Demons, by Imagine Dragons


Treinta y cinco

Fabray & Company

Abrir los ojos con calma, poco a poco, notando como las pestañas comenzaban a despegarse con lentitud y la luz la invadía tímidamente, se había convertido en un placer, en un auténtico privilegio que Rachel empezaba a disfrutar como nunca antes lo había hecho. ¿Cómo no hacerlo cuando era la primera vez en muchas noches, que no despertaba sobresaltada, con el sudor invadiendo su cuerpo y el miedo recordándole otra pesadilla más que la apartaba de su pequeña? Habían sido tantas las noches que apenas pudo conciliar el sueño o que amanecía con el malestar adueñándose de ella, que aquel sereno e incluso dulce despertar, fue como un regalo, una bendición caída directamente desde el cielo.

Rachel notaba como su mejilla derecha se hundía en la almohada y todo su cuerpo descansaba boca abajo sobre el colchón, cuando el reconocible sonido de las teclas de un ordenador conectaba sus neuronas y la devolvía a la realidad. Una realidad completamente diferente a lo que llevaba tiempo padeciendo.

No estaba sola, y eso ya era un gran cambio.

Se giró lentamente, tratando de no destruir aquella calma en la que se encontraba su cuerpo para descubrirla a su lado, recostada sobre el cabecero mientras centraba su mirada en la pantalla del ordenador portátil que reposaba sobre sus piernas.

Buenos días, cielo—susurró Quinn regalándole una tímida sonrisa y Rachel no pudo hacer otra cosa más que lo que hizo; Deslizarse los escasos centímetros que la separaban de ella y aferrarse a su cintura buscando el calor de su cuerpo.

Nunca antes un buenos días le supo tan bien. Nunca antes se sintió tan afortunada por seguir recibiendo ese buenos días de su mujer.

El día anterior tuvieron que sobreponerse a la mayor y más intensa de las caídas que habían sufrido. Tuvieron que sacar fuerzas de donde ya parecía que no había, para volver a llenarse de valor, de capacidad para seguir caminando juntas de la mano, como debían hacer si querían superar todos y cada uno de los problemas que pendían sobre sus cabezas.

Tuvieron que tomar asiento, la una frente a la otra y hablarse con el corazón mientras trataban de disfrutar de la cena, declarándose compañeras de por vida, confesando los pocos recuerdos que seguían vigentes en la mente de la rubia tras su desastrosa odisea por España y cómo ella fue capaz de trasladarse hasta Philadelphia para recuperar lo que su mujer había olvidado. Hablaron acerca de los desencuentros que Quinn mantuvo con Ellen y con Henry en aquellas últimas horas, y por supuesto de sus vacaciones forzadas. No hubo un solo tema que quedase exento y las hiciera sentir por primera vez en semanas, que no había secretos entre ellas. Que eran transparentes la una para la otra.

Y fue esa sensación de tranquilidad, de desahogo lo que la hizo volver a dormir sin que su consciencia le jugase malas pasadas. Eso, y volver a disfrutar de su mujer de la forma más íntima posible. Poder volver a abrazarla, a besarla y a hacer el amor sin pensar en que un estúpido papel decía que ya no estaban juntas.

—¿Te he despertado?—cuestionó con dulzura mientras le regalaba un par de caricias en el pelo.

No—susurró con apenas un hilo de voz—Me he despertado porque he dormido suficiente. ¿Por qué estás trabajando?—murmuró hundiendo el rostro en su costado—Si Bette te obliga a estar de vacaciones, aprovéchalas para dormir y descansar la mente.

No estoy trabajando. Llevo un buen rato despierta y no quería dejar la cama—la miró—Quería seguir escuchando tu respiración mientras duermes. No sé, tenerte aquí…A mi lado—añadió al tiempo que descendía y buscaba sus labios para robarle un beso adormilado, de esos en los que solo necesitas sentir el calor la piel, nada más.

—¿Y qué haces con el ordenador?—preguntó segundos después de dejar escapar un sonoro suspiro tras aquel cariñoso beso.—Podría seguir descansando mientras me abrazas.

—He estado pensando en lo que me dijo Santana acerca del tipo que ha intentado meter en problemas a Beth, y he buscado algo de información. No he podido sacármelo de la cabeza.

—¿Has encontrado algo?—se interesó girándose hacia el ordenador que permanecía sobre las piernas de Quinn.

Sí, y no me gusta absolutamente nada lo que he leído.

—Tiene que ser un desgraciado reprimido. A esas personas, cuanto más lejos mejor.

—Lo sé, pero Beth tiene 23 años. Es muy joven y no me quedo tranquila después de saber que ha tenido esos enfrentamientos, y menos ahora que sé todo lo que promueve.

—¿Qué has encontrado?—preguntó curiosa, sin abandonar su privilegiada y cómoda postura sobre su regazo, y dejándose llevar por el placer que sentía al notar como los dedos de la mano izquierda de su mujer jugaban con suavidad con varios mechones de su pelo.

—Pues mira—la invitó a que descubriese lo que aparecía en la pantalla—Ese tipo de con barbas es Harold Lively. No solo es editor y escritor, sino que también es psicoterapeuta. Y éste es su último libro—clicó sobre una de las imágenes.

Solo tú puedes salvarte—musitó Rachel leyendo el título del libro en cuestión.

Afirma que su terapia ha ayudado a curar a miles hombres y mujeres homosexuales durante años. Y que la mejor prueba que tiene para demostrarlo es él mismo. Fue homosexual durante varias décadas, hasta que un pastor le ayudó a encontrar el camino. Se casó y lleva 30 años de feliz matrimonio con tres hijos.

—Oh dios mío, es un jodido reprimido—masculló Rachel.

—Espera que aún hay más—continuó Quinn—Por lo visto, además de ser presidente de una asociación, aunque Santana dice que es una secta, tiene decenas de sedes repartidas por todo el país para que los homosexuales puedan ser tratados y reciban su terapia. Recibe donaciones de más de 200 empresas y personas para el mantenimiento de esas sedes. Y no hablo de donaciones sin importancia, hablo de miles y miles de dólares. ¿Te haces una idea de lo que puede llegar a hacer alguien así con tanto dinero y tantas influencias? Me cuesta meses y meses organizar un proyecto factible para la galería y poder así obtener alguna ayuda por parte del gobierno, para que el arte esté al alcance de todos, para dar un impulso a la cultura y tipos como este reciben todo lo que necesitan y más para cosas tan detestables como esas…Es una locura.

—Lo sé, cielo—musitó apenada—Es un horror que sigan existiendo cosas así, que el ser humano no avance.

Yo creo que es que no queremos avanzar. Ese tipo tiene su vida resuelta con todo ese circo, ¿Qué te hace pensar que cambiaría de opinión aun siendo consciente de la estupidez que defiende? Lo haría de igual manera si con ello sigue recibiendo dinero. Él y cualquiera que lo siga. ¿Te crees que todos esos que donan dinero creen en esa causa? No, los habrá que se dejen llevar, y otros simplemente lo hacen porque recibirán beneficios de alguna manera más sencilla que trabajar. Es un asco.

—¿Qué es eso?—preguntó la morena señalando hacia la pantalla.

Los colaboradores.

—¿Cómo? ¿Tienen la desfachatez de permitir que todo el mundo sepa quiénes son?

Ya ves que sí. Intentan cubrirse de gloria—respondió con sarcasmo.

—Quiero ver quiénes son, dale.

—No, no me deja abrirlo—se quejó tras clicar varias veces en la pestaña que indicaba Rachel.

—¿Eso es un mapa?—cuestionó la morena desviándose de la página—¿Es un mapa de las sedes?

—Eso parece—balbuceó Quinn tras optar por abrirlo y desistir en su intento por averiguar el nombre de aquellos colaboradores.—Mira eso, ¿Todos esos puntos son sedes?

—Quinn—masculló alertada—Hay un punto en Ohio—señaló en el mapa al tiempo que se reincorporaba de su privilegiada posición—¿Puedes clicar sobre él?

Sí, sí que podía, y lo hizo. Quinn no tardó en deslizar el cursor sobre la pantalla hasta posarse en el pequeño punto rojo que se situaba en el estado de Ohio, para segundos después ver como dos imágenes se abrían con sendas flechas que señalaban hacia Cleveland y Columbia. Y fue esa segunda ciudad la que hizo palidecer a Quinn, aunque no por el nombre de la misma, sino por la fachada del edificio que aparecía en la fotografía que se había desplegado del punto rojo. Una fachada que no pasó desapercibida para ella y que la lanzaba a su más tierna y traumática infancia.

—Oh dios…

—Eso mismo digo yo—musitó Rachel—Hay dos sedes en nuestro estado, es…Es horrible.

—Rachel, no lo digo por eso—interrumpió Quinn completamente pálida—Lo digo porque yo conozco ese edificio…Yo he estado ahí.

—¿Qué?—la miró completamente confusa—¿Cuándo has estado ahí?

—En Columbia, en ese centro he estado yo—espetó sin dejar de mirar la pantalla—NHF, National Healing Foundation—susurró sintiendo como incluso un extraño mareo se apoderaba de su cabeza y la hacía creer que estaba a punto de perder la consciencia.

—¿Qué sucede, Quinn? ¿De verdad lo reconoces? ¿Has estado ahí?

—Rachel—balbuceó mirándola—Ahí me llevaron mis padres cuando encontraron mi diario de pequeña. Ese es el centro en el que estuve todo el verano para que me curasen de mis…pensamientos homosexuales—añadió y de repente la palidez se contagió al rostro de Rachel, que la miraba con los ojos completamente abiertos y la confusión convulsionando en su cabeza.

—¿Estás segura?

—Segurísima—replicó al tiempo que se dejaba caer sobre la almohada y lanzaba su mente al pasado—Era ese lugar, y recuerdo como eran esos…médicos, o terapeutas. ¡Oh dios mío! Harold Lively es el dueño de ese lugar y ha tenido problemas con Beth. No, no recuerdo ese nombre, no creo que él estuviese allí cuando mis padres me llevaron, pero me da miedo que esté relacionado con mi hija. No, no es bueno, no son de fiar y…

—Quinn—la interrumpió con apenas un hilo de voz—Creo que deberías ver esto—añadió señalándole de nuevo la pantalla, y la rubia no tardó en recuperar la postura para poder atender a su petición. Y ésta vez el mareo si llegó a producirse en ella.

Fabray & Co Security.

Ni siquiera tuvo valor de pronunciar el nombre porque sentía como la saliva quemaba en su garganta.

—¿Es…es la empresa de tu padre?—musitó la morena buscando algún tipo de reacción en Quinn, pero ésta ya se disponía a abandonar la cama con el rostro desencajado, y un alud de pensamientos abarrotando su cabeza hasta provocarle un intenso dolor punzante.

Creo que voy a vomitar—balbuceó.

—Quinn, ¿Qué te pasa?—cuestionó alertada por el malestar que parecía acusarla.—¿Estás bien?

—Es mi padre—respondió ignorando sus preguntas, emprendiendo un nervioso ir y venir por la habitación—Mi padre colabora con esa secta, mi padre…Ha tenido que ser él.

—¿Qué dices?—Rachel no tardó en abandonar también la cama presa de los nervios.

—Mi padre conoce a ese tipo, Rachel—espetó con la mirada perdida—Él, él sigue metido en toda esa mierda, y la denuncia viene de Ohio por alguien que conoce nuestra vida. Además ha sido respaldada por organizaciones que colaboran con esa secta. ¡Por amor de dios, es él!

—Quinn, Quinn—se abalanzó sobre ella para que detuviese el caminar por la habitación y lograse serenar su estado. –Escúchame, no tenemos pruebas de eso…Es cierto que parece tener relación, pero tenemos que ser prudentes.

No, no Rachel—se paró frente a ella llevándose las manos a la cabeza—Tengo un presentimiento, es él…¿Cómo no he podido darme cuenta antes? El me odia, siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Ya, ya viste lo que hizo en el entierro de mi madre, ni siquiera se atrevió a mirarme. ¡Oh dios mío!—Exclamó dejándose caer de nuevo a los pies de la cama—Ha sido él.

—Quinn, tranquilízate, mi vida—se arrodilló frente a ella—No podemos perder la cordura ahora, ¿Ok? Tenemos que tener la mente fría.

—Pero ¿Es que no ves que todo se relaciona con él? Mi padre vive en Lima, la denuncia venía de allí. Mi padre colabora con esa fundación del idiota ese, y resulta que la denuncia está respaldada por una organización de la cual ese tipo ha sido directivo. ¿Qué más necesitas? Ha intentado vetar a Beth para que no publiquen su novela, y a ti te odia. Te odia igual o incluso más que a mí, por eso te ha denunciado. ¿Acaso no lo ves?

—Sí, claro que lo veo. Claro que veo la relación y todo parece que tiene lógica, pero tenemos que ser prudentes. ¿Ok?

—¿Prudentes? ¿No hemos sido lo suficiente prudentes? Por amor de Dios, Rachel, nos hemos divorciado solo por prudencia. Llevamos más de un mes de completo terror solo por prudencia. ¿Qué más tenemos que hacer?

—Esperar a ver que dicen Spencer y Santana.

—Ni hablar—masculló levantándose de la cama en ropa interior y saliendo de la habitación como si supiera exactamente lo que tenía que hacer. O al menos eso creyó Rachel, que tras reaccionar no tuvo más remedio que seguir sus pasos escaleras abajo.

—Quinn, ¿Qué haces? ¿Dónde vas?

—Voy a hacer lo que tengo que hacer.

—¿Cómo que vas a hacer lo que tienes que hacer?—siguió cuestionándola cuando ya se colaba en la cocina y comenzaba a dar vueltas sin sentido alguno—Quinn, ¿Qué haces?—añadió obligándola a que se detuviera frente a ella cuando ya se disponía a abandonar la estancia y regresar al salón.

—Me voy a Lima—respondió sin pensar—Me voy a Lima a verle.

—¿¡Qué!? No, ni hablar.

—Me voy a Lima—repitió de manera automática mientras la esquivaba.

Quinn, espera—la detuvo sujetándola por el brazo—Escúchame, ahora mismo estás fuera de sí y no piensas con lógica.

—¿Qué lógica ni mierdas? Rachel, me voy a Lima a ver a mi padre. Me da igual lo que digas, voy a ir a ver qué mierda ha hecho y por qué quiere arruinarme la vida. Y te aseguro que como no me dé una explicación lógica, seré yo quien se la arruine a él.

—Espera, por favor—suplicó tratando de recibir su atención—¿Podemos parar a pensarlo un poco? Al menos, al menos vamos a hablar con Santana a ver que nos dice, ¿No?

—Me da igual lo que diga Santana, yo voy a ir a Lima y lo voy a hacer ahora. Iré en coche si hace falta.

—Quinn por favor, eso es una locura. Vamos a llamar a Santana y escuchemos lo que tenga que decirnos. Si está de acuerdo, perfecto…Nos vamos a la estación y tomamos un tren o un avión hasta Lima, pero cálmate. No paras de dar vueltas sin sentido.

—Pero es que tengo que ir—trató de excusarse, pero para entonces los ojos y las manos de Rachel ya habían logrado calmarla.

—Cielo—susurró obligándola a que centrase su mirada en ella mientras aferraba sus manos—Vamos a hacer las cosas bien, ¿Ok? Deja que llame a Santana y ella nos dé su opinión. ¿De acuerdo?

Un resoplido lleno de frustración fue la única respuesta que recibió de Quinn, aceptando al fin su petición de poner aquella nueva situación en manos de quien mejor sabría manejar un conflicto como aquel, y tras ver como lograba calmarse por completo, al menos a simple vista así lo parecía, Rachel no dudó en realizar aquella llamada, sin fijarse si quiera en la hora que era.

Por suerte, su amiga no estaba en pleno sueño, aunque tampoco era el mejor momento para interrumpirla.

Espero que sea algo realmente importante y por eso me estás llamando a esta hora—masculló la latina tras el teléfono y Rachel se lamentó mientras observaba como Quinn tomaba asiento en el sofá y tomaba a Skimbles entre sus brazos. El pobre animal había sido testigo de excepción del pequeño ataque de locura que había sufrido la rubia.

—Santana, lo siento, siento haberte llamado a esta hora, pero tenía que hacerlo.

—¿Rachel?—balbuceó confusa—¿Qué ocurre? Pensé que sería Quinn con alguna información.

No soy ella, pero la llamada si es por ese motivo. Quinn ha descubierto algo que tal vez tenga que ver con la denuncia.

—¿Cómo? ¿Estás hablando en serio?

—Totalmente.

—Espera, espera un segundo—se excusó para dejarla en silencio, lanzando miradas de reojo sobre Quinn y su extraña y repentina calma. –Ok, ya, estaba preparándome para un juicio y he tenido que abandonar el despacho.

—¿Estás trabajando?

—Estoy en los juzgados, así que no vamos…No me hagas perder tiempo y dime qué ha sucedido.

—Ok, verás…Eh…Quinn, Quinn estaba buscando información del editor que ha tenido problemas con Beth y hemos descubierto que su padre, el padre de Quinn tiene relación con él mediante una asociación en Columbia.

—¿El padre de Quinn? Oh dios, ¿Qué tipo de relación le une?

Pues…no estamos seguras, pero si hemos visto que la empresa de Russel colabora con donaciones en las fundaciones de ese tipo, y resulta…Resulta que Quinn ha estado en una de ellas.

—¿Qué?

—San, el padre de Quinn colabora con el centro en el que ella estuvo ingresada cuando era pequeña. Donde, donde la internaron sus padres para que se curase de su supuesta homosexualidad—balbuceó con el temblor adueñándose de su voz—Y ese centro pertenece a Harold Lively. Quinn está convencida de que su padre está detrás de nuestra denuncia.

—Oh…mierda—escupió—Jodida mierda—añadió asustando a Rachel.

—¿Qué? ¿Qué sucede, San?

—¿Cómo no he podido darme cuenta antes? Su jodido padre y el centro donde estuvo de pequeña, ¡Dios!—se lamentó—Lo he tenido delante de mis narices y no me he dado cuenta.

—¿Eso significa que…?—Trató de no alertar más aun a Quinn, que en ese preciso instante clavaba su mirada sobre ella mientras varias lágrimas caían ya por su mejilla.

—Eso significa que todo empieza a tener sentido.

—¿Qué, qué se supone que tenemos que hacer?

—Nada, dejadme que yo me ocupe y vea como soluciono todo esto.

—Pero Quinn, Quinn dice que quiere ir a Lima. Quiere ir a ver a su padre y solucionarlo ella misma.

—No, no ni hablar. No permitas que se mueva de ahí, tenemos que ser prudentes. Que esté relacionado no significa que sea cierto. Así que de viajar a Lima nada.

—Deja que hable con ella—fue Quinn quien interrumpió la conversación ante la atónita mirada de su mujer, que apenas tuvo tiempo a reaccionar cuando esta le quitó el teléfono de las manos. De hecho, ni siquiera se había dado cuenta que había abandonado el sofá.

—Quinn por favor…—susurró en un último intento por evitar que perdiese de nuevo el control.

Santana—dijo ella acercando el teléfono su oído e ignorando la petición de Rachel.

—Quinn, ¿Qué diablos está pasando? ¿Por qué dice Rachel que quieres irte a Lima? Es absurdo, tienes que seguir ahí…

—No—la interrumpió—Escúchame, estoy completamente convencida de que ha sido él, y no me voy a quedar de brazos cruzados.

—Quinn, la denuncia aún no ha llegado a los juzgados, así que deja de querer tomarte la justicia por tu cuenta. Las cosas no funcionan así. Si te vas hasta allí, expondrás a Spencer y también lo harás conmigo.

—No me voy a quedar aquí sentada esperando a que todo siga complicándose—replicó—Ya está bien, Santana. Llevo días sin dormir, sintiéndome el ser más despreciable del mundo, el más inútil que solo provoca dolor. No voy a permitir que mi padre siga con esto, si es que es él el que está detrás de todo—balbuceó con la voz quebrada— ¿Entiendes? Antes tendrás que vérselas conmigo.

—Pero es una locura…

—Si esa denuncia aún no ha es oficial, estamos a tiempo de detenerla y nada mejor que ir a quien puede estar detrás de ella. Lo siento, pero no me voy a quedar aquí. Yo me voy a Lima.

—Ok, ok—la interrumpió—Nos vamos a Lima, pero deja que yo lo organice todo.

—¿Nos vamos?—repitió confusa y la mirada de Rachel no se hizo esperar.

—Sí, nos vamos las dos. Tú y yo. Si tu padre es el denunciante vas a necesitar a alguien que le ponga las cosas claras. Tal vez tú no le des miedo, pero te aseguro que conmigo frente a él no tendrá rincón en el mundo donde esconderse.

—Pero…

—Pero nada. Busca dos billetes de avión para ésta tarde o esta noche, cuando tú quieras. Pero no ahora. Ahora mismo lo que tienes que hacer es relajarte y prestar atención a Rachel—añadió y Quinn no tardó en desviar la mirada hacia su mujer, que con la preocupación reflejándose en su rostro, la miraba completamente descompuesta y asustada—Tengo, tengo un juicio muy importante dentro de una hora, Quinn. Es probablemente la oportunidad más importante que tengo para dar el paso que tanto deseo. Déjame que solucione esto, y te prometo que después las dos saldremos para arreglar de una vez toda esa locura. ¿De acuerdo?

Tardó en responder. Y lo hizo porque la voz quebrada convertida en súplica de Santana más el miedo que reflejaba Rachel en su mirada, la mantuvieron ausente por algunos segundos. Los suficientes para entrar en razón y comprender que debía seguir las indicaciones de su mejor amiga y de su mujer, como siempre lo había hecho cuando perdía el control.

—Quinn…

—Está bien—reaccionó a la voz de la latina—Está bien, San. Esperaré a que estés libre y puedas acompañarme. Buscaré esos billetes de avión o de tren, y te esperaré. Pero no me falles. No ahora, por favor.

—No te voy a fallar, Quinn. Te dije que no permitirá que nadie os hiciera daño y pienso cumplir mi promesa. Pero ahora tienes que tranquilizarte. Vuelve a la cama, sal a pasear o quédate ahí, con Rachel, pero relájate. ¿Ok?

—Ok—balbuceó notando como de nuevo las lágrimas se escapaban de sus ojos.

Te llamo en cuanto acabe. Cuídate, por favor.

—Suerte—susurró segundos antes de escuchar el tono que daba por finalizada la llamada y tenía que volver a enfrentarse a ella. A sus ojos desangelados y la mueca de pena dibujando sus labios. A sus manos temblorosas y su garganta sosteniendo un nudo que parecía cortarle la respiración mientras esperaba impaciente sus palabras.—Me ha dicho que me va a acompañar—dijo al fin y Rachel soltó todo el aire que contenían sus pulmones—Nos iremos por la tarde o por la noche, depende de si encuentro algún billete de vuelo.

—Quinn…—Susurró con temor—¿De verdad que quieres ir? ¿Por qué…por qué no dejas que sea ella quien se encargue de todo? No, no te va a hacer bien verle, no después de todo lo que pasó con tu madre y…Todo esto.

—Tengo que ir, Rachel. No me puedo quedar aquí sin saber si es él o no.

—Pero mi amor—avanzó hacia ella—Estás mal, no estas fuerte psicológicamente y lo sabes. Por favor, yo te necesito y no puedo permitir que sigan golpeándote de esa manera.

—No, no Rachel—la interrumpió dibujando una sonrisa llena de tristeza—No lo hago por mí, lo hago por ti. Anoche, anoche me dijiste que tenía que ser fuerte por ti, que tenía que estar a tu lado…Pues bien, no voy a permitir que sangre de mi sangre te haga daño. Si mi padre quiere hacerte daño, antes tendrá que acabar conmigo.

—Quinn por favor…

—Shhh—la silenció atrayéndola hacia ella para abrazarla—Prometo volver mejor que nunca. Acabaré con toda esta locura, volveré con Elise y nos marcharemos a Hawaii a pasar las vacaciones, como habíamos planeado. Y nos casaremos allí de nuevo y todo volverá a la normalidad. Te lo prometo. Tienes que confiar en mí, Rachel.

—Pero…

—Dime que confías en mí, Rachel— buscó sus ojos— Dime que confías en mí, por favor.

Un suspiro, un par de lágrimas que volvían a escaparse de sus ojos y un leve movimiento de su cabeza que confirmaba aquella petición.

—Confío en ti.

Nueva York, 1 año atrás.

—¡Ya estoy en casa!.

—¡Mamá!

—¡Hola mi amor! ¿Me has echado de menos?—cuestionó al tiempo que alzaba a su hija entre los brazos, y la llenaba de arrumacos y besos.

—¡Si! Mamá, ¿Podemos tener un perro?

—¿Qué? ¿Un perro?—repitió lanzando la mirada hacia la cocina, donde ya aparecía Rachel portando una dulce sonrisa.—¿Para qué quieres un perro?

—¡Para jugar! Di que sí, mamá. Podemos tener una casita para él en el jardín, y yo prometo cuidarlo siempre. Aunque cuando llueva tendría que dormir conmigo.

—Uhh para, para…—La interrumpió dejándola en el suelo—Eso de que duerma contigo no es buena idea.

—Pero…

—¿Y mamá qué dice? ¿Ella quiere?

—¡Sí!

—¡No!—intervino Rachel asustando a la pequeña—Yo no he dicho que sí.

—Pero has dicho que si mamá dice que sí, podríamos tenerlo—replicó la pequeña.

—Pero mamá no ha dicho nada aún.

—Cierto—intervino Quinn—Yo no he dicho nada. Y no diré nada hasta que acabe el cole.

—¿Por qué? Jo mamá, yo quiero tener un perro.

—Si te portas bien hablaremos sobre ello. Pero ahora que mamá se va de gira no podemos tener perros.

—¡No es justo!—se quejó mostrándose molesta.

—Elise—masculló Rachel a modo de reprimenda—No seas caprichosa. Ya te ha dicho que cuando acabe el colegio, hablaremos sobre ello. ¿De acuerdo?

No, por supuesto que no estaba de acuerdo, pero no tenía más opción que callar y aceptar la orden de su madre. Y la única forma que conocía era guardando silencio.

—No te enfades, cielo—susurró Quinn regalándole una caricia en la cabeza—Pórtate bien y tendrás lo que quieres.—Añadió guiñándole el ojo al tiempo que se acercaba a Rachel—Hola—musitó segundos antes de besarla—¿Qué tal por aquí?

—Todo bien. ¿Estás muy cansada? ¿Qué tal el viaje?

—Bien, he dormido un poco en el tren, así que estoy bien.

—Ok. ¿Y tu madre? ¿Cómo está?

—Pues…—guardó silencio mientras se colaba en la cocina y evitaba que Elise pudiese escucharla— No muy bien, Rachel.

—Vaya…

—El tratamiento es tan agresivo que la deja devastada. Me, me cuesta muchísimo venirme y dejarla así.

—Bueno, Cathy está con ella y sabe cuidarla. No tienes que preocuparte por ello, cielo—susurró siguiendo sus pasos hacia la isleta.

—Lo sé. No creo que este con nadie mejor que con ella. Además ese hospital está bastante bien equipado y todas las enfermeras están siempre pendiente de ella. La adoran.

—Me alegra que así sea, pero…¿Y tú? ¿Cómo estás?

—Pues…—la miró con la pena inundando sus ojos—No sé exactamente como estoy. Solo estoy.

Un suspiro, un abrazo y un beso. Rachel no tenía palabras suficientes para dar ese cobijo que su mujer necesitaba, y prefería hacerlo con gestos.

—Tienes que ser fuerte—susurró permitiendo que su mujer hundiese el rostro en su cuello—No estás sola, yo estoy aquí para ti siempre, ¿Ok?

—Lo sé. Dios, te echo tanto de menos cada vez que no duermo a tu lado.

—Quinn—musitó regalándole otro beso antes de obligarla a que la mirase directamente a los ojos.—Hay algo que no te he contado. Pasó esta mañana y bueno, creí oportuno decírtelo cuando estuvieses aquí.

—¿Qué ha pasado?—retomó la seriedad—¿Ha hecho algo Elise?—cuestionó lanzando la mirada hacia el salón, donde la pequeña ya se distraía con varias muñecas.

—No, no…Ella no ha hecho nada. Es…Bueno, llamaron muy temprano preguntando por ti.—Tragó saliva.

—¿Preguntando por mí? ¿Quién?

—Tu padre.—Respondió y el silencio se apoderó de la estancia. La mirada confusa de Quinn obligaba a Rachel a que continuase hablando.—Se ha enterado de lo de tu madre y quiere, quiere hablar contigo.

—No, no me lo creo—balbuceó desconcertada.

—Quinn, sé que es extraño y bastante complicado de asimilar pero…

—¿Pero qué? Hace casi 20 años que no hablo con él.

—Lo sé, y él también es consciente de la situación. Y a decir verdad y por cómo me ha hablado, juraría que está arrepentido.

—¿Arrepentido?

—Me pidió que te dijera dos cosas.

—¿Dos cosas? ¿Te ha llamado para decirte dos cosas? ¿Qué cosas?

—Pues…Una, que le des una oportunidad para hablar y que estará esperando tu llamada de vuelta. Dos; Nunca dejó de quererte.


#3NCFic