Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regalo un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta retorcida historia.
ADVERTENCIA: El capitulo que van a leer contiene escenas explicitas de sexo. Si eres menor de edad, están advertidos. No me queda más que advertir que este penúltimo capítulo es uno que han estado esperando hace mucho tiempo. Un enorme agradecimiento a larosaderosas por su ayuda con este capítulo. No molesto mas, que lo disfruten!
Capitulo 33: Cuenta Regresiva
Canción del capítulo: Only you can love me this way – Keith Urban
"El amor no es una frase romántica, es una vida compartida que roza el dolor, el miedo y la felicidad, haciendo de nosotros seres humanos listos para recibirlo"
Anónimo
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Las temperaturas habían empezado a bajar considerablemente durante los últimos días en Chicago. Estábamos ya en la tercera semana de Noviembre y éste prometía ser un invierno difícil en la ciudad de los vientos.
Esa tarde, mientras caminaba de regreso al auto, me detuve en una pequeña cafetería y pedí un mocca para calentarme un poco. Debido a mi política de ahorro de combustible llevaba varios días sin encender la calefacción del auto y si no tomaba algo caliente y cargado iba a terminar congelado camino a casa.
Mientras disfrutaba de la bebida dentro de la cafetería dejé mi mirada vagar por unos minutos. Con algo de tristeza vi a mi auto estacionado muy cerca de allí con un pequeño letrero de "SE VENDE" pegado al vidrio trasero del mismo. Había tomado la dura decisión semanas atrás, si no conseguía una fuente mejor de dinero debía vender mi adorado Volvo y conseguir un auto un poco mas económico y así tener dinero para los primeros pagos de la casa.
No fue fácil decidir algo así, pensé en el dinero del fideicomiso que mi abuelo nos había dejado a Alice y a mí. No era mucho pero recordé que aquel fondo estaba destinado a nuestros estudios, mi parte estaba prácticamente intacta así que resolví dejar ese dinero para el fin que había sido destinado originalmente: para la educación pero esta vez no sería la mía sino la de Elizabeth.
Imaginé las mil y un formas de conseguir más dinero pero ninguna resultaba muy coherente así que resignado no me quedó de otra que poner en venta mi auto, era un mínimo sacrificio comparado con el enorme beneficio que eso traería: Tener a Bella y a Elizabeth tranquilas y junto a mí en casa. Muchas habían sido las llamadas recibidas preguntando por el valor del auto, pero pocas fueron las propuestas de compras. A pesar de lo negro del panorama no me desanimaba en lo absoluto, en algún momento aparecería un comprador, en algún momento habría aquella luz al final del túnel.
Esa tarde, al igual que los dos últimos miércoles, teníamos la clase de preparación al parto en el Centro St. Luke. Vi el reloj y me apresuré a salir de la cafetería para caminar hasta el auto. Aunque estaba con el tiempo suficiente para llegar a casa y recoger a Bella debía apurarme, no soportaba un segundo más alejado de mis amores. Ahora que estaban junto a mí, se habían convertido en mi droga favorita y alejarme de ellas era cada mañana más complicado.
Al llegar a casa y estacionar el Volvo en el garaje lateral, quité el pequeño letrero y lo guardé debajo del asiento, no quería que mi pequeña supiera lo que estaba pasando, no quería que ella se enterase de lo patético de mis finanzas. Ella podía tener el dinero para comprar no una, sino cientos de casas pero yo no iba a beneficiarme de algo que no era mío. Suficiente tenía con llevar en la conciencia haberle quitado un millón de dólares para callar a Tanya, algo que al final ni siquiera sirvió ya que terminó diciéndole la verdad y queriendo matarnos a todos esa espantosa tarde de Halloween.
Sacudí la cabeza para borrar todo recuerdo negativo mientras me dirigía al porche. Allí, sentada en una silla de mimbre y con un libro en sus manos me esperaba la única razón por la que toda locura, por la que todo sacrificio valía la pena: El amor de mi vida, la mamá de mi bebé, mi futura esposa... Isabella Swan.
Al verla olvidaba todos mis problemas, ellos simplemente se desvanecían con una sencilla sonrisa, desaparecían con un adorable sonrojo o se esfumaban con un suspiro que escapaba de su pecho cuando la aferraba a mi cuerpo al dormir cada noche.
Nuestra vida dentro de aquellas paredes se convirtió en lo más cercano a lo que un hombre puede esperar que sea la perfección de la felicidad. En aquellas dos semanas viviendo juntos, cada mañana al despertar llenaba su rostro de besos, hablábamos con nuestra bebé por unos minutos. Tomábamos una ducha juntos, nos acariciábamos bajo el agua caliente mientras nos pasábamos la esponja con jabón y ya cuando estábamos muy arrugaditos por estar mucho tiempo en el agua, bajábamos para preparar el desayuno para los dos.
Ella me decía exagerado, pero yo considero como cauteloso el hecho que no hay vuelto a la oficina a trabajar. Ángela iba todas las mañanas a casa y trabajaba con ella en su pequeño estudio. Al medio día Sue la visitaba y le preparaba el almuerzo y a la hora del crepúsculo ella se sentaba en el porche a esperar mi llegada. Esa tarde parecía un pequeño ángel, usaba un vestido blanco muy cómodo y su cabello estaba recogido en una sencilla trenza. Si existía alguna manera de que el cielo pudiera vivirse en tierra definitivamente yo lo estaba viviendo, en mi paraíso personal y junto a mi ángel.
Me quedé de pie en el jardín por varios minutos sin que ella lo notara, la vi morderse el labio unas cuantas veces y luego sonreía despreocupada mientras seguía su lectura.
– Sé que lleva un buen rato allí Sr. Cullen – dijo sin despegar sus ojos del libro – Se va a congelar si sigue allí, además que llegaremos tarde a la clase – Yo negué divertido mientras caminaba hasta el porche. ¿Cómo me había visto si en ningún momento levantó la mirada?
– ¿Cómo supiste que era yo? – le susurré mientras me agachaba y ponía mis manos en su pancita que cada día crecía un poquito más.
– Muy fácil – dejó el libro en su regazo y con sus manos acarició mi mejilla – Podría reconocer tu aroma incluso estando dormida – Yo le sonreí y ella respondió con otra sonrisa.
– No deberías estar aquí, hace mucho frio pequeña – tomé sus manos y dibujé pequeños círculos en el dorso de las mismas.
– Estoy bien Edward – me reprendió con dulzura – Además solo llevo unos minutos aquí, sabía que no demorabas en llegar y por eso salí.
– ¿Estás lista para irnos? – le pregunté y ella asintió. Me puse de pie y le extendí la mano para ayudarla a pararse. Dejó su libro en la silla y tomando su abrigo que estaba sobre el respaldar de la silla se puso de pie despacito. En cuanto se enderezó, me abrazó y escondió su cabeza en mi pecho. Yo solo respondí a su saludo y besé su cabello.
– ¿No me vas a dar mi besito de buenas tardes Sr. Regaños? – podría jurar que estaba haciendo un adorable puchero al escuchar el tono que usó al hablar. La alejé un poco de mí y comprobé mi teoría, su labio inferior estaba haciendo su famoso puchero. Yo sonreí y tomando su rostro entre mis manos la besé de manera delicada. Sus labios rellenitos rápidamente se apoderaron de los míos convirtiendo a éste en un beso urgente, demandante, feroz. Mi lengua pidió permiso para atacar su boca sin tregua, la invitación fue bien recibida y en pocos segundos más mi lengua disfrutó de aquel festín que era perderme en sus besos, lo sublime que era divagar en su embriagante aliento.
– Recuérdame preguntarle a la doctora si es normal que tenga las hormonas queriendo tener sexo las 24 horas al día – susurró sobre mis labios después de separarnos.
– Creo que es normal amor, y si no es así yo soy el bastardo más suertudo del mundo. Tener a la más hermosa mujer a mi lado y que esté dispuesta a hacer el amor todo el tiempo. ¿Qué más se puede pedir de la vida? ¡Esto es el paraíso!
– Pervertido – sonrió mientras abría los ojos y me dejaba ver sus hermosos ojos chocolate que brillaban felices.
– Si es a causa del embarazo que estás así, déjeme decirle futura Sra. Cullen que tendré que embarazarla más seguido.
– ¡Tonto! – Golpeó mi brazo mientras soltaba una carcajada – Será mejor que nos vayamos – Yo asentí y la tomé de la mano para llevarla al auto.
Esa tarde la clase fue hermosa, nos explicaron con un video los primeros síntomas del trabajo del parto, como detectar las primeras contracciones y la más común de las señales: la ruptura de fuente. En el salón con las luces apagadas mientras el video se proyectaba y yo aferraba a Bella a mi pecho, la sentí estremecerse.
– Eso… eso me da miedo – señaló la imagen. Era el inicio de un parto, los primeros pujos.
– ¿Miedo? – pregunté extrañado. Ella asintió.
– ¿Qué pasa si algo sale mal? – se volteó despacito y a pesar de lo escasa de luz pude ver que sus ojos estaban llenos de lágrimas.
– Mi amor, no va a salir nada mal. Yo voy a estar a tu lado, yo te voy a cuidar – besé su frente y la abracé con fuerza. Su cuerpo temblaba y unos leves sollozos abandonaron su pecho.
– No te alejes de mi Edward – susurró mientras se aferraba a mi camisa.
– Jamás… nunca más – le hablé al oído y dejé un nuevo beso en su sien.
Al terminar el video nos explicaron que el comportamiento de las mujeres en estado puede ser muy cambiante. Puede pasar de la felicidad absoluta a la tristeza extrema, puede sentir miedo o ansiedad a medida que la fecha de parto se aproximaba. Justo lo que ocurría con Bella.
Antes de irnos y mientras recogía los almohadones que habíamos usado para los ejercicios de relajación de hoy la vi acercarse a la Dra. Monaghan. Por su sonrisa traviesa fácilmente pude averiguar cuál era su consulta. ¡Sexo!
– Pequeña ninfa – sonreí en cuanto dejé los implementos en el lugar destinado para su almacenamiento. Me acerqué hasta ellas y en cuanto lo hice ambas se callaron… Sí, definitivamente era de sexo que hablaban porque Bella estaba imposiblemente sonrojada.
– ¿Nos vamos? – preguntó mi pequeña tomando mi mano. Yo asentí y salimos del centro St. Luke. La noche había caído en Chicago y la hora de la cena estaba cerca así que decidí que esa noche no comeríamos en casa sino en un lugar muy especial.
– ¿La Bella Italia? – susurró en cuanto aparqué el auto fuera del restaurant.
– Quería recordar nuestra primera cita – le respondí mientras la ayudaba a librarse de su cinturón de seguridad. Salí del auto y la abrí la puerta del auto para ayudarla a salir, pero al hacerlo ella me dio una mirada tan triste que me asustó.
– Amor ¿Qué ocurre? ¿No quieres comer aquí? Podemos ir a cualquier otro lugar… tu escoge, yo solo quiero…
– Está bien Edward…– dijo saliendo despacio del auto – Solo que recordé algo…
– ¿Qué recordaste pequeña? – acuné su rostro en mis manos y acaricié sus mejillas.
– Que esa noche yo arruiné la cena de compromiso aquí en este mismo lugar. Tu ibas a pedirme que me case contigo y lo arruiné todo – finalizó en un sollozo.
– Bella, mírame…– alcé su rostro y ella me miró de manera triste – No quiero escuchar nunca más que te culpes por lo que sucedió, que digas que arruinaste algo, o no se cuanta cosa pase por tu cabecita loca. Todo fue un enorme malentendido que empezó incluso antes que tú y yo naciéramos. Tenemos a nuestra bebé – puse una de mis manos en su pancita y la acaricié despacio – Te tengo a ti, y eso es lo que me importa ahora. El pasado es algo que no vamos a cambiar, pero está en nuestras manos el futuro y la felicidad que él nos puede traer. Así que no más reproches ¿Si? – la abracé con fuerza mientras ella asentía aferrada a mi pecho.
– Quiero fetuccini de mariscos bañados en salsa Alfredo – susurró un ratito después.
– ¿Estás segura que quieres cenar aquí? – ella asintió y tomó mi mano.
– Y de postre un brownie con mucha crema chantilly – le sonreí al ver la alegría con la que habló del postre – No me mires así tu bebé tiene hambre.
– Te amo…– le dije mientras le robaba un beso rápido y la llevaba a la entrada del restaurant.
Ella pidió además del fetuccini, una ensalada de vegetales y una coca cola con mucho hielo. Yo ordené un pescado en salsa de perejil, la misma ensalada y la acompañé de una copa de vino tinto. Hablamos un poco de nuestro día, ella me contó que la empresa iba muy bien y que estaba pensándose muy seriamente ofrecer el cargo de Vicepresidencia a Ángela. Yo por mi parte no tenía mucho que contar, estaba empezando a trabajar en un nuevo caso de fraude masivo a un banco y pasaba mucho tiempo enfrascado revisando códigos y procedimientos de seguridad tecnológica.
– Amor…– le hablé mientras ella saboreaba su postre – ¿De qué hablabas con la Dra. Monaghan? – Bella soltó la cucharilla y limpió sus labios con la servilleta.
– Le estaba preguntado sobre la frecuencia de las relaciones sexuales durante en el segundo trimestre de embarazo – dijo de manera fresca mientras daba un sorbo a su bebida. Mi quijada llegó hasta la mesa a causa del asombro. Ella volvió a tomar la cucharilla y se llevó un nuevo pedazo de postre a la boca, pero esta vez finalizó lamiendo la cucharilla de manera bastante provocadora – Probablemente al finalizar este trimestre deba considerar en bajar la intensidad mas no la frecuencia, pero que por ahora es normal que lo quiera hacer todos los días y todo momento. Mencionó que tiene beneficios para la relación entre los futuros papás ya que fortifica la unión emocional también a través de los cuerpos. Dijo además que para la futura mamá existe una gratificante sensación tras el acto sexual, que también percibe la bebé. El sexo podría ser incluso placentero para Elizabeth, ya que en el útero los pequeños están mejor oxigenados por el aumento de riego sanguíneo durante el orgasmo. Así que no solo disfrutamos nosotros sino que si hacemos el amor con frecuencia podemos tener una bebé más segura, tranquila y feliz. O eso dicen los estudios…– Sonrió de manera traviesa antes de darle una nueva lamida a su cucharilla – Así que… ¿Qué dices?… ¿Ayudamos a Elizabeth a ser una bebé feliz? – habló con picardía y tomó mi mano.
– ¿La cuenta por favor? – alcé mi otra mano y llamé a uno de los meseros. Bella me sonrió y se acercó despacito para dejar un beso en la comisura de mis labios – ¿Se podría dar prisa? – le gruñí al mesero en cuanto se acercó.
A pesar de que moría por llegar a casa y hacer el amor con Bella debía ser precavido y no conducir muy de prisa, ante todo la responsabilidad. La misma que se fue al caño en cuanto pusimos un pie en la casa, estábamos tan necesitados el uno del otro que ni siquiera queríamos llegar a nuestra habitación. Nos desgarramos la ropa con violencia mientras con besos urgentes nos dirigíamos hasta la sala. Nuestras manos nos se quedaban tranquilas, yo acariciaba y succionaba sus pechos mientras Bella pasaba sus manos por mi vientre bajo arañando con sus pequeñas uñas mi piel. Cuando supe que estaba lo suficientemente húmeda para recibirme la senté sobre el sofá y me aferré a sus muslos.
Aquella primera embestida provocó en Bella un gemido malditamente erótico, yo mordí su labio inferior y unos pocos segundos después empecé a embestirla. Recordé que debía controlarme para no hacerles daño, sabía que estaba siendo algo rudo con la fuerza con la que estaba enterrándome en ella pero la sensación de estar dentro del cuerpo de la mujer que tanto amaba a vez no me dejaba pensar claramente.
– ¿Estás bien? – mordí su cuello mientras la embestía.
– Sí… si… Más…más duro, más rápido… por favor mi amor – gimió con fuerza a mi oído. Un sonido ronco abandonó mi garganta cuando aceleré los movimientos de mis caderas. Sentí como las paredes de Bella empezaron a contraerse rápidamente así que bajé nuevamente el ritmo. Llevé una de mis manos su botoncito que acaricié con cuidado. Sus jadeos se volvieron incontenibles y varios grititos de placer me indicaban que ella estaba muy cerca.
– Te amo – le susurré cuando volví a embestirla con fuerza y acariciaba su clítoris con fervor.
– Edward – gritó cuando su orgasmo la golpeó. Yo la seguí muy de cerca corriéndome en su interior – Yo también te amo – me respondió en un susurro antes de besar mis labios.
Cuando nuestras respiraciones se ralentizaron, fuimos al dormitorio donde hicimos el amor por segunda vez. Bella no demoró en quedarse dormida, yo me aferré a su cuerpo poniendo mis manos en su pancita, mi hija parecía dormir también ya que no se sentía ningún movimiento en su pancita. Estuve un buen rato tratando de conciliar el sueño, aunque me sentía cansado no lograba pegar un ojo.
Cubriendo muy bien a mi pequeña con un edredón, salí de la cama y bajé en busca de algo de leche. Me senté en el desayunador de la cocina y dejé mi mirada divagar por la sala. A lo lejos distinguí la caja que había traido de mi departamento y donde había guardado ciertas cosas que según yo me ataban a mi pasado, un pasado que era mejor dejar atrás.
No recordaba muy bien que era exactamente lo que había guardado en la casa. Así que llevado por la curiosidad caminé hasta donde estaba la caja y la llevé a la cocina. La abrí con cuidado de no hacer mucho ruido y encontré algunas cosas no tan agradables. Muchas tarjetas con teléfonos de mujeres acompañados con marcas de besos de color carmín, un cuaderno donde apunté cada movimiento programado en el plan de hundir a la famosa Isabella Swan, algunas cajas de condones acompañados de recibos de hoteles.
Me sentí asqueado de todo lo que estaba en esa caja y decidí cerrarla, pero al hacerlo algo en el fondo de la misma llamó mi atención.
– No recordaba haber puesto esto aquí – dije cuando tomé en mis manos el pequeño joyero. Aquel joyero que fuera el detonante para que yo supiera la verdad de lo ocurrido con mi abuelo y Marie, nuevamente se mostraba intrigante. Lo abrí con cuidado y volví a ver aquella dolorosa carta que allí se guardaba.
"Regresé a la ciudad un mes después para enterarme que tú te habías casado con él y que estabas esperando un hijo. ¿Un hijo de Charlie Swan? Marie, ¡yo te amaba! ¿Cómo pudiste hacerme esto?"
– Nunca supiste la verdad abuelo – negué con tristeza y volví a guardar la carta. Mientras lo hacía noté que el pequeño joyero tenía un compartimento doble que se abría hacia abajo y a un lado. Con cuidado lo moví y en su interior había algo que me dejó sin poder articular palabra alguna.
– Es hermoso – susurré mientras lo sacaba de allí. Por más de 50 años un hermoso anillo de compromiso había estado oculto allí hasta que alguien lo encontrará. Y ese alguien había sido yo…
Lo admiré por un buen rato, el anillo era perfecto por donde se lo mire. A pesar de estar guardado tantos años mantenía su brillo y hermosura, era un anillo de tipo antiguo engastado de diamantes con delicados bordes de platino y piedras que abrazaban al diamante central. Noté que traía una pequeña notita atada al aro. La abrí con cuidado y leí:
Sr. Cullen:
Este es el anillo que usted pidió se diseñara para su novia Marie Morgan. Es Llamado Tiffany Legacy, y está inspirada en la época Eduardiana. Muchas felicidades por su compromiso…
– Era para Marie – susurré. Una idea relámpago cruzó por mi cabeza y dejando el anillo nuevamente en el joyero corrí hasta la habitación. En puntillas y cuidando de no despertar a mi pequeña que plácidamente dormía en nuestra cama tomé del fondo del vestidor la cajita donde guardaba el anillo que originalmente compré para Bella. Completamente a oscuras salí otra vez de la habitación y bajé a la cocina. Saqué ambos anillos y los dejé sobre la palma de mi mano.
– ¡Es increíble! – musité al ver que ambos anillos tenía exactamente la misma medida. La mano de Marie era igual a la de Bella por lo que aquel anillo también podía quedarle a Bella. Sonreí al imaginar a Bella usando este anillo, el anillo de promesa que mi abuelo había comprado para su abuela.
Guardé el anillo inicial en el joyero y cerré la caja. El nuevo anillo se fue conmigo a la habitación y lo guardé muy bien hasta que llegara el momento de pedirle oficialmente a Bella que fuese mi esposa. Me acosté junto a ella y estrechándola en mis brazos me quedé dormido, soñando con aquel día en que mi pequeña me diera el sí.
A la mañana siguiente y mientras desayunábamos viendo la tele, me fijé que el día de Acción de Gracias estaba a menos de una semana. Los grandes almacenes ya promocionaban sus ofertas y los pavos estaban listos para ser consumidos.
– Quiero celebrarlo aquí en casa. Quiero que vengan mis padres, Alice, Charlie, Billy y Sue…– le dije acariciando su cabello.
– Nuestro primer día de Acción de Gracias juntos – susurró con una sonrisa que iluminó su rostro.
– El primero de muchos en familia… con mi familia – toqué su vientre y Elizabeth me regaló una patadita.
Bella dijo que no había problema en traer a Charlie, Sue y Billy con nosotros. Ellos son parte de su familia y ella también quería pasar con ellos. Mis padres tampoco rechazarían la invitación, el año anterior les hice el desplante y cenaron los tres sin mí.
Entre las clases de parto de Bella, la ausencia de todo comprador de mi auto, las compras en el supermercado para la cena de ese jueves, y el estreno oficial de cada rincón de nuestra casa a excepción del cuarto de Elizabeth como "un lugar propicio para hacer el amor" esa semana prácticamente pasó volando. Esa tarde mientras estaba trabajando en el mismo caso de hace un mes, sentí los pasos de Emmett acercarse a mi despacho.
– No sé cómo lo soportas – bufó mientras se sentaba en uno de los sillones. Fruncí el ceño confundido y me acerqué a él.
– Como soporto… ¿Qué cosa Emmett? – pregunté dejándome caer en el sillón frente a él.
– Llora todo el tiempo, a veces esta muy feliz y otras veces ni ella se aguanta el mal humor. Y anoche a las 4 am me pidió un sándwich de pescado con papas fritas – masculló cruzando los brazos sobre su pecho.
– ¿Hablamos de Rosalie? – el asintió – ¿Qué pasa con ella?
– Yo no lo sabía, y ella tampoco. Pensó que era estrés pero después de varias semanas empezó a sentirse mal. Dormía todo el tiempo y estaba muy sensible. Fuimos al doctor hace una semana… ¿El diagnóstico?
– Embarazo – me adelanté en su respuesta – Emmett… ¡Vas a ser papá! – Emmett sonrió y sus graciosos hoyuelos asomaron en sus mejillas – ¡Felicidades hermano…! – palmeé su espalda.
– ¡Aun no lo puedo creer…! – Comentó alegre – No esperábamos tener familia tan pronto. Nos casamos en abril recién y yo… ¡Esto es de locos! Vomita todo el tiempo… y yo junto a ella. ¿Cómo has logrado sobrevivir a esto? ¿Cómo lo lleva Bella? – me preguntó rápidamente.
– Al inicio fue duro para ella, y con lo que pasó entre nosotros fue incluso peor. Pero de a poco va mejorando todo, siente menos nauseas, come mejor y…– tuve que morderme la lengua para no decir "Y sus hormonas nos tienen felices a ambos" – duerme bastante bien. Solo dale tiempo Emmett, vive la experiencia que es realmente maravillosa – finalicé con una sonrisa.
Estuvimos hablando cerca de una hora más, no podíamos creer que los conquistadores de Harvard estarían en pocos meses cambiando pañales, y dando biberones. Esa noche y para celebrar la noticia los Hale habían hecho una cena en casa de Rosalie y a donde se reunirán Rose con sus padres y Emmett además de Jasper y su nueva flamante novia: Alice Cullen.
Llegué a casa y un aroma delicioso me invadió, provenía de la cocina donde también se escuchaban risas. Al acercarme pude notar que Bella no estaba sola, mi mamá estaba con ella.
– ¡Hijo! – Canturreó alegre mi madre – El pavo esta en el horno y la mezclada del pastel de calabaza estará lista en un rato más. Me acerqué hasta la cocina y luego de besar la cabeza de mamá, abracé a mi Bella y le di uno de aquellos besos que robaban su aliento, de ellos con los que ella había robado mi corazón.
– Hola amor – susurró algo aturdida sobre mis labios.
– Buenas tardes mis mujeres bellas – me agaché un poco y besé su vientre – ¿Cómo está mi pequeña reina Elizabeth?
– Hoy ha estado demasiado inquieta. Creo que también quiere celebrar con nosotros este día – me habló entre risas debido a las cosquillas que mis labios provocaban en su pancita. Me puse de pie y rodeándola con mis brazos la acerqué a mí, ella recostó su cabeza en mi pecho y suspiró satisfecha.
– Decidí pasar por acá a ayudar a Bella con la cena – habló mamá interrumpiendo nuestro minuto feliz – Carlisle sale de guardia en unas horas y me aburrió estar sola en casa. Así que viene a hacer el pastel y a hablar con Bella.
– ¿A hablar con mi Bella? – pregunté confundido. Mi pequeña asintió despacito.
– Yo se que aún faltan unos meses más pero es mejor empezar en lo básico… ¡Cambiar un pañal! – comentó divertida mi madre. Quise reprimir la risa pero no pude, recibí en respuesta un codazo de parte de Bella.
– No te burles… – dijo entre risas – Podría apostar que tu tampoco has cambiado un pañal en tu vida.
– De hecho no – habló mamá – Cuando debía cambiar el pañal de Alice, Edward huía despavorido de la habitación – Bella soltó una carcajada y yo me sonrojé.
– Creo que aprenderemos juntos… O es eso o Elizabeth andará todo el tiempo sin pañal – bromeé con ellas.
– ¡Tonto! – dijo antes de soltar otra risa de manera espontánea.
Mamá no tardó en irse, la cena quedó lista y solo quedaba alistarnos para recibirlos a todos a las 8 p.m. Como buenos ciudadanos del mundo decidimos tomar la ducha juntos para ahorrar agua y contribuir a un mundo mejor. ¡Mala idea! Un par de caricias fueron necesarias para estar completamente excitados y listos para hacer el amor. Con cuidado y de manera muy amorosa la hice mía esa noche de Acción de Gracias. Su acto de entrega era una de las cosas por la que yo estaba agradecido. Mi pequeña Bella, su cuerpo, su corazón, y el maravilloso milagro que crecía en su vientre era definitivamente mi razón de dar las gracias esta noche.
Acallé sus gemidos con mis besos, con mis manos acaricié cada curva de su cuerpo mientras la embestía con la pared de la ducha. Me aferré con fuerza a su cuerpo cuando la sentí tensarse, mi liberación también estaba cerca por lo que solo bastaron tres certeras estocadas para venirme en su interior.
– Feliz día de Acción de Gracias… gracias por hacerme tan feliz Edward – dijo con sus ojos cerrados y una sonrisa en su labios.
– Feliz día pequeña mía, gracias a ti por amarme tanto… por darme una hija…y por hacerme inmensamente feliz – susurré sobre sus labios mientras salía de ella y la abrazaba bajo el chorro de agua fría.
Salimos de la ducha unos pocos minutos después. Me vestí rápidamente con una Hermes azul y un pantalón negro YSL. Peiné como pude mis desordenados cabellos aun sabiendo que no demorarían ni treinta minutos en volverse un caos, algo de perfume y estaba listo. En cambio mi pequeña seguía sentada sobre la cama en sus pequeñas braguitas y sus pechos desnudos mientras arreglaba sus rizos en pequeños bucles. Me senté junto a mi pequeña y ella acarició mi mejilla. Yo cerré mis ojos un segundo y sonreí ante lo delicado de su toque, levanté mi mano y toqué sus labios. Ella los besó delicadamente y sonrió. Me acerqué un poco más a ella y me agaché a dejar un beso en mi pequeña peca traviesa. Ella suspiró con fuerza...
– Si seguimos así vamos a tener que cenar aquí arriba y dejar a todos cenando solos allá abajo – susurré – Será mejor que bajé a revisar todo. Te veo abajo mi pequeña.
– Bajo en unos minutos más – me sonrió y siguió acomodando su cabello – ¡Oh Edward! – Me llamó antes de salir de la habitación, yo volteé rápidamente – Ya sé que otro nombre quiero para Elizabeth.
– ¿Ah sí? – Pregunté – ¿Puedo saber cuál es? – Ella negó – ¡Cuando nazca te lo digo! – dijo entre risitas mientras abrochaba su sujetador.
– ¡Tramposa! Sabes que te amo ¿No? – Ella asintió y se bajó de la cama para terminar de vestirse. Yo sonreí y salí de la habitación. Bajé a chequear que el pastel se terminara de hornear y me senté en la sala a esperar.
La chimenea estaba prendida, sobre ella las fotos de mi pequeña y mi bebé. Me fijé con cuidado en la última, mi chiquitita cuando apenas era un pequeño botoncito. Ahora, meses después, faltaba poco para conocer a mi hija, averiguar el color de su cabello y de sus ojos, admirar la perfección de sus gestos. Eran apenas semanas lo que nos quedaban a Bella y a mí para sostenerla en brazos después de tan difícil camino recorrido.
– Un dólar por los pensamientos del hermoso abogado Edward Cullen – susurró a mi oído mi pequeña mientras me abrazaba por la espalda.
– Estaba pensando en nuestra bebé – le respondí bajito.
– ¿Oh si? – preguntó mientras rodeaba el sofá y se sentaba junto a mí. Ella usaba un vestido de color fucsia de seda que se pegaba a su cuerpo y a la hermosa redondez de su vientre. Al costado tenía una cinta que envolvía su cintura entallando así sus pechos. "Perfecta… simplemente perfecta" pensé.
– Ya la quiero conocer – le dije mientras la abrazaba y ella hundía su cabeza en mi pecho – Ya la quiero ver caminar y también la quiero escuchar sonreír, que su risa llene cada rincón de esta casa, que caliente cada rincón de mi corazón.
– ¡Oh Edward! – Suspiró mi pequeña – Yo también la quiero ver, pero ya falta poco… – yo asentí. Nos quedamos abrazados por largo rato, por rato robaba besos cortos de sus labios y acariciaba sus mejillas.
Unos minutos después escuchamos un auto entrar al garaje de la casa, por el sonido del motor supuse que era el auto en el que Billy traía a Charlie y Sue. Nos levantamos enseguida y con nuestras manos entrelazadas fuimos hasta la puerta a confirmar mi teoría.
– ¡Papá! – saludó efusivamente mi pequeña a su padre soltando mi mano y caminando hasta el jardín. Charlie había progresado bastante estas últimas semanas, ya no usaba una silla de ruedas sino que se apoyaba en un caminador asido por Sue y sus palabras se escuchaban ahora con más claridad.
– Te ves…hermosa hija – dijo Charlie mientras la abrazaba – Tienes una casa…muy linda.
– Y debes verla por dentro – comentó orgullosa Bella. La vi voltearse y darme una sonrisa – Edward hizo un gran trabajo. Vamos, vamos… hace mucho frío aquí afuera.
Nos disponíamos a entrar cuando escuché la voz de mi madre desde la entrada del jardín.
– ¿Llegamos a tiempo? – habló con una sonrisa.
– Hola mamá – volví del porche al jardín para abrazarla. Mi padre que estaba junto a ella palmeó mi espalda.
– Esme no se equivocó. Es una casa muy bonita hijo – comentó orgulloso.
– Yo nunca me equivoco Carlisle – comentó orgullosa mamá – ¡Bella! ¡Pero si te ves muy linda! – dijo mi madre al ver a mi pequeña de pie en el porche. Sue, Billy y Charlie ya estaban adentro.
– Bienvenidos a nuestra casa – susurró Bella mientras pasaba una mano por su vientre. Yo me acerqué a ella a pasos agigantados y la abracé. Sus ojos chocolates brillaron felices y posé una mano en su pancita. Elizabeth se movía con fuerza y pateó un par de veces – Creo que tiene hambre – dijo con una sonrisa.
– Entonces no la hagamos esperar más. Es hora de cenar.
La mesa estuvo puesta unos minutos después. A pesar de mi negativa inicial a que Bella participara activamente, un solo gruñido bastó para saber que ella no me haría caso así que entre Sue, mi madre y mi pequeña sirvieron todo el festín. Pavo, ensaladas de todo tipo, vegetales, y hasta el famoso pastel de calabaza estabas listos sobre la mesa.
– Quiero agradecer a todos por haber venido esta noche – tomé la mano de Bella que se sentó junto a mí – Es muy importante para nosotros que nos acompañen y celebren con nosotros este día. El día de dar gracias por todo lo que tenemos.
– Yo quiero dar las gracias – habló Sue rápidamente. Me sorprendió escucharla hablar ya que Sue era una persona muy callada y tranquila. Todos volteamos a ver, ella solo sonrío – Quiero dar las gracias por un año diferente. A pesar del dolor de la pérdida de su madre, y todo lo que pasó con su padre, quiero dar las gracias por tener frente a mí a mi niña Bella. Ella es una luchadora, que no se dejó vencer, que encontró el amor, que conoció también el dolor pero que salió adelante. Quiero dar las gracias por su fortaleza y porque jamás se rindió – Volteé a ver a Bella quien tenía los ojos llenos de lágrimas, apreté su mano y le sonreí. Ella se puso rápidamente de pie y fue hasta donde estaba Sue y la abrazó. Estuvieron mucho rato así, llorando y sonriendo mientras se susurraban cosas al oído.
– Yo también quiero dar gracias – habló mi padre. Bella regresó a su silla y tomó mi mano – Quiero dar gracias por la maravillosa familia que tengo. Esme, mi esposa que con su amor y paciencia es la base de mi hogar. Por Alice y su increíble sentido de positivismo en la vida, y por Edward, mi hijo, el que en tan solo un año pasó por tantas cosas. Aprendió sus lecciones, reconoció sus errores, y que ahora junto con una joven que vale muchísimo volvió a ser feliz. Así que yo quiero dar las gracias por el perdón, por aquellas segundas oportunidades y la redención necesaria para ser feliz – Mi madre abrazó enseguida a mi padre quien me miraba con ojos orgullosos, yo asentí y gesticulé un corto "gracias". Miré a Bella un segundo y ella sonrió levemente. Llevé su mano a mi boca y dejé un beso sobre el dorso de la misma.
– El año anterior – empecé – para esta misma fecha, estaba solo en mi departamento cenando un pedazo de pizza fría y acompañado de la última cerveza que encontré en la heladera. Dejé a mis padres plantados en su cena porque el monstruo que vivía en mí no me dejaba ver con claridad el inmenso amor que mis padres estaban dispuestos a darme y que yo rechazaba constantemente. Pocos meses después ese monstruo comenzó a esfumarse de a poco cuando conocí a una castaña que cautivó mi corazón. Ahora, un año después esa castaña esta junto a mí, esperando a nuestra primera bebé. Cuando te conocí Bella – acaricié su mejilla – yo no quería nada bueno para ti, pero tú y tu hermosa sonrisa lograron retorcer todos y cada uno de mis planes. No estaba previsto para mí enamorarme, amarte en la forma tan desesperada como lo hago ahora, tampoco estaba en mis planes tener una bebé. Cada plan, cada proyecto se retorció de una manera tan hermosa que hoy me permite tenerte aquí, junto a mí…
– Para toda la vida – sollozó Bella terminando la frase por mí. Yo asentí mientras me acercaba a ella y dejaba un corto beso en sus labios que temblaban a causa del sollozo – Te amo – le susurré, ella levantó su mano y acarició mi mejilla. Un sonidito gracioso provino de la pancita de Bella, ella solo sonrió.
– Será mejor que empecemos a cenar – Y así fue, entre risas, anécdotas alegres de nuestra infancia contadas por Sue y mi madre, y la emoción causada por la pronta llegada de nuestra bebé transcurrió nuestra primera cena de Acción de Gracias.
Sue, Billy y Charlie se quedaron muy poco ya que el padre de Bella debía descansar. Papá y mamá tampoco se quedaron mucho tiempo, papá se veía cansado y al día siguiente le esperaba un largo día en el hospital.
Dejé a Bella sentada en la sala un rato mientras terminaba de guardar el resto de pavo en el congelador. Preparé algo de chocolate caliente para Bella y para mí y lo serví en una bandeja. Cuando me dirigía a la sala escuché a Bella tararear una canción, una muy familiar para mí. Una de las primeras piezas que yo aprendí a tocar en el piano hace muchos años atrás: Roney's baby lullaby.
Dejé la bandeja sobre la mesa y me acerqué un poco a la sala para admirar a Bella. Ella estaba sentada en uno de los muebles más cercanos a la chimenea, su perfil se dibujaba hermoso por la tenue luz del fuego mientras ella acariciaba su pancita. Me quedé sin palabras al ver tan perfecta imagen de Bella cantando para Elizabeth.
– Yo te quiero dar gracias a ti mi princesa – cantó muy despacito usando el sonido de la canción de cuna – Porque tú eres mi alegría entera, el pedacito más perfecto de papá a quien amo tanto… – mis ojos se quisieron llenar de lágrimas y quise salir corriendo a besar a Bella al escuchar tan hermosa conversación pero me obligué a seguir escuchándola entre las sombras – Y cuando estés en los brazos de mamá, yo te cantaré esta canción para que duermas feliz en tu pequeño mundo de colores.
Bella se quedó en silencio un momento pero no dejó de acariciar su vientre, me fijé en sus manos y en la delicadeza en que lo hacía. Aun, cuando estaba absorto por aquella hermosa imagen, reparé que la mano derecha de Bella estaba muy desnuda. Allí faltaba algo…
Subía rápidamente a la habitación sin que ella lo notara y guardé el anillo en mi bolsillo. Cuando bajé ella seguía tarareando la canción de cuna muy despacito.
– ¡Hey! ¡Allí estás! – Sonrió al verme – ¿Llevas mucho rato allí? – Yo asentí, ella solo se sonrojó – Creo que ya se durmió, estaba muy inquieta… por eso le tuve que cantar.
– Lamento tener que despertarla – dije sentándome junto a ella en el sofá – pero creo que nuestra bebé necesita escuchar lo siguiente.
– ¿Qué cosa Edward? – tomó mis manos y me miró confundida. Yo puse una mano en su pancita y empecé a hablar.
– Creo que lo supe desde el momento en que te vi esa mañana en la puerta giratoria de la editora, una voz dentro de mi cabeza gritó ¡Ella es! ¡Ella es la indicada! Pero al principio yo ignoré toda señal. Yo quería hacer esto hace mucho tiempo, siempre retrasándolo para cuando llegara la ocasión especial, el momento perfecto para hacerlo… pero que más perfecto que tener junto a mí al amor de mi existencia y a mi hija en un día como hoy – yo acaricié su mejilla, ella solo me sonrió – Quizás no sea lo que esperabas, pero esto es todo lo que soy, y lo que quiero para mí.
– Amor… – sollozó despacito. Lentamente puse una rodilla en el suelo y de mi bolsillo saqué la cajita con el anillo. Bella me miró con sus ojos llenos de lágrimas y sonrió.
– Hace 50 años atrás, mi abuelo compró un anillo. Era para Marie Morgan la joven que había robado su corazón. Hoy, tengo frente a mí a la nieta de aquella joven, quien también robó mi corazón – hice una pausa y respiré profundamente – Isabella Swan, prometo amarte con devoción todos los días de mi vida… ¿Me daría la madre de mi hija el inmenso placer de convertirse en mi esposa? ¿De ser mi amante, mi amiga, y confidente para siempre? – hablé despacito mientras sacaba el anillo de la cajita. Sostuve el anillo entre mis dedos a la espera de su respuesta.
– Sí… si quiero – fue su sencilla respuesta. Yo sonreí y tomé su mano. Deslicé aquel perfecto anillo en su dedo y luego lo besé. Bella sollozaba mientras reía, yo acuné su rostro entre mis manos y la besé...
– Isabella Cullen – le sonreí mientras tocaba su pancita – ¿Verdad que suena hermoso el nombre de mamá? – Mi hija estaba muy tranquilita allí dentro, como dijo Bella estaba disfrutando de su mundo de colores.
– Suena perfecto para mí – susurró Bella – Voy a ser tu esposa, una Cullen…
– Mía para toda la vida – le dije mientras la abrazaba. Un largo rato estuvimos abrazados, llené el rostro de Bella con muchos besos, ella solo sonreía contenta. Un momento en que nos quedamos en silencio Bella me miró y se mordió el labio inferior, vi en sus ojos duda y quise saber de inmediato porque.
– ¿Qué ocurre amor? – le pregunté.
– Tengo algo para ti – dudo por un segundo – Algo que te pertenecía hace mucho tiempo – La vi levantarse del sofá y caminar hasta su pequeña biblioteca. Regresó enseguida con un papel cuidadosamente doblado entre sus manos. Se sentó nuevamente a mi lado y me lo extendió. Lo abrí y empecé a leer:
"Yo, Isabella Marie Swan, ciudadana americana y heredera universal del 100% de las acciones de la compañía Swan Editors & Co. Cedo libre y voluntariamente el 50% de las acciones de la editora a la familia Cullen, representada por sus herederos universales, Marie Alice Cullen y Edward Anthony Cullen.
Desde la presente fecha ellos gozan de los mismos beneficios y derechos que como accionistas se les otorga. El patrimonio oficial de Swan Editors asciende a la fecha aproximadamente a 150 millones de dólares americanos por lo que Alice y Edward Cullen pasan a ser dueños patrimoniales de 75 millones de dólares. Queda en manos de los nuevos accionistas determinar su participación y la toma de decisiones en la compañía.
Además, desde el primer día del mes de Diciembre el nombre de la compañía cambiará a Cullen & Swan Editors. El nombre del edificio cambiará desde esa fecha así como el logo e imagen corporativa de la editora. Mi abogado, el Sr. Emmett McCarthy, queda a cargo del traspaso legal de todas las propiedades de la compañía a un fideicomiso conjunto, así como la posesión oficial de los nuevos accionistas"
– Tu lo dijiste Edward, hay muchas cosas del pasado que no vamos a poder cambiar, pero el futuro si está en nuestras manos. Y esta es mi decisión, regresarles algo que por derecho les pertenecía hace muchos años – dijo Bella mientras tomaba mi mano, no había notado que estaba temblando mientras leía aquel documento.
– Yo… yo no voy a aceptar esto – le hablé mientras dejaba el papel sobre el sofá – Nada de eso es mío y no pienso aceptarlo.
– Claro que es tuyo Edward… Era de tu abuelo, algo que le fue quitado de manera infame al igual que mi abuela. No puedo regresarle a mi abuela, pero al menos le regreso su dinero.
– Bella… – tomé su mano e intenté sonar calmado – Yo no quiero ese dinero… no es mío. Quiero que lo entiendas, es muy noble de tu parte el gesto pero no lo quiero, no lo necesito.
– ¿Sabes por qué durante las últimas semanas nadie ha llamado a preguntar por el Volvo? – me preguntó. Yo abrí los ojos como platos… ¿Qué rayos? – Lo sé Edward, sé que intentas vender el auto, una noche mientras dormías fui a tu auto y del pequeño letrero cambie los últimos números. Sé que ese dinero es para pagar esta casa, escuché tu conversación con Alice. No se si no quieras el dinero, pero sé que lo necesitas.
– Bella – susurré apenado al ser descubierto – Yo quiero esforzarme y darles lo mejor. Ese dinero no me pertenece. Yo sé que al inicio si lo quería pero ya no me interesa, solo me importas tu y mi hija. Quiero sacarlas adelante con mi esfuerzo, por mis méritos…
– Edward, amor… yo te entiendo. Sabía que no sería fácil que aceptaras esto, pero piensa también en Alice, piensa en Carlisle y Esme, pero sobre todo piensa en tu abuelo. Él merece esto…
– Bella, es demasiado dinero. A mi abuelo perdió apenas 4 millones del dólares, tú le estas devolviendo a mi familia 75 millones. Es demasiado…
– Digamos que estuvo invertido en buenas manos a muy largo plazo. Amor, quiero que lo aceptes, necesito que lo aceptes para sentirme en paz…
– Bella… – la regañé dulcemente. Ella tomó mi mano y la puso en su pancita.
– ¿Lo haces por ella? ¿Lo haces por Elizabeth? – preguntó
– A eso se le llama chantaje – fruncí el ceño.
– Yo lo llamaría más bien una sutil petición. Ahora es mi turno de pedirte algo… Yo acepté casarme contigo esta noche, Edward Cullen ¿Aceptas lo que tu futura esposa te pide con mucho amor? ¿Aceptas ser el dueño de la mitad de la empresa? – No me quedó más que asentir despacito. Era una locura pero por Bella yo era capaz de hacer no una sino un millón de locuras con tal de verla feliz.
– Si, si acepto – le susurré. Ella sonrió y se echó a mis brazos. Yo la estreché entre los míos y besé sus cabellos – Pero tú te encargas de convencer al resto de mi familia… – Ella soltó una carcajada y me besó enseguida.
Pocos minutos después la tomé en brazos y la llevé a la habitación, dejándola sobre la cama donde muy despacio la desnudé. Besé cada centímetro de su cuerpo, marcándola como mía, mi prometida, mi vida entera.
Esa noche le hice el amor muy despacio, quería agradecerle tantas cosas. Por haberme salvado de mi mismo, por enseñarme a amar, por regalarme una familia, por ser mi ángel. Para que no se sintiera incomoda esta vez ella se puso a horcajadas sobre mí. Sus caderas eran asidas por mis manos mientras yo la embestía y besaba sus pechos al mismo tiempo. Cuando supe que estaba por ser golpeada por su orgasmo llevé una mano a su pancita y la acaricié, cultivando de esa manera el vínculo más especial del mundo: El amor y protección a nuestra hija.
Me aferré a su cuerpo cuando mi propio orgasmo me golpeó, segundos después del de Bella. Nuestras respiraciones agitadas volvieron a la normalidad y ayudé a bajarse a mi pequeña. La abracé con fuerza y la recosté en la cama. Mi bebé comenzó a moverse cuando puse una mano en su pancita. Yo solo sonreí y besé su vientre para calmar a Elizabeth. La bebé se calmó y fue así que los tres nos quedamos dormidos casi enseguida.
Diciembre llegó con la alegría de las fiestas. Ese fin de semana salimos de compras, necesitabamos un árbol y muchos adornos para la casa. Terminamos exhaustos ese domingo pero decoramos toda la casa. La llenamos de luces y el ambiente navideño llenó cada rincón de la casa Cullen Swan.
La primera semana de ese mes Bella decidió volver a la oficina, extrañaba mucho estar en la oficina y quería pasar con sus empleados este mes tan especial. Una tarde Bella reunió a mis padres y a Alice para comunicarle la decisión de cesión de las acciones, al igual que yo todos se negaron a aceptarlo pero Bella usando la misma técnica de convencimiento que usó conmigo logró que acepten el traspaso. Aunque llevábamos comprometidos casi dos semanas Bella dijo que no quería hacer público nuestro compromiso sino hasta navidad, fiesta que pasaríamos en casa de mis padres.
A pesar de lo caótico de aquel mes, Bella y yo intentamos seguir con nuestra vida normal. Íbamos a clase todos los miércoles y ahora también los viernes, cenábamos en casa y por lo general hacíamos el amor todas las noches si es que no caímos rendidos primero en el sofá frente a la chimenea.
Emmett iba a casa todos los jueves en la noche para hacerme firmar un millón de papeles aceptando la cesión. Rosalie, cuya pancita ya había empezado a crecer visitaba regularmente a Bella y compartían sus experiencias de estar esperando un bebé. Una tarde que Alice estaba de visita encontró a Rose allí y fue entonces que la futura Sra. McCarthy le pidió que diseñara su vestido de novia, quedaban tres meses para la boda y era poco o nada lo que habían hecho.
"Pobre Rose, no sabe en lo que se metió"
Faltando ya pocos días para navidad, y mientras trabaja en mi despacho me llegó una notificación de la corte. El juicio contra Tanya Denali empezaba al día siguiente y requerían de la presencia de Isabella Swan y su abogado para testificar. De ninguna manera iba a exponer a Bella con esa loca, así que decidí ir solo en su representación. Sin decirle una sola palabra a Bella de lo que estaba ocurriendo fui al juicio donde me encontré con una mujer que yo casi no reconocí. Pálida, muy ojerosa, y usando una muleta estaba Tanya, la mujer que estuvo a punto a matarme y de acabar con mi felicidad para siempre.
Fue duro tener que repetir los sucesos que nos llevaron a ese día. Recordar la confesión de Tanya esa tarde donde se reveló la culpabilidad de ella en el accidente de sus padres. Salí de la corte bastante apenado, cada persona obtiene lo que se merece y lo que se le venía a Tanya no era nada bueno. Por asesinato de una persona e intento de asesinato de varias a ella le esperaban al menos unos 20 años de encierro.
Esa noche llegué muy cansado a casa, solo quería dormir y olvidar que ese día había ocurrido. Pero al llegar encontré a Bella llorando en el sofá. Salí disparado a ver que le ocurría.
– Mi amor ¿Qué pasa? Bella… ¡Háblame! ¿Qué sucede? – Ella me extendió un papel que estaba arrugado en sus manos.
– Se mató – fue lo único que dijo. Yo tomé rápidamente la carta de sus manos y la leí.
Bella:
Si esta carta llega a tus manos es porque yo ya no estoy vivo. El encierro en esta celda me está volviendo loco y el saber que jamás podré estar junto a ti no me deja pensar con claridad últimamente. Sé que eres feliz junto a él, pero eso es algo que mi corazón no es capaz de aceptar. No soy lo suficientemente noble para aceptarlo y jamás lo seré así que prefiero morir antes que vivir alejado de ti para siempre.
Prométeme que serás feliz con él, es todo lo que necesito para irme en paz. Siempre te amaré, adiós Bells…adiós.
– Ángela la trajo esta tarde, la policía encontró este sobre en su celda con la instrucción de ser entregado en la editora – dijo entre sollozos – Edward… ¡Matt se mató por mi culpa! – gritó aferrándose a su pancita.
– Bella… ¡escúchame! – la reprendí – no vuelvas a decir eso nunca más en tu vida. Matt tomó esta decisión solo, tú no pusiste el arma en sus manos.
– ¡Fue mi culpa Edward…! ¡Mía! – volvió a gritar entre sollozos.
– No lo es Isabella… ¡No lo es! – la abracé fuerte ya que todo su cuerpo temblaba – No fue tu culpa no amarlo, sabes que el corazón no decide de quien se va a enamorar.
– Era mi amigo, y ahora… se murió – acaricié su cabeza mientras la mecía entre mis brazos.
– Shhh… calma… Yo estoy aquí contigo mi amor… shhh – de a poco sus sollozos se fueron calmando hasta quedar en cortos hipidos.
Esa noche Bella no pudo dormir, y yo mucho menos. Se despertaba llorando cada 30 minutos y se aferraba a mi pecho donde lloraba hasta nuevamente quedarse dormida. Me negué rotundamente a que Bella asistiera a su servicio funeral pero enseguida se soltó nuevamente a llorar de manera desconsolada. La acompañé con la promesa de que solo estuviéramos unos minutos ya que Elizabeth no podía estar expuesta a algo así. Ella aceptó mi condición y aquella mañana de noche buena fuimos al funeral de Matt Stone. En el lugar apenas estaban sus padres, Alice, Bella y yo. Matt era una persona muy solitaria cuya vida giraba en torno de Bella y al perderla era como si también hubiese perdido su vida. Bella se aferró a mi cuerpo todo el tiempo, estaba asustada y nerviosa, y entre susurros pedía perdón a Matt por lo que sucedió y las palabras que esa mañana le dijo en el hospital.
La llevé a casa después de estar una hora allí, le preparé una taza de té de manzanilla y no demoró en quedarse dormida. Se levantó con mejor semblante después de varias horas, tomó un baño y se empezó a alistar para ir a la cena de navidad. Intenté convencerla de que se quedara descansando pero fue imposible.
– Tengo que cumplir una promesa, Matt dijo que debía ser feliz y eso pienso hacer – me susurró mientras me ayudaba a colocar mi corbata.
Mis padres decidieron invitar a su casa a Sue y Charlie, ya que Billy pasaría con Jacob, su esposa e hijas. Esa noche después de la cena decidimos contarles a todos sobre nuestro compromiso. Fueron muchas las reacciones: Sollozos de Sue, sonrisas de Charlie, gritos de emoción de Alice, aplausos emocionados de mi madre y un abrazo por parte de mi padre. Bella lucía orgullosa su anillo mientras sentada en mi regazo me llenaba de besos el rostro.
La entrega de regalos fue muy divertida, Alice y mi madre habían comprado regalos para todos incluso para ellas. Yo recibí un nuevo librito de piano por parte de Alice, un reloj de muñeca de parte de Charlie y Sue, un esferográfico Mont Blanc de parte de papá. Me negué rotundamente a recibir regalos de parte de Bella ya que suficiente había hecho con la cesión de acciones, pero ella muy cabezota no me hizo caso. Me entregó en un sobre dos tickets de avión, ¿el destino? San Diego.
– Pensé que sería buena idea pasar año nuevo en la playa – susurró imposiblemente sonrojada.
– Una excelente idea – le sonreí. Me acerqué muy despacito a su oído y susurré – Y no crea que me he olvidado de su regalo, pero eso lo resolveremos en la cama usted y yo Sra. Cullen.
Efectivamente esa noche hicimos el amor hasta casi rayar el alba. A veces Bella olvidaba que tenía ya 7 meses de embarazo y mi pequeña afrodita se apoderaba de ella siempre pidiendo más. Y no es que me quejara pero a veces temía que se sintiera demasiado cansada y que no durmiera lo suficiente.
El día de año nuevo viajamos a San Diego, Charlotte y Peter nos recibieron contentos en el aeropuerto, estaban emocionados de ver a Bella y su vientre cada vez mas grande. Preparamos una cena sencilla en la casa, preparé para ella un coctel sin alcohol y yo brindé con vino. Desde el balcón de la casa vimos los fuegos pirotécnicos estallar a las doce en punto.
– Feliz año nuevo mi pequeña – besé su cabeza mientras la abrazaba por atrás.
– Feliz año mi amor – respondió bajito apoyando su cabeza en mi pecho.
– ¿Sabes algo? – pregunté. Ella se volteó y me miró – Estos fuegos pirotécnicos me recuerdan una noche muy especial – toqué su vientre y ella sonrió – Quiero casarme aquí Bella… quiero unir mi vida a la tuya aquí en La Jolla, el 4 de Julio, en el ocaso de ese día junto a la roca. Quiero hacerlo aquí, aquí donde Elizabeth fue concebida.
– ¡Oh Edward! – Me abrazó con fuerza – ¡Soy tan feliz!
– Yo también, gracias a ti por hacerlo posible – le susurré. Hacer el amor en la playa esa noche era imposible ya que la temperatura estaba demasiado baja y hubiésemos muerto de frío así que lo hicimos en el jacuzzi. El agua caliente y las burbujas ayudaron a estimular tanto a Bella que tuvo tres orgasmos seguidos.
– ¿Recuerdas cuando aquí me preguntaste si alguna vez me cansaría de hacerte el amor? – pregunté acariciando su espalda y susurrando a su oído cuando ya estábamos en la cama. Ella asintió despacito – Creo que estos dos meses ha quedado comprobado que no. Jamás me cansaré de hacer el amor contigo Bella, y ahora que estas esperando a mi hija mucho menos – mordí el lóbulo de su oreja y ella rió suavecito.
– Insaciable – dijo mientras se volteaba.
– Hermosa – respondí. Esa noche no hubo más sexo, Bella no paraba de bostezar y al día siguiente nos esperaba un vuelo de regreso a Chicago y ella necesitaba descansar.
Llegamos a casa ese primero de enero muy tarde por la noche. Al llegar Bella corrió hasta nuestra habitación y tomando un marcador negro tachó aquel día en el calendario que estaba pegado en la puerta del vestidor.
– Ocho semanas y contando – me sonrió al mostrarme la última semana de febrero señalaba con un corazón de color rojo.
– Cada vez menos tiempo – la abracé y sonreí con ella. Y era cierto, a partir de aquella fecha eran 8 semanas las que nos separaban de ver a Elizabeth... de conocer al fin a nuestra pequeña bebé.
*BPOV
La fecha estaba cada vez más cerca. Esa mañana mientras revisaba algo en mi agenda noté que apenas nos quedaban 6 semanas para la fecha de parto. La panza creció constantemente en las últimas dos semanas y cada vez pesaba más. Elizabeth con sus constantes pataditas y movimientos extraños empezó a encajarse de a poco haciendo que mi parte baja doliera por ratos.
El mes de enero se volvió algo ajetreado. El papeleo del traspaso de acciones estaba casi terminado y en pocas semanas sería oficial, debíamos presentar ante los medios de comunicación la nueva directiva y el cambio de nombre de la editora. Aunque Edward se negó, refutó y refunfuñó cerca de tres horas seguidas no le quedó de otra que aceptar el primer desembolso de dividendos de utilidades correspondientes al mes de Diciembre. Un mes nada malo ya que a la cuenta bancaria de Alice y Edward fueron depositados cincuenta mil dólares.
Me enteré por la prensa que el juicio de Tanya Denali la había condenado a veinte años de prisión sin opción de rebaja de pena por buen comportamiento. Edward luego me confesó que fue él quien testificó en su contra el mismo día que yo supe de la muerte de Matt.
Aunque con menos frecuencia las pesadillas de la muerte de Matt se repetían por las noches. Ya no lloraba pero si me levantaba asustada.
– Amor ¿Estás bien? ¿Es la bebé? – me dijo alarmado una noche Edward al sentirme inquieta.
– No Edward… fue solo un mal sueño – en ese momento me abrazó y besó mi cuello.
– ¿Aún sueñas con eso? – Yo asentí despacio – Ya pronto será un recuerdo solamente. Te amo…
Más días pasaron llevándose con ellos el mes de enero. Los controles con la doctora Keller se volvieron constantes ya que al estar cercana la fecha de parto era necesario revisar que todo marchara bien. Nuestras clases de parto eran tan divertidas, una vez la doctora Monaghan obligó a Edward a usar un vientre de hule. Casi me hago pis de la risa al verlo caminar tan gracioso ¡Parecía un teletubbie!
Por precaución la doctora recetó descanso total desde la segunda semana de febrero así que dejé a cargo a la nueva Vicepresidenta de la editora: Ángela Webber. Ni Edward ni Alice tuvieron problemas con la decisión, trataban en lo posible de no influir en ninguna decisión de la editora pero como co – propietarios de la empresa no les tocaba de otra que participar.
Hablando de Alice, mi pequeña futura cuñada al fin logró convencer a Jasper que se radicara en Chicago, llevaban meses saliendo y el amor que se profesaban mutuamente hizo que Jasper cerrara sus oficinas en California y las instalara en Illinois. Entre la mudanza de Jasper y los preparativos de la boda de Emmett y Rose, aún se daba tiempo de venir a casa y entregarme más ropa para Elizabeth. Vestidos de todos los colores acompañados de accesorios para el cabello y patucos del mismo color.
– Bella… – me habló mientras me ayudaba a hacer el bolso que llevaría al hospital cuando haya llegado el momento de traer al mundo a mi hija – Faltan cinco meses para tu boda con mi hermano y no hemos visto ni siquiera la lista de invitados.
– ¿Importa mucho eso? – le respondí con una sonrisa – No importa si no va nadie Ali, solo necesito a Edward, a Elizabeth y a ustedes para ese día. Ella me sonrió y siguió doblando una pequeña manta.
– Entonces… Si no importa mucho ¿Puedo organizar tu boda? ¡Prometo ser buena! – dijo dando saltitos y aplaudiendo.
– No imagino a nadie más idóneo para ese cargo que Alice Cullen. Claro que si Ali… el puesto es todo tuyo.
– ¡Bella! ¡Te adoro! – me dijo mientras me abrazaba con fuerza. Me soltó a los pocos segundos y continuó con su tarea de guardar cosas en la maletita.
Una tarde viendo el calendario noté que San Valentín estaba muy cerca, quería hacer algo especial para Edward pero con mi enorme panza era difícil preparar una sorpresa. Parecía un pequeño globo, ya ni siquiera podía verme los pies y mi debilidad por las galletas y el helado se duplicó las últimas semanas.
Decidí hacerle una cena especial a Edward, era nuestro primer San Valentín juntos y había que celebrarlo. Con la complicidad de Alice preparé una lista de supermercado y ella hizo las compras por mí. Esa tarde del 13 de febrero y mientras guardaba las compras en la alacena sentí un tirón muy fuerte en la parte baja de mi vientre. Me aferré al borde de la encimera y respiré con fuerza como la doctora Monaghan me había enseñado. El dolor pasó casi de inmediato.
– Elizabeth, no le hagas esto a mamá… aún faltan dos semanas más – dije tocando mi vientre. El espacio para mi bebé allá dentro era tan reducido que ya casi no la sentía patear, estaba completamente encajada y lista solo a la espera de 14 días más.
No volví a sentir más dolor por lo que quedaba de la tarde. Edward llegó de la oficina y cocinamos juntos algo de pasta. Nos fuimos a la cama temprano, mañana sería un día ajetreado para mí y aunque moría de ganas de hacer el amor con Edward ya lo dejaría para mañana, como parte de la celebración de San Valentín.
Antes de acostarme sentí una nueva punzada en mi vientre, sentí claramente como se contrajo quitándome el aliento por una fracción de segundos.
– Pequeña ¿Estás bien? – se acercó preocupado al ver mi semblante.
– Si… no es nada amor – lo tranquilicé acariciando su cabello. Caminé hasta la cama y me acosté. No sabía el por qué pero me sentía muy inquieta. Mi corazón comenzó a latir con un poco más de fuerza y aunque con menos intensidad el dolor me golpeó nuevamente casi media hora después.
Cuando pasó el dolor me levanté al baño, Edward dormía plácidamente así que no encendí la luz para no despertarlo. No aguantaba las ganas de orinar y fue un alivio cuando al fin pude hacer pis. De regresó a la cama y en la oscuridad de la habitación, sentí un liquido caliente rodar por mis piernas.
Todas las alarmas se encendieron en mi cabeza y recordé la clase de los primeros síntomas de inicio de trabajo de parto: Ansiedad, punzadas regulares en la parte baja del vientre, y la ruptura de aguas; esa última era la que me acababa de ocurrir.
Tratando de mantener la calma caminé hasta la mesita y encendí la lamparita. Edward solo se removió despacio y se volteó, al notar mi ausencia junto a él en la cama se sentó asustado.
– Llego la hora… Elizabeth viene en camino – susurré con mis manos en el vientre. Edward saltó como un resorte de la cama en busca de sus pantalones.
– Pero… pero – balbuceó mientras se ponía la camisa al revés – aún faltan dos semanas.
– Lo sé, pero al parecer esta pequeñita no quiere esperar más – una nueva contracción me golpeó haciendo que me aferré al borde de la cama.
– ¿Son muy seguidas? – preguntó acercándose a mi
– La última fue hace quince minutos – mascullé como pude.
– Es hora de ir al hospital entonces – dijo tomando el bolso que estaba listo ya en el vestidor – Quiero que sepas que estoy contigo mi amor, vamos a vivir cada instante de esto juntos – me besó rápidamente y yo asentí.
Muy despacito bajamos las escaleras y salimos de la casa. Mientras Edward conducía yo llamé a la doctora Keller, era pasada la media noche pero por suerte esa noche estaba de guardia. Le conté sobre la frecuencia de las contracciones y confirmó mis sospechas, Elizabeth nacería un 14 de febrero.
Llegamos al hospital casi enseguida, Edward estaba muy nervioso y demoró casi nada en llegar. En la puerta nos esperaba la doctora junto a una silla de ruedas, rápidamente me llevaron al piso de ginecología. Edward apretaba mi mano todo el tiempo, no quería admitirlo frente a él pero yo también estaba nerviosa ¿Qué pasaba si algo salía mal?
Me conectaron a un aparato extraño en cuanto estuve acostada en la cama de una de las habitaciones de dilatación del hospital. La doctora Keller confirmó que no existía sufrimiento fetal y que debía ser paciente ya que las madres primerizas dilatan con menos rapidez. Verificó mediante tacto que apenas tenía dos centímetros de dilatación y que esa sería una larga noche.
Y así fue, cada contracción era cada vez más fuerte. Sentía claramente como todo se contraía en mi vientre y los huesos de mi pubis iban cediendo lentamente. Edward estaba aterrado, agarraba su cabello con fuerza y cerraba los ojos conmigo cuando una nueva contracción me golpeaba.
– Necesitamos una enfermera – masculló – Deben darte algo para el dolor mi amor…
– Estoy bien "papá" – intenté sonreírle – Solo cálmate y no te alejes de mí – lo vi negar y apretar mi mano.
El dolor se volvió casi intolerable cerca de las 5 a.m. Llevaba casi cinco horas en esto y apenas había dilatado un centímetro más. El anestesista llegó a las 6 a.m. y después de explicarme todo el procedimiento me aplicó la anestesia epidural. Tranquilita y sin moverme estaba aferrada al cuerpo de Edward cuyo semblante seguía dando muestras de terror y miedo. El dolor cesó un poco y pude descansar unos cuantos minutos antes que las contracciones volvieran. Edward aprovechó esos minutos para llamar a Alice y pedirle que avise a mi padre y sus padres donde estábamos.
Tres horas después, mucho dolor de por medio y con unas ganas tremendas de pujar aunque sabía que aún no era el tiempo de hacerlo, al fin llegué a los ansiados diez centímetros.
– Estamos listas para la sala de partos. Elizabeth está lista para salir – dijo la doctora después de hacerme la última revisión. El monitor fetal no mostraba ningún cambio por lo que mi bebé estaba muy bien y preparada para venir al mundo. Me sacaron de la habitación y me llevaron a la sala de partos donde me acomodaron en otra cama.
– Edward – le dijo la doctora – ¡Edward!
– Si… si – respondió distraído. Edward no dejaba de mirarme y de besar mi cabeza por ratos.
– Necesito que me ayudes a traer a tu hija. Vas a sostener el cuerpo de Bella levantando un poco el tronco y aferrándolo a tu pecho, toma sus piernas y mantenlas flexionadas – Edward hizo exactamente lo que dijo la doctora Keller.
– Bella, vamos a empezar a pujar. Recuerda, tres respiros y pujas. ¿Lista? – Yo asentí con fuerza.
– Un, dos, tres – susurró a mi oído Edward – Vamos mi pequeña puja – El primer pujo fue la cosa más dolorosa del mundo, sentí como si algo se desgarraba por dentro y quemaba mi vagina. No puede reprimir un pequeño grito que escapó de mis labios.
– Vas perfecta Bella, otro más – nuevamente Edward contó en un susurro y me animó a pujar. Me agarré fuerte de la cama y pujé.
– Excelente Bella, uno más y podré ver la cabecita de tu bebé – tres respiros y un pujo más la doctora pudo ver a mi bebé asomar su cabecita.
– Listo, Bella… escúchame. Ahora necesito que no pujes, o le vas a hacer daño a la bebé. Voy a hacer una episiotomía rápida – sentí un pequeño rasguño en la entrada de mi vagina y apreté los puños. Necesitaba seguir pujando antes que el dolor me volviera loca.
– La pequeña Elizabeth esta coronando. No pujes Bella, no pujes por favor – yo mordí con fuerza mi labio y Edward me apretó mas a su cuerpo.
– Te amo mi amor… lo estás haciendo muy bien. Ya falta poco, aguanta un poco más. El dolor pronto se va a ir, y Elizabeth estará aquí. Mis mujeres que tanto amo… – susurró con voz sollozante. Yo dejé escapar unas cuantas lágrimas y respiré con fuerza.
– Perfecto Bella, vamos… Un pujo y la cabeza estará fuera – Ni siquiera respiré, puje con fuerza y sentí claramente la cabeza de Elizabeth salir de mi.
– Es hermosa – susurró Edward quien por estar de pie podía ver lo que estaba sucediendo – Es perfecta…
– La peor parte ya pasó Bella. Respira con fuerza y vuelve a pujar, vamos a sacar a Elizabeth de allí – Respiré con fuerza y Edward contó por mi solo que en vez de animarme a pujar me dijo:
– Gracias por darme una hija Bella… te amo – y besó mi cabeza. Puje con todas las fuerzas que tenía, cerré los ojos y al instante un mágico sonido llenó la sala de partos. El llanto de mi hija…
– Es tan bonita Bella… – escuché a la doctora decir – Papá, venga y corté el cordón – Edward asintió y se movió un poco para cortar el cordón.
– Hola mi princesa Elizabeth – susurró con voz rota Edward. Él regresó a mi lado y susurró en mis labios un nuevo "gracias".
– Edward, Bella… conozcan a su bebé Elizabeth Cullen – dijo la doctora levantando a mi bebé y poniéndola sobre mi pecho. La sensación que sentí fue indescriptible, aquel pequeño ser que vivió dentro de mí por casi 9 meses era tan perfecto, mi hija se aferró a mi pecho y su llanto bajó de intensidad un poco.
– Es hermosa Edward – le dije mientras la veía y sostenía su pequeño cuerpo en mi pecho.
– Es igual a mamá – me respondió con una enorme sonrisa. Yo no pude sino llorar en ese momento, aquel mágico momento con nuestra hija, con nuestra familia.
Se llevaron a Elizabeth para hacerle el respectivo chequeo, mencionaron algo del test de Apgar y la toma de medidas. Estaba preocupada porque Elizabeth estaba dos semanas adelantada pero la doctora Keller me tranquilizó enseguida diciendo que todo estaba bien con ella.
Un dolor algo extraño provino de mi vientre, estaba expulsando la placenta y cuando al fin salió es como si me hubiesen quitado una tonelada de encima. Edward por su parte no dejaba de verme con adoración y de acariciar mi cabello.
– Lo hiciste perfecto mi pequeña – me susurró con una sonrisa. Yo solo devolví su sonrisa para luego besar sus labios muy despacito.
Después de todas las pruebas que le hicieron a Elizabeth, vi como la limpiaron y la vistieron rápidamente. La pesaron, midieron y la regresaron a mis brazos.
– Bella, necesito que le des el pecho a Elizabeth. Ella necesita escuchar el sonido del latido de tu corazón y eso va a calmar su ansiedad – me acomodé un poco en la camilla y descubrí mis pechos. Cuando la pusieron en mis brazos no sabía que era tan pequeñita y delicada. La ubiqué en mi pecho derecho y ella comenzó por instinto natural a buscar mi pezón. Tuve unas enormes ganas de llorar al verla al fin en mis brazos y tomando de mi pecho, pero me contuve para animarla a succionar.
– Tiene tu cabello – susurró Edward acariciando mi cabeza – Y tu nariz, y tus labios. Mi pequeña mini Bella.
– Es bellísima mi amor, es tan chiquitita pero tan hermosa – dije sollozante – Vamos chiquitita toma el pecho de mamá – casi enseguida Elizabeth encajó su boquita a mi pezón y succionó por primera vez. En ese momento no aguanté más y dejé correr mis lágrimas. Edward besó varias veces mi cabello mientras admiraba la escena, la belleza de la lactancia materna.
– Esa pequita es mía señorita Cullen – susurró entre risas Edward. Elizabeth había puesto su pequeña manito sobre mi pecho, justo en el lugar donde estaba mi peca. Mi hija no lactó por mucho tiempo, casi enseguida se quedó dormida.
Se la llevaron para dejarla en los cuneros mientras me pasaban a una habitación. En cuanto salimos de la sala de partos escuché la algarabía de Alice afuera de la misma. Todos abrazaban a Edward y me sonreían orgullosos. Lo siguiente fue muy confuso para mí. No lograba mantener los ojos abiertos mucho rato, me sentía cansada y con mucho sueño.
– Duerme pequeña… lo mereces – fueron las últimas palabras de Edward antes de quedarme dormida.
Sentía como si un camión me hubiese arrollado, me dolía hasta el último pelo de mi cabeza. Fui abriendo los ojos de a poco para ambientarme a luz de la habitación. No los terminé de abrir del todo cuando escuché la voz de Edward.
– Mi pequeñita… – susurró muy bajito – La princesa de papá al fin esta aquí. Abre tus ojitos para papi mi cielo. Papá quiere ver tus ojitos de color del chocolate… No, no bosteces... no te duermas otra vez – abrí los ojos y vi a Edward sentado en un sillón sosteniendo delicadamente a Elizabeth. Mis ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. El amor de mi vida, el hombre que me mostró desde la felicidad hasta el dolor estaba hablando con mi hija, la que junto a él hicimos con tanto amor.
– Anne – susurré con voz pastosa a causa de mi reciente siesta. Edward levantó la cabeza y me miró confundido. Muy despacito y sosteniendo a Elizabeth en sus brazos caminó hasta la cama. Yo alcé la mano y toqué el cuerpo pequeñito de mi bebé.
– Anne: la llena de bendición. Es sensible, cariñosa y muy inteligente. Ese era el nombre que había pensado para nuestra hija.
– Elizabeth Anne Cullen Swan – le habló a la bebé con una sonrisa – Suena perfecto para mí – me sonrió y yo devolví su sonrisa – Hora de volver a los brazos de mamá.
Edward me extendió a mi bebé con cuidado, me senté despacito y la recibí en mis brazos. La admiré un momento, era perfecta. Tenía unos cachetitos muy rosaditos y lindos, una nariz que parecía un botoncito y sus labios eran rellenitos.
– Su cabello es rizado – dije mientras tocaba su cabecita.
– Hay solo un detalle que no he comprobado. El color de sus ojos… – comentó Edward mientras se sentaba en la cama – Estuve mucho rato animándola a abrirlos pero fue inútil – habló desanimado.
– ¿La más ferviente fan de papá no quiere complacerlo? – dije. Él negó – ¿Y si lo intentamos juntos? – pregunté. Una sonrisa iluminó su rostro y asintió.
– Princesa Lizzie, es mami ¿me recuerdas? Queremos que nos regales una mirada… – empecé diciendo.
– Apuesto lo que sea que son cafés, como los tuyos – susurró Edward mientras tocaba muy despacio su cabecita.
– Son verdes… así que tomo tu apuesta – sonreí apretándola un poco más a mi cuerpo. Quería sentir su calorcito, su cuerpo pequeñito junto al mío. La vi bostezar arrugando la nariz con un gesto exacto al de Edward cuando tiene sueño.
– Sera mejor que duerma – comentó Edward – Otro rato lo sabremos – En ese rato y como despedida antes de entrar al mundo del sueño, lentamente Elizabeth abrió sus ojos mostrándonos dos hermosas esmeraldas en ellos.
– Son verdes… – musitó Edward – Verdes como los míos.
– Te lo dije – sonreí y él me acompañó. Sentí a mi bebé dormirse enseguida, se la veía hermosa pacíficamente dormida.
– Son como los míos – volvió a decir Edward con su mirada fija en nuestra hija.
– Es hora que pagues la apuesta – dije alzando una ceja.
– ¿Y qué está en juego? – respondió siguiéndome el juego.
– Apuesta a que serás feliz con nosotras para siempre – sonreí.
– Eso no es una apuesta… es una promesa para toda la vida – susurró sobre mis labios antes de besarlos.
Sonreí al darme cuenta que jamás en mi vida había sido más feliz que aquel 14 de febrero. Parecía mentira pero después de tantas mentiras, tanto sufrimiento, tantas lágrimas derramadas, al fin nuestro "vivieron felices para siempre" se veía cada vez más cerca de ser verdad.
Mis niñas! El penúltimo capítulo de Twisted Plans ha sido publicado. Al fin una pequeña ha sido traída al mundo y con eso la felicidad de sus padres. Este capítulo aunque un poco largo ha sido muy lindo para mí de escribir. Un capítulo más y el epilogo es todo lo que nos queda para despedir esta aventura.
Aun cuando Twisted está por terminar las alertas y favoritos siguen llegando. Muchísimas gracias por darle a esta locura su voto de confianza. A mis lectoras un beso: arcoiris cullen, Adriu, lauriss18, PalomitaCullen, Linferma, Eli mMsen, Yira27, whit cullen, martinita, silves, bellaliz, bellaliz, mcph76, kellys, Naobi Chan, Tata XOXO, loquibell, VictoriamarieHale, Clauditha, Erendira, CindyLis, Carmen Cullen- . i love fic, v, miss little lady, Mentxu Masen CullenMentxu Masen Cullen, Vyda, FresCullen, msteppa, Luchii, maddycullen, lucia2176, Sully Yamileth Martinez, NuRySh, yolabertay, NinnaCullen, cris20, magymc, Danny Masen Patt, Verota, quelecortenlacabeza, EdithCullen71283, vivi s, L'Amelie, vasy palma Mallorca, est cullen, Saraitk Hale Cullen, diana, Ely Cullen M, Shandra1, Caro . Bere . Cullen, zujeyane, Yzza, Alisea, Poemusician, Chuvi1487, Alcestis Cullen, karoLiiz, claudia cullen xD, karla-cullen-hale, katlyn cullen, mgcb, Angeles Nahuel, LIZZY CULLEN, joli cullen, Sky Lestrange, DianElizz, Laura Katherine, Bethzabe, mhae1982, Isita Maria, Evanye, RED REAPER LoMy adictalfanfic, Anamart05, Guisell, Kdaniela, Estteffani Cullen-Swan, MixelintheDark, Caro Rosero, Sianita, Noris, Partisan11, larosaderosas, Belewyn, Caelius, Bea, Gaby A, Danita, Nikkipattz, a todas mis niñas del twitter, a todas las de Facebook, a todas las lectoras silenciosas, en fin… si alguna se escapa, saben que las quiero a todas.
Mi enorme agradecimiento a mi beta, la aguerrida Isita! Gracias por todo el trabajo que te tomas con esta historia, por aguantar mis neurosis y por ser una amiga genial! A Vivi gracias por sus consejos de moda… la semana que viene tenemos trabajo!
Una sorpresa se prepara para la despedida de Twisted, así que espero tenerlas en mi próxima actualización. Gracias por su apoyo constante y nos vemos la siguiente semana!
