políticos. También estaban en la cena Ann, Daniel y todos los demás amigos del mundo muggle de la castaña. Bailaban junto a Parvati y Lavender y abrazaban siempre que podían a Hermione por haber encontrado la felicidad.
El tiempo pasó veloz y llegaron hasta alta horas de la madrugada mientras lo más jóvenes bailaban al ritmo de la música. Draco y Hermione se despidieron uno a uno de sus invitados, agradeciéndoles lo que habían hecho por ellos.
-Estáis invitados a casa cuando lo deseéis – le dijo una emocionada Ann a Hermione y a Draco. Lo cierto era que aquella joven tenía una estrecha relación con la castaña, por eso ambas amigas se pusieron a llorar ilusionadas. Era un momento muy especial para ambas. Era la boda de una, y la otra amiga sólo lloraba al ver la felicidad que había conseguido.
Se despidieron con un gran abrazo, al igual que de Ginny y Harry; quienes no dejaban de hacer planes con el nuevo matrimonio. Se alejaron, al fin, y se dirigieron sin separarse un milímetro a descansar. Pero aquello no estaba en los planes de Draco Malfoy. Alzó a Hermione sobre el suelo, chasqueó los dedos y se aparecieron en una lujosa habitación de hotel. La castaña miraba asombrada la estancia. Hacía calor. Desde luego no estaban en Londres.
Miró a su, ahora marido, expectante - ¿Dónde estamos?
Draco la sujetó de las manos, y con suma delicadeza la acercó a una ventana que daba a una amplia terraza. Hermione abrió la boca de la sorpresa. Desde ahí había unas vistas preciosas al mar y la arena de la playa estaba a escasos metros de ellos. Era inimaginable.
-Estamos en una paradisiaca isla africana.
Hermione se giró sobre sí misma y miró a Draco. ¿Podía existir mejor hombre que el suyo?
Le observó, estaba realmente atractivo con aquél traje negro y camisa gris, resaltando sus bellos ojos. Por la animada velada tenía el pelo más desordenado que a la mañana, per así era como le gustaba a ella. Se podía apreciar su musculoso cuerpo bajo su vestimenta. Se mordió el labio inferior al pensar en ello.
Draco Malfoy, quien había observado el recorrido que habían hecho los ojos de Hermione se acercó a ella, vanidoso.
-Me va a desgastar con la mirada, señora Malfoy – susurró en su oído, ocasionando un escalofrío a su esposa.
Ella rio. Con aquella risa que quitaba los sentidos al rubio.
Se acercó a él sensual. Acarició con sus manos su rostro, deteniéndose en cada recoveco de su piel mientras sus bocas se acercaban hasta fundirse en un suave beso.
-Te amo – dijo Hermione, sonriendo sobre los labios del rubio.
El joven respondió intensificando el beso. Comenzó a acariciar el cuerpo de su esposa sobre el vestido que portaba. Era absolutamente deliciosa.
-Eres perfecta Granger – susurró bromeando, adoraba llamarla por su apellido cuando estaban en ese tipo de situaciones – te amo – dijo mientras su traviesa mano le quitaba el vestido a Hermione, dejando sus perfectas curvas libres, impregnándolas de suaves mordidas y besos.
Ella se alejó de él, jugando. Se colocó encima suya mientras sus manos quitaban con habilidad la camisa de él, viendo los pectorales que asomaban por ella.
-Yo te amo más.
Draco suspiró ante aquella frase, la atrajo hacia sí mismo y la besó como nunca en la que iba a ser una de las mejores noches de sus vidas.
…
Hasta aquí el ultimo capitulo! Ya solo queda el epilogo. Muchisimas gracias por todo vuestro apoyo. Se que he sido algo irregular actualizando… pero bueno! Stop Donna. Que aun no es la despedida oficial. Espero que os haya gustado este capitulo, siempre he pensado que hacer el ultimo capitulo de una historia es muy, muy complicado. Y más esta, que es bastante larga, porque no se puede englobar todo lo que ha supuesto el fic en unas cuantas hojas. Espero de verdad que os haya gustado, y que hayais sentido cada emoción que he querido transmitir en estas líneas.
Muchisimas gracias, si deseáis saber el desenlace final, el epilogo, REVIEWS! Con unos poquitos me haréis feliz y publicaré… de acuerdo? Venga, dadme esa alegría! Jaja mil gracias por todo el apoyo y los animos que me dais! Sois geniales.
Os quiere,
Donna.
