Capítulo 37.- Un lugar seguro

Madrid, principios de marzo 1935.

"Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia,

no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho al hablar

de 'todo menos la violencia' que la suprema jerarquía de los valores morales

reside en la amabilidad?"

Discurso, 29 de octubre de 1933

José Antonio Primo de Rivera


No tardó mucho tiempo en aparecerse el portal y como la abuela de los muchachos había profetizado, Victoria no quiso separarse de él. Cuando llegados al bosque el evento acabó por formarse en luz, Alonso había tenido la esperanza de que espantara a la niña; mas sus ojos verdes pasaron del portal a él y por toda respuesta cuando le ofreció regresar con Güela y con Efrén, ella negó con la cabeza y apretó más firmemente su mano.

Era ella.

Los caprichos del Tiempo la habían puesto allí, a su lado, de nuevo sin haber sucedido nunca, sólo el recuerdo de una hija que nunca tuvo y a la que por cumplir misión para Tiempo y Ministerio, había visto desaparecer sin haber nunca nacido. Rosotros que se repetían en el Tiempo... Elena, aquella Martina que resultó la otra Amelia... ¿Qué debía hacer con aquella Victoria que apenas hablaba? ¿Era la voluntad de Dios ponerla a su lado como lo había sido ya en aquel futuro que nunca existiría? En aquel futuro, recordó, había sido gracias a Victoria por lo que habían podido detener el Fin y tal vez aquella niña junto a él compartiera su mismo destino.

Tal idea le horrorizó.

Él iba camino a una guerra. Que le perdonara Dios, pero aquella muchacha no acabaría como la anterior Victoria.

– ¿Dónde estamos?

La voz de la joven le sacó de sus cavilaciones. Atravesado el portal, el olor a pis y a sucio no dejaban lugar a dudas.

– Madrid –respondió–. Mas no sé cuándo.

– Eran las nueve de la noche cuando salimos de la casa de Efrén. Serán las diez.

– Puede que no lo sean. Lo que atravesamos, cambia también el tiempo.


Victoria no entendió a que se refería Alonso de Entrerríos con lo de cambiar el tiempo, pero supo que por algún prodigio mágico, de Barredos habían llegado a Madrid ya que Barredos, que supiera, no estaba al lado de Madrid.

Nunca había estado en Madrid.

Una vez había estado en Avilés y ya le había parecido grande, así que de aquella ciudad nueva, de noche, lo primero que pensó fue que no se acababan las casas nunca. Tras buena caminata Alonso de Entrerríos la llevó a un hotel, donde el guarda tras el escritorio (debía ser el guarda, porque tenía muy malos humos), sólo les dio habitación cuando le enseñaron dinero. Por algún motivo, él se empeñó en la 227. El recepcionista aceptó dársela, después de entregar más dinero.

Al llegar Entrerríos pidió un biombo con el que separó ambas camas.

– Vos dormiréis allí –explicó–. Y yo aquí. Ahora os daréis un buen baño y por la mañana buscaremos para vos un buen colegio de monjas donde os quedaréis interna.

Victoria, mareada por todo lo nuevo que sucedía de repente, supo que pasara lo que pasara jamás iría a un colegio de monjas. Mientras él arrancaba un tablón del suelo y sacaba lo que parecía un sobre, Victoria se cruzó de brazos.

– No.

– No, ¿qué?

– Es muy tarde para sacar agua del pozo –explicó Victoria–. Y en el colegio de monjas no estará usted.

Entrerríos torció su alargada cara y sin mediar explicación entró a una habitación de azulejos en donde Victoria descubrió que había una fuente que salía de la pared. Varias. Llenó entonces con la fuente más grande la pila que había debajo y dejó a mano toalla y camisón.

– De momento el baño –ordenó él. Luego cerró la puerta–. Y lavaos bien el pelo y detrás de las orejas –añadió del otro lado.

Tras bañarse, secarse y ponerse el camisón, Victoria salió del baño. Iba a meterse en su cama cuando él se acercó con un cepillo, brusco.

– Debéis cepillaros el pelo y secároslo bien o se os pudrirá. Sentaos.

Victoria volvió a obedecer de mala gana y quedó en silencio hasta cuando se llevó varios tirones dolorosísimos.

– ¿Por qué quiere usté deshacerse de mí? –preguntó.

– Adonde voy hay peligro –contestó él–. ¡Pardiez! ¡Tenéis las puntas destrozadas, chiquilla!

Victoria no sabía lo que eran las puntas, pero se dejó cepillar y por un momento, a pesar de sus bruscas pasadas, no pudo evitar recordar las manos de Madre haciéndolo; inmediatamente sintió lágrimas llenarle los ojos. Entrerríos se disculpó entonces por los tirones. Ella apretó los dientes y asintió. No deseaba que la viera llorar; si la veía llorar, pensó, quizás no la quisiera a su lado.

– Está... Está bien... ¿Por qué sabe usté cepillar el pelo? ¿Tiene usté una hija?

– ¿Hija? –el tono de Entrerríos parecía confundido–. No. Habéis de saber que hace no mucho tenía el pelo largo. Es una responsabilidad mantenerlo. Y un orgullo. Debéis ser más cuidadosa en el futuro.

Victoria iba a contestar que de más pequeña por culpa de los piojos se lo habían tenido que cortar y que precisamente echaba de menos tenerlo corto; decidió no obstante callar, porque quizás, si le contradecía, por la mañana no podría convencerle para que no la llevara a un colegio de monjas.

La metió en la cama y la arropó, dejándola a solas al otro lado del biombo.

Las primeras horas sin luz, no pudo evitar recordar a Madre y lloró; cuando al fin pudo dormirse, soñó con una hermosa playa llena de sol.

Despertó brúscamente y al hacerlo descubrió que ya era de día; se encontró la cara de Alonso de Enterríos a los pies de su cama, alarmado, solo la mitad de la cara llena de crema de afeitar.

– ¿Qué pasó? –Estaba alarmado.

– Soñé una playa –explicó Victoria, tardando en encontrar el aliento–. Una hermosa señora lloraba frente a mí y yo sabía que la debía matar.

Vio entonces cómo la mirada preocupada de Alonso de Entrerríos se tornaba triste, por unos momentos.


– Como le digo, no podré garantizar la regularidad de los pagos –se sinceró Alonso–, mas habéis de saber, hermana, quiero decir... Ha de saber usted que estaré encantado de pagar los intereses por retrasos que hagan falta.

Alonso supo que la aclaración sobraba. Mujer de Dios o no, la hermana directoria del colegio había visto con muy buenos ojos que fuera capaz de pagar un año entero de internado en metálico. En el hotel Florida, tras charla con el recepcionista, había recibido buena recomendación de aquella congregación en particular y, sin decirle nada a Victoria hasta atravesar la puerta del colegio –lo cual, pardiez, costó–, había conseguido cita para que le hicieran sitio a la joven en el internado. Tras empeñar más de la mitad del dinero de aquel alijo de Irene en la futura educación de Victoria, todo parecía cerrado.

– No voy a negar señor Jiménez que esto es muy inusual –sonrió la monja, abrumada–. El curso está ya muy iniciado y entenderá que de cara al verano, un internamiento completo tiene gastos extra.

– Comprendo los problemas –aceptó Alonso alargando más dinero–. Mas entienda que mi estilo de vida, lleno de viajes y negocios, no es bueno para mi... Hija.

– ¿Y cómo es la moza? –sonrió la monja al levantarse–. ¿Es de buena disciplina? ¡En estos tiempos que corren, con tanta incertidumbre política, las niñas sólo ven como ejemplo a las mujeres descarriadas!

Se dirigieron a la salida del despacho de la directora, donde Victoria esperaba en un banco.

– No salió en su vida del pueblo –carraspeó Alonso–, mas sabe leer y las cuatro reglas. Encontrará que es muchacha razonable y...

Fue al salir cuando Alonso descubrió que Victoria no estaba esperándoles en el banco.

Un grito al final del pasillo de dos novicias les alertó y Alonso fue el primero en llegar al aula vacía. Allí, borrada de la pizarra la lección de latín, Victoria había dibujado un pentáculo, una cruz invertida y las palabras "Viva Satán", al lado de un... Esquemático falo. Desafiante, la muchacha sostenía la tiza ante las persignaciones de las novicias y el endurecido rostro de la directora.

– Sujetadla –ordenó la monja.

Las novicias obedecieron y ante la confundida mirada de Victoria, sacaron una gruesa regla de un pupitre y comenzaron a azotarle los nudillos antes de que Alonso pudiera siquiera entender qué estaba pasando. Victoria tampoco. Lo supo al verle los ojos, arrasados en lágrimas, con cada nuevo golpe que, estóicamente, aguantó sin quejarse.

Alonso sólo pudo soportar cinco. Al sexto detuvo la mano de la directora.

– Es suficiente.

– Esa es la clase de blandura en la educación que genera monstruos así –espetó la directora, el gesto agrio.

Algo se rompió en la paciencia de Alonso. Algo al ver aquel rostro arrugado y cruel bajo la cofia, sujetando aun la regla de azotar para seguir con el castigo. De normal hubiese salido con la muchacha de allí sin dilación mas, como comprendió que debía recuperar el dinero, le soltó antes un puño en la nariz que la tiró por tierra, dejándole con cien pesetas sobre el hábito, por las molestias.


Alejados lo suficiente del colegio, Alonso encontró por fin una bocacalle alejada de vehículos y viandantes; los ojos de Victoria estaba empañados mas firme, la muchacha peleaba por no llorar. Tomó sus manos enrojecidas y suspiró con alivio al comprobar que no había ningún dedo roto.

– ¿Por qué? –explotó ella furiosa–. ¿Qué le hice a usté para que quisiera dejarme allí?

Alonso clavó una rodilla en tierra para quedar a su altura y sujeto su rostro; trató de elegir firme tono y no dejarse llevar por ternuras.

– ¡Porque voy a la muerte, muchacha! –explicó–. En poco tiempo, dos o tres portales a lo sumo, veré guerra. Será cruenta e inmisericorde. Puede que incluso muera. ¿Qué pasará con vos cuando eso suceda? ¡No es seguro seguir conmigo!

– ¡Miente usté!

– ¡Es la verdad! ¿Por qué decís que miento?

– ¡Porque lo soñé! ¡Soñé con usté! ¡Soñé que sólo con usted estaría segura!

Alonso fue a mesarse el bigote, mas encontró labio aun despejado. ¡Valiente arpía la Güela! ¡Le habría llenado de tonterías de santera la cabeza! Debía... Debía hacerla comprender.

– ¿Sabeis lo que les pasa a las mujeres en las guerras, niña? –explotó Alonso, harto–. ¡Las matan! ¡O les hacen lo que le hicieron a vuestra mad...!

– ¡No! ¡NO! ¡NONONONO!

Se abalanzó a por él, rabiosa, golpeándole el pecho con ímpetu tal que le tiró por tierra y por primera vez desde conocerla, Alonso la vio llorar rota y desconsolada, sin sollozos, sin aguantarse, ahogando únicamente los gemidos en su pecho. Él la levantó, arrepentido, cuando tiempo después, momentos que se le hicieron eternos, los gritos se convirtieron en hipidos.

– Lo lamento, mas es la verdad –insistió Alonso–. Dejad que busque refugio para vos. No estaré a vuestro lado, mas eso os protegerá.

– Sabe usté que vendrá guerra –pudo pronunciar Victoria, secándose los mocos–. ¿Sabe dónde?

– Sé que será en España. El ejército vendrá, como vino en Asturias.

– ¿Y qué lugar es seguro, pues?

Alonso apretó los dientes, sintiéndose escocido por el apunte; ciertamente había sido un necio al buscar un colegio de monjas precisamente en Madrid, comprendió al recordar las Mercedarias Calzadas. Se levantó, sin saber muy bien qué decir, y trató de imaginar qué hubiera hecho Amelia. Ella hubiera sabido de lugar seguro, mas él... ¿Qué sabía él? Sólo era un inculto soldado.

– Enseñadme a pelear.

Alonso se sorprendió por el voseo, tanto como por la firmeza de las palabras.

– ¿Qué?

– Enseñadme a pelear –propuso Victoria– y cuando en esa guerra vuestra encontremos lugar seguro, si aun queréis dejadme allí.

Fue a contestar Alonso, aturdido, mas ruidos de pelea llamaron su atención al fondo de la bocacalle. Allí, un hombre que le recordó por el engominado peinado al periodista Sirval, se batía a puños con otros dos ante la atónita mirada de una elegante mujer.