La historia ni los personajes me pertenecen. La historia es de David Levitha y los personajes de Stephenie Meyer.
Día 6030
Me despierto a solo dos pueblos de ella, en los brazos de otra persona.
Tengo cuidado de no despertar a la chica que me abraza. Su pelo rubio le cubre los ojos. Siento el latido de su corazón en la espalda. Se llama Amelia y esta noche ha entrado a hurtadillas por la ventana para estar conmigo.
Me llamo Zara —o, al menos, ese es el nombre que he elegido para mí—. Cuando nací me llamaron Clementine, nombre que me encantó hasta que tuve diez años. Entonces, empecé a probar otros y «Zara» fue el que más me gustó. La zeta siempre ha sido mi letra favorita y el 26 es mi número de la suerte.
Amelia se revuelve debajo de las sábanas.
— ¿Qué hora es? —pregunta medio dormida.
—Las siete.
En vez de levantarse, se pega más a mí.
—Sé una exploradora buena y ve a ver qué hace tu madre, que preferiría no marcharme por donde he entrado. Mi coordinación mañanera es muchísimo peor que la nocturna. Además, siempre estoy más inspirada cuando me acerco a mi dama que cuando me alejo.
—Espera.
Me da un beso en la espalda para agradecérmelo.
La ternura que hay entre dos personas puede hacer que el aire resulte tierno, que la habitación resulte tierna, que el propio tiempo resulte tierno. Mientras salgo de la cama y me pongo una camiseta gigantesca, siento que la temperatura que hace es la temperatura de la felicidad. Nada de lo que ha pasado esta noche se ha disipado. Me he despertado en mitad del confort que han construido entre ambas.
Salgo al pasillo de puntillas y escucho tras la puerta de mi madre. Tan solo se oye la respiración de su sueño profundo; parece que estamos a salvo. Cuando vuelvo a la habitación, Amelia sigue en la cama, pero se ha quitado de encima la sábana y lleva solamente una camiseta y las braguitas. Tengo la sensación de que Zara no dejaría pasar la oportunidad de acurrucarse junto a ella, pero creo que yo no soy capaz de hacerlo.
—Está dormida.
— ¿Tanto como para que me dé una ducha?
—Creo que sí.
— ¿Te duchas tú primero, yo… o nos duchamos juntas?
Tú primero.
Sale de la cama y se detiene de camino para darme un beso. Mete las manos bajo mi camiseta gigante y no me resisto. Me dejo llevar y la beso un rato más.
— ¿Estás segura?
—Tú primero.
Y, entonces, en cuanto sale de la habitación, la hecho de menos, que es lo que haría Zara.
Me gustaría que fuera Isabella.
Sale a escondidas de la casa mientras estoy en la ducha y, 20 minutos después, vuelve a estar en la puerta para llevarme al instituto. Ahora, mi madre está despierta, en la cocina, y sonríe cuando ve que Amelia viene por el caminito de casa.
Me pregunto hasta qué punto lo sabe.
En el instituto, pasamos la mayor parte del día juntas, pero no de manera que nuestra interacción con las demás personas se vea limitada; todo lo contrario, incorporamos a nuestros amigos en lo que hay entre nosotras. Existimos como individuos. Existimos como pareja. Existimos como parte de tríos, cuartetos, etc. Y no pasa nada.
No puedo quitarme a Isabella de la cabeza. No dejo de pensar en lo que dijo que sus amigos nunca llegarían a conocerme. Que nadie llegaría a conocerme. Que lo que había entre nosotros siempre sería, únicamente, nuestro. Únicamente.
Empiezo a darme cuenta de lo que quería decir. Y de lo triste que sería.
De hecho, ya empiezo a experimentar parte de esa tristeza. Y eso que ni siquiera ha sucedido.
Llega la séptima clase. Ella tiene hora de estudio y yo tengo Gimnasia. Cuando nos encontramos después, me enseña los libros que ha cogido para mí porque cree que me van a gustar.
¿Alguna vez llegaré a conocer a Isabella así de bien?
Después de clase tiene entrenamiento de baloncesto. Normalmente, suelo esperarla haciendo los deberes. Pero está haciendo que eche tanto de menos a Isabella que tengo que hacer algo. Le pido que me deje el coche para hacer unos recados.
Me deja las llaves sin pensárselo dos veces.
Tardo 20 minutos en llegar al instituto de Isabella. Aparco donde siempre. La mayoría de los demás coches están aparcados en sentido contrario. Al rato, encuentro un lugar en el que sentarme y desde el que se ve la puerta del instituto. Espero que no haya salido todavía.
No pienso ir a hablar con ella. No pienso empezarlo todo de nuevo. Tan solo quiero verla.
A los cinco minutos, aparece. Va hablando con Rebeca y con otras dos amigas. No sé de qué están hablando, pero las cuatro están inmersas en la conversación.
Desde aquí no da la impresión de que se trate de alguien que ha perdido algo recientemente.
Parece, de hecho, que la vida le vaya a las mil maravillas. Hay un momento, corto, en el que levanta la cabeza y mira en derredor. Estoy seguro de que, durante ese momento, me está buscando. Ahora bien, no sé qué sucede en el momento siguiente, porque me levanto rápidamente y me pongo a mirar hacia otro lado. No quiero que me vea los ojos.
Esto es el «después» para ella; y si ella está en el después, yo también tengo que estarlo.
De vuelta, paro en una tienda de comida. Zara sabe cuáles son todas las comidas favoritas de Amelia —en general, los aperitivos—. Compro unas cuantas cosas y, antes de pasar a recogerla, las pongo en el salpicadero formando su nombre. Creo que eso es exactamente lo que Zara querría que hiciera.
No estoy siendo justo. Quería que Isabella me viera. Incluso cuando miraba hacia otro lado, quería que viniera adonde yo estaba y me tratara como Amelia trataría a Zara después de estar tres días sin verse.
Sé que no va a suceder nunca. Y saberlo es como que me enfoquen con una luz muy potente y me deslumbren.
A Amelia le encanta lo que he montado en el salpicadero e insiste en invitarme a cenar. Llamo a casa y aviso a mi madre. No le importa.
Sé que Amelia se da cuenta de que solo estoy aquí en parte, pero me permite que así sea porque sabe que la otra parte necesita estar allí donde esté. Cuando acabamos de cenar, llena el aire con historias de lo que le ha pasado a lo largo del día. Algunas son reales y otras se las ha inventado completamente. Me pide que descubra cuál es cierta y cuál no.
Solo llevamos juntas siete meses. Sin embargo, dado el gran número de recuerdos que guarda Zara, parece que haya pasado mucho más tiempo.
«Esto es lo que quiero», pienso. Y no puedo evitar el siguiente pensamiento: «Pero es lo que no puedo tener».
— ¿Te importa que te haga una pregunta?
—En absoluto —responde Amelia.
—Si despertase en un cuerpo distinto cada día y no supieras qué aspecto voy a tener mañana… ¿me querrías igualmente?
No duda ni un momento ni actúa como si la pregunta le pareciera extraña.
—Aunque fueras verde, tuvieras barba y ese apéndice de los tíos entre las piernas. Aunque tuvieras las cejas de color naranja, un lunar que te tapase toda la mejilla y que tu nariz puntiaguda se me clavase en el ojo cada vez que te beso. Aunque pesases 300 kilos y tuvieras en el sobaco más pelo que un dóberman. Aun así, te querría.
—Lo mismo digo.
Decirlo es fácil, porque no hay que demostrarlo.
Antes de despedirnos, me besa con todas las ganas del mundo. Y yo intento besarla de igual manera.
No puedo dejar de pensar que esto es acabar con buena nota.
Pero, al igual que el volumen de un sonido, en cuanto nos despedimos, empieza a bajar.
Cuando entro en casa, la madre de Zara me dice:
—Ya sabes que puedes decirle a Amelia que entre.
Le digo que lo sé y me apresuro a mi habitación porque ya no puedo más. Tanta felicidad, me entristece. Cierro la puerta y empiezo a llorar. Isabella tiene razón, lo sé. Nunca podré tener todo esto.
Ni siquiera consulto el correo. Me da igual que haya o no haya algo.
Amelia llama para darme las buenas noches. Me veo obligado a dejar que salte el contestador de voz y no le devuelvo la llamada hasta que Zara no se ha recompuesto.
—Disculpa, estaba hablando con mi madre. Me ha dicho que tienes que venir más a menudo.
—Pero ¿por la ventana o por la puerta?
—Por la puerta.
—Bueno, parece que un pajarillo llamado «Progreso» está cantando en nuestra ventana.
Bostezo y le pido disculpas por haberlo hecho.
—No te disculpes, dormilona. Sueña conmigo, ¿vale?
—Por supuesto.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Colgamos porque, después de eso, no hace falta decir nada más.
Quiero devolverle su vida a Zara. Aunque considero que merezco algo como esto, no lo merezco a su costa.
Decido que recuerde todo el día. Menos mi descontento. Pero sí qué lo ha causado.
