Madre

-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! –gritaba la chiquilla sin parar de dar saltos sobre la cama de matrimonio. Uno, y otro, y otro sin cansarse.

-¿Qué, cielo?

Estaba amaneciendo. Los primeros rayos de sol se filtraban por la ventana a través de los sucios cristales de la habitación, pero siendo suficientes para iluminarlas pese a las nubes que cubrían el cielo y amenazaban con otra lluvia menos feroz que la del día anterior. Lo cual significaba, a ojos de negocios, que más de uno terminaría en su tienda para resguardarse y tomando una empanada caliente para sacar el frio que se colaba en los huesos.

Por eso, la Sra. Lovett ya se había puesto en marcha y, vestida con la ropa interior, se empolvaba las mejillas de blanco pálido. Frente al espejo del tocador, trataba de eliminar alguna que otra marca antigua y otras más recientes. Además, podía ver el reflejo de su hija dando botes de un lado a otro incansable, haciendo crujir el colchón bajo la fuerza del peso. Menos mal que estaban solas.

-¡Mírame, mamá!

Algunos polvitos revolotearon unos segundos cuando los soltó, dejando una leve marca sobre la superficie de la mesa.

Se giró justo a tiempo para ver como se abalanzaba a sus brazos, pudiendo ser capaz de cogerla al vuelo. Se tambaleó un poco y chocó contra el mueble, pero nadie salió herido.

-Menudo salto –la felicitó agarrándola bien mientras sentía como sus pequeñas uñas se clavaban en la semidesnuda piel de su espalda.

-¿Has visto, mami? –sonrió satisfecha tirando para que la volviese a dejar sobre la cama.

-Claro que sí. Ha sido fabuloso.

Nada más pisar el colchón saltaba de nuevo hacia el centro, alargando los brazos buscando tocar el techo, que quedaba demasiado lejos de su alcance.

La Sra. Lovett no conseguía explicarse como un cuerpecito tan pequeño podía tener tantas energías a esas horas de la mañana sin haber desayunado nada aún.

Rió suavemente y siguió a lo suyo. Se subió las medias y ajustó las ligas, apretó el corsé ocultando lo que le gustaría que no estuviera allí como signos de sus embarazos…

-Mamá, ¿cuando yo sea grande también llevaré corsé? –preguntó la pequeña entre jadeos acercándose esta vez andando-. ¿Y me pondré vestidos como tú?

-Por supuesto –le pellizcó la mejilla con cariño. Aún podía recordar cuando era una niña y deseaba ser mayor para poder vestir como una mujer y hacer cosas de mujeres como su propia madre hacía. Ahora, más bien prefería volver a tener cuatro años de nuevo, con menos preocupaciones. Las cosas eran un poco más sencillas entonces.

-¿Y seré bonita? ¿Y me casaré? ¿Tendré muchos hijos y seré una panadería famosa como tú, mami? –preguntó con ojitos ilusionados, apoyándosele en los hombros.

-Serás todo lo que tú desees, mi amor –susurró confidencialmente mientras se la comía con la mirada.

Cuando decía aquellas cosas se derretía y se olvidaba de todo lo que pasaba a su alrededor. Podía estar la casa ardiendo que sólo le importaba su sonrisa infantil y sincera. Sus tiernos halagos conseguían que se sintiese admirada y querida, cosa a la que no estaba demasiado acostumbrada.

-¡Viva! –exclamó volviendo a dar volteretas en la cama.

Era tan linda. A veces se preguntaba como una criaturita así de dulce podía haber salido de… bueno… de ellos.

En fin, era mejor poderse en marcha.

-Mamá, ¿qué te ha pasado?

-¿Pasado? Nada, cielo –contestó sin entenderla.

-Sí, mamá. Aquí –su diminuto dedito fue a parar a la parte posterior de su brazo izquierdo donde se extendía un feo moratón de considerable tamaño.

-Yo… eh… me di con el pico del aparador –sonrió quitándole importancia. Al fin de cuentas, no era mentira del todo. Cuando el Sr. Todd la golpeó, rebotó en el mueble haciéndose aquello- Anda, ¿por qué no te viste tú también?

-¡Vale! –quiso bajar de la cama de un salto pero dio un traspiés al tocar el suelo y casi se cae si no llega a agarrarse a la cuna de su hermano.

-¡Maggie! –exclamó horrorizada la Sra. Lovett creyendo ver como se hacía daño. Menos mal que finalmente salió ilesa, aunque con el corazón a mil por hora- ¿Estás bien? –preguntó preocupada mientras la ponía derecha.

-Sí, sí. Pero creo que Edward se ha despertado. Lo siento, mamá.

En efecto, el pequeño lloraba ante su desagradable buenos días.

La Sra. Lovett terminó de atarse las botas rápidamente antes de cogerle en brazos y consolarle con palabras tiernas. Maggie se sentó quieta al lado de ambos mientras observaba atentamente con sus grandes ojos como su hermano comenzaba a mamar con ansias, cesando el llanto al instante.

La paz reinó en la habitación donde solo se escuchaba el tragar y el sonido de tres respiraciones.

La puerta trasera se cerró y el suelo se mojó con la llegada de un empapado Sr. Todd.