Mis queridas! Espero que estén excelente. Gracias por seguir leyendo y apoyando. Las amo.
besos, abrazos y a disfrutar!


XXXVIII. Hasta la vista

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Desperté sobre la tierra, entre las malezas que rodeaban la Casa de los Gritos, boca arriba. Me levanté, sintiendo la cara caliente por el sol. Miré el entorno, girando sobre mis pies, confundida. ¿Cómo había llegado hasta allí? Hacía segundos antes estaba con Snape, llorando…

Luego me acompañó amablemente hasta acá. ¿No?

Tenía un recuerdo confuso en la mente… pero no me acordaba para nada de la parte en la que me había decidido atacar. Hasta donde yo sabía, nada extraño había ocurrido. Snape había aceptado inesperadamente amable a ayudarme, pero…

Decidí no darle importancia. Debía continuar vigilando el pueblo, para eso estaba allí.

Cuando acabé con la vigilancia cerca de las cinco de la tarde, habiéndome asegurado que el pueblo y el perímetro del castillo estuviera completamente libre de riesgos —tuve que sobrevolar en escoba los alrededores y lanzar algunos cuántos encantamientos por ahí y por allá —, pude regresar al trabajo para acabar con mi jornada laboral.

No me di cuenta que algo andaba mal conmigo hasta que revisé el informe que había llegado esa misma mañana. ¡Había sido un día tan largo! Sentía que habían ocurrido tantas cosas, que mi mente parecía no ser capaz de procesarla toda. No obstante, eso no fue lo que me incomodó: sentí mucha rabia. Demasiada. Una nube negra y tormentosa comenzaba a arremolinarse en mi interior, imparable e ilimitada.

Remus no merece que le ayude, pensé de pronto, resoplando con fuerza y arrugando sin querer unas páginas del informe. Soy yo la que ha estado haciendo esfuerzos monumentales para construir una relación normal. No puedo seguir con esto.

¡No puedo!

Y fue cuando tuve una epifanía.

—Voy a terminar con él —susurré de pronto, con el cerebro completamente esclarecido —. Voy a terminar con él —reiteré encontrándole mucho sentido a lo que dije. Sonó a una idea maravillosa. La mejor que pude haber tenido en mucho tiempo.

De todas maneras, esa noche no pude ir a verlo para cortar la relación: me sentía muy ofuscada. Era como tener un trol furioso en mi interior. Ganas de golpearlo me invadían, y bien sabía yo que eso no era algo sano de sentir.

—Tal vez tengas que volver a pensar las cosas —reconsideré cuando estuve en mi cama —. Creo que estoy tomándome las cosas muy deprisa —suspiré —. Pero es un imbécil. Un estúpido, egoísta, quejumbroso, mentiroso, traicionero… —Me senté de golpe y apreté los puños —. Mañana resolverás esto, Tonks, acuéstate y duérmete —regresé a la posición inicial, tratando de relajarme. Casi tuve que ponerme a contar ovejas para poder conciliar el sueño.

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No desperté más calmada al día siguiente. Me hallaba incómoda, y esa incomodidad se transformaba en odio cuando la cara de Remus viajaba a mi mente. Conté hasta diez antes de levantarme a tomar desayuno. Mi intención no era causar caos en la cocina. Pero tampoco mi sensación cambió al siguiente día, o al que venía después de ese. El único momento en que tuve un comportamiento diferente, fue cuando fui a visitar a mi abuelo y me puse a llorar salvajemente por su sufrimiento y por la ausencia de la abuela. Con todo el trabajo, se me había olvidado la realidad de la familia. Luego, de a tristeza absoluta pasamos a las risas incontroladas por recordar viejos tiempos. Luego, regresé a ese malhumor extraño que me impregnaba las células.

Parecía ser que iba a tener que ir a hablar de forma urgente con Remus, para sacarme todos esos sentimientos que me atacaban. De todas maneras… ¿Por qué me sentía de ese modo? Cuando había estado con Snape, mi cerebro no hacía más que protestar por el amor de Remus y sentir impotencia al saber que no iba a poder hacer nada por él…

—Vamos, Tonks, concéntrate, tienes informes que escribir…

Toc, toc.

—¿Sí? Adelante…

—¡Hola, Tonks! —Saludó Marwick entrando con cierto entusiasmo —. Me enviaron a que te entregara esto —me dejó una carta encima del escritorio.

No se trataba más que de un aviso publicitario de la revista "¡Brujas!". Había colocado la dirección del Ministerio para que me llegara la correspondencia, como la mayoría de las cosas: a mi madre le cargaban las lechuzas, porque tendían a dejar rastro de excrementos por todo el jardín siempre que llegaban o se marchaban.

A los diez minutos después, llegó un mago con el que tenía una cita para discutir acerca de las posibilidades de que hiciera una capacitación de magia egipcia, que se basaba en ilusiones y dolor físico. Kinglsey me había dejado el cachito a mí para que me encargara. Tuve que negarme ante su propuesta de la forma más diplomática que pude: el dolor físico, que se traducía como "tortura", no era algo que quisiera practicar con mis compañeros de departamento. Con Remus, sí. Tal vez pudiera ofrecerlo como conejillo de indias…

Luego de eso, un miembro del Departamento de Transportes Mágicos pasó vendiendo, oficina por oficina, unos frutos secos que había comprado en Bélgica. Se veían tan deliciosos que tuve que comprar un puñado, y casi me costaron un ojo de la cara.

Hacia las cinco de la tarde, alguien volvió a llamar a la puerta. Me eché hacia atrás en la silla, cerrando los ojos con fuerza. Había avanzado muy poco gracias a tanta distracción.

Aguardé en silencio, pero volvieron a llamar. Suspiré y decidí ir a abrir yo misma la puerta.

Espero que esto sea importante…

Giré el pomo y tiré la puerta hacia atrás.

—Hola —dijo la voz entristecida de Remus. A pesar de sus ojos melancólicos me sonrió… y me extendió un ramo de flores. No tenía idea qué flores eran esas, pero eran rosadas y blancas.

Mi boca se abrió y mi cejo se frunció, demostrando al máximo todo mi descontento.

—Tonks, yo venía a disculparme y…

Le puse un dedo en la boca con brusquedad para que no dijera nada más. Me dirigió una mirada de sorpresa. Luego, le quité el ramo de flores, lo dejé caer al suelo, lo pisé, lo recogí y lo lancé lejos. Remus miró hacia atrás y luego a mí, alarmado.

—Tonks.

—¡Shh! —Le silencié con la mandíbula apretada —No. No, no. Las disculpas no me sirven de nada…

—Necesitamos hablar —comentó urgido, tratando de entrar, pero extendí un brazo hacia el marco de la puerta para cerrarle el paso. Varios magos que pasaban nos miraron con curiosidad. Algunos de mis compañeros cambiaron comentarios, pero en ese momento no me importaba absolutamente nada.

—No, no necesitamos hablar nada. Nuestras oportunidades para poder hablar quedaron atrás hace mucho tiempo —extendí una mano y le toqué el pecho —. Voy a ser tu peor pesadilla, Remus. Mi recuerdo estará tras de ti como un fantasma sin descanso, como un demonio queriendo cobrar su pacto, como una mujer despechada y loca —dije con una voz que ni parecía la mía. Remus abrió los labios, anonadado —. Oh, sí, seré tu peor pesadilla; no olvidarás nunca lo que me hiciste pasar, las vergüenzas que he soportado gracias a ti, los malos ratos, las humillaciones y las penas —mi mano estaba en su pecho lo empujó con brusquedad. Retrocedió un paso corto por el efecto.

—Tonks, de verdad necesito hablar contigo —insistió con un hilo de voz. Nuevamente trató de entrar a mi despacho, pero esta vez me apegué a él e hice algo que jamás había hecho en mi vida: darle una real patada en los testículos. Puedo apostar a que hubiese preferido que el puño de Kingsley se encontrara con su cara nuevamente, antes que mi huesuda rodilla, con la fuerza de mi nada debilucha pierna, chocara contra su hombría de esa manera.

El aliento de Remus se cortó. Sus manos viajaron desesperadamente hacia abajo, mientras su cara se ponía roja, y las venas de su frente se hinchaban peligrosamente. Cayó de rodillas y cerró los ojos con fuerza. Se quejó de manera similar al sonido que hacen las bebidas gaseosas al ser abiertas. Dos personas se asomaron a mirar por las ventanas de la oficina de enfrente y habían podido ver casi en primer plano el monumental rodillazo.

—Así es como, de ahora en adelante, tú y yo vamos a hablar, Remus —el hombre no levantó la mirada, seguía tenso del dolor —. Ya no más palabras dulces, no más buenos entendimientos. Adiós.

Entré a mi despacho y les hice un gesto grosero a los que miraban antes de cerrarle la puerta a Remus en la cara, quien aún parecía demasiado humillado como para levantarse.

Me apoyé en la puerta y suspiré, dejando descender mi adrenalina, mi ira… mi odio. Entrecerré los ojos, extrañada. ¿Yo había hecho eso? De hecho… ¿acababa de patearle las bolas a Remus? ¿Acaso había intentado de esterilizarlo gratis? Me coloqué una mano en la boca, pensando, cavilando preocupada, hasta que la preocupación se convirtió en desesperación y culpabilidad extrema.

—Mierda. ¿Qué es lo que acabo de hacer? ¡Qué hice!

Asustada abrí la puerta de nuevo, pero el hombre ya no estaba. Sin embargo, se había formado un grupo de personas afuera que no paraban de cuchichear, seguro acerca de la extraña escena que habían presenciado.

—¡Ay, métanse en sus asuntos! —Les espeté como una niña haciendo un berrinche. Volví a entrarme —. Dumbledore me va a matar, Kingsley me va a matar bien muerta… —Comenté en voz baja tocándome la frente. Un dolor de cabeza se me empezaba a venir encima.

No entiendo nada, no sé por qué lo hice. ¡Sólo lo hice! Sentía tanto resentimiento… Pero yo amo a Remus, jamás le hubiera hecho algo así, no por cuenta propia…

Por cuenta propia.

Un momento.

Alcé la mirada y a mi cabeza sólo vino una palabra: Snape.

A pesar que la respuesta estaba clarísima, me di unos minutos para pensar las cosas. Volví a mi escritorio, me senté con dificultad, como una anciana decrépita con pañales, y tomé la pluma para continuar con el informe que tenía que tener listo para esa noche, sabiendo que no iba a lograr enfocarme.

Invoqué a Remus a mi mente. Repasé su mirada, sus ojos ilusionados en un inicio, porque sí, hubo ilusión en ellos, a pesar de estar cansado, de haberse recuperado hace poco de su transformación lobuna. Y cuando le negué la entrada a mi oficina… casi fue como si le hubiese dicho que no lo quería. Para qué decir que el golpe le había desconcertado totalmente, aparte de sacarle el alma del cuerpo.

Dijo que quería hablar conmigo. Parecía ser algo importante y yo lo rechacé con tanta maldad y frivolidad…

Me apresuré a terminar el informe y a lanzarlo bajo la puerta de la oficina de Kingsley, quien, para variar, estaba cuidando del Otro Primer Ministro.

Tenía que volver a Hogwarts para hacer mis rondas, lo que me daba ventaja para poder regresar donde Snape y preguntarle qué demonios me había hecho. No obstante, estuve responsablemente dos horas continuas en el pueblo para asegurarme que todo estuviera en orden. No debía olvidarme que era una Auror primero, y mi antiprofesional comportamiento del día anterior sólo pudo haber causado estragos.

Quise entrar de forma teatral y furiosa a su despacho, pero me llevé una sorpresa al darme cuenta que ya no podía entrar como antes: estaba cerrada. Aquel pasillo estaba vacío y tan húmedo como siempre. Debían ser cerca de las diez de la noche. Me saqué la capa de invisibilidad de encima y di tres golpes a la puerta. Creí que no me abriría jamás, porque se tardó cerca de un minuto en asomarse, pero, finalmente, lo hizo. No se asombró de verme allí, pero creo que vi un atisbo de decepción, que comprendí más tarde.

—Ya no puedo entrar a mi regalada gana —comenté cambiando totalmente el inicio de la conversación que había planeado en mi cabeza —. Has puesto encantamientos —añadí sintiendo esa vibración extraña que producían los sortilegios protectores.

—Me había descuidado mucho. Si tú puedes entrar… Es decir, ya era hora que lo hiciera.

Levanté las cejas.

—¿Puedo pasar? —Susurré mirando a sus ojos oscuros con una mueca antipática — Sabes a lo que vengo. No te hace falta leerme con Legeremancia.

Se hizo a un lado para que pudiera entrar.

—Creo que todavía no aprendes que no es "leer", Nymphadora.

—Cállate, Snape, no tengo ganas de discutir qué es leer o interpretar, o como sea.

—Si me vas a venir a faltar el respeto…

Me giré tan abruptamente hacia a él, que se quedó callado.

—No me hables de falta de respeto. Lo que tú hiciste conmigo es una falta de respeto. No sé qué me hiciste, pero por tu culpa actué de una manera horrorosa con Remus.

Snape rió en voz baja con la boca dibujada en una delgada línea.

—No te manipulé de ningún, modo, Tonks. Sí, admito que te hice un encantamiento para que olvidaras que te dejé inconsciente.

—¿Me dejaste inconsciente? —Chillé — ¿Y me desmemorizaste?

—Tenía que hacerlo. Era la única forma de que te hicieras respetar.

—¡Oh, por los calzones de Merlín! ¡Tú diciéndome que me haga respetar! ¡Ja, ja! Qué tremendo chiste…

Snape me puso una mano en el hombro.

—No voy a permitir que cometas el error que cometiste conmigo. Jamás me diste un ultimátum, no hasta que estuviste con el licántropo ese…

—No hables así de Remus —le advertí sacándole su mano de mi hombro —. Y no lo digas como si me estuvieras haciendo un favor.

—¡Pues lo hice! Es la única manera que se dé cuenta que tiene una tremenda persona delante de él —replicó en voz baja con las mejillas súbitamente coloradas —. No me malinterpretes —añadió al ver mi rostro lleno de desconcierto—. No siento nada por ti, nada que no sea más que una… amistad, si tú prefieres llamarlo así.

—¿Amistad? Snape…

—Déjame terminar, por favor.

Vaya, el hombre está inspirado, pensé con ganas de sonreír, pero permanecí como el momento: seria.

—Lo que quiero decir es que, y es la verdad, no hice nada para manipularte. Sólo te lancé un encantamiento de ira.

—¿"Sólo me lanzaste un encantamiento de ira"? ¿Y cómo es eso? —Inquirí tratando de controlar el temblor de mi voz.

—Tu pena se convirtió en enojo y sólo se iba a desactivar una vez que te desquitaras con el motivo —argumentó con sencillez —. Como ves, no te manipulé. No te lancé maldiciones, ni te di a beber pociones. Sólo fue un encantamiento práctico pero que…

—¡IDIOTA! —Le espeté controlando mis impulsos Black que querían salir a flote —¡El pobre parecía deshecho y no tienes idea cómo lo traté! Le di una patada en su pequeño Remus, que de pequeño ni tiene nada —vi que sus labios modulaban en silencio "pequeño" con incomodidad —, ¡y mientras todo el pasillo miraba! A ver si me lanzas un encantamiento de paz, porque ahora estoy furiosa contigo.

—Mira —me apuntó con un dedo —. No estoy diciendo que me lo agradezcas, pero lo harás. ¿Quieres que ese imbécil esté contigo? Pues bien, demuéstrale lo que vales…

—¿Y qué tanto valgo, Snape? Como si él fuera el mendigo y yo una princesa…

—¡Mucho! —Rugió de pronto, dejándome azorada — Vales mucho. Y yo te conozco a ti, no a él. Ha sido una lástima que tú y yo no funcionáramos, pero habían muchas cosas en juego, muchas razones interviniendo. A pesar que detesto que Lupin sea licántropo, porque sé que es peligroso, no hay nada que les impida estar juntos, maldita sea, y él no es capaz de verlo porque tú no le has enseñado una lección.

Me quedé en silencio observando sus ojos iracundos.

—¿Quieres decirme, entonces, que tengo que seguir enojada con él? —Le pregunté luego de unos segundos al ver que ya no me decía nada más.

—Es tú decisión, pero yo que tú no correría a sus brazos tan inmediatamente.

—Si lo hubieses visto… No quiero verlo sufrir —bajé la mirada.

—A Lily tampoco le gustaba verme sufrir, pero lo hizo, y fue la mejor manera en la que pude aprender a valorarla, en la que supe lo que ella significa para mí —replicó en un susurro gélido.

Volví a mirarlo. Su quijada estaba apretada, pero su mirada no reflejaba ninguna emoción. Yo sabía lo suficiente de Snape para darme cuenta que sólo era una fachada. Nunca me había confesado algo así.

—Gracias, entonces, supongo… Disculpa si vine así, pero es que pensé que querías vengarte o algo. ¡No me mires de ese modo! ¿Cómo puedo no juzgarte? Siempre has sido tan antipático conmigo…

—Es mi naturaleza, Tonks, no es sólo contigo.

—Lo sé. Pero, creo que siempre quise ser tu amiga. Digo, después de todo lo que pasamos juntos. Tú dices que podemos llamarle "amistad", pero no te veo convencido.

Suspiró.

—No es que no lo sienta, Tonks. Es sólo que no se puede.

—¿Por qué?

—Porque no.

No obtendría respuesta. Era más que claro.

—Tuve la esperanza de que te enojarías tanto, que no querrías venir. Luego, pensé en que los encantamientos que puse, no te dejarían entrar y te rendirías al ver que ya no podías ingresar a tu antojo. Mi último recurso fue "si no le abro la puerta, se irá". Y no te fuiste y tuve que abrirte la puerta.

—¿Qué me tratas de decir? —Fruncí el ceño.

—No vengas más para mi despacho. No te dirijas a mí nunca más.

—Snape… —Farfullé con la voz trabada —¿Qué sucede? —Me aproximé a él para tocarle el brazo. Su rostro permaneció imperturbable.

—Sabes que no te lo puedo decir.

—¿Estás en peligro? ¿Estamos en peligro? —mi voz sonó alarmada.

—Todo el mundo corre peligro. Todos nos podemos morir mañana.

—Puedes contar conmigo, yo…

—No, no puedo. No quiero, ni debo —dijo inmutable e irrefutable.

Me mordí el labio con los ojos humedecidos.

—Está fuera de mi alcance —asumí —. ¿No te veré nunca más?

—Con suerte, no nos veremos nunca más. Si nos topamos… —Me colocó una mano en el rostro con sutileza — Si nos topamos en una mala situación, corre.

—Severus… —Se me quebró la garganta. No sabía cómo aún tenía lágrimas para llorar. Con lo mal que me sentía, y a ese desgraciado se le ocurría decirme cosas como esas.

—Escúchame. Mírame. No sé cómo salga esto, Tonks, pero siempre, siempre he estado con ustedes. Ocurra lo que ocurra, veas o escuches lo que sea de mí… Jamás lo haré por cuenta propia, porque trabajo para Dumbledore. Hace quince años que llevo obedeciéndole, y tú sabes el motivo.

—Lily… —Farfullé secándome las lágrimas.

—Así que… Confía en mí. Por favor.

Asentí lentamente.

—¿Puedo abrazarte? Si esta es la despedida… No puedo hacer como que no me importas, Severus. Además, soy una persona que abraza. Está en mi naturaleza, así como tú eres normalmente idiota.

Me miró exasperado, pero cuando lo rodeé con mis brazos, me abrazó y me besó la cabeza fugazmente. Fue un abrazo breve, pero enérgico.

—Cuídate. Y juega un poco. Si te necesita, te buscará. Créeme que lo hará.

—Ya. Gracias. Cuídate también, Snape. Menos mal que no eres un consejero amoroso… todos te odiarían. Apestas en eso.

Me acompañó hasta la puerta y la abrió para mí.

—Hasta… ¿nunca? —Me despedí indecisa.

—Hasta la vista —corrigió con una mueca burlona.