CAPITULO 38: Las guerras blandas

Sarrah no estaba precisamente de buen humor. Iba rumbo a casa a arreglar entuertos y a preparar el retorno a casa de sus hermanos y a poner en marcha planes mientras ellos iban por ahí de aventuras a divertirse. No era justo.

Ni siquiera podía contar con la compañía de la Dorniense pues los viajes por mar le sentaban mal y se pasaba el tiempo encerrada en su camarote siendo víctima de su propio espectáculo estomacal privado.

Jugueteo con su gatosombra que ronroneaba cual gatito en su regazo y disfruto mirando de manera penetrante a los marineros de la cubierta del barco. Le divertía saber que los ponía incómodos. Y mucho. Había algo amenazador en sus ojos dorados, como los de los lobos o las aves rapaces. Y la estampa de una jovencita con esa mirada depredatoria que era capaz de domar a una bestia del calibre del gatosombra que dormitaba en su regazo ponía incómodos a los varones. A Sarrah le reconfortaba un poco saber que en cierta medida, era temida. No tenía muy claro porque, por que no resultaba amenazadora en absoluto con su pequeño cuerpo y su estructura delgada y menuda. Pero con algo tenía que entretenerse en los tediosos días de navegación en los que no había nada mejor que hacer. Y aterrorizar a los marineros era un pasatiempo tan bueno como cualquier otro. A fin de cuentas, labrarse una reputación tampoco era tan malo.

No podía evitar sonreír al pensar en las conversaciones entre aquellos que la consideraban una aterradora y silenciosa amenaza y aquellos con los que fingía ser una doncella idiota y dócil mansa como un conejito asustado. Iba a ser divertido.

Cuando una de las tardes el capitán se le acerco y le dijo que se avecinaba tormenta y que deberían fondear, Sarrah se paso la mano por los labios de manera pensativa.

-¿Donde estamos, capitán?

-Acabamos de pasar los dedos, señora.

-Entonces vayamos a la costa. Fondeemos en Azor, aguardaremos a que pase la tormenta en las tierras de nuestro buen amigo Ser Casimiro. ¿Es bueno tener amigos, verdad?- Sonrió. Toda dulzura e inocencia. E interiormente no pudo evitar una sonrisa al ver como un escalofrió recorría al capitán, que de manera instintiva dio un paso hacia atrás poniendo distancia entre su persona y aquella muchachita que ponía de los nervios a todos los que estaban cerca.

-Así se hará, mi dama.- El capitán giro sobre sus talones, como impulsado por un resorte y puso la mayor distancia que pudo entre él y aquella extrañísima joven a la que debía lealtad.

Llegaron a puerto. Enviaron un cuervo a la hacienda Flor de Lys, y alquilaron unos palafrenes para que la diminuta comitiva se pusiera en marcha.

Fueron recibidos con amabilidad por los sirvientes de Azor. Y escoltados por una legión de preadolescentes excesivamente aguerridos con uniformes. La Minkundis no pudo evitar arquear una ceja con curiosidad por el extraño recibimiento.

Pero lo que la pillo totalmente desprevenida fue conocer a Lady Casandra en toda su gloria. AL entrar en el salón del palacete, una mujerona vestida de azul con las mangas de su vestido arremangadas y las manos llenas de harina cruzo el vestíbulo y se planto delante de Sarrah cual ángel vengador y la miro con un resoplido indignado, como si la justicia de los siete estuviera de su lado. Sarrah abrió los ojos sorprendida. Aquella mujer imponía de una manera arrolladora. Morena, con el pelo recogido en un prieto moño en su nuca, Lady Casandra tenía una cara redonda y dorada por el sol. No era una beldad, pero tenía cierto atractivo rustico. Con un peño enorme a juego con unas generosas caderas. Alta para pertenecer al sexo femenino. Y preñadísima. Era imposible no darse cuenta de que estaba en cinta. Sarrah no pudo evitar pensar en cuantas sandias haría falta comerse para tener un vientre de aquellas dimensiones tan descomunales. Conocía a Casimiro. Sabía que era un hombre grande. Y Casandra también lo era. No era la primera embarazada que veía. Pero por un segundo se pregunto si aquella mujer gestaba un buey ahí dentro, porque sabía el tamaño de los bebes y aquello no podía ser normal.

Los hijos de Casimiro no se hicieron esperar y corretearon hasta colocarse tras su madre y mirar a los forasteros con curiosidad. Sarrah tenía que contenerse para no reír en aquellas circunstancias. Pero su educación se impuso.

-Soy Lady Sarrah Minkundis, amiga de su señor esposo, Ser Casimiro. Ahora está con mis hermanos en el norte haciendo unos encargos para la Mano del Rey. Estaba de camino a casa pero una tormenta nos desvió del rumbo, espero que la generosidad y cortesía de su esposo, y en virtud de la amistad entre nuestras casas, pudiera encontrar hospitalidad y refugio en sus tierras antes de poder reemprender el camino.

-Tsk...

Aquel chasquido de lengua desagradable y condescendiente fue la única respuesta de la mujerona.

Sarrah se quedo allí, inclinada, sin tener muy claro cómo actuar con aquella mujer.

Un maestre increíblemente avergonzado por el comportamiento de su señora salió de entre las sombras y le ofreció a los Minkundis una bandeja cargada de trozos de pan y un cuenco con sal.

Sarrah tomo un trozo de pan, lo hundió en la sal y lo comió procurando mantener una expresión afable en el rostro. La situación ya era lo bastante tensa como para que diera rienda suelta a su sarcasmo.

-Estaba preparando la cena.- Mascullo Casandra de muy mal humor. No dejaba de mirar de arriba abajo a Sarrah y su mal humor iba en aumento. Era casi palpable.- Ven conmigo.

Sin esperar respuesta de la Minkundis, se giro y se puso a dar zancadas hacia la cocina. La descortesía de haberla tuteado y haberse referido a ella con esa grosera familiaridad no se le había escapado a nadie. Sarrah pudo ver como el maestre de los Flor de Lys la miraba de manera abochornada, con una disculpa y una súplica en sus pupilas llorosas. Sarrah no pudo más que sentir un arranque de compasión por aquel hombre con la paciencia de todos los santos.

Tal como entro en la cocina tras Casandra, Sarrah la vio coger una gran hacha de cocina y ponerse a trinchar un costillar de ternera como si aquel trozo de carne le hubiera hecho algo personal. Casi le dio miedo quedarse a solas con aquella mujer. Sola. Sarrah cayó en la cuenta.

-¿No tenéis cocineras o sirvientes que la atiendan en sus cocinas, señora?- Pregunto con su voz más dulce.

-Como si fuera a dejar que alguna inútil prepara la comida de mis hijos.- Mascullo la mujer con ferocidad, mientras atacaba de manera despiadada con su cuchillo al costillar. - Una buena esposa sabe cuidar de los suyos y no se le deberían caer los anillos por hacer lo que debe hacerse como debe hacerse. No sé como harán las cosas allá en el sur, pero aquí, una mujer, sea noble o no, debe saber cuidar de los suyos. ¿Acaso tú no sabes cómo cuidar de los tuyos, Lady Zorrah?

El cuchillo se quedo suspendido en el aire. Sarrah se quedo con una expresión petrificada y una radiante sonrisa en los labios. Y pudo ver como Casandra la miraba. Con un deje de desafió en la mirada. Y algo hizo clic en la mente de la pequeña Minkundis.

Recordó las lecciones de su maestra de corte. Cuando le hablo de las guerras blandas. Las conjuras de las mujeres de los harenes. Las conspiraciones por el afecto y favores de los hombres poderosos. Y no pudo más que ensanchar su sonrisa. Casandra era una mujer celosa enamorada de su esposo, una embarazada que tenía que llevar una casa con un marido ausente. Su hostilidad estaba fuera de lugar, pero era comprensible. Así que suavizo su expresión.

-Se pronuncia "Sarrah", señora Casandra.- La corrigió ignorando el burdo insulto.

-Oh, mis disculpas- Casandra masticaba las palabras de una manera que impresiono a la Minkundis- No sé en que estaría pensando. Igual es que al no haber tenido una educación fina y alta cuna me hace pronunciar mal esas palabras tan complicadas y esos nombres tan refinados. Procurare aprender a pronunciar bien vuestro nombre, Lady Zorrah.

"Esta celosa de mi." no pudo más que pensar Sarrah con cierta tristeza. "me considera una amenaza para su matrimonio".

-No os preocupéis, no me ofende- Sarrah sonrió con todo su encanto y la mayor inocencia que pudo, ignorando el impulso de poner a aquella mujer en su lugar con su lengua viperina. A fin de cuentas, era la esposa de Casimiro. El herrero era un buen amigo de la familia y un aliado valioso para sus hermanos. Bien valía el que tuviera que buscar la forma de ganarse a su esposa. Sarrah tomo una decisión, jamás le había importado hacer lo que hiciera falta para cumplir sus objetivos, así que se arremango y ensancho su sonrisa- ¿En qué os puedo ayudar, Señora?

Casandra sopeso el cuchillo enorme que tenía en la mano y volvió a chasquear la lengua con desagrado ante la idea de que la canija enclenque que tenía delante no le había dado excusa alguna para partirle la crisma y trincharla en pedacitos pequeños. O al menos, a Sarrah le dio esa impresión.

-Ve cortando las verduras. Y luego échalas al caldero que está en el fuego. Los huesos ya llevan un rato cociendo.- Dijo finalmente la mujer del herrero con un tono de voz que dejaba muy claro que por ahora, le perdonaba la vida. Haciendo mucho hincapié en el "por ahora".

Tras un rato de silencio en la cocina en la que solo se escuchaba el crunch crunch de los huesos de ternera siendo inmisericordemente triturados por un lado y el sutil tac tac tac de un cuchillo pequeño cortando verduras con delicadeza, Sarrah se arriesgo a hablar.

-Debéis estar muy orgullosa de vuestro esposo. ¿Estuve en el torneo de la Mano, Sabéis? Lucho muy bien. Fue allí donde lo conocí. Bueno, yo y mi familia.- Sarrah no aparto la mirada de lo que estaba haciendo, esforzándose en que su tono de voz fuera casual. Pero había notado que la mujer que tenia al lado había dejado de destrozar carne y casi podía notar aquellos ojos castaños taladrándole la oreja. Así que siguió hablando- Me alegre muchísimo de conocer a un hombre tan honrado y decente, va a ser una influencia maravillosa para mis hermanos. Es el único amigo que han hecho que apruebo sin queja alguna.

-¿Lastima que este casado, eh lady Zorrah?- espeto la mujer con un retintín que disimulaba más bien poco la violencia contenida.

Sarrah se giro teatralmente con las cejas calculadamente arqueadas en una mueca de sorpresa, inocencia e incomprensión.

-¿Por qué debería ser una lástima que estuviera casado, mi señora? ¡Ser Casimiro habla de vos constantemente, os adora!- Sarrah sonrió de manera infantil, como una niña de esas idiotizadas por las estúpidas historias románticas y suspiro de manera encantadora- No sabéis lo afortunada que sois. Ojala cuando mi hermano me busque esposo sea tan afortunada como vos y sea tan amada como vos lo sois. ¡No sabéis como os envidio, Señora Casandra!

Aquello pareció funcionar. Casandra se quedo petrificada, mirando a aquella niña que tenía delante como si no supiera si decidir que era idiota o si le estaba tomando el pelo. Pero el ablandamiento en la expresión de la dama hizo ensanchar aun más la sonrisa de Sarrah. "te tengo" pensó la pequeña Minkundis con cierto orgullo. "ahora más me vale no meter la pata".

-Estas cortando mal las verduras, niña- Mascullo finalmente Casandra tras un tenso silencio.

-Oh!- Sarrah miro sus verduras primorosamente cortadas y se pregunto si aquella mujer era incapaz de ser amable, o es que esa era su forma de expresarse, en cualquier caso, decidió seguirle el juego e ignorar aquel "niña" que le habría valido su odio eterno a cualquier otro noble.- Podríais enseñarme? Mis hermanos no quieren que practique estos quehaceres, dicen que no es propio de una dama...-Sarrah bajo el tono de voz como si le avergonzara confesar ese terrible "secreto"- ¿Pero creo que tenéis razón, una mujer debería ser capaz de cuidar a su familia, no?

-El hombre se conquista por el estomago, niña...-Sonrió Casandra. Sarrah nunca la había visto sonreír. Tenía la sonrisa más franca y honesta que había visto. Como alguien que no tiene nada que ocultar. Comprendió por que Casimiro temía y amaba a su esposa. Con aquella dama, lo que veías era lo que había, sin trampas, sin secretos y sin ocultar absolutamente nada. Era la persona más abierta que Sarrah había visto y eso la tenia fascinada.- Si no eres capaz de alimentar y saciar a tu hombre, otra lo hará. Cualquier puta puede abrirse de piernas y calmar sus instintos más bajos, pero solo una esposa es capaz de prepararle un estofado cuyo aroma haga que se le ericen hasta los pelos del culo.

Sarrah no pudo contener una risa ante semejante declaración, aun que lo intento, lo que hizo que saliera un ruido ahogado y explosivo por la nariz y que se pusiera toda roja. Casandra sonrió aun más.

-No sé si yo querría que se le erizaran los pelos del...culo...a mis hermanos, señora...-Rio Sarrah divertida. Haciendo que Casandra estallara en carcajadas.

-Naahh, tranquila, yo te enseño. Una jovencita como tú no debería estar siempre rodeada de hombres. Seguro que siempre andas toda protegida y cuidada como si fueras de cristal. Yo siempre he pensado que una mujer es la que manda en su casa cuando el marido no está. A fin de cuentas, si nosotras no cuidamos de que todo esté limpio, esos brutos andarían con las calzas sucias durmiendo en los establos y comiendo cualquier guarreria. Y eso no está bien. ¿Y se dan cuenta de lo que trabajamos? ¡Claro que no! Y te aseguro que las doncellas y las sirvientas están muy bien, pero hay que saber ponerlas en su lugar. Y para saber mandar, hay que saber hacer las cosas.

El hombro de Sarrah fue palmeado por aquella mujer con tanta fuerza que la pobre Minkundis se pregunto si volvería a tener sensibilidad en el brazo.

-Pero ahora no estás entre tus hermanos, niña. A una jovencita solo una mujer experimentada le puede enseñar a ser una hembra de verdad.

Sarrah trago saliva, sin saber si prefería la ira o los favores de aquella mujer. Aquella situación empezaba a dar miedo sin dejar de ser absurda en todos los sentidos para la rubia menuda.

Un hacha de cocina enorme le fue puesta en la mano y fue arrastrada hacia la vaca medio destrozada que Casandra había dejado.

-Dale fuerte. Sarrah, el tuétano deja un sabor delicioso en la sopa.

En otro lugar, muy lejos de allí, al norte, Casimiro tuvo un escalofrió. Un presentimiento ominoso e intenso le sacudió hasta el tuétano de los huesos.

-Ha pasado algo...-susurro para sí mismo. Pero sus compañeros de viaje lo escucharon.

-¿Algo bueno o malo?- le pregunto Arcyth con curiosidad al ver su expresión compungida.

-No estoy seguro... ¿Pero no te ha pasado nunca eso de tener la sensación que en algún sitio ha pasado algo que va a cambiar tu vida quieras o no?

El herrero miro al muchacho de pelo blanco como si este pudiera darle una respuesta a la duda existencial que acababa de darle.

Llevaban medio día viajando desde Invernalia cuando el cielo se puso negro. Así que tras una rápida discusión, el grupo decidió que lo más inteligente seria buscar refugio en algún lugar cercano.

-Estamos en el territorio de los Cerwyn- comento Harlum, que había estado leyendo sobre casas norteñas los últimos días- Ya sabéis, hacha negra sobre fondo plateado, lema "afilado y listo". Son fieles vasallos de los Stark y una de las casas más apreciadas y honorables del Norte, aun que no de las más grandes. Tienen una reputación impecable, quizás ellos nos ofrezcan refugio para la tormenta que parece que se nos echa encima.

Con cierta reticencia a pedir más favores de los que fueran necesarios, pero con un clima de mil demonios amenazando con descargar en cualquier momento, decidieron optar por los Cerwyn como su mejor opción.

Cuando ya casi habían llegado a su destino, en una intersección de la senda por la que se habían tenido que desviar para poder llegar al castillo, una recua de cuatro mulas bloqueaba el camino. El animal en cabeza del tiro rebuznaba con histerismo sacudiendo una pata rota, y en su histeria, antes de que un tipo pelirrojo consiguiera bajar del carro, el animal coceo a la otra mula que se puso a saltar y a removerse dolorida e inquieta sacudiendo todo el carromato, haciendo caer al pelirrojo del pescante del que intentaba bajar y poniendo muy nerviosos a los dos hombres que montaban a caballo junto al carro.

De detrás del carro, un hombre con túnica de maestre parecía preocupado e intento bajar. Pero uno de los hombres a caballo, con un arco en las manos, coloco una flecha en su arma y sin decir una palabra, hizo que el maestre se lo pensara dos veces.

La comitiva de los Minkundis y Ser Casimiro ralentizaron el paso de sus caballos ante el panorama. Y se miraron entre ellos. No fue necesario mucho hablar para que todos asintieran con cierto cuidado y se llevaran discretamente la mano a la empuñadura de sus respectivas armas.

-¿Necesitan ayuda? En los caminos todos debemos ser amigos, nunca se sabe cuando puedes depender de la buena voluntad de los viajeros...-Canturreo Vadid con su alegría típica, haciendo que su caballo avanzara unos pasos mientras por debajo de la capa ya tenía dos dedos de su sable de hojas cruzadas desenvainado.

Ese era uno de los momentos en los que Arcyth no sabía si agradecer o maldecir el haber tomado la decisión de viajar un tanto de incognito con capas y cubre todos más bien humildes, que los hacía indistinguibles de cualquier otro viajero. Claro que las ropas que llevaban bajo aquellas abultadas y abrigadas prendas exteriores eran del todo menos humildes.

-No necesitamos ayuda- Espeto uno de los hombres a caballo- y con la tormenta que viene, yo de vosotros tendría mucha, mucha prisa en salir de aquí.

Las palabras del desconocido se quedaron flotando en el aire como una no tan velada amenaza.

-Un tanto rudo para una muestra de buena voluntad...-Vadid insistió con su cortesía campechana mientras miraba de reojo al maestre, que había pasado de estar nervioso a estar aterrado. Aquello no era buena señal en ningún aspecto.

El hombre pelirrojo que ya había conseguido bajar del pescante pese a las sacudidas, saco un hacha pequeña de una sola cabeza, se acerco a la mula que se había roto una pata, y de tres golpes secos le abrió la cabeza matando al animal. Desmonto los arreos, y librero el tiro del peso muerto. Luego, salpicado de sangre y aun con el hacha en la mano, se encamino hacia los recién llegados.

-Yo de vosotros me pondría en marcha enseguida. Estas tierras son peligrosas para los forasteros. Llevan unos muy bonitos animales. Sería una lástima que se encontraran con gente peligrosa y acabaran teniendo que caminar si es que acaban vivos.

-¿Nos estas amenazando?- Susurro Vadid fingiendo una sorpresa que no sentía.

-¿y que si lo hago?- El pelirrojo se acerco a Vadid sonriendo. Sus dos compañeros a caballo ya reían con cierta malicia mientras el del arco alzaba su arma en una clara amenaza. El otro hombre montado saco una espada.

-Que en ese caso- Apostillo Arcyth con su potente voz- Deberíais saber que lo más peligroso en estas tierras, somos nosotros.

Fue como conjurar un ensalmo. Todo sucedió a la vez.

El pelirrojo se lanzo contra Vadid con la clara intención de desmontarlo, pero el más joven de los varones Minkundis, que ya estaba más que rodado en peleas tabernarias y en sacar provecho de las maniobras menos honorables del manual del buen luchador callejero, ya lo esperaba con un pie por delante para que la suela de su zapato le saludara la cara. Vadid pudo sentir bajo su bota la nariz de aquel pelirrojo hacerse papilla.

Mientras el arquero alzaba su arma para disparar al grupo, un martillo de forja salió volando y aun que no le dio al jinete, si le dio en la cabeza al caballo con la suficiente fuerza para hacer que la bestia se encabritara

Arcyth espoleaba su montura hacia el segundo jinete, el de la espada, y desenvaino su arma. Ambos se encontraron en un punto intermedio del tramo de camino e hicieron chocar los aceros. No fue un combate muy largo. Ni muy elegante. Y aun lo fue menos cuando en el tercer golpe, el Minkundis trazo un arco descendente con su arma que el otro no pudo esquivar acertándole en el hombro de cuajo. La espada del joven señor se clavo hasta hundirse entre los pezones del hombre, partiendo en dos casi palmo y medio de su cuerpo.

El arquero se retorcía en el suelo con las piernas rotas por la caída del caballo. Aun que igual el que el caballo se le hubiera caído encima cuando apenas había tocado suelo había ayudado bastante.

El pelirrojo se cubría la cara con las manos mientras Vadid le pedía amablemente que soltara su hacha y se arrodillara en el suelo con las manos en la nuca, mientras la punta de su delgada pero brutal arma le acariciaban dibujando circulitos en el cuello.

Harlum salió corriendo nada mas vio asegurada la zona y fue a ayudar a su compañero maestre.

-¿Que ha sucedido aquí? ¿Quiénes eran esos hombres?- le pregunto.

Las explicaciones no se hicieron esperar. Aquel maestre se llamaba Bulon, y trabajaba en una de las aldeas del territorio de los Cerwyn. Hacia unas semanas fue contactado por un lugareño, Fausto, que resulto ser el hombre que Arcyth había matado. Con sus dos compañeros, Alwyn (el arquero de las piernas rotas) y Girbelin (el pelirrojo con la nariz chafada)

Habían ido a buscar a Bulon con la excusa de que necesitaban un experto en historia, por un descubrimiento que habían hecho. Bulon acepto, y pronto se vio arrastrado en contra de su voluntad por el grupo.

-Saqueaban túmulos...-dijo con un susurro de voz aterradora

Harlum arqueo las cejas incrédulos. Saquear las tumbas de los primeros hombres en el norte era como asesinar a alguien en tu casa a quien habías ofrecido tu pan y tu sal. Era una blasfemia. Era un crimen terrible a ojos tanto de los hombres como de los dioses.

El mas indignado de los presentes fue Casimiro, quien sintió unas ganas tremendas de colgar allí mismo a aquellos herejes. Aun que se tuvo que contener por qué no tenía muy claro si el Señor de Luz aprobaba o no aquellas practicas. Pero como descendiente de la estirpe de los primeros hombres se sentía traicionado por aquellos hombres que habían tenido la osadía de interrumpir el descanso de sus ancestros y saquear los tesoros de un pasado que era reverenciado por muchos.

Abrieron los sacos del pequeño carro. Allí habían palas, picos y palanquetas. Mucha cuerda...y varios sacos estaban llenos de antiguas armas de bronce con runas grabadas en distintos estados de conservación. Antiquísimas armaduras de hierro bastante oxidadas por el paso de los siglos. Petos de bronce enverdecidos por los años y puntas de flecha de Vidriagon. Muchas puntas de flecha de Vidriagon.

Mientras ojeaban el botín rescatado, y Harlum atendía las heridas de los dos bandidos tras haberlos desarmado y maniatado, fue Vadid el que vio lo que nadie mas había visto: Que maese Bulon llevaba un morral muy abultado que aferraba con sus manos con demasiadas ansias.

-¿Y eso?- Le pregunto con su infantil tono de voz

-¡Son mis herramientas de oficio!- dijo el hombrecillo con un tono de voz demasiado agudo. Su respuesta fue demasiado rápida. Demasiado apresurada. Y gritando quizás un poco más de la cuenta. Eso basto como para que Casimiro, Arcyth y Harlum sintieran el tintineo de que algo no iba bien. Otra vez.

-Abrid el morral, maese Bulon- Inquirió Arcyth con severidad.

-¡Es personal! ¡Son objetos personales!- Insistió el hombrecillo retrocediendo. Pese a que los primeros copos de nieve de la tormenta ya caían, y a la baja temperatura, aquel maese no dejaba de sudar.

-No lo repetiré otra vez- Arcyth volvió a desenvainar su arma.- O lo abrís vos o lo abro yo después de haberos cortado las manos.

Bulon jadeo, furioso y aterrado a partes iguales. Y sabiéndose rodeado se quito el morral y lo arrojo al suelo. Vadid, al lado del maese, lo agarro del hombro.

-Espero que no os moleste que hasta que verifiquemos esto os atemos un poco las manos, eh? No es nada personal ni nada de eso...es solo que no me fio de ti un pelo y creo que mientes más que hablas pese a que te hemos mostrado la mejor intención...

EL pequeño Minkundis maniato al maese y acto seguido, agarro el morral para llevarlo al carro. Con cuidado, volcó el contenido sobre la superficie de madera. Allí había tres tablillas de bronce con un montón de muescas y marcas en un idioma que no conocía. Un mapa en una pieza de cuero grande con un montón de signos astronómicos y astrológicos. O al menos eso dijo Harlum que parecían.

Según el mapa, Harlum llego a la conclusión tras unos pocos minutos de estudio y tras ver las marcas que habían realizado, que habían saqueado unos once túmulos. Y del que venían ahora, que estaba marcado como "próximo encuentro" estaba en una zona llamada Marcapies, a pocas millas de la costa cercana al castillo Cerwyn.

-Esto vamos a tener que investigarlo más...-Sentencio el joven maese.

Arcyth perdió la paciencia, miro a Casimiro de reojo, y ambos asintieron con la cabeza. Sobraban las palabras. Separaron a los tres prisioneros y los fueron interrogando uno a uno. Harlum se encargo de aplicar pomadas en los moretones resultantes de la animada conversación que los dos fuertes varones tuvieron con aquellos saqueadores.

Resulto que la historia de Bulon no era tan trágica. Era él, el que había contratado a los saqueadores desde un principio. Alwin, el arquero, incluso confeso que no sabían que buscaba Bulon. Pero les hablo de un quinto miembro del grupo, alguien a quien llamo Luc "el flautista" y de un contacto, un hombre que solo había visto en un par de ocasiones cuando Bulon iba a llevarle lo que encontraban. Solo supo decir que era un extranjero con pinta de ser muy rico.

El pelirrojo al pelirrojo consiguieron sacarle que tras haber encontrado las tablillas en el último túmulo, Bulon había insistido en reunirse con "otro grupo". De ese otro grupo solo conoce a un tan Owen, un tipo de las ciudades libres que mercadea con objetos antiguos y que había estado muy interesado en cosas con esas "marquitas angulosas" gravadas.

Bulon, por su parte estaba furioso. No consiguieron sacarle nada más que amenazas.

-¡Tengo amigos poderosos!-Les gritaba en un estado de pánico que lo mantenía obstinado y en sus trece- ¡No sabéis donde os estáis metiendo!

-Con la tormenta que se avecina creo que deberíamos dejar que los Cerwyn se encarguen de sonsacarle la información que posee- Sentencio Harlum al ver el estado del otro maese- No le sacaremos nada antes de que quedemos atrapados por la tormenta.

Harlum subió al carro, en cuyo interior habían amontonado a los tres prisioneros y el cadáver del cuarto saqueador, y partieron hacia la fortaleza.

Hubo muchas explicaciones, y tal y como se identificaron, fueron bien recibidos. EL propio Lord Medger Cerwyn los agasajo con el pan y la sal. Los prisioneros fueron llevados a los calabozos y les fueron dadas habitaciones a los invitados.

Pero la sorpresa llego cuando Lord Medger henchido de orgullo, soltó un comentario que pillo a los Minkundis a contra pie.

-Jamás hubiera pensado que alguien de vuestro renombre vendría a pedir la mano de mi hija...el campeón de la mano del rey, nada menos...

-¿Perdón?- Arcyth parpadeo confuso ante tamaña noticia.

-No es necesario tanto protocolo, mi señor- Lord Medger, ya en sus cincuenta le palmeo el hombro con cierta camaradería.

-Señor, no pretendo insultaros ni resultar grosero, pero es que no se dé que me habláis...-Arcyth se sentía incomodo y envarado. Pero no tanto como Lord Medger en ese momento.

-Oh, disculpadme entonces por mis palabras...pensé que habíais venido para la elección...

-¿La elección?- Arcyth parecía aun más confuso

-No sé si lo sabréis, pero mi único hijo varón falleció hace unos meses. Soy viudo, y estoy enfermo, así que volver a casarme para intentar engendrar otro heredero varón no es una opción para mi, pues el invierno esta a las puertas y no creo que vea una nuevo verano. Solo me queda una hija viva, mi Jonelle, que pese a rondar los treinta aun es joven y fértil. Doncella. Tras discutir con mis consejeros y mi maese, decidimos casarla. Todos los pretendientes llegaran a lo largo del día para decidir quien será el nuevo señor de Cerwyn, pues uno de los requisitos es que se deje adoptar por mí para que mi apellido y mi casa no desaparezca, y no desestabilizar las fronteras del Norte.

-Comprendo. Pese al honor que seria para mi, lamento deciros que mis dominios están demasiado lejos de aquí, mi señor, y que personalmente opino que vuestra hija, que seguro posee muchas virtudes y a quien deseo un feliz matrimonio, se desposara con un norteño.

Lord Medger pareció contentarse con aquella declaración y asintió.

-Si os vais a quedar hasta que amaine el temporal, quizás como campeón de la mano querrías socorrerme y ayudarme a discernir quien sería el mejor esposo para mi hija...

Arcyth solo asintió. Viéndose de nuevo en la tesitura de mediar en una boda. Suspiro un tanto harto de solucionar situaciones escabrosas a golpe de boda.

Hablaron también sobre los saqueadores, y Arcyth recibió permiso del señor de Cerwyn para investigarlo si así lo deseaba. Incluso le redacto un documento que firmo y sello dándole autoridad para moverse libremente en su territorio e investigar el asunto de los túmulos con cierta manga ancha, siempre y cuando las leyes del norte y la autoridad de la casa de Cerwyn fuera respetada.

Algunos de los pretendientes ya habían llegado. Dos, en concreto. Derrik Karstark y Cley Cullvert.

Esa misma tarde, antes de que callera la noche, llegaron otros tres. Golber Cermont, Rick Frey, y Ser Jollen.

Arcyth comento a sus hermanos y a su amigo lo que pasaba, y las palabras sobraron. Sirviendo vino en el salón durante la cena, y tanto los Minkundis como el flor de Lys se pusieron su mejor sonrisa y se dedicaron a socializar. Arcyth hecho mucho, mucho de menos a Sarrah en ese momento. Aquella era una de esas circunstancias en las que la rubia de ojos ambarinos destacaba, siendo capaz de juzgar a una persona y ver su alma en apenas unos minutos de conversación.

Vadid pululaba y revoloteaba entre los pretendientes charlando amenamente y haciendo gala de sus mejores habilidades sociales y todo su desparpajo. Le hicieron falta apenas 15 minutos para ser el mejor amigo instantáneo de todos con quienes interactuó.

Harlum era más sutil, pues nadie presta atención a un maestre foráneo. Pululaba en silencio entre los corrillos de las diferentes comitivas con las orejas bien abiertas.

Casimiro opto por la táctica comercial. Hablando de su herrería y sus negocios, y dejando que las conversaciones fluyeran por si solas hacia todo tipo de derroteros.

Arcyth...bueno, Arcyth fue más directo. Se coloco a sí mismo al lado de la doncella casadera con una actitud que dejaba bien claro que ningún pretendiente se acercaría a la dama en cuestión sin tener su visto bueno. Fue extremadamente efectivo, pues más de dos metros de caballero enfundado en su armadura oscura con esa particular aura amenazante que siempre lo rodeaba cuando no hacia lo que quería hacer, con su larguísimo pelo y su ceño fruncido como una promesa de que quien optara por ignorar su autoproclamada autoridad acabaría convertido en una mancha sanguinolenta en el suelo.

Cuando la velada termino y todos se retiraron, el grupo se volvió a juntar. Habían descubierto algunas cosas interesantes.

-El Karstark no debería ser una opción. Es un hijo menor de la familia y esta ya prometido con una jovencita de una casa menor de los Umber. Por lo visto, la chica de los Cerwyn les parece mejor partido y pese a que el chaval no quería esto, su madre pensó que si conseguía casarse con ella sería mejor partido que la primera prometida. Si el Karstark pasa a ser el señor de Cerwyn los Umber se van a cabrear mucho. Y si se destapa el pastel muchos norteños van a hacer de esto un drama tremendo...-empezó Vadid un tanto impresionado por los culebrones norteños.

-Personalmente creo que el Cullvert no debería casarse con la Cerwyn. Por lo que he podido averiguar es un trepa de cuidado y los rumores dicen que incluso ha enviudado un par de veces de manera prematura...- Harlum se gano las miradas de muchos- ¿qué? Presto atención cuando la gente habla...

-Que sabemos de Golbert Cermont?- Pregunto Arcyth ya bastante cansado.

-que tiene 12 años- Comento Vadid con un resoplido burlón.

-Descartado. No voy a meter a un niño en la cama de una mujer hecha y derecha por muy doncella que sea...-Arcyth se presiono el entrecejo con los dedos. Aquello le iba a dar migraña. ¿-Y el Frey?

-Creo que esta aquí solo para escapar de su padre, Lord Frey, y por la dote.- Comento Harlum con cierto desinterés.

-Pues de momento es el único candidato viable. ¿Y el otro? ¿Que habéis averiguado de él?

-Ser Jollen?- comento Casimiro

-SI, ese.

-Es un caballero errante- Siguió el herrero encogiéndose de hombros-por lo que he averiguado de su escudero, ha estado al servicio de dos casas desde su nombramiento. 5 años al servicio de los Overton, pero como no quisieron renovarle el contrato, no prolongo su vasallaje. Luego paso a jurar lealtad a los Bole, y ha estado bajo su escudo durante casi 10 años. Pero cuando murió Lord Bole, y su heredero se convirtió en señor de la casa, Ser Jollen se fue. Por lo visto discutió con su nuevo señor o no se llevaban bien o algo así. Nada grave, por lo visto.

-Alguien con honor, y sin apellido, y que podría adoptar un apellido noble sin problemas...-Arcyth se encogió de hombros- cuando Lord Cerwyn me pregunte ya sé por quien votaría si de mí dependiera.

Esa noche durmieron de tirón. Entre unas cosas y otras habrían tenido una jornada intensa. Y la mañana llego, con otro agasajo.

Desayunaron perdices asadas servidas en tostadas con miel, todo regado con vino caliente bastante especiado.

Los diferentes pretendientes presentaron sus propuestas y ofertas, y tras muchos y muy largos discursos por parte de todos y cada uno de ellos, Arcyth se llevo aparte a Lord Cerwyn.

-Ayer me preguntasteis, y hoy os digo que si de mí dependiera esta decisión, escogería al Ser Jollen.

-¿El errante?- se escandalizo el viejo señor.

-¿Queréis un digno heredero que adopte vuestro apellido? Ser Jollen no tiene más apellido que su reputación. Es un caballero que jura lealtad a cambio de una serie de recompensas, y que mientras dure su contrato sea fiel. Un matrimonio es un contrato perpetuo, así que no lo romperá nunca. Pero ante todo es un soldado, acostumbrado a dar órdenes. Sabe lo que es estar abajo en la cadena de mando y sabe cómo funciona el mundo. Si le dais la oportunidad de gobernar vuestra casa creo que lo hará bien. Y más con vuestra hija a su lado, pues ella sabe cómo llevar una casa y él como sangrar para defenderla.

-Pero los otros tiene más fama y renombre, y apellidos ilustres...-Comenzó el hombre un tanto sorprendido por la afirmación del joven campeón de la mano.

-Un apellido no hace a un hombre. Un apellido no da valía a las acciones de un hombre. Ser Jollen se ha ganado a pulso el derecho a estar aquí, y sus acciones hablan por sí mismas. Podéis preguntar a los Overton y a los Bole por él. Ahí tenéis dos ilustres apellidos con fama y renombre que avalan a ser Jollen. Aun que siempre podéis entregar vuestro apellido, vuestra hija y vuestros dominios a un niño que podría ser vuestro nieto, a un Frey que escapa de la sombra de su padre, a un Karstark cuyas tierras están al otro lado del norte y que aquí seria un extraño o a un joven que ya ha enviudado dos veces.

Lord Cerwyn cerró la boca. Y miro de forma calculadora al joven que tenía en frente.

-¿Estáis seguro que no queréis mi dominio?-Dijo con una sonrisilla un tanto particular.- porque si sois capaz de juzgar así a todos los pretendientes de mi hija en una sola noche y una sola mañana, no me cabe duda de que seréis un gran líder algún día.

-Ya soy señor de mi propia casa, Lord Cerwyn...-Arcyth le devolvió la sonrisa con cortesía- no os dejéis engañar por mi edad, soy el señor de Minkundis.

-Lastima...que lastima...el norte necesita más hombres como vos...

Aquel era un cumplido que Arcyth no podía dejar pasar. Su hermana no se lo perdonaría. Inclino la cabeza ante Lord Cerwyn a modo de gratitud por sus palabras haciendo que el anciano se hinchara como un pavo de puro orgullo.

Tras tres días, la tormenta acabo pasando y el tiempo mejoro lo suficiente como para ponerse otra vez en ruta. Harlum se paso todo el tiempo investigando las tablillas y el mapa con símbolos de estrellas. Incluso llamo a Casimiro para que le ayudar a traducir aquellos signos que eran la escritura de los primeros hombres.

A la mañana del cuarto día, mientras Vadid y Arcyth ensillaban los caballos y se aprovisionaban para seguir su viaje desviándose a Marcapies para investigar lo de los túmulos, Casimiro y Harlum aparecieron corriendo.

-Tenemos un problema- Soltó Harlum con ansiedad.

-Uno muy gordo- Apuntillo Casimiro.

Lejos, muy lejos de allí, en las tierras de Azor, Sarrah miraba a Casandra parpadeando confusa.

-¿No iras a dejar a una mujer embarazada sola, verdad?

-Pero debo volver a casa...-intentaba decir la rubia

-¡Creía que éramos amigas!- Dramatizo la enorme mujerona

-¡Somos amigas!- Sarrah no sabía si reír o llorar. A veces hacerse la tonta no era útil. No con personas como Casandra Flor de Lys.

-Pues entonces arreglado. Las amigas no se abandonan. Tú te quedas conmigo. No voy a dejar que una jovencita tan verde como la hierba del verano ande sola por el sur. A saber que os podría pasar. ¡Hasta que tus hermanos no estén contigo para cuidarte, de mi lado no te separas! ¡Para algo estamos las mujeres! ¡Para cuidarnos unas a otras! Además, ¡así te enseñare una cosa o dos de cómo cuidar mocosos para cuando tengas los tuyos prontos! ¡Ya me lo agradecerás algún día!

Sarrah suspiro hastiada. Solo esperaba que el viaje por el norte de sus hermanos y el herrero no durara mucho, o tendría que buscar una excusa muy buena para escapar de las sobreprotectoras alas de aquella mujer.