Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera, tendría un mejor final, fufufu...
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Fantasy Fiction Estudios
presenta
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Proyecto Idavollr 2017 - 2018
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IDAVOLLR
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La guerra de los hijos del vacío
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Glitnir
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I
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La justicia no existe, es solo una palabra que sirve para consolar la consciencia de los más débiles cuando se impone la voluntad del conquistador.
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Barajó las cartas lentamente, dejándolas caer una a una en rápida sucesión mezclándolas con el grupo que tenía en la otra mano. Volvió a cortar el mazo en dos grupos y los apoyó sobre sus piernas, los dobló y con un suave movimiento de los dedos dejó caer las cartas una a una, muy velozmente, permitiendo que se mezclaran ambos montones. Luego los ordenó con las manos volviendo a formar un único mazo de cartas.
Un relámpago tronó en el exterior de la caverna, la lluvia golpeó con mayor violencia las rocas y los senderos ocultos en las salientes de las inhóspitas montañas, formando con su caudal pequeños riachuelos y caídas de agua entre las grietas de las empinadas pendientes. Alrededor de la fogata el mundo era distinto, un refugio de luz y calor que provocaba una amena sensación de comodidad. El universo y sus problemas quedaron afuera, también podían guardarse de los roles que todos esperaban ellos pudieran interpretar. Las máscaras de valor y confianza ya no eran necesarias.
Nabiki repartió las cartas, dejó el mazo en el pañuelo extendido que usaban de improvisada mesa frente a la fogata y tomó sus cartas extendiéndolas como un abanico frente a su rostro. Las miró e hizo un apenas notorio gesto de disgusto, que supo disimular muy bien con una calmada sonrisa, recobrando el resplandor juguetón de sus ojos.
—¿Juegas? —preguntó sin variar en lo más mínimo su tono alegre y dominante.
Rashell cruzaba las piernas en el suelo, con la espalda y los brazos envueltos en su larga capa de viajero, tras él su lanza descansaba en el piso de la caverna. Separó un poco sus cartas con una mano y con la otra se frotó el mentón ya cubierta por una muy fina capa de vello dorado. Levantó tan solo un poco los ojos, por sobre la línea de sus cartas, y la miró de manera intensa y posesiva. Entonces la recorrió completamente desde los pies hasta la cabeza. Nabiki estaba sentada sobre sus piernas juntas y dobladas hacia un lado con recato, descansando el peso de su cuerpo echándose sobre la mochila de viaje a su costado. También había envuelto su espalda en la capa de viaje, sentándose en ella y envolviendo a medias con sus bordes sus piernas desnudas, para no revelar más de lo que la prudencia demandaba, dado que únicamente vestía una suave prenda interior similar a un camisón corto de seda, ajustada a su cuidada figura. ¿Había sido esa manera de vestir, o desvestir, un accidente, un sutil descuido de parte de la chica, un ingenuo exceso de confianza o, quizás, un arma con la que intentaba tentarlo y así hacerlo perder la concentración? Rashell sonrió agradado, fuera una treta o no, nada le impediría disfrutar de ese pequeño placer, en especial cuando ella lo descubrió mirándole las piernas y casualmente se arregló el cabello con una mano, para al bajarla y dejarla descansar sobre su pierna pasó a llevar la capa, recogiéndola un poco más, revelando el inicio de la parte superior de sus muslos y la línea arrugada de su prenda íntima protegiendo como una última y débil fortaleza las delicias de sus secretos.
—Muy astuta —susurró el exmercenario, cerrando los ojos como si fuera víctima de un gran dolor. Apretó los dientes.
—¿Vas a jugar o no? —insistió Nabiki, inclinando un poco su cabeza con fingida pero muy convincente inocencia, dándole a su ya atractiva postura un aire todavía más encantador.
—Siempre jugando sucio —se quejó el joven dios de la muerte. Tomó tres cristales y los puso en el centro, junto a las cartas que esperaban boca abajo sobre la tela—. Pago dos cristales por jugar, ¿siempre usaste esta clase de artimañas?
—Oh, eso podría ofenderme dolorosamente —respondió Nabiki—. Pago tus dos y sumo dos cristales más. Podría creer que tratas de insinuar que he sido una chica fácil, de esas desvergonzadas que se aprovechaban de sus cuerpos para obtener lo que querían, como otras…
—¡Geez!, está bien, pago tus otros dos. No me malinterpretes, es solo curiosidad.
Nabiki se rio.
—No —respondió y esta vez fue honesta—, es la primera vez que hago algo así.
—Ya veo, así que normalmente recurrirías a otros para tus tretas, pues no acostumbras a actuar exponiéndote a ti misma en el frente de batalla.
—Muy objetivo y también un poco cruel —respondió Nabiki—, me haces ver mucho más fría y calculadora de lo que yo…
—¿De lo normal? —intervino Rashell.
—… Ah, ya comprendo —Nabiki, que por un momento se mostró contrariada, se calmó y volvió a sonreír—. Intentas hacerme enfadar para revelarte mi jugada —la chica tomó la primera de las cartas que estaban boca abajo en la tela y la giró, pudiendo ambos verla—, qué despiadado eres con una pobre novata como yo.
La carta revelada era una jota de corazones.
Rashell dio una rápida mirada a su mano y luego a la carta sobre la tela. Entrecerró un poco los ojos, pero los volvió a abrir con un gesto voraz al recorrer las piernas dobladas de Nabiki desde sus tobillos hasta las rodillas, luego subiendo por las rodillas hasta… que Nabiki lo detuvo mucho antes de lo deseado cubriéndose las piernas por completo con la capa.
—Está un poco fresco —dijo Nabiki mirándolo a los ojos con una leve sonrisa de burla.
—Sí, eso parece —respondió Rashell, haciendo el rostro hacia un costado y dando un suave resoplido—. Geez… ¿tienes que sacarte tanta ropa? Estamos a mitad de un viaje, en las montañas, no es prudente quedar medio desnuda, aunque sea para dormir.
—No estoy acostumbrada a salir de campamento como hacía Akane y Ranma, o tú. Soy una chica de ciudad y espero lo comprendas. ¿Quieres que duerma con las botas puestas?
Rashell dio una rápida mirada a un costado donde Nabiki había dejado sus prendas. Allí estaban las pequeñas botas de taco corto y detalles de plata, el abrigo doblado a un lado sobre el que estaba igualmente ordenado el elegante vestido de diplomática de Noatum y las medias negras que desde un principio el mercenario concluyó quedaban muy bien resaltando la figura de las piernas de esa endiablada chica. Sus ojos se abrieron un momento al ser tomado por sorpresa por la prenda que estaba también sobre las medias que antes no había visto: era un sostén de encaje de un coqueto color rosa en tonalidades pastel. Sin poder contenerse miró rápidamente a Nabiki. En ese momento la chica estudiaba sus cartas, inclinándose un poco hacia adelante con los bordes de la capa resbalando de sus hombros. Al hacerlo, la fina cinta de su camisón cayó del hombro colgando de su brazo. Nabiki quiso mirar otra vez la carta sobre la tela y se inclinó otro poco más, haciendo que el tímido escote de la prenda íntima se despegara de su piel y colgara revelando el inicio de los pujantes senos, desnudos, firmes, llenos de carácter como lo era ella, erizados por el aire frío de la caverna.
—¿Vas a seguir? —preguntó Nabiki.
Al alzar ella el rostro y mirarlo, lo descubrió mucho más concentrado en otra cosa que en el juego. Tarde ella se percató del real interés de ese hombre y se irguió recogiendo la cinta del camisón que ajustó muy bien sobre su hombro y se envolvió casi del todo con la capa. Tan rápida y torpe había sido en sus movimientos, que su reacción llena de pudo pareció ser auténtica; quizás había revelado mucho más de lo que planeó en un principio como un sencillo juego infantil, enrojeciendo levemente bajo el candor de la fogata que danzaba y cambiaba las tonalidades sobre sus rostros y cuerpos.
El joven Rashell recobró la sonrisa.
—Pago dos más —dijo como si nada hubiera sucedido.
Nabiki frunció el ceño. El rostro calmado e indiferente de Rashell de cierta manera la hizo sentir que había perdido un par de puntos en esa batalla. Se enfadó consigo misma y su infantil actuación.
—Pago tus dos y dos más —dijo Nabiki sin siquiera mirar sus cartas.
—Interesante. Bien, pago tus dos y sigamos, nunca se sabe lo que puede esperarnos al final de la partida —dijo Rashell.
Nabiki sonrió a medias.
—Sí, es posible, como dormir a la intemperie bajo una lluvia torrencial.
—Geez…
—Digamos que solo es una advertencia.
—Me parece increíble que en el fondo seas tan o más tímida que tus hermanas.
—¿Qué tratas de insinuar con eso?
—Nada, no me malinterpretes, solo que con lo osada que actúas en ocasiones, verte así, tímida y avergonzada, es como un delicado y exótico manjar.
—Disfrútalo mientras puedas —respondió Nabiki severa, otra vez sintiéndose inquieta, nerviosa y para su propio malestar, sin el control de la situación.
—Lo haré, no lo dudes —Rashell bajó las cartas y la miró detenidamente, con una dedicación que iba más allá de una ansiedad juvenil. Eran los ojos de un hombre madurado durante siglos y milenios, con una seguridad y fiereza que a Nabiki la hizo recordar lo pequeña que era en el universo, y lo apasionante que era sentir el vértigo de estar expuesta a un desafío mayor a cualquiera que hubiera podido aspirar tener en la Tierra—. Geez, después de todo la auténtica Nabiki es un fruto que está reservado únicamente para mí.
—No estés tan seguro —contestó Nabiki, evitándolo—. ¿Crees que caeré en esas tretas baratas?
—Nunca lo estoy —respondió Rashell—, jamás doy por sentada una victoria hasta el final. Por eso es que no le doy tregua a mis oponentes y se me conoce como un ser despiadado.
—La recomendación viene de demasiado cerca como para ser creíble —Nabiki alzó una ceja y lo volvió a encarar, otra vez dueña de sí misma.
Nabiki giró la segunda carta sobre la tela. Era tres de trébol. Rashell dio una mirada a sus cartas y notó que Nabiki también hizo lo mismo.
—Apuesto cinco cristales —dijo Rashell con seguridad tirando las piedras sobre la tela.
—Pago tus cinco —respondió con seguridad Nabiki.
—Geez, más vale que estés segura de lo que haces.
—Lo estoy —respondió la chica.
Dio vuelta la penúltima carta en la mesa. Era una reina de corazones.
—Apuesto cinco más —dijo Rashell con seguridad, tampoco mirando sus cartas sino con sus ojos puestos en los de Nabiki.
—Los igualo.
Nabiki lo desafió sin bajar los ojos, a pesar de que ese contacto la hacía enfrentarse a un ser como jamás encontró en su mundo. Enfrentarse a lo desconocido, a un rival a su altura o quizás superior, a un desafío más allá de sus límites, olvidándose del aturdimiento que la rutina de una vida sosa, rodeada de idiotas, le solía provocar. A ella no le importaban los peligros, incluso el jugarse en una gran apuesta cósmica el futuro de sus almas y de toda la existencia. ¿Era eso lo que siempre vivía su hermanita cuando se exponía al peligro junto a su bobo cuñado? Nabiki sonrió y sus mejillas se coloraron más, hasta sentir que la fiebre subía a su cabeza y sus piernas desnudas temblaban contra su voluntad, debiendo cerrarlas con fuerza para tratar de mantener su imagen de compostura e indiferencia. Habían caminado por días, evitado usar la magia para no llamar la atención de los enemigos del vacío, a los que temían más que un niño a lo desconocido en la oscuridad y durante ese tiempo sus conversaciones habían sido triviales, fútiles, sin ser capaces de pasar de la superficialidad que sus caracteres siempre jugando a las máscaras les imponían.
Porque tanto los había separado el destino que ella se acostumbró a manejar sus sentimientos como una cuestión secundaria ante el deber de mantener viva a su familia y luego a toda una ciudad. Apoyar a Akane, luchar contra el caos que producía el miedo, reconfortar a la siempre sonriente pero notoriamente nerviosa Kasumi, una mujer que no había nacido para esa clase de vida, y batallar en contra de la desesperanza en el corazón de la gente de Noatum. Finalmente era libre de esos forzosos deberes, esta era su libertad, su aventura, y no la de alguien más.
Ahora ella estaba sola con ese hombre, lejos de todo y de todos, en los rincones más desconocidos de un mundo muerto, rodeados de infinitos peligros y, a la vez, comprendiendo que para ella el mayor peligro siempre sería él.
Se sentía tan fuera de lugar, tan ella a la vez que siendo menos ella que nunca, en un rol que nunca fue el suyo, pero ahora deseaba por lo que le provocaba y porque no debía verle una vez más la espalda a ese hombre de mente milenaria, crueldad indiscutible y rostro juvenil. No, ya no se limitaría a nada y jugaría todas sus cartas porque este era su momento.
Era una sensación atemorizante y a la vez muy excitante, como estar de pie y descalza en el borde de un acantilado, sintiendo que su cuerpo se inclinaba hacia adelante contra su voluntad. Porque ese mismo cosquilleo inundaba ahora sus brazos y piernas, revolvía su vientre, le secaba la boca y cosquilleaba en lugares más profundos que los más íntimos de sus secretos y pensamientos. Después de todo, recordó para reírse de su propia y ridícula situación en ese momento, ella era todavía una adolescente más.
Sin dudarlo más, Nabiki giró la última carta sobre la tela. El rey de corazones hizo su aparición.
—Apuesto dos —dijo Rashell aumentando el pozo de cristales.
—Pago y sumo dos más —respondió Nabiki que ni siquiera había prestado atención a las cartas.
—Los igualo y sumo tres.
—Los pago y cinco más.
—Tus cinco y diez más.
—Tus diez y veinte más.
—¡Geez! ¡Pago por ver! —dijo Rashell con fuerza, deteniendo la acción con un tono de voz muy sugerente, sin quitarle los ojos de encima a Nabiki.
Ambos respiraban agitados, con los labios humedecidos y las bocas llenas de saliva.
—¿Por… ver? —preguntó Nabiki, torpe, confundida, como si por un momento se hubiera olvidado del juego.
Ella todo lo que veía en ese momento eran los ojos de ese maldito timador, sumergiéndose en ellos, en los de ese ladrón que se había quedado con lo más preciado para ella, algo que jamás había querido apostar en su vida ni mucho menos siquiera mostrarlo a otros; su corazón.
—Sí —dijo Rashell, seco y brusco.
Rashell dejó caer sus cartas y se paró soltando a la vez los broches de su capa. La capa cayó al suelo, seguida por las partes de la armadura que protegía su torso y hombros. Avanzó sobre Nabiki dejando caer también los protectores de sus antebrazos. De un rápido movimiento se arrancó la túnica que cubría su cuerpo y quedó con una camisa muy delgada, con la correa de cuero que ataba sus bordes superiores desatada mostrando el inicio de su pecho viril.
La capa con que Nabiki cubría su cuerpo cayó al suelo al querer retroceder en su temor, apoyando los codos, doblando una pierna sobre la otra en una última defensa de su recato, exponiéndose así con ese corto camisón que en nada defendía lo que quizás, en su inconsciente, había querido provocar en un principio. ¿Por qué otra razón habría ella permitido esa situación?
¿No era acaso la reina de las manipulaciones? ¿Su inteligencia no podía haber adivinado el resultado de sus acciones? ¿Serían sus sentimientos capaces de nublar su raciocinio y juicio estratégico?
No… No era posible. Entonces la respuesta vino a ella y se supo condenada, perdida y a la vez rescatada de la incertidumbre de no saber, por un pequeño momento, qué estaba sucediendo a su alrededor.
Ella, Nabiki Tendo, había sido víctima de su propia manipulación. Aún ella era capaz de chantajearse a sí misma y exponerse a ese resultado que por un lado temía, pero por el otro mucho más deseaba. En su interior sonrió, cuando en el exterior sus labios temblaban y sus ojos se humedecían de un temor tan delicioso como las emociones que antes perseguía para divertirse en el aburrido mundo que le tocó vivir.
Esa emoción estaba encarnada en la figura de Rashell, de pie ante ella y cruzado frente a la fogata, ensombreciéndola con su silueta, quemándola con el resplandor de sus ojos que la recorrían desde los pies desnudos hasta las rodillas, subiendo por la suave piel de los muslos hasta el borde del camisón que se enrollaba sobre la íntima prenda interior que ya se asomaba a los codiciosos ojos del exmercenario. Ojos que la quemaban como fuego y amenazaban como la ola de un tsunami antes de caer sobre ella.
Así él se desplomó ante su deseo contenido por tanto tiempo, atrás quedaron los planes y las supremas manipulaciones que costaron la existencia de muchos mundos. Atrás quedó Touni el inmortal. Allí Rashell cayó de rodillas a un costado de Nabiki y sin apartar sus ojos de ella, dejó que su mano se posara en esa pierna desnuda. Ella dejó escapar un quejido por lo fría que estaba la mano de ese hombre, pero el calor del deseo derritió toda palabra de protesta que quiso salir de su garganta y la dejó expuesta al capricho de ese ser superior. Sí, superior, milenario, sabio, cruel, determinado, no un niño inmaduro como tantos otros, sino un hombre que sabía lo que quería y que no daría pie atrás ni a sus palabras o sus acciones. Solo a ese ser ella había esperado, comprendía, perdonaba sus sombrías desapariciones y aceptaba todo de él.
Solo a ese ser, a ese hombre digo de ella, estaba dispuesto a entregar su orgullo y libertad. Aunque si bien su mente estaba decidida con un cálculo tan frío, su corazón se derretía sobre su cuerpo en ese momento de cera caliente y tembló sin poder obedecer a los deseos lógicos de su mente. Rashell la observó a su lado, subió su mano recorriendo toda esa pierna que tanto deseaba, ese pecado juvenil que nublaba todas sus milenarias preocupaciones haciéndolo vivir únicamente esa partícula de un presente dulce en medio de una infinidad de amargura, y la subió por la cadera amplia y la cintura ajustada, por el costado de ese torso pequeño, por sobre el brazo rozando casi por accidente, con la punta de los dedos, el seno apretado bajo el camisón de cúspides erizadas por la desnudez del cuerpo y del alma nunca antes expuesta. Deteniéndose apenas un momento para disfrutar de su desliz, ese hombre siguió subiendo la mano para acariciar el rostro de Nabiki, deslizar su pulgar por sobre los labios que antes se protegían en sonrisas sarcásticas, reescribiendo con un poco de brusquedad en ellos nuevos gestos, más honestos, acordes a las emociones que a ella la embargaban.
—No temas —dijo Rashell—, jamás te lastimaría.
Ella negó con la cabeza. No temía al dolor, tampoco a lo desconocido. Temía perderse a ella misma en un mar de emociones que superarían todo control que tardó años en construir sobre sí misma. Ese hombre iba a tirar una fortaleza que a ella le costó armar una vida. ¿Valdría la pena?
Ya era demasiado tarde para retroceder, alzar las defensas, levantar el pórtico o prender fuego a los puentes. Rashell, Touni, ese hombre, el conquistador, había alcanzado sus murallas y las derretía bajo el calor de sus dedos. Volvió a bajar la mano recorriendo la silueta de ese cuerpo pequeño, que descubría más tímido de lo que ella jamás hubiera aceptado reconocer, y deslizándolos sobre la electrizante piel de los muslos, la volvió a subir pero esta vez la introdujo bajo el borde del camisón.
—¡Ah! —Nabiki gimió presa del pánico, del miedo que le provocó tal sumisión y descontrol de sus sentidos, enfureciéndose con ella, con él, con todo y todos—. ¡No te atrevas a…!
Rashell la silenció con un beso, apoderándose de sus labios pequeños y de su voz. Nabiki abrió los ojos, resistiéndose apenas un momento antes de caer, cerrándolos, presa de los placeres experimentados y de la mano que la comenzó a recorrer por donde ella jamás imaginó podían trazarse los caminos.
Después de todo la gran Nabiki Tendo, la reina del hielo, era tan solo una niña con la edad apenas para ser considerada una mujer. Tímida y asustada, curiosa y llena de deseos contenidos bajo un manto de fríos cálculos y de escondidos celos por ver a otros vivir lo que ella siempre deseó para sí, pero temió en su mitad racional permitirse.
Conquistada y dejándose conquistar, fue privada de las últimas defensas de su arrogante orgullo y mezquina superioridad intelectual, de las últimas prendas que cayeron sobre la capa junto a los atuendos del exmercenario, que se encargó de guiarla a lo desconocido.
Esclavizada fue esa noche de los sentimientos y de los deseos de su cuerpo, que mientras más descubría, más hambrientos se tornaban, siendo alimentados por las caricias bruscas, pero conocedoras de lo que buscaban, de las manos callosas del dios de la muerte que la hizo sentir lo que era estar viva. Engañada por una sonrisa juvenil cayó en el embrujo de una mirada milenaria, de una sabiduría pérfida que mal ocultaba una ansia sufrida por siglos, que al volcarse sobre una pobre mortal la superaba hasta sentirse unida a un todo superior a lo que jamás pudo imaginar. No eran solo sus cuerpos, eran sus mentes, corazones, almas conectadas por la percepción espiritual. Era la esencia misma del señor de la luna negra de Vanaheim volcándose sobre ella, inundando sus secretos, avasallando su cuerpo pequeño y frágil con dolor, sangre… y placer. Era el cruel maquinador que un paso delante de ella le enseñaba nuevos caminos en el arte del control, guiándola a una dulce derrota que ella comenzó a exigir a gritos, renunciando al último atisbo de su infranqueable orgullo como una Tendo.
La hizo volverse ilógica, incoherente, débil y fuerte a la vez, satisfecha, un estado tan puro y demente en que todo pensamiento fue reemplazado por las más brutales sensaciones al ser inundada de felicidad.
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Las montañas se alzaban como dientes afilados, de pendientes recurvadas como si el valle fuera en realidad la hendidura perfecta de un ancestral cráter de proporciones kilométricas. El fondo del valle tenía algo de vegetación ya seca y quemada por la falta de energía en el universo. Un pequeño lago en una parta del valle era alimentado por las casi congeladas aguas de las vertientes que descendían por las montañas. No había nada más destacable en ese lugar.
Lo importante era lo que estaba en el cielo sobre el valle, a la misma altura de los picos más altos. La gran fortaleza y ciudad de Glitnir, aposentos del ermitaño dios Forseti de los aesirs, era como un disco levitando, cortado en seis secciones por murallas que iban desde el muro exterior que la rodeaba hasta unirse a la torre en el centro. La torre era tan alta como profunda, como una gigantesca aguja atravesando el disco, con su extremo inferior casi rozando el punto central del valle y la superior mezclándose con las primeras nubes.
Nabiki avanzó con seguridad tras la sorpresa inicial. Avanzó guiando al exmercenario, que se cubría la cabeza con una capucha y se mantenía en silencio marcando el paso con su lanza, por un sendero empedrado y en ruinas, como si no hubiera sido transitado en siglos. El sendero terminaba en una de las cúspides más altas que rodeaban al valle, con una plataforma de roca que se asomaba hacia el centro como un puente cortado.
La muchacha no dudó. Su rostro había palidecido por el aire frío y fuerte de las alturas, que hacía danzar el cabello castaño oscuro danzando. La capa danzó con violencia apenas cubriendo el elegante vestido corto de mangas amplias y diseño con líneas simétricas de estilo nórdico, revelando el encanto de sus piernas cubiertas por medias oscuras.
Tras la brisa Nabiki dio una rápida mirada hacia atrás por sobre su hombro.
Rashell, que tenía los ojos inclinados, seguramente en las piernas de la chica, los alzó y sonrió con picardía, antes de retomar su rol vaciando su rostro de toda emoción, como el más duro de los soldados. Ella no expresó ningún sentimiento, con la misma expresión fría con que lo miró volvió el rostro hacia adelante. Tomó aire llenando los pulmones.
Entonces alzó la voz con fuerza, haciendo eco en todo el valle vacío.
—Mi nombre es Nabiki Tendo, dignataria de la sagrada ciudad de Noatum y actual capital de Asgard. He sido enviada en nombre del consejo de los pueblos de Asgard para negociar con el último señor de los aesirs.
Por un largo tiempo no obtuvo respuesta. Nabiki se mantuvo firme, con el rostro invariable a pesar del poderoso aire de las alturas, frío como una espada, que agitaba su capa, cabellos y vestido. Ella se limitó a cruzar las manos por delante de su cuerpo, irguiendo la espalda con elegancia y fortaleza.
Finalmente se escuchó una voz poderosa que hizo retumbar las paredes del valle y los cimientos de Asgard. Parecía provenir de todas partes a la vez como el viento.
—¿Qué deseas tratar con Forseti, señor de Glitnir y último gobernador de los aesirs en Asgard, una insignificante mortal sin poder alguno como tú? ¿Cómo encontraste este sagrado lugar? ¿Con qué motivo esa tal ciudad de Noatum se adjudica el gobierno de Asgard sin el consentimiento de los aesirs?... ¡Habla antes de que la paciencia de Forseti se acabe!
Nabiki volvió a mirar a Rashell de reojo y notó que los ojos del joven resplandecieron con malicia. Ella sonrió y asintió, con una de esas sonrisas que rememoraron los días de paz cuando era una simple chica de preparatoria en una ciudad llamada Nerima. Entonces alzó el rostro y su sonrisa se tornó confiada y astuta. Y respondió hablando tan fuerte y firme como antes:
—¡He venido a exigir la rendición absoluta e incondicional de Glitnir!
El cielo tronó y la tierra tembló. El viento sopló con la fuerza de una tormenta. Pero nada atemorizó a Nabiki Tendo que se mantuvo firme y sonriendo.
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Continuará
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A los jueces de la historia de Asgard:
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Una nueva saga comienza y ahora protagonizada por quizás uno de los personajes más olvidados del fandom. Sí, es verdad que aparece en muchos fics, pero en muy pocos, salvo contados, ella es la protagonista absoluta e incluso la heroína. Espero disfruten este atisbo de lo que ha de venir. Si investigan quién era Forseti puede que se hagan una idea de lo que puede venir.
Saludo a todos los que me leen y comentan siempre, los leo con gran emoción y comento junto a Randuril sus palabras y teorías. Siento no poder citarlos a todos como debería pero el tiempo apremia, ya está terminado el último borrador de Cristales de Alta Tierra y nos encontramos en la etapa de la última lectura y diseño de portada.
Nos vemos la próxima semana con otro intrigante capítulo de Idavollr.
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Si quieren leer, en exclusiva, el primer capítulo de mi novela Cristales de Alta Tierra, visiten mi página (cambiando los paréntesis por el símbolo correspondiente):
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Nos vemos la próxima semana.
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Noham Theonaus
Espadachín mago de Idavollr
